«PASEO CON ANTONIO MACHADO», Conferencia de Cesareo Rodriguez Aguilera IV.

Título: ‘Paseo con Antonio Machado’ [Conferencia con Cesáreo Rodríguez Aguilera, IV (cortinilla final)]

Cesareo Rodriguez Aguilera

Año: 1967

Duración: 5 min., 44 seg.

Fondo sonoro: Radio París. Ramírez/del Campo

Resumen: Incluye sólo la entradilla del programa y fragmento musical para el Programa realizado sobre la Conferencia organizada por el Ateneo Hispanista de París en la Universidad de la Sorbona impartida por Cesáreo Rodríguez Aguilera bajo el título: Paseo con Antonio Machado. Música de Salvador Bacarisse

Salvador Bacarisse
Adelita del Campo y Ramírez Arellano

«PASEO CON ANTONIO MACHADO», Conferencia de Cesareo Rodriguez Aguilera III.

Título: ‘Paseo con Antonio Machado’ [Conferencia con Cesáreo Rodríguez-Aguilera, III]

Año: 1967

Duración: 15 min., 02 seg.

Fondo sonoro: Radio París. Ramírez/del Campo

Salvador Bacarisse

Resumen: Programa realizado sobre la Conferencia organizada por el Ateneo Hispanista de París en la Universidad de la Sorbona impartida por Cesáreo Rodríguez Aguilera bajo el título: Paseo con Antonio Machado. Musíca de Salvador Bacarisse y poemas recitados por Adelita del Campo

ANTONIO MACHADO. Último escrito del poeta. Carta del 19 de febrero a su amigo Luis Santullano.

El día 19 de febrero de 1939 Antonio Machado escribe y contesta a Luis de Santullano por sus dos últimas cartas recibidas. Las cartas le fueron enviadas desde la Embajada de España en París, una el 15 de febrero y otra el día 18 del mismo mes, es decir tres días mas tarde. El 15 fue miércoles y la carta de esta fecha debió llegar a Colliure el viernes 17 o el sábado 18, la enviada el 18 sabemos que se recibió el domingo 19, pues en la carta de contestación así se dice: «Al llegar en este punto de la carta que le contesto me llega su última del 18». Curioso que en Francia funcionara el correo el sábado y el domingo. Tal vez las circustrancias escepcionales de aquellas fechas y/o el ser el remitente la Embajada de España, así lo favorecieran.

COLLIOURE

El caso es que el día 19 se contestaron por Antonio Machado las dos cartas a la vez.

En realidad no sabemos si la carta de Antonio Machado que finalmente se envió a Luis Álvarez de Santullano fue una copia escrita por el mismo o por su hermano José. El original que se conserva, manuscrito del poeta y que reproducimos a continuación no pudo ser el enviado, pues se conservó en la familia, y estaba escrito en el reverso de otra carta recibida de Robert Payne a mediados de ese mismo mes de febrero y no parece lógico que se enviara una carta con contenido escrito de otra persona en la cara opuesta del documento. Había carencias de papel, pero… no tantas.

COLLIOURE

En la primera carta de Santullano, éste le plantea que, aunque le ve animado a irse a la U.R.S.S., cree conveniente el tener un poco de paciencia, el dejar que pasen unos días para ver si Martín Navarro consigue una buena solución en Toulouse, bien mas o menos definitiva o temporal, mientras esperan acontecimientos, o nuevas ofertas. Considera que mientras esto decide, puede seguir en Collioure. Indica Santullano que se están haciendo gestiones con paises Hispano-Americanos. Le sugiere que aguarde un poco ahí o en Toulouse.

PABLO AZCÁRATE

En la segunda carta de Santullano. éste le dice que el 17 tuvo una conversación en la Embajada de París con Pablo Azcárate (embajador de España en Londres) y que le dice que hay un mecenas generoso que desea ayudar a A. Machado y familia ofreciendole trabajo en Oxford, y que habían acordado pasar la información a Trend para darle la dirección de Collioure y para que tramira el ofrecimiento de Oxford. Se lo dice para que esperara ahí lo que le pueda decir Trend.

REPRODUCIMOS LAS CARTAS RECIBIDAS DE SANTULLANO:

REPRODUCIMOS LA CARTA MANUSCRITA (borrador) DE ANTONIO MACHADO, QUE SE ENVÍA A SANTULLANO, PRTOBABLEMENTE EL DÍA 19 O 20 DE FEBRERO.

TRANSCIPCIÓN DE LA CARTA MANUSCRITA DE 19 DE FEBRERO DE 1939, QUE ANTONIO MACHADO ENVIÓ A SU AMIGO LUIS DE SANTULLANO.

Querido Santullano: No he podido contestar antes a su interesante carta del 15 porque a mis ya viejos achaques ha venido a sumarse un fuerte catarro bronquial que – aunque controlado – me tiene bastante fastidiado.

De acuerdo siempre con sus atinadísimas observaciones. En efecto creo que el asunto U.R.R.S. de momento quizás deba ser aplazado y sobre todo si se puede resistir aquí el tiempo que tarde el provenir.

LIBRO DE JEAN SERMET

De acuerdo también en lo que me dice en relación al Ayuntamiento de Toulouse. Precisamente ayer estuvieron aquí Sermet con Cándido Bolivar que me dijeron que estaban ultimando el asunto del albergue. Por cierto que Sermet es de esas personas que se hacen simpáticas desde el primer momento.

CÁNDIDO BOLIVAR

No se como agradecer a Vd. tantas y tan certeras bondades. Sus cartas levantan mi espíritu y me hacen mucho bien. Gracias.

Al llegar en este punto de la carta que le contesto me llega su última del 18 que contiene tan buenas informaciones. Claro que como me indica lo que hay que hace es esperar aquí a tener las noticias de ese generoso Mercenas. A ello me ayudará el que tampoco podría moverme de aquí en estos días que me dure el catarro.

Con los afectos de toda esta familia le envía cordialísimo abrazo.

Esta carta, o borrador, lleva escrita en el margen izquierdo de su segunda página lo siguienre: «Contestada el 19 de febrero 1939». La letra es también de Antonio Machado.

DE ESTA CONTESTACIÓN DE ANTONIO MACHADO A SANTULLANO PODEMOS DEDUCIR:

1º QUE HABÍA RECIBIDO LAS CARTAS DEL 15 Y DEL 18 DE FEBRERO DE SANTULLANO.

2º QUE ESTÁ DE ACUERDO EN APLAZAR, POR UN TIEMPO, LA OFERTA DE LA U.R.R.S., POR DISTANTE, AUNQUE NO LA DESCARTA.

3º QUE, MIENTRAS, ERA CONSCIENTE DE LAS OFERTAS RECIBIDAS DE TOULOUSE, VÍA SERMET Y CÁNDIDO BOLIVAR, Y SOBRE TODO DE LA DE «UN MECENAS GENEROSO» PARA IR A OXFORD.

4º QUE APRECIA ESTE ÚLTIMO OFRECIMIENTO Y QUE ESPERA NOTICIAS DE TREND, AUNQUE CONSIDERA QUE DEBE DE TENER EN CUENTA LA EVOLUCIÓN DE SUS DOLENCIAS «CATARRALES».

ANTONIO MACHADO. Prosas de la Guerra XVII.

ENTREVISTA CON ILYA EHRENBURG, DICIEMBRE DE 1938

En la fotografía de entrada, Enrique Lister y Ernest Heminguey

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Poco después de mi llegada a Barcelona —era, creo, cn vísperas de Año Nuevo—– fui a ver al poeta Antonio Machado; le traía café y cigarrillos franceses. Vivía, con su anciana madre, en la periferia de la ciudad, en una casita fría; allí le había visitado varias veces durante el verano.

Machado tenía mal aspecto: iba encorvado y se afeitaba raramente, lo que le hacía parecer todavía más viejo. Tenía sesenta y tres años; caminaba pesadamente. Sólo sus ojos estaban llenos de vida, brillantes. Conservo las notas que tomé durante esta última entrevista:

Me ha leído fragmentos de una elegía de Jorge Manrique:

Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar,

que es el morir; allí van los señoríos derechos a se acabar e consumir.

Después habla de la muerte: «Todo está en el cómo. Hay que reir alegremente, hacer buenos versos, llevar una vida decente, tener una muerte digna». De pronto, sonríe como un niño y añade: «Si el actor se identifica con su personaje, le resulta fácil dejar la escena… »

(…) Me leía los versos de Jorge Manrique. Es difícil encontrar un poeta español que no haya hablado de la muerte. En el verano de 1938, en Barcelona, hablamos de la situación militar, de la actitud de Francia, y Machado me dijo: «Los extranjeros se equivocan al pensar que los españoles son fatalistas, que aceptan la muerte con resignación. No, nosotros sabemos luchar contra la muerte».

Le he conocido en sus últimos años, en los que ha luchado contra la muerte. Los bombardeos y las incomodidades ledejaban indiferente. No quería dejar Madrid. Fue evacuado a Valencia, como los cuadros del Prado. En Madrid, en Valencia, en Barcelona, escribió sonetos extraordinarios y continuos artículos para la prensa del frente. Pero ello no le impedía pensar sin cesar en la idea de la muerte; en esto, como en tantas otras cosas, era bien español.

(. . . ) Hizo la guerra con su pueblo. Recuerdo que en el Ebro, el comandante de división Tagüeña leyó a sus soldados un texto de Machado. Su voz temblaba de emoción: «La España del Cid, la España de 1808, reconoce en vosotros a sus hijos…

(. . .) Al despedirnos, me dijo:

«Quizá, después de todo, nunca aprendimos a hacer la guerra. Además, carecíamos de armamento. Pero no hay que juzgar a los españoles demasiado duramente. Esto es el final; cualquier día caerá Barcelona. Para los estrategas, para los políticos, para los historiadores, todo estará claro: hemos perdido la guerra. Pero humanamente, no estoy tan seguro… Quizá la hemos ganado. »

Me acompañó hasta la verja del jardín. Me volví y miré a este hombre triste, encorvado, tan viejo como España, este tierno poeta. Y vi sus ojos, tan profundos, que nunca respondían, que, al contrario, siempre preguntaban algo, sabe Dios el qué. . . Lo vi por última vez. Aullaba una sirena. El bombardeo comenzaba de nuevo.

SOBRE «POEMAS ROJOS» DE ALFONSO M, CARRASCO

No faltará quién se escandalice —se estrepite, como se dice en Cuba-— porque yo elogie este libro, lleno de frases gordas, de sarcasmos y de blasfemias. Yo, sin embargo, con entera tranquilidad de conciencia, digo que lo he leído —todo él—- con sumo interés, y no encuentro motivo alguno para la «censura».x

Poemas rojos : Frente de Aragón, desde Septiembre de 1936 a enero de 1938, en la 2 División (1938) – Alfonso M. Carrasco. Prefacio de Antonio Machado ; comentarios del General Miaja, Pasionaria y Ángel Samblanca

Publicación: [S.l.] : Editado por el Comisariado de la 27 División para sus soldados, [1938] (Imp. «La Trinchera»)

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Otron poemario de ALFONSO M. CARRASCO

Alfonso M. Carrasco escribe en los campos de batalla aragoneses. Sus poemas tienen mucho de proyectiles arrojados ala cabeza del adversario, y nadie puede pensar que sea esto impropio de un poeta, soldado al par, y, por suerte, defensor de la causa del Pueblo. Yo creo que Alfonso M. Carrasco siente honda y sinceramente cuanto dice, y que, a su manera aborrascada y violenta, lo dice bien. Cierto que, en sus poemas, abundan las palabras que no suelen imprimirse. Mas, por mi parte, no hay el menor inconveniente en que se impriman, Muchas de ellas se imprimieron en nuestro Siglo de Oro, y todas ellas las oímos de labios de gentes respetables y doctas, proferidas, no sólo en momentos de mal humor, sino, a veces, como expresión de afectos sinceros, y hasta como adorno de narraciones pintorescas. No nos estrepitemos por leer, alguna vez, lo que estamos oyendo todos los días.

En cuanto a las blasfemias, en que abunda el libro de Alfonso M. Carrasco, repetiré una vez más lo que tantas veces he dicho: La blasfemia es un acto de fe: consiste en afirmar la divinidad para faltarle el respeto, y es forma específicamente española de religiosidad. Es España el país donde más y mejor se blasfema. ¿Por qué no han de reflejar alguna vez nuestras letras cultas esta riqueza de nuestro folk-lore?

Me parece bien —dicho sea sin la menor reserva— que Alfonso M. Carrasco pretenda acortar la distancia entre la palabra hablada y la palabra escrita y, en general, que intente acercar la poesía a la guerra, que es lo vital de nuestros días. Joven poeta y noble soldado: adelante irediéz!. . .

Antonio Machado

[¿1938?)

CARTA A ENRIQUE LÍSTER

Barcelona, I de enero 1939 Querido amigo:

Recibo su amable carta y su espléndido regalo. Con toda el alma agradecido a sus hombres.

Sus palabras me conmueven y me llenan de optimismo y esperanza.

Disponga siempre de su buen amigo,

Antonio Machado

CARTA A JOSÉ BERGAMíN

Collioure – Hotel Bougnol – Quintana

—9-2-1939— (Pyr-Or)

Sr. D. José Bergamín

Muy querido y admirado amigo:

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Después de un éxodo lamentable, pasé la frontera con mi madre, mi hermano José y su esposa, en condiciones empeorables (ni un sólo céntimo francés) y hoy me encuentro en Collioure, Hotel Bougnol Quintana y gracias a un pequeño auxilio oficial con recursos suficientes para acabar el mes corriente. Mi problema más inmediato es el de poder resistir en Francia hasta encontrar recursos para vivir en ella de mi trabajo literario o trasladarme a la U. R. S. S. donde encontraría amplia y favorable acogida.

Con toda el alma agradezco los generosos ofrecimientos de esa Asociación de Escritores, muy especialmente los de Mr. Jean Richard Block y el Prof. Cohen, pero temo no solamente quedarme muy aislado como Vd. indica, sino además no disponer de medios pecuniarios para mantenerme con mi familia en esas casas y para trasladarme a ellas. Así, pues, el problema queda reducido a la necesidad de un apoyo pecuniario a partir del mes que viene, bien para continuar aquí en las condiciones actuales, bien para trasladarme a alguna localidad no lejana donde poder vivir en un pisito amueblado en las condiciones más modestas.

Vea Vd. cuál es mi situación de hecho y cuál puede ser el apoyo necesario.

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Con toda el alma le agradezco sus cariñosas palabras: nada tiene Vd. que agradecerme por las mías; son expresión muy sincera, aunque todavía insuficiente de mi admiración por su obra.

Si en estos días cambiásemos de residencia ya se lo haría saber telegráficamente.

Mientras tanto mi residencia es siempre la misma. Le envía un abrazo su siempre suyo.

Antonio Machado

P. D.: Muy afectuosos saludos de mi familia. De Carlos Riba no tengo noticia alguna de que esté en este pueblo.

PRÓLOGO A LOS ESPAÑOLES EN GUERRA, DE MANUEL AZAÑA.

Cuatro Discursos de Don Manuel Azaña; cuatro discursos en que la voz de España suena, desde el más alto peldaño del poder —en Madrid, en Valencia, en Barcelona—, con timbre inconfundible, clara y viril, sin la menor jactancia para ser escuchada por todos: en el frente de combate, más allá y más acá de la línea de fuego, más allá y más acá de nuestras fronteras.

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Nada superfluo encontraréis en estos cuatro discursos. Don Manuel Azaña es maestro en el difícil arte de la palabra: sabe decir bien cuanto quiere decir, y es maestro en un arte más excelso que el puramente literario y mucho más difícil: sabe decir bien lo que debe decirse.

Por una vez, el Presidente de una República en el occidente europeo no es un mero remate decorativo, una máscara inocua encumbrada sobre los trajines de la política activa, mucho menos un dictador encubierto, o el emboscado maquinador de una política de partido.

Una buena enseñanza, entre otras muchas, hemos de sacar de nuestra República, en estos años terribles: España, la tierra de las negligencias lamentables ha sido también el pueblo de los aciertos insuperables: supo elegir su Presidente. Y como la grandeza de los hombres de Estado no puede medirse por la extensión de los territorios en que ejercen su elevada función, el nombre de Azaña quedará en la historia con una significación universal y como una enseñanza inolvidable.

En los días actuales, cuando una ola de cinismo invade el mundo, las figuras de mayor relieve en el centro y el Occidente europeo son políticos de tipo realista, quiero decir que son hombres más o menos profundamente convencidos —yo no quiero dudar aquí de su sinceridad— de la perfecta inanidad de la ética. Yo no creo que estos hombres hayan caído de otro planeta, y que no representen corrientes de opinión más o menos impetuosas de sus pueblos. Estoy convencido de todo lo contrario. Hoy, como ayer, triunfa fácilmente el político cuando pone la vela para ser henchida por el viento que sopla, nunca cuando pretende que sople el viento hacia donde él caprichosamente pone la vela. Desde este punto de vista, la política ha sido siempre un arte de realidades. He aquí lo que siempre ha de separar a los hombres de Estado de los ideólogos puros. Platón naufraga en política, porque sus ideas no podían ser henchidas por los vientos de Siracusa.

Pero existe una realidad española, de la cual es y ha sido nuestra República selección y compendio. El caso de España en nuestros días, como fenómeno histórico, dará mucho que meditar a los reflexivos del porvenir. Cuando la fe pagana en la voluntad de poder alcanza su cenit en Europa, cuando toda razón al margen de las fuerzas ciegas de la naturaleza y del hombre alcanza su máximo descrédito, alienta en España una fe contraria, una creencia invencible en el valor dinámico de lo imponderable. No hay español propiamente dicho que no crea en la profunda eficacia de la moral para la lucha, y que es, precisamente, en la moral donde tiene el hombre sus más erosos resortes polémicos. De otro modo, ¿cómo es posible que Madrid, vendido, desarmado, cercado por fuerzas materiales abrumadoras, y con perfecta conciencia de ello, resistiese un solo día a sus adversarios? ¿Cómo serían posibles los hechos portentosos de Brihuega, de Teruel, de Tortosa, del Ebro? ¿Cómo la insuperable hombría de Barcelona? ¿Cómo la resistencia de dos años heroicos frente a la hostilidad cínica de dos grandes potencias y la emboscada complicidad de otras dos? El español no pierde nunca su fe en la victoria, mientras crea merecerla. De esta fe en la justicia, tan española, tan quijotesca y tan en crisis en otros pueblos, ha brotado ese maravilloso Ejército de la República, que es hoy el asombro y el ejemplo del mundo. Tal es el hecho gigantesco de inigualable trascendencia, que ha perturbado las viejas cuentas de las cancillerías europeas. Esa vela hinchada por los vientos de España, por el aliento de sus hijos, es mucho más firme, mucho más tensa de lo que ellos pensaban. Tal es el pueblo y Don Manuel Azaña el hombre que en la más alta magistratura del Estado lo representa.

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Leed con toda la atención de que seáis capaces los cuatro discursos de Don Manuel Azaña dirigidos a la Nación española. Han sido pronunciados en los momentos más arduos, más decisivos y acaso más gloriosos de nuestra vida. Algún día serán leídos como esencialísimos documentos históricos y se pronunciarán sobre ellos juicios de una madurez a que nosotros no podemos aspirar. Esos juicios tendrán, para acercarnos a un acierto que coincida con la verdad, algunas ventajas sobre nuestros sentimientos y nuestras opiniones: se formularán cuando los hechos de nuestros días, cuajados en lo pretérito, muestren un perfil definido y puedan compulsarse con otras cristalizaciones de lo pasado y, sobre todo, con nuevos acontecimientos que irán saliendo en el transcurso del tiempo de la inagotable caja de sorpresas dc lo futuro. Pen. sad, sin embargo, que esos juicios, más objetivos que los nuestros, no han de ser tampoco definitivos; porque la historia de los pueblos no puede contenerse en silogismos dos. Si hay una lógica de la historia, ella es de tal índole que sus premisas evolucionan a la par que sus conclusiones, porque las perspectivas del tiempo las van constantemente enris queciendo y modificando. Mas pensad, también, que es irnposible revivir lo pasado, y que hay para todos los hechos momentos excepcionales, que en esta ocasión son los nuestros, precisamente aquellos en que los hechos son vividos más que contemplados. No es fácil juzgar un incendio por el mero análisis de las cenizas. Así, nosotros, hombres de España, temporáneos de Manuel Azaña, los que vivimos dentro de este gran incendio que es la guerra española contra facciosos e invasores, somos, en parte, testimonios irrecusables e insustituibles; en parte, testimonios que no pueden omitirse sin desertar de los deberes más elementales. Porque el Presidente de nuestra República, las cien veces legítima república de toda España, ha hablado para la historia, que tanto es el alcance de su voz; pero, por ello mismo, habla en primer término para nosotros, los españoles en guerra, aquellos en cuya conciencia se ha producido la fatal explosión, para quienes, con imprudencia incalificable desataron la guerra, para quienes honradamente y sin vacilaciones han sabido afrontarla, para unos y otros en cuanto profesamos idearios políticos diversos, conceptos distintos sobre el porvenir de nuestra España, para todos los españoles, sin distinción de clases, de partidos ni de banderas, señalando que el hecho monstruoso de la invasión va contra todos, porque pretende abolir totalmente el porvenir de España.

Lejos de mi ánimo la pretensión de menoscabar el prestigio de ningún español que por su propio esfuerzo lo haya merecido. Porque España necesita de todos y ninguna voz española dejará de ser escuchada a su tiempo. Creo, sin embargo, que hay una posición frívola e incomprensiva de muy escaso provecho para el porvenir: la de aquellos españoles que, ante el hecho indudable de la invasión, piensan que puede haber para ellos un puesto enteramente marginal en la contienda, donde les sea dado trabajar para una España futura. No. La España futura, esa tercera España de que nos hablan, o no será nada con el triunfo total de sus adversarios, o se está engendrando en las entrañas sangrientas de la España actual.

La voz de Don Manuel Azaña habla para todos los españoles, allí donde se encuentren: en Madrid, en Barcelona, en París, en Nueva York o en Nueva Zelanda, porque la guerra de invasión va contra todos, y esa voz, no por firme y serena carece de la profunda e intensa vibración de la guerra en España.

Leed los cuatro discursos de don Manuel Azaña, meditad sobre ellos y preguntaos si vosotros también ocupáis el puesto que os corresponde en la contienda.

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Antonio Machado

EL ÚLTIMO DOCUMENTO DE ANTONIO MACHADO PODRÍA SER LA CARTA POR EL ESCRITA EL 19 DE FEBRERO DE 1939, EN COLLIOURE, A SU BUEN AMIGO SANTULLANO.QUE POR SU IMPORTANCIA, AL SER EL ÚLTIMO ESCRITO DE ANTONIO MACHADO, LE DEDICAREMOS UN APARTADO ESPECIAL EN OTRO POST.

POEMA A LEONOR. Autor Miguel Timón Cañadas.

POEMA A LEONOR

Luce el olmo que es movido

por el viento

vagan en el aire

el dolor y el duelo.

Blancas palomas se posan en sus ramas

lo adornan flores rojas empapadas por amor

y le lloran las lluvias amargas

al olivo de Soria sin savia y sin canción.

¿Esqueleto de madera y muerte?

Pero ¿Qué dices tú muerte?

¿Qué el tiempo se para

y queda el alma inerte?

Mentira muerte, mentira

Soria y Machado por ti Leonor respiran

y en una silla de ruedas

vas hacía las estrellas infinitas.

Leonor no te espera la muerte

te espera la vida

al lado de Don Antonio

es tu alma poesía.

¡Cuídame niña! dice el poeta

y la niña con ojos de muerte abandona

este mundo hiriente.

¡Quiéreme niña!

y la niña tiene en los ojos la muerte

al lado del poeta

herido de verte.

De verte enferma y dolida

y la niña cierra los ojos y…

¿Queda la luz encendida?

Al cementerio la llevan,

al cementerio la entierran

la honran y la cuidan.

¿Y qué dices tu muerte

que detrás de ti no hay vida?

Mentirosa, Antonio

te lleva en una silla de ruedas hacia la vida

¡Bien viva hacia las estrellas infinitas!

                                   Miguel Timón  Cañadas

ANTONIO MACHADO. Prosas de la Guerra XVI.

UNA ALOCUCIÓN DE DON ANTONIO MACHADO A TODOS LOS ESPAÑOLES

«No dudéis un momento que traiciona su patria quien se niegue a defenderla contra la invasión extranjera»

En la Patriótica emisión de radio que diariamente se da con el título «La Voz de España», ha sido divulgada la siguiente alocución del ilustre poeta don Antonio Machado:

A todos los españoles: Más de una vez he dicho, y nunca me cansaré de repetirlo, que mi ideario político se ha limitado siempre a aceptar como legítimo solamente el Gobierno que representa la voluntad del pueblo, libremente expresada. He de añadir que la palabra pueblo no tiene para mí una marcada significación de clase: del pueblo español forman parte todos los españoles. Por eso estuve siempre al lado de la República española, cuyo advenimiento trabajé en la modesta medida de mis fuerzas y dentro de los cauces que yo estimaba legales. Cuando la República se implantó en España, como una inequívoca expresión de la voluntad política de nuestro pueblo, la saludé con alborozo y me apresté a servirla, sin aguardar de ella ninguna ventaja material. Si ella hubiera venido como consecuencia de un golpe de mano, como imposición de la astucia o de la violencia, yo hubiera estado siempre enfrente de ella. Yo sé muy bien que dentro de una República se plantean problemas mucho más hondos que el estrictamente político -—son ellos de índole económica, social,• religiosa, cultural, en suma—, y que, dentro de esa República, caben ideologías no sólo diversas, sino hasta encontradas. Pero por muy honda y enconada que sea la lucha, la República conserva su legitimidad mientras la voluntad del pueblo, libremente expresada, no la condene. Por eso cuando un grupo de militares volvió contra el legítimo Gobierno de la República las armas que de él había recibido para defenderla de agresiones injustas, yo estuve, sin vacilar, al lado de ese gobierno desarmado. Sin vacilar, digo, y también sin la menor jactancia; porque creía cumplir un deber estricto. Los profesionales de las armas no eran ya el ejército de España; el ejército de España era entonces, para mí, aquel que el pueblo hubo de improvisar con los mejores de sus hijos; un ejército tan débil e insuficientemente armado por fuera, como fuerte y superabundantemente provisto, por dentro, de razón y de energía moral. Improvisado, digo, con los mejores de sus hijos, y no vacilo en añadir: con un pequeño grupo de voluntarios propiamente dichos, de hombres abnegados y generosos que venían a España, sin la más leve ambición material, a verter su sangre en defensa de una causa justa.

Con todo ello, y convencido de la ceguera, de los errores, de la injusticia de nuestros adversarios, de cuya índole facciosa no dudé un momento, confieso que nunca pude aborrecerlos: con todos sus yerros, con todos sus pecados, eran españoles; y el lazo fraterno, hondamente fraterno de la patria común, no podía romperse ni con la más enconada guerra civil.

Pero se inició el hecho monstruoso de la invasión extranjera. De un modo subrepticio y cobarde, la invasión se produjo, y fue tomando cuerpo y realidad innegable a medida que el tiempo avanzaba. Dos pueblos extranjeros habían penetrado en España para disponer de su destino futuro y para borrar por la fuerza y la calumnia su historia pasada. En el trance trágico y decisivo que hoy vivimos, no puede haber dudas ni vacilaciones para un español. Ya no le es dado elegir bando ni bandería: ha de estar necesariamente con España y en contra de los invasores. Dejemos a un lado la parte de culpa que en la invasión de España hayan podido tener los españoles mismos. Si este pecado existe, si alguien lo cometió conscientemente, es de índole tal que escapa al poder de sanción de todo tribunal humano.

Reparad también en que ni siquiera he hablado de fascismo ni de marxismo. No creo que haya nadie en España que diste más que yo del ideario fascista. Siempre he creído, sin embargo, que, desde un punto de vista teórico, cabe ser fascista sin por ello dejar de ser español. Mas siempre he afirmado que no se puede ser español y entregar el territorio y los destinos de España a la codicia imperialista del fascio italiano o del racismo alemán. No creo que nadie, hoy, en España pueda pretender honradamente que esto sea posible.

Se nos ha calumniado, dentro y fuera de España, diciendo que nosotros también servimos una causa extranjera; que trabajamos por cuenta de Rusia. La calumnia es doblemente pérfida, pero tan grosera, que no ha podido engañar a nadie que no sea perfectamente imbécil. Porque todos saben (están hartos de saber) que Rusia, ese pueblo admirable, que renunció a su imperio para libertar a sus pueblos, no atentó nunca a la libertad de los ajenos y que no tuvo jamás la más leve ambición territorial en España. Esto lo saben todos, aunque muchos disimulen ignorarlo.

Ha llegado el día, hombres de España, de España entera —quiero decir de todos los pueblos hispánicos cuyo territorio está invadido—, en que hemos de reconocer esta verdad inconcusa: nuestro deber más imperioso es luchar por nuestra independencia terriblemente amenazada. Y España es fuerte, mucho más fuerte de lo que piensan nuestros enemigos, porque, como he dicho una vez, y no me importa repetirlo, España no es una invención de la diplomacia extranjera o la resultante de tratados de paz más o menos ineptos. Lleva siglos de vida propia, perfectamente definida por su raza, por su lengua, por su geografía, por su historia y por su aportación a la cultura universal. No dudéis un momento que traiciona a su patria quien se niegue a defenderla contra la invasión extranjera.

El Gobierno de nuestra República, en el ejercicio de un derecho incuestionable, y en el cumplimiento de su más alto deber, ha formulado en el documento del doctor Negrín, de todos conocido, las líneas generales de los fines de guerra para España entera. Nada en ello se prejuzga; nada en ellos implica coacción o amenaza. Todo en ellos significa atención y respeto para todas las buenas voluntades de España. Meditadlo bien. Y escuchad, al par, el dictado de vuestra conciencia. El os señalará el único camino para ser españoles.

22-11-1938

HÉROES DE LA INDEPENDENCIA DE ESPAÑA AGUSTINA DE ARAGÓN

En los años 1808 y 1809, las tropas de Napoleón, que invadían a España, pusieron sitio a Zaragoza. Fue Zaragoza, como todos sabemos, una de las cumbres más altas del heroísmo en aquella guerra por la independencia española, que no fue la primera, como alguna vez se ha dicho, y que tampoco, iay!, iba a ser la última. Los sitios fueron dos: el primero ocurría aproximadamente desde fines de mayo a fines de agosto de 1808; el segundo, desde septiembre de 1808 a fines dc febrero de 1809.

Un viejo cronista de estos sucesos, don Agustín Alcaide Ibicca, escribe en la introducción a su libro sobre los Sitios de Zaragoza, publicado en Madrid en 1830: «Sólo el hecho aislado sorprende. Porque hasta ahora no se había visto en la guerra que una ciudad abierta, situada en una llanura, rodeada de débiles tapias, y lidiando sus habitantes en las calles y plazas a la aventura, llegase como Zaragoza a refrenar los ímpetus de un ejército aguerrido». Reparad en la semejanza de los hechos. Una ciudad abierta y pacífica, ametrallada sin piedad por un ejército poderoso. Una ciudad heroica, asombro del mundo en los principios del siglo, como en nuestros días Madrid y otras ciudades egregias de España. Reparemos también en ciertas leves diferencias. Zaragoza luchaba contra los invasores extranjeros, entre los cuales no había demasiados mauritanos; pero los traidores de casa, contra los cuales luchamos hoy también, estaban entonces casi todos en Bayona, lo que de ningún modo quiere decir que fueran menos despreciables que los de nuestros días. Reparemos también en que el récord de la hipocresía fue batido entonces por un Borbón, que el mingo de la iniquidad lo puso entonces en Bayona Fernando VII, felicitando a Napoleón por sus victorias en nuestra patria, y que actualmente se ha puesto en Londres en el flamante Comité de No Intervención.

Pero volvamos a Zaragoza.

Destaquemos el hecho, objeto de estas líneas. En la mañana del I de julio, el general Verdier, que mandaba las fuerzas francesas, ordenó un ataque despiadado y a fondo sobre toda Zaragoza. Asomaron los franceses por el camino de la Muela y las Eras de Chueca, con objeto de distraer las heroicas fuerzas de nuestro Ejército que ocupaban el castillo y a los bravos escopeteros que mandaba el comandante Sanz, defensores del convento de los Agustinos. Los franceses embistieron con preferencia el Portillo, a cuya puerta había un corto número de defensores, y entre ellos muy pocos artilleros. Fue terrible el estrago y magnífica la defensa de aquel grupo de héroes. Los cañones quedaron abandonados porque sus servidores yacían en el suelo muertos o malheridos. Los franceses habían logrado abrir un boquete por donde entrar. Uno de los artilleros, moribundo, oprimía en su mano una mecha encendida. Pero ya no podía levantarse. Fue entonces cuando se obró la hazaña portentosa que la historia y la leyenda de consuno han inmortalizado con el nombre, hoy sagrado para nosotros, de Agustina de Aragón. En algunos diccionarios buscaréis en vano este nombre con asombro vuestro. Lo han suprimido con el fútil pretexto de que no era exactamente el nombre de la heroína. Ella se llamaba, en verdad, Agustina Zaragoza Domenech. En otros diccionarios más respetuosos con la tradición popular y con la exactitud histórica encontraréis esto: «Aragón (Agustina): Véase Zaragoza Domenech». Con perdón de los unos y de los otros seguiremos llamándola como la llama el pueblo y muchos cronistas de su tiempo: Agustina de Aragón.

Recordemos las palabras de D. Agustín Alcaide Ibieca, testigo presencial de aquellos sucesos, que mereció en su tiempo la honrosa cruz concedida a los defensores de los Sitios. « . . . A esta sazón, las granadas y la bala rasa habían desbaratado nuestras débiles trincheras y dado muerte a los artilleros, lo que difundió el terror y el espanto; y por un impulso casi involuntario, creyendo algunos que iba a ser tomada la batería, extendieron la voz de que habían entrado los franceses, lo cual, oído por una porción de paisanos que concurrían al ataque, como sucedió luego que se trabó el choque retrocedieron y llegaron en pelotón hacia el mercado, a sazón que aparecía el intendente Calvo, quien les hizo retroceder, dirigiéndose hacia la Puerta del Portillo. El temor fue fundado, pero por una de aquellas singularidades que hacen más asombrosa la defensa de los zaragozanos, sucedió que al tiempo que el enemigo, viendo callados los fuegos de batería avanzaba denodadamente, desplegando sus fuerzas con más confianza, Agustina de Aragón, que permanecía en el sitio, movida de un impulso extraordinario, y deseosa de vengar la pérdida de tantos valientes, que entre el día anterior y aquella mañana habían perecido, al mirar que el último artillero expiraba, y que los franceses iban a lograr sus intentos, tomó gallardamente la mecha, y disparando el cañón de a 24n cargado de metralla, causó a los franceses un terrible destrozo y una mortandad extraordinaria.» Tal fue el hecho inmortal, repetido en el segundo sitio por Manuela Sancho y otras heroínas.

Tenia veintidós años Agustina, y era, sin duda, hermosa. ¿Quién podrá dudar de la belleza de una heroína que vive en el alma del pueblo? Acaso no falte erudito que nos demuestre algún día que Agustina de Aragón, o, mejor, Agustina Zaragoza Domenech, no era bella, sino, cuando más, agraciada o vistosa. Porque nunca faltan enemigos de las verdades estúpidas. Para mí, las mujeres como Agustina de Aragón y Manuela Sancho y la condesa de Bureta —como Lina Odena en nuestros días— tienen la belleza moral insuperable, y reclamo el derecho a representármelas sensiblemente como hermosas, sin miedo a que ellas me desmientan o a que el pueblo, en cuya alma viven, me obligue a imaginármelas de otro modo.

Todos sabemos lo que significan los Sitios de Zaragoza en nuestra guerra contra los Ejércitos de Napoleón, invasores de España en 1808. En verdad, la prczza de Agustina de Aragón fue un hecho entre mil no menos portentoso a la luz de esta terrible guerra, de esta gloriosa epopeya que estamos viviendo, en que todo alcanza la grandeza heroica de los zaragozanos de 1808, si es que no la supera (se lucha hoy, en verdad, contra enemigos mucho más poderosos y mucho más viles que entonces), vemos con melancolía que Zaragoza, la inmortal Zaragoza, cuyo solo nombre ha producido siempre en nosotros el escalofrío de la patria, yace hoy silenciosa, abatida, presa de los traidores de casa y de los invasores extranjeros. En verdad, Zaragoza no ha sido tomada desde fuera, sino sencillamente, vendida desde dentro, como otras muchas invictas ciudades de España. Por fortuna, somos ya muchos los que pensamos que Zaragoza no ha dicho todavía su última palabra.

0-12-1938

A LOS VOLUNTARIOS EXTRANJEROS

Despedida de España de un miliciano.

Brigadistas Chinos

Cuanto hay de trágico en la gesta española de nuestros días culmina en el hecho de que hayan de abandonarnos nuestros mejores amigos, los hombres abnegados y generosos, como Jorge Hans —cito un nombre egregio en representación de toda una legión de héroes—, que han combatido por un ideal de justicia y por la España auténtica, frente a los traidores de nuestra casa y a los mercenarios y serviles, obedientes a la perfidia reaccionaria de dentro y a las iniquidades codiciosas de fuera.

Brigadistas Jugoeslavos

Ellos, los voluntarios por excelencia, se marchan porque así lo exigen altísimas razones de Estado.

Con su ausencia, en efecto, queda algo que nadie puede poner en duda. España lucha sola, completamente sola, contra la invasión extranjera: contra los sediciosos, desnaturalizados por su propia conducta, y las tropas que, cobarde y subrepticiamente, han introducido en España dos grandes naciones tan poderosas como envilecidas por sus dictadores.

Brigadistas mexicanos

Nuestros peores enemigos han entrado todos por las puertas de la traición. Frente a ellos se yergue solitaria la hombría española, envuelta en los férreos harapos de nuestro Don Quijote, pero bañada en luz, toda vibrante de energía moral.

Brigadistas judíos.

No es sólo la disciplina -—-que ya sería bastante en estos días de guerra—, es también, sobre todo, una profunda convicción la que me lleva a aceptar como español, y aplaudir sin reservas, el gesto y las palabras del doctor Negrín. Pero un deber de gratitud no menos imperioso, y un impulso cordial no menos sincero, dictan también estas palabras: Amigos muy queridos, compañeros, hermanos: la España verdadera, que es la España fiel al Gobierno de su República, nunca podrá olvidaros. En su alma lleva escritos vuestros nombres: ella sabe muy bien que el haber merecido vuestro auxilio, vuestra ayuda generosa y desinteresada, es uno de los más altos timbres de gloria que puede ostentar.

Antonio Machado, 1938

DESCANSO y VACACIONES 2020.

Hoy es 17 de agosto de 2020. Durante los próximos diez días, hasta el 26 de agosto, estaré de vacaciones, descansando para retornar con nuevas motivaciones y dispuesto a seguir añadiendo trabajo a este blog «machadiano». Gracias por la atención recibida en estos siete meses y medio pasados. Espero seguir contando con vuestro interés por los temas relativos a la «saga Machado» y en particular a nuestro poeta ANTONIO MACHADO.

Manuel Álvarez Machado

Madrid, 17 de agosto de 2020

ANTONIO MACHADO. Prosas de la Guerra, XV.

ANTONIO MACHADO, EL CREADOR DE JUAN DE MAIRENA, SIENTE Y EVOCA LA PASIÓN ESPAÑOLA.

El gran poeta recuerda su obra y su vida, tan llena de silencioso trabajo. Comparte la Pasión que anima al pueblo en la defensa de la Independencia.

Ser poeta, es quizá fácil. Pero ser poeta y seguir siendo hombre en la más elevada alcurnia del concepto es, a lo que vemos, coyunda difícil de lograr. Tal, sin embargo, el caso de «nuestro» Antonio Machado. Mientras algunos versificadores convierten a las musas que les son propicias en coquetas meretrices, que han de aportarles diariamente los honores y las influencias logrados con la venta de sus gracias, Antonio Machado —honra de España, a la que sirve con devoción exquisita de hijo amantísimo—-, guarda para su inspiración sus más fervorosos respetos. Cuando nos acercamos a él y estrechamos su mano —-una mano llena de nobleza, de sencillez y de cordialidad—, lo hacemos un tanto cohibidos y respetuosos, sabedores de que esta figura que tenemos ante nosotros es uno de los más altos símbolos de esta España transida de dolor. Y es su palabra —acento andaluz, limpia sintaxis castellana— la que con su calor de humanidad va fundiendo el hielo de nuestra timidez.

—Mi vida —dice— es sencilla y modesta. Aunque sevillano de origen (nací en el Palacio de las Dueñas, el año 1875), me eduqué en Madrid, adonde fui cuando apenas tenía siete años de edad. Estudié en la Institución Libre de Enseñanza y tuve por maestros a Giner de los Ríos, Cossío y Salmerón, teniendo como condiscípulo a Besteiro. No es difícil, por tanto, deducir que mi formación había de ser liberal y republicana, que por otra parte había de coincidir con la historia política de mis antepasados, ya que mi padre y mi abuelo eran republicanos fervorosos.

—Entonces, ¿su relación con la generación del 98. . . ?

—Soy posterior a ella. Mi relación con aquellos hombres —Unamuno, Baroja, Ortega, Valle-lnclán— es la de un discípulo con sus maestros. Cuando yo nací a la vida literaria y filosófica, todos aquellos hombres eran valores ya cuajados y en sazón.

—¿Sus primeras colaboraciones?

—Yo, de siempre, he escrito relativamente poco en periódicos, habiéndome dedicado con preferencia al libro y a la revista. Recuerdo, no obstante, que allá por el año 96 colaboré en un periódico de Madrid, que se llamaba «La Caricatura». Luego escribí en «El País» y más adelante en aquellos inolvidables «Lunes del Imparcial».

—¿Y su labor teatral?

—Esta ha sido muy posterior. Mi labor teatral se ha desarrollado a partir del año 24. Comenzó por unos arreglos del teatro antiguo y por una traducción del Hernani de Víctor Hugo. Después, en producción ya original, hice elJulianillo Valcárcel, que, por cierto, estrenó María Guerrero en su último beneficio, Juan de Mañara, Las Adelfas, La Lola se va a los Puertos, que es la que mayor éxito de público ha tenido, y, por último, ya proclamada la república, La prima Fernanda y La Duquesa de Benamejí, estrenada por Margarita Xirgu.

Recordamos a Machado cómo toda su obra poética está influenciada por dos temas preferentes: el tema castellano —sobrio y austero-— y el tema andaluz, más lírico e impregnado de sabor popular.

—No es extraño —responde—. Soy hombre extraordinariamente sensible al lugar en que vivo. La geografía, las tradiciones, las costumbres de las poblaciones por donde paso, me impresionan profundamente y dejan huella en mi espíritu. Allá, en el año 1907, fui destinado como catedrático a Soria. Soria es lugar rico en tradiciones poéticas. Allí nace el Duero, que tanto papel juega en nuestra historia. Allí, entre San Esteban de Gormaz y Medinaceli, se produjo el monumento literario del poema del Cid. Por si ello fuera poco, guardo de allí el recuerdo de mi breve matrimonio con una mujer a la que adoré con pasión y que la muerte me arrebató al poco tiempo. Y «viví y sentí» aquel ambiente con toda intensidad. Subí, a Urbión, al nacimiento del Duero. Hice excursiones a Salas, escenario de la trágica leyenda de los Infantes. Y de allí nació mi poema de Alvargonzález.

—¿Inspirado, acaso, en alguna tradición popular?

—No. El poema es, ante todo, creación mía. En mis correrías por los pueblos y sierras de España no he descubierto el rastro de ningún viejo romance desconocido. En España, toda la tradición poética está descubierta ya y vertida en el Romancero, y sólo pueden hallarse, a lo sumo, algunas variantes de los romances ya conocidos…

—¿Y el tema andaluz?

—Éste tiene en mí dos orígenes. De un lado, una tradición familiar que vive entre Sevilla y los Puertos. De otro, mi traslado desde Soria a Baeza, donde permanecí siete años. Y aquí, lo mismo que en Castilla antes, mi contacto íntimo con la masa popular —seguía gustándome mi manía andariega y perderme entre las serranías—, produjo esas composiciones a que se refiere. En Castilla empleé el romance, que buscaba el entronque con nuestros viejos poemas de gestas; en Andalucía fue el cantar, la composición breve, concisa, sentenciosa, de sabor popular, que refleja el modo de ser de aquellas gentes…

Hace una pausa en la charla, y continúa:

—Por cierto que allí conocí, hace ahora veintiún años, a García Lorca. Era entonces un chiquillo e iba de excursión artística, no en busca de temas poéticos, sino de motivos musicales populares, pues ya sabe usted que Lorca era excelente músico. iPobre Lorca! Muchos años después, implantada la República, supe que había hecho un ligero arreglo de mi Alvargonzález para que lo representara el cuadro de «La Barraca».

Deliberadamente, iniciamos un tema que sabemos grato al maestro:

—¿Podría decirnos algo de Juan de Mairena?

Primera edición, junio 936
Primera edición, junio de 1936.

—¿Juan de Mairena? Sí. . . Es mi «yo» filosófico, que nació en épocas de mi juventud. A Juan de Mairena, modesto y sencillo, le placía dialogar conmigo a solas, en la recogida intimidad de mi gabinete de trabajo y comunicarme sus impresiones sobre todos los hechos. Aquellas impresiones, que yo iba resumiendo día a día, constituían un breviario íntimo, no destinado en modo alguno a la publicidad, hasta que un día… , un día saltaron desde mi despacho a las columnas de un periódico. Y desde entonces, Juan de Mairena —que algunas veces guarda sus fervorosos recuerdos para su viejo profesor Abel Martín—, se ha ido acostumbrando a comunicar al público sus impresiones sobre todos los temas. . .

     Sigue sonriendo Machado, feliz cuando se le habla de este hijo    de su ingenio, y a preguntas nuestras responde:

—Juan de Mairena es un filósofo amable, un poco poeta y un poco escéptico, que tiene para todas las debilidades humanas una benévola sonrisa de comprensión y de indulgencia. Le gusta combatir el «snob» de las modas en todas las materias. Mira las cosas con su criterio libre-pensador, un poco influenciado por su época de fines del siglo pasado, lo cual no obsta para que ese juicio de hace veinte o treinta años pueda seguir siendo completamente actual dentro de otros tantos años.

Rozamos, por último, el tema político actual.

—Jamás —-nos dice— he trabajado tanto como ahora. De ser un espectador de la política he pasado bruscamente a ser un actor apasionado. Y el motivo que me ha hecho, a mis años, saltar a este plano ha sido el de la invasión de mi patria. i España, mi España, a punto de ser convertida en una colonia italiana o alemana. . . ! La sola posibilidad de hecho semejante hace vibrar todos mis nervios y conduce mi pluma sobre las cuartillas, despertando energías insospechadas y rebeldías que creía apagadas para siempre. No. No puede ser y no será. A España no se la domina. Mucho menos, por complacer a un puñado de traidores…

       A la estancia llega la madre del poeta. Una anciana y venerable dama que se desliza quedamente, en silencio, con la ingravidez de un pájaro. Entran unas chicuelas, alegres y revoltosas, que recuerdan al maestro que es la hora del yantar. Y la mano de Antonio Machado vuelve a tenderse hacia nosotros con nobleza, sencillez y cordialidad..

8-10-1938

GLOSARIO DE LOS 13 FINES DE LA GUERRA

Requerido el ilustre escritor don Antonio Machado para intervenir en la encuesta abierta para glosar por radio los trece puntos del Gobierno Negrín, ha escrito, con respecto al duodécimo de dichos postulados, lo siguiente:

Los trece puntos del Gobierno de la República. Con esta denominación, designa ya la fama, dentro y fuera de España, una declaración de los propósitos de nuestra guerra, que contiene, al mismo tiempo, los fundamentos de toda una Constitución política, en la cual resplandecen dos grandes virtudes: la de mirar al mañana y la de recoger lo mejor y más esencial de la tradición española.

Yo siento mucho no haber meditado bastante sobre política. Pertenezco a una generación que se llamó a sí misma apolítica, que cometió el grave error de no ver sino un aspecto negativo de la política, de ignorar que la política podía ser algún día una actividad esencialísima, de vida o muerte, para nuestra patria. No es extraño que no sea un hombre de mi quinta, sino de otra posterior, el doctor Negrín, quien tiene hoy la gloria de interpretar, en plena guerra, la voluntad política de España, en un documento que ya la Historia ha hecho suyo, y que merece el respeto y la admiración de todos. Cábeme la profunda satisfacción de no haber sido totalmente recusado en mi vejez por los pecados de mi juventud, de que todavía se quiera escuchar mi voz, cuando tantas otras, justamente autorizadas, tienen la palabra.

«El Estado español —se dice en el punto duodécimo—- se reafirma en la doctrina constitucional de renuncia a la guerra como instrumento de política nacional. España, fiel a los Pactos y Tratados, apoyará la política simbolizada en la Sociedad de Naciones, ratifica y mantiene los derechos propios del Estado español, y reclama, como Potencia mediterránea, un puesto en el concierto de las naciones, dispuesta siempre a colaborar en el afianzamiento de la seguridad colectiva y de defensa general del país. Para contribuir de una manera eficaz a esta política, España desarrollará e intensificará todas sus posibilidades de defensa. »

       Reparemos en el contenido de este párrafo esencialísimo sin pretender completarlo, porque su análisis completo requiere muy hondas meditaciones, que se exceden en mucho a nuestra capacidad de reflexión. Con toda energía, se hace constar en él que el Estado se reafirma en una doctrina constitucional: la de Constitución que debe ser sagrada para nosotros, la Constitución cien veces legítima de España, votada en unas Cortes Constituyentes como expresión inequívoca de la voluntad política de la nación, precisamente la Constitución hollada, ultrajada y pérfidamente combatida por militares facciosos que se alzaron en armas contra ella. . . No lo digo bien; procuraré expresarme con más exactitud. Los militares no se alzaron en armas contra la Constitución, se alzaron con las armas, cobarde y subrepticiamente, para dejarla totalmente indefensa, aunque, por fortuna, los heroicos puños del pueblo supieron defenderla, la están defendiendo todavía.

       De modo que el gobierno de la República, en el párrafo duodécimo del documento que analizamos, no promete novedades para ponerse a tono con circunstancias políticas que pudieran serle propicias, sino que se afirma en la doctrina constitucional, que representa la evolución histórica de su pueblo, en el momento en que la traición de dentro y la codicia de fuera surgieron en su camino.

       «El Estado español se reafirma en la doctrina constitucional de renunciar a la guerra como instrumento de política nacional.» Esto quiere decir, y lo dice muy ciertamente, que España renuncia para siempre a toda ambición imperialista, a todo ensanchamiento territorial debido a la violencia. Esta declaración pudiera parecer superflua al pensamiento superficial, pero de ningún modo lo es, porque España, reducida al dominio de su metrópoli, que actualmente se le disputa, ha sido un gran Imperio, y la nostalgia de volver a serlo tendría en ella razones psicológicas muy hondas, que otros muchos pueblos no podrían invocar. Pero España, en su Constitución y en el magnífico documento del doctor Negrín, no las invoca, porque está mucho más allá de ellas. España es, en el fondo, fiel a su historia, al hacer hoy, mutatis mutandis, lo que ha hecho siempre: dar más que recibe. España ha sido, en efecto, un pueblo de conquistadores; América es su gesta inmortal. Pero España no ha conquistado nunca para sí misma, no ha sido nunca un pueblo de presa, como lo han sido otros muchos. Sus conquistas en América van precedidas del descubrimiento de un continente, de todo un mundo nuevo. ¿Qué representan unas cuantas batallas ganadas a los indios por nuestros capitanes, ante aquella ingente labor exploradora, de adentramiento y de aventuras en países desconocidos, bajo climas crueles, ante aquella lucha gigantesca contra una naturaleza hostil, inhóspita, abrumadora? La gran gesta española es la conquista de la naturaleza, si queréis, de la geografía para la Historia.

Nunca invocó España ——a la manera de los totalitarios—- la virtud de la fuerza para el dominio de los hombres. Se podrán discutir sus razones y sus ideales, de ningún modo su posición ética; porque siempre ha creído servir a una causa más alta que su propio egoísmo.

Cuando el doctor Negrín, en el número doce de su escrito, declara que España renuncia a la guerra como instrumento político, hace una afirmación españolísima, que autoriza y confirma lo más esencial de la tradición española.

«España, fiel a los Pactos y Tratados, apoyará la política simbolizada en la Sociedad de Naciones que ha de presidir siempre sus normas.» Reparemos en que cuando el doctor Negrín habla de la Sociedad de Naciones, ha sido, en efecto, creada para fines tan altos como de ponerse a todos los pueblos bajo el imperio de la justicia, de ningún modo para coadjuvar al exterminio de los débiles para conservar el equilibrio de fuerzas antagónicas entre los fuertes. La política que ella simboliza, de bueno o del mal grado, nada tiene que ver con el estado empírico de ese organismo de opereta justamente desacreditado en nuestros días.

       «España —continúa el documento—- ratifica y mantiene los derechos propios del Estado español, y reclama, como Potencia mediterránea, un puesto en el concierto de las naciones, dispuesta siempre a colaborar en el afianzamiento de la seguridad colectiva y de defensa general del país.» En los momentos que vivimos, cuando se lucha en defensa de los derechos inalienables, no huelga de ningún modo invocarlos, puesto que no falta quien, ciega y bárbaramente, pretende desconocerlos para atropellarlos. España es, en efecto, potencia mediterránea por su posición geográfica, por virtud de su historia y por razones étnicas de todos conocidas. Cuando, a título de tal, reclama un puesto en el concierto de las naciones, no tiene ninguna pretensión usuraria, ninguna ambición desmedida. Fiel a su historia, no expresa ningún propósito de hegemonía sobre las naciones de Europa. Porque España, este vasto promontorio del Occidente europeo, gran escudo de Europa durante ocho siglos; España, por quien existen potencias oceánicas y mundiales, ha dado siempre —repito–— más de lo que ha recibido, y este sentido generoso de su actuación en la Historia no lo ha perdido nunca. A cambio de tanta nobleza —digámoslo de paso—- España ha sido víctima de las mayores calumnias; porque hasta el título de europea se le ha negado. Quienes, con total desconocimiento de la Historia y de la geografía, sostienen que el África empieza en los Pirineos, olvidan que en los Pirineos no empieza, sino que en ella acaba el gran baluarte de la Europa occidental, erizado de sierras y poblado de pechos indomables, merced a los cuales Europa es Europa. Olvidan quienes pretenden disminuir a España como potencia en el mar latino que cuando España había descubierto y daba su sangre a un continente más allá del Atlántico, conservó Venecia la hegemonía del Mediterráneo con la ayuda de España, y que merced a España triunfadora en Lepanto, no fue el Mediterráneo un lago totalmente entregado a las amenazas del poderío turco y a las piraterías berberiscas. Miguel de Cervantes, el más egregio soldado en las galeras de España y el más ilustre cautivo europeo que tuvo Argel, viene hoy a nosotros para decirnos: «En verdad que ese título de potencia mediterránea no se lo hemos robado a nadie. »

«Para contribuir de una manera eficaz a esta política —termina el párrafo duodécimo—— España desarrollará e intensificará todas sus posibilidades de defensa.» Oídlo bien, amigos muy queridos de Francia y de Inglaterra, porque España no habla el lenguaje equívoco y perverso de las Cancillerías: «todas sus posibilidades de defensa y ninguna de sus posibilidades de agresión». Oídlo también vosotros, mal encubiertos enemigos de la España leal, encaramados en el poder de dos pueblos amigos, que de ningún modo pueden ser enemigos nuestros.

  La defensa que España quiere desarrollar e intensificar, no es sólo la suya, itan legítima!; es también la que vosotros tenéis abandonada en provecho de nuestros comunes enemigos, que son los más implacables enemigos nuestros. Fiel a su Historia, fiel a su tradición, siempre generosa, la España leal al Gobierno de su gloriosa República, no sólo defiende la integridad de su territorio y el derecho a disponer de su propio destino: defiende también, y sobre todo, la hegemonía de las dos grandes democracias del Occidente europeo, la llave de un imperio civilizador, las rutas marítimas de otro gran pueblo orgullo de la Historia; y las defiende contra los poderes demoníacos de las llamadas potencias totalitarias, contra la barbarie que amenaza anegar el mundo entero.

Bajo las bombas asesinas de los totalitarios, jurados enemigos del género humano, bajo un diluvio de iniquidades y en plena refriega, España ha tenido el ánimo sereno, la inteligencia clara y el pulso firme para escribir un documento en el cual, sin odios ni jactancias, se expresa la voluntad política de un pueblo. Y no digo más, porque mi deber estricto se limita a comentar el párrafo doce. Otros mejores que yo os hablarán de los demás. 

                                                                  3-11-1938

CARTA A MARÍA LUISA CARNELLI

Querida y admirada amiga:

Me anuncia usted su viaje a la Argentina, donde va usted a organizar los trabajos de solidaridad con España. Yo le deseo el más feliz arribo a su patria, y el más rápido también, si ello ha de amenguar el tiempo de su ausencia.

Como usted lleva a España consigo, me parece redundante pedirle que lleve también a la Argentina, a esa gran República, un mensaje español con una carta mía. Soy yo, además, muy poca cosa para asumir la representación de algo tan grande como es la España de hoy. Pero sí me atrevo a suplicarle que lleve a sus compatriotas, de parte mía, el abrazo fraterno de un español que, en los momentos actuales, cree estar en su puesto cumpliendo estrictamente su deber. Usted sabe muy bien, porque lo ha visto con sus propios ojos, que España está invadida por el extranjero; que, merced a la traición, dos grandes potencias han penetrado en ella subrepticiamente, y pretenden dominarla para disponer de su destino futuro, para borrar por la fuerza y la calumnia su historia pasada. En el trance trágico y decisivo que vivimos, no hay para ningún español bien nacido, opción posible, no le es dado elegir bando o bandería, ha de estar necesariamente con España, contra sus invasores extranjeros y contra los traidores de casa. Carezco de filiación de partido, no la he tenido nunca, aspiro a no tenerla jamás. Mi ideario político se ha limitado siempre a aceptar como legítimo solamente el gobierno que representa la voluntad libre del pueblo. Por eso estuve siempre al lado de la República Española, por cuyo advenimiento trabajé en la medida de mis fuerzas, y siempre dentro de los cauces que yo estimaba legítimos. Cuando la república se implantó en España como una inequívoca expresión de la voluntad popular, la saludé con alborozo y me apresté a servirla, sin aguardar de ella ninguna ventaja material. Si hubiera venido como consecuencia de un golpe de mano, como

una imposición de la fuerza, yo hubiera estado siempre enfrente de ella. Cuando un grupo de militares volvió contra el legítimo Gobierno de la República las armas que éste había depositado en su ejército, yo estuve, incondicionalmente,

al lado del gobierno, sin miedo a la potencia de aquellas armas que traidoramente se le habían arrebatado. Al lado del gobierno y, por descontado, al lado del pueblo, del pueblo casi inerme que era, no obstante la carencia de máquinas guerreras, el legítimo ejército de España. Cuando se produjo el hecho monstruoso de la invasión extranjera, tuve el profundo consuelo de sentirme más español que nunca: de saberme absolutamente irresponsable de la traición. Por desgracia se habían confirmado mis tristes augurios: quienes traicionan a su pueblo dentro de casa trabajan siempre para cobrar su traición en moneda extranjera, están vendiendo al par su propio territorio. Y en verdad no es mucho vender el propio territorio cuando antes se ha vendido al hombre que lo labra. Lo uno es consecuencia inevitable de lo otro.

       Se nos ha calumniado diciendo que trabajamos por cuenta de Rusia. La calumnia es doblemente pérfida. Rusia es un pueblo gigantesco que honra a la especie humana. Nadie, que no sea un imbécil, podrá negarle su admiración o su respeto. Pero Rusia, que renunció a toda ambición imperialista para realizar en su casa la ingente experiencia de crear una nueva forma de convivencia humana, no ha tenido jamás la más leve ambición de dominio en España. Rusia es por el contrario el más firme sostén de la independencia de los pueblos. Si ha sabido, en su gran Revolución, libertar a los suyos, ¿cómo ha de atentar a la libertad de los ajenos? Esto lo saben ellos —nuestros enemigos— tan bien como nosotros, aunque simulan ignorarlo.

       Por fortuna, hoy sabemos que nuestros adversarios no son tan fuertes como ellos creen, porque entre todos ellos no hay un átomo de energía moral. Porque ellos no pueden dudar de su propia vileza, están moralmente vencidos; y lo estarán en todos los sentidos de la palabra cuando refluya la ola de cinismo que hoy invade a la vieja Europa.

       Y no quiero seguir. De españolismo, querida amiga, nada tiene usted que aprender de mí. Usted sabe muy bien que los enemigos de España son enemigos de todas las Españas.

       Lleve usted a los suyos un saludo fraterno y la expresión de una gratitud infinita. Su amigo que la admira.

                                                         Barcelona, 19-11-1938

MANUEL MACHADO. Sus primeros poemas publicados III

MANUEL MACHADO

Sus primeros poemas publicados III. 1892.

Con este tercer artículo sobre los primeros versos de Manuel Machado terminamos esta serie sobre los poemas publicados durante 1892 y 1893 en la revista EL ALBUM IBERO AMERICANO.

Ahora hacemos referencia a dos poemas publicados el 14 de noviembre de 1892 y el 14 de diciembre del mismo año. La peculiaridad de estos poemas es que ambos fueron incorporados en 1894 en el libro TRISTES Y ALEGRES que Manuel Machado publicó con su amigo Enrique Paradas, en esa fecha y en la Colección de poesías con una contera de Salvador Rueda, MADRID, IMPRENTA Y LITOGRAFÍA LA CATALANA, 1894, [pág. 9-123 Manuel Machado] [pág. 125 a 239 Enrique Paradas].

14 de noviembre de 1892

14 de diciembre de 1892

RUINAS

ESTO de antiguos

hogares caídos de su

grandeza, se alzan entre

la maleza de un castillo

los sillares. Llora el viento sus

pesares. de las torres al huir, y él,

oyéndolo gemir, es, á la hiedra

abrazado, algo así… como el

pasado deteniendo al porvenir.

iCuántos años han huido,

desde que pasó la vida por su piedra

ennegrecida … y su puente demolido!

¡Si allá la torre un recuerdo perdido cruza

como unz saeta, rozando la silueta de

la torre, solo está en la nota que se va

……. de la lira de un poeta!

En su carrera anhelante, el

mundo de el se olvida, y adelante va

la vida, siempre gritando: ¡adelantel

… Adiós, recuerdo gigante de

aquel pasado glorioso… Vuela el

tiempo presuroso, ……., y entre

escombros y maleza hará caer tu

grandeza dentro de tu mismo foso.

MANUEL MACHADO.

14 de diciembre de 1892

AL PORVENIR

AL PORVENIR

(ODA)

     No más que del pasado en los loores,            

el sonoroso acento          

vibrar hacéis de ja armoniosa lira?

                 ¿No más, sabios cantores,

                 cuando pidiéndoos á su curso aliento,

                 ya desde el horizonte el tiempo os mira?

¿Esclavas del olvido

                 no más las horas que pasaron, canta

                 la ardiente inspiración? ¿Por qué, atrevido,

                 ráudo, el vuelo, decid, no se levanta,

                 el misterioso arcano,

                 á sorprender, del porvenir cercano?

           ¿Cuándo la vencedora fantasía

               pudo temblar ante la lumbre pura

               del refulgente sol?… iNoche es el día,

               al divino arrebol de su hermosura.

               ¡Ella, las alas al tender, el trono

               de Dios estremeció! Y el térreo yugo,

               del tiempo y el espacio,

               cuando arrojar le plugo,

               sacudi6 vigorosa,

               ¡y traspasó los cielos victoriosa!

                ¡Ah! ¿Tan noble poder, tan fuerte brío,

                marcado á un cauce sujetarse puede,

                como obediente el río,

                esclavo de los valles? ¡No!.,. ¡No cede

                su libertad el águila altanera

                al tardo paso, á su volar el viento,

                ni al aire en su carrera el pensamiento!

                     Tal vez, de amor al enervante lazo,

                     la lira, cede, que el pasado canta,

                     ó cl presente veloz… En dulce abrazo,

                     el recuerdo á vosotros se levanta,

                     con las dichas del ayer… Mas ¡hay! ¿Qué dicha

                     puede haber, si los ojos,

                     que enriqueció la luz, ven los tiranos

                     en el solio reir? ¡Si, en llanto rojos

                     la guerra ven, oh crimen! ¡Y la muerte

                     ¡que ciego el hombre, entre los hombres vierte!

                    ¡Saturado de luz, cl claro cielo

                    rebosa de alegría,

                    de gloria y de consuelo

                    á los mortales regalando el día! Ç

                    ¡Ay! que, á tanta hermosura

                    su horrorosa fealdad contraponiendo…

                    no el crimen, no la infamia, de una idea

                    á ahogar, cobarde, el invencible vuelo

                    con la vida del mártir generoso

                    un cadalso en la plaza se levanta.

                    …¿Cómo la tierra Io sostiene? ¡Vedle!

                    La multitud, atónita, se espanta

                    y agita conmovida,

                    viendo al reo subir… ¡Gime y se aterra,

                     y de pavor, también, sobrecogida,

                    .siente enfriar su corazón la Tierral

                    «Mira en redor el desdichado un punto…

                    y animando su faz. . . alzarse quiere…

                   ¡Tal vez los ojos de su amada!.., El torno

                   tuerce el verdugo, y muere.

                   ¡Bárbara iniquidad! ¿Las tempestades,

                    de su horrible furor, mudas retienen?  

                   ¿Cómo la luz en fuego no se trueca

                   y las ondas del mar, fieras no vienen?

                   ¿Cómo el conjuro aterrador, no alcanza

                   la horrible destrucción? ¡Y el Dios del rayo,

                   dó está, que no se lanza

                   sobre los aquilones furibundos,

                   y, en la ira ardiendo de fatal venganza,

                   troncha en su mano el eje de los mundos!

                     Cantad vosotros la inmortal victoria

                     del futuro feliz. En él fulgura

                     la eterna libertad, en él, la gloria,

                     de la paz bendecida y su dulzura.

                     Contad las horas que vendrán. ¡El día

                     que sólo padre del trabajo sea

                     y cl sol, con su alegría,

                     tan sólo amor sobre la tierra vea!

                     Pedid, pedid el encantado acento

                     al mágico silencio de la noche,

                     que os convida á cantar… Vibre sonante

                     la melodiosa lira, libre porvenir alegre, cante!

           «Ellos, dirán, nuestro nacer miraron

                    á través de los siglos, y cl camino,

                    con su diestra inmortal, nos señalaron,

                    rompiendo las cadenas del destino,

                    tirano de los hombres,»

                    ¡Loor á su memoria!

                    …Y el tiempo pasará por vuestros nombres

                    besando el arrebol de vuestra gloria!

                Ya, de las ansias mil, ya, del deseo,

                las antes afanosas

                y vanas ilusiones,

                que burlaba la luz, ora, gloriosas,

                en realidad trocaron sus visiones

                y á los ensueños de la noche fria

                dió ser la luz del arrogante día!

                ¡Cantad, vates, cantad! Eco sonoro

                recogerá vibrante

                de la inspirada lira

                el sagrado loor. La luz gigante

                que alumbra el porvenir en él descubre

                al genio sus magníficas creaciones.

              Ved en sus manos el destino preso.

              Rendido el mar, Del aire en las regiones

              la gravedad vencida.

                    Ah. ¡Todo en él!… iEn él! ¡A la memoria

                     cuanto digno fué de ella dió el pasado

                    cantad, cantad el porvenir! La gloria

                    que en él sus luces generosa vierte…

                    ¡Vates! ¡La eternidad no está en la muerte!

                    MANUEL MACHADO

Sevilla a mediados de 1800

Sevilla a finales del sifglo XiX

Curiosidad: el 20 de enero de 1904 se reproduce en “Albúm Ibero-americano” el poema ya entonces conocido, FELIPE IV, que Manuel Machado había publicado en su primer libro «Alma», en 1902, aunque …. desconocemos la fecha en que realmente fue escrito.

La anécdota consiste en que sus conocidos y amigos, Francisco de Paula de Flaquer y Concepción Gimeno de Flaquer, propietarios y directores de la revista «Albúm Ibero-Americano», en el que ya había publicado en 1892, con 18 años recién cumplidos y cuando apenas era conocido en el mundo literario, publican en este número de la revista el poema indicado, bajo la firma de Juan Machado.

MANUEL MACHADO. Sus primeros escritos publicados II. 1892 y 1893.

MANUEL MACHADO.

Sus primeros poemas publicados II. 1892 y 1893.

 

En este segundo artículo reproducimos dos poemas, cada uno en número diferente de la revista «EL ALBUM IBERO AMERICANO», de 7 de diciembre de 1992 y 14 de enero de 1893 respectivamente.

Como los dos poemas de Manuel Machado indicados en el artículo anterior, éstos que ahora pasamos a reproducir no volvieron a ser publicados posteriormente, por lo que, salvo error por nuestra parte, deben ser considerados como poemas recuperados, y desde luego, entre los primeros escritos y publicados por nuestro poeta sevillano.

Y resaltamos su origen sevillano por ser a esta ciudad la dedicatoria y el título del poema de enero de 1893: «A Sevilla».

El primer poema, el publicado en diciembre de 1892, lleva el título: «A España en el siglo XIX».

EL ALBUM IBERO AMERICANO

7 de diciembre de 1892

En breve transcribiremos el poema para una fácil lectura.

EL ALBUM IBERO AMERICANO

14 de enero de 1893

SEVILLA EN 1890
TRIANA, JUNGTO AL RIO. HACIA 1890