ADRIANA LECOUVREUR en la obra teatral de Eugene Scribe

Y en este ambiente la fama y la leyenda sobre Adriana Lecouvreur siguieron creciendo, tranquila y sostenidamente,  hasta que en 1849 el dramaturgo francés Eugene Scribe publicó y estrenó una obra de teatro titulada “Adriana Lecouvreur”, alcanzando nuestra artista, y a partir de entonces, un inmenso y definitivo prestigio para los anales, no solo del arte dramático sino en los de los grandes misterios de imposible solución.

Eugene Scribe fue en su época un popularísimo dramaturgo francés que produjo más de 400 obras de teatro y libretos de ópera, muchos de ellos escritos en colaboración con otros escritores. Se le criticó por su mal gusto y su falta de originalidad, pero hay que reconocer que en su género fue un hábil maestro. Entre sus obras más destacadas figura esta de “Adriana Lecouvreur”, escrita con Ernest Legouvé para la famosa actriz Rachel.

La obra, escrita en cinco actos, tuvo un gran éxito y rápidamente fue estrenada en diversas ciudades de todo el mundo, convirtiéndose en una de las preferidas de la época, siendo la Compañía Francesa de M’lle Rachel la que inició su andadura. Solo 53 años más tarde, cuando se estrenó la ópera de Francesco Cilea , utilizando el argumento de la obra de Sribe para el libreto, y alcanzó aquella los más altos reconocimientos, pasaron a un segundo o tercer plano las representaciones teatrales, quedando la nueva versión operística como la referencia inexcusable para abordar la figura de Adriana Lecouvreur.  Así son las cosas.

Nos cuenta Rubén Darío, medio siglo después del estreno, en su poco conocido trabajo titulado precisamente “Adriana Lecouvreur” :

       “Es menester decir algo sobre los autores de Adriana Lecouvreur.

       Un día en los salones de Madame de Rauzan, se entabló  el siguiente diálogo        entre Legouvé  y Scribe.

  • Y bien, Ernesto, es preciso que la obra para Rachel quede concluida.
  • Opino que sí, mas es preciso que la obra que intentemos llevar a cabo, sea   a propósito para que la Rachel aparezca tal cono es,  y triunfadora, en una pieza en prosa.
  • Pienso lo mismo.

Y la obra fue hecha. La obra se escribió y la célebre actriz apareció en escena haciendo la Adriana más brillante que se pueda imaginar.

Continúa Darío : “Pero cuando la Rachel reinaba, no cabía en imaginación alguna la figura ni el talento de Sarah Bernhardt. ………….Nosotros no hemos visto a la actriz esa, para quien fue escrita Adriana; pero estamos seguros, y abonados por criterios bien fundados, de que Sarah en las tablas de cualquier teatro del mundo, interpreta, ilumina, mejora, la creación de Scribe y Legouvé”

Reparemos como Darío no habla de representaciones en cualquier teatro del mundo de la creación de Scribe y Legouvé, a la par que ensalza, primero a la Rachel y luego a Sarah, argumentando que la obra fue escrita para realzar las posibilidades de la primera, y que la segunda la superó. Luego si la figura de Adriana Lecouvreur era la idónea para realzar las labores interpretativas de las actrices, parece consecuente el pensar que nuestra Adriana tuvo y seguía gozando del máximo prestigio como actriz, tanto en su época, como hacia 1850, como a finales del siglo XIX o principios del siglo XX.

El argumento:

Acto Primero.-   

En el elegante gabinete de la casa de la princesa de Boullon, ésta es informada por su confidente el abate  Chazeuil, que le comenta que esa noche actúan juntas en Bajaceto Mlle. Lecouvreur y Mlle. Duclos,  que se espera una gran concurrencia ya que ambas se han declarado rivales. Explica que la Lecouvreur tiene a su favor al público entero y que la Duclos esta protegida por ciertos grandes señores. Añade que no tiene más remedio que decírselo, pero que la Duclos es la amante de su marido, y que es la noticia del día. La princesa le dice que está al tanto de ello y que conoce incluso los regalos y la casa que le ha regalado; añade que “Una mujer puede disponer mejor de su tiempo cuando su marido esta ocupado”.  Comentan la fiesta prevista para el día siguiente, organizada por la princesa y en su casa, a la asistirá Adriana Lecouvreur, que recitará unos versos en los salones, y el Conde de Sajonia que ha regresado a París de incógnito.

Mauricio de Sajonia se presenta en la casa y en la reunión, y comentan sus problemas político-militares en relación con sus pretensiones al ducado de Curlandia, y los económicos; acaban hablando del teatro y de la nueva forma de interpretar y de la fama imparable de Adriana Lecouvreur.

Posteriormente se reúnen la princesa y Mauricio,  comprometiéndose la primera en intermediar a su favor en Versalles, y quedar luego para informarle discretamente en la casa “que su marido dispone para la Duclos”, pues ésta accederá sin preguntar y en silencio, por la cuenta que le trae.

Acto Segundo.-

Se desarrolla en el teatro, durante los ensayos del día de Bajaceto. Los actores repasan sus actuaciones; llega el principe de Bouillon que en un aparte se ofrece a Adriana Lecouvrur para comprarle por  60.000 libras los diamantes que la reina le ha regalado. Luego, solos, Adriana le cuenta a Michonet, director del teatro, que había conocido hace tres meses, casualmente, a un joven caballero del ejercito de Mauricio de Sajonia del que se ha enamorado, y que acababa de regresar y prometido asistir esa noche a la representación  teatral.

Se encuentran en el teatro Adriana y Mauricio (ocultando su verdadera personalidad) y quedan para después de la función.

Por confusión y equívoca interpretación de una nota escrita por la Duclos, citando al conde en su casa y esa noche, el principe de Bouillon cree que la Duclos le engaña con Mauricio de Sajonia, y que van a reunirse en la casa que él la ha regalado.

El príncipe, con la ayuda del abate, organiza el presentarse esa noche, como si fueran a una fiesta, en la casa y sorprender in  fraganti (piensa) a la Duclos y a Mauricio, y así, ante muchos testigos, vengarse.

Finalmente la nota llega a su destinatario, Mauricio, en ella la Duclos, en nombre de la princesa de Bouillon, le cita esa noche en la casa que el principe le ha puesto. Mauricio se desespera pues ni quiere faltar a la cita que tiene con Adriana ni puede evitar el ir a la cita que le acaban de comunicar por la nota; además ya no puede localizar a la princesa de Bouillon. Mauricio quiere hablar con Adriana, pero Michonet le dice que es imposible.

El abate, siguiendo las instrucciones del príncipe, invita a Adriana a la fiesta a la que, dice asistirá toda la compañía, lo mejor de la corte y la flor del clero y el joven Mauricio de Sajonia. Adriana rehusa, pero tentada e interesada duda,  le dicen que es en la casa de la Duclos, que es la contigua a la suya, y le dan unas llaves de una puerta falsa de acceso desde su jardín. Se cometa que será una gran fiesta con grandes sorpresas. Accede a ir pensando que puede ayudar a “su” Mauricio  a través del Conde de Sajonia.

Acto Tercero.-

La princesa, sola y nerviosa en la casa de la Duclos, espera que llegue  Mauricio, pues la Duclos le ha dicho que la “esquelita” había sido entregada al mismo Conde de Sajonia. En su palco, estando solo.  Mauricio llega excusándose por llegar con retraso. Mauricio argumenta que ha tenido que despistar a unos espías que le seguían. Empieza la princesa comentando sus gestiones en Versalles sobre Curlandia. Le dice que  el cardenal Fleury, a instancias de la reina, amiga de la princesa, le autoriza a crear dos regimientos en Francia, pero a costa de Mauricio, para evitar problemas diplomáticos con Alemania. Como no tiene dinero para pagar a la tropa dice que su fama le permitirá pagarles al final de la campaña. La princesa le advierte que se ha enterado que un conde sueco pretende prenderle si no le paga una deuda de setenta mil libras y que los rusos le buscan para comprarle el crédito y también conseguir el apresamiento del conde y así solucionar a su favor el asunto de Curlandia. Y que en vista de ello ha hecho gestiones con un policía amigo suyo para que localice urgentemente al conde sueco, la informe de ello y pueda Mauricio negociar con él antes que los rusos. ¿Cómo negocio? Pregunta Mauricio. Pagando responde la princesa. ¿De donde saco el dinero?. Decide huir a la mañana siguiente, para reunirse con las tropas que le quedan y confiar en aumentar en la frontera sus seguidores. La princesa que teme que Mauricio se vaya le dice que el plan no tiene sentido común y que no quiere que se vaya cuando apenas a llegado. Mauricio le agradece su interés y sus claros sentimientos pero la dice que por gratitud le tiene que confesar que ama a otra. ¿quién es? Pregunta la princesa, amenazante, e insiste en saber quién es. Se oyen ruidos en el patio y en la calle.

La princesa mira fuera y ve sorprendida que es su marido y que va acompañado de varias personas. Manifiesta que si la encuentran estará en riesgo su reputación. Se esconde en un pequeño cuarto.

El príncipe le dice a Mauricio que les ha cogido in fraganti y que salga la amante (cree que es la Duclos), y Mauricio sin saber esto busca la salida ofreciendo un duelo en ese momento en el jardín,  así acabar rápido y zanjar el asunto. El abate le dice que ellos no quieren zanjar el tema, sino celebrarlo con una cena y fiesta, añadiendo el príncipe que así se enterará la Duclos que se acabaron sus encantos para él. Mauricio sorprendido, pues no se esperaba tal situación, reacciona y sigue la corriente, abrazándose al príncipe como “aliado”, que le anuncia que como testigos de la ruptura con la Duclos vienen con él muchos amigos del teatro, entre ellos una joven dama que quiere conocerle.  Adriana Lecouvreur.

Ambos se encuentran con sorpresa,  y disimulando dicen que se conocían hace tiempo, desde un baile en la ópera, de disfraces, pero que no esperaban volver a verse.

El abate cuenta que Adriana solo ha aceptado el venir a la fiesta al saber que estaba él, pues quería pedirle un favor para un teniente amigo suyo. Mientras el príncipe ordena que se cierren todas las puertas para impedir que nadie salga antes de que llegue el día.

Mauricio le dice a Adriana que confíe en él, que el no ama a la mujer que esta escondida en la casa, solo la ama a ella, pero que una intriga política le ha colocado esa noche en la situación en la que está y que desconocen tanto el príncipe como el abate, por lo que no deben estos saber quien es la mujer que esta oculta. Adriana le dice que confía en él y que vigilará para que esto no suceda.

En un aparte Michonet comenta a Adriana y al abate que no es la Duclos la mujer escondida, pero que esto no lo sabe el príncipe, y se preguntan quién será, pues la ha visto en la oscuridad y ha hablado con ella y efectivamente  no era la Duclos. Michonet les cuenta que la mujer oculta le ha dicho que si la ayuda a escapar de la casa le protegerá y le ayudará a labrarse una buena fortuna. El abate quiere entrar en la habitación en la que esta la princesa pero Adriana se lo impide.

Solos Michonet y Adriana piensan el modo de hacer salir a la mujer oculta, pues Adriana lo quiere hacer por Mauricio, pero Adriana quiere ser solo ella la que la ayude a salir y pide a Michonet que vigile para que nadie se acerque.

Adriana entra en la habitación y sin reconocer, por la oscuridad, a la princesa, la dice que la envía Mauricio y la saca por la puerta falsa del jardín que daba a la calle y cuyas llaves le había dado precisamente el príncipe. Ambas se encuentran y aunque no se reconocen se dan cuenta que ambas aman a Mauricio y que son las auténticas rivales. La princesa escapa justo en el momento que va a entrar su marido.

Micronet se lo confirma luego a Adriana al decirle que ha visto a la misteriosa mujer salir por el jardín ayudada y acompañada por Mauricio.

Adriana se queda angustiada pensando que Mauricio realmente ama a otra. Mientras la fiesta sigue y a ella  se incorpora triste la actriz, que permanece absorta el resto de la velada.

Acto Cuarto .-

Michonet por encargo de Adriana va a ver al príncipe de Bouillon para venderle en nombre de ésta los diamantes que la reina le regaló, por la oferta de 60.000 libras. Hacen el trato.  Enamorado como está, Michonet aporta otros 10.000 (los que faltan para los setenta mil de la deuda del conde ) de su herencia particular. Adriana le envía con todo el dinero a pagar y recuperar la letra debida por Mauricio.

Llega el abate a casa de los Boullon, a los que informa que sabe de buena tinta que una letra que debía el conde de Sajonia ha sido comprada por el embajador ruso y que éste la ejecuta por impagada.

Michonet se da cuenta de que es Mauricio el amado de Adriana y ésta se lo confiesa, argumentando que le quiere pagar la deuda como venganza por haberla traicionado, ya que así, cuando gracias al dinero recupere su trono, siempre recordará que se lo debe a Adriana. “A falta de amor, su gloria y su poder le hablarán de mi” y “de beneficios abrumarle quiero”.

Mientras la princesa de Bouillon está satisfecha por creer a Mauricio ya preso y sin posibilidades de reunirse con su rival, cuya identidad desea saber.  Regresa el abate sin resultados sobre la averiguaciones de la posible identidad de la rival de la princesa. Ambos siguen haciendo preguntas a otras damas a las que han citado, cuando entra el príncipe diciendo que el conde de Sajonia esta libre pues alguien ha pagado sus deudas, y que tras salir en libertad ha mantenido un duelo con el conde sueco.

Adriana con Michonet se reúnen con la princesa, que la presenta a otras dama, y se queda perpleja al reconocer en la voz de Adriana la voz de su rival, que recuerda perfectamente de la noche anterior.

La princesa, para alterar a Adriana comenta que el conde de Sajonia se ha batido y que se dice esta herido. Adriana se desmalla, y cuando se recupera se oye a un criado anunciar al conde de Sajonia. No puede impedir una expresión de alegría.

Adriana y la princesa de Boullon cruzan fijamente la mirada de sus ojos, la una en la otra.  Michonet la advierte que la alegría delata con más facilidad que el dolor.

Mauricio, interrogado, dice que la Suecia no sabe ni batirse. Saluda a la princesa y en baja voz le pide hablar privadamente, ella le cita para la noche. Saluda a Adriana.

Entonces la princesa, en alto pregunta a Adriana que aclare si sabe quien es la amada del conde, pues se asegura que es del mundo del teatro, contesta Adriana que en ese mundo se aseguraba que era una gran señora. Se acusan con ironía de ser las enamoradas del conde y aportan como pruebas una el ramillete de rosas dejado por la otra y Adriana un brazalete caído en el jardín. Adriana saca el brazalete, y al acercarse al grupo el príncipe lo reconoce como el de su mujer. Adriana tiene la prueba de lo que considera el engaño de Mauricio.

Adriana quiere irse , Michonet la aconseja disimular su enfado. Invitan los presentes a Adriana a que recite, esta accede a recitar a Fedra. Y recita finalizando los últimos verso muy enojada y fuera de si y adelantándose a la princesa a la que señala con el dedo:

                            Callará en vano, Enona! Nunca he sido

                            De esas torpes mujeres que han sabido,

                            Mostrar, gozando el crimen sin congoja

                            Una sien que el pudor jamás sonroja.

Los presentes se levantan como horrorizados de la escena.

La princesa, con calma: Bravo ….Bravo ….

Adriana dice en voz baja: me he vengado. La princesa, también en voz baja: le costará caro!.

Adriana pide permiso para retirarse. El príncipe pide el carruaje de la Stra. Lecouvreur. Adriana le dice en voz baja a Mauricio que la acompañe, y este  contesta que esa noche le es imposible porque ….  Pero no puede acabar la frase ya que el príncipe ha vuelto para acompañar a la puerta a Adriana.

 Acto quinto.-

En la casa de Adriana.

Adriana enferma ha tenido que abandonar la representación y Michonet ha ido a su casa a interesarse por su estado. Ella le dice que no podrá actuar al día siguiente.

Michonet dice que lo que más le preocupa no es su estado de salud, sino el incidente de la noche anterior en casa de los Boullon, pues la princesa es peligrosa y querrá vengar la afrenta.  Adriana dice que no le importa pues le pidió a Mauricio que la acompañara y él se quedó …se quedó con ella. Adriana quiere precipitarse sobre ellos, herirlos, pues prefiere las consecuencias a morir de celos y de desesperación.

Una camarista entra y entrega a Adriana un cofre que ha traído para ella un criado sin librea que solo dijo que era de parte del conde de Sajonia.

Al abrir el cofre Adriana sufre una sensación dolorosa, un hálito glacial. La caja contiene un ramillete,  el mismo que ella tenía la noche anterior, pedido por él y dado para ella, en prenda de amor. Piensa que se lo devuelve, que es un desprecio. Triste, besa el ramillete y lo arroja a la chimenea.

Llega Mauricio, y Adriana se encuentra mal. En un acto reflejo se arroja en los brazos de él, al darse cuenta intenta separarse, pero Mauricio dice que ha venido a pedirla perdón, que solo el deber le retuvo la noche anterior en casa de la princesa, pero que la dijo que no la amaba. Adriana, cada vez se encuentra peor y le pide su amor, que éste le asegura.

Michonet regresa y dice que el pago de la deuda no lo hizo la princesa, sino Adriana.

El conde dice que desea casarse con Adriana, pero observa que Adriana va perdiendo color. Adriana comenta, cada vez más débil, que pensó que el cofre con el ramillete eran una despedida, cuando era señal se su vuelta, se llama a ingrata.

Mauricio dice que no ha enviado nada.

En una larga escena de amor y de despedida Adriana se va apagando poco a poco.

Michonet, cayendo con desesperación a sus pies: Muerta! ….. muerta! ……

Mauricio :  “ …… siempre unidos aún después de tu muerte, el nombre de Mauricio de Sajonia no se separará nunca del de Adriana! …….

ADRIANA LECOUVREUR en el teatro de los hermanos Machado. Capítulo 2º : datos biográficos de Adriana, segunda parte.

Y destacamos los amores entre Adriana Lecouvreur y el afamadoo conde-mariscal Mauricio de Sajonia por formar aquellos parte de su leyenda, y ser, según la misma, la causa última de la muerte de nuestra actriz (lo que probablemente no sea cierto).

Como tantas otras actrices de su época, Adriana Lecouvreur frecuentaba la alta sociedad, siendo su casa , a su vez, uno de los puntos de reunión de los hombres ilustres en las letras, en las armas y en las ciencias. Esto la puso en contacto con el mariscal Mauricio de Sajonia, allá por el año de 1720, cuando Mauricio no contaba aún veinticinco años y ya había hecho diez años de campaña en Flandes, en Polonia y en Pomerania, lo que le granjeaba un aura de cuasi héroe.  Enamorados y amantes  lo fueron con gran intensidad y aunque la fidelidad no fue nunca virtud de ninguno de los dos, se profesaron una fuerte devoción, que trascendió a las gentes de París siendo uno de los temas más comentados. Así, uno de los episodios de esta relación, que hizo mucho ruido en París, incluso en toda Europa, fue aquel que sucedió en junio de 1726, cuando el conde de Sajonia al intentar reconquistar su ducado de Curlandia  se encontró con que le faltaba dinero para armar un ejército, a pesar de  haber reunido todos sus recursos personales y los de sus amigos, pues bien, Adriana se apresuró a vender todas sus joyas proporcionando así a su amado Mauricio la suma de 40.000 libras. Desgraciadamente para Adriana la empresa no tuvo éxito.

Obligado a dejar Curlandia, Mauricio regresó a París en 1728,  y aunque mantuvo sus relaciones con Adriana, éstas fueron más distantes. El conde reanudó unas antiguas relaciones con una princesa cuya dignidad y posición social, aunque resultó más efímera, se presentaba como más duradera y sólida.

Así las cosas, Adriana, que como ya hemos indicado, tampoco tenía la fidelidad entre sus virtudes, esa misma que tan bien representaba entre las de las princesas en los escenarios, tuvo sus escarceos amorosos con otros, lo que fue distanciando aún más las relaciones entre ambos., aunque no el sentimiento y consecuencias de los celos.  A este respecto se cuenta la siguiente y curiosa anécdota:  “Cierta noche en que Adriana se mostró con él más tierna de lo acostumbrado e hizo un exagerado panegírico de la fidelidad, él como hombre de penetración, sospechó que pudiera ser para mejor alucinarle, y resolvió asegurarse de ello. Creyó que su rival se hallaba en posesión de la llave de cierta puerta que le pareció sospechosa, y por la cual podía introducirse muy bien durante su ausencia (en aquellos tiempos eran frecuentes los pasos y accesos secretos entre edificios, bien por “puertas ocultas”, bien por galerías y túneles más complejos). ¿Qué hizo el Sr. Conde?, ¿arrancarse desesperado los cabellos?. Nada de eso: uno tan solo se arrancó de su cabeza augusta, y con cera lo pegó en el ojo de la cerradura de la sospechosa puerta, de modo que no pudiese introducirse la llave sin romper aquella sutil barrera. Volvió pasada una hora, y el cabello había desaparecido. Metió una bulla de mil diablos en la puerta hasta que plugo Adriana abrirla. Apenas entró el Conde trató de descubrir a su rival escondido en un rincón. Dicen que Adriana se justificó; ¡pero cuantas mujeres sin ser tan consumadas actrices han tenido igual talento en semejantes circunstancias! ¡Tan crédulo es el amor a la par de celoso!”.

Probablemente estas relaciones entre Adriana y Mauricio hubieran pasado, con el tiempo, a ser una bella historia de amor destinada a ir quedando poco a poco difuminada, pero los hechos que a continuación relataremos, muchos ciertos,  otros de dudosa credibilidad y algunos seguramente inciertos, crearon parte de la leyenda de Adriana Lecouvreur, quedando definitivamente asociados en la memoria colectiva el nombre de Adriana Lecouvreur y el de Mauricio de Sajonia.

En el año de 1729, unos biógrafos dicen que a principios, otros que a mediados, Luisa Enriqueta Francisca de Lorena, cuarta mujer de Manuel Teodoro de LaTour d’Auvergne , Duque de Boullon, se enamoró del conde de Sajonia.

La Duquesa tenía 23 años y era una mujer violenta, arrebatada, caprichosa, y sobre todo excesivamente “galante, pues la crónica escandalosa (¡que ya existía!) aseguraba que sus gustos y aventuras no tenían límites y que se extendían desde los príncipes hasta los cómicos.

Dícese que la Duquesa de Boullon exigía al Conde de Sajonia que cesara sus relaciones con Adriana y renunciara definitivamente a ella, pero éste se negó, probablemente por agradecimiento y reconocimiento de tiempos pasados y por la amistad que con los años quedaba entre ellos.

Cierto día de finales de 1729, en el que se representaba Fedra y la Duquesa se hallaba en uno de los primeros palcos, la vió Adriana, y como no ignoraba los esfuerzos que hacía para apoderarse del Conde, no pudo refrenar sus sentimientos y al llegar a estos célebres versos:

…………………………………………… se mis falta Enone, pero no soy de esas mujeres osadas que gozando de una tranquila paz en medio del crimen nunca colora su frente la vergüenza.

en vez de dirigirse a Enone, volvió la cara a la Duquesa, siendo ello un verdadero apóstrofe. El público que se hallaba al corriente de esta intriga, rompió en una lluvia de aplausos por la oportunidad de la alusión, lo que evidentemente hizo hervir la sangre a la joven e irascible Duquesa que, y aquí empieza la confusión, la incertidumbre y la leyenda,  juró vengarse de la actriz.

Según lo contado por el Abate D’Allainval en sus “Cartas a Milord” o “Des mémoires sur Baron et sur Mllm. Lecouvreur”, y lo contado por Alejandro Dumas en su novela “Luis XV”, – este último haciendo referencia a un expediente sobre las personas encarceladas en 1730 en La Bastilla y  en una carta de Mdlle. Aísse a Mad. de Calandima, de fecha marzo de 1730, que contiene toda la frescura de la novedad y actualidad, puesto que Adriana murió el 20 del mismo mes – a mitad de 1729 la Duquesa de Boullon, decidida a suprimir el obstáculo que significaba Adriana para sus deseos, mandó preparar unas pastillas envenenadas, escogiendo a un joven abate como necesario medio para entregarlas, en forma de dulces, a Mdlle. Lecouvreur.

Según la documentación reseñada, dos emisarios de la Duquesa localizaron a un abate llamado Bouret un día que éste paseaba por las Tullerías “sin saber como haría para comer”, y después de una larga conversación le propusieron un medio para salir de la miseria: este medio consistía en introducirse, gracias a su habilidad como pintor, en casa de la Lecouvreur, y de hacerle comer las pastillas que ellos le darían;  el pobre abate se negó ante la propuesta del crimen, pero los dos hombres le respondieron que ya que era conocedor del plan no cabía la marcha atrás, y que si no ejecutaba lo que se esperaba de él era un hombre perdido.

Asustado el abate prometió cuanto quisieron exigir de él.

Entonces le llevaron a casa de Mad. de Boullon, que le repitió promesas y amenazas y le entregó las pastillas; el abate se empeñó en que cumpliría en encargo dentro de los ocho días siguientes.

En este intervalo, Adriana Lecouvreur recibió una carta anónima en la que la suplicaban que acudiera ella sola o acompañada de una persona de su total confianza, en determinado día y hora, a un punto determinado del Jardín de Luxemburgo.  Adriana fue a la cita y se encontró con el abate Bouret, que le contó la fatal comisión que le habían dado, declarando que era incapaz de semejante crimen, pero agregando que si no lo cometía estaba convencido de que el mismo sería asesinado. Adriana dio las gracias al joven y le convenció de denunciarlo inmediatamente a la policía.

Fueron en el mismo coche a casa de Mr. Herault, que era entonces lugar-teniente de policía y conocido de Adriana, a quien manifestaron el motivo de la visita.

Mr. Herault preguntó al abate si tenía las pastillas que decía le habían entregado, y el abate las sacó de su faltriquera; llamaron a un perro, le dieron las pastillas y el perro reventó al cabo de un cuarto de hora. Le preguntó por cual de las dos Boullon había sido la que conoció, pues eran dos las casadas con dos hermanos Boullon, no sorprendiéndose al indicarle cual. Tras preguntar otros datos dijo el policía a la Lecouvreur  “podeis iros tranquila, yo velo por vuestra seguridad”.

El policía Mr. Herault informó inmediatamente al cardenal Boullon,  tío de Manuel Teodoro,  cuya primera opinión fue la de hacer pública la aventura y  después la de silenciar los hechos para evitar el escándalo.  No obstante, a los pocos días la historia se había filtrado, no se sabe como, y causó entre las gentes, de toda clase social, mucho ruido, controversias y comentarios.  Sin duda este hecho fue la base de la futura leyenda sobre la muerte de Adriana Lecouvreur.

Ante el escándalo, el cuñado de Mad. de Boullon habló a su hermano y le dijo que era absolutamente necesario que su mujer se lavase de semejante sospecha, que había que solicitar una orden de prisión para encerrar al abate. Y así sucedió, el abate fue preso y encerrado en la Bastilla.

Adriana localizó al padre de Bouret, que vivía en una provincia y desconocía la desgracia de su hijo, y éste , ya en Paris, solicitó la formación de causa, pero al ver que le daban largas  se dirigió al cardenal, quien preguntó a Mad. Boullon si quería que se formase sumario sobre la cuestión, pues su conciencia no le permitía que estuviese preso un inocente. Mad. de Boullon prefirió que le pusiesen en libertad antes que la formación de sumario, y el abate Bouret salió de la Bastilla, desapareciendo durante un par de meses, hasta que en enero de 1730, a petición del Duque de Boullon, que le acusaba de calumnia, volvió a ser encarcelado. Todavía se encontraba encarcelado en San Lázaro cuando murió Adriana. Posteriormente se le tomó nuevamente declaración y, contra lo que hasta entonces había hecho, dijo que “había acusado a la duquesa injustamente”.

Esta contradicción del abate es la causa principal de la incertidumbre que todavía, al cabo de casi tres siglos, reina sobre la extraña causa de la muerte de Adriana Lecouvreur. Acaecida, como sabemos,  el 20 de marzo de 1730.

Alejandro Dumas nos sigue contando, basándose en las fuentes ya indicadas, que este segundo apresamiento del abate Bouret dejó bien claro a Adriana que la venganza de la duquesa de Boullon solo había estado adormecida y que nuevamente despertaba.

Quince días pasaron sin  embargo, sin que Adriana oyese hablar nada sobre el abate, lo que nos sitúa mas o menos en una fecha próxima a mediados de febrero de 1730. En fin, una noche, después de la representación de la pieza principal (en aquellos tiempos cada día se representaban dos obras teatrales, una detrás de otra, empezando por la principal)  en la que Adriana había hecho el papel de Fedra, Mad. de Boullon, la invitó para que pasase a su palco, a lo que rehusó Adriana alegando no estar adecuadamente vestida, replicando la duquesa que la dispensaba anticipadamente cualquiera que fuese el traje que tuviese puesto. Adriana contestó diciendo: “la duquesa es demasiado indulgente, y si ella me dispensa el presentarme así en el palco, no tendría el público igual condescendencia; decidla sin embargo, que por obedecerla en cuanto de mi dependa, me hallaré a su paso cuando salga”.

La duquesa no tuvo más remedio que contentarse con la propuesta, y efectivamente a la salida halló a Mdll. Lecouvreur que la estaba esperando. La duquesa la hizo mil cumplimientos y elogios, tanto de su forma de representar como de su gracia y hermosura; no cabe duda que la Duquesa de Boullon pretendía con esta muestra pública de simpatía, frecuente por otro lado que la diesen los grandes señores a los artistas, hacer olvidar los rumores que habían circulado.

Al día siguiente, Adriana se encontró indispuesta durante la representación y no pudo acabar la función, interesándose el público  insistentemente por su salud, máxime cuando se enteró que había sido necesario llevar a la artista hasta su coche dado el estado en el que se encontraba.  La imaginación de los seguidores de Adriana fue en aumento, y poco a poco se consolidaban entre ellos, como indiscutibles, las antipatías y sus efectos entre estas dos mujeres, Adriana la amada y casi venerada por todos y la “perversa” Duquesa de Boullon.

Ya estamos en los primeros días de marzo y Adriana sigue desmejorando visiblemente, pero quiere acabar la temporada teatral prevista para el día 24 de marzo, y el día 15, haciendo un gran esfuerzo, se presenta en la Comedia para representar a Jocasta.

El público pudo advertir el lamentable estado de su adorada Adriana que apenas si podía hablar y sostenerse, tanto que se creyó no podría acabar la representación.  Después de Edipo se representaba el Florentino y todo el mundo creía imposible que pudiera actuar, pero para sorpresa de los espectadores volvió a salir a escena. Se la vió luchar con el mal que la consumía, pero pudo vencerle sobre las tablas. Se dijo que estuvo inimitable.

Esta fue su despedida del público, de su público.

Según se cuenta en la novela Luis XV de Alejandro Dumas, cuatro días después murió en medio de horribles convulsiones, y hecha la autopsia del cadáver se vió que tenía gangrenadas las entrañas. Como dice uno de sus biógrafos, Georges Rivollet, Adriana murió “de una inflamación de entrañas”.

Se esparció entonces el rumor de que había sido envenenada, y se aseguraba que  la instigadora del crimen había sido la Duquesa de Boullon.

En el momento de su muerte estuvieron presentes, además de un cirujano que la asistía, Voltaire, el conde D’Argentail y se dice que el mariscal de Sajonia, al que habían avisado en el último momento, y que parece ser se apresuró en acudir (otras versiones dicen que estaba en Muhlberg con su nueva amante, una cantante de opera, Mlle. Carton, otras que este viaje lo emprendió a los pocos días de morir Adriana.)

Voltaire, que pretende haber cerrado los ojos a la amable Adriana, nos dice que en 1823 Adriana tuvo que dejar de trabajar dos veces por motivos de salud, siendo concretamente la disentería la causa, y que esta misma enfermedad es la que probablemente, por no decir con seguridad, la condujo a la muerte. Voltaire no creyó jamás en la teoría del envenenamiento: “Esas son voces del pueblo que no tienen ningún fundamento”. Bien es verdad que Voltaire tenía, entre otras manías, la de no creer en los venenos.

En resumen, es éste uno de esos enigmas históricos que jamás se explicarán, y sobre el que se discutirá siempre.

Como lamentable colofón a la muerte de Adriana Lecouvreur,  el clero denegó a la artista la sepultura eclesiástica. A la una de la noche fue conducido su cadáver en un coche de alquiler, clandestinamente,  a un solar de la calle de Bourgogne, a las orillas del Sena, y allí arrojado en un hoyo lleno de cal viva por dos “mozos de cordel”.

El solar pertenecía al ministro conde de Maurepas, y es posible que uno de los amantes de Adriana, el conde D’Argental, amigo íntimo de dicho ministro, no fuese extraño a la elección del sitio. 

Se dijo también que en el asunto del enterramiento habían mediado los duques de Bouillon,  consumando así la duquesa su última venganza, pero lo más verosimil es que este enterramiento clandestino fuese simplemente una consecuencia de las ideas de la época.  Por cierto, el duque de Bouillon, el marido de la duquesa a quien públicamente  acusaba de haber envenenado a Mdlle, Lecouvreur, no sobrevivió mas que dos meses a la artista.

El mismo día que murió Adriana, se había presentado en su casa un cura de San Sulpicio. “Ya sé lo que os trae, – dijo la actriz sonriendo – , podéis estar tranquilo, no he olvidado a vuestros pobres”. Y a continuación, señalando a un busto de Mauricio de Sajonia, continuó con teatral acento: “He ahí mi universo, mi esperanza y mis dioses”.

El cómico Grandval pronunció un elogio de Adriana Lecouvreur en el recinto del teatro.

Esto era morir como una trágica y como amante, pero no como pecadora arrepentida, y ello le costó el panteón que su gloria y su genio merecían.

Existe un bellísimo retrato de Adriana  que representa a Cornelia,  es obra de Doypel,  y está grabado por Pedro Drevet, hijo.

Al recordar a Adriana Lecouvreur hay que decir que el frecuentar a las personas más distinguidas de su tiempo, y el estudio constante de las obras maestras de la lengua francesa, la habían formado y educado su entendimiento; así de ella se conserva una Colección de Cartas de muy buen estilo y conceptos.  Esta correspondencia demuestra que Adriana no era ni interesada ni tan apasionada como se dijo y dice, , a sus admiradores les aconsejaba que la olvidasen, porque era demasiado honrada como para pretender amar más de lo que verdaderamente podría sentir.

¡Pobre Adriana Lecouvreur! Merecía haber amado mejor y ser más amada. Mujer nacida para el amor, por el amor fue malograda.

La leyenda.

Como hemos dicho, le leyenda sobre Adriana Lecouvreur empezó a gestarse desde su primera actuación pública, fue creciendo su fama, su prestigio, hasta el punto de convertirse en el personaje popular más querido, adorado y deseado. Sus seguidores eran cientos, y sus actuaciones eran seguidas y comentadas como los acontecimientos más relevantes. Sus amores y aventuras con Mauricio de Sajonía la perfilaron como “el claro objeto del deseo” de los parisinos,  los demás amantes o enamorados aumentaban su prestigio y poderío, por ello la historia del enfrentamiento, por amor, con la duquesa de Bouillon alcanzó cotas inigualables e inadmisibles para la mayoría de los ciudadanos, que probablemente en base a rumores falsos o bulos, intencionados o no, construyeron la leyenda de su muerte por envenenamiento instigado por su oponente.

Tal era la fama y el aprecio que de ella se tenía, que a pesar de algunos detractores y de la insidiosa negación de su enterramiento en suelo sagrado, muchos fueron los elogios, notas y epitafios escritos antes de su muerte y, por supuesto después.

Ya hemos reproducido el epitafio de su gran amigo Voltaire, ahora, siguiendo los citados por el abate D’Allainval en “Des mémoires sur Baron et sur Mllm. Lecouvreur”,  reseñamos los siguientes documentos:

       1º    “Epítre a Mademoiselle Lecouvreur”, también de Voltaire.

       2º    “Epítre a Mademoiselle Lecouvreur”, de M. De B***, incluido en una

              traducción en verso de “Lettres d’Abailard et d’Héloïse”.

       3º    “L’Ombre de Racine a Mademoiselle Lecouvreur. Epítre”, de M. Le                     Franc.  

       4º    “L’Art de représenter” de Luigi Riccoboni.

       5º    “Vice puni”, seis versos incluidos en dicho poema de M. Grandval.

       6º    Diuscurso de Voltaire pronunciado el día de la clausura (24 de marzo        de 1730) de la temporada del teatro.

       7º    “Epitafhe de Mademoiselle Lecouvreur” de M. L’Abbé D’Allainval.

       8º    Epitafio I en latín “Tumulus”, autor desconocido.

       9º    Epitafio II en latín “Hic”, autor desconocido.

       10º  Epitafio III en latín “Alius”, de autor desconocido.

que podemos encontrar, en francés, del libro  del abate D’Allainval, publicado en 1822.

ADRIANA LECOUVREUR en el teatro de los hermanos Machado. Capítulo 1º : datos biográficos de Adriana, primera parte.

Muchas de las personas, francesas o no, que visiten por primera vez la ciudad de París probablemente se acerquen hasta la famosa torre Eiffel y lo hagan caminando desde Los Inválidos y entrando en el Parque de los Campos de Marte por la plaza de la Escuela Militar .  Al fondo del parque, junto al Sena, verán majestuosa la torre  metálica y caminarán hacia su base por alguna de las cuatro avenidas o paseos que paralelos atraviesan el parque y probablemente vayan por el primero de ellos, llamado Adrienne Lecouvreur.

¿Quién era Adriana Lecouvreur para merecer este alto honor de tener su nombre puesto en uno de los viales más transitados de París y junto al símbolo más representativo y conocido de ésta ciudad?

Muchos dicen que Adriana Lecouvreur representa la imagen perfecta de la mujer parisina, la imagen de mujer con la que se identifican las parisinas y con la que sueñan los parisinos.

Tal vez sea mucho decir, pero la realidad es que ésta mujer captó en su tiempo la atención, el afecto y la adoración de casi todos sus conciudadanos, y el amor de bastantes de ellos.  Tan cierto es que su huella dejó un vivo recuerdo que perdura invariable desde aquel día de la primavera de 1730 en el que los parisinos lloraron su muerte.

Adriana Lecouvreur fue durante trece años, de 1717 a 1730, la gran actriz de la comedia parisina. Y estos pocos años fueron suficientes para que su recuerdo siga vivo desde entonces, con más o menos intensidad a lo largo del tiempo transcurrido, pero ya con vocación de eternidad.

Su vida, como todas las que están en el  camino de la leyenda, ha sido recordada con frecuencia aunando datos y hechos ciertos con otros no contrastados, o inventados, bien por las imaginación popular bien por las creaciones artísticas que, combinando realidad con ficción, sobre ella se han realizado.

Por ello, con la ocasión de la presentación de esta obra dramática, hasta hoy  inédita y desconocida de Manuel y Antonio Machado, es necesario acercarnos a los hechos reales acaecidos en la vida de Adriana Lecouvreur y separarlos de aquellos no contrastados, de aquellos otros que ya forman parte de su “leyenda” y de los de ficción contenidos en las obras artísticas sobre ella escritos, para poder analizar el contenido argumental de esta obra teatral machadiana.

Francia siglo XVIII.

En una colección de artículos publicada en Barcelona en 1856 por Juan Mañé y Flaquer,  hay uno escrito por Ventura de la Vega el 1º de febrero de 1852 en el que al comentar la obra de teatro Adriana Lecouvreur,  drama en cinco actos, por MM. Scribe y Legouvé,  traducido del francés por el propio articulista,  nos describe los que a su entender son los rasgos más importantes del siglo XVIII en Francia.

Nos dice que fue un siglo grande y desmesurado en todo; en la virtud y en el crimen, en el error y en la verdad, nos dice que fue un siglo de esplendor, de miseria, de galantería, de corrupción, de virtudes espartanas, de cinismo de anacoretas de epicúreos, de verdades, de errores, de fe, de duda, de ciencia, de farsa, de políticos de guerreros, de fanáticos de incrédulos, de poetas, de artistas.

Y en este siglo y en Francia vivió, durante el reinado del galante en demasía Luis XV, Adriana Lecouvreur.

Durante el reinado de este monarca la corrupción de costumbres apenas tuvo límites y se usó la galantería para cubrir y disimular los vicios;  todo era alegría, bullicio, fiestas en las que gozar de la vida se convertían en una actividad final, “como si se hubiese presentido la proximidad de la muerte, como si se hubiese querido aturdir los oídos para que no llegara a ellos el rumor de la tempestad que se acercaba, como si se hubiese querido deslumbrar los ojos con el brillo de los salones para no ver la inmensa tumba que se abría a sus piés”.

“De tarde en tarde se oía un rumor sordo, cada vez más próximo, que interrumpía la algazara de aquella bacanal”, pero aquellos aristócratas y adinerados burgueses, desenfadados, hacían oídos sordos a tan fatídicos acentos. En aquel ambiente se asomaban algunas veces rostros escuálidos, horribles, amenazadoras, que llevaban impreso el espantoso sello del pacto del hambre, que acudían a sorprender a aquellos sibaritas revolcándose en la profusión de sus banquetes; pero nadie reparaba en aquella muda y solemne acusación de su conciencia.

El rey, era indiferente a la corrupción, es más la estimulaba con su ejemplo, y poco a poco, con ella y con su persistente abandono de los temas y negocios de estado, iba preparando el cadalso para su desgraciado hijo.

Con el debido respeto que hoy merecen todas las personas y la mayoría de sus actividades, pero hay que situarse en aquella época y su sociedad estaba bien representada: una meretriz daba la voz de órden. La Pompadour se hizo protectora de las artes y de las ciencias: la aristocracia quiso imitar a la favorita del monarca; frecuentó el trato de las personas distinguidas por su saber, y hasta se dedicó con el ardor de la moda a las especulaciones de la ciencia y al cultivo de las letras”. 

Y con estas actividades culturales el rey vivía tranquilo. “Una sociedad que estudia, una sociedad que se divierte, una sociedad que se ríe, nada tiene de peligrosa”, y así, “las pullas de Voltaire, los retruécanos de Bievre, la burlona y aguda crítica de Crebillon. los innumerables folletos que se daban a la luz ridiculizando lo que hasta entonces se había respetado eran recibidos con aplauso alegres y desenfadados. Se convertían en tantos otros objetos de diversión”. El poder establecido ignoraba al poder que se iba formando y que inevitablemente vendría.

En el teatro y en la literatura  resucitaron los tipos heroicos de antiguas épocas, pero en los textos de aquella época, casi siempre satíricos, solo se advertían motivos de diversión.

Nadie advirtió que “de aquellos folletistas, matemáticos, naturalistas inofensivos habían de salir los Sieyes, los Desmoulines, los Baillys, los Marats y hasta los Guillotins, ni mucho menos se les ocurriría que de las últimas clases de aquellos actores tan en boga saliera el tristemente célebre Hebert, el sumo sacerdote de la Diosa Razón “.

“El título de sabio o de artista bastaba entonces para abrir todas las puertas, para allanar todas las alturas, para borrar todas las distancias. La diferencia de clases iba desapareciendo; ¿y cómo no ser así cuando el mismo rey había elevado hasta las gradas del trono a la hija del carnicero Poisson, después Mme. Pompadour?.”

“Baron, Lekain, Mlls.Dangleville, Duclos, Cleron, Dumesmil,  todas las celebridades del teatro eran los niños mimados del día.  Su salud interesaba tanto como la de la misma familia real; el público quería saber hasta las mas pequeñas particularidades de su existencia. Saludar a la Cleron o a la Duclos, recibir en su casa a Lekain o a Baron era una dicha ambicionada, buscada, comprada muchas veces a gran precio”.

Y en esta época de esplendor del arte cómico, de fortuna para los que lo ejercían, apareció Adriana Lecouvreur.

Biografía.

Muchas son las fuentes que se nos ofrecen para redactar una correcta biografía de Adriana Lecouvreur,  y de ellas destacamos las siguientes:

1ª    “Des mémoires sur Baron et sur Mllm. Lecouvreur”, par l’ Abbé D’        Allainval.  Paris. Ponthieu, Libraire, au Palais-Royal, Galerie de Bois, nº 252.         1822.

2ª    “Diccionario Histórico o Biografía Universal Compendiada. Tomo VIII”,        pág. 404.   Librería de los Editores, Antonio y Francisco Oliva. Barcelona        1832.

3ª    “Album Pintoresco Universal, Tomo Segundo”, pág 450 y 451. Barcelona, Imprenta de D. Francisco Oliva, Editor. Calle de la Platería. 1842.

4ª    “Luis XV”, capítulo IV, págs. 32 a 37,  novela de Alejandro Dumas. Madrid,        Establecimiento tipográfico de Mellado, calle de Santa Teresa núm. 8.  1850.

5ª    “Apuntes Biográficos. Adriana Lecouvreur”,  “Correo de Teatros, Periódico de noticias teatrales, artísticas y literarias”, núm. 45 y 46 de 7 de   octubre y 10 de octubre de 1852, respectivamente, Madrid.

6ª    “Misterios Históricos. Adriana Lecouvrur”,  “Alrededor del Mundo”      revista núm. 573 de 25 de mayo de 1910.

7ª    “La verdadera Adriana Lecouvreur”,  reproducción del número de diciembre de 1912 de la revista Fortnighly  Review en “La lectura. Revista    de ciencias y de artes”,  pág 117 y 118 del núm 145 de enero de 1913.

8ª    “El arte literario francés” ,  en el núm. 79,  de la “Revista Blanca” de fecha 1 de septiembre de 1926, Barcelona. Reseña del libro biográfico sobre Adriana Lecouvreur escrito por Georges Rivollet.

siendo estas las principales de las utilizadas para este trabajo.

De estas fuentes utilizaremos como  fundamentales las tres primeras, por ser anteriores a la posible influencia que sobre las restantes pudiera haber tenido la publicación y estreno de la obra de teatro que sobre Adriana Lecouvreur escribieron en 1849 Eugéne Scribe y Ernest Legouvé.

Así podemos iniciar  este relato diciendo que el Abate D’Allainval sostiene que Adriana no era parisina, como sugería el diario Mercure de marzo de 1730 (con ocasión de necrológica), sino que había nacido en el año 1690 en la pequeña villa de Fimes, situada entre Soissons y Reims.  (a esta cuestión de la fecha y lugar de nacimiento volveremos más adelante, ya que existen discrepancias con otros autores ).

Su padre, que era un oficial sombrerero de escasa fortuna, al constatar las escasas posibilidades que tenía su profesión en el medio rural en el que vivía, decidió trasladarse, en 1702, con toda su familia al barrio, faubourg, de Saint-Germain, en París, con el deseo de trabajar en su oficio. Fue a vivir cerca del teatro de la Comedia, cuya vecindad hizo nacer en Adriana un vivo deseo de seguir la carrera del teatro.  Se ha dicho que en su juventud fue lavandera, y se ha dicho también que la lavandera no fue ella, sino una tía suya, la cual lavaba la ropa del comediante Le Grand al que recomendó la futura actriz.

Nos dice D’Allainval que muchos de los vecinos de la villa de Fimes le comentaron que desde su infancia, Adriana, manifestó un claro placer en recitar versos y una evidente inclinación teatral. La muchachita Lecouvreur era de esas personas que se hacen a  si mismas. No tuvo la fortuna que tuvo al actor Baron por nacimiento y familia,  y en su infancia no bebió de los genios del teatro, no conoció ni leyó a Moliére, Racine, Despéaux, Chapelle, no pudiendo formarse en los gestos y en la expresión de los sentimientos en el arte dramático, pero a su modo creció en el mundo que soñaba de la interpretación.

En estos primeros años en Paris, al conocer a varios de los trabajadores y actores del teatro próximo a su casa, pudo ver la representación de las obras maestras de la escena francesa, aumentándose más y más la afición que desde pequeña tenía por la representación dramática. Tanto es así que en 1705, se dice que a la edad de quince años, (dato que nos inclinaría a considerar como fecha de nacimiento de Adriana Lecouvreur el año 1695) quiso representar la tragedia de Polieucte, y la pequeña comedia Deuil junto con algunos muchachos de su misma vecindad. Adriana, convencida de sus posibilidades asumió para sí y desde el principio el papel de la tierna Paulina, y esta osadía fue coronada por un éxito rotundo, tanto es así que corrieron las voces y fueron a ver las representaciones muchas personas importantes del mundo del teatro y de la sociedad influyente. Entre ellas la señora  Le Jay, distinguida dama de aquel tiempo que empleaba dignamente su fortuna en proteger las letras y las artes, y que como oyese hablar de la repeticiones de Polieucte, consintió en levantar un teatro en el patio de su casa, en la calle de Garanciere para que se representase en él dicha tragedia; los muchachos representantes, y en especial Adriana, dejaron tan embelesada a la numerosa concurrencia de espectadores que llegaron a causar celos a la compañía cómica francesa, logrando ésta arrancar de la Policía una orden prohibiendo tales representaciones; la señorita Duclos, acostumbrada a la declamación, se ofendía de la naturalidad expresiva de Adriana y de la sencillez con que hablaba en verso. Tengamos presente que en aquellas fechas, en el Teatro francés, aún se cantaban antes que recitarse los versos. Y así, por la denuncia, se dejó de interpretar por aquel grupo juvenil de aficionados la obra de Corneille.

Le Grand, que como ya hemos dicho conocía a Adriana, era un actor bastante malo pero un profesor capaz e inteligente, y prendado de las excelentes disposiciones de Lecouvreur,  y enamorado de ella, decidió aleccionarla en el arte dramático. No tardó la joven Adriana en ser contratada para los teatros provinciales, recorriendo la Alsacia y la Lorena, alcanzando sus primeros éxitos ruidosos en Estrasburgo. Y por esta senda sembrada de aplausos, flores y coronas (al uso en aquellos tiempos) llegó por fin a la Comedia francesa de París, debutando el 14 de mayo de 1917, interpretando el papel de Monime, de Mithridate, y posteriormente el de Electra y de Berenice, dando inicio a su celebridad en el teatro francés, y en aquella sociedad parisina. Un mes después de haber desempeñado estos papeles fue nombrada, recibida se decía entonces, como actriz ordinaria del rey para los papeles trágicos y cómicos.

D’Allainval nos dice que jamás un  debut en un teatro fue mas brillante que el de Adriana Lecouvreur.   El famoso filósofo Dumarsais, quedó tan impresionado de la interpretación de la actriz que  inmediatamente la envió una nota para que le hiciera el honor de ir a su casa a cenar en “tète-à-tète”.  ¡El amor! ¡La pasión!.

La señorita Duclos, bien que reina de la escena, fue en aquellos días destronada, y Adriana Lecouvreur  de un salto se puso en el primer puesto de las actrices de la escena francesa. Según algunas de sus biografías, Adriana era “de estatura regular, su cabeza y espaldas eran muy bien conformadas, llenos de fuego y expresión sus ojos, linda su boca, algo aguileñaza nariz, hechiceros sus modales, y noble y sosegado el continente. Bien que algo flaca, ningún menoscabo resultaba de ello a la belleza de su fisonomía, cuyos rasgos marcados eran propios para retratar a todas las pasiones del alma. A todo daba mayor realce el gusto, el esmero y riqueza de sus trajes, el aire majestuoso de su presencia, y sus gestos siempre exactos y enérgicos”.

Durante los trece años que mediaron desde su nombramiento como cómica ordinaria hasta su muerte, tuvo la satisfacción de ver no entibiarse ni un ápice el entusiasmo general que sus interpretaciones inspiraban desde el inicio de su carrera. Sus triunfos fueron progresivos y sin cesar fomentados por el público.

Adriana Lecouvreur poseía el arte supremo de los grandes actores, de penetrarse de tal forma en las pasiones que debía interpretar, que puede decirse que su vida era un compuesto de las de los personajes que representaba en las tablas de los escenarios. Se dice que ninguna actriz hizo jamás verter tantas lágrimas por los infortunios de imaginarias heroínas de teatro. Producía una completa ilusión, y arrebataba a los espectadores, y a sí misma, transportándolos a otros siglos, lugares y paisajes: así cuando representaba a Bérenice, Elisabet, Yocasta, Paulina, Atalia, Zenobia, Rojana, Atalida, Ifigenia, Hermione, Erífila, Emilia, Electra, Cornelia, y sobre todo Fedra de Racine, ningún espectador se hallaba en el teatro, sino en los países que eligió el poeta y dramaturgo, y todos estaban dispuestos a tomar parte en la acción, como si formaran parte de los coros de las tragedias antiguas. La revolución interpretativa era evidente y notoria. También representaba, Lecouvreur, papeles cómicos, según se acostumbraba entonces, pero no lograba en ellos tan cabal desempeño y efecto.

Representaba con harta perfección el amor, tanto como para no sentirlo y percibirlo en realidad; así, receptora de esta pasión, se abandonó a ella, fueron varios los amante que tuvo, pero sobre todo fueron muchos los que se enamoraron de ella. Entre estos últimos destacamos a su gran amigo Voltaire, que la amaba de veras  y para la que compuso muchas de sus mejores tragedias, el amigo de ambos, Carlos Agustín de Ferriol, conde D’Argental , su profesor Le Grand, el actor Clavet, y el consejero alsaciano Klinglin.  Entre los primeros, por su trascendencia en la leyenda de la actriz, por haber sido profusamente comentada y por ser la causa del argumento de la obra teatral de Eugene Scribe y de la opera de Cilea, destacamos al conde Mauricio de Sajonia.

Sobre la relación de Adriana Lecouvreur con Le Grand nos dice Laplace, en su volumen quinto de su obra Piéces intéressantes et peu connues, lo siguiente;

“……… Au jour indiqué les doux conviés, arrivés chez Legrand, furent à leur tour bien surpris de voir le comedién leur pr’esenter, avec gravité, una petite fille très-simplement mise, et supplier trés-humblement M.  Le marquis de permettre qu’elle prit place a table avec la compagnie. 

Ah, ah! s’écria le marquis, quelle est donc cette enfant, mon cher Amphitryon? La fille de la cuisiniére, , apparemment, ou celle de ta ravaudeuse?.

Ninni, reprit le comédien, c’est la niéce de ma blanchisseuse; cést-à-dire la cousine-germaine de la Belle dame quíl vous a plu de m’enlever, qui réunit maintenant toutes mes affections pour la famille, et peut seule consoler d’avoir pèrdu s aparente; car, s’écria-t-il, en parodiant le vers de Thésée, de Quinault: 

Cést le sort de Legrand de sénflammer por elle!

Ce dinner, comme on láugure, fut trés-gai, et fut suivi de plusieurs autres.  Legrand sáttacha à la petite blanchisseuse, lui donna de l’éducation, la dressa pour le théàtre, l’envoya ensuit à Strasbourg pour l’accoutumer aux planches, mit en fin la petite fille en état quels furent ses succès; et c´ètait ……. Adrianne Lecouvreur!

Elle ètait nèe è Frèjus, en Champagne, en 1695, et mourut à Paris, en 1730”.

Laplace, en la misma obra nos dice:

       Voltaire lui fit l´épitaphe siuvante:

                     Ci git l’actrice inimitable

                     De qui l’esprit et les talens,

                     Les gráces et les sentimens,

                     La rendaient partout adorable,

                     Et qui n’a pas moins mérité

                     Le droit à l’immortalité

                     Qu’aucune héroine ou déesse,

                     Qu’avec tant de delicatessen

                     Elle a souvent représenté.

                     L’opiníon était se forte

                     Quélle devait toujours durer,

                     Qu’après méme qu’elle fut morte,

                     On refusa de l’enterrer.

Sentido y emocionado epitafio de Voltaire, del que se dice estuvo presente en los últimos momentos de la vida de su adorada Adriana.

Observamos que Laplace sostiene que Adriana nació en 1695, en Frejus.

RECITAL DE POESÍAS DE ANTONIO MACHADO EN EL ATENEO HISPANISTA DE LA SORBONA DE PARÍS. 1964.

Año: [1964?]

Duración: 15 min., 56 seg.

Fondo sonoro: Radio París. Ramírez/del Campo

Resumen: Recital de poesías de Antono Machado en el Ateneo Hispanista de la Sorbona de París: Autorretrato ; A orillas del Duero ; Pegasos, lindos Pegasos ; Soria fría ; El mañana efímero ; Una España joven ; Despedida

no se han realizado cambios
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Audio Recital

No es cierto que la poesía fuera el género literario de creación más afectado por la censura franquista. De hecho, en términos absolutos, la producción novelística fue mucho más duramente castigada por los censores. Sin embargo, hubo una percepción generalizada de que el franquismo persiguió la poesía con especial saña, debida a tres factores fundamentales: la existencia de ciertos poetas abiertamente opuestos al régimen franquista; los problemas de determinadas editoriales para publicar tanto obras de grandes figuras del exilio, como de autores nóveles social y políticamente críticos con la realidad de su tiempo (los de la «generación de los 50», por ejemplo); y en tercer lugar, el enorme vacío que dejó la guerra civil y el exilio subsiguiente (ABELLÁN, Manuel L., 1980, pp.84). De hecho, gran parte de la llamada «generación del 27» tuvo que abandonar España; de los 17 poetas incluidos en la Antología de Poesía Contemporánea que Gerardo Diego había publicado en 1932, 10 de ellos se exiliaron: Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, José Moreno Villa, Pedro Salinas, Jorge Gillén, Juan Larrea, Emilio Prados, Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre y Rafael Alberti, junto a otras grandes figuras de la lírica como León Felipe, Enrique Díaz-Canedo, Ernestina Chapourcín, Josep Carner y Ventura Gassol (RIQUER, Borja de, 2010; pp. 300). Por no hablar de los que perecieron represaliados, como Federico García Lorca y Miguel Hernández.

En resumidas cuentas, no se persiguió la poesía como género literario en sí, sino especialmente la identificada como “conflictiva” -o de autores considerados “conflictivos”- con los postulados ideológicos y morales del régimen franquista. La realidad es que la obra de los grandes poetas de la «generación del 27» fue sistemáticamente censurada por el franquismo, aunque esporádicamente se permitiera la publicación de alguna que otra antología de corte menos combativo como forma de propaganda.

Como en todo lo demás, fue una persecución selectiva, y generalmente arbitraria. Frente a ello, y tanto para el exilio como para la disidencia interior, la poesía fue considerada un instrumento de concienciación política fundamental, que se conjugaba con el uso de las lenguas vernáculas. Hubo distintas formas de penetración y difusión de la poesía subversiva, de las que pueden destacarse tres. En primer lugar, las ediciones clandestinas (ya fueran importadas del exilio o publicadas en el interior) eran fundamentales. Una segunda vía, más novedosa y propia de los años sesenta, fue la constituida por las letras del género de la “Nueva Canción”. Y una tercera vía (relacionada con la anterior) estuvo protagonizada precisamente por las emisoras del exilio, entre las que “Radio París” jugó un papel esencial.

ANTONIO MACHADO: EL EXILIO. Comienza en Cerbere.

Se incluyen en este artículo todas las poesías escritas por Antonio Machado durante la Guerra Civil española.

Antonio Machado

27 de enero de 1939.

Antonio Machado

         Vamos a iniciar este relato  desde la  llegada de Antonio Machado a Port Bou la tarde del 27 de enero de aquél año de 1939. Hasta ese momento y desde finales de noviembre de 1936, cuando sale de Madrid con destino a Valencia, podríamos hablar del “camino del exilio”, al principio de percepción más difusa pero, digamos, a partir de 1938 de una percepción cada día mas clara y notoria.

         A partir de esa tarde tremenda del día 27 de enero de 1939 tendremos que hablar del “exilio”, del exilio propiamente dicho de Antonio Machado en Francia.

         Unas pocas horas antes de cruzar la frontera, en lo alto de la carretera de Port Bou a Cerbere, en la subida al puerto de Balitres, a unos 500 metros de Francia, “la carretera quedó de pronto bloqueada por un exceso de vehículos y la marcha se interrumpió. Carros, coches, camiones y ambulancias se arracimaban empotrándose casi unos en otros, formando un tapón que impedía todo avance. La ambulancia en la que en ese momento iba Antonio Machado y su familia hizo un alto forzado en el camino, esperando que la situación encontrara remedio, pero, al caer la noche, se les hizo evidente que debían perder la esperanza de poder continuar en vehículo, era imposible reanudar la marcha”. (nos cuenta Antonio Campoamor González en su libro “Antonio Machado 1875 – 1939” publicado en abril de 1976 por Editorial SEDMAY, S.A., pág 194).

Buscando la frontera.

         Se encontraron rodeados de gentes que buscaban como ellos la frontera, y se sintieron como abandonados junto a un alto acantilado cerca del mar. Reemprendieron el camino a pie, junto a mujeres, ancianos y niños que avanzaban lentamente, con la anochecida, con un frío intensísimo y lloviendo torrencialmente. La ropa empapada, la cara mojada y el pelo pegado a la cabeza por el agua que sobre ella caía; los zapatos embarrados y ya húmedos. Frío, se sentía el frío y un inmenso cansancio. Contaron los que con Machado iban que éste se desvaneció a la vera del camino, recuperándose necesariamente en breves minutos; recuerda Tomás Navarro Tomás que le escuchó decir: “Yo no debía salir de España. Sería mejor que me quedara a morir en una cuneta”. Con la ayuda de Carles Riba y otros compañeros pudo levantarse y reiniciar la marcha.

         Se dijo, mejor dicho, se ha llegado a decir, que en este punto de la carretera perdió Machado un pequeño maletín, aquél que no pudo dejar el poeta  en Raset, en Can Santa María, (Matea Monedero me comentó muchos años mas tarde que era del tipo que usaban los médicos, pero que desconocía su contenido), en el que podrían contenerse versos, apuntes, y hasta un nuevo tomo de “Los Complementarios” o los retratos de Pilar de Valderrama y algunas de sus cartas. No parece creíble. Tal vez sí algún escrito, verso o prosa sobre el que estuviera trabajando en aquellos días, pero nada más; recordemos que el que se supone fue su último trabajo en prosa, sobre el general Rojo, lo entregó a un ciclista que enviaron a recogerlo el mismo día de su salida de la Torre Castañer, el 22 de enero de 1939, a última hora de la mañana.

General Arrando 4. Foto actual.
Casa en la que vivió Antonio M;achado sus últimos años en Madrid.
En el 3º piso

         En Madrid, en la casa de General Arrando núm. 4, domicilio que había sido el último de Antonio Machado, se encontraron por sus hermanos Manuel y Francisco, cuando a finales de agosto de 1939 éstos regresaron a Madrid, el primero desde Burgos y el segundo, mi abuelo, desde Francia, los manuscritos y documentos de su hermano Antonio, que éste tenía o conservaba, y que los había dejado en la vivienda al pensar, entonces, que regresaría pronto (recordemos que Antonio Machado salió de Madrid, con destino Valencia, el 24 de noviembre de 1936, y ya no regresó nunca). No parece que faltara nada. Por otra parte parece que la producción literaria de Antonio Machado durante la guerra fue básicamente prosa dirigida a la prensa y revistas  como La Vanguardia, “Hora de España”, y otras, a veces de tipo propagandístico. Escribió pocos poemas durante la Guerra, que a continuación reproducimos:

EL CRIMEN FUE EN GRANADA

I

EL CRIMEN

Se le vio, caminando entre fusiles,                                   por una calle larga,
salir al campo frío,
aún con estrellas, de la madrugada.                            Mataron a Federico                                                        cuando la luz asomaba.
El pelotón de verdugos
no osó mirarle la cara.
Todos cerraron los ojos;
rezaron: ¡ni Dios te salva!
Muerto cayó Federico.
-sangre en la frente y plomo en las entrañas-                  Que fue en Granada el crimen                                       sabed -¡pobre Granada!-, en su Granada…

II

EL POETA Y LA MUERTE

Se le vio caminar solo con Ella,
sin miedo a su guadaña.
Ya el sol en torre y torre; los martillos
en yunque – yunque y yunque de las fraguas.              Hablaba Federico,
requebrando a la muerte. Ella escuchaba.                  «Porque ayer en mi verso, compañera,                         sonaba el golpe de tus secas palmas,
y diste el hielo a mi cantar, y el filo
a mi tragedia de tu hoz de plata,
te cantaré la carne que no tienes,
los ojos que te faltan,
tus cabellos que el viento sacudía,
los rojos labios donde te besaban…
Hoy como ayer, gitana, muerte mía,
qué bien contigo a solas,
por estos aires de Granada, ¡mi Granada!»

III

Se le vio caminar..
                              Labrad, amigos,
de piedra y sueño, en el Alhambra,
un túmulo al poeta,
sobre una fuente donde llore el agua,
y eternamente diga:
el crimen fue en Granada, ¡en su Granada

MEDITACIÓN DEL DÍA

Frente a la palma de fuego
que deja el sol que se va
en la tarde silenciosa
y en este jardín de paz,
mientras Valencia florida
se bebe el Guadalaviar
—Valencia de finas torres
en el lírico cielo de Ausias March,
trocando su río en rosas
antes que llegue a la mar—,
pienso en la guerra. La guerra
viene como un huracán
por los páramos del Alto Duero,
por las llanuras de pan llevar,
desde la fértil Extremadura
a estos jardines de limonar,
desde los grises cielos astures
a las marismas de luz y sal.
Pienso en España vendida toda
de río a río, de monte a monte
de mar a mar.

SONETO I: LA PRIMAVERA

Más fuerte que la guerra –espanto y grima–
cuando con torpe vuelo de avutarda
el ominoso trimotor se encima
y sobre tu vano techo se retarda,


hoy tu alegre zalema el campo anima,
tu claro verde el chopo en yemas guarda.
Fundida irá la nieve de la cima
al hielo rojo de la tierra parda.


Mientras retumba el monte, el mar humea,
da la sirena el lúgubre alarido,
y en el azul el avión platea,


¡cuán agudo se filtra hasta mi oído,
niña inmortal, fatigable dea,
el agrio son de tu rabel florido!

SONETO II: EL POETA RECUERDA LAS TIERRAS DE SORIA

¡Ya su perfil zancudo en el regato,
en el azul el cielo de ballesta,
o, sobre el ancho nido de ginesta,
en torre, torre y torre, el garabato

de la cigüeña!… En la memoria mía
tu recuerdo a traición ha florecido;
y hoy comienza tu campo empedernido
el sueño verde de la tierra fría.

Soria pura, entre montes de violeta.
Di tú, avión marcial, si el alto Duero
adonde vas, recuerda a su poeta

al revivir su rojo Romancero;
¿o es, otra vez, Caín, sobre el planeta,
bajo tus alas, moscardón guerrero?

SONETO III: AMANECER EN VALENCIA. Desde una torre.

Estas rachas de marzo, en los desvanes
–hacia la mar– del tiempo; la paloma
de pluma tornasol, los tulipanes
gigantes del jardín, y el sol que asoma,


bola de fuego entre dorada bruma,
a iluminar la tierra valentina…
¡Hervor de leche y plata, añil y espuma,
y velas blancas en la mar latina!


Valencia de fecundas primaveras,
de floridas almunias y arrozales,
feliz quiero cantarte, como eras,


domando a un ancho río en tus canales,
al dios marino con tus albuferas,
al centauro de amor con tus rosales

SONETO IV: LA MUERTE DEL NIÑO HERIDO

Otra vez en la noche… Es el martillo
de la fiebre en las sienes bien vendadas
del niño. —Madre, ¡el pájaro amarillo!
¡Las mariposas negras y moradas!


—Duerme, hijo mío. —Y la manita oprime
la madre, junto al lecho. —¡Oh, flor de fuego!
¿quién ha de helarte, flor de sangre, dime?
Hay en la pobre alcoba olor de espliego;


fuera, la oronda luna que blanquea
cúpula y torre a la ciudad sombría.
Invisible avión moscardonea.


—¿Duermes, oh dulce flor de sangre mía?
El cristal del balcón repiquetea.
—¡Oh, fría, fría, fría, fría, fría!

SONETO V: DE MAR A MAR

De mar a mar entre los dos la guerra,
más honda que la mar. En mi parterre,
miro a la mar que el horizonte cierra.
Tú, asomada, Guiomar , a un finisterre,

miras hacia otro mar, la mar de España
que Camoens cantara, tenebrosa.
Acaso a ti mi ausencia te acompaña.
A mi me duele tu recuerdo, diosa.

La guerra dio al amor el tajo fuerte.
y es la total angustia de la muerte,
con la sombra infecunda de la llama,

y la soñada miel de amor tardío,
y la flor imposible de la rama
que ha sentido del hacha el corte frío.

SONETO VI: OTRA VEZ EL AYER

Otra vez el ayer. Tras la persiana,
música y sol; en el jardín cercano,
la fruta de oro, al levantar la mano,
el puro azul dormido en la fontana.

Mi Sevilla infantil, ¡tan sevillana!
¡Cuál muerde el tiempo tu memoria en vano!
¡Tan nuestra!  Avisa tu recuerdo, hermano.
No sabemos de quién va a ser mañana.

Alguien vendió la piedra de los lares
al pesado teutón, al hambre mora,
y al ítalo las puertas de los mares.

¡Odio y miedo a la estirpe redentora
que muele el fruto de los olivares,
y ayuna y labra, y siembra y canta y llora!

SONETO VII: TRAZÓ UNA ODIOSA MANO

Trazó una odiosa mano, España mía,
—ancha lira, hacia el mar, entre dos mares—
zonas de guerra, crestas militares,
en llano, loma, alcor y serranía.

Manes del odio y de la cobardía
cortan la leña de tus encinares,
pisan la baya de oro en tus lagares,
muelen el grano que tu suelo cría.

—Otra vez —¡otra vez!— ¡oh triste España!,
cuanto se anega en viento y mar se baña
juguete de traición, cuanto se encierra

en los templos de Dios mancha el olvido,
cuanto acrisola el seno de la tierra
se ofrece a la ambición, ¡todo vendido!

SONETO VIII: MAS TU VARONA FUERTE

Mas tú, varona fuerte, madre santa,
sientes tuya la tierra en que se muere,
en ella afincas la desnuda planta,
y a tu Señor suplicas: ¡Miserere!

¿Adónde irá el felón con su falsía?
¿En qué rincón se esconderá sombrío?
Ten piedad del traidor. Paríle un día,
se engendró en el amor, es hijo mío.

Hijo tuyo es también, Dios de bondades.
Cúrale con amargas soledades.
Haz que su infamia su castigo sea.

Que trepe a un alto pino en la alta cima,
y en él ahorcado, que su crimen vea,
y el horror de su crimen le redima.

SONETO IX: A LISTER

Tu carta -oh noble corazón en vela,
español indomable, puño fuerte-,
tu carta, heroico Líster, me consuela,
de esta que pesa en mí, carne de muerte.
Fragores en tu carta me han llegado
de lucha santa sobre el campo ibero;
también mi corazón ha despertado
entre olores de pólvora y romero.
Donde anuncia marina caracola
que llega el Ebro, y en la peña fría
donde brota esa rúbrica española,
de monte a mar, esta palabra mía:
«Si mi pluma valiera tu pistola
de capitán, contento moriría».

A FEDERICO DE ONIS

Para ti la roja flor
que antaño fue blanca lis,
con el aroma mejor
del huerto de fray Luis.

MEDITACIONES

Ya va subiendo la luna
sobre el naranjal.
Luce Venus como una
pajarita de cristal.

Ámbar y berilo,
tras de la sierra lejana,
el cielo, y de porcelana
morada en el mar tranquilo.

Ya es de noche en el jardín
¡el agua en sus atanores!
y sólo huele a jazmín,
ruiseñor de los olores.

¡Como parece dormida
la guerra, de mar a mar,
mientras Valencia florida
se bebe el guadalaviar!

Valencia de finas torres
y suaves noches, Valencia,
¿estaré contigo,
cuando mirarte no pueda,
donde crece la arena del campo
y se aleja la mar de de violeta!

MIAJA.

Tu nombre, capitán, es para escrito en la hoja de una espada que brille al sol, para rezado a solas, en la oración de un alma, sin más palabras, como se escribe César, o se reza España.

¡Madrid, Madrid!

¡Madrid!, ¡Madrid! ¡Qué bien tu nombre suena, rompeolas de todas las Españas! La tierra se desgarra, el cielo truena, tú sonríes con plomo en las entrañas.

ALERTA

Himno para las juventudes deportivas y militares

Día es de alerta, día de plena vigilancia en plena guerra todo día del año, ¡Ay del dormido, del que cierra los ojos, del que ciega! No basta despertar cuando amanece: hay que mirar al horizonta, ¡Alerta!

Los que bañáis los cuerpos juveniles en las aguas más frías de la alberca y el pecho dais desnudo al viento helado de la montaña, ¡Alerta! Alerta, deportistas y guerreros, hoy es el día de la España vuestra. Fortaleced los brazos, Agilizad las piernas, los músculos despierten al combate, cuando la sangre roja grite: ¡Alerta!

Alerta. el cuerpo vigoroso es santo, sagrado el juego cuando el arma vela y aprende el golpe recio al pecho de la infamia. ¡Alerta, Alerta! Alerta amigos, porque el tiempo es malo, el cielo se ennegrece. el mar se encrespa; alerta el gobernalle, al remo y a la vela: patrón y marineros, todos de pie en la nave. ¡Alerta, Alerta!

En las encrucijadas del camino crueles enemigos nos acechan: dentro de casa la traición se esconde, fuera de casa la codicia espera. Vendida fue la puerta de los mares, y las ondas del viento entre sierras, y el suelo quez se labra, y la arena del campo en que se juega, y la roca en que yace el hierro duro: solo la tierra en que se nuere es nuestra. Alerta al sol, que nace, y al rojo parto de la madre vieja. Con el arco tendido hacia el mañana hay que velar. ¡Alerta, alerta, alerta!

Rocafort, 1937.

COPLAS

Papagayo verde,
lorito real,
di tú lo que sabes
al sol que se va.

Tengo un olvido, Guiomar,
todo erizado de espinas,
hoja de nopal.

Cuando truena el cielo
(¡qué bonito está
para la blasfemia!)
y hay humo en el mar…

En los yermos altos
veo unos chopos de frío
y un camino blanco.

En aquella piedra…
(¡tierras de la luna!)
¿nadie lo recuerda?

Azotan el limonar
las ráfagas de febrero.
No duermo por no soñar.

Sobre la maleza,
las brujas de Macbeth
danzan en corro y gritan:
¡tú serás rey!
(»thou shalt be king, all hail»!)

Y en el ancho llano:
”Me quitarán la ventura
—dice el viejo hidalgo—,
me quitarán la ventura,
no el corazón esforzado.”

Con el sol que luce
más allá del tiempo
(¿quién ve la corona
de Macbeth sangriento?)
los encantadores
del buen caballero
bruñen los mohosos
harapos de hierro.

VOZ DE ESPAÑA.

¡Oh Rusia, noble Rusia, santa Rusia, cien veces noble y santa desde que roto el báculo y el cetro, empuñas el martillo y la guadaña, en este promontorio de Occidente, por estas tierras altas erizadas de sierras, vastas liras de piedra y sol, por sus llanuras pardas y por sus campos verdes, sus ríos hondos, sus marinas claras, bajo la negra encina y el áureo limonero, junto al clavel y la retama, de monte a monte y rio a rio ¿oyes la voz de España? Mientras la guerra truena de mar a mar, ella te grita: ¡Hermana!

ESTOS DÍAS AZULES, ESTE SOL DE LA INFANCIA

Atasco cerca de Francia.
A pie, subiendo Balitres, una vez fuera de Port Bou

         “Una muchedumbre enloquecida atascó las carreteras y los caminos, se desparramó por los atajos, en busca de la frontera. Paisanos y soldados, mujeres y viejos, funcionarios, jefes y oficiales, diputados y personas particulares, en toda suerte de vehículos, camiones, coches ligeros, carritos tirados por mulas, portando los ajuares más humildes, y hasta piezas de artillería motorizadas, cortaban una inmensa masa a pie, agolpándose todos contra la cadena fronteriza. El tapón humano se alargaba quince kilómetros por la carretera. Desesperación de no poder pasar, pánico, saqueos, y un temporal deshecho. Algunas mujeres malparieron en las cunetas. Algunos niños perecieron de frio. Se tardó dos o tres días en restablecer la circulación. Las gentes quedaron acampadas al raso, y sin comer, en espera de que Francia abriera la puerta. Dejaban pasar a muy pocos. Aún no había llegado a la raya el alud de los combatientes”. Este relato es de Manuel Azaña.

Nieve, barro, huelo, lluvia.

         En nuestra historia, la de Antonio Machado, su madre, su hermano y su cuñada, en ese 27 de enero del 39,  llovía con intensidad y la ya pequeña distancia hasta la frontera se hacia penosa. Se avanzaba por el fango y en la oscuridad. Muchos tropezaban continuamente o caían en su camino. Agotados por el cansancio, el hambre y el frío apenas avanzaban, Ana, la madre del poeta daba muestras de creciente desvarío. Se detuvieron, el grupo en el que iban, a escasos metros de la ”cadena” y algunos se dirigieron al puesto fronterizo para informarse de las posibilidades de entrar en Francia. Los gendarmes sabían de este grupo y de sus nombres y les permitían pasar, pero como había otros grupos a la espera decidieron aguardar a que se hiciera totalmente de noche para no generar sensación de agravio.

         Xirau nos  cuenta que bajo una lluvia helada la madre de Antonio Machado, con 88 años, tenía el pelo calado de agua, y que se la veía como una belleza trágica. Llegaron a la frontera en medio de un torrente de soldados heridos, de mujeres que arrastraban con amor y angustia a sus chiquillos, de seres despavoridos que poseían aún aire para respirar.

Milicianos caminando hacia la frontera.

                  Walter Frank relata «que muchos de los fugitivos que rodeaban a Machado eran soldados heridos; sus vendajes se diluían bajo la lluvia, se veía el esqueleto al desnudo, la carne enferma tocando las ropas. Había niños en los brazos de sus madres; había ancianas entre ellas la madre de Machado que no había querido abandonar a su hijo. El poeta casi inválido caminaba en el seno del cuerpo doloroso de su pueblo sostenido por su madre».

LLegando a la frontera

                  Corpus Barga  contó , años mas tarde a Serrano Plaja, que al cruzar la frontera se encontró a la familia Machado en lamentable estado y sin ningún dinero para hacer frente a la situación .

Antonio Campoamor González  nos escribe en su libro sobre estos acontecimientos que al alcanzar la frontera, dos soldados senegaleses, de blancos dientes, fez rojo y cara negra, levantaron la cadena que impedía el acceso y dieron paso a tierra francesa a Machado, a los suyos y a varios de sus acompañantes. A muchos de los demás les fueron llamando nominalmente. El poeta no llevaba documentos ni dinero: solo diez pesetas. El grupo se acercó entonces a la caseta donde se encontraba el comisario  de Policía francés dirigiendo las operaciones para encauzar  el rio humano de españoles que querían alcanzar tierra francesa.

Junto a la «cadena» de hierro de la frontera.

         Corpus Barga (en carta publicada en la Estafeta Literaria  , núm. 343, Madrid 7 de mayo de 1966, pag. 40) nos cuenta que habló con el comisario de la frontera. Le dijo quién era Machado y el estado en el que se encontraba y le pidió que lo recibiera, con su madre, en el despacho. Así lo hizo el funcionario, ordenando a continuación que les dieran un poco de queso y pan blanco para aplacar el hambre.

Frio, cansancio y lluvia.
fueron pasando poco a poco.

Les esperaba aún una larga caminata hasta llegar a Cerbere, seguía llovíendo desapaciblemente y era ya de noche. Se explicó al comisario francés que se acercarían a buscar un automóvil u otro carruaje cualquiera para trasladarlos al pueblo. El comisario ofreció entonces su vehículo, pero estaba tan cargado de bultos que solo había sitio en el asiento delantero. Machado se sentó como pudo y sentó a su madre en sus rodillas. Juntos esperaron a su hermano José y a su mujer, primero en  un café del pueblo saliendo al poco tiempo hacia la estación  de Cerbere, en cuya cantina buscaron refugio y esperaron a que llegaran José y Matea.

Los mozos del establecimiento solo servían a quienes tenían dinero francés para pagar. Algunos españoies les invitaron a un café que estaba mas o menos caliente.

Algo para comer. Pan y queso.
¿En Francia?

         Cuenta José Machado que en los andenes, los gendarmes “formaban levas para los campos de concentración separando a hijos y de padres, y a las mujeres de los maridos”. “Fue un verdadero milagro que escapásemos de las garras de aquellos esbirros.

Refugiados en la estación de Cerbere

         No había en Cerbere ningún alojamiento libre, ni sitio en las casetas de los gendarmes. Parece que Xirau logró la promesa del Jefe de estación de que cuando pasaran unas horas y cesara el movimiento ferroviario, se dejaría al poeta y a su madre pasar el resto de la noche en un vagón arrumbado en una vía muerta cercana.  Y así sucedió: Machado y su madre durmieron esa noche en la estación de Cerbere, en un vagón de ferrocarril abandonado en vía muerta. No había otra alternativa.                                    

         Y así pasó Antonio Machado y su madre la primera noche en el exilio. José y su mujer aguantaron la noche con muchos amigos entre el vagón y la cantina.