ANTONIO MACHADO. Prosas de la Guerra XVI.

UNA ALOCUCIÓN DE DON ANTONIO MACHADO A TODOS LOS ESPAÑOLES

«No dudéis un momento que traiciona su patria quien se niegue a defenderla contra la invasión extranjera»

En la Patriótica emisión de radio que diariamente se da con el título «La Voz de España», ha sido divulgada la siguiente alocución del ilustre poeta don Antonio Machado:

A todos los españoles: Más de una vez he dicho, y nunca me cansaré de repetirlo, que mi ideario político se ha limitado siempre a aceptar como legítimo solamente el Gobierno que representa la voluntad del pueblo, libremente expresada. He de añadir que la palabra pueblo no tiene para mí una marcada significación de clase: del pueblo español forman parte todos los españoles. Por eso estuve siempre al lado de la República española, cuyo advenimiento trabajé en la modesta medida de mis fuerzas y dentro de los cauces que yo estimaba legales. Cuando la República se implantó en España, como una inequívoca expresión de la voluntad política de nuestro pueblo, la saludé con alborozo y me apresté a servirla, sin aguardar de ella ninguna ventaja material. Si ella hubiera venido como consecuencia de un golpe de mano, como imposición de la astucia o de la violencia, yo hubiera estado siempre enfrente de ella. Yo sé muy bien que dentro de una República se plantean problemas mucho más hondos que el estrictamente político -—son ellos de índole económica, social,• religiosa, cultural, en suma—, y que, dentro de esa República, caben ideologías no sólo diversas, sino hasta encontradas. Pero por muy honda y enconada que sea la lucha, la República conserva su legitimidad mientras la voluntad del pueblo, libremente expresada, no la condene. Por eso cuando un grupo de militares volvió contra el legítimo Gobierno de la República las armas que de él había recibido para defenderla de agresiones injustas, yo estuve, sin vacilar, al lado de ese gobierno desarmado. Sin vacilar, digo, y también sin la menor jactancia; porque creía cumplir un deber estricto. Los profesionales de las armas no eran ya el ejército de España; el ejército de España era entonces, para mí, aquel que el pueblo hubo de improvisar con los mejores de sus hijos; un ejército tan débil e insuficientemente armado por fuera, como fuerte y superabundantemente provisto, por dentro, de razón y de energía moral. Improvisado, digo, con los mejores de sus hijos, y no vacilo en añadir: con un pequeño grupo de voluntarios propiamente dichos, de hombres abnegados y generosos que venían a España, sin la más leve ambición material, a verter su sangre en defensa de una causa justa.

Con todo ello, y convencido de la ceguera, de los errores, de la injusticia de nuestros adversarios, de cuya índole facciosa no dudé un momento, confieso que nunca pude aborrecerlos: con todos sus yerros, con todos sus pecados, eran españoles; y el lazo fraterno, hondamente fraterno de la patria común, no podía romperse ni con la más enconada guerra civil.

Pero se inició el hecho monstruoso de la invasión extranjera. De un modo subrepticio y cobarde, la invasión se produjo, y fue tomando cuerpo y realidad innegable a medida que el tiempo avanzaba. Dos pueblos extranjeros habían penetrado en España para disponer de su destino futuro y para borrar por la fuerza y la calumnia su historia pasada. En el trance trágico y decisivo que hoy vivimos, no puede haber dudas ni vacilaciones para un español. Ya no le es dado elegir bando ni bandería: ha de estar necesariamente con España y en contra de los invasores. Dejemos a un lado la parte de culpa que en la invasión de España hayan podido tener los españoles mismos. Si este pecado existe, si alguien lo cometió conscientemente, es de índole tal que escapa al poder de sanción de todo tribunal humano.

Reparad también en que ni siquiera he hablado de fascismo ni de marxismo. No creo que haya nadie en España que diste más que yo del ideario fascista. Siempre he creído, sin embargo, que, desde un punto de vista teórico, cabe ser fascista sin por ello dejar de ser español. Mas siempre he afirmado que no se puede ser español y entregar el territorio y los destinos de España a la codicia imperialista del fascio italiano o del racismo alemán. No creo que nadie, hoy, en España pueda pretender honradamente que esto sea posible.

Se nos ha calumniado, dentro y fuera de España, diciendo que nosotros también servimos una causa extranjera; que trabajamos por cuenta de Rusia. La calumnia es doblemente pérfida, pero tan grosera, que no ha podido engañar a nadie que no sea perfectamente imbécil. Porque todos saben (están hartos de saber) que Rusia, ese pueblo admirable, que renunció a su imperio para libertar a sus pueblos, no atentó nunca a la libertad de los ajenos y que no tuvo jamás la más leve ambición territorial en España. Esto lo saben todos, aunque muchos disimulen ignorarlo.

Ha llegado el día, hombres de España, de España entera —quiero decir de todos los pueblos hispánicos cuyo territorio está invadido—, en que hemos de reconocer esta verdad inconcusa: nuestro deber más imperioso es luchar por nuestra independencia terriblemente amenazada. Y España es fuerte, mucho más fuerte de lo que piensan nuestros enemigos, porque, como he dicho una vez, y no me importa repetirlo, España no es una invención de la diplomacia extranjera o la resultante de tratados de paz más o menos ineptos. Lleva siglos de vida propia, perfectamente definida por su raza, por su lengua, por su geografía, por su historia y por su aportación a la cultura universal. No dudéis un momento que traiciona a su patria quien se niegue a defenderla contra la invasión extranjera.

El Gobierno de nuestra República, en el ejercicio de un derecho incuestionable, y en el cumplimiento de su más alto deber, ha formulado en el documento del doctor Negrín, de todos conocido, las líneas generales de los fines de guerra para España entera. Nada en ello se prejuzga; nada en ellos implica coacción o amenaza. Todo en ellos significa atención y respeto para todas las buenas voluntades de España. Meditadlo bien. Y escuchad, al par, el dictado de vuestra conciencia. El os señalará el único camino para ser españoles.

22-11-1938

HÉROES DE LA INDEPENDENCIA DE ESPAÑA AGUSTINA DE ARAGÓN

En los años 1808 y 1809, las tropas de Napoleón, que invadían a España, pusieron sitio a Zaragoza. Fue Zaragoza, como todos sabemos, una de las cumbres más altas del heroísmo en aquella guerra por la independencia española, que no fue la primera, como alguna vez se ha dicho, y que tampoco, iay!, iba a ser la última. Los sitios fueron dos: el primero ocurría aproximadamente desde fines de mayo a fines de agosto de 1808; el segundo, desde septiembre de 1808 a fines dc febrero de 1809.

Un viejo cronista de estos sucesos, don Agustín Alcaide Ibicca, escribe en la introducción a su libro sobre los Sitios de Zaragoza, publicado en Madrid en 1830: «Sólo el hecho aislado sorprende. Porque hasta ahora no se había visto en la guerra que una ciudad abierta, situada en una llanura, rodeada de débiles tapias, y lidiando sus habitantes en las calles y plazas a la aventura, llegase como Zaragoza a refrenar los ímpetus de un ejército aguerrido». Reparad en la semejanza de los hechos. Una ciudad abierta y pacífica, ametrallada sin piedad por un ejército poderoso. Una ciudad heroica, asombro del mundo en los principios del siglo, como en nuestros días Madrid y otras ciudades egregias de España. Reparemos también en ciertas leves diferencias. Zaragoza luchaba contra los invasores extranjeros, entre los cuales no había demasiados mauritanos; pero los traidores de casa, contra los cuales luchamos hoy también, estaban entonces casi todos en Bayona, lo que de ningún modo quiere decir que fueran menos despreciables que los de nuestros días. Reparemos también en que el récord de la hipocresía fue batido entonces por un Borbón, que el mingo de la iniquidad lo puso entonces en Bayona Fernando VII, felicitando a Napoleón por sus victorias en nuestra patria, y que actualmente se ha puesto en Londres en el flamante Comité de No Intervención.

Pero volvamos a Zaragoza.

Destaquemos el hecho, objeto de estas líneas. En la mañana del I de julio, el general Verdier, que mandaba las fuerzas francesas, ordenó un ataque despiadado y a fondo sobre toda Zaragoza. Asomaron los franceses por el camino de la Muela y las Eras de Chueca, con objeto de distraer las heroicas fuerzas de nuestro Ejército que ocupaban el castillo y a los bravos escopeteros que mandaba el comandante Sanz, defensores del convento de los Agustinos. Los franceses embistieron con preferencia el Portillo, a cuya puerta había un corto número de defensores, y entre ellos muy pocos artilleros. Fue terrible el estrago y magnífica la defensa de aquel grupo de héroes. Los cañones quedaron abandonados porque sus servidores yacían en el suelo muertos o malheridos. Los franceses habían logrado abrir un boquete por donde entrar. Uno de los artilleros, moribundo, oprimía en su mano una mecha encendida. Pero ya no podía levantarse. Fue entonces cuando se obró la hazaña portentosa que la historia y la leyenda de consuno han inmortalizado con el nombre, hoy sagrado para nosotros, de Agustina de Aragón. En algunos diccionarios buscaréis en vano este nombre con asombro vuestro. Lo han suprimido con el fútil pretexto de que no era exactamente el nombre de la heroína. Ella se llamaba, en verdad, Agustina Zaragoza Domenech. En otros diccionarios más respetuosos con la tradición popular y con la exactitud histórica encontraréis esto: «Aragón (Agustina): Véase Zaragoza Domenech». Con perdón de los unos y de los otros seguiremos llamándola como la llama el pueblo y muchos cronistas de su tiempo: Agustina de Aragón.

Recordemos las palabras de D. Agustín Alcaide Ibieca, testigo presencial de aquellos sucesos, que mereció en su tiempo la honrosa cruz concedida a los defensores de los Sitios. « . . . A esta sazón, las granadas y la bala rasa habían desbaratado nuestras débiles trincheras y dado muerte a los artilleros, lo que difundió el terror y el espanto; y por un impulso casi involuntario, creyendo algunos que iba a ser tomada la batería, extendieron la voz de que habían entrado los franceses, lo cual, oído por una porción de paisanos que concurrían al ataque, como sucedió luego que se trabó el choque retrocedieron y llegaron en pelotón hacia el mercado, a sazón que aparecía el intendente Calvo, quien les hizo retroceder, dirigiéndose hacia la Puerta del Portillo. El temor fue fundado, pero por una de aquellas singularidades que hacen más asombrosa la defensa de los zaragozanos, sucedió que al tiempo que el enemigo, viendo callados los fuegos de batería avanzaba denodadamente, desplegando sus fuerzas con más confianza, Agustina de Aragón, que permanecía en el sitio, movida de un impulso extraordinario, y deseosa de vengar la pérdida de tantos valientes, que entre el día anterior y aquella mañana habían perecido, al mirar que el último artillero expiraba, y que los franceses iban a lograr sus intentos, tomó gallardamente la mecha, y disparando el cañón de a 24n cargado de metralla, causó a los franceses un terrible destrozo y una mortandad extraordinaria.» Tal fue el hecho inmortal, repetido en el segundo sitio por Manuela Sancho y otras heroínas.

Tenia veintidós años Agustina, y era, sin duda, hermosa. ¿Quién podrá dudar de la belleza de una heroína que vive en el alma del pueblo? Acaso no falte erudito que nos demuestre algún día que Agustina de Aragón, o, mejor, Agustina Zaragoza Domenech, no era bella, sino, cuando más, agraciada o vistosa. Porque nunca faltan enemigos de las verdades estúpidas. Para mí, las mujeres como Agustina de Aragón y Manuela Sancho y la condesa de Bureta —como Lina Odena en nuestros días— tienen la belleza moral insuperable, y reclamo el derecho a representármelas sensiblemente como hermosas, sin miedo a que ellas me desmientan o a que el pueblo, en cuya alma viven, me obligue a imaginármelas de otro modo.

Todos sabemos lo que significan los Sitios de Zaragoza en nuestra guerra contra los Ejércitos de Napoleón, invasores de España en 1808. En verdad, la prczza de Agustina de Aragón fue un hecho entre mil no menos portentoso a la luz de esta terrible guerra, de esta gloriosa epopeya que estamos viviendo, en que todo alcanza la grandeza heroica de los zaragozanos de 1808, si es que no la supera (se lucha hoy, en verdad, contra enemigos mucho más poderosos y mucho más viles que entonces), vemos con melancolía que Zaragoza, la inmortal Zaragoza, cuyo solo nombre ha producido siempre en nosotros el escalofrío de la patria, yace hoy silenciosa, abatida, presa de los traidores de casa y de los invasores extranjeros. En verdad, Zaragoza no ha sido tomada desde fuera, sino sencillamente, vendida desde dentro, como otras muchas invictas ciudades de España. Por fortuna, somos ya muchos los que pensamos que Zaragoza no ha dicho todavía su última palabra.

0-12-1938

A LOS VOLUNTARIOS EXTRANJEROS

Despedida de España de un miliciano.

Brigadistas Chinos

Cuanto hay de trágico en la gesta española de nuestros días culmina en el hecho de que hayan de abandonarnos nuestros mejores amigos, los hombres abnegados y generosos, como Jorge Hans —cito un nombre egregio en representación de toda una legión de héroes—, que han combatido por un ideal de justicia y por la España auténtica, frente a los traidores de nuestra casa y a los mercenarios y serviles, obedientes a la perfidia reaccionaria de dentro y a las iniquidades codiciosas de fuera.

Brigadistas Jugoeslavos

Ellos, los voluntarios por excelencia, se marchan porque así lo exigen altísimas razones de Estado.

Con su ausencia, en efecto, queda algo que nadie puede poner en duda. España lucha sola, completamente sola, contra la invasión extranjera: contra los sediciosos, desnaturalizados por su propia conducta, y las tropas que, cobarde y subrepticiamente, han introducido en España dos grandes naciones tan poderosas como envilecidas por sus dictadores.

Brigadistas mexicanos

Nuestros peores enemigos han entrado todos por las puertas de la traición. Frente a ellos se yergue solitaria la hombría española, envuelta en los férreos harapos de nuestro Don Quijote, pero bañada en luz, toda vibrante de energía moral.

Brigadistas judíos.

No es sólo la disciplina -—-que ya sería bastante en estos días de guerra—, es también, sobre todo, una profunda convicción la que me lleva a aceptar como español, y aplaudir sin reservas, el gesto y las palabras del doctor Negrín. Pero un deber de gratitud no menos imperioso, y un impulso cordial no menos sincero, dictan también estas palabras: Amigos muy queridos, compañeros, hermanos: la España verdadera, que es la España fiel al Gobierno de su República, nunca podrá olvidaros. En su alma lleva escritos vuestros nombres: ella sabe muy bien que el haber merecido vuestro auxilio, vuestra ayuda generosa y desinteresada, es uno de los más altos timbres de gloria que puede ostentar.

Antonio Machado, 1938

Deja un comentario