ADRIANA LECOUVREUR en la ópera de Fancesco Cilea y en el teatro después del estreno de ésta ópera.

Lo cierto es que con el inicio del siglo XX la imagen, vida y muerte de la Actriz Adriana Lecouvreur fue identificándose con el libreto de la ópera que el 6 de noviembre de 1902, en Milán (Teatro Lírico), se estrenó con la participación de Angélica Pandolfi como Adriana y Enrico Caruso en el papel de Mauricio. El compositor de la música fue Francesco Cilea, el autor del libreto Arturo Colautti, según el drama de Eugène Scribe y Ernest Legouvé.

El éxito de esta opera fue rotundo desde su estreno, y a lo largo de los años, y hasta la fecha, tanto las más importantes sopranos como los más acreditados tenores, han incorporado esta ópera en su repertorio y representaciones. El prestigio de Adriana Lecouvreur sigue vivo y en aumento, siguiendo el éxito de esta opera. Hoy raro es el año en que no se representa esta ópera en la mayoría de las grandes ciudades del mundo y en los más acreditados teatros líricos.

Además el aria de Adriana “Io sono l’umile ancella” (Yo soy la humilde esclava del genio creador), ha conquistado también las salas de conciertos y recitales.

Tras el estreno la obra se representó en 1903 se en Bolonia, en 1904 en Hamburgo y en el Covent Garden de Londres, en 1907 en el Metropolitan Opera con Lina Cavalieri y Enrico Caruso, “e cosí via” , hasta que en 1932 llega a La Scala de Milán y en 1948 al Teatro Colón de Buenos Aires.

Nuestro Plácido Domingo debutó en el Metropolitan Opera en 1968, junto a Renata Tebaldi, interpretando al conde de Sajonia, Mauricio. Este mismo personaje lo ha interpretado también José Carreras en muchos escenarios.

El personaje de Adriana ha sido un favorito de las grandes sopranos, destacándose Claudia Muzio, Magda Olivero, Leyla Gencer, Virginia Zeani, María Callas, Montserrat Caballé, Renata Scotto, Renata Tebaldi, Mirella Freni y hoy en día  Olga Borodina y Angela Gheorghiu.

Como ya hemos indicado el libreto se basa en el texto de Scribe y Legouvè, sin grandes variaciones, aunque los cortes para su adaptación a los tiempos de representación y los que el propio Cilea realizó, la convierten en uno de los textos más confusos que se hayan escrito, haciendolo difícil de seguir. Aun así el personaje de Adriana es encantador , y la música suple las deficiencias del libreto, que como ya resulta muy conocido no impide que la leyenda de Adriana siga.

Destacar que Adriana es un ejemplo de ópera verista, que aunque no alcanza la popularidad de  I Pagliacci  y  Cavallería Rusticana, su fama  y altísima valoración es incuestionable.

El Libreto

Primer Acto.

La acción se desarrolla en la Comedia Francesa, en el mes de febrero de 1730. Michonet, director de escena supervisa los últimos detalles antes de que comience la representación del día, su aspiración es llegar a ser socio propietario del teatro. El príncipe de Bouillon, acompañado del abate Chazeuil llega al teatro para ver a su amante, la actriz Duclos, pero es Adriana Lecouvreur la que llega y conversa desenfadadamente con el príncipe sobre arte. El príncipe observa que la Duclos escribe una nota secreta, e intrigado por su contenido intenta hacerse con ella. Michonet, a solas con Adriana, aprovecha para confesarla su amor, pero ella le contesta que le aprecia mucho pero que esta enamorada de un oficial sajón, llamado Mauricio, que en ese momento entra en la sala y explica a la actriz sus dificultades de índole político. Adriana le entrega un ramillete de violetas y se ofrece para hablar a su favor ante el máximo superior de Mauricio, el Conde de Sajonia.

Segundo Acto.

Mauricio se vuelve a encontrar con la princesa de Bouillon en el salón de su casa de campo. Ella, tremendamente celosa del que cree su enamorado. recibe de éste, que se lo da para aplacarla,  el ramillete de violetas que Adriana le ha regalado. La princesa le informa del resultado de las gestiones que en su favor a realizado ante la corte, le dice que el Rey esta de su parte, pero que tiene enemigos que esperan verlo encarcelado en la Bastilla. De repente aparece el príncipe junto a los artistas de la Comedia, a los que ha invitado, con ellos viene Adriana, que viene con el objetivo de conocer al Conde de Sajonia para interceder por Mauricio. Adriana se sorprende al encontrar allí a Mauricio, y más al darse cuenta que es el Conde de Sajonia en persona, que en aparte le dice que ha tenido que ocultar su personalidad por razones políticas.  Mientras la princesa de Bouillon se ha escondido en la habitación contigua para no ser vista por su marido. Mauricio confía en Adriana la huida de la misteriosa dama que esta escondida. Adriana cumple con su cometido, pero, a pesar de la oscuridad, la voz y las palabras de la desconocida la inducen a la sospecha y a los celos.

Tercer Acto.

La casa mansión del príncipe esta preparada para una representación teatral. La princesa esta inquieta por no saber quien es la mujer que la noche anterior la ayudó, por  mandato del conde, a escapar, pues intuye en ella a una rival, Cuando llega a su casa Adriana la reconoce por la voz.  Ambas  entablan un duelo de palabras para llamar la atención de Mauricio. Al final de la fiesta la princesa de Bouillon se acerca cada vez mas llamativamente a Mauricio y Adriana. A sugerencia de los invitados recita un monólogo de Fedra de Racine, que dirigido a la princesa mirándola resulta, por su contenido, acusador e insultante para la princesa. Adriana se va de la fiesta con la amargura de creer que Mauricio ama a su rival y no a ella.

Cuarto Acto.

Adriana, en su casa recuerda con dolor la fiesta del día anterior. De repente llegan sus compañeros de la Comedia para felicitarla en su cumpleaños, lo que anima a Adriana. Una vez sola abre un cofre, que alguien ha dejado en la sala, y que contiene el ramillete de violetas, ya marchitas, que cree reconocer como el que regaló el día anterior a Mauricio, entendiendo que se lo devuelve por no amarla. Desolada huele las flores. En ese momento llega Mauricio para pedirla perdón y pedirla que se case con él. Adriana le reitera su amor, pero el ramillete de violetas contenía un perfume envenenado que termina por matar a Adriana, que cae en brazos del desesperado Mauricio.

Como puede observarse las diferencias entre el texto de la obra de Scribe y Legouvé y el libreto escrito por Colauttino no son muchas y no cambia el segundo ni el sentido ni el argumento básico de la historia desarrollada por el primero.  En realidad las diferencia parecen, como ya hemos indicado, sugeridas por la obligada adaptación del texto escrito para teatro  a un libreto para ópera, con sus escena y arias  musicales y cantadas.

Como curiosidad y en relación con el mundo operístico digamos que en la revista “CRONICA de la MÚSICA”, del jueves 10 de abril de 1879,  se dice en el apartado “Las obras nuevas”:  El maestro italiano Maucinelli, autor de unos bellísimos entreactos para la tragedia Cleopatra de Cossa, está escribiendo una ópera por encargo de la Sra. Donadio, con el título de Adriana Lecouvreur”.  Hasta la fecha no he encontrado más noticias de este encargo.

Adiana Lecouvreur en el teatro después del estreno de la opera de Cilea.

No cabe duda que el estreno de la ópera de Cilea y el éxito que alcanzó desde su estreno aumentaron el conocimiento popular de la vida de Adriana Lecouvreur, quedando reforzada la probablemente incierta teoría de su muerte por  envenenamiento inducido por la princesa o condesa de Bouillon.

Sin embargo, aunque con menor trascendencia hasta ahora, surgieron nuevos estudios biográficos que o bien reafirmaron la mayor parte de los hechos confirmados en su momento o bien, en base a un interés meramente literario, incluían hechos no ciertos y de ficción sobre la vida y, siempre muerte, de Adriana Lecouvreur.

En este sentido queremos destacar dos artículos y aquellos trabajos u obras a los que hacen referencia, una anécdota final y una breve referencia al arte cinematográfico.

a)    El primero de ellos se publicó el 16 de octubre de 1903 en el HERALDO DE MADRID, con ocasión del estreno en el Teatro de la Princesa, nuevamente y en aquella temporada teatral, de Adriana Lecouvreur de Eugene Scribe. El  artículo lo firma Manuel Bueno,  y lo reproducimos íntegramente por su interés y, en cierto modo, resumen sobre lo cierto de la vida de nuestra Adriana Lecouvreur; dice así:

“Hace algunos años cayó en mi poder el libro que Ravanel ha consagrado a la eminente e infortunada actriz del siglo XVIII.

Es un libro curioso, que abro de cuando en cuando, porque me hace vivir durante buenos momentos en la intimidad de un alma noble. Leal y desgraciada. Acaso haya más de un lector que ignore quién fue Adriana Lecouvreur y la intervención que tuvieron lo novelesco y lo trágico en su no muy dilatada existencia. Pormenores de su nacimiento, de su carrera, de sus relaciones sociales; episodios amorosos de su corazón, descalabros y triunfos de la artista, decepciones sentimentales y  embriagueces de la mujer, noticias de su vida y de su muerte; todo aparece con tal sello de autenticidad en las páginas del libro, que aleja de nosotros hasta la sospecha de que un interés editorial haya podido fijar en ellas ni una sombra de mentira.

Adriana Lecouvreur fue la primer actriz que logró, a fuerza de talento, de gracia seductora y de habilidad femenina, la consideración social que sus contemporáneos negaban obstinadamente a los cómicos. Continuaban éstos sometidos al bárbaro e injusto prejuicio que reconocía su inferioridad. Teníaseles por seres indignos de convivir con las personas, por bestias de recreo, cuya vida no interesa. Adriana venció aquella densa atmósfera de animadversión y de desdén, y consiguió para su persona las asiduidades del trato social y los homenajes que ni el mismo Molière había podido recabar para la suya. Mucha gente de la nibleza titulada y no pocos hombres geniales de aquel tiempo dieron en frecuentar su casa. No era rica; pero los rendimientos acumulados de su trabajo la consentían vivir con cierta holgura. Adriana compartía sus ocios entre las damas de la aristocracia y entre los escogidas hombres a quienes hizo merced de su amistad.

Fontenelle, Voltaire, d’Argental, el conde Cayens, el abate Aufreville y el conde de Sajonia eran los preferidos. Y no porque la actriz saciara afanes vanidosos con el trato de aquellas celebridades.

“Mi orgullo – escribe la misma Adriana – no se cifra en brillar, sino en reunir en torno mío unos cuantos espíritus escogidos, una reducida sociedad de hombres acreditados por su talento y su bondad. Escuchar en silencio la palabra amena de esos hombres me satisface mil veces más que el verme asediada por las frases anodinas e insulsas con que pretenden lisonjearme algunos señores fatuos de la aristocracia. Y no es que yo sea insensible a esos tributos de fineza; es que se me quiere obligar a pagarlos con cortesías demasiado renovadas, con deferencias personales, yeso me abruma y me irrita”.

Casi todos sus amigos tuvieron alguna hospitalidad amorosa en el alma de Adriana; d’Argental, a quien la actriz desengañó al cabo de poco tiempo, en unas cartas que tengo a la vista, y que son un dechado de dellicadeza y de lealtad femenina; Voltaire, y otros. Pero la pasión de su vida, el amor que consumió sus ternuras más hondas, el que la hizo sufrir y gozar en una medida que solo comprenden los grandes temperamentos sentimentales, fue el conde de Sajonia. He leído las cartas de Adriana a su amante, y ellas conservan todavía el perfume de su intenso amor. ¡Qué sencillez! ¡Qué elocuencia tan tempestuosa y, sin embargo, tan limpia de artificio! Es llana, y sus lágrimas desgarran. Se queja de las infidelidades del conde; se duele amargamente de la perfidia con que éste procede, y a pesar de todo le absuelve y le ama cada vez más.

La actriz no conoce ese imbécil amor propio que tanto nos choca y nos subleva en las mujeres de nuestro tiempo. Perdonar cuando se quiere con las entrañas le parece tan natural, que ni por un momento se considera humillada o indigna. Al morir, vuelve el contraído rostro hacia el retrato del conde de Sajonia y exclama:

                Voilá mon univers, mon espoir et mes dieux.

¿Murió emponzoñada, como se pretende en la tragedia de Scribe y Legouvé? El abate Bouret acusó a la duquesa de Bouillon de haber fraguado el plan de envenenar a la actriz, y se lo comunicó a la misma Adriana; pero a raíz de la muerte de ésta, el abate, preso en Saint-Lazare por calumniador, se retractó. Lo cierto es que la enfermedad de la insigne trágica fue inesperada y breve, una inflamación intestinal , cuyo origen no pudieron determinar los médicopa. Y no fue su muerte lo más penoso de su destino.

El cura del cementerio se negó a dar sepultura al cadáver, fundándose en sé qué mezquinas razones que en todo tiempo ha opuesto el clero a toda acción humanitaria y desinteresada. Fue menester una orden expresa del arzobispo de París para que Adriana pudiera recibir sepultura de noche. Aquellas crueldades inspiraron a Voltaire los conocidos versos:

         Sitót qu’ella n’est plus, elle est done criminelle!

         Elle pa charme le monde, et vous la punlessez! ….

Adriana Lecouvreur trajo al teatro un saludable aire de naturalidad. Esla primera actriz que, sin dejar de cultivar la tragedia, se emancipa de la declamación lírica, del canto monótono con que aburría al público la gente de escenario. Es la primera actriz que se preocupa de ser fiel al natural y de vestir los personajes con propiedad. Jamás hubo actriz antes que ella que hablara el lenguaje de la pasión con más arrebatadora elocuencia, que conmoviera y que subyugara como Adriana. Sus obras favoritas fueron El conde de Essex, Berenice y Electra”.

b)    El segundo artículo es sorprendente y prácticamente desconocido por olvidado.  Fechado el tres de abril de 1907 y recogiendo un artículo del redactor-corresponsal en París, Juan de Becon, de la revista “LA EPOCA, últimos telegramas y noticias de la tarde”, en su número 20.306, nos habla del estreno en París de la obra teatral “L’ Adrienne Lecouvreur”  de Sarah Bernhardt ….. si de Sarah como autora de la obra, además de cómo interprete de la misma y en el papel de la protagonista. Veamos lo que dice concretamente el artículo:

“París 3 de Abril.- ¡Un drama de Sarah Bernhardt, representado por Sarah Bernhardt! …. No cabe imaginar una actualidad teatral más sugestiva.

Añadid otros pormenores a esa actualidad, y aumentarán sus encantos. Entre ellos poned estos dos: se trata de una representación única, y de una representación a beneficio de las víctimas del Jena.

¿Hay que agregar algo más? Con eso basta, con eso sobra para que podáis inaginar lo que queda por decir: la curiosidad inmensa de una multitud caprichosa, enamorada de las grandes emociones; el cuadro luminoso de un público selecto. El público de los grandes estrenos, en que se juntan damas aristocráticas, mujeres elegantes, hombres de mundo, artistas, literatos, cuanto en París brilla, sobresale y se distingue, y como remate de fiesta aplausos calurosos, una ovación delirante, la glorificación definitiva de una gran artista.

Cuando se escriba, dentro de algunos lustros. La historia anecdótica de l,os primeros años del siglo XX, se recordará, como una nota saliente de París la noche memorable del estreno de L’ Adrienne Lecouvreur, de Sarah Bernhardt.

Sarah Bernhardt ha escrito otras obras dramáticas. En 1888 se estrenó en el Odeón una pieza suya, en un acto, “L’aveu”, que obtuvo un gran éxito. Compuesta tiene, sin que se haya representado, inédita, una comedia contemporánea, en cinco actos, que se titula “La duchesse Catherine”.

La obra de ahora, “L’ Adrienne Lecouvreur”, cuyo estreno en París ha despertado vivísimo interés, habíase representado ya algunas noches, por la ilustre artista, en Londres y en América.

El histórico episodio de los amores de la comedianta Adriana con Mauricio de Saxe, uno de los grandes capitanes de la Francia del siglo XVIII, fue llevado al teatro en la primera mitad de la centuria pasada, en dos obras diferentes, por dos grandes poetas: por Eugene Scribe y por Ernest Legouvé.

El drama de Sarah Bernhardt no se parece poco ni mucho a esas otra obras dramáticas.  (curioso que desdoble en dos una sola obra).

Sarah Bernhardt ha explicado el origen de su drama.

-¿Por qué lo he escrito?. Es bien sencillo: poco tiempo antes de su muerte, Gustave Larroumet publicó un estudio muy completo, históricamente exacto. Sobre Adriana Lecouvreur. Lo leí, y leyéndolo fui encontrando en todas sus páginas elementos preciosos para una obra teatral. Esa es la obra que me he entretenido en componer. Desconiocida en Francia, la representaré por primera y única vez en París, en honor de las desgraciadas víctimas del Jena … ¡Esa es toda su historia!.

Sarah Bernhardt ha escrito un drama mucho más histórico y más completo que el de Legouvé.

Legouvé pidió prestados a la Historia los amores de Adriana y de Mauricio de Sajonia, y la perniciosa rivalidad de la duquesa de Bouillon, y a ese punto limitó su esfuerzo de veracidad. Los tres personajes – la duquesa, el héroe y la comedianta – aparecieron en su obra teatral no con sus caracteres históricos, sino con los que inventó su libre fantasía.

Sarah Bernhardt, buscando a su heroína en la vida real, ha compuesto su drama con más severa exactitud. En él se encuentra el ambiente de la época, el ambiente que rodeaba a Adriana Lecouvreur. En torno suyo se mueven los personajes que intervinieron en los episodios de su vida: Voltaire, Quinault                                                   , el cardenal Fleury, la fiel Argental, el patético y desgraciado abate Bouret y la antipática Margarita Lecouvreur, su envidiosa hermana, que movida por el furos de su vanidad herida, trabajó cuanto pudo para perderla.

Claro es que Sarah Bernhardt no ha sacrificado por completo a la verdad histórica sus grandes inspiraciones de artista.

Los cuadros que forman el drama resultan interesantísimos: la “loge” de Adriana, en el teatro Francés; los salones de la duquesa de Bouillon, las habitaciones íntimas de la famosa comedianta, el jardín de Luxemburgo, la prisión del infortunado abate Bouret y la alcoba en donde Adriana agoniza y muere.

Adriana Lecouvreur aparece locamente enamorada de Maurice de Saxe, especie de Don Juan, bravo en la guerra e infiel en achaques de amor.

En los momentos en que la pasión de Adriana ha llegado a sus últimos extremos, crúzase en su camino una rival, la duquesa de Bouillon, que es caprichosa, violenta, dominadora.

Se entabla combate a muerte entre las dos mujeres.

La comedianta logra conquistar el amor de Maurice de Saxe, que por primera vez se deja vencer en una lucha de amores.

La duquesa de Bouillon no cede.

Para destruir obstáculos, para deshacerse de la comedianta, es capaz de todo.

En esa hora surge el episodio, inventado tal vez por la leyenda, tantas veces discutido por la Historia, del envenenamiento de Adriana Lecouvreur.

¿La muerte de Adriana? … Las muertes de Sarah Bernhardt son célebres. En víspera de todos sus estrenos, el público de París suele preguntarse: ¿Cómo morirá mañana Sarah?. En la nueva obra, en su hermoso drama, muere de modo distinto a como ha muerto hasta ahora en otras obras. ¿Cómo?- Con gran sencillez, con una verdad. Con una grandeza, trágica que produce profunda impresión.

Esta vez ella es la actriz y ella es la autora, y libremente, sin limitaciones marcadas por ajena voluntad, puede expresar la muerte como ella la siente.

Sarah Bernhardt, actriz, resulta admirable.

Ha copiado de los lienzos de la época, con exquisiteces de gusto maravilloso, la interesante figura de Adriana Lecouvreur, una de esas figuras características, atrayentes, del siglo XVIII, de la época, llena de notas artísticas, de Luis XV.

Adriana Lecouvreur murió a los treinta y ocho años. Esa edad, menos edad, representa Sarah Bernhardt.  ¿Qué importan sus sesenta años? En el rostro, en la figura arrogante, en el alma animosa, lleva su juventud.

Al lado de Sarah Berbhardt se destaca la silueta de otra actriz interesante: ella es mademoiselle Blanche Dufrène, que interpreta a las mil maravilla el papel del abate Bouret.

En el último acto, en una hermosa escena entre Adriana y uno de los personajes episódicos de la obra, un PadreDominico, en que éste la exhorta para que renuncie a su profesión de comedianta, la actriz encomia con inspiradísimos acentos su arte, el arte a que ha consagrado su existencia.

Es, si  duda, una de las escenas más bellas del drama.

¿Cómo no? … ¡El drama se titula “Adriana Lecouvreur”, y está compuesto por Sarah Bernhardt!. “

c)    Finalmente queremos aportar una, digamos anécdota, que en cierto modo, aunque no aporte nada nuevo en relación con la vida de Adriana Lecouvreur, sí dice de su fama ya imperecedera y de la impronta sencilla pero cierta que ha dejado y deja su estela.

En día 15 de agosto de 1930, “LA REVISTA BLANCA”, revista  publicada en Barcelona y de clara tendencia anarquista, publica un artículo titulado “Unos ojos de Mujer”, dedicado a la que fue la modelo de Romero de Torres. En él se lee:

“Los telegramas que nos anuncian la muerte de Carmen Casena Heredia nos dicen que la familia de Romero de Torres, la madre, los hermanos y el hijo del artista, cuidaron de pagar los gastos del entierro de la modelo. Nada más dicen de ese fin patético, de esa mujer muerta de desesperación y de tristeza”  “Ante nuestra alma, su vida y su muerte, su pasión y su misterio, la envuelven en una aureola poética, en un himno de conmovedor sobrehumano”.

“Dos mujeres triunfaban simultáneamente en la escena francesa el siglo pasado: Rachel y Sara Bernhardt. Rachel otra gran apasionada, ardiente y tormentosa, del teatro francés, murió joven, en plena belleza y en plena dignidad. …. Rachel era un  gran alma, generosa y arrebatadora. …. Rachel, como Adriana Lecouvreur, había nacido también bajo el signo de Afrodita y, como a Adriana, como a esta pobre Carmen de ahora, la diosa las llamó bellas y jóvenes a su seno”.

Este artículo lo firma Federica Montseny

d)    A lo largo del siglo XX, la figura de Adriana Lecouvreur también ha sido objeto de protagonismo en el cine. Su vida, casi siempre basada en el argumento de Eugene Escribe o en el del libreto de la ópera de Francesco Cilea, ha dado lugar a varias películas, he leído que ocho, pero no he podido comprobar esta cifra. La que si es conocida es la titulada “Dream of Love”,  interpretada por Joan Crawford.

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