JUAN DE MAIRENA. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo. ANTONIO MACHADO.

Segunda entrega

Habla Juan de Mairena a sus alumnos

                  IV

       Al hombre público, muy especialmente al político, hay que exigirle que posea las virtudes públicas, todas las cuales se resumen en una: fidelidad a la propia máscara. Decía mi maestro Abel Martín —-habla Mairena a sus discípulos de Sofística— que un hombre público que queda mal en público es mucho peor que una mujer pública que no queda bien en privado. Bromas aparte —añadía—, reparad en que no hay lío político que no sea un trueque, una confusión de máscaras, un mal ensayo de comedia, en que nadie sabe su papel.

Procurad, sin embargo, los que vais para políticos, que vuestra máscara sea, en lo posible, obra vuestra; hacéosla vosotros mismos, para evitar que os la pongan -—que os la impongan–vuestros enemigos o vuestros correligionarios; y no la hagáis tan rígida, tan imporosa e impermeable que os sofoque el rostro, porque, más tarde o más temprano, hay que dar la cara.

                                          ***

 iFiguraos si habré metido mal caos en su cabeza, Don Juan!

¿Dónde me han dicho a mí ——se decía Juan de Mairena-— esta frase tan graciosa? Acaso en los pasillos del Congreso… i Quién sabe! Hay tantos sitios donde se abusa de la inocencia!

                                       ***

La filosofía, vista desde la razón ingenua, est como decía Hegel, el mundo al revés. La poesía, en cambio —añadía mi maestro Abel Martín—es el reverso de la filosofía, el mundo visto, al fin, del derecho. Este al fin, comenta Juan de Mairena, revela el pensamiento un tanto gedeónico de mi maestro: «Para ver del derecho hay que haber visto antes del revés.» O viceversa.

                                      ***

(Ejercicios de Sofística.)

La serie par es la mitad de la serie total de los números. La serie impar es la otra mitad.

Pero la serie par y la serie impar son —ambas— infinitas.

La serie total de los números es también infinita. ¿Será entonces doblemente infinita que la serie par y que la serie impar?

      No parece aceptable, en buena lógica, que lo infinito pueda en duplicarse, mitades. como, tampoco, que pueda partirse en mitades.

      Luego la serie par y la serie impar son ambas, y cada una, iguales a la serie total de los números.

     No es tan claro, pues, como vosotros pensáis que el todo sea mayor que la parte.

     Meditad con ahinco, hasta hallar en qué consiste lo sofístico de este razonamiento.

Y cuando os hiervan los sesos, avisad.

                                     ***

La prosa, decía Juan de Mairena a sus alumnos de Literatura, no debe escribirse demasiado en serio. Cuando en ella se olvida el humor —bueno o malo—, se da en el ridículo de una oratoria extemporánea, o en esa que llaman prosa lírica, ¡tan empalagosa!

—Pero —observó un alumno—- los Tratados de Física, de Biología…

—La prosa didáctica es otra cosa. En efecto: hay que escribirla en serio. Sin embargo, una chispita de ironía nunca está de más. ¿Qué hubiera perdido el doctor Laguna con pitorrearse un poco de su Dioscórides Anazarbeo…? Pensaríamos de él como pensamos hoy: que fué un sabio, para su tiempo, y hasta intentaríamos leerle alguna vez.

                                ***

                                         (Sobre la crítica.)

      Si alguna vez cultiváis la crítica literaria o artística, sed benévolos. Benevolencia no quiere decir tolerancia de lo ruin o conformidad con lo inepto, sino voluntad del bien, en vuestro caso, deseo ardiente de ver realizado el milagro de la belleza. Sólo con esta disposición de ánimo la crítica puede ser fecunda. La crítica malévola que ejercen avinagrados y melancólicos es frecuente en España, y nunca descubre nada bueno. La verdad es que no lo busca ni lo desea.

      Esto no quiere decir que la crítica malévola no coincida más de una vez con el fracaso de una intención artística. i Cuántas veces hemos visto una comedia mala sañudamente lapidada por una crítica mucho peor que la comedia!… ¿Ha comprendido usted, señor Martínez?

      Martínez.—Creo que sí.

      Mairena.—¿ Podría usted resumir lo dicho en pocas palabras?

      Martínez.—Que no conviene confundir la crítica con las malas tripas.

Mairena.—Exactamente.

                              ***

    Más de una vez, sin embargo, la malevolencia, el odio, la envidia han aguzado la visión del crítico para hacerle advertir, no lo que hay en las obras de arte, pero sí algo de lo que falta en ellas. Las enfermedades del hígado y del estómago han colaborado también con el ingenio literario. Pero no han producido nada importante.

                                        ***

(Viejos y jóvenes.)

Cuenta Juan de Mairena que uno de sus discípulos le dió a leer un artículo cuyo tema era la inconveniencia e inanidad de los banquetes. El artículo estaba dividido en cuatro partes: A) Contra aquellos que aceptan banquetes en su honor; B) Contra los que declinan el honor de los banquetes; C) Contra los que asisten a los banquetes celebrados en honor de alguien ; D) Contra los que no asisten a los tales banquetes. Censuraba agriamente a los primeros por fatuos y engreídos; a los segundos acusaba de hipócritas y falsos modestos; a los terceros, de parásitos del honor ajeno; a los últimos, de roezancajos y envidiosos del mérito.

Mairena celebró el ingenio satírico de su discípulo.

—¿De veras le parece a usted bien, maestro? — De veras. ¿Y cómo va usted a titular ese trabajo?

 —»Contra los banquetes.»

—Yo le titularía, mejor: «Contra el género

                                  ***

A usted le parecerá Balzac un buen novelista —»decía a Juan de Mairena un joven ateneísta de Chipiona.

—A mí, sí.

—A mí, en cambio, me parece un autor tan insignificante que ni siquiera lo he leído.

                                ***

(Una gran plancha de Juan de

 Mairena y de su maestro Abel Martín.)

«Carlos Marx, señores —ya lo decía mi maestro—, fué un judío alemán que interpretó a Hegel de una manera judaica, con su dial&tica materialista y su visión usuraria del futuro. i Justicia para el innumerable rebaño de los hombres ; el mundo para apacentarlo! Con Marx, señores, la Europa, apenas cristianizada, retrocede al Viejo Testamento. Pero existe Rusia, la santa Rusia, cuyas raíces espirituales son esencialmente evangélicas. Porque lo específicamente ruso es la interpretación exacta del sentido fraterno del       cristianismo. En la tregua del eros genesíaco sólo aspira a perdurar en el tiempo, de padres  a hijos,  proclama el Cristo la hermandad de los hombres, emancipada de los vínculos de la sangre y de los bienes de la tierra; el triunfo virtudes fraternas sobre las patriarcales.  Toda la literatura rusa está impregnada de este espíritu cristiano. Yo no puedo imaginar, señores,  una Rusia marxista, porque el ruso empieza donde el marxista acaba. ¡Proletarios del mundo, defendeos, porque sólo importa el gran rebaño de hombres! Así grita, todavía, el bíblico semental humano. Rusia no ha de escucharle.» (Fraganento de un discurso de Juan de Mairena, conocido por sus discípulos con el nombre de «Sermón de Rute», porque fué pronunciado en el Ateneo de esta localidad.

V

(Las clases de Mairena.)

Juan de Mairena hacía advertencias demasiado elementales a sus alumnos. No olvidemos que éstos eran muy jóvenes, casi niños, apenas bachilleres; que Mairena colocaba en el primer banco de su clase a los más torpes, y que casi siempre se dirigía a ellos.

                                   ***

(Apuntes tomados al oído por discípulos de Mairena.)

Se dice que vivimos en un país de autodidactos. Autodidacto se llama al que aprende algo sin maestro. Sin maestro, por revelación interior o por reflexión autoinspectiva, pudimos aprender muchas cosas, de las cuales cada día vamos sabiendo menos. En cambio, hemos aprendido mal muchas otras que los maestros nos hubieran enseñado bien. Desconfiad de los autodidactos, sobre todo cuando se jactan de serlo.

                              ***

Para que la palabra «entelequia» signifique algo en ha sido preciso que la empleen los que no saben griego ni han leído a Aristóteles. De este modo, la ignorancia, o, si queréis, la pedantería de los ignorantes, puede ser fecunda. Y lo sería mucho más sin la pedantería de los sabios, que frecuentemente le sale al paso.

                          ***

(Sobre el barroco literario.)

El cielo estaba más negro que un portugués embozado,

dice Lope de Vega, en su Viuda Valenciano, de una noche sin luna anubarrada.

Tantos papeles azules que adornan letras doradas,                                               

dice Calderón de la Barca, aludiendo al cielo estrellado.

Reparad en lo pronto que se amojama un estilo, Y en la insuperable gracia de Lope.

                         ***

                                               (Eruditos.)

El amor a la verdad es el más noble de todos los amores. Sin embargo, no es oro en él todo lo que reluce. Porque no faltan sabios, investigadores, eruditos que persiguen la verdad de las cosas y de las personas, en la esperanza de poder deslustrarlas, acuciados de un cierto afán demoledor de reputaciones y excelencias.

Recuerdo que un erudito amigo mío llegó a tomar en serio el más atrevido de nuestros ejercicios de clase, aquel en que pretendíamos demostrar cómo los Diálogos de Platón eran los manuscritos que robó Platón, no precisamente a Sócrates, que acaso ni sabía escribir, sino a Jantipa, su mujer, a quien la historia y la crítica deben una completa reivindicación. Recordemos nuestras razones. «El verdadero nombre de Platón —decíamos— era el de Aristocles ; pero los griegos de su tiempo, que conocían de cerca la insignificancia del filósofo, y que, en otro caso, le hubieran llamado Cefalón, el Macrocéfalo, el Cabezota, le apodaron Platón, mote más adecuado a un atleta del estadio o a un cargador del muelle que a una lumbrera del pensamiento.» No menos lógicamente explicábamos lo de Jantipa. «La costumbre de Sócrates de echarse a la calle Y de conversar en la plaza con el primero que topaba, revela muy a las claras al pobre hombre que huye de su casa, harto de sufrir la superioridad intelectual de su señora.» Claro es que a mi amigo no le convencían del todo nuestros argumentos. «Eso —decía—- habría que verlo más despacio.» Pero le agradaba nuestro propósito de matar dos pájaros, es decir, dos águilas, de un tiro. Y hasta llegó a insinuar la hipótesis de que la misma condena de Sócrates fuese también cosa de Jantipa, que intrigó con los jueces para deshacerse de un hombre que no le servía para nada.

                                    ***

(Ejercicios poéticos sobre temas barrocos.)

Lo clásico —habla Mairena a sus alumnos— es el empleo del sustantivo, acompañado de un adjetivo definidor. Así, Homero llama hueca a la nave; con lo cual se acerca más a una definición que a una descripción de la nave. En la nave de Homero, en verdad, se navega todavía y se navegará mientras rija el principio de Arquímedes. Lo barroco no añade nada a lo clásico, pero perturba su equilibrio, exaltando la importancia del adjetivo definidor hasta hacerle asumir la propia función del sustantivo. Si el oro se define por la amarillez, y la plata por su blancor, no hay el menor inconveniente en que al oro le llamemos plata, con tal que esta plata sea rubia, y plata al oro, siempre que este oro sea cano. ¿Comprende usted, señor Martínez?

—-Creo que sí.

—-Salga usted a la pizarra y escriba:

                   Oro cano te doy, no plata rubia.

¿ Qué quiere decir eso?

—Que no me da usted oro, sino plata.

—Conformes. ¿Y qué opina usted de ese verso ?

-—Que es un endecasílabo bastante correcto.

  • ¿Y nada más?

— …La gracia de llamar plata al oro y oro a la plata.

—Escriba usted ahora :

¡Oh, anhelada plata rubia, tú humillas al oro cano!

¿Qué le parecen esos versos?

—Que eso de «oh, anhelada plata» me suena mal, y lo de «tú humillas», peor.

—-De acuerdo. Pero repare usted en la riqueza conceptual de esos versos y en la gimnasia intelectual a que su comprensión nos obliga. «La plata —–dice el poeta—, tan deseada, cuando es rubia, humilla al oro mismo, cuando éste es cano, porque la plata, cuando es oro, vale mucho más que el oro cuando es plata, puesto que hemos convenido en que el oro vale más que la plata.

Y todo esto ¡en dos versos octosilábicos ! Ahora, en cuatro versos —ni uno más—, continúe usted complicando, a la manera barroca, el tema que nos ocupa.

Martinez, después de meditar, escribe :

Plata rubia, en leve lluvia,

es temporal de oro cano:

cuanto más la plata es rubia

menos lluvia hace verano.

—Verano está aquí por cosecha, caudal, abundancia…

—Comprendido, señor Martínez. Vaya usted bendito de Dios.

VI

(Proverbios consejos de Mairena.)

Los hombres que están siempre de vuelta en todas las cosas son los que no han ido nunca a ninguna parte. Porque ya es mucho ir; volver, i nadie ha vuelto !

El paleto perfecto es el que nunca se asombra de nada; ni aun de su propia estupidez.

Sed modestos: yo os aconsejo la modestia, o, por mejor decir: yo os aconsejo un orgullo modesto, que es lo español y lo cristiano. Recordad el proverbio de Castilla: «Nadie es más que nadie.» Esto quiere decir cuánto es difícil aventajarse a todos, porque, por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre.

Así hablaba Mairena a sus discípulos. Y añadía: ¿Comprendéis ahora por qué los grandes hombres solemos ser modestos ?

                                     ***

Huid de escenarios, púlpitos, plataformas y pedestales. Nunca perdáis contacto con el suelo ; porque sólo así tendréis una idea aproximada de vuestra estatura.

                                ***

Los honores, sin embargo, rendidos a vuestro prójimo, cuando son merecidos, deben alegraros ; y si no lo fueren, que no os entristezcan por vosotros, sino por aquellos a quienes se tributan.

                                     ***

Nunca debéis incurrir en esa monstruosa ironía del homenaje al soldado desconocido, a ese pobre héroe anónimo por definición, muerto en el campo de batalla, y que si por milagro levantara la cabeza para decirnos: «Yo me llamaba Pérez», tendríamos que enterrarle otra vez, gritándole: «Torna a la huesa, ioh Pérez infeliz t., porque nada de esto va contigo.»

                                      ***

Vosotros debéis amar y respetar a vuestros maestros, a cuantos de buena fe se interesan por vuestra formación espiritual. Pero para juzgar si su labor fué más o menos acertada, debéis esperar mucho tiempo, acaso toda la vida, y dejar que el juicio lo formulen vuestros descendientes. Yo os confieso que he sido ingrato alguna vez —y harto me pesa—— con mis maestros, por no tener presente que en nuestro mundo interior hay algo de ruleta en movimiento, indiferente a las posturas del paño, y que mientras gira la rueda, y rueda la bola que nuestros maestros lanzaron en ella un poco al azar, nada sabemos de pérdida o ganancia, de éxito o de fracaso.

***

Pláceme poneros un poco en guardia contra mí mismo. De buena fe os digo cuanto me parece que puede ser más fecundo en vuestras almas, juzgando por aquello que, a mi parecer, fué más fecundo en la mía. Pero ésta es una norma expuesta a múltiples yerros. Si la empleo es por no haber encontrado otra mejor. Yo os pido un poco de amistad y ese minímo de respeto que hace posible la convivencia entre personas durante algunas horas. Pero no me toméis demasiado en serio. Pensad que no siempre estoy yo seguro de lo que od digo, y que, aunque pretenda educaros, no creo que mi educación esté mucho más avanzada que la vuestra. No es fácil que pueda yo enseñaros a hablar, ni a escribir, ni a pensar correctamente, porque yo soy la incorrección misma, un alma siempre en borrador, llena de tachones, de vacilaciones y de timientos. Llevo conmigo un diablo —no el demonio de Sócrates—, sino un diablejo que me tacha a veces lo que escribo, para escribir encima lo contrario de lo tachado ; que a veces habla por mí y otras yo por él, cuando no los dos a la par, para decir en coro cosas distntas. i Un verdadero lío! Para los tiempos quevienen, no soy yo el maestro que debéis elegir, porque de mí sólo aprenderéis lo que tal vez convenga ignorar toda la vida: a desconfiar de vosotros mismos.

***

Para los tiempos que vienen hay que estar seguros de algo. Porque han de ser de lucha, y habréis de tomar partido. i Ah! ¿Sabéis vosotros lo que esto significa? Por de pronto, renunciar a las razones que pudieran tener vuestros adversarios, lo que os obliga a atar doblemente seguros de las vuestras. Y eso es mucho más difícil de lo que parece. La razón humana no es hija, como algunos creen, de las disputas entre los hombres, sino del diálogo amoroso enque se busca la comunión por el intelecto en verdades, absolutas o relativas, pero que, en el peor caso, son independientes del humor individual. Tomar partido es no sólo renunciar a las razones de vuestros adversarios, sino también a las vuestras; abolir el diálogo, renunciar, en suma, a la razón humana. Si lo miráis despacio, comprenderéis 01 arduo problema de vuestro porvenir: habéis de retroceder a la barbarie, carga(los de razón. Es el trágico y gedeónico destino do nuestra especio. ¿Qué piensa usted, señor Rodrígucz?

—Quo, en efecto —habla Rodríguez, continuando el discurso del maestro-—, hay quo tomar partido, seguir un estandarte, alistarse bajo una bandera, para pelear. La vida es lucha, antes que diálogo amoroso. Y hay que vivir.

 — ¿Qué duda cabe! Digo, a no ser que pensemos, con aquel gran chuzón que fué Voltaire: «Nous n’en voyons pas la neoessité.»

                                             ***

El escultor que saca a escena Zorrilla en su Tenorio —en ese Don Juan tan calumniado, sobro todo por los que no otro—- cs un hombro magnífico. Con qué gusto hubiera modelado él la estatua de Don Juan, del «matador», como le llama con ingenuidad insuperablo, y puéstola entre las víctimas del héroe, en el pedestal más alto de todos! No halló a mano un retrato de donde sacarla… Además, los testamentarios de Don Diego Tenorio… Pero, seguramente, era ésa la estatua que él hubiera esculpido de balde.

A la ética por la estética, decía Juan de Mairena, adelantándose a un ilustre paisano suyo.

                                   ***

Hay hombres que nunca se hartan de saber. Ningún día —-dicen— se acuestan sin haber aprendido algo nuevo. Hay otros, en cambio, que nunca se hartan de ignorar, No se duermen tranquilos sin averiguar que ignoraban profundamente algo que creían saber. iA, igual A!, decía mi maestro, cuando el sueño eterno comenzaba a enturbiarle los ojos. Y añadía, con voz que no sonaba ya en este mundo: ¡Ateme usted esa mosca por el rabo!

                                    ***

RECUERDO INFANTIL

(DE JUAN DE MAIBENA)

Mientras no suena un paso leve

y oiga una llave ralinar,  

el niño malo no se atreve

a rebullir ni a respirar.

El niño Juan, solitario, oye

la fuga del ratón, y la

carcoma en el armario, y la

polilla en el cartón.

El niño Juan, el hombrecito

escucha el tiempo en su prisión:

una quejumbre de mosquito en

un zumbido de peón.

El niño está en el cuarto oscuro,

donde su madre lo ancerró;

es el poeta, el poeta puro

que canta: ¡el tiempo, el tiempo y yo!

Deja un comentario