RECUERDOS Y VIVENCIAS CON MANUEL Y ANTONIO MACHADO.

Por Leonor Machado

Manuel y Antonio Machado

Yo misma me voy a presentar; soy Leonor Machado, autora de este modesto librito que desearía al lector le resultara simplemente entretenido como me ocurría a mí cuando lo estaba escribiendo, recordando tiempos pasados.

Afectuosamente Leonor

LEONOR MACHADO MARTÍNEZ

He tratado de incluir, en esta segunda versión, algún dato nuevo que pueda ser de interés, no se si lo he conseguido dadas las muchas y valiosas biografías que se conocen de los poetas Antonio y Manuel. Esta recopilación por mi parte, sin pretensiones literarias, son recuerdos escuchados a varios familiares allegados y algunos casos vividos.

Para empezar voy a referirme a los más próximos ascendientes.

Antonio Machado Núñez, abuelo de los poetas, nació en Cádiz en 1.815, bautizado en la Iglesia Catedral. Sus padres, procedían de la onubense Alosno.

Antonio Machado Núñez

Machado Núñez, con un bagaje cultural extraordinario, estudió medicina en Cádiz, y tras un breve ejercicio de su profesión en España, se trasladó a Guatemala para reunirse con su hermano Manuel, que ya había logrado encauzarse en diversos negocios en aquellas tierras. Puede decirse que con su hermano Manuel terminaron las vocaciones comerciales en la familia, tomando, ésta, definitivamente el rumbo cultural que todos conocemos.

Regresó pronto de las Américas. No quería encariñarse con las riquezas materiales que ya empezaba a conseguir, decidiendo dedicarse a la investigación de la naturaleza, que le hacía tan feliz y que había descubierto entre la selva tropical, la fauna y los volcanes centroamericanos.

De regreso al viejo continente trabajó en la Universidad de la Sorbona de Paris como ayudante del profesor Orfila, destacado naturalista y profesor científico, famoso por sus estudios sobre toxicología, los venenos y sus antídotos. Conoció y colaboró con el químico Bequerel y el geólogo Prevost.

En 1846, ya en España, fue nombrado catedrático de Física y Química, siendo su destino la Universidad de Santiago de Galicia.

Antes de partir contrajo matrimonio con Cipriana Álvarez Durán, sevillana de orígenes extremeños.

Cipriana Álvarez Durán

En esta ciudad de Galicia nació su único hijo, el 6 de abril de 1846, en la Rua Nueva número 33. Ese mismo año regresaron a Sevilla, por motivos de salud de Cipriana, donde había obtenido la cátedra de Mineralogía y Zoología en la universidad hispalense.

Durante más de treinta años se dedicó a la docencia, desempañando, además de la cátedra de la que era titular, el cargo de Decano de la facultad de Ciencias, en el edificio universitario de la calle Laraña de Sevilla.

Entre 1869 y 1873 fue Alcalde y Gobernador de Sevilla, y Rector de la Universidad.

El 26 de octubre de 1878 se inauguró el Ateneo de Sevilla, y Machado Núñez asumió la Presidencia de la sección de ciencias exactas físicas y naturales; también impartió conferencias sobre geología, materia en la que había profundizado en Francia de la mano de su amigo, ya citado, el eminente geólogo Constant Prevost.

Llegó a ser de los primeros naturalistas de su tiempo, iniciando incluso los más serios estudios paleontológicos, fundando revistas científicas y museos, como el de geología de la Universidad de Sevilla o el arqueológico de ésta misma ciudad. Fue el primero, en España, en divulgar las teorías evolucionistas de Charles Darwin, lo que le ocasionó una fuerte animadversión de los sectores más conservadores de la sociedad y de la Iglesia.

Museo de Ciencias Naturales de la Universidad de Sevilla en la calle Laraña

Muchos fueron sus trabajos científicos, destacando, entre otros, aquellos sobre la fauna de Doñana, sobre los peces de las costas andaluzas, sobre herpetología, sobre los meteoritos caídos en la mitad sur de la península, sobre geología y mineralogía y sobre la antropología del hombre andaluz.

Como alcalde de Sevilla se ocupó de la sanidad e higiene de la ciudad y de la actualización de un sistema integral de alcantarillado que evitara las contaminaciones. Así se evitó en Sevilla una epidemia de malaria que asoló otras ciudades andaluzas.

Antonio Machado y Núñez

En 1.883, obtiene la Cátedra de Zoología de la Universidad Central de Madrid. Con este motivo se traslada con toda la familia a la capital, donde vivirá el resto de sus días, dedicándose a la docencia, la investigación y la política, llegando a ser candidato a senador por el partido radical de Ruiz Zorrilla. Entre los amigos que más frecuentaba se encontraban Salmerón, Pi y Margall, Joaquín Costa y Francisco Giner de los Ríos.

Como ya indicamos, su único hijo, Antonio Machado Álvarez, nació en Santiago de Galicia, como se decía entonces, el 6 de abril de 1846; bautizado con los nombres de Antonio, José, Cipriano, Francisco y Celestino.

Antonio Machado y Álvarez

Su infancia y juventud se desarrolló en un ambiente sevillano en el que no faltaba una fuerte impronta cultural, tanto por la actividad científica de su padre, por la actividad pictórica y antropológica de su madre.

Antonio Machado y Álvarez

Cursó Derecho y Filosofía y Letras en la Universidad de Sevilla y el doctorado en ambas facultades de la Universidad Central de Madrid.

Durante su estancia en Sevilla, ejerció brevemente como abogado, fue Juez en Dos Hermanas, dedicándose siempre a la docencia y a la investigación, en particular a la iniciación en la nueva ciencia llamada folklore, (ciencias del saber popular en todas sus manifestaciones).

Organizó en Sevilla estos estudios que por su iniciativa se fueron extendiendo a casi todas las regiones de España. Fue miembro honorario de algunas sociedades Folk-loricas en Europa, Inglaterra, Alemania, Portugal e Italia; sus trabajos sobre literatura popular, se tradujeron en varios idiomas europeos.

De 1869 a 1872 publicó una serie de artículos titulados “estudios de literatura popular”, y en 1886 una selección escogida de “cantes flamencos”, siendo su trabajo más reconocido la edición de la “Biblioteca de las Tradiciones Populares” , once extraordinarios tomossobre el folck-lore español, en los que colaboraron, entre otros Doña Emilia Pardo Bazán, D. Francisco. Rodriguez Marín, Teófilo Braga y Giuseppe Pitré, con los que mantuvo una gran amistad y sus incondicionales amigos Luis Montoto y Alejandro Guichot.

Antonio Machdo y Álvarez y su esposa Ana Ruiz Hernandez

Ya en Madrid fue director del diario “La Justicia” fundado por don Nicolás Salmerón, donde divulgó más de seiscientos artículos jurídicos, profesor de estudios antropológicos y folklóricos en la Institución Libre de Enseñanza, colaborador de diversos periódicos madrileños

José Álvarez Guerra

En la mayoría de sus trabajos utilizó el nombre de Demófilo como pseudónimo, tal vez en recuerdo de su abuelo materno José Álvarez Guerra que firmó sus obras con el nombre de “un amigo del hombre” .

Antonio Machado Álvarez, con 27 años de edad y a orillas del Guadalquivir, observando como saltaban unos delfines, todo un espectáculo enmarcado en una expectación desbordada, coincidió con Ana y se enamoro de ella desde el primer instante de haberla visto. Antonio preguntó quien era aquella joven y donde vivía: le contestaron con esa forma de decir típica de Andalucía ¡en Sevilla, búsquela Vd!, ¡y vaya si la encontró!.

Ana Ruiz Hernández nació en Sevilla en la calle Orilla del Rió, hoy calle Betis de Triana, fue bautizada con los nombres de Ana, Josefa y Felipa el 28 de febrero de 1854, en la iglesia parroquial de Santa Ana, la iglesia más antigua de la ciudad de Sevilla, ordenada construir por Alfonso X en el año 1.276, de estilo gótico-cisterciense.

Ana nació a orillas del río Guadalquivir, ese del que una famosa sevillana del siglo XVIII dijo:

¡Ay, río de Sevilla que bien pareces lleno de velas blancas y ramas verdes!

Pasado algún tiempo se casan el 22 de mayo de 1873 siendo testigos de la boda don Manuel Sierra Durán y don José Jiménez Jiménez, los dos de Sevilla.

El primer hijo de este matrimonio fue Manuel, que nació en Sevilla el 29 de agosto de 1.874, en la calle San Pedro Mártir no 20, barrio de la Magdalena.

Antonio Machado y Álvarez y Ana Ruiz

A unas dependencias del Palacio de Las Dueñas, propiedad de los Duques de Alba, se trasladó esta familia a vivir, donde nació Antonio el 26 de julio de 1875 día de Santa Ana coincidiendo con el día del santo de la madre.

Palacio de las Dueñas

Muchos años después el Excmo. Sr. Duque de Alba ordenó colocar en la fachada de la Casa de las Dueñas, una placa que contiene la inscripción siguiente: “En una vivienda de este palacio, nació el poeta Antonio Machado. Aquí vió la luz, el huerto claro, la fuente y el limonero”. El Palacio de las Dueñas, fue construido en el siglo XV.

A primeros de 1879 deciden cambiarse a la antigua calle de las Navas, número 1, donde nacen dos hermanos, José el 18 de octubre de 1879 y Joaquín el 17 de agosto de 1881, bautizados en la Parroquia de Santa María Magdalena. En esta misma iglesia, en 1618, bautizaron al gran pintor Murillo, de nombre Rafael Pérez Delgado.

Pocos años después pasaron a residir con los abuelos paternos a la céntrica calle de O’Donell, número 22, de Sevilla.

Los abuelos maternos fueron Rafael Ruiz e Isabel Hernández, de Sevilla y Totana (Murcia).

Cuando Manuel y Antonio tenían 9 y 8 años, con ocasión del nombramiento del abuelo como titular de la Cátedra de Zoología de la Universidad Central, los padres deciden trasladarse con toda la familia a Madrid.

Lo comentan con los dos hijos mayorcitos pero a ellos no les hace ilusión de momento. Dicen que de salir de Sevilla les gustaría a una ciudad con gran puerto de mar porque quieren ser marinos.

Ésta parece ser la primera y prematura vocación tal vez heredada de los marinos habidos por línea materna. No llegaría a realizarse como todos sabemos, pero si se definen por primera vez. Sin duda la inspiración es el mar, aunque la manera de ser de cada uno es distinta.

Manuel dice que quiere ser capitán de un buque de guerra, Antonio de un viajero mercante.

Antonio y Manuel Machado. Sevilla 1883.

El padre los había llevado al puerto de Huelva donde quedaron impresionados. Era la primera vez que vieron el mar. Les hacen comprender que en la Villa y corte encontrarían más facilidades de futuro y podrían iniciarse oportunamente en sus vocaciones. Les hablan como si fueran hombrecitos.

Llegan a Madrid y se instalan en una casa de la calle Claudio Coello no 16, esquina con la calle de Villanueva, donde nacen los dos últimos hermanos: Francisco el 19 de febrero de 1885, mi padre, y una hermana que se llamó Cipriana como la abuela, bautizada en la parroquia de Santa Teresa y Santa Isabel, de Madrid, que falleció a los quince años, en 1900.

Cipriana Machado Ruiz.

El abuelo que tenía gran amistad con don Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de la Enseñanza, le habla de sus nietos mayores pensando en la formación humanística y cultural de los chicos. Fueron admitidos, y les entusiasma a los muchachos el sistema de estudios dirigido por aquellos grandes pedagogos. Fueron alumnos de estudios primarios Manuel desde los 9 años los 14 y Antonio de los 8 a los 13. Después ingresaron en el Instituto San Isidro, de Madrid, y, más tarde, en el Instituto del Cardenal Cisneros.

Decía Manuel que cuando pasaba por la Institución sita en la calle Martínez Campos, recordaba emocionado que siendo niño, se empinaba para llegar al timbre o llamador de la puerta, pintada de verde.

Francisco Giner de los Ríos

En sus mentes, quedaron registradas cantidad de cosas dignas de reflexión, a pesar del tiempo transcurrido.

Antonio sentía gran amor por la naturaleza, hay paisajes que le acompañan siempre. No le cansaba dar grandes paseos por el campo, sin embargo en la ciudad cogía muchos taxis, no le apetecía andar entre calles.

Creo que en la sierra de Guadarrama se le iluminaban los ojos y se olvidaba del tiempo y de todo extasiado mirando “los azules montes del ancho Guadarrama”, como más tarde él cantara. Antonio decía que la obra creada, no podía nunca superar a la naturaleza aun pensando en el maravilloso colorido de los cielos que pintó Velázquez.

Antonio afirma en su biografía: “me eduqué en la Institución Libre de Enseñanza, a sus maestros guardo vivo afecto y profunda gratitud”.

La Institución comprendiendo la trascendencia de los estudios folklóricos para nuestra historia y nuestra cultura creó una cátedra con fecha 27 de septiembre de 1885 en Madrid, proponiendo en carta firmada por el Rector de la Universidad don Juan Uña a Machado Álvarez que se hiciera cargo de la mencionada cátedra en el curso académico de 1885-86, que pasó a desempeñar. Publicaba asiduamente artículos en el boletín de la Institución.

La amistad de Machado Núñez con Giner de los Ríos, data de los años pasados anteriormente en Ronda, provincia de Cádiz, su bello pueblo natal, de donde partían sus raíces. Se profesaron tal admiración y cariño que este duró para siempre. También otro personaje era don Manuel Bartolomé Cossio que Giner de los Ríos lo veía como eminente colaborador suyo, y a su mas digno continuador.

La influencia que ejerció la Institución en la formación cultural de Antonio y Manuel la podemos observar en el hermoso tema del agua -origen de la vida- que tienen siempre presente en su obra. La fuente, el rio, el mar…, la importancia de las fuentes. “En la Biblia se decía que el señor cuando quería favorecer a sus servidores, les regalaba una fuente. En la canción popular las fuentes son claras y serenas, en las leyendas son santas y sagradas, en verano las aguas son fresca y en invierno calientes, según los ingenuos poetas medievales” las fuentes son para la salud del pueblo, ornato de las ciudades y pacificación de los espíritus según opinaba don Manuel Bartolomé Cossio. ”Nada se a multiplicado tanto en los pueblos y ciudades como las fuentes, riqueza material de bienestar utilitario, de mejora de vida y de progreso”.

Algo poco conocido es que en un pueblo de León, llamado Villablino perteneciente el valle de Laciana,

varios profesores de la Institución fundaron unas escuelas que llamaron de Sierra Pambley, nombre de su benefactor Francisco Sierra Pambley, don Paco, como se le llamaba en el pueblo cariñosamente.

Decían por aquellas tierras, que desde que se fundaron allí las escuelas, no se había dado ningún caso de analfabetismo y que los moradores lo tenían muy “a gala”.

A don Paco, se le profesaba gran cariño y agradecimiento.

La apertura de estas escuelas fue desde 1886 hasta 1916 que se cerraron. Se volvieron a abrir en 1918 hasta 1936 que se clausuraron. Sin más detalles me han informado que ahora en estos locales, rehabilitados y remodelados se celebran actos culturales importantes.

El pueblo es muy pintoresco. En los años 50 todavía llevaban el ganado vacuno por las calles. Lo iba dirigiendo un mozo con una varita hasta subirlo a las brañas, ahí pastaban durante el día hasta la noche que iban a recogerlo.

Antonio Machado no quiso nunca gravar su voz, decía humorísticamente que la grabaran por él, diciendo que era la suya y en paz. Tenía toda la razón porque verdaderamente la voz grabada resulta casi irreconocible para el interesado.

De su torpe aliño indumentario, me refiero a Antonio, el decía; ante la imposibilidad de vestir bien como seria mi deseo, trato de no darle demasiada importancia. Vestía colores pardos, gris oscuro, azul marino de confección amplia.

Protestaba de la moda de su época que la encontraba cursi y amanerada. Pensaba, con estos trajes parece uno, un figurín de sastrería. Para el aseo personal era extremado, algo que le horrorizaba era que lo vieran sin afeitar, tan es así, que en sus ultimas horas de vida, pidió que le cortaran el pelo y le afeitasen. Tenía fobia a las melenas en las mujeres y al pelo largo en los hombres.

Manuel seguía la moda, iba impecable, cuidaba su figura siempre erguida y hasta cuando se sentaba seguía tan derecho; eso le hacía conservar la ropa en mejor estado.

Manuel Machado

Antonio era menos hábil que Manuel, hermético y poco hablador, en las cuestiones personales, y, en general en todo lo intimo aunque por sus rasgos nobles y su obra nos haya dejado bastante clara la idea de cómo podía ser en el fondo, unido a sus versos “soy, en el buen sentido de la palabra bueno”. Creo que su obra tanto poética como filosófica es la que habla.

Retrato

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, y un huerto claro donde madura el limonero.
mi juventud, veinte años en tierra de castilla:
mi historia algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara, ni un Brandomín he sido-, ya conocéis mi torpe aliño indumentario-,

mas recibí la flecha que me asigno Cupido,
y amé cuanto ellas pueden tener de hospitalario.
Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina, soy, en el buen sentido de la palabra bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética corté las viejas rosas del huerto de Ronsard; más no amo los afeites de la actual cosmética ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos y el coro de los grillos que cantan a la luna. A distinguir me paro las voces de los ecos, y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera mi verso, como deja el capitán su espada;
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo – quien habla solo, espera hablar a Dios un día -, mi soliloquio es plática con este buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último viaje,
y este al partir la nave que nunca ha de tornar, me encontrareis a bordo, ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar.

Antonio Machado.

Manuel en un viaje que hace a Sevilla se compromete en noviazgo con una muchacha hija de un farmacéutico que se llama Eulalia Cáceres y Sierra, prima en segundo grado de ellos.

La madre muy complacida con estas relaciones le dice: Manuel, no le hagas una felonía a Eulalia.

Manuel junto con Antonio siguen su vida, leen mucho a los clásicos y cuanto cae en sus manos. Salen todas las noches para reunirse con los amigos y escritores de la época como Valle-Inclán, Unamuno, Juan Ramón, Maeztu y Villaespesa. Pasan los años y volvemos con los hermanos Antonio y Manuel que continúan con sus vocaciones por el teatro: cuando le preguntan a Antonio que le gusta del teatro dice que todo pero más que nada representar. De Manuel piensa que podría ser un buen director. Empiezan a frecuentar tertulias literarias, escriben verso y prosa, publican en “La Caricatura”, Manuel con el pseudónimo de “polilla”, Antonio con el de “cabellera” basado en su abundante pelo.

En cierta ocasión que llegó de visita Valle-Inclán, embozado en su capa, a casa de Antonio comentó al entrar: hace un frió que pela, entonces Antonio, dijo….allá voy yo. Lo del pelo era una verdadera obsesión.

Manuel y Antonio colaboran entre otras en las revistas Helios, Blanco y Negro y Alma Española. Manuel con otros escritores, fundaron otras revistas entre ellas Electra, Renacimiento, Revista Ibérica. Manuel es considerado como un maestro de la escuela modernista. En el tercer número de la revista Electra figuran como colaboradores Manuel con un diálogo entre sus personajes Pierrot y Colombina, y Antonio con un poema que titula “del camino”

En 1892 Antonio Machado Álvarez, residiendo en Madrid, partió hacia Puerto Rico buscando mejorar la situación económica familiar, pero tuvo la fatalidad de enfermar gravemente. Un cuñado suyo, Manuel Ruiz, fue quien se encargó de trasladarlo de Puerto Rico a España (Sevilla) sin que la ciencia pudiera hacer nada para salvar su vida. Entre los doctores que le atendieron estaba su otro cuñado, medico, Rafael Ruiz. En Sevilla le esperaba Ana su esposa que estuvo a su lado hasta el último momento. Falleció el 4 de febrero de 1893, a los 47 años, siendo enterrado en el cementerio de San Fernando de Sevilla.

El Abuelo Antonio Machado Núñez en 1896 desempeñaba en Madrid, donde estaba destinado desde 1883, la cátedra de malacología. Aquel mismo año falleció, siendo enterrado en el Cementerio Civil de Madrid, quedando la madre y la abuela al cargo de los muchachos. Ellas eran las responsables de aquella casa, que dirigieron con cariño y talento, pero así y todo, los mayores se les escapaban de las manos, cosa normal en todos los tiempos.

Paco, mi padre, tenía once años cuando falleció el abuelo, por el que sentía gran cariño. Le oí decir que salía con él cogido de la mano y que ya adulto le parecía sentir todavía el calor de su mano en la suya, nada extraño dada la imaginación y sensibilidad de esta familia.

La abuela Cipriana pasó parte de su infancia en Llerena donde recibió una formación privilegiada para su época. Buena escritora, decían sus nietos que también era una gran conversadora. Cipriana, en su día en estrecha compenetración con su hijo, “Demófilo”, había publicado algunos cuentos populares, llegando a ser conocida en aquellas tierras por el apodo de “la mujer de los cuentos”. Fue además una excelente pintora.

Agustín Durán

Otros personajes dignos de mención fueron los ascendientes de Cipriana Álvarez Duran. Entre estos, el padre de Cipriana, José Álvarez Guerra, filósofo y autor de un libro titulado “La Unidad Simbólica o destino universal del hombre”. Este personaje fue uno de los patriotas heridos en la Puerta del Sol el día dos de mayo, siendo posteriormente capitán en el batallón “Cazadores de Zafra”, enfrentándose con él a las tropas napoleónicas. Durante la guerra de la Independencia llegó a ser capitán del Estado Mayor del general Castaños.

Agustín Duran, tío abuelo de Cipriana, fue Director de la Biblioteca Nacional y recopilador del romancero español, en el que aprendieron a leer Manuel y Antonio. Los poetas no llegaron a conocerlo en vida.

La abuela Cipriana les dedicaba una lectura todas las noches. Era una dama muy interesante y cultivada. Seinició en la pintura como un hermano de la madre, copista de la escuela Sevillana, concretamente de Murillo.

Seguimos con ascendientes de Cipriana. Juan Álvarez Guerra, hermano del padre, fue ministro de Agricultura y de Interior, primero en 1814 y posteriormente en 1835, en gobiernos liberales de Fernando VII. Amigo personal de muchos escritores y políticos de la época, como José Quintana, Argüelles, Martínez de la Rosa y Álvarez Mendizábal.

Juan Álvarez Guerra.

La afición por el teatro le duró a Antonio toda la vida. Consiguió entrar como meritorio, sin conseguir más que pequeñas intervenciones de decir cuatro palabras (por algo se empieza), que tenia que compartir con otro meritorio. Una noche le tocaba a él decir aquellas palabras y otra noche al compañero. A la vista de la falta de porvenir, Antonio acabó por dejarlo.

Sus amigos en este mundo del teatro fueron el joven Ricardo Calvo, hijo del gran actor Rafael Calvo, y Antonio Zayas, otro meritorio como ellos, que de cuando en cuando, también conseguía algún papelito.

Hablando de la familia Calvo, quiero recordar que en Toledo se comentaba que aparecían fantasmas -claro esta que no había tales-, pero sí unos hombres que para asustar y algo más, salían envueltos en sábanas blancas por las noches y andaban por los extrarradios. Un día se acercaron a Rafael Calvo y le dijeron…. “la bolsa o la vida”, el actor tuvo la gran ocurrencia y serenidad que le salvó de ser atracado diciendo con el mayor énfasis, como si estuviera representando en el teatro. ¡Antes…. “la vida”!. Se asustaron y salieron corriendo. Este suceso se lo contó Ricardo a Manuel, y Manuel en casa.

Los poetas frecuentan ensayos, escuchan lecturas entre bastidores…. en suma les apasiona el teatro. Por supuesto que también les gusta la música, su preferido es Mozart.

Sienten no tener conocimientos musicales suficientes; según Antonio éstos les hubieran sido muy útiles en la poesía, pues encontraba que “determinados momentos líricos solo podían expresarse plenamente a través de ella”.

De pintores, el Greco, Goya y Velázquez. A Manuel le oí hablar con mucha admiración del pequeño cuadro expuesto en el Museo del Prado, “El tránsito de la Virgen”, de Mantegna. También era muy del gusto de Antonio.

Viajan a Paris, y trabajan para la casa Hipolite Garnier como traductores, primero llegó Manuel en marzo de 1899, tres meses después Antonio. Le recibe Manuel en su hospedaje de la calle Monsieur le Prence, hotel Médicis, uno de los que habitó Paul Verlaine en el barrio latino. El gran poeta francés falleció en 1996, como Antonio Machado Núñez

Conocen en Paris en 1902 a Rubén Darío poeta de lengua castellana, como todos sabemos de corriente modernista, y al gran escritor y periodista guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, asesor literario de la editorial Garnier. Con éste y Rubén Darío, a quien el maestro Ortega y Gasset le llamaba “el indio divino”, se reúnen y leen sus versos. Rubén repite una y otra vez, “admirable, admirable”.

El amigo Enrique Gómez Carrillo, estuvo casado con la artista Raquel Meller, mujer de personalidad arrolladora. Surgió un nuevo género musical que se llamaba “varietes” (espectáculo de variedades).

Enrique Gómez Carrillo

Compitieron Raquel Meller, “La Argentina” y “Pastora Imperio”. Estas tres grandes artistas se hicieron muy famosas en su género que se mantuvo con el mayor éxito muchos años. De las canciones más conocidas de Raquel, fueron “La violetera”, “El relicario”, “Flor de the” y “Si yo tuviera un millón”. Era un estilo el de Raquel Meller que podría compararse hoy con el de Edith Piaf, francesa que apareció en escena muy posteriormente.

Decía Gómez Carrillo en unos versos dedicados a Raquel:

Yo solo quiero añadir Que si cuando canta encanta, No se sabe cuando canta, Si es más de ver que de oír.

Raquel Meller

En un viaje que hizo Rubén Darío dede su país a España, en representación del gobierno que presidía don José Santos Zelaya, en 1908, tenía que presentar las cartas credenciales que lo acreditaban como embajador de su país ante el Rey de España, S.M. don Alfonso XIII. Rubén apunto de llegar al palacio se da cuenta de que se le habían olvidado las cartas y tuvo que volver a buscarlas. Al preguntarle que tal se le habían dado las entrevistas, Rubén Darío contestó: “Su Majestad, palabras cariñosas, y no dijo más”. También tenía muchas facetas de carácter casi siempre encantador pero alguna vez se ponía tozudo. En una ocasión que tomo unos vinillos de más, Antonio que no sabia que hacer con él, pensó en llevárselo a su casa, pero no lo encontró adecuado al vivir con su madre y en familia, acordándose finalmente de su buen amigo Vargas Villa que vivía solo y allí lo llevo donde fue recibido cariñosamente. Antonio se marchó y en las primeras horas de la mañana regresó a ver a Rubén, preparando alguna alusión al exceso de la noche anterior, pero de entrada le dijo Rubén: “estoy muy bien, ¿te acuerdas Antonio de los vinos y las anchoas que tomamos anoche? Pues me sentaron mal las anchoas”. Antonio no se atrevió a decirle nada.

Los hermanos Machado se sintieron muy atraídos por la gran ciudad que es y fue siempre Paris. Decía Manuel que todo hombre de espíritu, tiene dos patrias, la suya y Paris. De todas formas, se sintieron nostálgicos y regresaron a España.

Manuel consideraba Paris la ciudad encantada, del amor fácil, de la libertad y del arte.

Conocieron también a Oscar Wilde, esto se lo oí referir a Manuel, y que el arrogante Oscar había perdido su pose convertido en la sombra de lo que fue. Decía que le produjo gran tristeza encontrarle tan acabado físicamente, AQUEL “adonis”. Eran unos apasionados de la obra del insigne escritor irlandés, que nació en Dublín el año 1854 y falleció en Paris en 1900.

A propósito de Oscar Wilde, leí en un diario que se presento a un examen de griego y le hicieron traducir unfragmento de la obra Éxodo. Conforme terminaban los alumnos éstos iban levantándose y saliendo, menos Wilde. Le dijeron que también su prueba había terminado, invitándole amablemente a que se retirase. El dijo, “señores quisiera saber como termina esta historia les ruego que me dejen hasta el final.” Era de lo más sorprendente.

De las imitaciones opinaba Antonio que generalmente eran una exaltación de los defectos, nunca de las bellezas. Opinando sobre los niños decía, aunque a un niño le vistan sus padres con mal gusto, jamás estará en ridículo, eso se queda para los mayores.

La primera edición de Soledades fue publicada en 1903 al precio de 0,25 céntimos el ejemplar. En las siguientes ediciones el poeta agregó algunos poemas y excluyó varios; el decía siempre que los sentimientos en toda obra eran imprescindibles para transmitirlos.

Del marcado acento modernista, Antonio cambió la trayectoria y el titulo de Soledades por Soledades, Galeríasy otros poemas. Antonio nos va dando la impresión de recogimiento en si mismo y de belleza grave y serena. Cuando salió publicado Soledades, Antonio estaba en Granada para asistir al estreno de la traducción del “Andrea Doria”, hecha por Valle Inclán, representada por Ricardo Calvo.

Antonio le dedicó a don Miguel de Unamuno un ejemplar de su libro Soledades a la manera siguiente, “a don Miguel de Unamuno, al sabio y al poeta, devotamente”.

Antonio machado.

Antonio decía que en lo literario su maestro era Unamuno.

A todo esto, la novia de Manuel en Sevilla, éste decide ir a verla para decirla que tienen que cortar las relaciones por que le queda mucho por hacer y ella tiene una edad crítica y preciosa para quedar en libertad.

Eulalia le escucha con serenidad y dolor diciéndole “tu, puedes hacer lo que quieras, Manuel, yo te esperaré siempre”.

Los poetas un tanto animados pensaron en emprender viaje a Guatemala donde residía desde hacía algunos años su tío Manuel Machado Núñez, hermano del abuelo (el medico del gabán blanco). En realidad era tío carnal de Antonio Machado Álvarez padre de Antonio y Manuel. Este señor, hizo una gran fortuna, parece que tuvo una importante librería en la capital centroamericana, y siempre se ofreció a los familiares para ayudarlos y encauzarlos en ese país, pero las cosas no andaban propicias en las lejanas tierras y tuvieron que desistir. No sería su destino. Manuel tenía cuatro hijos, uno, el mayor, Antonio Machado Palomo, guatemalteco e hijo de su primera esposa, llegaría a ser jurisconsulto de alto prestigio, -aún hoy se concede todos los años el más importante galardón jurídico de Guatemala con el nombre de “Antonio Machado Palomo” – y los otros tres, habidos de regreso a España al enviudar, españoles e hijos de su segunda mujer, bilbaína ella, que se llamaron Manuel,

Miguel y Maria Machado Ugarte, ésta última de pequeña estatura pero de rostro precioso y elegante, fina y dotada de mucho talento. La recuerdo físicamente por fotografías y de oír en casa hablar de ella. Los otros dos hijos vivieron en Sevilla y Bilbao, donde Maria, la hermana pasaba temporadas con ellos indistintamente. María fue durante muchos años la novia de Francisco Giner de los Ríos, amigo de la familia y fundador de la Institución Libre de Enseñanza; presiones familiares les hicieron dejar sus relaciones afectivas.

Muchas aficiones tenían los dos hermanos, pero se dan cuenta que su “modus vivendi” tendría que llegar por otros derroteros. Manuel decide ir a la Universidad, y cursar Filosofía y Letras en Sevilla. Se hospeda en casa de los abuelos maternos, que vivían en el barrio de Triana. Atravesar como hacia Manuel el puente que unía Triana con Sevilla dos o tres veces al día, a la abuela debía parecerle algo insólito: ella lo había pasado media docena de veces en su vida.

Un día Manuel elegantemente vestido, mezcla de chic y algo torero, se cruzó con un mendigo en el puente y éste le dijo: “señorito, to se acaba”. A Manuel le dejó pensativo meditando……

Pasan dos años y termina sus estudios y se inclina por la rama de archivos, bibliotecas y museos.

Manuel Machado

Antonio obtiene la cátedra de francés en 1907. Su primer destino fue el Instituto General Técnico de Soria. Al llegar lo recomendaron a casa de una familia donde se alojaría. Estuvo unos días y quedó en volver para el inicio del siguiente curso que ya le correspondía atender. Se hizo cargo de la cátedra el 21 de septiembre de 1907. Esta vez además del matrimonio con dos hijos estaba otra hija, Leonor, que había llegado de Almenar de Soria con sus tíos. Leonor había nacido en un castillo habilitado como casa cuartel de la guardia civil, donde su padre, que era del cuerpo, estaba destinado. Decían por allí que Antonio había nacido en un palacio y Leonor en un castillo. En Almenar se conservaba una placa conmemorativa desde no hace muchos años.

Para Antonio Leonor fue “la flecha que le asignó cupido”, un amor romántico y apasionado que acabó en matrimonio, celebrado en Soria el día 30 de julio de 1909 en la iglesia de Santa Maria la Mayor.

Conociendo a Antonio podemos imaginar el suplicio de verse, como protagonista que era de la boda, blanco de todas las miradas, deseando terminar y desaparecer; no obstante, se celebró espléndidamente con los familiares y amigos. A la boda asistieron la madre y los hermanos José y Joaquín. Los padrinos fueron Ana, la madre de Antonio, y Gregorio Cuevas, tío y padrino de Leonor.

Antonio colabora en los periódicos sorianos, uno de ellos dirigido por su buen amigo José María Palacio, “El porvenir castellano”.

Extraordinariamente felices, Antonio leía a Leonor sus versos y le hablaba de sus viajes a Paris. A Leonor se le abrían los ojos a un mundo nuevo. También la idea de ir a Paris suponía para Leonor una gran ilusión. Antonio trata por todos los medios de complacerla y al conseguir

una beca de la Junta de Ampliación de Estudios de Filología Francesa que, unido a su sueldo de catedrático, permitía a la pareja desenvolverse con holgura, viajan a la ciudad de la Luz. Además, el poeta tiene una buenísima noticia para Leonor, su libro de poesías “Campos de Castilla” lo acaba de admitir para publicarlo la editorial de Martínez Sierra. En su día, le dedicó el primer ejemplar a Leonor que años después guardaría Antonio como una reliquia.

Llegan a Paris y se hospedan en el pequeño Hotel de la Rue Perronet, dando la ventana de su dormitorio a la calle Saint Pères. Salen todos los días y las primeras semanas lo ven todo, están dichosos. Cuando Antonio preparaba algún trabajo sobre filosofía, que despertaban en Antonio el mayor interés, atiende a sus estudios pero dando siempre prioridad a complacer los deseos de Leonor, que salía con frecuencia con Francisca, la compañera de Rubén Darío, y su cuñada Maria Sánchez del Pozo, que parecía simpatizaba con Manuel. Según Francisca, Rubén estimaba profundamente a Manuel pero admiraba a Antonio.

Manuel, en carta a Juan Ramón Jiménez, le dice: “mi hermano Antonio vive por este año de 1.911 en Paris. Le acompaña su mujer de quien esta contentísimo y enamorado, se casó hace dos años. Trabaja mucho. ¡ que divino poeta ! El mejor de todos, ¿verdad?. Su próximo libro “Campos de Castilla” maravilloso”.

Podemos decir que Leonor, la bien amada por Antonio, fue el decisivo influjo del poeta, hasta el punto que el hermoso paisaje de Soria lo llevaba el poeta siempre en sus ojos.

Un día se presentó Leonor empapada de agua medio llorando. Antonio le dijo: “¿que te ha pasado mi amor?. La ayudó a cambiarse de ropa y la tranquilizó. Había pasado lo siguiente: Leonor estuvo de compras y de pronto echó en falta el bolso que el poeta le había regalado. Volvió al comercio donde había estado y preguntó si habían visto el bolso, pero la dijeron que no. Lo había perdido. La criatura se llevó un disgusto enorme ya que se trataba de un regalo de Antonio, por eso, lloviendo torrencialmente

estuvo de allá para acá buscándolo. Por tal motivo llegó como una “sopa”.

Parece una anécdota, pero en realidad habría que considerarla patética si por ésta, quien sabe, se desencadenó la terrible enfermedad que padeció. Desde entonces ella no se sintió bien.

Tienen en proyecto ir a Bretaña el mes de julio, pero no se realiza. Poco antes, como dice Antonio sin vislumbrar lo más mínimo, a Leonor se le a presentado una hemoptisis. La atienden en una clínica de la calle Saint Denis de Paris. Durante mes y medio, algo repuesta, el médico aconseja a Antonio que regresen a Soria, clima favorable en estos casos, pero sin grandes esperanzas. El sufre en silencio lo indecible y se dedica a Leonor día y noche.

El poeta se ve en la necesidad de hacerse fuerte y regresan a España.

Ya en Soria, con Leonor enferma, Antonio escribía a su madre en los siguientes términos: “mi tristeza es infinita, siempre tenemos motivos para sufrir, pero los únicos dolores que no denigran son los que pasamos por los demás. El plan mío y el de Leonor, desde luego, es ir a Madrid si la mejoría se acentúa pronto. En caso contrario que tú vengas aquí. Leonor me decía hoy, – ahora puede venir la mamá Anita a ver a su niña, si la niña no va a verla a ella”.

Leonor se integró en la familia de Antonio. La madre y los hermanos la consideraban como una hija más y una hermana; se trataron con mucho cariño.

Como era Leonor: Era una joven sin complejos, muy interesada en aprender, escuchaba con el mayor interés al poeta cuando le leía sus versos.

Escribía cartas a Ana, la madre de Antonio, y si cometía alguna falta de ortografía su marido no la corregía para no humillarla. Antonio pensaba irla preparando poco a poco para que adquiriera una buena formación cultural.

Leonor tenía el buen gusto de no quejarse de su enfermedad. Antonio se dominaba para no transmitir sensaciones de la angustia que sentía. Siempre la hablaba en positivo haciendo un verdadero esfuerzo e intentando que nunca faltara la esperanza de superar la enfermedad.

Se pusieron en contacto con el doctor Hauser en Madrid, muy amigo de la familia desde los ya lejanos tiempos en que vivían en Sevilla, para que tratara a la enferma. Pero en este caso fue la muerte la que tomó la iniciativa.

Él no lo quiere creer. Es cuando Antonio en su desesperación se revela contra la voluntad divina en sus versos.

“señor, ya me arrancaste lo que yo más quería, Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar. Tu voluntad se hizo señor contra la mía, Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.”

Antonio, ya en soledad, evocó a Leonor continuamente, a través de sus escritos, tanto en verso como en prosa, siguiendo sus filosóficas ideas del olvido, de la ausencia y del recuerdo.

“Se canta lo que se pierde”

Recuerdo que se comentaba en nuestra familia que Leonor era una muchacha inteligente, angelical y alegre.

Pienso que la alegría de la juventud la hubiera aportado Leonor a su pareja de no haberse malogrado su gran amor. Antonio, junto a ella se hubiera sentido el hombre más feliz de la tierra. El súbito desenlace sumió de tristeza al poeta cuando la muerte rompió “el hilo entre los dos”

En Soria, ciudad bañada por el Duero, la felicidad le duró poco tiempo. Como cantó el poeta:

“Cinco años en tierras de Soria, hoy para mi sagradas, allí me casé, allí perdí a mi esposa a quien adoraba”.

Con motivo del centenario de la llegada a Soria del poeta como profesor de lengua francesa recorrí los caminos hasta San Saturio y la Placeta del Mirón, por donde paseaba Antonio con Leonor. ¡qué emoción sentí !.

En aquellos parajes solo se escucha el silencio.

Antonio solicita de inmediato el traslado, le conceden Baeza, donde estuvo destinado de 1.912 a 1.919.

Ya en la ciudad jienense, escribe a su querido amigo José María Palacio y le pide, de manera muy sutil, que lleve a la tumba de Leonor unas violetas:

“En una tarde azul, sube al Espino al alto Espino donde está su tierra”.

Comienza a escribir versos que son claramente recuerdo emocionado de Leonor.

“Adiós, Campos de Soria, donde las rocas sueñan.

Cerros del Alto Llano
y montes de ceniza y violeta,

Adiós, ya con vosotros
quedó la flor más dulce de la tierra. Ya no puedo cantaros,
No os canta ya mi corazón, os reza”.

“No ves Leonor, los álamos del río con sus ramajes yertos,
mira el Moncayo azul y blanco, dame tu mano y paseemos”.

“Por estos campos de la tierra mía bordados de olivares polvorientos, voy caminando solo, triste, cansado, pensativo y viejo”.

En Baeza, procedente de Granada, recibió la visita del profesor Don Martín Domínguez Berruela, amigo de Antonio, y varios alumnos jóvenes, uno de ellos, de tez aceitunada resultó, ser Federico García Lorca. El profesor

Domínguez Berrueta impartía las clases en muchas ocasiones al aire libre, viajando en los trenes y hablando con los alumnos como un compañero más. Esto parece influencia de la Institución Libre de Enseñanza.

Con otros profesores y amigos organizaron una reunión en el casino que por cierto resultó muy brillante. Para agasajar a los forasteros, Antonio leyó algunos fragmentos de “La Tierra de Alvargonzalez” de su libro “Campos de Castilla”, al terminar, le dedicaron una ovación delirante. Federico García Lorca, interpretó al piano, apasionadamente, “Danza de la vida breve” del gran Manuel de Falla. Decían que la música le había interesado a través de Falla, que le quería mucho y le había enseñado cuanto llegó a saber. En un aparte le dijo Federico a Machado que a él le gustaba la música y la poesía por igual.

Antonio con el tiempo, va asumiendo, aunque muy lentamente el paisaje andaluz:

Sobre el olivar
Se vio a la lechuza Volar y volar.
Campo, campo, campo, Entre los olivos
Los cortijos blancos.

En Baeza, Antonio recibe la triste noticia de la muerte de don Francisco Giner de los Ríos el 18 de febrero de 1915, el día 21 le dedica el más emocionado poema que titula: “A la muerte de don Francisco Giner de los Ríos.

Al año siguiente en febrero de 1916, en sus tierras de oro de donde nos traía su verso divino, muere Rubén Darío. Antonio en la revista España, publica el poema “a la muerte de Rubén Darío”, “la poesía es la palabra esencial en el tiempo”, decía Antonio.

Los poemas a Giner de los Ríos y a Rubén Darío, dan prueba de la gratitud y admiración que Antonio sentía por sus entrañables amigos.


(A DON FRANCISCO GINER DE LOS RIOS)

Como se fue el maestro,
la luz de esta mañana
me dijo: Van tres días
que mi hermano Francisco no trabaja. ¿Murió …? solo sabemos

que se nos fue por una senda clara diciéndonos: hacedme
un duelo de labores y esperanzas.

Sed buenos y no más, sed lo que he sido entre vosotros: alma.
Vivid, la vida sigue,
los muertos mueren y las sombras pasan; lleva quien deja y vive el que a vivido. ¡Yunques, sonad; enmudeced, campanas!

Y hacia otra luz más pura
partió el hermano de la luz del alba, del sol de los talleres,
el viejo alegre de la vida santa.

…. ¡Oh, sí! llevad, amigos, su cuerpo a la montaña,
a los azules montes
del ancho Guadarrama.

Allí hay barrancos hondos
de pinos verdes donde el viento canta.

Su corazón repose
bajo una encina casta,
en tierra de tomillos, donde juegan Mariposas doradas…
Allí el maestro un día
Soñaba un nuevo florecer de España.

Baeza, 21 de febrero de 1915. Antonio Machado.

(AL MAESTRO RUBEN DARIO)

Este noble poeta, que ha escuchado
los ecos de la tarde y los violines
del otoño en Verlaine, y que ha cortado las rosas de Ronsard en los jardines
de Francia, hoy, peregrino
de un ultramar de Sol, nos trae el oro
de su verbo divino.
¡Salterios del loor vibran en coro!
La nave bien guarnida,
con fuerte casco y acerada proa,
de viento y luz la blanca vela henchida, surca, pronta a arribar, la mar sonora.
Y yo le grito: ¡salve! a la bandera flamígera que tiene
esta hermosa galera,
que de una nueva España a España viene.

Antonio machado.

Estando Antonio todavía en Baeza, asistió y fue testigo en la boda de su hermano Paco con Mercedes en el Puerto de Santa María, el día 15 de octubre de 1915. El año 17, volvió para apadrinar a la primera hija de Paco y Mercedes, que se llamó Ana como la abuela paterna.

Al hermano Paco, como familiarmente le llamaban, le destinaron a Cartagena y de allí a Toledo, como subdirector de la prisión provincial, donde estuvo once años. En una de las varias visitas que Manuel y Antonio les hicieron a esta ciudad, este redactó el prólogo a la segunda edición de su obra “Soledades, galerías y otros poemas”.

Antonio pidió a Manuel que mandara algunos ejemplares a varios amigos, entre ellos a Juan Ramón Jiménez.

Manuel se lo dedicó de la manera siguiente: “A Juan Ramón, de parte de Antonio”

Manuel.

Paco y Mercedes tuvieron cuatro hijos, la primera como hemos dicho, nació en el Puerto de Santa María, y los otros tres en Toledo: Maria de las Mercedes, Manuel, al que su tío Manuel ya se había ofrecido para apadrinarle y hasta le había prometido un caballo para cuando fuera mayor, pero al que el destino quiso llevárselo recién nacido quebrando las ilusiones en él imaginadas, ¡el único varón entre todos los sobrinos del poeta!, y Leonor.

Francisco era abogado y del cuerpo de prisiones, procedente de la Escuela de Criminología. Hacia suyo, el lema de Concepción Arenal “odia el delito y compadece al delincuente”.

Ascendido a director, fue destinado a la ciudad de León, donde siguiendo la vena poética familiar compuso varios poemas, entre ellos “El reloj de la cárcel” y “Plaza recóndita” que incluyo a continuación.


“ EL RELOJ DE LA CARCEL”

Hay una luz redonda
En la plaza desierta,
El reloj de la cárcel
Con su campana vieja Sus tañidos al viento Toda la plaza llenan. Cuando suenan las horas, Parece que se quejan.

¡Corazón de la cárcel! ¡Alma de la siniestra mansión del infortunio donde mora la pena! ¡Donde el pobre recluso pasa su vida, muerta, contando del minuto

la intensidad inmensa! ¡Que lentas van pasando las horas de tristeza!
En el ambiente trágico,

flotan como quimeras brazos largos,
plegarias que no alcanzan y deseos de cosas

que no llegan.

El reloj de la cárcel, con su campana vieja, cuando suena, parece que llora o que se queja. Y el lúgubre sonido

de su armonía lenta semeja el eco ronco de un azadón en tierra

Hay una luz redonda En la plaza desierta, El reloj de la cárcel Con su campana vieja.

Francisco Machado


PLAZA RECÓNDITA (Francisco Machado).

En un rayo de sol recogidas,
En la extraña plaza.
Donde cantan y duermen a un tiempo Dos fuentes hermanas,
Decíale un joven
A una niña pálida:
¿Por qué la tristeza
invade tu alma?
Y la niña, al punto,
Dijo acongojada:
¿Ves esas dos fuentes
Que hay en esta plaza?
Tú, eres la que ríe,
Yo, soy la que calla.
Y la fuente muda,
La que seca estaba,
Sobre el blanco mármol
Derramó una lágrima
En un rayo de Sol recogidas
Dos almas soñaban.

Antonio se veía reflejado magistralmente en el poema que le dedicó Rubén Darío titulado “Misterioso y Silencioso” que reproducimos

Misterioso y silencioso
iba una y otra vez.
Su mirada era tan profunda que apenas se podía ver. Cuando hablaba tenía un deje de timidez y de altivez.
Y la luz de sus pensamientos casi siempre se veía arder.
Era luminoso y profundo Como era hombre de buena fe. Fuera pastor de mil leones
Y de corderos a la vez. Conduciría tempestades
o traería un panal de miel.
Las maravillas de la vida
Y del amor y del place, Cantaba en versos profundos Cuyo secreto era de él.

Montado en un raro Pegaso,
un día al imposible fue.
Ruego por Antonio a mis dioses, Ellos le salven siempre. Amen.

Rubén Darío.

El 29 de Octubre de 1.919, Antonio dicta su última lección en el Instituto de Baeza y se despide con los versos ……..

Campo de Baeza soñaré contigo cuando no te vea.

El siguiente destino del poeta fue Segovia. Allí recibió la visita de Don Miguel de Unamuno y se celebró un acto presidido por Machado. Agradecido a tal honor, diciendo a los concurrentes: “dejo la palabra al gran D. Miguel, que tanto vosotros como yo, estamos deseando escuchar”. En la ciudad castellana vivió de 1.919 a 1.928.

Antonio Machado llega a Segovia y toma posesión de su destino el 26 de noviembre, en el Instituto General y Técnico, coincidiendo con la inauguración de la célebre “Universidad Popular”, que en sus fines trataba de difundir la Cultura a través de conferencias, charlas y cursillos. Entre los varios profesores Blas Zambrano, padre de María, rector de la Escuela Graduada Normal, agregándose Antonio a la citada “Universidad Libre” que copresidía con Blas Zambrano.

Crearon una tertulia de la que formaba parte, entre otros, el escultor segoviano Emiliano Barral, al que Antonio Machado le dedicó el poema que acompaño con motivo del busto que realizó el escultor a la figura del poeta, muy de su gusto.

… Y tu cincel me esculpía en una piedra rosada,
que lleva una aurora fría eternamente encantada.

Y agria melancolía
de una soñada grandeza, que es lo español – fantasía con que adobar la pereza -, fue surgiendo de esa roca, que es mi espejo,
línea a línea, plano a plano, y mi boca de sed poca,
y, sobre el arco de mi cejo, dos ojos de un ver lejano, que yo quisiera tener
como están en tu escultura: cavados en piedra dura,
en piedra, para no ver.

Antonio Machado

Aparece la revista “Manantial” en la que destacan colaboraciones del poeta como un ensayo titulado “El porvenir del teatro”, de Miguel de Unamuno con una selección de poemas y el primer trabajo de María Zambrano “Ciudad ausente”.

Un día una señora del grupo se dirigió a Antonio para pedirle unos poemas que quería regalar a una amiga y que resultaron ser para ella misma (amiga imaginaria). El poeta le contestó en carta de fecha 9 de marzo de 1.925 que se los mandaría y que la mayor importancia de estos cantares radicaba en que en aquella época permanecían inéditos y autógrafos. Le incluye los cantares.

Doña María Calvo, en Segovia, le presentó a Pilar de Valderrama. Esta señora tenía verdadero interés en que Antonio le diera su opinión sobre sus trabajos literarios.

En Segovia es casi obligatorio visitar la iglesia fundada por los templarios “La vera Cruz”.

Dijo Azorín “ esta iglesita octogonal es una maravilla inigualable artísticamente; merece verse”. Antonio la visitó con frecuencia.

Antonio pasaba los fines de semana en Madrid, en la calle General Arrando no 4, con su madre y hermanos;

José con su esposa y sus tres hijas que fueron naciendo en aquella casa.

Cuando estaban los hermanos reunidos, como de costumbre en casa de Antonio, se les oía reír como a niños, tenían un gran sentido del humor, si no era uno era el otro, pero allí saltaba la chispa por menos de nada.

Para ellos todas las cosas tenían grandes dimensiones tanto en lo jocoso como en lo serio y responsable, yo diría excesivas.

Le preocupaba mucho la preparación cultural de los jóvenes, entre ellos nos contaba a nosotras, las seis sobrinas: Laly, María y Carmen, hijas de José, y Ana, Mercedes y Leonor, hijas de Francisco. Nos solía decir.: mucha atención a todo, incluso en la calle hay que leerlo todo y observar, porque el pueblo es una fuente de riqueza.

A nosotras, las sobrinas, nos mandaba como una orden leer el Quijote. Decía, “de no alcanzar la perfección,ya sabéis, César o nada”, “yo os enseño, o pretendo enseñaros, que dudéis de todo, de lo humano y lo divino, sin excluir vuestra propia existencia”.

De esto el dicho popular que la duda es la mayor sabiduría.

Decía Antonio de la Copla: “Hasta que el pueblo las canta, las coplas coplas no son, y cuando las canta el pueblo ya nadie sabe el autor”.

En el poeta quedó para siempre grabada la armonía del ambiente de Sevilla, así sus versos: “Mi Sevilla infantil tan sevillana”, y, la nostalgia infinita por la ausencia del padre a quien recuerda con tanta emoción en su poema.

Esta luz de Sevilla, es el Palacio donde nací Con su rumor de fuente.
Mi padre, en su despacho. La alta frente, La breve mosca y el bigote lacio.

Mi padre, aún joven: lee, escribe y hojea Sus libros y medita. Se levanta: va hacia la puerta del jardín. Pasea.
A veces habla solo, a veces canta.

Sus grandes ojos de mirar inquieto Ahora vagar parecen, sin objeto, donde pueden posar en el vacío.
Ya escapan de su ayer a su mañana: Ya miran en el tiempo ¡Padre mío! Piadosamente mi cabeza cana.

Antonio.

Recuerdo que a Antonio, cuando éramos pequeñas, le gustaba que nos llevaran al Museo del Prado los domingos por la mañana y decía: “niñas, ver una sala nada más, el Museo hay que verlo con detenimiento, poco a poco, y, hacer un resumen de un cuadro: veamos, el próximo domingo “Las Hilanderas”, de Velázquez”.

Los domingos íbamos a visitar a la abuela Ana; se hacían tres grupos, las mujeres de los hermanos con la abuela, las seis sobrinas otro y los hermanos, todos juntos, el tercero.

Como ya es sabido, Antonio viajaba a Madrid apenas podía, los fines de semana y otras ocasiones, siendo, en este sentir, precursor de los cortos desplazamientos y como decía en sus versos

Y yo, para todo viaje, siempre sobre la madera en mi vagón de tercera, voy ligero de equipaje.

Cuando hacía una escapadilla, dejaba una nota diciendo “perdido el tren hoy y mañana”. Luego recuperaba el tiempo y el trabajo no realizado.

Se veían con D. Miguel de Unamuno, que había llegado de Inglaterra de la Universidad de Oxford, donde fue nombrado doctor “honoris causa”. Los Machado lo consideraban acreedor a todos los honores.

La gran pasión del poeta eran los viajes. Decía conocer algunas regiones de la alta Castilla, Aragón y Andalucía.

Ahora que los medios de transporte están popularizados, y en su mayoría son asequibles, pienso que el poeta, al que le entusiasmaban los viajes, el ver cercana la naturaleza y los diferentes paisajes, conocer otros países y sus culturas, hubiera disfrutado enormemente.

El autor de Campos de Castilla era tan ecologista que pensaba, o quería pensar, que le oía el paisaje. ¡Bendita ilusión!, y le hablaba diciendo … “¿eres tu Guadarrama, vieja amiga, la sierra gris y blanca, la sierra de mis tardes madrileñas que yo veía en el azul pintada?”.

Los planteamientos ecologistas son más comunes de lo que parecen y muchos los escritores, clásicos contemporáneos, para quienes el destino del hombre va unido inexorablemente a la naturaleza.

Durante el primer año que pasó Antonio en Soria, con motivo de su matrimonio y su destino profesoral, Manuel se marchó a Barcelona, la separación del hermano le afectó sobremanera. Manuel, en Barcelona, cambia de vida, tiene algún trabajo pero más que nada se dedica a la “dolce vita”, o como él dijera a “amores y amoríos”. Conoce a una joven que se llama Julia, de buena familia catalana, y vive un apasionado romance: él no quiere dejar huella de aquel episodio, pero la muchacha está resuelta a todo por no perder a Manuel. Él comprende que tiene que cortar a tiempo. Manuel había regalado un reloj a Julia, y ésta se lo devolvió al romper las relaciones; posteriormente Manuel se lo dio a su hermano Joaquín para que lo guardara, que cumpliendo al pie de la letras el encargo lo llevó hasta Santiago de Chile en 1.939. Carmen, su mujer, cuando regresó ya viuda a España en los años cincuenta, entre sus pertenencias traía el célebre reloj, que años más tarde me regaló con la recomendaciónde que lo conservara. Lo guardo celosamente, con la dedicatoria “ a Julia” grabada en su parte posterior.

Manuel vuelve a sentar la cabeza, y, se acuerda de su prima, la de Sevilla. La escribe una carta diciéndole que vaya hablando con sus padres, que él lo haría con su madre y regresaba para casarse con ella. Eulalia espera felíz la llegada de Manuel. Nos contaba Eulalia que cuando recibió la carta, solo al ver el sobre con la letra de Manuel, llevaba una sopera entre las manos y se le cayó al suelo de la emoción. Se reúne la familia y queda ultimada la boda que se celebraría el 15 de junio de 1.910, en San Juan de la Palma

Manuel se presenta a las oposiciones al Cuerpo de Archivos, Bibliotecas y Museos, y, obtiene plaza en Santiago de Compostela.

Ya casado, Manuel recibe el mejor regalo de esponsales que es la publicación de su libro “Alma” en la ciudad del Sena, por la Editorial Garnier de Paris, donde Manuel y Antonio habían trabajado como traductoressegún hemos comentado anteriormente. Los versos del libro “Alma” de Manuel, escritos en el hospedaje de la calle Vanguard, de Paris, son de un lirismo exquisito, acompañados por la forma elegante y original que le caracteriza.

Manuel entrega a su madre un ejemplar del libro “Alma” con la siguiente dedicatoriaa mi madre, de mi “Alma” Manuel

Las resonancias árabes del libro tal vez fueran inspiradas por los estudios que sobre el folklore andaluz realizó su padre Machado Álvarez, que además de firmar con el seudónimo de “Demófilo” utilizó, a veces, el de “Muley”. Así el poema

ADELFOS (Retrato)

Yo soy como las gentes que a mi tierra vivieron -soy de la raza mora, vieja amiga del sol-

que todo lo ganaron y todo lo perdieron. Tengo el alma de nardo del árabe español.

Mi voluntad se ha muerto una noche de luna
En que era muy hermoso no pensar ni querer …
MI ideal es tenderme, sin ilusión ninguna …
De cuando en cuando, un beso y un nombre de mujer.

En mi alma, hermana de la tarde, no hay contornos… y la rosa simbólica de mi única pasión
es una flor que nace en tierras ignoradas
y que no tiene aroma, ni forma, ni color.

Besos, ¡pero no darlos!. Gloria ¡la que me deben! ¡Que todo como un aura se venga para mi!
¡Que las olas me traigan y las olas me lleven,
y jamás me obliguen el camino a elegir!

¡Ambición! No la tengo. ¡Amor! No lo he sentido. No ardí nunca en un fuego de fe ni gratitud.
Un vago afán de arte tuve … Ya lo he perdido.
Ni el vicio me seduce, ni adoro la virtud.

De mi alta aristocracia, dudar jamás se pudo. No se ganan, se heredan, elegancia y blasón … Pero el lema de casa, el mote del escudo,
Es una nube vaga que eclipsa un vano sol.

Nada os pido. Ni os amo, ni os odio. Con dejarme, Lo que hago por vosotros, hacer podéis por mi … ¡Que la vida se tome la pena de matarme,
ya que yo no me tomo la pena de vivir! …

Mi voluntad se ha muerto una noche de luna
En que era muy hermoso no pensar ni querer … De cuando en cuando un beso, sin ilusión ninguna. ¡El beso generoso que no he de devolver!

Manuel Machado

Se considera a Manuel como la gran revelación del Poeta inspirado por su Andalucía, que él mismo hace gala de ello. Se identifica de la manera siguiente: Yo, andaluz sevillano hasta la médula, de allí soy, de allí mis padres y mis abuelos.

Decía Don Miguel de Unamuno: “los versos de Manuel y Antonio son lo más espiritual que puede leerse hoy en España”. A Manuel, le dedica un elogioso artículo con motivo de la publicación del libro en el Diario Heraldo de Madrid.

Y a archivero bibliotecario, pasado algún tiempo consigue el traslado a la Biblioteca Nacional, y más tarde, a la Biblioteca Municipal, de la que fue Director durante muchos años. La Biblioteca está ubicada junto a la plaza del Hospicio, hoy Barceló, esquina a la calle de Fuencarral, destacándose por su pórtico Churrigueresco.

Curiosamente la reina de Inglaterra Isabel II visitó esta Biblioteca en la única vez que, hasta la fecha, a estado en Madrid, quedando constancia de ello en una placa conmemorativa; ¿Qué quiso ver?.

La Biblioteca Municipal tenía un empleado de toda confianza apellidado Guijo que vivía en el edificio en calidad de conservador. El apartamento abuhardillado lo compartía con su única hija Enriqueta. Como Guijo era

invidente su hija le hacía de lazarillo y le acompañaba a todas partes. Desde el pequeño jardín situado frente a la entrada principal de la Biblioteca se veía en el último nivel del edificio una ventana redonda, manteniendo el estilo churrigueresco de la fachada, que era la única entrada de luz natural y ventilación externa de la vivienda.

Siempre oí llamar a Guijo por el apellido y no por el nombre que era Enrique. Eulalia, la mujer de Manuel, tuvo una buena amistad con la hija del conservador.

En una ocasión, el considerado y admirado Don Miguel de Unamuno, que pasaba unos días en Madrid, dedica una tarde a la tertulia de los hermanos Machado. A la puerta del Café Don Miguel saludó a un joven visitante de la reunión y le preguntó: ¿A donde va Vd.?, A ver a los mismos que Vd, Don Miguel. Las tertulias últimamente eran en el Café Varela, calle de Preciados junto a la Plaza de Santo Domingo. Allí se reunían. El camarero de turno les reservaba la mesa, si alguien intentaba ocuparla le decían inmediatamente, “tengan la bondad de sentarse en otro sitio”. Aquella mesa era sagrada.

En 1912, Manuel alcanza todo un éxito con su libro “Cante Hondo”, que dedica a su mujer Eulalia. De este libro, el día de su aparición, se agotaron en Madrid mil ejemplares, venta insólita en aquellos tiempos, incluso en estos.

Las mujeres de Antonio y Manuel, aunque se trataron muy fugazmente, por la súbita muerte de Leonor, fueron muy amigas: a Leonor la llamaban “la burguesita de Soria”, a Eulalia “la señorita de Sevilla”. Este matrimonio vivió en la calle de Churruca no 15, acompañados por el padre de Eulalia, Francisco de Cáceres Aldama, que había sido farmacéutico en Sevilla.

Manuel y Antonio junto con el hermano José recorrieron varios Cafés de Madrid, en los que tenían tertulias que a veces se hacían tan extensas que ya no era posible concentrase ni para un mero cambio de impresiones. Al gran Don Miguel, como llamaba Antonio a Unamuno, siempre le tenían informado del Café donde habían trasladado la tertulia, por si pasaba por Madrid y quería reunirse con ellos.

Era tal el rechazo que le producía a Antonio el exceso de pelo, que nunca usó bigote ni barba. Se afeitaba diariamente; esto forma parte de su sinceridad hasta en lo físico. Toda la vida se mostró tal cual era; nunca utilizó gafas de sol que le ocultaran la cara, ésta siempre despejada.

Fue entusiasta de la música, sobre todo de la música popular que le recordaba el quehacer de su padre, el gran folklorista, que por cierto merece un mayor conocimiento y estudio de su obra en profundidad. En Sevilla existe la “Fundación Antonio Machado Álvarez. Demófilo”.

La característica de su hijo Antonio era el afán de la perfección, que le llevaba a no estar nunca satisfecho.

Antonio, como buen “institucionista”, los únicos juegos que le gustaban eran los de pelota y a ser posible con buen tiempo y en plena Naturaleza. La Institución tenía un refugio en la misma Sierra de Guadarrama para la práctica de los deportes invernales. También le gustaba el juego de pelota vasca, con este motivo, de cuando en cuando, iba al frontón Jay Alay de Madrid con algún hermano. La Institución había importado el fútbol de Inglaterra. Los alumnos jugaban con el balón apasionadamente: fue un acontecimiento y un gran aliciente para los jóvenes.

Ya están de nuevo los dos hermanos en Madrid con sus amigos de siempre, trabajan parte de la noche en casa, algunas noches salen. Eulalia, la mujer de Manuel, le dice suavemente pero como un reproche: Manuel, tú tienes mucha amistad con mujeres y, eso no lo veo bien. Él le contestaba a Eulalia, “pero esas son las Ermitas, tú, eres la Catedral”. En la intimidad la llamaba cariñosamente Uli.

En 1.921, aparece otro libro de Manuel, “Ars Moriendi”. Los hermanos se ven los fines de semana. En esta ocasión Manuel le dice a Antonio: “Con este libro voy a dar por terminada mi obra poética”. Antonio no aprueba su actitud, pero no le agobia con reproches.

“Tu poesía no tiene edad – dice Manuel a Antonio -, la mía sí la tiene”. Antonio responde sin aceptar el argumento “La poesía nunca tiene edad cuando es verdaderamente poesía”.

Así nos contó Manuel como opinaban los dos hermanos. Antonio le convenció para que desechara esa idea.

La hermana de Eulalia, de vocación religiosa, ingresó en una Comunidad.

Es una paradoja que precisamente Carmen aconsejara a su hermana Eulalia que fuera más alegre y aprendiera guitarra como buena andaluza para alternar y atraer a Manuel, hombre de vida más mundana aunque en el fondo

fuera de sensibilidad a flor de piel. Eulalia era más mística que su hermana Carmen que ya vestía los hábitos de Religiosa. Esta le decía: “Eulalia, en una palabra, tienes que estar más atractiva a los ojos de tu marido”. La monjita, el parecer, era muy realista. ¿a que sí?.

Los Poetas a diario acuden por las mañanas a sus puestos de trabajo, llegando a casa para la comida de mediodía.

Antonio estuvo destinado en Madrid en el Instituto Calderón de la Barca. La última cátedra que ocupó fue en el Instituto Cervantes, en el año 31, hasta el 36 que salió para Valencia.

Hablando en el saloncillo del Teatro Español con la condesa de San Luis, hermana del actor Díaz de Mendoza, ésta manifestó el deseo de que su sobrino Fernandito estrenase una obra romántica y piensa en el Hernani de Victor Hugo. Al oír esto Manuel, le ofrece la traducción hecha por él, Antonio y la colaboración de Villaespesa, aceptando la señora de muy buen grado. Empezaron la adaptación y ensayos. El día 31 de diciembre de 1.924 fue el ensayo general. La obra se estrenó el siguiente día de Año Nuevo con gran éxito. En el entreacto Doña María Guerrero les felicitó y sugirió a Manuel y Antonio que hicieran algo original.

Al año siguiente, Don Jacinto Benavente le presentó a Doña María Guerrero la obra en verso de los hermanos Machado “Desdichas de la Fortuna o Julianillo Valcarcel”.

Fue estrenada por dicha actriz el 9 de febrero de 1.926 con un éxito inolvidable. En años sucesivos se fueron estrenando “Juan de Mañara”, “Las Adelfas”, “La prima Fernanda”, “La Duquesa de Banamejí” y “La Lola se va a los puertos”.

Hicieron además arreglos del teatro clásico, de Lope, “El perro del Hortelano”, “La niña de plata”, “Hay verdades en el amor”. De Calderón “El príncipe constante” y de Tirso “El condenado por desconfiado”. El teatro lo empezaron rozando los 50 y 49 años.

Antonio, que rechazaba cuantas veces podía homenajes y banquetes, aceptó que en honor de los dos hermanos se celebrara un acto de reconocimiento, en el jardín de la Institución Libre de Enseñanza el 21 de febrero de 1.926, con motivo del éxito teatral de la referida obra.

Presidido por Don Manuel Bartolomé Cossio, de avanzada edad, dirigiéndose a ellos de la manera siguiente: “Compañeros y amigos queridos ….. por más viejo en la casa me llaman hoy a ofrendar este agasajo y esta ferviente salutación de todos a nuestros excelsos y amados Poetas. Así que yo, que no he llevado jamás en homenajes y fiestas colectivas la común voz del coro, heme aquí por primera vez haciéndolo cuando bordeo ya los linderos del misterio”. Esta última frase que vuelvo a transcribir y que hace meditar tanto …. “Cuando bordeo los linderos del misterio” ¡Que belleza!.

Se distribuían las escenas que escribían por separado. Los domingos por la tarde en casa de Antonio se reunían para leer los trabajos, romper o retocar. Dicen que las escenas de amor las escribía Manuel pero no llegamos a saberlo. Ahora pienso que fueron escritas indistintamente por los dos.

En 1.928 se estrenó “La Lola se va a los puertos” con mucho éxito en el teatro Fontalba de Madrid, representada por Lola Menbrives y Ricardo Puga. En el último ensayo (ensayo general) Manuel interpretó el personaje del protagonista “Heredia” como él quería que fuese. Manuel como buen andaluz era supersticioso, el día del estreno se rompió un espejo y se vieron y se desearon para que él no se diera cuenta. Pasados los primeros días se lo comentaron y dijo “Hicisteis bien en ocultármelo, si a los nervios de la noche del estreno le aumentamos los del espejito, ¡me hundo!.

Como recuerdo del estreno el Marqués de Fontalba regaló a Manuel y Antonio unos preciosos relojes de bolsillo, el de Manuel era de platino y extraplano, y el de Antonio de oro. Como se sabía que Antonio era muy despistado, detalle que el mismo reconocía, le dijo a su hermano Pepe, “Pepe te cambio el reloj por el tuyo, que si le doy un golpecillo al mío sería una lástima”, cerraron el acuerdo y Antonio quedó encantado.

Solamente vivía Manuel cuando se estrenó en el Teatro Albéniz “El hombre que murió en la guerra”. Recuerdo con emoción que al final de la representación, ante grandes aplausos, se levantó el telón con el escenario vacío en atención a la ausencia de Antonio. Después, salió Manuel y la compañía a saludar.

Como Antonio vivía con la madre, cuando salía iba detrás de él y le decía: “… arréglate, Antonio, van a decir que pareces un sesentón”, él volvía la cabeza diciendo… y, al cabo ¿que soy?”. No hacia caso de pequeñas cosas, “pasaba” como se dice ahora. Entre el calzado grande, porque sufría de los pies, y todos los bolsillos llenos de libritos y cuartillas, parecía un robot, así y todo tenía un porte muy señor. Ese señorío recuerdo que Antonio lo veía también en Pío Baroja, a pesar de su indumentaria, comparándole con otro escritor muy atildado que según él era un cursi.

Antonio Machado

Decía la madre, dolida, que su hijo no había sido feliz más que apenas algunos momentos en la vida, tal vez, por su profunda sensibilidad.

Entendía que Antonio no había sentido las alegrías de la juventud.

El amigo y Poeta sevillano Luis Montoto Rautenstrauch, definió al padre de los Machado como hombre bueno, tenaz, idealista y sencillo, rasgos que según su opinión había heredado su hijo Antonio.

La sensibilidad de Antonio es condición fundamental andaluza, pero que no le impide en absoluto cantar con emoción a su Castilla eterna, esa emoción que él guardaba como nadie y que se llevó consigo, entre sus secretos. Por el recuerdo de Leonor y continuar su obra, podría decirse que seguía viviendo.

No recuerdo bien, pero creo que hacia el año mil novecientos sesenta y pico, repusieron “La Lola se va a los puertos” adaptada a zarzuela por el compositor y guitarrista Don Ángel Barrios, granadino de la época de Manuel de Falla y Andrés Segovia y otros. Siento verdadero pesar de que apenas se conozca esta zarzuela que unida la hermosa partitura a la delicadeza de la obra, es una verdadera gozada.

De los caracteres de los Poetas en la intimidad puedo decir que eran bondadosos y cordiales. Manuel muy simpático y atractivo, Antonio aparentemente distraído, de sonrisa fácil, a veces algo sarcástica.

A Gerardo Diego, con motivo de su destino a Soria, le aconsejó “no cambie Vd. ese rincón por ningún otro”. El se lo llevó en el alma.

En 1.931, Antonio escribe su borrador del discurso de ingreso en la Real Académia de la Lengua, donde había sido elegido Académico en 1.927. Tal vez, circunstancias imponderables obligaron esta demora. Muchos años después este discurso lo leyó el poeta y Académico Don José García Nieto, en la Real Academia en memoria de Antonio, ya fallecido.

El tabaco: Antonio era un fumador empedernido, de costumbre fumaba picadura, él mismo se hacía los cigarrillos; al liarlos daba la impresión de poco tacto, le solían quedar muy huecos y desarmados. La habilidad manual no era su fuerte.

Solamente dejó de fumar durante la enfermedad de Leonor.

Manuel fumaba emboquillados, también hechos en casa, se los solía hacer su mujer impecables: ponía el papel sobre una especie de esterilla, echaba el tabaco y salían perfectos.

Algo que les entusiasmaba era la fruta. Un buen frutero, decían, es el mejor adorno en una mesa por su aroma y colorido, hasta el punto que da pena comérsela. Manuel, cuando veía algún racimo de uvas picoteado se enfadaba y decía “se come el racimo entero, picotearlo no”.

Enrique Gómez Carrillo, Director de “El Liberal”, reclama a Manuel para que entre a formar parte de la redacción del periódico, en calidad de crítico de teatro. Manuel acepta gustoso la responsabilidad que representa el cargo. Este nombramiento, fue muy oportuno porque Manuel estaba pasando por unos momentos depresivos y le ayudó a centrarse en el trabajo, que asumió con entusiasmo. Esto guarda relación con el momento en el que Manuel quiso dar por terminada su obra poética acusando desgana y falta de ilusión.

Las amistades las conservaron siempre. El amigo Zayas llegó a ser embajador en Estocolmo de S.M. Don Alfonso XIII. Antonio Zayas pertenecía a una familia aristócrata que estaba en posesión de algunos títulos nobiliarios. Oí decir siempre que Zayas era Duque de Amalfi, bello pueblo italiano de la Campania, siendo Manuel su íntimo amigo. Sentía por los dos hermanos verdadera admiración, pero trataba más a Manuel. Le gustaban los juegos de mesa y solía ir a primera hora de la tarde a casa de Manuel donde se reunían a jugar al “tresillo” o al dominó. Zayas era tan expresivo que nada más abrirle la puerta empezaba a hablar sin parar con todo apasionamiento y de cualquier cosa. En una ocasión que Manuel le preguntó por su mujer, él siguió hablando y al rato dijo “…. A todo esto Rosa buena” y, continuó hablando.

Recuerdo que en los años treinta, en los anteriores al 36, venía a Madrid de visita, a casa de su tía Ana (mi abuela), María Auxiliadora Ruiz, prima de los Machado, hija del hermano médico. Antonio se quejaba del carácter fuerte de esta prima, que gustaba de querer organizar la vida de todos, (los que se dejaban) y ajustar las comidas a las costumbres sevillanas.

El domingo 12 de julio de 1.936 se reunió toda la familia en casa de Manuel, en la calle Churruca. Durante la comida, recuerdo, Antonio sugirió que Manuel aplazara el inicio de sus vacaciones, previsto para el miércoles 15 de julio, pues la situación en las calles y los continuos rumores no lo aconsejaban. Manuel estaba totalmente de acuerdo, pero su mujer, Eulalia, no quiso variar los planes que tenían organizados.

Manuel y Eulalia salieron para Burgos el día quince de julio, como tenían previsto, para felicitar a Carmen, la hermana de Eulalia, religiosa esclava del Sagrado Corazón, en su onomástica del día dieciséis, y después continuar sus vacaciones por el norte, como hacían todos los años.

Esta vez no pudieron regresar. Manuel y Antonio sienten con toda el alma la separación; Manuel en Burgos, Antonio en Madrid, sin saber uno del otro.

El Ministerio de Instrucción Pública, como entonces se llamaba y de donde dependía Antonio como catedrático, le propone y facilita que salga para Valencia.

Él no quiere salir de Madrid, dice que en circunstancias tan especiales él no se separa de su familia. Le dijeron que eso no era un impedimento porque los podía llevar consigo a todos y que los hermanos que dependieran de la Administración serían trasladados a Valencia para estar reunidos y salir todos juntos.

Llamaron de General Arrando para decir que fueran urgentemente mis padres a tratar un asunto de sumo interés con Antonio, que les daría instrucciones. Les aconsejó preparar un ligero equipaje, llevando lo más preciso, pues era de desear y esperar el regresar pronto.

Antonio salió de Madrid con sus familiares en el mes de noviembre de 1.936 para Valencia. Partimos hacia Valencia en autocares. La expedición se componía de dos, uno de ellos tuvo mejor suerte y llegó a la capital del Turia sin novedad y más o menos a la hora prevista. En el otro, en el que viajábamos los Machado, nos acompañaban los profesores Madinaveitia, Moles, Duperier, los doctores Sacristán, Márquez, Pascual y varias eminencias de las que lamento no recordar ahora sus nombres. Como “jefe” de la expedición nombraron a Antonio, y éste le pidió a Madinaveitia que le sustituyese en el cometido pensando que lo haría mejor que él.

Hicimos noche en Tarancón; antes, a mediodía, paramos a almorzar en algún lugar de las afueras de Madrid, perteneciente a la organización del Quinto Regimiento, algunos de los viajeros y de los organizadores dirigieron unas palabras alegóricas a la situación y al viaje, entre éstos también se escuchó la voz grave, pausada y con ligeros matices andaluces de Antonio Machado. ¿Corresponde a este momento la conocida foto de Machado, el comandante Carlos y otros en dependencias del Quinto Regimiento?.

En la villa conquense, en condiciones de lo más informal, hicimos noche en un edificio que a mi me pereció un acuartelamiento y por el que deambulaban personajes en apariencia perdidos y desubicados.

A la mañana siguiente reanudamos la marcha hacia Valencia, pero cerca de Utiel nuestro autocar empezó a echar humo y tuvimos que desalojarlo.

Se había medio quemado la correa del ventilador subiendo el puerto de Contreras y nos quedamos en la carretera hasta que casi al anochecer vinieron a recogernos en varios coches. Llegamos a nuestro destino aproximadamente a la una de la madrugada y nos alojaron en la Casa de la Cultura, en la calle de la Paz número 42, donde habían improvisado espaciosos salones para albergar juntos a las familias. A los pies de los camastros, cubierto con una sábana blanca, había un objeto voluminoso que según dijeron era una escultura inacabada dejada allí por su autor Victorio Macho, y que representaba la figura de su madre. Nadie se atrevió a destaparla por respeto. ¡Ni por curiosidad!

Antonio solicitó, aunque fuera más modesta, una vivienda independiente, para él y su familia, que le permitiera seguir trabajando con más sosiego y tranquilidad.

Le facilitaron a los pocos días una villa valenciana entre los naranjos en el bello pueblo de Rocafort, a unos veinte minutos de Valencia

La casa se llamaba “Villa Amparo”, tenía planta baja y primer piso.

Entrando por el jardín, en la planta baja, había a la derecha dos habitaciones, el aseo, la cocina y una cochera. En el centro, al fondo de un ancho pasillo, había una escalera que subía interiormente al primer piso y que continuaba hasta llegar a lo alto de la Torre, donde Antonio pasaba largas horas por las tardes hasta que se ponía el sol. Esas puestas de sol maravillosas cada día son distintas por los efectos de la luz y la climatología. Al primer piso se podía entrar también a través del jardín por una escalera exterior, que finalizaba en una pequeña balconada con balaustrada que daba acceso al dormitorio de Antonio. Es justo en esta balconada y al final de la escalera donde Antonio Machado fue fotografiado, tal como se atestigua con una foto divulgada recientemente.

En el primer piso había, a la derecha, dos habitaciones y un espléndido comedor que daba a una hermosa terraza, que en la parte baja era un porche cubierto. A la izquierda, otras dos habitaciones, dos aseos y cocina.

El comedor lo recuerdo perfectamente, se entraba por una puerta de dos hojas de vaivén de madera y cristal; estaba decorado por un zócalo de madera de metro y medio de alto, aproximadamente; en la parte de arriba, colocados a la perfección, nada menos que cuarenta platos de cerámica, pienso que de Manises. Dos antiguos aparadores y en el centro de la sala una mesa rectangular, que a mi me parecía impresionante de grande.

En esta mesa comían los mayores, Antonio presidiendo con la madre, a la derecha de ésta se sentabasu hermano Francisco con su mujer Mercedes, mis padres, a la izquierda de Antonio su hermano José con su mujer Mati, y frente a la presidencia su hermano Joaquín con su mujer Carmen. Este comedor tenía un hermoso mirador donde comíamos las seis sobrinas con un familiar mayor para poner “orden”, era la tía de mi madre, Carmen, de gran condición humana y muy querida por todos, que Antonio quiso que nos acompañara en el viaje como un miembro más de la familia.

Ana, la madre, no consciente de la realidad del momento, preguntaba constantemente por Manuel. Antonio la contestaba que estuviera tranquila porque Manuel sabía cuidarse y controlar las situaciones, aunque fueran adversas.

Cuando las sobrinas salimos por primera vez al jardín nos dijeron: “no se puede cortar ni una sola naranja, hay que esperar instrucciones”. A los pocos días se presentó el administrador de la finca y nos dijo que no solo podíamos cogerlas sino que era necesario descargar los árboles. Al momento nos pusimos las seis tijeras en mano a cortar naranjas y llenar una gran cesta.

De cuando estábamos toda la familia en Rocafort, en 1.937, recuerdo la siguiente anécdota: un buen día, a media mañana, se oyó que Antonio llamaba angustiado, inmediatamente acudió la mujer de un hermano y casi todas nosotras, llevadas por la curiosidad de niñas que éramos. Se trataba de lo siguiente, por el balcón de su dormitorio, que estaba entreabierto, se había metido una gallina preciosa pelirroja que, asustada, por no encontrar la salida, empezó a revolotear y llegó a subirse en la mesa de trabajo que tenía Antonio en su dormitorio.

El ver sus papeles revueltos debió horrorizarle. Se consiguió sacar a la gallina de la habitación y alguien dijo: “¡mañana haremos un caldo con la gallina!”, Antonio que lo oyó dijo: “¡Eso no!, la regaláis, en esta casa no se come esa gallina”. Debía parecerle que comernos aquella gallina era castigar al animalito y tal vez una venganza por nuestra parte.

Esta anécdota de la gallina me hace recordar una película que vi con Manuel y Eulalia, creo que en el cine Bilbao de Madrid. Hace ya tanto tiempo que no recuerdo su título. Era una mansión y el servicio preparaba un pavo para la Navidad que habían criado en la casa. Un hijo pequeño de los señores, que estaba muy encariñado con el pavo, lo llamaba Pedro. Llegó la Navidad y se reunieron toda la familia en aquellos días tan señalados. De pronto, sirviendo la mesa presentaron en una gran bandeja el asado, que se trataba del célebre pavo, al que ponderaron muchísimo por la presentación llena de lazos y demás fantasías, salvo el pequeño que, después de mirarlo con detenimiento, se echó a llorar y dijo: ¡Si es Pedro!. Se vieron y se desearon para consolarle. Esta fue otra anécdota que, a través del tiempo seguíamos recordando Manuel, Eulalia y yo, probablemente por ser excesivamente sentimentales.

El practicante del pueblo iba algunas veces a ponerle las inyecciones cuando estaba enfermo.

Le preocupaba mucho que se estropease algún objeto de la casa. Cuando oía algún golpecito preguntaba enseguida: “¿Qué pasa?”, le contestaban “Nada, Antonio, nada” y se quedaba tranquilo pero no del todo. Nos decía, “si ocurre algo me lo contáis y a reparar”.

En Rocafort encontró un ambiente idóneo para seguir trabajando. Estuvimos todos un año en su bondadosa compañía, siendo la etapa en la que estuvimos más tiempo reunidos.

La convivencia en Rocafort fue amable y todos emprendieron nuevas actividades. Los hermanos de Antonio iban todos los días a Valencia, a sus respectivos destinos, en unos trenecillos de cercanías que hoy parecerían de juguete. Recuerdo el nombre de las estaciones por las que se pasaba: Empalme, Benicalap, Burjasot, Burjasot-Godella, Godella y Rocafort, fin del trayecto para nosotros.

Antonio iba poco a Valencia. Normalmente iban a Rocafort a recoger sus colaboraciones para su publicación en la prensa. Trabajaba incesantemente.

La entrada en Villa Amparo, como decíamos antes, era preciosa: a la derecha y a la izquierda dos enormes limoneros, uno a cada lado. La parte derecha del jardín toda de naranjos que, cuando estaban en flor, daban un perfume de lo más penetrante, estaba bordeado por un paseo que daba a una acequia de regadío para que no le faltase motivo de inspiración al Poeta. “El agua”. A la izquierda, plantas, rosales, jazmines y tantas más…… Al fondo, una caseta para hacer lumbre de leña, donde se hacían las célebres paellas y un pequeño recinto para las gallinas. De ahí, la que se metió en el dormitorio de Antonio, como ya hemos referido anteriormente.

El Poeta bajaba al jardín algunas veces, pero se cansaba, ya que sus achaques no le permitían subir y bajar escaleras. Algunas veces, a pesar de todo, recibía las visitas, que eran muchas, abajo, en el porche dentro del jardín. Recuerdo, entre los más asiduos a León Felipe, Rafael Alberti y María Teresa León. Esta última me llamaba “ojitos grises”.

Cuando trabajaba en la noche, solía refrescarse la cabeza poniéndose debajo del chorro de agua del grifo. El caso es que hacía lo mismo en verano con el calor que en invierno. Entonces la madre le regañaba como a un niño. El contestaba que así se despejaba para seguir trabajando; la realidad es que se cuidaba poco.

Aunque parecía débil de carácter, solo lo era aparentemente. Nunca dejaba de hacer lo que se proponía sin escatimar el esfuerzo. No se dejó dominar por nada, tenía tal objetividad y autoridad en sus cosas que al final se le daba la razón (porque además la tenía).

Un día del poeta en Rocafort:

Se le pasaba el desayuno a la habitación hacia las nueve de la mañana, como no había café tomaba una taza de malta, si acaso con leche y una tostada de pan con aceite; sobre las once se le veía por la casa pensativo.

El pasillo central de la casa era muy amplio, te podías cruzar con él como si fuera una calle de dos direcciones.

Hacía tiempo, hasta el almuerzo y sobremesa, leyendo. Se retiraba un rato y volvía para darnos clase de francés a las sobrinas. Decía: “estas niñas no pueden estar en barbecho”. Eran unas clases concienzudas pues no escatimaba su trabajo procurando hacerlas fáciles. No había más que escucharle con atención. ¡Que paciencia la suya!. No obstante con nosotras era bastante exigente, a la menor equivocación se echaba las manos a la cabeza y con expresión amable quitaba el mal sabor de boca, aunque a pesar de todo algo intimidaba. Cuando rectificabas el error decía satisfecho “perfecto”.

Nos explicaba que Juan de Mairena era un filósofo amable, un poco escéptico que tenía para todas las debilidades humanas una benévola sonrisa de comprensión y de indulgencia, que solía expresarse con unas gotas de ironía.

A media tarde subía a lo alto del edificio, a la torre, desde donde se divisaba el mar en el lejano horizonte; se llenaba los ojos del paisaje y bajaba a la hora de la cena.

Luego ya se sabe, trabajaba hasta la madrugada. A media noche paseaba lentamente por la casa, pienso que para estirar las piernas, iba encendiendo y apagando luces para ver, y casi siempre por equivocación encendía la del dormitorio de alguno de los hermanos. Si despertaba a Joaquín y Carmen, estos medio enfadados le decían “Antonio ten más cuidadito, que hay noches que no volvemos a conciliar el sueño”. Antonio no sabía que alegar para disculparse; creo que en la noche, absorto en sus pensamientos, se desorientaba fácilmente.

El poeta, a pesar de su ensimismamiento, siempre captaba lo que acontecía a su alrededor.

Antonio Machado era persona que infundía respeto, compatible con su cordialidad. Decía que nada podía superar a la naturaleza, que consideraba como un ser viviente. De ahí el amor que le producía hasta un palmo de tierra. Sin duda se apreciaba en su sensibilidad la huella dejada por las clases que en la Institución Libre de Enseñanza se impartían al aire libre, preferentemente en la sierra de Guadarrama, lugar emblemático en el que repetidamente se inspiró el poeta.

El poeta llega a condensar sus pensamientos de tal modo que le bastan cuatro palabras para decir algo esencial como: “hoy es siempre todavía”.

Tenía una gran admiración por las palabras árabes, que según él, enriquecían sobremanera el léxico español. En esto se manifiestan sus orígenes andaluces y el reconocimiento del valor de las tradiciones populares, tan admiradas por sus ascendientes.

A partir de febrero de 1.938, los hermanos de Antonio, ya por separado, fueron trasladados a nuevos destinos que les designaron en Barcelona.

A un lado de la puerta principal de Villa Amparo, aparece una placa conmemorando que en aquella villa había vivido Antonio Machado.

En el mes de abril del 38 salió Antonio para Barcelona, acompañado de su madre, de su hermano José, su esposa y las tres hijas de estos. Fueron los últimos de la familia en salir de Rocafort.

Otra vez de Hotel, en el Majestic, donde estuvieron hasta que le consiguieron alojamiento en la Torre de Castañer, en la zona de la Bonanova.

En la Ciudad Condal habían habilitado tres hoteles para facilitar el alojamiento a los funcionarios del Estado y sus familiares. En las Ramblas el Hotel Falcón y el Hotel Oriente. El Hotel España en la calle San Pablo, junto a las Ramblas y al lado del Liceo, en el que residimos mis padres, mi tía Carmen, mis dos hermanas y yo. Por cierto, tía Carmen falleció en este hotel a finales del 38, siendo enterrada en el Cementerio de Montjuic. Todos estos hoteles estaban situados en una zona que por su proximidad con el puerto estuvo muy castigada por los continuos bombardeos y por el pánico que estos generaban.

Fuimos una cuantas veces a visitar, a la Torre de Castañer, a la abuela Ana, a Antonio, a José y su familia. Recuerdo a tío Antonio, con la madre, en una galería acristalada que hacía de sala de estar y de lectura. Allí nos saludábamos cariñosamente todos. Los mayores charlaban, y nosotros, la gente menuda, jugábamos en el jardín y alrededores. Luego regresábamos a nuestros aposentos en el Hotel España.

Desde esta Torre de Castañer, en Barcelona, Antonio, mama Ana, como llamábamos a la abuela, Pepe y Mati, salieron el 22 de enero del 39, con dirección a Francia, prácticamente sin destino y con rumbo aleatorio.

Les fueron a recoger en una ambulancia, cuyos conductores les decían “vamos, vamos, no se demoren”. Antonio les dijo “¿tienen prisa?, pues yo no”.

El trayecto hasta la frontera, aunque corto en distancia, se hizo interminable por la caótica, triste y lamentable marcha hacia el exilio de tantos y tantos españoles. Añadir la quebrantada salud del Poeta, el sufrimiento que sentía por sus acompañantes y el hondo que sentía por la España que dejaba. El panorama no podía ser más angustioso.

¡Casos como éste, tantos¡ El camino del exilo empezó a primeros de enero del 39, a mi familia nos tocó iniciarlo unos día antes que a Antonio.

Íbamos en una camioneta tapados por mantas, de color claro, por la costa. De repente decían que había que quitárselas de encima por resultar un blanco fácil de localizar paralos cañones de los barcos, cuyos obuses caían constantemente. Cada rato….. ¡todos a las cunetas!.

Antes de llegar a la frontera nos encontramos, cerca de Figueras, con Joaquín y su esposa, que iban en otro grupo. Recuerdo un fuerte abrazo y un “adiós” al despedirnos. Esto es un pequeño detalle, ¡mejor pasar página!

Hay una fotografía de Antonio, de las últimas, con su hermano José y unos amigos, en un alto en el camino hacia Francia, en la que duele verle en abandono total, entregado a su inminente destino. En espíritu, él ya no estaba all

El grupo familiar de Antonio Machado llegó a Collioure el día 29 de enero a las cinco y media de la tarde, donde se instalaron en el Hotel Bougnol Quintana.

Uno de los días que allí pasaron, Antonio le dijo a su hermano: “Pepe vamos a ver el mar y damos un paseo”. Se sentaron en una barca amarrada en la playa, y Antonio se mantuvo ensimismado hasta que regresaron. Fue la última salida del poeta hasta la orilla del mar.

Rendido de fatiga, Antonio dictó a su hermano una carta para él, dice Santullano, la última carta del Poeta. Los trazos de su firma vacilante declaraban que la existencia de Antonio Machado escapaba hacia el más allá.

Antonio Machado. Collioure.

Su muerte. El día 22 de febrero, miércoles de ceniza, fallecía Antonio a las cuatro de la tarde. Según se sabe, las últimas palabras que pronunció fueron ¡Adiós Madre!. Tres días después murió la madre, cumpliéndose el vaticinio que ella adelantó en Rocafort: “Estoy dispuesta a vivir mientras viva mi hijo Antonio”. En el lugar del supremo descanso, los restos de madre e hijo están unidos para la eternidad.

Hablamos de su pérdida, de su muerte real, aunque ciertamente le sentimos vivo entre nosotros. Siempre está, aún en su inevitable ausencia.

La sepultura fue encargada por los amigos de Machado y suscripción popular. Muy sobria, como si la hubiera elegido él mismo. Está en el centro de una especie de herradura de cipreses. Es como un pequeño remanso de paz.

Su hermano José encontró en un bolsillo del abrigo de Antonio el último verso:

Estos días azules
y este sol de la infancia.

Resumiendo: Antonio admiraba sobre todo la Naturaleza, en cuanto le era posible salía al campo, a llenarse los ojos del paisaje. Los hermanos fueron siempre muy afines sentimentalmente, a pesar de que Manuel hiciera una vida social más intensa en la ciudad. Realmente estaban extraordinariamente unidos.

En Antonio quedó la huella imborrable de su padre, con el que, según decía, tenía verdadera afinidad.

La formación cultural la veía Antonio como algo insustituible. En una ocasión, refiriéndose a los estudios filosóficos que en él habían despertado tantísimo interés, alguien dijo: “Los trabajos filosóficos, en efecto, son muy interesantes pero no deben divulgarse demasiado”, contestó el Poeta “La cultura es de todos y para todos”.

Les voy a transcribir algunas opiniones sobre Antonio, extraídas de “Semblanza de Antonio Machado”, del eminente periodista Luis A. Santullano, que se encargó en los últimos años de publicar casi todos los artículos de Machado:

“Nuestro Poeta era todo cordialidad, afectuosa y señorial, de esa que no se manifiesta con familiaridad de gestos, abrazos y golpecitos en la espalda. Antonio gustaba de la intimidad, y en las horas de recreo de diálogo cordial. Prefería la compañía de los suyos y de las personas que merecieran su estimación”.

“Personalmente recibí la prueba más clara de la amistad de Antonio en la ocasión de formarse, en Madrid, la comisión encargada de secundar la iniciativa sevillana para dedicar una fuente a los poetas Manuel y Antonio en el hermoso Parque de María Luisa”.

El arquitecto de jardines Winthuysen, recibió el encargo de proyectar la Fontana y que las obras se realizasen con arreglo al gusto de los poetas. Manuel, dio su delegación al escritor Pepe Tudela y Antonio a Santullano, que agradeció su confianza.

“Antonio Machado fue uno de los vocales más asiduos al Patronato de las Misiones Pedagógicas que presidía el Sr. Cossio. Él hablando poco, decía siempre la palabra justa y orientadora. A Machado, que no tenía la menor soltura cuando intentaba ponerse el abrigo, los amigos trataban de ayudarle tirando de aquí y de allá hasta acomodárselo. Antonio se sometía sonriente a la operación no sin antes decir entre dientes: “Este maldito abrigo…”.”.

Manuel. Esto que voy a relatar lo supimos cuando regresaron a Madrid Manuel y Eulalia en el año 39. Pienso que Antonio no lo llegó a saber y que hubiera significado par él una gran satisfacción. El día 19 de febrero de 1.938, le comunicaron a Manuel que había sido elegido Académico de la Real Academia de la Lengua. El acto se celebró en San Sebastián, en el Palacio de San Telmo, abarrotado de público. El día 5 de enero había sido nombrado propuesto por Don José María Pemán y Don Eugenio D’ors.

Le dijeron: sabemos que Vd. no lo ha solicitado, que acaso no lo esperaba ni tal vez le interesa. Manuel contestó: efectivamente jamás lo he solicitado, ni de momento lo esperaba, pero que no lo deseara – esto dicho con su gracejo andaluz – eso, eso es otra cosa. Al cabo, para un escritor es la consagración suprema.

Manuel leyó el discurso de ingreso con el título de “Semipoesía y posibilidad”.

De la muerte de Antonio Manuel se entera por medio de un cartero que le pregunta: Don Manuel, ¿Vd. tiene algún familiar que se llama Antonio Machado?. He oído que este señor ha fallecido en Francia.

Manuel creo que casi no pudo contestarle y corrió a ver la prensa extranjera donde comprobó tan triste suceso. Decía Eulalia que en la vida lo había visto tan abatido; eran unos hermanos que hubieran dado la vida uno por el otro. Como no sabe lo de la madre, arregla los pasaportes y salen inmediatamente para Collioure a recogerla y ver al hermano. En el camino se entera de la muerte de la madre, no obstante van al encuentro de los que quedan.

José y su esposa Mati, como la llamaba amorosamente, estaban solos, mirando la calle a través de una ventana, en silencio, cuando Mati exclamó: ¡Ahí llegan Manuel y Eulalia. Pepe la contestó: “Déjate de alucinaciones”, no la creyó en aquel primer momento inesperado, pero a medida que se iban acercando, comprobó que, efectivamente, eran ellos. Allí se organizaron momentos tensos de infinita amargura y finalmente regresaron solos. Pepe y Mati, esperaban reunirse con sus hijas en Santiago de Chile.

A Manuel, los últimos años se le veía antes del almuerzo con los amigos en un bar de la calle de Fuencarral, llamado “La Criolla”, a la salida de la Biblioteca Municipal. Por la tarde, los jueves, eran las sesiones de la Real Academia.

La temporada de las corridas de toros, supongo que sería por San Isidro, en el palco de la Prensa tenía su abono junto a Don José María Cossio, Domingo Ortega y otros. Imposible olvidar sus verso a la Fiesta Nacional, con los que plasma un verdadero cuadro.

“Oro, Seda, Sangre y Sol”.

Solía recibir a los amigos en su casa, casi todos escritores de la generación del 27, que le llamaban Maestro cariñosamente. Ya no era el Manuel Machado de antaño, por su edad, salud y recuerdos abrumadores. Comentaba preocupado mi padre, con el que se veía casi a diario, que encontraba a Manuel indiferente por la vida y resignado, algo insólito en él. La muerte del hermano no la superó nunca.

Última foto de Manuel Machado

Años después, el 19 de enero de 1.947, falleció Manuel de una bronconeumonía. Cuando se comunicó la muerte a la Real Academia, se presentó el pleno muy emocionado en el domicilio a darle el último adiós al compañero, solicitando velarle unas horas en el edificio de la Real Academia para que saliera de allí el cortejo fúnebre (existe grabación del NO-DO).

En los últimos días, ya enfermo, contrató la publicación del libro, que tituló “Obras Completas” de los dos hermanos con la Editorial Plenitud. Incluyen el último verso inédito de Manuel, tan sonoro, dedicado al Gran Manuel de Falla.

Su Viuda, Eulalia Cáceres y Sierra, con dispensa especial del Vaticano por su avanzada edad, ingresó en una Comunidad Religiosa de origen italiano “Cottolengo del Padre Alegre”, en Barcelona, donde fuimos a visitarla varias veces.

Y al fin, estos fueron, en síntesis, algunos rasgos en la vida de los grandes Poetas Antonio y Manuel Machado.

Recientemente:

El día 25 de febrero de 2.005 salí desde Barcelona hacia Collioure, acompañada de otros familiares, e hicimos el itinerario que sufrió Antonio Machado con su madre, su hermano José y la esposa de éste, los cuatro, para pasar la frontera de Francia, como tantos españoles,

Antes de iniciar el recorrido visitamos la Torre de Castañer, donde fuimos recibidos gentilmente por sus propietarios Sres. Guell, que tuvieron la atención de acompañarnos en la Jornada de Collioure. Allí se presentaron la Sra, Guell y una hija.

El primer destino y parada, del recorrido hacia Collioure, fue Raset de Baix, una aldea cercana a Cerviá de Ter (Gerona), Can de Santa María, donde un matrimonio extranjero nos enseñó el edificio por dentro que actualmente están transformando en Museo de Arte Moderno. Inauguraron cuatro salas el 29 de octubre último

Me parece recordar que los dueños del Museo eran suizo y holandesa, Tony y Wilde Bueler; solo se hablaba de que Antonio Machado había permanecido allí varios días, en aquellas salas, y que esto era algo que debía permanecer para la historia.

A continuación llegamos a Mas Faisat, vieja masía del siglo XII, perteneciente al Doctor Faisat, que nos hizo un recibimiento espléndido. Él vive allí parte del año. Dentro de la antigüedad de la masía, la parte habitable esta muy actualizada y cómoda.

Finalmente llegamos a Collioure en autocar, donde nos esperaban el Excmo. Sr. Alcalde y el Presidente de la Fundación Antonio Machado en Collioure. Todo fueron atenciones en un ambiente de cordialidad y emoción. Además recibimos, las cuatro sobrinas, la medalla de honor, tan preciada, de la localidad francesa de Collioure. Al día siguiente, volvimos a Barcelona en la grata compañía de la escritora Monique Alonso, muy introducida en la obra de Machado, hasta la noche que regresamos a Madrid, nuestro punto de partida.

Madrid 2009

Leonor Machado.

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