SOLEDADES. 1907. ANTONIO MACHADO

SOLEDADES.  1907.

Antonio Machado

 

     Como no podía ser de otra forma, y toda vez que los derechos de autor de Antonio Machado ya han pasado al dominio público el uno de enero de 2020, pasamos a reproducir el contenido de éste su libro.

Y lo vamos a publicar en este blog por reproducciones parciales que iremos publicando en los próximos meses, a razón de aproximadamente cincuenta paginas del poemario en cada entrega.

 

 

Antonio Machado Ruiz en 1909, el día de su boda con Leonor Izquierdo Cuevas.

 

 

 

 

I

EL VIAJERO

 

Está en la sala familiar, sombría

y entre nosotros, el querido hermano

que en el sueño infantil de un claro día

vimos partir hacia un país lejano.

 

Hoy tiene ya las sienes plateadas,

Un gris mechón sobre la angosta frente,

y la fría inquietud de sus miradas

revela un alma casi toda ausente.

 

Deshójanse las copas otoñales

del parque mustio y viejo,

La tarde, tras los húmedos cristales,

Se pinta, y en el fondo del espejo.

 

El rostro del hermano se ilumina

suavemente.  ¿Floridos desengaños

dorados por la tarde que declina?

¿Ansias de vida nueva en nuevos años?

 

¿Lamentará la juventud perdida?

– Lejos quedó la pobre loba, muerta -.

¿La blanca juventud nunca vivida

teme, que ha de cantar ante su puerta?

 

¿Sonríe al sol de oro

de la tierra de un sueño no encontrada;

y ve su nave hender el mar sonoro,

del viento y luz la blanca vela hinchada?

 

Él ha visto las hojas otoñales

amarillas rodar, las olorosas

ramas del eucaliptus, los rosales,

que enseñan otra vez sus blancas rosas…

 

Y este dolor que añora o desconfía

El temblor de una lágrima reprime,

y un resto de viril hipocresía

en el semblante pálido se imprime.

 

Serio retrato en la pared clarea

Todavía.  Nosotros divagamos.

En la tristeza del hogar golpea

el tic-tac del reloj. Todos callamos.

 

 

II

 

He andado muchos caminos,

he abierto muchas veredas,

he navegado en cien mares

y he atracado en cien riberas.

 

En todas partes he visto

caravanas de tristeza,

soberbios y melancólicos

borrachos de sombra negra,

 

y pedantones al paño

que miran, callan y piensan

que saben, porque no beben

el vino de las tabernas.

 

Mala gente que camina

y va apestando la tierra.

 

Y en todas partes he visto

gentes que danzan o juegan

cuando pueden, y laboran

sus cuatro palmos de tierra.

 

Nunca, si llegan a un sitio,

preguntan adónde llegan.

Cuando caminan, cabalgan

a lomos de mula vieja.

 

y no conocen la prisa

ni aun en los días de fiesta.

Donde hay vino, beben vino,

Donde no hay vino, agua fresca.

Son buenas gentes que viven,

laboran, pasan y sueñan,

y en un día como tantos

descansan bajo la tierra.

 

III

 

La plaza y los naranjos encendidos

Con sus frutas redondas y risueñas.

 

Tumulto de pequeños colegiales

que al salir en desorden de la escuela,

llenan el aire de la plaza en sombra

con la algazara de sus voces nuevas.

 

¡Alegría infantil en los rincones

de las ciudades muertas!…

 

¡Y algo nuestro de ayer, que todavía

vemos vagar por estas calles viejas!

 

IV

En el entierro de un amigo

 

Tierra le dieron una tarde horrible

del mes de julio, bajo el sol de fuego.

 

A un paso de la abierta sepultura

había rosas de podridos pétalos,

entre geranios de áspera fragancia

y roja flor.  El cielo

puro y azul.  Corría

un aire fuerte y seco.

 

De los gruesos cordeles suspendido,

pesadamente descender hicieron

el ataúd al fondo de la fosa

los dos sepultureros…

 

Y al reposar sonó con recio golpe,

solemne, en el silencio.

Un golpe de ataúd en tierra es algo

perfectamente serio.

Sobre la negra caja se rompían

los pesados terrones polvorientos…

 

El aire se llevaba

de la honda fosa el blanquecino aliento.

 

Y tú, sin sombra ya, duerme y reposa,

larga paz a tus huesos…

 

Definitivamente

duerme un sueño tranquilo y verdadero.

 

V

Recuerdo infantil

 

Una tarde parda y fría

de invierno.  Los colegiales

estudian.  Monotonía

de lluvia tras los cristales.

 

 

Es la clase.  En un cartel

se representa a Caín

fugitivo, y muerto Abel

junto a una mancha carmín.

 

Con timbre sonoro y hueco

truena el maestro, un anciano,

mal vestido, enjuto y seco,

que lleva un libro en la mano.

 

Y todo un coro infantil

va cantando la lección:

mil veces ciento, cien mil,

mil veces mil, un millón.

 

Una tarde parda y fría

de invierno.  Los colegiales

estudian.  Monotonía

de lluvia tras los cristales.

 

VI

 

Fue una clara tarde, triste y soñolienta,

tarde de verano.  La hiedra asomaba

al muro del parque, negra y polvorienta…

La fuente sonaba.

 

Rechinó en la vieja cancela mi llave;

con agrio ruido abrióse la puerta

de hierro mohoso y, al cerrarse, grave

golpeó el silencio de la tarde muerta.

 

En el solitario parque la sonora

copia borbollante del agua cantora,

me guió a la fuente.  La fuente vertía

sobre el blanco mármol su monotonía!

 

La fuente cantaba: ¿Te recuerda, hermano,

Un sueño lejano mi canto presente?…

Fue una tarde lenta del lento verano.

 

Respondí a la fuente:

No recuerdo, hermana,

mas sé que tu copia presente es lejana.

 

Fue esta misma tarde: mi cristal vertía

como hoy sobre el mármol su monotonía.

¿Recuerdas, hermano?…  Los mirtos talares,

que ves, sombreaban los claros cantares

que escuchas.  Del rubio color de la llama

el fruto maduro pendía en la rama

lo mismo que ahora.  ¿Recuerdas, hermano?…

Fue esta misma lenta tarde de verano.

 

-No sé qué me dice tu copia riente

de ensueños lejanos, hermana la fuente.

 

Yo sé que tu claro cristal de alegría

ya supo del árbol la fruta bermeja;

yo sé que es lejana la amargura mía

que sueña en la tarde de verano vieja.

 

Yo sé que tus bellos espejos cantores

Copiaron antiguos delirios de amores:

más cuéntame, fuente de lengua encantada,

cuéntame mi alegre leyenda olvidada.

 

-Yo no sé leyendas de antigua alegría,

sino historias viejas de melancolía.

Fue una clara tarde del lento verano…

 

Tú venías solo con tu pena, hermano;

tus labios besaron mi linfa serena,

y, en la clara tarde, dijeron tu pena.

 

Dijeron tu pena tus labios que ardían:

la sed que ahora tienen, entonces tenían.

 

-Adiós para siempre, la fuente sonora,

del parque dormido eterna cantora.

Adiós para siempre, tu monotonía,

fuente, es más amarga que la pena mía.

 

Rechinó en la vieja cancela mi llave;

con agrio ruido abrióse la puerta

de hierro mohoso y, al cerrarse, grave

sonó en el silencio de la tarde muerta.

 

VII

 

El limonero lánguido suspende

Una pálida rama polvorienta,

sobre el encanto de la fuente limpia,

y allá en el fondo sueñan

los frutos de oro…

 

Es una tarde clara,

casi de primavera;

tibia tarde de Marzo,

que el hálito de Abril cercano lleva;

y estoy solo, en el patio silencioso,

buscando una ilusión cándida y vieja:

 

alguna sombra sobre el blanco muro,

algún recuerdo, en el perfil de piedra

de la fuente dormido, o, en el aire,

algún vagar de túnica ligera.

 

En el ambiente de la tarde flota

ese aroma de ausencia,

que dice al alma luminosa: nunca,

y al corazón: espera.

 

Ese aroma que evoca los fantasmas

de las fragancias vírgenes y muertas.

 

Sí, te recuerdo, tarde alegre y clara,

casi de primavera,

tarde sin flores, cuando me traías

el buen perfume de la hierbabuena,

y de la buena albahaca,

que tenía mi madre en sus macetas.

 

Que tú me viste hundir mis manos puras

en agua serena,

para alcanzar los frutos encantados

que hoy en el fondo de la fuente sueñan…

 

Sí, te conozco, tarde alegre y clara,

casi de primavera.

 

VIII

 

Yo escucho los cantos

de viejas cadencias,

que los niños cantan

cuando en coro juegan,

 

y vierten en coro

sus almas que sueñan,

cual vierten sus aguas

las fuentes de piedra:

 

con monotonías

de risas eternas

que no son alegres,

con lágrimas viejas

 

que no son amargas

y dicen tristezas,

tristezas de amores

de antiguas leyendas.

 

En labios niños,

las canciones llevan

confusa la historia

y clara la pena;

 

como clara el agua

lleva su conseja

de viejos amores,

que nunca se cuentan.

 

Jugando, a sombra

de una plaza vieja,

los niños cantaban…

 

La fuente de piedra

vertía su eterno

cristal de leyenda.

 

Cantaban los niños

canciones ingenuas,

de un algo que pasa

y que nunca llega,

la historia confusa

y clara la pena.

 

Vertía la fuente

su eterna conseja:

borrada la historia

contaba la pena.

 

IX

 

Se ha asomado una cigüeña a lo alto del campanario.

Girando en torno a la torre y al caserón solitario

Ya las golondrinas chillan. Pasaron del blanco invierno

de nevascas y ventiscas los crudos soplos de infierno.

Es una tibia mañana.

El sol calienta un poquito la pobre tierra soriana.

 

Pasados los verdes pinos

casi azules, primavera

se ve brotar en los finos

chopos de la carretera

y del rio. El Duero corre, terso y mudo, mansamente.

El campo parece, más que joven, adolescente.

 

Entre las hierbas alguna humilde flor ha nacido,

Azul o blanca. ¡Belleza del campo apenas florido,

y mística primavera!

 

¡Chopos del camino blanco, álamos de la ribera,

espuma de la montaña

ante la azul lejanía,

sol del día, claro día,

hermosa tierra de España!

 

X

 

A la desierta plaza

conduce un laberinto de callejas.

 

A un lado, el viejo paredón sombrío

de una ruinosa iglesia;

a otro lado, la tapia blanquecina

de un huerto de cipreses y palmeras,

 

y, frente a mí, la casa,

y en la casa la reja,

ante el cristal que levemente empaña

su figurilla plácida y risueña.

 

Me apartaré.  No quiero

Llamar a tu ventana… Primavera

Viene – su veste blanca

flota en el aire de la plaza muerta -;

viene a encender las rosas

rojas de tus rosales… Quiero verla…

 

XI

 

Yo voy soñando caminos

de la tarde.  ¡Las colinas

doradas, los verdes pinos,

las polvorientas encinas!…

 

¿Adónde el camino irá?

Yo voy cantando, viajero

a lo largo del sendero…

– La tarde cayendo está -.

 

“En el corazón tenía

la espina de una pasión;

logré arrancármela un día:

ya non siento el corazón.”

 

Y todo el campo un momento

se queda mudo y sombrío,

meditando.  Suena el viento

en los álamos del rio.

 

La tarde más se obscurece;

y el camino que serpea

y débilmente blanquea,

se enturbia y desaparece.

 

Mi cantar vuelve a plañir:

“Aguda espina dorada,

quién te pudiera sentir

en el corazón clavada.”

 

XII

 

Amada, el aura dice

tu pura veste blanca…

 

No te verán mis ojos;

mi corazón te aguarda!

 

El aura me ha traido

tu nombre en la mañana;

el eco de tus pasos

repite la montaña…

No te verán mis ojos;

mi corazón te aguarda!

 

En la ciudad sombría

repica la campana…

 

No te verán mis ojos;

mi corazón te aguarda!

 

Los golpes del martillo

dicen la negra caja;

y el sitio de la fosa,

los golpes de la azada…

 

No te verán mis ojos;

mi corazón te aguarda!

 

XIII

 

Hacia un ocaso radiante

caminaba el sol de estío,

y era, entre nubes de fuego, una trompeta gigante,

tras de los álamos verdes de las márgenes del rio.

 

Dentro de un olmo sonaba la sempiterna tijera

de la cigarra cantora, el monorritmo jovial,

entre metal y madera,

que es la canción estival.

 

En una huerta sombría,

giraban los cangilones de la noria soñolienta.

Bajo las ramas obscuras el son del agua se oía.

Era una tarde de Julio, luminosa y polvorienta.

 

Yo iba haciendo mi camino,

Absorto en el solitario crepúsculo campesino.

 

Y pensaba: “¡Hermosa tarde, nota de la lira inmensa

toda desdén y armonía,

hermosa tarde, tú curas la pobre melancolía

de este rincón vanidoso, obscuro rincón que piensa”

 

Pasaba el agua rizada bajo los ojos del puente.

Lejos, la ciudad dormía

como cubierta de un mago fanal de oro transparente.

Bajo los arcos de piedra el agua clara corría.

 

Los últimos arreboles coronaban las colinas

manchadas de olivos grises y de negruzcas encinas.

Yo caminaba cansado,

sintiendo la vieja angustia que hace el corazón pesado.

 

El agua en sombra pasaba tan melancólicamente,

bajo lo arcos del puente,

como si al pasar dijera:

 

“Apenas desamarrada

la pobre barca, viajero, del árbol de la ribera,

se canta: no somos nada.

Donde acaba el pobre río la inmensa mar nos espera.”

Bajo los ojos del puente pesaba el agua sombría.

(Yo pensaba: ¡el alma mía!)

 

Y me detuve un momento,

en la tarde a meditar…

¿Qué es esta gota en el viento

que grita al mar: Soy el mar?

 

Vibraba el aire asordado

por los élitros cantores que hacen el campo sonoro,

cual si estuviera sembrado

de campanitas de oro.

 

En el azul fulguraba

un lucero diamantino.

Cálido viento soplaba

alborotando el camino.

 

Yo en la tarde polvorienta

hacia la ciudad volvía.

Sonaban los cangilones de la noria soñolienta.

Bajo las ramas obscuras caer el agua se oía.

 

XIV

Cante Hondo

 

Yo meditaba absorto, devanando

los hilos del hastío y la tristeza,

cuando llegó a mi oído,

por la ventana de mi estancia, abierta

 

a una caliente noche de verano,

el plañir de una copia soñolienta,

quebrada por los trémolos sombríos

de las músicas magas de mi tierra.

 

… Y era el Amor, como una roja llama…

-Nerviosa mano en la vibrante cuerda

ponía un largo suspirar de oro

que se trocaba en surtidor de estrellas-.

 

… Y era la Muerte, al hombro la cuchilla,

el paso largo, torva y esquelética.

-tal cuando yo era niño la soñaba-.

 

Y era la guitarra, resonante y trémula,

la brusca mano, al golpear, fingía

el reposar de un ataúd en tierra.

 

Y era un plañido solitario el soplo

que el polvo barre y ceniza aventa.

 

XV

 

La calle en sombra.  Ocultan los altos caserones

al sol que muere; hay ecos de luz en los balcones.

 

¿No ves, en el encanto del mirador florido,

el óvalo rosado de un rostro conocido?

 

La imagen, tras el vidrio de equívoco reflejo,

surge o se apaga como daguerrotipo viejo.

 

Suena en la calle sólo el ruido de tu paso;

Se extinguen lentamente los ecos del ocaso.

¡Oh, angustia! Pesa y duele el corazón. ¿Es ella?

No puede ser… Camina… En el azul la estrella.

 

XVI

 

Siempre fugitiva y siempre

cerca de mi, en negro manto

mal cubierto el desdeñoso

gesto de tu rostro pálido.

 

No sé dónde vas, ni donde

tu virgen belleza tálamo

busca en la noche.  No sé

qué sueños cierran tus párpados,

 

ni de quién haya entreabierto

tu lecho inhospitalario.

…..…………………………………………

Detén el paso, belleza

esquiva, detén el paso…

Besar quisiera la amarga,

Amarga flor de tus labios.

 

XVII

 

En una tarde clara y amplia como el hastío,

cuando su lanza tórrida blande el viejo verano,

copiaban el fantasma de un triste sueño mio

mil sombras en teoría, enhiestas sobre el llano.

 

La gloria del Ocaso era un purpúreo espejo,

era un cristal de llamas, que al infinito viejo

iba arrojando el grave soñar en la llanura…

Y yo sentí la espuela sonora de mi paso

 

repercutir lejana en el sangriento Ocaso,

y aun más allá, la alegre canción de un alba pura.

 

XVIII

 

Maldiciendo su destino,

como Glauco, el Dios marino,

mira, turbia la pupila

de llanto, el mar que le debe también su virgen Scyla.

 

Él sabe que un Dios más fuerte

con la substancia inmortal está jugando a la muerte

cual niño bárbaro.  Él piensa

que ha de caer como rama, que sobre las aguas flota,

antes de perderse, gota

de mar, en la mar inmensa

 

En sueños oyó el acento de una palabra divina:

en sueños se le ha mostrado la cruda ley diamantina

sin odio ni amor, y el frio

soplo del olvido sabe sobre un arenal de hastío.

 

Bajo las palmeras del oasis el agua buena

miró brotar de la arena:

y se abrevó entre las dulces gacelas, y entre los fieros

animales carn¡ceros…

 

Y supo cuánto es la vida hecha de sed y dolor

y fue compasivo para el ciervo y el cazador,

para el ladrón y el robado,

para el pájaro azorado,

para el sanguinario azor.

Con el Eclesiastés dijo: Vanidad de vanidades,

todo es negra vanidad;

y oyó otra voz que clamaba, alma de sus soledades,

sólo eres tú, luz que fulges en el corazón, verdad.

 

Y viendo como lucían

miles de blancas estrellas,

pensaba que todas ellas

en su corazón ardían.

Noche de amor!…

Y otra noche sintió la mala tristeza

que enturbia la pura llama,

y un corazón que bosteza,

y un histrión que declama.

 

 

Y dijo:  las galerías

del alma que espera están

desiertas, mudas, vacías;

las blancas sombras se van.

 

Y el demonio de los sueños abrió el jardín encantado

del ayer.  Cuán bello era,

qué hermosamente el pasado

fingía la primavera.

 

cuando del árbol de otoño estaba el fruto colgado,

mísero fruto podrido,

que en el hueco acibarado

guarda el gusano escondido!

 

¡Alma que en vano quisiste ser más joven cada día,

arranca tu flor, la humilde flor de la melancolía!

 

XIX

 

¡Verdes jardinillos,

claras plazoletas,

fuente verdinosa

donde el agua sueña,

donde el agua muda

resbala en la piedra!…

 

Las hojas de un verde

mustio, casi negras,

del árbol, el viento

de Septiembre besa

y se lleva algunas

amarillas, secas,

jugando, entre el polvo

blanco de la sierra.

 

Linda doncellita

que el cántaro llenas

de agua transparente,

tú, al verme, no llevas

a los negros bucles

de tu cabellera,

distraídamente,

la mano morena,

ni, luego, en el limpio

cristal te contemplas…

 

Tú miras al aire

de la tarde bella,

mientras de agua clara

el cántaro llenas.

 

 

 

Romances Moriscos. Recopilados por Agustín Durán.

Romances Moriscos.

El libro al que aludimos, y que reproduciremos en cinco partes o entregas mensuales en este blog, corresponde al “ROMANCERO de ROMANCES MORISCOS” que en 1828 recopiló, entre todos los incluidos en el Romancero General de 1614, Don AGUSTÍN DURÁN, y en uno de cuyos ejemplares la abuela de Manuel y Antonio Machado Ruíz, Cipriana Álvarez Durán leyó a sus nietos estos romances allá por los años próximos al de 1885.

Cipriana Álvarez Durán.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Crimen sin delito. Walter Elías Álvarez Bocanegra.

 

Crimen sin delito,

de Walter Elías Álvarez Bocanegra

de Pallasca, Ancash, Perú

 

 

Regresó como se fue, caminando, tres días de caminata desde la otra provincia, y se subió al bus en la salida del pueblo arriba del río Tablachaca, iba a entregarse voluntariamente a la justicia en el mismo Penal de Cambio Puente, en el litoral, Timoteo terminaba de cometer, muy a gusto, dos asesinatos más, había logrado lo que quería. Se sentó muy contento en la penúltima fila libre de la derecha del bus, y cuando el vehículo descendía en convergencia con el río su mirada se perdió en la triangulada ladera muy sumido en sus recuerdos.

Por la calcinada ladera las piedrecillas rodaban y las chamanas se estrujaban mientras presurosas se desplazaban las dispersas cabras a reunirse con la manada, el sol se disponía a penetrar  en la montaña occidental y por abajo, por el ancho vado del río Tablachaca, apareció un hombre con el pantalón remangado hasta los muslos, Timoteo lo seguía con la mirada fija, sorprendido por aquella humana aparición, esa tarde mientras preparara su merienda por fin podría conversar con aquel hombre, por fin podría alegrarse departiendo con él, así lo deseaba y haría todo lo posible y hasta lo imposible para retenerlo. Rara vez llegaba por ahí humano viviente, rara, muy rara, salvo la dueña cuando tenía que vender alguna partida de ganado, Timoteo pastoreaba las cabras de un una mujer que vivía más arriba, como a quince kilómetros, en un pequeño pueblo andino de antigüedad incalculable.

–¡Hola, amiguito! –saludó Timoteo a la distancia y a todo pulmón a su potencial visitante– por allá amiguito, por esas pitajayas, por ahí viene el camino.

–¡Ahhhhhh! –exclamó el gordiflón en señal de agradecida respuesta.

Mientras lo esperaba, Timoteo recordó aquel día que pasó por ahí por esa cabaña que entonces la habitaba, y pasó hasta la rivera y más abajo aún siguiendo el curso de las aguas con dos compañeros novatos para lavar el oro yaciente en el cauce del río, los experimentados buscadores de oro tenían otro camino, más corto y más inmediato a la carretera, pero los novatos se inquietaron por su brillo en el pueblo de arriba mientras bebían aguardiente en una pulpería, los dos pueblerinos le hablaron de la faena y del precio del metal “Te sacas un gramo diario, cinco veces más de lo que te pagan aquí como peón”, así, convencido del suculento negocio, bajó con sus dos socios rumbo a la rivera con una enorme mochila cada uno,  con los molidos, la sal y el azúcar para alimentarse y encima de la mochila la barreta y la lampa, y un pellejo de chivo maduro para retener las minúsculas partículas del metal, bajar por la escarpada pendiente con tremendo cargamento para quince días le produjo vómitos, tantas arcadas que por fin optó por exclamar “¡Me llama el divino!” y se tiró al suelo de largo en largo que sus compañeros tuvieron que compartir su cargamento para poder llegar a la misma rivera mientras Timoteo les contaba una historia de su pacto sostenido con Dios para entretenerlos “El Taitito me ha pedido que no cargue mucho peso y si me descubre cargando como ahora me llamará a su lado para vivir sin hacer nada, y yo todavía no quiero ir porque tengo que hacer algo”. Y apenas llegaron, sobre la marcha empezaron a improvisar el campamento pircando piedras hasta una altura de ochenta centímetros, de ancho hasta las rodillas y de largo lo suficiente para que pudiesen entrar los tres con mochilas y todo, tendieron un plástico como techo y, ¡vivienda arreglada!.     Le resultaba muy desagradable recordar todo aquello de esa vez en que sacaron medio gramo por día entre los tres, ahora, como pastor, tenía una pequeña cabaña arriba de la rivera con tarima y fogón incluidos y un perro de compañía, una cabaña que había albergado a muchas generaciones de pastores, tenía la cabaña y la comida aseguradas, molidos, papas y maíz que le entregaba su patrona y que el mismo subía para bajarlos desde el pueblo, aunque ya llevaba meses sin comer carne, no había muerto cabra alguna, y él, tan honrado como era, no sacrificaría una por propia iniciativa .

El caminante salía por el escabroso camino entre cactus y chamanas, de aquí para allá de allá para acá, se aproximaba a la cabaña mientras el perro lo ladraba, Timoteo no quiso recordar más esos días ni esas noches que pasó en la rivera para lavar oro y se concentró en la figura de su potencial visitante que, de dónde vendrá este pequeño amiguito tan gordito como está que difícil le resulta caminar, lo convenceré para que se quede, le daré de comer y se quedará, si pero no, ¿y si es uno de esos terrucos?, ¡me jodí!, ¡hoy me mata!, ¡ay Diosito!, no permitas que así sea, y viene con zapatos, y yo con estos zurcidos y estos llanques desde que llegué, seis meses ya, ¿que traerá envuelto en su poncho como quipe?.

Timoteo llevaba unos llanques tan desgastados que el talón besaba el suelo, el pantalón y chaqueta de lana de carnero artesanales y zurcidos pedían ser cambiados a gritos, sólo había cambiado la camisa de lana por una vieja camisa de dril que su entonces patrona le regaló y que ajustaba dentro del pantalón con una faja de lana de tres metros de largo.

Llegó y Timoteo le extendió la mano presentándole a su perro sin apartar los ojos del quipe, en seguida lo invitó a sentarse en un piedra cerca al fogón.

–¡Anay! –exclamó el visitante mientras se quitaba el quipe para ponerlo a su costado y agregó –con tremendo peso casi que no llego, ¡jajajaja!.

Timoteo, intrigado por lo que había dicho el recién llegado, atizó el fuego y la pequeña olla de barro empezó a cloclear una sopa de molidos con unas papitas peladas a cuchillo y cortadas en pedacitos. El crepúsculo se apagaba y el fuego iluminaba, Timoteo aproximó un tronco de molle hasta el fogón y se sentó, su mirada se dirigió al quipe del forastero mientras éste lo desenvolvía para liberar su poncho dejando al descubierto un paquete envuelto en un costalillo blanco, estirándose manoteó en el bolsillo interno de su chaqueta y extrajo una taleguita de coca cortada y bien compactada para ofrecerle un bolo a Timoteo en muestra de agradecimiento y amistad, Timoteo aceptó muy de buena gana, y luego que el forastero se chantó el poncho empezaron una charla respecto a la coca, que dónde era mejor, que si del Marañón o de Usquil, ¡del Marañón!, del Marañón es la mejor sólo que a veces te venden lavada, ¡después de haber sacao la pasta!, pero se conoce, cuando está lavada la hoja pierde su color y sabor, en cambio cuando no está lavada es verdecita media amarillita, qué rica, bien rica, amiguito, ¡sí, mi amigo!, así es pue sino dígame cómo está la que ley invitao, ¡buena amiguito!, muy buena, paque es pue.

–A propósito amiguito, yo me llamo Timoteo Masa, Timoteo Masa Rueda, ¿y usted?, amiguito.

–Yo Pablo, Pablo Centurión, pero de apellido no de cintura.

Y Pablo y Timoteo siguieron charlando de la coca, de la cal, de las catipadas para adivinar la suerte, pero a Timoteo no se le iban los ojos de encima del quipe de Pablo.

–¿Qué llevas en el quipe, amiguito?.

–Más coca, ¡jajajajajaja!.

–A ver, quiero mirala.

–Mañana, ahora ya está de noche.

Y claro que se estaba haciendo noche, las cabras madres se acomodaban en el redil llamando a sus crías, mientras los machos se disputaban los emplazamientos más atractivos, y el perro Motoso ahí, afuera del redil, no cesaba de darle vueltas mientras ladraba, y de cuando en cuando se posaba sobre sus ancas para aullar.

Timoteo colgó la geta en muestra de descontento sin dejar de ser solidario.

–A comer algo, amiguito –dijo Timoteo, casi ordenando y bajando los platos desde un pendiente tabladillo de delgados maderos atrincados con cabuyas.

Meneó la olla con el negruzco cucharón de palo y empezó a servir el primer plato para Pablo, el segundo para el perro y el tercero para él. Pablo lo recibió de muy buena gana.

–Gracias, amigo, pero no te molestes, ¿qué he dicho que no te ha gustao?.

–Nada, sólo que no me quieres enseñar lo que tienes en tu quipe.

–¡Coca!, ya te dije, mañana te daré un poco, ahora sólo quiero dormir en este corredorcito.

Timoteo, se puso triste y rabioso a la vez, su curiosidad por saber lo que había en el quipe quedó frustrada, la posibilidad de que fuera coca lo que contenía el quipe le llenaba de felicidad y sonreía al imaginarla porque la ración se le agrandaría y no tendría que mezclar lo poco que le quedaba con hojas de chamana, pero, y qué si no era coca, sólo de pensarlo su rostro se degradaba.  Esa noche no dormiría, se conocía demasiado, tuvo miedo de aquel pequeño gordiflón chacotero, tuvo miedo, claro que sí, y ahora ¿dónde dormiría su visitante?, ni modo que en la tarima junto a él, ¿dónde tendería la gruesa carona para el amigo?, en el suelo, claro, dónde más, no había otra tarima sólo una en la que él dormía sobre dos gruesas caronas apuntaladas, ahora prescindiría de una para ofrecerla a Pablo, en el suelo, pero, ¿dentro o fuera de la cabaña?, afuera mejor y yo me tranco muy bien con la barreta, y si empuja la puerta, ¡me jodí!, mejor que se duerma el en suelo y junto a mi tarima, mejor en el suelo y lejos de mí. Timoteo estaba super confundido que no había captado el deseo de su visitante por quedarse en el corredorcito,  y terminó tendiendo la carona afuera, bajo el pequeño techo saliente de barro de la cabaña y aturdidamente la terminó de tender a eso de las nueve de la noche cuando la luna aparecía por el oriente e ingresaba su luminosidad por la ventanita hasta la cabecera de la tarima.  Tendió la carona afuera y le entregó una frazada raída, le dio las buenas noches y  después de trancarse con la barreta se acostó, y le asaltaron los recuerdos del primer día en el pueblo de arriba, zozobrado, escondiéndose de los policías, buscando trabajo a cambio de comida, llegó desde allá, desde las alturas de Chingalpo en la otra provincia arriba del río Marañón, tres días después que le dio una tremenda pateadura a su mujer dejándola semimuerta, muerta para él, ¡eso creía!, en la chocita de la puna donde vivía, donde sobrevivía pastoreando el ganado del mejor comerciante del pueblo, así fue, pues, su mujer era joven y hermosa y por eso con rabia la pegó hasta matarla, pero no la mató, la dejó tirada, abandonó la choza y se quedó en la choza abandonada de más arriba para vigilarla desde ahí hasta que llegara el comerciante con las vituallas para la quincena, y sucedió que el comerciante llegó aquel día con su mujer y sus dos hijos y encontró a la mujer de Timoteo recuperándose de la pateadura, la sacaron caminando de la choza y la subieron sobre la mula del comerciante ante la incrédula mirada de Timoteo que no le quedó otra salida que huir, y a su mujer la llevaron hasta el precario hospital del pueblo donde rápidamente se recuperó y declaró que los terrucos se llevaron a Timoteo porque era de ellos y a ella lo masacraron mientras la culpaban de traicionar a su marido con el dueño del ganado, cuento que todos los que la escucharon se lo tragaron completito.

Acostado sobre la tarima se quedó recordando el incidente de la puna hasta la madrugada, tan concentrado en sus recuerdos que los desesperados ladridos de Motoso a eso de la media noche pasaron desapercibidos por él, entonces ya de madrugada lo asaltó la idea de que el hombre que dormía afuera podría  estar tramando ingresar a la cabaña para matarlo, no podía permitirse morir entonces, tenía que vivir, aún tenía que vivir porque aún no había logrado su objetivo, no aceptaba eso de morir para que otros vivieran, quería su parte en este mundo, y lo lograría, esa noche quería estar seguro de que el visitante no era un terruco que lo mataría, él sabía que los terrucos mataban y asunto arreglado, no le preocupaba el porqué ni el para qué, sólo le preocupaba el qué hacer y el porqué en caso de que quisieran matarlo. Y como tenía que seguir viviendo salió cuchillo en mano para asegurarse de que así sería, abrió la puerta sigilosamente, el visitante roncaba plácido, completamente dormido por el cansancio, con el misterioso quipe de cabecera, Timoteo se inclinó para jalar el quipe en el que posiblemente se encontraría el arma homicida, y al jalarlo ¡el durmiente se puso de pie de un salto para sujetar su paquete!, Timoteo le clavó una estocada en el abdomen y con ambas manos en el cuello dio cuenta de aquel hombre que terminó cayendo pesadamente en el suelo y Timoteo encima de él.  Se aseguró de que su indefenso contrincante estuviera bien muerdo y lo arrastró hasta un rincón de la cabaña, volvió por el quipe y lo colocó junto al cadáver, trancó la puerta con la barreta y se quedó regocijadamente dormido.

Las cabras abandonaron el redil a eso de las nueve de la mañana y Timoteo empezó a estirase y a dar gracias a Dios por el nuevo día. Dirigió la mirada al cadáver, y

–¡Buenos días amiguito!, eso te pasa por querer matarme.

Se levantó y lo primero que izo fue examinar el quipe del difunto, lo encontró, efectivamente con coca y dentro de ella un fajo con muchos billetes de todas las denominaciones, pero, además un paquete de un kilo de pasta básica de cocaína. No sabía cuántos ni de cuánto, pero sí sabía que eran billetes, sus ojos se desorbitaron al contemplarlos y su mente empezó a cautelarlos, y los ató en viejas bolsas plásticas para enterrarlos en una esquina exterior de la cabaña. Cogió el cuchillo y en una de las piedras del fogón lo frotó repetidas veces hasta entregarle un buen filo cortante e inmediatamente empezó a quitarle las ropas al difunto para seccionarlo, y un crucifijo de oro en cadena del mismo metal asido al cuello del infortunado llamó su atención y se detuvo en su empeño examinándolo minuciosamente, no había visto uno semejante, qué lo iba a ver si nunca conoció una esvástica, sin embargo ahí se quedó petrificado y luego se persignó para continuar con su tarea, delicadamente quitó el crucifijo y se colocó al cuello.  El bolsillo derecho de la chaqueta llamó su atención por lo pesado del contenido, manoteó dentro de él y extrajo un revólver 38 de rutilante cacha en la que se enmarcaba en alto relieve una S en forma de ángel cruzada sobre otra en forma de serpiente, sin duda una esvástica ¿oro?, Timoteo quedó paralizado, jamás había visto oro semejante, y cuando volvió en sí siguió buscando en los bolsillos de la chaqueta, en el izquierdo encontró una potente linterna de mano, y en el interno un estuche de cuerdo con documentos personales que él ignoraba por no saber leer. Escondió el revolver envuelto con el crucifijo en una abertura de la pared externa de la cabaña y lo tapó con barro y piedra, entonces se justificó de razón,  ese hombre tenía el arma y quería matarlo, ese muerto que no era tan gordo ni tan pequeño como cuando estaba vivo porque lo desinfló con el cuchillo y se estiró mientras moría. Y no obstante haberse justificado de razón se armó la confusión dentro de sí. Pero qué importaba eso, él estaba vivo y el otro muerto eso era lo importante, y lo más importante para él, entonces, era desaparecer el cuerpo del delito, que si lo encontraban los otros terrucos lo destrozarían a balazos,  y procedió  a descuartizar al difunto. Extrajo las vísceras y las cargó en un saco juntamente con la pasta básica y el estuche de documentos hasta el río, dónde tranquilamente las lavó y arrojó el kilo de pasta y el estuche en la parte más estrecha y alejada del torrente, regresó y extendió las vísceras  en un cordel de cabuya instalado afuera de la cabaña. Luego fue sacando uno a uno los miembros hasta el batan donde hábilmente los fileteaba para secarlos en el tendedero, finalmente, la cabeza entera la colocó en una gran olla de barro para cocinarla, a eso de las dos de la tarde se desayunaba junto con su perro con el suculento caldo de cabeza humana, luego puso la cabeza sobre el batán y de ella extrajo los ojos y la lengua y se los comió, cogió el machete y de un certero golpe abrió la cabeza en dos y lo entregó al perro para que se lo comiera, el perro devoró los sesos y se llevó el cráneo abriéndose paso entre los matorrales. En seguida llenó en la misma olla las manos y pies del cadáver y atizó el fuego con unos leños de molle, a eso de las seis de la tarde y después de echar de menos las cabras en el redil cogió la coca del difunto y se puso a rumiarlas hasta la media noche, hora en la que tomó su caldo de manos y pies y se acostó. Al siguiente día, después de entregar un gran hueso a Motoso, mientras se echaba la armada cocinaba los filetes más apetecibles del muerto, y cuando la olla empezó a hervir se desnudó por completo, cogió con la mano derecha el cucharón de palo y con la otra el cuchillo y empezó a interpretar su propia danza de agradecimiento por lo vivido emitiendo guturales sonidos infernales, de cuando en cuando se dirigía a la olla e introducía el cuchillo para probar la cocción de la carne y como el difunto no pasaba de los cuarenta no tuvo que esperar mucho para saborear completamente aquello,  y se engulló los hervidos músculos voraz y desesperadamente como si fuera la última vez que lo hacía, y barriga llena se tendió panza arriba bajo la sombra de un molle y se quedó dormido hasta el crepúsculo.

Una semana después, cuando el sol calentaba desde el mismo centro del cielo, llegó Serafín Puntiagudo, el eterno policía del pueblo, hasta la cabaña, y al ver unas provocativas cecinas en el tendedero le pidió a Timoteo que le asara esas carnes precocidas por el sereno y el sol, y las degustó.

–¿Tienes plata que me prestes? –preguntó el policía.

–Dionde pue taitito, ¡dionde! –respondió Timoteo.

–Se ha perdido un comerciante –comentó el policía mientras saboreaba la carne azada.

–Yo he comido amiguito.

–JAJAJAJA! –carcajeó el policía– sólo un loco comería carne humana.

–Enton, somos dos.

El policía respondió con otra carcajada y se encaminó a buscar venados, mató uno en aquel atardecer, y cuando cayó el venado Timoteo llegó corriendo hasta el animal, lo tomó por el cuello, lo abrazó y lloró desconsoladamente, mientras el policía festejaba su presa entre risas y anécdotas de cacería, Timoteo lloró hasta la última lágrima y de un brinco se paró y clavó su mirada en el orgulloso policía para decirle:

–Yo, Timoteo Masa Rueda, te condeno al fuego eterno por matar a este pobre amigo que nada te ha pedido, hoy dime, ¿qué tea quitao este pobre animal, mal nacido?.

El policía encañonó a Timoteo y Timoteo se arrodillo ante él.

–¡No me mates por favor! –clamó el humillado.

–No te mato si cargas el animal hasta el pueblo.

–Así será, patroncito, mandiste nomá.

Esa noche, el policía, después de esposar a Timoteo por miedo a ser atacado, se quedó junto a su presa en la tarima de Timoteo y éste afuera de la cabaña, y al siguiente día llegó hasta el pueblo de arriba con Timoteo venado al hombro, y mientras tanto llegaban por la cabaña dos familiares del desaparecido y al encontrar la linterna de mano en la ventanita de la vivienda rompieron el endeble candado y buscaron dentro del cuartito, en un rincón encontraron los zapatos y la ropa del difunto y  con la evidencia se encaminaron hasta el pueblo, Timoteo ya bajaba de regreso y tropezó con ellos, y después de charlas y preguntas Timoteo aseguró haber comido al dueño de esas prendas de vestir. Al siguiente día los dos familiares más dos policías llegaron hasta la cabaña y apresaron a Timoteo, le pusieron esposas y lo ataron y encima lo arriaron a golpes. Y luego del atestado policial lo cargaron en el asiento posterior de la camioneta para ponerlo a disposición del Juez, era la primera vez que subía a un vehículo , apenas avanzaron un kilómetro y empezó a vomitar, asqueados por el incidente los policías esposaron a Timoteo en la barandilla de la tolva de la camioneta, y llegó hasta el Penal envuelto en su propia bazofia sin contemplación alguna.  El caso se ventiló en la Corte Superior y el Fiscal se dirigió al reo.

–Este hombre que ven aquí, aparentemente inocente, mató con premeditación ventaja y alevosía al comerciante Antonio Aguilar Sarmiento y se ensaño fileteando el cadáver para luego comérselo.

–No soy inocente, ¡yo lo maté pero con un cuchillo, no con lo que usted dice!, además no se llamaba Antonio Aguilar, se llamaba Pablo Centurión.

–¿Cómo era Pablo Centurión?.

–Vivo era bromista, pequeño y gordiflón. Muerto, era serio, estirao y desinflao.

–¿Porqué lo mataste?.

–Porque me iba a matar.

–¿Porqué te iba a matar?.

–¿Porque tanto me pregunta si ya dije que lo maté o quiere que diga que no lo maté?.

–Lo mataste y luego lo comiste, ¿porqué?.

–Lo maté y lo comimos porque teníamos hambre, los tres, yo, el perro y el policía.

–¿porqué crees que te iba a matar?.

–Porque tenía el arma como esas que andan los policías en su cintura, sólo que ésta era de oro, yo escondí el arma en un hueco de la casita.

 

Qué difícil resultó resolver aquel caso. El homicida confesó el crimen con lujo de detalles, se hizo la reconstrucción, tal y como, Timoteo quitó la piedra para extraer el revolver y crucifijo, pero habían desaparecido, el caso se tuvo que archivar por falta de pruebas. Timoteo salió libre por exceso de carcelería después de muchas sesiones, preguntas y repreguntas, durante siete años. Lo que parecía un caso simple se complicó, las investigaciones pusieron al descubierto que el desaparecido era un comerciante intermediario de pasta básica de cocaína que recién había salido del Penal de Cambio Puente con libertad condicional, que había tomado el bus en el terminal terrestre del litoral rumbo a la sierra para comprar ganado, y que se había bajado en una estación en las estribaciones de la sierra, justamente en una casita al borde de la carretera arriba del río Tablachaca y a eso de las nueve de la noche del martes 13 de diciembre, por lo tanto tenía que haber descendido hasta la cabaña de Timoteo en horas de la noche, contradictoriamente Timoteo afirmaba que el hombre que mató había ascendido hasta su cabaña después de cruzar el río en horas de la tarde de un día que no sabía reconocer que día era, y lo había matado a la luz de la luna y en la madrugada del siguiente día “era de madrugada porque Motoso temblaba de frío”. Se concluyó que el desaparecido había planeado su propia desaparición para huir de la justicia cambiando de identidad y posiblemente de nacionalidad, resultando acusados de asociación ilícita para delinquir los dos familiares del desaparecido, ¿y cómo no así, si el muerto había desaparecido por completo salvo sus prendas de vestir?. Perro y amo tuvieron una semana de comilona a todo dar, las últimas cecinas se las había comido el policía, y el perro enterró los huesos por allá, por donde ningún humano se atrevía a llegar por temor a ser sepultado, allá en el terreno mullido, atormentado y deleznable del borde de la quebrada, para roerlos después, cuando el hambre lo exigía, y después ni el mismo los encontró. No había modo de tipificar el delito del espeluznante crimen confesado por Timoteo como tampoco había modo de justificar el delito de asociación para delinquir.

Para Timoteo la vida en el penal era más atractiva que todos los días de su anterior existencia, no saldría de ahí ni por san puta, volvería a matar ahí mismo y delante de muchos testigos para quedarse, ahí dejó los llanques por los zapatos, el sombrero por la cachucha, los pantalones y chaquetas de lana por los de estilo vaquero, la faja por el cinturón y la nada por el calzoncillo, ahí pudo diferenciar billetes naciones y extranjeros, auténticos y falsos, ahí por primera vez la radio y televisión, la luz eléctrica y el agua en cañería,   pero tenía algo más importante que hacer, más importante que la buena vida que llevaba en el penal y se perfeccionó en el uso del puñal. La buena conducta que observó en el Penal le venía por naturaleza, seguía siendo simplemente el hombre que no sabía que era bueno ni que era malo para los demás, pero sí sabía que era bueno para él, y para él lo mejor que tuvo fue su hijo, su hijo de ocho años.

Así que por el hijo quería regresar hasta la puna dónde había quedado su mujer, y regresó, pasó por la rivera del Tablachaca y en un descuido del nuevo pastor desenterró el dinero y lo camufló entre sus ropas, se encaminó hasta la puna,  tomó todas las precauciones y empezó a vigilarla mientras el viento silbaba entre las pajillas, esta vez no fallaría, los sorprendería, esperó pacientemente y llegó el comerciante, pasó hasta la choza con la remeza y las golosinas de la hembra, Timoteo se fue acercando, los quejidos de la hembra traspasaban la muralla tejida con piedras y champas, ¡irrumpió el vengador!, le clavó una puñalada en la espalda al jadeante y a ella una en el pecho, y el se echó encima de los dos con las manos apretando el cuello de la mujer, cuando los cuerpos empezaron a enfriarse se sentó sobre el cuyero y se echó la armada, miró hacia arriba a las enmarañadas pajillas del techo, escarbó con su mano derecha y extrajo la pequeña botella de cocacola, la bebida preferida de su hijo de ocho años, el comerciante siempre le llevaba una de regalo para que atisbara circundando la laguna y volviera con la noticia de que si había o no truchas y en que parte, mientras Timoteo pastoreaba el ganado a medio kilómetro arriba de la choza, tan pronto el niño volvía hasta la choza con la noticia tan pronto regresaba en compañía del comerciante hasta la laguna y los dos se ponían a pescar en los lugares que el niño indicaba, y así se pasaban un gran día sellándolo con unas truchas fritas a eso de las cuatro de la tarde, y había truchas por montones. Un día el pequeño hizo el recorrido en menor tiempo que el previsto, y al regresar a la choza encontró a su madre quejándose debajo del comerciante, el niño  pateó los tobillos del jadeante y lo amenazó con hacerlo saber a su padre, y la madre sentenció.

–Si lo haces el patrón no te traerá más cocacolas.

El niño calló, y agregó.

–Pero no vuelvas a pegarle a mi mama.

–El patrón dice que te traerá dos cocacolas –agregó la madre

–Eso –dijo el patrón– una la tomas mientras caminas por el entorno de la laguna, no vayas corriendo porque las truchas se pueden asustar, y la otra la tomas después, cuando tu quieras.

Y así fue, la siguiente quincena el patrón llegó con dos cocacolas más una bolsa de caramelos que el niño festejó con incesantes elogios al patrón.

–Esta botella te la tomas hoy –dijo el patrón– y esta otra con los caramelos guárdalos para después.

El comerciante repitió su jarana amorosa y se marchó sin esperar al niño para salir de pesca.

El niño se puso muy triste, esa tarde no compartiría con el patrón los chocolates rellenos mientras pescaban, esa tarde no habría truchas fritas, pero, luego sonrío porque tenía otra cocacola y una bolsa de caramelos para disfrutarlos, y sin pensarlo dos veces el niño empezó chupando los caramelos y luego rumiándolos, y antes que llegara Timoteo, su padre, destapó la pequeña cocacola y se tomó buena parte de ella para luego esconderla bajo su cama, y tan pronto la escondió empezó a gritar como loco, que sus gritos estremecían las montañas, la madre se quedó petrificada, Timoteo llegó para atender al pequeño, pero entonces espumaba y tenía el cutis morado, ¡y se moría!. Al siguiente día Timoteo encontró la botella bajo la cama del niño junto a media bolsa de caramelos, la olfateó, era repugnante, tenía el olor del insecticida que usaban para combatir las garrapatas de las ovejas, cautelosamente escondió la botella entre el enmarañado de pajas del techo, y ahora la  sujetaba, la destapó, abrió la boca de la mujer y la llenó con el líquido, luego se dirigió a la cama que antes era de su hijo y ahora de otro niño, y extrajo otra cocacola, la destapó, la olió, y, ¡estaba envenenada!, la vació completamente en la boca de la mujer y salió corriendo al encuentro del niño aquel otro hijo de la mujer, lo encontró volteando la laguna, le entregó siete cocacolas que llevaba en su mochila y se encaminó rumbo a la tumba de su hijo sin prisas ni nada, después se entregaría a la justicia en el mismo Penal, llevándose con él las caricias de su hijo que eran como la suave y limpia brisa de  la puna susurrándole al oído. Quitó una a una las piedras de la camuflada entrada a la cueva y destapó la tumba de su hijo, cuidadosamente fue quitando la cal, capa por capa, separando y sacudiendo las ropitas y los ponchos, por fin había terminado, ahí la momia sonriente, ahí la cabeza y patas de la oveja completamente secas, con mucho cuidado levantó entre sus brazos a la momia y la apretó en su pechó con la cabeza pegada a su oído, lloró mientras la tenía y con ella en abrazos se acostó junto a la tumba y se quedó dormido hasta el siguiente día. Cuando las guachuas surcaban la laguna y los cielos las avecillas festejando los primeros rayos de sol, vistió al deshidratado cuerpo de su hijo con las ropillas para luego envolverlo con los ponchos y finalmente apretujarlos con la faja, sacudió el pellejo y retiró la base de cal, esparció hojas de coca en la base de la tumba y sobre ellas extendió el pellejo, sobre el pellejo colocó con sutileza la pequeña momia, a su costado derecho colocó la cabeza y patas secas de la oveja. De su mochila extrajo chocolates, una cocacola y otras golosinas, y las colocó a la izquierda de la momia, habló entre sus narices por media hora y comenzó a sellar la tumba, cuando terminó de sellarla tapó camufladamente la entrada de la cueva y se marchó rumbo al Penal de cambio Puente, sonreía porque el penal le había dado una vida mucho mejor que aquella que llevaba en la puna, mucho mejor que aquella que llevaba en la rivera del Tablachaca, y lloraba, sonreía y lloraba, lloraba porque se alejaba de su hijo,  quién podría entenderlo, era un hombre tan distinto, tan diferente a todos, tan sabio como idiota, tan loco como cuerdo, era todo y era nada, y no obstante preferir las fáciles migajas de la esclavitud al difícil pan de la libertad, era él.

Durante el trayecto en el bus, Timoteo seguía sumergido en sus recuerdos, sintió mucha rabia en aquel momento en que descubrió la pequeña cocacola envenenada que dio cuenta de la vida de su inocente hijo, entonces cogió el cuchillo para victimar a su mujer, pero, ahí estaba su hijo, y aunque ya muerto, ¿porqué tendría que presenciar aquella venganza?. Cubrió cuidadosamente al pequeño y esperó el nuevo día, con el cuchillo aquél degolló a la mejor oveja de la manada, era la primera vez que por iniciativa propia degollaba una oveja del patrón, la pishtó y en el pellejo fresco cuidadosamente extendido depositó una pierna de la oveja, y junto a ella la cabeza y las cuatro patitas del animal, las envolvió y, ¡y acomodó su quipe personal!, con el talego de coca bien compacto, el más grande, el de las largas caminatas, y al costado de todo acomodó al pequeño niño envuelto, muy cuidadosamente, con una colorida faja de lana de tres metros. Cargó el burro del patrón con la barreta y la lampa, la olla y los molidos, un par de ponchos muy raídos y encima de todo, lo envuelto en el pellejo,  y marchó hacia arriba con el viento silbando entre los ichos, hasta lo más alto de la caliza montaña y se hospedó en una cueva. Al siguiente día bajó algunos metros hasta una depresión por la que fluía un hilo de agua y con la lampa construyó un pequeño pozo, al costado de éste amontonó muchas piedras caliza para construir con ellas un cono truncado con una pequeña abertura pegada al suelo, y lo rellenó con carcas de vaca, tantas como el relleno lo pedía, que tuvo que recorrer centenares de metros a la redonda para conseguirlas, las prendió fuego cuando el sol se ocultaba y se sentó para echarse un bolo mientras cocinaba su única comida del día con la pierna de la oveja,  después de comer al calor de la hoguera se quedó dormido. Los primeros rayos de sol abrigaban las faldas orientales del cerro y curiosas viscachas retornaban a sus madrigueras, la tarea de Timoteo aún no concluía, se incorporó estirándose, miró las calcinadas y blanquecinas piedras y después de evacuar las cenizas por la pequeña abertura de la base, cogió la olla, la llenó con agua y la esparció sobre las piedras, y repitió la acción hasta quedar complacido . Subió hasta la cueva y en ella excavó una tumba, la encofró con selectas  piedras, en la base depositó una capa de cal que cargó desde su improvisado horno, sobre ella colocó el pellejo de oveja y al costado la cabeza y las cuatro patas y en seguida extendió otra capa de cal, esparció hojas de coca sobre aquella capa, extendió uno de los ponchos sobre ella, y sobre él depositó el cuerpo desnudo de su pequeño hijo, sobre el cuerpo sus ropitas y la faja, y sobre todo extendió el otro poncho, se echó la armada y a manera de conversación reprodujo la vida del pequeño, desde que nació, ¡qué, desde que nació!, desde antes, desde que tu mama resultó preñada, tenía muchos antojos, pedía muchas golosinas, muchas cocacolas,  y por eso te gustaban tanto, yo no tenía para comprarlas pero ahí estaba el patrón, tenía una gran tienda en el pueblo, llegaba quincenalmente a la choza y le contamos de esos antojos, ¡él nos traía, pue!, religiosamente como buen cristiano, ¡y naciste!, gracias a él en el hospital del pueblo entre camas muy blancas que olían a patrón, así poco a poco se fue adueñando de tu mama y de ti, yo nunca tuve dinero, un día te cogí en mis brazos y a ella le pedí que me siguiera, pero no, no me siguió se fue hasta el pueblo y me denunció, aquí pasé una semana contigo hasta que llegó tu mama con el patrón y dos policías, a mi me llevaron para encerrarme, me dijeron que de ese cuarto no me sacarían nunca. Quiero estar junto a mí hijo, les dije, entonces machucaron mi dedo sobre un papel y me dijeron: “Regresa con tu mujer y tu hijo y no vuelvas a escaparte con el niño porque si lo haces te matamos”.

Timoteo empezó a llorar al evocar aquello, en ahogado llanto, quería gritar pero no podía, empezó a lanzar maldiciones entrecortadas, esa quincena, después del funeral se vengaría, se nutrió con esa idea y continuó con el funeral depositando una última y gruesa capa de cal, selló la tumba con anchas piedras, sobre ellas echó tierra, y piedras, y tierra hasta anular la pequeña cueva, y entonces ya, y ahora listo para vengarse,  primero ella y después él, pero él llegó acompañado por su familia, y ella no murió aquella vez, pero ahora sí, ¡y los dos!. Su rostro sonrío mientras el chofer del bus accionaba la bocina. Los dejó bien muertos sobre la cama, pero otro niño tenía la sinvergüenza y otro marido para cuidar las ovejas del patrón, ¿será del nuevo pastor o del comerciante ese?, no importa, lo importante es que el niño vive, tiene que vivir porque es niño, los que podrían matarlo ya están bien muertos, ya sé, culparán al nuevo pastor la muerte de los sinvergüenzas, pero para eso estoy vivo, confesaré todo, y ese infortunado hombre que ocupó mi lugar podrá ser feliz junto a ese alegre niño tan alegre y conversador como mi Timotito, corriendo por la vuelta de la laguna con esa cocacola en la mano, hubiera sido el último día de su vida si yo no llegaba, pobre niño, le di las siete botellas de las ocho que llevaba para la tumba de mi hijo, una por cada añito que tenía. Y le dio al pequeño las siete botellas mientras el hombre que pastoreaba el ganado estaba arriba, observando todo, con un cuchillo en la mano y detrás de esa misma piedra que antes observaba Timoteo, sudando frío y lleno de rabia por la impotencia de su pobreza. El bus se detuvo bruscamente luego de la bocina y con el motor en neutro el chofer aceleró escandalosamente, conforme acostumbraba hacerlo frente a esa casita al filo de la carretera donde siempre se estacionaba un momento, la casita aquella en la que una agraciada mujer expendía lo más indispensable para comer y apagar la sed. Timoteo habló protestando por aquella maniobra:

–¡La putasumadre! –así dijo, por primera vez, se lo había aprendido en el penal.

–¡Mí tío cocacolas! –se escuchó a todo pulmón la voz de un niño.

Timoteo tropezó con la mirada de ese niño tan alegre y conversador como su Timotito, iba en el mismo bus junto a su padre, el pastor aquel que ocupó el lugar de Timoteo y ahora se marchaba a la costa en busca de un nuevo empleo, y como si previamente se hubiesen puesto de acuerdo los tres bajaron del bus por un momento. ¡Y ahí estaba él con el celular pegado a la oreja!, con la camisa deliberadamente desabotonada para que se notara el imponente y peculiar crucifijo de oro, y además el rutilante revólver en su cintura con las SS del clan, claro que era él, ¡es Pablo!, pensó Timoteo, ¡no puede ser!, ¿estoy o estuve soñando?, pero, no era sueño, era Pablo Centurión el chacotero gordiflón, ahora elegantemente vestido, que había estacionado su tremenda camioneta en aquella estación para depositar un paquete, y luego que lo hizo reconoció a Timoteo y nerviosamente eludió su mirada para subir a su camioneta y arrancar.

– ¡Mujer venga la muerte de su hijo seduciendo a su victimario patrón! –exclamó el escandaloso chofer del bus leyendo en muy alta voz un diario que le acababa de entregar la mujer de esa casita –le clava el puñal por la espalda mientras lo tiene encima, luego ella se clava otro y para asegurase traga veneno con cocacola, la heroína venga de esta manera la muerte de su pequeño hijo que ocho años atrás fue envenenado por su patrón.        A una semana del incidente las madres de todo el país se han convocado en la Plaza Mayor de Lima para pedir al Gobierno se declare madre heroica de todas las madres a Timorata Ponte Piccho y se erija  un monumento en su memoria….

 

El bus reinició el descenso y Timoteo, muy ensimismado, tratando de ignorar esa noticia y con la mirada perdida en la triangulada ladera, recordaba su primer crimen, el paquete con la pasta y los billetes, el revólver, el crucifijo y la potente linterna, y aquel hombre que maté no era tan pequeño ni tan gordo como éste, era estirado y desinflado, pero con buena ropa como éste, y éste llevaba entonces ropa de pobre,  ¿pero qué pudo haber pasado aquella noche si yo no estaba dormido y él sí?.

ALMA de Manuel Machado

“ALMA” de Manuel Machado.

 

        Prólogo de MANUEL ÁLVAREZ MACHADO a la 1ª edición de “ALMA”, de Enero de 2020, publicada por Ediciones Rilke.

 

PRÓLOGO

En las fechas en las que se escribe esta introducción o prólogo del libro “Alma” hace algo más de 77 años que su autor, Manuel Machado, nos dejó, y más de 120 años desde que empezó a escribir los poemas que en él podemos leer.

En estos años muchas han sido las ediciones que se han publicado. Muchas en vida del poeta y otras, también muy numerosas, las editadas con posterioridad a su ausencia.

No cabe duda que las editadas en vida de Manuel Machado albergaron las poesías que su autor decidió, y en el orden que consideró oportuno.

Pero… ¿fueron siempre las mismas? Podemos avanzar que no fue así, y decir que probablemente esto no sea muy importante, pues lo que finalmente trasciende en este caso de Manuel Machado, no es el contenido concreto, más o menos amplio, de los poemas del libro, sino el concepto, forma, estilo, filosofía, criterios o el “alma” común de los poemas escritos en aquellos años y que formaron parte de las distintas ediciones de “Alma” o de poemarios titulados de distinta forma y publicados en los años siguientes.

Nos explicamos: la primera edición de Alma, y con este título, es de 1900 o 1901, pues entre estos años aparece por primera vez en Madrid, (sin fecha concreta), impresa por A. Marzo. Le sucedieron varias ediciones, entre las que destacamos la editada por Pueyo en 1907, prologada por Miguel de Unamuno, y la editada por Garnier Hermanos —París, sin fecha, con estudio crítico de C. Santos González, que consideramos corresponde 1912 (aunque puede ser algún año posterior), y en cuya portada se titula también como “Alma”, aunque incluye poemas bajo los epígrafes de “Museo”, “La Buena Canción”, “Caprichos” y “El Mal Poema”.

La presente edición ha utilizado la que en 1922 realizó la Editorial Mundo Latino de Madrid, bajo el título “Alma”, y como se puede leer en ella contiene un número de poemas similar, pero inferior a la indicada por la francesa Garnier.

Entre ellas otras ediciones anteriores a 1947 (año del fallecimiento de Manuel Machado) bajo el Título de “Alma, Museo y los Cantares” además de otras simplemente bajo el título de “Alma”.

Tal vez la edición más trascendente, o más significativa, es la última que Manuel Machado contrató, que firmó a finales de 1946 y que se acabó de imprimir el día 20 de mayo de 1947 por Editorial Plenitud de Madrid, siendo el título “Manuel y Antonio Machado. Obras Completas”. Hay que tener en cuenta que Manuel Machado falleció el 19 de enero de ese año 47, por lo que el contenido y orden de la obra (en relación a Manuel Machado) fue el último que autorizó nuestro poeta.

En esta edición de 1947, en relación a la obra poética de Manuel Machado, esta incluye, entre las escritas entre 1898 y 1910, los siguientes títulos:

1º. Alma (1898–1900).
2º.  Caprichos (1900–1905).
3º.  La Fiesta Nacional–Rojo y Negro (1906).                                                                                              4º.  El mal poema (1909).
5º.  Museo–Primitivos (1910).

Creo que hay que entender que el título “Alma”, comprende no solo el título “Alma”, sino los reseñados en los cuatro apartados siguientes, por lo que cuando hablamos de “Alma” en Manuel Machado debemos referirnos a este conjunto de poemas.

Ahora bien, ¿cuáles son las causas o motivo de las diferencias entre esta edición de Editorial Plenitud y las anteriores?

Simplemente la voluntad y, creemos, que un criterio de homogeneidad del poeta.

En principio hay que decir que, en general, no es lo mismo la poesía que las restantes formas literarias a los efectos de las modificaciones de los textos una vez publicados por primera vez. Las poesías, en la mayoría de los casos, son composiciones cortas, breves, que pueden tener vida propia con independencia del contexto literario en el que se encuentren; tendrán, o no, una íntima relación con los poemas que las acompañan en el poemario o en parte de él, pero, normalmente pueden leerse y disfrutarse, casi casi, con independencia de las que las acompañan, por lo que suelen ser posibles las modificaciones, ampliaciones, variaciones que el autor pueda hacer en los tiempos posteriores a su primera publicación sin que ello signifique una necesidad de alterar el resto del poemario. Cada poema tiene su “alma propia”, aunque esta coincida en todo o en parte con otros poemas, y esto será lo normal, pero sin que impida su lectura independiente. Pero también hay que decir que existe un “Alma propia general del poemario”, sea uno o varios los que se unan entre sí y se publiquen juntos, a veces, aunque no necesariamente siempre.

Las demás formas literarias, novela, teatro, ensayo o trabajos de investigación o crítica, suelen requerir una profunda y amplia reestructuración de la obra si las modificaciones son amplias, pues se verían, normalmente afectadas o muy afectadas, tanto en el fondo y contenido como probablemente en la forma.

En consecuencia vemos con frecuencia estas variaciones en los poemarios, entre las diversas ediciones en el tiempo.

Tal vez los versos, si no eliminados, no cambien apenas, pero sí pueden cambiar su sentido en su pequeño conjunto, dando origen a una nueva poesía, que no será contraria casi con seguridad al “alma propia general del poemario”. Si fuera contraria probablemente sería eliminada del poemario por el autor, e incluida en otro o dejada para ser reeditada en otro poemario con características diferentes.

Como consecuencia de estas modificaciones, en la poesía de Manuel Machado, y en este caso concreto en “el entorno de Alma”, los poemas podrían ser considerados, y lo fueron, con varias palabras que indican diversos y diferentes conceptos, formas y estilos, probablemente incompletos conceptualmente, pero superados todos ellos por ese “Alma propia general” de un conjunto de poesías, escritas, todas ellas, en un tiempo próximo, (aunque no necesariamente todas, pues pueden solaparse “almas nuevas” correspondientes a una evolución del poeta.)

¿Estilos?, tal vez mejor utilizar la palabra “tendencias”. Parnasianismo, simbolismo, modernismo, romanticismo, neo romanticismo, decadentismo, malditismo, naturalismo, noventayochismo todas se han aplicado a “Alma” y a Manuel Machado, pero en realidad ninguna sería la adecuada de forma exclusiva. La de modernismo sería la más utilizada por la crítica literaria sobre nuestro poeta y su poemario “Alma”. Pero él mismo lo niega, eso sí, a posteriori, argumentando que en “Alma” va su “alma”.

Se ha dicho y escrito:

1º. Que convergen en Manuel Machado las más importantes corrientes e influencias, entre ellas, y con intensidad, el modernismo, especialmente en “Alma”.

2º. Que Manuel Machado es un poeta único, original, el más original del siglo, por encontrase en su creación los estilos del pasado, de su presente e incluso, podemos aventurar, que del futuro.

3º. Que, como apunta Siebenmann, se fija en los dos movimientos más importantes de finales del siglo XIX y del XX, del modernismo y el noventayochismo.

4º. Que como dijo el propio Manuel Machado “en Alma va su alma”, por ser su poemario el más suyo.

5º. No obstante hay que entender que tanto el modernismo como el 98 tienen, en España, un sustrato común del que surgen ambos estilos. Hay una notoria insatisfacción ante la literatura reinante, una rebeldía contra las normas estéticas imperantes y un evidente deseo de una regeneración, de un cambio general en los planteamientos sociales y artísticos.

6º. El modernismo se manifestaba contra los excesos del romanticismo, pero no contra la duda, el desencanto y el hastío, y sin olvidar que en el modernismo cabían todas las tendencias siempre y cuando tuvieran u observaran unas formas de expresión depuradas y de alto valor artístico, que por cierto eran el rasgo distintivo del modernismo.

7º. La clave de la renovación, del regeneracionismo noventayochocientista, es común, en el fondo en ambos estilos, con variaciones en las formas que no implican necesariamente oposición entre ambas.

8º. Manuel, como su hermano Antonio, como Juan Ramón Jiménez, parten de posiciones modernistas, pero, manteniendo su deseo de renovación, se van alejando, incluso con rapidez, de las formas modernistas, para encauzarse en unas formas de mayor sencillez y profundidad. La evolución es clara hacia el análisis del fondo de las ideas y de las cuestiones que se plasman en los versos o en los escritos en prosa.

9º. Y por ello “Alma”, los poemas de Manuel Machado en el conjunto de lo que podemos considerar “Alma general”, son no solo modernistas, sino poemas comprometidos con las ideas de renovación y regeneración, del proceso evolutivo del 98. Aunque habría que concluir que es poesía “única” que habla del alma del Poeta. Poeta que vive y siente los problemas de la sociedad ante los que manifiesta como esencial lo individual, lo personal y un claro antidogmatismo. En el fondo, mientras renueva las formas externas en su obra literaria, avanza hacia unas posiciones anárquicas y propias.

10º. El propio Manuel Machado manifestó en una conferencia que dio en el Ateneo de Madrid, en 1911, que “El modernismo no existe ya”, ha evolucionado hacia una lírica de mayor sencillez y profundidad.

11º. Probablemente el simbolismo que se le adjudica por muchos críticos a la poesía de Manuel Machado, por sus ciertas referencias a Verlaine, por sus combinaciones a lo Verlaine, y muchas otras características de origen simbólico, no deja de ser parcial y referente a una forma muy personal de exponer solo, o básicamente, una influencia en la forma, ya que la sensibilidad, el alma, sus propuestas de contenido, recorren independientes otros caminos, personales, propios, suyos, tal vez de escepticismo y de comunicación interna, reflexiva y lírica, de su entender profundo de la vida.

En otras palabras, los poemas de Manuel Machado están marcados por la influencia verleriana y por ello por el modernismo, pero esto afecta a la forma de la composición estética de ellos. Cierto es que las palabras de Verlaine “De la musique avant toute chouse” tienen su impronta en Manuel Machado, pero este, en mi opinión, las utiliza como herramienta, extraordinaria, eso sí, con la que trasmitir su pensamiento, sus ideas sobre la vida, mejor “sobre su vida”, sobre sus sentimientos más profundos, sobre su “Alma”, lo que le concede la condición de “poeta único”.

Manuel Machado cuenta su sentir y su pensar, su “Alma”, pero lo dice con la mejor estética y técnica poética posible.

 

ANTONIO MACHADO. Homenaje a Antonio Machado, por Jean Cassou.

ANTONIO MACHADO. Homenaje a Antonio Machado, por Jean Cassou.

 

 

ANTONIO MACHADO.

Homenaje a Antonio Machado, por Jean Cassou.

España Democrática. Montevideo (Uruguay). 19 de mayo de 1939.

 

Texto: «Entre los grandes vencidos que creyeron encontrar un refugio en tierra de Francia, figuraba Antonio Machado. Este gran Machado que es uno de los más grandes poetas de Europa, lírico genial, que llegó a expresarse con el arte más sobrio y el más directo, el arte que expresa verdaderamente el alma secreta y desnuda.

El que ha gustado la agria música de sus breves poemas, no los puede olvidar; es la voz misma de la más pura España la que él ha escuchado. Una voz triste, grave y solitaria.

Machado, desde sus comienzos, siempre, tomó partido por el pueblo español.

Cuando se ama de esta manera el cielo y el sol, cuando se sabe hacer cantar con tanto fervor y perfección a los limoneros de los patios andaluces y los olivares del desierto castellano, no podemos dejar de amar también a los hombres nacidos en esas mismas rocas, sus penas, sus trabajos, sus miserias.  Y la poesía de Machado no es solamente una poesía de gran artista, es también la efusión de un gran corazón apasionado, tierno y amante.

Este pensador austero, esta grande alma noble y ardiente, este grande hombre cubierto de gloria, en otros tiempos, puede ser, se le hubiera recibido con toda veneración en la hora misma en que hubiera puesto su pié en esta tierra de Francia, en la que sabemos él ama su lengua y sus poetas. Pero hoy día, él nos llega rodeado por la ola magnífica, de «la canalla roja», a la que tratamos como a pestíferos a los que se les tira un poco de alimento como a los perros, por encima del cerco de alambres de púa.

Antonio Machado, esta Francia ingrata, ha perdido la memoria y no se acuerda más como un noble país, recibe los héroes vencidos. Ella ha olvidado la manera como Suiza recibió el ejército vencido de Bourbaki. Ella ha solamente guardado el recuerdo con que ella misma trató a su pueblo después de Junio del 48, de Diciembre del 52 y mayo del 71. La historia de los campos de concentración de los Pirineos Orientales continúa la historia de las deportaciones, del campo de Sartory, de los pontones de la Comuna. Antonio Machado, mi maestro y amigo, de quien yo se los versos y a quien yo amo como amo los más grandes poetas franceses, como yo amo a Baudelaire y Verlaine, yo tengo vergüenza y yo te pido perdón.»

 

 

ANTONIO MACHADO NÚÑEZ. Abuelo de los Machado Ruiz. Breve Biografía.

lunes, 2 de agosto de 2021

ANTONIO MACHADO NÚÑEZ

 

 

    Antonio Machado Núñez, médico, catedrático, antropólogo, zoólogo y geólogo. Nació en Cádiz en 1812 y murió en Madrid en 1896 a los 84 años de edad.

Desarrolló en Sevilla gran parte de su vida intelectual y profesional. De talante liberal y progresista. Fue un gran difusor de la cultura biológica evolucionista durante la segunda mitad del siglo XIX. Las teorías evolucionistas de Darwin y las monistas de Haeckel, explicadas o traducidas por Machado y Núñez, habrían de calar en la mentalidad española.

 

    Familia. Se casó con Cipriana Álvarez Durán, hija del filósofo prekrausista José Álvarez Guerra. Con ella tuvo un solo hijo que fue el famoso folclorista Antonio Machado Álvarez “Demófilo”, padre de los poetas Antonio y Manuel Machado Ruiz.

 

    Formación. Estudió el bachillerato en el Seminario de San Bartolomé de Cádiz y desde los 15 años en el Real Colegio de Cirugía de Cádiz, en el que obtuvo todos los grados académicos.

 

    Docencia. Obtuvo en 1844 la cátedra de Química Médica de la recién creada Facultad de Cirugía y Medicina de Cádiz. Más adelante Impartió clases en la Facultad de Medicina de Santiago de Compostela.

En 1846 se convirtió en catedrático de Mineralogía y Zoología de la Universidad de Sevilla, donde creó en 1850 el Gabinete de Historia Natural a partir de una colección iniciada en la Escuela de Medicina de Cádiz. Fue decano de la Facultad de Ciencias de Sevilla. Fue Rector de la Universidad de Sevilla durante dos periodos. (1868-1870 y 1872-1874).

 

    Trayectoria como médico. Ejerció como médico de Sanidad del puerto de Cádiz y como profesional libre.

 

    Aventura americana. Tenía un hermano en Guatemala y se dirigió hacia allí y estuvo en La Florida y en varios países de Centroamérica, donde consiguió un gran éxito como profesional, lo que le permitió tener un gran desahogo económico.

 

    Estancia en París. Cuando regresó a España y con el objeto de dedicarse a la ciencia, se trasladó a París, donde, en la Universidad de La Sorbona, llegó a ser ayudante del toxicólogo español naturalizado francés Buenaventura Orfila. También viajó a Suiza, Bélgica y Alemania para aprender Ciencias Naturales y es que progresivamente fue desviando su orientación médica hacia las ciencias biológicas y geológicas.

 

    Estancia en Sevilla. Cuando regresó a España, ejerció con éxito la medicina en Sevilla y en 1844 se incorporó a la universidad, primero como profesor de geología y luego como catedrático de Mineralogía y Zoología en la Universidad de Sevilla, consiguió ser decano de la Facultad de Ciencias.

En 1861 entabló una cordial amistad con Federico de Castro Fernández y juntos renovaron la vida universitaria sevillana. Fundó la Sociedad Antropológica de Sevilla en 1871 para estudiar el hombre como ser físico, espiritual y social.

En la Sevilla universitaria, dejó huella imborrable con la creación en 1850 de un gabinete, como colección zoológica y mineralógica, con objetos remitidos de la Escuela de Medicina de Cádiz, que no tardó en hacerse insuficiente con los envíos del Museo de Madrid y las adquisiciones con que la actividad de Machado lo enriquecía.

Con la restauración borbónica de 1875 fue destituido de la Cátedra que ocupaba en la Universidad de Sevilla. Y el gobierno de Antonio Cánovas del Castillo expulsó de la Universidad también a Giner de los Ríos, Salmerón y Patricio de Azcárate.

 

    Estancia en Madrid. En 1883 se trasladó a Madrid y recuperó su empleo como catedrático de Zoología, siendo decano hasta su fallecimiento en 1896.

 

    Publicaciones. Publicó varios libros, entre ellos un “Catálogo metódico y razonado de los mamíferos en Andalucía” (Sevilla, 1869). Con el documento “Avifauna de Doñana: Catálogo de las aves observadas en algunas provincias andaluzas” comenzó a ponerse en valor la importancia estratégica de Doñana. Realizó asimismo numerosas traducciones, catálogos de especies biológicas y artículos de divulgación.

Su pensamiento positivista le llevó a divulgar las teorías de Charles Darwin en su cátedra y en cinco artículos publicados en la Revista Mensual de Filosofías, Literatura y Ciencias, a pesar de la hostilidad del clero católico.

Escribió notables artículos sobre Geología y se inició en los estudios prehistóricos tras la visita que los ingleses Falconer y Buskrealizaron por España en 1864.

Adherido al grupo krausista, sostuvo una gran amistad con Francisco Giner de los Ríos y con otro profesor krausista sevillano, también fue cofundador de la Sociedad Antropológica de Sevilla con Federico de Castro, y ambos fundaron la Revista de Filosofía, Literatura y Ciencias.

Participó en el IV Congreso de Americanistas celebrado en Madrid en 1881, presentando una interesante colección de objetos traídos de Guatemala. Compartió éxito con el humanista lebrijano Miguel Rodríguez Ferrer, que hizo lo propio con objetos traídos de Cuba.

 

    Compromiso político. Librepensador y de profundas ideas liberales, tuvo una actuación destacada en la Revolución de 1868 como miembro de la Radical Junta Revolucionaria de Sevilla, fue jefe de la izquierda liberal en la ciudad, tomó parte en la revolución del 68 y fue alcalde de Sevilla y gobernador civil de la provincia, cargo en el que destacó por su persecución del bandolerismo. Fue destituido con la llegada de Amadeo de Saboya.

El efecto de la revolución del 68 en la universidad significó para Machado una profunda desilusión, pues las libertades fueron entendidas por los estudiantes como inasistencia a clase y proliferación de algaradas y manifestaciones… Escribe entonces una Circular a los Decanos en que dice lo siguiente (30 de nov. de 1869): «Uno de los grandes males que en los pasados y presentes tiempos han afligido a nuestra patria, ha sido el espíritu de intolerancia política y religiosa de que estamos poseídos… El espíritu de intolerancia es hoy opuesto al Código fundamental del Estado… Estas reflexiones, tan sencillas como exactas, no tienen, sin embargo, aplicación en nuestra Universidad..

 

Autor: Feliciano Robles

 

Si estaís interesados en una más amplia información biográfica sobre Antonio Machado Núnez podéis consultar (o leer) la biografía que el académico sevillano Daniel Pineda Novo publicó, en 280 páginas, en octubre de 2010 en Alupa Editorial.

 

 

 

 

 

 

 

La saga de los Machado

 

La saga de los MACHADO.

La saga familiar de los MACHADO es realmente amplia y con un largo recorrido en la historia de España, lo que posibilita una visión paralela entre los MACHADO y los acontecimientos que durante varios siglos se produjeron en nuestro país.  Podríamos decir que estos paralelismos, históricamente notorios, lo fueron, como veréis, al menos durante los últimos seiscientos años.

Los trabajos de investigación sobre la saga están, hoy en día, en marcha por varios estudiosos machadianos, que poco a poco iremos desvelándolos junto a los ya conocidos.

Mientras, a continuación de este breve artículo, haremos una breve exposición de los ya confirmados miembros de la que llamamos “saga Machado”.

Empezaremos con Antonio Machado Ruiz y Manuel Machado Ruiz, y los hermanos de ambos Francisco y José.

          Manuel Machado

Antonio Machado

 

En la generación anterior tenemos que destacar al padre de todos ellos, Antonio Machado y Álvarez, que fue conocido en el mundo literario como «Demófilo»

 

Antonio Machado y Álvarez

 

Y en la generación anterior al padre de este último, Antonio Machado y Núñez, abuelo de los Machado Ruiz.

Antonio Machado y Núñez

 

Destacables fueron muchas de las actividades que la mujer de Machado y Núñez, Cipriana Álvarez Durán desarrolló en su vida.

Cipriana Álvarez Durán

 

Un hermano de Antonio Machado y Núñez, de nombre Manuel, y el hijo de éste, Antonio Machado Palomo, destacaron en la política y en el mundo jurídico y académico, al máximo nivel, en la República de Guatemala.

Y un hermano de Cipriana, de nombre Francisco Álvarez Durán, fue también escritor y jurista.

Siguiendo entre los ascendientes de los Machado llegamos a la hipótesis que Félix Machado Silva Castro y Vasconcelos, portugués, fuera antepasado directo de los Machado. En este caso nos encontraríamos en los años finales del siglo XVII, y para iniciar la búsqueda y la línea directa de unión entre este Félix Machado, sus hijos, nietos conocidos y otros descendientes localizados, y el abuelo de A. Machado y Núñez, el onubense Joseph Machado, solo tenemos apenas veinte años sin tener nexo de unión, es decir, una sola generación.

Félix Machado Silva, Castro y Vasconcelos, Marqués de Montebello

     De los antepasados de Félix Machado Silva Castro y Vasconcelos sí hay documentación precisa y escrita desde tiempos próximos al año 1.300, en la zona norte de Portugal, en Galicia, Zamora y Salamanca y …. en Italia en Milán.

Si seguimos indagando entre los antepasados directos de Cipriana Álvarez Durán nos encontramos con las familias extremeñas de los “Álvarez Guerra” y de los “Durán y de Vicente Yáñez”.

José Álvarez Guerra

 

Agustín Durán de Vicente  Yañez

 

Pero dejemos para otros momentos los trabajos e investigaciones sobre estos ilustres antepasados de la familia Machado.