JUAN DE MAIRENA. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo. ANTONIO MACHADO.

Primera entrega

La portada y las dos orimeras imágenes de este post corresponden a la primera edición de Juan de Mairena.

Habla Juan de Mairena a sus alumnos

             I  

La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero.

Agamenón.-—Conforme.

El porquero.—No me convence.

                               ***

   —Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: «Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa.»

El alumno escribe lo que se le dicta.

—Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.

El alumno, después de meditar, escribe: «Lo que pasa en la calle.»

Mairena.—No está mal.

                          ***

—Cada día, señores, la literatura es más escrita y menos hablada. La consecuencia es que cada día se escriba peor, en una prosa fría, sin gracia, aunque no exenta de corrección, y que la oratoria sea un refrito de la palabra escrita, donde antes se había enterrado la palabra hablada. En todo orador de nuestros días hay siempre un periodista chapucero. Lo importante es hablar bien: con viveza, lógica y gracia. Lo demás se os dará por añadidura.

                          ***

(Sobre el diálogo U sus dificultades.)

«Ningún comediógrafo hará nada vivo y gracioso en el teatro sin estudiar a fondo la dialéctica de los humores.» Esta nota de Juan de Mairena va acompañada de un esquema de diálogo en el cual uno de los interlocutores parece siempre dispuesto a la aquiescencia, exclamando a cada momento: i claro !, 1 claro !, mientras el otro replica indefectiblemente : i Oh, no tan claro t, no tan claro ! En este diálogo, el uno acepta las razones ajenas casi sin oírlas, y el otro se revuelve contra las propias, ante el asentimiento de su interlocutor.

                                                             ***

«Hay hombres hiperbólicamente benévolos y cordiales, dispuestos siempre a exclamar, como el borracho de buen vino: «i Usted es mi padre l» Hay otros, en cambio, tan prevenidos contra su prójimo…»

Juan de Mairena acompaña esta nota del siguiente dialoguillo entre un borracho cariñoso y un sordo agresivo:

—-Chóquela usted.

-—Que lo achoquen a usted.

—Digo que choque usted esos cinco. —Eso otra cosa.                             

                               ***

                                      (Sobre la verdad.)

Señores: la verdad del hombre —habla Mairena a sus alumnos de Retórica— empieza donde acaba su propia tontería. Pero la tontería del hombre es inagotable. Dicho de otro modo: el orador, nace; el poeta se hace con el auxilio de los dioses.

                               ***

       Lo corriente en el hombre es la tendencia a creer verdadero cuanto le reporta alguna utilidad. Por eso hay tantos hombres capaces de comulgar con ruedas de molino. Os hago esta advertencia pensando en algunos de que habrán de consagrarse a la No olvidéis, sin embargo, que lo corriente en el hombre es lo que tiene de común con otras alimañas, pero que lo específicamente humano es creer en la muerte. No penséis que vuestro deber de retóricos es engañar al hombre con sus propios deseos; porque el hombre ama la verdad hasta tal punto que acepta, anticipadamente, la más amarga de todas.

                               ***

La blasfemia forma parte de la religión popular. Desconfiad de un pueblo donde no se blasfema: lo popular allí es el ateísmo. Prohibir la blasfemia con leyes punitivas, más o menos severas, es envenenar el corazón del pueblo, obligándole a ser insincero en su diálogo con la divinidad. Dios, que lee en los corazones, ¿se dejará engañar? Antes perdona El —no lo dudéis— la blasfemia proferida, que aquella otra hipócritamente guardada en el fondo del alma, o, más hipócritamente todavía, trocada en oración.

                                 ***

     Mas no todo es folklore en la blasfemia, que decía mi maestro Abel Martín. En una Facultad de Teología bien organizada es imprescindible —para los estudios del doctorado, naturalmente-— una cátedra de Blasfemia, desempeñada, si fuera por el mismo Demonio.

                                    ***

—Continúe usted, señor Rodríguez, desarrollando el tema.

—En una república cristiana —habla Rodríguez, en ejercicio de oratoria— democrática y liberal conviene otorgar al Demonio carta de naturaleza y de ciudadanía, obligarle a vivir dentro de la ley, prescribirle a cambio de concederle sus derechos, sobre todo el específicamente demoníaco: el derecho a la emisión del pensamiento. Que como tal Demonio nos hable, que ponga cátedra, señores. No os asustéis. El Demonio, a última hora, no tiene razón; pero tiene razones. Hay que escucharlas todas.

                               ***

L’individualité enveloppe l’infini. — El individuo es todo. ¿Y qué es, entonces, la sociedad?

Una mera suma de individuos. (Pruébese lo superfluo de la suma y de la sociedad.

                                 ***

Por muchas vueltas que le doy —decía Mairena— no hallo manera de sumar individuos.

                               ***

Cuando el saber se especializa, crece el volumen total de la cultura. Esta es la ilusión y el consuelo de los especialistas. ¡Lo que sabemos entre todos! ¡Oh, eso es lo que no sabe nadie!

                               ***

El alma de cada hombre —cuenta Mairena que decía su maestro—- pudiera ser una pura intimidad, una mónada sin puertas ni ventanas, dicho líricamente: una melodía que se canta y escucha a sí misma, sorda e indiferente a otras posibles melodías —¿iguales?, ¿distintas?— que produzcan las otras almas. Se comprende lo inútil de una batuta directora. Habría que acudir a la genial hipótesis leibnitziana de la armonía preestablecida. Y habría que suponer una gran oreja interesada en escuchar una gran sinfonía. ¿Y por qué no una gran algarabía?

                               ***

(Sobre el escepticismo.)

Contra los escépticos se esgrime un argumento aplastante: «Quien afirma que la verdad no existe, pretende que eso sea la verdad, incurriendo en palmaria contradicción.» Sin embargo, este argumento irrefutable no ha convencido, seguramente, a ningún escéptico. Porque la gracia del escéptico consiste en que los argumentos no le convencen. Tampoco pretende él convencer a nadie.

                               ***

—Dios existe o no existe. Cabe afirmarlo o negarlo,     no dudarlo.

—Eso es lo que usted cree.

                               II

Nunca la palabra burgués —decía Juan de Mairena— ha sonado bien en los oídos de nadie. Ni siquiera hoy, cuando la burguesía, con el escudo al brazo —después de siglo y medio de alegre predominio—, se defiende de ataques fieros y constantes, hay quien se atreva a llamarse burgués. Sin embargo, la burguesía, con su liberalismo, su individualismo, su organización capitalista, su ciencia positiva, su florecimiento industrial, mecánico, técnico; con tantas cosas más —sin excluir el socialismo, nativamente burgués—, no es una clase tan despreciable para que monsieur Jourdain siga avergonzándose de ella y no la prefiera, alguna vez, a su fantástica gentilhombría.

                                      ***

       La vida de provincias —decía mi maestro, que nunca tuvo la superstición de la corte—- es una copia descolorida de la vida madrileña; es esta misma vida, vista en uno de esos espejos de café provinciano, enturbiados por muchas generaciones de moscas. Con un estropajo y un poco de lejía… estamos en la Puerta del Sol.

                                          ***

(La pedagogía, según Juan de Mairena en 1940.)

    —Señor Gozálvez.           

—Presente.

—Respóndame sin titubear, ¿Se puede comer judías con tomate? (El maestro mira atentamente a su reloj.)

—i Claro que sí !

—¿Y tomate con judías? —También.

—¿Y judíos con tomate?

—Eso… no estaría bien.

—i Claro ! Sería un caso de antropofagía. Pero siempre se podrá comer tomate con judíos. ¿No es cierto?

—Eso…

—Reflexione un momento.

—Eso, no.

El chico no ha comprendido la pregunta.

—Que me traigan una cabeza de burro para este niño.

                                               ***

Nunca, nada, nadie. Tres palabras terribles; sobre todo la última. (Nadie es la personificación de la nada.) El hombre, sin embargo, se encara con ellas, y acaba perdiéndoles el miedo… Don Nadie! i Don José María Nadie! i El excelentísimo señor don Nadie ! Conviene que os habituéis —habla Mairena a sus discípulos-— a pensar en él y a imaginarlo. Como ejercicio poético no se me ocurre nada mejor. Hasta mañana.

                               ***

La palabra representación, que ha viciado toda la teoría del conocimiento —habla Mairena en clase de Retórica—, envuelve muchos equívocos, que pueden ser funestos al poeta. Las cosas están presentes a la conciencia o ausentes de ella. No es fácil probar, y nadie, en efecto, ha probado que estén representadas en la conciencia. Pero aunque concedamos que haya algo en la conciencia semejante a un espejo donde se reflejan imágenes más o menos parecidas a las cosas mismas, siempre debemos preguntar: ¿y cómo percibe la conciencia las imágenes de su propio espejo? Porque una imagen en un espejo plantea para su percepción igual problema que el objeto mismo. Claro es que al espejo de la conciencia se le atribuye el poder milagroso de ser consciente, y se da por hecho que una imagen en la, conciencio es la conciencia de una imagen. De este modo se esquiva el problema eterno, que plantea una evidencia del sentido común: el de la absoluta heterogeneidad entre los actos conscientes y sus objetos. A vosotros, que vais para poetas, artistas imaginadores, os invito a meditar sobre este tema. Porque también vosotros tendréis que habéroslas con presencias y ausencias, de ningún modo con copias, traducciones ni representaciones.

                                        ***

                                   (Prácticas de oratoria.)

—Señores (habla Rodríguez, aventajado discípulo de Mairena) : Nadie menos autorizado que yo para dirigiros la palabra: mi ingenio es nulo ; mi ignorancia, casi enciclopédica. Encomiéndome, pues, a vuestra indulgencia… ¿Qué digo indulgencia? i A vuestra misericordia!

La clase.—-i Bien !

Mairena.—No se achique usted tanto, señor Rodríguez. Agrada la modestia, pero no el propio menosprecio.

—Señores (habla Rodríguez, erguido, ensayando un nuevo exordio) : Pocas palabras voy a deciros; pero estas pocas palabras van a ser buenas. Aguzad las orejas y prestadme toda la atención de que seáis capaces.

Silencio de estupefacción en la clase.

Una voz.-—Nos ha llamado burros. 

El orador (mirando a gu maestro) —Sigo?

Mairena.-—Si es cuestión de riñones, adelante.

                                   ***

Amar a Dios sobre todas las cosas —decía ni maestro Abel Martín— es algo más difícil de lo que parece. Porque ello parece exigirnos : primero, que creamos en Dios; segundo, que creamos en todas las cosas; tercero, que amemos todas las cosas; cuarto, que amemos a Dios sobre todas ellas. En suma: la santidad perfecta, inasequible a los mismos santos.

                             ***

Nuestro amor a Dios —decía Spinoza— es una del amor con que Dios se ama a sí mismo. «1 Lo que Dios se habrá reído —decía mi maestro—- con esta graciosa y gedeónica reducción al absurdo del concepto de amor!» Los grandes filósofos son los bufones de la divinidad.

                              ***

De lo uno a, lo otro os el gran tema de la metafísica. Todo el trabajo de la razón humana tiende a la eliminación del segundo término. Lo otro no existe: tal es la fe racional, la incurable  creencia de la razón humana. Identidad = realidad, como si, a fin de cuentas, todo hubiera de ser, absoluta y necesariamente, uno y lo mismo. Pero lo otro no se deja eliminar; subsiste, persiste; es el hueso duro de roer en que la razón se deja los dientes. Abel Martín, con fe poética, no menos humana que la fe racional, creía en lo otro, en «La esencial Heterogeneidad del ser», como si dijéramos en la incurable otredad que padece lo uno.

                                 ***

                                      (Fragmento de clase.)

Mairena.—Señor Martínez, salga usted a la pizarra, y escriba:

       Las viejas espadas de tiempos gloriosos…

Martínez obedece.

 Mairena.—¿ A qué tiempos cree usted que alude el poeta

Martínez.—A aquellos tiempos en que esas espadas no eran  viejas.

                                   III

                               (De política.)

En España—no lo olvidemos-— la acción política de tendencia progresiva suele ser débil, porque carece de originalidad; es puro mimetismo que no pasa dc simple excitante de la reacción. Sc diría que sólo el resorte reaccionario funciona en nuestra máquina social con alguna precisión y energía. Los políticos que pretenden gobernar hacia el porvenir deben tener en cuenta la reacción de fondo quo sigue en España a todo avance dc superficie. Nuestros políticos llamados do izquierda, un tanto frívolos -digámoslo de pasada—, rara vez calculan, cuando disparan sus fusiles de retórica futurista, el retroceso de las culatas, que suele ser, aunque parezca extraño, más violento quo el tiro.

                               ***

Consejo de Maquiavelo: No conviene irritar al enemigo.

Consejo que olvidó Maquiavelo: Procura que tu enemigo nunca tenga razón.

                                   ***

Se habla del fracaso de los intelectuales en política. Yo no he creído nunca en él. Se le confunde con el fracaso dc ciertos virtuosos de la inteligencia, hombros de algún ingenio literario o de alguna habilidad aneja a la literatura y a la conversación –médicos, retóricos, fonetistas, ventrílocuos—, que no siempre son los más inteligentes.

                                ***

Claro es que en el campo de la acción política, el más superficial y aparente, sólo triunfa quien pone la vela donde sopla cl aire; jamás quien pretende que sople el aire donde pone la vela.

                               ***

Y en cuanto al fracaso do Platón en política, habremos de buscarlo donde seguramente no lo encontraremos: en su inmortal República. Porque ésta fué la política que hizo Platón.

                               ***

La libertad señores (habla Mairena a sus alumnos), es un problema metafísico. Hay, además, cl liberalismo, una invención de los ingleses, gran pueblo de marinos, boxeadores e ironistas.

                               ***

Sólo un inglés es capaz de sonreír a su adversario y aun de felicitarle por el golpe maestro que pudo poner fin al combate. Con un ojo hinchado y dos costillas rotas, el inglés parece triunfar siempre de otros púgiles más fuertes, pero menos educados para la lucha y cuya victoria pudiera celebrarse en la espuerta de la basura. El inglés, en efecto, ha sabido dignificar la lucha, convirtiéndola en juego, más o menos violento, pero siempre limpio, donde se gana sin jactancia y se pierde sin demasiada melancolía. Aun en la lucha trágica, que no puede ser juego, la del hombre con el mar, el inglés es el último en perder elegancia. Todo esto es verdad. Mas cuando no se trata de pelear, ¿de qué nos sirven los ingleses? Porque no todas las actividades han de ser polémicas.

                         ***

      Si se tratase de construir una casa, de nada nos aprovecharía que supiéramos tirarnos correctamente los ladrillos a la cabeza. Acaso tampoco, si se tratara de gobernar a un pueblo, nos serviría de mucho una retórica con espolones.

                             ***

      El siglo XIX es esencialmente peleón. Se ha tomado demasiado en serio el struggle-for-life darwiniano. Es lo que pasa siempre: se señala un hecho ; después se le acepta como una fatalidad; al fin se convierte en bandera. Si un día se descubre que el hecho no era completamente cierto, o que era totalmente falso, la bandera, más o menos descolorida, no deja de ondear.

                                   ***

—El hombre ha venido al mundo a pelear. Es uno de los dogmas esencialmente paganos de nuestro siglo —»decía Juan de Mairena a sus discípulos.

—¿Y si vuelve el Cristo, maestro?

—Ah, entonces se armaría la de Dios es Cristo.

***

—Dadme cretinos optimistas —decía un político a Juan de Mairena—, porque ya estoy hasta los pelos del pesimismo de nuestros sabios. Sin optimismo no vamos a ninguna parte.

Y qué diría usted de un optimismo con sentido común?

  1. Ah, miel sobre hojuelas ! Pero ya sabe usted lo difícil que es eso, amigo Mairena.

                                   ***

En política, como en arte, los novedosos ape-

drean a los originales.

                                   ***

A los tradicionalistas convendría recordarles lo que tantas veces se ha dicho contra ellos :

Primero. Que si la historia es, como el tiemPO, irreversible, no hay manera de restaurar lo

pasado.

Segundo. Que si hay algo en la historia fuera del tiempo, valores eternos, eso, que no ha pasado, tampoco puede restaurarse.



Tercero. Que si aquellos polvos trajeron estos lodos, no se puede condenar el presente y absolver el pasado.

Cuarto. Que si tornásemos a aquellos polvos volveríamos a estos lodos.

Quinto. Que todo reaccionarismo consecuente termina en la caverna o en una edad de oro, en la cual sólo, y a medias, creía Juan Jacobo Rousseau.

                              ***

Y a los arbitristas y reformadores de oficio convendría advertirles :

 Primero. Que muchas cosas que están mal por fuera están bien por dentro.

   Segundo. Que lo contrario es también frecuente.

   Tercero. Que no basta mover para renovar,      Cuarto. Que no basta renovar para mejorar.

   Quinto. Que no hay nada que sea absolutamente impeorable.

                                ***

—Ah, señores… (Ilabla Mairena, iniciando un ejercicio de oratoria política.) Continúe ust«.l, señor Rodríguez, desarrollando el tema.

—Ah, señores, no, lo dudéis. España, nuestra querida España, merece que sus asuntos se resuelvan favorablemente. ¿Sigo?

—Ya ha dicho usted bastante, señor Rodríguez. Eso es toda una declaración de gobierno, casi un discurso de la corona.

                               ***

—La sociedad burguesa de que formamos par. te —habla Mairena a sus alumnos— tiende a dignificar el trabajo. Que no sea el trabajo la dura ley a que Dios somete al hombre después del pecado. Más que un castigo, hemos de ver en él una bendición del cielo. Sin embargo, nunca se ha dicho tanto como ahora: «El que no trabaje que no coma.» Esta frase, perfectamente bíblica, encierra un odio inexplicable a los holgazanes, que nos proporcionan con su holganza el medio de acrecentar nuestra felicidad y de trabajar más de la cuenta.

Uno de los discípulos de Mairena hizo la siguiente observación al maestro :

—El trabajador no odia al holgazán porque la holganza aumente el trabajo de los laboriosos, sino porque les merma su ganancia, y porque no es justo que el ocioso participe, como el trabajador, de los frutos del trabajo.

—Muy bien, señor Martínez. Veo que no discurre usted mal. Convengamos, sin embargo, en que el trabajador no se contenta con el placer de trabajar: reclama, además, el fruto íntegro de su trabajo. Pero aquellos bienes de la tierra que da Dios de balde, ¿por qué no han de repartirse entre trabajadores y holgazanes, mejorando un poco al pobrecito holgazán, para indemnizarle de .la tristeza de su holganza?

—Porque Dios, señor doctor, no da nada de balde, puesto que nuestra propia vida nos la concede a condición que la hemos de ganar con el trabajo.

—Muy bien. Estamos de nuevo en la concepción bíblica del trabajo : dura ley a que Dios somete al hombre, a todos los hombres, por el mero pecado de haber nacido. Es aquí adonde yo quería venir a parar. Porque iba a proponeros, como ejercicio de clase, un «Himno al trabajo», que no debe contribuir a entristecer al trabajador como una canción de forzado, pero que tampoco puede cantar, insinceramente, alegrías que no siente el trabajador.

      Conviene, sobre todo, que nuestro himno no suene a canto de negrero, que jalea al esclavo para que trabaje más de la cuenta.

Deja un comentario