«ANTONIO MACHADO. SU MUNDO Y SU OBRA» y «LA POESÍA DE ANTONIO MACHADO».

AUTORES: SEGUNDO SERRANO PONCELA. Editorial Losada, Buenos Aires, 1954 y RAMÓN DE ZUBIRÍA. Editorial Gredos, Madrid 1955.

Reseña de ALLEN W. PHILLIPS, enero 1956 (University of Michigan) en Nueva Revista de Filología Hispánica.

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Hace algunos años se lamentaba José María Valverde de la relativa escasez de trabajos serios destinados a iluminar el pensamiento y el arte poético de Antonio Machado. A partir del excelente ensayo de Carlos Clavería, la crítica se ha ocupado cada vez más de estos aspectos. A la ya abundante bibliografía se suma ahora la sólida aportación de Serrano Poncela, suyo estudio aspira a ser un análisis total del hombre y del poeta. Necesitábamos, en verdad, un libro que no sólo aprovechara los nuevos materiales -inéditos hasta hace poco–para aclarar importantes aspectos de la obra de Machado, sino que además intentara explicar su pensamiento filosófico y poéticoª. La tarea de Serrano Poncela es difícil, dada la oscuridad de ciertas ideas del poeta y el humorismo irónico con que solía expresarlas. Pero, cumpliendo con ejemplar seriedad su propó-sito, nos ofrece una bien lograda interpretación del escritor y de su obra lírica.

Para comprender todo el mundo poético de Machado y esbozar una valoración de su compleja personalidad, Serrano Poncela se apoya en un método exegético que combina la filosofía, la historia y la estilística, y desde esa posición procura recrear los motivos principales y la estructura metafísica de la poesía de Machado, y situar al poeta en su momento his-tórico. El estudio de las formas expresivas es, pgra él, una parte esencial, pero subsidiaria en su libro. Dada la ininterrumpida vocación filosófica de Machado -según el cual todo poeta debía tener una metafísica expuesta, por separado, en conceptos claros-, y dado también el afán historicista de la generación del 98, el método ideológico de Serrano Poncela nos parece perfectamente adecuado a su tarea de crítico. No se intenta aquí un tratamiento detenido de la prosa de Juan de Mairena y Abel Martín, los apócrifos encargados de presentar las doctrinas filosóficas y poéticas de su creador; sólo se estudia esta vertiente esencial de la obra de Ma-chado en relación con la poesía misma.

De acuerdo con estos propósitos analíticos, el libro se divide en los siguientes capítulos: 1, «El hombre y su mundo»; 2, «Poética de una poesía»; 3, «Los grandes temas existenciales»; 4, «La preocupación por España». Cierra el volumen un pequeño apéndice bibliográfico, que en la sección de «Ediciones» adolece de ciertas erratas y omisiones.

En el primer capítulo resume el autor los pocos datos biográficos que tenemos sobre Machado y traza su evolución de escritor. Insiste, muy

Nota 1 «Sobre Antonio Machado», Arb, 11 (1948), 560-564.

Nota 2 «Notas sobre la poética de Antonio Machado», en sus Cinco estudios de literatura española, Salamanca, 1945, pp. 95-118.

Nota 3 Por la proximidad de las fechas, Serrano Poncela no pudo conocer el extenso y bien meditado artículo de ANTONIO SÁNCHEZ !BARBUDO, «El pensamiento de Abel Martín y Juan de Mairena y su relación con la poesía de Antonio Machado», HR, 22 (1954), 32-74 y 1og-165; a pesar de varias marcadas divergencias de interpretación, este artículo parece adelantarse a ciertas novedades metodológicas y temáticas del libro que reseñamos.

acertadamente, en la importancia que tuvo para el pensamiento del poeta la ideología asimilada durante su juventud en la Institución Libre de Enseñanza; relaciona a Machado con los hombres de su generación y se esfuerza en descubrir sus lecturas filosóficas y literarias. Serrano Poncela, autor también de un libro sobre Unamuno (cf. NRFH, 8, 1954, p. 432), puntualiza detenidamente las relaciones cordiales que unieron a los dos escritores y pone de relieve la influencia del pensamiento de Unamuno sobre el de Machado; luego, después de señalar las notorias afinida-des con Bergson, estudia brevemente cómo, hacia el final de su vida, se acercó Machado a la filosofía existencialista de Heidegger 4.

Si bien la poesía lírica nunca puede explicarse en su más recóndita esencia mediante una racionalización de tipo filosófico, Serrano Poncela, por la naturaleza misma de la obra comentada, entra necesariamente en el terreno filosófico para reconstruir los principales andamiajes teóricos de la amplia poética de Machado (cap. 2). Gracias a su bien lograda sistematización estudia -por primera vez, que sepamos-la significación y el uso de las imágenes en esta poesía, ateniéndose sobre todo a los textos de Los complementarios. Cuando analiza los grandes temas y sus variados matices en la obra del poeta ( cap. 3), los relaciona con la angus-tiosa interrogación acerca del sentido de la existencia que caracteriza en mayor o menor grado la mejor poesía de Machado. Así, Serrano Poncela se afilia a la larga serie de críticos (Guillermo de Torre, María Zam-brano, Carlos Clavería, López Morillas, Ricardo Gullón y otros más) que se han fijado en las raíces existencialistas de la obra de este poeta.

En el capítulo final se estudia con agudeza cómo, en Campos de Castilla, la voz de Machado se incorpora definitivamente a las preocupa-ciones de su generación. Serrano Poncela discrepa del punto de vista habitual, que suele sobreestimar esa obra, y en este juicio lo acompaña-mos sin reservas. Campes de Castilla es el libro más popular de Ma-chado, y el que más lo acerca a la circunstancia político-social de España, pero, debido a los motivos extrapoéticos de ciertas composiciones, es poco representativo de la veta más pura del poeta. Sin embargo, al refe-rirse a los «valores afectivos del paisaje», Serrano Poncela encuentra en ese libro, desde luego, notas de auténtica emoción lírica, alejadas ya de todo compromiso con las tendencias y objetivos de su generación. A modo de apéndice, complementan este estudio unas reflexiones sintéticas sobre los apócrifos Martín y Mairena 5

Nota 4 El tema es sumamente delicado. Sin ánimo de desvirtuar las fecundas relaciones establecidas a base de textos fidedignos entre Machado y el filósofo de Friburgo, me permito llamar la atención sobre un pequeño dato bibliográfico que parece desconocer Serrano Poncela. Toda la parte en prosa del Cancionero apócrifo: Abe/ Martín se publicó en la ROcc, 12, núms. 35 y 36 (mayo y junio de 1926), 189-203 y 284-300, o sea un año antes de la aparición de Sein und Zeit. Aunque Serrano Poncela no se apoya en Abe/ Martín para precisar el alcance del contacto con Heidegger, el dato es interesante porque Sánchez Barbudo (art. cit., pp. 139-156) se esfuerza por demos-trar cierta precedencia en las ideas de Machado, basándose en esa publicación de mayo y junio de 1926. Sobre el mismo tema cf. además JuLIÁN l\JARÍAs, «Machado y Heidegger», ins, 8 (1953), núm. 94. -Por lo demás, las bibliografías corrientes sobre Machado no recogen ese dato de la primera publicación de la parte en prosa del Cancionero apócrifo. Tampoco lo recoge Serrano Poncela, aunque sí tiene cuidado de incluir datos bibliográficos sobre la continuación del Cancionero en la misma ROrc. Obsérvese, finalmente, que Machado agregó la mayor parte de esas obras, con las fechas 1924-1925, a la segunda edición de sus Poesías completas (Espasa-Calpe, Madrid, 1928).

Contamos ya con varios libros sobre Antonio Machado (Pérez Fe-rrero, Montserrat, Serrano Plaja, Pradal-Rodríguez, etc.) y con muchos valiosos artículos que se ocupan de aspectos parciales de su obra, pero no teníamos un libro de tales proporciones, y con un enfoque tan am-plio y ambicioso de la poesía de Machado. Como nada es definitivo, y como la obra de este poeta es tan profunda, sugerente y compleja, es seguro que los finos análisis de Serrano Poncela tendrán que ser objeto de ampliaciones y rectificaciones. De todos modos, su libro es una nota-ble contribución a los estudios sobre el pensamiento y la poética de uno de los mayores poetas españoles de nuestro tiempo.

Dada la orientación general de la nueva crítica, que tan excelentes pruebas de su seriedad ha dado en la obra de Amado Alonso y de Dá-maso Alonso, quizá sorprenda que Serrano Poncela no se haya ocupado más de las formas expresivas de la poesía de Machado6• Precisamente, al proponerse un estudio de esas formas poéticas, el bien logrado libro de Ramón de Zubiría, publicado un año después, viene a completar la visión total de Machado, hombre y poeta. Dos libros, pues, con propósi-tos y contornos distintos.

Discípulo y amigo de Pedro Salinas en la Universidad de Johns Hopkins, el joven profesor colombiano Zubiría ha heredado del maestro la perceptividad y el dominio de las técnicas estilísticas. Gracias a ello ha podido llevar a cabo con feliz éxito un ensayo de esta índole, en el cual se une al análisis riguroso una pasión decidida por la lírica de Antonio Machado. Según se desprende de las palabras de agradecimiento, desaparecido Salinas, otro gran poeta, Jorge Guillén, alentó a Zubiría en la preparación de su trabajo. Quisiéramos poner de relieve, antes que

Nota 5 Serrano Poncela parece conceder demasiada importancia a los recién exhumados «cuadernos de clase» en la pequeña sección «España en su literatura» (pp. 198-2o6), especie de suplemento al estudio que antes ha hecho de las ideas críticas dei poeta sobre los valores contemporáneos. Véase E. ANDERSON IMBERT, «Papeles», Sur, 1954. núm. 227, pp. 66-67.

Nota 6 No obstante, hay que recordar la intención de Serrano Poncela; siguiendo su anunciado propósito de reconstruir la metafísica de Antonio Machado, arranca de la siguiente posición crítica: «Así, junto a la estética de las formas se alza hoy de nuevo un poderoso movimiento que busca en la Stimmung o «temple• creador, el significado de la creación artística. La importancia decisiva de lo formal está dando paso a una más profunda interpretación del clásico «sentimiento trascendental» que llega, por caminos metafísicos, hasta la apertura del ser poético como manera de expresar el hombre su afán de trascendencia desde la existencia finita que le ha sido dada» (pp. 7-8). En una buena reseña sobre el mismo libro (Asom, 1954, núm. 4, pp. 90-94), RICARDO GULLÓN cita la segunda frase del párrafo que acabamos de transcribir y formula las naturales objeciones a tal tesis, preguntando cómo es posible analizar la poesía dejando de lado sus formas expresivas. Sin embargo, hay que tener en cuenta las palabras con que Serrano Poncela matiza en seguida su concepto teórico: » … Así, el camino que vamos a seguir para el logro de una más amplia y profunda perspectiva del poeta y su poesía, partirá, no sólo de la crítica estilística, sino de una preocupa-ción metafísica y un supuesto historiológico combinados» (p. 8). Como ya dijimos, el aspecto estilístico es cosa subsidiaria en la obra de Serrano Poncela, pero dudamos que su trabajo, como afirma Gullón, se convierta en libro de polémica por su orientación crítica.

nada, sus méritos principales: máxima claridad en la expos1c10n de su pensamiento, cuidadosa interpretación de los textos, fina penetración en la esencia de la poesía misma, y, por último, probidad y generosidad en el uso de la abundante crítica anterior. Sus juicios no nos parecen nunca caprichosos, sino pensados con rigor analítico y fundados en una gran sensibilidad poética. La obra de Machado queda entera -no sufre una fría autopsia-, y se beneficia con el talento exegético de Zubiría. Con toda modestia y honradez, nos ha presentado su Machado; ha procurado ver la obra como un todo harmonioso y revelar el secreto de su unicidad. Sin pretensiones de haber dicho la última palabra, muy bien sabe Zu-biría que la gran poesía es «objeto de perpetuo juicio, ya que, por exacta que nos parezca una interpretación, hay siempre la posibilidad de otro distinto planteamiento» (p. 10). Por lo demás, no hay ninguna nota de agresividad en su libro. Es, en suma, un trabajo bien organizado y que cumple con su objeto: un análisis interior de la poesía de Machado. La lectura atenta de esta obra comprobará que nuestros elogios no son tan desmesurados como parecen serlo a primera vista.

Al comentar en 1933 la tercera edición de las Poesías completas de Machado 7, Pedro Salinas apuntó la dirección crítica que ahora aprovecha Zubiría: la unidad esencial de la poesía de Machado, y en su libro sobre Darío8 demostró ampliamente la teoría de un gran tema vital con varia-ciones. Zubiría, por su parte, encuentra el eje y la raíz de la creación de Machado en el tema del tiempo. En la insistente preocupación por el tiempo vienen a confluir los demás motivos característicos de su lírica. Zubiría parte de un análisis temático: el tiempo (cap. 1), el sueño (cap. 2) y el amor (cap. 3). Cada uno de estos capítulos se divide en secciones destinadas a matizar el tema correspondiente. En la segunda parte del libro (capítulos 4-6) se estudia la teoría poética y el estilo del escritor. Completan el tomo una;, conclusiones sintéticas, un apéndice sobre las formas estróficas y una bien ordenada bibliografía.

No es posible comentar todo el rico contenido del libro, pero un reco-rrido, necesariamente rápido, por sus principales secciones servirá quizá para orientar al lector. Recordando, en el capítulo inicial, la famosa defi-nición de la poesía como diálogo del hombre con su tiempo, Zubiría demuestra con originalidad cómo y con quién dialogaba Machado: con sus apócrifos y, poéticamente, con la mañana, la tarde, la noche, el agua y la fuente9• Estudia luego el motivo del reloj como símbolo de la angus-tia temporal; el tiempo en las cosas; las cosas en el tiempo, y, por último, como necesario final, la presencia de la muerte. Los capítulos 2 y 3, que tratan respectivamente del sueño y del amor, son los más completos que tenemos sobre estos dos aspectos capitales de la lírica de Machado. A pesar de su profundo tradicionalismo, Machado es poeta único. Pocos poetas se le parecen. Hay, sin embargo, una excepción: Bécquer. Salvando las distancias, confirman esta afinidad, ya señalada por Moreno Villa, José Luis Cano, Bousoño y Lapesa, el constante soñar despierto y la fecundidad creadora de los momentos de vigilia en ambis escritores

Nota 7 Literatura española, siglo xx, México, 1949. •

Nota 8 La poesía de Rubén Darlo, Buenos Aires, 1948. •

Nota 9 Recientemente HuGo W. CowEs ha estudiado este último tema en «El motivo de la fuente en la poesía de Antonio Machado», Sur, 1955, núm. 234, pp. 52-76.

Para Machado el sueño es una forma de conocimiento, un modo de refugiarse y de revivir un pasado, toda una fuente mágica de auténtica poesía. Zubiría logra iluminar los infinitos y nada sencillos matices de tan apa-sionante cuestión. Si la crítica se ha ocupado mucho del sueño en Ma-chado, ha estudiado menos el tema del amor. Zubiría arranca del Can-cionero apócrifo, donde el poeta expresa la teoría amorosa de Abel Mar-tín, y analiza los diversos componentes y gradaciones de lo erótico; una vez más, aunque el autor no lo señale, es curioso el parecido con Bécquer (posible fusión de amor-poesía, sueños y aspiraciones de mujer). De manera convincente, Zubiría muestra en la primera parte que los tres grandes temas y sus múltiples variaciones o subtemas están íntimamente relacionados con la obsesionante preocupación por el tiempo.

La segunda sección del libro (cap. 4-6), menos extensa que la ante-rior, está dedicada a un análisis de los procedimientos estilísticos de que se sirve Machado para dar expresión a sus grandes temas. Las mismas formas confirman el afán de captar la emoción del tiempo y corroboran la tesis fundamental de Zubiría. Al rastrear la teoría poética de Machado, no sólo se apoya en los textos conocidos, sino también en los nuevos documentos, y hasta en las cartas a Guiomar. Zubiría aprovecha sabia-mente el proyecto del discurso académico y recurre, con más frecuencia que otros críticos, a la fuente de la poesía misma. Al minucioso estudio formal (símbolos, imágenes y metáforas, adjetivo, verbo, adverbio, com-binaciones estróficas y rimas) sigue, como corolario de su poética, una rápida revisión de la crítica de Machado y sus opiniones sobre poetas anteriores y actuales.

La figura de Antonio Machado ha alcanzado singular relieve en los diez últimos años. Si antes los poetas se sentían más íntimamente enla-zados con la fecunda dirección poética marcada por la obra de Juan Ra-món Jiménez, la auténtica voz lírica de Machado es quizá la más esti-mada y preferida en los círculos poéticos de hoy. Cada día se hacen más frecuentes los homenajes a Machado. Entre los más recientes recordemos, de pasada, la exposición efectuada en París a principios de 1955 por ciertos pintores, entre ellos Picasso y Miró, y también el homenaje que le rindió la juventud universitaria en la Universidad de Madrid, en mayo del mismo año. Las dos obras que hemos comentado, cada una dentro de su propia ideología crítica, se complementan; confirman el valor de Antonio Machado como poeta y como artista consciente; llegan oportu-namente, y constituyen a la vez una digna y seria aportación al mayor esclarecimiento del mundo poético del gran escritor.

ALLEN W. PHILLIPS (University of Chicago).

Nota 10 HELIODORO CARPINTERO ha publicado ahora otro testimonio de la admiración de Machado por Bécquer: «Unas páginas casi desconocidas de Antonio Machado», ins, 10 (1955), núm. 116. Zubiría se refiere a estas relaciones (pp. 216-217) cuando enfoca la crítica literaria de Machado como ampliación de su poética; Serrano Poncela, en cambio (p. 205), parece olvidarse de las notas de Machado sobre Bécquer.

PARÁBOLAS. DE ANTONIO MACHADO Recita Nieves Navarro

Apreciado Manuel Álvarez Machado

Hoy he recibido un comunicado vía Facebook, en el que , si interpreto  bien, comenta que podemos enviarle trabajos de interés a esta cuenta de correo. 

Coincidimos el pasado 20 de diciembre en el Instituto Cervantes de Madrid en la exposición “Los Machado”, y usted amablemente  comentó conmigo anécdotas de su familia, 

y aclaró algunas de las informaciones que yo tenía como ciertas por haberlas leído en las biografías. Información de primerísima mano, un hecho que me pareció fascinante.

Por ello me atrevo, con toda humildad y respeto hacia el poeta y su obra,  a enviarle uno de los videos que he ido haciendo (con ayuda de mis hijos) recitando poemas de Antonio Machado.

Espero y deseo que sea de su agrado y si es así, más adelante podría enviar alguno más de los que ya tengo y de los que iré grabando.

Muchas gracias por su trabajo y dedicación, así como por darnos la oportunidad a todos aquellos que admiramos la obra de Antonio Machado a “ayudarle” a difundir su obra.

Muchas gracias Nieves Navarro, espero y deseo que seais muchos los que colaboréis, como dices, a difundir aún más, la obra de Antonio Machado, aportando vuestros trabajos y artículos sobre la vida y obra, poética y prosa, de «nuestro poeta».

Mi cuenta de correo es m.alvarezmachado@gmail.com

SOBRE «CAMPOS DE CASTILLA»

Sobre Campos de Castilla.
Por Manuel Álvarez Machado

La plateada luz de la noche proyectaba los contornos de los árboles y arbustos, de algunos muros y rocas, creando sombras oscuras rodeadas de otras más tenues. La noche había sido lenta sobre aquel tren que con destino Soria había partido uno de los últimos días de abril de 1907 de un Madrid ya anochecido. Uno de sus pasajeros era un joven de casi 32 años, alto, delgado, traje gris, casi negro; una pequeña maleta, un abrigo de paño, un sombrero y probablemente un bastón, descansaban sobre las redes que destinadas a albergar ropas y equipajes discurrían a lo largo de los laterales interiores del vagón, por encima de las ventanas y sujetas a una sencilla estructura de madera,. Su cara serena, tranquila, su nombre Antonio, Antonio Machado.

Yo, para todo viaje
– siempre sobre la madera
de mi vagón de tercera -,
voy ligero de equipaje.
Si es de noche, porque no
acostumbro a dormir yo,
Y de día, por mirar
los arbolitos pasar,
yo nunca duermo en el tren.
Y, sin embargo, voy bien.
………………………………………….
Luego, el tren, al caminar,
siempre nos hace soñar:
y casi, casi olvidamos
el jamelgo que montamos.

Antonio Machado iba a la ciudad castellana para tomar posesión de la Cátedra de Lengua Francesa en el Instituto General y Técnico de Soria, destino que había elegido al obtener plaza en las oposiciones a cátedras de Francés que se habían resuelto el día 4 de ese mes de abril.

De Madrid a Torralba, ciento cincuenta kilómetros y casi cinco horas de viaje. Cambio de tren en mitad de la noche, otra máquina y otros vagones; tres horas más hasta Soria, a cien kilómetros de distancia. 

Probablemente iría soñando despierto, mas bien recordando y pensando. Hacía tres años que su abuela paterna, Cipriana Álvarez Durán, había muerto; siempre había vivido con sus nietos o estado muy cerca de ellos, y durante muchas noches y anocheceres, siendo niños, o no tan niños, les había leído libros, en castellano y en francés. Habían aprendido las bases del idioma vecino con ella, que a su vez lo había aprendido en su infancia, al acompañar a su padre José Álvarez Guerra en el exilio de éste en Reims, por ser liberal. Contaba a los nietos que en casa de su padre hablaban desde niños, ella y sus hermanos, frecuentemente en francés, bajo la tutela de un profesor y del propio padre. Curiosa la casualidad que aquel bisabuelo de los Machado, extremeño de Zafra, hubiera sido durante un tiempo, en 1826, Gobernador Civil de Soria.

También habían aprendido francés, Antonio y sus cinco hermanos, con su abuelo Antonio Machado Núñez, Catedrático de Ciencias Naturales en la Universidad de Sevilla y en la Central de Madrid, que en su juventud, siendo médico, había vivido en Guatemala (1839 a 1841), viajado como investigador naturalista por Belice, San Salvador, Honduras y algunas islas de Las Antillas, entre ellas Cuba, y residiendo, después, en Francia y Alemania, en París entre 1841 y 1844, aprendiendo francés, ampliando estudios y colaborando en la Sorbona con Becquerel, Orfila y Constant Prevost, y en la primavera de 1844 en el sur de Alemania, donde conoció al que sería su suegro, José Álvarez Guerra, y a la hija que le acompañaba, con la que se casó en Sevilla “en matrimonio secreto,”. Y como no, aprendiendo el idioma también de su padre Antonio Machado Álvarez.

Antonio Machado, en 1899 , entre los meses de junio y octubre vive con su hermano Manuel en París; regresa a la capital francesa en abril de 1902 para permanecer hasta agosto del mismo año. En la primera estancia trabajan como traductores para la editorial Garnier y conocen personalmente a Oscar Wilde y Jean Moréas, el primero en los últimos compases de su agitada vida, Moréas en el punto álgido de su fama literaria. En el segundo viaje trabaja en el Consulado de Guatemala, a las órdenes de Enrique Gómez Carrillo. Curioso que éste escritor Guatemalteco se cambiara o modificara sus apellidos, realmente se llamaba Gómez Machado; Gómez Carrillo fueron los apellidos de su padre, siendo Machado el de su madre, y curioso también que en su tierra natal, Guatemala, colaborara y conociera a un primo hermano del padre de nuestros poetas, llamado Antonio Machado Palomo, hijo de Manuel Machado Núñez. En este punto cabe recordar que una hermanastra de Machado Palomo, María Machado Ugarte fue durante largos años la novia de D. Francisco Giner de los Ríos.

El tren y la lengua francesa le llevaban a Soria, a tierras de Castilla. Y con la especial intensidad que un gran poeta sabe desarrollar, captó la esencia de los campos de Castilla, de sus bosques, ríos y lagunas, picos, riscos y montañas, de las gentes que allí viven, y …. se enamoró de la que fue su mujer, Leonor.

Cinco años mas tarde, en 1912, estas profundas relaciones se vieron tristemente convulsionadas por la muerte de Leonor, su joven esposa. Duro, durísimo golpe para cualquiera, quizás más para un poeta.

Regresemos a aquel primer viaje de Antonio Machado a Soria. La noche se acercaba a su término, las primeras luces de la mañana disolvían las sombras que durante la noche se distinguían al otro lado de las ventanas del tren. Clareaban. Los colores, lentamente, recobraban su intensidad, pasando de tonos durmientes a tonos despiertos. Al final del día, como cada anochecer, volverían a descansar. Ahora podía ver los árboles pasar, y observar como todas aquellas sombras misteriosas que por la noche adivinaba, se convertían en pequeñas casas, montículos cercanos y sobre todo en naturaleza, campo. Campos y tierras de Soria, Campos de Castilla. Eran momentos de primavera, ya avanzada, y los campos húmedos estaban salpicados de pequeñas flores, blancas, azules, amarillas y rosadas, arropadas por los verdes de múltiples tipos de hierbas silvestres. Bajo el tapiz se adivinaba aquel otro color, pardo, de la tierra. A lo lejos se recortaban en el cielo elevados montes y agudos picos que lo señalaban. Sin advertencia, silenciosamente, se encontró junto al cauce de un río, el tren corrió un trecho paralelo a él, sus aguas emitía un suave rumor. Estaba llegando a Soria. 

Y nuestro poeta, seguramente, empezó a soñar despierto con aquellos parajes castellanos. Sabía que en horas empezaría a conocer a sus gentes y sus obras. El escenario en el que iba a vivir, al menos durante unos años, se le estaba presentando, amable, en todas sus facetas.

Un pequeño carruaje, tirado por un pollino, tintineando para avisar de su presencia, le subió al centro de la ciudad castellana; le dejó frente a una pensión, en la calle Collado, que regentaban Isidoro Martínez y Regina Cuevas (ésta última era hermana de la que, luego, sería su suegra). De la pensión al Instituto para presentarse y tomar posesión de su cátedra. Empezaba a conocer a algunos de los que fueron sus amigos, o como hemos indicado, sus familiares.

Apenas fueron los días de una semana los que Antonio permaneció en la ciudad Soriana. El día 6 de mayo el periódico Tierra Soriana recoge una corta noticia: “En el tren de anoche marcho a Madrid nuestro amigo D. Antonio Machado Ruiz, profesor de francés del Instituto Provincial de Soria”. 

Regresaba a Madrid. Nuevamente una larga noche en tren; esta vez le acompañaban unas primeras sensaciones y sentimientos que ya habían anidado en su corazón. Soria, sus antiguos edificios, iglesias, colegiatas y conventos, las orillas del Duero, los álamos y chopos que junto a ellas crecían agitando por el viento los centelleantes verdes de sus hojas, mágicos y majestuosos, algunos parajes cercanos a la capital, los enclaves arqueológicos numantinos, sus ecos profundos, graves y lejanos, los perfiles y cumbres de los distantes montes que a lo lejos se divisaban. En todo ello la presencia de la naturaleza y un incipiente conocimiento de las gentes y de algunos de sus hechos.

Esta estancia en Soria se vio reflejada en un poema que seguramente escribió en las semanas siguientes, Orillas del Duero, que incluyó, en la primera edición que se publicó a finales de 1907, en Soledades. Galerías. Otros poemas. Los versos finales dicen:

……. El Duero corre, terso y mudo, mansamente.
El campo parece, más que joven, adolescente.
Entre las hierbas alguna humilde flor ha nacido,
azul o blanca. ¡Belleza del campo apenas florido,
y mística primavera!

¡Chopos del camino blanco, álamos de la ribera,
espuma de la montaña
ante la azul lejanía, 
sol del día, claro día,
hermosa tierra de España!

Se considera, en base a fechas escritas en manuscritos suyos, “Soria. Cerro de Santa Ana, 6 de Julio de 1907” y “Cidones 4 de agosto de 1907”, que regresó entre esas fechas a Soria. No lo podemos asegurar, pero sí podemos pensar que, de ser cierta esta presencia en Soria, algo iba germinando con intensidad en él: Campos de Castilla. 

En cualquier caso regresa a primeros de octubre a Soria. El día 7 inicia las clases de francés.

Cinco años en Soria y sus tierras. En ellos, los meses en París con Leonor, de enero a septiembre de 2011. Conoce a fondo la ciudad castellana, frecuenta los escasos cafés y los centros de reunión locales, conversa con sus nuevos amigos, algunos lo serán para toda la vida, escucha, oye cosas que le emocionan y otras que no le agradan, se habla de incendios y de crímenes atroces, viaja por la provincia, para en las ventas del camino, habla y vuelve a escuchar a los habitantes de los campos sorianos, de los pequeños pueblos. 

Es la venta en los puertos:
Fuencebada
Piqueras, Oncala, Manzanal, Fuenfría,
Salas, Illescas, Almazán,
Fuenfría, Oncala, Manzanal, Piqueras
La venta y la posada.

Se desplaza con frecuencia a Cidones, próxima a Soria, a Numancia y las excavaciones de Adolf Schulten, algunos cortos viajes, excursiones por el campo y la montaña, entre ellas hasta la laguna Negra; en alguna posada recoge una leyenda popular sobre la que compone el romance La Tierra de Alvargonzález.

Escribe para su libro Campos de Castilla, y algunos de sus poemas ven la luz, anticipadamente, en las revistas en las que frecuentemente publica. 

No es éste prólogo lugar para profundizar sobre el contenido lírico y literario de Campos de Castilla, otros, sin duda más preparados y conocedores de la obra que yo, son los que han tenido, tienen y tendrán la palabra. Mi aportación solo se limita a introducir pequeños datos, imágenes o sueños, sobre los tiempos y lugares en los que nuestro poeta escribió estos poemas.

¿En París?, seguro, ¿en Madrid?, también. En los fines de semana y periodos vacacionales en Madrid, y en su estancia con Leonor en la ciudad del Sena, su trabajo poético no cesó. Las imágenes sorianas le acompañaron siempre, grabadas en su corazón, como recuerdo imperecedero.

En la primavera de 1912 aparece la primera edición de Campos de Castilla. Leonor lee los poemas, le reconforta la lectura de los versos de Antonio. Juntos pasean a orillas del Duero, entre San Polo y San Saturio, bajo las sombras de los álamos ,

Sentí tu mano en la mía,
tu mano de compañera.

Finaliza Julio de 1912, y Leonor, la joven esposa, fallece, justo tres años después de haberse casado con Antonio. Antonio, dolorido, deja Soria el 8 de agosto. 

Casi tres meses en Madrid. Consigue el traslado de Soria a Baeza a finales de agosto y se incorpora al nuevo destino a finales de octubre.

De Madrid a Baeza. Hacia el 20 de octubre viaja a la cuidad andaluza, nuevamente el tren, viajes lentos y horas sobre la madera del vagón de tercera. Hasta Despeñaperros, Castilla la Nueva, predominan las viñas en el paisaje que observa desde su asiento a través de la ventana. Desde Despeñaperros y hasta Baeza, son olivos, olivos alineados en incontables líneas paralelas que solo las lomas del campo impiden ver donde terminan, o donde empiezan. Y recuerda,

¿No ves, Leonor, los álamos del río
con sus ramajes yertos?
Mira el Moncayo azul y blanco; dame
tu mano y paseemos.
………………………………………………………
Soñé que tú me llevabas
por una blanca vereda,
en medio del campo verde, 
hacia el azul de las sierras,
hacia los montes azules,
una mañana serena.

Para distraer el dolor de su corazón va observando el nuevo paisaje, piensa en su destino, Baeza, y reabre recuerdos lejanos recurrentes, reaparece su abuela Cipriana (él se llama Cipriano de segundo nombre), y el padre de ella, José Álvarez Guerra, y el padre de éste Francisco Álvarez Martínez, del que había leído varios escritos de finales del siglo XVIII y primeros del XIX sobre la forma adecuada del cultivo de los olivos, de sus podas, y de los “cuidados que eran menester”. También el hermano de su bisabuelo José, Juan Álvarez Guerra, preso por Fernando VII el 10 de mayo de 1814 por ser liberal, por ser su Ministro de Gobernación, y condenado a ocho años al presidio de Ceuta, donde fue enviado con sus colegas Arguelles, Martínez de la Rosa, Manuel Quintana y otros liberales, había escrito ampliamente sobre agricultura y sobre el cultivo de los olivos, lo que en los momentos liberales del “Deseado”, pocos pero los hubo, le acarreó un segundo nombramiento de Ministro, esta vez de Agricultura. Ahora, su destino , el de Antonio Machado, se enmarcaba en tierras y campos de olivares.

¡Viejos olivos sedientos
bajo el claro sol del día,
olivares polvorientos
del campo de Andalucía!
¡El campo andaluz, peinado
por el sol canicular,
de loma en loma rayado
de olivar y de olivar!

En Baeza termina de escribir los poemas que incluirá en Campos de castilla, dentro de la primera edición de Poesías Completas, publicada en 1917; veinticuatro nuevos poemitas breves, en “Proverbios y Cantares”, otros poemas con el recuerdo de Leonor y de las tierras sorianas, y poco a poco poemas sobre los campos andaluces, y sus gentes. Elogios de amigos, a José María Palacios, a don Francisco Giner de los Ríos, al joven meditador José Ortega y Gasset, a Xavier Valcarce, a Rubén Darío, a Narciso Alonso Cortés, a don Miguel de Unamuno, a Juan Ramón Jiménez y junto a éstos duros versos al encuentro de la necesaria regeneración de España: CXXXI, CXXXV, CXLIV, CXLV.

Pasea, lee, escribe. Contempla los campos de Baeza, los olivares y otra vez los montes, viaja por la sierra de Cazorla donde se anima a cabalgar sobre mulos y caballos por las escarpadas laderas y caminos. Cuando puede se desplaza a Madrid, y con motivo de la boda de su hermano Paco viaja hasta el Puerto de Santa María. Su madre, Ana, le acompaña durante algunas temporadas; Paco, destinado en Cartagena, va a verle a Baeza, juntos pasean por los campos, entre olivares.

En mi estancia, iluminada
por esta luz invernal,
– la tarde gris tamizada
por la lluvia y el cristal –
sueño y medito.