ANTONIO MACHADO. Prosas de la Guerra XVII.

ENTREVISTA CON ILYA EHRENBURG, DICIEMBRE DE 1938

En la fotografía de entrada, Enrique Lister y Ernest Heminguey

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Poco después de mi llegada a Barcelona —era, creo, cn vísperas de Año Nuevo—– fui a ver al poeta Antonio Machado; le traía café y cigarrillos franceses. Vivía, con su anciana madre, en la periferia de la ciudad, en una casita fría; allí le había visitado varias veces durante el verano.

Machado tenía mal aspecto: iba encorvado y se afeitaba raramente, lo que le hacía parecer todavía más viejo. Tenía sesenta y tres años; caminaba pesadamente. Sólo sus ojos estaban llenos de vida, brillantes. Conservo las notas que tomé durante esta última entrevista:

Me ha leído fragmentos de una elegía de Jorge Manrique:

Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar,

que es el morir; allí van los señoríos derechos a se acabar e consumir.

Después habla de la muerte: «Todo está en el cómo. Hay que reir alegremente, hacer buenos versos, llevar una vida decente, tener una muerte digna». De pronto, sonríe como un niño y añade: «Si el actor se identifica con su personaje, le resulta fácil dejar la escena… »

(…) Me leía los versos de Jorge Manrique. Es difícil encontrar un poeta español que no haya hablado de la muerte. En el verano de 1938, en Barcelona, hablamos de la situación militar, de la actitud de Francia, y Machado me dijo: «Los extranjeros se equivocan al pensar que los españoles son fatalistas, que aceptan la muerte con resignación. No, nosotros sabemos luchar contra la muerte».

Le he conocido en sus últimos años, en los que ha luchado contra la muerte. Los bombardeos y las incomodidades ledejaban indiferente. No quería dejar Madrid. Fue evacuado a Valencia, como los cuadros del Prado. En Madrid, en Valencia, en Barcelona, escribió sonetos extraordinarios y continuos artículos para la prensa del frente. Pero ello no le impedía pensar sin cesar en la idea de la muerte; en esto, como en tantas otras cosas, era bien español.

(. . . ) Hizo la guerra con su pueblo. Recuerdo que en el Ebro, el comandante de división Tagüeña leyó a sus soldados un texto de Machado. Su voz temblaba de emoción: «La España del Cid, la España de 1808, reconoce en vosotros a sus hijos…

(. . .) Al despedirnos, me dijo:

«Quizá, después de todo, nunca aprendimos a hacer la guerra. Además, carecíamos de armamento. Pero no hay que juzgar a los españoles demasiado duramente. Esto es el final; cualquier día caerá Barcelona. Para los estrategas, para los políticos, para los historiadores, todo estará claro: hemos perdido la guerra. Pero humanamente, no estoy tan seguro… Quizá la hemos ganado. »

Me acompañó hasta la verja del jardín. Me volví y miré a este hombre triste, encorvado, tan viejo como España, este tierno poeta. Y vi sus ojos, tan profundos, que nunca respondían, que, al contrario, siempre preguntaban algo, sabe Dios el qué. . . Lo vi por última vez. Aullaba una sirena. El bombardeo comenzaba de nuevo.

SOBRE «POEMAS ROJOS» DE ALFONSO M, CARRASCO

No faltará quién se escandalice —se estrepite, como se dice en Cuba-— porque yo elogie este libro, lleno de frases gordas, de sarcasmos y de blasfemias. Yo, sin embargo, con entera tranquilidad de conciencia, digo que lo he leído —todo él—- con sumo interés, y no encuentro motivo alguno para la «censura».x

Poemas rojos : Frente de Aragón, desde Septiembre de 1936 a enero de 1938, en la 2 División (1938) – Alfonso M. Carrasco. Prefacio de Antonio Machado ; comentarios del General Miaja, Pasionaria y Ángel Samblanca

Publicación: [S.l.] : Editado por el Comisariado de la 27 División para sus soldados, [1938] (Imp. «La Trinchera»)

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Otron poemario de ALFONSO M. CARRASCO

Alfonso M. Carrasco escribe en los campos de batalla aragoneses. Sus poemas tienen mucho de proyectiles arrojados ala cabeza del adversario, y nadie puede pensar que sea esto impropio de un poeta, soldado al par, y, por suerte, defensor de la causa del Pueblo. Yo creo que Alfonso M. Carrasco siente honda y sinceramente cuanto dice, y que, a su manera aborrascada y violenta, lo dice bien. Cierto que, en sus poemas, abundan las palabras que no suelen imprimirse. Mas, por mi parte, no hay el menor inconveniente en que se impriman, Muchas de ellas se imprimieron en nuestro Siglo de Oro, y todas ellas las oímos de labios de gentes respetables y doctas, proferidas, no sólo en momentos de mal humor, sino, a veces, como expresión de afectos sinceros, y hasta como adorno de narraciones pintorescas. No nos estrepitemos por leer, alguna vez, lo que estamos oyendo todos los días.

En cuanto a las blasfemias, en que abunda el libro de Alfonso M. Carrasco, repetiré una vez más lo que tantas veces he dicho: La blasfemia es un acto de fe: consiste en afirmar la divinidad para faltarle el respeto, y es forma específicamente española de religiosidad. Es España el país donde más y mejor se blasfema. ¿Por qué no han de reflejar alguna vez nuestras letras cultas esta riqueza de nuestro folk-lore?

Me parece bien —dicho sea sin la menor reserva— que Alfonso M. Carrasco pretenda acortar la distancia entre la palabra hablada y la palabra escrita y, en general, que intente acercar la poesía a la guerra, que es lo vital de nuestros días. Joven poeta y noble soldado: adelante irediéz!. . .

Antonio Machado

[¿1938?)

CARTA A ENRIQUE LÍSTER

Barcelona, I de enero 1939 Querido amigo:

Recibo su amable carta y su espléndido regalo. Con toda el alma agradecido a sus hombres.

Sus palabras me conmueven y me llenan de optimismo y esperanza.

Disponga siempre de su buen amigo,

Antonio Machado

CARTA A JOSÉ BERGAMíN

Collioure – Hotel Bougnol – Quintana

—9-2-1939— (Pyr-Or)

Sr. D. José Bergamín

Muy querido y admirado amigo:

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Después de un éxodo lamentable, pasé la frontera con mi madre, mi hermano José y su esposa, en condiciones empeorables (ni un sólo céntimo francés) y hoy me encuentro en Collioure, Hotel Bougnol Quintana y gracias a un pequeño auxilio oficial con recursos suficientes para acabar el mes corriente. Mi problema más inmediato es el de poder resistir en Francia hasta encontrar recursos para vivir en ella de mi trabajo literario o trasladarme a la U. R. S. S. donde encontraría amplia y favorable acogida.

Con toda el alma agradezco los generosos ofrecimientos de esa Asociación de Escritores, muy especialmente los de Mr. Jean Richard Block y el Prof. Cohen, pero temo no solamente quedarme muy aislado como Vd. indica, sino además no disponer de medios pecuniarios para mantenerme con mi familia en esas casas y para trasladarme a ellas. Así, pues, el problema queda reducido a la necesidad de un apoyo pecuniario a partir del mes que viene, bien para continuar aquí en las condiciones actuales, bien para trasladarme a alguna localidad no lejana donde poder vivir en un pisito amueblado en las condiciones más modestas.

Vea Vd. cuál es mi situación de hecho y cuál puede ser el apoyo necesario.

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Con toda el alma le agradezco sus cariñosas palabras: nada tiene Vd. que agradecerme por las mías; son expresión muy sincera, aunque todavía insuficiente de mi admiración por su obra.

Si en estos días cambiásemos de residencia ya se lo haría saber telegráficamente.

Mientras tanto mi residencia es siempre la misma. Le envía un abrazo su siempre suyo.

Antonio Machado

P. D.: Muy afectuosos saludos de mi familia. De Carlos Riba no tengo noticia alguna de que esté en este pueblo.

PRÓLOGO A LOS ESPAÑOLES EN GUERRA, DE MANUEL AZAÑA.

Cuatro Discursos de Don Manuel Azaña; cuatro discursos en que la voz de España suena, desde el más alto peldaño del poder —en Madrid, en Valencia, en Barcelona—, con timbre inconfundible, clara y viril, sin la menor jactancia para ser escuchada por todos: en el frente de combate, más allá y más acá de la línea de fuego, más allá y más acá de nuestras fronteras.

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Nada superfluo encontraréis en estos cuatro discursos. Don Manuel Azaña es maestro en el difícil arte de la palabra: sabe decir bien cuanto quiere decir, y es maestro en un arte más excelso que el puramente literario y mucho más difícil: sabe decir bien lo que debe decirse.

Por una vez, el Presidente de una República en el occidente europeo no es un mero remate decorativo, una máscara inocua encumbrada sobre los trajines de la política activa, mucho menos un dictador encubierto, o el emboscado maquinador de una política de partido.

Una buena enseñanza, entre otras muchas, hemos de sacar de nuestra República, en estos años terribles: España, la tierra de las negligencias lamentables ha sido también el pueblo de los aciertos insuperables: supo elegir su Presidente. Y como la grandeza de los hombres de Estado no puede medirse por la extensión de los territorios en que ejercen su elevada función, el nombre de Azaña quedará en la historia con una significación universal y como una enseñanza inolvidable.

En los días actuales, cuando una ola de cinismo invade el mundo, las figuras de mayor relieve en el centro y el Occidente europeo son políticos de tipo realista, quiero decir que son hombres más o menos profundamente convencidos —yo no quiero dudar aquí de su sinceridad— de la perfecta inanidad de la ética. Yo no creo que estos hombres hayan caído de otro planeta, y que no representen corrientes de opinión más o menos impetuosas de sus pueblos. Estoy convencido de todo lo contrario. Hoy, como ayer, triunfa fácilmente el político cuando pone la vela para ser henchida por el viento que sopla, nunca cuando pretende que sople el viento hacia donde él caprichosamente pone la vela. Desde este punto de vista, la política ha sido siempre un arte de realidades. He aquí lo que siempre ha de separar a los hombres de Estado de los ideólogos puros. Platón naufraga en política, porque sus ideas no podían ser henchidas por los vientos de Siracusa.

Pero existe una realidad española, de la cual es y ha sido nuestra República selección y compendio. El caso de España en nuestros días, como fenómeno histórico, dará mucho que meditar a los reflexivos del porvenir. Cuando la fe pagana en la voluntad de poder alcanza su cenit en Europa, cuando toda razón al margen de las fuerzas ciegas de la naturaleza y del hombre alcanza su máximo descrédito, alienta en España una fe contraria, una creencia invencible en el valor dinámico de lo imponderable. No hay español propiamente dicho que no crea en la profunda eficacia de la moral para la lucha, y que es, precisamente, en la moral donde tiene el hombre sus más erosos resortes polémicos. De otro modo, ¿cómo es posible que Madrid, vendido, desarmado, cercado por fuerzas materiales abrumadoras, y con perfecta conciencia de ello, resistiese un solo día a sus adversarios? ¿Cómo serían posibles los hechos portentosos de Brihuega, de Teruel, de Tortosa, del Ebro? ¿Cómo la insuperable hombría de Barcelona? ¿Cómo la resistencia de dos años heroicos frente a la hostilidad cínica de dos grandes potencias y la emboscada complicidad de otras dos? El español no pierde nunca su fe en la victoria, mientras crea merecerla. De esta fe en la justicia, tan española, tan quijotesca y tan en crisis en otros pueblos, ha brotado ese maravilloso Ejército de la República, que es hoy el asombro y el ejemplo del mundo. Tal es el hecho gigantesco de inigualable trascendencia, que ha perturbado las viejas cuentas de las cancillerías europeas. Esa vela hinchada por los vientos de España, por el aliento de sus hijos, es mucho más firme, mucho más tensa de lo que ellos pensaban. Tal es el pueblo y Don Manuel Azaña el hombre que en la más alta magistratura del Estado lo representa.

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Leed con toda la atención de que seáis capaces los cuatro discursos de Don Manuel Azaña dirigidos a la Nación española. Han sido pronunciados en los momentos más arduos, más decisivos y acaso más gloriosos de nuestra vida. Algún día serán leídos como esencialísimos documentos históricos y se pronunciarán sobre ellos juicios de una madurez a que nosotros no podemos aspirar. Esos juicios tendrán, para acercarnos a un acierto que coincida con la verdad, algunas ventajas sobre nuestros sentimientos y nuestras opiniones: se formularán cuando los hechos de nuestros días, cuajados en lo pretérito, muestren un perfil definido y puedan compulsarse con otras cristalizaciones de lo pasado y, sobre todo, con nuevos acontecimientos que irán saliendo en el transcurso del tiempo de la inagotable caja de sorpresas dc lo futuro. Pen. sad, sin embargo, que esos juicios, más objetivos que los nuestros, no han de ser tampoco definitivos; porque la historia de los pueblos no puede contenerse en silogismos dos. Si hay una lógica de la historia, ella es de tal índole que sus premisas evolucionan a la par que sus conclusiones, porque las perspectivas del tiempo las van constantemente enris queciendo y modificando. Mas pensad, también, que es irnposible revivir lo pasado, y que hay para todos los hechos momentos excepcionales, que en esta ocasión son los nuestros, precisamente aquellos en que los hechos son vividos más que contemplados. No es fácil juzgar un incendio por el mero análisis de las cenizas. Así, nosotros, hombres de España, temporáneos de Manuel Azaña, los que vivimos dentro de este gran incendio que es la guerra española contra facciosos e invasores, somos, en parte, testimonios irrecusables e insustituibles; en parte, testimonios que no pueden omitirse sin desertar de los deberes más elementales. Porque el Presidente de nuestra República, las cien veces legítima república de toda España, ha hablado para la historia, que tanto es el alcance de su voz; pero, por ello mismo, habla en primer término para nosotros, los españoles en guerra, aquellos en cuya conciencia se ha producido la fatal explosión, para quienes, con imprudencia incalificable desataron la guerra, para quienes honradamente y sin vacilaciones han sabido afrontarla, para unos y otros en cuanto profesamos idearios políticos diversos, conceptos distintos sobre el porvenir de nuestra España, para todos los españoles, sin distinción de clases, de partidos ni de banderas, señalando que el hecho monstruoso de la invasión va contra todos, porque pretende abolir totalmente el porvenir de España.

Lejos de mi ánimo la pretensión de menoscabar el prestigio de ningún español que por su propio esfuerzo lo haya merecido. Porque España necesita de todos y ninguna voz española dejará de ser escuchada a su tiempo. Creo, sin embargo, que hay una posición frívola e incomprensiva de muy escaso provecho para el porvenir: la de aquellos españoles que, ante el hecho indudable de la invasión, piensan que puede haber para ellos un puesto enteramente marginal en la contienda, donde les sea dado trabajar para una España futura. No. La España futura, esa tercera España de que nos hablan, o no será nada con el triunfo total de sus adversarios, o se está engendrando en las entrañas sangrientas de la España actual.

La voz de Don Manuel Azaña habla para todos los españoles, allí donde se encuentren: en Madrid, en Barcelona, en París, en Nueva York o en Nueva Zelanda, porque la guerra de invasión va contra todos, y esa voz, no por firme y serena carece de la profunda e intensa vibración de la guerra en España.

Leed los cuatro discursos de don Manuel Azaña, meditad sobre ellos y preguntaos si vosotros también ocupáis el puesto que os corresponde en la contienda.

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Antonio Machado

EL ÚLTIMO DOCUMENTO DE ANTONIO MACHADO PODRÍA SER LA CARTA POR EL ESCRITA EL 19 DE FEBRERO DE 1939, EN COLLIOURE, A SU BUEN AMIGO SANTULLANO.QUE POR SU IMPORTANCIA, AL SER EL ÚLTIMO ESCRITO DE ANTONIO MACHADO, LE DEDICAREMOS UN APARTADO ESPECIAL EN OTRO POST.

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