SOBRE «CAMPOS DE CASTILLA»

Sobre Campos de Castilla.
Por Manuel Álvarez Machado

La plateada luz de la noche proyectaba los contornos de los árboles y arbustos, de algunos muros y rocas, creando sombras oscuras rodeadas de otras más tenues. La noche había sido lenta sobre aquel tren que con destino Soria había partido uno de los últimos días de abril de 1907 de un Madrid ya anochecido. Uno de sus pasajeros era un joven de casi 32 años, alto, delgado, traje gris, casi negro; una pequeña maleta, un abrigo de paño, un sombrero y probablemente un bastón, descansaban sobre las redes que destinadas a albergar ropas y equipajes discurrían a lo largo de los laterales interiores del vagón, por encima de las ventanas y sujetas a una sencilla estructura de madera,. Su cara serena, tranquila, su nombre Antonio, Antonio Machado.

Yo, para todo viaje
– siempre sobre la madera
de mi vagón de tercera -,
voy ligero de equipaje.
Si es de noche, porque no
acostumbro a dormir yo,
Y de día, por mirar
los arbolitos pasar,
yo nunca duermo en el tren.
Y, sin embargo, voy bien.
………………………………………….
Luego, el tren, al caminar,
siempre nos hace soñar:
y casi, casi olvidamos
el jamelgo que montamos.

Antonio Machado iba a la ciudad castellana para tomar posesión de la Cátedra de Lengua Francesa en el Instituto General y Técnico de Soria, destino que había elegido al obtener plaza en las oposiciones a cátedras de Francés que se habían resuelto el día 4 de ese mes de abril.

De Madrid a Torralba, ciento cincuenta kilómetros y casi cinco horas de viaje. Cambio de tren en mitad de la noche, otra máquina y otros vagones; tres horas más hasta Soria, a cien kilómetros de distancia. 

Probablemente iría soñando despierto, mas bien recordando y pensando. Hacía tres años que su abuela paterna, Cipriana Álvarez Durán, había muerto; siempre había vivido con sus nietos o estado muy cerca de ellos, y durante muchas noches y anocheceres, siendo niños, o no tan niños, les había leído libros, en castellano y en francés. Habían aprendido las bases del idioma vecino con ella, que a su vez lo había aprendido en su infancia, al acompañar a su padre José Álvarez Guerra en el exilio de éste en Reims, por ser liberal. Contaba a los nietos que en casa de su padre hablaban desde niños, ella y sus hermanos, frecuentemente en francés, bajo la tutela de un profesor y del propio padre. Curiosa la casualidad que aquel bisabuelo de los Machado, extremeño de Zafra, hubiera sido durante un tiempo, en 1826, Gobernador Civil de Soria.

También habían aprendido francés, Antonio y sus cinco hermanos, con su abuelo Antonio Machado Núñez, Catedrático de Ciencias Naturales en la Universidad de Sevilla y en la Central de Madrid, que en su juventud, siendo médico, había vivido en Guatemala (1839 a 1841), viajado como investigador naturalista por Belice, San Salvador, Honduras y algunas islas de Las Antillas, entre ellas Cuba, y residiendo, después, en Francia y Alemania, en París entre 1841 y 1844, aprendiendo francés, ampliando estudios y colaborando en la Sorbona con Becquerel, Orfila y Constant Prevost, y en la primavera de 1844 en el sur de Alemania, donde conoció al que sería su suegro, José Álvarez Guerra, y a la hija que le acompañaba, con la que se casó en Sevilla “en matrimonio secreto,”. Y como no, aprendiendo el idioma también de su padre Antonio Machado Álvarez.

Antonio Machado, en 1899 , entre los meses de junio y octubre vive con su hermano Manuel en París; regresa a la capital francesa en abril de 1902 para permanecer hasta agosto del mismo año. En la primera estancia trabajan como traductores para la editorial Garnier y conocen personalmente a Oscar Wilde y Jean Moréas, el primero en los últimos compases de su agitada vida, Moréas en el punto álgido de su fama literaria. En el segundo viaje trabaja en el Consulado de Guatemala, a las órdenes de Enrique Gómez Carrillo. Curioso que éste escritor Guatemalteco se cambiara o modificara sus apellidos, realmente se llamaba Gómez Machado; Gómez Carrillo fueron los apellidos de su padre, siendo Machado el de su madre, y curioso también que en su tierra natal, Guatemala, colaborara y conociera a un primo hermano del padre de nuestros poetas, llamado Antonio Machado Palomo, hijo de Manuel Machado Núñez. En este punto cabe recordar que una hermanastra de Machado Palomo, María Machado Ugarte fue durante largos años la novia de D. Francisco Giner de los Ríos.

El tren y la lengua francesa le llevaban a Soria, a tierras de Castilla. Y con la especial intensidad que un gran poeta sabe desarrollar, captó la esencia de los campos de Castilla, de sus bosques, ríos y lagunas, picos, riscos y montañas, de las gentes que allí viven, y …. se enamoró de la que fue su mujer, Leonor.

Cinco años mas tarde, en 1912, estas profundas relaciones se vieron tristemente convulsionadas por la muerte de Leonor, su joven esposa. Duro, durísimo golpe para cualquiera, quizás más para un poeta.

Regresemos a aquel primer viaje de Antonio Machado a Soria. La noche se acercaba a su término, las primeras luces de la mañana disolvían las sombras que durante la noche se distinguían al otro lado de las ventanas del tren. Clareaban. Los colores, lentamente, recobraban su intensidad, pasando de tonos durmientes a tonos despiertos. Al final del día, como cada anochecer, volverían a descansar. Ahora podía ver los árboles pasar, y observar como todas aquellas sombras misteriosas que por la noche adivinaba, se convertían en pequeñas casas, montículos cercanos y sobre todo en naturaleza, campo. Campos y tierras de Soria, Campos de Castilla. Eran momentos de primavera, ya avanzada, y los campos húmedos estaban salpicados de pequeñas flores, blancas, azules, amarillas y rosadas, arropadas por los verdes de múltiples tipos de hierbas silvestres. Bajo el tapiz se adivinaba aquel otro color, pardo, de la tierra. A lo lejos se recortaban en el cielo elevados montes y agudos picos que lo señalaban. Sin advertencia, silenciosamente, se encontró junto al cauce de un río, el tren corrió un trecho paralelo a él, sus aguas emitía un suave rumor. Estaba llegando a Soria. 

Y nuestro poeta, seguramente, empezó a soñar despierto con aquellos parajes castellanos. Sabía que en horas empezaría a conocer a sus gentes y sus obras. El escenario en el que iba a vivir, al menos durante unos años, se le estaba presentando, amable, en todas sus facetas.

Un pequeño carruaje, tirado por un pollino, tintineando para avisar de su presencia, le subió al centro de la ciudad castellana; le dejó frente a una pensión, en la calle Collado, que regentaban Isidoro Martínez y Regina Cuevas (ésta última era hermana de la que, luego, sería su suegra). De la pensión al Instituto para presentarse y tomar posesión de su cátedra. Empezaba a conocer a algunos de los que fueron sus amigos, o como hemos indicado, sus familiares.

Apenas fueron los días de una semana los que Antonio permaneció en la ciudad Soriana. El día 6 de mayo el periódico Tierra Soriana recoge una corta noticia: “En el tren de anoche marcho a Madrid nuestro amigo D. Antonio Machado Ruiz, profesor de francés del Instituto Provincial de Soria”. 

Regresaba a Madrid. Nuevamente una larga noche en tren; esta vez le acompañaban unas primeras sensaciones y sentimientos que ya habían anidado en su corazón. Soria, sus antiguos edificios, iglesias, colegiatas y conventos, las orillas del Duero, los álamos y chopos que junto a ellas crecían agitando por el viento los centelleantes verdes de sus hojas, mágicos y majestuosos, algunos parajes cercanos a la capital, los enclaves arqueológicos numantinos, sus ecos profundos, graves y lejanos, los perfiles y cumbres de los distantes montes que a lo lejos se divisaban. En todo ello la presencia de la naturaleza y un incipiente conocimiento de las gentes y de algunos de sus hechos.

Esta estancia en Soria se vio reflejada en un poema que seguramente escribió en las semanas siguientes, Orillas del Duero, que incluyó, en la primera edición que se publicó a finales de 1907, en Soledades. Galerías. Otros poemas. Los versos finales dicen:

……. El Duero corre, terso y mudo, mansamente.
El campo parece, más que joven, adolescente.
Entre las hierbas alguna humilde flor ha nacido,
azul o blanca. ¡Belleza del campo apenas florido,
y mística primavera!

¡Chopos del camino blanco, álamos de la ribera,
espuma de la montaña
ante la azul lejanía, 
sol del día, claro día,
hermosa tierra de España!

Se considera, en base a fechas escritas en manuscritos suyos, “Soria. Cerro de Santa Ana, 6 de Julio de 1907” y “Cidones 4 de agosto de 1907”, que regresó entre esas fechas a Soria. No lo podemos asegurar, pero sí podemos pensar que, de ser cierta esta presencia en Soria, algo iba germinando con intensidad en él: Campos de Castilla. 

En cualquier caso regresa a primeros de octubre a Soria. El día 7 inicia las clases de francés.

Cinco años en Soria y sus tierras. En ellos, los meses en París con Leonor, de enero a septiembre de 2011. Conoce a fondo la ciudad castellana, frecuenta los escasos cafés y los centros de reunión locales, conversa con sus nuevos amigos, algunos lo serán para toda la vida, escucha, oye cosas que le emocionan y otras que no le agradan, se habla de incendios y de crímenes atroces, viaja por la provincia, para en las ventas del camino, habla y vuelve a escuchar a los habitantes de los campos sorianos, de los pequeños pueblos. 

Es la venta en los puertos:
Fuencebada
Piqueras, Oncala, Manzanal, Fuenfría,
Salas, Illescas, Almazán,
Fuenfría, Oncala, Manzanal, Piqueras
La venta y la posada.

Se desplaza con frecuencia a Cidones, próxima a Soria, a Numancia y las excavaciones de Adolf Schulten, algunos cortos viajes, excursiones por el campo y la montaña, entre ellas hasta la laguna Negra; en alguna posada recoge una leyenda popular sobre la que compone el romance La Tierra de Alvargonzález.

Escribe para su libro Campos de Castilla, y algunos de sus poemas ven la luz, anticipadamente, en las revistas en las que frecuentemente publica. 

No es éste prólogo lugar para profundizar sobre el contenido lírico y literario de Campos de Castilla, otros, sin duda más preparados y conocedores de la obra que yo, son los que han tenido, tienen y tendrán la palabra. Mi aportación solo se limita a introducir pequeños datos, imágenes o sueños, sobre los tiempos y lugares en los que nuestro poeta escribió estos poemas.

¿En París?, seguro, ¿en Madrid?, también. En los fines de semana y periodos vacacionales en Madrid, y en su estancia con Leonor en la ciudad del Sena, su trabajo poético no cesó. Las imágenes sorianas le acompañaron siempre, grabadas en su corazón, como recuerdo imperecedero.

En la primavera de 1912 aparece la primera edición de Campos de Castilla. Leonor lee los poemas, le reconforta la lectura de los versos de Antonio. Juntos pasean a orillas del Duero, entre San Polo y San Saturio, bajo las sombras de los álamos ,

Sentí tu mano en la mía,
tu mano de compañera.

Finaliza Julio de 1912, y Leonor, la joven esposa, fallece, justo tres años después de haberse casado con Antonio. Antonio, dolorido, deja Soria el 8 de agosto. 

Casi tres meses en Madrid. Consigue el traslado de Soria a Baeza a finales de agosto y se incorpora al nuevo destino a finales de octubre.

De Madrid a Baeza. Hacia el 20 de octubre viaja a la cuidad andaluza, nuevamente el tren, viajes lentos y horas sobre la madera del vagón de tercera. Hasta Despeñaperros, Castilla la Nueva, predominan las viñas en el paisaje que observa desde su asiento a través de la ventana. Desde Despeñaperros y hasta Baeza, son olivos, olivos alineados en incontables líneas paralelas que solo las lomas del campo impiden ver donde terminan, o donde empiezan. Y recuerda,

¿No ves, Leonor, los álamos del río
con sus ramajes yertos?
Mira el Moncayo azul y blanco; dame
tu mano y paseemos.
………………………………………………………
Soñé que tú me llevabas
por una blanca vereda,
en medio del campo verde, 
hacia el azul de las sierras,
hacia los montes azules,
una mañana serena.

Para distraer el dolor de su corazón va observando el nuevo paisaje, piensa en su destino, Baeza, y reabre recuerdos lejanos recurrentes, reaparece su abuela Cipriana (él se llama Cipriano de segundo nombre), y el padre de ella, José Álvarez Guerra, y el padre de éste Francisco Álvarez Martínez, del que había leído varios escritos de finales del siglo XVIII y primeros del XIX sobre la forma adecuada del cultivo de los olivos, de sus podas, y de los “cuidados que eran menester”. También el hermano de su bisabuelo José, Juan Álvarez Guerra, preso por Fernando VII el 10 de mayo de 1814 por ser liberal, por ser su Ministro de Gobernación, y condenado a ocho años al presidio de Ceuta, donde fue enviado con sus colegas Arguelles, Martínez de la Rosa, Manuel Quintana y otros liberales, había escrito ampliamente sobre agricultura y sobre el cultivo de los olivos, lo que en los momentos liberales del “Deseado”, pocos pero los hubo, le acarreó un segundo nombramiento de Ministro, esta vez de Agricultura. Ahora, su destino , el de Antonio Machado, se enmarcaba en tierras y campos de olivares.

¡Viejos olivos sedientos
bajo el claro sol del día,
olivares polvorientos
del campo de Andalucía!
¡El campo andaluz, peinado
por el sol canicular,
de loma en loma rayado
de olivar y de olivar!

En Baeza termina de escribir los poemas que incluirá en Campos de castilla, dentro de la primera edición de Poesías Completas, publicada en 1917; veinticuatro nuevos poemitas breves, en “Proverbios y Cantares”, otros poemas con el recuerdo de Leonor y de las tierras sorianas, y poco a poco poemas sobre los campos andaluces, y sus gentes. Elogios de amigos, a José María Palacios, a don Francisco Giner de los Ríos, al joven meditador José Ortega y Gasset, a Xavier Valcarce, a Rubén Darío, a Narciso Alonso Cortés, a don Miguel de Unamuno, a Juan Ramón Jiménez y junto a éstos duros versos al encuentro de la necesaria regeneración de España: CXXXI, CXXXV, CXLIV, CXLV.

Pasea, lee, escribe. Contempla los campos de Baeza, los olivares y otra vez los montes, viaja por la sierra de Cazorla donde se anima a cabalgar sobre mulos y caballos por las escarpadas laderas y caminos. Cuando puede se desplaza a Madrid, y con motivo de la boda de su hermano Paco viaja hasta el Puerto de Santa María. Su madre, Ana, le acompaña durante algunas temporadas; Paco, destinado en Cartagena, va a verle a Baeza, juntos pasean por los campos, entre olivares.

En mi estancia, iluminada
por esta luz invernal,
– la tarde gris tamizada
por la lluvia y el cristal –
sueño y medito.

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