ANTONIO MACHADO. Prosas de la Guerra XIII.

CARTA AL COMANDANTE CARLOS

Sr. D. Carlos Contreras.

Querido amigo: Con esta fecha envío mi trabajo sobre el 2 de Mayo al director de «Nuestro Ejército»:

En la carta en que me pedía ese (trabajo: tachado) artículo me hablaba de su deseo de retribuir mi trabajo, YO le ruego a Vd. que le diga cómo yo me siento honradísimo y sobradamente pagado con la satisfacción de contribuir en la medida de mis fuerzas a la causa de todos, y con atender a los deseos de V. a quien debo infinitamente más de lo que puedan valer mis pobres artículos. Mas que ello no amengüe mi gratitud a su ofrecimiento, ni quiero que sea obstáculo para que siga indicándome temas para mi trabajo en esa revista.

Con mis saludos a su esposa, a quien tanto tenemos que agradecer, le enyío el más cordial saludo su muy amigo,

                                     Antonio Machado 9-5-1938

EL 2 DE MAYO DE 1808

Los que presenciamos la toma del Cuartel de la Montaña, en julio de 1936, guardamos el recuerdo de una intuición directa, inconfundible y concreta del espíritu arrollador del pueblo madrileño cuando, guiado por un ideal de justicia o enardecido por el sentimiento de su hombría ultrajada, se decide a afrontar todos los peligros, a obrar hazañas que hubieran arredrado al mismo Hércules. Alguien ha señalado con certero tino su semejanza, o mejor dicho su equivalencia, con la gloriosa jornada del 2 de mayo de 1808. En ambos días se inicia en verdad un levantamiento popular que había muy pronto de convertirse en defensa de la patria invadida y en tenaz campaña por la independencia española. Desde el punto de vista anecdótico de la historia, las diferencias son grandes: el 2 de mayo culminó en trágica catástrofe para los buenos, el día que nosotros vivimos como espectadores apasionados fue una humillante derrota para los perversos, si queréis una victoria de los buenos casi milagrosa, como la de Don Quijote, enhiesto y retador ante la abierta jaula del león. Pero en uno y otro día el triunfo moral es el mismo y el impulso heroico idéntico en lo esencial. Por eso quien estableció el paralelo entre ambas efemérides —siento ignorar su nombre— supo muy bien lo que decía.

España estaba virtualmente en manos de Napoleón, a quien Fernando VII, el rey charrán, llamó tantas veces «su íntimo y leal aliado, el emperador de los franceses», y Madrid, el heroico Madrid, sufría de hecho el yugo a que hipócritamente y con tácita anuencia de gran parte de la aristocracia le sometían las tropas francesas de Murat, dicho con toda pompa: del excelentísimo gran duque de Berg y Cleves. El abyecto monarca, el deseado Fernando, efímeramente coronado por la abdicación del no menos abyecto autor de sus días, estaba en Bayona, a donde había llegado por etapas y simulando adelantarse para recibir a Napoleón, y desde luego siempre con el propósito de pasar la frontera para servir los planes imperiales. Casi toda la familia real y gran parte de la aristocracia servil habían ya pasado el Bidasoa. ¿Qué otra cosa podía esperarse de aquella familiota de cerdos, brujas y truhanes, que tan portentosamente retrató el satírico pincel de Goya?

Aún quedaba un Borbón en Madrid, el infante don Antonio, a quien se obligó, según se dijo, a abandonar la Corte el día 2 de mayo de 1808. Y fue éste el motivo, el pretexto, o, por mejor decir, la gota que hizo rebosar el vaso del disgusto popular, la chispa que hizo estallar su noble indignación. El pueblo madrileño trató de oponerse a la marcha del último Borbón, pero los guardias que lo custodiaban hicieron fuego para abrirse paso. «Todos corrieron a las armas —cito de

intento palabras de un escritor fernandino, don Fermín Caballero—- y, conducidos por Daoíz y Velarde y otros militares, empiezan a luchar contra sus opresores y vergudos.» Que la jornada fue plenamente popular lo reconoce el mismo cronista reaccionario al confesar que «el corto número de tropas españolas que formaban la guarnición no tomó parte porque se había tenido la precaución por las autoridades que las mandaban de mantenerlas encerradas en sus cuarteles». Reparad bien en este hecho.

El heroísmo de Daoíz y Velarde, los inmortales defensores del Parque de Monteleón, el denuedo de otros ilustres militares, consistió entonces, como en nuestros días, en ponerse al lado del pueblo, que era, entonces como ahora, la España verdadera, para combatir a los invasores extranjeros y a los traidores de casa.

Después del triunfo de los opresores las represalias de Murat fueron terribles. En una orden que se dio el mismo 2 de mayo para el ejército francés y que firma Belliard por mandato de su alteza imperial y real, se dice, entre otras cosas, lo siguiente:

General Agustin Daniel Belliard (francés)

SOLDADOS: Mal aconsejado el populacho de Madrid, se ha levantado y cometido asesinatos. Bien sé que los españoles que merecen nombre de tales han lamentado tamaños desórdenes, pero la sangre francesa vertida clama venganza. Por tanto, mando lo siguiente:

Art. 1º — Esta noche convocará el general Grouchy la comisión militar.

Art. 2º — Serán arcabuceados todos cuantos durante la revolución han sido presos con armas.

Art. 3 º—- La Junta de Gobierno va a mandar el desarme de los vecinos de Madrid. Todos los moradores de la Corte que, pasado el plazo de la ejecución de esta orden, anden con armas o las conserven en su casa, sin licencia especial, serán arcabuceados.

Art. 4.º — Todo corrillo que pase de ocho personas se reputará reunión de sediciosos y se dispersará a fusilazos.

Hay varios artículos más de la misma laya. ¿A qué seguir? Recordad el lienzo de don Francisco de Goya Losfusilamientos de la Moncloa, ese cuadro sin par que los facciosos de nuestros días hubieran destruido con sus bombas incendiarias si los buenos madrileños y las autoridades de nuestra República no hubieran sabido ponerlo a buen recaudo; en él se ve el vil asesinato de un pueblo inmortal por un sombrío pelotón de verdugos.

Un pueblo inmortal asesinado. Perdonadme la expresión paradójica. La inmortalidad de un pueblo consiste precisamente en eso: en que no muera cuando se le asesina.

No murió entonces, porque de la sangre humeante de aquellos mártires surgió la primera guerra de la independencia, las hazañas de Mina y Juan Martín y la derrota del primer capitán del siglo.

No murió, egregios capitanes de nuestros días, porque el pueblo aquel es el mismo que lucha hoy contra el fascio de Europa entera por defender la integridad del suelo español y la libertad del mundo.

0-5/6-1938

CARTA A PÍO BAROJA

Barcelona, 1-6-1938

Señor don Pío Baroja.

Querido y admirado amigo:

Por algunos amigos nuestros he sabido que se encontraba V. en París, y me complazco en saludarle desde Barcelona donde resido, hace ya algunos meses, después de larga estancia en Valencia. Vivo siempre en la España que nos han dejado los traidores de casa y los ladrones de fuera y, de todo corazón, al lado de la República.

He visto con satisfacción que tiene V. aquí en la España leal, muchos y buenos amigos. Aquí se le quiere, se le admira y se le desea toda suerte de bienandanzas. Nadie con solvencia moral o intelectual olvida al gran Baroja, ni piensa que otro pudiera mejor que él escribir de estos Episodios, tan definitivos, de nuestros días. Tampoco hay nadie entre nosotros que espere de Pío Baroja otra labor que la muy sincera e insobornable que viene realizando en los cuarenta (?) años de su gloriosa carrera de escritor.

Creo cumplir un deber al decirle estas cosas; porque nunca faltan malsines —más allá o más acá del Pirineo— que gusten de enturbiar el ambiente y sembrar equívocos para apartarnos de los hombres de prestigio. Por fortuna, contra esta labor de quinta columna estamos hoy perfectamente en guardia.

Aquí se proyecta una selección de «Memorias de Aviraneta». Creo que nuestro amigo Navarro le habrá hablado de ello. ¿Podría V. hacerla o ayudarnos a hacerla?

Y nada más, porque éste era el tema concreto de mi carta. Mil afectos a su hermano Ricardo, a quien deseo toda clase de prosperidades, y si ve V. a alguno de nuestros viejos amigos de París, sin olvidar a aquellos que conocimos el año 99, salúdelos en mi nombre.

Disponga V. siempre de su viejo admirador y amigo,

Antonio Machado

Sic:

Torre de Castañer, Paseo de San Gervasio, 21.

D, ANTONIO MACHADO AL 5.º CUERPO

A los soldados del 5. 0 Cuerpo de Ejército. Con la más sincera emoción, camaradas, os envío un saludo a esas trincheras, cavadas en el suelo de nuestra patria,donde defendéis la integridad de nuestro territorio y el derecho de nuestro pueblo a disponer de su futuro.

Ayer obreros de la ciudad y de los campos, consagrados a las santas faenas de la paz y de la cultura, hoy soldados todos, cuando estaQaz y esta cultura peligran, todos alistados bajo las banderas de la libertad y de la justicia social, sois, por trabajadores y por guerreros, en vuestra doble calidad de obreros y de soldados, creadores, constructores y sostenes de la civilización, al par que ardientes y abnegados defensores de ella; sois, digo, los españoles integrales de nuestros días y la primera categoría de españoles. Sois algo más (y perdonad si hiero vuestra modestia con elogios desusados), sois mucho más, porque no es sólo España quien ha de agradecer a vuestro esfuerzo su continuación en la Historia; el mundo entero, que hoy os contempla, espera de vosotros una experiencia victoriosa y alentadora; sois la mejor esperanza de todos los trabajadores del mundo y de todos los hombres honrados que pueblan nuestro planeta. Defendiendo a España, traicionada y vendida, combatís el fascio, esa ola de cinismo que amenaza anegarlo todo al poner la fuerza de las armas al servicio de los privilegios injustos acumulados por la Historia: la propiedad desmedida y el derecho a la holganza. Para vosotros, amigos queridos, la fuerza de las armas sirve para amparar el trabajo creador y fecundo, para defender el derecho, para imponer la justicia entre los hombres.

Salud, obreros y soldados, combatientes en las filas del 5. 0 Cuerpo de nuestro gran Ejército de la victoria. Espero que nadie pueda arrebatarnos el triunfo; seguro estoy de que nadie puede privaros de la gloria de merecerlo.

Antonio Machado

16-6-1938

LA MISERIA DE LA JUVENTUD

Colaboración rigurosamente inédita del gran poeta español Antonio Machado.

En estos días decisivos, los más trágicos, y acaso también los más gloriosos de nuestra vida nacional, cuando España, nuestra España, llega a una encrucijada donde necesita decidirse por el único camino que le permita proseguir su marcha de cara hacia el mañana, ¿qué hubiera sido de nosotros —muchas veces me lo he preguntado— si, en las horas amargas, la juventud no hubiera sabido su deber, y no hubiese acudido a su puesto de peligro?

Cuando los viejos abandonamos las banderas que deben servir y honrar, se engendran grandes males para la República; pero la deserción de los jóvenes es la muerte misma, lo irreparable. La antorcha del corredor a que alude Lucrecio va de unas manos a otras, pero siempre de las más débiles a las más vigorosas, a las manos de los más fuertes y de los más ligeros. Si la juventud no cumple su misión, que es la de adelantarse, la antorcha de la vida, que tiembla en las manos seniles, cae y se apaga para siempre.

Los hombres de mi generación, para decirlo en lengua escolar, de mi promoción, o de mi quinta, si se prefiere una expresión militar muy adecuada a nuestros días, apenas tuvimos de común más quecsto: una profunda antipatía hacia la vejez misma. Por eso se nos llamó a todos, sin distinción de matices C,] modernistas, con mote que, en verdad, no definía a ninguno de nosotros, pero que nadie rechazó como bandera de combate, porque nuestros enemigos eran, ciertamente, los que nos tachaban de jóvenes, se jactaban de antiguos o de clásicos y eran, sencillamente viejos.

Yo viví siempre un poco al margen de las disputas puramente literarias, porque mi formación, más filosófica que estética, me apartó de un combate que yo juzgué siempre muy de superficie, un tanto noño y sin mayor trascendencia, pero reconozco que el año 98, el de la pérdida de nuestro imperio colonial, fue un año decisivo para la conciencia española, y que aquellos hombres que sintieron, cada cual a su modo, un ansia de juventud, de renovación, merecieron respeto y simpatía. Por compañeros, cuando no por maestros, tuve siempre a estos hombres, que cumplieron conmigo su deber de jóvenes hacia el año triste de 1898. Para algunos, que no han sido fieles a su impulso inicial o renegaron de él, sólo puedo tener un olvido piadoso.

Estos últimos años —-desde el 36 en que estalló la rebelión militar hasta el ya mediado 38 que estamos viviendo— coinciden plenamente con la juventud antifascista y :con los días en que España más necesita de ella.

Soportamos una terrible guerra de invasión. No olvidemos que ésta ha surgido de una contienda íntima, no ya entre hermanos, ni entre padres e hijos, ni siquiera entre viejos y jóvenes en el sentido literal de estas palabras, sino como todas las guerras civiles que registra la historia, entre la juventud y la vejez de un mismo pueblo. Contra los hombres caducos y cansados, los españoles declinantes a quienes aterra el porvenir, que se rebelan contra él, porque ya son incapaces de vivirlo, y se cobijan temblorosos bajo las negras alas, alas asesinas de la reacción extranjera, contra los traidores de casa y los invasores de fuera militan los jóvenes antifascistas de mi patria, en las filas de la España ascendente y creadora que mira serenamente hacia la mañana, segura de la victoria, segura, sobre todo, de merecerlo.

Barcelona 0-6-1938

EL QUINTO REGIMIENTO DEL 19 DE JULIO

Es frecuente pensar que los hechos ingentes de la Historia, para aparecérsenos como tales, han necesitado el transcurso de muchos años y que, sin la perspectiva. del tiempo, nos sería dificil verlos. Esto es cierto —-en parte-— porque toda visión requiere distancia. Pero no podemos aceptarlo como verdad absoluta sin exponernos al peligro de dejar pasar estos hechos sin reparar en ellos, incapacitándonos para verlos•más tarde con lejanía. Muchos pretenden cegar para no ver el incendio, y piensan que podrán más tarde describirnos sus vivas llamas, merced al análisis de las cenizas. No. Nuestro deber de hoy es ver lo actual como podamos, y pintarlo como lo vemos, sin que nos apesadumbre el pensar que otros pudieran verlo mañana mejor que nosotros. No olvidemos tampoco que los ojos futuros cegarían para estos hechos, si nuestros ojos se hubieran empeñado hoy en no verlos. Otrosí: En la boca del león muerto hacen panales las abejas; mas de la fuerza del león no hemos de juzgar por esos panales.

«El Quinto Regimiento». Mucho mejor todavía que me sonaban, siendo niño y estudiante, las palabras «tercio viejo de Flandes», o las evocadoras de hechos de la antigüedad clásica, como «falange macedónica», suenan hoy a mis oídos de viejo estas dos voces: «quinto regimiento», de suyo tan innocuas, pero, por obra de la historia que estamos viviendo, tan cargadas de significación que, sin ellas, no podríamos señalar nada profundo y verdadero en la guerra de España, la guerra actual que a todos apasiona.

Huelga decir que el Quinto Regimiento, en su acepción estrictamente militar, no existe ya: él mismo fue, voluntaria y abnegadamente, a fundirse y a disolverse dentro del gran Ejército Popular de la República. Pero, con mucha más razón que los viejos monárquicos gritaban, al fallecimiento de sus soberanos: el rey ha muerto, it’iva el rey! , muchos de nosotros, al saber que ese grupo de héroes, dando una prueba sublime de disciplina y de modestia, se integraban a una más vasta

organización militar, que él mismo había contribuido a formar, gritamos conmovidos: ;viva el Quinto Regimiento!

El Quinto Regimiento es el nombre con que el Partido Comunista Español popularizó el instrumento de lucha, consagrado a combatir al fascio, desde el mismo día (19 de julio) en que fue fundado, en una reunión inolvidable, a que asistieron los comandantes Carlos, Castro, Barbado, Heredia; algunos miembros del Partido Comunista, «Pasionaria», José Díaz y Francisco Antón. Tal es la célula fecunda, destinada a convertirse muy pronto en perfecto organismo.

El Quinto Regimiento fue, en verdad, popular desde sus comienzos. El pueblo con certero instinto lo hizo suyo, lo acogió con amor y entusiasmo. ¿Por qué? La respuesta es fácil: el pueblo —en el pueblo entramos todos, sin distinción de clases, cuantos sentimos el destino común a los hombres de nuestra raza— sabe muy bien lo que nace para la vida y lo que nace destinado a la muerte. En esto no suele engañarse. Ello explica muchos aparentes milagros de la Historia. El 2 de mayo un motín callejero llevaba dentro toda nuestra guerra de la independencia: el movimiento arrollador que hizo palidecer, primero, y que abatió más tarde el poder del primer capitán de su siglo. La salida de Juan Martín de su oscuro pueblo, seguido de dos hombres, es un comienzo tan humilde como fecundo de la gesta inmortal de nuestros guerrilleros. El Quinto Regimiento —no lo olvidemos—– que nace con 500 hombres en los primeros días de la guerra, se disuelve en enero de 1937 con 139.000 hombres, repartidos y encuadrados en los frentes de Madrid, Extremadura, Andalucía y Aragón… i Todo un ejército fiel al modesto nombre de su origen! i Todo un ejército que nace en el pueblo, el pueblo lo nutre y acrecienta, y al pueblo se reintegra, una vez creado como perfecto organismo de combate, sin que ni en

un solo momento de su historia gloriosa se prestase a ser un instrumento en manos de la ambición!

El primer comandante en el Quinto Regimiento fue Enrique Castro; siguióle —en el orden del tiempo— Enrique Líster; el comandante Carlos J. Contreras fue desde su fundación comisario político. Entre sus jefes figuran también Modesto Guilloto, «El Campesino» (Valentín González), los hermanos Galán, los coroneles Moriones, Heredia y Burillo; los tenientes coroneles Nino Nanetti y López Tienda, muertos heroicamente; Gustavo Durán, Toral. . . Cito no más estos nombres gloriosos porque así cumple a esta breve noticia, prefacio de un trabajo más extenso que me propongo hacer; pero deploro al citarlos no haber aprendido a escribir en bronce.

  En la barriada norte de Madrid y en la calle de Francos Rodríguez, amplia vía moderna de la ciudad, en cuyas últimas casas se otea el austero paisaje del Guadarrama, tenía el Quinto Regimiento su casona de rojo ladrillo. Allí residía su Comandancia. Algún día, cuando Madrid se reconstruya, no sabemos qué nombre tomará esta calle; pero seguramente allí comenzará un nuevo Madrid, con parques de pinos y encinares, que no termine hasta llegar a un gran balcón frente a la sierra, la sierra donde el viejo Madrid escribió con sangre dos palabras imperiosas: [‘No Pasarán!   Dice José Herrera Petere, en su reciente y admirable epopeya de la guerra Acero de Madrid (muy otro acero, en verdad, que el medicinal que se administraban las damas opiladas en tiempos de nuestro Lope de Vega) que hubo de ensancharse la puerta del cuartel rojo de la calle de Francos Rodríguez. Salían de allí, dice, expediciones para todas partes, mas no por eso quedaba silencioso el cuartel. Había colas en él para alistarse, para recoger armas, para hacer la instrucción. Colas para dar, para darlo todo, y para no pedir nada: las colas más generosas del mundo.  Sí, tiene razón Petere. Y con él hemos de estar acordes muchos de cuantos escribimos hoy sobre la guerra. Por fortuna, pasaron los tiempos en que los hombres de pluma preferían cohonestar con el ingenio lo estrambótico —disfrazar la tontería humana para que los tontos no la reconozcan por suya— a aceptar con sincero aplauso una verdad bien señalada, que habla a la conciencia de todos. Fue aquello, en efecto, un río generoso, una humana corriente altruista. Y fue corriente y cauce (el Quinto Regimiento), ímpetu popular, frenado por un concepto de la disciplina y de la eficacia no menos popular.

Convendría no olvidar nunca, cuando se habla de la obra del pueblo, toda la parte que en ella pone la inteligencia y la cautela. Cuando se evoca al río popular, apenas si se piensa más que en sus posibles desbordamientos. Se olvida el amplio y flexible lecho por donde corre, sus esclusas y compuertas y las acequias, regatos y atanores que conducen y distribuyen sus aguas. Se piensa que lo popular en España es la anarquía, en el sentido peyorativo de esta palabra. Yo he pensado siempre precisamente todo lo contrario. Siempre creí que, sin la más directa intervención del pueblo, nada completo, nada fuerte, nada orgánico y vital podríamos realizar. Lo anárquico en España es siempre señoritismo, en el mal sentido —si alguno hay bueno-— del vocablo. En el Poema de Myo Cid, esa gesta que escribió un hombre de la altiplanicie de Castilla fronteriza con los reinos moros de Aragón, no hay más señoritos propiamente dichos que los Infantes de Carrión, yernos de Rodrigo, los «héroes» del Robledo de Corpes. Contra ellos luchamos, como creo haber demostrado en otra ocasión. Todo lo demás, empezando por el Campeador, es pueblo, hondamente pueblo y, por ende, el elemento constructor y fecundo de la raza.

Altos mandatarios del 5º Regimiento. Con el nº 16 Luigi Longo, con el 23 Enrique Castro Delgado, con el 25 Enrique Lister, con el 26 Vittorio Vidali y con el 27 Juan Modesto.

El Quinto Regimiento surge dc una iniciativa del Partido Comunista español, pero el Partido Comunista español (os habla un hombre que no está afiliado a él y que dista mucho en teoría del puro marxismo) es una creación españolísima, un crisol de las virtudes populares, entre las cuales figura nuestro don de universalidad y nuestra capacidad de amor más allá de nuestras fronteras. Nada tan español, nada tan popular —reparadlo bien— nada tan sinceramente nuestro como esa honda simpatía, como ese amor fraterno que siente hoy España, la España auténtica, por el pueblo ruso y por los hombres de otros pueblos, que han venido a verter su sangre por una causa humana, generosa y desinteresadamente, al lado nuestro. Los que se dicen defensores de la cultura, y bombardean el Museo del Prado, la pila bautismal de Cervantes y el sepulcro de Cisneros, los hoy llamados fascistas —yo creo que el mote les viene todavía ancho–—, los que han abierto las puertas de su patria a las codicias totalitarias, son, en cambio, los mismos que trabajaron siempre por aislarnos del mundo. Ellos son los descendientes de aquellos mayorazgos en corte, que gastaban sus fortunas en adular a la realeza, mientras los pobres segundones descubrían y conquistaban América; ellos —todo hay que decirlo-— son los que más de una vez hicieron fecunda la pobreza española. Merced a ellos, hombres como Cervantes tuvieron qqe buscar el pan fuera de su patria. Y conste que por ellos ni se hablaría el español más allá del Atlántico, ni se habría escrito el Quijote.

El Quinto Regimiento tuvo desde un principio un concepto integral de la guerra: Hay que luchar y hay que saber Por qué se lucha, De aquí la enorme importancia que dio siempre a cuanto se relaciona con la cultura, en su aspecto moral, técnico y artístico. Un episodio no más de la actuación pro cultura del Quinto Regimiento es el traslado, de Madrid a Valencia, de los intelectuales, y la instauración en la ciudad del Turia

de la llamada, con ingeniosidad popular, Casa de los Sabios. Se pretende poner a salvo a los más altos productores de la cultura actual, al par que se libertaban del fuego las joyas de nuestros museos, de nuestros archivos, de nuestras bibliotecas. El Quinto Regimiento, que trabajaba por la creación de un ejército regular al servicio de la República, tenía sus raíces no sólo en el Ministerio de Defensa Nacional, sino también en el de Instrucción Pública. La labor de Wenceslao Roces y Jesús Hernández, dos egregios comunistas a quienes debe en dos años —digámoslo de pasada— la instrucción en España más que a un siglo entero de sus predecesores, es actuación del Quinto Regimiento. Digámoslo para gloria suya y satisfacción de cuantos creemos debernos a la verdad, antes que a la delicadeza que omite el elogio a boca de jarro.

Miguel Hernandez. Fue corresponsal de guerra en Jaen del 5º Regimiento.

El Quinto Regimiento fue, en su actuación concreta y limitada, algo admirable y, en cuanto es asequible a la obra humana, perfecto. En su actuación difusa y mediata fue algo más admirable y perfecto todavía. Supo crear, animar, impulsar, supo organizar, asimilar, atraer, hacer cordialmente suyas las esencias de una guerra que es el principio —-no lo olvidemos— de una nueva Cruzada. Cuando llegue el día de las grandes simplificaciones, cuando los tópicos actuales hayan adquirido su más profunda significación, se dirá: Fue el Quinto Regimiento el alma de la guerra de España, el firme sostén de la más gloriosa República española, fue España misma, frente a los traidores de casa, desnaturalizados por su propia traición, y las negras y abominables codicias de fuera. Honda y sustancialmente, cuanto en España no fue Quinto Regimiento, cuanto no estuvo de corazón con el Quinto Regimiento, fue —admitamos otra expresión de valor simbólico–— quinta columna.

18-7-1938

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