ANTONIO MACHADO. Prosas de la Guerra XI. TORRIJOS Y SUS COMPAÑEROS

TORRIJOS Y SUS COMPAÑEROS

Con el título de «Aviso al público» apareció un día en Málaga el parte que anunciaba al pueblo la detención de Torrijos. Había sido dado, en un lenguaje ya acostumbrado y que más tarde había de ver muy aumentada su impopularidad, por el gobernador de la provincia. Este «Aviso al público», acaso de inserción obligatoria, decía lo siguiente:

«Los últimos restos de los revolucionarios españoles que aún existían en Gibraltar, agavillados por el ex brigadier Torrijos, olvidando lo que son y lo que es un pueblo fiel, que descansa en la seguridad y confianza que le inspira el paternal gobierno del Rey, N.S., quisieron ponerse y ponerlo a la última prueba de la infamia y debilidad de unos y entusiasmo de otros. En la noche del día 2 de este mes desembarcaron en las costas del O. de esta provincia. Inmediatamente tuve aviso y, con la velocidad del rayo, me puse en marcha para perseguirlos. A las pocas horas ya supe el rumbo que habían seguido y punto en que se hallaban; me presenté en él y, al aspecto sólo de los valientes que me acompañaban, han rendido sus armas y entregándose a discreción. Tengo la mayor satisfacción al participarlo para la suya al leal vecindario de Málaga, desde este Campamento, en el Cortijo del Inglés, a las ocho de la mañana de hoy 5 de diciembre de 1831.

                                                     Vicente González Moreno» [1]   

Olvida decir el sátrapa malagueño, el ya entonces célebre por sus crueldades González Moreno, y conocido del público con el alias de Verdugo de Málaga, que Torrijos y sus compañeros desembarcaron en las costas de Málaga porque él, fingiendo simpatizar con la causa revolucionaria, los había llamado. Que él, en connivencia con sus cofrades de El Angel Exterminador, había tramado ladina e insistentemente la emboscada de que fueron víctimas Torrijos y sus cincuenta y dos amigos liberales, fusilados en Málaga el ll de diciembre de 1831.

En este mes y día, un siglo más tarde y con este recuerdo, coincidiendo con la instauración de nuestra II República gloriosa, hubiera debido celebrarse el centenario de la eclosión del romanticismo en España. El más grande de nuestros poetas románticos, José de Espronceda, un joven a la sazón de veintiún años, escribió en aquellos días de plena reacción fernandina este soneto, que han reproducido más tarde muchas antologías de líricos españoles:

A LA MUERTE DE TORRIJOS Y SUS COMPAÑEROS

Hélos allí, junto a la mar bravía caúveres están ay! los quefueron honra del libre, y con sg muerte dieron almas al cielo, a España nombradía. Ansia de patria y libertad henchía sus nobles pechos que jamás temieron; y las costas de Málaga los vieron cual sol de gloria en desdichado día. Españoles, llorad; más vuesto llanto lágrimas de dolor y sangre sun; sangre que ahogue a siervos y opresores y los viles tiranos con espanto siempre delante amenazando vean alzarse sus espectros vengadores.

Es muy posible que este soneto no mereza figurar entre los paradigmas de lírica esproncediana. Confieso que lo leí siendo niño con una emoción que no pierdo ahora, al recordarlo y al transcribirlo de memoria. Nuestra vida emotiva se da siempre un poco al margen de nuestras preferencias estéticas. Tampoco he de olvidar el temblor que produjo en mí el célebre cuadro de Gisbert, que contemplé hace ya también muchos años, en la Institución Libre de Enseñanza, reproducido por el fotograbado que todos conocemos. Don Manuel Cossío nos habló entonces muy sobriamente del hecho histórico, al par que nos señalaba en la estampa la noble figura de su pariente Flores Calderón. Tampoco el cuadro original de Gisbert, que he visto más tarde en el Museo Moderno, es para contemplarlo con frialdad en nuestros días. Obra es de un exaltador de la historia y, como el soneto de Espronceda, ha de estar, creo yo, más cerca de la verdad esencial de los hechos que el fruto de mucha crítica erudita con que se pretenda juzgar de los grandes incendios por el análisis de sus cenizas.

José María Torrijos, nacido en Madrid el año 1791, fue un hombre de vida breve, gloriosa y trágica. Su florecer coincide con la aurora de nuestro romanticismo. De sus maestros, hombres del XVIII, conserva Torrijos en su estilo vital una cierta sobriedad neoclásica. Pero su alma es ardientemente romántica, complicada siempre con la juventud y con la muerte.

Por aquellos días de terrible reacción fernandina, uno de los modos más característicos de ser romántico era ser liberal y constitucionalista; la Dulcinea de los caballeros andantes de la época era la Constitución del año XII. Torrijos la amaba ardientemente y, como dice la canción popular, murió por defenderla.

Pronto alcanzó Torrijos el grado de general, combatiendo las partidas realistas, y en 1823 fue nombrado ministro de la Guerra de un gobierno que el mismo Rey cedió a los exaltados, y del que formaron parte Flores Estrada, Díaz del Moral, Calvo de Rozas, etcétera. Expulsado de su patria aquel mismo año, como tantos egregios liberales, pasó a Francia, y comió en París el pan amargo del traductor para América, que tantos españoles hemos gustado más tarde. En Londres preparó, unido a Palarea y a Flores Calderón, ex presidente de las Cortes de Sevilla, la expedición a España que había de costarle la vida.

       Mientras Mina y Valdés esperaban en Navarra con varia fortuna, Gurrea y Plasencia cruzaban la frontera de Aragón, y San Miguel, Milán y Grases penetraban en Cataluña, Torrijos, con sus compañeros (Calderón, Fernández Golfín, López Pinto), protegidos por Inglaterra, se dispusieron a atacar por el sur y desembarcaron con doscientos hombres en la Aguada Inglesa. El número de sus enemigos, los realistas, les obligó a refugiarse en Gibraltar. Por aquellos días murió Manzanares, víctima de una traición, después de vencido en la Serranía de Ronda, y fue sacrificada Marianita de Pineda en la triste ciudad que, un siglo más tarde, había de presenciar el vil asesinato de García Lorca, poeta de ambas —de la ciudad y de la heroína—. Los tiempos eran para dar plenas albricias al sombrío Calomarde y al abyecto Fernando. Al fin, Torrijos con los suyos había desembarcado en Fuengirola, para dirigirse a la Alquería del Conde de Molina. Sorprendidos por los esbirros de González Moreno, fueron todos apresados y conducidos al Convento del Carmen. Después. .. Recordad el cuadro de Gisbert: la noble fraternidad ante la muerte de aquellos tres hombres cogidos de la mano. El suelo está ya sembrado de cadávares… Un frailecico venda los ojos de un anciano. Torrijos, erguido y sereno, aguarda. ¿Era él mismo quien daba la orden de fuego, como correspondía a su alta categoría militar? Se sabe que reclamó, sin jactancia pero insistentemente, el ejercicio de este derecho.

Ignoro si le fue concedido. Recordad los versos de Espronceda; pensad en lo que vieron las costas de Málaga aquel día, en lo que han visto más de un siglo después, en lo que pueden ver todavía. La España joven, que mira hacia el futuro, vilmente asesinada; la infatigable primavera española, que tantas veces ha florecido con sangre, ahogada por el muérdago, consumida por la cizaña de la abyección y de la vejez. Porque González Moreno, el tigre de Málaga, traidor a su pueblo, traidor más tarde a la voluntad postrera de su amado monarca, traidor a la reina Gobernadora, traidor, en fin, al mismo Pretendiente don Carlos María Isidro, bajo cuyas banderas militó, forma parte de una abominable tradición de felones y de verdugos que todavía no se ha extinguido en España.

Todos sabemos cómo se llaman los González Moreno de nuestros tiempos.

Por fortuna, al árbol de nuestra raza, nutrido hoy por raíces universales, le aguardan muchas primaveras. Por fortuna, las almas fraternas de los Minas, los Empecinados y los Torrijos pululan en nuestros días. Y también sabemos cómo se llaman.

3-1938


MANUEL y ANTONIO MACHADO. Primeros escritos: «La Caricatura», 16 de julio de 1893 a 12 de noviembre de 1893. Referencia a los números 66 de 22 de octubre y 67 de 29 de octubre del 1893.

Número 66 de 22 bde octubre de 1893 de «La Caricatura».

nº 1 Dibujo de Angel Pons. Aporta un comentario humorístico que dice: Leyendo.- «Los que roban — Dos millones evaporados». «¡Cuanto me gustaría que tu aparecieras en esa sección!»

nº 2 En la sección «La Semana», firmada por Tablante de Ricamonte, se desarrolla una continuación de crítica política sobre los incidentes en Vitoria y San Sebastián del ministro Gamazo. A continuación, bajo el título de «Moros en la costa» se comenta sobre la vida de Muley-Hassan, y sobre Castelar, y Romero Robledo. Finaliza la sección comentando los suicidios en el Hotel de la Paz y con los métodos recaudatorios del Estado

nº 4 Breve semblanza biográfica de Enrique Paradas, escrita por su amigo «Cabellera», Antonio Machado.

nº 5 Se reproduce un artículo de Antonio Machado y Álvarez, padre de Manuel y Antonio Machado, titulado «Las Narices». Es un claro homenaje al autos por parte de sus hijos. Se inicia el artículo con una copla popular: » Chata, no tienes narices porque Dios no te las dió: «A Roma se va por todo» pero por narices, no.».

nº 6 Poema de Manuel Machado titulado «Mis amores», que comienza diciendo: «Yo adoro la poesía de los cantares, la que de noche agita los olivares murmurando recuerdos de los harenes; la que con la guitarra llora pesares y ben las alegres fiestas celebra bienes».

nº 7 Comentarios de «Varapalos» sobre las reepresentaciones teatrales de Madid. Comenta que la partritura de Ponchielli, «La Gioconda» no alcanzó el entisiasmo esperado, probablemente por causa de los interpretes. Sobre el teatro Lara y el Eslava.

Número 67 de 29 de octubre de 1893 de «La Caricatura».

nº 1 Dibujo, como siempre, de Angel Pons y «barzelletta» adecuada al tema del diseño.

nº 2 La sección de «La Semana», firmada por Tablante de Ricamonte. Se comenta el inicio de las intevenciones con descargas de de fuego desde el Crucero «Conde de Venadito». Dieciocho disparos.

nº 3 Se edita otro escrito de Antonio Machado y Álvarez titulado «El poeta Juan del Campo», poeta que , según el autor del artículo, era el hombre más original que he conocido, su originalidad consistía en asemejarse extraordinariamente a si mismo, diferenciándose lo menos posible de todo el mundo». Un naranjo y la tallada imagen de un San Sebastián. «Ver converetido en santo a un tronco de naranjo».

nº 4 Poema de Manuel Maschado titulado «Desde la esquina» y que empieza: «Le declaro a usted, Lolita que me vuelve loco con esa cara bonita …. y que si se ablanda un poco todas las penas me quita. Con lo cual decirle quiero que la quiero …».

nº 5 Finalmente «Varapalos» comenta la actualidad teatral de Madrid, hablando de la representación de la ópera Lohengrín en el Real. Se inicia la temporada en el teatro La Zarzuela, con obra de Carrión y Chapí, con obra titulada Las Brujas. En el Principe se estrena una obra patriótica de nombre ¡A Melilla! ¡Viva España! La palabra Melilla provoca gritos de incdignación y España un enloquecedor entisiasmo. Finaliza con comentarios del Frontón, con la inauguración de otro frontón, Euskal-Jai, que acompañará al Jai-Alai y al Fiesta Alegre.

MANUEL y ANTONIO MACHADO. Primeros escritos: «La Caricatura», 16 de julio de 1893 a 12 de noviembre de 1893. Referencia a los números 64 de 8 de octubre y 65 de 15 de octubre del 1893.

Número 64 de 8 de octubre de 1893 de «La Caricatura».

1º Portada con dibujo de Angel Pons.

2º En la sección La Semana se comentan los incidentes de Sagasta en San Sebastián, el escáda.o de La bella Colquito en Valencia como consecuencia de sus movimientos de caderas, y finalmente sobre un pequeño robo al maestro Chueca de su cartera, pero con devolución al titular al comprobara los rateros de quien era y en agradecimiento por la jota de la Gran Vía.

3º «Cabellera» escribe bajo el título de «¡Dios nos coja confesados! un relato breve sobre una reunión en un bodegón infecto de iun pueblo de los arreabales de una población de unos cuantos filántropos, pensadores exaltados. Dinamita, el diluvio…..

4º Esta página contiene un poema de Manuel Machado titulado «Colores», que finaliza:

¡Qué hermopso están los cielos!

5º Finalmente «Varapalos», en página titulada «Diversiones» comenta la vida teatral. Cita al teatro oinfantil, al Eslava, al Lara y al Principe.

Número 65 de 15 de octubre de 1893 de «La Caricatura».

1º Portada con dibujo de Angel Pons

2º En la sección «la Semana» Tablante de Ricamonte se comenta , jocosamente, la actitud de los «moros en la costa». Se dice que han sido descubiertos los autores verificado días atras en la Estación del Mediodía, y que a resultado un personaje conocido como el «curita», otro de nombre Ramón Agramunt y un tercero criminal apodado el Millán … si Astray de apellido. Termina hablando del general Maertínez Campòs: dicen que soy de hierro …, dicen que dijo.

3º Poema de Manuel Machado titulado «El rescate».

4º Bajo el título «Nuestros Cómicos» y firmado por «Yoric», presumiblemente Antonio Machado, se habla del Arte Dramático diciendo que se3 e3ncuentra en niuestros días en un estado por demás primitivo y rudimentario . Interresante artículo sobre lo que entienden nuestros autores debe ser el teatro y la declamación.

5º Nuevamente «Varapalos» en «Diversiones» incide en los teatros, sus interpretes y los alistamientos como voluntarios para el África, sin pérdida de tiempo.

Termina Varapalos hablando de las fieras del Retiro, de las flores del Jardín de Plantas y la temporada de toros con Mazzantini y Guerrita como «buenos toreros».

ANTONIO MACHADO. Prosas de la Guerra X.

SOBRE LA GUERRA

Autógrafo para la Hispanic Society of America

Si vis pacem, para bellum, dice un consejo latino un tanto superfluo; porque el hombre es por naturaleza peleón, y para guerrear está siempre sobradamente propicio. De todos modos el latín proverbial sólo conduce, como tantos latines más o menos acreditados, a callejones sin salida, en este caso a la carrera de los armamentos, cuya meta es ——-como todos sabemos— la guerra y la ruina.

Más discreto sería inducir a los pueblos a preparar la paz, a apercibirse para ella y, antes que nada, a quererla, usando de consejos menos paradójicos. Ejemplo: si quieres la paz procura que tus enemigos no deseen la guerra; dicho de otro modo: procura no tener enemigos o, lo que es igual: procura tratar a tus vecinos con amor y justicia.

Pero esto sería sacar el Cristo a relucir, lo cual, después de Nietzsche, parece cosa de mal gusto, propia de sacristanes o de filisteos, a muchos sabihondos, que no han reparado todavía en que los filisteos y los sacristanes no acostumbran a sacar el Cristo en función amorosa, sino para bendecir los cañones, las bombas incendiarias y los gases deletéreos.

[1937?]

CARTA A D. a MARÍA ZAMBRANO

Querida amiga:

Hoy día 22 me llega su carta. Vea V. el enorme retraso de la correspondencia. Si la hubiera recibido a su tiempo hoy le enviaría a V. el trabajo que me pide para la Fiesta del Niño. De todos modos creo que lo recibirá V. para antes de fin de

año, porque hoy mismo me pongo a trabajar y se lo enviaré certificado y con sello de urgencia.

Hace ya muchos días, escribí a V. una carta a la «Casa de la Cultura» pensando que estaba V. aún en Valencia. En ella le daba a V. mis más sinceras gracias por el artículo que dedica V. en «Hora de España» a mi libro La guerra. En él ha vertido V. la cornucopia de su indulgencia y de su bondad; pero como tiene V. además mucho talento [la tachado], su crítica casi parece justa. Dios se lo pague. Yo sólo creo haber escrito unos cuantos artículos de combate, sinceros y bien intencionados, aunque sin calidad suficiente para merecer los elogios que V. tan generosamente me dedica. Gracias, mil veces, de todo corazón.

¿Cómo le va a V. en Barcelona?

Diga V. a su padre —mi querido Don Blas—, que lo recuerdo mucho, y siempre para desearle toda suerte de bienandanzas y de felicidades. Dígale que, hace unas noches, soñé que nos encontrábamos otra vez en Segovia, libres de fascistas y de reaccionarios, como en los buenos tiempos en que él y yo, con otros viejos [buenos tachado] amigos, trabajábamos por la futura República. Estábamos al pie del acueducto y su papá, señalando a los arcos de piedra, me dijo estas palabras: «Vea V., amigo Machado, cómo conviene amar las cosas grandes y bellas, porque ese acueducto es el único amigo que hoy nos queda en Segovia». En efecto —le contesté—, palabras son esas dignas de su arquitecto.

Salude a su esposo en nombre mío y disponga siempre de su viejo amigo

Antonio Machado 22-12-1937

S/c, Rocafort (Valencia). Villa Amparo.

TARJETAS POSTALES INFANTILES

Respeto y amor a la vejez

Cada nido es un hogar: respetadlo

(1937)

Seis «TARJETAS POSTALES INFANTILES», editadas en 1937, con versos e inscripciones de ANTONIO MACHADO.

En el Nm. 376 de la revista CRÓNICA, de fecha 24 de enero de 1937 se publicaron reproducciones de “los seis modelos de «tarjeta infantil» postal que, por iniciativa del Ministerio de Comunicaciones, ha sido creada para que los niños refugiados en las regiones alejadas de los frentes de lucha puedan comunicarse gratuitamente con sus padres, que se hallan en zonas de guerra.  Los dibujos han sido hechos por artistas del Sindicato Único de Profesiones Liberales (C.N.T., A.I.T.), y las inscripciones son del poeta ANTONIO MACHADO.

El artículo, firmado por  J. Fernandez Catreles, dice;

Para que los niños refugiados en las zonas alejadas de los frentes puedan comunicar gratuitamente con sus padres, el Ministerio de Comunicaciones de la República Española ha creado la «tarjeta infantil».

Por  iniciativa del Ministerio de Comunicaciones – aceptada con cariño por todo el Gobierno de la República Española -, ha sido creada la «tarjeta infantil», para que los niños refugiados en las ciudades de retaguardia puedan comunicar gratuitamente con sus padres, que quedaron en las zonas de guerra.

La idea, en su iniciación, era la de que esa tarjeta fuese una de las corrientes en la organización postal; pero pronto surgió el estímulo de darle características especiales, de tendencia infantil, a ese medio de comunicación por correo que ha de ser utilizado por los niños. A este fin, fué concretado el propósito ministerial de manera que esas tarjetas postales fueran obras de arte que estuvieran resueltas de modo que cumplieran la doble misión de ser un motivo de agrado para los pequeños y una eficiente obra pedagógica.

Se han editado seis modelos de tarjeta. Cada una de ellas lleva en el anverso un dibujo a tricomía – obra inspirada y admirable de los artistas del Sindicato Único de Profesiones Liberales (C.N.T., A.I.T.) – y una inscripción del gran poeta  Antonio Machado.

***  ***

En uno de los modelos se ve a unos niños que cuidan – pequeños jardineros – un  arbusto cuajado de flores. La inscripción dice así:

Si vino la primavera,

volad a las flores, como las abejas;

volad a las flores, niños;

no chupeis cera.

Otra postal ostenta u  dibujo en el que un niño – magnífica originalidad en la mirada del pequeño – está ante una alegoría del Trabajo, nueva concepción de la Humanidad redimida. Antonio Machado ha escrito allí lo siguiente:

Siempre el mundo viejo

– trabajo y fatigas –

lo salva el  niño con sus ojos nuevos.

En otro modelo de tarjeta aparecen unos niños que lloran porque los lavan.  Y dice el poeta:

Pequeñín que lloras

porque te lavan:

tu mejor amigo

sea el agua clara.

El motivo simbólico de otra de las postales presenta a un niño que, encaramado a un árbol, estudia con atención en un libro. Al dibujo acompañan estos versos:

Ved al niño encaramado

en el árbol de la Ciencia:

entre sus piernas, la rama;

el fruto, entre ceja y ceja.

Otra postal, y sobre la figura de un niño que besa con amor la silueta austera de un anciano, lleva esta inscripción, «Respeto y amor a la vejez».

Y, finalmente, otra tarjeta – en la que unos niños contemplan un nido de avecillas – ofrece esta sencilla leyenda: «Cada nido es un hogar. Respetadlo».

***  ***

Por lo pronto, han sido editados 100.000 modelos de estas tarjetas infantiles, con destino a las Residencias, Guarderías, Colonias en donde se hallan los niños refugiados.  Y así, quienes tienen a su cargo esas organizaciones, como también las familias que tengan acogidos niños en sus hogares, podrán recoger en el Ministerio de Comunicaciones las postales que necesiten para los peqeñuelos.

Por su sugnificación, es como si con la creación de esta «tarjeta infantil» anhelase el Gobierno de la República  acercarse al niño con ideas de paz y amor, y proporcionarle – al mismo tiempo que el medio de comunicación gratuita con sus padres ausentes – un motivo de solaz y de eficacia docente.  Y así, los niños refugiados en la retaguardia tienen un motivo más para sentirse amparados por la autoridad legítima de España, que, en su constante preocupación por las criaturas, cumple fielmente -y por el impulso humano de su propia esencia liberal – una misión de ternura tutelar con relación a la infancia desvalida.

A LOS SOLDADOS

DEL V CUERPO DEL EJÉRCITO

Con la más sincera emoción, camaradas, os envío un saludo a esas trincheras, cavadas en el suelo de nuestra patria, donde defendéis la integridad de nuestro territorio y el derecho de nuestro pueblo a disponer de su futuro.

Ayer obreros de la ciudad y los campos, consagrados a las santas faenas de la paz y de la cultura, hoy soldados todos, cuando esta paz y esta cultura peligran, todos alistados bajo las banderas de la libertad y de la justicia social, sois, por trabajadores y por guerreros, en vuestra doble calidad de obreros y de soldados, creadores, constructores y sostenes de la civilización, al par que ardientes y abnegados defensores de ella; digo, los españoles integrales de nuestros días y la primera categoría de españoles. Sois algo más (y perdonad si hiero vuestra modestia con elogios desusados), sois mucho más, porque no es sólo España quien ha de agradecer a vuestro esfuerzo su continuación en la Historia; el mundo entero, que hoy os contempla, espera de vosotros una experiencia victoriosa y alentadora; sois la mejor esperanza de todos los trabajadores del mundo y de todos los hombres honrados que pueblan nuestro planeta. Defendiendo a España, traicionada y vendida, combatís al fascismo, esa ola de cinismo que amenaza anegarlo todo al poner la fuerza de las armas al servicio dc los privilegios injustos acumulados ror la Historia: la piedad desmedida y cl dcrccho a la holganza, vosotros, amigos queridos, la fuerza dc las artna.s sirvc amparar el trabajo creador y fecundo, para dctcndcr cl derecho, loara imponer la justicia entre los hombrcs.

Salud, obreros y soldados, combatientes cn las filas del V Cuerpo dc nuestro gran Ejército dc la Victoria, lispcro quc nadie pueda arrebataros cl triunfo; estoy seguro de que nadie puede privaros de la gloria de tenerlo.

CARTA SOCORRO ROJO

Rocafort/ (Valencia).

Queridos amigos del Socorro Rojo Internacional,

Tengo el gusto de remitirles el trabajo que les prometí sobre Juan Martín «el Empecinado», acompañado dc un rctrato del guerrillero, obra de mi hermano José, para que tengan la bondad de remitirlos al comandante Carlos.

Para un libro sobre la guerra que proyectamos me convendría tener un retrato y algunos datos biográficos dcl comandante Carlos. ¿Cómo podríamos hacernos dc ellos? Como no se trata de hacer biografías muy detalladas, sino estampas literarias ligeras, los datos que se necesitan han dc scr brcvcs y acaso el mismo comandante Carlos puede dcdicar algunos minutos a escribirlos. Mucho Ics agradcccré que se los pidan de mi parte, enviándole también mi más cordial saludo,

Dispongan siempre dc su bucn amigo,

Antonio Machado

P. D.: Mucho les agradeceré el envío de la revista en que se publique el trabajo.

6-2-1938

Los héroes de la primera guerra de la Independencia

JUAN MARTÍN «EL EMPECINADO»

Al pincel de don Francisco Goya debemos un retrato insuperable de Juan Martín Díez, a quien llamaron en su tiempo el «Empecinado» con mote alusivo acaso a la pecina de su pueblo —según algunos autores, el mote de «Empecinado», alude al oficio de zapatero que profesaron muchos de sus familiares— y a quien hoy, más de un siglo después de su muerte, recuerdan con el mismo apodo muchos que ignoran la existencia de Castrillo de Duero y del arroyo de aguas cenagosas y negruzcas que cruza la triste villa, cuna del guerrillero inmortal. Tuvo Juan Martín un alias bien Pizmiento —hubiera dicho Cervantes— que el tiempo se ha encargado de convertir en nombre claro y significativo.

La figura goyesca del «Empecinado», que muchos admiramos en una ya remota Exposición madrileña, coincide en muchos de sus rasgos, pero no en todos, con la epopeya galdosiana. Acaso don Benito no consultó, para sus Episodios Nacionales, el retrato de Juan Martín, que había pintado el maestro de Fuendetodos. Aquel moreno amarillento del semblante, a que alude Galdós, dista mucho —–si la memoria no me traiciona— de la color un tanto aborrachada, hacia el rojo sanguíneo, que domina en la pintura. En lo demás, parecen de acuerdo pintor y novelista. Para ambos era Juan Martín un cuerpo de bronce que encerraba la energía, la actividad, la resistencid, la terquedad, el arrop frenético del meridional, junto con la paciencia de la gente del Norte; para ambos eran vivos los ojos de Juan Martín, su pelo aplastado sobre la frente junto a las cejas bien pobladas, y su afeite a la rusa, que unía el bigote a las patillas, dejando la barba limpia de todo pelo. Sobre este último detalle —tan sugestivo en nuestros días— insiste Galdós, recordándonos que era propio de los guerrilleros, antes que Zumalacárregui y otros jefes carlistas lo pusieran de moda entre sus gentes. El afeite a la rusa —añadimos nosotros— era una caracterización popular, algo anterior a nuestros guerrilleros, a nuestras guerras civiles y a nuestros bandidos generosos.

         iEl «Empecinado»!… Con este nombre evocamos hoy las páginas heroicas de nuestra primera guerra de la Independencia, la guerra de España, la España de entonces contra los ejércitos de Bonaparte y contra el fascio de los comienzos de aquella centuria, contra los invasores de fuera y los traidores de nuestra propia casa. Sí, mutatis mutandis, el trance de la España de entonces era el de la España actual; entonces como hoy se luchaba por la integridad de nuestra patria y por el derecho de los españoles a perdurar en la historia. Sí, no lo dudéis, el guerrillero de ayer, el más ilustre, sin duda, de todos los guerrilleros de su tiempo, abrazaría hoy fraternalmente, con viril efusión a muchos capitanes no menos egregios de nuestros días. El que salió de Aranda con un ejército de dos hombres en 1808, a las primeras noticias de la invasión francesa y llevaba tres mil soldados en 1811, el que mereció de las Cortes de Cádiz el mando en jefe de la Quinta división del segundo Ejército, era pueblo, profundamente pueblo, y había nacido capitán en cl más alto y noble sentido de la palabra. Yo no sé si la ciencia bélica, en su capítulo de guerra de guerrilleros, habrá estudiado tanto en las acciones que ordenó Juan Martín como en las batallas, asaltos y emboscadas que dirigieron otros adalides de su tiempo.

         Muchos fueron entonces los buenos guerrilleros. Y sin duda los hubo más sabios, más hábiles y de mayor capacidad militar. Hablen los técnicos. Desde un punto de vista ético que es a fin de cuentas el de la historia y el de la leyenda ninguno de ellos pudo superar al «Empecinado». El sentido frívolamente objetivo de nuestra crítica y torpemente realista de nuestra novela es hábil para calumniar con la verdad anecdótica, para enturbiar con los detalles aprendidos o averiguados la claridad de una visión de lo esencial. El mismo Galdós —tan poeta a su modo y profundo vidente de lo español–insiste demasiado sobre la mala prosodia y pésima ortografía del héroe. iOh, aquellos despachos y oficios que tan mal redactaba y tanto peor hubiera manuscrito Juan Martín!… Sin duda. Pero aquellos mismos partes de guerra eran frecuentemente —¿por qué no decirlo? — verdaderos modelos de modestia, de veracidad y de disciplina. Porque Juan Martín fue mucho más que un simple guerrillero, más que un ilustre salteador de la guerra. La hombría integral de aquel analfabeto se elevó muchas veces a la clara visión de un conjunto en el cual la misión concreta de un luchador podía estar supeditada a misiones más amplias y a poderes más altos. Con hombres del temple moral de Juan Martín —lo estamos viendo en nuestros días — se hubiera podido hacer un ejército, un magnífico instrumento de combate al servicio de una causa ideal.

         Algo de esto debieron sospechar los enemigos de Juan Martín, los viles aduladores del rey canalla, que tan mala suerte le dieron, después de haberlo escarnecido tanto. ¿Qué otra cosa puede significar la pasión y muerte del «Empecinado»? Fue víctima Juan Martín, como todos sabemos, de la abominable reacción fernandina. Era Juan Martín lo más peligroso, y lo que más podían temer y abominar los reaccionarios y absolutistas de aquellos días. Porque Juan Martín era el pueblo contaminado de liberalismo, el ethos popular que mira hacia el futuro y que pretende vivir en el sentido esencial de la historia. No era Juan Martín un simple aventurero, maestro en el arte de la sorpresa y la encrucijada, que hubiera servido a todas las causas, por amor a la guerra y a la aventura. Juan Martín no podía obedecer a un rey felón que adulaba a la fuerza, felicitando a Bonaparte por sus victorias en España, ni a aquellos que, para ahogar el ímpetu progresivo de su raza, abrieron las fronteras a los ejércitos de Angulema, a los cien mil hijos de San Luis. Los que ayer, el 19 de agosto de 1825, acribillaron con sus bayonetas serviles el noble pecho de Juan Martín (murió Juan Martín forcejeando con el verdugo y la escolta que le conducía al suplicio), eran muy semejantes a los que gritan hoy «iarriba España!» después de haber abierto todas sus puertas a los mal contados cien mil hijos de Hitler y de Mussolini, los mismos que no se atreven a gritar «iabajo el pueblo!»… cuando éste quiere ser próspero y libre, cuando aspira a la dignidad y a la cultura.

Casa natal de Juan Martín

Envío

No lo dudéis, egregios capitanes, amigos queridos del Ejército Popular, la sombra de Juan Martín os acompaña; con vosotros estuvo, combatiendo al fascio a las puertas de Madrid; estará con vosotros allí donde os encontréis. Con vosotros, y al lado de nuestra gloriosa República, incorporado al gran ejército de la victoria.

1-4-1938

CARTA A JUAN JOSÊ DOMENCHINA

Sr. I)on Juan José Domenchina. Valencia.

Qucrido poeta:

Tendré mucho gusto en enviarle las cuartillas que me pide para nuestro amigo Jiménez Luna, pero, como no tengo ningún trabajo inédito de que echar manos, necesito algunos días —hasta el viernes o el sábado–— para poder complacerle. El más cordial saludo de su viejo amigo

Antonio Machado

S/c, Rocafort. Villa Amparo.

CARTA A JUAN JOSÊ DOMENCHINA

Sr. D. Juan José Domenchina.

Querido poeta:

Le envío esas cuartillas destinadas a Servicio Español, etc. rogándole, como siempre, vea las pruebas para que no salgan demasiadas erratas.

Leí con sumo gusto su trabajo en «Hora de España». Que no sea el último.

Un fuerte abrazo de su buen amigo

Antonio Machado

(1938?)

Rocafort. Villa Amparo (Valencia)

CARTA A JUAN JOSÊ DOMENCHINA

Sr. I)on Juan José Domenchina. Valencia.

Qucrido poeta:

Tendré mucho gusto en enviarle las cuartillas que me pide para nuestro amigo Jiménez Luna, pero, como no tengo ningún trabajo inédito de que echar manos, necesito algunos días —hasta el viernes o el sábado–— para poder complacerle. El más cordial saludo de su viejo amigo

Antonio Machado

S/c, Rocafort. Villa Amparo.

CARTA A JUAN JOSÊ DOMENCHINA

Sr. D. Juan José Domenchina.

Querido poeta:

Le envío esas cuartillas destinadas a Servicio Español, etc. rogándole, como siempre, vea las pruebas para que no salgan demasiadas erratas.

Leí con sumo gusto su trabajo en «Hora de España». Que no sea el último.

Un fuerte abrazo de su buen amigo

Antonio Machado

(1938?)

Rocafort. Villa Amparo (Valencia)

CARTA AL COMANDANTE CARLOS

Señor Don Carlos J. Contnras

Querido y admirado amigo:

He recibido su amable carta y, con ella, sus retratos y su biografía. Mil gracias. Es todo lo que yo necesitaba. Utilizaré los datos de su admirable vida que me remite para el trabajo que voy a emprender, aunque ellos son de tal elocuencia que pudieran publicarse solos sin comentarios. Acudiré también al periódico de Milicias Populares, porque deseo poner muy de relieve la actuación del glorioso 5. 0 Regimiento en la época heroica de nuestra guerra. Y todo esto con datos auténticos, para ayudar a los historiadores del porvenir con una aportación humilde, pero ardiente y sincera. El tiempo pasa y todo lo enturbia, pero los hechos grandes deben quedar, en bronce si es posible.

Celebro que le agradaran mis líneas sobre Juan Martín. Tengo muy pocos libros a la mano y cuanto escribo es fiado un poco a la memoria.

Anotados tenía —entre las víctimas de la reacción fernandina— a Torrijos y a sus compañeros, fusilados en Málaga. Con muchísimo gusto, pues, le enviaré las líneas que me pide sobre ese tema. También escribiré algo sobre los Mina —tío y sobrino—- y sobre otros guerrilleros ilustres.

Mándeme siempre, querido comandante [tachado]. Nada tiene Vd. que agradecerme. Es para mí un gran consuelo y una plena satisfacción el acompañarles con la pluma, ya que mi espada se melló hace tiempo y de nada serviría en la actual contienda.

Con mil afectos de mi hermano José y de toda esta casa, quedo de Vd. su buen amigo

Antonio Machado

Rocafort, 19-2-1938

NUESTRO EJÉRCITO

España, la España leal al Gobierno de su República, la verdadera España, tuvo siempre —¿cómo no?–— milicianos voluntarios que la defendiesen; pero hoy cuenta con un ejército organizado, sometido a estrecha disciplina y ágil a la par, para toda suerte de maniobras, integrado por todos los elementos que hacen un ejército invencible. Si hay algo que ha demostrado plenamente ra historia, es la enorme, abrumadora superioridad militar de los pueblos esencialmente consagrados a la paz, sobre los pueblos fundamentalmente guerreros. Tal fue la gran lección de las guerras médicas. En esto, como en todo, fueron los griegos los maestros. Modernamente hemos visto que los ejércitos de las naciones preparadas para la guerra, esas perfectas máquinas de combate, fallaban siempre ante los ejércitos en cierto modo improvisados, aquellos que se hacían guerreando. . . contra la guerra misma. Tal fue la gran lección de Francia en la batalla del Marne, que puede resumirse en este aforismo de Juan Mairena: Mientras el pensar sea inexcusable, una cabeza rota será siempre preferible a las más impecables botas de montar.

En grande o en pequeño, allí donde se enfrentan los elementos genuinamente belicistas, aquellos que rinden culto a la fuerza material y aspiran a invocar, a última hora, la razón de Breno, con aquellos núcleos humanos consagrados preferentemente a la cultura y que sólo gustan de empuñar las armas en defensa de la paz, se da el caso, aparentemente paradójico, de que son estos últimos los que crean el instrumento polémico más eficaz.

Hoy rendimos un homenaje de respeto, de admiración y de cariño al Ejército del pueblo, a nuestro Ejército. En él militamos todos los leales, quiero decir, todos los españoles. Por eso hemos de ser parcos en el elogio, La guerra actual tuvo, en sus comienzos, una apariencia de guerra civil, de una guerra entre españoles divididos por ideologías encontradas. Esta

UNA MILICIANA EN LA PRIMERA LÍNEA DE LA AVANZADILLA DE LA SIERRA.

apariencia no ha podido mantenerse, porque uno de los bandos, el llamado fascista, ha vendido a la patria común, con lo cual, ipso facto, perdió su nacionalidad. Frente a ellos, los traidores y los invasores unidos, frente a su máquina guerrera, a ese poder demoníaco y abominable consagrado a la ambición y al crimen, está España con su magnífico Ejército popular, afirmando su voluntad de perdurar en la historia, su derecho a conservar la integridad de su territorio y a disponer libremente de su futuro.

20-2-1938

CARTA A JUAN JOSÉ DOMENCHINA

Sr. D. Juan José Domenchina.

Querido poeta:

Le envío esos cuatro sonetos de circunstancias, que quisieran estar a la altura de las circunstancias. Creo que dentro del molde barroco del soneto, contienen alguna emoción que no suelen tener los sonetos. De todos modos, en estos momentos de angustia en que la verdad se come al arte, no es fácil hacer otra cosa.

Un fuerte abrazo de su viejo amigo

Antonio Machado

[0-3-1938?]

CARTA A JUAN JOSÉ DOMENCHINA

Sr. D. Juan José Domenchina

Querido poeta:

Los versos que le adjunto fueron escritos para la[s] juventudes a que van dedicados y radiados desde Valencia a toda

España; pero no han sido publicados en ningún periódico ni revista. Son versos de combate que pudieran tener hoy plena actualidad. Se los envío para Servicio Español de Informaciones, pero de ningún modo —se lo suplico— los incluya entre los trabajos de éstos, puesto que, en fin, no han sido escritos directamente para esa publicación.

Le envía un fuerte abrazo su ne varietur viejo amigo

Antonio Machado

[1938?)

CARTA A JUAN JOSÉ DOMENCHINA

Sr. Don Juan José Domenchina. Barcelona.

Rocafort, 26-3-1938 Querido poeta:

Le envío esas composiciones para el «Boletín». Ruégole vele V. porque no salgan demasiadas erratas. Ya sabe V. que los buenos cajistas, no sólo se equivocan alguna vez, sino que corrigen, de cuando en cuando, las palabras que no entienden. En mis últimos versos publicados hay un gobernable, por gobernalle o gobernallo, que quita la cabeza. Aunque las erratas sean la salsa de los libros —-como decía un cajista a nuestro amigo Juanito Ramón— en los versos convendría servirlas aparte.

Veo con profunda satisfacción que no duerme su Musa.

Salude en mi nombre, con todo respeto, a Ernestina de Champourcín.

Y reciba un fuerte abrazo de su viejo admirador y amigo

Antonio Machado

CARTA A JUAN JOSÉ DOMENCHINA

Sr. D. Juan José Domenchina.

Querido amigo:

El dador de ésta es Don José Iribarne, persona afecta al régimen, antiguo y distinguido periodista que ha colaborado a «Boletín».

Me atrevo a suplicar a Vd. le atienda y vea si sus actividades pueden ser utilizadas por ese Ministerio. Su situación es difícil, como evacuado en condiciones que él le explicará.

Con mil gracias anticipadas, le saluda su buen amigo

Antonio Machado

CARTA A JUAN JOSÉ DOMENCHINA

Sr. Don Juan José Domenchina.

Querido poeta:

Le envío las cuartillas prometidas y un cordial abrazo.

Antonio Machado

ANTONIO MACHADO. Prosas de la guerra IX.

SOBRE LA RUSIA ACTUAL

    Nunca olvidaré unas palabras de Dostoyevski, leídas recientemente, pero que coinciden con la idea que hace ya muchos años me había yo formado del alma rusa: «Sí, hijo mío, te lo repito, yo no puedo dejar de respetar mi nobleza. Se ha crudo entre nosotros, en el curso de los siglos, un tipo superior de civilización desconocido en otras partes, que no se encuentra en todo el universo: el hombre que sufre por el mundo. » Como a nuestro Unamuno España, le dolía al ruso el mundo entero

Dejando a un lado cuanto puede haber de jactancia y aun de prejuicio aristocrático en las citadas frases, que pone Dostoyevski en boca de un personaje de sus novelas, reparemos en que ellas expresan una esencialísima verdad rusa. ¿Y es ahí donde hemos de buscar la más honda raíz de la Rusia de hoy?.

Como las grandes montañas cuando nos alejamos de ellas, la nueva Rusia se nos agiganta al correr de los años. ¿Quién será hoy tan ciego que no vea su grandeza? La proclaman sus mismos enemigos. Los millones de hombres con el escudo al brazo que militan contra la nueva Rusia nos dicen claramente con su actitud defensiva que es hoy Moscú el foco activo de la historia. Londres, París, Berlín, Roma son faros intermitentes, luminarias mortecinas que todavía se trasmiten señales, pero que ya no alumbran ni calientan, y que han perdido toda virtud de guías universales.                                             

Reparemos en la pobre idea que dan de sí mismas esas democracias que fueron un día orgullo del mundo; veamos cuánto sale o se guisa en sus cancillerías, incapaces de invocar —siquiera sea a título de dignidad formularia— ningún principio ideal, ninguna severa norma de justicia. Como si estuvieran vencidas de antemano, o subrepticiamente vendidas al enemigo, como si presintiesen que la llave de su futuro no está ya en su poder, apenas si tienen movimiento que no revele un miedo insuperable a lo que puede venir. Reparemos en su actuación desdichada en la Sociedad de Naciones, convirtiendo una institución nobilísima, que hubiera honrado a la humanidad entera, en un organismo superfluo, cuando no lamentable, y que sería de la más regocijante ópera bufa si no coincidiese con los momentos más trágicos de la historia contemporánea.

Reparemos en esos dos hinchados dictadores que pretenden asustar al mundo y a quienes Roma y Berlín soportan y exaltan. Ellos no invocan la abrumadora tradición de cultura de sus grandes pueblos respectivos: la declaran superflua; proclaman, en cambio, una voluntad ambiciosa, un culto al poder por el poder mismo, un deseo arbitrario de avasallar al mundo, que pretenden cohonestar con una ideología rancia cien veces refutada y reducida al absurdo por el solo hecho de la guerra europea. Roma y Berlín son hoy los pedestales de esas dos figuras de teatro, abominables máscaras que suelen aparecer en los imperios llamados a ser aniquilados, por enemigos del género humano. La historia no camina al ritmo de nuestra impaciencia. No vivirá mucho, sin embargo, quien no vea el fracaso de esas dos deleznables organizaciones políticas que hoy representan Roma y Berlín.

Moscú, en cambio —resumamos en este claro nombre toda la vasta organización de la Rusia actual— aunque salude con el puño cerrado, es la mano abierta y generosa, el corazón hospitalario para todos los hombres libres, que se afanan por crear una forma de convivencia humana, que no tiene sus límites en las fronteras de Rusia. Desde su gran revolución, un hecho genial surgido en plena guerra entre naciones, Moscú vive consagrado a una labor constructora, que es una empresa gigante de radio universal.

       La fuerza incontrastable de la Rusia actual radica en esto: Rusia no es ya una entidad polémica, como lo fue la Rusia de los Zares, cuya misión era imponer un dominio, conquistar por la fuerza una hegemonía entre naciones. De esa vanidad, que todavía calienta los sesos de Mussolini, ese faquino endiosado, se curaron los rusos hace ya veinte años. La Rusia actual nace con la renuncia a todas las ambiciones del Imperio, rompiendo todas las cadenas, reconociendo la libre personalidad de todos los pueblos que la integran. Su mismo ejército, el primero del mundo, no sólo en número, sino, sobre todo, en calidad, no es esencialmente el instrumento de un poder que amenace a nadie, ni a los fuertes ni a los débiles, responde a la imperiosa necesidad de defensa que le imponen la muchedumbre y el encono de sus enemigos; porque contra Rusia militan las fuerzas al servicio de todos los injustos privilegios del mundo. Sus gobernantes no lo olvidan. La política de Lenin y Stalin se caracteriza, no sólo por su alcance universal, sino también por un claro sentido de lo real, cuya ausencia es siempre en política causa de fracaso. Mas la Rusia actual, la Gran República de los Soviets, va ganando, de hora en hora, la simpatía y el amor de los pueblos; porque toda ella está consagrada a mejorar las condiciones de la vida humana, al logro efectivo, no a la mera enunciación, de un propósito de justicia. Esto es lo que no quieren ver sus enemigos, lo que muchos de sus amigos no han acertado a ver con claridad: el sentido generoso y fraterno, íntegramente humano, de todas las creaciones del alma rusa, el que impera en esa magnífica Unión de Repúblicas Soviéticas, cuyo vigésimo aniversario se celebrará en el año que corre.

Pero Rusia, la Rusia actual, que todos admiramos y que ilumina a muchos con sus potentes. reflectores enfocados hacia el porvenir, no es, como algunos creen, un fenómeno meteórico e inexplicable, venido de otras esferas para asombro de nuestro planeta; no es, como piensan otros, una consecuencia asiática del pensamiento teutónico de Carlos Marx; no es, tampoco, un engendro de la Revolución de Octubre, ni mucho menos ha salido —la Rusia actual— acabada y perfecta, de la cabeza de Lenin, como Minerva de la cabeza de Júpiter. No. A mi juicio no es nada de esto. Los viejos amigos de Rusia, los que conocíamos, antes de su gran Revolución y aun antes de la guerra mundial, algo de su admirable literatura —Dostoyevski, Turguénev, Tolstoy— sabemos que, bajo el dominio despótico de los Zares, estaban ya maduras las virtudes específicamente rusas sobre las cuales se asienta la Rusia de hoy. Aquellos libros que leíamos siendo niños, y que llegaban a nosotros, trasegados del ruso al alemán, del alemán al francés y dcl francés al Español chapucero de los baratos traductores dc Cataluña, dejaban cn nuestras alpcsar (Ic tantas torpes dccantactoncs lingüísticas, una huella muy honda, nos conmovían más que muchas de nuestras mcjorcs novclas contemporáncas–—. Buena lección para meditar por nuestros culteranos deshumanizadores del arte litcrarto•–. Y cs que a través de la más inepta traducción de la y la paz aducir un ejemplo ingente— llega a nosotros, todavía, un mcnsajc del alma eslava, amplia y profundamente humano, quc parece revelarnos un mundo nuevo, Entendámonos: nuevo con relación al mundo mezquino y provinciano de la moderna literatura occidental. En verdad, no es un mensaje literario cstc que cl alma rusa nos envía en sus obras macstras. Ni siquiera sabemos si las novelas de Tolstoy o Dostoycvski están bien o mal escritas en su lengua. Suponemos que lo estarán soberbiamente. Pero sabemos con certeza la mucha humanidad que contienen, la gran copia de vidas humanas, al margen de toda frivolidad que en ellas se rcprcscntan: sabemos quc esas vidas humanas, las más humildcs como las más egregias, parecen movidas por un resorte cscncialmcntc religioso, una inquietud verdadera por el total destino dcl hombre. Bajo la férula de su imperio despótico, de espíritu más o menos tártaro o mongólico, al margen de su Iglesia fosilizada cn normas bizantinas, el alma eslava ha capcado, ha hecho suyas las más finas esencias del cristianismo. Sólo cl ruso, a juzgar por su gran literatura, nos parece vivir en cristiano, quiero decir auténticamente inquieto por el mandato del amor de sentido fraterno, emancipado de los vínculos de la sangre, dc los apetitos de la carne, y del afán judaico de perdurar, como rebaño, en el tiempo. Sólo en labios rusos esta palabra: hermano, tiene un tono sentimental de compasión y amor y una fuerza de humana simpatía que traspasa los límites de la familia, de la tribu, de la nación, una vibración cordial de radio infinito.

       Roma contra Moscú, se dice hoy; yo diría mejor: Roma y Berlín, las dos fortalezas paganas, la germánica y la latina, del cristianismo occidental contra el foco ruso del cristianismo auténtico. Pero Roma y Berlín –—Berlín sobre todo–militan contra Moscú hace ya tiempo. En los momentos de mayor auge de la literatura rusa, hondamente cristiana, el semental humano de la Europa central lanza por boca de Nietzsche, su bramido de alarma, su terrible invectiva contra el Cristo viviente en el alma rusa, su crítica corruptora y corrosiva de las virtudes específicamente cristianas. Bajo un disfraz romántico, a la germánica, aquel pobre borracho de darwinismo, escupe al Cristo vivo, al ladrón de energías, al enemigo, según él, del porvenir zoológico de la especie humana, toda una filosofía tejida de blasfemias y contradicciones. Nietzsche contra Tolstoy. ¿Por qué no decirlo en esta época de gruesas simplificaciones, a la teutónica?

Cuando en el año 14 estalla la guerra, Berlín embiste contra Moscú con la mitad de su cornamenta, y hubiera embestido con toda ella, sin la obsesión de París que le embargaba la otra mitad. Y es el imperio de Pedro el Grande lo que se viene abajo, la gran coraza que ahogaba el pecho ruso, lo que salta en pedazos. Moscú, considerado como hogar simbólico del alma rusa, ha quedado intacto y libre.

Libres, en efecto, de su imperio y de su Iglesia, instrumentos férreos que atenazaban el corazón de Rusia. Fuerzas autóctonas, las de su gran Revolución que se gestaba hacía ya mucho tiempo, colaboraron desde dentro con los cañones germanos que atacaban desde fuera.

Y volvamos a la Rusia actual, la Rusia soviética, que dice profesar un puro marxismo. El fenómeno parece extraño. La historia es una caja de sorpresas, cuando no un ameno relato de lo pretérito, o como decía Valera, aludiendo a la filosofía de la historia: el arte de profetizar lo pasado. Pero el hecho no es tan sorprendente como a primera vista pudiéramos juzgarlo. Es muy posible, casi seguro, que el alma rusa no tenga, en el fondo y a la larga, demasiada simpatía por el dogma central del marxismo, que es una fe materialista, una creencia en el hambre como único y decisivo motor de la historia. Pero el marxismo tiene para Rusia, como para todos los pueblos del mundo, un valor instrumental inapreciable. El marxismo contiene las visiones más profundas y certeras de los problemas que plantea la economía de todos los pueblos occidentales. A nadie debe extrañar que Rusia haya pretendido utilizar el marxismo en su mayor pureza, al ensayar la nueva forma de convivencia humana, de comunión cordial y fraterna, para enfrentarse con todos los problemas de índole económica que necesariamente habían de salirle al paso. Tal vez sea éste uno de los grandes aciertos de sus gobernantes.

Mi tesis es ésta: la Rusia actual, que a todos nos asombra, es marxista, pero es mucho más que marxismo. Por eso el marxismo, que ha traspasado todas las fronteras y está al alcance de todos los pueblos, es en Rusia donde parece hablar a nuestro corazón.

Y de esto trataremos largamente otro día.

0-9-1937

CARTA A JUANJOSÉ DOMENCHINA

Sr. Don Juan José Domenchina.

Querido Domenchina:

Le envío esas líneas para el «Boletín», sobre las palabras de nuestro viejo amigo Juan R. Jiménez. Creo que ha llegado la hora de sumar calidades, y que conviene que las voces de los buenos no queden dispersas o resonando en el vacío.

Si puede enviarme pruebas se las devolveré por el mismo chico que me las traiga. Pero ello si no le procure demasiada molestia.

Leo con mucha atención el “Boletín”, lleno de artículos y documentos interesantísimos.

Siempre suyo

                                                    Antonio Machado

                                                           11-9-1937

VOCES DE CALIDAD: JUAN RAMÓN JIMÉNEZ.

Siempre pensé que Juan Ramón Jiménez, en España o fuera de España, allí donde se encontrase, estaría con nosotros, con los amantes del pueblo español, del lado de nuestra gloriosa República. Y deseaba —porque nunca faltan malsines que gustan de enturbiar la opinión sobre la conducta de los excelentes— que esta convicción mía ganase la conciencia de todos.

Bien hizo el «Servicio Español de Información» en publicar, hace ya muchos días, las palabras de nuestro gran lírico, a su llegada a América:

«Madrid ha sido —dice Juan Ramón Jiménez—, durante este primer mes de guerra, yo lo he visto, una loca fiesta trágica. La alegría, la extraña alegría de una fe ensangrentada rebosaba por todas partes; alegría de convencimiento, alegría de voluntad, alegría de destino, favorable o adverso. Y este frenesí entusiasta, esta violenta unión con la verdad, habrían decidido desde el primer momento el triunfo justo del pueblo, si la rebelión militar no hubiese sido amparada por codiciosos poderes extraños. Y España, la República española, democrática y legal, estaría hoy reorganizándose, completando su firme ejemplo ante el mundo. »

Palabras son éstas de testigo presencial, algo más, de quien hizo suya y vivió con el pueblo, con su pueblo, la gran experiencia trágica de la España actual. «Yo he visto», dice Juan Ramón Jiménez, aludiendo sin la menor jactancia a ojos excepcionales, los suyos, de verdadero poeta, que ven en lo profundo. «Como una violenta unión con la verdad», nos define Juan Ramón aquel ímpetu popular que realizó el milagro de Guadarrama y obró, luego, tantas hazañas portentosas, que son hoy el asombro del mundo. En efecto, nuestro pueblo ha necesitado siempre de la violencia; del frenesí entusiasta para unirse con la verdad, con su propia verdad; tantos son entre nosotros los poderes sombríos que contra ella militan, tantos los enemigos de la más humilde como de la más egregia verdad española. Por suerte, abundan ya los ojos que la han visto desnuda. Tal ha sido para muchos, para los mejores, la gran revelación de la guerra; la verdad española está en el corazón del pueblo como un arco tendido hacia el mañana, y es hoy una consciente voluntad de vivir en el sentido esencial de la historia.

Cuando Juan Ramón escribió las nobles palabras transcritas, eran los días en que la contienda que ensangrienta a España nos aparecía con vagos caracteres de guerra civil entre dos categorías de españoles, o, si queréis, entre dos Españas: la España popular, ávida de nuevas experiencias humanas, España viva y, por ende, incapaz de vivir a retrotiempo, y la España desmayada y sombría, tantas veces cobarde ante la historia, que invoca vanamente una tradición de cultura que ella nunca hubiera contribuido a crear, y cuya tradición verdadera está hecha de renuncias, fracasos y traiciones: una España triste que alguien, no yo, llamará burguesa, con adjetivo sobradamente holgado para su mezquindad, una España de viejas infecundas, que compró al hambre africana los brazos que habían de defenderla.

La guerra civil, tan desigual éticamente, pero, al fin, entre españoles, ha terminado hace muchos meses. España ha sido vendida al extranjero por hombres que no pueden llamarse españoles: quien vende a su patria se desnaturaliza y ha de sobreentenderse que renuncia a su patria para buscar cobijo en la patria del comprador. De suerte que ya no hay más que una España, invadida, como otras veces, por la codicia extranjera y, como otras veces, a solas con su pueblo y con su destino, quiero decir con su razón de ser en lo futuro, para luchar sin tregua ni desmayo por su propia existencia, contra dos potencias criminales, tan fuertes como viles, que le han salido al paso en la más peligrosa encrucijada de su historia.

Mucho alienta escuchar las voces de los buenos –—su claro timbre español—, en los momentos más trágicos, que han de ser también los más fecundos, de esta magnífica soledad española.

Valencia, 12-9-1937.

¡MADRID!

Madrid, el frívolo Madrid, nos reservaba la sorpresa de re- velarnos, a tono con las circunstancias más trágicas de la vida española, toda la castiza grandeza de su pueblo. En los rostros madrileños, durante unos días de seriedad, vimos a España entera en su mejor retrato. Madrid frunciendo el ceño oportunamente, había eliminado al señorito y ya podía sonreír otra vez.

El Enemigo —los traidores de dentro y los invasores de fuera— se iba poco a poco aproximando a Madrid. La aviación enemiga multiplicaba sus asesinatos monstruosos de los inermes y los inofensivos: de enfermos, de ancianos, de mujeres, de niños. El cielo otoñal madrileño, con sus nubes de plata y sus lluvias ligeras, tan alegre antaño, tan hospitalario y acogedor cuando nos anunciaba los días del renacer de la vida ciudadana, la vuelta de los escolares a sus estudios, la reapertura de sus centros de solaz y cultura, era ahora una constante invitación a la blasfemia, a una blasfemia que los combatientes no proferían. Madrid había recobrado su sonrisa a pesar de todo, expresiva ahora de una ironía mucho más honda. Madrid había llegado a una plena conciencia de su grandeza y de su soledad, quiero decir que Madrid se sentía a solas con España, con lo más hondo y perdurable de su raza, con ese ímpetu español que no miente a la patria, porque es la patria misma, y que, cuando otros la invocan para traicionarla y venderla, acuden a defenderla y a comprarla con la propia sangre. Con España —y algunos nobles amigos extranjeros— y enfrente de los traidores, de los cobardes, de los asesinos, de las hordas compradas al hambre africana, en frente de los siervos incondicionales, ciegos instrumentos de la reacción europea, frente a los más sombríos fantasmas de la historia, más o menos motorizados, frente a las tropas italianas de flamantes equipos militares, al servicio de un faquín endiosado, frente a los técnicos de la guerra, de una guerra sin posible victoria, sabios verdugos del género humano, a sueldo de la ambición germánica. Era todo eso lo que Madrid tenía enfrente, lo que Madrid oía tronar a sus puertas.

Quien oyó los primeros cañonazos disparados sobre Madrid por las baterías facciosas, emplazadas en la Casa de Campo, conservará para siempre en la memoria una de las emociones más antipáticas, más angustiosas y perfectamente demoníacas que pueda el hombre experimentar en su vida. Allí estaba la guerra, embistiendo testaruda y bestial, una guerra sin sombra de espiritualidad, hecha de maldad y rencor, con sus ciegas máquinas destructoras vomitando la muerte de un modo frío y sistemático sobre una ciudad casi inerme, despojada vilmente de todos sus elementos de combate, sobre una ciudad que debía ser sagrada para todos los españoles, porque en ella teníamos todos —ellos también— alguna raíz sentimental y amorosa. Los asesinos de Madrid, asesinos de España, estaban allí crueles, implacables… Pero no entraban. iAh! No podían entrar. Hubo de aplazarse indefinidamente el sacrílego Te Deum en la Puerta del Sol que proyectaban aquellos enemigos de Dios para festejar la consumación de su crimen. No entraron, no podían entrar, porque Madrid no lo consentía. Un general insigne y unos cuantos capitanes egregios —¿habrá algún día bronce bastante para ellos?—-— cuajaron con pechos madrileños un frente de combate, una barrera infranqueable para el odio faccioso. Ha pasado un año y, para asombro del mundo —¿merece el mundo tan sublime espectáculo). –—- esa barrera sangra, pero no cede. ¿Triunfará Madrid? La victoria la ha ganado cien veces, quiero decir que cien veces la ha merecido.

Valencia, 7-11-1937

SALUDO A CUBA

(Autógrafo a Juan Marinello)

Cuando vuelva Vd. a Cuba, querido Marinello, lleve Vd. un saludo cordial y un fuerte abrazo de mi parte a esos buenos amigos que hoy acompañan con su amor a la vieja madre. Dígales que, en efecto, cuantos aquí luchamos por la existencia de España, vendida, traicionada, invadida, en el trance más peligroso de su vida y más trágico y decisivo de su historia, agradecemos con toda el alma las voces fraternas que llegan a nuestros oídos y que, entre estas voces, la de Cuba alcanza una resonancia inconfundible en nuestro corazón, que ella nos alienta y conforta, que ella es compensación de muchos silencios, consuelo de muchas amarguras.

Rocafort (Valencia), 1937

Homenaje a Antonio Machado en el Ateneo Iberoamericano de París. 1969. III.

Título: «Homenaje a Antonio Machado en el Ateneo Ibero-Americano de París», 1969 [III]

Año: 1969

Duración: 19 min., 42 seg.

Fondo sonoro: Radio París. Ramírez/del Campo

Resumen: Homenaje a Antonio Machado en el Ateneo Ibero-Americano de París. Continuación de la conferencia de clausura por Josué de Castro (presidente del acto y miembro del comité de honor del Ateneo)

Homenaje a Antonio Machado en el Ateneo Iberoamericano de París. 1969. II.

Título: «Homenaje a Antonio Machado en el Ateneo Ibero-Americano de París», 1969 [II]

Año: 1969

Duración: 33 min., 39 seg.

Fondo sonoro: Radio París. Ramírez/del Campo

Resumen: Homenaje a Antonio Machado en el Ateneo Ibero-Americano de París. Varias intervenciones, lecturas de poemas por María Teresa Cervantes y conferencia de clausura del acto por Josué de Castro (presidente del acto y miembro del comité de honor del Ateneo)

ANTONIO MACHADO. Prosas de la guerra. VIII.

Pascual Pla y Beltrán

MI ENTREVISTA CON ANTONIO MACHADO

Rocafort, asentado sobre el declive de un cerro enano, tiende largamente sus pies al cercano mar donde las espumas marinas se confunden con las jaspeadas barcas pescadoras, La tierra fulge verdes rabiosos, amarillos tonantes y acalorados sienas, cruzado de continuo —-de día y de noche-—— por ese rumor fresco que tiene el agua de las acequias. Esto son los pies de Rocafort. Su frente está coronada por un pinar menguado; de su hombro diestro baja en las noches del estío el azahar de los naranjales, cuyos huertos han ganado los hombres horadando en la piedra, a fuerza de sudosos sacrificios: sangre, trabajo y tiempo.

En este Rocafort levantino moró Machado algunos meses. Ocupaba un bello chalet en la parte baja del pueblo, con un huerto de jazmines, de rosales y limoneros. Este paisaje, en el crepúsculo de su edad, le recordaba su niñez en Sevilla. El edificio tenía -—0 tiene— un mirador abierto, desde donde podía adivinarse el mar. En aquella pequeña terraza solía recibir Machado a sus visitas. Allí, o a la sombra de aquellos limoneros cuajados de amarillos frutos, compuso seguramente el poeta sus últimas estrofas. Debió, también, dialogar más de una vez con Dios allí, pues vivía como a las bardas del mundo, y él había dicho:

                           Quien habla solo, espera hablar a Dios un día.

Yo había decidido aquella tarde ver al poeta. Era en agosto de 1937. Sentía —siento, como todo joven español que lleva la raíz de España en su sangre— veneración por él. Sus versos, con los de Juan Ramón, son lo más sustancial, lo más hondo y latente de nuestra poesía contemporánea. Es el barro, la materia hecha temblor. Yo conocía bien al poeta, pero casi desconocía al hombre. Le había visto por primera y única vez hacía unas semanas, en una reunión literaria, en Valencia. Me lo presentó don Tomás Navarro Tomás. Después, terminada la pequeña fiesta, Antonio Machado tuvo la amabilidad de llevarme hasta Rocafort en su coche. Apenas hablamos durante el viaje. Le adivinaba fatigado, o en muda conversación con Abel Martín. Alguna palabra sobre las huertas, los naranjos y la obra hidráulica de los moros; el contraste de Valencia con Castilla, que hizo a España. Al despedirnos, me dijo Machado:

—Pues que somos vecinos, venga usted a verme; verá qué hermosa casa tengo.

Le prometí que iría; pero mi visita se fue demorando hasta aquella tarde del mes de agosto. Conmigo llevaba un ejemplar de sus Páginas escvgidas, para que me lo firmara el poeta. de una vez me detuve en el camino, abrí el libro y leí sobre la concepción de su poesía y su estética. Era la emoción, el cordial sentimiento humano lo que más vivamente parecía interesarle. La poesía como prolongación del ser y del existir del hombre, del hombre colosal que era y existía en Antonio L\fachado. Conjugar la voz interior con el contorno, la sangre con la gracia, no como un ángel podría hacerlo, sino como la criatura humana lo hace. Así sus versos son directos, tal puras experiencias o testimonios vivos. A la difícilfacilidad de Juan Ramón Jiménez, puede oponerse la sencilla profundidad de LMachado; a la juanramoniana definición del poema, no la toquéis ya más: así es la rosa, podría y parece decir Machado: no la toquéis ya más: asífue el hombre.

(No creo que S. M. ( * ) haya pretendido ir mucho más allá de donde fue Machado al proclamar la necesidad imperiosa de una poesía capaz de hacer llorar a las mecanógrafas. Hay que vitalizar, vivificar, pone en ascua pura la poesía.)

Me hallé frente al chalet. La sangre me estallaba en los pulsos. De las verjas pendía una maraña confusa de jazmines. Me abrió la puerta una muchacha delicada, muy joven, sobrina del poeta. Me hizo aguardar en el jardín mientras ella subía a comunicar mi llegada. Los limoneros desgarraban sus ramas con la acongojada acidez de sus frutos. Reapareció la muchacha en lo alto de la escalera y con un gesto de su mano me invitó a subir. Detrás de ella divisé a don Antonio; le acompañaba su hermano José. Me acogieron con tanta cordialidad que mi nerviosismo cesó.

Fuimos a la terraza o mirador de que antes he hablado. Allí había una mesa, a cuyo alrededor tomamos asiento. Antonio Machado -—con su perpetuo traje marrón— se sentó al frente; su hermano se colocó a mi diestra. «He frente a mí —pensé–— al hombre sobre cuyos hombros reposa la más entrañable poesía española. »

Era conmovedor ver el cariño con que se trataban ambos hermanos. Es difícil ser artista y no poseer un rencor, una envidia, un veneno… «Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno», había escrito el poeta. Ahora hablaba con su ligero acento andaluz, con su dura timbrada voz agradable. De vez en vez requería el asentimiento de su hermano; éste corroboraba sus aseveraciones con una palabra, con una sonrisa, con un gesto, con una mirada.

—Esto es hermoso, muy hermoso ——comentaba Machado-—. Esto es como un poco de paraíso. Sobre las huertas flamean todos los verdes, todos los amarillos, todos los rojos. El agua roja de esas venas surca graciosamente y abastece el cuerpo de esta tierra. iCuánto ha debido laborar el hombre para conseguir esto! Los valencianos están orgullosos de sus tierras, que no tienen que desgarrar, sino acariciar con el mimo con que se besa a una muchacha; pero esto, que yo amo y admiro como una bendición, no es la tierra, la tierra ancha y dura, ascética y peleadora de Castilla. iCastilla hizo a España! Sin Castilla posiblemente esos naranjos no dejarían ahora caer su azahar bajo estos cielos al menos para nosotros. Estos campos (estos campos son la vida y otros campos son la muerte, he leído no sé en qué lugar), esta hermosura materializa al hombre, lo vuelve en exceso terreno. Aquí, entre esta verdura, difícilmente se angustia uno con la muerte. Y no existe contradicción en esto, pues lo que pasa es que aquí la idea de la muerte muy raramente conturba el espíritu del hombre. El hombre es aquí tan material, que parece vivir con la convicción de que su permanencia será eterna sobre la tierra. iCastilla es tan distinta! iTierra de místicos, de guerreros y de truhanes! El hombre vive allí con la esperanza del más allá, desdeñoso de la tierra, con una gran lanzada de Dios en el espíritu. Los pies en el suelo, mas la cabeza clavada en la infinitud del espacio. Castilla es la conquista, la expansión, la fe, lo absoluto; Valencia es el laboreo, la constancia, la conservación de lo por aquélla conquistado. iCastilla es el espíritu de España!

(Yo me acordé de Eusebio García Luengo, el cual, una tarde en que caminábamos por campos de Foyos, me dijo, mientras devoraba una punta de boniato y abarrotaba de naranjas su gran cartera —migas de pan, cuartillas a medio escribir, cacahuetes, recortes de prensa y algún Eugenio d’Ors deslomado-—: «Tienes que convencerte de que esto, esto en que apoyamos los pies, no es la tierra. La tierra es Extremadura; la tierra es Castilla. iPero esto! iNo ves que el verde no deja ver la tierra!» Tuve que darle razón.)

—La llevada y traída y calumniada generación del 98, en la cual se me incluye —siguió hablando el poeta, un poco abstraído, sereno y alegre: con esa alegría tan seria de Machado y del español—, ha amado a España como nadie, nos duele España —-como dijo, y dijo bien, ese donquijotesco don Miguel de Unamuno-— como a nadie ha podido dolerle jamás patria alguna. Pero los españoles habíamos soñado con exceso, habíamos vivido demasiado de nuestros antepasados, demasiado como milagro. Nuestro sueño cayó con la bancarrota de las últimas empresas ultramarinas. La razón contundente de nuestros fracasos nos demostró que podía lucharse, pero no vencerse con lanzas de papel. Recogimos velas, las pocas y desgarradas velas que aún nos quedaban, y nos volvimos patria adentro. Había que poner un poco de orden aquí. Nuestra universalidad, la universalidad de España, no puede ser ya una universalidad física, sino espiritual. No nos engañemos.

Del cielo encapotado, fosco, desprendióse una fulminante llamarada; seguidamente se escuchó un imponente trueno.

Comenzó a llover.

Yo dije, tal vez tontamente:

El pesado balón de la tormenta de monte en monte rebotar se oía.

Antonio Machado sonrió.

—No sé —dijo de nueve—— si han sido mis palabras o mis versos, que fluían en la mente de usted, los que han convocado la tormenta, pues no creí que fuera a llover esta tarde. Veo, también, que usted lee mis versos; yo no los leo nunca. No los leo, porque creo que los versos son intuiciones cuajadas, experiencias latentes, cuando son y significan algo; precisamente por lo que tienen de testimonios de momentos que fueron, de sombras del pasado, nos llevan fatalmente a la elegía. Yo dejo caer mis poemas como hojas frescas, como esas hojas de limonero tan relucientes bajo el agua, sin volver sobre ellos; así tengo la impresión de que permanecen tan juveniles como cuando los concebí y creé.

—Lo siento por usted, don Antonio —le interrumpí—. Debería leer al mejor poeta de España.

—Me basta —y su palabra cobró una entonación especial-— con leer a Jorge Manrique y a Federico García Lorca.

Sus sobrinas aparecían de cuando en cuando, preguntaban alguna cosa, traían un vaso de agua; a veces se las oía palmotear bajo la lluvia, en el jardín. Machado las trataba como si llevara el corazón en la mano.

Era un hombre tan bueno, que aun al mayor criminal le hubiera encontrado una disculpa. Hubiera dicho: «Habrá que estudiar bajo qué circunstancias ha cometido tal acto. El hombre, que es un arcano temblor para la poesía, para la razón no puede ni debe ser un asombro. Investiguemos. La humana criatura es buena. En el fondo -—¿no te parece a ti, José?— todos tenemos algo noble, todos llevamos un poco de Dios en el corazón.» No sé si Machado fue siempre así, si en su juventud —la juventud es intransigente llama destructora, voz o intuición del caos— fue también así; pero aquella tarde del pueblecito levantino, bajo el clamor de la tormenta, así era Machado, así me pareció que era Machado. Había envejecido, y la edad le pesaba demasiado en los huesos:

mi juventud, la primera. . . ,

la sola, no hay más que una:

la de dentro es la de fuera.

Yo cometí otra pequeña indiscreción (debo confesar que nunca pensé utilizar aquella entrevista para un artículo; hoy lo hago; que su memoria me perdone). Llamé al corazón del poeta.

—¿Qué sabe de su hermano Manuel? —dije.

El rostro de Machado se iluminó.

—Es para mí una tremenda desgracia este estar separado de Manuel —me contestÓ–—. El es un gran poeta. El, además de mi hermano, ha sido mi colaborador fiel en una serie de obras teatrales; sin su ánimo nunca esas obras hubieran sido escritas —hizo una breve pausa—. La vida es cruel a veces; a veces es excesivamente dura. Pero este dolor nuestro, por profundo que sea, no es nada comparado con tanta catástrofe como va cayendo sobre el pecho de los hombres. Sin embargo, cuando pienso en un posible destierro, en una tierra que no sea esta atormentada tierra española, mi corazón se llena de pesadumbre. Tengo la certeza de que el extranjero significaría para mí la muerte.

No sé qué sombra posó su ala sobre el espíritu del poeta. Había cesado de llover. Del jardín ascendía un oloroso azahar de limonero. José se levantó y trajo una pluma. Machado me firmó el ejemplar de sus Páginas escogidas, que yo, entre tanta catástrofe, he terminado por perder. Luego bajamos al jardín. Anochecía cuando les di mi adiós.

Ya no volví a ver al poeta en vida, aunque le pueda ver en su muerte. Diecinueve meses después moría sobre tierras francesas. Debía de ir como él serenamente había presentido en uno de sus más conmovedores versos: «casi desnudo, como los hijos de la mar». Y es que Antonio Machado era tan español, que le era imposible vivir sobre otra tierra que no fuese esta áspera y atormentada tierra de España.

0-8-1937

CARTA A JUAN JOSÉ DOMENCHINA

Sr. Don Juan José Domenchina.

Querido amigo:

Acabo de recibir su amable carta. Parte es, en efecto, en mi dolencia la preocupación de la guerra que a todos nos abruma; pero también el recrudecimiento de viejos achaques. Mucho le agradezco sus cariñosas palabras.

Le envío, terminado, el trabajo sobre el «Cuaderno de la Casa de la Cultura». Mucho lo honran. De sus escrúpulos, en cuanto al artículo sobre su Don Juan se refiere. V. sabe, sin embargo, cuán sincero es lo que yo escribo de V. Nadie puede pensar otra cosa. Ahora bien, si V. encuentra en ese trabajo alguna frase que, por las circunstancias actuales le pareciese inoportuna, o que pudiera de un modo indirecto, herir o molestar a alguien, puede V. tacharla.

La totalidad del trabajo sobre el «Cuaderno» es demasiado extensa; pero no he hallado modo de reducirla más, Yo le ruego que lo considere como un solo artículo, aunque lo publique [dos palabras tachadas, encima:] en varios números.

Si V. puede enviarme una prueba de imprenta —corregida de primeras— yo se la devolvería inmediatamente.

Siempre suyo

Antonio Machado [0-8-1937?]

P. D.: La nota que dedico a don José Giral tiene por objeto explicar a mi viejo amigo el porqué no puedo yo disertar con demasiada profundidad sobre las melaninas. He suspendido la dedicatoria al Dr. Lafora por[que] en las circunstancias actuales pudiera ser inoportuna.

Si V. no lo cree así, puede V. restablecerla.

He leído con gran satisfacción las palabras de Juan Ramón Jiménez. Ha hecho V. muy bien en publicarlas, porque con ello se deshace el equívoco que se había formado tras su posición en la contienda actual.

CARTA A JUAN JOSÉ DOMENCHINA

Querido poeta:


Le envío el segundo artículo sobre «Madrid». Las líneas que a V. dedico no son sino algo de lo mucho que me sugiere su trabajo. En otra ocasión insistiré sobre el tema.

La alusión a Marañón («y que se chupe esa», etc.) puede V. suprimirla, si le parece demasiado sin previa atemperada.

Desde luego no es tan maliciosa como la de V. La palabra impregnador es un eufemismo de empreñador (de impregnare provienen, como V. sabe, impregnar y empreñar).

Mucho le agradeceré me envíe pruebas que le devolveré al momento.

He pasado muy malos días, de trabajo, obsesión (?) y de poca salud.

Siempre suyo

Antonio (Machado [0-8-1937?)

CARTA A JUAN JOSÉ DOMENCHINA

Querido poeta:

Le envío el segundo artículo sobre «Madrid». Las líneas que a V. dedico no son sino algo de lo mucho que me sugiere su trabajo. En otra ocasión insistiré sobre el tema.

La alusión a Marañón («y que se chupe esa», etc.) puede V. suprimirla, si le parece demasiado sin previa atemperada.

Desde luego no es tan maliciosa como la de V. La palabra impregnador es un eufemismo de empreñador (de impregnare provienen, como V. sabe, impregnar y empreñar).

Mucho le agradeceré me envíe pruebas que le devolveré al momento.

He pasado muy malos días, de trabajo, obsesión (?) y de poca salud.

Siempre suyo

Antonio Machado

1 – 8 – 1937

P. D.: La nota que dedico a don José Giral tiene por objeto explicar a mi viejo amigo el porqué no puedo yo disertar con demasiada profundidad sobre las melaninas. He suspendido la dedicatoria al Dr. Lafora porque] en las circunstancias actuales pudiera ser inoportuna.

Si V. no lo cree así, puede V. restablecerla.

He leído con gran satisfacción las palabras de Juan Ramón Jiménez. Ha hecho V. muy bien en publicarlas, porque con ello se deshace el equívoco que se había formado tras su posición en la contienda actual.

CARTA A JUAN JOSÉ DOMENCHINA

Sr. Don Juan José Domenchina.

Querido poeta:

Le corregidas las pruebas que tuvo la bondad de enviarme.

Y un cordial saludo de

Antonio Machado

184-1937

CARTA A JUANJOSÉ DOMENCHINA

Sr.       Juan José Domenchina.

Querido poeta:

He recibido la colección del «Boletín» y la copia de mi trabajo. Mil gracias. Para el jueves –—acaso antes— le enviaré lo restante. El «Cuaderno» es inagotable y hercúlea, en verdad, la tarea de comentarlo todo. Siento haberme impuesto una faena tan pesada.

Sigo sin comprender todavía, mi querido amigo, cómo se ha demorado tanto la publicación de ese trabajo. ¿Es que hay algo, complicado con la disolución de la Casa de Cultura, que lo explique? Puede hablarme con entera franqueza. Yo vivo muy aislado y al margen de toda cuestión de lavadero político y literario. No sé si leyó V. unas líneas mías que escribí hace en contestación a alusiones algo estúpidas —no sé de quién ni en qué periódico— y para evitar todo equívoco. Mi posición es bien clara. Sólo tengo motivos de gratitud para el Gobierno; nunca fui objeto de presiones políticas ni he escrito una sola línea contra mi conciencia. Además, soy por temamento enemigo de toda campaña por motivos mezquinos de interés personal.

El «Boletín» está muy bien y yo lo leo —–cuando me llega, como ahora— con gran interés.

Estoy bastante enfermo, sometido a un estrecho régimen y casi imposibilitado de moverme. Como sospecho que me queda ya poco tiempo para mi obra, desearía poder consagrarme a ella. Yo le enviaré, sin embargo, todos los meses un artículo para el «Boletín», sobre tema de mi elección que yo procuraré adaptar a la índole de esa publicación. Pero antes le enviaré mis notas sobre el «Cuaderno 2.0» , si el «Cuaderno 2.0» no acaba antes conmigo. Con ellas recibirá V. también la copia de lo ya escrito.

Nada tiene V. que agradecer a mis palabras sobre su Don Juan. Yo hubiera escrito algo más extenso y mejor, si no me hubiera acompañado la preocupación abrumadora de comentar la totalidad del «Cuaderno». iUna y no más!

Le quiere siempre y admira y desea leerle, su viejo amigo

Antonio Machado.

P. D.: Si escribe a Sarrailh, transmítale mi más cordial saludo.

 [0-8-19371

ANTONIO MACHADO y ÁLVAREZ, PAUL SÈBILLOT, GIUSEPPE PITRÉ, TEOFILO BRAGA, …..

Imagen cabecera: Museo Pitré en Palermo.

En el post de fecha 1 de junio de este año de 2020, publicamos una reproducción del prólogo de Manuel Machado de la obra CUENTOS BRETONES de Paul Sàbillot y de su traducción al castellano por el mismo prologuista.

En aquellas fechas, 1900, Manuel Machado estaba en París y colaboraba con la Editorial Garnier Hermanos en varios trabajos, básicamente, entonces, de traducciones del francés al castellano. Probablemente los contactos que le facilitaron estos trabajos en París fueran consecuencia de las amistades que su padre, Antonio Machado y Álvarez, tuvo con el mundo literario frances, especialmente con el mundo de la cultura popular.

Como se acredita con el escrito que reproducimos a continuación Antonio Machado y Álvarez fue uno de los promotores de los estudios del Folk-Lore europeo, y el impulsor del «Congreso Internacional» , que se iba a celebrar en París el 14 de febrero de 1884, con el objeto de establecer las bases del gran Folk-Lore Europeo.

Lo cierto es que es que en el banquete, cena, del ctado 14 de febrero de 1884 se aceptó por unanumidad la siguiente proposición de «nuestro amigo Sr, Machado y Álvarez», que fue llevada finalmente al Congreso Internacional a realizar.

PAUL SEBILLOT

Álvarez à Paul Sébillot

Traduit par Mercedes Gómez-García Plata (CREC – Sorbonne Nouvelle)

1883

Référence complète

Extrait d’une lettre d’Antonio Machado y Álvarez à Paul Sébillot, citée dans A. Guichot y Sierra, 1882-1883. « Noticias », El Folk-Lore Andaluz, órgano de la Sociedad de este nombre dirigida por Antonio Machado y Álvarez, Sevilla, Francisco Álvarez y Cía editores, pp. 46-47.

Le dîner de ma mère l’oie. — En el banquete folk-lorista celebrado en París en 14 del pasado Febrero, y a que aludíamos en una de Las noticias de nuestro número anterior, aceptóse por unanimidad la siguiente proposición de nuestro amigo el Sr. Machado y Álvarez :

    “Los folk-loristas que suscriben, reunidos en fraternal banquete, invitan a todos las naciones de Europa a formar su respectivo Folk-Lore y a asistir al Congreso internacional, que en la ciudad de París ha de celebrarse el 14 de Febrero del año 1884, con el objeto de echar las bases del gran Folk-Lore Europeo ; sociedad que, a más de los altos fines científicos que persigue, propónese, dignificando al pueblo, mediante el reconocimiento de su participación en la obra científica, establecer el definitivo reinado del amor, la paz y la fraternidad entre todas las razas y todos los pueblos.”

La única modificación hecha a la proposición, que fue acogida con general entusiasmo, se debió al venerable decano de los estudios populares en Francia, Mr. Gaston Paris, quien indicó, discretísimamente, con la aceptación unánime de los comensales, la conveniencia de sustituir la fecha del 14 de Febrero por la del día de San Juan, celebrado en todas las naciones del mundo.

Con posterioridad a este banquete han debido celebrarse otros dos, uno en 14 de Marzo y otro en 11 de Abril, donde los folk-loristas parisienses, unidos a los de las demás naciones que hayan querido concurrir, habrán acordado definitivamente la fecha en que ha de inaugurarse el Congreso.

Traduction

Le dîner de Ma Mère l’Oye. — Au dîner des folkloristes qui eut lieu à Paris le 14 février dernier et auquel nous faisions allusion à la rubrique « Nouvelles » de notre précédent numéro, la proposition suivante de notre ami, M. Machado y Álvarez, fut acceptée à l’unanimité :

MAGITOT, BACKER, SEBILLOT, QUÉTIN.

    « Les folkloristes soussignés, réunis en fraternel banquet, invitent toutes les nations d’Europe à constituer leur propre société de Folk-Lore et à assister au Congrès international, qui aura lieu à Paris le 14 février 1884 et dont l’objet sera de poser les fondations d’une grande société européenne de Folk-Lore ; celle-ci, outre la noble finalité scientifique recherchée, se propose, en dignifiant le peuple au moyen de la reconnaissance de sa participation à l’œuvre scientifique, d’établir le règne définitif de l’amour, de la paix et de la fraternité entre toutes les races et tous les peuples. »

La seule modification apportée à cette proposition, qui fut accueillie dans l’enthousiasme général, vint du vénérable doyen des études des traditions populaires en France, M. Gaston Paris, lequel indiqua, très modestement, avec l’approbation unanime des convives, qu’il convenait de remplacer la date du 14 février par celle de la Saint Jean, fêtée dans toutes les nations du monde.

Après ce banquet, deux autres ont dû avoir lieu, le premier le 14 mars et l’autre le 11 avril, où les folkloristes parisiens, auxquels se sont joints ceux des autres nations qui ont voulu y participer, ont probablement déterminé la date définitive à laquelle doit se tenir ce congrès.

Sabemos de Paul Sébillot nació en 1843 en Matignon, en lo que hoy se conoce como Côtes d’Armor en la Bretaña francesa. Y murió en París en 1918. (Esta breve biografía la reproducimos de «Paul Sebillot – Wikipedia»)

» Fue un hombre muy polifacético: escritor, poeta, dramaturgo, pintor y etnógrafo. Por sus trabajos se convirtió en una figura fundamental en el inicio del desarrollo de la etnografía francesa.

Perteneció a una antigua y notable familia bretona de médicos desde su bisabuelo, por parte de su padre, y de notarios y terratenientes por la parte materna. Su padre, Pierre Sébillot, fue objeto de una mención por su especial dedicación durante la epidemia de cólera de 1832 en Saint-Cast-le-Guildo y posteriormente fue alcalde de Matignon en 1848.

Después de sus estudios en el colegio público de Dinan, Paul Sébillot comenzó estudios de Derecho en Rennes y se trasladó a París en 1863 con la intención de finalizarlos, aunque los abandonó para dedicarse a la pintura, en la que estaba muy interesado. Asistió a cursos cerca de Augustin Feyen-Perrin y llegó a exponer algunas de sus obras en diversas exposiciones internacionales, como la Exposición de Londres de 1872 donde presentó un lienzo titulado «Rochers à Marée Basse». Sobre todo se dedicó a plasmar paisajes de su Bretaña natal.

Pero ya entre 1870 y 1883 dejó a un lado la pintura para dedicarse a los estudios de folclore. Aunque estando aún en el colegio había recogido leyendas haciendo preguntas a los marineros y campesinos, hasta 1881 no fundó la colección “Les Littératures Populaires de Toutes les Nations”, asociado con la editorial Maisonneuve, donde él mismo publicó “La literatura oral de la Alta-Bretaña”. Posteriormente también se publicarían cuentos y leyendas de la Baja Bretaña.

PAUL SEBILLOT

En esta obra aparece por primera vez el término “literatura oral”, que ha sido empleado después para designar la parcela del folclore interesada en los cuentos, canciones, adivinanzas, proverbios y dichos de distintos pueblos.

En 1882 fundó junto a otros colaboradores las “Cenas de la Mamá Oca”, para intentar reunir a todos los que se preocupaban del folclore en Francia. De allí surgió la fundación de la “Sociedad de las Tradiciones Populares”.

En 1889 se organizó el Primer Congreso de Tradiciones Populares en París.

Paul Sébillot fue miembro de numerosas sociedades académicas de escritores, lingüistas, antropólogos, arqueólogos, periodistas, etnógrados y de las sociedades de estudios folclóricos de Bélgica, Gran Bretaña, Suiza, España, Portugal y Estados Unidos, entre otros.

El resto de los volúmenes de “Les Littératures Populaires de Toutes les Nations” están dedicados a otras regiones francesas y a otros países de habla o influencia gala, como La Picardie, la Gascogne, Hautes-Vosges, L’Ille-et-Vilaine, de Hungría, o de la India.».

Museo Pitré. Palermo.

Pues bien, Antonio Machado y Álvarez, como acredita la carta que reproducimosm estuvo en contacto con P. Sebillot y buscaron la colaboración en temas sobnre las Tradiciones Populares con otros estudiosos de diversos paises, Entre ellos Guiseppe Pitré, italiano de Palermo, al que Machado envió una copia de «La Virgen de la servilleta» de nuestro pintor Murillo, que debe de conservarse en el Museo G. Pitré de Palermo, junto a una amplia correspondencia que ambos tuvieron. El portugues Teófilo Braga o el alemán Hugo Schuchardt, con el que llegó a compartir más de cuatro meses de intenso trabajo en la ciudad de Sevilla.

GIUSEPPE PITRÉ
GIUSEPPE PITRE

Todos estos estudiosos de lo que llamaremos folk-lore estuvieron en contínuo contacto durante aquellos años que transcurren entre 1860 y 1900. Fueron años fecundos para el estudio de la cultura popular y fuertes los lazos de amistad que se generaron entre los «folkloristas» de Europa y América.

TEÓFILO BRAGA

Antonio Machado y Álvarez murió joven, apenas tenía 46 años cuando almnregresar de Puerto Rico, enfermo, murió en su Sevilla. Pero su recuerdo par,maneció en aquellos estudiosos de esta nueva ciencia sobre la Cultura Popular, y no cabe duda que sus hijos fieron bien recibidos, a finales del siglo XiX, por muchos nde los antiguos compañeros de estudios de casi toda Europa.

Con Paul Sebillot y con la Filok-lore Society de inglaterra trabajó Machado Álvarez en la confección de los primeros listados de Interrogatorios y Custionarios puntuales aptos parea reconstruir secuencias y episodios concretos de la cultura oral.

MANUEL MACHADO

ANTONIO MACHADO Y ÁLVAREZ

Todo ello generó una corriente de simpàtía hacia Manuel Machado, y a continuación hacis su hermano Antonio, que les abrió las puertas de algunas de las editoriales de París, an aquellos años finiseculares en los que vivieros en la ciudad del Sena.

MANUEL y ANTONIO MACHADO. Primeros escritos: «La Caricatura», 16 de julio de 1893 a 12 de noviembre de 1893. ESPECIAL REFERENCIA AL NÚMERO 63 de 1 de octubre ded 1893.

Posted By Manuel Alvarez Machado

Recientemente encontré en una de las muchas “librerías de viejo” de este país un ejemplar de la revista La Caricatura, de 1 de octubre de 1893, concretamente el número 63. Como advierte en su portada era una Revista – Semanal – Ilustrada, que se publicaba los domingos. (La administración estaba en la calle de Fuencarral, 51 de Madrid, cerca del numero 98 de la misma calle, que era donde vivía en aquellos años la familia Machado).

Reproducimos varias de las páginas de este número 63 de La Caricatura.

En agosto de 1892 Antonio Machado y Álvarez embarca en Cádiz, en el vapor-correo Habana de la Compañía Transatlántica, con destino a Puerto Rico. Allí tenía algunos familiares y amigos, aunque no hay, por ahora, constancia de las relaciones que tuvo con ellos; sí parece claro que el motivo del viaje era el de permanecer en la isla caribeña el tiempo necesario para poder ganar un dinero como abogado que, de regreso a Madrid, permitiera a su numerosa familia vivir, si no con holgura, sí con cierto sosiego económico.

Lamentablemente enfermó apenas llegó a Puerto Rico y transcurridos escasos cinco meses regresó a España donde murió en Sevilla el 4 de febrero de 1893, en la calle Pureza, en Triana, en la casa de sus suegros, hasta donde solo le dio tiempo a desplazarse desde Madrid a su mujer Ana Ruiz. Sus hijos no volvieron a verle desde aquel día en que salió de Madrid con destino Cádiz para iniciar su viaje hacia América.

Sabemos que Antonio, su segundo hijo, le envió una carta por correo certificado en la que, según dice en una posterior, “iba mi artículo”. De esta carta y de su contenido solo queda esta referencia que figura en esa otra carta que Antonio escribió a su padre, que se conserva, por lo que podría deducirse que sería, probablemente, entregada al abuelo Antonio Machado y Núñez para su envío, y que probablemente nunca llegó a enviar, por el rápido regreso de su hijo Demófilo a España. Otra posibilidad, pero es pura fantasía, es que esta última carta fuera enviada y recibida, que regresara a Sevilla en algún bolsillo de Antonio Machado y Álvarez, y que su mujer Ana guardara celósamente para dársela finalmente a su hijo Antonio. Pues bien en esta carta Antonio también le dice a su padre que en una próxima le enviará “algún trabajillo que escribiré solamente para ti”.

Gracias a estas referencias podemos deducir que los primeros trabajos o artículos de Antonio Machado fueron escritos con anterioridad al verano de 1892, pues en caso cortrario no tendrían sentido las referencias epistolares indicadas.

Podemos deducir que en aquellas fechas Antonio Machado, que contaba con diecisiete años, ya escribía artículos para terceros – casi con seguridad en prosa – , como contrapunto a su frase “algún trabajillo que escribiré solamente para ti”. Cierto que podrían tratarse, los primeros, de trabajos escolares, pero pienso que hubiera utilizado otras palabras. Es más probable que el ambiente familiar, y los hábitos y costumbres de la época, fomentaran las pequeñas publicaciones, los diarios, periódicos o revistas entre amigos y los más diversos escritos sin afanes profesionales.

Pero de este tipo de escritos y sus formas de publicarse (si es que se publicaron), a un procedimiento “cuasi” profesional había un paso, y para pasar de éste a otro de apariencia “seria”, con artículos bien estructurados y con firmas o colaboradores de reconocido prestigio, solo era necesario que llegara una buena oportunidad.

Teatro Apolo Junto Iglesia San José – Madrid.
Teatro Apolo

Calle de Alcalá, 1893.

Y llegó la oportunidad para los hijos mayores de Demófilo, para Manuel y Antonio Machado. Ambos hermanos ya eran inseparables, Manuel contaba a primeros de enero de 1893 con dieciocho años y medio, Antonio justo con un año menos. Jóvenes, sin grandes controles familiares, pero con una formación y ambiente familiar próximo al mundo literario, entraron en la vida bohemia de Madrid, frecuentando pequeños círculos próximos al teatro, al periodismo y a los jóvenes escritores del momento. Conocieron en aquellos tiempos a Enrique Paradas, entonces ya poeta, con el que mantuvieron muy estrecha amistad durante toda la vida, y con él se embarcaron durante el verano de 1893 en la aventura periodística y literaria de editar un semanario satírico titulado La Caricatura. El semanario se editaba desde mayo de 1892, pero problemas internos de administración posibilitaron un cambio total en el elenco de colaboradores, apareciendo los nuevos en el número 51, de fecha 9 de julio de 1893. En este número, desaparecidos casi todos los colaboradores anteriores, aparecen como nuevos Enrique Paradas, Manuel y Antonio Machado, Miguel Sawa (hermano de Alejandro Sawa) y Pedro Barrantes, todos ellos muy jóvenes, a los que acompaña, con ya 71 años, el escritor, filólogo, matemático, académico y político Eduardo Benot, que había sido ministro de la I República de 1873, y amigo desde esas fechas de “la Gloriosa” del abuelo de los Machado, Antonio Machado Núñez.

¿Tuvo Eduardo Benot algo que ver con la propiedad del semanario? Probablemente fuera uno de los partícipes o de los que financiaron esta segunda etapa de La Caricatura . El caso es que aparecen desde el 16 de julio, en el número 52 y como colaboradores, los nietos de su amigo Machado Núñez y el amigo de estos, Enrique Paradas. Realmente desde ese número y hasta el último editado, el número 69 correspondiente al 12 de noviembre de ese año de 1893, ambos hermanos y Paradas aparecen como los reales directores de La Caricatura, y figuran entre los más asiduos colaboradores, firmando varios artículos en casi todos los números.

Esta aventura literaria y periodística de Manuel y Antonio Machado, así como el semanario La Caricatura, quedaron con el tiempo olvidados, y solo cuando Miguel Pérez Ferrero inició los trabajos para su biografía “Vida de Antonio Machado y Manuel”, y acudió al primero durante varios meses de 1935 para “recibir sus recuerdos y confesiones”, posteriormente confirmados y ampliados por Manuel a lo largo de 1946, surgen del recuerdo aquellas colaboraciones publicadas en el citado semanario.

Pérez Ferrero apunta en su biografía: “Durante el año 1895 (debía decir 1892/93) ve la luz La Caricatura. El periódico – la primera publicación de verdad en que los Machado colaboran – lo hace Enrique Paradas. Manuel y Antonio son sus amigos desde hace algún tiempo. En su compañía han conocido a otros bohemios con quienes constituyen la peña de Fornos. Allí se olvidan del comedimiento que observaban en la tertulia de Benot, y dan vuelo, libérrimamente, a sus opiniones”. Manuel Machado es el más afín, de carácter, a Paradas, y juntos publican dos libros con composiciones de uno y de otro, Tristes y alegres, aparecido en Madrid, y Etcétera, en Barcelona. Manuel Sawa es un experto en mantener concentrados en la escucha de sus relatos a todos los amigos, habla de su hermano Alejandro, entonces en París, y viste siempre de chaquet, por ser la única prenda que no admiten en las casas de empeño. Barrantes es poeta, buen poeta, como cuenta Manuel a Pérez Ferrero, al estilo de un Baudelaire inconsciente, había derrochado treinta años de años de su vida y, si la naturaleza aguantara, derrocharía cien más.

Teatro Apolo

Café Fornos 1908 (quince años después).

En este ambiente bohemio inician su etapa en La Caricatura, y Paradas encuentra en Manuel y Antonio Machado sus más inagotables colaboradores. Angel Pons ilustra los números con sus dibujos, aparecen artículos firmados por Eduardo Benot, Estévanez, Salvador Rueda. Manuel y Antonio Machado son los que más trabajos aportan, y suelen firmar con seudónimos. Manuel firma frecuentemente como Polilla, Antonio como Cabellera, y si escriben en colaboración firman como Tablante de Ricamonte o solo Tablante (con el que firmarán la sección “La semana”). Probablemente el seudónimo de Varapalos también corresponda con colaboraciones de los dos hermanos, con el que firman “Gacetillas teatrales”. Los artículos suelen ser sátiras, humorismos, poesías de matiz o intención cómica o críticas sangrientas de teatro. En los números finales aparece el seudónimo de Yoric, que pudiera corresponder a Antonio Machado.

“Caballera” era uno de los graciosos del teatro clásico de Tirso de Molina. “Polilla” era el gracioso de El desdén con el desdén de Agustín Moreto.

Estas colaboraciones en La Caricatura se inician en el número 52 de fecha 16 de julio de 1893 y finalizan en el número 69 del 12 de noviembre del mismo año. Dieciocho números de periodicidad semanal. En contacto con lo que ocurre en la vida española, en la política y en el sociedad, construyen muchos personajes con nombres y apellidos alusivos a sus debilidades (López Bambalina, Ripioalcanto, Nicolás Piedra Pómez, Matacán del Parnaso, García Estrambote, Bodoque Tonante, Chancleta y otros).

Y la crítica teatral. Opinan que solo queda un gran actor, Antonio Vico, que casi toda la zarzuela en mala, que las traducciones son flojas…. . Manifiestan una seria preocupación por el decaimiento del teatro Español.

El último artículo firmado por Cabellera en La Caricatura es en el número 66, de 22 de octubre de 1893, y se titula “Poetas populares. Enrique Paradas”. Artículo que demuestra la admiración sentida por la poesía popular, por la copla popular, sin duda influenciados, tanto Antonio como Manuel, por los trabajos de su padre, Antonio Machado Álvarez, Demófilo sobre el folk -lore español y especialmente el de Andalucía.

Por cierto, en estos número finales de La Caricatura, se publican a modo de homenaje póstumo, cuatro artículos del padre, Antonio Machado Álvarez, Demófilo.