ANTONIO MACHADO. Prosas de la Guerra, XV.

ANTONIO MACHADO, EL CREADOR DE JUAN DE MAIRENA, SIENTE Y EVOCA LA PASIÓN ESPAÑOLA.

El gran poeta recuerda su obra y su vida, tan llena de silencioso trabajo. Comparte la Pasión que anima al pueblo en la defensa de la Independencia.

Ser poeta, es quizá fácil. Pero ser poeta y seguir siendo hombre en la más elevada alcurnia del concepto es, a lo que vemos, coyunda difícil de lograr. Tal, sin embargo, el caso de «nuestro» Antonio Machado. Mientras algunos versificadores convierten a las musas que les son propicias en coquetas meretrices, que han de aportarles diariamente los honores y las influencias logrados con la venta de sus gracias, Antonio Machado —honra de España, a la que sirve con devoción exquisita de hijo amantísimo—-, guarda para su inspiración sus más fervorosos respetos. Cuando nos acercamos a él y estrechamos su mano —-una mano llena de nobleza, de sencillez y de cordialidad—, lo hacemos un tanto cohibidos y respetuosos, sabedores de que esta figura que tenemos ante nosotros es uno de los más altos símbolos de esta España transida de dolor. Y es su palabra —acento andaluz, limpia sintaxis castellana— la que con su calor de humanidad va fundiendo el hielo de nuestra timidez.

—Mi vida —dice— es sencilla y modesta. Aunque sevillano de origen (nací en el Palacio de las Dueñas, el año 1875), me eduqué en Madrid, adonde fui cuando apenas tenía siete años de edad. Estudié en la Institución Libre de Enseñanza y tuve por maestros a Giner de los Ríos, Cossío y Salmerón, teniendo como condiscípulo a Besteiro. No es difícil, por tanto, deducir que mi formación había de ser liberal y republicana, que por otra parte había de coincidir con la historia política de mis antepasados, ya que mi padre y mi abuelo eran republicanos fervorosos.

—Entonces, ¿su relación con la generación del 98. . . ?

—Soy posterior a ella. Mi relación con aquellos hombres —Unamuno, Baroja, Ortega, Valle-lnclán— es la de un discípulo con sus maestros. Cuando yo nací a la vida literaria y filosófica, todos aquellos hombres eran valores ya cuajados y en sazón.

—¿Sus primeras colaboraciones?

—Yo, de siempre, he escrito relativamente poco en periódicos, habiéndome dedicado con preferencia al libro y a la revista. Recuerdo, no obstante, que allá por el año 96 colaboré en un periódico de Madrid, que se llamaba «La Caricatura». Luego escribí en «El País» y más adelante en aquellos inolvidables «Lunes del Imparcial».

—¿Y su labor teatral?

—Esta ha sido muy posterior. Mi labor teatral se ha desarrollado a partir del año 24. Comenzó por unos arreglos del teatro antiguo y por una traducción del Hernani de Víctor Hugo. Después, en producción ya original, hice elJulianillo Valcárcel, que, por cierto, estrenó María Guerrero en su último beneficio, Juan de Mañara, Las Adelfas, La Lola se va a los Puertos, que es la que mayor éxito de público ha tenido, y, por último, ya proclamada la república, La prima Fernanda y La Duquesa de Benamejí, estrenada por Margarita Xirgu.

Recordamos a Machado cómo toda su obra poética está influenciada por dos temas preferentes: el tema castellano —sobrio y austero-— y el tema andaluz, más lírico e impregnado de sabor popular.

—No es extraño —responde—. Soy hombre extraordinariamente sensible al lugar en que vivo. La geografía, las tradiciones, las costumbres de las poblaciones por donde paso, me impresionan profundamente y dejan huella en mi espíritu. Allá, en el año 1907, fui destinado como catedrático a Soria. Soria es lugar rico en tradiciones poéticas. Allí nace el Duero, que tanto papel juega en nuestra historia. Allí, entre San Esteban de Gormaz y Medinaceli, se produjo el monumento literario del poema del Cid. Por si ello fuera poco, guardo de allí el recuerdo de mi breve matrimonio con una mujer a la que adoré con pasión y que la muerte me arrebató al poco tiempo. Y «viví y sentí» aquel ambiente con toda intensidad. Subí, a Urbión, al nacimiento del Duero. Hice excursiones a Salas, escenario de la trágica leyenda de los Infantes. Y de allí nació mi poema de Alvargonzález.

—¿Inspirado, acaso, en alguna tradición popular?

—No. El poema es, ante todo, creación mía. En mis correrías por los pueblos y sierras de España no he descubierto el rastro de ningún viejo romance desconocido. En España, toda la tradición poética está descubierta ya y vertida en el Romancero, y sólo pueden hallarse, a lo sumo, algunas variantes de los romances ya conocidos…

—¿Y el tema andaluz?

—Éste tiene en mí dos orígenes. De un lado, una tradición familiar que vive entre Sevilla y los Puertos. De otro, mi traslado desde Soria a Baeza, donde permanecí siete años. Y aquí, lo mismo que en Castilla antes, mi contacto íntimo con la masa popular —seguía gustándome mi manía andariega y perderme entre las serranías—, produjo esas composiciones a que se refiere. En Castilla empleé el romance, que buscaba el entronque con nuestros viejos poemas de gestas; en Andalucía fue el cantar, la composición breve, concisa, sentenciosa, de sabor popular, que refleja el modo de ser de aquellas gentes…

Hace una pausa en la charla, y continúa:

—Por cierto que allí conocí, hace ahora veintiún años, a García Lorca. Era entonces un chiquillo e iba de excursión artística, no en busca de temas poéticos, sino de motivos musicales populares, pues ya sabe usted que Lorca era excelente músico. iPobre Lorca! Muchos años después, implantada la República, supe que había hecho un ligero arreglo de mi Alvargonzález para que lo representara el cuadro de «La Barraca».

Deliberadamente, iniciamos un tema que sabemos grato al maestro:

—¿Podría decirnos algo de Juan de Mairena?

Primera edición, junio 936
Primera edición, junio de 1936.

—¿Juan de Mairena? Sí. . . Es mi «yo» filosófico, que nació en épocas de mi juventud. A Juan de Mairena, modesto y sencillo, le placía dialogar conmigo a solas, en la recogida intimidad de mi gabinete de trabajo y comunicarme sus impresiones sobre todos los hechos. Aquellas impresiones, que yo iba resumiendo día a día, constituían un breviario íntimo, no destinado en modo alguno a la publicidad, hasta que un día… , un día saltaron desde mi despacho a las columnas de un periódico. Y desde entonces, Juan de Mairena —que algunas veces guarda sus fervorosos recuerdos para su viejo profesor Abel Martín—, se ha ido acostumbrando a comunicar al público sus impresiones sobre todos los temas. . .

     Sigue sonriendo Machado, feliz cuando se le habla de este hijo    de su ingenio, y a preguntas nuestras responde:

—Juan de Mairena es un filósofo amable, un poco poeta y un poco escéptico, que tiene para todas las debilidades humanas una benévola sonrisa de comprensión y de indulgencia. Le gusta combatir el «snob» de las modas en todas las materias. Mira las cosas con su criterio libre-pensador, un poco influenciado por su época de fines del siglo pasado, lo cual no obsta para que ese juicio de hace veinte o treinta años pueda seguir siendo completamente actual dentro de otros tantos años.

Rozamos, por último, el tema político actual.

—Jamás —-nos dice— he trabajado tanto como ahora. De ser un espectador de la política he pasado bruscamente a ser un actor apasionado. Y el motivo que me ha hecho, a mis años, saltar a este plano ha sido el de la invasión de mi patria. i España, mi España, a punto de ser convertida en una colonia italiana o alemana. . . ! La sola posibilidad de hecho semejante hace vibrar todos mis nervios y conduce mi pluma sobre las cuartillas, despertando energías insospechadas y rebeldías que creía apagadas para siempre. No. No puede ser y no será. A España no se la domina. Mucho menos, por complacer a un puñado de traidores…

       A la estancia llega la madre del poeta. Una anciana y venerable dama que se desliza quedamente, en silencio, con la ingravidez de un pájaro. Entran unas chicuelas, alegres y revoltosas, que recuerdan al maestro que es la hora del yantar. Y la mano de Antonio Machado vuelve a tenderse hacia nosotros con nobleza, sencillez y cordialidad..

8-10-1938

GLOSARIO DE LOS 13 FINES DE LA GUERRA

Requerido el ilustre escritor don Antonio Machado para intervenir en la encuesta abierta para glosar por radio los trece puntos del Gobierno Negrín, ha escrito, con respecto al duodécimo de dichos postulados, lo siguiente:

Los trece puntos del Gobierno de la República. Con esta denominación, designa ya la fama, dentro y fuera de España, una declaración de los propósitos de nuestra guerra, que contiene, al mismo tiempo, los fundamentos de toda una Constitución política, en la cual resplandecen dos grandes virtudes: la de mirar al mañana y la de recoger lo mejor y más esencial de la tradición española.

Yo siento mucho no haber meditado bastante sobre política. Pertenezco a una generación que se llamó a sí misma apolítica, que cometió el grave error de no ver sino un aspecto negativo de la política, de ignorar que la política podía ser algún día una actividad esencialísima, de vida o muerte, para nuestra patria. No es extraño que no sea un hombre de mi quinta, sino de otra posterior, el doctor Negrín, quien tiene hoy la gloria de interpretar, en plena guerra, la voluntad política de España, en un documento que ya la Historia ha hecho suyo, y que merece el respeto y la admiración de todos. Cábeme la profunda satisfacción de no haber sido totalmente recusado en mi vejez por los pecados de mi juventud, de que todavía se quiera escuchar mi voz, cuando tantas otras, justamente autorizadas, tienen la palabra.

«El Estado español —se dice en el punto duodécimo—- se reafirma en la doctrina constitucional de renuncia a la guerra como instrumento de política nacional. España, fiel a los Pactos y Tratados, apoyará la política simbolizada en la Sociedad de Naciones, ratifica y mantiene los derechos propios del Estado español, y reclama, como Potencia mediterránea, un puesto en el concierto de las naciones, dispuesta siempre a colaborar en el afianzamiento de la seguridad colectiva y de defensa general del país. Para contribuir de una manera eficaz a esta política, España desarrollará e intensificará todas sus posibilidades de defensa. »

       Reparemos en el contenido de este párrafo esencialísimo sin pretender completarlo, porque su análisis completo requiere muy hondas meditaciones, que se exceden en mucho a nuestra capacidad de reflexión. Con toda energía, se hace constar en él que el Estado se reafirma en una doctrina constitucional: la de Constitución que debe ser sagrada para nosotros, la Constitución cien veces legítima de España, votada en unas Cortes Constituyentes como expresión inequívoca de la voluntad política de la nación, precisamente la Constitución hollada, ultrajada y pérfidamente combatida por militares facciosos que se alzaron en armas contra ella. . . No lo digo bien; procuraré expresarme con más exactitud. Los militares no se alzaron en armas contra la Constitución, se alzaron con las armas, cobarde y subrepticiamente, para dejarla totalmente indefensa, aunque, por fortuna, los heroicos puños del pueblo supieron defenderla, la están defendiendo todavía.

       De modo que el gobierno de la República, en el párrafo duodécimo del documento que analizamos, no promete novedades para ponerse a tono con circunstancias políticas que pudieran serle propicias, sino que se afirma en la doctrina constitucional, que representa la evolución histórica de su pueblo, en el momento en que la traición de dentro y la codicia de fuera surgieron en su camino.

       «El Estado español se reafirma en la doctrina constitucional de renunciar a la guerra como instrumento de política nacional.» Esto quiere decir, y lo dice muy ciertamente, que España renuncia para siempre a toda ambición imperialista, a todo ensanchamiento territorial debido a la violencia. Esta declaración pudiera parecer superflua al pensamiento superficial, pero de ningún modo lo es, porque España, reducida al dominio de su metrópoli, que actualmente se le disputa, ha sido un gran Imperio, y la nostalgia de volver a serlo tendría en ella razones psicológicas muy hondas, que otros muchos pueblos no podrían invocar. Pero España, en su Constitución y en el magnífico documento del doctor Negrín, no las invoca, porque está mucho más allá de ellas. España es, en el fondo, fiel a su historia, al hacer hoy, mutatis mutandis, lo que ha hecho siempre: dar más que recibe. España ha sido, en efecto, un pueblo de conquistadores; América es su gesta inmortal. Pero España no ha conquistado nunca para sí misma, no ha sido nunca un pueblo de presa, como lo han sido otros muchos. Sus conquistas en América van precedidas del descubrimiento de un continente, de todo un mundo nuevo. ¿Qué representan unas cuantas batallas ganadas a los indios por nuestros capitanes, ante aquella ingente labor exploradora, de adentramiento y de aventuras en países desconocidos, bajo climas crueles, ante aquella lucha gigantesca contra una naturaleza hostil, inhóspita, abrumadora? La gran gesta española es la conquista de la naturaleza, si queréis, de la geografía para la Historia.

Nunca invocó España ——a la manera de los totalitarios—- la virtud de la fuerza para el dominio de los hombres. Se podrán discutir sus razones y sus ideales, de ningún modo su posición ética; porque siempre ha creído servir a una causa más alta que su propio egoísmo.

Cuando el doctor Negrín, en el número doce de su escrito, declara que España renuncia a la guerra como instrumento político, hace una afirmación españolísima, que autoriza y confirma lo más esencial de la tradición española.

«España, fiel a los Pactos y Tratados, apoyará la política simbolizada en la Sociedad de Naciones que ha de presidir siempre sus normas.» Reparemos en que cuando el doctor Negrín habla de la Sociedad de Naciones, ha sido, en efecto, creada para fines tan altos como de ponerse a todos los pueblos bajo el imperio de la justicia, de ningún modo para coadjuvar al exterminio de los débiles para conservar el equilibrio de fuerzas antagónicas entre los fuertes. La política que ella simboliza, de bueno o del mal grado, nada tiene que ver con el estado empírico de ese organismo de opereta justamente desacreditado en nuestros días.

       «España —continúa el documento—- ratifica y mantiene los derechos propios del Estado español, y reclama, como Potencia mediterránea, un puesto en el concierto de las naciones, dispuesta siempre a colaborar en el afianzamiento de la seguridad colectiva y de defensa general del país.» En los momentos que vivimos, cuando se lucha en defensa de los derechos inalienables, no huelga de ningún modo invocarlos, puesto que no falta quien, ciega y bárbaramente, pretende desconocerlos para atropellarlos. España es, en efecto, potencia mediterránea por su posición geográfica, por virtud de su historia y por razones étnicas de todos conocidas. Cuando, a título de tal, reclama un puesto en el concierto de las naciones, no tiene ninguna pretensión usuraria, ninguna ambición desmedida. Fiel a su historia, no expresa ningún propósito de hegemonía sobre las naciones de Europa. Porque España, este vasto promontorio del Occidente europeo, gran escudo de Europa durante ocho siglos; España, por quien existen potencias oceánicas y mundiales, ha dado siempre —repito–— más de lo que ha recibido, y este sentido generoso de su actuación en la Historia no lo ha perdido nunca. A cambio de tanta nobleza —digámoslo de paso—- España ha sido víctima de las mayores calumnias; porque hasta el título de europea se le ha negado. Quienes, con total desconocimiento de la Historia y de la geografía, sostienen que el África empieza en los Pirineos, olvidan que en los Pirineos no empieza, sino que en ella acaba el gran baluarte de la Europa occidental, erizado de sierras y poblado de pechos indomables, merced a los cuales Europa es Europa. Olvidan quienes pretenden disminuir a España como potencia en el mar latino que cuando España había descubierto y daba su sangre a un continente más allá del Atlántico, conservó Venecia la hegemonía del Mediterráneo con la ayuda de España, y que merced a España triunfadora en Lepanto, no fue el Mediterráneo un lago totalmente entregado a las amenazas del poderío turco y a las piraterías berberiscas. Miguel de Cervantes, el más egregio soldado en las galeras de España y el más ilustre cautivo europeo que tuvo Argel, viene hoy a nosotros para decirnos: «En verdad que ese título de potencia mediterránea no se lo hemos robado a nadie. »

«Para contribuir de una manera eficaz a esta política —termina el párrafo duodécimo—— España desarrollará e intensificará todas sus posibilidades de defensa.» Oídlo bien, amigos muy queridos de Francia y de Inglaterra, porque España no habla el lenguaje equívoco y perverso de las Cancillerías: «todas sus posibilidades de defensa y ninguna de sus posibilidades de agresión». Oídlo también vosotros, mal encubiertos enemigos de la España leal, encaramados en el poder de dos pueblos amigos, que de ningún modo pueden ser enemigos nuestros.

  La defensa que España quiere desarrollar e intensificar, no es sólo la suya, itan legítima!; es también la que vosotros tenéis abandonada en provecho de nuestros comunes enemigos, que son los más implacables enemigos nuestros. Fiel a su Historia, fiel a su tradición, siempre generosa, la España leal al Gobierno de su gloriosa República, no sólo defiende la integridad de su territorio y el derecho a disponer de su propio destino: defiende también, y sobre todo, la hegemonía de las dos grandes democracias del Occidente europeo, la llave de un imperio civilizador, las rutas marítimas de otro gran pueblo orgullo de la Historia; y las defiende contra los poderes demoníacos de las llamadas potencias totalitarias, contra la barbarie que amenaza anegar el mundo entero.

Bajo las bombas asesinas de los totalitarios, jurados enemigos del género humano, bajo un diluvio de iniquidades y en plena refriega, España ha tenido el ánimo sereno, la inteligencia clara y el pulso firme para escribir un documento en el cual, sin odios ni jactancias, se expresa la voluntad política de un pueblo. Y no digo más, porque mi deber estricto se limita a comentar el párrafo doce. Otros mejores que yo os hablarán de los demás. 

                                                                  3-11-1938

CARTA A MARÍA LUISA CARNELLI

Querida y admirada amiga:

Me anuncia usted su viaje a la Argentina, donde va usted a organizar los trabajos de solidaridad con España. Yo le deseo el más feliz arribo a su patria, y el más rápido también, si ello ha de amenguar el tiempo de su ausencia.

Como usted lleva a España consigo, me parece redundante pedirle que lleve también a la Argentina, a esa gran República, un mensaje español con una carta mía. Soy yo, además, muy poca cosa para asumir la representación de algo tan grande como es la España de hoy. Pero sí me atrevo a suplicarle que lleve a sus compatriotas, de parte mía, el abrazo fraterno de un español que, en los momentos actuales, cree estar en su puesto cumpliendo estrictamente su deber. Usted sabe muy bien, porque lo ha visto con sus propios ojos, que España está invadida por el extranjero; que, merced a la traición, dos grandes potencias han penetrado en ella subrepticiamente, y pretenden dominarla para disponer de su destino futuro, para borrar por la fuerza y la calumnia su historia pasada. En el trance trágico y decisivo que vivimos, no hay para ningún español bien nacido, opción posible, no le es dado elegir bando o bandería, ha de estar necesariamente con España, contra sus invasores extranjeros y contra los traidores de casa. Carezco de filiación de partido, no la he tenido nunca, aspiro a no tenerla jamás. Mi ideario político se ha limitado siempre a aceptar como legítimo solamente el gobierno que representa la voluntad libre del pueblo. Por eso estuve siempre al lado de la República Española, por cuyo advenimiento trabajé en la medida de mis fuerzas, y siempre dentro de los cauces que yo estimaba legítimos. Cuando la república se implantó en España como una inequívoca expresión de la voluntad popular, la saludé con alborozo y me apresté a servirla, sin aguardar de ella ninguna ventaja material. Si hubiera venido como consecuencia de un golpe de mano, como

una imposición de la fuerza, yo hubiera estado siempre enfrente de ella. Cuando un grupo de militares volvió contra el legítimo Gobierno de la República las armas que éste había depositado en su ejército, yo estuve, incondicionalmente,

al lado del gobierno, sin miedo a la potencia de aquellas armas que traidoramente se le habían arrebatado. Al lado del gobierno y, por descontado, al lado del pueblo, del pueblo casi inerme que era, no obstante la carencia de máquinas guerreras, el legítimo ejército de España. Cuando se produjo el hecho monstruoso de la invasión extranjera, tuve el profundo consuelo de sentirme más español que nunca: de saberme absolutamente irresponsable de la traición. Por desgracia se habían confirmado mis tristes augurios: quienes traicionan a su pueblo dentro de casa trabajan siempre para cobrar su traición en moneda extranjera, están vendiendo al par su propio territorio. Y en verdad no es mucho vender el propio territorio cuando antes se ha vendido al hombre que lo labra. Lo uno es consecuencia inevitable de lo otro.

       Se nos ha calumniado diciendo que trabajamos por cuenta de Rusia. La calumnia es doblemente pérfida. Rusia es un pueblo gigantesco que honra a la especie humana. Nadie, que no sea un imbécil, podrá negarle su admiración o su respeto. Pero Rusia, que renunció a toda ambición imperialista para realizar en su casa la ingente experiencia de crear una nueva forma de convivencia humana, no ha tenido jamás la más leve ambición de dominio en España. Rusia es por el contrario el más firme sostén de la independencia de los pueblos. Si ha sabido, en su gran Revolución, libertar a los suyos, ¿cómo ha de atentar a la libertad de los ajenos? Esto lo saben ellos —nuestros enemigos— tan bien como nosotros, aunque simulan ignorarlo.

       Por fortuna, hoy sabemos que nuestros adversarios no son tan fuertes como ellos creen, porque entre todos ellos no hay un átomo de energía moral. Porque ellos no pueden dudar de su propia vileza, están moralmente vencidos; y lo estarán en todos los sentidos de la palabra cuando refluya la ola de cinismo que hoy invade a la vieja Europa.

       Y no quiero seguir. De españolismo, querida amiga, nada tiene usted que aprender de mí. Usted sabe muy bien que los enemigos de España son enemigos de todas las Españas.

       Lleve usted a los suyos un saludo fraterno y la expresión de una gratitud infinita. Su amigo que la admira.

                                                         Barcelona, 19-11-1938

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