Apuntes sobre MANUEL y ANTONIO MACHADO. De 1932 a 1939.

ANTONIO Y MANUEL MACHADO

         En septiembre de 1932 Antonio Machado es designado titular de la Cátedra de Lengua Francesa del Instituto Calderón de la Barca en sus instalaciónes de la calle Areneros (hoy Alberto Aguilera) que hacía pocos meses habían sido incautadas a los jesuitas. Estas habían sido las ubicadas en el magnífico edificio del anterior Instituto Católico de las Artes y las Industrias que los jesuitas tuvieron en él. Hoy en día, 2020 es posible visitar el aula en las que dio clases de francés nuestro poeta,

«ARENEROS». INSTITUTO CALDERON DE LA BARCA AL QUE FUE DESTINADO ANTONIO MACHADO

         Manuel Machado vivía en la calle Churruca número 15, principal derecha, vivienda cercana al Museo y a la Biblioteca Municipal del Ayuntamiento de Madrid, donde trabajaba como funcionario desde 1919, llegando posteriormente a Director del centro.

         Manuel y Antonio Machado se reunían casi todos los días de aquellos años en los que Antonio vivió en Madrid, posteriores a su regreso de su destino en Segovia en el que había permanecido desde 1919 a 1932. Normalmente eran por la tarde, aunque ocasionalmente también se encontraran algunas mañanas, especialmente los domingos o días festivos.  En los años anteriores éstas reuniones las tenían ambos hermanos en aquellos días en los que Antonio o bien estaba de vacaciones en la capital o bien regresaba a Madrid desde sus destinos en Soria, Baeza o Segovia; en estas últimas ocasiones solían coincidir con sábados y domingos, o días festivos o no lectivos. Realmente Antonio Machado siempre procuraba estar en Madrid si su trabajo le permitía desplazarse, en sus siempre presentes vagones de madera de tercera.

         Básicamente utilizaban los locales, de bares o cafeterías, en los que tenían sus conocidas tertulias, pero también en otros sitios en los que se encontraban más tranquilos al frecuentarlos solo ellos y alguno de sus hermanos.  Entre los primeros, donde se reunían por las tardes, merece mención especial el Café Varela, en la calle de Preciados. A horas menos habituales, mañanas o primeras horas de la tarde, era fácil encontrarlos en el Café Comercial de la glorieta de Bilbao, muy cercano a la calle Churruca, o en La Criolla, al lado del Museo Municipal en la calle Fuencarral.

CAFE VARELA EN LA CALLE PRECIADOS
CAFE COMERCIAL EN LA GLORIETA DE BILBAO

         Tenían otros cafés y otros horarios de los que apenas dan noticias y que utilizan para sus trabajos y colaboraciones teatrales. 

         Además siempre había, en el caso de Antonio, un café próximo a su casa donde desayunar antes de acudir al trabajo.  Salía de su casa en la calle General Arrando número 4, y en la contigua Santa Engracia solía entrar en algún café, donde si no tenía clase ese día, permanecía un buen rato escribiendo o sumido en sus pensamientos. Si tenía clase en el Instituto Calderón de la Barca bajaba caminando por la calle Luchana hasta la Glorieta de Bilbao, para desde ésta seguir por la calle Areneros / Alberto Aguilera hasta que legando a la Calle (ahora llamada) Blasco de Garay llegara a su destino, que estaba en la acera contraria.

CASA DE ANTONIO MACHADO EN LA CALLE GENERAL ARRANDO
CASA DE MANUEL MACHADO EN LA CALLE CHURRUCA 15

         En este recorrido pasaba por delante de un edificio situado en la citada calle Luchana esquina con la calle Covarrubias. En este inmueble, en una vivienda situada en un semisótano vivía una tía lejana de la familia Machado, por parte del apellido Álvarez. Era la tía Asunción Álvarez Guerra, muy mayor, que vivía sola y a la que Antonio Machado, y también el resto de sus hermanos, procuraban tener siempre presente y controlada. Mi madre, Leonor Machado Martínez, hija del hermano menor de Antonio y Manuel, Francisco, recordaba y me contaba que cuando con sus padres y hermanas iban a la casa de Antonio, en General Arrando,  él solía recordar y sugerir a su madre y a sus cuñadas que acudieran a visitar a la tía Asunción. Mi madre recordaba varias de aquellas visitas, en las que escuchaban a la tía Asunción contar historias de su juventud y adolescencia en tierras americanas, especialmente en Cuba y Puerto Rico.

         ¿Quién era esta tía llamada Asunción Álvarez Guerra?.  Poco sabemos salvo lo que  mi madre, Leonor. Machado, me contó y las deducciones e investigaciones que estas informaciones sugirieron y sugieren.

         Uno de los bisabuelos de Antonio Machado, de los hermanos Machado Ruíz, fue el extremeño, de Zafra, José Álvarez Guerra (en otro artículo o trabajo intentaremos apuntar una biografía de este abogado, político, militar, escritor y filósofo). Un hermano de José, el mayor de ellos, fue Juan Álvarez Guerra, también abogado, que desempeñó el cargo de Ministro de Gobernación en 1814, hasta que regresó Fernando VII, y que dejó de serlo con ocasión del golpe absolutista que impuso este monarca tras el conocido Manifiesto de los Persas, siendo detenido y condenado a 8 años de prisión junto a otros conocidos políticos liberales como Arguelles, Martínez de la Rosa, Quintana y otros. Años más tarde, a la muerte del “deseado”, fue nombrado Ministro de Agricultura. Fallecido en 1845 su mujer y sus cinco hijos decidieron irse a vivir, primero a Cuba y luego a Puerto Rico.

JUAN ÁLVAREZ GUERRA, tio abuelo de Manuel y Antonio Machado, fue en dos ocasiones ministro, primero de Interior y después de Agricultura.

         Casi con seguridad Asunción Álvarez Guerra fuera hija de uno de aquellos hijos que con su madre partieron para las islas del Caribe.  Por las causa que fuera, ésta mujer regresó a España y contactó con los familiares que aquí vivían, como los bisnietos del hermano de su abuelo Juan.

         ¿Puede ser normal este reencuentro familiar, ya distante en el tiempo y en el vínculo? ¿Había una causa especial que propiciara y motivara una frecuente relación?. Probablemente, y aunque no tenemos pruebas ni documentos que lo atestigüen, pensamos que tal vez cuando el padre de los hermanos Machado, Antonio Machado y Álvarez, fue en busca de mejor fortuna y trabajo a Puerto Rico en 1883, fue recibido por esta familia Álvarez Guerra que allí vivía, y que ésta le cuidó en la grave enfermedad con la que se encontró en aquellas tierras hasta que consiguió regresar a España en compañía de un hermano, marino, de su madre Ana Ruíz.  Esta posible atención en aquellas tierras pudiera ser una de las causas que nunca olvidara Ana Ruiz ni sus hijos, y menos al saber de la venida a España de Asunción Álvarez Guerra, a la que sin duda debió de conocer en aquellas tierras americanas el padre de los Machado Ruíz.

         Me contaba mi madre que cuando en noviembre de 1936 los Machado iban a partir para Valencia, hubo sugerencia por parte de Antonio Machado de decir a esta buena mujer, que debía tener cerca de ochenta años, que si quería se fuera con ellos, pero que dijo Asunción que era ya muy mayor para iniciar viajes. Cuando regresaron a Madrid en 1939 Manuel Machado y mi abuelo Francisco, esta buena mujer ya no vivía.

         Diremos que en aquellas fechas de 1936 vivía con mis abuelos, Francisco y Mercedes, una tía de mi abuela de nombre Carmen. Esta mujer, de la que me cuentan que era todo bondad y agradecimiento sí dejó Madrid con la familia Machado hacia Valencia, luego Rocafort para llegar en el 1938 a Barcelona. En este año falleció la “tía Carmen” en el Hotel España, junto a las Ramblas, hotel en el que estaba alojada toda la familia de Francisco Machado.

         En estos años Manuel y Antonio estuvieron dedicados, en cuanto a trabajos literarios, fundamentalmente a las obras dramáticas y a los trabajos y artículos para revistas y prensa. El teatro tendrá en su momento y por nuestra parte su trabajo específico.

         Ahora comentaremos que a lo largo de la primera mitad de 1936 una gran parte del tiempo de las tertulias se dedicaba a las noticias de índole política, a los sucesos que iban creando alarma social y a los rumores de posibles asonadas. El ambiente se iba tensando y los españoles comenzaban a tener sus confidencias y  comentarios entre los que creían pensaban de forma similar. La discreción y la prudencia se iba instalando en la sociedad, mientras el calor del estío se acercaba.

         Llegaron los días de asueto que en el verano una parte no amplia de la sociedad disfrutaba, y el domingo día 12 de julio de ese año de 1936 se reunió toda la familia Machado en la casa de Manuel. No eran frecuentes en aquellos tiempos las comidas familiares, pero aquel día sí se reunieron. El motivo, siempre hay que encontrar un motivo, era el inicio de las vacaciones de Manuel y Eulalia.  Como en los años anteriores el día 15 de julio el matrimonio iba a iniciar sus vacaciones por el norte de España, pero comenzarían su periplo por la ciudad de Burgos en la que paraban para felicitar el 16 de julio el santo a la única hermana de Eulalia, de nombre Carmen, que era monja en esa ciudad castellana.

         Durante la comida, además de los temas normales en estas celebraciones familiares, se habló de las situaciones tensas en la que España vivía en aquellas fechas que en opinión de Antonio no aconsejaban el iniciar viajes. Manuel compartía esta opinión, igual que sus otros hermanos allí reunidos, pero Eulalia, que tenia como muy importante para ella el ver el 16 de julio a su hermana Carmen, insistió en que no había motivos suficientes como para aplazar el viaje ya organizado. Se Insistió en que la prudencia era aconsejable en aquellos días ya que los rumores y las informaciones que se tenían eran preocupantes, pero acabó imponiéndose el criterio de la mujer de Manuel.

         Es posible que Antonio y Manuel se vieran el 13 y/o el 14 de julio en algunos de sus sitios de encuentro en Madrid, pero no tenemos constancia. 

         Sabemos que aquel 15 de julio salieron Manuel y Eulalia en tren con destino Burgos y que el 16 se reunieron con la cuñada y hermana Carmen en el Convento del Sagrado Corazón en el que profesaba.

         Pensaban pasar dos o tres días en Burgos, y por ello se habían instalado en una pensión que conocían de años anteriores y que se llamaba “Pensión Filomena”. Esta pensión era frecuentada por gentes del mundo taurino, y en esta ocasión coincidieron con el conocido torero Marcial Lalanda y dicen que también con Manuel Bienvenida, y del mundo teatral.

MARCIAL LALANDA
MANOLO BIENVENIDA

         El día 17 de aquel mes empezaron a oírse en las calles rumores de golpe de estado, pero fue en el atardecer cuando llegaron las primeras noticias, por emisoras de radio, del inició de éste “golpe de estado” desde las ciudades de Ceuta y Melilla, donde el movimiento de tropas ya era manifiesto y comprobado.

         La alarma en el matrimonio Machado fue incuestionable y decidieron regresar a Madrid en el primer tren que saliera con este destino en la mañana siguiente, día 18 de julio.

         Y así decidido fueron a primera hora de la mañana de aquel sábado a la estación de Burgos, pero ya fue tarde pues los viajes en tren estaban ya suspendidos por el ejercito que apoyaba el golpe de estado.

         De regreso a la pensión les dieron el alto y detuvieron a Manuel Machado, que fue conducido a una comisaría.  Su mujer, Eulalia, se dirigió rápidamente al convento donde estaba su hermana para pedir ayuda, y afortunadamente entre ésta y la Superiora del convento consiguieron que dejaran en libertad, sin cargos, a Manuel Machado.

         Regresaron a la pensión, preocupados por la situación que se estaba gestando. Las noticias que llegaban de las ciudades del norte de África eran ya incuestionables, de la misma forma que aquellas que indicaban que los movimientos militares en Sevilla aumentaban. Todas ellas creaban una notable situación de alarma y desasosiego.

         Silencio y discreción eran las pautas, y esperar que la situación se aclarara definitivamente, en un sentido o en otro.

         Se dice que en estos días finales de julio Manuel pudo hablar con Antonio por teléfono y tal vez por algún otro medio, pero ni hay constancia de ello ni se comentó en la familia esta posible realidad, ni en Madrid en aquellos días ni posteriormente, acabada la guerra civil.

         Si  sabemos que tanto en Madrid como en Burgos se sentía una gran preocupación por los familiares que estaban en la otra ciudad. Los inicios de los conflictos armados suelen ser los más peligrosos.

         En estas circunstancias a Manuel Machado le surge una entrevista con la periodista francesa Blanche Messis, de la revista Comoedia, a la que contestó “que se veía obligado a permanecer en Burgos y que esto podría durar, como duró la guerra carlista, siete años”.  Estas palabras, publicadas en Francia, fueron interpretadas por algunos como frías y pesimistas para  el iniciado Alzamiento Nacional, y así el 27 de septiembre el corresponsal en París del diario ABC de Sevilla Mariano Daranas escribe en dicho diario una crónica desde Paris titulada “El comentario de un lírico burócrata”, en la que vierte duras acusaciones para Manuel Machado: “La contrarevolución – la revolución nacionalista – observada en su propia cuna, no ha suscitado entusiasmo, complacencia ni aprobación en este funcionario y periodista del Frente Popular. A la hora en que toda España vibraba y crujía bajo un huracán de sangre y de fuego, Machado disertaba en la ciudad del Cid sobre el teatro español y la poesía francesa, no sin cierta egolatría. Por una vez, el eminente lírico y afortunado burócrata ha perdido de vista las nóminas del Municipio y el Estado”.  El 29 de septiembre Manuel Machado fue detenido en Burgos por la policía, siendo puesto en libertad el uno de octubre. (Parece ser que José María Pemán y el alcalde de la ciudad intervinieron en su favor para obtener su libertad). Manuel Machado ya había sido detenido en la estación de Burgos, al intentar regresar a Madrid, el 18 de julio del 36.

EUGENKO D’ORS

         Sabemos, básicamente por recuerdos familiares sobre aquellos días y hechos, que desde aquel 27 de septiembre en el que es cuestionado por Mariano Daranas desde el ABC de  Sevilla, Manuel Machado no cesa de defender su honor mediante cartas a Abc de Sevilla, y publicaciones en la prensa local, manifestando posturas de conveniencia referentes a la “nueva España”. Evidenteme3nte era consciente de la peligrosa situación en la que se encontraba como consecuencia del artículo de citado Daranas.

JOSÉ MARÍA PEMÁN

         Manuel Machado había sido durante años crítico teatral en varios diarios y publicaciones, con gran éxito, y el citado Mariano Daranas intentaba, con escaso éxito, ser su opositor en estos menesteres de crítica teatral. Parece que tenía una cierta inquina a Manuel Machado, pero, evidentemente, estaba bien situado en la “nueva España”.

         El 1 de octubre Manuel Machado es puesto en libertad en virtud de Orden del Excmo, Sr, General de esta División, con las firmas del director y subdirector del Cuerpo de Prisiones, que concluyen el expediente con la orden de poner en libertad al detenido. 

         Se comentó que esta pronta liberación se debió a gestiones de José María Pemán y de Eugenio D’Ors, que salieron garantes de su conocido y amigo Manuel Machado.

         Nos contaron medios familiares que Pemán y D’Ors fueron a recogerlo a su salida de la cárcel y que le dijeron que tenía que ser “amable” con las nuevas autoridades, pues se jugaba la vida, y que era recomendable que les acompañara a darse de alta en los medios de prensa y propaganda de la “nueva España”. Y así se tuvo que hacer y aceptar. Manuel Machado, por supervivencia, sabía que tenía que seguir las indicaciones de José María Pemán y de Eugenio D’Ors.

         Durante los meses siguientes Manuel sufría en Burgos y vivía recluido en la pensión “Filo”, como la llamaban,  con buenos amigos pero con gran discreción pues eran conscientes que había un huésped policía vigilando sus palabras y movimientos.  Le sugerían que escribiera panegíricos a Franco, al nuevo Estado y a otros personajes de esta nueva España. No era de su agrado, pero no quedaba más remedio, pues o era encarcelado y posiblemente condenado a muerte o se comía el orgullo y sus ideas y seguía viviendo. Eligió la segunda opción.

         Se empleó como corrector de pruebas en El Castellano, periódico de un tradicionalismo vehemente, y se fue convirtiendo, a su pesar, junto a José María Pemán en el poeta apologista de los sublevados.

         De estos meses se le atribuyen sonetos elogiosos a Franco, que se difunden, en clara propaganda del nuevo Estado, con intensidad. ¿fueron escritos total o parcialmente por Manuel Machado?, o simplemente ¿se los dieron para que estampara su firma?, o ni eso, se publicaban como si fueran suyos aunque fueran escritos por otro.

         Es seguro que estos escritos llegaran a oídos de Antonio y es posible que éste dirigiera a su hermano alguno de sus versos publicados en Hora de España, “Mi Sevilla infantil ¡tan sevillana! / ¡cual muerde el tiempo tu memoria en vano! / ¡Tan nuestra! Aviva tu recuerdo, hermano. / No sabemos de quién va a ser mañana”-

         Son claros mensajes a la conciencia, al pasado y a la memoria de su hermano Manuel.  Aunque hay que recordar que con frecuencia la madre de ambos, “mama Ana”, como la llamaban, preguntaba con profunda preocupación a Antonio por su hermano Manuel, y Antonio la respondía que no se preocupara, que Manuel sabía como protegerse y evitar los problemas más duros y acuciantes.

         Manuel, en Burgos, conocedor de su alambicada situación y de sus conocidos antecedentes, comenzó pronto a reunirse y frecuentar círculos conservadores de aquella ciudad castellana, con el ánimo de no levantar sospechas, y entabló buena amistad con el clérigo Bonifacio Zamora y con el periodista José María Zugazaga.

         Aunque casi nada le unía ni a Bonifacio Zamora ni a José María Zugazaga, mantuvo con ambos una larga amistad, hasta su muerte en el año de 1947. Sabía que eran una especie de seguro de vida, para él y para su mujer, aunque para ésta resultaba más fácil el sentirse segura dadas sus profundas creencias católicas.

Texto recogido taquigráficamentre por el redactor de «El Castellano» José Mar-ia Zugazaga

         Ambos “amigos” ayudaron a Manuel en su aparente “aproximación a los valores del régimen nuevo franquista” y recomendaron a Manuel para que colaborara en la redacción del periódico conservador “El Castellano”.  Años más tarde Zugazaga contaría que fue Manuel Machado el que se ofreció a colaborar con el periódico y de forma gratuita, y que compaginó este trabajo con el de archivero en la Delegación de Hacienda de Burgos.

         No obstante estas amistades, el 5 de enero de 1938 con el apoyo de Pemán, le nombran Académico de la Lengua Española y el 18 de febrero pronuncia su discurso de ingreso en el Palacio de San Telmo de San Sebastián, que titula “Semipoesía y posibilidad”.

         En relación al discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua Española, titulado “Semipoesía y posibilidad” hay que decir que si hablaba de “su semipoesia” era por que consideraba que su poesía no alcanzaba la talla o nivel de la de su hermano Antonio, “posibilidad” porque consideraba que su vida no era un ejercicio pleno sino un ejercicio de supervivencia. Así dice en su discurso: “Yo no llamo a mis versos sino semipoesía, y a mis realidades, que obedecen a la ley de vida de los simples mortales (que es vivir como se pueda), no oso llamar otra cosa que posibilidad”.

Discurso de Manuel Machado para su ingreso en la Real Academia de la Lengua Española.

         Realmente estaba negando su identificación, con este discurso, al nuevo régimen franquista, pero con la mínima necesaria forma, discretamente, pasando levemente por encima.

Poemario escrito por Manuel Machado y José María Pemán

         No olvidemos que en junio de 1931 Manuel Machado compuso un borrador de Himno para la Segunda República, con música de Oscar Esplá, que se presentó en el Ateneo de Madrid bajo la presidencia de Manuel Azaña, y que no llegó a ser el oficial por estimarse que era preferible seguir con el conocido “himno de Riego”.

Foto de Azaña, Ramón Franco y un grupo de ateneístas asistentes al concierto de la banda de alabarderos en el Ateneo. En el grupo Manuel Machado y Oscar Espla. Letra y música del himno que se presenta para ser el de la II República Española.

         Su hermano Antonio conocía bien a su hermano, y dentro de las lógicas incertidumbres de aquellos años de guerra estaba relativamente tranquilo y con la idea clara que debía evitar todo comentario sobre Manuel, pues podía ser fácil que fuera aprovechado en contra del hermano. Seguro que Manuel pensaba igual y por eso también fueron escasas sus referencias a su hermano Antonio durante aquellos años.

         En este sentido el poeta Luis Felipe Vivanco señaló, en años posteriores, que en su opinión Manuel Machado se encontró con la necesidad de “no oponerse” al “Glorioso Movimiento Nacional” ya que esto habría constituido un acto temerario y absurdo, temerario pues se hubiera jugado la vida y absurdo por ser Manuel Machado, en el fondo, una persona escéptica y, en buena medida, un indiferente que sabía plegarse  al viento dominante, como dice en su poema Adelfos: “ que las olas me traigan y las olas me lleven, y que jamás me obliguen el camino a elegir “. En este sentido es importante la lectura completa de este poema de Manuel, en el que expone una forma de pensar y entender la vida

LUIS FELIPE VIVANCO

         En 1997 Andrés Trapiello sostuvo que el poema  “Voyou” (que significa en francés granuja , chulo) contenía una clara alusión despectiva hacia el dictador, pues bastaba en sustituir Blanco por Franco para descubrir la verdadera opinión del poeta sobre el general: “Su mirada / no es una espada, pues / se oculta.  Brilla, dura y cobarde, despiadada— / Ahí está … Blanco… /  Lo peor de todo es que sonría”.  Rafael Alarcón Sierra refuta esta tesis de Trapiello argumentando que este poema se publicó por primera vez en 1929.  (¿tal vez fuera dirigido entonces a otro general?). En cualquier caso decimos que el verso fue incluido en “Cadencias de cadencias” publicado en 1943, y pensamos que si incluyó este verso en este poemario de 1943 ¿no lo querría aplicar en esas fechas al general Franco, de forma, nuevamente discreta y sin grave compromiso y con una explicación fácil?.

       El día 2 de abril de 1946, en la página tercera del ABC, le publican a Manuel Machado un breve artículo titulado “EL QUINTO NO MATAR”. Sorprende que fuera publicado, sorprende que la censura no aplicara sus habituales cortes y modificaciones, es más, en este caso sorprende que las tijeras censoras no hicieran trizas todo el artículo. Pero, afortunadamente, se publicó, y Manuel Machado dejó una prueba más de su auténtica forma de pensar, esa que le tergiversaban modificando sus artículos o incluyendo en ellos frases o alabanzas ajenas, frases que luego tachaba, o restauraba a su redacción original, con su puño y letra, en los recortes de prensa que de dichos artículos en su casa guardaba. En este caso, en el recorte de este artículo no hay tachaduras ni correcciones, solo escribió, en el lado izquierdo del papel en el que esta pegado,  ABC 2 de abril 1946.

       Sobre este artículo se dice, incluso, que fue un velado pero claro comentario crítico de los fusilamientos de Cristino García y otros nueve maquis del partido comunista el 21 de febrero de ese mismo año. Tal vez, pero el alcance era mayor, era de profundo calado.

       ¡Duros momentos para el que estando en esos años en España solo tenía, además de 65/70 años, una pluma para vivir!. Y hay que convenir que el enviar para su publicación el artículo que luego transcribiremos, fue una muestra de valor, de osadía frente al poder, de notable oposición y crítica.

ABC DEL DÍA 2 DE ABRIL DE 1946 EN EL QUE PUBLICA EL ARTÍCULO DE MANUEL MACHADO : » EL QUINTO NO MATAR»

Resulta curioso que en la misma página del ABC, y precediendo en orden al de Manuel Machado, figura un artículo firmado por Mariano Daranas, titulado “Mi amigo Don Armando”, que dice: “….. evoco, no una fundación intelectual, sino cierta rebotíca sediciosa, lugar de cita y acción de pedantes, resentidos y logreros. El Ateneo de Madrid o un cuarto de siglo – ya entrado el que ahora abomba el pecho sin desarrugar el ceño – de bajezas, apostasías, sectarismos y negaciones. La historia de este bufo y funesto inmueble de la Decadencia, esta por escribir.”

       Mariano Daranas, el mismo Mariano Daranas que el 27 de septiembre de 1936 escribió en el ABC  una crónica desde Paris titulada “El comentario de un lírico burócrata”, en la que virtió duras acusaciones para Manuel Machado. Como ya hemos escrito en este trabajo el 29 de septiembre Manuel Machado fue detenido en Burgos por la policía.

El artículo “EL QUINTO NO MATAR” dice así:

Se puede morir por una idea.

No se puede matar por una idea.

Idea que empieza por matar no triunfa. Nunca.

… No se trata aquí de un humanitarismo cuáquero ni de otro tipo cualquiera de humanitarismos.

La Humanidad puede no interesarnos lo más mínimo …

A algunos puede, inclusive, repugnarles más o menos vagamente.

Pero ella es así. La realidad nos lo está diciendo a cada paso

El nazismo y el fascismo …. Cayeron vencidos.

Porque empezaron matando, drásticos y violentos.

No se debe matar:

a)   Porque el quinto Mandamiento lo prohibe.

b)   Porque no conviene.

A los que se acogen al finis coronat opus, el fin justifica los medios, hay que decirles que no; que el bien no basta con hacerlo. Hay que saberlo hacer.

Si la más elemental inteligencia no penetrara esta verdad, ahí está la experiencia para demostrarlo cada día.

Los pueblos no estiman, ni mucho menos agradecen, los desvelos que “por su bien” pueden tomarse si ese bien se les quiere imponer de un modo violento, agrio, tiránico.

Esa resistencia al “favor impuesto” es universalmente humana …

No. El bien hay que saberlo hacer.

No basta ser generoso. Hay que buscar el modo de que nuestras mismas dádivas no ofendan ni depriman …. “Da y parece que ha pedido”, se dice en una comedia de Alarcón

a propósito de la liberalidad de cierto personaje. La frase es maestra. Y bellísimamente exacta y expresiva … “Da y parece que ha pedido”. No alardea del regalo hecho. Antes

perece pedir perdón por favorecer y absequiar.

… Y en cuanto a los que proclaman la necesidad de destruir y de aniquilar al enemigo vencido …., bastará recordarles que esa tendencia homicida y feroz revela en el vencedor más

desconfianza, más miedo que fuerza, y, en último caso, falta de seguridad en el triunfo.

El poeta ha dicho:

Del primero

que sabe perdonar es la victoria.

Y el buen poeta tiene razón. Porque, entre otras cosas:

Siempre tiene razón un buen Poeta.

Manuel MACHADO

De la Real Academia Española.

         En cualquier caso pensamos que si Antonio Machado pasó toda la Guerra Civil, manteniendo, desde la zona republicana en la que se encontraba, su firme adhesión a la República, al pueblo, a su forma de entender la vida y a sus ideas progresistas, lo mismo pudo hacer Manuel en la zona en la que le tocó vivir si sus ideas y apoyos hubieran coincidido con las que mantenía la “nueva España”, y si no fue así, pues salvo algunos escritos o poemas de dudosa o auténtica autoría, nada demuestra una adhesión indubitativa al régimen impuesto por los sublevados, más bien acredita todo lo contrario, un rechazo que por subsistencia tuvo que acultar.

         “Mi voluntad se ha muerto una noche de luna / en que era muy hermoso no pensar ni querer… / Mi ideal es tenderme sin ilusión ninguna…”.  “¡Que la vida se tome la pena de matarme, / ya que yo no me tomo la pena de vivir!”.

         Mientras estas fueron las vivencias de Manuel en Burgos, las de Antonio en Madrid, Valencia, Rocafort, Barcelona y Collioure son diferentes y muy conocidas. Su apoyo a la República, sus manifestaciones, alocuciones y escritos, en verso y en prosa son muy conocidas y han sido analizadas y estudiadas por muchísimos estudiosos de su obra, por lo que no resulta ésta ocasión la adecuada para repetirlas y glosarlas. Sabía que su hermano Manuel hubiera actuado con la misma claridad y posición que él, pero no podía al estar en la “otra zona”, en la que su forma de pensar, si  manifestada, le hubiera costado la visita a una tapia y un disparo mortal.

         Ambos hermanos estaban pendientes de las escasas noticias que del otro les podían llegar por los medios de comunicación, pero apenas llegaban. Los contactos directos, teléfono o correo eran impensables, además de tremendamente peligrosos si se hubieran conseguido realizar, por lo que lo mejor era evitarlos.

         Y en esta distante localización sobre las tierras de España, una mañana, posiblemente el día 23 de febrero de 1939. Manuel Machado se entera de la muerte de su hermano Antonio.  Diversas son  las afirmaciones escritas sobre como le llegó esta noticia a Manuel Machado, se ha escrito que fue en una barbería de Burgos, que fue mediante la prensa o mediante la radio, que fue en la oficina de prensa de la capital burgalesa, que fueron amigos los que le comunicaron la noticia. Pudo ser por algún o de estos medios pues la realidad es que el 23 de febrero la noticia, aunque limitada y escasa en contenido, se había dado en alguna emisora de radio y la habían recogido en redacciones de algunos diarios, y de esto a circular en las calles, aunque todavía de forma incipiente, solo hay un paso.

                  Pero la realidad, aquella que se trasmitió en la familia, por así comentárselo, en su momento posible, Manuel y su mujer Eulalia, es que fue un cartero el que el día 23 de febrero le pregunta: “Don Manuel, ¿Vd tiene algún familiar que se llama Antonio Machado?. He oído que este señor ha fallecido en Francia”.

         Manuel casi no pudo contestarle y corrió a ver la prensa extranjera donde comprobó tan triste suceso. Decía Eulalia que en la vida lo había visto tan abatido: que eran unos hermanos que hubieran dado la vida el uno por el otro. Que como no sabe nada de la madre, después de varias gestiones y consegue el permiso necesario para desplazarse a Francia. Parece que no tuvo problemas importantes para ello gracias a su aparente sintonía con el nuevo sistema y a los apoyos y garantías ofrecidas por amigos y personas de reconocido prestigio en aquella zona franquista, arregla los pasaportes o/y salvoconductos y salen inmediatamente hacia Francia, para recoger a la madre y ver a su hermano José, que sabía estaba con Antonio, y tal vez a alguno más de sus otros hermanos.

         Salen de Burgos en automóvil, parece que de unos conocidos que lo ponen a su disposición. Sí que les acompañaba además de un conductor otro acompañante, ¿policía u otro conductor de relevo?. No tenemos certezas.

         No es seguro tampoco la fecha en la que inician el viaje, suponemos que debió ser a primeras horas del 25 de febrero o el 26. Cruzan la frontera con Francia por Hendaya y allí consiguen la confirmación de que Antonio había fallecido en Collioure y que en este pueblo había sido enterrado y no en París como habían pensado en principio por informaciones recibidas.

         Y salen, probablemente el 26 o el 27 hacia Collioure. Antes de partir habla Manuel con amigos que estaban en París y le comentan que también había fallecido su madre el día 25, es decir, el día anterior.  El golpe es tremendo.

         No esta claro, pues no hay información de ellos que se recuerde famiiarmente, ni ningún dato de otros que lo especifique, si desde Hendaya hasta Collioure fueron por carretera o si este desplazamiento lo fue en tren, probablemente via Burdeos y Touluse. Teniendo en cuenta lo complejo y el estado de la carretera que por encima de los pirineos discurría y las líneas férreas que existían en aquellas fechas, podemos pensar que el viaje de Hendaya a Collioure podía exigir dos días. Por ello si  iniciaron este trayecto, en coche (suponemos que alquilado) o en tren el 26 o el 27 de febrero, pudieron llegar a Collioure entre el 28 y el 29 de febrero. Nosotros, por otras datos que mas adelante se comentarán creemos que Manuel y Eulalia llegaron al pequeño pueblo costero de Collioure el día 28.

         Años mas tarde contaba Matea, ya en Madrid, que estando ella y José mirando desde una ventana del hotel Bougnol-Quintana, en silencio, ella exclamó: ¡Ahí llegan Manuel y Eulalia!.  José la contestó: “Dejate de alucinaciones”, no la creyó en aquel primer momento, pero a medida que se iban acercando, comprobó que, efectivamente, eran ellos.  El reencuentro de los dos hermanos  fue de infinita amargura.

         ¿Qué se dijeron y comentaron los hermanos? Mucho se ha especulado sobre ello, insinuándose incluso reproches y tensiones, pero tampoco hay nada que avale esto, ni nada que pueda hacerlo pensar, más bien hay datos que indican todo lo contrario.

         Veamos, Manuel a su regreso a España se trajo en famoso bastón de su hermano Antonio, que durante ochenta años se conservó en la familia hasta que se cedió a la Fundación Unicaja para que lo acompañara en sus actuales exposiciones sobre los hermanos Machado, como así ha sido.

         Por documentos y cartas que se conservan en la familia Machado y por comentarios posteriores de los hermanos y sus esposas, Manuel se ofreció a facilitar el regreso a España de su hermano José, tanto con soluciones políticas como económicas.  Y así parece que lo acordaron, aunque el que las hijas de José y Matea estuvieran en Moscú complicaba algo las cosas.

         Si pasados algunos meses tuvieron que desistir, al menos José, del regreso a España fue por estar precisamente las hijas en Rusia y ser problemática la repatriación de éstas a España, y por las cada vez más intransigentes y no estables posiciones que se daban en la nueva España con los exilados. Así se lo hacían ver, además amigos que como ellos estaban en Francia, como Santullano o Giner Pantoja.

         Pero sabemos que Manuel estaba dispuesto a “moverse” lo necesario para conseguir el regreso de sus hermanos, y en este caso de José. Hay cartas de Manuel a José facilitándole nombres y direcciones en París, de amigos a los que recurrir para solicitarles dinero en nombre de Manuel.

         Hagamos números. Sabemos que  llegaron Antonio y José, la  madre de ambos y Matea a Collioure sin ningún  dinero en francos, el que tenían en pesetas eran billetes republicanos que no tenían ya ningún valor ni nadie los quería.  Es decir, cero francos de partida. Recibieron de la Embajada de España 2.000 francos el 2 de febrero del 39 y 4.200 francos, de la misma procedencia el 10 de ese mismo mes. Nada Mas, es decir sus ingresos fueron de 6.200 francos, al menos hasta que salieron de Collioure el 2 de abril de ese año.

         Sabemos por la factura que pagaron ese día 2 de abril al Hotel Bougnol-Quintana, fue de  50 francos por día, en pensión completa,  siendo 34 los días facturados, del 28 de febrero al 2 de abril. Resultando un importe total de 1.700 francos.

         Si suponemos que el precio fue el mismo desde el 28 de enero al 28 de febrero, y siendo cuatro personas subiría el coste de cada día a 100 francos, que por 28 días serían 2.800 francos.

         Total entre las dos facturas del Hotel de Collioure el coste sería de 4.500 francos.

         ¿Con lo que les quedara llegaron a París y de esta ciudad a Meurville, para regresar a París y finalmente llegar a Burdeos.? No parece posible.

         ¿Pagó Manuel Machado toda o parte de la factura pendiente en el hotel Bougnol-Quintana a 28 de febrero?. Es posible que directamente o indirectamente, máxime si se estaba hablando de que regresara su hermano José y su mujer a España y que  mientras tanto tuvieran algo de dinero para vivir.

         Lo importante de estas consideraciones no es que Manuel les diera dinero o les pagara alguna factura, lo importante es saber que la finalidad era el facilitar su regreso a España apenas pudieran.  Y que ello significaba que entre los hermanos no había ninguna diferencia o tensión de índole ideológica ni de ningún tipo. En todo caso eran hermanos, queridos, y esto era suficiente.

         ¿Cuántos días estuvo Manuel y Eulalia en Collioure?  ¿Los dos, tres o cuatro días para los que tenían salvoconducto?.  No lo sabemos con  certeza, aunque nos sorprende que no supieran  que el lunes 4 de marzo se iba a celebrar un funeral en la Iglesia de Collioure por su hermano Antonio y que no se quedaran   hasta esa fecha para asistir al  mismo, teniendo además la presencia de la muy católica Eulalia y que el funeral se ampliaría a la madre.

         Nos complican nuestras indagaciones las escasas informaciones que tenemos de aquellos días y de la presencia en Collioure de Manuel y Eulalia, Sabemos por Eulalia y años más tarde por Matea, que Manuel pasó mucho tiempo en el mas absoluto silencia en el cementerio, ante el nicho en el que reposaba su hermano y la tierra o sepultura en la que estaba enterrada su madre.

         Y para colofón tenemos las declaraciones de Gaston Prat realizadas a Radio París en Collioure el 2 de noviembre 1975, ya que en éstas afirma que  tres o cuatro días después de la muerte de Ana Ruiz llegó a éste pueblo Manuel Machado con un salvoconducto para dos o tres días. Nos dice Gaston Prat que no solo tuvo la ocasión de conocerle si no la oportunidad de hablar con  él para finalmente acompañarle a la estación, suponemos que de Perpiñán, para ir a París, desde donde regresaría a España.

         Si estas manifestaciones de Gastón Prat son ciertas, y en principio no hay motivos para dudar de sus palabras, corroborarían la posibilidad de que Manuel Machado y su mujer Eulalia llegaran a Collioure en tren (tal vez desde Burdeos), después de haber dejado el coche en la frontera, en Hendaya. Es creible esta posibilidad, pues sería extraño que un automóvil de España, proveniente de la llamada Zona Franquista tuviera permiso para desplazarse libremente por Francia.

         Si es así lo que sucedió, ¿porque fue hasta París en vez de ir directamente a Burdeos desde Perpiñan?. ¿solo por cuestión de horarios y frecuencias de los trenes?, ¿por ser trenes y línea más rápìda? o además ¿por aprovechar y contactar con “alguien” o “algunos”?.

         Salvo nuevas fuentes, ahora no conocidas, o documentos que pudieran aparecer, no creemos que nunca podramos saber con total certeza estos posibles hechos.

         El caso es que Manuel y su mujer regresaron a Burgos. Que a primeros de agosto contactó con ellos mi abuelo Francisco Machado, que acompañado de su mujer y de sus dos hijas mayores, pretendía regresar a España desde Francia. Las gestiones de Manuel fueron válidas y todos ellos llegaron a Burgos, para desde esta ciudad regresar con Manuel y Eulalia a Madrid, a su casa en la calle Churruca 15.

Francisco Machado y sus tres hijas, Ana, Mercedes y Leonor a finales de los años 40 en Madrid.
Leonor Machado y su prima Eulalia en Madrid (Eulalia, hija mayor de José Machado)

         A primeros de septiembre regresó a España mi madre, Leonor Machado, hija de Francisco, que por aquellas circunstancias que frecuentemente se dieron en los días en que se cruzaba la frontera con destino Francia quedó separada de sus padres y hermanas, menos mal que en compañía de familia conocida. Curioso, finalmente el dinero que la dieron a mi madre para regresar vía Barcelona a Madrid, se lo facilitó en Monpellier la familia Hauser, la misma que meses mas tarde, en noviembre del 39, avalaron, junto a José Giner Pantoja, (sobrino de D. Francisco Giner de los Rios) a José Y Joaquín Machado y señoras para obtener la autorización de la Republica de Chile para entrar en ese país americano.

ANTONIO MACHADO. Artículo de María Teresa León, publicado en ESPAÑA DEMOCRÁTICA, Montevideo, el día 2 de octubre de 1940-

En esta publicación de 1940 de ESPAÑA DEMOCRÁTICA, Montevideo (Uruguay), revista de aparición semanal (todos los miércoles), se publica un entrañable artículo del diario de Maria Teresa León, mujer de Rafael Alberti, ambos amigos de Antonio Machado. En él se relatan breves recuerdos de sus últimos días en Madrid, de los primeros en el exilo francés y sobre un sentido pésame que recibieron de un diplomático amigo por la muerte de Antonio Machado.

MANUEL MACHADO. Un curioso manuscrito inédito: LA AUTOBIOGRAFÍA DE DON JOSÉ ÁLVAREZ GUERRA, publicado en la REVISTA de la BIBLIOTECA, ARCHIVO Y MUSEO, del Ayuntamiento de Madrid, de abril dde 1926, número 10, págs. 177 a 183.

Mi bisabuelo D. José Alvarez Guerra — el padre de mi abuela paterna —  fué un hombre modesto y sencillo; pero, en realidad, todo un hombre. Su vida participó por igual y en alto grado de la acción y de la reflexión. En el terreno de los sentimientos y en el de las ideas su actividad fué grande, extraordinaria. Es decir, que no vivió sólo para sí y para los suyos, sino para la Patria y para la Humanidad.

MANUEL MACHADO

José Álvarez Guerra

Como patriota, cuando la invasión francesa de 1808 vino a interrumpir sus estudios, no se contentó con dejar las letras por las armas y hacerse soldado como uno de tantos. En unión de sus dos hermanos, Andrés y Juan — el que luego fué con Mendizábal ministro de la Gobernación – fundó, equipó y mantuvo a su costa el batallón de Cazadores de Zafra. Fué un buen oficial de Estado Mayor durante toda la guerra de la Independencia, en la cual realizó verdaderas proezas como la cosa más natural del mundo.

Este brillante principio de una gloriosa carrera militar no le impidió, una vez terminada la guerra y completamente limpio de invasores el suelo de España, abandonar las armas para dedicarse de nuevo al estudio, alternado con la política durante los «mal llamados años» del 20 al 22, lo que le valió el consiguiente destierro. Vuelto a España para entregarse definitivamente a las especulaciones científicas e intelectuales, no se conforma con menos de crear iodo un sistema filosófico y moral orlginalisimo, y que por maravilla de adivinadora intuición contiene en germen la base de las teorías filosóficas alemanas desarrolladas luego por aquellos grandes pensadores. Titúlase la obra de Aivarez Guerra «La Unidad simbólica. Destino del hombre en la Tierra o Filosofia de la Razón, por un amigo del Hombre».

JOSÉ ÁLVAREZ GUERRA

De ella dice Menéndez y Pelayo en la pág. 107 del tomo III de su Historia de los Heterodoxos Españoles, que es una «muestra originalísima del talento audaz e inventivo que tenemos los españoles, abandonados… a nuestra propia espontaneidad racional para ponernos de un salto, sin libros, en propia conciencia, y como por adivinación y ciencia infusa al nivel de los más adelantados desvarios intelectuales de otras naciones y hasta de la propia Alemania.
La Unidad simbólica — sigue diciendo Pelayo — se imprimió en 1837, cuando apenas ningún español había oído el nombre de Kant y menos el de Flchte, el de Scheilíngni el de Hegel; cuando nadie sabía de filosofía alemana, ni de metafísica transcendental, ni de sistemas de identidad ni de racionalismos armónicos.»
Y, resumiendo el sentido de La Unidad simbólica, añade el insigne polígrafo en la página 109 de su citada obra:
«El sistema es, pues, una especie de armonismo krausista, y eso que Alvarez Guerra no tenía el menor barrunto de la existencia de un hombre llamado Krause».

Los ejemplares de La Unidad simbólica han devenido rarísimos. En vano he buscado en nuestra riquísima Biblioteca Nacional los tres primeros tomitos en 8.° de unas doscientas páginas cada mío que conoció Menéndez y Pelayo y que yo recuerdo haber visto, de niño, en casa de mis abuelos, admirablemente encuadernados por mano del propio autor y publicados los dos primeros en Madrid, imprenta de Calero, en 1837, y el tercero en Sevilla en 1857. De los varios opúsculos o folletos sobre el mismo tema que Alvarez Guerra continuó añadiendo a la obra hasta 1860 tampoco he podido hallar rastro. Solamente ha venido a parar en mi poder un cuaderno autógrafo de mi bisabuelo que en sus primeros folios, del 1 al 20, contiene el Libro noveno – manuscrito de La Unidad simbólicas, fechado en Sevilla a 28 de mayo de 1860. Y precisamente, a seguida de esos folios, en el mismo cuaderno hay otras nueve hojas que contienen las notas autobiográficas de Alvarez Guerra, cuya reproducción es el único objeto de este artículo, y que dicen así:

«Biografía del autor de “La Unidad simbólica”

«Concluida la obra, dada la demostración matemática de la verdad divino universal y divino humana, debo presentar algunos rasgos característicos de mi vida desde mi niñez, porque pueden ser para la observadora meditación un hilo conductor que descubra la causa o el por qué, de mi vida tan singular, que me haya arrojado a componer una obra de varios tomos contra la sanción, creencia y opinión de todo el mundo, sin exceptuar ni un solo individuo. Aunque en el tomo primero, y tanto en su prólogo, como en su fin, me explico en este sentido, también me he dejado la explicación de muchos y esenciales rasgos de mi vida que presentan este cuadro a su verdadera luz.

En mi niñez, desde que mi inteligencia puede tomar noción de sí misma, es decir, desde los cuatro a cinco años de edad, me ví poseedor de un sueño tan profundo a las horas de dormir, que era un imposible absoluto despertarme en el centro de mi sueño. Una noche me caí de mi catre (entonces no se gastaban esteras), di con las narices en los ladrillos, eché un lago de sangre y no desperté. Mi padre nos llamó a siete hermanos otra noche a la salita chica que estaba adornada con taburetes de baqueta de Moscovia, de brazos y grandes; yo el más pequeño puse los pies en la traviesa y me dormí en el sermón y me caí de cabeza. Al ruido del golpe mi padre se volvió y dijo a mi madre: Ana que se lleven ese niño a la cama. No desperté pero al día siguiente tuve un fuerte dolor del pescuezo, pues milagrosamente no me había desnucado.

Quando nos mandaban acostar nunca tenía tiempo de acabar de desnudarme y me dejaba caer en el cofre dormido, y mí madre al registro nocturno de los hijos; ya está José, decía, en el cofre y me desnudaba y acostaba. Ya se cansó una noche y quiso que se las pagase todas dando pellizcos de monja; pero fueron tales los codazos con que me •desquitaba dormido que tuvo a bien desnudarme todas las noches. Cuando ya aflojaba la intensidad de mi sueüo, bastaba decirme muy quedito ai oido, Pepe, y respondía en el mismo tono como si fiubiese estado completamente despierto; pero no despertaba al ruido de una tambora. Basta de sueño por ahora.

CASA FAMILIAR EN ZAFRA

Seguí mi vida sin novedad particular y mis estudios. Estudié Lógica, Física y Metafísica, en un convento de Franciscanos observantes, y determinaron mis padres pedir al Consejo dispensa del curso de filosofía moral que la concedió el Consejo; pero llega a la Secretaría de Salamanca cuando estaba aprobada en la misma Secretaría un curso falso de Filosofía fraguado a solicitud de un tío mío muy entrometido. Entonces el cancelario, muy amigo de mi tio, me llamó y dijo que no se me inquietaría; pero no podría ganar curso y por esto no compré libros •ni asistí a Cátedra. Y sin embargo conseguí cédula de haber ganado curso por empeños. A! año siguiente me matriculé en segundo año por lo mismo que el primero, sin libros ni asistencia y costó mucho trabajo obtener la cédula de curso; al fin de este año 1797, D. Francisco Cantero, Bibliotecario mayor de la Universidad, amigo de toda mí familia me dijo que estaba perdiendo mi carrera, que él reuniría al Claustro para rehabilitarme como pudiese lograrlo. Le rogué lo hiciese así, y él obtuvo que estudiase Filosofía moral al año siguiente y que se me pasasen los dos años de Leyes estudiados, y quedé hábil para pasar al tercero de Leyes después de la Filosofía moral. A pocos días de matriculado en tercero de Leyes, recibí una carta de mi hermano Juan el mayor, diciéndome, que si me graduaba a Claustro pleno en aquel año me iría con él a Madrid pues le hacia falta para la traducción del Diccionario de Agricultura del Abate Rozier. Mi compañero de posada Ladrón de Guevara se admiró de verme tan pensativo con la carta y me preguntó. Yo me levanté y dije lleno de entusiasmo: ya estoy graduado: me •creyó loco: no estoy graduado, repetí; pero lo estaré dentro de ocho meses, y salí al punto por libros, pasantes y todos los auxilios. Graduado a los ocho meses. Estudié en ellos los cuatro años de Leyes y salí a trece horas diarias de estudio. Y mi tío el que había fingido o hecho fingir el curso de Filosofía moral tomó un coche por temporada y llegó por mí a Salamanca la víspera de mi grado en que hubo la particularidad de votarse tres veces a instancia del Bibliotecario mayor que no quería conformarse con dos erres entre 19 examinadores; pero era porque no sabía los antecedentes. El año antes se había graduado Ladrón de Guevara mi compañero y dos enemigos llamados Laso y Gutiérrez le echaron dos erres, y yo imprudentemente reñí a poco con Gutiérrez por su injusticia y me la guardaron para entonces (1). Pasé a Madrid donde trabajé con gusto y contento los cinco años que duró la obra. Estudié Matemáticas en San Fernando con D. Antonio Baras y D. Magín Vallespinosa.
(1) Es curioso el cuadro que aquí se transparenta de la vida académica y estudiantina de Salamanca a fines del siglo xviii y principios del xix, no por que nos revele nada desconocido, sino por io vivo de la pintura.

Concluida la traducción, la Junta de Comercio, moneda y minas pidió a mi hermano su parecer acerca de una Memoria de curtidos de cuyas resultas quisieron que pusiese una fábrica con los fondos de la piedra lápiz; pero mi hermano dijo que él tenia fondos para ponerla, y la pusimos en efecto; pero la abandonamos con pérdida de unos 80.000 reales cuando entraron los franceses.

El día 2 de mayo me quisieron matar dos veces en la Puerta del Sol y en la calle del Arenal; pero me salvó el librero Alonso arrancándome el cuchillo que llevaba que si doy tres pasos más, me cuesta la vida como él mismo dijo después a mi madre. En la calle del Arenal un soldado al tiempo de ir a darme un bayonetazo vino otro que conocí porque le había socorrido con pan en la plaza y le separó, pues había tenido compasión de ellos. Aquella tarde devolví a un Capitán su sable, recogido por un porque el pueblo no lo matase en mi misma calle de la Encomienda, junto a la del Mesón de Paredes y me entretuve en poner 12 proclamas a provincias escogidas encendiendo el patriotismo de los españoles con la relación de las crueldades de los franceses (1). (1) Adelantose en esto, o coincidió al menos con el famoso alcalde de Móstoles, tan justamente glorificado. Y es muy cierto que el ejercicio de escribir proclamas en el mismo Madrid la noche del 2 de mayo y enviarlas a provincias encendiendo el patriotismo de los españoles con la relación de Ias crueldades de los franceses”, pudo costarle un disgusto tan serio como el que le hubiera ocasionado la tenencia del cuchillo que tan a tiempo le arrebató el buen Alonso.

MI hermano estaba en Extremadura; pero pude escapar con una hermanita a los quince días de Madrid y llegué a mí pueblo de Zafra donde mi hermano Andrés conmigo levantamos un batallón cazadores de Zafra siendo él nombrado Coronel y yo Capitán de la primera compañía. A poco tiempo pedí a la Junta Suprema que me permitiese salir con mi compañía hasta donde encontrase a los franceses; no sólo me lo permitió, sino que me reforzó con 8 Dragones de Cáceres. Cinco veces le remití prisioneros y cuando volvimos nos hicieron poner en la manga un escudo que decía se distinguió en Carmonita. Permanecimos de guarnición en Badajoz hasta el sitio de la plaza; pero una orden del General Castaños durante el sitio, de que los Oficiales que hubiesen estudiado Matemáticas y tuviesen conocimiento de Lenguas se presentasen de Adictos al Estado Mayor, me arrancó de mi compañía la que lo sintió porque su Capitán la estuvo manteniendo más de dos meses en que nada absolutamente percibió. Entregada la plaza pasé de Adicto a Valencia de Alcántara con el Estado Mayor siendo mi Jefe de Estado Mayor el General D. Martin de la Carrera. Un día en conversación con éste, me dijo: ¿Es V. también de los tontos que creen en la Taquigrafía? Y de los que la ejecutan, le respondí. ¿Conque podrá V. escribir lo que le diga o le lea? Hace ya cuatro años que la he dejado y no puedo estar tan al corriente. Necesito ahora ir repitiendo lo que V. me lea o hable al mismo paso para que note V. mi velocidad taquigráfica. Pues vamos allá: tomó un libro y me leyó como una hoja. Le ocurrió la dificultad de que me la hubiese aprendido de memoria; pues léame V. de otra parte o de otro libro, y dígame cuál de ellas quiere V. que le ponga en castellano. Hízolo asi, y guardando debajo de su brazo el libro me dijo lo que debía ponerle en castellano: puesto que fué como lo deseaba, soltó el libro y puestas las manos sobre la cabeza exclamó; ¡Qué brutos somos en no aprender una cosa tan útil!

La Regencia nos mandó en seguida de Jefe del Estado Mayor a D. Pedro Agustín Girón, Duque de Ahumada después; llegó con severidad y nos encargó Formar una Memoria a cada uno del ramo de que estuviese encargado: yo de las guerrillas con el nombre de escuadrones francos; cuando vio mis trabajos me tomó mucha amistad aconsejándome que solicitase entrar de efectivo én Estado Mayor lo que hice y me vino el nombramiento. AI poco tiempo llegaron dos abogados de la Mancha, con una representación vertiendo sangre contra las guerrillas. El general puso al margen un decreto de destrucción contra tales excesos, y lo mandó a su sobrino, D. Pedro Agustín; éste, al punto, me llamó. Entérese usted — me dijo —, y póngame por escrito su parecer. Sabía yo en globo la substancia del memorial, y me presumía la decisión del general, y respondí a mi jefe: y si por acaso no coincide mi opinión con la del general, yo le ordeno a usted que me dé su parecer limpio y neto. En ese caso necesito antes verme con esos dos abogados. Vaya usted a su casa, que allá están dentro de un cuarto de hora. Tuvimos nuestra conferencia, y llevé a mi jefe el parecer que me pedía. Tomarlo y tomar la pluma para apoyarlo y desacer todo lo que habían fraguado, todo fué uno. El general me mandó un ayudante convidándome a comer, pero no acepté porque estaba con tercianas, y desde entonces todos los domingos que íbamos juntos a misa venia a saber de mi salud con mucho cariño.

Una partida que se formó en tiornachos me ordenó mi jefe regimentarla en cuerpo franco, y hecho lo que se mandaba, dijo que se hiciese sin discrepar de como yo lo proponía.

Recibi orden después de pasar al Puerto de Santa María a formar el ejército de reserva de Andalucía, y allí me reuní con mis compañeros nuevos y brillantes; y después de algunos meses de instrucción vinimos a Sevilla, y a mí me tocaba formar la batalla en Tablada, y en dos lineas, hasta que un día me llamó a San Juan de Aznalfarache para que saliese al siguiente a hacer el itinerario para el ejército en tres direcciones distintas, remitiéndole todos los días con un dragón del 12 los trabajos del anterior. Le hice presente que no llevaba tropa su- ficiente, y me respondió: Ab imposibUia nenio ienetar; mándelo usted cada tercer día. El itinerario es desde Sevilla al Tajo, donde están poniendo los ingleses un puente de cuerdas.

Salí a mi expedición, y en la Puebla del Maestre nos llovió toda la noche, y me tocaba vadear el río Vendobal. Todos los labradores se volvían a la mañana a sus casas, pues iba el río por cima de los molinos; pero yo no podía menos de enviar a Sevilla el trabajo de aquel día, aunque todos los labradores, a su vuelta, me decían que era en vano querer pasar el rio, que llevaba diez varas de fondo. Llego al rio en silencio, y le digo a mi caballo «entra»; entró, y empezó a nadar con mucho vigor; cuando llegué a la orilla opuesta volví la vista y vi tan sólo cuatro dragones; los demás, con mi secretario puesto de rodillas, se habían quedado temiendo ahogarse porque iba en un mulo; les dije que se volviesen aI pueblo que yo volvería dentro de tres días, y tomé por el puerto de Jabato a salir a Santa Olaya.

Seguí sin novedad aunque con detenciones por los malos caminos y las direcciones múltiples y en la Serena me encontré a D. Ventura Escario, otro ayudante de Estado Mayor, enfermo, aunque encargado del itinerario del Ejército desde el Tajo en adelante y seguí hasta Trujillo y el Tajo. Estaban echando los ingleses el puente de cuerdas en forma de rombos: lo dibujé y se lo remití al general conde del Abisbal que acababa de llegar a Trujillo y me llamó al día siguiente para darme las gracias por mi desempeño de la comisión, y seguí con el Ejército. En Santa María de Cubo una legua de Pancorbo me mandó el general recorrer pueblos pidiendo sábanas para hacer salchichones para baterías contra Pancorbo. A la noche de este día, en el que recorrí veinte pueblos, me dijo el general que ya habían empezado a entrar los socorros. Al día siguiente, se dispuso que las compañías de Granaderos y Cazadores a las ordenes de Arco Agüero y un comandante, Ruiz, atacasen el fuerte de Santa Marta dependiente de Pancorbo. Nunca quiso valerse del Estado Mayor para cosa en que pudiese lucirse, porque lo odiaba de muerte. A las tres de la mañana, me ordenó pasase a advertir a las compañías de ataque que avanzasen con precaución para evitar sorpresas; estando ya próximo al pueblo [sonó] una descarga de todas las compañías. Atacaron, dije, y a galope, ¿Donde está el comandante del puesto? Presente, ¿Por donde voy al fuerte atacado? Por esa callejuela, pero viene muy cruzada por las balas, y bajaban un herido diciendo: ellos me han dado un balazo; pero yo dejo muertos tres o cuatro. Llego al ataque y animo a la tropa. Traen un hacha del pueblo y a hachazos rómpese la débil barrera y sacamos treinta y nueve enemigos presos. Pregunto por los dos comandantes. Presentarse éstos y les doy la orden como la recibí, propósito firme en mí. Está tomado el fuerte, me contestan. Lo veo y he contribuido al éxito. Lo haremos presente con mucho gusto. Vuelvo volando. Mi general hemos tomado el fuerte. Ya iba yo a dar la orden de atacar. Bien, muy bien. Llega el parte con elogios del ayudante de Estado Mayor que suprimió el general cuando llevó al Gobierno la noticia, y supresión que pareció muy mal a D. Pedro Agustín Girón cuando lo supo. Al dia siguiente se rindió Pancorbo, y marchamos al sitio de Pamplona en donde tuvimos la gran batalla de Sorauren en compañía del ejército de lord Wellington. Duró tres días y vencimos a Soult que no pudo sacar la guarnición de Pamplona y el general Girón (mandado por el Gobierno a causa de haberse dicho muy enfermo de su antigua herida el conde del Abisbal por odio a lord Wellington) me mandó a Pamplona a imprimir esta gran batalla. En seguida pasamos al valle de Bastan y yo al Estado Mayor de Madrid, y de aquí a Sevilla en donde residía mi prometida (1), con quien me casé en 4 de mayo de 1814.

Vino Fernando VIl y abolió mi cuerpo de Estado Mayor por liberal y yo me retiré del servicio. Y me fui a cuidar del cortijo de casa San Jorge en el Algarvejo en Utrera. Tenia dos niños de dos y tres años en 1818 y estando en el paseo de la carretera con el marqués de Casa Ulloa, D. Simón Gibana, y otros amigos, llegaron mis niños con su instructor francés y el más pequeño se puso a jugar con un perrillo faldero del marqués, y de pronto dio un grito diciendo papá Je lui ai mis la maia a la bouche el il ne m’a pas mordu, y lo dijo con gran contento. Preguntáronme qué había dicho el niño, se lo expliqué, y quedaron admirados de que niños de dos y tres años hablaran en francés.

EI año de 1820 D. Agustín Arguelles me destinó a gefe político de Salamanca interino, y el 21 gefe polifico de la provincia de Palencia en propiedad. En 1822 gefe político de la provincia de Cáceres. Después me fui con mi familia a Francia donde permanecí más de dos años, y me acabé de convencer que sumados males y bienes, es muy preferible la sociedad española por su mismo atraso intelectual, o por su mayor inocencia a todas las conocidas.

En España el hombre prudente y ordenado, tiene una vida segura; pero no así en el extrangero; el más inocente no está seguro. Yo pacifico, cargado con siete niños el mayor de nueve años y con una esposa, ignorantes todos de las costumbres extranjeras, me hubiera visto expuesto a desgracias sin culpa mía, si hubiera estado suelto. Pero la Providencia siempre ha velado por mí. Hechos pasaron en la ciudad de Reimes que por su refinada malicia demuestran la exacta verdad de cuanto llevo manifestado.

Mis dos hijos mayores de cuarenta y cuatro y cuarenta y cinco años, están hoy 15 de octubre de 1860 en Zafra y Llerena. Abogado este primogénito, y de médico aquél sin ejercerlo porque no lo necesita. Ambos están bien y con cuatro y seis hijos en dos haciendas considerables de sus padres. Cipriana, la hija menor, de treinta y dos años, casada con D. Antonio Machado (1), decano en Filosofía e Historia Natural en la Universidad de Sevilla y médico-cirujano sin ejercicio, tiene un solo hijo (2) de catorce años sobresaliente en los exámenes; y mi hijo Pepe defectuoso de inteligencia con treinta y ocho años y con sentimientos excecelentes, y la obligación de pasearse todo el día de Dios; y por último yo con ochenta y dos años y siete meses, dando 6.OO0 reales de mi clasificación anuales a mi esposa desde que no puedo cuidar si no de mí mismo, desde la Riada de 1856.

Sevilla, a 15 de octubre de 1860. – José Alvarez Guerra (rubricado).

Esta somera autobiografía, tan llena de ingenua sencillez y aun de esa segunda infantilidad irremediable en que suelen caer las senectudes más provectas, tiene, sin embargo, a mi juicio, un interés real, no sólo para los aficionados a esta clase de lecturas de tan atrayentes cartas, memorias, confesiones, viajes, impresiones personales, por desgracia harto raras en España, sino para los investigadores y cronistas de una época tan importante, tan crítica, tan significativa en los anales de nuestra vida nacional, por referirse constantemente a hombres y a sucesos de alta significación en nuestra Historia.

Pero la principal razón que me ha movido a publicarla, lo que le da legítima cabida en las páginas de esta REVISTA, es la frecuente alusión a cosas y personas de Madrid en aquella época. El simple y sobrio relato de lo que ocurrió al autobiografiado el día 2 de mayo de 1808, fecha que vista desde aquí alcanza cuan otro relieve histórico magnífico, tiene un sabor de realidad y de vida verdaderamente impagable.

MANUEL MACHADO.

(1) D. Antonio Machado y Núñez, después rector muchos años de la Universidad de Sevilla; naturalista e historiador en España, con del Prado y Vilanova, de los estudios de prehistoria.
(2) D. Antonio Macliado y Alvarez, jurisconsulto, escritor y fundador del Folk-lore español.

La presencia de NIETZSCHE en ANTONIO MACHADO

ANTONIO MACHADO

POR JUÁN MERCHÁN ALCALÁ Colegio Ceervantes de Sao Paulo

Cuando todavía en Francia Nietzsche era poco conocido y sólo se habían traducido al francés sus ensayos sobre R. Wagner, en una de las lenguas peninsulares, la catalana, aparecieron los primeros comentarios sobre sus ideas y las primeras traducciones fragmentarias de su obra. Fueron responsabilidad del espíritu inquieto e innovador del poeta Joan Maragall, quien en los números 20 y 21 de la revista barcelonesa L’Avenç, de octubre y noviembre de 1893, publicó algunas partes seleccionadas del Zaratustra. Antes incluso, en febrero del mismo año, un artículo suyo, escrito esta vez en castellano, había acogido con esperanzas de regeneración para las valetudinarias sociedades occidentales la reivindicación que Nietzsche hacía de la fuerza noble y su defensa del aristocratismo espiritual.
La insistencia en esos aspectos concretos de su filosofía se constituyó en una característica peculiar de la primera acogida que la obra del pensador alemán tuvo en Cataluña. Sin embargo, en el otro foco cultural español de la época, en Madrid, el lugar preferente de atención lo ocuparon desde un primer momento los contenidos de la filosofía de Nietzsche relacionados con la subversión de los valores tradicionales. El 26 de febrero de 1894, Salvador Canals, en el Heraldo de Madrid, catalogaba a Nietzsche de «anarquista espiritual» y lo consideraba por eso mucho más peligroso que cualquier activista de esa misma tendencia ideológica.
A partir de entonces, la figura Nietzsche se situó en el centro de todas las discusiones intelectuales, y, como era de esperar, no tardó en salir al mercado la primera traducción completa al español de una de sus obras. Le cupo tal honor a la editorial de La España Moderna. En sus locales se imprimieron a principios de 1900 las páginas de Así hablaba Zaratustra.
El crepúsculo de los ídolos o cómo se filosofa al martillo y El origen de la tragedia en el mismo año de 1900, Más allá del bien y del mal en 1901, La genealogía de la moral, Humano, demasiado humano y Aurora en 1902, fueron las obras de Nietzsche que, después del Zaratustra, tradujeron las editoriales madrileñas. En Barcelona se publicó el Anticristo en 1903. Cuando en Valencia, en 1910, apareció el Ecce Homo las editoriales madrileñas y barcelonesas sin interrupción ya habían ido dando a la luz las restantes obras del filósofo [1].
Antonio Machado vivió en su juventud el ambiente cultural madrileño de finales del siglo XIX y principios del XX, y en ese ambiente la figura central sin duda alguna era Nietzsche. Como muestra puede valer un dato: nos cuenta Rafael Cansinos Assens en sus interesantes memorias, La novela de un literato, que una tarde de domingo de 1901 acompañó a los Machado, Antonio de Zayas y Francisco Villaespesa a una visita que hicieron a Juan Ramón Jiménez al sanatorio del Rosario donde estaba convaleciente; Villaespesa aconsejó a Juan Ramón, que pensaba iba a morirse de un momento a otro y estaba inmerso consecuentemente en la lectura consoladora del Kempis, que debía salir de fiestas «a perseguir a las ninfas» y leer nada menos que el Zaratustra [2]. Además, el poeta sevillano estuvo atento durante toda su vida —quizá más que la mayoría de los componentes de su generación— a los cambios ideológicos que iba experimentando la cultura europea contemporánea. Es de suponer, pues, que conociera ya en esos primeros momentos, de forma directa o indirecta, las ideas centrales del pensamiento nietzscheano. E incluso que se sintiera atraído por ellas y las compartiera. Así lo confirma el propio Machado en efecto en una carta abierta nacida para su publicación inmediata y dirigida a Unamuno. La carta apareció en El País el 4 de agosto de 1903, unos ocho meses después de publicado el primer libro de Machado, Soledades. Era la contestación a la carta abierta que dirigió Unamuno a Machado en ese mismo mes de agosto de 1903, publicada en el número V de la revista Helios con el título de «Vida y arte». El poeta sevillano le dirige al rector de Salamanca, entre otras también de interés, las siguientes palabras:

En suma, que yo aborrezco los extremos porque, aunque no es mucha mi experiencia, ya he podido comprobar la esterilidad de una cosa y la inutilidad de su contraria. He aquí que participe ya de la poca afición que usted profesa a Nietzsche, porque éste creía haber arreglado el mundo volviendo a Cristo del revés. Y usted, que tanto puede, debiera combatir la influencia nietzschiana en nuestros intelectuales; porque lo único que ha de quedar entre nosotros de este filósofo, es aquella brutalidad de viejo inquisidor que le lleva en ocasiones al disparate [3].
Si participa ya de la animadversión de Unamuno hacia Nietzsche quiere decirse que hasta esos momentos su posición había sido otra. Hemos de suponer, pues, que en los poemas escritos por Machado hasta ese momentos de agosto de 1903 las ideas del filósofo alemán pueden estar presentes de una manera u otra; también en otros que pudiera haber guardado para su libro siguiente, Soledades. Galerías. Otros poemas, o incluso en algunos en los que ese tema central del anticristo no aparezca. Casi toda la labor crítico-literaria ha olvidado siempre esa posible presencia, quizá por las opiniones expresas que sobre el filósofo alemán el poeta vertió en sus escritos en la ocasión señalada y en los años posteriores.
En Los complementarios, cuando ya residía Machado en Baeza, lo menciona de nuevo. En esos momentos está reaccionando contra las ideologías que habían dado forma al simbolismo poético, tiene esperanzas de que se produzca un cambio de dirección en la filosofía occidental hacia una metafísica espiritualista al modo leibniziano [4], y se declara «creyente en una realidad espiritual opuesta al mundo sensible» [5]. Considera a Schopenhauer responsable de que la filosofía poskantiana tomara «un rumbo decididamente irracionalista» [6] en el siglo XIX. Piensa Machado que lo fundamental de la filosofía de Nietzsche estaba ya en la de Schopenhauer: la colocación del ser fuera de la razón y la conversión de la inteligencia humana en un mero auxiliar de las fuerzas oscuras de la vida:

Que la vida sea valorada positiva o negativamente, con Schopenhauer o con Nietzsche, la fe en un vivir acéfalo, ajeno a todo equilibrio viril y a toda dignidad clásica, no ha cesado de acompañar al hombre moderno. Este ser volente, sensible, o simplemente activo, mira a la inteligencia como un simple accidente, que, en suma, es un estorbo, o bien, al uso americano, como humilde ancilla voluntatis, mero instrumento de una actividad de negociante [7].
Años más tarde, en el primer y segundo Juan de Mairena, vuelve otra vez a relacionar a Nietzsche con Schopenhauer, y en la comparación sale mucho mejor parado Schopenhauer, al que considera un metafísico más profundo, más sistemático y con mejor humor [8]. Le sorprende que Nietzsche tuviera una convicción profunda, una fe poética, en cosas tan imposibles de probar racionalmente como el superhombre, el eterno retorno o la voluntad de poder. Y que para ello adoptara un tono «tan patético y tan seguro». Precisamente Nietzsche, que había considerado siempre toda convicción enemiga de la verdad [9]. Además, lo considera más valioso y profundo como psicólogo resentido, lleno de «talento y malicia», que como metafísico. La perspicacia que demuestra al analizar las miserias humanas le parece con toda ironía el resultado del profundo análisis que llevó a cabo en el interior de su propia persona. Por eso, en su opinión, posee más características propias del pensamiento francés que del alemán [10]. Pero, a pesar de todo, le alaba la facilidad y la agudeza envidiables que muestra para el difícil arte de condensar el pensamiento en fórmulas breves y, por eso, les dice Mairena a sus discípulos: «Yo os aconsejo su lectura, porque fue también un maestro del aforismo y del epigrama» [11].
Machado no puede evitar reprocharle, sobre cualquier otra cosa, su fobia hacia Cristo. Para Machado Cristo representa la posibilidad humana de comunicación sentimental o cordial, como Sócrates la de comunicación racional [12]. En todo caso, estaría de acuerdo con Nietzsche si éste se refiriera a la imagen deformada de Cristo que los hombres han creado, la de Cristo que quizá «hayamos nosotros envenenado», pero nunca si de quien se habla es del Jesús fraternal opuesto al patriarcal Dios genesíaco del Antiguo Testamento [13].
Ya en los años de nuestra guerra civil, Machado se muestra convencido de que algunos de los aspectos más psicológicos, tenebrosos y superficiales de la filosofía de Nietzsche, como la exaltación de la bestialidad humana, el darwinismo o lo eterno de la voluntad de poder, formaron parte del conglomerado ideológico nazi. Curiosamente, al hombre de Heidegger, temporal, traspasado por la muerte, símbolo de lo más individual y profundamente humano, lo considera el reverso del hombre que Nietzsche había creado, exaltador de la vida y dominado por sus fuerzas oscuras:

El filósofo de la abominable Alemania hitleriana es el Nietzsche malo, borracho de darwinismo, un Nietzsche que ni siquiera es alemán. El último gran filósofo de Alemania, el más escuchado por los doctos, es el casi antípoda de Nietzsche, Martin Heidegger, un metafísico de la humildad. Quienes como Heidegger creen en la profunda dignidad del hombre, no piensan mejorarlo exaltando su animalidad. El hombre heideggeriano es el antipolo del germano de Hitler [14].
Gonzalo Sobejano, al considerar lo que pudo haber tomado Machado de la obra de Nietzsche, lo redujo a aspectos puramente formales y literarios [15]. Cree Sobejano que Machado conoció tarde a Nietzsche y no participó de la fiebre nietzscheísta que contagió a otros escritores jóvenes de principios de siglo. Fueron, según él, los aforismos, la tendencia a la fragmentación y algunos planteamientos psicológicos y estéticos de poca importancia lo que Machado tomó de Nietzsche. No quiso ir más allá Sobejano, en un libro, por lo demás, imprescindible para todo aquel que quiera formarse una idea clara y rigurosa de lo que fue la cultura española de buena parte del siglo XX [16]. Debemos tener en cuenta que la carta en la que Machado confiesa a Unamuno que «ya» comparte su «poca afición» a Nietzsche y declara de modo tácito su antigua «afición», permaneció ignorada muchos años, hasta que Cecilio Alonso la dio a conocer en 1995 [17].
José María Valverde, al analizar las posibles influencias en la formación del estilo prosístico de Machado, alude, entre otras, a la de Nietzsche. Su opinión, en esencia, coincide con la de Sobejano: «Antonio Machado no había aceptado la ideología nietzscheana —o, mejor dicho, zaratustriana— ni aun durante el individualismo de su juventud, expresado en susSoledades, por más que confiese haber amado la sofística subjetivista y nietzscheana de fines del siglo XIX.» Lo que «no impide la aceptación de cierto influjo suyo en cuanto a sus formas expresivas» [18].
Sin embargo, el profundo y completo análisis que llevó a cabo Sobejano de la presencia de Nietzsche en la obra de Unamuno, Baroja, Azorín, Maeztu y otros autores del momento, nos debió poner ya sobre aviso. Resulta muy extraño, siendo Machado amigo o, por lo menos, conocido, de todos ellos y estando como estuvo toda su vida preocupado por las cuestiones filosóficas, que la influencia de Nietzsche no le llegara con la misma contundencia y nitidez que a los demás. Una cuestión distinta es, en efecto, la de si aceptó o no plenamente todos los presupuestos ideológicos del pensador alemán.
No todos los críticos rechazaron esa posibilidad de que las ideas de Nietzsche se muestren en los poemas de Machado. Rafael Cansinos Assens, por ejemplo, al referirse al libroSoledades, entrevió tímidamente que la idea del eterno retorno se encontraba detrás de algún poema:

Todo este libro de Soledades está lleno de videncias extraordinarias. La idea del retorno inexorable —que está en Nietzsche y en los Vedas—, el recuerdo de otras existencias —nostalgia y presentimiento en Pitágoras y en Platón—, anhelo de un reposo perfecto sobre el último plano, sentimientos pánicos de compenetración con la naturaleza, como anhelos de antiguos ritos órficos, que son vivos ahora entre los últimos poetas franceses, forman la miel secularmente elaborada que colma estos líricos álveos [19].
Nosotros creemos que esa presencia de Nietzsche en Machado tuvo mucha más intensidad y extensión de lo que Sobejano, Valverde o Cansinos habían supuesto. Asuntos como la capacidad de las canciones populares para expresar de modo directo la voluntad dionisíaca, el presente eterno de la naturaleza, el eterno retorno del ser o el aristocratismo espiritual, formaron parte del contenido de poemas de la primera época, aunque Machado no los utilizara con ánimo mimético, sino para ponerlos en cuestión. Pero nos encontramos siempre con la dificultad de siempre: en Soledades y SGOP las ideas que aparecen en los poemas quedan tan ocultas detrás de los símbolos que pueden pasar fácilmente inadvertidas. Pero necesitamos sacarlas a luz si queremos alcanzar una comprensión más completa de esos poemas que siempre se han mostrado a los lectores de Machado enigmáticos y difíciles de interpretar.

1. Las canciones populares
Decía Schopenhauer que, entre todas las manifestaciones artísticas, la música es la que está más relacionada con la voluntad, con la cosa en sí. Las demás artes reproducen las ideas, que son objetivaciones de la voluntad; pero la música es una objetivación directa de ella, como lo son las ideas y el mundo empírico en general [20].
Nietzsche siguió a su maestro y lo matizó: la música no es la voluntad, porque la voluntad, no objetivada en las individuaciones, en la realidad empírica, es lo antiestético por naturaleza; donde la «música aparece como voluntad» es en las canciones líricas tradicionales; en ellas hay «letra», es decir, imágenes, conceptos, símbolos oníricos apolíneos, por una parte, y por otra, música, la representación directa de la voluntad. Si la poesía homérica, de apariencias embellecedoras, es por esencia apolínea, la canción popular no es «otra cosa que el perpetuum vestigium [vestigio perpetuo] de una unión de lo apolíneo y lo dionisíaco» [21].
La atracción que Machado sintió hacia las canciones populares a lo largo de su vida es bien conocida. Su padre, Antonio Machado Álvarez, Demófilo, llegó a publicar varios libros, en los que recogió, tomados de la calle, cantes, romances y coplas populares. Los simbolistas franceses, cuya obra tanto se hizo notar en sus primeros poemas, habían intentado plasmar en sus composiciones el espíritu y las imágenes de la canción popular. Luis Cernuda se extrañaba de que Machado mencionara con más frecuencia en sus escritos «coplillas» andaluzas que poemas cultos consagrados por la tradición [22]. ¿Qué le atraía a Machado de ellas? Precisamente su aire de misterio y su musicalidad.
En el poema VIII [23], un romancillo escrito en 1898, el poeta se detiene a escuchar las «cantos / de viejas cadencias» que unos niños cantan en coro. Resulta significativo que sean precisamente los que canten las canciones unos niños, esos seres que conservan todavía una capacidad intuitiva, mágica, de acercamiento a la realidad, más íntima y profunda que la capacidad racional. Y nada hay que decir de la función fundamental que cumplía, según Nietzsche, en las primeras tragedias griegas, el coro como manifestación directa de lo dionisíaco.
Versos más abajo se dice de esos cantos que llevan «confusa la historia / y clara la pena». Para los críticos que del poema se han ocupado está claro que esa pena es la tristeza que antes había aparecido relacionada con las leyendas («tristezas de amores / de antiguas leyendas»), es decir, el sentimiento, que en la creación poética aparece antes que la anécdota, y en forma de imagen musical. Lo que extraña es que la historia sea confusa. Menos importante que lo sentimental, sí, pero ¿por qué confusa? La explicación la podemos encontrar en Nietzsche. Decía el autor del Zaratustra en El nacimiento de la tragedia que las canciones populares, en su «loco atropellamiento», rompen con la mesura y el buen orden del arte apolíneo, y su melodía alocada va arrojando a su alrededor, generándolas, imágenes, contenidos conceptuales que, así como aparecen, desaparecen de inmediato, quedando siempre la fuerza arrolladora de lo musical, espejo de la melodía del mundo [24].
Se dice también que los niños cantan «canciones ingenuas». En una lectura apresurada e «ingenua» del poema, ese adjetivo aplicado a las canciones de los niños no parece plantear ningún problema: como los niños son seres inocentes, ingenuos, sus canciones también lo son. Sin embargo, se trata de una palabra clave y si se pasa por alto su valor real la comprensión del poema se hace muy difícil. Debemos tener en cuenta que no en todos los contextos tiene la palabra valores relacionados con la inocencia sin más. De la obra de arte ingenua y del artista ingenuo hablaba Nietzsche en El nacimiento de la tragedia, y allí no posee la palabra «ingenuo» un significado tan lógico y habitual. Obra ingenua es, según Nietzsche, aquella que muestra el horror de la existencia envuelto en una forma dulce y agradable. Cuando el rey Midas le preguntó a Sileno, el sabio que acompañaba a Dionisos, qué era lo preferible para el hombre, éste le respondió, en medio de risas estridentes, que lo mejor para el hombre hubiera sido no nacer [25]. Y es que los griegos concebían el arte como la única manera posible de soportar la existencia sobre la tierra. Con las formas apolíneas lograban en sus obras sustraer a la mirada el abismo profundo de la naturaleza humana y presentar el mundo de la apariencia embellecida como el único mundo. Pero debajo de la rosa más bella, y sosteniéndola, se halla siempre el arbusto más espinoso. Rara vez el artista es totalmente ingenuo, rara vez es capaz de ocultar del todo con la belleza el dolor primordial, rara vez la voluntad consigue verse a sí misma totalmente transfigurada en apariencia agradable. El artista ingenuo logra que aparezca en su obra, de una forma u otra, el dolor eterno de la existencia, aunque sea camuflado tras una forma bella [26].
Las canciones de los niños no son tan inocentes como a simple vista pudiera parecer; pero sí ingenuas, en el sentido que Nietzsche da a esa palabra. Tras su belleza indudable se manifiesta también lo terrible del existir humano. Son canciones de «algo que pasa / pero nunca llega», es decir, de la vida, simbolizada en el poema, como siempre ha sido habitual en nuestra cultura, por la fuente. Decía Machado en «Juan de Mairena póstumo» al respecto:

Siento —decía mi maestro— que mi vida es ya como una melodía que va tocando a su fin. Esto de comparar una vida con una melodía —comenta Mairena— no está mal. Porque la vida se nos da en el tiempo, como la música, y porque es condición de toda melodía el que ha de acabarse, aunque luego —la melodía, no la vida— pueda repetirse. No hay trozo melódico que no esté virtualmente acabado y complicado ya con el recuerdo. Y este constante acabar que no se acaba es —mientras dura— el mayor encanto de la música, aunque no esté exento de inquietud. Pero el encanto de la música es para quien lo escucha […]; mas el encanto de la vida, el de esta melodía que se oye a sí misma —si alguno tiene— ha de ser para quien la vive, y su encanto melódico, que es el de su acabamiento, se complica con el horror a la mudez [27].
La canción de los niños y el poema tienen un fin, y tiene un fin, también, la vida del hombre individual. Pero la vida nunca se acaba. Su melodía es eterna. La canción de los niños terminará pero el agua de la fuente seguirá manando eternamente. La esencia de su pasar es la misma: parece continuamente que va a acabarse pero nunca se acaba. Nunca llega, nunca se acaba del todo la melodía universal. En el hombre, en la canción de los niños y en el poema, la vida y la melodía sólo en apariencia no llegarán nunca a acabarse. Pero da la sensación de que será eterna, porque su esencia participa de la esencia universal: en realidad, es la misma.

2. El presente eterno de la naturaleza
En diferentes pasajes de El nacimiento de la tragedia, Nietzsche diferencia entre el Uno primordial, el ser de la naturaleza, siempre igual, eterno, sin tiempo, inalterable, sin mutaciones de ningún tipo, y sus manifestaciones, siempre cambiantes, finitas, temporales, sometidas a cambios continuos, encaminadas sin remedio a la muerte, es decir, a su integración final al origen de donde partieron.
En diferentes poemas de SGOP, Antonio Machado se hace eco de esa diferencia, siempre para contraponer su vida individual a ese presente eterno de la naturaleza. En VI («Tarde»), bien conocido de todos sus lectores, publicado ya en las Soledades de 1903, el poeta, en un viaje iniciático, se introduce una tarde de verano en un parque cercado por un muro. Lo que hay fuera del muro simboliza la conciencia racional, de donde el poeta parte, una tarde «triste y soñolienta». Del muro, hacia fuera, «negra y polvorienta», como la tarde, se muestra la hiedra, una planta relacionada en el mundo griego con los cultos a Dionisos. El poeta va a abandonar la conciencia racional y se va a introducir en el ámbito de la conciencia intuitiva. Entra en el parque. A lo lejos, desde el centro, lo llama el sonido, otra vez, de una fuente, símbolo de la unidad primordial de la naturaleza. Dentro del muro la tonalidad afectiva de lo que rodea a la fuente cambia por completo con respecto a la tarde exterior. Ahora todo es alegre: la fuente ríe, «alegres» y «claros» son sus «espejos cantores», la tarde «clara», «dorado y maduro» el fruto, «clara» la armonía del agua, «claros» sus cantares, el agua «cantora», una «copla riente», un claro «cristal de alegría». El poeta está logrando intuir la esencia del ser de la naturaleza. Todo lo que rodea a la fuente le habla de eternidad: los mirtos, los arbustos del culto a Dionisos; los árboles, símbolos de la regeneración continua; el fruto, símbolo de eternidad; el mármol, símbolo tradicional de lo duradero. Lo único que disuena de la alegría general es la pena del hermano, sabedor de su condición temporal. La fuente le propone algo para intentar mitigarla, pero el poeta lo rechaza.
Que la fuente se muestre alegre y se ría es un hecho extraño que no se produce sólo en este poema. Se da en algunos muy tempranos, de 1901: en S. I («La fuente»), «alegre el agua brota y salta y ríe»; en S. XII («Nevermore»), «borbota alegre». También en otros de 1903, el año de Soledades: en S. III («Cenit») la fuente le dice al poeta que su «destino es reír», que ella es «la eterna risa del camino»; el agua de las fuentes de S. X («La tarde en el jardín») era «un tenue sollozar riente»; en XLIII el oriente penetra en la triste alcoba de poeta «en risa de fuente»; los niños que cantaban en VIII vertían sus almas en la canción como la fuente de piedra vertía su agua: «con monotonías de risas eternas». Todavía en 1907 (LI) «no cesa de reír» el agua de una fuente que ya no satisface la esperanza del poeta. Alegría. Risas. La mayor parte de la crítica ha querido siempre explicarlas a partir de estados de ánimo y de circunstancias, sobre todo amorosas, de la vida personal del poeta, seducida sobre todo por algunas expresiones como «tristezas de amores / de antiguas leyendas» o «antiguos delirios de amores» referidas siempre al canto de la fuente. Pero si tomamos por ese camino no encontraremos respuestas satisfactorias a las preguntas que se hace todo lector de Machado: ¿por qué, incluso en el mismo poema, la fuente le parece al poeta unas veces triste y otras alegre? ¿Por qué, paradójicamente, la risa está ligada en ocasiones al llanto? ¿Por qué el canto de sus aguas es monótono? ¿Por qué todo lo que rodea a la fuente está hablando siempre de eternidad? La poesía de Machado no es fundamentalmente amorosa, sino esencialmente metafísica. El propio poeta lo dejó bien claro: «Todo poeta debe crearse una metafísica que no necesita exponer, pero que ha de hallarse implícita en su obra» [28].
La alegría y la risa de la fuente sólo encuentran explicación adecuada si nos situamos en el momento ideológico concreto en el que se escribieron los poemas. A finales del siglo XIX y principios del XX la razón universal había quedado desacreditada como instrumento apto para la búsqueda de la verdad. La vida no se dejaba reducir a fórmulas científicas. Se consideraba que las pequeñas verdades que el sabio conseguía con gran esfuerzo eran sólo gotas insignificantes en el gran torrente de la vida inabarcable. Según R. M. Albérès, un buen conocedor de la cultura europea de esos momentos, lo que se buscaba en la «vida», en esos parajes adonde la razón no podía llegar, recibió, en ese tiempo, un nombre tomado del vocabulario religioso: eso era «la alegría» [29]. Y, como sabemos bien, el abanderado de la reacción vital contra la razón, las ciencias y la modernidad, no fue otro que Nietzsche. La fuente de Machado, en estos momentos, simboliza el mundo de Dionisos, de la vida, que, para Nietzsche, en contraposición a la razón, era el mundo de la alegría, del baile y de la risa.
La fuente es el Uno primordial de Nietzsche, siempre igual, eterno, sin tiempo, inalterable, sin mutaciones de ningún tipo, sin variaciones en el tono, en definitiva: monótono. La alegría forma parte de su esencia. Pero también la monotonía. Porque en esos poemas la palabra no tiene los valores negativos de aburrimiento, tedio, hastío que luego, a partir de 1906, adquiriría en la poesía de Machado. Sólo alude a lo que no tiene forma, ni tiempo, ni alteración. Por eso pudo cambiar Machado en 1907 «armonía» por «monotonía» en el poema VI, sin que su sentido general se resintiese. Armonía y monotonía presentan un valor equivalente: son características de la esencia eterna de la vida.
Pero, ¿por qué esa paradoja de que las risas a veces no sean alegres sino sollozantes, que las lágrimas no sean amargas, que en sus ondas palpite la ironía? La respuesta debemos buscarla de nuevo en Nietzsche. En El nacimiento de la tragedia, al exponer las características que adquiere y la función que cumple lo dionisíaco en la cultura griega y al diferenciarlas de sus expresiones en las orgías babilónicas, señalaba que «tienen el significado de festividad de redención del mundo y de días de transfiguración. Sólo en ellas alcanza la naturaleza su júbilo artístico, sólo en ellas el desgarramiento del principium individuationis se convierte en fenómeno artístico» [30]. Pero hay en esas fiestas griegas algo fundamental que recuerda los ritos antiguos; se trata de la confusión que se produce entre sentimientos en apariencia contrapuestos:

Aquel repugnante bebedizo de brujas hecho de voluptuosidad y crueldad carecía aquí de fuerza: sólo la milagrosa mezcla y duplicidad de afectos de los entusiastas dionisíacos recuerdan aquel bebedizo —como las medicinas nos traen a la memoria los venenos mortales—, aquel fenómeno de que los dolores susciten placer, de que el júbilo arranque al pecho sonidos atormentados. En la alegría más alta resuenan el grito del espanto o el lamento nostálgico por una pérdida insustituible [31].
Cuando irrumpió lo dionisíaco en Grecia, el individuo pudo escapar de su individualidad, de los límites y medidas apolíneos, y sumergirse en el todo, allí donde no hay diferencia entre dolor y placer, donde todo es Uno. «La desmesura se desveló como verdad, la contradicción, la delicia nacida de los dolores hablaron acerca de sí desde el corazón de la naturaleza»[32].
En el desgarramiento de la Unidad primordial hay dolor; en el surgir de las individuaciones a partir de ese desgarramiento se produce la alegría de las formas. Ya en el mismo aparecer de la vida existen un horror y una alegría que, en esencia, son lo mismo.
Más tarde, en La gaya ciencia, Nietzsche volvió a analizar las afecciones de dolor y placer. Ha abandonado ya las referencias místicas e históricas y ahora su pensamiento adopta la forma aforística, pero permanece lo fundamental: el dolor y el placer no son afecciones objetivas y diferenciadas en el devenir de la naturaleza. Un mismo estímulo externo puede resultar placentero para una persona y doloroso para otra. «El veneno que mata a una naturaleza más débil constituye un tónico para el fuerte —éste ni siquiera lo llama veneno»[33].
Fue la consideración del dolor como algo objetivo de la naturaleza lo que llevó a Schopenhauer a denostar la vida. Frente a ello Nietzsche ofrece una interpretación de carácter subjetivo del dolor y del placer:

Yo opongo a Schopenhauer las siguientes tesis: primero, para que surja la voluntad se necesita una representación del placer y del dolor; segundo, el que una excitación violenta pueda ser sentida como placer o dolor depende de una interpretación del intelecto que, indudablemente, en la mayoría de los casos, actúa aquí de forma inconsciente; la misma excitación puede ser interpretada como placer o como dolor; tercero, sólo se produce el placer, el dolor y la voluntad en los seres inteligentes; la inmensa mayoría de los organismos no tiene nada de eso [34].
Las lágrimas de las fuentes de Machado no son tristes, y sus risas no son alegres, porque las fuentes son en esos momentos representaciones del mundo de la naturaleza no contaminada por la racionalidad humana. Allí sólo hay un único impulso, un deseo inagotable que garantiza la permanencia eterna de lo vivo. Es el hombre adulto, con su intelecto, el que, a partir de su propia naturaleza, fuerte o débil, interpreta ese impulso como placer o dolor.

3. El eterno retorno
Uno de los puntos más oscuros y controvertidos de la filosofía de Nietzsche —su «carga más pesada»— fue el de la teoría del eterno retorno. En Ecce homo, esa extraña y apasionada autobiografía, recuerda Nietzsche que su «pensamiento abismal» le sobrevino en agosto de 1881, cuando paseaba por los alrededores del lago de Silvaplana [35]. No la llegó a desarrollar de una forma precisa y clara, como sin duda lo hubiera hecho si la locura no se hubiera interpuesto en su camino. Las escasas referencias a la idea hay que buscarlas en algún parágrafo de La gaya ciencia y en algunos pasajes de Así habló Zaratustra [36]. Sin embargo, la posibilidad de un retorno eterno de las cosas se ha tenido en cuenta desde antiguo, y Nietzsche tenía conocimiento de ello. Su biógrafo más importante, Curt Paul Janz, nos cuenta que Rudolf Steiner encontró entre los libros de Nietzsche un ejemplar del Curso de filosofía de Dühring. En la página 84, Dühring exponía la teoría del eterno retorno y la refutaba basándose en criterios científicos. Nietzsche había anotado algunas observaciones al margen. Cree Janz, sin embargo, que Nietzsche conocía la teoría antes de leer el libro de Dühring. Sus verdaderas fuentes habrían sido, además de las doctrinas indias del karma, los pitagóricos, sobre todo uno —al que cita Eudemo, un discípulo de Aristóteles— quien dijo: «volveré a enseñar así, manteniendo este bastón ante vosotros que estáis ahí sentados»[37].
Lo que pretendía Nietzsche, en última instancia, era dar totalmente la vuelta a la metafísica de origen platónico. Para ello partió de la misma consideración del ser que Aristóteles y Platón, es decir, el ser como aquello que siempre permanece, que nunca muere. Pero lo que siempre permanece, lo eternamente asistente, no son para él las ideas sino el devenir, la vida. Y como necesitaba una teoría que legitimara su metafísica materialista, concibió la del eterno retorno, o «la vuelta eterna», como le gustaba a Unamuno llamarla [38]. El devenir es considerado ahora no de una forma lineal, con un principio y un fin, sino de una forma circular, como un regreso continuo de lo mismo [39].
En el poema VI, como vimos, el poeta se introduce en el parque y entabla un diálogo con la fuente. La fuente quiere que recuerde algo situado en el pasado («La fuente cantaba: ¿Te recuerda, hermano / un sueño lejano mi canto presente»). El poeta tiene dificultades para el recuerdo e intenta concretar en qué momento del pasado se produjo el anterior encuentro. La fuente responde rotunda: «Fue esta misma lenta tarde de verano». Los críticos de Machado han querido explicar el sinsentido tomando la respuesta de la fuente como si fuera una licencia poética: se quiere decir en realidad que la tarde anterior fue muy parecida a la de ahora. Pero la fuente no dice que la tarde anterior fuera parecida o idéntica a ésta. Dice que fue la misma. Es verdad, sin embargo, que intenta que el hermano recuerde. El contrasentido tiene su explicación si nos situamos en el contexto simbólico de estos poemas concretos de 1903 en los que el parque y la fuente son elementos centrales y en los que la presencia de Nietzsche es evidente. La fuente del poema de Machado es Dionisos, el devenir, la voluntad de poder, el ser, que sólo «es» en sus manifestaciones, en sus fenómenos, en los animales. Como animal «sabe» que este instante, que esta tarde de verano, es eterno, que es «siempre». Si la fuente le pide al hermano que recuerde un sueño lejano es porque, además de las manifestaciones del devenir, Dionisos también es su fundamento, y, en cierta forma, se encuentra fuera de él. Como es el ser, la verdad, «sabe» que se trata del mismo sueño que «retorna» siempre, que ese «siempre» es un retorno. Se explica así la paradoja de que el hermano tenga que recordar algo que ha ocurrido ya y, sin embargo, es lo mismo que lo que ahora está ocurriendo.
La fuente empuja con insistencia al hermano a que recuerde. El verbo recordar presenta aquí resonancias manriqueñas («Recuerde el alma dormida»): más que rememore un momento concreto y único del pasado, quiere que despierte a la conciencia de que lo que ocurre en este instante se ha repetido ya siempre y siempre se repetirá. A partir de entonces la fuente comienza a darle pistas que le puedan servir de ayuda para el «recuerdo»:
Fue esta misma tarde: mi cristal vertíacomo hoy sobre el mármol su clara harmonía.
Como se dijo, en 1907 Machado cambió la palabra harmonía por monotonía. En todo caso, tanto «armonía» como «monotonía» aluden al brotar eterno, sin altibajos, de la vida. La fuente quiere que el hermano intuya la eternidad, que «comprenda» que este sueño que está experimentando ahora, que este instante, ya tuvo lugar en el pasado y que es el mismo. Para ello lo incita a que «vea» lo que hay detrás de todos los objetos que se encuentran a su alrededor, es decir, la eternidad, que ya se ha mostrado en ella misma, en la armonía que vierte, en el color blanco —símbolo de lo indiferenciado, de lo eterno—, en el mármol mismo. Todo lo que le rodea le está hablando de eternidad. Pero, por si no fuera suficiente, para que el recuerdo surja con más fuerza, quiere que se fije también en otros tres objetos de alrededor: el mirto, el árbol y el fruto:
¿Recuerdas, hermano?… Los mirtos talares,que ves, sombreaban los claros cantaresque escuchas ahora. Del árbol obscuroel fruto colgaba, dorado y maduro.¿Recuerdas, hermano?…Fue esta misma lenta tarde de verano.
El mirto, arbusto consagrado a Dionisos, el árbol, símbolo tradicional de la generación y la regeneración eternas de la vida, y el fruto, que guarda en su interior la semilla regeneradora, son todos ellos símbolos inequívocos de la eternidad de la naturaleza. Y hacia los mirtos, hacia el árbol y hacia el fruto quiere la fuente que el hermano dirija su vista. Para que «vea».
La «monotonía alegre» de la fuente es ese mundo inmortal de la naturaleza, sin principio ni fin, sin altibajos, donde el placer y el dolor son la misma cosa, donde se diluyen la alegría y la pena humanas. La fuente le ha dicho al hermano que él también es eterno, que todos los instantes de su vida volverán a producirse una y otra vez en el devenir infinito. Un descubrimiento que no le sirve de consuelo. Su pena es la conciencia de su propia finitud, una angustia cruel, una tortura. Pero antes del diálogo con la fuente, por lo menos, era una amargura que tendría un final. Repetir la misma vida una y otra vez, en la eternidad que le propone la fuente, sería repetir también, infinitamente, la misma tortura. El viajero se despide de la fuente. Ya no la llama hermana; la ilusión de compartir su misma esencia, y, por lo tanto, su alegría, se ha desvanecido ya. La esencia de la fuente es la «monotonía alegre» y ha comprendido que se trata, para él, como individuo, de una eternidad infinitamente más triste y más cruel que aquella pena antigua que lo acongojaba.

4. El aristocratismo espiritual
Sabido es de todos que Nietzsche colocó en la cúspide de las cualidades humanas las de la fuerza y la serenidad, entendiendo por fuerza, sobre todo, la capacidad psíquico-moral de aceptar la vida como es y situarse por encima del bien y del mal. Y entre los hombres era el artista el que ostentaba la primacía en esa aristocracia espiritual. Sobre todo el poeta.
En un texto de 1907 dedicado a Martínez Sierra y titulado significativamente «El poeta», Antonio Machado», entre otras preocupaciones del momento relacionadas con la angustia existencial, expone de forma clara qué elementos deben ayudar a la formación del poeta, unos elementos que sin duda reconoce presentes en su ideario personal poético. Entre ellos se encuentra la aceptación de la vida como una realidad «hecha de sed y dolor», es decir, de voluntad de poder y de crueldad. El poeta debe endurecerse y aprender a convivir con la crueldad, comprender que tanto la víctima como el verdugo, en la inocencia de la naturaleza, son sólo participantes del mismo juego; por eso, para su fortalecimiento, «se abrevó entre las dulces gacelas, y entre los fieros / animales carniceros». Es el mismo dios que juega como niño bárbaro con la muerte el que le ha mostrado en sueños «la cruda ley adamantina». Desde entonces, su compasión no debe ser la cristiana, dirigida sólo a los débiles y a las víctimas, lo que lo convertiría, tomando la forma de hablar de Nietzsche, en un ser resentido, con moral de esclavo y enemigo de la vida. Compadecerá no sólo al «ciervo», al «robado» y al «pájaro azorado», también al «cazador», al «ladrón» y al «sanguinario azor». Todo ello «sin odio ni amor», como corresponde a alguien que no participa de la moral utilitaria e hipócrita de su mundo burgués de alrededor y que está situado en una moral fuerte capaz de aceptar la verdad sin tapujos.
En XLI (1903), «una tarde / de la primavera», otro de los símbolos que utiliza Machado para referirse a la unidad primordial, le aconseja al poeta que olvide sus palabras y oiga lo que le dice lo más profundo de su naturaleza («y oye tu alma vieja»): que en su ser de poeta deben estar mezclados el «duelo» y la «fiesta», su «alegría» y su «tristeza». Si, como poeta, quiere llegar a la verdad del ser, ha de ahondar dentro de sí mismo. Allí verá que no existen separados lo bueno y lo malo, el placer y el dolor, sino sólo voluntad de poder. El poeta finalmente reconoce el problema: «yo odio la alegría / por odio a la pena». Y antes de sumirse en el ser de la naturaleza para buscar la verdad, le promete que va a hacer un esfuerzo para cambiar su mentalidad: «Mas antes que pise / tu florida senda, quisiera traerte / muerta mi alma vieja».
La diferencia y separación radicales entre el alma del poeta y el alma de las demás personas se expresan con toda claridad en LXI («Introducción»). El poema se publicó en 1907, pero en su inicio se nos aclara que las sensaciones o ideas que en él aparecen están sugeridas por la lectura de sus propios versos, probablemente, los de las Soledades de 1903. Se han abandonado ya las referencias directas al biologicismo nietzscheano y se ha adoptado una actitud más espiritual ante el problema, pero permanece enhiesto el aristocratismo, y sostenido con las mismas bases ideológicas. El verdadero poeta lo es porque considera su propio dolor («en la cruel batalla») un componente tan valioso para la creación poética como la alegría y tranquilidad espirituales («en el tranquilo huerto»). Ha alcanzado así la fuerza y la serenidad necesarias para su labor, ha construido «el fuerte arnés de hierro» interior, anímico. Las demás personas sólo tienen en ese «hondo cielo» el recuerdo de la alegría, no el del dolor: «el traje de una fiesta / apolillado y viejo». No pueden elaborar con el recuerdo mezclado de alegría y dolor el sueño poético, «la nueva miel». Se han convertido en seres extraños que miran al poeta con desconfianza y construyen en su interior —ya «el enemigo espejo»— una imagen grotesca de su alma. El poeta reacciona en principio con indignación («Sentimos una ola / de sangre en nuestro pecho»). Pero su alma, acendrada por la asunción del dolor, lo resiste todo. La indignación «pasa», sonríe con desprecio y vuelve a su labor.
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Al comenzar el artículo partimos de una suposición de base: era muy improbable que, siendo Nietzsche el revulsivo más importante del ambiente cultural español en los primeros años del siglo XX, Antonio Machado, entre los escritores jóvenes el más interesado por la filosofía junto con Unamuno, permaneciera inmune al influjo del pensador alemán. La indagación en los textos concretos de la época confirmó lo supuesto. Y, además, de la manera que era de prever. Machado dejó de lado, porque los rechazaba desde un principio, aspectos claves de la filosofía de Nietzsche como el relativismo moral, el anticristianismo, el superhombre, la exaltación de la fuerza bruta, el activismo o el nihilismo gnoseológico. Le puso sordina a otros como el aristocratismo espiritual, que aparece en su obra de forma esporádica y velada: era también muy difícil que, teniendo a su lado como amigos y compañeros a personalidades tan celosas de su elevación espiritual como Unamuno, Azorín, Juan Ramón Jiménez, Villaespesa o Ayala, Antonio Machado pudiera resistir esa tentación, que en cualquier caso siempre tuvo mucha menor intensidad que en sus compañeros. Lo que le sedujo sobre todo de la filosofía de Nietzsche es la consideración del hecho artístico que formuló en El origen de la tragedia y que se muestra en sus poemas oculto detrás de los símbolos que utiliza. También su consideración de la vida como algo eterno. Pero a esa consideración le opuso Machado desde un principio su preocupación existencial sobre lo finito de la vida humana individual y la angustia personal correspondiente.

Notas
[*] Algunas ideas, frases y citas del artículo estaban ya en nuestra tesis doctoral inédita Juan Merchán Alcalá, Un canto de frontera. La lógica poética de Antonio Machado, Universidad de Almería, 2003. [volver]
[1] Véase Gonzalo Sobejano, Nietzsche en España, Madrid, Gredos, 1967, pp. 36-82. [volver]
[2] Rafael Cansinos Assens, La novela de un literato 1, Madrid, Alianza, 1982, p. 122. [volver]
[3] Antonio Machado, «Carta abierta a don Miguel de Unamuno», en Prosas dispersas (1893-1936), ed. de Jordi Doménech, introducción de Rafael Alarcón Sierra, Madrid, Páginas de Espuma, 2001, p. 178.[volver]
[4] «Schopenhauer y Nietzsche, filósofos del siglo XIX. Leibniz, filósofo del porvenir», A. Machado, Los complementarios, en Poesía y prosa, 4 vols., ed. de Oreste Macrì, Madrid, Espasa-Calpe, 1989, p. 1174.[volver]
[5] A. Machado, «Biografía», en ibídem, p. 1524. [volver]
[6] A. Machado, «Apuntes sobre Baroja», en ibídem, p. 1230. [volver]
[7] Ibídem, p. 1230. [volver]
[8] A. Machado, Juan de Mairena, en ibídem, p. 2109. [volver]
[9] Ibídem, p. 2109. [volver]
[10] Ibídem, p. 2109. Los complementarios, en ibídem, p. 1172. [volver]
[11] Ibídem, p. 2109. [volver]
[12] A. Machado, «El mañana», en ibídem, p. 1795. [volver]
[13] A. Machado, Juan de Mairena, en ibídem, p. 2083. [volver]
[14] A. Machado, «Juan de Mairena póstumo», en ibídem, p. 2436. [volver]
[15] «Si existe alguna influencia de éste en la obra de Machado, aquí está: en lo formal, en lo literario», G. Sobejano, op. cit., p. 425. [volver]
[16] Ibídem, pp. 419-30. [volver]
[17] C. Alonso, «Una carta abierta de Antonio Machado a Miguel de Unamuno (1903)», Ínsula, 580, abril, pp. 5-8. [volver]
[18] José María Valverde, Antonio Machado, Madrid, Siglo XXI, 1986, p. 280. [volver]
[19] R. Cansinos Assens, Los Hermes, de Nueva literatura, en Obra crítica 1, Diputación de Sevilla, 1998, p. 86. [volver]
[20] Arthur Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación, Barcelona, Orbis, 1985, p. 84. [volver]
[21] Frederic Nietzsche, El nacimiento de la tragedia, Madrid, Alianza, 1981, p. 68. [volver]
[22] «Que Machado no mencione a Garcilaso y en cambio se extasíe ante cualquier coplilla andaluza es un ejemplo extremo de los disparates en que pueden incurrir hasta las gentes más razonables y sensatas», Luis Cernuda, Estudios sobre poesía española contemporánea, Madrid, Guadarrama, 1975, p. 94. [volver]
[23] Citamos los poemas de Machado, como es ya tradicional, con los números romanos que aparecen en las diferentes ediciones de sus poesías completas. [volver]
[24] F. Nietzsche, El nacimiento de la tragedia, cit., p. 69. [volver]
[25] Ibídem, pp. 52-54. [volver]
[26] Ibídem, pp. 53-60. [volver]
[27] A. Machado, «Juan de Mairena póstumo», en Poesía y prosa, cit., pp. 2351-52. [volver]
[28] A. Machado, Los complementarios, en ibídem, p. 1259. [volver]
[29] Véase R. M. Albérès, Panorama de las literaturas europeas (1900-1970), Madrid, Al-Borak, 1972, pp. 19-33. [volver]
[30] F. Nietzsche, El nacimiento de la tragedia, cit., p. 48. [volver]
[31] Ibídem, pp. 48-49. [volver]
[32] Ibídem, p. 59. [volver]
[33] F. Nietzsche, La gaya ciencia, Madrid, M.E., p. 62. [volver]
[34] Ibídem, pp. 141-42. [volver]
[35] F. Nietzsche, Ecce homo, Madrid, Alianza, 1988, p. 93. [volver]
[36] Véanse de F. Nietzsche, La gaya ciencia, parágrafo 109, p. 128; parág. 341, p. 211; parág. 342, pp. 211-12; y Así habló Zaratustra, Madrid, Alianza, 1981, pp. 223-28; se trata del capítulo 2 de la III parte, titulado «De la visión y el enigma». Véase también F. Martínez Marzoa, Historia de la filosofía, Madrid, Istmo, 1984, pp. 388-402. [volver]
[37] C. P. Janz, Friedrich Nietzsche III: Los diez años del filósofo errante, Madrid, Alianza, 1985, p. 185. [volver]
[38] Miguel de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida, Madrid, Espasa-Calpe, 1980, p. 206. [volver]
[39] Véase F. Martínez Marzoa, op. cit., pp. 388-403. [volver]
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LA TIERRA DE ALVARGONZÁLEZ: VERSO Y PROSA.

AUTOR: ALLEN W. PHILLIPS (University of Michigan).

Phillips, A. W. (1955). «La tierra de Alvargonzález": verso y prosa. Nueva Revista de Filología Hispánica (NRFH), 9(2), 129-148. https://doi.org/10.24201/nrfh.v9i2.1274

Resumen

En este número no se incluyeron resúmenes ni palabras clave.

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LA TIERRA DE ALVARGONZÁLEZ: VERSO Y PROSA

En este trabajo nos proponemos estudiar las dos versiones de «La tierra de Alvargonzález» por Antonio Machado: el cuento que publicó en el Mundial Magazine2 y el célebre romance incorporado en su forma definitiva a Campos de Castilla (1912). Si bien el cuento es único en Machado, las dos obras, inspiradas en una fuente común, tienen igual dignidad literaria. Nuestro estudio, en gran parte comparativo, pretende precisar dentro de las funciones expresivas de verso y prosa, los valores de ambas composiciones.

ANTONIO MACHADO Y LO POPULAR

Antes de abordar el análisis prometido, conviene aludir al tema de lo popular en Machado. De más está decir que estas notas sobre ciertos ideales que parecen haber influido en la composición de «La tierra de Alvargonzález» no intentan exponer la amplia teoría artística del poeta, sino iluminar sólo una de sus vertientes.

Nadie mejor que el poeta mismo para precisar su propio concepto del romance. Como bien se sabe, la observación clave se halla en la nota antepuesta a la segunda edición de Campos de Castilla (PC, p. 11)3. Al referirse a «La tierra de Alvargonzález», con toda claridad expresa su intención: hacer un romancero, a la vez nuevo y actual, como digna expresión de lo humano en sus aspectos más elementales. No piensa recrear versos de tradición heroica. Se propone una poe-1 Nuestro ensayo, mucho más extenso en su forma original, ha sido rehecho a la luz de dos estudios de HELEN F. GRANT sobre el mismo tema, que no cono-cíamos en el momento de redactarlo por primera vez. Ahora hemos prescindido de muchos datos bibliográficos ya publicados por esa distinguida investigadora. Para un análisis de la composición del cuento y otros temas que quedan fuera de nuestro propósito actual, remitimos a los trabajos de la profesora Grant: «La – tierra de Alvargonzález», Celt, 1953, núm. 5, 57-90 (donde se reproduce el cuento), y «Antonio Machado and La tierra de Alvargonzález», Atl, 2 (1954), 139-158. 2 Mundial Magazine, t. 2, núm. 9 (enero de 1912), 213-220. 3 Las abreviaturas que empleo corresponden a las siguientes obras de An-tonio Machado (todas ellas publicadas en la Editorial Losada, Buenos Aires): PC = Poesías completas, 1943; JM = Juan de Mairena, I y II, 1942; AM = Abel Martin. Cancionero de Juan de Mairena. Prosas varias, 1943. igo AIXEN W. PHILLIPS NRFH, IX sía de lo eterno humano. Así, desde el mirador teórico, su ideal sería desenredarse de los compromisos con la Historia para cantar directa-mente desde el pueblo, desde la tierra. Según Machado, su romance ha brotado del pueblo mismo. De hecho, el pueblo y el folklore son temas fundamentales de sus medi-taciones filosóficas4. El poeta aspira a dirigirse al hombre del pueblo; quiere fundirse con el alma popular y así llegar a lo humano. Pero de ninguna manera -e insistimos en esto- postula un arte para las masas (AM, pp. 114-115). Repetidas veces afirma que la verdadera aristocracia española está en el pueblo, que lo popular es lo esen-cialmente aristocrático. Para el poeta el folklore es algo vivo, diná-mico, íntimamente relacionado con el saber y el sentir populares. Estudio, pues, de la cultura creadora de una raza (]M\ I, p. 58). En resumidas cuentas, por vía de la plena identificación con el pueblo, le es dado al escritor acercarse al hombre universal y eterno, captar lo esencial humano. Esa fe suprema en la poesía humana «inmergida en las mesmas vivas aguas de la vida» (PC, p. 13) no se le olvida nun-ca a Machado.

Incluye la versión «cuento».

ARGUMENTO Y ESTRUCTURA DE AMBAS VERSIONES Al hacer verso o prosa, el escritor tiene que cumplir con las tra-diciones interiores del género. Distintas leyes, sin embargo, rigen ambas formas, de tal modo que las licencias de una resultan ser los límites de otra. Las diferencias en las dos versiones de «La tierra de Alvargonzález» corresponden, a nuestro modo de ver, a una plena conciencia de las posibilidades y funciones expresivas de la prosa y del verso. Conforme a la necesidad de situar al lector en el tiempo y en el lugar donde va a desarrollarse la acción, el cuento tiene un marco narrativo que falta por completo en el romance. La parte inicial de su prosa cuenta una excursión que hace el poeta a la fuente del Duero a principios de octubre3. Al partir para Cidones en el coche de Burgos, se encuentra con un campesino que lleva el mismo ca-mino. Éste es serio y taciturno, como la gente de aquellas tierras que «sólo se extiende en advertencias útiles sobre las cosas que conoce bien, o cuando narra historias de la tierra» (p. 214). Los dos bajan 4 Su famoso discurso de 1937, «Sobre la defensa y difusión de la cultura», viene a ser resumen de su actitud frente al problema del arte y el pueblo (AM, pp. 107-115). 5 Conviene recordar un dato externo. Un poco antes, el poeta mismo tuvo ocasión de visitar el escenario que recrea en «La tierra de Alvargonzález». Su biógrafo se refiere a un viaje que hizo en septiembre de 1910 a las fuentes del Duero, subiendo al Urbión y regresando a Soria por la’Laguna Negra y el valle de Revinuesa (MIGUEL PÉREZ FERRERO, Vida de Antonio Machado y Ma-nuel, Buenos Aires, 1952, p. 81). NRFH, IX «LA TIERRA DE ALVARGONZALEZ» Igl en Cidones para seguir a caballo por la ruta de Vinuesa. Llegados a una población a medio camino, La Muedra, cruzan el Duero y su compañero señala el sendero que lleva a las tierras malditas de Alvargonzález. En boca del campesino, pues, se pone la historia del crimen que formará el argumento de la leyenda. Es significativo observar que el campesino mismo la había oído cantar en su niñez a un pastor, y afirma también «que anda inscrita en papeles y que los ciegos la cantan por tierras de Berlanga» (p. 214). Según los fines más discursivos de la prosa, Machado nos explica con toda claridad cómo llegó a escuchar la leyenda popular que sirve de fuente común para ambas obras.

La laguna negra (Soria)

En la poesía, dada su naturaleza distinta, puede prescindir del relato circunstancial para comenzar más o menos di-rectamente con el tema lírico-dramático del crimen mismo. Una comparación detenida de las dos obras revela que su argu-mento coincide en lo principal, con una sola excepción notable. En la prosa los asesinos matan al hermano menor ahogándolo en la presa del molino, y por algún tiempo vuelven a labrar las tierras del padre. A un año de abundancia sigue de nuevo la miseria: los surcos, hechos a duras penas, se cerraban y desaparecían, la tierra misma manaba sangre y, por fin -desenlace idéntico-, los dos hermanos em-prenden la marcha fatal hacía la Laguna Negra que se los traga en sus aguas insondables. Otro crimen en el romance nos habría parecido algo «anticlimác-tico». Siempre el padre Alvargonzález o su sombra domina el relato. Tan sólo por haberlo matado a él los hijos buscan redimirse de su pecado. Logra acentuar, pues, la brutalidad de un asesinato único y, al mismo tiempo, insistir en el remordimiento y la desesperación que llevan a la expiación final. Los parricidas no cometerán fratri-cidio. La unidad patética del poema queda intacta. El hermano me-nor se ha ido a América; cuando vuelve, rico, compra las tierras. Es como si, de un tirón, les arrancara el suelo de bajo los pies. Los parricidas quedan como suspendidos en el aire, junto con el fantasma flotante del padre asesinado; y se hundirán, los hermanos malos, en la laguna adonde arrojaron al padre. Que sobreviva el hermano «in-diano» no disminuye la tensión de la leyenda; al contrario, la recorta, la depura, la concentra. La actitud explicativa del cuento, en cambio, crea en el lector una vigilancia para cada una de las personas. Ma-chado tiene que resolver definitivamente la suerte de Miguel. Así, de acuerdo con la estructura más clara que se suele pedir al cuen-tista, se ve obligado a decirnos precisamente lo que pasó para no 8 Iniciado el relato, sólo se interrumpe una vez hacia el final (en la prosa), cuando el campesino, dirigiéndose al poeta, dice: «Los viajeros que, como Vd., visitan hoy estos lugares, han hecho que se les pierda el miedo» (p. 218). Así en el cuento, de pronto, y sólo por un instante, el lector vuelve a la realidad. Es decir, se acuerda de la circunstancia narrativa. ig2 ALLEN W. PHILLIPS NRFH, IX dejar ningún cabo suelto. Por lo demás, en el cuento, el matar tam-bién al hermano está más dentro de los motivos naturales del crimen: la codicia. El verso acentúa lo sobrenatural, la prosa lo natural. En ambas versiones, no obstante, los elementos narrativos se pa-recen mucho: el sueño, los dramáticos y simbólicos presagios de la tragedia.

La laguna negra

El crimen brutal motivado por la codicia y la envidia es idéntico: los hermanos matan a su padre mientras duerme junto a la fuente clara y, atada una piedra a sus pies, le dan tumba en la Laguna Negra. Falsamente acusado, paga el crimen un buhonero de la sierra. En iguales circunstancias también vuelve Miguel de las Indias para cultivar con buena fortuna los campos malditos que bajo su mano se tornan tan fecundos y risueños corno antes. Puesto que la prosa y el verso deben acatar leyes diferentes, una confrontación de textos revela que son más abundantes los pequeños detalles narrativos en la prosa que en el verso. En el cuento, por ejemplo, el lector se entera de que la mujer de Alvargonzález se llamaba Polonia, la mayor y más hermosa de las tres hijas de los Peribáñez, familia en otra época rica y ahora de menguada fortuna. Se describe también más prolijamente la hacienda de Alvargonzález, la partida del hijo menor para América y otros particulares por el estilo. Depurada y concentrada la visión esencial del tema en el ro-mance, Antonio Machado se aprovecha de la libertad poética para no demorarse tanto en pormenores si no corresponden a esenciales fines lírico-dramáticos. Fijémonos un momento en el sueño de Alvargonzález. En el poe-ma, donde ocupa unos cuarenta y cuatro versos, se desarrolla sobre todo en un solo plano temporal, el pasado cercano. El episodio prin-cipal -el del fuego que sólo saben encender las manos del más pequeño de los hermanos- se reduce a dos estrofas. Mucho más espa-cio se dedica al sueño en la prosa. Mientras reza Alvargonzález, dando gracias a Dios por los favores con que ha colmado su vida de honrado campesino, se duerme al son del agua. La franja del sol, filtrado por las ramas del olmo, se convierte en la escala de Jacob y una voz le habla. En ese mismo instante corta Machado el proceso del sueño e interpola una meditación de tipo filosófico (p. 216): Difícil es interpretar los sueños que desatan el haz de nuestros propósitos para mezclarlo con recuerdos y temores. Muchos creen adivinar lo que ha de venir estudiando los sueños. Casi siempre yerran, pero alguna vez aciertan. En los sueños malos, que apesa-dumbran el corazón del durmiente, no es difícil acertar. Son estos sueños memorias de lo pasado, que teje y confunde la mano torpe y temblorosa de un personaje invisible: el miedo. Su inclusión se entiende en la prosa. Y es lícita. No aparece en el verso, puesto que su función no es explicar, sino expresar intui-ciones líricas. NRFH, IX «LA TIERRA DE ALVARGONZALEZ» 133 En el cuento, pues, Alvargonzález se proyecta a un pasado lejano, recordando primero su niñez -el negro rosario de la madre, el hacha reluciente del padre- y luego su mocedad, cuya memoria queda configurada en imágenes de gran intensidad poética. A medida que se acerca al presente y piensa en sus propios hijos, se le ensombrece el sueño. El poeta, en ambos casos, recurre a la misma imagen del mechón de negra lana en la rueca de las hadas hilanderas de los sueños. El cuervo negro salta entre los hijos mayores, y el hacha, ya aludida varias veces por el estilo de un ritornelo en la prosa, aún goteando sangre en una ocasión, asoma por primera vez en el poema con poderoso efecto dramático: «Entre los dos fugitivos / reluce un hacha de hierro». El acierto de Machado, tanto en el cuento como en el poema, ha sido imponernos un profundo sentimiento temporal que abarca el pasado, el presente y el futuro. La rememoración de instantes pretéritos se funde con la actualidad del sueño, matizado a su vez por el vaticinio del porvenir. Al reducir el sueño a lo más esencial en el romance, el poeta logra poner de relieve el motivo central del crimen. A pesar de las repetidas coincidencias formales, que estudiare-mos más adelante, se registran muchas divergencias en las dos ver-siones. Sólo dos merecen señalarse ahora. Es una noche fría de invier-no. La nieve cae en torbellinos. El viento helado se oye bramar en la chimenea. Los asesinos y sus mujeres rodean las ascuas mortecinas del fuego que poco a poco se les va apagando por falta de leña. Ha regresado Miguel. Vuelven a llamar, y éste, recién venido, abre la puerta. Sólo se ve una figura borrosa que se aleja en la nieve. Pero, cerrada la puerta, hay un montón de leña en el umbral. Más fantás-tico, más lírico es el mismo extraño episodio en el poema: Un hombre, milagrosamente, ha abierto la gruesa puerta cerrada con doble barra de hierro. El hombre que ha entrado tiene el rostro del padre muerto. Un halo de luz dorada orla sus blancos cabellos. Lleva un haz de leña al hombro y empuña un hacha de hierro. Ya no es una figura borrosa, una persona cualquiera. Es claramente el padre. Así Machado insiste de nuevo en cómo la presencia de Al-vargonzález, siempre personaje central, domina la acción. Un poco más adelante cuenta Juan a su hermano que de noche, volviendo a casa, ha visto en la huerta, inclinado sobre la tierra, a un hombre en cuya mano brillaba una hoz de plata. Esta figura mis-teriosa vuelve el rostro sin decir palabra y continúa trabajando: 134 ALLEN W. PHILLIPS NRFH, IX Tenía el cabello blanco. La luna llena brillaba, y era la huerta un milagro. Basta, pues, en el verso una pequeña alusión al cabello blanco para que el lector sepa quién es el que trabaja las tierras. Más aún: todo se ha hecho milagro por la vuelta del padre. El tratamiento en la prosa de un suceso semejante es bien distinto. En primer lugar, se presta a mayor desarrollo. Machado nos instala directamente en la circunstancia; hace concesiones al pensamiento lógico; no sugiere, sino que expone y justifica mediante la borrachera la apariencia sobrenatural del viejo. Creyendo que el hombre encorvado sobre el campo es Miguel, los dos hermanos le llaman (p. 220): Pero el hombre aquél no volvía la cara. Seguía trabajando en la tierra, cortando ramas o arrancando hierbas. Los dos atónitos borrachos, achacaron al vino que les aborrascaba la cabeza, el cerco de luz que parecía rodear la figura del hortelano. Después, el hom-bre se levantó y avanzó hacia ellos sin mirarles, como si buscase otro rincón del huerto para seguir trabajando. Aquel hombre tenía el rostro del viejo labrador. ¡De la laguna sin fondo había salido Alvargonzález para labrar el huerto de Miguel! En resumen, la historia recreada por Machado es sustancialmente igual en ambos casos. Lo diferencial de cada versión parece ajustarse a los distintos fines que se proponen un relato en verso y uno en prosa. El cuento tiene marco convencional para instalar al lector en el momento y el lugar de la acción. Si la prosa, al cumplir con sus propósitos más conceptuales, expone los hechos -por fantásticos que sean- dentro de un esquema lógico-narrativo, el verso no está comprometido con una explicación clara y precisa. La eficacia lírica estriba más bien en lo vago, en lo sugerido y en lo misterioso. Aun el romance, verso narrativo por excelencia, realiza otra función poética: la de crear atmósferas. VERSO Y PROSA: FORMA INTERIOR Hemos visto cómo, en lo diferencial de su estructura, ambas ver-siones tendían a cumplir con ciertas normas características de verso y prosa. Nos proponemos mostrar ahora cómo también los mismos hábitos influyen en la forma interior de cada género. En la prosa la curva de entonación necesariamente coincide con la sintaxis. En el verso, en cambio, el ritmo puede o no depender de la unidad sintáctica. Así, pues, es posible diferenciar prosa y verso según la ley rítmica que rige una y otra forma. Dos pasajes semejan-tes ilustran cómo en la prosa el ritmo sigue el movimiento sintáctico y cómo en la poesía a veces se suspende la unidad de sentido hasta llegar al verso siguiente: NRFH, IX «LA TIERRA DE ALVARGONZÁLEZ» *35 El menor, a quien los padres pu-sieron en el seminario, prefería las lindas mozas, a rezos y latines, y colgó un día la sotana, dispuesto a no vestirse más por la cabeza. De-claró que estaba resuelto a embar-carse para las Américas.

Campos de Casftilla

Soñaba con correr tierras y pasar los mares, y ver el mundo entero. Mucho lloro la madre. Alvar-gonzález vendió el encinar, y dio a su hijo cuanto había de heredar. El menor, que a los latines prefería las doncellas hermosas y no gustaba de vestir por la cabeza, colgó la sotana un día y partió a lejanas tierras. La madre lloró; y el padre diole bendición y herencia. En los primeros versos citados se ve que el ritmo, siendo indife-rente a la articulación lógica de la sintaxis, cobra valor por sí solo. Es decir, cada verso tiene unidad rítmica aunque no tenga sentido completo; el sentido se va desarrollando verso tres verso. Compárense ahora los siguientes fragmentos de prosa y verso: a) Una mañana de otoño salió solo de su casa, no iba como otras veces, entre sus finos galgos, terciada a la espalda la escopeta. No llevaba arreo de cazador ni pensaba en ca-zar. Largo camino anduvo bajo los álamos amarillos de la ribera, cru-zó el encinar y, junto a una fuente que un olmo gigantesco sombrea-ba, detúvose fatigado. Enjugó el su-dor de su frente, bebió algunos sor-bos de agua y acostóse en la tierra. b) Y Alvargonzález soñó que una voz le hablaba, y veía como Jacob una escala de luz que iba del cielo a la tierra. Sería tal vez la franja de sol que filtraban las ramas del olmo (p. 216). c) Junto a la fuente dormía Alvar-gonzález, cuando el primer lucero brillaba en el azul, y una enorme luna teñida de púrpura se asomaba al campo ensombrecido. El agua que brotaba en la piedra parecía relatar una historia vieja y triste: la historia del crimen en el’ campo. Los hijos de Alvargonzález cami-naban silenciosos, y vieron al pa-dre dormido junto a la fuente. Las sombras que alargaban la tarde lie-Una mañana de otoño salió solo de su casa; no llevaba sus lebreles, agudos canes de caza; iba triste y pensativo por la alameda dorada; anduvo largo camino y llegó a una fuente clara. Y Alvargonzález veía, como Jacob, una escala que iba de la tierra al cielo, y oyó una voz que le hablaba. Sobre los campos desnudos, la luna llena, manchada de un arrebol purpurino, enorme globo, asomaba. Los hijos de Alvargonzález silenciosos caminaban, y han visto al padre dormido junto de la fuente clara. NRFH, IX «LA TIERRA DE ALVARGONZÁLEZ» »37 desnudar el relato, despojándolo de todo lo que no sea propio del valor sugeridor de la lírica. Así, mediante un análisis de ciertas variaciones en el romance y el cuento, es posible mostrar cómo se diferencian los modos de contar un mismo tema. He aquí otros pequeños cambios: Mucha sangre de Caín tiene la gente labradora. La envidia armó pelea en el hogar de Alvargonzález. Casáronse los mayores, y el buen padre tuvo nueras que antes de darle nietos, le trajeron cizaña. Ma-las hembras y tan codiciosas para sus casas, que sólo pensaban en la herencia que les cabría a la muer-te de Alvargonzález, y por ansia de lo que esperaban, no gozaban lo que tenían (p. 214). Mucha sangre de Caín tiene la gente labriega, y en el hogar campesino armó la envidia pelea. Casáronse los mayores; tuvo Alvargonzález nueras que le trajeron cizaña antes que nietos le dieran. La codicia de los campos ve tras la muerte la herencia; no goza de lo que tiene por ansia de lo que espera. Prosa y verso narran el mismo tema: el casamiento de los hijos mayores y la mala entraña de las nueras que, por envidia y codicia, desean la muerte de Alvargonzález. Pero, mientras en la prosa se describen concretamente y se explican las motivaciones del pensar criminal de las nueras, en el verso se enriquece la presentación de la misma situación con un procedimiento expresionista: se sugiere al lector una equiparación entre lo que se percibe con los sentidos -las nueras- y lo que no es sensible, sino pensado -la codicia. Así las mujeres se convierten en una imagen de la codicia, y viceversa, y las dos cuartetas del romance forman parte de una unidad pare-cida a la de las alegorías. Al comparar los textos copiados, se nota inmediatamente una sustitución «de adjetivos: labriega en el verso por labradora en la prosa. El uso de labriega se ajusta a las exigencias de la medida octo-silábica y de la rima asonante; en el cuento, en cambio, escogió Machado la palabra labradora porque probablemente su buen sen-tido de prosista quiso evitar que los dos miembros de la frase tuvie-ran ritmo octosilábico, o porque molestaba a su oído una asonan-cia en la prosa. Esta preocupación explica quizá otros leves cambios en frases posteriores. Por último, encontramos otra clave para entender las intenciones del prosista y del poeta en estos dos ejemplos: a) Ya tenía Alvargonzález la frente arrugada, y por la barba le platea-ba el bozo azul de la cara. .. (p. 216). Alvargonzález ya tiene la adusta frente arrugada; por la barba le platea la sombra azul de la cara. b) .. .Era el más bello de los tres De los tres Alvargonzález i38 ALLEN W. PHILLIPS NRFH, IX hermanos, porque al mayor le afea- era Miguel el más bello; ba el rostro lo espeso de las cejas porque al mayor afeaba velludas, bajo la estrecha frente, y el muy poblado entrecejo al segundo, los ojos pequeños, in- bajo la frente mezquina, quietos y cobardes, de hombre as- y al segundo, los inquietos tuto y cruel (p. 219). ojos que mirar no saben de frente, torvos y fieros. En (a), la palabra bozo, de significación precisa, ai pasar al verso se convierte en sombra, en una mancha impresionista, en un valor pic-tórico. La misma técnica parece motivar las variaciones en (b). La concreta alusión («lo espeso de las cejas velludas») de la prosa pierde su valor de precisión cuando se rehace en el verso («el muy poblado entrecejo»). Es decir, el prosista emplea en los dos fragmentos voca-blos que dan realce a los detalles realistas; pero el poeta, fiel a la virtud idealizadora de la lírica, elige voces que por ser menos exac-tas dan más libertad a la fantasía. También en (b), al adjetivo estre-cha, de significación física, se opone en el verso el adjetivo mezquina, de resonancia moral. En el romance, pues, el adjetivo contribuye a expresar una cualidad espiritual. El acento recae sobre su modo de ser, no sobre un atributo físico. Finalmente, conviene destacar una aparente libertad enumerativa en la prosa que no ha sido posible en la poesía por ciertas leyes interiores del verso. Al estudiar comparativamente varias semejanzas y diferencias formales y estructurales en ambas versiones de «La tierra de Alvar-gonzález», no ha sido nuestra intención precisar las virtudes de cada obra. Ni tampoco hemos tenido en cuenta los préstamos mutuos entre verso y prosa, que siempre han existido en la historia literaria. Sólo nos hemos propuesto mostrar cómo dos relatos sobre un mismo tema, uno en verso y el otro en prosa, deben acatar en su estructura ciertas normas distintas. Es decir, la prosa tiene una tabla de valores y el verso t iene otra. EL HOMBRE DEL PUEBLO Para Juan de Mairena, ningún artista «en sus momentos real-mente creadores pudo pensar más que en el hombre, en el hombre esencial que ve en sí mismo y que supone en el vecino» (AM, p. 48)7.

Antonio Machado
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Ya hemos señalado cómo Antonio Machado veía una relación orgánica entre el pueblo y lo eternamente humano. Nada mejor que «La tierra de Alvargonzález» para descubrir hasta qué punto logra compenetrarse con ese hombre del pueblo. íntimamente siente el poeta su alma colectiva. La recrea y la caracteriza con tal acierto, que efectivamente prosa y verso parecen a veces brotar del siempre 7 Hay sobre el mismo tema otro texto muy revelador, pero demasiado largo para citarse: AM, pp. 52-53. NRFH, IX «LA TIERRA DE ALVARGONZÁLEZ» 139 vivo manantial de lo popular más que de la fantasía creadora de un artista refinado. Es inútil decir que su interés por el pueblo no es mero recurso retórico sobrepuesto desde fuera, sino una auténtica condición de su ser. Por el momento, sólo pensamos apuntar algunas visiones esencia-les del hombre del pueblo en las dos versiones. Revelando su pre-dilección típica por lo epigramático en las páginas iniciales del cuen-to, Machado, mientras cabalga con el campesino, alude al saber popular: «Siempre que trato con hombres del campo, pienso en lo mucho que ellos saben y nosotros ignoramos, y en lo poco que a ellos importa conocer cuanto nosotros sabemos» (p. 214). Sin em-bargo, dentro de la narración propiamente dicha, nada más lejos de la intención del poeta que la idealización del campesino. Es verdad que exalta la bondad de Alvargonzález (pp. 217-218), pero con más insistencia se refiere a la maldad propia de muchos labriegos. El mismo tópico de la malevolencia campesina asoma en otros poe-mas de Campos de Castilla (v. gr., «Por tierras de España»). Cuando el poeta nos presenta a los personajes de su leyenda, se está antici-pando al crimen mismo. Ya hemos analizado los fragmentos en que Machado se refiere a la sangre de Caín. Larga y compleja tradición literaria tiene este tema bíblico. En el afán de cantar lo eternamente humano, Machado adapta la leyenda a sus propios fines. Insiste mucho más en la envidia misma como principio de malas obras que en el acto físico del fratricidio. Ante todo, destaca la fuerza de esa pasión que nace en tenebrosos rincones del alma humana. Tan poderoso es el odio, que en la prosa se transmite a las mujeres: «Ca-da uno de los hermanos tuvo dos hijos que no pudieron lograrse,, porque el odio había envenenado la leche de las madres» (p. 218). Es verdad que dan muerte al hermano al final del relato en prosa8, pero, como dijimos, el segundo crimen corresponde a los hábitos más explicativos del cuento. Ya vista la clara filiación con la herencia de Caín, no pasan in-advertidas, sin embargo, las virtudes del padre y del hijo menor. En efecto, si Machado insiste en la bondad de Alvargonzález es para aumentar en el pensamiento del lector lo horroroso del cri-men. Lo que sobresale, a pesar de unos momentos de remordimiento, es la bestialidad de los asesinos. Su avaricia y su odio parecen domi-nar en ambas obras. Aunque las fuerzas del bien y del mal se opon-gan, se destaca en la narración la vileza de los hermanos mayores. No sólo para caracterizar mejor a los tres hermanos, sino tam-bién para aumentar la tensión lírico-dramática, Machado intercala en ambas versiones ciertos episodios fantásticos y misteriosos, que 8 Nótese en la prosa el preludio del segundo crimen: «Los mayores volvie-ron a sentir en sus venas la sangre de Caín, y el recuerdo del crimen les, azuzaba al crimen» (p. 220).

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