ADRIANA LECOUVREUR en el teatro de los hermanos Machado. Capítulo 1º : datos biográficos de Adriana, primera parte.

Muchas de las personas, francesas o no, que visiten por primera vez la ciudad de París probablemente se acerquen hasta la famosa torre Eiffel y lo hagan caminando desde Los Inválidos y entrando en el Parque de los Campos de Marte por la plaza de la Escuela Militar .  Al fondo del parque, junto al Sena, verán majestuosa la torre  metálica y caminarán hacia su base por alguna de las cuatro avenidas o paseos que paralelos atraviesan el parque y probablemente vayan por el primero de ellos, llamado Adrienne Lecouvreur.

¿Quién era Adriana Lecouvreur para merecer este alto honor de tener su nombre puesto en uno de los viales más transitados de París y junto al símbolo más representativo y conocido de ésta ciudad?

Muchos dicen que Adriana Lecouvreur representa la imagen perfecta de la mujer parisina, la imagen de mujer con la que se identifican las parisinas y con la que sueñan los parisinos.

Tal vez sea mucho decir, pero la realidad es que ésta mujer captó en su tiempo la atención, el afecto y la adoración de casi todos sus conciudadanos, y el amor de bastantes de ellos.  Tan cierto es que su huella dejó un vivo recuerdo que perdura invariable desde aquel día de la primavera de 1730 en el que los parisinos lloraron su muerte.

Adriana Lecouvreur fue durante trece años, de 1717 a 1730, la gran actriz de la comedia parisina. Y estos pocos años fueron suficientes para que su recuerdo siga vivo desde entonces, con más o menos intensidad a lo largo del tiempo transcurrido, pero ya con vocación de eternidad.

Su vida, como todas las que están en el  camino de la leyenda, ha sido recordada con frecuencia aunando datos y hechos ciertos con otros no contrastados, o inventados, bien por las imaginación popular bien por las creaciones artísticas que, combinando realidad con ficción, sobre ella se han realizado.

Por ello, con la ocasión de la presentación de esta obra dramática, hasta hoy  inédita y desconocida de Manuel y Antonio Machado, es necesario acercarnos a los hechos reales acaecidos en la vida de Adriana Lecouvreur y separarlos de aquellos no contrastados, de aquellos otros que ya forman parte de su “leyenda” y de los de ficción contenidos en las obras artísticas sobre ella escritos, para poder analizar el contenido argumental de esta obra teatral machadiana.

Francia siglo XVIII.

En una colección de artículos publicada en Barcelona en 1856 por Juan Mañé y Flaquer,  hay uno escrito por Ventura de la Vega el 1º de febrero de 1852 en el que al comentar la obra de teatro Adriana Lecouvreur,  drama en cinco actos, por MM. Scribe y Legouvé,  traducido del francés por el propio articulista,  nos describe los que a su entender son los rasgos más importantes del siglo XVIII en Francia.

Nos dice que fue un siglo grande y desmesurado en todo; en la virtud y en el crimen, en el error y en la verdad, nos dice que fue un siglo de esplendor, de miseria, de galantería, de corrupción, de virtudes espartanas, de cinismo de anacoretas de epicúreos, de verdades, de errores, de fe, de duda, de ciencia, de farsa, de políticos de guerreros, de fanáticos de incrédulos, de poetas, de artistas.

Y en este siglo y en Francia vivió, durante el reinado del galante en demasía Luis XV, Adriana Lecouvreur.

Durante el reinado de este monarca la corrupción de costumbres apenas tuvo límites y se usó la galantería para cubrir y disimular los vicios;  todo era alegría, bullicio, fiestas en las que gozar de la vida se convertían en una actividad final, “como si se hubiese presentido la proximidad de la muerte, como si se hubiese querido aturdir los oídos para que no llegara a ellos el rumor de la tempestad que se acercaba, como si se hubiese querido deslumbrar los ojos con el brillo de los salones para no ver la inmensa tumba que se abría a sus piés”.

“De tarde en tarde se oía un rumor sordo, cada vez más próximo, que interrumpía la algazara de aquella bacanal”, pero aquellos aristócratas y adinerados burgueses, desenfadados, hacían oídos sordos a tan fatídicos acentos. En aquel ambiente se asomaban algunas veces rostros escuálidos, horribles, amenazadoras, que llevaban impreso el espantoso sello del pacto del hambre, que acudían a sorprender a aquellos sibaritas revolcándose en la profusión de sus banquetes; pero nadie reparaba en aquella muda y solemne acusación de su conciencia.

El rey, era indiferente a la corrupción, es más la estimulaba con su ejemplo, y poco a poco, con ella y con su persistente abandono de los temas y negocios de estado, iba preparando el cadalso para su desgraciado hijo.

Con el debido respeto que hoy merecen todas las personas y la mayoría de sus actividades, pero hay que situarse en aquella época y su sociedad estaba bien representada: una meretriz daba la voz de órden. La Pompadour se hizo protectora de las artes y de las ciencias: la aristocracia quiso imitar a la favorita del monarca; frecuentó el trato de las personas distinguidas por su saber, y hasta se dedicó con el ardor de la moda a las especulaciones de la ciencia y al cultivo de las letras”. 

Y con estas actividades culturales el rey vivía tranquilo. “Una sociedad que estudia, una sociedad que se divierte, una sociedad que se ríe, nada tiene de peligrosa”, y así, “las pullas de Voltaire, los retruécanos de Bievre, la burlona y aguda crítica de Crebillon. los innumerables folletos que se daban a la luz ridiculizando lo que hasta entonces se había respetado eran recibidos con aplauso alegres y desenfadados. Se convertían en tantos otros objetos de diversión”. El poder establecido ignoraba al poder que se iba formando y que inevitablemente vendría.

En el teatro y en la literatura  resucitaron los tipos heroicos de antiguas épocas, pero en los textos de aquella época, casi siempre satíricos, solo se advertían motivos de diversión.

Nadie advirtió que “de aquellos folletistas, matemáticos, naturalistas inofensivos habían de salir los Sieyes, los Desmoulines, los Baillys, los Marats y hasta los Guillotins, ni mucho menos se les ocurriría que de las últimas clases de aquellos actores tan en boga saliera el tristemente célebre Hebert, el sumo sacerdote de la Diosa Razón “.

“El título de sabio o de artista bastaba entonces para abrir todas las puertas, para allanar todas las alturas, para borrar todas las distancias. La diferencia de clases iba desapareciendo; ¿y cómo no ser así cuando el mismo rey había elevado hasta las gradas del trono a la hija del carnicero Poisson, después Mme. Pompadour?.”

“Baron, Lekain, Mlls.Dangleville, Duclos, Cleron, Dumesmil,  todas las celebridades del teatro eran los niños mimados del día.  Su salud interesaba tanto como la de la misma familia real; el público quería saber hasta las mas pequeñas particularidades de su existencia. Saludar a la Cleron o a la Duclos, recibir en su casa a Lekain o a Baron era una dicha ambicionada, buscada, comprada muchas veces a gran precio”.

Y en esta época de esplendor del arte cómico, de fortuna para los que lo ejercían, apareció Adriana Lecouvreur.

Biografía.

Muchas son las fuentes que se nos ofrecen para redactar una correcta biografía de Adriana Lecouvreur,  y de ellas destacamos las siguientes:

1ª    “Des mémoires sur Baron et sur Mllm. Lecouvreur”, par l’ Abbé D’        Allainval.  Paris. Ponthieu, Libraire, au Palais-Royal, Galerie de Bois, nº 252.         1822.

2ª    “Diccionario Histórico o Biografía Universal Compendiada. Tomo VIII”,        pág. 404.   Librería de los Editores, Antonio y Francisco Oliva. Barcelona        1832.

3ª    “Album Pintoresco Universal, Tomo Segundo”, pág 450 y 451. Barcelona, Imprenta de D. Francisco Oliva, Editor. Calle de la Platería. 1842.

4ª    “Luis XV”, capítulo IV, págs. 32 a 37,  novela de Alejandro Dumas. Madrid,        Establecimiento tipográfico de Mellado, calle de Santa Teresa núm. 8.  1850.

5ª    “Apuntes Biográficos. Adriana Lecouvreur”,  “Correo de Teatros, Periódico de noticias teatrales, artísticas y literarias”, núm. 45 y 46 de 7 de   octubre y 10 de octubre de 1852, respectivamente, Madrid.

6ª    “Misterios Históricos. Adriana Lecouvrur”,  “Alrededor del Mundo”      revista núm. 573 de 25 de mayo de 1910.

7ª    “La verdadera Adriana Lecouvreur”,  reproducción del número de diciembre de 1912 de la revista Fortnighly  Review en “La lectura. Revista    de ciencias y de artes”,  pág 117 y 118 del núm 145 de enero de 1913.

8ª    “El arte literario francés” ,  en el núm. 79,  de la “Revista Blanca” de fecha 1 de septiembre de 1926, Barcelona. Reseña del libro biográfico sobre Adriana Lecouvreur escrito por Georges Rivollet.

siendo estas las principales de las utilizadas para este trabajo.

De estas fuentes utilizaremos como  fundamentales las tres primeras, por ser anteriores a la posible influencia que sobre las restantes pudiera haber tenido la publicación y estreno de la obra de teatro que sobre Adriana Lecouvreur escribieron en 1849 Eugéne Scribe y Ernest Legouvé.

Así podemos iniciar  este relato diciendo que el Abate D’Allainval sostiene que Adriana no era parisina, como sugería el diario Mercure de marzo de 1730 (con ocasión de necrológica), sino que había nacido en el año 1690 en la pequeña villa de Fimes, situada entre Soissons y Reims.  (a esta cuestión de la fecha y lugar de nacimiento volveremos más adelante, ya que existen discrepancias con otros autores ).

Su padre, que era un oficial sombrerero de escasa fortuna, al constatar las escasas posibilidades que tenía su profesión en el medio rural en el que vivía, decidió trasladarse, en 1702, con toda su familia al barrio, faubourg, de Saint-Germain, en París, con el deseo de trabajar en su oficio. Fue a vivir cerca del teatro de la Comedia, cuya vecindad hizo nacer en Adriana un vivo deseo de seguir la carrera del teatro.  Se ha dicho que en su juventud fue lavandera, y se ha dicho también que la lavandera no fue ella, sino una tía suya, la cual lavaba la ropa del comediante Le Grand al que recomendó la futura actriz.

Nos dice D’Allainval que muchos de los vecinos de la villa de Fimes le comentaron que desde su infancia, Adriana, manifestó un claro placer en recitar versos y una evidente inclinación teatral. La muchachita Lecouvreur era de esas personas que se hacen a  si mismas. No tuvo la fortuna que tuvo al actor Baron por nacimiento y familia,  y en su infancia no bebió de los genios del teatro, no conoció ni leyó a Moliére, Racine, Despéaux, Chapelle, no pudiendo formarse en los gestos y en la expresión de los sentimientos en el arte dramático, pero a su modo creció en el mundo que soñaba de la interpretación.

En estos primeros años en Paris, al conocer a varios de los trabajadores y actores del teatro próximo a su casa, pudo ver la representación de las obras maestras de la escena francesa, aumentándose más y más la afición que desde pequeña tenía por la representación dramática. Tanto es así que en 1705, se dice que a la edad de quince años, (dato que nos inclinaría a considerar como fecha de nacimiento de Adriana Lecouvreur el año 1695) quiso representar la tragedia de Polieucte, y la pequeña comedia Deuil junto con algunos muchachos de su misma vecindad. Adriana, convencida de sus posibilidades asumió para sí y desde el principio el papel de la tierna Paulina, y esta osadía fue coronada por un éxito rotundo, tanto es así que corrieron las voces y fueron a ver las representaciones muchas personas importantes del mundo del teatro y de la sociedad influyente. Entre ellas la señora  Le Jay, distinguida dama de aquel tiempo que empleaba dignamente su fortuna en proteger las letras y las artes, y que como oyese hablar de la repeticiones de Polieucte, consintió en levantar un teatro en el patio de su casa, en la calle de Garanciere para que se representase en él dicha tragedia; los muchachos representantes, y en especial Adriana, dejaron tan embelesada a la numerosa concurrencia de espectadores que llegaron a causar celos a la compañía cómica francesa, logrando ésta arrancar de la Policía una orden prohibiendo tales representaciones; la señorita Duclos, acostumbrada a la declamación, se ofendía de la naturalidad expresiva de Adriana y de la sencillez con que hablaba en verso. Tengamos presente que en aquellas fechas, en el Teatro francés, aún se cantaban antes que recitarse los versos. Y así, por la denuncia, se dejó de interpretar por aquel grupo juvenil de aficionados la obra de Corneille.

Le Grand, que como ya hemos dicho conocía a Adriana, era un actor bastante malo pero un profesor capaz e inteligente, y prendado de las excelentes disposiciones de Lecouvreur,  y enamorado de ella, decidió aleccionarla en el arte dramático. No tardó la joven Adriana en ser contratada para los teatros provinciales, recorriendo la Alsacia y la Lorena, alcanzando sus primeros éxitos ruidosos en Estrasburgo. Y por esta senda sembrada de aplausos, flores y coronas (al uso en aquellos tiempos) llegó por fin a la Comedia francesa de París, debutando el 14 de mayo de 1917, interpretando el papel de Monime, de Mithridate, y posteriormente el de Electra y de Berenice, dando inicio a su celebridad en el teatro francés, y en aquella sociedad parisina. Un mes después de haber desempeñado estos papeles fue nombrada, recibida se decía entonces, como actriz ordinaria del rey para los papeles trágicos y cómicos.

D’Allainval nos dice que jamás un  debut en un teatro fue mas brillante que el de Adriana Lecouvreur.   El famoso filósofo Dumarsais, quedó tan impresionado de la interpretación de la actriz que  inmediatamente la envió una nota para que le hiciera el honor de ir a su casa a cenar en “tète-à-tète”.  ¡El amor! ¡La pasión!.

La señorita Duclos, bien que reina de la escena, fue en aquellos días destronada, y Adriana Lecouvreur  de un salto se puso en el primer puesto de las actrices de la escena francesa. Según algunas de sus biografías, Adriana era “de estatura regular, su cabeza y espaldas eran muy bien conformadas, llenos de fuego y expresión sus ojos, linda su boca, algo aguileñaza nariz, hechiceros sus modales, y noble y sosegado el continente. Bien que algo flaca, ningún menoscabo resultaba de ello a la belleza de su fisonomía, cuyos rasgos marcados eran propios para retratar a todas las pasiones del alma. A todo daba mayor realce el gusto, el esmero y riqueza de sus trajes, el aire majestuoso de su presencia, y sus gestos siempre exactos y enérgicos”.

Durante los trece años que mediaron desde su nombramiento como cómica ordinaria hasta su muerte, tuvo la satisfacción de ver no entibiarse ni un ápice el entusiasmo general que sus interpretaciones inspiraban desde el inicio de su carrera. Sus triunfos fueron progresivos y sin cesar fomentados por el público.

Adriana Lecouvreur poseía el arte supremo de los grandes actores, de penetrarse de tal forma en las pasiones que debía interpretar, que puede decirse que su vida era un compuesto de las de los personajes que representaba en las tablas de los escenarios. Se dice que ninguna actriz hizo jamás verter tantas lágrimas por los infortunios de imaginarias heroínas de teatro. Producía una completa ilusión, y arrebataba a los espectadores, y a sí misma, transportándolos a otros siglos, lugares y paisajes: así cuando representaba a Bérenice, Elisabet, Yocasta, Paulina, Atalia, Zenobia, Rojana, Atalida, Ifigenia, Hermione, Erífila, Emilia, Electra, Cornelia, y sobre todo Fedra de Racine, ningún espectador se hallaba en el teatro, sino en los países que eligió el poeta y dramaturgo, y todos estaban dispuestos a tomar parte en la acción, como si formaran parte de los coros de las tragedias antiguas. La revolución interpretativa era evidente y notoria. También representaba, Lecouvreur, papeles cómicos, según se acostumbraba entonces, pero no lograba en ellos tan cabal desempeño y efecto.

Representaba con harta perfección el amor, tanto como para no sentirlo y percibirlo en realidad; así, receptora de esta pasión, se abandonó a ella, fueron varios los amante que tuvo, pero sobre todo fueron muchos los que se enamoraron de ella. Entre estos últimos destacamos a su gran amigo Voltaire, que la amaba de veras  y para la que compuso muchas de sus mejores tragedias, el amigo de ambos, Carlos Agustín de Ferriol, conde D’Argental , su profesor Le Grand, el actor Clavet, y el consejero alsaciano Klinglin.  Entre los primeros, por su trascendencia en la leyenda de la actriz, por haber sido profusamente comentada y por ser la causa del argumento de la obra teatral de Eugene Scribe y de la opera de Cilea, destacamos al conde Mauricio de Sajonia.

Sobre la relación de Adriana Lecouvreur con Le Grand nos dice Laplace, en su volumen quinto de su obra Piéces intéressantes et peu connues, lo siguiente;

“……… Au jour indiqué les doux conviés, arrivés chez Legrand, furent à leur tour bien surpris de voir le comedién leur pr’esenter, avec gravité, una petite fille très-simplement mise, et supplier trés-humblement M.  Le marquis de permettre qu’elle prit place a table avec la compagnie. 

Ah, ah! s’écria le marquis, quelle est donc cette enfant, mon cher Amphitryon? La fille de la cuisiniére, , apparemment, ou celle de ta ravaudeuse?.

Ninni, reprit le comédien, c’est la niéce de ma blanchisseuse; cést-à-dire la cousine-germaine de la Belle dame quíl vous a plu de m’enlever, qui réunit maintenant toutes mes affections pour la famille, et peut seule consoler d’avoir pèrdu s aparente; car, s’écria-t-il, en parodiant le vers de Thésée, de Quinault: 

Cést le sort de Legrand de sénflammer por elle!

Ce dinner, comme on láugure, fut trés-gai, et fut suivi de plusieurs autres.  Legrand sáttacha à la petite blanchisseuse, lui donna de l’éducation, la dressa pour le théàtre, l’envoya ensuit à Strasbourg pour l’accoutumer aux planches, mit en fin la petite fille en état quels furent ses succès; et c´ètait ……. Adrianne Lecouvreur!

Elle ètait nèe è Frèjus, en Champagne, en 1695, et mourut à Paris, en 1730”.

Laplace, en la misma obra nos dice:

       Voltaire lui fit l´épitaphe siuvante:

                     Ci git l’actrice inimitable

                     De qui l’esprit et les talens,

                     Les gráces et les sentimens,

                     La rendaient partout adorable,

                     Et qui n’a pas moins mérité

                     Le droit à l’immortalité

                     Qu’aucune héroine ou déesse,

                     Qu’avec tant de delicatessen

                     Elle a souvent représenté.

                     L’opiníon était se forte

                     Quélle devait toujours durer,

                     Qu’après méme qu’elle fut morte,

                     On refusa de l’enterrer.

Sentido y emocionado epitafio de Voltaire, del que se dice estuvo presente en los últimos momentos de la vida de su adorada Adriana.

Observamos que Laplace sostiene que Adriana nació en 1695, en Frejus.

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