ADRIANA LECOUVREUR en el teatro de los hermanos Machado. Capítulo 2º : datos biográficos de Adriana, segunda parte.

Y destacamos los amores entre Adriana Lecouvreur y el afamadoo conde-mariscal Mauricio de Sajonia por formar aquellos parte de su leyenda, y ser, según la misma, la causa última de la muerte de nuestra actriz (lo que probablemente no sea cierto).

Como tantas otras actrices de su época, Adriana Lecouvreur frecuentaba la alta sociedad, siendo su casa , a su vez, uno de los puntos de reunión de los hombres ilustres en las letras, en las armas y en las ciencias. Esto la puso en contacto con el mariscal Mauricio de Sajonia, allá por el año de 1720, cuando Mauricio no contaba aún veinticinco años y ya había hecho diez años de campaña en Flandes, en Polonia y en Pomerania, lo que le granjeaba un aura de cuasi héroe.  Enamorados y amantes  lo fueron con gran intensidad y aunque la fidelidad no fue nunca virtud de ninguno de los dos, se profesaron una fuerte devoción, que trascendió a las gentes de París siendo uno de los temas más comentados. Así, uno de los episodios de esta relación, que hizo mucho ruido en París, incluso en toda Europa, fue aquel que sucedió en junio de 1726, cuando el conde de Sajonia al intentar reconquistar su ducado de Curlandia  se encontró con que le faltaba dinero para armar un ejército, a pesar de  haber reunido todos sus recursos personales y los de sus amigos, pues bien, Adriana se apresuró a vender todas sus joyas proporcionando así a su amado Mauricio la suma de 40.000 libras. Desgraciadamente para Adriana la empresa no tuvo éxito.

Obligado a dejar Curlandia, Mauricio regresó a París en 1728,  y aunque mantuvo sus relaciones con Adriana, éstas fueron más distantes. El conde reanudó unas antiguas relaciones con una princesa cuya dignidad y posición social, aunque resultó más efímera, se presentaba como más duradera y sólida.

Así las cosas, Adriana, que como ya hemos indicado, tampoco tenía la fidelidad entre sus virtudes, esa misma que tan bien representaba entre las de las princesas en los escenarios, tuvo sus escarceos amorosos con otros, lo que fue distanciando aún más las relaciones entre ambos., aunque no el sentimiento y consecuencias de los celos.  A este respecto se cuenta la siguiente y curiosa anécdota:  “Cierta noche en que Adriana se mostró con él más tierna de lo acostumbrado e hizo un exagerado panegírico de la fidelidad, él como hombre de penetración, sospechó que pudiera ser para mejor alucinarle, y resolvió asegurarse de ello. Creyó que su rival se hallaba en posesión de la llave de cierta puerta que le pareció sospechosa, y por la cual podía introducirse muy bien durante su ausencia (en aquellos tiempos eran frecuentes los pasos y accesos secretos entre edificios, bien por “puertas ocultas”, bien por galerías y túneles más complejos). ¿Qué hizo el Sr. Conde?, ¿arrancarse desesperado los cabellos?. Nada de eso: uno tan solo se arrancó de su cabeza augusta, y con cera lo pegó en el ojo de la cerradura de la sospechosa puerta, de modo que no pudiese introducirse la llave sin romper aquella sutil barrera. Volvió pasada una hora, y el cabello había desaparecido. Metió una bulla de mil diablos en la puerta hasta que plugo Adriana abrirla. Apenas entró el Conde trató de descubrir a su rival escondido en un rincón. Dicen que Adriana se justificó; ¡pero cuantas mujeres sin ser tan consumadas actrices han tenido igual talento en semejantes circunstancias! ¡Tan crédulo es el amor a la par de celoso!”.

Probablemente estas relaciones entre Adriana y Mauricio hubieran pasado, con el tiempo, a ser una bella historia de amor destinada a ir quedando poco a poco difuminada, pero los hechos que a continuación relataremos, muchos ciertos,  otros de dudosa credibilidad y algunos seguramente inciertos, crearon parte de la leyenda de Adriana Lecouvreur, quedando definitivamente asociados en la memoria colectiva el nombre de Adriana Lecouvreur y el de Mauricio de Sajonia.

En el año de 1729, unos biógrafos dicen que a principios, otros que a mediados, Luisa Enriqueta Francisca de Lorena, cuarta mujer de Manuel Teodoro de LaTour d’Auvergne , Duque de Boullon, se enamoró del conde de Sajonia.

La Duquesa tenía 23 años y era una mujer violenta, arrebatada, caprichosa, y sobre todo excesivamente “galante, pues la crónica escandalosa (¡que ya existía!) aseguraba que sus gustos y aventuras no tenían límites y que se extendían desde los príncipes hasta los cómicos.

Dícese que la Duquesa de Boullon exigía al Conde de Sajonia que cesara sus relaciones con Adriana y renunciara definitivamente a ella, pero éste se negó, probablemente por agradecimiento y reconocimiento de tiempos pasados y por la amistad que con los años quedaba entre ellos.

Cierto día de finales de 1729, en el que se representaba Fedra y la Duquesa se hallaba en uno de los primeros palcos, la vió Adriana, y como no ignoraba los esfuerzos que hacía para apoderarse del Conde, no pudo refrenar sus sentimientos y al llegar a estos célebres versos:

…………………………………………… se mis falta Enone, pero no soy de esas mujeres osadas que gozando de una tranquila paz en medio del crimen nunca colora su frente la vergüenza.

en vez de dirigirse a Enone, volvió la cara a la Duquesa, siendo ello un verdadero apóstrofe. El público que se hallaba al corriente de esta intriga, rompió en una lluvia de aplausos por la oportunidad de la alusión, lo que evidentemente hizo hervir la sangre a la joven e irascible Duquesa que, y aquí empieza la confusión, la incertidumbre y la leyenda,  juró vengarse de la actriz.

Según lo contado por el Abate D’Allainval en sus “Cartas a Milord” o “Des mémoires sur Baron et sur Mllm. Lecouvreur”, y lo contado por Alejandro Dumas en su novela “Luis XV”, – este último haciendo referencia a un expediente sobre las personas encarceladas en 1730 en La Bastilla y  en una carta de Mdlle. Aísse a Mad. de Calandima, de fecha marzo de 1730, que contiene toda la frescura de la novedad y actualidad, puesto que Adriana murió el 20 del mismo mes – a mitad de 1729 la Duquesa de Boullon, decidida a suprimir el obstáculo que significaba Adriana para sus deseos, mandó preparar unas pastillas envenenadas, escogiendo a un joven abate como necesario medio para entregarlas, en forma de dulces, a Mdlle. Lecouvreur.

Según la documentación reseñada, dos emisarios de la Duquesa localizaron a un abate llamado Bouret un día que éste paseaba por las Tullerías “sin saber como haría para comer”, y después de una larga conversación le propusieron un medio para salir de la miseria: este medio consistía en introducirse, gracias a su habilidad como pintor, en casa de la Lecouvreur, y de hacerle comer las pastillas que ellos le darían;  el pobre abate se negó ante la propuesta del crimen, pero los dos hombres le respondieron que ya que era conocedor del plan no cabía la marcha atrás, y que si no ejecutaba lo que se esperaba de él era un hombre perdido.

Asustado el abate prometió cuanto quisieron exigir de él.

Entonces le llevaron a casa de Mad. de Boullon, que le repitió promesas y amenazas y le entregó las pastillas; el abate se empeñó en que cumpliría en encargo dentro de los ocho días siguientes.

En este intervalo, Adriana Lecouvreur recibió una carta anónima en la que la suplicaban que acudiera ella sola o acompañada de una persona de su total confianza, en determinado día y hora, a un punto determinado del Jardín de Luxemburgo.  Adriana fue a la cita y se encontró con el abate Bouret, que le contó la fatal comisión que le habían dado, declarando que era incapaz de semejante crimen, pero agregando que si no lo cometía estaba convencido de que el mismo sería asesinado. Adriana dio las gracias al joven y le convenció de denunciarlo inmediatamente a la policía.

Fueron en el mismo coche a casa de Mr. Herault, que era entonces lugar-teniente de policía y conocido de Adriana, a quien manifestaron el motivo de la visita.

Mr. Herault preguntó al abate si tenía las pastillas que decía le habían entregado, y el abate las sacó de su faltriquera; llamaron a un perro, le dieron las pastillas y el perro reventó al cabo de un cuarto de hora. Le preguntó por cual de las dos Boullon había sido la que conoció, pues eran dos las casadas con dos hermanos Boullon, no sorprendiéndose al indicarle cual. Tras preguntar otros datos dijo el policía a la Lecouvreur  “podeis iros tranquila, yo velo por vuestra seguridad”.

El policía Mr. Herault informó inmediatamente al cardenal Boullon,  tío de Manuel Teodoro,  cuya primera opinión fue la de hacer pública la aventura y  después la de silenciar los hechos para evitar el escándalo.  No obstante, a los pocos días la historia se había filtrado, no se sabe como, y causó entre las gentes, de toda clase social, mucho ruido, controversias y comentarios.  Sin duda este hecho fue la base de la futura leyenda sobre la muerte de Adriana Lecouvreur.

Ante el escándalo, el cuñado de Mad. de Boullon habló a su hermano y le dijo que era absolutamente necesario que su mujer se lavase de semejante sospecha, que había que solicitar una orden de prisión para encerrar al abate. Y así sucedió, el abate fue preso y encerrado en la Bastilla.

Adriana localizó al padre de Bouret, que vivía en una provincia y desconocía la desgracia de su hijo, y éste , ya en Paris, solicitó la formación de causa, pero al ver que le daban largas  se dirigió al cardenal, quien preguntó a Mad. Boullon si quería que se formase sumario sobre la cuestión, pues su conciencia no le permitía que estuviese preso un inocente. Mad. de Boullon prefirió que le pusiesen en libertad antes que la formación de sumario, y el abate Bouret salió de la Bastilla, desapareciendo durante un par de meses, hasta que en enero de 1730, a petición del Duque de Boullon, que le acusaba de calumnia, volvió a ser encarcelado. Todavía se encontraba encarcelado en San Lázaro cuando murió Adriana. Posteriormente se le tomó nuevamente declaración y, contra lo que hasta entonces había hecho, dijo que “había acusado a la duquesa injustamente”.

Esta contradicción del abate es la causa principal de la incertidumbre que todavía, al cabo de casi tres siglos, reina sobre la extraña causa de la muerte de Adriana Lecouvreur. Acaecida, como sabemos,  el 20 de marzo de 1730.

Alejandro Dumas nos sigue contando, basándose en las fuentes ya indicadas, que este segundo apresamiento del abate Bouret dejó bien claro a Adriana que la venganza de la duquesa de Boullon solo había estado adormecida y que nuevamente despertaba.

Quince días pasaron sin  embargo, sin que Adriana oyese hablar nada sobre el abate, lo que nos sitúa mas o menos en una fecha próxima a mediados de febrero de 1730. En fin, una noche, después de la representación de la pieza principal (en aquellos tiempos cada día se representaban dos obras teatrales, una detrás de otra, empezando por la principal)  en la que Adriana había hecho el papel de Fedra, Mad. de Boullon, la invitó para que pasase a su palco, a lo que rehusó Adriana alegando no estar adecuadamente vestida, replicando la duquesa que la dispensaba anticipadamente cualquiera que fuese el traje que tuviese puesto. Adriana contestó diciendo: “la duquesa es demasiado indulgente, y si ella me dispensa el presentarme así en el palco, no tendría el público igual condescendencia; decidla sin embargo, que por obedecerla en cuanto de mi dependa, me hallaré a su paso cuando salga”.

La duquesa no tuvo más remedio que contentarse con la propuesta, y efectivamente a la salida halló a Mdll. Lecouvreur que la estaba esperando. La duquesa la hizo mil cumplimientos y elogios, tanto de su forma de representar como de su gracia y hermosura; no cabe duda que la Duquesa de Boullon pretendía con esta muestra pública de simpatía, frecuente por otro lado que la diesen los grandes señores a los artistas, hacer olvidar los rumores que habían circulado.

Al día siguiente, Adriana se encontró indispuesta durante la representación y no pudo acabar la función, interesándose el público  insistentemente por su salud, máxime cuando se enteró que había sido necesario llevar a la artista hasta su coche dado el estado en el que se encontraba.  La imaginación de los seguidores de Adriana fue en aumento, y poco a poco se consolidaban entre ellos, como indiscutibles, las antipatías y sus efectos entre estas dos mujeres, Adriana la amada y casi venerada por todos y la “perversa” Duquesa de Boullon.

Ya estamos en los primeros días de marzo y Adriana sigue desmejorando visiblemente, pero quiere acabar la temporada teatral prevista para el día 24 de marzo, y el día 15, haciendo un gran esfuerzo, se presenta en la Comedia para representar a Jocasta.

El público pudo advertir el lamentable estado de su adorada Adriana que apenas si podía hablar y sostenerse, tanto que se creyó no podría acabar la representación.  Después de Edipo se representaba el Florentino y todo el mundo creía imposible que pudiera actuar, pero para sorpresa de los espectadores volvió a salir a escena. Se la vió luchar con el mal que la consumía, pero pudo vencerle sobre las tablas. Se dijo que estuvo inimitable.

Esta fue su despedida del público, de su público.

Según se cuenta en la novela Luis XV de Alejandro Dumas, cuatro días después murió en medio de horribles convulsiones, y hecha la autopsia del cadáver se vió que tenía gangrenadas las entrañas. Como dice uno de sus biógrafos, Georges Rivollet, Adriana murió “de una inflamación de entrañas”.

Se esparció entonces el rumor de que había sido envenenada, y se aseguraba que  la instigadora del crimen había sido la Duquesa de Boullon.

En el momento de su muerte estuvieron presentes, además de un cirujano que la asistía, Voltaire, el conde D’Argentail y se dice que el mariscal de Sajonia, al que habían avisado en el último momento, y que parece ser se apresuró en acudir (otras versiones dicen que estaba en Muhlberg con su nueva amante, una cantante de opera, Mlle. Carton, otras que este viaje lo emprendió a los pocos días de morir Adriana.)

Voltaire, que pretende haber cerrado los ojos a la amable Adriana, nos dice que en 1823 Adriana tuvo que dejar de trabajar dos veces por motivos de salud, siendo concretamente la disentería la causa, y que esta misma enfermedad es la que probablemente, por no decir con seguridad, la condujo a la muerte. Voltaire no creyó jamás en la teoría del envenenamiento: “Esas son voces del pueblo que no tienen ningún fundamento”. Bien es verdad que Voltaire tenía, entre otras manías, la de no creer en los venenos.

En resumen, es éste uno de esos enigmas históricos que jamás se explicarán, y sobre el que se discutirá siempre.

Como lamentable colofón a la muerte de Adriana Lecouvreur,  el clero denegó a la artista la sepultura eclesiástica. A la una de la noche fue conducido su cadáver en un coche de alquiler, clandestinamente,  a un solar de la calle de Bourgogne, a las orillas del Sena, y allí arrojado en un hoyo lleno de cal viva por dos “mozos de cordel”.

El solar pertenecía al ministro conde de Maurepas, y es posible que uno de los amantes de Adriana, el conde D’Argental, amigo íntimo de dicho ministro, no fuese extraño a la elección del sitio. 

Se dijo también que en el asunto del enterramiento habían mediado los duques de Bouillon,  consumando así la duquesa su última venganza, pero lo más verosimil es que este enterramiento clandestino fuese simplemente una consecuencia de las ideas de la época.  Por cierto, el duque de Bouillon, el marido de la duquesa a quien públicamente  acusaba de haber envenenado a Mdlle, Lecouvreur, no sobrevivió mas que dos meses a la artista.

El mismo día que murió Adriana, se había presentado en su casa un cura de San Sulpicio. “Ya sé lo que os trae, – dijo la actriz sonriendo – , podéis estar tranquilo, no he olvidado a vuestros pobres”. Y a continuación, señalando a un busto de Mauricio de Sajonia, continuó con teatral acento: “He ahí mi universo, mi esperanza y mis dioses”.

El cómico Grandval pronunció un elogio de Adriana Lecouvreur en el recinto del teatro.

Esto era morir como una trágica y como amante, pero no como pecadora arrepentida, y ello le costó el panteón que su gloria y su genio merecían.

Existe un bellísimo retrato de Adriana  que representa a Cornelia,  es obra de Doypel,  y está grabado por Pedro Drevet, hijo.

Al recordar a Adriana Lecouvreur hay que decir que el frecuentar a las personas más distinguidas de su tiempo, y el estudio constante de las obras maestras de la lengua francesa, la habían formado y educado su entendimiento; así de ella se conserva una Colección de Cartas de muy buen estilo y conceptos.  Esta correspondencia demuestra que Adriana no era ni interesada ni tan apasionada como se dijo y dice, , a sus admiradores les aconsejaba que la olvidasen, porque era demasiado honrada como para pretender amar más de lo que verdaderamente podría sentir.

¡Pobre Adriana Lecouvreur! Merecía haber amado mejor y ser más amada. Mujer nacida para el amor, por el amor fue malograda.

La leyenda.

Como hemos dicho, le leyenda sobre Adriana Lecouvreur empezó a gestarse desde su primera actuación pública, fue creciendo su fama, su prestigio, hasta el punto de convertirse en el personaje popular más querido, adorado y deseado. Sus seguidores eran cientos, y sus actuaciones eran seguidas y comentadas como los acontecimientos más relevantes. Sus amores y aventuras con Mauricio de Sajonía la perfilaron como “el claro objeto del deseo” de los parisinos,  los demás amantes o enamorados aumentaban su prestigio y poderío, por ello la historia del enfrentamiento, por amor, con la duquesa de Bouillon alcanzó cotas inigualables e inadmisibles para la mayoría de los ciudadanos, que probablemente en base a rumores falsos o bulos, intencionados o no, construyeron la leyenda de su muerte por envenenamiento instigado por su oponente.

Tal era la fama y el aprecio que de ella se tenía, que a pesar de algunos detractores y de la insidiosa negación de su enterramiento en suelo sagrado, muchos fueron los elogios, notas y epitafios escritos antes de su muerte y, por supuesto después.

Ya hemos reproducido el epitafio de su gran amigo Voltaire, ahora, siguiendo los citados por el abate D’Allainval en “Des mémoires sur Baron et sur Mllm. Lecouvreur”,  reseñamos los siguientes documentos:

       1º    “Epítre a Mademoiselle Lecouvreur”, también de Voltaire.

       2º    “Epítre a Mademoiselle Lecouvreur”, de M. De B***, incluido en una

              traducción en verso de “Lettres d’Abailard et d’Héloïse”.

       3º    “L’Ombre de Racine a Mademoiselle Lecouvreur. Epítre”, de M. Le                     Franc.  

       4º    “L’Art de représenter” de Luigi Riccoboni.

       5º    “Vice puni”, seis versos incluidos en dicho poema de M. Grandval.

       6º    Diuscurso de Voltaire pronunciado el día de la clausura (24 de marzo        de 1730) de la temporada del teatro.

       7º    “Epitafhe de Mademoiselle Lecouvreur” de M. L’Abbé D’Allainval.

       8º    Epitafio I en latín “Tumulus”, autor desconocido.

       9º    Epitafio II en latín “Hic”, autor desconocido.

       10º  Epitafio III en latín “Alius”, de autor desconocido.

que podemos encontrar, en francés, del libro  del abate D’Allainval, publicado en 1822.

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