ANTONIO MACHADO. Prosas de la guerra. I ¡MADRID! (Madrid, agosto de 1936).

¡MADRID!

I

LA SONRISA MADRILEÑA

         Madrid tenía ya – ¿quién puede dudarlo? – una breve y gloriosa tradición salpicada de sangre y de heroísmo, su breve historia trágica, que don Francisco de Goya anotó para siempre. Pero el pueblo madrileño, que no lo ignoraba, nunca se jactó de ella; en labios madrileños, Bailén, Cádiz, Zaragoza, Gerona. Eran, entre las gestas de nuestra guerra de la Independencia, tanto o más que Madrid. Cuando Madrid hace del 2 de mayo una fiesta piadosa específicamente madrileña, quitándole la solemnidad y el atuendo de fiesta nacional, para no herir el amor propio de una nación amiga, obra en función españolísima, como capital de todas las Españas. Nosotros tendríamos a olvidar lo trágico y lo heroico madrileño. En verdad, ni lo borraba esa jovialidad de Madrid, no exenta de ironía, de apariencia frívola y desconcertante, esa gracia madrileña inasequible, a los malos comediógrafos, que todo lo achabacanan, y que tan finamente han captado los buenos (Lope, Cruz, Jacinto Benavente), esa gracia cuya degradación es el chiste, y que es esencialmente un antídoto contra lo trágico y un anticipo del fracaso de ,o solemne, Pero la sonrisa madrileña, levemente cínica, marcadamente irónica, es yanuna sonrisa “ a pesar de todo”, porque en Madrid es la vida más dura que en el resto de España. Es en Madrid donde adquieren más tensión los resortes de la lucha social y de la competencia en el trabajo; el lugar de los mayores afanes y los mayores riesgos, donde, a causa de la mucha concurrencia, es más grande la soledad del in dividuo, donde es más ardua la empresa de salir adelante con la existencia y la s¡de la prole. Hay en la sonrisa madrileña una lección de moral, de dominio del hombre sobre sí mismo, que pudiera expresarse: a mayor esfuerzo, mejor jactancia.

II

       En los primeros días de la rebelión militar, Madrid tuvo la intuición inmediata del enemigo, la revelación de toda la fuerza con que había de medirse, Cómo y por qué el pueblo, precisamente el pueblo madrileño, era el menos sorprendido por la traición fascista, y el más dispuesto a combatirla, es algo que los historiadores del porvenir nos explicarán, acaso, algún día. El hecho es que la decisión de pelear hasta morir fue algo perfectamente maduro en el alma del pueblo.

         Y en esta decisión era tanto más heroica y magnífica, cuanto que el pueblo carecía de todo recurso material para la guerra, no tenía armas ni instrumentos, ni hábitos militares, frente a un enemigo que parecía poseerlo todo. En opinión de muchos, asistimos, por aquellos días, ya para siempre gloriosos, a uno de esos milagros de la voluntad popular, que sólo se obran en España. Y hemos de reconocer que el milagro se hizo en Madrid sin aparato mágico, sin apariencias sobrenaturales, como una empresa perfectamente humana.

III

MADRID FRUNCE EL CEÑO.

(Los milicianos de 1936).

Después de puesta su vida

tantas veces por su ley al tablero

(Jorge Manrique)

         ¿Por qué recuerdo yo esta frase de Don Jorge manrique, siempre que veo, hojeando diarios y revistas, los retratos de nuestros milicianos?. Tal vez será porque estos hombres, no precisamente soldados, sino pueblo en armas, tienen en sus rostros el grave ceño y la expresión concentrada o absorta en lo invisible de quienes, como dice el poeta, «ponen al tablero su vida por su ley», se juegan esa moneda única – si se pierde, no hay otra – por una causa hondamente sentida. La verdad es que todos estos milicianos parecen capitanes, tanto es el noble señorío de sus rostros.

IV

         Cuando una gran ciudad – como Madrid en estos días – vive una experiencia trágica, cambia totalmente de fisonomía, by en ella advertimos un extraño fenómeno, compensador de muchas amarguras: la súbita desaparición del señorito. Y no es que el señorito, como algunos piensan, huya o se esconda, sino que desaparece – literalmente -, se borra, lo borra la tragedia humana, lo borra el hombre. La verdad es que, como decía Juan de Mairena, no hay señoritos, sino más bien “señoritismo”, una forma, entre varias, de hombría degradada, un estrilo peculiar de no ser hombre, que puede observarse, a veces, en individuos de diversas clases sociales, y que nada tiene que ver con los cuellos planchados, las corbatas o el lustre de las botas.

V

         Entre nosotros, españoles, nada señoritos por naturaleza, el señoritismo es una enfermedad epidérmica, cuyo origen puede encontrarse, acaso, en la educación jesuítica, profundamente anticristiana y – digámoslo con orgullo, perfectamente antiespañola. Porque el señoritismo lleva implícita una estimativa errónea y servil, que antepone los hechos sociales más de superficie – signos de clase, hábitos e indumentos – a los valores propiamente dichos, religiosos y humanos. El señoritismo ignora, se complace en ignorar – jesuíticamente – la insuperable dignidad del hombre. El pueblo, en cambio, la conoce y la afirma, en ella tiene su cimiento más firme la ética popular. “Nadie es más que nadie”, reza un adagio de Castilla. ¡Expresión perfecta de modestia y de orgullo! Sí, “nadie es más que nadie”, porque a nadie le es dado aventajarse a todos, pues a todo hay quien gane, en circunstancias de lugar y de tiempo. “Nadie es más que nadie”, porque – y éste es el más hondo sentido de la frase -, por mucho que valga un hombre, nunca tendrá valor más alto que el valor de ser hombre. Así habla Castilla, un pueblo de señores, que siempre ha despreciado al señorito.

VI

         Cuando el Cid. El señor, por obra de una hombría que sus propios enemigos proclaman, se apercibe, en el viejo poema, a romper el cerco que los moros tienen puesto a Valencia, llama a su mujer, doña Jimena, y a sus hijas Elvira y Sol, para que vean “cómo se gana el pan”. Con tan divina modestia habla Rodrigo de sus hazañas. Es el mismo, empero, que sufre destierro por haberse erguido ante el rey Alfonso y exigiéndole, de hombre a hombre, que jure sobre los Evangelios no deber la corona al fratricidio. Y junto al Cid, gran señor de sí mismo, aparecen en la gesta inmortal aquellos dos infantes de Carrión, cobardes, vanidosos y vengativos; aquellos dos señoritos felones, estampas definitivas de una aristocracia en canallada, Alguien ha señalado, con certero tino, que el Poema del cid es la lucha entre una democracia naciente y una aristocracia declinante.  Yo diría, mejor, entre la hombría castellana y el señoritismo leonés de aquella centuria.

VII

         No faltará quien piense que las sombras de los yernos del Cid acompañan hoy a los ejércitos facciosos y les aconsejan hazañas tan lamentables como aquella del “robledo de Corpes”. No afirmaré yo tanto, porque no me fusta denigrar al adversario. Pero creo, con toda el alma, que la sombra de Rodrigo acompaña a nuestros heroicos milicianos y que en el Juicio de Dios que hoy, como entonces, tiene lugar a orillas del Tajo, triunfarán otra vez los mejores. O habrá que faltarle el respeto a la misma divinidad.                                                          

    (Madrid, agosto 1936)

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