ANTONIO MACHADO. Prosas de la Guerra XIV.

PRÓLOGO

«LA CORTE DE LOS MILAGROS»

DE RAMÓN DEL VALLE INCLÁN

Conocí a don Ramón del Valle, cuyas son las admirables páginas que hoy se reimprimen, cuando él era un hombre en plena juventud, y yo, poco más que un adolescente. Don Ramón había aparecido en Madrid, a su vuelta de América, con un sombrero a la mejicana, negra y lustrosa melena, barbas tan crecidas como bien peinadas y un cuello de pajarita, como era uso —aunque con menos desmesura— en aquellos días. Madrid, algo curioso y novelero, como todas las grandes ciudades, había reparado en Don Ramón por su apariencia extravagante. La ingenuidad madrileña, o su inventiva, no exenta de ironía, había hecho correr esta voz: Es el bijo de Julio Veme.

Encontré a Don Ramón pocos años después, en una tertulia literaria del antiguo Café Colonial, y allí me fue solemnemente presentado por Manuel Sawa: Don Ramón del Valle Inclán, el primer gallego de su siglo, y el mejor escritor de España. Don Ramón sonreía sin declinar el honor del elogio hiperbólico, y pasaba a hablarnos de sus hazañas en Méjico. Él había preferido siempre —así nos lo confesaba— la espada a la pluma, y la profesión de literato, que, al fin, era la suya, le parecía un tanto subalterna para hombres de su laya.

A pura extravagancia achacaron muchos estas declaraciones de Don Ramón, pensando, no sin motivo, que sus hazañas ultramarinas, de coronel del ejército mejicano en Tierra Caliente, eran más fantásticas que reales. De su talento de escritor, en cambio —ya había publicado su libro Femeninas— nadie podía dudar. En efecto. Pero yo no dudaba tampoco de la honda sinceridad de sus palabras. Porque aquellas hazañas que él se complacía en relatarnos eran, en parte, al menos, imaginarias, mas no por culpa suya: él fue siempre muy capaz de todas ellas. Don Ramón, como Don Quijote, no conocía el miedo, o no había para él miedo que no superase por el espíritu, y estaba dotado de una enorme capacidad de resistencia para el sufrimiento físico. De ésta, sobre todo, puedo dar fe. Después de la pérdida de su brazo, Don Ramón se disparó, por descuido, un pistoletazo en un pie. Hubo que operarle hasta el raspado de los huesos, para evitar la gangrena; y el doctor San Martín, que dirigió la operación, quedó maravillado de que nuestro Don Ramón la resistiese sin cloroformo, con la sonrisa en los labios y sin el más leve gesto o movimiento de dolor. Era un andarín infatigable, y, en sus conversaciones peripatéticas por el heroico Madrid, a todos nos cansaba, y no ciertamente por su palabra, sino por el infatigable vigor de sus flacas piernas. Todos oíamos con deleite y con respeto las fantasías de Don Ramón, convencidos de que muy rara vez excedían a su capacidad para realizarlas. Por eso, cuando un día nos dijo que había venido a pie y en cuatro horas de Burgos a Madrid, disfrazado de fraile trapense, el más irónico de la tertulia no pasó de decirle: Buen paso llevaría usted, padre Valle. Porque todos sabíamos que Don Ramón, puesto a andar, no encontraría globetroter o trotamundos que le aventajase, y que sólo podía dudarse de su capacidad para el cómputo del tiempo, o para el exacto conocimiento de nuestra geografía.

De sus proezas imaginadas —las que él hubiera deseado realizar–— sacó Don Ramón uno de los rasgos más atrayentes de su carácter y que más lo recomendaban a nuestra dilección. Don Ramón, así le llamamos siempre los que alcanzamos mayor intimidad con él, tan literario, tan empapado en literatura, fue siempre mucho más que un literato. El capitán fracasado, no por su culpa, que llevaba consigo, proyectó acaso sobre toda su vida una cierta luz de heroísmo y de abnegación militar, contribuyó en mucho a aquel sentido de consagración a su arte, como tarea ardua y espinosa que le distinguirá siempre entre sus coetáneos, por su capacidad de renunciación ante todas las comodidades del oficio, y por la inflexible lealtad a sus deberes de escritor. Como alguien nos refiriese el caso de un poeta, que, abandonando las faenas de su vocación, ponía su pluma al servicio de intereses bastardos, y se tratase de hallarle disculpa en la necesidad apremiante de ganarse el pan, Don Ramón exclamó: Es un pobre diablo que no conoce la voluptuosidad del ayuno. iLa voluptuosidad del ayuno! Reparad en esta magnífica frase de Don Ramón, y decidme qué otra ironía hubiera proferido el capitán a quien se intima la rendición por hambre de la fortaleza que, en trance desesperado, defiende. iLa voluptuosidad del ayuno! Nuestro gran Don Ramón la conoció muchas veces, aunque nunca se jactó de ella. Porque Valle Inclán, consagrado en los comienzos de su carrera literaria a una labor de formación y aprendizaje constante y profunda, a la creación de una nueva forma de expresión, a la total ruptura con el lugar común a lo que él llamaba la unión de las Palabras Por Primera vez, tuvo que renunciar para ello a todas las ventajas materiales que se ofrecían entonces a las plumas mercenarias, a las plumas que se alquilan hechas para el servicio de causas tanto más lucrativas cuanto menos recomendables. Desde este punto de mira —reparadlo bien— ningún escritor menos fascista que Don Ramón María del Valle Inclán.

 Nunca fue Don Ramón, ni aun en los tiempos de su mayor penuria, un bohemio a la manera desgarrada, maloliente y alcohólica de su tiempo. Don Ramón no bebía más que agua, sin presumir de abstemio (él sabía muy bien que la mera carencia de vicios no supone virtud), sin que su sequedad le inclinase a eludir el trato con los húmedos, cuando los himedos, como el gran Rubén Darío, tenían talento. Don Ramón cuidaba del atavío externo hasta la extravagancia, y no, ciertamente, como pensaban los maliciosos, para recomendarse por la apariencia a falta de valores internos (nadie más afanoso de ser, ni más desdeñoso de aparentar en literatura que nuestro Don Ramón), sino para oponer con su apariencia de gran señor estrafalario una barrera indumentaria al señoritismo vulgar, y algo también —digámoslo en su honor—- para que no adivinásemos, los que más le queríamos, que Don Ramón María del Valle Inclán y Montenegro se entregaba con demasiada frecuencia a la voluptuosidad del ayuno. Digámoslo con otras palabras: nadie llevó la pobreza y la mala fortuna del literato español, con mayor dignidad y más carencia de toda mendiguez que nuestro Don Ramón. Cuando se haga un día la verdadera etopeya de Valle Inclán se empleará el copioso anecdotario de su vida, no para enterrar al escritor bajo un diluvio de hechos insignificantes —como se hace hoy— sino para llevar un poco de luz a la más honda raíz de su personalidad.

La crítica literaria de su tiempo —llamamos crítica a todo cuanto se jactaba de serlo—- nos ayuda muy poco a conocer al hombre y al literato. De las primeras obras de Valle Inclín, la crítica no dijo nada. ¿Para qué? Ya hablaba de ellas bastante su propio autor. Don Ramón, en efecto, disertaba en su cátedra de café sobre su obra y sobre la ajena. Además, no era Don Ramón hombre que agradeciese demasiado el elogio arbitrario, ni mucho menos hombre capaz de soportar con paciencia —a pesar de su manquedad— algo que también se ha llamado crítica en España: una cierta insolente matonería literaria, que ha solido ejercerse a mansalva por algunos sedicentes críticos que confunden, como decía un discípulo de Mairena, la crítica literaria con las malas tripas del literato.

En cuanto a los viejos, los escritores consagrados de mayor prestigio, no eran muy propicios a aceptar la obra de Don Ramón, cada vez más copiosa y perfecta, como un nuevo valor. A sus oídos, algo tardos y embotados por el tiempo, sólo llegaban anécdotas, más o menos verídicas, y siempre interpretadas peyorativamente, de la procacidad y la insolencia hostil a los viejos de nuestro Don Ramón. Don Ramón, en efecto, predicaba insistentemente contra el teatro de Echegaray, y pretendía abrumarlo con burlas y sarcasmos. que más habían menospreciado a Echegaray en su tiempo, pr cuanto hubo en él de intento renovador, se sentían ahora sus más fieles custodios. Y se olvidaba decir que Don Ramó ponía cátedra también  para defender las pocas realizaciones poéticas de nuestro teatro romántico, tan injustamente mal

tratado en su tiempo; para defender los valores olvidados e incomprendidos de nuestros clásicos, y para abrir paso a los dos nuevos valores que pugnaban entonces con la hostilidad de una crítica inepta y el desdeño de un público desorientado por esta misma crítica: el teatro de Jacinto Benavente, que venía a continuar y a enriquecer con una obra magnífica nuestra gran tradición dramática; y las aportaciones que has cían al nuevo teatro las adaptaciones escénicas de un novelista muy justamente consagrado: Don Benito Pérez Galdós. Pero Don Ramón llamaba viejo idiota a Don José Echegaray. ¿Había injusticia en ello? Sin duda, y Don Ramón, que no escribió nunca estas palabras —reparad en que Don Ramón no solía perder su tiempo en escribir contra nadie–— acaso Io sabía. Pero, ¿por qué tantos ilustres ancianos, contra quienes Don Ramón nunca hizo armas con la lengua, habían de darse todos por aludidos? Lo cierto es que nuestro Don Ramón tuvo hasta su vejez herméticamente cerradas las puertas de la Academia Española. Digamos, en su loor, que él nunca llamóa estas puertas ni, muchos menos, pretendió forzarlas. Sin embargo, icuántos menos academizables que Valle Inclán, y algunos aun en contra de su propio deseo, penetraron por ellas! El no fue nunca un enemigo sistemático de lo específicamente académico. Al contrario. Para él, más que para nadie, la lengua era materia inapreciable e instrumento precioso del literato. Muchos años de su vida había consagrado a conocerla, a manejarla, a enriquecerla, y hasta a pulirla. Todo cuanto se relacionaba con el lenguaje, desde la fonética hasta la semántica, le interesaba.

Las páginas de Valle Inclán que hoy se reimprimen han sido escritas en una época muy avanzada de la vida de su autor, en plena madurez de su talento literario, durante la dictadura de Primo de Rivera. En ellas se describe el aspecto picaresco de los días revolucionarios de una época anterior a todos nosotros y que nuestro Don Ramón no había vivido. Nació Valle Inclán el año 69 del pasado siglo, un año después de la famosa revolución de Septiembre y del destronamiento de Isabel II. En todos los manuales de Historia encontrará el lector relatos sucintos de los hechos políticos de aquellos días aborrascados a que alude Valle Inclán con frecuencia. Yo me atrevo a aconsejar su lectura a los jóvenes de nuestros días, como labor útilmente complementaria para la lectura de estas páginas vallinclanescas. Porque las postrimerías del reinado de Isabel II son ya para ellos muy distantes. Los jóvenes no tienen ya, como tuvimos nosotros en nuestra juventud, fuentes vivas de información. Don Ramón y el círculo de sus amigos escuchamos, de labios de nuestros abuelos, de nuestros padres y de nuestros maestros relatos de hechos vividos o presenciados, los más autorizados juicios sobre aquellos sucesos, y la historia escrita tiene para nosotros mucha menor importancia que tuvo la inmediata tradición oral. Don Ramón, que escribe para la posteridad y, por ende, para los jóvenes de hoy, olvida a veces lo que nunca olvidaba Galdós: mostrar al lector el esquema histórico en el cual encuadraba las novelas un tanto frívolas de sus Episodios Nacionales. Pero Don Ramón, aunque menos pedagogo, es mucho más artista que Galdós, y su obra es, además, mucho más rica de contenido histórico y social que la galdosiana.

Dos palabras para terminar. Don Ramón, a pesar de su fantástico marquesado de Bradomín, estaría hoy con nosotros, con cuantos sentimos y abrazamos la causa del pueblo. Sería muy difícil, ciertamente, que encontrase un partido del cual pudiera ser militante ortodoxo o que coincidiese exactamente con su ideario político. Pero, ante la invasión de España por el extranjero y la traición de casa, habría renacido en Don Ramón el capitán de nobles causas que llevaba dentro, y muchas de sus hazañas soñadas se hubieran convertido en  realidades.

Los capitanes de nuestros días no tendrían ni amigo más sincero ni admirador más entusiasta que Don Ramón María del Valle Inclán y Montenegro.

Barcelona, 1-8-1938

EL INFLUJO DE LA GUERRA SOBRE LA POESÍA JOVEN ESPAÑOLA. EL INFLUJO DE LA POESÍA JOVEN EN LOS CAMPOS DE BATALLA

La poesía joven española antes del 19 de julio de 1936 puede verse panorámicamente en dos antologías, las publicadas por Gerardo Diego y por Federico de Onís, poco antes de esta fecha. Allí encontramos, después de los poetas de mi generación, los del 1900, sobradamente conocidos un grupo de líricos cuya fama empieza hacia el año 1930. Al hablar de la fama no aludo a la popular, sino a la estimación del mundo literario y de la crítica atenta a los valores nuevos.

       La poesía joven española antes del 19 de julio de 1936 puede verse panorámicamente en dos antologías, las publicadas por Gerardo Diego y por Federico de Onís, poco antes de esta fecha. Allí encontramos, después de los poetas de mi generación, los del 1900, sobradamente conocidos un grupo de líricos cuya fama empieza hacia el año 1930. Al hablar de la fama no aludo a la popular, sino a la estimación del mundo literario y de la crítica atenta a los valores nuevos

Federico Garcia Lorca

       En esta copiosa pléyade de poetas, los astros más brillantes y de mayor tamaño son, acaso, Federico García Lorca, el asesinado por el fascio, y Don Rafael Alberti, un granadino y un gaditano, un lírico de Andalucía oriental y otro de la Andalucía atlántica. (Hay otros nombres ilustres que sólo me es dado enumerar en el espacio de esta breve noticia): Guillén, Salinas, Alesandre [sic}, Alonso, Diego, Prados, Cornuda [sic], Altolaguirre, Plaja, etc. En ellos. se observa una influencia vernácula: la de sus predecesores, y no precisamente los inmediatos, sino la del grupo del 98, en especial de Juan Ramón Giménez [sic], en su última modalidad, y otra extranjera: la de Paul Valéry. Lo que hay entre ellos de común –—no aquello que los distingue a unos de otros—— es el culto a las imágenes líricas, la tendencia a considerar las imágenes como valores supremos, en agudo contraste con la lírica romántica, para la cual las imágenes son simples exponentes de la emoción cordial, del sentimiento, en el cual radica la poesía misma. En algunos de estos jóvenes poetas, sobre todo en Lorca y en Alberti, se acusa, acompañando a la característica ya señalada en el grupo, la influencia folklórica, la tendencia a sujetarse en la tradición española, acercándose más a la ‘vena popular que a la erudita. Es esto, a mi juicio, lo más sano y fecundo de la nueva lírica. Si nos preguntamos cuál ha sido influencia de la guerra sobre este grupo de poetas, nos sería difícil responder; porque las influencias inmediatas no siempre son de fondo, y las profundas se miden con el compás de los siglos. Yo, sin embargo, me atrevo a señalar una influencia de la guerra, aparente al menos, en los poetas jóvenes en el período de formación cuando empezó la tragedia española.

Rafael Alberti

Los jóvenes poetas tendían a exaltar el culto a las imágenes líricas, olvidando un poco que éstas no son sino el material más o menos precioso, con el cual se construye un poema cuya estructura interna y cuya arquitectura total importan sobre todo. Era a veces difícil encontrar el poema, verlo o imaginarlo en el montón confuso de joyas que nos ofrecían sus estrofas. Faltábales, acaso, un tema esencial. La guerra les ha dado uno, racional y humano, que les obligue a preocuparse, más que de las mismas imágenes, de las relaciones que entre ellos se establecen, para construir ese objeto mental, que es el poema mismo. Reparemos en que la influencia de la guerra en la poesía ha sido muchas veces fecunda; no olvidamos que un ejército en orden de combate se parece a un poema. Además, los jóvenes poetas que huían, a mi juicio, con sobrada razón, del sentimentalismo, es decir, de la expreSión de sentimientos, blandos o afectados o insinceros, llegaron sistematizando la tendencia al apartamiento o al desdeño de los afectos humanos, de cuanto tiene de universal el sentimiento. Algunos aceptaron, más o menos conscientemente, la fórmula un tanto hueca de poesía pura, y la mucho más vacía, de deshumanización del arte. Vacía, digo, cuando el hecho indudable, que acusa una decadente, lo superfluo, lo que puede muy bien no haberse producido; nunca en los momentos vigorosos que se acercan a la plenitud, el clima estético de un Shakespeare, un Cervantes, un Goethe, un Tolstoi. Esta tendencia, un tanto epidémica en la llamada literatura de postguerra, fue, por fortuna, superficial en nuestros poetas. Alguna vez, sin embargo, se les tachó, no sin razón, de fríos y de artificiales; sus imágenes aparecían a veces, más como cápsulas de conceptos triviales (Gongorismo) que como haIlazgo de la intuición. La guerra, esta terrible guerra de España, tan hondamente humana, ha sacudido a nuestros jóvenes poetas y les ha puesto en rudo contacto con el hombre, el que cada uno lleva consigo, y con el de su pueblo, que antes no se les había revelado y con los temas más universales, que todos ellos rebasan las fronteras de su nación. En algunos poemas recientes, en estos momentos acuden a mi memoria versos de Emilio Prados, se acusa en los más jóvenes este progreso indudable y en los ya formados una tendencia a eliminar cuanto de superfluo contenían sus obras.

Y si ahora nos preguntamos cuál ha sido la influencia de este generoso grupo de poetas sobre las masas y los combatientes republicanos, responderé brevemente: Indudable y magnífica. No olvidemos que nuestros jóvenes poetas, están militarizados, y muchos de ellos son combatientes en el sentido más literal de la palabra.


Ninguno de ellos está —-me refiero siempre a los jóvenes y a los buenos— ni pretenden estar au dessus de la mélée, todos están dentro de ella, y éste es, a mi juicio, su mejor timbre de gloria. Y si la guerra ejerce sobre ellos un influjo estético beneficioso, porque ella les dicta orden, coherencia y disciplina para sus poemas, ellos a su vez, contribuyen a espiritualizar la guerra, a revelar a las masas combatientes, los hondos motivos de la contienda y sus finalidades más altas. La poesía humaniza la guerra en el mejor sentido del vocablo humanizar, quiero decir: que da motivos humanos a la lucha entre hombres, descubre las causas ajenas a la pura contienda biológica, que es común a todas las especies. LOS hombres que combaten saben muy bien que el bando en que militan los poetas es el que está más cerca… de merecer la victoria.

Para terminar, añadiré, que los jóvenes poetas, los de hoy, que son también los de mañana, miran más a Moscú que hacia París y que por fortuna ninguno de ellos mire ni a la Roma fascista ni al Berlín hitleriano.

7-8-1938

EJÉRCITO DEL PUEBLO,

POR ANTONIO MACHADO

Hace ya mucho tiempo que vengo pensando y diciendo a cuantos quieren verme, que no es sólo el valor y la energía moral, sino también y sobre todo la inteligencia, la enorme y abrumadora superioridad estratégica del mundo, lo que constituye ventaja indudable del Ejército leal a la República sobre los ejércitos fascistas y facciosos.

En verdad, no había demasiadas razones para afirmar que una cabeza teutona o italiana fuese muy superior a una cabeza ibérica. Sería, sin embargo, jactancia imperdonable el afirmar rotundamente lo contrario. Lo que sí puede afirmarse sin miedo a error es que el espíritu, en todas sus manifestaciones, y, por ende, inteligencia suele acompañar con preferencia a los mejores, a los que combaten por la razón y por la justicia. Es evidente que los nazifascistas invasores y traidores vienen dando desde los principios de la guerra pruebas inconcusas no sólo de cinismo, cobardía y crueldad, sino también, y sobre todo, de torpeza y de brutalidad específicas. El mundo entero sabe que con igualdad de armamento, nuestros adversarios hubieran sido derrotados en unas cuantas semanas, porque no luchamos ni contra la Alemania de Einstein ni contra la Italia de Benedetto Croce, sino —digámoslo con toda pompa— contra dos grandes potencias totalitarias, quiero decir, contra la morralla de dos grandes pueblos agavillada por Hitler y Mussolini.

iLa batalla del Ebro! iBuen nombre de batalla española! Cualquiera que sea el resultado final de la contienda, yo no he desconfiado nunca de la victoria. La batalla del Ebro es un ejemplo magnífico de alcance universal, un ejemplo consolador que nos habla del posible triunfo de la justicia sobre la iniquidad. Un pueblo que defiende el gobierno que en uso del más incuestionable derecho se dio a sí mismo, que defiende la libertad de su destino a través de la Historia, y el porvenir del mundo, triunfa por su propio esfuerzo de las más bestiales abrumadas fuerzas que lo cercan, lo envuelven y lo acosan, de los traidores de casa y los ladrones de fuera ——icuántas veces lo he dicho, cuántas veces tendré que decirlo todavía!— triunfa, sobre todo de esas máscaras viles, las más abominables de todas, de esas cancillerías hipócritas que, bajo el disfraz de neutros o de amigos, aguardan que se consume el asesinato de un pueblo, para mostrar al sol sus hocicos de hienas. Alguien dirá que ese triunfo puede ser momentáneo, que los cañones del fascio dirán la última palabra. iBah! Nunca faltan malvados afanosos de verdades estúpidas. En el peor caso la batalla del Ebro será un relámpago de justicia que ilumine un mundo que ha de quedar otra vez en tinieblas. Y ello no amenguaría un ápice su valor espiritual. Mas yo no soy tan pesimista, la iniquidad no ha dicho nunca la última palabra. Tampoco la batalla del Ebro es un milagro inconcebible, sino una hazaña de hombres, que tiene ya muchos precedentes en nuestros días. Recordad a Tortosa, a Viver, a Brihuega, Madrid!

A los ejércitos del Ebro, a sus soldados y sus capitanes, mi más ferviente y sincero saludo militar.

2-10-1938.

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