ANTONIO MACHADO. Prosas de la Guerra XII.

APUNTES DEL DÍA

I

Los políticos conservadores de Inglaterra no están, a mi juicio, a la altura de su misión. Cuando los ingleses, tardos pero seguros, se enteren, pedirán estrecha cuenta a sus gobernantes. ¿Llegarán a tiempo de evitar la gran catástrofe del Imperio Británico? He aquí el problema que nos planteamos los viejos amigos de Inglaterra, nosotros, por quienes Chamberlain no ha de quemarse nunca los dedos. Porque nosotros pensábamos que el control inglés en el Mediterráneo apuntalaba nuestra independencia, nos prestábamos a ser el contorno benévolo y los guardianes inermes de la más importante llave del Imperio: Gibraltar. Por una ceguera incomprensible y miedo a una revolución fantástica que, aun siendo real, nunca amenazaría los altos intereses de Inglaterra, los viejos conservadores ingleses han hecho, hacen y aun parece que pretenden seguir haciendo todo lo posible para perder esa llave, para hacerla pasar al bolsillo de sus enemigos más encarnizados. Ellos pretenden ser políticos realistas. Pero alguien sostiene que Gibraltar está rodeada de cañones, que nosotros no hubiéramos emplazado nunca; de bases aéreas, terrestres y marítimas, más o menos disfrazadas, y que Inglaterra no es ya la dueña del Estrecho. Para recobrarlo, si esto es posible, tendrá que afrontar la guerra grande; y todo por no haber querido intervenir honradamente y a tiempo en la pequeña, del lado de la justicia.

Los Gobiernos inglés y francés han preferido ayudar a nuestros enemigos, que son también los suyos, con la llamada no intervención, y parecen desear nuestro pronto exterminio, para entenderse con los triunfadores. Pero los triunfadores no triunfarían de nosotros únicamente, sino, sobre todo, de Inglaterra y de su aliada Francia, con un ejército en la línea de los Pirineos, dueños del Golfo de Vizcaya, del Estrecho de Gibraltar, de Mallorca, etc.

Hay que reconocer que Hitler y Mussolini son algo más inteligentes o, si queréis, menos estúpidos. . . Ellos han hinchado el perro de la revolución en España para asustar, cegary enloquecer a los plutócratas que aún rigen las llamadas democracias. ¿Lo han conseguido? Yo creo que sí, aunque cueste algún trabajo pensarlo. Porque ser engañado por un italiano supone una excesiva carencia de precaución, y serlo por un alemán arguye de estolidez insuperable. Lo cierto es que al Sansón de los mares —¿y al de la tierra?— no le han faltado Dalilas de opereta que lo tonsuren. Y mientras le crecen los cabellos. No agotemos el símil. Porque no ha de tratarse, a última hora, de derribar ningún templo, sino de conservarlo. Y es esto lo que va a ser un poco difícil.

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Míster Chamberlain quiere hacernos creer que ha hecho una hombrada, declarando que estaría al lado de Francia, si ésta se viese arrastrada a la guerra por causa de sus compromisos con Checoslovaquia. Chamberlain sabe muy bien que lo inmediato, para Alemania, no es Checoslovaquia, sino España, y que si Francia no se muestra enérgica en la cuestión española, es decir, en la defensa de su frontera y de sus rutas marítimas, no hay el más leve temor que vaya a la guerra por defender a Checoslovaquia. No es el honrado e ingenuo Mr. Pickwick, sino Penknife, la hipocresía desmesurada que, a última hora, no engaña a nadie, quien ejerce el poder en Inglaterra.

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Entre tanto España, la España auténtica, lucha y trabaja pensando en la victoria, quiero decir, en ganarla por su propio esfuerzo. Su Gobierno, identificado con el pueblo, no pide auxilio; reclama justicia. España sabe que tiene toda la razón de su parte, y que sus pilotos y sus capitanes están en sus puestos. Sabe muy bien que no son españoles sus enemigos (menos que nadie quienes se decidieron a venderla) y que la victoria o no es nada, o es algo que se da, por añadidura, a quien la merece.

EL 14 DE ABRIL DE 1938

Nuestra posición el 14 de abril de 1938 es la que teníamos en el sexto aniversario de la proclamación de la República, celebrado en Valencia en 1937. Desde un punto de vista ético, y en lo esencial nada se ha movido, como no sea para afirmarse, para reforzarse con todas las reservas espirituales que conservábamos, acercando a su máxima tensión nuestros resortes polémicos, para luchar contra la injusticia y la iniquidad. España, la España auténtica (de ningún modo podemos considerar como españoles a quienes decidieron vender a España, no sabemos por cuántos denarios), afirma hoy en Barcelona, la egregia Barcelona, en torno al glorioso Gobierno de la República, con serenidad espartana, su voluntad de resistir y de triunfar.

En el campo enemigo nada sustancial ha cambiado; porque hay maldades absolutas que no pueden empeorar. Son los mismos traidores con las mismas libreas, las mismas dos grandes potencias (no tan poderosas como abyectas), con las mismas repugnantes caretas de no-intervencionistas en los rostros, que siguen perpetrando, fría y sistemáticamente, sus crímenes alevosos a mansalva [sic], el cobarde exterminio de los inermes y los inofensivos. Su capacidad militar, desde el punto de vista estratégico, es la misma: perfectamente nula; su cobardía y su perversidad las mismas también, porque no pueden aumentarse. (No dudéis un momento de que toda la inteligencia y todas las virtudes bélicas están de nuestra parte.) Sólo, acaso, las dos grandes democracias de Occidente acusan un cambio más de fondo que de superficie. Inglaterra y Francia -—me refiero a los pueblos, no a sus gobiernos—— han empezado a ver claramente tres cosas: primera, que el pacto de no-intervención en España es, sin duda, la iniquidad más grande que registra la historia. Segunda, que la guerra de España, va también contra ellos, y que la España republicada vencida, supone una Francia cercada por sus enemigos más enconados, y una Inglaterra que habría perdido, acaso para siempre, el control del Mediterráneo, la llave más importante de su imperio. Tercera, que la guerra grande, la guerra contra las democracias de occidente, por razones más de estrategia que de política, ha comenzado con la guerra de España, y que las plutocracias todavía imperantes en esas dos grandes naciones, han cedido múltiples ventajas a sus adversarios, y que tienden a pactar con ellos, no en favor de los pueblos que dicen regir, sino en defensa de intereses de clase, no todos confesables. La palabra traición ha sonado ya más allá de nuestras fronteras. Pronto será un clamor que anuncie el despertar de muchas conciencias dormidas todavía.

En el 14 de abril de 1938 celebra España el séptimo aniversario de su gloriosa República, en guerra con enemigos poderosos —-no tan poderosos como viles-— y en la paz consigo misma. Sin pedir auxilio, reclamando justicia, lucha, resiste y espera.

Antonio Machado

15-4-1938

UNAMUNO

De Don Miguel de Unamuno, del gran Don Miguel de Unamuno, el maestro querido, publica «Hora de España», en su número XV, algunas composiciones inéditas, acompañadas de notas tan amorosas como inteligentes de José María Quiroga Pla, su yerno.

Para los amantes de lo anecdótico, la muerte de don Miguel de Unamuno ha quedado envuelta en el misterio. A quienes lo conocíamos y lo amábamos no nos inquietan las circunstancias más o menos tenebrosas de su acabamiento; sabemos de él lo que nos importaba saber: que murió, sin duda alguna, tan noblemente como había vivido. La vida de don Miguel de Unamuno fue toda ella una meditación sobre la muerte, y una egregia y luminosa agonía. ¿De qué otro modo podía morir, sino luchando consigo mismo, con su hombre esencial y con su propio Dios?

Abogada de impsibles, Santa Rita la bendita, la vida es un don del cielo; lo que se da no se quita.

Con estos versos en que se glosa un dicho inhntil, estos versos que tienen algo de plegaria y algo de blasfemia como toda expresión sinceramente religiosa, con estos en los labios, pudo morir don Miguel de Unamuno, allá, en su dorada Salamanca, que ya no le dejaban contemplar esbirros de Mola.

De los cuatro Migueles que asumen y resumen las de España (Miguel Servet, Miguel de Cervantes, Miguel de Molinos y Miguel de Unamuno) es Unamuno el último en el tempo, de ningún modo el menor de los cuatro gigantes.

De quienes ignoran que el haberse apagado la voz de Unamuno es algo con proporciones de catástrofe nacional, habría que decir: iPerdónalos, Señor, porque no saben lo que han perdido!

Aunque la vida de don Miguel de Unamuno fue en su totalidad una meditación sobre la muerte, no fue una meditación estoica pra resignarse a morir, sino todo lo contrario. Unamuno es el Fffecto antipolo de Séneca. Es Unamuno uno de los grandes pensadores «existencialistas» que se adelanta a la novísima filosofía (la de Friburgo), que culmina en Heidegger; pero Unamuno llegó a  radicalmente opuestas. «la vida, desde su principio hasta su término, es lucha contra la átalidad de morir, lucha a muerte, agonía. Las virtudes humanas son tanto más altas cuanto más hondamente arrancan de esta suprema desesperación de la conciencia trágica y agónica del hombre. Su fue Don Quijote, el antipragmatista por excelencia, el héroe éticamente invicto e invencible que sabe, o cree saber, que toda victoria inmerecida es una derrota moral, y que, en último caso, más que la victoria importa merecerla.» La idea esencial quijotesca se hermana con el más hondo sentir de Unamuno: «Vivid de tal suerte que el morir sea para vosotros una suprema injusticia».

0-4-1938

ENTREVISTA CON ILYA EHRENBURG, ABRIL DE 1937

Cuando en la primavera de 1937, después. de regresar del Frente Sur, decidí visitar a Machado, éste vivía no lejos de Valencia. Me hizo preguntas acerca de los fascistas, atrincherados en el santuario de la Virgen de la Cabeza, y quiso saber después si me había gustado La Mancha. Anoté algunas de sus frases:

—«El paisaje francés es suave. Dios lo pintó ya maduro, quizá en su vejez: todo ha sido meditado, todo refleja el sentido de las proporciones; un poco más, un poco menos, y todo se vendría abajo. Pero a España Dios la pintó cuando era todavía joven, sin pararse a pensar mucho en las pinceladas, sin saber siquiera a ciencia cierta cuántas rocas iba amontonando unas sobre otras. Me gusta La estepa de Chejov. Creo, no sé por qué, que los rusos pueden entender el paisaje español. La Mancha: todo el mundo conoce este nombre gracias a Don Quijote. Pero ¿por qué hay tanta gente que no comprende que Aldonza es Dulcinea? Cada español sueña con la muchacha robusta y hacendosa; cada español sabe que toda Dulcinea sabe llevar la casa, chismear con las comadres, coser las camisas. Cuando Turgueniev escribió sobre Hamlet y Don Quijote, no advirtió que Aldonza y Dulcinea son una y la misma persona, quizá porque todas sus heroínas son criaturas puras y celestiales o aves de rapiña. Entre nosotros no hay solución de continuidad, pero la unidad es más difícil que el contraste. Así es La Mancha, y así es España…»

Con Rzafael Alberti

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