ANTONIO MACHADO. Prosas de la Guerra XI. TORRIJOS Y SUS COMPAÑEROS

TORRIJOS Y SUS COMPAÑEROS

Con el título de «Aviso al público» apareció un día en Málaga el parte que anunciaba al pueblo la detención de Torrijos. Había sido dado, en un lenguaje ya acostumbrado y que más tarde había de ver muy aumentada su impopularidad, por el gobernador de la provincia. Este «Aviso al público», acaso de inserción obligatoria, decía lo siguiente:

«Los últimos restos de los revolucionarios españoles que aún existían en Gibraltar, agavillados por el ex brigadier Torrijos, olvidando lo que son y lo que es un pueblo fiel, que descansa en la seguridad y confianza que le inspira el paternal gobierno del Rey, N.S., quisieron ponerse y ponerlo a la última prueba de la infamia y debilidad de unos y entusiasmo de otros. En la noche del día 2 de este mes desembarcaron en las costas del O. de esta provincia. Inmediatamente tuve aviso y, con la velocidad del rayo, me puse en marcha para perseguirlos. A las pocas horas ya supe el rumbo que habían seguido y punto en que se hallaban; me presenté en él y, al aspecto sólo de los valientes que me acompañaban, han rendido sus armas y entregándose a discreción. Tengo la mayor satisfacción al participarlo para la suya al leal vecindario de Málaga, desde este Campamento, en el Cortijo del Inglés, a las ocho de la mañana de hoy 5 de diciembre de 1831.

                                                     Vicente González Moreno» [1]   

Olvida decir el sátrapa malagueño, el ya entonces célebre por sus crueldades González Moreno, y conocido del público con el alias de Verdugo de Málaga, que Torrijos y sus compañeros desembarcaron en las costas de Málaga porque él, fingiendo simpatizar con la causa revolucionaria, los había llamado. Que él, en connivencia con sus cofrades de El Angel Exterminador, había tramado ladina e insistentemente la emboscada de que fueron víctimas Torrijos y sus cincuenta y dos amigos liberales, fusilados en Málaga el ll de diciembre de 1831.

En este mes y día, un siglo más tarde y con este recuerdo, coincidiendo con la instauración de nuestra II República gloriosa, hubiera debido celebrarse el centenario de la eclosión del romanticismo en España. El más grande de nuestros poetas románticos, José de Espronceda, un joven a la sazón de veintiún años, escribió en aquellos días de plena reacción fernandina este soneto, que han reproducido más tarde muchas antologías de líricos españoles:

A LA MUERTE DE TORRIJOS Y SUS COMPAÑEROS

Hélos allí, junto a la mar bravía caúveres están ay! los quefueron honra del libre, y con sg muerte dieron almas al cielo, a España nombradía. Ansia de patria y libertad henchía sus nobles pechos que jamás temieron; y las costas de Málaga los vieron cual sol de gloria en desdichado día. Españoles, llorad; más vuesto llanto lágrimas de dolor y sangre sun; sangre que ahogue a siervos y opresores y los viles tiranos con espanto siempre delante amenazando vean alzarse sus espectros vengadores.

Es muy posible que este soneto no mereza figurar entre los paradigmas de lírica esproncediana. Confieso que lo leí siendo niño con una emoción que no pierdo ahora, al recordarlo y al transcribirlo de memoria. Nuestra vida emotiva se da siempre un poco al margen de nuestras preferencias estéticas. Tampoco he de olvidar el temblor que produjo en mí el célebre cuadro de Gisbert, que contemplé hace ya también muchos años, en la Institución Libre de Enseñanza, reproducido por el fotograbado que todos conocemos. Don Manuel Cossío nos habló entonces muy sobriamente del hecho histórico, al par que nos señalaba en la estampa la noble figura de su pariente Flores Calderón. Tampoco el cuadro original de Gisbert, que he visto más tarde en el Museo Moderno, es para contemplarlo con frialdad en nuestros días. Obra es de un exaltador de la historia y, como el soneto de Espronceda, ha de estar, creo yo, más cerca de la verdad esencial de los hechos que el fruto de mucha crítica erudita con que se pretenda juzgar de los grandes incendios por el análisis de sus cenizas.

José María Torrijos, nacido en Madrid el año 1791, fue un hombre de vida breve, gloriosa y trágica. Su florecer coincide con la aurora de nuestro romanticismo. De sus maestros, hombres del XVIII, conserva Torrijos en su estilo vital una cierta sobriedad neoclásica. Pero su alma es ardientemente romántica, complicada siempre con la juventud y con la muerte.

Por aquellos días de terrible reacción fernandina, uno de los modos más característicos de ser romántico era ser liberal y constitucionalista; la Dulcinea de los caballeros andantes de la época era la Constitución del año XII. Torrijos la amaba ardientemente y, como dice la canción popular, murió por defenderla.

Pronto alcanzó Torrijos el grado de general, combatiendo las partidas realistas, y en 1823 fue nombrado ministro de la Guerra de un gobierno que el mismo Rey cedió a los exaltados, y del que formaron parte Flores Estrada, Díaz del Moral, Calvo de Rozas, etcétera. Expulsado de su patria aquel mismo año, como tantos egregios liberales, pasó a Francia, y comió en París el pan amargo del traductor para América, que tantos españoles hemos gustado más tarde. En Londres preparó, unido a Palarea y a Flores Calderón, ex presidente de las Cortes de Sevilla, la expedición a España que había de costarle la vida.

       Mientras Mina y Valdés esperaban en Navarra con varia fortuna, Gurrea y Plasencia cruzaban la frontera de Aragón, y San Miguel, Milán y Grases penetraban en Cataluña, Torrijos, con sus compañeros (Calderón, Fernández Golfín, López Pinto), protegidos por Inglaterra, se dispusieron a atacar por el sur y desembarcaron con doscientos hombres en la Aguada Inglesa. El número de sus enemigos, los realistas, les obligó a refugiarse en Gibraltar. Por aquellos días murió Manzanares, víctima de una traición, después de vencido en la Serranía de Ronda, y fue sacrificada Marianita de Pineda en la triste ciudad que, un siglo más tarde, había de presenciar el vil asesinato de García Lorca, poeta de ambas —de la ciudad y de la heroína—. Los tiempos eran para dar plenas albricias al sombrío Calomarde y al abyecto Fernando. Al fin, Torrijos con los suyos había desembarcado en Fuengirola, para dirigirse a la Alquería del Conde de Molina. Sorprendidos por los esbirros de González Moreno, fueron todos apresados y conducidos al Convento del Carmen. Después. .. Recordad el cuadro de Gisbert: la noble fraternidad ante la muerte de aquellos tres hombres cogidos de la mano. El suelo está ya sembrado de cadávares… Un frailecico venda los ojos de un anciano. Torrijos, erguido y sereno, aguarda. ¿Era él mismo quien daba la orden de fuego, como correspondía a su alta categoría militar? Se sabe que reclamó, sin jactancia pero insistentemente, el ejercicio de este derecho.

Ignoro si le fue concedido. Recordad los versos de Espronceda; pensad en lo que vieron las costas de Málaga aquel día, en lo que han visto más de un siglo después, en lo que pueden ver todavía. La España joven, que mira hacia el futuro, vilmente asesinada; la infatigable primavera española, que tantas veces ha florecido con sangre, ahogada por el muérdago, consumida por la cizaña de la abyección y de la vejez. Porque González Moreno, el tigre de Málaga, traidor a su pueblo, traidor más tarde a la voluntad postrera de su amado monarca, traidor a la reina Gobernadora, traidor, en fin, al mismo Pretendiente don Carlos María Isidro, bajo cuyas banderas militó, forma parte de una abominable tradición de felones y de verdugos que todavía no se ha extinguido en España.

Todos sabemos cómo se llaman los González Moreno de nuestros tiempos.

Por fortuna, al árbol de nuestra raza, nutrido hoy por raíces universales, le aguardan muchas primaveras. Por fortuna, las almas fraternas de los Minas, los Empecinados y los Torrijos pululan en nuestros días. Y también sabemos cómo se llaman.

3-1938


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