LA VOZ DE ESPAÑA. GRABACIONES DE AUDIO A ANTONIO MACHADO EN 1938

ANTONIO MACHADO EN LA RADIO,

18 DE NOVIEMBRE DE 1938.

VOZ DE ESPAÑA  –  BARCELONA

Hasta la fecha no se han encontrado documentos sonoros con la voz de ANTONIO MACHADO, pero sabemos que se le grabó para la radio en Barcelona, al menos una vez, y probablemente en otra ocasión en Valencia.

La grabación de Barcelona de la que tenemos conocimiento se efectuó probablemente el 18 de noviembre de 1938, tal vez uno o dos días antes, en la emisora de radio “LA VOZ DE ESPAÑA”.  Esta emisora publicaba un pequeño diario con las referencias de sus programas radiofónicos, y así en su número 107 de 18 de noviembre de 1938 dice en dicho documento:

El insigne poeta español Don Antonio Machado ha hablado por radio, a través de las emisiones de “La Voz de España”, a todos los españoles

“Solamente es legítimo el Gobierno que representa la voluntad del pueblo español, libremente expresado”.

Sigue el documento diario con la reproducción del primer párrafo de la alocución, para terminar destacando las siguientes palabras:

“En el trance trágico y decisivo que vivimos, no puede haber dudas ni vacilaciones para un español. Ya no le es dado elegir bando ni bandería: ha de estar necesariamente con España y en contra de los invasores”.

Igualmente, “La Vanguardia” de Barcelona, en su página 3 del martes 22 de noviembre de 1938, se hace eco de esta alocución de don Antonio Machado dirigida a todos los españoles, que trascribe en dicha pagina, y que ahora y a continuación transcribimos nosotros:

En la patriótica emisión de radio que diariamente se da con el título “La Voz de España”.  Ha sido divulgada la siguiente alocución del ilustre poeta don Antonio Machado:

         “A todos los españoles –  Más de una vez he dicho, y nunca me cansaré de repetirlo, que mi ideario político se ha limitado siempre a aceptar como legítimo solamente el Gobierno que representa la voluntad del pueblo, libremente expresada.  He de añadir que la palabra pueblo no tiene para mi una marcada significación de clase; del pueblo español forman parte todos los españoles. Por eso estuve siempre al lado de la República española, cuyo advenimiento trabajé en la modesta medida de mis fuerzas y dentro de los cauces que yo estimaba legales. Cuando la República se implantó en España, como una inequívoca expresión de la voluntad política de nuestro pueblo, la saludé con alborozo y me apresté a servirla, sin aguardar de ella ninguna ventaja material. Si ella hubiera venido como consecuencia de un golpe de mano, como imposición de la astucia o de la violencia, yo hubiera estado siempre enfrente de ella.  Yo sé muy bien que dentro de una República se plantean problemas mucho más hondos que el estrictamente político – son ellos de índole económica, social, religiosa, cultural, en suma -, y que, dentro de esa República, caben ideologías no solo diversas, sino hasta encontradas. Pero por muy honda y enconada que sea la lucha, La República conserva su legitimidad mientras la voluntad del pueblo, libremente expresada, no la condene.  Por eso cuando un grupo de militares volvió contra el legítimo Gobierno de cla República las armas que de él había recibido para defenderla de agresiones injustas, yo estuve, sin vacilar. Al lado de ese Gobierno desarmado. Sin vacilar, digo, y también sin la menor jactancia: `porque creía cumpl.ir un deber estricto.  Los profesionales de las armas no eran ya el Ejército de España: el Ejército de España era entonces, para mi, aquel que el pueblo hubo de improvisar con los mejores de sus hijos; un Ejército tan débil e insuficientemente armado por fuera, como fuerte y superabundantemente provisto, por dentro, de razón y de energía moral. Improvisado, digo, con los mejores de sus hijos, y no vacilo en añadir: con un pequeño grupo de voluntarios propiamente dichos, de hombres abnegados y generosos que venían a España, sin la más leve ambición material, a verter su sangre en defensa de una causa justa.

         Con todo ello, y convencido de la ceguera, de los errores. De la injusticia de nuestros adversarios, de cuya índole facciosa no dudé un momento, confieso que nunca pude aborrecerlos: con todos sus yerros, con todos sus pecados, eran españoles; y el lazo fraterno, hondamente fraterno de la patria común, no podía romperse ni con la más enconada guerra civil.

         Pero se inició el hecho monstruoso de la invasión extranjera. De un modo subrepticio y cobarde. La invasión se produjo, y fue tomando cuerpo y realidad innegable a medida que el tiempo avanzaba. Dos pueblos extranjeros habían penetrado en España para disponer para disponer de su destino futuro y para borrar por la fuerza y la calumnia su historia pasada.  En el trance trágico y decisivo que hoy vivimos. No puede haber dudas ni vacilaciones para un español. Ya no le es dado elegir bando no bandería: ha de estar necesariamente con España y en contra de los invasores. Dejemos a un lado la parte de culpa que en la invasión de España hayan podido tener los españoles mismos. Si este pecado existe, si alguien lo cometió conscientemente, es de índole tal que escapa al poder de sanción de todo tribunal humano.

         Reparad también en que ni siquiera he hablado de fascismo ni de marxismo. No creo que haya nadie en España que diste más que yo del ideario fascista. Siempre he creido, sin embargo, que, desde un punto de vista teórico, cabe ser fascista sin que por ello dejar de ser español. Mas siempre he afirmado que no se pueda ser español y entregar el territorio y los destinos de España a la codicia imperialista del fascio italiano o del racismo alemán. No creo que nadie. Hoy, en España, pueda pretender honradamente que esto sea posible.

         Se nos ha calumniado, dentro y fuera de España, diciendo que nosotros también servimos una causa extranjera: que trabajamos por cuenta de Rusia. La calumnia es doblemente pérfida, pero tan grosera, que no ha podido engañar a nadie que no sea perfectamente imbécil.  Porque todos saben (están hartos de saber) que Rusia, ese pueblo admirable, que renunció a su imperio para libertar a sus pueblos, no atentó nunca a la libertad de los ajenos y que non tuvo jamás la más leve ambición territorial en España. Esto lo saben todos, aunque muchos disimulen ignorarlo.

         Ha llegado el día, hombres de España, de España entera – quiero decir de todos los pueblos hispánicos cuyo territorio está invadido, – en que hemos de reconocer esta verdad inconcusa: nuestro deber más imperioso es luchar por nuestra independencia terriblemente amenazada. Y España es fuerte, mucho más fuerte de lo que piensan nuestros enemigos, porque como he dicho una vez, y no me importa repetirlo, España no ex una invención de la diplomacia extranjera o la resultante de tratados de paz más o menos ineptos. Lleva siglos de vida propia, perfectamente definida   por su raza, por su lengua, por su geografía, por su historia y por su aportación a la cultura universal.  No dudéis un momento que traiciona a su patria quien se niegue a defenderla contra la invasión extranjera.

         El Gobierno de nuestra República, en el ejercicio de un derecho incuestionable, y en el cumplimiento de du más alto deber, ha formulado, en el documento del doctor Negrín, de todos conocido, las líneas generales de los fines de guerra para España entera. Nada en ellos se prejuzga; nada en ellos implica coacción o amenaza.  Toso en ellos significa atención y respeto para todas las buenas voluntades de España. Meditadlo bien.  Y escuchad. Al par, el dictado de vuestra conciencia. El os señalará el único camino para ser españoles.”.

         Esta alocución emitida por La Voz de España es incuestionable, solo falta el encontrar la grabación de la misma, ¡si se realizó – pensamos que sí-  y alguien, o algún fondo documental sonoro, la conserva). Por ello solicitamos a todas aquellas personas que conozcan o estudien este tipo de archivos intenten encontrar este documento sonoro, que sería extraordinario par conocer un poco más la personalidad de Antonio Machado.

         Igualmente, aunque no tenemos la seguridad de que sea cierto lo que ahora vamos a decir, aplicar esta búsqueda de documento sonoro a otra, posible, alocución de Antonio Machado, del día 7 de noviembre de 1938. En La Vanguardia del martes día 8 de noviembre de 1938, en su página 5, se dice:

         “Antonio Machado habla del 7 de noviembre”.

         “Quién oyó los primeros cañonazos disparados sobre Madrid  por las baterías facciosas, emplazadas en la Casa de Campo, conservará para si empre en la memoria una de las emociones más antipáticas, más angustiosas y perfectamente demoníacas que pueda el hombre experimentar en su vida. Los asesinos de Madrid, asesinos de España, estaban allí, crueles, implacables… Pero no entraban. ¡Oh! No podían entrar. Hubo de aplazarse indefinidamente el sacrílego Te Deum en la Puerta del Sol, que proyectaban aquellos enemigos de Dios, para festejar la consumación de su crimen. No entraron, no podían entrar, porque Madrid no lo consentía. Un general insigna y unos cuantos capitanes egregios – ¿habrá algún día bronce bastante para ellos? – cuajaron con pechos un frente de combate, una barrera infranqueable para el odio faccioso. Han pasado dos años y, para asombro del mundo –  ¿merece el mundo tan sublime espectáculo? – esa barrera sangra, pero no cede. ¿Triunfará Madrid? La victoria la ha ganado cien veces, quiero decir que cien veces la ha merecido.”.

         ¿Es una transcripción de una alocución radiofónica del día 7 de noviembre de 1938? Si es así, y como en el caso anterior  fue “La Voz de España” la emisora, ¿se grabó y se conserva?

         Esperemos que alguien solucione las dudas, y por supuesto esperemos que sea cierta y que se encuentre la grabación.

Antonio Machado en Valencia. Se doce que se grabó este discurso

         En relación con estos temas radiofónicos relativos a la grabación y conservación de la voz de Antonio Machado, recordamos que se dice, o se ha escrito, que en Valencia, en el año 1937, nuestro poeta habló por la radio al menos una vez, y que su discurso del 1º  de mayo de ese año también fue grabado.  Pero no tenemos más información. 

Villa Amparo (Rocafort – Valencia)
en 1937.

¡Bienvenida sea la información que pueda aparecer¡

CARTA DE 4 DE MARZO DE 1939 de FRANCISCO LÓPEZ GANIVET y de LUCÍA GONZÁLEZ DIAZ.

La noticia de la muerte de Antonio Machado se extendió rápidamente entre los medios oficiales de la república, el mundo de los intelectuales y entre muchos españoles, republicanos en su mayoría, que estaban ya en Francia. En los días siguientes trascendió, a través de la prensa, sobre todo española, francesa e inglesa, llegando la noticia a muchas personas y paises.

La situación de la mayoría de ellos era compleja, pues casi todos tenían bastante problema con saber donde estaban, a donde iban y que futuro les aguardaba, además de la urgente preocupación de poder cubrir las necesidades del día a día.

No obstante muchos fueron los que enterados del luctuoso hecho se movilizaron, dentro de sus escasas posibilidades, para rendir en Collioure un último homenaje al poeta.

Otros, ante la dificultad o imposibilidad de trasladarse a Collioure, optaron por enviar cartas o telegramas de condolencia a los familiares, y en particular a aquellos que con él habían estado hasta el último día de su vida.

Entre los que se desplazaron hasta el Hotel Bougnol-Quintana de Collioure, citamos a Gastón Prats y Henry Frère.  Como quedó recogido en posteriores manifestaciones suyas, algunas grabadas en audio, llegaron a Collioure al atardecer del mismo 22 de febrero de 1939. Estuvieron prácticamente toda la noche en el velatorio y al día siguiente en el entierro. Venían del cercano pueblo de Saint André, junto a Perpiñán. Son conocidos los dibujos que Frére hizo esa noche de Antonio Machado ya muerto. Gastón Prats regresó a Collioure tres días después, el 25 de febrero, al enterarse del fallecimiento de Ana Ruiz, madre del poeta.

Probablemente el 1 o el 2 de marzo Gastón Prats informó a su amigo Francisco Ganivet de la muerte de la madre de los Machado y de las señas de Collioure, donde quedaban José Machado y su mujer, a los que también conocía Francisco.  Francisco Ganivet estaba en un pueblo al norte de Montpelier llamado Monoblet (Gard).

Con esta información el día 4 de marzo Francisco Ganivet y su compañera Lucía González escriben a José Machado trasmitiéndole que “de todo corazón hemos sentido los dos las dos pérdidas que lloran ustedes, Queríamos sinceramente a Don Antonio”. Igualmente le dicen que saben por Gastón Prats    “que amigos de París les están ayudando a ustedes”. Le comenta que “de mi hija tengo buenas noticias. Esta allá feliz y contenta”, y añade “supongo que igual estarán las de ustedes”. Se despide “son sus sinceros amigos” Lucia González y Francisco Ganivet.

¿Quiénes eran estos amigos de los Machado?. Tras sencillas investigaciones llegamos a saber que el que firma como Francisco Ganivet era Francisco López Ganivet, y Lucía González su segunda mujer cuyo nombre completo era Lucía González Díez.

La hija de la que dice Francisco que está allá feliz y contenta era Carmen López Landa, hija suya y de su primera mujer Matilde Landa Vaz, de la que se separó amigablemente al comienzo de la Guerra Civil española.

Francisco López Ganivet, Matilde Landa Vaz y
la hija de ambos, Carmen López Landa

Las hijas “de ustedes”, Eulalia, María y Carmen, eran las tres hijas de José Machado y su mujer Matea Monedero.

Estas cuatro niñas, acompañadas de una prima de la hija de Francisco López Ganivet, y de la hija, Amaya, de Dolores Ibarruri, salieron juntas desde Barcelona con destino la U.R.R.S. en el verano de 1938, llegando a Moscú en septiembre. Las acompañó Rubén Landa Vaz, hermano de Matilde., Obviamente Francisco López Ganivet dio su aprobación al traslado de su hija, máxime cuando su hermana Josefa López Ganivet estaba en Moscú como educadora de los niños españoles que a esta ciudad llegaban.

Carmen López Landa llegó a Moscú, parece que pasando previamente unos días en Kaluga, ciudad en la que trabajaba como educadora su prima Luisa Viqueira Landa (hija de su tía Jacinta y hermana de su otra prima que le acompañaba en el viaje, Carmen Viqueira Landa), y permaneció en esta capital de la U.R.R.S. hasta agosto de 1939, fecha en la que en compañía de su tío Rubén  y su tía Jacinta, que fue a buscar a sus hijas y a su sobrina a Moscú, se trasladó a Mexico. Aquí vivió hasta el final de la II Guerra Mundial, trasladándose a Londres en 1945. En Londres se reunió con su padre Francisco López Ganivet y con su mujer Lucía González Diéz, con los que vivió hasta principios de 1951. En estos años se afilió al PCE, siendo trasladada en este año a Praga para trabajar como interprete y traductora en la Unión Internacional de Estudiantes.

En esta ciudad checa volvió a coincidir con una de las niñas que con ella salió de Barcelona en 1938, Eulalia Machado Monedero, sobrina de Antonio Machado. Ambas estaban ya casadas y vinculadas de alguna manera, directa o indirectamente con el PCE. Probablemente por pequeñas disidencias con la “opinión oficial”, en distintos momentos ambos matrimonios fueron “trasladados” a la apartada ciudad de Usti Nad Labem, volviendo a coincidir en esta población cercana a la frontera alemana; en el caso de Carmen el traslado lo fue como medida sancionadora por algún tipo de “comportamiento inapropiado”. En el caso de Eulalia por “comportamiento inapropiado (titista)” de su marido Jerónimo Casado Botija.

Como podemos ver la vida gira sin cesar y las personas pueden volver a encontrarse en distintos años, lugares y circunstancias.

Carmen regresó a España en el año 1960, volviendo a encontrarse con su padre en Granada, pero por motivos políticos tuvo que emigrar nuevamente a México, volviendo definitivamente a España en 1970, donde murió en 2006, no sin antes haber participado en actos en memoria de su madre Matilde Landa.

Eulalia Machado y Leonor Machado en Madrid

Eulalia, al ser rehabilitado su marido, fue destinada con él, en 1963 a la Habana (Cuba), desde donde regresó a Praga en el 1966, al fallecer en la isla su marido.  Desde Praga consiguió regresar a Madrid con su hijo Antonio Casado Machado. Aquí vivió hasta su fallecimiento en 2010. Su hijo regresó pronto a Praga para casarse, durante años fue la voz en castellano que se oía en Radio Praga en sus emisiones para España y Sudamérica, posteriormente fue contratado por la Embajada de España en Checoslovaquia, donde trabajó muchos años. Ahora, ya jubilado vive con su mujer, sus hijos y nietos en Praga.

RADIO PARIS: Entrevista a Gastón Prats en 1975.

Título: Muerte de [Antonio] Machado evocada por Gastón Prats

Año: [1975?]

Duración: 21 min., 25 seg.

Fondo sonoro: Radio París. Ramírez/del Campo

Resumen: Entrevista a Gastón Prats, teniente interprete en los campos de concentración del Rosellón, Argelés y Saint Cyprien, sobre Antonio Machado

Gastón Prats fue profesor de francés en Madrid durante 7 años, y se encontraba en su pueblo, Saint André, próximo a Collioure, Se enteró por un amigo de la muerte de Antonio Machado el mismo día 22 por la tarde. Se acercó a Collioure, hasta el Hotel Bougnol-Quintana, en el que, tras dar las condolencias a José Machado, permaneció en el velatorio que se organizó en el Hotel durante toda la noche. Al día siguiente asistió al entierro. Días más tarde regresó a Collioure al enterarse de la muerte de Ana Ruiz, madre de Antonio y de José. Coincidió con la llegada de Manuel Machado, con el q¡ue mantuvo una estensa concversación y al que acompañó a la estación para su regreso a España (parece ser que via Paris).

Todo esto nos lo cuenta en esta entrevista realizada en 1975.

Antonio Machado cruzó la frontera en enero de 1939, junto a miles de refugiados que huían del avance de las tropas franquistas. Fue acogido en Collioure, junto a su madre, su hermano y su cuñada. Enfermo, exhausto y derrotado, murió pocos días después, el 22 de febrero. La grabación registra una entrevista a Gaston Prats, que tuvo lugar poco después del acto de Homenaje a Antonio Machado en Collioure de 1975, uno de los más emblemáticos, celebrado todavía en vida del dictador. Gaston Prats fue una de las personalidades que más auxilió a la familia Machado desde que llegaron a Collioure como exiliados, y especialmente durante el funeral de Antonio Machado, muy poco tiempo después. Fue así mismo amigo personal de Julián Antonio Ramírez y de Adelita del Campo, y gran sostén de los mismos durante la estancia del matrimonio en los campos franceses de refugiados españoles. Julián Antonio Ramírez recuerda todo ello en sus memorias :

«(…) La noticia de la muerte de Antonio Machado en el vecino pueblo de Collioure no me pareció causar especial conmoción fuera de los más o menos reducidos grupos de intelectuales, en los que se sintió como una gran desgracia más, en el caótico ambiente de confusión. Viene a colación, porque la triste noticia nos llegó gracias a un teniente del Ejército francés, intérprete oficial de aquellos campos. Gaston Prats, miembro de una muy acomodada familia de viticultores del Rosellón, era un hispanista de pro que acababa de pasar siete años en España como becario en la Casa Velázquez de Madrid. Había hecho el mítico viaje de la Alcarria y era un gran admirador de Federico García Lorca, sobre todo. Fue el hombre providencial para que pudiésemos llevar adelante nuestras actuaciones culturales. Y gracias a su ayuda, igualmente, pudo mantenerse allí Adelita. Gastón Prats fue uno de los que principalmente se ocuparon de la familia Machado cuando hubieron de apearse del tren en Collioure e instalarse en el Hotel Quintana; les acompañó en los días de la muerte del poeta y de doña Ana, su madre; me contó cómo se había preparado la bandera tricolor que envolvió el féretro; logró el permiso para que fuesen oficiales del Ejército Republicano -que, sancionados, estaban recluidos en el castillo del pintoresco puertecito- quienes lo llevaron a hombros hasta el cementerio. Unos días más tarde, Gastón recibió al hermano, Manuel Machado, llegado de la España franquista con un permiso especial de breve duración (…)» (Ici París, 168-169).

Grabación de audio. Gastón Prats.

https://verticevs1.cpd.ua.es/cw/fonoteca/runv/10439.mp3


RADIO PARIS:Título: «Homenaje a Antonio Machado en el cementerio de Collioure».Año: 1975 Duración: 15 min., 45 seg. Fondo sonoro: Radio París Ramírez/del Campo

Entrevistas en el cementerio de Collioure.

https://verticevs1.cpd.ua.es/cw/fonoteca/runv/10448.mp3

Así decía Jacques Baills al referirse a un grupo de españoles que acababan de llegar a la estación de tren de Collioure, pueblo del sur de Francia. Estos refugiados eran la familia Machado: Antonio Machado, su madre Ana Ruiz, el hermano del poeta José y su mujer Matea.

Fue el día 28 de enero de 1939, por la tarde. Acababan de bajar del ferrocarril después de seis días de largo viaje desde Barcelona huyendo de las tropas franquistas. Exhaustos, sin equipaje y con las fuerzas justas. En la estación preguntaron a un joven ferroviario, Jacques Baills, si conocía un hotel barato donde alojarse.

Grabación de Jacques Baills

https://blogs.ua.es/bibliotecauniversitaria/files/2019/02/JacquesBaills.mp3?_=1

Se alojaron en el hotel Bougnol-Quintana, muy cerca de la Placette. Allí se dirigió el grupo de los Machado, pero antes fueron ayudados por Juliette Figueres y su marido, dueños de una mercería en la Placette.

El hotel se encontraba muy cerc de esa plaza (la Placette) pero la fuerte subida del río Douy, normalmente seco, impedía llegar al hotel por el camino más corto. Así que los Machado se refugiaron en esa mercería esperando la llegada de un taxi mientras se atendía a la madre del poeta que se encontraba en mal estado (fue llevada en brazos desde la estación por Corpus Barga, periodista y escritor que los acompañaba desde Barcelona, porque no podía andar).

Grabación de Juliette Figueres

Juliette Figueres
https://blogs.ua.es/bibliotecauniversitaria/files/2019/02/Juliette-Figueres.mp3?_=2

Breve Grabacion de Gaston Prats

https://blogs.ua.es/bibliotecauniversitaria/files/2019/02/Gaston-Prats.mp3?_=3

ADRIANA LECOUVREUR en la ópera de Fancesco Cilea y en el teatro después del estreno de ésta ópera.

Lo cierto es que con el inicio del siglo XX la imagen, vida y muerte de la Actriz Adriana Lecouvreur fue identificándose con el libreto de la ópera que el 6 de noviembre de 1902, en Milán (Teatro Lírico), se estrenó con la participación de Angélica Pandolfi como Adriana y Enrico Caruso en el papel de Mauricio. El compositor de la música fue Francesco Cilea, el autor del libreto Arturo Colautti, según el drama de Eugène Scribe y Ernest Legouvé.

El éxito de esta opera fue rotundo desde su estreno, y a lo largo de los años, y hasta la fecha, tanto las más importantes sopranos como los más acreditados tenores, han incorporado esta ópera en su repertorio y representaciones. El prestigio de Adriana Lecouvreur sigue vivo y en aumento, siguiendo el éxito de esta opera. Hoy raro es el año en que no se representa esta ópera en la mayoría de las grandes ciudades del mundo y en los más acreditados teatros líricos.

Además el aria de Adriana “Io sono l’umile ancella” (Yo soy la humilde esclava del genio creador), ha conquistado también las salas de conciertos y recitales.

Tras el estreno la obra se representó en 1903 se en Bolonia, en 1904 en Hamburgo y en el Covent Garden de Londres, en 1907 en el Metropolitan Opera con Lina Cavalieri y Enrico Caruso, “e cosí via” , hasta que en 1932 llega a La Scala de Milán y en 1948 al Teatro Colón de Buenos Aires.

Nuestro Plácido Domingo debutó en el Metropolitan Opera en 1968, junto a Renata Tebaldi, interpretando al conde de Sajonia, Mauricio. Este mismo personaje lo ha interpretado también José Carreras en muchos escenarios.

El personaje de Adriana ha sido un favorito de las grandes sopranos, destacándose Claudia Muzio, Magda Olivero, Leyla Gencer, Virginia Zeani, María Callas, Montserrat Caballé, Renata Scotto, Renata Tebaldi, Mirella Freni y hoy en día  Olga Borodina y Angela Gheorghiu.

Como ya hemos indicado el libreto se basa en el texto de Scribe y Legouvè, sin grandes variaciones, aunque los cortes para su adaptación a los tiempos de representación y los que el propio Cilea realizó, la convierten en uno de los textos más confusos que se hayan escrito, haciendolo difícil de seguir. Aun así el personaje de Adriana es encantador , y la música suple las deficiencias del libreto, que como ya resulta muy conocido no impide que la leyenda de Adriana siga.

Destacar que Adriana es un ejemplo de ópera verista, que aunque no alcanza la popularidad de  I Pagliacci  y  Cavallería Rusticana, su fama  y altísima valoración es incuestionable.

El Libreto

Primer Acto.

La acción se desarrolla en la Comedia Francesa, en el mes de febrero de 1730. Michonet, director de escena supervisa los últimos detalles antes de que comience la representación del día, su aspiración es llegar a ser socio propietario del teatro. El príncipe de Bouillon, acompañado del abate Chazeuil llega al teatro para ver a su amante, la actriz Duclos, pero es Adriana Lecouvreur la que llega y conversa desenfadadamente con el príncipe sobre arte. El príncipe observa que la Duclos escribe una nota secreta, e intrigado por su contenido intenta hacerse con ella. Michonet, a solas con Adriana, aprovecha para confesarla su amor, pero ella le contesta que le aprecia mucho pero que esta enamorada de un oficial sajón, llamado Mauricio, que en ese momento entra en la sala y explica a la actriz sus dificultades de índole político. Adriana le entrega un ramillete de violetas y se ofrece para hablar a su favor ante el máximo superior de Mauricio, el Conde de Sajonia.

Segundo Acto.

Mauricio se vuelve a encontrar con la princesa de Bouillon en el salón de su casa de campo. Ella, tremendamente celosa del que cree su enamorado. recibe de éste, que se lo da para aplacarla,  el ramillete de violetas que Adriana le ha regalado. La princesa le informa del resultado de las gestiones que en su favor a realizado ante la corte, le dice que el Rey esta de su parte, pero que tiene enemigos que esperan verlo encarcelado en la Bastilla. De repente aparece el príncipe junto a los artistas de la Comedia, a los que ha invitado, con ellos viene Adriana, que viene con el objetivo de conocer al Conde de Sajonia para interceder por Mauricio. Adriana se sorprende al encontrar allí a Mauricio, y más al darse cuenta que es el Conde de Sajonia en persona, que en aparte le dice que ha tenido que ocultar su personalidad por razones políticas.  Mientras la princesa de Bouillon se ha escondido en la habitación contigua para no ser vista por su marido. Mauricio confía en Adriana la huida de la misteriosa dama que esta escondida. Adriana cumple con su cometido, pero, a pesar de la oscuridad, la voz y las palabras de la desconocida la inducen a la sospecha y a los celos.

Tercer Acto.

La casa mansión del príncipe esta preparada para una representación teatral. La princesa esta inquieta por no saber quien es la mujer que la noche anterior la ayudó, por  mandato del conde, a escapar, pues intuye en ella a una rival, Cuando llega a su casa Adriana la reconoce por la voz.  Ambas  entablan un duelo de palabras para llamar la atención de Mauricio. Al final de la fiesta la princesa de Bouillon se acerca cada vez mas llamativamente a Mauricio y Adriana. A sugerencia de los invitados recita un monólogo de Fedra de Racine, que dirigido a la princesa mirándola resulta, por su contenido, acusador e insultante para la princesa. Adriana se va de la fiesta con la amargura de creer que Mauricio ama a su rival y no a ella.

Cuarto Acto.

Adriana, en su casa recuerda con dolor la fiesta del día anterior. De repente llegan sus compañeros de la Comedia para felicitarla en su cumpleaños, lo que anima a Adriana. Una vez sola abre un cofre, que alguien ha dejado en la sala, y que contiene el ramillete de violetas, ya marchitas, que cree reconocer como el que regaló el día anterior a Mauricio, entendiendo que se lo devuelve por no amarla. Desolada huele las flores. En ese momento llega Mauricio para pedirla perdón y pedirla que se case con él. Adriana le reitera su amor, pero el ramillete de violetas contenía un perfume envenenado que termina por matar a Adriana, que cae en brazos del desesperado Mauricio.

Como puede observarse las diferencias entre el texto de la obra de Scribe y Legouvé y el libreto escrito por Colauttino no son muchas y no cambia el segundo ni el sentido ni el argumento básico de la historia desarrollada por el primero.  En realidad las diferencia parecen, como ya hemos indicado, sugeridas por la obligada adaptación del texto escrito para teatro  a un libreto para ópera, con sus escena y arias  musicales y cantadas.

Como curiosidad y en relación con el mundo operístico digamos que en la revista “CRONICA de la MÚSICA”, del jueves 10 de abril de 1879,  se dice en el apartado “Las obras nuevas”:  El maestro italiano Maucinelli, autor de unos bellísimos entreactos para la tragedia Cleopatra de Cossa, está escribiendo una ópera por encargo de la Sra. Donadio, con el título de Adriana Lecouvreur”.  Hasta la fecha no he encontrado más noticias de este encargo.

Adiana Lecouvreur en el teatro después del estreno de la opera de Cilea.

No cabe duda que el estreno de la ópera de Cilea y el éxito que alcanzó desde su estreno aumentaron el conocimiento popular de la vida de Adriana Lecouvreur, quedando reforzada la probablemente incierta teoría de su muerte por  envenenamiento inducido por la princesa o condesa de Bouillon.

Sin embargo, aunque con menor trascendencia hasta ahora, surgieron nuevos estudios biográficos que o bien reafirmaron la mayor parte de los hechos confirmados en su momento o bien, en base a un interés meramente literario, incluían hechos no ciertos y de ficción sobre la vida y, siempre muerte, de Adriana Lecouvreur.

En este sentido queremos destacar dos artículos y aquellos trabajos u obras a los que hacen referencia, una anécdota final y una breve referencia al arte cinematográfico.

a)    El primero de ellos se publicó el 16 de octubre de 1903 en el HERALDO DE MADRID, con ocasión del estreno en el Teatro de la Princesa, nuevamente y en aquella temporada teatral, de Adriana Lecouvreur de Eugene Scribe. El  artículo lo firma Manuel Bueno,  y lo reproducimos íntegramente por su interés y, en cierto modo, resumen sobre lo cierto de la vida de nuestra Adriana Lecouvreur; dice así:

“Hace algunos años cayó en mi poder el libro que Ravanel ha consagrado a la eminente e infortunada actriz del siglo XVIII.

Es un libro curioso, que abro de cuando en cuando, porque me hace vivir durante buenos momentos en la intimidad de un alma noble. Leal y desgraciada. Acaso haya más de un lector que ignore quién fue Adriana Lecouvreur y la intervención que tuvieron lo novelesco y lo trágico en su no muy dilatada existencia. Pormenores de su nacimiento, de su carrera, de sus relaciones sociales; episodios amorosos de su corazón, descalabros y triunfos de la artista, decepciones sentimentales y  embriagueces de la mujer, noticias de su vida y de su muerte; todo aparece con tal sello de autenticidad en las páginas del libro, que aleja de nosotros hasta la sospecha de que un interés editorial haya podido fijar en ellas ni una sombra de mentira.

Adriana Lecouvreur fue la primer actriz que logró, a fuerza de talento, de gracia seductora y de habilidad femenina, la consideración social que sus contemporáneos negaban obstinadamente a los cómicos. Continuaban éstos sometidos al bárbaro e injusto prejuicio que reconocía su inferioridad. Teníaseles por seres indignos de convivir con las personas, por bestias de recreo, cuya vida no interesa. Adriana venció aquella densa atmósfera de animadversión y de desdén, y consiguió para su persona las asiduidades del trato social y los homenajes que ni el mismo Molière había podido recabar para la suya. Mucha gente de la nibleza titulada y no pocos hombres geniales de aquel tiempo dieron en frecuentar su casa. No era rica; pero los rendimientos acumulados de su trabajo la consentían vivir con cierta holgura. Adriana compartía sus ocios entre las damas de la aristocracia y entre los escogidas hombres a quienes hizo merced de su amistad.

Fontenelle, Voltaire, d’Argental, el conde Cayens, el abate Aufreville y el conde de Sajonia eran los preferidos. Y no porque la actriz saciara afanes vanidosos con el trato de aquellas celebridades.

“Mi orgullo – escribe la misma Adriana – no se cifra en brillar, sino en reunir en torno mío unos cuantos espíritus escogidos, una reducida sociedad de hombres acreditados por su talento y su bondad. Escuchar en silencio la palabra amena de esos hombres me satisface mil veces más que el verme asediada por las frases anodinas e insulsas con que pretenden lisonjearme algunos señores fatuos de la aristocracia. Y no es que yo sea insensible a esos tributos de fineza; es que se me quiere obligar a pagarlos con cortesías demasiado renovadas, con deferencias personales, yeso me abruma y me irrita”.

Casi todos sus amigos tuvieron alguna hospitalidad amorosa en el alma de Adriana; d’Argental, a quien la actriz desengañó al cabo de poco tiempo, en unas cartas que tengo a la vista, y que son un dechado de dellicadeza y de lealtad femenina; Voltaire, y otros. Pero la pasión de su vida, el amor que consumió sus ternuras más hondas, el que la hizo sufrir y gozar en una medida que solo comprenden los grandes temperamentos sentimentales, fue el conde de Sajonia. He leído las cartas de Adriana a su amante, y ellas conservan todavía el perfume de su intenso amor. ¡Qué sencillez! ¡Qué elocuencia tan tempestuosa y, sin embargo, tan limpia de artificio! Es llana, y sus lágrimas desgarran. Se queja de las infidelidades del conde; se duele amargamente de la perfidia con que éste procede, y a pesar de todo le absuelve y le ama cada vez más.

La actriz no conoce ese imbécil amor propio que tanto nos choca y nos subleva en las mujeres de nuestro tiempo. Perdonar cuando se quiere con las entrañas le parece tan natural, que ni por un momento se considera humillada o indigna. Al morir, vuelve el contraído rostro hacia el retrato del conde de Sajonia y exclama:

                Voilá mon univers, mon espoir et mes dieux.

¿Murió emponzoñada, como se pretende en la tragedia de Scribe y Legouvé? El abate Bouret acusó a la duquesa de Bouillon de haber fraguado el plan de envenenar a la actriz, y se lo comunicó a la misma Adriana; pero a raíz de la muerte de ésta, el abate, preso en Saint-Lazare por calumniador, se retractó. Lo cierto es que la enfermedad de la insigne trágica fue inesperada y breve, una inflamación intestinal , cuyo origen no pudieron determinar los médicopa. Y no fue su muerte lo más penoso de su destino.

El cura del cementerio se negó a dar sepultura al cadáver, fundándose en sé qué mezquinas razones que en todo tiempo ha opuesto el clero a toda acción humanitaria y desinteresada. Fue menester una orden expresa del arzobispo de París para que Adriana pudiera recibir sepultura de noche. Aquellas crueldades inspiraron a Voltaire los conocidos versos:

         Sitót qu’ella n’est plus, elle est done criminelle!

         Elle pa charme le monde, et vous la punlessez! ….

Adriana Lecouvreur trajo al teatro un saludable aire de naturalidad. Esla primera actriz que, sin dejar de cultivar la tragedia, se emancipa de la declamación lírica, del canto monótono con que aburría al público la gente de escenario. Es la primera actriz que se preocupa de ser fiel al natural y de vestir los personajes con propiedad. Jamás hubo actriz antes que ella que hablara el lenguaje de la pasión con más arrebatadora elocuencia, que conmoviera y que subyugara como Adriana. Sus obras favoritas fueron El conde de Essex, Berenice y Electra”.

b)    El segundo artículo es sorprendente y prácticamente desconocido por olvidado.  Fechado el tres de abril de 1907 y recogiendo un artículo del redactor-corresponsal en París, Juan de Becon, de la revista “LA EPOCA, últimos telegramas y noticias de la tarde”, en su número 20.306, nos habla del estreno en París de la obra teatral “L’ Adrienne Lecouvreur”  de Sarah Bernhardt ….. si de Sarah como autora de la obra, además de cómo interprete de la misma y en el papel de la protagonista. Veamos lo que dice concretamente el artículo:

“París 3 de Abril.- ¡Un drama de Sarah Bernhardt, representado por Sarah Bernhardt! …. No cabe imaginar una actualidad teatral más sugestiva.

Añadid otros pormenores a esa actualidad, y aumentarán sus encantos. Entre ellos poned estos dos: se trata de una representación única, y de una representación a beneficio de las víctimas del Jena.

¿Hay que agregar algo más? Con eso basta, con eso sobra para que podáis inaginar lo que queda por decir: la curiosidad inmensa de una multitud caprichosa, enamorada de las grandes emociones; el cuadro luminoso de un público selecto. El público de los grandes estrenos, en que se juntan damas aristocráticas, mujeres elegantes, hombres de mundo, artistas, literatos, cuanto en París brilla, sobresale y se distingue, y como remate de fiesta aplausos calurosos, una ovación delirante, la glorificación definitiva de una gran artista.

Cuando se escriba, dentro de algunos lustros. La historia anecdótica de l,os primeros años del siglo XX, se recordará, como una nota saliente de París la noche memorable del estreno de L’ Adrienne Lecouvreur, de Sarah Bernhardt.

Sarah Bernhardt ha escrito otras obras dramáticas. En 1888 se estrenó en el Odeón una pieza suya, en un acto, “L’aveu”, que obtuvo un gran éxito. Compuesta tiene, sin que se haya representado, inédita, una comedia contemporánea, en cinco actos, que se titula “La duchesse Catherine”.

La obra de ahora, “L’ Adrienne Lecouvreur”, cuyo estreno en París ha despertado vivísimo interés, habíase representado ya algunas noches, por la ilustre artista, en Londres y en América.

El histórico episodio de los amores de la comedianta Adriana con Mauricio de Saxe, uno de los grandes capitanes de la Francia del siglo XVIII, fue llevado al teatro en la primera mitad de la centuria pasada, en dos obras diferentes, por dos grandes poetas: por Eugene Scribe y por Ernest Legouvé.

El drama de Sarah Bernhardt no se parece poco ni mucho a esas otra obras dramáticas.  (curioso que desdoble en dos una sola obra).

Sarah Bernhardt ha explicado el origen de su drama.

-¿Por qué lo he escrito?. Es bien sencillo: poco tiempo antes de su muerte, Gustave Larroumet publicó un estudio muy completo, históricamente exacto. Sobre Adriana Lecouvreur. Lo leí, y leyéndolo fui encontrando en todas sus páginas elementos preciosos para una obra teatral. Esa es la obra que me he entretenido en componer. Desconiocida en Francia, la representaré por primera y única vez en París, en honor de las desgraciadas víctimas del Jena … ¡Esa es toda su historia!.

Sarah Bernhardt ha escrito un drama mucho más histórico y más completo que el de Legouvé.

Legouvé pidió prestados a la Historia los amores de Adriana y de Mauricio de Sajonia, y la perniciosa rivalidad de la duquesa de Bouillon, y a ese punto limitó su esfuerzo de veracidad. Los tres personajes – la duquesa, el héroe y la comedianta – aparecieron en su obra teatral no con sus caracteres históricos, sino con los que inventó su libre fantasía.

Sarah Bernhardt, buscando a su heroína en la vida real, ha compuesto su drama con más severa exactitud. En él se encuentra el ambiente de la época, el ambiente que rodeaba a Adriana Lecouvreur. En torno suyo se mueven los personajes que intervinieron en los episodios de su vida: Voltaire, Quinault                                                   , el cardenal Fleury, la fiel Argental, el patético y desgraciado abate Bouret y la antipática Margarita Lecouvreur, su envidiosa hermana, que movida por el furos de su vanidad herida, trabajó cuanto pudo para perderla.

Claro es que Sarah Bernhardt no ha sacrificado por completo a la verdad histórica sus grandes inspiraciones de artista.

Los cuadros que forman el drama resultan interesantísimos: la “loge” de Adriana, en el teatro Francés; los salones de la duquesa de Bouillon, las habitaciones íntimas de la famosa comedianta, el jardín de Luxemburgo, la prisión del infortunado abate Bouret y la alcoba en donde Adriana agoniza y muere.

Adriana Lecouvreur aparece locamente enamorada de Maurice de Saxe, especie de Don Juan, bravo en la guerra e infiel en achaques de amor.

En los momentos en que la pasión de Adriana ha llegado a sus últimos extremos, crúzase en su camino una rival, la duquesa de Bouillon, que es caprichosa, violenta, dominadora.

Se entabla combate a muerte entre las dos mujeres.

La comedianta logra conquistar el amor de Maurice de Saxe, que por primera vez se deja vencer en una lucha de amores.

La duquesa de Bouillon no cede.

Para destruir obstáculos, para deshacerse de la comedianta, es capaz de todo.

En esa hora surge el episodio, inventado tal vez por la leyenda, tantas veces discutido por la Historia, del envenenamiento de Adriana Lecouvreur.

¿La muerte de Adriana? … Las muertes de Sarah Bernhardt son célebres. En víspera de todos sus estrenos, el público de París suele preguntarse: ¿Cómo morirá mañana Sarah?. En la nueva obra, en su hermoso drama, muere de modo distinto a como ha muerto hasta ahora en otras obras. ¿Cómo?- Con gran sencillez, con una verdad. Con una grandeza, trágica que produce profunda impresión.

Esta vez ella es la actriz y ella es la autora, y libremente, sin limitaciones marcadas por ajena voluntad, puede expresar la muerte como ella la siente.

Sarah Bernhardt, actriz, resulta admirable.

Ha copiado de los lienzos de la época, con exquisiteces de gusto maravilloso, la interesante figura de Adriana Lecouvreur, una de esas figuras características, atrayentes, del siglo XVIII, de la época, llena de notas artísticas, de Luis XV.

Adriana Lecouvreur murió a los treinta y ocho años. Esa edad, menos edad, representa Sarah Bernhardt.  ¿Qué importan sus sesenta años? En el rostro, en la figura arrogante, en el alma animosa, lleva su juventud.

Al lado de Sarah Berbhardt se destaca la silueta de otra actriz interesante: ella es mademoiselle Blanche Dufrène, que interpreta a las mil maravilla el papel del abate Bouret.

En el último acto, en una hermosa escena entre Adriana y uno de los personajes episódicos de la obra, un PadreDominico, en que éste la exhorta para que renuncie a su profesión de comedianta, la actriz encomia con inspiradísimos acentos su arte, el arte a que ha consagrado su existencia.

Es, si  duda, una de las escenas más bellas del drama.

¿Cómo no? … ¡El drama se titula “Adriana Lecouvreur”, y está compuesto por Sarah Bernhardt!. “

c)    Finalmente queremos aportar una, digamos anécdota, que en cierto modo, aunque no aporte nada nuevo en relación con la vida de Adriana Lecouvreur, sí dice de su fama ya imperecedera y de la impronta sencilla pero cierta que ha dejado y deja su estela.

En día 15 de agosto de 1930, “LA REVISTA BLANCA”, revista  publicada en Barcelona y de clara tendencia anarquista, publica un artículo titulado “Unos ojos de Mujer”, dedicado a la que fue la modelo de Romero de Torres. En él se lee:

“Los telegramas que nos anuncian la muerte de Carmen Casena Heredia nos dicen que la familia de Romero de Torres, la madre, los hermanos y el hijo del artista, cuidaron de pagar los gastos del entierro de la modelo. Nada más dicen de ese fin patético, de esa mujer muerta de desesperación y de tristeza”  “Ante nuestra alma, su vida y su muerte, su pasión y su misterio, la envuelven en una aureola poética, en un himno de conmovedor sobrehumano”.

“Dos mujeres triunfaban simultáneamente en la escena francesa el siglo pasado: Rachel y Sara Bernhardt. Rachel otra gran apasionada, ardiente y tormentosa, del teatro francés, murió joven, en plena belleza y en plena dignidad. …. Rachel era un  gran alma, generosa y arrebatadora. …. Rachel, como Adriana Lecouvreur, había nacido también bajo el signo de Afrodita y, como a Adriana, como a esta pobre Carmen de ahora, la diosa las llamó bellas y jóvenes a su seno”.

Este artículo lo firma Federica Montseny

d)    A lo largo del siglo XX, la figura de Adriana Lecouvreur también ha sido objeto de protagonismo en el cine. Su vida, casi siempre basada en el argumento de Eugene Escribe o en el del libreto de la ópera de Francesco Cilea, ha dado lugar a varias películas, he leído que ocho, pero no he podido comprobar esta cifra. La que si es conocida es la titulada “Dream of Love”,  interpretada por Joan Crawford.

ADRIANA LECOUVREUR, impacto y repercusión que la obra teatral de E. Scribe tuvo en la segunda mitad del siglo XIX.

Sabemos que fue representada no solo en mucha ciudades y teatros franceses, sino también en casi todas las ciudades europeas que disponían de sala de teatro, incluyendo España.  También fue representada con amplia frecuencia en Sudamérica y Estados Unidos. Y no solo fue representada, también fueron muchas las ediciones que de la obra se imprimieron.

Es muy conocida en España la  edición de Nueva-York , de 1855, realizada en la imprenta de Baker & Godwin,  que en su portada se lee:  “Adriana Lecouvreur,  por Eugenio Scribe, Copia original francesa.  Con la traducción española por Francisco Calcagno.  Preparada expresamente para  Mr. Rafael Felix, Director de la Compañía Francesa de M’lle Rachel.”

Como reseñas a la obra teatral de Scribe y anécdotas relacionadas con la misma, que denotan la popularidad que alcanzó y mantuvo a lo largo de esta segunda mitad del siglo XIX, referimos las siguientes:

El viérnes 3 de octubre de 1851, el periódico “Diario Constitucional de Mallorca”, en el apartado “Noticias Extrangeras”, comenta entre otras, desde Marsella y el 19 de septiembre, lo siguiente: “Nos escriben de Lion el 13: Se estaba representando ayer en el teatro el drama Adriana Lecouvreur, cuando un grito horroroso ha resonado en la sala. Una señora que estaba sentada en una loneta junto a su marido acababa de ser herida de una puñalada por un joven que tranquilo y sereno permanecía detrás de ella. El asesino ha sido puesto enseguida en poder de la justicia y ha confesado su crímen con la mayor sangre fría diciendo no conocer a su víctima”.

El domingo día 16 de noviembre, también de 1851, en el periódico  madrileño “Correo de los teatros”, periódico de noticias teatrales, artísticas y literarias, se nos decía : “ No habiendo podido asistir el viernes a la representación de Adriana Lecouvreur verificada en el Teatro del Drama, insertamos a continuación lo que dice el Heraldo acerca de su ejecución (lo escriben con g), que como nos aseguran fue inmejorable. Dice así nuestro colega: El triunfo que ha alcanzado Adriana Lecouvreur ha excedido a nuestras esperanzas, a pesar de saber que dicha obra es debida al talento inimitable de Scribe y se halla mejorada y superiormente arreglada a nuestra escena por D. Ventura de la Vega. Jamás el pueblo madrileño ha gozado de un espectáculo tan verdaderamente admirable. ……….. el teatro español anoche se ha elevado, gracias al singular talento de los actores del teatro del Drama (calle Valverde), a la altura de los primeros de Europa; La señora Lamadrid (doña Teodora) alcanzó anoche el cetro de nuestra escena, y se elevó considerablemente sobre todas las demás actrices con que Madrid cuenta”, “El entusiasmo del público rayó en delirio, de tal modo, que quiso hacerle repetir una escena después de llamarla una y otra, como a todos los actores, como al Sr. Vega, que también a interpretado a Scribe”.

Publicado trece días más tarde, el sábado 29 de noviembre de 1851, podemos leer en “La Ilustración, periódico universal” la crónica del mismo estreno, que incluyendo un amplio resumen del argumento de la obra dice: “Mucho ha llamado la atención el drama de Scribe,  Adriana Lecouvreur, del cual haremos una ligera reseña. ……… (resumen del argumento) …….. En el drama hay situaciones muy interesantes: no tiene un fin moral; muy al contrario, hay escenas bastante inmorales, que pasan y hasta aplauden porque son muy cómicas . La ejecución por parte de la señora Lamadrid y el señor Arjona fue excelente. En cuanto a los demás actores, hablando imparcialmente, no podemos decir lo mismo”.  Curiosa referencia a la moral y a lo inmoral, y sobre todo por argumentar que lo inmoral, si es cómico, “tiene su pase”.

Referencia y reseña de libro, probablemente de finales de 1851: “Adriana Lecouvreur o la actriz del siglo XV. Comedia en cinco actos y en prosa, traducida del francés por don Fernando G. De Bedoya. Madrid, 1851, imp. De V. De Lalama, ed., lib de Matute. En 4ª may. (Bib. Dram.)

Referencia y reseña de libro, probablemente de 1951: “Adriana Lecouvreur. Comedia-drama en cinco actos, escrita en francés por el célebre Eugenio Srcibe y arreglada al teat. Español por D. Ramón de Valladares y Saavedra. Barcelona, 1850, imp. De la V. e hijos de Mayel.  Madrid, lib de Gaspar y Roig . En 4ª may.

Referencia y reseña de libro, probablemente de 1857: “Adriana Lecouvreur. Drama en cinco actos, de los señores Scribe y Legouvé, traducido nuevamente al español por D. Miguel Pastorfido. Representado en el teatro De la Zarzuela por la comp.. dram. Italiana. Madrid, 1857, imp. Nac,, desp, de libros de la misma. En 4ª may, 58 págs.

Referencia y reseña de libro, probablemente de 1851: “Adriana Lecouvreur. Drama en cinco actos de monsieur Scribe, arreglado al teat. Español por D. Ventura de la Vega, representada en el del Drama el día 14 de noviembre de 18590. Madrid, 1851.

Curiosa es la siguiente obra de teatro, que ya en 1852 se estrenó en el teatro de la Cruz de Madrid,  y de la que en la portada de su edición se lee:  “Mariana la Barlu, parodia del Drama de Scribe titulado Adriana Lecouvreur; por el licenciado Escribe. Representada con extraordinario aplauso en el teatro de la Cruz, el 4 de mayo de 1852.  Madrid, imprenta y estenotipia de M. Ruvadeneyra, Salón del Prado, 8. 1852.

La revista “La España artística, gaceta musical, de teatros, literatura y nobles artes” de 18 de enero de 1858, publica una necrológica de Mlle. Rachel que dice: “Mlle. Rachel murió el día 4 a las once de la mañana, a los 37 años de edad. …… El 15 de mayo de 1840 desempeñó por primera vez el pepel de Paulina en Poliyeucto, y después los de María Estuardo, Chimene, Fedra, Agripina  y Adriana Lecouvreur”.

En la revista “El Mundo Pintoresco , ilustración española” de 6 de marzo de 1859 se puede leer, en crónica desde Paris: “El lunes se verificó el primer baile de trajes, de los tres que sucesivamente se han dado: el del lunes fue en casa del ministro Fould. El miércoles hubo otro en casa del conde Morny, adonde se asistió en traje de la época de Luis XV y empolvados. Hubo princesas, pastoras a la Pompadour. Amazonas, cantineras de los guardias franceses, imitaciones de Adriana Lecouvreur en sus trágicos papeles mas interesantes, y qué se yo qué mas trajes hubo de la misma época”.

En la revista “La Violeta. Revista Hispano-americana”, en fecha 31 de julio de 1864, en un artículo sobre la actriz italiana Carolina Civilli, nacida en Florencia en una familia distinguida, se puede leer: “La admirable y poderosa voz de la actriz, su aspecto majestuoso. Reunido a su belleza y a su tierna juventud, pues solo contaba entonces veintiun años, causaron un efecto indescriptible en los genoveses, que cubrían de flores la escena durante las representaciones de Adriana Lecouvreur”.

Simpática es la referencia que en la “Dolora” de Campoamor titulada “El gran porvenir”, publicada el sábado 30 de diciembre de 1865 en la revista “GIL BLAS”,  se hace a Adriana Lecouvreur.  En su escena IV  se lee:

              ……….

              – Vd. Me ha de dispensar si vengo a molestarle.

              – ¡De ninguna manera!

              –  ¡Ah! ¿no m,e dispensa Vd.?

              –  Digo que de ninguna manera me molestan Vds.

              –  Ya. Pues … Vd. No tendrá el honor de conocerme.

              –  Ni ese, no otros muchos.

              –  ¡Gracias, caballero! ¡Saluda, chiquitina!

                 (La niña saluda a lo Adriana Lecouvreur)

En un artículo titulado “Las Flors”, escrito en catalán y publicado en Barcelona, el 25 de septiembre de 1891, en la revista “LA TOMASA” se lee:

Per si faltava encara un altre motiu per donar mejor sortida als productes dels jardoins, ara s’han introduit en algunas festivitats las batalles de flors. 

Y no’s creguin que de las flors no se’n hagin tret perniciosos partits.

Tothora sap la mort de la famosa trágica francesa Adriana Lecouvreur, producida per un perfum venenós que una séva rival li habia posat en un ram de flors que ella olor ásense imaginar que contenía aquell element mortal”.

El 21 de octubre de 1896,  Joaquín Arjona y Lainez, en la revista “LA ÉPOCA, últimos telegramas y noticias de la tarde”, manifiesta que tiene la seguridad que Scribe y Legouvé, al escribir Adriana, se propusieron, para caracterizar mejor la vida sensual, inequívoca fisonomía de los tiempos de Luis XV y de Voltaire, entrañar en la protagonista una galante y desapoderada pasión, y hacerla víctima de la lucha con una rival, tan miserable, que llega, precipitada por los celos y el odio, al asesinato y el suicidio. Afirma que en la hábil traducción de Ventura de la Vega, Adriana es una mujer menos galante que en la original de Scribe, que habla más en posición de señora, aunque sin ocultar su cuna y origen más humilde. Sigue Joaquín Arjona considerando que, a pesar de esto, la actriz Lamadrid, con gran acierto según su criterio, oculta el “pecado de origen”, transformando la pasión carnal en amor puro del alma,  los galanteos de mujer “a la moda”, en candorosas frases de mujer amante y honrada: Adriana adora a Mauricio, y se lo dice con el descaro de la inocencia.

Realmente se sigue recordando la imagen y personalidad de Adriana Lecouvruer, analizando las posibilidades que ofrece, y dejando que entre traductores, adaptadores y actores recreen el personaje ya conciertito en leyenda.

El diario independiente “EL DÍA”, el 30 de octubre de 1899,  dice en relación a las cuatro obras cuya representación se anuncia para la tournee que Sarah Bernhardt va a hacer por España:  “Adriana Lecouvreur es una obra muy conocida en España; fue caballo de batalla de nuestra gran actriz Teodora Lamadrid que, recordando las peripecias ocurridas cuando Scribe ofreció a la Rachel este drama, hecho con pedazos de tragedia, puso en él todos sus sentidos; y aquellos que conocieron a la gran Teodora en sus buenos tiempos, no habrán olvidado si duda alguna la escena en que la mujer ofendida y relegada, busca su venganza recitando unos cuantos versos de la Fedra de Racine, y esto permite a la actriz que interpreta el papel de Adriana, empler el acento y la actitud trágica sin representar la tragedia”.

Probablemente en estas fecha Sarah Bernhardt  habría empezado a elaborar, tal vez solo mentalmente, el argumento de la que luego sería su obra, apenas conocida, y divulgada, “Adriana Lecouvreur”. Pero de ella hablaremos en unas líneas más adelante.

ADRIANA LECOUVREUR en la obra teatral de Eugene Scribe

Y en este ambiente la fama y la leyenda sobre Adriana Lecouvreur siguieron creciendo, tranquila y sostenidamente,  hasta que en 1849 el dramaturgo francés Eugene Scribe publicó y estrenó una obra de teatro titulada “Adriana Lecouvreur”, alcanzando nuestra artista, y a partir de entonces, un inmenso y definitivo prestigio para los anales, no solo del arte dramático sino en los de los grandes misterios de imposible solución.

Eugene Scribe fue en su época un popularísimo dramaturgo francés que produjo más de 400 obras de teatro y libretos de ópera, muchos de ellos escritos en colaboración con otros escritores. Se le criticó por su mal gusto y su falta de originalidad, pero hay que reconocer que en su género fue un hábil maestro. Entre sus obras más destacadas figura esta de “Adriana Lecouvreur”, escrita con Ernest Legouvé para la famosa actriz Rachel.

La obra, escrita en cinco actos, tuvo un gran éxito y rápidamente fue estrenada en diversas ciudades de todo el mundo, convirtiéndose en una de las preferidas de la época, siendo la Compañía Francesa de M’lle Rachel la que inició su andadura. Solo 53 años más tarde, cuando se estrenó la ópera de Francesco Cilea , utilizando el argumento de la obra de Sribe para el libreto, y alcanzó aquella los más altos reconocimientos, pasaron a un segundo o tercer plano las representaciones teatrales, quedando la nueva versión operística como la referencia inexcusable para abordar la figura de Adriana Lecouvreur.  Así son las cosas.

Nos cuenta Rubén Darío, medio siglo después del estreno, en su poco conocido trabajo titulado precisamente “Adriana Lecouvreur” :

       “Es menester decir algo sobre los autores de Adriana Lecouvreur.

       Un día en los salones de Madame de Rauzan, se entabló  el siguiente diálogo        entre Legouvé  y Scribe.

  • Y bien, Ernesto, es preciso que la obra para Rachel quede concluida.
  • Opino que sí, mas es preciso que la obra que intentemos llevar a cabo, sea   a propósito para que la Rachel aparezca tal cono es,  y triunfadora, en una pieza en prosa.
  • Pienso lo mismo.

Y la obra fue hecha. La obra se escribió y la célebre actriz apareció en escena haciendo la Adriana más brillante que se pueda imaginar.

Continúa Darío : “Pero cuando la Rachel reinaba, no cabía en imaginación alguna la figura ni el talento de Sarah Bernhardt. ………….Nosotros no hemos visto a la actriz esa, para quien fue escrita Adriana; pero estamos seguros, y abonados por criterios bien fundados, de que Sarah en las tablas de cualquier teatro del mundo, interpreta, ilumina, mejora, la creación de Scribe y Legouvé”

Reparemos como Darío no habla de representaciones en cualquier teatro del mundo de la creación de Scribe y Legouvé, a la par que ensalza, primero a la Rachel y luego a Sarah, argumentando que la obra fue escrita para realzar las posibilidades de la primera, y que la segunda la superó. Luego si la figura de Adriana Lecouvreur era la idónea para realzar las labores interpretativas de las actrices, parece consecuente el pensar que nuestra Adriana tuvo y seguía gozando del máximo prestigio como actriz, tanto en su época, como hacia 1850, como a finales del siglo XIX o principios del siglo XX.

El argumento:

Acto Primero.-   

En el elegante gabinete de la casa de la princesa de Boullon, ésta es informada por su confidente el abate  Chazeuil, que le comenta que esa noche actúan juntas en Bajaceto Mlle. Lecouvreur y Mlle. Duclos,  que se espera una gran concurrencia ya que ambas se han declarado rivales. Explica que la Lecouvreur tiene a su favor al público entero y que la Duclos esta protegida por ciertos grandes señores. Añade que no tiene más remedio que decírselo, pero que la Duclos es la amante de su marido, y que es la noticia del día. La princesa le dice que está al tanto de ello y que conoce incluso los regalos y la casa que le ha regalado; añade que “Una mujer puede disponer mejor de su tiempo cuando su marido esta ocupado”.  Comentan la fiesta prevista para el día siguiente, organizada por la princesa y en su casa, a la asistirá Adriana Lecouvreur, que recitará unos versos en los salones, y el Conde de Sajonia que ha regresado a París de incógnito.

Mauricio de Sajonia se presenta en la casa y en la reunión, y comentan sus problemas político-militares en relación con sus pretensiones al ducado de Curlandia, y los económicos; acaban hablando del teatro y de la nueva forma de interpretar y de la fama imparable de Adriana Lecouvreur.

Posteriormente se reúnen la princesa y Mauricio,  comprometiéndose la primera en intermediar a su favor en Versalles, y quedar luego para informarle discretamente en la casa “que su marido dispone para la Duclos”, pues ésta accederá sin preguntar y en silencio, por la cuenta que le trae.

Acto Segundo.-

Se desarrolla en el teatro, durante los ensayos del día de Bajaceto. Los actores repasan sus actuaciones; llega el principe de Bouillon que en un aparte se ofrece a Adriana Lecouvrur para comprarle por  60.000 libras los diamantes que la reina le ha regalado. Luego, solos, Adriana le cuenta a Michonet, director del teatro, que había conocido hace tres meses, casualmente, a un joven caballero del ejercito de Mauricio de Sajonia del que se ha enamorado, y que acababa de regresar y prometido asistir esa noche a la representación  teatral.

Se encuentran en el teatro Adriana y Mauricio (ocultando su verdadera personalidad) y quedan para después de la función.

Por confusión y equívoca interpretación de una nota escrita por la Duclos, citando al conde en su casa y esa noche, el principe de Bouillon cree que la Duclos le engaña con Mauricio de Sajonia, y que van a reunirse en la casa que él la ha regalado.

El príncipe, con la ayuda del abate, organiza el presentarse esa noche, como si fueran a una fiesta, en la casa y sorprender in  fraganti (piensa) a la Duclos y a Mauricio, y así, ante muchos testigos, vengarse.

Finalmente la nota llega a su destinatario, Mauricio, en ella la Duclos, en nombre de la princesa de Bouillon, le cita esa noche en la casa que el principe le ha puesto. Mauricio se desespera pues ni quiere faltar a la cita que tiene con Adriana ni puede evitar el ir a la cita que le acaban de comunicar por la nota; además ya no puede localizar a la princesa de Bouillon. Mauricio quiere hablar con Adriana, pero Michonet le dice que es imposible.

El abate, siguiendo las instrucciones del príncipe, invita a Adriana a la fiesta a la que, dice asistirá toda la compañía, lo mejor de la corte y la flor del clero y el joven Mauricio de Sajonia. Adriana rehusa, pero tentada e interesada duda,  le dicen que es en la casa de la Duclos, que es la contigua a la suya, y le dan unas llaves de una puerta falsa de acceso desde su jardín. Se cometa que será una gran fiesta con grandes sorpresas. Accede a ir pensando que puede ayudar a “su” Mauricio  a través del Conde de Sajonia.

Acto Tercero.-

La princesa, sola y nerviosa en la casa de la Duclos, espera que llegue  Mauricio, pues la Duclos le ha dicho que la “esquelita” había sido entregada al mismo Conde de Sajonia. En su palco, estando solo.  Mauricio llega excusándose por llegar con retraso. Mauricio argumenta que ha tenido que despistar a unos espías que le seguían. Empieza la princesa comentando sus gestiones en Versalles sobre Curlandia. Le dice que  el cardenal Fleury, a instancias de la reina, amiga de la princesa, le autoriza a crear dos regimientos en Francia, pero a costa de Mauricio, para evitar problemas diplomáticos con Alemania. Como no tiene dinero para pagar a la tropa dice que su fama le permitirá pagarles al final de la campaña. La princesa le advierte que se ha enterado que un conde sueco pretende prenderle si no le paga una deuda de setenta mil libras y que los rusos le buscan para comprarle el crédito y también conseguir el apresamiento del conde y así solucionar a su favor el asunto de Curlandia. Y que en vista de ello ha hecho gestiones con un policía amigo suyo para que localice urgentemente al conde sueco, la informe de ello y pueda Mauricio negociar con él antes que los rusos. ¿Cómo negocio? Pregunta Mauricio. Pagando responde la princesa. ¿De donde saco el dinero?. Decide huir a la mañana siguiente, para reunirse con las tropas que le quedan y confiar en aumentar en la frontera sus seguidores. La princesa que teme que Mauricio se vaya le dice que el plan no tiene sentido común y que no quiere que se vaya cuando apenas a llegado. Mauricio le agradece su interés y sus claros sentimientos pero la dice que por gratitud le tiene que confesar que ama a otra. ¿quién es? Pregunta la princesa, amenazante, e insiste en saber quién es. Se oyen ruidos en el patio y en la calle.

La princesa mira fuera y ve sorprendida que es su marido y que va acompañado de varias personas. Manifiesta que si la encuentran estará en riesgo su reputación. Se esconde en un pequeño cuarto.

El príncipe le dice a Mauricio que les ha cogido in fraganti y que salga la amante (cree que es la Duclos), y Mauricio sin saber esto busca la salida ofreciendo un duelo en ese momento en el jardín,  así acabar rápido y zanjar el asunto. El abate le dice que ellos no quieren zanjar el tema, sino celebrarlo con una cena y fiesta, añadiendo el príncipe que así se enterará la Duclos que se acabaron sus encantos para él. Mauricio sorprendido, pues no se esperaba tal situación, reacciona y sigue la corriente, abrazándose al príncipe como “aliado”, que le anuncia que como testigos de la ruptura con la Duclos vienen con él muchos amigos del teatro, entre ellos una joven dama que quiere conocerle.  Adriana Lecouvreur.

Ambos se encuentran con sorpresa,  y disimulando dicen que se conocían hace tiempo, desde un baile en la ópera, de disfraces, pero que no esperaban volver a verse.

El abate cuenta que Adriana solo ha aceptado el venir a la fiesta al saber que estaba él, pues quería pedirle un favor para un teniente amigo suyo. Mientras el príncipe ordena que se cierren todas las puertas para impedir que nadie salga antes de que llegue el día.

Mauricio le dice a Adriana que confíe en él, que el no ama a la mujer que esta escondida en la casa, solo la ama a ella, pero que una intriga política le ha colocado esa noche en la situación en la que está y que desconocen tanto el príncipe como el abate, por lo que no deben estos saber quien es la mujer que esta oculta. Adriana le dice que confía en él y que vigilará para que esto no suceda.

En un aparte Michonet comenta a Adriana y al abate que no es la Duclos la mujer escondida, pero que esto no lo sabe el príncipe, y se preguntan quién será, pues la ha visto en la oscuridad y ha hablado con ella y efectivamente  no era la Duclos. Michonet les cuenta que la mujer oculta le ha dicho que si la ayuda a escapar de la casa le protegerá y le ayudará a labrarse una buena fortuna. El abate quiere entrar en la habitación en la que esta la princesa pero Adriana se lo impide.

Solos Michonet y Adriana piensan el modo de hacer salir a la mujer oculta, pues Adriana lo quiere hacer por Mauricio, pero Adriana quiere ser solo ella la que la ayude a salir y pide a Michonet que vigile para que nadie se acerque.

Adriana entra en la habitación y sin reconocer, por la oscuridad, a la princesa, la dice que la envía Mauricio y la saca por la puerta falsa del jardín que daba a la calle y cuyas llaves le había dado precisamente el príncipe. Ambas se encuentran y aunque no se reconocen se dan cuenta que ambas aman a Mauricio y que son las auténticas rivales. La princesa escapa justo en el momento que va a entrar su marido.

Micronet se lo confirma luego a Adriana al decirle que ha visto a la misteriosa mujer salir por el jardín ayudada y acompañada por Mauricio.

Adriana se queda angustiada pensando que Mauricio realmente ama a otra. Mientras la fiesta sigue y a ella  se incorpora triste la actriz, que permanece absorta el resto de la velada.

Acto Cuarto .-

Michonet por encargo de Adriana va a ver al príncipe de Bouillon para venderle en nombre de ésta los diamantes que la reina le regaló, por la oferta de 60.000 libras. Hacen el trato.  Enamorado como está, Michonet aporta otros 10.000 (los que faltan para los setenta mil de la deuda del conde ) de su herencia particular. Adriana le envía con todo el dinero a pagar y recuperar la letra debida por Mauricio.

Llega el abate a casa de los Boullon, a los que informa que sabe de buena tinta que una letra que debía el conde de Sajonia ha sido comprada por el embajador ruso y que éste la ejecuta por impagada.

Michonet se da cuenta de que es Mauricio el amado de Adriana y ésta se lo confiesa, argumentando que le quiere pagar la deuda como venganza por haberla traicionado, ya que así, cuando gracias al dinero recupere su trono, siempre recordará que se lo debe a Adriana. “A falta de amor, su gloria y su poder le hablarán de mi” y “de beneficios abrumarle quiero”.

Mientras la princesa de Bouillon está satisfecha por creer a Mauricio ya preso y sin posibilidades de reunirse con su rival, cuya identidad desea saber.  Regresa el abate sin resultados sobre la averiguaciones de la posible identidad de la rival de la princesa. Ambos siguen haciendo preguntas a otras damas a las que han citado, cuando entra el príncipe diciendo que el conde de Sajonia esta libre pues alguien ha pagado sus deudas, y que tras salir en libertad ha mantenido un duelo con el conde sueco.

Adriana con Michonet se reúnen con la princesa, que la presenta a otras dama, y se queda perpleja al reconocer en la voz de Adriana la voz de su rival, que recuerda perfectamente de la noche anterior.

La princesa, para alterar a Adriana comenta que el conde de Sajonia se ha batido y que se dice esta herido. Adriana se desmalla, y cuando se recupera se oye a un criado anunciar al conde de Sajonia. No puede impedir una expresión de alegría.

Adriana y la princesa de Boullon cruzan fijamente la mirada de sus ojos, la una en la otra.  Michonet la advierte que la alegría delata con más facilidad que el dolor.

Mauricio, interrogado, dice que la Suecia no sabe ni batirse. Saluda a la princesa y en baja voz le pide hablar privadamente, ella le cita para la noche. Saluda a Adriana.

Entonces la princesa, en alto pregunta a Adriana que aclare si sabe quien es la amada del conde, pues se asegura que es del mundo del teatro, contesta Adriana que en ese mundo se aseguraba que era una gran señora. Se acusan con ironía de ser las enamoradas del conde y aportan como pruebas una el ramillete de rosas dejado por la otra y Adriana un brazalete caído en el jardín. Adriana saca el brazalete, y al acercarse al grupo el príncipe lo reconoce como el de su mujer. Adriana tiene la prueba de lo que considera el engaño de Mauricio.

Adriana quiere irse , Michonet la aconseja disimular su enfado. Invitan los presentes a Adriana a que recite, esta accede a recitar a Fedra. Y recita finalizando los últimos verso muy enojada y fuera de si y adelantándose a la princesa a la que señala con el dedo:

                            Callará en vano, Enona! Nunca he sido

                            De esas torpes mujeres que han sabido,

                            Mostrar, gozando el crimen sin congoja

                            Una sien que el pudor jamás sonroja.

Los presentes se levantan como horrorizados de la escena.

La princesa, con calma: Bravo ….Bravo ….

Adriana dice en voz baja: me he vengado. La princesa, también en voz baja: le costará caro!.

Adriana pide permiso para retirarse. El príncipe pide el carruaje de la Stra. Lecouvreur. Adriana le dice en voz baja a Mauricio que la acompañe, y este  contesta que esa noche le es imposible porque ….  Pero no puede acabar la frase ya que el príncipe ha vuelto para acompañar a la puerta a Adriana.

 Acto quinto.-

En la casa de Adriana.

Adriana enferma ha tenido que abandonar la representación y Michonet ha ido a su casa a interesarse por su estado. Ella le dice que no podrá actuar al día siguiente.

Michonet dice que lo que más le preocupa no es su estado de salud, sino el incidente de la noche anterior en casa de los Boullon, pues la princesa es peligrosa y querrá vengar la afrenta.  Adriana dice que no le importa pues le pidió a Mauricio que la acompañara y él se quedó …se quedó con ella. Adriana quiere precipitarse sobre ellos, herirlos, pues prefiere las consecuencias a morir de celos y de desesperación.

Una camarista entra y entrega a Adriana un cofre que ha traído para ella un criado sin librea que solo dijo que era de parte del conde de Sajonia.

Al abrir el cofre Adriana sufre una sensación dolorosa, un hálito glacial. La caja contiene un ramillete,  el mismo que ella tenía la noche anterior, pedido por él y dado para ella, en prenda de amor. Piensa que se lo devuelve, que es un desprecio. Triste, besa el ramillete y lo arroja a la chimenea.

Llega Mauricio, y Adriana se encuentra mal. En un acto reflejo se arroja en los brazos de él, al darse cuenta intenta separarse, pero Mauricio dice que ha venido a pedirla perdón, que solo el deber le retuvo la noche anterior en casa de la princesa, pero que la dijo que no la amaba. Adriana, cada vez se encuentra peor y le pide su amor, que éste le asegura.

Michonet regresa y dice que el pago de la deuda no lo hizo la princesa, sino Adriana.

El conde dice que desea casarse con Adriana, pero observa que Adriana va perdiendo color. Adriana comenta, cada vez más débil, que pensó que el cofre con el ramillete eran una despedida, cuando era señal se su vuelta, se llama a ingrata.

Mauricio dice que no ha enviado nada.

En una larga escena de amor y de despedida Adriana se va apagando poco a poco.

Michonet, cayendo con desesperación a sus pies: Muerta! ….. muerta! ……

Mauricio :  “ …… siempre unidos aún después de tu muerte, el nombre de Mauricio de Sajonia no se separará nunca del de Adriana! …….

ADRIANA LECOUVREUR en el teatro de los hermanos Machado. Capítulo 2º : datos biográficos de Adriana, segunda parte.

Y destacamos los amores entre Adriana Lecouvreur y el afamadoo conde-mariscal Mauricio de Sajonia por formar aquellos parte de su leyenda, y ser, según la misma, la causa última de la muerte de nuestra actriz (lo que probablemente no sea cierto).

Como tantas otras actrices de su época, Adriana Lecouvreur frecuentaba la alta sociedad, siendo su casa , a su vez, uno de los puntos de reunión de los hombres ilustres en las letras, en las armas y en las ciencias. Esto la puso en contacto con el mariscal Mauricio de Sajonia, allá por el año de 1720, cuando Mauricio no contaba aún veinticinco años y ya había hecho diez años de campaña en Flandes, en Polonia y en Pomerania, lo que le granjeaba un aura de cuasi héroe.  Enamorados y amantes  lo fueron con gran intensidad y aunque la fidelidad no fue nunca virtud de ninguno de los dos, se profesaron una fuerte devoción, que trascendió a las gentes de París siendo uno de los temas más comentados. Así, uno de los episodios de esta relación, que hizo mucho ruido en París, incluso en toda Europa, fue aquel que sucedió en junio de 1726, cuando el conde de Sajonia al intentar reconquistar su ducado de Curlandia  se encontró con que le faltaba dinero para armar un ejército, a pesar de  haber reunido todos sus recursos personales y los de sus amigos, pues bien, Adriana se apresuró a vender todas sus joyas proporcionando así a su amado Mauricio la suma de 40.000 libras. Desgraciadamente para Adriana la empresa no tuvo éxito.

Obligado a dejar Curlandia, Mauricio regresó a París en 1728,  y aunque mantuvo sus relaciones con Adriana, éstas fueron más distantes. El conde reanudó unas antiguas relaciones con una princesa cuya dignidad y posición social, aunque resultó más efímera, se presentaba como más duradera y sólida.

Así las cosas, Adriana, que como ya hemos indicado, tampoco tenía la fidelidad entre sus virtudes, esa misma que tan bien representaba entre las de las princesas en los escenarios, tuvo sus escarceos amorosos con otros, lo que fue distanciando aún más las relaciones entre ambos., aunque no el sentimiento y consecuencias de los celos.  A este respecto se cuenta la siguiente y curiosa anécdota:  “Cierta noche en que Adriana se mostró con él más tierna de lo acostumbrado e hizo un exagerado panegírico de la fidelidad, él como hombre de penetración, sospechó que pudiera ser para mejor alucinarle, y resolvió asegurarse de ello. Creyó que su rival se hallaba en posesión de la llave de cierta puerta que le pareció sospechosa, y por la cual podía introducirse muy bien durante su ausencia (en aquellos tiempos eran frecuentes los pasos y accesos secretos entre edificios, bien por “puertas ocultas”, bien por galerías y túneles más complejos). ¿Qué hizo el Sr. Conde?, ¿arrancarse desesperado los cabellos?. Nada de eso: uno tan solo se arrancó de su cabeza augusta, y con cera lo pegó en el ojo de la cerradura de la sospechosa puerta, de modo que no pudiese introducirse la llave sin romper aquella sutil barrera. Volvió pasada una hora, y el cabello había desaparecido. Metió una bulla de mil diablos en la puerta hasta que plugo Adriana abrirla. Apenas entró el Conde trató de descubrir a su rival escondido en un rincón. Dicen que Adriana se justificó; ¡pero cuantas mujeres sin ser tan consumadas actrices han tenido igual talento en semejantes circunstancias! ¡Tan crédulo es el amor a la par de celoso!”.

Probablemente estas relaciones entre Adriana y Mauricio hubieran pasado, con el tiempo, a ser una bella historia de amor destinada a ir quedando poco a poco difuminada, pero los hechos que a continuación relataremos, muchos ciertos,  otros de dudosa credibilidad y algunos seguramente inciertos, crearon parte de la leyenda de Adriana Lecouvreur, quedando definitivamente asociados en la memoria colectiva el nombre de Adriana Lecouvreur y el de Mauricio de Sajonia.

En el año de 1729, unos biógrafos dicen que a principios, otros que a mediados, Luisa Enriqueta Francisca de Lorena, cuarta mujer de Manuel Teodoro de LaTour d’Auvergne , Duque de Boullon, se enamoró del conde de Sajonia.

La Duquesa tenía 23 años y era una mujer violenta, arrebatada, caprichosa, y sobre todo excesivamente “galante, pues la crónica escandalosa (¡que ya existía!) aseguraba que sus gustos y aventuras no tenían límites y que se extendían desde los príncipes hasta los cómicos.

Dícese que la Duquesa de Boullon exigía al Conde de Sajonia que cesara sus relaciones con Adriana y renunciara definitivamente a ella, pero éste se negó, probablemente por agradecimiento y reconocimiento de tiempos pasados y por la amistad que con los años quedaba entre ellos.

Cierto día de finales de 1729, en el que se representaba Fedra y la Duquesa se hallaba en uno de los primeros palcos, la vió Adriana, y como no ignoraba los esfuerzos que hacía para apoderarse del Conde, no pudo refrenar sus sentimientos y al llegar a estos célebres versos:

…………………………………………… se mis falta Enone, pero no soy de esas mujeres osadas que gozando de una tranquila paz en medio del crimen nunca colora su frente la vergüenza.

en vez de dirigirse a Enone, volvió la cara a la Duquesa, siendo ello un verdadero apóstrofe. El público que se hallaba al corriente de esta intriga, rompió en una lluvia de aplausos por la oportunidad de la alusión, lo que evidentemente hizo hervir la sangre a la joven e irascible Duquesa que, y aquí empieza la confusión, la incertidumbre y la leyenda,  juró vengarse de la actriz.

Según lo contado por el Abate D’Allainval en sus “Cartas a Milord” o “Des mémoires sur Baron et sur Mllm. Lecouvreur”, y lo contado por Alejandro Dumas en su novela “Luis XV”, – este último haciendo referencia a un expediente sobre las personas encarceladas en 1730 en La Bastilla y  en una carta de Mdlle. Aísse a Mad. de Calandima, de fecha marzo de 1730, que contiene toda la frescura de la novedad y actualidad, puesto que Adriana murió el 20 del mismo mes – a mitad de 1729 la Duquesa de Boullon, decidida a suprimir el obstáculo que significaba Adriana para sus deseos, mandó preparar unas pastillas envenenadas, escogiendo a un joven abate como necesario medio para entregarlas, en forma de dulces, a Mdlle. Lecouvreur.

Según la documentación reseñada, dos emisarios de la Duquesa localizaron a un abate llamado Bouret un día que éste paseaba por las Tullerías “sin saber como haría para comer”, y después de una larga conversación le propusieron un medio para salir de la miseria: este medio consistía en introducirse, gracias a su habilidad como pintor, en casa de la Lecouvreur, y de hacerle comer las pastillas que ellos le darían;  el pobre abate se negó ante la propuesta del crimen, pero los dos hombres le respondieron que ya que era conocedor del plan no cabía la marcha atrás, y que si no ejecutaba lo que se esperaba de él era un hombre perdido.

Asustado el abate prometió cuanto quisieron exigir de él.

Entonces le llevaron a casa de Mad. de Boullon, que le repitió promesas y amenazas y le entregó las pastillas; el abate se empeñó en que cumpliría en encargo dentro de los ocho días siguientes.

En este intervalo, Adriana Lecouvreur recibió una carta anónima en la que la suplicaban que acudiera ella sola o acompañada de una persona de su total confianza, en determinado día y hora, a un punto determinado del Jardín de Luxemburgo.  Adriana fue a la cita y se encontró con el abate Bouret, que le contó la fatal comisión que le habían dado, declarando que era incapaz de semejante crimen, pero agregando que si no lo cometía estaba convencido de que el mismo sería asesinado. Adriana dio las gracias al joven y le convenció de denunciarlo inmediatamente a la policía.

Fueron en el mismo coche a casa de Mr. Herault, que era entonces lugar-teniente de policía y conocido de Adriana, a quien manifestaron el motivo de la visita.

Mr. Herault preguntó al abate si tenía las pastillas que decía le habían entregado, y el abate las sacó de su faltriquera; llamaron a un perro, le dieron las pastillas y el perro reventó al cabo de un cuarto de hora. Le preguntó por cual de las dos Boullon había sido la que conoció, pues eran dos las casadas con dos hermanos Boullon, no sorprendiéndose al indicarle cual. Tras preguntar otros datos dijo el policía a la Lecouvreur  “podeis iros tranquila, yo velo por vuestra seguridad”.

El policía Mr. Herault informó inmediatamente al cardenal Boullon,  tío de Manuel Teodoro,  cuya primera opinión fue la de hacer pública la aventura y  después la de silenciar los hechos para evitar el escándalo.  No obstante, a los pocos días la historia se había filtrado, no se sabe como, y causó entre las gentes, de toda clase social, mucho ruido, controversias y comentarios.  Sin duda este hecho fue la base de la futura leyenda sobre la muerte de Adriana Lecouvreur.

Ante el escándalo, el cuñado de Mad. de Boullon habló a su hermano y le dijo que era absolutamente necesario que su mujer se lavase de semejante sospecha, que había que solicitar una orden de prisión para encerrar al abate. Y así sucedió, el abate fue preso y encerrado en la Bastilla.

Adriana localizó al padre de Bouret, que vivía en una provincia y desconocía la desgracia de su hijo, y éste , ya en Paris, solicitó la formación de causa, pero al ver que le daban largas  se dirigió al cardenal, quien preguntó a Mad. Boullon si quería que se formase sumario sobre la cuestión, pues su conciencia no le permitía que estuviese preso un inocente. Mad. de Boullon prefirió que le pusiesen en libertad antes que la formación de sumario, y el abate Bouret salió de la Bastilla, desapareciendo durante un par de meses, hasta que en enero de 1730, a petición del Duque de Boullon, que le acusaba de calumnia, volvió a ser encarcelado. Todavía se encontraba encarcelado en San Lázaro cuando murió Adriana. Posteriormente se le tomó nuevamente declaración y, contra lo que hasta entonces había hecho, dijo que “había acusado a la duquesa injustamente”.

Esta contradicción del abate es la causa principal de la incertidumbre que todavía, al cabo de casi tres siglos, reina sobre la extraña causa de la muerte de Adriana Lecouvreur. Acaecida, como sabemos,  el 20 de marzo de 1730.

Alejandro Dumas nos sigue contando, basándose en las fuentes ya indicadas, que este segundo apresamiento del abate Bouret dejó bien claro a Adriana que la venganza de la duquesa de Boullon solo había estado adormecida y que nuevamente despertaba.

Quince días pasaron sin  embargo, sin que Adriana oyese hablar nada sobre el abate, lo que nos sitúa mas o menos en una fecha próxima a mediados de febrero de 1730. En fin, una noche, después de la representación de la pieza principal (en aquellos tiempos cada día se representaban dos obras teatrales, una detrás de otra, empezando por la principal)  en la que Adriana había hecho el papel de Fedra, Mad. de Boullon, la invitó para que pasase a su palco, a lo que rehusó Adriana alegando no estar adecuadamente vestida, replicando la duquesa que la dispensaba anticipadamente cualquiera que fuese el traje que tuviese puesto. Adriana contestó diciendo: “la duquesa es demasiado indulgente, y si ella me dispensa el presentarme así en el palco, no tendría el público igual condescendencia; decidla sin embargo, que por obedecerla en cuanto de mi dependa, me hallaré a su paso cuando salga”.

La duquesa no tuvo más remedio que contentarse con la propuesta, y efectivamente a la salida halló a Mdll. Lecouvreur que la estaba esperando. La duquesa la hizo mil cumplimientos y elogios, tanto de su forma de representar como de su gracia y hermosura; no cabe duda que la Duquesa de Boullon pretendía con esta muestra pública de simpatía, frecuente por otro lado que la diesen los grandes señores a los artistas, hacer olvidar los rumores que habían circulado.

Al día siguiente, Adriana se encontró indispuesta durante la representación y no pudo acabar la función, interesándose el público  insistentemente por su salud, máxime cuando se enteró que había sido necesario llevar a la artista hasta su coche dado el estado en el que se encontraba.  La imaginación de los seguidores de Adriana fue en aumento, y poco a poco se consolidaban entre ellos, como indiscutibles, las antipatías y sus efectos entre estas dos mujeres, Adriana la amada y casi venerada por todos y la “perversa” Duquesa de Boullon.

Ya estamos en los primeros días de marzo y Adriana sigue desmejorando visiblemente, pero quiere acabar la temporada teatral prevista para el día 24 de marzo, y el día 15, haciendo un gran esfuerzo, se presenta en la Comedia para representar a Jocasta.

El público pudo advertir el lamentable estado de su adorada Adriana que apenas si podía hablar y sostenerse, tanto que se creyó no podría acabar la representación.  Después de Edipo se representaba el Florentino y todo el mundo creía imposible que pudiera actuar, pero para sorpresa de los espectadores volvió a salir a escena. Se la vió luchar con el mal que la consumía, pero pudo vencerle sobre las tablas. Se dijo que estuvo inimitable.

Esta fue su despedida del público, de su público.

Según se cuenta en la novela Luis XV de Alejandro Dumas, cuatro días después murió en medio de horribles convulsiones, y hecha la autopsia del cadáver se vió que tenía gangrenadas las entrañas. Como dice uno de sus biógrafos, Georges Rivollet, Adriana murió “de una inflamación de entrañas”.

Se esparció entonces el rumor de que había sido envenenada, y se aseguraba que  la instigadora del crimen había sido la Duquesa de Boullon.

En el momento de su muerte estuvieron presentes, además de un cirujano que la asistía, Voltaire, el conde D’Argentail y se dice que el mariscal de Sajonia, al que habían avisado en el último momento, y que parece ser se apresuró en acudir (otras versiones dicen que estaba en Muhlberg con su nueva amante, una cantante de opera, Mlle. Carton, otras que este viaje lo emprendió a los pocos días de morir Adriana.)

Voltaire, que pretende haber cerrado los ojos a la amable Adriana, nos dice que en 1823 Adriana tuvo que dejar de trabajar dos veces por motivos de salud, siendo concretamente la disentería la causa, y que esta misma enfermedad es la que probablemente, por no decir con seguridad, la condujo a la muerte. Voltaire no creyó jamás en la teoría del envenenamiento: “Esas son voces del pueblo que no tienen ningún fundamento”. Bien es verdad que Voltaire tenía, entre otras manías, la de no creer en los venenos.

En resumen, es éste uno de esos enigmas históricos que jamás se explicarán, y sobre el que se discutirá siempre.

Como lamentable colofón a la muerte de Adriana Lecouvreur,  el clero denegó a la artista la sepultura eclesiástica. A la una de la noche fue conducido su cadáver en un coche de alquiler, clandestinamente,  a un solar de la calle de Bourgogne, a las orillas del Sena, y allí arrojado en un hoyo lleno de cal viva por dos “mozos de cordel”.

El solar pertenecía al ministro conde de Maurepas, y es posible que uno de los amantes de Adriana, el conde D’Argental, amigo íntimo de dicho ministro, no fuese extraño a la elección del sitio. 

Se dijo también que en el asunto del enterramiento habían mediado los duques de Bouillon,  consumando así la duquesa su última venganza, pero lo más verosimil es que este enterramiento clandestino fuese simplemente una consecuencia de las ideas de la época.  Por cierto, el duque de Bouillon, el marido de la duquesa a quien públicamente  acusaba de haber envenenado a Mdlle, Lecouvreur, no sobrevivió mas que dos meses a la artista.

El mismo día que murió Adriana, se había presentado en su casa un cura de San Sulpicio. “Ya sé lo que os trae, – dijo la actriz sonriendo – , podéis estar tranquilo, no he olvidado a vuestros pobres”. Y a continuación, señalando a un busto de Mauricio de Sajonia, continuó con teatral acento: “He ahí mi universo, mi esperanza y mis dioses”.

El cómico Grandval pronunció un elogio de Adriana Lecouvreur en el recinto del teatro.

Esto era morir como una trágica y como amante, pero no como pecadora arrepentida, y ello le costó el panteón que su gloria y su genio merecían.

Existe un bellísimo retrato de Adriana  que representa a Cornelia,  es obra de Doypel,  y está grabado por Pedro Drevet, hijo.

Al recordar a Adriana Lecouvreur hay que decir que el frecuentar a las personas más distinguidas de su tiempo, y el estudio constante de las obras maestras de la lengua francesa, la habían formado y educado su entendimiento; así de ella se conserva una Colección de Cartas de muy buen estilo y conceptos.  Esta correspondencia demuestra que Adriana no era ni interesada ni tan apasionada como se dijo y dice, , a sus admiradores les aconsejaba que la olvidasen, porque era demasiado honrada como para pretender amar más de lo que verdaderamente podría sentir.

¡Pobre Adriana Lecouvreur! Merecía haber amado mejor y ser más amada. Mujer nacida para el amor, por el amor fue malograda.

La leyenda.

Como hemos dicho, le leyenda sobre Adriana Lecouvreur empezó a gestarse desde su primera actuación pública, fue creciendo su fama, su prestigio, hasta el punto de convertirse en el personaje popular más querido, adorado y deseado. Sus seguidores eran cientos, y sus actuaciones eran seguidas y comentadas como los acontecimientos más relevantes. Sus amores y aventuras con Mauricio de Sajonía la perfilaron como “el claro objeto del deseo” de los parisinos,  los demás amantes o enamorados aumentaban su prestigio y poderío, por ello la historia del enfrentamiento, por amor, con la duquesa de Bouillon alcanzó cotas inigualables e inadmisibles para la mayoría de los ciudadanos, que probablemente en base a rumores falsos o bulos, intencionados o no, construyeron la leyenda de su muerte por envenenamiento instigado por su oponente.

Tal era la fama y el aprecio que de ella se tenía, que a pesar de algunos detractores y de la insidiosa negación de su enterramiento en suelo sagrado, muchos fueron los elogios, notas y epitafios escritos antes de su muerte y, por supuesto después.

Ya hemos reproducido el epitafio de su gran amigo Voltaire, ahora, siguiendo los citados por el abate D’Allainval en “Des mémoires sur Baron et sur Mllm. Lecouvreur”,  reseñamos los siguientes documentos:

       1º    “Epítre a Mademoiselle Lecouvreur”, también de Voltaire.

       2º    “Epítre a Mademoiselle Lecouvreur”, de M. De B***, incluido en una

              traducción en verso de “Lettres d’Abailard et d’Héloïse”.

       3º    “L’Ombre de Racine a Mademoiselle Lecouvreur. Epítre”, de M. Le                     Franc.  

       4º    “L’Art de représenter” de Luigi Riccoboni.

       5º    “Vice puni”, seis versos incluidos en dicho poema de M. Grandval.

       6º    Diuscurso de Voltaire pronunciado el día de la clausura (24 de marzo        de 1730) de la temporada del teatro.

       7º    “Epitafhe de Mademoiselle Lecouvreur” de M. L’Abbé D’Allainval.

       8º    Epitafio I en latín “Tumulus”, autor desconocido.

       9º    Epitafio II en latín “Hic”, autor desconocido.

       10º  Epitafio III en latín “Alius”, de autor desconocido.

que podemos encontrar, en francés, del libro  del abate D’Allainval, publicado en 1822.

ADRIANA LECOUVREUR en el teatro de los hermanos Machado. Capítulo 1º : datos biográficos de Adriana, primera parte.

Muchas de las personas, francesas o no, que visiten por primera vez la ciudad de París probablemente se acerquen hasta la famosa torre Eiffel y lo hagan caminando desde Los Inválidos y entrando en el Parque de los Campos de Marte por la plaza de la Escuela Militar .  Al fondo del parque, junto al Sena, verán majestuosa la torre  metálica y caminarán hacia su base por alguna de las cuatro avenidas o paseos que paralelos atraviesan el parque y probablemente vayan por el primero de ellos, llamado Adrienne Lecouvreur.

¿Quién era Adriana Lecouvreur para merecer este alto honor de tener su nombre puesto en uno de los viales más transitados de París y junto al símbolo más representativo y conocido de ésta ciudad?

Muchos dicen que Adriana Lecouvreur representa la imagen perfecta de la mujer parisina, la imagen de mujer con la que se identifican las parisinas y con la que sueñan los parisinos.

Tal vez sea mucho decir, pero la realidad es que ésta mujer captó en su tiempo la atención, el afecto y la adoración de casi todos sus conciudadanos, y el amor de bastantes de ellos.  Tan cierto es que su huella dejó un vivo recuerdo que perdura invariable desde aquel día de la primavera de 1730 en el que los parisinos lloraron su muerte.

Adriana Lecouvreur fue durante trece años, de 1717 a 1730, la gran actriz de la comedia parisina. Y estos pocos años fueron suficientes para que su recuerdo siga vivo desde entonces, con más o menos intensidad a lo largo del tiempo transcurrido, pero ya con vocación de eternidad.

Su vida, como todas las que están en el  camino de la leyenda, ha sido recordada con frecuencia aunando datos y hechos ciertos con otros no contrastados, o inventados, bien por las imaginación popular bien por las creaciones artísticas que, combinando realidad con ficción, sobre ella se han realizado.

Por ello, con la ocasión de la presentación de esta obra dramática, hasta hoy  inédita y desconocida de Manuel y Antonio Machado, es necesario acercarnos a los hechos reales acaecidos en la vida de Adriana Lecouvreur y separarlos de aquellos no contrastados, de aquellos otros que ya forman parte de su “leyenda” y de los de ficción contenidos en las obras artísticas sobre ella escritos, para poder analizar el contenido argumental de esta obra teatral machadiana.

Francia siglo XVIII.

En una colección de artículos publicada en Barcelona en 1856 por Juan Mañé y Flaquer,  hay uno escrito por Ventura de la Vega el 1º de febrero de 1852 en el que al comentar la obra de teatro Adriana Lecouvreur,  drama en cinco actos, por MM. Scribe y Legouvé,  traducido del francés por el propio articulista,  nos describe los que a su entender son los rasgos más importantes del siglo XVIII en Francia.

Nos dice que fue un siglo grande y desmesurado en todo; en la virtud y en el crimen, en el error y en la verdad, nos dice que fue un siglo de esplendor, de miseria, de galantería, de corrupción, de virtudes espartanas, de cinismo de anacoretas de epicúreos, de verdades, de errores, de fe, de duda, de ciencia, de farsa, de políticos de guerreros, de fanáticos de incrédulos, de poetas, de artistas.

Y en este siglo y en Francia vivió, durante el reinado del galante en demasía Luis XV, Adriana Lecouvreur.

Durante el reinado de este monarca la corrupción de costumbres apenas tuvo límites y se usó la galantería para cubrir y disimular los vicios;  todo era alegría, bullicio, fiestas en las que gozar de la vida se convertían en una actividad final, “como si se hubiese presentido la proximidad de la muerte, como si se hubiese querido aturdir los oídos para que no llegara a ellos el rumor de la tempestad que se acercaba, como si se hubiese querido deslumbrar los ojos con el brillo de los salones para no ver la inmensa tumba que se abría a sus piés”.

“De tarde en tarde se oía un rumor sordo, cada vez más próximo, que interrumpía la algazara de aquella bacanal”, pero aquellos aristócratas y adinerados burgueses, desenfadados, hacían oídos sordos a tan fatídicos acentos. En aquel ambiente se asomaban algunas veces rostros escuálidos, horribles, amenazadoras, que llevaban impreso el espantoso sello del pacto del hambre, que acudían a sorprender a aquellos sibaritas revolcándose en la profusión de sus banquetes; pero nadie reparaba en aquella muda y solemne acusación de su conciencia.

El rey, era indiferente a la corrupción, es más la estimulaba con su ejemplo, y poco a poco, con ella y con su persistente abandono de los temas y negocios de estado, iba preparando el cadalso para su desgraciado hijo.

Con el debido respeto que hoy merecen todas las personas y la mayoría de sus actividades, pero hay que situarse en aquella época y su sociedad estaba bien representada: una meretriz daba la voz de órden. La Pompadour se hizo protectora de las artes y de las ciencias: la aristocracia quiso imitar a la favorita del monarca; frecuentó el trato de las personas distinguidas por su saber, y hasta se dedicó con el ardor de la moda a las especulaciones de la ciencia y al cultivo de las letras”. 

Y con estas actividades culturales el rey vivía tranquilo. “Una sociedad que estudia, una sociedad que se divierte, una sociedad que se ríe, nada tiene de peligrosa”, y así, “las pullas de Voltaire, los retruécanos de Bievre, la burlona y aguda crítica de Crebillon. los innumerables folletos que se daban a la luz ridiculizando lo que hasta entonces se había respetado eran recibidos con aplauso alegres y desenfadados. Se convertían en tantos otros objetos de diversión”. El poder establecido ignoraba al poder que se iba formando y que inevitablemente vendría.

En el teatro y en la literatura  resucitaron los tipos heroicos de antiguas épocas, pero en los textos de aquella época, casi siempre satíricos, solo se advertían motivos de diversión.

Nadie advirtió que “de aquellos folletistas, matemáticos, naturalistas inofensivos habían de salir los Sieyes, los Desmoulines, los Baillys, los Marats y hasta los Guillotins, ni mucho menos se les ocurriría que de las últimas clases de aquellos actores tan en boga saliera el tristemente célebre Hebert, el sumo sacerdote de la Diosa Razón “.

“El título de sabio o de artista bastaba entonces para abrir todas las puertas, para allanar todas las alturas, para borrar todas las distancias. La diferencia de clases iba desapareciendo; ¿y cómo no ser así cuando el mismo rey había elevado hasta las gradas del trono a la hija del carnicero Poisson, después Mme. Pompadour?.”

“Baron, Lekain, Mlls.Dangleville, Duclos, Cleron, Dumesmil,  todas las celebridades del teatro eran los niños mimados del día.  Su salud interesaba tanto como la de la misma familia real; el público quería saber hasta las mas pequeñas particularidades de su existencia. Saludar a la Cleron o a la Duclos, recibir en su casa a Lekain o a Baron era una dicha ambicionada, buscada, comprada muchas veces a gran precio”.

Y en esta época de esplendor del arte cómico, de fortuna para los que lo ejercían, apareció Adriana Lecouvreur.

Biografía.

Muchas son las fuentes que se nos ofrecen para redactar una correcta biografía de Adriana Lecouvreur,  y de ellas destacamos las siguientes:

1ª    “Des mémoires sur Baron et sur Mllm. Lecouvreur”, par l’ Abbé D’        Allainval.  Paris. Ponthieu, Libraire, au Palais-Royal, Galerie de Bois, nº 252.         1822.

2ª    “Diccionario Histórico o Biografía Universal Compendiada. Tomo VIII”,        pág. 404.   Librería de los Editores, Antonio y Francisco Oliva. Barcelona        1832.

3ª    “Album Pintoresco Universal, Tomo Segundo”, pág 450 y 451. Barcelona, Imprenta de D. Francisco Oliva, Editor. Calle de la Platería. 1842.

4ª    “Luis XV”, capítulo IV, págs. 32 a 37,  novela de Alejandro Dumas. Madrid,        Establecimiento tipográfico de Mellado, calle de Santa Teresa núm. 8.  1850.

5ª    “Apuntes Biográficos. Adriana Lecouvreur”,  “Correo de Teatros, Periódico de noticias teatrales, artísticas y literarias”, núm. 45 y 46 de 7 de   octubre y 10 de octubre de 1852, respectivamente, Madrid.

6ª    “Misterios Históricos. Adriana Lecouvrur”,  “Alrededor del Mundo”      revista núm. 573 de 25 de mayo de 1910.

7ª    “La verdadera Adriana Lecouvreur”,  reproducción del número de diciembre de 1912 de la revista Fortnighly  Review en “La lectura. Revista    de ciencias y de artes”,  pág 117 y 118 del núm 145 de enero de 1913.

8ª    “El arte literario francés” ,  en el núm. 79,  de la “Revista Blanca” de fecha 1 de septiembre de 1926, Barcelona. Reseña del libro biográfico sobre Adriana Lecouvreur escrito por Georges Rivollet.

siendo estas las principales de las utilizadas para este trabajo.

De estas fuentes utilizaremos como  fundamentales las tres primeras, por ser anteriores a la posible influencia que sobre las restantes pudiera haber tenido la publicación y estreno de la obra de teatro que sobre Adriana Lecouvreur escribieron en 1849 Eugéne Scribe y Ernest Legouvé.

Así podemos iniciar  este relato diciendo que el Abate D’Allainval sostiene que Adriana no era parisina, como sugería el diario Mercure de marzo de 1730 (con ocasión de necrológica), sino que había nacido en el año 1690 en la pequeña villa de Fimes, situada entre Soissons y Reims.  (a esta cuestión de la fecha y lugar de nacimiento volveremos más adelante, ya que existen discrepancias con otros autores ).

Su padre, que era un oficial sombrerero de escasa fortuna, al constatar las escasas posibilidades que tenía su profesión en el medio rural en el que vivía, decidió trasladarse, en 1702, con toda su familia al barrio, faubourg, de Saint-Germain, en París, con el deseo de trabajar en su oficio. Fue a vivir cerca del teatro de la Comedia, cuya vecindad hizo nacer en Adriana un vivo deseo de seguir la carrera del teatro.  Se ha dicho que en su juventud fue lavandera, y se ha dicho también que la lavandera no fue ella, sino una tía suya, la cual lavaba la ropa del comediante Le Grand al que recomendó la futura actriz.

Nos dice D’Allainval que muchos de los vecinos de la villa de Fimes le comentaron que desde su infancia, Adriana, manifestó un claro placer en recitar versos y una evidente inclinación teatral. La muchachita Lecouvreur era de esas personas que se hacen a  si mismas. No tuvo la fortuna que tuvo al actor Baron por nacimiento y familia,  y en su infancia no bebió de los genios del teatro, no conoció ni leyó a Moliére, Racine, Despéaux, Chapelle, no pudiendo formarse en los gestos y en la expresión de los sentimientos en el arte dramático, pero a su modo creció en el mundo que soñaba de la interpretación.

En estos primeros años en Paris, al conocer a varios de los trabajadores y actores del teatro próximo a su casa, pudo ver la representación de las obras maestras de la escena francesa, aumentándose más y más la afición que desde pequeña tenía por la representación dramática. Tanto es así que en 1705, se dice que a la edad de quince años, (dato que nos inclinaría a considerar como fecha de nacimiento de Adriana Lecouvreur el año 1695) quiso representar la tragedia de Polieucte, y la pequeña comedia Deuil junto con algunos muchachos de su misma vecindad. Adriana, convencida de sus posibilidades asumió para sí y desde el principio el papel de la tierna Paulina, y esta osadía fue coronada por un éxito rotundo, tanto es así que corrieron las voces y fueron a ver las representaciones muchas personas importantes del mundo del teatro y de la sociedad influyente. Entre ellas la señora  Le Jay, distinguida dama de aquel tiempo que empleaba dignamente su fortuna en proteger las letras y las artes, y que como oyese hablar de la repeticiones de Polieucte, consintió en levantar un teatro en el patio de su casa, en la calle de Garanciere para que se representase en él dicha tragedia; los muchachos representantes, y en especial Adriana, dejaron tan embelesada a la numerosa concurrencia de espectadores que llegaron a causar celos a la compañía cómica francesa, logrando ésta arrancar de la Policía una orden prohibiendo tales representaciones; la señorita Duclos, acostumbrada a la declamación, se ofendía de la naturalidad expresiva de Adriana y de la sencillez con que hablaba en verso. Tengamos presente que en aquellas fechas, en el Teatro francés, aún se cantaban antes que recitarse los versos. Y así, por la denuncia, se dejó de interpretar por aquel grupo juvenil de aficionados la obra de Corneille.

Le Grand, que como ya hemos dicho conocía a Adriana, era un actor bastante malo pero un profesor capaz e inteligente, y prendado de las excelentes disposiciones de Lecouvreur,  y enamorado de ella, decidió aleccionarla en el arte dramático. No tardó la joven Adriana en ser contratada para los teatros provinciales, recorriendo la Alsacia y la Lorena, alcanzando sus primeros éxitos ruidosos en Estrasburgo. Y por esta senda sembrada de aplausos, flores y coronas (al uso en aquellos tiempos) llegó por fin a la Comedia francesa de París, debutando el 14 de mayo de 1917, interpretando el papel de Monime, de Mithridate, y posteriormente el de Electra y de Berenice, dando inicio a su celebridad en el teatro francés, y en aquella sociedad parisina. Un mes después de haber desempeñado estos papeles fue nombrada, recibida se decía entonces, como actriz ordinaria del rey para los papeles trágicos y cómicos.

D’Allainval nos dice que jamás un  debut en un teatro fue mas brillante que el de Adriana Lecouvreur.   El famoso filósofo Dumarsais, quedó tan impresionado de la interpretación de la actriz que  inmediatamente la envió una nota para que le hiciera el honor de ir a su casa a cenar en “tète-à-tète”.  ¡El amor! ¡La pasión!.

La señorita Duclos, bien que reina de la escena, fue en aquellos días destronada, y Adriana Lecouvreur  de un salto se puso en el primer puesto de las actrices de la escena francesa. Según algunas de sus biografías, Adriana era “de estatura regular, su cabeza y espaldas eran muy bien conformadas, llenos de fuego y expresión sus ojos, linda su boca, algo aguileñaza nariz, hechiceros sus modales, y noble y sosegado el continente. Bien que algo flaca, ningún menoscabo resultaba de ello a la belleza de su fisonomía, cuyos rasgos marcados eran propios para retratar a todas las pasiones del alma. A todo daba mayor realce el gusto, el esmero y riqueza de sus trajes, el aire majestuoso de su presencia, y sus gestos siempre exactos y enérgicos”.

Durante los trece años que mediaron desde su nombramiento como cómica ordinaria hasta su muerte, tuvo la satisfacción de ver no entibiarse ni un ápice el entusiasmo general que sus interpretaciones inspiraban desde el inicio de su carrera. Sus triunfos fueron progresivos y sin cesar fomentados por el público.

Adriana Lecouvreur poseía el arte supremo de los grandes actores, de penetrarse de tal forma en las pasiones que debía interpretar, que puede decirse que su vida era un compuesto de las de los personajes que representaba en las tablas de los escenarios. Se dice que ninguna actriz hizo jamás verter tantas lágrimas por los infortunios de imaginarias heroínas de teatro. Producía una completa ilusión, y arrebataba a los espectadores, y a sí misma, transportándolos a otros siglos, lugares y paisajes: así cuando representaba a Bérenice, Elisabet, Yocasta, Paulina, Atalia, Zenobia, Rojana, Atalida, Ifigenia, Hermione, Erífila, Emilia, Electra, Cornelia, y sobre todo Fedra de Racine, ningún espectador se hallaba en el teatro, sino en los países que eligió el poeta y dramaturgo, y todos estaban dispuestos a tomar parte en la acción, como si formaran parte de los coros de las tragedias antiguas. La revolución interpretativa era evidente y notoria. También representaba, Lecouvreur, papeles cómicos, según se acostumbraba entonces, pero no lograba en ellos tan cabal desempeño y efecto.

Representaba con harta perfección el amor, tanto como para no sentirlo y percibirlo en realidad; así, receptora de esta pasión, se abandonó a ella, fueron varios los amante que tuvo, pero sobre todo fueron muchos los que se enamoraron de ella. Entre estos últimos destacamos a su gran amigo Voltaire, que la amaba de veras  y para la que compuso muchas de sus mejores tragedias, el amigo de ambos, Carlos Agustín de Ferriol, conde D’Argental , su profesor Le Grand, el actor Clavet, y el consejero alsaciano Klinglin.  Entre los primeros, por su trascendencia en la leyenda de la actriz, por haber sido profusamente comentada y por ser la causa del argumento de la obra teatral de Eugene Scribe y de la opera de Cilea, destacamos al conde Mauricio de Sajonia.

Sobre la relación de Adriana Lecouvreur con Le Grand nos dice Laplace, en su volumen quinto de su obra Piéces intéressantes et peu connues, lo siguiente;

“……… Au jour indiqué les doux conviés, arrivés chez Legrand, furent à leur tour bien surpris de voir le comedién leur pr’esenter, avec gravité, una petite fille très-simplement mise, et supplier trés-humblement M.  Le marquis de permettre qu’elle prit place a table avec la compagnie. 

Ah, ah! s’écria le marquis, quelle est donc cette enfant, mon cher Amphitryon? La fille de la cuisiniére, , apparemment, ou celle de ta ravaudeuse?.

Ninni, reprit le comédien, c’est la niéce de ma blanchisseuse; cést-à-dire la cousine-germaine de la Belle dame quíl vous a plu de m’enlever, qui réunit maintenant toutes mes affections pour la famille, et peut seule consoler d’avoir pèrdu s aparente; car, s’écria-t-il, en parodiant le vers de Thésée, de Quinault: 

Cést le sort de Legrand de sénflammer por elle!

Ce dinner, comme on láugure, fut trés-gai, et fut suivi de plusieurs autres.  Legrand sáttacha à la petite blanchisseuse, lui donna de l’éducation, la dressa pour le théàtre, l’envoya ensuit à Strasbourg pour l’accoutumer aux planches, mit en fin la petite fille en état quels furent ses succès; et c´ètait ……. Adrianne Lecouvreur!

Elle ètait nèe è Frèjus, en Champagne, en 1695, et mourut à Paris, en 1730”.

Laplace, en la misma obra nos dice:

       Voltaire lui fit l´épitaphe siuvante:

                     Ci git l’actrice inimitable

                     De qui l’esprit et les talens,

                     Les gráces et les sentimens,

                     La rendaient partout adorable,

                     Et qui n’a pas moins mérité

                     Le droit à l’immortalité

                     Qu’aucune héroine ou déesse,

                     Qu’avec tant de delicatessen

                     Elle a souvent représenté.

                     L’opiníon était se forte

                     Quélle devait toujours durer,

                     Qu’après méme qu’elle fut morte,

                     On refusa de l’enterrer.

Sentido y emocionado epitafio de Voltaire, del que se dice estuvo presente en los últimos momentos de la vida de su adorada Adriana.

Observamos que Laplace sostiene que Adriana nació en 1695, en Frejus.