ANTONIO MACHADO: EL EXILIO. Comienza en Cerbere.

Se incluyen en este artículo todas las poesías escritas por Antonio Machado durante la Guerra Civil española.

Antonio Machado

27 de enero de 1939.

Antonio Machado

         Vamos a iniciar este relato  desde la  llegada de Antonio Machado a Port Bou la tarde del 27 de enero de aquél año de 1939. Hasta ese momento y desde finales de noviembre de 1936, cuando sale de Madrid con destino a Valencia, podríamos hablar del “camino del exilio”, al principio de percepción más difusa pero, digamos, a partir de 1938 de una percepción cada día mas clara y notoria.

         A partir de esa tarde tremenda del día 27 de enero de 1939 tendremos que hablar del “exilio”, del exilio propiamente dicho de Antonio Machado en Francia.

         Unas pocas horas antes de cruzar la frontera, en lo alto de la carretera de Port Bou a Cerbere, en la subida al puerto de Balitres, a unos 500 metros de Francia, “la carretera quedó de pronto bloqueada por un exceso de vehículos y la marcha se interrumpió. Carros, coches, camiones y ambulancias se arracimaban empotrándose casi unos en otros, formando un tapón que impedía todo avance. La ambulancia en la que en ese momento iba Antonio Machado y su familia hizo un alto forzado en el camino, esperando que la situación encontrara remedio, pero, al caer la noche, se les hizo evidente que debían perder la esperanza de poder continuar en vehículo, era imposible reanudar la marcha”. (nos cuenta Antonio Campoamor González en su libro “Antonio Machado 1875 – 1939” publicado en abril de 1976 por Editorial SEDMAY, S.A., pág 194).

Buscando la frontera.

         Se encontraron rodeados de gentes que buscaban como ellos la frontera, y se sintieron como abandonados junto a un alto acantilado cerca del mar. Reemprendieron el camino a pie, junto a mujeres, ancianos y niños que avanzaban lentamente, con la anochecida, con un frío intensísimo y lloviendo torrencialmente. La ropa empapada, la cara mojada y el pelo pegado a la cabeza por el agua que sobre ella caía; los zapatos embarrados y ya húmedos. Frío, se sentía el frío y un inmenso cansancio. Contaron los que con Machado iban que éste se desvaneció a la vera del camino, recuperándose necesariamente en breves minutos; recuerda Tomás Navarro Tomás que le escuchó decir: “Yo no debía salir de España. Sería mejor que me quedara a morir en una cuneta”. Con la ayuda de Carles Riba y otros compañeros pudo levantarse y reiniciar la marcha.

         Se dijo, mejor dicho, se ha llegado a decir, que en este punto de la carretera perdió Machado un pequeño maletín, aquél que no pudo dejar el poeta  en Raset, en Can Santa María, (Matea Monedero me comentó muchos años mas tarde que era del tipo que usaban los médicos, pero que desconocía su contenido), en el que podrían contenerse versos, apuntes, y hasta un nuevo tomo de “Los Complementarios” o los retratos de Pilar de Valderrama y algunas de sus cartas. No parece creíble. Tal vez sí algún escrito, verso o prosa sobre el que estuviera trabajando en aquellos días, pero nada más; recordemos que el que se supone fue su último trabajo en prosa, sobre el general Rojo, lo entregó a un ciclista que enviaron a recogerlo el mismo día de su salida de la Torre Castañer, el 22 de enero de 1939, a última hora de la mañana.

General Arrando 4. Foto actual.
Casa en la que vivió Antonio M;achado sus últimos años en Madrid.
En el 3º piso

         En Madrid, en la casa de General Arrando núm. 4, domicilio que había sido el último de Antonio Machado, se encontraron por sus hermanos Manuel y Francisco, cuando a finales de agosto de 1939 éstos regresaron a Madrid, el primero desde Burgos y el segundo, mi abuelo, desde Francia, los manuscritos y documentos de su hermano Antonio, que éste tenía o conservaba, y que los había dejado en la vivienda al pensar, entonces, que regresaría pronto (recordemos que Antonio Machado salió de Madrid, con destino Valencia, el 24 de noviembre de 1936, y ya no regresó nunca). No parece que faltara nada. Por otra parte parece que la producción literaria de Antonio Machado durante la guerra fue básicamente prosa dirigida a la prensa y revistas  como La Vanguardia, “Hora de España”, y otras, a veces de tipo propagandístico. Escribió pocos poemas durante la Guerra, que a continuación reproducimos:

EL CRIMEN FUE EN GRANADA

I

EL CRIMEN

Se le vio, caminando entre fusiles,                                   por una calle larga,
salir al campo frío,
aún con estrellas, de la madrugada.                            Mataron a Federico                                                        cuando la luz asomaba.
El pelotón de verdugos
no osó mirarle la cara.
Todos cerraron los ojos;
rezaron: ¡ni Dios te salva!
Muerto cayó Federico.
-sangre en la frente y plomo en las entrañas-                  Que fue en Granada el crimen                                       sabed -¡pobre Granada!-, en su Granada…

II

EL POETA Y LA MUERTE

Se le vio caminar solo con Ella,
sin miedo a su guadaña.
Ya el sol en torre y torre; los martillos
en yunque – yunque y yunque de las fraguas.              Hablaba Federico,
requebrando a la muerte. Ella escuchaba.                  «Porque ayer en mi verso, compañera,                         sonaba el golpe de tus secas palmas,
y diste el hielo a mi cantar, y el filo
a mi tragedia de tu hoz de plata,
te cantaré la carne que no tienes,
los ojos que te faltan,
tus cabellos que el viento sacudía,
los rojos labios donde te besaban…
Hoy como ayer, gitana, muerte mía,
qué bien contigo a solas,
por estos aires de Granada, ¡mi Granada!»

III

Se le vio caminar..
                              Labrad, amigos,
de piedra y sueño, en el Alhambra,
un túmulo al poeta,
sobre una fuente donde llore el agua,
y eternamente diga:
el crimen fue en Granada, ¡en su Granada

MEDITACIÓN DEL DÍA

Frente a la palma de fuego
que deja el sol que se va
en la tarde silenciosa
y en este jardín de paz,
mientras Valencia florida
se bebe el Guadalaviar
—Valencia de finas torres
en el lírico cielo de Ausias March,
trocando su río en rosas
antes que llegue a la mar—,
pienso en la guerra. La guerra
viene como un huracán
por los páramos del Alto Duero,
por las llanuras de pan llevar,
desde la fértil Extremadura
a estos jardines de limonar,
desde los grises cielos astures
a las marismas de luz y sal.
Pienso en España vendida toda
de río a río, de monte a monte
de mar a mar.

SONETO I: LA PRIMAVERA

Más fuerte que la guerra –espanto y grima–
cuando con torpe vuelo de avutarda
el ominoso trimotor se encima
y sobre tu vano techo se retarda,


hoy tu alegre zalema el campo anima,
tu claro verde el chopo en yemas guarda.
Fundida irá la nieve de la cima
al hielo rojo de la tierra parda.


Mientras retumba el monte, el mar humea,
da la sirena el lúgubre alarido,
y en el azul el avión platea,


¡cuán agudo se filtra hasta mi oído,
niña inmortal, fatigable dea,
el agrio son de tu rabel florido!

SONETO II: EL POETA RECUERDA LAS TIERRAS DE SORIA

¡Ya su perfil zancudo en el regato,
en el azul el cielo de ballesta,
o, sobre el ancho nido de ginesta,
en torre, torre y torre, el garabato

de la cigüeña!… En la memoria mía
tu recuerdo a traición ha florecido;
y hoy comienza tu campo empedernido
el sueño verde de la tierra fría.

Soria pura, entre montes de violeta.
Di tú, avión marcial, si el alto Duero
adonde vas, recuerda a su poeta

al revivir su rojo Romancero;
¿o es, otra vez, Caín, sobre el planeta,
bajo tus alas, moscardón guerrero?

SONETO III: AMANECER EN VALENCIA. Desde una torre.

Estas rachas de marzo, en los desvanes
–hacia la mar– del tiempo; la paloma
de pluma tornasol, los tulipanes
gigantes del jardín, y el sol que asoma,


bola de fuego entre dorada bruma,
a iluminar la tierra valentina…
¡Hervor de leche y plata, añil y espuma,
y velas blancas en la mar latina!


Valencia de fecundas primaveras,
de floridas almunias y arrozales,
feliz quiero cantarte, como eras,


domando a un ancho río en tus canales,
al dios marino con tus albuferas,
al centauro de amor con tus rosales

SONETO IV: LA MUERTE DEL NIÑO HERIDO

Otra vez en la noche… Es el martillo
de la fiebre en las sienes bien vendadas
del niño. —Madre, ¡el pájaro amarillo!
¡Las mariposas negras y moradas!


—Duerme, hijo mío. —Y la manita oprime
la madre, junto al lecho. —¡Oh, flor de fuego!
¿quién ha de helarte, flor de sangre, dime?
Hay en la pobre alcoba olor de espliego;


fuera, la oronda luna que blanquea
cúpula y torre a la ciudad sombría.
Invisible avión moscardonea.


—¿Duermes, oh dulce flor de sangre mía?
El cristal del balcón repiquetea.
—¡Oh, fría, fría, fría, fría, fría!

SONETO V: DE MAR A MAR

De mar a mar entre los dos la guerra,
más honda que la mar. En mi parterre,
miro a la mar que el horizonte cierra.
Tú, asomada, Guiomar , a un finisterre,

miras hacia otro mar, la mar de España
que Camoens cantara, tenebrosa.
Acaso a ti mi ausencia te acompaña.
A mi me duele tu recuerdo, diosa.

La guerra dio al amor el tajo fuerte.
y es la total angustia de la muerte,
con la sombra infecunda de la llama,

y la soñada miel de amor tardío,
y la flor imposible de la rama
que ha sentido del hacha el corte frío.

SONETO VI: OTRA VEZ EL AYER

Otra vez el ayer. Tras la persiana,
música y sol; en el jardín cercano,
la fruta de oro, al levantar la mano,
el puro azul dormido en la fontana.

Mi Sevilla infantil, ¡tan sevillana!
¡Cuál muerde el tiempo tu memoria en vano!
¡Tan nuestra!  Avisa tu recuerdo, hermano.
No sabemos de quién va a ser mañana.

Alguien vendió la piedra de los lares
al pesado teutón, al hambre mora,
y al ítalo las puertas de los mares.

¡Odio y miedo a la estirpe redentora
que muele el fruto de los olivares,
y ayuna y labra, y siembra y canta y llora!

SONETO VII: TRAZÓ UNA ODIOSA MANO

Trazó una odiosa mano, España mía,
—ancha lira, hacia el mar, entre dos mares—
zonas de guerra, crestas militares,
en llano, loma, alcor y serranía.

Manes del odio y de la cobardía
cortan la leña de tus encinares,
pisan la baya de oro en tus lagares,
muelen el grano que tu suelo cría.

—Otra vez —¡otra vez!— ¡oh triste España!,
cuanto se anega en viento y mar se baña
juguete de traición, cuanto se encierra

en los templos de Dios mancha el olvido,
cuanto acrisola el seno de la tierra
se ofrece a la ambición, ¡todo vendido!

SONETO VIII: MAS TU VARONA FUERTE

Mas tú, varona fuerte, madre santa,
sientes tuya la tierra en que se muere,
en ella afincas la desnuda planta,
y a tu Señor suplicas: ¡Miserere!

¿Adónde irá el felón con su falsía?
¿En qué rincón se esconderá sombrío?
Ten piedad del traidor. Paríle un día,
se engendró en el amor, es hijo mío.

Hijo tuyo es también, Dios de bondades.
Cúrale con amargas soledades.
Haz que su infamia su castigo sea.

Que trepe a un alto pino en la alta cima,
y en él ahorcado, que su crimen vea,
y el horror de su crimen le redima.

SONETO IX: A LISTER

Tu carta -oh noble corazón en vela,
español indomable, puño fuerte-,
tu carta, heroico Líster, me consuela,
de esta que pesa en mí, carne de muerte.
Fragores en tu carta me han llegado
de lucha santa sobre el campo ibero;
también mi corazón ha despertado
entre olores de pólvora y romero.
Donde anuncia marina caracola
que llega el Ebro, y en la peña fría
donde brota esa rúbrica española,
de monte a mar, esta palabra mía:
«Si mi pluma valiera tu pistola
de capitán, contento moriría».

A FEDERICO DE ONIS

Para ti la roja flor
que antaño fue blanca lis,
con el aroma mejor
del huerto de fray Luis.

MEDITACIONES

Ya va subiendo la luna
sobre el naranjal.
Luce Venus como una
pajarita de cristal.

Ámbar y berilo,
tras de la sierra lejana,
el cielo, y de porcelana
morada en el mar tranquilo.

Ya es de noche en el jardín
¡el agua en sus atanores!
y sólo huele a jazmín,
ruiseñor de los olores.

¡Como parece dormida
la guerra, de mar a mar,
mientras Valencia florida
se bebe el guadalaviar!

Valencia de finas torres
y suaves noches, Valencia,
¿estaré contigo,
cuando mirarte no pueda,
donde crece la arena del campo
y se aleja la mar de de violeta!

MIAJA.

Tu nombre, capitán, es para escrito en la hoja de una espada que brille al sol, para rezado a solas, en la oración de un alma, sin más palabras, como se escribe César, o se reza España.

¡Madrid, Madrid!

¡Madrid!, ¡Madrid! ¡Qué bien tu nombre suena, rompeolas de todas las Españas! La tierra se desgarra, el cielo truena, tú sonríes con plomo en las entrañas.

ALERTA

Himno para las juventudes deportivas y militares

Día es de alerta, día de plena vigilancia en plena guerra todo día del año, ¡Ay del dormido, del que cierra los ojos, del que ciega! No basta despertar cuando amanece: hay que mirar al horizonta, ¡Alerta!

Los que bañáis los cuerpos juveniles en las aguas más frías de la alberca y el pecho dais desnudo al viento helado de la montaña, ¡Alerta! Alerta, deportistas y guerreros, hoy es el día de la España vuestra. Fortaleced los brazos, Agilizad las piernas, los músculos despierten al combate, cuando la sangre roja grite: ¡Alerta!

Alerta. el cuerpo vigoroso es santo, sagrado el juego cuando el arma vela y aprende el golpe recio al pecho de la infamia. ¡Alerta, Alerta! Alerta amigos, porque el tiempo es malo, el cielo se ennegrece. el mar se encrespa; alerta el gobernalle, al remo y a la vela: patrón y marineros, todos de pie en la nave. ¡Alerta, Alerta!

En las encrucijadas del camino crueles enemigos nos acechan: dentro de casa la traición se esconde, fuera de casa la codicia espera. Vendida fue la puerta de los mares, y las ondas del viento entre sierras, y el suelo quez se labra, y la arena del campo en que se juega, y la roca en que yace el hierro duro: solo la tierra en que se nuere es nuestra. Alerta al sol, que nace, y al rojo parto de la madre vieja. Con el arco tendido hacia el mañana hay que velar. ¡Alerta, alerta, alerta!

Rocafort, 1937.

COPLAS

Papagayo verde,
lorito real,
di tú lo que sabes
al sol que se va.

Tengo un olvido, Guiomar,
todo erizado de espinas,
hoja de nopal.

Cuando truena el cielo
(¡qué bonito está
para la blasfemia!)
y hay humo en el mar…

En los yermos altos
veo unos chopos de frío
y un camino blanco.

En aquella piedra…
(¡tierras de la luna!)
¿nadie lo recuerda?

Azotan el limonar
las ráfagas de febrero.
No duermo por no soñar.

Sobre la maleza,
las brujas de Macbeth
danzan en corro y gritan:
¡tú serás rey!
(»thou shalt be king, all hail»!)

Y en el ancho llano:
”Me quitarán la ventura
—dice el viejo hidalgo—,
me quitarán la ventura,
no el corazón esforzado.”

Con el sol que luce
más allá del tiempo
(¿quién ve la corona
de Macbeth sangriento?)
los encantadores
del buen caballero
bruñen los mohosos
harapos de hierro.

VOZ DE ESPAÑA.

¡Oh Rusia, noble Rusia, santa Rusia, cien veces noble y santa desde que roto el báculo y el cetro, empuñas el martillo y la guadaña, en este promontorio de Occidente, por estas tierras altas erizadas de sierras, vastas liras de piedra y sol, por sus llanuras pardas y por sus campos verdes, sus ríos hondos, sus marinas claras, bajo la negra encina y el áureo limonero, junto al clavel y la retama, de monte a monte y rio a rio ¿oyes la voz de España? Mientras la guerra truena de mar a mar, ella te grita: ¡Hermana!

ESTOS DÍAS AZULES, ESTE SOL DE LA INFANCIA

Atasco cerca de Francia.
A pie, subiendo Balitres, una vez fuera de Port Bou

         “Una muchedumbre enloquecida atascó las carreteras y los caminos, se desparramó por los atajos, en busca de la frontera. Paisanos y soldados, mujeres y viejos, funcionarios, jefes y oficiales, diputados y personas particulares, en toda suerte de vehículos, camiones, coches ligeros, carritos tirados por mulas, portando los ajuares más humildes, y hasta piezas de artillería motorizadas, cortaban una inmensa masa a pie, agolpándose todos contra la cadena fronteriza. El tapón humano se alargaba quince kilómetros por la carretera. Desesperación de no poder pasar, pánico, saqueos, y un temporal deshecho. Algunas mujeres malparieron en las cunetas. Algunos niños perecieron de frio. Se tardó dos o tres días en restablecer la circulación. Las gentes quedaron acampadas al raso, y sin comer, en espera de que Francia abriera la puerta. Dejaban pasar a muy pocos. Aún no había llegado a la raya el alud de los combatientes”. Este relato es de Manuel Azaña.

Nieve, barro, huelo, lluvia.

         En nuestra historia, la de Antonio Machado, su madre, su hermano y su cuñada, en ese 27 de enero del 39,  llovía con intensidad y la ya pequeña distancia hasta la frontera se hacia penosa. Se avanzaba por el fango y en la oscuridad. Muchos tropezaban continuamente o caían en su camino. Agotados por el cansancio, el hambre y el frío apenas avanzaban, Ana, la madre del poeta daba muestras de creciente desvarío. Se detuvieron, el grupo en el que iban, a escasos metros de la ”cadena” y algunos se dirigieron al puesto fronterizo para informarse de las posibilidades de entrar en Francia. Los gendarmes sabían de este grupo y de sus nombres y les permitían pasar, pero como había otros grupos a la espera decidieron aguardar a que se hiciera totalmente de noche para no generar sensación de agravio.

         Xirau nos  cuenta que bajo una lluvia helada la madre de Antonio Machado, con 88 años, tenía el pelo calado de agua, y que se la veía como una belleza trágica. Llegaron a la frontera en medio de un torrente de soldados heridos, de mujeres que arrastraban con amor y angustia a sus chiquillos, de seres despavoridos que poseían aún aire para respirar.

Milicianos caminando hacia la frontera.

                  Walter Frank relata «que muchos de los fugitivos que rodeaban a Machado eran soldados heridos; sus vendajes se diluían bajo la lluvia, se veía el esqueleto al desnudo, la carne enferma tocando las ropas. Había niños en los brazos de sus madres; había ancianas entre ellas la madre de Machado que no había querido abandonar a su hijo. El poeta casi inválido caminaba en el seno del cuerpo doloroso de su pueblo sostenido por su madre».

LLegando a la frontera

                  Corpus Barga  contó , años mas tarde a Serrano Plaja, que al cruzar la frontera se encontró a la familia Machado en lamentable estado y sin ningún dinero para hacer frente a la situación .

Antonio Campoamor González  nos escribe en su libro sobre estos acontecimientos que al alcanzar la frontera, dos soldados senegaleses, de blancos dientes, fez rojo y cara negra, levantaron la cadena que impedía el acceso y dieron paso a tierra francesa a Machado, a los suyos y a varios de sus acompañantes. A muchos de los demás les fueron llamando nominalmente. El poeta no llevaba documentos ni dinero: solo diez pesetas. El grupo se acercó entonces a la caseta donde se encontraba el comisario  de Policía francés dirigiendo las operaciones para encauzar  el rio humano de españoles que querían alcanzar tierra francesa.

Junto a la «cadena» de hierro de la frontera.

         Corpus Barga (en carta publicada en la Estafeta Literaria  , núm. 343, Madrid 7 de mayo de 1966, pag. 40) nos cuenta que habló con el comisario de la frontera. Le dijo quién era Machado y el estado en el que se encontraba y le pidió que lo recibiera, con su madre, en el despacho. Así lo hizo el funcionario, ordenando a continuación que les dieran un poco de queso y pan blanco para aplacar el hambre.

Frio, cansancio y lluvia.
fueron pasando poco a poco.

Les esperaba aún una larga caminata hasta llegar a Cerbere, seguía llovíendo desapaciblemente y era ya de noche. Se explicó al comisario francés que se acercarían a buscar un automóvil u otro carruaje cualquiera para trasladarlos al pueblo. El comisario ofreció entonces su vehículo, pero estaba tan cargado de bultos que solo había sitio en el asiento delantero. Machado se sentó como pudo y sentó a su madre en sus rodillas. Juntos esperaron a su hermano José y a su mujer, primero en  un café del pueblo saliendo al poco tiempo hacia la estación  de Cerbere, en cuya cantina buscaron refugio y esperaron a que llegaran José y Matea.

Los mozos del establecimiento solo servían a quienes tenían dinero francés para pagar. Algunos españoies les invitaron a un café que estaba mas o menos caliente.

Algo para comer. Pan y queso.
¿En Francia?

         Cuenta José Machado que en los andenes, los gendarmes “formaban levas para los campos de concentración separando a hijos y de padres, y a las mujeres de los maridos”. “Fue un verdadero milagro que escapásemos de las garras de aquellos esbirros.

Refugiados en la estación de Cerbere

         No había en Cerbere ningún alojamiento libre, ni sitio en las casetas de los gendarmes. Parece que Xirau logró la promesa del Jefe de estación de que cuando pasaran unas horas y cesara el movimiento ferroviario, se dejaría al poeta y a su madre pasar el resto de la noche en un vagón arrumbado en una vía muerta cercana.  Y así sucedió: Machado y su madre durmieron esa noche en la estación de Cerbere, en un vagón de ferrocarril abandonado en vía muerta. No había otra alternativa.                                    

         Y así pasó Antonio Machado y su madre la primera noche en el exilio. José y su mujer aguantaron la noche con muchos amigos entre el vagón y la cantina.

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