ANTONIO MACHADO: «La America de Antonio Machado». Reunión en Rocafort con Juan Marinello.

 

 

Antonio Machado en Villa Amparo.

Ana Ruiz, madre de Antonio Machado.

 

En Rocafort, probablemente un día del verano de 1937, visitaron a Antonio Machado un pequeño grupo de amigos encabezados por León Felipe, que acompañaba a su mejer Berta Gamboa, de Mexico, Jorge García Granados, escritor y político guatemalteco y Gregorio Berman, hombre de ciencia argentino, y Juan Marinello, mejicano.

Hablaron de America, que Antonio Machado consideró «como un orbe lírico ordenándose para nueva vida colmada».

En noviembre de 1940, Juan Marinello nos contó esta reunión entre los naranjos de Villa Amparo en Rocafort y hasta el anochecer. Fue en la revista mejicana «Romance», publicada, también en el diario «España Democrática» de Montevideo en día 6 de noviembre de 1940.

En esta reunión, en el jardín, estuvo presente junto a Antonio Machado, su madre Ana Ruiz.

Reproducimos la página publicada en este diario.

 

Sobre la publicación de una obra de teatro, inédita hasta la presente fecha, de MANUEL y ANTONIO MACHADO, cuyo título es: “LA DIOSA RAZÓN”.

   Sobre la publicación de una obra de teatro, inédita hasta la presente fecha, de MANUEL y ANTONIO MACHADO,  cuyo título es: “LA DIOSA RAZÓN”.

 

 

Finalmente, en el día de ayer 22 de octubre de 2021, se presentó la última obra de teatro, hasta la presente fecha inédita, escrita por los hermanos Machado.

El título es “La diosa Razón”, en clara referencia a la Revolución Francesa. Su protagonista es una mujer española, cuyo nombre es Susana Montalban, aunque en realidad fuera Teresa Cabarrús, en cuya vida esta basada.

Fue escrita entre los años 1935 y 1936, hasta mediados del mes de julio.

En estas fechas, por motivos personales y vacacionales, Manuel Machado junto a su esposa Eulalia, viaja Burgos para cumplimentar la onomástica de su cuñada Carmen, que profesaba como monja en dicha ciudad.

El 18 de julio intentan regresar a Madrid ante las graves noticias que la radio y la prensa informa, pero las líneas férreas están ya cortadas desde primeras horas de la mañana e interrumpidos los viajes en tren.

Había comenzado la guerra civil, y Manuel queda separado de su familia durante algo más de dos años y medio, no volviendo ya a ver a su hermano Antonio, que muere en Collioure (Francia) el 22 de febrero del 39; ni a su madre, Ana, que falleció tres días después de Antonio en la misma población francesa.

Con esta separación queda paralizada su colaboración teatral, y la de todas las obras que tenían ambos hermanos en empezadas.

Lo escrito, no terminado y por ello no publicado hasta aquel 12 de julio en que los hermanos se vieron por última vez, (en casa de Manuel), quedó, una parte en la casa de Manuel, Churruca 15 de Madrid, y la otra en la casa de Antonio, General Arando 4, donde quedaron los manuscritos de Antonio cuando el 24 de noviembre de 1936 partió, con el resto de su familia, hacia Valencia.

Manuel regresó en agosto de 1939 a Madrid, a su casa, descubriendo que en esos dos años y medio nadie había entrado en ella (salvo una empleada, llamada Sonia, que pasó mensualmente por ella para limpiarla).

Antonio ya no regresó nunca a su casa madrileña al desplazarse primero a Valencia – Rocafort –, después a Barcelona, y de esta ciudad, camino del exilio, a Collioure (Francia), donde murió a finales de febrero del 39.

Cuando regresó Manuel a Madrid, acompañado de su hermano Francisco que había regresado en esas fechas de su breve exilio en Francia, fueron a la casa de Antonio. Tampoco había entrado nadie durante la guerra y recogieron, antes de dejarla a disposición de sus titulares (era de alquiler) todos los muebles, enseres, libros y documentos que en aquella casa había, entre ellos todos los manuscritos que Antonio había dejado en noviembre de 1936, pensando que volvería en tres o cuatro meses.

Todo lo recogido se lo llevó Manuel a su casa en la calle Churruca, excepto los muebles que fueron a parar a una casa que tenía Manuel en Carabanchel, en una pequeña “colonia” conocida como “ciudad de los periodistas”.

Pasaron los años y Manuel muere en enero de 1947, y su viuda, Eulalia, decide ingresar como monja en un convento de la orden del Cottolengo, dejando la casa de Carabanchel a esta organización religiosa.  Ella es trasladada a la sede de dicha orden en Barcelona.

Pero antes de viajar a la ciudad condal repartió los manuscritos de su marido y de Antonio entre los hermanos de los poetas, encargándose Francisco Machado de guardar y conservar los que le correspondían por esta herencia y los que les correspondían a sus otros dos hermanos, José y Joaquín, que ya vivían en Santiago de Chile.

Eulalia se reservó para ella varios objetos personales de Manuel, la biblioteca de su esposo y una parte de los documentos y manuscritos, tanto de Manuel como de Antonio, donándolos posteriormente a la Fundación Fernán González de Burgos, dependiente de la Diputación Provincial de dicha ciudad castellana. Todo ello en contrato articulado y referenciado en cuaderno firmado por las partes de la donación, con indicaciones de uso y exposición; este documento cuaderno se conserva en la familia.

Estos bienes, en especial parte de la correspondencia familiar, y manuscritos de Antonio Machado, han sido digitalizados por la Fundación, los primeros, y editados los segundos en edición que publicaron recientemente; suponemos que conservan los originales manuscritos.

Desconocemos lo que pudo pasar con otros documentos familiares y manuscritos de Manuel Machado que pasaron a dicha Fundación.

En 1950 fallece Francisco Machado, quedando la custodia de los bienes reseñados y adjudicados a los hermanos vivos de Manuel, en poder de las hijas de Francisco, en cuyas manos han estado hasta las cesiones a Unicaja, y en su día (hace años) a la Biblioteca Nacional de España del cuaderno “Los Complementarios”, que después de haberse localizado y “visto” en Puerto Rico y sabiendo de su “regreso” a España se consiguió recuperar por la familia Machado.

En los años finales del siglo pasado, mi madre, Leonor Machado, sus hermanas Ana Y Mercedes, y la hija mayor de José Machado, Eulalia, (que en estos años vivía en Madrid, donde falleció en 2010), iniciaron una recopilación y clasificación de los manuscritos de Manuel y Antonio Machado que se conservaban.

A principios de este siglo habían “clasificado” unos 800 manuscritos de Antonio Machado, que en subasta pública celebrada en Sevilla se adjudicaron a la Fundación Unicaja.

En los años siguiente se siguió, por parte de la familia, con la “clasificación” de los manuscritos, fotos y objetos de Manuel y Antonio Machado que fueron localizados por la familia entre una amplia colección de carpetas, cajas de cartón y sobres que se sabía o se intuía habían contenido estos bienes.

Así se “localizaron” y “clasificaron” unos “cuatro” mil manuscritos de Antonio y Manuel Machado, (esta vez siendo el mayor número de Manuel), que después de unas pocas reuniones se cedieron a la Fundación Unicaja, por lo que dicho organismo ostenta, ahora, la mayor documentación “machadiana” existente.

En la búsqueda, localización y “clasificación” de este importante número de documentos, básicamente manuscritos, se revisaron los manuscritos que se tenían de Francisco Machado, que como saben también se dedicó, a la poesía y a otras actividades literarias, llegando a publicar numerosos poemas en la prensa y revista de su época (de 1924 a 1950) y a editar en formato libro unas “Leyendas Toledanas”, en verso,  (primera edición de 1928, segunda en 1940). No editó más obras o trabajos suyos por pensar, decía, que ya había muchos Machados escritores y poetas escribiendo y con una calidad literaria inigualable.

Francisco Machado, además de poesía escribió teatro, genero chico, libretos de zarzuela, letras de canciones populares (más de noventa registradas en la SGAE), guiones para películas y documentales, artículos para la prensa con temas de actualidad y diversos trabajos jurídicos en materia penal y criminológica, en su condición de Abogado.

Pues bien, por esos azares del destino, un cuaderno que pasó con los años desapercibido, manuscrito, pero no con letra ni de Manuel ni de Antonio, fue a guardarse entre la documentación y manuscritos de Francisco Machado, y un día de primeros de siglo XXI, tuve el acierto y honor de encontrar, en una revisión de la documentación de mi abuelo Francisco (más de dos mil  documentos), un cuaderno manuscrito por José Machado. Observado, leído en sus primeras páginas , llegué rápidamente a la conclusión de que correspondía  a la obra de teatro “La diosa Razón” de Manuel y Antonio Machado, aquella que citaba  Pérez Ferrero en su biografía machadiana y a la que se refiriera Antonio Machado en alguna entrevista en prensa de 1935 y primer semestre de 1936.

Evidentemente leí la obra manuscrita por José Machado, siendo casi con seguridad el único lector de la obra desde el año 1936 hasta 2018 en que se cedió a la Fundación Unicaja.

A partir de este cuaderno y de las investigaciones realizadas en los manuscritos de Manuel Machado cedidos en 2018, realizadas por Antonio Rodríguez Almodovar y Rafael Alarcón Sierra, se ha podido rescatar esta última obra de teatro de los hermanos Machado, me dicen que casi en su totalidad, y editarla y presentarla en el día ayer, 22 de octubre de 2021.

 

Sea bienvenida al mundo machadiano.

 

 

Manuel Álvarez Machado.

 

Madrid, 23 de octubre de 2021.

Murió el poeta ANTONIO MACHADO. Viernes 3 de marzo de 1939. «ESPAÑA DEMOCRÁTICA»

EL VIERNES 3 DE MARZO DE 1939 , el diario ESPAÑA DEMOCRÁTICA, editado y publicado en Montevideo (Uruguay), reproduce un artículo, en sus páginas 5 y 6, en la que recoge la muerte del poeta ANTONIO MACHADO, el 22 de febrero de ese mismo año, y del que dice, entre otras cosas, que era la más alta expresión de la poesía lírica.

(se equivoca al decir que dejó de existir en un Campo de Concentración en Francia).

 

Manuel Machado. Vida Galante del 19 enero 1901.

Reproducimos página de la revista «VIDA GALANTE» de 18 de enero de 1901 que publica el poema «Figulinas» de Manuel Machado.

Destacamos la fecha.

Igualmente destacamos que en este número de esta revista «Vida Galante» se reproduce una fotagrafía de la inauguración de estatua de D. Antonio Cánovas del Castillo, en la plaza del Senado, en fecha de 1 de enero de 1901.

También se reproduce dibujo caricatura del actor José Mesejo.

MI ENTREVISTA CON ANTONIO MACHADO. Por Pascual Pla y Beltran. Agosto 1937 Rocafort.

MI ENTREVISTA CON ANTONIO MACHADO

Por Pascual Plá y Beltrán

Rocafort [Valencia], asentado sobre el declive de un cerro enano, tiende lar­gamente sus pies al cercano mar donde las espumas marinas se confunden con las jaspeadas barcas pescadoras. La tierra fulge verdes rabiosos, amarillos tonantes y acalorados sienas, cruzado de continuo —de día y de noche— por ese rumor fresco que tiene el agua de las acequias. Estos son los pies de Rocafort. Su frente está coronada por un pinar menguado; de su hombro diestro baja en las noches del estío el azahar de los naranjales, cuyos huertos han ganado los hombres horadando en la piedra, a fuerza de sudorosos sacrificios: sangre, trabajo y tiempo.
En este Rocafort levantino moró Machado algunos meses.
Ocupaba un bello chalet en la parte baja del pueblo, con un huerto de jazmines, de rosales y de limoneros. Este paisaje, en el crepúsculo de su edad, le recordaba su niñez en Sevilla. El edificio tenía —o tiene— un mi­rador abierto desde donde podía adivinarse el mar. En aquella pequeña terraza solía recibir Machado a sus visitas. […]
Yo había decidido aquella tarde ver al poeta. Era en agosto de 1937. […]

Me abrió la puerta una muchacha delicada, muy joven, sobrina del poeta. Me hizo aguardar en el jardín mientras ella subía a comunicar mi llegada. Los limoneros desgarraban sus ramas con la acongojada acidez de sus frutos. Reapareció la muchacha en lo alto de la esca­lera y con un gesto de su mano me invitó a subir. Detrás de ella di­visé a don Antonio; le acompañaba su hermano José. Me acogieron con tanta cordialidad que mi nerviosismo cesó.
Fuimos a la terraza o mirador de que antes he hablado. Allí había una mesa, a cuyo alrededor tomamos asiento. Antonio Machado –con su perpetuo traje marrón– se sentó al frente; su hermano se colocó a mi diestra. “He frente a mí —pensé— al hombre sobre cuyos hombros reposa la más entrañable poesía española”.

Era conmovedor ver el cariño con que se trataban ambos hermanos. Es difícil ser artista y no poseer un rencor, una envidia, un veneno. “Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”, había escrito el poe­ta. Ahora hablaba con su ligero acento andaluz, con su dura timbrada voz agradable. De vez en vez requería el asentimiento de su hermano; éste corroboraba sus aseveraciones con una palabra, con una sonrisa, con un gesto, con una mirada. […]
—La llevada y traída y calumniada generación del 98, en la cual se me incluye […], ha amado a España como nadie, nos duele España —como dijo, y dijo bien, ese donquijotesco don Miguel de Unamuno— como a na­die ha podido dolerle jamás patria alguna. Pero los españoles habíamos soñado con exceso, habíamos vivido demasiado de nuestros antepasados, demasiado como milagro. Nuestro sueño cayó con la bancarrota de las últimas empresas ultramarinas. La razón contundente de nuestros fraca­sos nos demostró que podía lucharse, pero no vencerse con lanzas de papel. Recogimos velas, las pocas y desgarradas velas que aún nos que­daban, y nos volvimos patria adentro. Había que poner un poco de orden aquí. Nuestra universalidad, la universalidad de España, no puede ser ya una universalidad física, sino espiritual, No nos engañemos.

Del cielo encapotado, fosco, desprendióse una fulminante llamarada; seguidamente, se escuchó un imponente trueno. Comenzó a llover.
Yo dije, tal vez tontamente:
–El pesado balón de la tormenta /de monte en monte rebotar se oía.
Antonio Machado sonrió.
—No sé —dijo de nuevo— si han sido mis palabras o mis versos, que fluían en la mente de usted, los que han convocado la tormenta, pues no creí que fuera a llover esta tarde. Veo, también, que usted lee mis versos; yo no los leo nunca. No los leo, porque creo que los versos son intuiciones cuajadas, experiencias latentes, cuando son y significan algo; precisamente por lo que tienen de testimonios de momentos que fueron, de sombras del pasado, nos llevan fatalmente a la elegía. Yo dejo caer mis poemas como hojas frescas, como esas hojas de limonero tan relucientes bajo el agua, sin volver sobre ellos; así tengo la impresión de que permanecen tan juveniles como cuando los concebí y creé.
–Lo siento por usted, don Antonio —le interrumpí—. Debería leer al mejor poeta de España.
–Me basta —y su palabra cobró una entonación especial— con leer a Jorge Manrique y a Federico García Lorca. […]

Yo cometí otra pequeña indiscreción:
—¿Qué sabe de su hermano Manuel? —dije.
El rostro de Machado se iluminó.
—Es para mí una tremenda desgracia estar separado de Manuel —me contestó—. Él es un gran poeta. Él, además de mi hermano, ha sido mi colaborador fiel en una serie de obras teatrales; sin su ánimo, nunca esas obras hubieran sido escritas —hizo una breve pausa—. La vida es cruel a veces; a veces, es excesivamente dura. Pero este dolor nuestro, por profundo que sea, no es nada comparado con tanta catástrofe como va cayendo sobre el pecho de los hombres. Sin embargo, cuando pienso en un posible destierro, en una tierra que no sea esta atormentada tierra española, mi corazón se llena de pesadumbre. Tengo la certeza de que el extranjero significaría para mí la muerte.
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Pascual Pla y Beltrán. Poeta español al que encuentro mencionado en diversos sitios, pero del que no he podido obtener ningún otro dato vital ni una fotografía. El texto publicado pertenece a su libro Prosas sueltas de la guerra (Agosto de 1937), págs. 2205–2212.

 

REVISIÓN DE ALGUNAS LEYENDAS DE ANTONIO MACHADO. Por Miguel Ángel Baamonde Hermida..

  • BAAMONDE HERMIDA, Miguel Ángel «REVISIÓN DE ALGUNAS LEYENDAS DE ANTONIO MACHADO»
    mab-08@hotmail.es . Marzo de 2008

 

El día 23 de Marzo de 1935 publica Antonio Machado en sus colaboraciones del Diario de Madrid, el que algo más tarde pasará a ser el capítulo XIX de su Juan de Mairena, donde entre otras cosas, escribe:

Todo hombre célebre debe cuidar de no deshacer su leyenda –la que a todo hombre célebre acompaña en vida desde que empieza su celebridad-, aunque ella sea hija de la frecuente y natural incomprensión de su prójimo. La vida de un hombre no es nunca lo bastante dilatada para deshacer una leyenda y crear otra. Y sin leyenda no se pasa a la Historia (frase que repetirá algo más adelante1). Esto que os digo, para el caso de que alcancéis celebridad, es un consejo de carácter pragmático. Desde un punto de mira más alto, yo me atrevería a aconsejaros lo contrario. Jamás cambiéis vuestro auténtico ochavo moruno por los falsos centenes en que pretenden estampar vuestra efigie2.

Hay que preguntarse que es lo que lleva a Antonio Machado a escribir este párrafo, en el que la parte final contradice total y radicalmente todo lo anterior, al valorar más la figura real que el falso brillo, o la anécdota tendenciosa, con que se trata en ocasiones de celar la verdadera personalidad del hombre. ¿Quizá una rebelión silenciosa –como todas las suyas- a la leyenda que lo perseguía desde hacía años y a la que él mismo contribuyó de forma un tanto involuntaria? Porque lo del torpe aliño indumentario es algo que creció y creció hasta borrar su imagen real, de tal forma que aún hoy persiste como parte del personaje.

Y la imagen es falsa; no, claro, de forma absoluta, pero sí llevada hasta la exageración e incluso el mal gusto1, al no tener en cuenta las características reales de la persona. Basta contrastar esas referencias aludidas con otras más o menos coetáneas, como puede ser la descrita por Rafael Alberti, en su primer encuentro con el poeta:

Subía yo una mañana por la calle del Cisne, cuando por la acera contraria vi que descendía, lenta, ensimismada, una sombra de hombre que, aunque muy envejecida, identifiqué sin vacilar con la del retrato de un Machado más joven aparecida al frente de sus poesías –edición de la Residencia- conservada por mí con mucho cariño. Era él, su sombra, no me cabía duda, su sombra triste, declinada, como con pasos de sonámbula, de alma sumida en sí, ausente, fuera del mundo de la calle2

Para concluir con esa misma visión de la persona, desapareciendo lentamente:

… ausentándose nuevamente, perdida sombra entre las galerías de sí mismo, lo vi alejarse, “mal vestido y triste”, en la clara mañana estival.

Alberti ve lo que en realidad es, sin dejarse influir por ese verso que Antonio lleva clavado como una espina en su personal realidad; “mal vestido”, pero no desaliñado; sombra de hombre; lo que era Antonio Machado desde la muerte de Leonor, la niña-esposa, que lo dejó desolado y vacío de preocupaciones externas para sí mismo y para lo que lo rodea. Son muchos los que lo dicen: Antonio Machado vivió, a partir de cierto momento de su vida, ajeno a todo lo que constituía su entorno; incluso en sus inveteradas tertulias, en las que apenas solía intervenir, permaneciendo en silencio o aislado en sus versos o metafísicas, mientras repetidamente la ceniza del cigarrillo le cae en la solapa de la chaqueta. De ahí, también, el reforzamiento de la leyenda, aunque opiniones eminentes como las de Cossio al mencionarle el habitual desaseo y abandono, la contradicen, contestando aquello de: Sí; pero muy limpio del espíritu3; o Unamuno cuando preguntado en cierta ocasión a donde se dirigía, durante una de sus estancias madrileñas, responde:

Vengo a saludar al hombre más descuidado de cuerpo y más limpio de alma de cuantos conozco: don Antonio Machado4.

Aquel “torpe aliño indumentario” de su Retrato lo arrastró toda su vida, aún en sus relaciones más íntimas y secretas5, y lamentablemente ha continuado pesando sobre él sin que nadie, o muy pocos –Pablo de A. Cobos es el principal- se hayan tomado la molestia de refutarlo o, simplemente, razonarlo; porque como dice el propio Cobos, en réplica a Juan Guerrero Ruiz, Eso no es de ninguna manera literalmente verdad. Machado era descuidado, pero limpio, siempre6. Y para ello, es más que suficiente, aparte los testimonios ya aducidos, observar algunas de las fotografías que recogen su imagen; dos de ellas avalan como confirmación lo antedicho; la primera es una foto de conjunto con motivo del homenaje que en el Hotel Ritz7, y bajo el patrocinio del Dictador Primo de Rivera, se les rindió tras el estreno exitoso de La Lola se va a los Puertos; en ella el grupo, salvo él, está de rigurosa etiqueta; incluso el General se cubre con la típica capa española –la pañosa-, situado entre Manuel por la derecha, con un impecable esmoquin y Antonio a su izquierda, en traje de calle, pero correcto. La otra, cualquiera de las muchas que de ambos hermanos existen, aunque nos inclinemos por la ya clásica en el estudio de Alfonso, en la que Antonio, sentado al lado de Manuel, que se apoya en el respaldo de la butaca, se nos muestra con su clásico atuendo de chaqueta cruzada y un tanto arrugada, pero limpio, aunque no atildado. Las muestras podrían multiplicarse, ya en solitario o en grupo, pero con las señaladas queda claro el real sentido del sambenito que tuvo que soportar a lo largo de su vida8.

Pero dejando a un lado el insistente torpe aliño, hay otras leyendas o, si se prefiere, anécdotas, que siempre tienden a lo mismo: tratar de desvirtuar la realidad del poeta; en algunas, las últimas cronológicamente hablando, Antonio Machado no es más que un elemento pasivo al arrimo del cual otros personajes parecer buscar su cuarto de hora de gloria. Y esto nos conduce a establecer la diferencia –línea delgada donde las haya- entre anécdota y leyenda. Esta lo envuelve a uno, lo arropa en una serie de cendales que difuminan la imagen real; hay que andar entre ellas con sumo cuidado y si bien, de alguna manera, ayudan a establecer la etopeya del personaje, su proliferación tiende a producir el efecto contrario –caso clásico: Valle-Inclán-, mientras que la anécdota se centra en un momento determinado y un hecho concreto, lo que añade sustancia a la persona motivo de la misma; vienen a ser la base de la leyenda, ya que el narrador original la cuenta a su modo, distinto del siguiente y el que le sigue, acabando por distorsionar la realidad de la que emana para, las más de las veces, transformarla en esa leyenda que acaba envolviendo al personaje. Las hay, naturalmente, muy personales, pero otras, como en gran parte ocurre con Antonio Machado, son producto de terceros que, como ya se ha señalado, buscan su sombra para ampararse bajo ella. Llevada a extremos exasperantes acaba por delimitar el perfil a favor de quién la ha promovido, creado o mantenido; este es el caso, clarísimo y sobradamente conocido de la poetisa Pilar de Valderrama, pero la mayor parte de las veces se queda reducido a simple baile en los recuerdos que llegan a confundirse y mezclarse en la memoria.

Antonio Machado no fue en ningún momento hombre de anécdotas como Valle-Inclán, que las propiciaba; algunas hay, sin embargo, de carácter personalísimo y que él mismo recoge, parte en su Juan de Mairena, posiblemente con la intención de arropar a su apócrifo, otras más dispersas aquí y allá, en escritos ocasionales. No son estas, sin embargo, las que ahora importan, pues nada añaden, salvo el aclarar de forma total algún episodio todavía en claroscuro, y sí suponen, dentro de su atractivo narrativo, evagación en el trabajo investigatorio.

No vamos por ese camino, pero ya entrados un poco en el asunto, hay que incidir en otra de esas leyendas ya aludidas, con casi idéntico peso que la del torpe aliño indumentario; me estoy refiriendo a la historia del billete de lotería, tomada por unos y otros como disculpa para situarse al lado de Antonio Machado mientras este lo hace desaparecer rompiéndolo distraidamente en mil pedazos o, peor todavía, viéndose necesitado a utilizarlo de forma perentoria. La historia real, tal y como la cuenta Cobos es como sigue:

Que perdió un premio gordo de la lotería (…) Quintanilla nos ha aclarado que no fue un premio gordo sino un segundo premio jugado, creía, con Leonardo Martín Echevarría, el compañero del Instituto y no con Seva, y cobrado, naturalmente9.

Sobre esto crecieron las contradicciones y los cambios de lugar y de premio, pues mientras muchos repiten que el billete era de loteria, otros pasan a decir que era de un cierto valor monetario y que fue destruido distraidamente durante una conversación10. La primera de las variedades relacionadas con el hecho real, se encuentra, también contada por Cobos en su libro citado y en la misma nota en la que hemos venido apoyándonos hasta ahora; pero quién le da una mayor relevancia a la misma es el crítico teatral, durante muchos años en ABC, Alfredo Marquerie, juvenil compañero ocasional en las tertulias segovianas y, como tal, al arrimo de las celebridades locales (y no se olvide esto), en su libro de recuerdos Personas y personajes. Memorias informales11:

Fue Seva (se trata de uno de los contertulios segovianos, Ramón J. Seva, funcionario de Hacienda en la ciudad) quién una tarde le ofreció un billete de lotería. -No, gracias –dijo Machado- No juego a eso porque no toca nunca. Creo que hacen trampas. El probo empleado de Hacienda se empeñó en demostrarle que la lotería era algo muy serio, y que estaba lleno de garantías. El poeta, ante la risa contenida de todos los circunstantes, le escuchó sin pestañear, y, por no desairarle, aceptó la mitad del billete. Al día siguiente apareció Seva radiante en el café: -¡Nos ha tocado el Gordo! –exclamó-. Déme el medio billete, Don Antonio, para que yo se lo cobre. El caso es –respondió Machado imperturbable-, que no lo llevo encima. Me lo he dejado en casa. –Bueno –insistió el amigo-. Pero tráigalo mañana sin falta. Al otro día, y al otro, se repitió la misma escena. Seva acuciaba para que Don Antonio le entregara el medio billete. El poeta eludía el asunto. Hasta que al fin, el empleado de Hacienda, muy digno, preguntó: -¿Es que no tiene confianza en mí? Y puesto en tal brete y trance, Machado confesó: -No es eso, Seva… Es que… ¿Cómo lo diría yo…? Sentía una apremiante necesidad fisiológica , y como no tenía papel a mano… Y añade, a modo de escolio: Aquel premio gordo hubiera supuesto para el poeta una pequeña liberación, ya que sus disponibilidades económicas eran muy exíguas, pero no le dio la menor importancia al caso, y ante la consternación de los circunstantes, desvió la conversión, diciendo: -Bueno… Asunto resuelto… Hablemos de otra cosa.

El inciso ha sido extenso, pero creo que merece la pena. En primer lugar, porque el narrador en este caso es un contertulio ocasional y posiblemente un juvenil alevín del periodismo local, lo que induce a pensar que le pudo ser contado el suceso, aun a pesar de su insistencia en ser testigo presencial, respondiendo en nota final a lo transcrito, a quien le rebate lo narrado, tachando de impertinencia el llevarle la contraria12. No será la única ocasión en que lo haga; en segundo lugar por la extensión que concede al suceso, cuando otros más cercanos al círculo machadiano, si bien caen en la misma dirección, lo hacen de manera más parca y sin extenderse en los hechos13; y en tercero y último, por el tono mismo del relato, un tanto burlón por lo que respecta al otro personaje –escribe, sin explicar para nada el por qué de su opinión: ante la risa contenida de todos los circunstantes, entre los que hay que suponer que se encontraba él- y un poco malintencionado respecto a la situación económica de Antonio Machado. El que éste viviese como vivía, parcamente y en una pensión que no era precisamente un hotel de mediano pasar, no es motivo suficiente, si se conoce bien, como parece pretender Marquerie, al poeta, para afirmar que sus ingresos eran exíguos, pues ya por aquel entonces Antonio Machado contaba con cerca de 7.000 pesetas anuales14, lo que en aquellos años suponía una cantidad suficiente para vivir con holgura, máxime siendo solo. Esa misma parquedad, o ausencia de necesidades, contribuye en gran parte a mantener la leyenda machadiana, pero es que él era así y salvo libros, no sentía otra necesidad de tipo material. Lo retrata muy adecuadamente su hermano Manuel, cuando manifiesta aquello de que a algunas personas les basta con un poco de pan y un poco de queso para vivir; a mi hermano –concluye- le sobra el queso.

Por lo que respecta al testimonio de Angel Cerrolaza y que, como ya se ha indicado, forma parte de la Introducción al Expediente Administrativo de AM, aparecido en los primeros meses de 1976, hay que señalar, como principal objeción a su veracidad que no responden a testimonio directo, sino como el mismo dice respecto a las anécdotas que se dispone a contar

seguro de su autenticidad; unas de primera mano, alguna pasada por la mano intermedia de un familiar nuestro, compañero del poeta15,

Lo que deja sin aclaración el origen de lo narrado en primer lugar, o sea, la primera de las anécdotas que promete como cierre de su trabajo; lo narrado por él, es lo siguiente:

Estando en un café de París (1920?)16 en compañía del catedrático que le había sucedido en el Instituto de Soria, se lamentaba don Antonio del retraso prolongado de su sueldo. El giro no llegaba; solo quedaba para su parvo gasto –el cotidiano café con leche, como lujo- un billete de mínimo valor del Banco de Francia. Maquinalmente, mientras departía con su compañero, iba rompiendo el billete en pedacitos minúsculos, que el viento dispersaba como una lluvia de confeti. Su estupefacto amigo nos ha comentado: “No estaba en lo que hacía, sino en sus ideas y las imágenes que le bullían en la mente. Estaría dando forma a algún verso, mientras se arruinaba”17. Aún añade en párrafo aparte, que una vez más (que) don Antonio andaba corto de dinero, otro poeta le salva del apuro. Rubén Darío le presta mano fuerte con un billete de cien francos18.

Sería suficiente el deseo del autor hacia Antonio Machado, en carta al editor del Expediente, Juan Velarde Fuertes, para que lo transcrito se pasase por alto sin más

Desde la estación de Collioure se ve su lápida, como un exilio y como un remordimiento nuestro. Pues bien, si se consigna una iniciativa, nacional o no, una suscripción, ese dinero que usted, querido Juan, ofrece, queda comprometido para ella, y esto sin vuelta de hoja19,

Pero si nos atenemos, como debe ser, a la intención del trabajo presente, no queda más remedio que pasar por el tamiz del análisis los párrafos señalados; hay que suponer, para empezar, que lógicamente no es el propio narrador el que vive ese momento económicamente crucial de don Antonio; por lo que debemos situar lo narrado en la segunda categoría que él mismo señala: pasada por esa mano intermedia del conocido que quizá pudo –y esto es pura especulación- haberla oído, como tantas veces ocurre en los narradores de tales anécdotas (me dijo…, me contó…, oí…,), lo que por principio permite ya dudar de su autenticidad; en segundo término la duda respecto al año, ese 1920 entre interrogaciones (aunque en realidad y posiblemente por errata figure solo la que cierra la fecha), lo que indica que muy poco, por indicar algo, conoce en torno a la vida y andanzas del propio Machado.

No pudo estar en París en el año que se indica, dada su reciente incorporación al Instituto segoviano20, y aunque hubiera podido hacerlo a lo largo del año, especialmente en el período veraniego, nada hay en su biografía que lo avale, a lo que hay que añadir la conocida fobia que manifestó hacia la capital francesa a raíz de la enfermedad de Leonor, y que hizo explícita en su exilio al negarse a aceptar el ofrecimiento de los intelectuales franceses y elegir quedarse en la pequeña Colllioure. No es posible, por lo tanto, que en tal fecha Antonio Machado estuviese presente en París tomando café en una terraza y menos en compañía del catedrático sustituto suyo en Soria. ¿Por qué? ¿Quién era el tal catedrático? Y más aún, ¿qué amistad los unía? Por otro lado, por qué estaba Machado en París y por qué tenían que hacerle llegar su nómina a esa ciudad; finalmente queda, también, en el aire el por qué había llegado a tales extremos de necesidad, él, tan parco en todo y con un sueldo, como ya se ha dicho, más que suficiente para cubrir sus necesidades. Todo esto es pura fábula, simple y llano contar sin fundamento alguno; traer a colación una anécdota –no se trata de otra cosa- de las muchas que se cuentan en reuniones, conversaciones más o menos esporádicas y, posiblemente, sin ánimo de ningún tipo, salvo aquel de llamar la atención de los oyentes. No hay que darle mayor importancia al hecho, pero el investigador y seguidor de obra y vida del poeta, está en la obligación de no hacerse cargo de tales irrelevancias, tratando de evitar su repetición hasta hacerlas alcanzar la categoría, como quería d´Ors. Pero Cerrolaza aún añade otro dato que da mayor fuerza al carácter ficticio del relato, al hacerse eco de una situación real, señalando cierta cantidad prestada por Rubén Darío. Todo está perfectamente explicado en esa angustiosa carta que el propio Machado le escribe a su amigo nicaragüense, en la que figura la cantidad solicitada de 250 ó 300 francos y no de 100 como en el artículo se indica, a lo que hay que añadir la vaguedad sobre el motivo de la petición, que no era otro que el retorno a España a causa de la interrupción de su beca debido a la enfermedad de Leonor. Con hechos tan importantes, lo mejor que uno puede hacer es no jugar con ellos, si se desconocen, como es el caso, las verdaderas causas que los motivan

Pero el conjunto no se detiene aquí, y es que Machado es mucho Machado y siempre resulta provechoso para el que narra los hechos, acercarse a su figura siquiera sea de una forma imperceptible o simplemente casual. Es el caso de las tres siguientes y últimas, expuestas de forma cronológica, como corresponde al sentido de las mismas.

Conviene aclarar, no obstante y antes de establecer su comentario crítico, que las que siguen carecen del carácter de las dos anteriores, pues mientras estas abarcan, o cubren, gran parte del espacio cronológico machadiano –el torpe aliño lo fue de forma consustancial y el “regalo” del gordo de la lotería no establece un límite temporal concreto; tiene lugar durante su estancia en Segovia, sin especificación de fecha-, las que siguen sí limitan a momentos y lugares muy precisos al suceso. Esto tiene una especial importancia al determinar con ello, no solo su falsedad, sino la intencionalidad de transgresión por parte del narrador, reduciendo de esta forma su característica esencial; o sea, la veracidad que pretenden dar al hecho.

La primera de ellas lleva la firma del P. Felix Garcia, sacerdote-poeta -¿o poeta-sacerdote?-21, que gozó de un cierto prestigio en los círculos intelectuales de la España de la dictadura. Él es uno de los albaceas, con José Luis Cano, guardadores del secreto de Pilar de Valderrama, tal como ella señala en carta que acompaña una exposición del proceso de conocimiento entre ella y el poeta, que da a conocer José María Moreiro en su trabajo Guiomar. Un amor imposible de Machado22, y quién, a petición de la esposa de Ortega, estuvo con él en sus últimos momentos; lo que dio motivo a diversas especulaciones sobre la postrera conversión del filósofo, algo que en aquellos años oscuros era la nota más característica con motivo del fallecimiento de alguna figura relevante en el mundo intelectual –todos se convertían en el último instante, recibiendo los auxilios espirituales y la bendición de Su Santidad; el único que se libró, y gracias a los desvelos de su sobrino Julio Caro, fue Pío Baroja, que tuvo su entierro civil y su correspondiente inhumación en el correspondiente Cementerio de Madrid-, rumor que los propios hijos del filósofo se apresuraron a aclarar a través de la prensa23. Pero, ¿quién es en realidad el tal Padre Felix Garcia? Aporta alguna luz sobre él, en estos tiempos, y ya en los pasados, Maria Luz Morales en su antología Libro de Oro de la Poesía en lengua castellana (España y América)24, que en acoge una muestra de su producción poética al tiempo que aborda una sucinta nota biográfica:

Nació en Revilla de Santullán (Palencia). Cursó su carrera religiosa en los colegios agustinianos de Valladolid y Nuestra Señora de la Vid (Burgos). Profesor de Literatura en el Colegio Cántabro, de Santander. Completó estudios en Alemania y viajó por diversos países europeos. En 1930 se doctoró en Filosofía y Letras por la Universidad de Madrid. Notable conferenciante y orador sagrado. Ha colaborado en la mayoría de las revistas literarias y periódicos españoles. Reside en Madrid. Además de numerosas obras en prosa, destacan en su haber literario los libros de poesía: Palabras interiores (1936), Roto casi el navío (1939) y Bajo el dolor de la guerra (1941).

Poeta, pues, muy de circunstancias y limitado a un espacio temporal muy corto. A los efectos que aquí importan, muy bien pudo conocer a Antonio Machado, y no solo a través de la lectura de su obra sino personalmente, pero es indudable que entre ellos, si realmente llegaron a conocerse, no existió un fuerte lazo de amistad, como en tantos otros casos, aun a pesar de que el mencionado P. Felix Garcia dedica un soneto al poeta, bajo el genérico título A Antonio Machado:

 

La sombra de una sombra perseguía

tu corazón sediento de hermosura,

y el corazón viajero no sabía

que cavaba su cauce de amargura.

 

Aquella contumaz melancolía

que en tu carne dejó su mordedura,

era la herida que el Señor abría

en la muralla de tu desventura.

 

De mirar a la tierra se cegaron

tus ojos, de belleza cosecheros,

mientras tu corazón se reintegraba

 

a los sueños de Dios, que iluminaron

tu corazón con lumbre de luceros

 

Cuando con Dios tu corazón soñaba. 25

 

El encuentro lo publica en la “tercera” de ABC el 11 De Diciembre de 1974, en artículo dedicado a Manuel Machado bajo el título: Manuel Machado recordable, en el que incluye un inciso hablando de su hermano, hacia el centro del mismo, donde dice lo siguiente: A título de referencia personal quiero traer aquí el recuerdo de mi encuentro con Antonio en los días preagónicos de nuestra guerra fatal, en aquel Madrid desmantelado y trágico. Una circunstancia impensada nos dio ocasión de cruzar unas palabras rápidas y estremecidas. Yo le encontré triste, dolorido y tremendamente derrotado, tan derrotado y triste como yo me encontraba. Sentí una profunda emoción ante el poeta, mi poeta de todas las horas. Hablamos con palabras entrecortadas, húmedas de llanto. “¿Qué será de Manolo –me preguntaba- tan bueno, tan poeta siempre? Nunca hizo daño a nadie. ¿Le habrá pasado algo malo?” Yo le respondí dándole esperanza de que se volverían a ver. Apreté su mano con angustia; en sus ojos amortiguados se leía su tremenda desolación. Le pregunté por Miguel Hernandez, a quien yo conocí en casa de Tomás Borrás, que tanto sabe de historias y de hombres. “Por ahí anda –me dijo-triste y enfermo. ¡Qué horror el de esta España suicida!

Tras esta lectura hay que volver a preguntarse por qué ese empeño de algunos en figurar al lado de Machado en momentos muy concretos y facilmente rebatibles. El P. Felix Garcia habla de que se encontraron por una circunstancia impensada –la casualidad suele ser la motivación principal de estos sucesos- en un Madrid preagónico, desmantelado y trágico. ¿Qué quiere decir con esto? Antonio Machado vivió el principio de la guerra en Madrid, pero en el mes de Noviembre, cuando aún no estaba en la condición de sitiado. lo abandona. No es necesario, creo, el detallar el motivo de dicho abandono, aún a pesar suyo, propiciado por el Quinto Regimiento, pues es sobradamente conocido. Por otra parte, la palabra preagónico parece anticipar una situación límite, previa al final de algo, y esa, desde luego, no era la situación de la ciudad en los días que el poeta todavía residió en ella, como tampoco resulta aplicable el adjetivo de desmantelado, aunque sí el de trágico, algo que tiende a ser común a toda situación más o menos idéntica. Sabido es que el poeta continuaba con sus salidas y estancias –largas, silenciosas y meditativas al parecer- en los viejos cafés de la capital, ya sin tertulias, lo que provocó una absurda detención por un grupo de incontrolados, algo muy usual en aquellos primeros días. De todo esto se desprende que el poeta podía estar más o menos dentro de su ya característico y un tanto anacrónico torpe aliño, lo que, dadas las circunstancias, pudo ser la causa de esa detención –parece ser que lo confundieron con un cura- pero de ahí a encontrarlo como lo describe el narrador media un abismo. Ese triste, dolorido y tremendamente derrotado que ve en él el narrador es pretender una comunidad de situación, al añadir tan derrotado y triste como yo me encontraba, lo que nada tiene de particular si atendemos a su condición de sacerdote inevitablemente camuflado, en aquel Madrid de los primeros meses de la guerra, pero que no obliga en modo alguno a que Machado coincidiese con él en esa misma circunstancia.

El otro dato cuestionable es la pregunta que le hace respecto a Miguel Hernandez, provocada –tal como parece desprenderse del contexto- por la inquietud que siente Antonio por su hermano Manuel, del que nada sabe. Uno puede preguntarse por la suerte que puede correr una determinada persona que se encuentra, con muchas probabilidades a favor pues todo es confusión en esos primeros momentos, en el otro bando y sentir angustia por su suerte26. Que Antonio Machado sintiese una inquietud real por la suerte de su hermano es algo perfectamente lógico, pero que le hablase de ello al primero que se encuentra por la calle, y con el que al parecer no le unía –hay que suponerlo así- más que un superficial conocimiento, es algo que, como mínimo, puede resultar tan sorprendente como que el oponente le pregunte por la suerte de Miguel Hernandez en aquellos momentos iniciales de la guerra.

El narrador dice que su conocimiento del poeta oriolano tuvo lugar en casa de Tomás Borrás. Es posible, pero nada aporta como prueba de ello, y tampoco importa a la anécdota que así haya sido. De ello se desprende únicamente que ambos se conocían, o así lo quiere el narrador. Por otra parte, la descripción que hace del escritor anfitrión responde de forma total a una frase hecha y, como tal, estereotipada, lo que hace más dudoso ese encuentro que menciona y, por ello, el posible con Miguel Hernandez. Que Antonio Machado conoció al oriolano es algo que no se puede poner en duda, y aunque no de forma personal antes del levantamiento militar, sí pudo serlo a través de su lectura, ya que resulta difícil suponer que Machado no estuviese al tanto de su obra publicada, aunque no le entusiasmase el gongorino y rebuscado Perito en lunas, con su posible rechazo por artificioso, pero si El rayo que no cesa, libro cuyo contenido estaba más acorde con sus apetencias poéticas, tanto por su forma –soneto- como en esas imágenes de increíble fuerza, aun a pesar de su retorcimiento en muy determinadas ocasiones –Tanto dolor se agrupa en mi costado,/que por doler me duele hasta el aliento-, pero si se sitúa la realidad del encuentro en ese Madrid inicial de la guerra, Machado nunca pudo decir lo que el narrador dice que dijo; y ello por dos razones indiscutibles: el no conocimiento personal por parte de Antonio Machado del poeta (éste se movía en círculos muy diferentes a los de Machado) y esa descripción que tampoco concuerda con el momento en el que se sitúa la anécdota. Es muy posible que al final de la guerra, cuando ya todo se veía perdido, Hernandez mantuviese una actitud similar a la que el P. Felix Garcia pone en boca de Machado, pero en esos momentos en los que el entusiasmo era máximo, resulta difícil ver a Miguel Hernandez triste y enfermo, cuando es de los primeros en tomar parte activa en la resistencia popular, yéndose de forma casi inmediata a los frentes de batalla. Antonio Machado lo conoció, o al menos coincidió con él en momento y lugar muy determinado, el II Congreso Internacional de Escritores en defensa de la Cultura, de Valencia, pero no se encuentra en ninguno de sus escritos de esos años, salvo en manifiestos firmados de forma conjunta, mención alguna a él, lo que claramente indica su carencia de relación con el poeta como persona, contrariamente a lo que le ocurre con otros tan comprometidos como él o Hernandez: Alberti, Prados, Domenchina…

Por todo lo anterior, hay que poner en tela de juicio la posible certeza del encuentro, y de todo lo narrado solo se desprende una pregunta; ¿por qué? ¿Qué necesidad tenía el susodicho P. Felix Garcia de contarnos esa historia que, por otra parte, apenas si se recuerda ya?27

Porque esa es otra de las características de estas pequeñas anécdotas; ocupan un lugar equivocado en la memoria del narrador, causan su pequeño impacto momentáneo y pasan, seguidamente y por lo general, al rincón de los olvidos. O sea, que carecen de fuerza para mantenerse y pasar a ser una fuente informativa. Ningún biógrafo recuerda ya el papel que el susodicho P. Feliz Garcia se adjudica y nadie se ha amparado en él para establecer la situación real de Antonio Machado en aquellos días iniciales, no se olvide, de la guerra.

Algo similar ocurre con las otras dos que a continuación, y de una forma más rápida, reseñamos como conclusión.

La primera de ellas la firma Eulalio Ferrer que la cuenta en artículo publicado en el diario ABC en número homenaje dedicado al poeta el día 18 de Febrero de 1989, con motivo del cincuenta aniversario de su muerte; el trabajo figura en las páginas centrales, dedicadas a Antonio Machado, bajo el título Con su madre, camino de Collioure28 y recogido posteriormente en su libro Entre alambradas29. Cuenta Eulalio Ferrer que en los amargos días del exilio recien comenzado se encontró con Antonio Machado en la plaza del pueblecito francés de Banyuls, solitario en un banco del parque y aterido de frío, acompañado de su madre y que en un gesto espontáneo y solidario le cedió su capote militar.

Nunca olvidaré la voz delgada y quebrada de Antonio Machado diciéndonos, con la angustia y resignación del abandono, que esperaba a alguien… (¿Quizás a su hermano José, con el que llegarían a Collioure?) El recuerdo aprisionó para siempre aquella larga mirada de gratitud de Antonio Machado cuando dejé encima de su manta ligera mi verde capote de capitán miliciano. Fue un acto impulsivo, apenas consciente, desprendido de una emoción que todo lo abarcaba y estremecía.

El gesto, el detalle, es hermoso y terrible a la vez; Machado abandonado, solo y sin abrigo en una plaza desolada de un lugar desconocido. En éste, tanto como en el siguiente hay que hacerse la misma pregunta que con el anterior. ¿Qué ha movido a estos hombres a narrarnos tal suceso? Porque Antonio Machado nunca estuvo en Banyuls, y si bien este lugar se encuentra situado entre Cerbere, la frontera por donde entró en Francia el poeta, y Collioure, el lugar donde decidió quedarse, el trayecto se hizo en tren y es impensable que el poeta se bajase del mismo para descansar, solitario, en un banco de un parque, por muy cercano que estuviese a la estación, en un frío día de finales de Enero y sin ningún abrigo, abandonando el muy precario refugio, pero único en ese momento, del vagón del tren. En ninguna de sus biografías30 se menciona este alto en mitad de su trayecto hacia Collioure; detención, por otra parte, carente de una justificación aceptable. Machado no iba solo, por lo que es aventurado el suponer que su hermano José no lo hubiese acompañado en esos momentos, de haberse producido, máxime si también había descendido del tren su madre, dejándolos solos en aquella desabrida plazoleta, mientras que él y su mujer, Matea Monedero, que tampoco menciona dicha detención en el camino, se alejaban a realizar… ¿Qué? ¿Qué tipo de gestión que no hubiera podido resolver el fiel acompañante Corpus Barga, sin que se vieran obligados al abandono seguro del tren? Como refuerzo a lo que aquí se sostiene, ninguno de los relatos directos de aquellos días terribles –Corpus Barga, su hermano José-, ni indirectos de los posteriores biógrafos (ver relación en la nota 28) menciona parada alguna a mitad de camino; tal como se plantea esta anécdota no quisiera ser puesta en duda por mi, dado lo indudable del gesto de Eulalio Ferrer, por lo que cabe preguntarse si el narrador no estará equivocado por lo que respecta a la localización geográfica de la misma; ¿no pudo haber tenido lugar el encuentro en otro lugar distinto, Cerbere por ejemplo, cuando aún no se había iniciado el viaje hacia su destino final?

Bastante menos creíble es la última de las anécdotas que van tejiendo esas leyendas en torno a la figura del poeta, ya que se cae por su propio peso y sobre la que huelga cualquier tipo de análisis, pues ella misma se rebate al obviar la circunstancia real del exilio machadiano, aunque la cuente personaje de relevancia como es el pintor Manuel Viola31. Cuenta, en entrevista publicada en Insula, que se encontró con Antonio Machado en el Campo de Argelés, en los primeros días del cruce de la frontera; que estaba muy enfermo con una fuerte disentería, a causa de la cual –frase que se me quedó grabada por la fuerza de su expresión- cagaba sangre. El relato es personal y el narrador el protagonista del mismo, por lo que tan solo queda aceptar –o negar- su palabra; pero ésta obra en su contra al centrar el encuentro en lugar donde nunca estuvo el poeta, aunque actualmente existe una corriente que pretende retomar esa vieja cuestión del Campo de Argelès, no sabemos con que intención; algo que si era lógicamente pensable durante aquellos primeros días, o meses, que siguieron a la terminación del conflicto militar, debido a la confusión de noticias que circulaban en ambos bandos32, es del todo inadmisible en la actualidad y con los testimonios existentes. Claro que la anécdota del campo de concentración se mantuvo, más por intereses espurios que por la realidad de los hechos, durante bastante tiempo en la España de la dictadura; ejemplo de ello es lo que escribe Joaquín de Entrambasaguas en el diario Arriba, el 23 de Febrero de 1964, con motivo de unas páginas de homenaje que el periódico le dedicó al poeta33, y en donde asegura que:

Solo escribí de Antonio Machado, como hablando a su hermano, cuando hube de contar los sufrimientos y humillaciones por la que hubo de pasar en la zona roja su carácter independiente y altanero, por necesidad ineludible, hasta que explotado como vil propaganda -¡él, tan gran señor en todo!- se le arrojó al extranjero como a un ser inservible -¡él, que ha dejado eterna lección a los poetas!- para que muriera en tierra ajena, que no era la suya, la que había formado el cuerpo de aquel hombre, “en el buen sentido de la palabra, bueno”

Por fortuna, el tiempo siempre acaba por situar las cosas donde deben y Machado siempre estuvo, en España y fuera de ella, respaldado por el Gobierno al que él dedicó sus últimas fuerzas, presente en su entierro por dos figuras de máxima relevancia: Julián Zugazagoitía y el General Vicente Rojo, ambos con futuros y trágicos destinos como el del poeta; fusilado el primero por los franquistas al ser entregado a ellos por la ocupación alemana en Francia y expedientado, encarcelado y menospreciado el segundo en sus últimos años por el mismo régimen contra el que luchó con auténtico genio y caballerosidad, al regresar a España para morir en ella.

Ha pasado tiempo más que suficiente para que la verdad empiece a imponerse sin necesidad de recurrir a banderías de ninguna clase. Y la figura de Antonio Machado, al igual que la de su hermano Manuel, están exigiendo ya que cese la persecución, tanto por parte de unos y otros, en torno a ambos, así como las leyendas que la propiciaron; los dos, grandes poetas; más hondo, profundo y pleno de inquietudes el primero; ligero y grave (como acertadamente lo definió Dámaso Alonso), pero nunca superficial, el segundo.

Quede ésta, pues, como una pequeña aportación a este intencionado deseo de limpieza de la memoria literaria e histórica de ambos.

 

 

Diciembre de 2007.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1 Lo que hay que achacar a algunos nombres coetáneos que, posiblemente sin intención, cayeron en él; ejemplos, sin alejarse mucho del entorno, los encontramos en Juan Ramón Jimenez y su corifeo Juan Guerrero Ruiz, que se hace eco de las manifestaciones del amigo; baste recordar el detalle del huevo frito abandonado sobre la única silla de la habitación, el del pantalón con la bragueta abierta o los puños de la camisa o el pantalón sujetos con cordones (JRJ de viva voz; dos tomos; Pre-Textos, 1998 tomo I; 1999 tomoII. En los índices onomásticos de cada tomo es fácil localizar las referencias a AM). Contra esto se rebela, indignado, Pablo de A. Cobos, que lo conoció bien en Segovia, aun en su desaseo y abandono, pero sin llegar a los extremos mencionados; ver: Humor y pensamiento de AM en la metafísica poética, Insula, Madrid 1963; pag. 29 y nota 1 de la misma.

2 La arboleda perdida-I; Seix Barral, Barcelona 1975; pag. 220.

3 Cobos: AM en Segovia. Vida y obra, Insula, Madrid 1973; pag. 27.

4 Miguel Pérez Ferrero, Vida de AM y M. Colección Austral, Espasa Calpe Argentina, Buenos Aires 1952; pag. 196.

5 Pilar de Valderrama, que tan mal lo comprendió, señala, en la escasez informativa de sus memorias, esa falta de cuidado personal por parte del poeta, culpando del mismo tanto a su patrona segoviana como a su madre y su cuñada en sus viajes a Madrid, (ver pags. 89-90 de sus mal pergeñadas memorias), permitiéndose en determinado momento echarle en cara ese desasimiento material, reproche que él recoge con humildad y un punto de burlona ironía, en la carta nº 5 del conjunto que publica la poetisa, y que, curiosamente, coincide en numeración con la rigurosa, corregida y fechada edición de G. Depretis.

6 Cobos: Ob. cit.; pag. 29 y nota señalada.

7 Y no el Palace, como por error digo en mi La vocación teatral de AM (Gredos, Madrid 1976; pag. 297). El error se produce al aceptar yo como fuente un trabajo publicado en el diario ABC y firmado por el corresponsal suyo en Roma J. S y G (¿José Salas y Guiror? en torno a una conferencia de Eugenio Montes en la que al hablar de los muchos homenajes celebrados hasta aquel momento (1-III-1966) dice: La lista de homenajes en vida fue encabezada por el que le tributaron en la noche del 27de noviembre de 1929 en el Hotel Palace de Madrid, y que presidió el entonces dictador de España, general Primo de Rivera, siendo ofrecido por un joven entonces desconocido que se llamaba José Antonio (pag.67 del número del diario correspondiente al día que se señala). En esos años no eran muchas las informaciones en torno a ambos poetas, ya que incluso años más tarde, en el del Centenario de Antonio Machado, y en obra tan interesante como es la biografía del poeta por José Luis Cano: AM. Biografía Ilustrada (Destino 1975) no se incluye la fotografía del grupo, que tan profusa difusión tuvo con posterioridad a dicha fecha.

8 Claro que podría aducirse a lo anterior que las circunstancias de las fotografías mencionadas son muy concretas y que habría que buscar otras más ocasionales para citar como ejemplo; en el fondo la sugerencia es razonable, pero puestos a una rebusca entre las muchas que han salido a la luz desde la primera selección de J. L. Cano para su biografía (Destino, 1975), es difícil encontrar alguna en donde resalte de forma llamativa ese “torpe aliño indumentario” que fue, en realidad, un lastre con el que tuvo que cargar el poeta.

9 Cobos: AM en Segovia. Vida y obra, Insula, Madrid 1973; pags. 26-27 y nota 6 de la misma.

10 Angel Cerrolaza: Epílogo administrativo sobre un recuerdo de AM, en Expediente Académico y profesional; Servicio de Publicaciones del Ministerio de Educación y Ciencia, Madrid 1975; la mención a la anécdota que nos interesa, se encuentra en las pags. LVI-LVII de la Introducción y correspondiente al trabajo mencionado.

11 Editorial Dopesa, Barcelona 1971. Existe una separata del mismo con el capítulo correspondiente a AM, al que se le añade otro de José Marín Cañas: Calle de los Desamparados, de su obra: Tierras de Conejos, sin más detalles sobre la misma. El capítulo de Marqueríe ocupa cinco de las diez páginas totales de la separata que no tiene indicación alguna por lo qué a su publicación se refiere, no siendo la fecha de 1971 para ambas publicaciones. Es la que utilizo en el presente trabajo y fue adquirida en la librería anexa a la Casa Museo segoviana. También se incluye un fragmento similar en un cuadernillo de la Lotería Nacional correspondiente a Abril-Mayo-Junio de 1981, informando sobre el Programa de sorteos, y en el que se insertan noticias y trabajos relacionados con la institución; el que nos ocupa, figura en las páginas 33-35 y está tomado de la misma publicación que el anterior. En nota que acompaña a estas páginas Marquerie, que sin duda se creía alguien en el entorno de la tertulia machadiana, responde con desabrimiento a la rectificación que le hace Cobos: Como nadie me las ha referido (las anécdotas que relata) sino que fui testigo de ellas y Pablo Andrés de Cobos no estaba presente, su refutación me parece una impertinencia. La nota deja bien clara la condición humana de Marquerie –hombre del Régimen pasado y poco caritativo con aquel que no le caía bien- que se manifiesta de forma más explícita en su propio relato. Con lo que de Machado escribe, y hablo de la totalidad del capítulo, es más que suficiente para situarlo en el lugar que le corresponde como imposible fuente segoviana en la etapa vital del poeta. De cualquier forma, la impertinencia a la que se refiere Marquerie, se encuentra en la obra de Cobos sobre la Segovia machadiana, en su pag. 26 y nota aludida en la misma, que transcrita tal y como es, dice: Una no muy lejana entrevista de Marquerie en Radio Nacional, en la que deja noticia de tres no verídicos hechos: a) Que AM era figura grotesca en Segovia; b) Que se le vio alguna vez con un macarrón pegado en la solapa, y c) Que perdió un premio gordo de la lotería por haber utilizado el décimo en una necesidad fisiológica. Los subrayados son míos.

Por último, habría que intentar averiguar en que lado sitúa a Machado; si entre los personajes o entre las personas.

12 Separata señalada en nota 11, sin paginar, y en la nota 1 de la misma.

13 Cobos: Que perdió un premio gordo de la lotería por haber utilizado el décimo en una necesidad fisiológica (el subrayado es del propio Cobos); ob. cit.; pag. 226.

14 Gibson en su biografía machadiana dice que el 3 de Enero de 1920, a las pocas semanas de llegar a Segovia, una Real Orden le acumuló la cátedra de Lengua y Literatura Castellanas, lo cual le suponía, amén de más trabajo, un incremento de 2.000 pesetas anuales de sueldo. Ligero de equipaje; pag. 347. Existe error por su parte, ya que la cantidad que da de 5.000 pesetas, es añadiendo las 2.000 mencionadas a las que venía cobrando tanto en Soria como en Baeza como profesor. Pero Gibson no tiene en cuenta diversas Hojas de Servicio, ya en los años de Baeza, en las que ya se le adjudican las 7.000 que se indican, aunque sin especificar detalladamente el por qué del aumento –ver pags. 231, 240 y 245 del Expediente…, algo que confirma Luis Cabrejas en La saga de los Machado (Soria, 2007), en la pag. 587, en la que transcribe: Ha servido el cargo de catedrático numerario de la misma asignatura del Instituto de Baeza (Jaén), en virtud de concurso y Real Orden de 15 de Octubre de 1912.Toma posesión del mismo el 1 de Noviembre de 1912, durante seis años, diez meses y catorce días, cobrando un sueldo de 7.000 pesetas anuales, en Hoja de Servicios correspondiente a 1919, y motivada por el ascenso en el escalafón, con número 262 del mismo. Todo lo anterior, de algún modo, rebate a su vez esa otra leyenda de la permanente precariedad económica del poeta. Que éste, en la comodidad de sus gustos sencillos se aviniese a vivir donde vivía y prefiriese gastarse el dinero en libros que en otra cosa, es algo que no viene, desde luego, en abono de lo que Marqueríe, con algunos otros, han venido sosteniendo: que Antonio Machado vivía así porque no le alcanzaban los emolumentos que percibía.

15 Expediente…; pag. LVI.

16 Falta en la fecha la apertura de interrogación.

17 Ibd.

18 Ibd.; pag. LVII.

19 Expediente…; pag. XII, en la presentación a cargo de Juan Velarde Fuertes.

20 La primera de las cartas dirigidas a José Tudela en solicitud de búsqueda de alojamiento para él, se fecha el 28 de Noviembre de 1919, y aunque el traslado a Segovia ya estaba concedido, no empieza sus clases hasta Enero de 1920, coincidiendo con la finalización de las vacaciones navideñas; ver: Jordi Domenech: Prosas dispersas, Páginas de Espuma, Madrid 2001; pag. 441.

21 El interrogante tiene su intención; ¿Qué es más importante, o mejor, cómo debemos calificar a la persona que ahora nos ocupa? Es la misma pregunta que puede hacerse a un determinado aspecto de Antonio Machado: ¿es poeta-filósofo o filósofo-poeta? La respuesta, a fuer de compleja, queda fuera del contexto actual, pero sí vale para meditar sobre ella.

22 Selecciones Austral, Espasa-Calpe, Madrid 1982; 2ª edición; pags. 224 (que reproduce el original)-233.

23Tanto Miguel como José en sus respectivos trabajos biográficos así lo manifiestan; ver Miguel Ortega: Ortega y Gasset, mi padre (Colec. Espejo de España, editorial Planeta, Barcelona 1983; pag. 201) y José Ortega: Los Ortega; (Taurus, Madrid 2002; pag. 413).

24 Ed. Juventud, Colec. Libros de Bolsillo Z, Barcelona 1970; 2 tomos; Tomo II: Siglo XX; pags. 1044-47.

25 El soneto abre la corta selección que la antóloga hace del P. Felix García, sin indicación de cuando pudo publicarse ni en cual de los tres libros figura. Su tono responde a la época de la inmediata posguerra, pudiendo figurar en el grupo de Escorial. También se reproduce en la página diaria de ABC: … y poesía cada día, que de 1968 a 1975 (de primavera a primavera; Victor Olmos: Historia del ABC, Plaza & Janés, Barcelona 2002; pag. 518) corrió a cargo de Pedro de Lorenzo, en fecha 11-VI-72; tanto el contenido del soneto como el título del último de sus libros, me inclinan a suponer que se incluye en Bajo el dolor de la guerra, de 1941.

26 Lo que nos lleva a cuestión tan debatida, todavía, como es la participación de Manuel con el bando rebelde, cuestión que superada a medias, está aún por quedar perfectamente clara. Que Manuel colaboró con los rebeldes es algo que queda fuera de toda duda, pero: ¿por qué? La respuesta más sencilla es por que estaba allí y tenía que vivir; simplemente, sin más vueltas. No hay que olvidar la repercusión negativa que en alguien nada libre de sospechas en los inicios, hubo de tener la intervención del colaborador del ABC sevillano y corresponsal en París, Mariano Daranas, de la que se defendió como pudo, más bien malamente. Pero es tema que aquí no tiene cabida. Habrá que volver sobre él en cualquier momento.

27 Antonio Machado no menciona al poeta oriolano en ninguno de sus rescritos de guerra y en la biografía de Miguel Hernandez no se menciona en ningún momento tal o cual encuentro entre ambos. Que los hubo es algo de lo que no cabe la menor duda, pero sin dejar de ser encuentros casuales, fortuitos, en los que apenas si influye otra cosa que la circunstancia. Tan solo Francisco Esteve Ramirez dedica un trabajo conjuntamente, bajo el título: AM y MH: Dos poetas y una misma voz, leída en el Congreso Internacional de Córdoba: Hoy es siempre todavía, y publicada con el resto de las ponencias por el Ayuntamiento de la ciudad, en un grueso tomo en Renacimiento de Sevilla en 2006; pags. 717-735; en ella tampoco el profesor menciona ningún signo de amistad entre ambos, sino similitudes circunstanciales en la obra de cada uno; otro pequeño trabajo en la revista Contrapunto, ocupando dos páginas, las 74-75, en 1960 y firmado por las iniciales J. R. M., bajo el título: AM y Miguel Hernandez, es todo lo que por el momento parece relacionar a ambos poetas, muy posiblemente –no conozco este último trabajo, que figura como entrada número 334 en la bibliografía de Macrí- con idéntica orientación al otro citado. A los anteriores hay que añadir el más actual de Gibson: Cuatro poetas en guerra (AM, JRJ, GL y MH), Planeta, Barcelona, 2007, que tanto en la parte correspondiente a AM como a la de MH no arroja indicio alguno sobre posibles encuentros, lo que viene a corroborar la falta de relación entre los dos poetas.

28 ABC Literario, páginas centrales del indicado número, ocupa la totalidad de la VII.

29 La noticia es recogida por el diario ABC de 13-XII-88

30 Siguiendo un orden cronológico de las mismas, son: Perez Ferrero (1952/207), J. C. Chaves (1968/386), Manrique de Lara (1968/113), J. L. Cano (1975/167), A. Campoamor (1976/197), H. Carpintero (1989/203 (en esta se trata de un añadido de última hora, dado que el autor falleció antes de concluir la biografía), Gibson (2006/620); y entre los libros más centrados en esos trágicos días del éxodo: José Machado, testigo y parte; 3ª edición de su libro en Edic. de la Torre (1999/141), Corpus Barga, también testigo y parte (1966 en La Est. Lit., carta al director de la revista, Luis Ponce de León), Gómez Burón (1989/55, 2ª edición), Jascques Issorel (1982/67, así como las recopilaciones llevada a cabo por Rodriguez Puértolas y Perez Herrero (1983) y Monique Alonso (1985/471); ninguno de ellos menciona ese alto en la estación de Banyuls ni su estancia en el parque de la misma.

31 Lamentablemente, es la única de las aquí comentadas, que no puedo referenciar de forma absoluta, ya que la pérdida, con otros, del ejemplar de Insula que reproduce la entrevista, en circunstancias que no son del caso, me lo impide. Solo puedo señalar que la entrevista figura en un número correspondiente a la década de los sesenta, posiblemente hacia 1964 ó 1965, y que los esfuerzos que he realizado para su localización han resultado inútiles; pero sí responder de la fiabilidad de mi recuerdo. Agradecería, no obstante, cualquier posibilidad orientativa en torno a la entrevista, por parte de alguno de los lectores interesados en el asunto.

32 Concretamente, el ABC republicano lo refleja en los siguientes términos: A consecuencia de los padecimientos sufridos con motivo de la invasión de España y de su penoso exilio, ha fallecido en un campo de refugiados españoles en las cercanías de Toulouse el gran poeta español Antonio Machado. La noticia ha producido gran pesar en los círculos intelectuales y en la población francesa. A .L .M .A., en fecha de 26 de Febrero de 1939.

33 Hay que resaltar el hecho de que durante la etapa franquista fue el único diario oficial que demostró un cierto interés por él, aun cayendo en lo panfletario en momentos muy determinados, y con la posible intención de contrarrestar los más numerosos de signo contrario. El artículo al que me refiero, se encuentra en la página 18 bajo el título: A los veinticinco años de la muerte de AM, ocupándola por completo.

 

 

 

Manuel Machado. Francia tras la Gran Guerra: las «Crónicas de París» de Manuel Machado en el LIberal (1919). Por Rafael Alarcón Sierra.

Tenemos la satisfacción de reproducir ahora este trabajo, muy interesante y esclarecedor, sobre la figura y pensamiento de MANUEL MACHADO, de RAFAEL ALARCÓN SIERRA,  escrito hace ya unos años, en 2.008, en el que se abordan las «Crónicas de París» de Manuel Mchado, publicadas, en su día por «El LIberal» (1919).

Manuel Machado. Francia tras la Gran Guerra: las «Crónicas de París» de Manuel Machado en el LIberal (1919). Por Rafael Alarcón Sierra.

 

Francia tras la Gran Guerra: las “Crónicas de París” de Manuel Machado en El Liberal (1919)
30 de junio de 2008.

Rafael Alarcón Sierra
Universidad de Jaén

Trabajo inédito, de próxima publicación en Encarnación Medina Arjona (ed.), I Coloquio Hispano-francés. La Prensa. Jaén, Universidad de Jaén, 2008.
Desde el inicio de la Primera Guerra Mundial, Manuel Machado, como gran parte de los escritores e intelectuales progresistas del momento, apoyó activamente la causa aliada (1), e incluso mantuvo una actitud constantemente crítica ante la neutralidad española (su hermano Antonio le decía a Unamuno en una carta fechada en enero de 1915: “Nuestra neutralidad hoy consiste, como me dice Manuel en carta que hoy me escribe, en no saber nada, en no querer nada, en no entender nada” (2)). Por ello, en enero de 1917, no dudó en adherirse al manifiesto de la Liga Antigermanófila (3). Su favor se dirigió principalmente hacia Francia, donde se libraron los más encarnizados combates en el frente occidental y, de forma menos destacada, hacia Italia, que, tras ser neutral, había entrado en guerra, a favor de la Entente aliada, en 1915 (4). Como otros aliadófilos, Manuel Machado destacó la necesaria unión de España con las naciones latinas. Frente a ellas, en los momentos finales del conflicto, también agradeció el esfuerzo de los países anglosajones, Inglaterra y Estados Unidos (que entró en la contienda en 1917), alabando especialmente el plan de paz del presidente Woodrow Wilson y el sacrificio de sus soldados.

No era difícil prever esta reacción de Machado, inmediata y casi instintiva (“Como en algo propio, me siento yo amenazado ante el avance alemán”, escribe en su dietario periodístico (5)), dada la importancia de la cultura gala en su propia formación como poeta modernista y simbolista, vivida intensamente en sus estancias parisinas de comienzos de siglo (entre marzo de 1899 y diciembre de 1900, amén de otras estancias menores en 1902 y 1909), que he estudiado en otra parte (6). Allí se había relacionado no sólo con Enrique Gómez Carrillo, Pío Baroja, Amado Nervo o Rubén Darío, sino también con escritores franceses como Laurent Tailhade, Ernest Lajeunesse, André Gide, Paul Fort, el comediógrafo Georges Courteline (con el que había colaborado traduciendo y representando él mismo La peur des coups), o el poeta Jean Moréas, que le impresionó vivamente.

Digna de mención es también su labor como traductor de diversos escritores franceses a lo largo de las primeras décadas del siglo XX, empezando por Hernani de Victor Hugo y El Aguilucho de Rostand, que se estrenarán en la década de los veinte. Buena parte de estas versiones las realizó contratado por Garnier, editorial francesa para la que seguirá trabajando en estos años y en los de la posguerra; allí aparecen sus traducciones de La Rochefoucauld (Reflexiones, sentencias y máximas morales), Vauvenarges (Obras escogidas), Virgilio (Obras) en 1914, y Descartes (Obras completas), Louis Bertrand (Sanguis martyrum) o Ninon de Lenclos (Cartas y Memorias de su vida) en 1921. Con anterioridad había traducido a Paul Sébillot (Cuentos bretones) en 1900, Stendhal (La cartuja de Parma), Émile Bayard (El arte del buen gusto) y Alphonse Crozière (Lulú, novela alegre) en 1909, Abel Grenier (Historia de la literatura francesa) en 1912, y Spinoza (Ética) en 1913.

Durante los años de la conflagración europea vuelve a publicar algunas de sus versiones de comienzos de siglo de composiciones escritas por Paul Verlaine, Henri Bataille o Jean Moréas (7), además de traducir en 1918, para la sección “Los poetas contemporáneos” de El Liberal, a los líricos belgas Émile Verhaeren y Charles van Lerberghe (8), cuyo país estaba entonces ocupado por Alemania. Dos años antes ya había acompañado en su estancia madrileña a Maeterlinck, cuya conferencia en el Ateneo, junto al recitado de sus poemas por parte de su esposa, la actriz Georgette Leblanc, acompañada al piano por Manuel de Falla, se convirtió en un acto político en contra de la invasión alemana de “la Bélgica mártir” (sintagma frecuente en aquellos años (9)), según escribió el propio Machado en su crónica del acto para El Liberal (10) .

A la altura de 1914, Manuel Machado es un poeta ya consagrado, que acaba de editar varias antologías de su obra en verso y en prosa, y volúmenes de gran éxito como Apolo (1911) y Cante hondo (1912, con una segunda edición “corregida y aumentada” en 1916). Desde 1913 es funcionario del Estado y trabaja sucesivamente en la Biblioteca Nacional y en el Archivo Municipal del Ayuntamiento de Madrid. Durante la guerra, su labor lírica va a ser menor en cantidad y calidad (publicará dos recopilaciones heterogéneas, con numerosas composiciones de circunstancias, Canciones y dedicatorias en 1915 y Sevilla y otros poemas en 1918), mientras que va a aumentar considerablemente su dedicación al periodismo (como cronista, ya había demostrado su valía en los años finiseculares de la guerra literaria (11) ). En noviembre de 1916, gracias a Enrique Gómez Carrillo y a Miguel Moya, es contratado como crítico teatral fijo en El Liberal, popular periódico madrileño de gran circulación e ideología de izquierda republicana, democrática y socializante. A finales de 1917 va a ampliar su presencia en el diario con una crónica semanal de comentario social y político en forma de dietario, “Día por día de mi calendario”, acompañada de ilustraciones de su hermano José y de Ricardo Marín, sección en la que los comentarios sobre la guerra mundial ocupan cada vez una mayor parte, y que se extiende hasta enero de 1919, mes en que es sustituida por otra serie con el mismo propósito, “Intenciones”. Tanto sus críticas teatrales como las de actualidad van a quedar recogidas en sendos libros, con el título de Un año de teatro y Día por día de mi calendario, respectivamente.

Una vez acabada la guerra, Manuel Machado fue enviado por el periódico como corresponsal a París durante un par de meses, desde finales de febrero hasta mediados de abril de 1919. Oficialmente, quedaba excedente por enfermedad de su trabajo bibliotecario. En la ciudad-luz se alojó en el piso de Gómez Carrillo (situado en el número 10 de la rue de Castellane; en una carta le escribe: “¿Le ha dado mi llave Bouvier?”, y en otras le hace encargos de librería (12)), mientras el guatemalteco, que había sido en París presidente de la Asociación de corresponsales de guerra de la prensa extranjera (y recogería sus crónicas sobre la guerra, por las cuales fue condecorado por el gobierno francés, en siete volúmenes), viajaba por Andalucía con Raquel Meller, tras haber abandonado El Liberal por desavenencias con la dirección. Machado fue a París en un momento de especial importancia, la inmediata posguerra, en que se iban a desarrollar las conversaciones de paz. Como enviado especial, se dedicó a escribir crónicas personales, puesto que El Liberal ya contaba para la labor periodística propiamente dicha con su corresponsalía y la información procedente de agencias. Desde allí envió a El Liberal un total de dieciocho entregas (la mayoría no rebasa las setecientas palabras, aunque alguna más extensa supera las novecientas), que se publicaron con bastante regularidad (a excepción de los seis días comprendidos entre el 20 y el 25 de marzo, en los que la huelga de correos y telégrafos, surgida en el contexto de la huelga general convocada en Barcelona y, con menor eco, en otras ciudades, impidió la llegada de sus textos al diario), y casi siempre en su primera página, desde el 25 de febrero al 14 de abril de 1919 (13). A los pocos días, Machado regresó a Madrid, puesto que el 20 de abril ya encontramos su firma en la sección de crítica teatral que inaugura la temporada de primavera (14). En sus crónicas durante los meses siguientes no será frecuente que se vuelva a referir a la actualidad política o social de París; únicamente dedicará su columna del 2 de julio a comentar la firma por parte de Alemania del tratado de paz de Versailles (y unos días después, el 11 del mismo mes, en una breve apostilla se hará eco del comentario de un político de la Asamblea de Weimar acerca de lo que hubiera sucedido si Alemania no lo hubiera firmado) (15).

Varios de los poemas que escribe durante los años de la guerra también hacen referencia al conflicto: en noviembre de 1915 aparece en la revista Summa “Flevit Super Illam…”, soneto en que se aprovecha el salmo bíblico para rechazar la guerra bajo una óptica de humanismo cristiano: “Llora, llora, Señor. Como aquel día,/sobre la pobre Tierra todo es llanto./Tu Fe, Esperanza y Caridad son nombres.//Hay hiel para tu boca todavía./Suertes echan aún sobre tu manto./Tu cruz… ¡la empuñan para herir los hombres!” (16). Sentido análogo de rechazo desde un punto de vista humanista tiene la prosaica composición titulada “¡Muy bonito!”: “Se matan y se matan… Se diría/que esto no tiene ya ninguna clase/de importancia. En el fondo,/hacen hoy en un día/lo que antes en un siglo. Es otra fase/del planeta, y no más./Y no más… Pero/siempre al fin del discurso está el acero./En verdad, poca cosa avanzamos, o nada./Mató Caín a Abel, como sabemos./Y desde entonces, hemos/perfeccionado en grande… la quijada”. Ambos poemas quedarán recogidos en Sevilla y otros poemas, publicado a finales de 1918 (17).

Frente a estas dos composiciones de oposición al conflicto, otros tres sonetos de circunstancias van a mostrar un apoyo decidido a la causa francesa. Para el volumen Canciones y dedicatorias, que aparece en enero de 1915, Manuel Machado rescata “A Francia. En la persona de nuestro ilustre huésped R. Poincaré”, que había escrito con ocasión de la visita oficial del presidente francés a España en octubre de 1913, pero que, ahora, en plena guerra, adquiría unas especiales connotaciones de solidaridad fraterna: “Si, a veces, como niños, vinimos a las manos/-Ruyard Kipling lo dice, sincero como un niño-,/en la ingenua pelea se acrisoló el cariño,/¡y la sangre era una, porque somos hermanos!//Hermanos en la sangre y en el alma latina,/Alegría del mundo, serena, clara y fuerte,/Que adora sobre todo la Belleza, y camina/Al ideal, burlando, con gracia, de la muerte./Vuestra gloria y la nuestra la misma historia narra…/Cuanto es para vosotros bello y noble y gallardo,/Gallardo y noble y bello para nosotros es…/Es vuestro y nuestro el Grande Enrique de Navarra,/Y el sin miedo y sin tacha caballero Bayardo/No sabemos si era español o francés” (18).

Su siguiente poemario, Sevilla y otros poemas, se cerraba, a finales de 1918 con otro soneto titulado “A Francia, hoy”, que había aparecido en julio, con numerosas variantes, como “A Francia”, en la revista Los Aliados, publicación, dirigida por Carlos Micó, de apoyo a la Entente y subvencionada por sus embajadas, que organizó el famoso banquete de homenaje a Galdós, Unamuno y Cavia en desagravio por la dureza con que había tratado la censura varios de sus escritos, y al que se sumó toda la prensa aliadófila: “Francia, divina Francia, jardín y corazón/de Europa, redentora de todas las fealdades/que agobian a la pobre Humanidad. Razón/única entre las grandezas y las ruindades;//Francia, que no has perdido la divina sonrisa/en medio de la hoguera horrísona, sabiendo/que por encima de la llama y el estruendo/y el Deutschland über alles se escuchará tu risa…//Francia inmortal, que riegas de sangre generosa/la rosa que va a ser, la inverosímil rosa/inmarcesible por las centurias sin fin…//Vencedora segura en la Última guerra…/Salve, en nombre de todos los buenos de la Tierra./Francia, divina Francia, corazón y jardín” (19).

Finalmente, el tercer soneto consagrado a Francia es “Al mariscal Joffre, vencedor del Marne”, fechado en “París (1918)” y, si la data es cierta, escrito por tanto durante la estancia parisina de Machado como cronista de El Liberal. El poema fue publicado, junto a los dos anteriores, formando un tríptico, en las páginas de La Libertad en abril de 1920 y luego incluido en Dedicatorias, el último volumen de los cinco que formaron sus Obras Completas publicadas por la Editorial Mundo Latino entre 1922 y 1924: “Este que veis aquí, grave y sereno,/Con la tranquila majestad del roble,/Fue el paladín más noble de lo noble,/Como otro Alonso de Quijano, el Bueno.//Por los eternos bárbaros hollada,/Francia inmortal le dio su espada un día,/Y él escribió aquel día con su espada/“vivir”, “vencer”, donde “morir” decía.//Salva a orillas del Marne fue la Tierra,/Y alzó el caudillo la divisa fuerte/Que en tres palabras toda gloria encierra://Titán feliz, porque domó a la Suerte./Gran capitán, porque venció a la Guerra./Héroe inmortal, porque mató a la Muerte” (20). Sin embargo, tras la guerra civil, los tres sonetos desaparecieron de su última recopilación, Poesía. (Opera Omnia Lyrica), editada en Barcelona por la Delegación Nacional de Prensa y Propaganda de F.E.T. y de las J.O.N.S. en 1940 (y reeditada en Madrid por la Editora Nacional en 1942), por lo cual no son muy conocidos hoy en día.

Al margen de estos poemas y de colaboraciones esporádicas (como las que envía a L’Espagne, revista semanal que Gómez Carrillo dirigía en París desde un año antes del estallido de la guerra (21)) su más destacada labor como aliadófilo la va a desarrollar en sus crónicas político-sociales de 1918 en El Liberal, “Día por día de mi calendario”, donde la guerra europea tendrá paulatinamente una mayor extensión. Sus comentarios se van a ocupar de varios aspectos, siempre presididos por la que considera absurda neutralidad española (haciéndose eco de una famosa frase del conde de Romanones, escribe: “Hay neutralidades que matan, dijo un político bien inteligente. Pero llega a haber neutralidades que deshonran” (22)): la indignación contra los frecuentes torpedeos y hundimientos, por parte de submarinos alemanes, de los mercantes españoles que comercian con los países de la Entente; la preocupación por las duras ofensivas alemanas en el frente occidental (donde combaten, a favor de Francia, un buen número de voluntarios españoles que Machado recuerda (23)), y el alivio ante las contraofensivas aliadas; el rechazo de la propaganda germanófila en España, y de la inoperancia e imprevisión de los sucesivos gobiernos españoles en los años de la guerra (“gobernar es prever. Y estos no previeron nada. Mejor dicho, previeron todo lo contrario de lo que ha sucedido” (24)), a cuyo fracaso se enfrenta con gran dureza: “El secreto de la última crisis ministerial y de las crisis más o menos latentes de otras muchas cosas en nuestra vida política, es un secreto a voces para el mundo entero, menos para algunos españoles. Es, sencillamente, una consecuencia del fracaso de Alemania (del imperialismo, el militarismo y los otros “ismos” similares alemanes) contra las previsiones absurdas y los deseos vergonzantes, pero vehementísimos, de muchos de nuestras sumidades gubernamentales…” (25).

Finalmente, el sarcasmo ante los aliadófilos de última hora (“a esta hora comienzan a salir aquí aliadófilos a montones debajo de cada piedra […] flamantes aliadófilos que no vimos nunca –si no los vimos enfrente– cuando las tropas alemanas arrollaban a Bélgica o se acercaba a París” (26)), y la esperanza ante el plan de paz de Wilson, la rendición y el armisticio de los Imperios Centrales y la caída del káiser. Con el final de la guerra, Manuel Machado muestra su preocupación por el papel de España en el nuevo mundo que se iba a forjar, y hace un duro y preclaro análisis político:

la paz […] no nos permitirá, como la guerra, vivir al margen de la vida universal, insolidarios e indolentes […] Ahora bien: en el caso fatal e ineludible de nuestra renovación para incorporarnos al movimiento general, dos caminos se nos presentan, entre los cuales la elección no es dudosa, pero sí necesaria: el francamente liberal y progresivo de las democracias triunfantes, evolutivas y abiertas a las reivindicaciones sociales, económicas y políticas que los pueblos exigen y necesitan, o el de los imperios vencidos, que por reacción sentimental y violenta han ido de un golpe al desenfreno maximalista y bolcheviki; es decir, mucho más allá de todo lo previsto aun en países como Alemania, tan preparados por la socialdemocracia y defendidos por su espíritu metódico y disciplinado. Y cuenta que si no seguimos rápidamente el primer ejemplo caeremos fatalmente en el segundo./Porque lo que ya no es posible para nosotros ni para nadie, aunque lo deseáramos con alma y vida, es seguir apegados al “statu quo” de avanguerra, tratando de galvanizar inútilmente el cadáver del viejo mundo político (27).

Estos son los antecedentes de la estancia de Manuel Machado en París, precedida unos pocos días antes (el 17 de febrero de 1919) por la crítica en El Liberal del que califica de “Un gran libro franco-español”. Se trata de Il y a toujours des Pyrennés, de Jules Laborde, que es, según escribe,”una soberbia excitación a la concordia y la inteligencia definitiva entre Francia y España”, un estímulo para “la unión y la compenetración de los dos pueblos hermanos”, “miembros de la gran patria latina”, por encima de los políticos y diplomáticos de ambos países. (Este comentario muestra la desconfianza, cuando menos, hacia la clase política española, justificada, para Machado, por su comportamiento durante la guerra). En la reseña encontramos, por tanto, el enfoque ideológico general que va a marcar sus “Crónicas de París” (que podríamos sintetizar con el lema “todo para Francia, nada para Alemania”), bien explícito en dos declaraciones que enmarcan el propio texto; a su inicio, una tajante afirmación: “Todo hombre inteligente –ha dicho alguien con justeza y clara visión de las cosas– tiene dos patrias: la suya y Francia”; y casi a su final, otra no menos contundente, cuando el crítico se incluye entre “los que somos francófilos sin reserva y adoramos a Francia como algo por encima de todo localismo, como patria espiritual”.

Estas crónicas de Manuel Machado tienen los rasgos reconocibles de este género periodístico, que he estudiado en otras ocasiones (28): son un breve comentario sobre hechos inmediatos –el diario impone unas limitaciones temporales, espaciales y temáticas– desde el punto de vista de una original conciencia creadora, que aprovecha la reflexión sobre la actualidad para fundar un preponderante yo crítico (una primera persona confesional que es a la vez testigo, narrador y, en la mayoría de los casos, protagonista), una perspectiva inédita, un estilo personal y un lugar de enunciación. En este lugar textual, a través de la intermediación ideológica y cultural de Manuel Machado, se transfiere una pequeña parte de la actualidad parisiense a los lectores del diario. Y, a la vez que se representa al “otro”, se ofrece también una imagen personal, tanto individual como colectiva, enfrentando la situación francesa con la española, de forma implícita o explícita. Por ende, cuando las crónicas se refieren a acontecimientos públicos, son un ejercicio de sobreescritura, puesto que inciden en asuntos e informaciones normalmente ya conocidos por el lector, a los cuales confiere un significado revelador. Este lector es interpelado en ocasiones por el cronista, dando lugar de este modo en el texto al simulacro de un espacio público de diálogo informal y cómplice, en el que se encuentra habitualmente con sus receptores. Si le interesa crear la ilusión de cercanía, de que los tiempos de la observación de lo que se narra, de su escritura y de su lectura son simultáneos, Machado introduce numerosos deícticos, formas verbales y expresiones temporales en presente.

Por otra parte, estas crónicas de Manuel Machado lo son nada menos que de París, el centro del mundo y el mito urbano de los modernistas. Como ya ocurriera con varias de las que escribió a comienzos de siglo, son un espacio de representación de la ciudad, que mezclan el pasado con el presente, lo antiguo con lo moderno, la descripción directa con la propia reflexión de quien recorre a su antojo el teatro urbano, convirtiendo su experiencia vital en literaria. El paseo es un procedimiento mediante el cual observa la ciudad como un objeto en exhibición, un espectáculo que experimenta, representa y cuenta a los demás. Este desplazamiento físico, mental y retórico, que aplica con frecuencia, es un modo fragmentario de experimentar la ciudad, alternativo a la convencional mirada totalizadora y omnisciente, imposible de mantener en las grandes urbes modernas. Al transitar de un lado a otro, el cronista traza un itinerario y un discurso –en cada crónica y en el conjunto de las que escribe– que establece un orden, arbitrario pero tan válido como cualquier otro, en el espacio, el tiempo y los acontecimientos. Manuel Machado trata de captar las múltiples facetas de una ciudad en perpetuo cambio aplicándole con frecuencia metáforas orgánicas, que metamorfosean la ciudad constantemente.
El resultado final de todo ello es una escritura heterogénea, fugaz y fragmentaria, dotada de unidad y sentido por la conciencia seleccionadora y el estilo del cronista. En este último aspecto, además de los ya citados, quizá los recursos retóricos más frecuentes sean las enumeraciones, las anáforas, repeticiones y paralelismos, que dotan al párrafo de una especial textura nerviosa, de un dinamismo sincopado, a veces próximo a lo lírico (reforzado por la capacidad de sugerencia del escritor), así como la introducción de numerosos galicismos, tanto léxicos como sintácticos, e incluso, directamente, de vocablos franceses, que ofrecen la impresión de familiaridad con la cultura gala y cierto color local.

Al llegar a su destino, poco antes del 25 de febrero, varios ámbitos temáticos van a ocupar las crónicas de Manuel Machado. En primer lugar, todo lo relacionado con los efectos de la guerra y la situación de posguerra que se percibe en París, con tres dimensiones: la puramente física (el aspecto de la ciudad y el del frente de batalla), la política (el nuevo mundo que va a esbozar en las sesiones de la Conferencia de Paz y la esperanza de una futura Sociedad de Naciones; la posición de España en este concierto internacional; la revolución rusa; el llamado problema social y las reivindicaciones del proletariado); y, por último, como resultado de todo ello, las nuevas costumbres y formas de vida (con un contraste entre los caracteres nacionales del americano y del francés, y un especial protagonismo de la mujer). Estos ámbitos acercan en parte la crónica viajera al breve reportaje y al comentario de actualidad, aunque, como es obvio, todo está escogido, descrito e interpretado a través de la óptica subjetiva, impresionista y fragmentaria de su autor, que en la mayoría de las ocasiones impone su visión personal por encima del propio suceso.

En segundo lugar, destacan las personalidades que Machado conoce y con las cuales conversa, cuyas opiniones (principalmente, sobre los aspectos que acabo de señalar) son expuestas a través de diálogos transcritos en las crónicas que, de esta forma, se aproximan en ocasiones a la entrevista. En estos encuentros son descritos diversos espacios públicos y privados de París, en los que el escritor se autorrepresenta charlando con diversos personajes de importancia (el príncipe de Gales, el mariscal Foch, Jaime de Borbón, la infanta Eulalia, o varios periodistas, escritores y políticos), revistiéndose así de prestigio cosmopolita, puesto que la impresión que transmite es la de que se le abren todas las puertas de París (29). Paulatinamente, en las últimas crónicas, los temas sociopolíticos van cediendo su lugar a dos grandes ámbitos de especial relevancia personal para Manuel Machado: el teatro y el recuerdo del París finisecular.

Categoría propia importantísima en tanto que tema, espacio y personajes con los que se dialoga o a los que se visita (como Firmin Génier o Lucien Guitry), tiene la dimensión teatral, que ocupa monográficamente un par de crónicas, cercanas a la crítica dramática. Del mismo modo, Machado no puede evitar dejarse llevar por la melancolía del recuerdo y buscar, en el París de la posguerra, el espíritu, los espacios (de Montmartre al Barrio Latino; en especial, restaurantes y cabarets) y las personas (fundamentalmente, los chansonniers, memoria musical de la ciudad) de su París de comienzos de siglo. De este modo, el poeta escribe las crónicas más intimistas y confesionales de la serie, mostrando la ciudad como parte integrante de su experiencia vital.

De modo sintético, estas crónicas podrían dividirse básicamente en dos grandes tipos (aunque en alguna ocasión pueda haber vasos comunicantes entre ambos): aquellas en las que el narrador se autorrepresenta en la historia que cuenta, y aquellas en las que no lo hace (30). En las primeras, que son mayoritarias, el cronista relata principalmente lo que ve o lo que escucha, creando casi siempre una ilusión de simultaneidad entre lo sucedido y su escritura, y aplica con frecuencia las retóricas del paseo y de la conversación, que pueden combinarse. Un caso especial son los textos en los que lo observado y escuchado es un discurso o una obra teatral, con lo que la implicación directa del narrador en lo que ocurre es aparentemente menor, aunque todo se perciba a través de su conciencia y de su juicio. En las segundas, la crónica se convierte en un texto con mayor apariencia de ensayo de actualidad, que su autor dedica al comentario de carácter político y social, casi siempre en torno a las noticias sobre la Conferencia de Paz y la situación europea (temas que, por otra parte, también aparecen en el tipo de crónica anterior). Por lo tanto, las primeras describen y narran lo sucedido de una manera directa, inmediata y particular, mientras que las segundas lo comentan de forma reflexiva, abstracta y general.

La visión de París que la escritura de Machado ofrece en su primera crónica (25 de febrero) es impactante: mediante deícticos (“he aquí”) repetidos anafóricamente, dinámicas enumeraciones y construcciones paralelísticas, el narrador no sólo describe, sino que transmite al lector la cercana impresión de una ciudad provisional, a modo de “estación de empalme” hacia múltiples destinos; una ciudad donde todo el mundo parece soldado menos el cronista (que marca así su especial posición, solitaria y excéntrica) y todo, incluso lo más cotidiano, parece haber adquirido una función militar. Observando la expresión de los rostros anónimos de quienes pasan a su alrededor, el cronista percibe de manera inmediata la trascendencia de lo ocurrido, así como que el enfrentamiento no ha sido entre ejércitos, sino entre naciones, ponderando, mediante esta idea, la gravedad de un momento en el que, como escribe a continuación, “se está decidiendo la suerte del mundo”. En la segunda parte del texto, Machado cambia de perspectiva y, tras haber observado a sus habitantes, ausculta a la ciudad propiamente dicha; no ya la existencia, sino la esencia de París. En ella percibe, aplicando una metáfora orgánica, “un grave rictus de seriedad y de preocupación” y un envejecimiento general en todos sus elementos urbanos y arquitectónicos. Pero este sufrimiento ha purificado y espiritualizado a Lutecia, que ahora parece “otra sagrada Ciudad Eterna” en la cual, los cañones que rodean el Obelisco de la plaza de la Concordia y erizan los Campos Elíseos son, en una alegoría mítica que refuerza la impresión épica sugerida por el narrador, “como brazos crispados de gigantes vencidos” (el referente quijotesco es evidente), y “artefactos antiquísimos, trofeos de una guerra milenaria”. Para el cronista, el envejecimiento prematuro de la ciudad debido a la guerra le ha proporcionado una serenidad positiva, puesto que ha eliminado el carácter neurótico del París finisecular (su paradigmática frivolidad, tan criticada por los germanófilos españoles durante la guerra (31)). Y esa serenidad es, descendiendo a la realidad del momento, lo que ha hecho que el reciente atentado contra Clemenceau haya sacudido brevemente los nervios de la gran ciudad (32). En el momento en que el autor llegó a París, ya la encontró tranquila. Son las palabras últimas de la crónica, que marcan finalmente la entrada exacta del narrador en un tiempo, un espacio y una situación concretos: los que acaban de ser descritos en el texto.

Una vez establecido en París, la primera obligación tanto profesional como moral del cronista es confirmar y dar testimonio de la absoluta devastación de la guerra, que el lector madrileño conoce bien a través de las numerosas informaciones, ilustraciones y fotografías que se han publicado en toda la prensa española durante los años de la contienda. Sin embargo, que el lector ya tenga conocimiento de una realidad no impide la labor del cronista, cuya misión es ofrecer una perspectiva y una interpretación personal de los acontecimientos. El narrador nos pone en antecedentes: un domingo, día de ocio en las grandes capitales –tópico de las letras modernas, en las españoles presente cuando menos desde Leandro Fernández de Moratín (en sus Apuntaciones sueltas de Inglaterra), y que el propio Manuel Machado ha tematizado en otras crónicas y en uno de sus mejores sonetos, “Domingo” (33)–, es invitado por el ministerio de la Guerra a visitar “las ciudades del Norte devastadas por la tragedia” (3 de marzo).

En vez de seguir un orden cronológico, el cronista da un salto temporal y se autorrepresenta al regreso del viaje, en el momento de asimilar lo que ha visto, y de escribirlo en el papel, comunicando, en primer lugar, su estado de ánimo, y estableciendo la ilusión retórica de que su presente es también el presente del lector, dando así una impresión de mayor cercanía: “De vuelta de la terrible excursión acierto apenas a coordinar las ideas y a desembrollar los recuerdos, todos vibrantes e indelebles, pero enmarañados como los horrores de una pesadilla”.

De todas las ciudades del frente que Machado ha podido ver, su escrito se centra en Lens, consiguiendo, mediante esta unidad de lugar, una mayor concentración e intensidad en sus propósitos. La visita es un auténtico descenso a los infiernos. El tren lleva una hora rodando “ya hace una hora entre ruinas espantosas”. Al llegar a la ciudad, centro minero donde antaño trabajaban más de cincuenta mil obreros, según nos adelanta el cronista, para contrastar su próspera vitalidad de antaño con la devastación del presente, éste es incapaz de describir lo que ve, aplicando el conocido procedimiento retórico de la insuficiencia de la palabra. Por dos veces lo intenta y no lo consigue: la dantesca visión no se parece a los escombros que deja un gran terremoto, ni a un cementerio de “animales monstruosos”; el cronista rechaza estas comparaciones y, a la tercera, deja abierta, de forma paralelística y anafórica, la repetida frase “Lens es…” Una vez que renuncia a la descripción de su presente, relata retrospectivamente al lector la devastación sufrida por la ciudad, casi como una sucesión de plagas bíblicas (la sugerencia mítica da mayor trascendencia épica al desastre): primero, el agua, luego, el fuego y la dinamita y, por último, la continua batalla durante los cuatro largos años de la guerra, siempre en la línea del frente.

Naturalmente, el cronista no puede dejar de describirle al lector aquello que observa. Su propósito ha sido crear en él una máxima expectación, retrasando todo lo posible el momento de hacerlo para ponderar la excepcionalidad de la tragedia y de su crónica. Por ello, finalmente, el narrador se sitúa en la posición privilegiada de un altozano y, tras encarar el peligro, todavía presente, de las granadas sin estallar, ofrece lo que se espera de él, no sin antes encarecer de nuevo la dificultad incluso de mantener los ojos abiertos: “Hay que mirar, sí. Y los ojos que mirasen esto no se limpiarán nunca de la visión terrible” (cf. lo que había escrito en “El saber de la miseria”: “Parece que los ojos que se han manchado con la vista de tales cosas, no pudieran volver a brillar nunca alegres y risueños”, o los versos 9-10 de “Última”: “Ya mis ojos se han manchado/con la vista de lo feo” (34)). La descripción es una enumeración caótica que entremezcla objetos de la batalla y de las viviendas destrozadas, connotados de forma que lo que se observa parece metamorfosearse en un cadáver desmembrado: las máscaras de gas “parecen miraros aún con sus enormes ojos de tela cuadrados”, las marañas de alambre están “rojas de orín que parece sangre”, y todo tiene el aspecto de “miembros rotos, amputados, despachurrados” (no es la única transformación: las chimeneas abatidas parecen cañones y la tierra parece comerse los restos del destrozo). El silencio que rodea la escena es elocuente y acusador, pues dice, según el cronista, “que lo han herido, que lo han matado, que lo han asesinado”. Lens, ahora sí, es un esqueleto con jirones de carne, Y, por un instante, parece que la metamorfosis va a ser completamente real, pues el narrador, impresionado por lo que ve y por la fuerza de su propia capacidad de sugestión, cree vislumbrar por unos instantes un despojo humano sobre el que revolotean los cuervos.

De vuelta a la habitación que enmarca la crónica, el casco inglés que otro periodista ha ofrecido al nuestro es mudo testimonio y “memoria de algo que Francia olvidará sin duda muy difícilmente, pero que yo no olvidaré nunca: el asesinato de Lens”. Y ello es cierto, hasta el punto de que, al cabo de los años, esta crónica iba a aparecer, con pequeñas modificaciones, en el acto primero, escena cuarta, de El hombre que murió en la guerra, dividida en varios parlamentos consecutivos puestos en boca del personaje llamado Don Andrés de Zúñiga (35). La crítica no había reparado en esta extensa e importante referencia intertextual, que he estudiado en otro lugar (36). Incluso podemos suponer que la experiencia de Manuel Machado en los campos de batalla fue la que suscitó, si no la completa escritura de la obra, sí al menos la localización de su inicial conflicto dramático en la Primera Guerra Mundial.

Comprobada la devastación de la guerra, a lo que se dedica principalmente el cronista es a ofrecer en sus siguientes entregas noticias e interpretaciones fragmentarias sobre los esfuerzos políticos y sociales que se están llevando a cabo para que algo parecido no vuelva a ocurrir, a través de su asistencia a diversos actos y de sus conversaciones con distintas personalidades. Para empezar, Manuel Machado describe en una crónica (4 de marzo) las magníficas instalaciones y el ambiente cosmopolita del Círculo de la prensa extranjera en París (que había presidido Gómez Carrillo durante la guerra), donde el secretario general, Émile Dibie, le entrega su tarjeta de socio. El cronista señala la gran responsabilidad de la prensa en el nuevo mundo que se está forjando: “constituye una fuerza enorme y ejercerá gran influencia en la constitución de la nueva política mundial, facilitando, con el conocimiento mutuo de los valores intelectuales, científicos, literarios, artísticos de todos los países, la inteligencia perfecta y la recíproca estima, que ha de ser la base moral en la futura Sociedad de Naciones”. En ideas similares abunda el secretario general en su diálogo con el cronista: “La propaganda política y diplomática no hará nunca por la unión de los pueblos –harto lo hemos visto con España– lo que la comunicación intelectual bien dirigida y facilitada por todos los medios. Y eso es el fin de nuestro Círculo”. Para demostrarlo, entre los numerosos políticos de toda Europa que acuden al organismo, Machado relata la visita del príncipe de Gales, de quien estrecha la mano: “yo cuento al detalle esta visita porque se vea qué clase de amigos tiene en París el periodismo universal”. Finalmente, el cronista aboga porque la Casa de la Prensa de Madrid desarrolle una labor análoga.

Machado establece cierta continuidad espacial y temática en su siguiente entrega (8 de marzo), en la que describe su asistencia a la que considera primera gran gala en París después de la guerra, desarrollada precisamente en el Círculo de la prensa, donde se junta de nuevo “el gran mundo de la nobleza, de la diplomacia, de las artes y de las letras”. Sin embargo, por encima de la crónica galante que se esboza –la música y los versos del escenario; la riqueza, la belleza y la elegancia de los presentes en la sala–, Machado focaliza su atención en apuntar de modo particular los grandes temas políticos sobre las que se dialoga en cada corrillo: la conferencia de paz; las nacionalidades que se constituyen en nuevos estados; la Liga de Naciones “como única base posible de la nueva constitución política del mundo”; la cuestión social y el problema obrero, agudizados por la carestía de la vida y el paro forzoso de muchos trabajadores al final de la guerra; o, por último, la situación financiera de Francia, en la cual los países neutrales, y particularmente España, podrían jugar un importante papel. Son asuntos que se plantearán de forma más detenida en próximas crónicas. Al final del texto, el narrador vuelve a adoptar una perspectiva general, encuadrándola con la mención al galanteo sentimental –“tema único, avasallador, eterno…”– que, pese a la compleja situación, resulta inevitable en una reunión social de este tipo.

En la crónica siguiente (11 de marzo), el narrador sale de nuevo a la calle, ahora para dedicar su atención al soldado norteamericano que invade París con un comportamiento y unas costumbres muy distintas de las francesas, cuyo contraste provoca forzosamente ciertas fricciones. Es el tema de la “imagen del otro” y de los diversos caracteres nacionales (acrecentado en los años de la guerra), que Machado aprovecha para escribir una bienhumorada columna de ribetes costumbristas que sirve de transición e intermedio, antes de entrar en asuntos más graves. La visión de los americanos que se ofrece es bien conocida en la literatura española y europea, y muy frecuente en la escritura de estas décadas: los pobladores del nuevo continente, libres del peso de la cultura y de las normas de la vieja Europa, son “estos muchachos ingenuos y semisalvajes, derrochadores de la juventud”, que Machado describe, en sus andanzas por la ciudad, como “los nuevos Pierrots de la guerra y de la post-guerra”. Ese carácter y forma de ser, absolutamente despreocupado, es el que les lleva a dar voces, poner “los pies sobre la baranda de sus palcos” o “impacientarse ruidosamente por la tardanza del servicio en la terraza de un café”. Sin embargo, pese a su ausencia completa de modales y al desconocimiento de las fórmulas sociales (incluida la cortesía o la galantería), según el cronista, “como son jóvenes, y adoran a las parisienses y tienen dinero y no reparan lo más mínimo en derrocharlo”, París ha acabado por amansarlos y domesticarlos. En la parte final de la crónica, el narrador pasa de lo general a lo particular, introduciendo una anécdota vivida por él que demuestra, en la experiencia cotidiana, la ingenuidad del norteamericano y la paciencia contemporizadora y magnánima del parisiense, una vez que ha entendido la forma de ser, maleducada pero inocente, del forastero (37). Esta visión amable y cotidiana del americano en París quedará justificada posteriormente, cuando Machado insista en el relevante papel de su ejército expedicionario en el triunfo bélico y en el no menos importante talento del presidente Wilson en la consecución de la paz.

A continuación (14 de marzo), Machado se dedica a exponer uno de los asuntos candentes mencionados previamente a vuelapluma, la cuestión social, tema que va a vertebrar buena parte de estas crónicas, y que ya había aparecido con frecuencia en su dietario de 1918 en El Liberal, “Día por día de mi calendario”. En esta entrega se analizan las causas de la inflación económica en el París de la posguerra, al hilo del intento, por parte del gobierno francés, de que sus efectos sean menos rigurosos para la población. Machado hace una demostración personal acerca de la carestía de la vida, poniendo como ejemplo lo que a él le cuesta la comida, el alojamiento y el transporte, así como otros productos básicos. El análisis de las causas es simple pero efectivo: escasez de materias primas y mano de obra encarecida, sin olvidar los intermediarios que acaparan fraudulentamente y se enriquecen mediante el alza de los precios. A ello se une la crisis laboral, agudizada por el paro forzoso de muchos trabajadores tras el final de la contienda. Según la división social que subraya perspicazmente el cronista, los campesinos han hecho la guerra en la trinchera, y las clases medias y altas, en la retaguardia. Advierte que el obrero francés no ha ido a la guerra, pero es precisamente él quien la ha ganado “desde la fábrica, desde la forja, desde la mina, desde el laboratorio”. La perspectiva de Machado indica bien a las claras la importancia que concede a las reivindicaciones del proletariado en la nueva sociedad que debe surgir tras la gran guerra: una buena resolución de esta crisis obrera es esencial para que Francia vuelva a ser pronto “la dulce Francia de la vida amable y fácil”. Los políticos franceses se dan “perfectamente cuenta” de dónde está el “grave problema” y “se aprestan a resolverlo”. Mientras no se haga, la alegría de París durante el martes de Carnaval en que Machado escribe su crónica tiene, para él, “algo de amenazadora”. No hace falta más para que el lector español relacione inmediatamente estos nubarrones apenas sugeridos con la conflictiva situación tanto de su país, desde la huelga revolucionaria de 1917, como del mundo, con la revolución bolchevique todavía en marcha, de la que el propio cronista se va a ocupar más adelante.

La próxima llegada de Woodrow Wilson a París, para participar en la Conferencia de Paz, marca el próximo ámbito temático. Las dos crónicas siguientes están dedicadas al presidente norteamericano y al valor de sus ejércitos en la contienda bélica. En la primera (15 de marzo), Machado alaba a Wilson, quien, según escribe, es esperado en Francia como un nuevo Mesías capaz de reordenar el nuevo mapa del mundo; esta era en cierto sentido la visión que la propaganda de la Entente aliada había difundido (38), sobre todo a partir de la difusión de su programa de paz mundial basado en catorce puntos, formulado el 8 de enero de 1918, cuya plantilla fue la base de las conversaciones de paz y de la creación de la Sociedad de Naciones, la primera organización internacional de carácter político del mundo contemporáneo, por la que el cronista muestra su entusiasmo. Junto a ello, Machado no se olvida de la política nacional, y apela a sus compatriotas, en primer lugar para rechazar la propaganda alemana, la cual califica de “estúpida y embustera”, porque enfatiza las supuestas desavenencias entre los aliados, principalmente entre los americanos y los franceses; y, en segundo lugar, para que España no quede al margen de este nuevo porvenir del mundo, saliendo de una vez, como enfatiza, de nuestra “insolidaridad suicida, sólo beneficiosa a nuestras aves caseras de más o menos rapiña” y de “nuestro estulto y ridículo aislamiento”. Es lo que habían venido sosteniendo todos los partidos de izquierdas durante la guerra, y el propio Machado en los comentarios sociopolíticos de su dietario en El Liberal desde 1918.

La crónica posterior (18 de marzo) da testimonio del banquete celebrado en honor del ejército norteamericano. Según el narrador, el ovacionado discurso del mariscal Foch, que ocupa la mayor parte del texto, revive en su auditorio, de forma emocional e instantánea, “toda la magna y terrible obra que ha salvado a la Humanidad del mayor peligro en que ha estado nunca”; ocasión que Machado aprovecha para repasar sintéticamente los principales acontecimientos bélicos, con el sólo prestigio evocador de unos cuantos nombres: el triunfo del Marne, la defensa de Verdún, la ofensiva del Somme, la reconquista de Alsacia y Lorena, la liberación de Bélgica “la mártir”, y la victoria final del “genio latino contra la profesional barbarie germana”. Y eso pese a que el militar en realidad sólo se ha referido a “la actuación del ejército yankee en la guerra”.

Foch es caracterizado, en contraste con su heroísmo, como un caballero austero y sencillo, de “quijotesco mostacho”; simultáneamente, Manuel Machado había comparado a Joffre con Alonso Quijano en el soneto que escribió en su honor: y es que los franceses, como unos quijotes contemporáneos, defendían el ideal espiritual de la civilización latina frente a la barbarie de los Imperios Centrales, según manifestaron repetidamente los aliadófilos españoles en la prensa durante los cuatro años de guerra, consigna que el cronista repite en su texto.

Al narrador, de forma hiperbólica, el heroico discurso que acaba de escuchar le parece un digno fragmento de los Comentarios a la guerra de las Galias de Julio César, una “gran página de la Historia universal”, según le dice al “ilustre caudillo” cuando le es presentado. Como vemos, los elogios no son precisamente escasos: de don Quijote a Julio César. Y es que, “si es muy grande el hacer la Historia, no deja por eso de ser muy bello el saberla contar”, según concluye donosamente Manuel Machado.

La preocupación por la compleja situación mundial a través de la óptica española se acrecienta en las dos crónicas siguientes, que tienen una estructura similar: la entrevista y el diálogo de Machado con sendos españoles de excepción radicados en París: don Jaime de Borbón, el pretendiente carlista a la corona de España, y la rebelde infanta Eulalia, hija de Isabel II y tía de Alfonso XII, que en 1911 se había separado de su marido, Antonio de Orleáns, y había escrito un libro, Au fil de la vie, donde defendía la necesidad social del divorcio, provocando un escándalo por el cual fue desterrada de España durante once años.

La entrevista con don Jaime de Borbón (19 de marzo) se construye bajo el equívoco de que el cronista no sabe quién es su interlocutor hasta bien empezada su charla, y en que sus ideas no parecen corresponderse con los valores añejos que supuestamente debería sostener. El pretendiente muestra principalmente su aliadofolia y su preocupación por la política española (incidentalmente, también por el zar de Rusia), mientras que Machado transcribe sus palabras, muy alejadas del tradicionalismo que representa, y con las que está muy de acuerdo. Don Jaime cree que “ de todos los países neutrales ha sido España, en el fondo, el más aliadófilo”, y que “lo mejor del país ha simpatizado siempre con Francia”. Como el gobierno, el comercio y la industria ha tenido que entenderse con los países vecinos, el único desdoro ha sido “haber permitido la propaganda alemana”, que ha dividido a la opinión publica. Lo principal ahora, dice el príncipe, es “pensar sólo en la parte que España debe tomar a todo trance en el concierto mundial” y, en cuanto a la política interior, resolver “los problemas sociales y agrarios”. En todo ello, él no va a ser un obstáculo, porque los españoles deben estar unidos en un momento de tanta importancia. Machado, finalmente, alaba a don Jaime advirtiendo que “en cuanto a tradicionalismos, nada más tradicional para un hombre honrado que hablar un poco con el corazón en la mano”. Uno de los objetivos que consigue Machado al escribir esta crónica es el de enfatizar una vez más la equivocación y el aislamiento de las derechas germanófilas en España, mostrando que incluso el pretendiente carlista es aliadófilo.

Por su parte, la conversación en los salones de la infanta Eulalia (26 de marzo), otro miembro destacado de la España residente en París, que su autor recorre y recoge en estas crónicas (a veces simplemente citando su paso por ella, como hace ahora con la residencia del embajador, Quiñones de León, o el taller de Clará), muestra de nuevo que hasta en los ámbitos más mundanos y aristocráticos se habla de política. En esta ocasión, el gran tema candente puesto sobre la mesa es la cuestión social, que impide a Machado y a la infanta hablar de poesía, como era su primer deseo. De la mención a la revolución bolchevique y al probable asesinato del zar Nicolás II y su familia, que llena de siniestros presagios la conversación, se pasa al caso español. Interrogado por la infanta, Machado toma la palabra para decir que “nuestro país está lleno de inquietudes, verdaderamente graves y serias” y que “los problemas obreros de la ciudad y del campo reclaman una solución urgentísima”. Desde su perspectiva socializante, afirma que el movimiento del proletariado español, en el marco de las reivindicaciones obreras que se suceden en todo el mundo, “es tal vez el que con más justicia y con más necesidad se queja”. Si el gobierno actúa con inteligencia y se fija en otras naciones, Machado apuesta por “un arreglo con mutuas concesiones”. Una condesa con posesiones en Andalucía no lo ve de forma tan optimista (y esta mención incidental enfatiza la gravedad del asunto tratado). En todo caso, el ejemplo de la tardía reforma agraria emprendida en Rumanía, expuesto por un diputado y profesor de Bucarest, demuestra la necesidad de una resolución urgente del problema en España. Toda la crónica parece escrita en función de esta advertencia o aviso para navegantes. El caso ruso y el rumano son ejemplos muy distintos de lo que puede ocurrir en España si no se hacen las reformas a tiempo.

Tras las últimas crónicas, de hechura retórica y temática similar, en torno a los problemas de España, las dos siguientes retoman la cuestión de las conversaciones de paz. Ahora (27 de marzo), la contienda es traída a primer plano para defender las reivindicaciones italianas sobre la costa dálmata, que habían sido tachadas de exageradas. El cronista considera que esta petición no sólo es justa y estratégicamente recomendable, sino proporcionada al gran sacrificio bélico que el país hizo durante la guerra, y que es expuesto minuciosamente. Frente a las incomprensiones y los recelos en las negociaciones, el periodista aboga por un mayor entendimiento entre los pueblos, incluso al margen de sus políticos (alusión en la que sin duda está implícita de nuevo la preocupación de Machado por la difícil situación española); y por una “gran unión latina” encabezada por Francia e Italia, donde debería estar también España (junto a Portugal, Rumanía e Hispanoamérica), en oposición a los otros dos grandes bloques culturales que van a conformar políticamente el mundo: el anglosajón y el germano-eslavo.

Por otra parte (30 de marzo), Machado cree que el bolchevismo, desatado por Alemania, “enemiga secular del orden y de la verdadera civilización” (pues, en efecto, como es sabido, gracias a ella Lenin fue trasladado en un tren sellado desde Suiza hasta Rusia), y exportable a todos los países atrasados y mal dirigidos, es el último recurso germano para, ya que no pudo ganar la guerra, ganar la paz o al menos impedirla, presentándose como irresponsable de lo sucedido ante el mundo. Como apoyo a esta tesis, el cronista indica que, si en Austria llaman a la revolución rusa, “desvergonzadamente”, según escribe, “dictadura del proletariado”, se debe a “la concepción autoritaria y arbitraria” de “los caudillos bárbaros”, es decir, de los Imperios Centrales. Para evitar que este “simulacro de incendio pueda abrasar al mundo”, y que ello sea aprovechado por Alemania para volver a su proyecto de pangermanización, Machado indica que los aliados ya están redactando el tratado de paz que los vencidos deberán firmar y cumplir de inmediato. El ensañamiento y la desconfianza del cronista hacia Alemania acaba con la afirmación, para que nadie se apiade de ella, de que la vida allí es mucho más barata que en París y en Madrid. Este último comentario, como toda la crónica en general, parece que está escrito para contrarrestar la activa propaganda germanófila todavía presente en España: “para edificación de nuestros Quijotes más y menos sinceros que creen en las jeremiadas hechas a propósito de las exigencias de los aliados”. Por primera vez, “Quijote” se aplica no a los defensores de un ideal latino, como había ocurrido hasta ahora, sino a los seguidores de causas perdidas, como es ahora la alemana.

En las seis entregas finales, las correspondientes al mes de abril, Machado no vuelve a hablar de temas políticos, sino que dedica sus crónicas a tres aspectos más amables, en una, disposición que se repite por dos veces: las nuevas costumbres y formas de vida de los franceses tras la guerra; el contraste, de una memoria melancólica, entre el París de hace quince años y el actual; y, por último, el mundo del teatro.
En cuanto al primer tema, una crónica está dedicada al hombre y otra a la mujer francesa. Lo que se destaca, en general, es que “el ritmo de la vida se ha acelerado de un modo inaudito”. Del francés (1 de abril), todavía “a caballo entre dos vidas”, medio militar y medio civil, que ha dado “un ejemplo de grandeza y de fuerza admirable”, destaca Machado el hecho de que, debido a la contienda, ha desarrollado al máximo su “espíritu de organización”, y que, tras ella, el “valor de la raza” queda manifiesto en la multitud de proyectos y de ideas que le bullen en la cabeza, “negocios y asuntos de verdadera importancia moral y material, que apresurarán la marcha del mundo”. La conclusión, en una línea de exaltación épica, es que “Nada abona tanto el suelo de la patria como la sangre de sus héroes y sus mártires”. Como vemos, se trata de una crónica con un enfoque enunciativo general y meramente apologética del heroísmo francés, aplicable tanto a lo militar como a lo civil.
Mayor interés y encanto costumbrista tiene la dedicada días después a la mujer francesa (5 de abril), en la que ya no hace gala de un enfoque heroico, sino de uno más apegado a la experiencia callejera y cotidiana del cronista, donde sin duda residen algunas de sus mejores virtudes. Con una galantería previsible en el autor, no exenta de gracia, Machado certifica que, tras la guerra, la mujer ya no es sólo el alma de París, sino también el cuerpo. Mientras el hombre estaba en el frente, ella ha invadido todos los dominios y ocupaciones habitualmente reservados al varón, de forma que ahora “todas desempeñan un cargo público o doméstico, todas deben a la propia actividad los medios de vida o de independencia”. El cronista, con dinamismo enumerativo, se maravilla de “la profusión de uniformes femeninos” que le reciben y asedian en todas partes: “Desde el ‘bureau’ de poste, o de tabaco, hasta el vagón del metropolitano, pasando por el restaurante, el café, el tranvía, los bazares, las tiendas y toda clase de oficinas”.
Claro que un poeta modernista, autor de madrigales galantes y sostenedor del mito del París bohemio, no puede dejar de preguntarse (algo frívolamente, dadas las circunstancias), dónde están “las grisetas de Musset, las midinettes de Verlaine”: “Margot, Suzón, Lulú, Mimí, Naná, Biquette”, sin más oficio que “el de ser bonitas y alegres”. La melancolía de la memoria se dispara con la mera sonoridad erótica de los nombres, y el texto se rejuvenece y llena de términos franceses coloquiales para designar a “las eternas ‘mujercitas’ de París”. Y claro que las encuentra, pero ahora, signo de los tiempos, todas estas féminas aspiran a desempeñar el mismo oficio, “llena de ensueños de futuros triunfos la deliciosa cabecita”: se trata del cinema, “palabra mágica” a cuyo conjuro se vuelven locas “las muchachitas de París”: “Todas quieren, todas ansían, todas lloran, todas rabian por ‘hacer’ cinema”, según escribe, con anáfora burlona y sentimental, el cronista. Y qué duda cabe que el cine, que ya había aparecido, como no podía ser menos, en la crónica referida a los ingenuos soldados americanos en París, será uno de los elementos de modernidad que más van a marcar las expectativas, en todos los sentidos, de los felices años veinte (39).

Las dos crónicas teatrales aproximan la escritura parisiense de Manuel Machado a la crítica dramática que suele practicar habitualmente en El Liberal. Es significativo que, tras casi dos meses de estancia en París, su escritura ya no se dedique a los problemas candentes de la alta política, sino a cuestiones de ocio, que parecen indicar un cansancio por parte del cronista en los grandes temas, o bien su instalación, con el paso del tiempo en una normalidad más rutinaria (a no ser que este cambio se debiera a alguna consigna de la dirección del propio periódico, que veía cómo sus noticias políticas eran con frecuencia víctimas de la censura gubernamental, con el resultado de los consabidos “blancos” o “vacíos” en las columnas del diario). De hecho, en una de sus primeras crónicas había escrito que “no voy al teatro, porque estoy harto de él en Madrid”, lo que ahora, como es obvio, se desmiente.
En la primera crónica (3 de abril), Machado relata su cena con Firmin Génier, acompañado por su introductor, Carlos de Batlle, y su posterior asistencia a la representación de El mercader de Venecia en el teatro Antoine. De esta forma, primero expone las ideas teatrales del actor y comediógrafo, tal y como éste se las explica, sobre la puesta en escena, la integración del auditorio y el espectáculo, y la difuminación de los límites entre realidad y ficción; luego, puede observar su resultado en la práctica, haciendo una reseña muy positiva de la obra, hasta el punto de afirmar que “ha sido, en efecto, para mí uno de los más completos espectáculos de arte a que he asistido en mi vida”. Al final, el cronista hace prometer a Génier una próxima representación en España de sus montajes, con lo que la reseña cobra un mayor sentido para el lector habitual de El Liberal.
La segunda crónica teatral (14 de abril), que clausura las que Machado envía desde París, es completamente una crítica de la representación del Pasteur de Sacha Guitry, llevada a la escena por su hermano Lucien Guitry, “el más notable actor dramático del mundo”, según el cronista, quien, para demostrar su esprit, introduce al comienzo una anécdota que lo pone de manifiesto. Su habilidad consigue entretener al público durante cinco actos, de los que el crítico destaca los momentos que cree más interesantes, representando simplemente la vida del científico, “sin intrigas, sin aventuras, sin amores, sin celos, sin una sola mujer en escena”. De modo similar al caso anterior, la crónica se justifica, además de por su papel informativo y de intermediación cultural, porque Machado anuncia su representación en los teatros madrileños la próxima temporada.

Finalmente, quizá las mejores, y sin duda las más confesionales de estas crónicas manuelmachadianas, son aquellas en las que su autor (enlazando con una intención apuntada en el primer artículo) busca los restos del París de su aprendizaje finisecular, aquel que lo formó definitivamente como poeta, a través de una ciudad “trepidante y febril”, según escribe, que todavía está saliendo de la pesadilla de la guerra: “Yo buscaba al París mío, alerta y tranquilo, en medio de este París que aún tiene el aire de haber pasado una mala noche, nervioso y avejentado por el insomnio” (2 de abril). Aplicando la retórica del paseo urbano, que reconstruye fragmentariamente tanto la ciudad como su recuerdo y su discurso, y con un tono levemente intimista y nostálgico, el cronista se lanza a revivir la ruta que enlazaba los dos hemisferios de su juventud, de Montmartre al Barrio Latino, no en balde el primer título proyectado para el libro que recogió sus “cuentos parisienses”, finalmente titulado El Amor y la Muerte (1913), donde el recorrido se traza en varias ocasiones (y, en sentido inverso, en su crónica “Impresiones”, de 1899 (40)). Tras no encontrar sino ruinas y un ajetreo muy moderno en el primero de los polos, en el segundo, junto a la plaza de la Sorbona y las “viejas tapias de Cluny”, que unen “lo viejo y lo nuevo”, el poeta halla un rincón de paz y olvido donde poder sentir la intersección del pasado con el presente. El relato de una anécdota nimia, cotidiana, como es la de unos gorriones picoteando unas migajas de pan mientras son observados por un pequeño grupo de ciudadanos, que olvidan momentáneamente sus quehaceres, se carga de una inesperada trascendencia: es la puerta de entrada que permite al autor vivir un instante de eternidad, y captar, de modo íntimamente simbolista, mediante una vivencia que también podríamos llamar “intrahistórica”, la esencia de la ciudad. Por ello, finalmente escribe: “yo he visto un momento el alma de mi París”.
Esta “dolorosa peregrinación en busca del pasado”, sustrayéndose al vértigo de la actualidad y de los compromisos mundanos o periodísticos del autor (que éste no deja de enumerar), tiene su continuidad días después (9 de abril) en otra crónica en la que su protagonista va en busca, repitiendo su “diario camino de antaño de Montmartre al Barrio Latino”, no ya de la esencia o el alma eterna de la ciudad, sino de los espacios de su juventud: primero, “uno de aquellos pequeños restaurants del buen tiempo viejo” que, “como un monumento del pasado”, encuentra en la calle de Vaugirard (en la que el poeta estuvo alojado en 1900, y donde luego dirá componer los primeros versos de Alma); luego, el célebre Cabaret des Noctambules, en el que todavía encuentra inesperadamente, tras haber entonado un elegíaco ubi sunt, algunos de los chansonniers que conoció en el fin de siglo, como Yen-Lug, Vincent Hispa o Xavier Privas. Al comenzar éste la conocida canción de las horas (“‘Las horas grises’ del que sueña, ‘las horas rojas’ del que ama, ‘las horas negras’ del que sufre, ‘las horas blancas’ del que muere”), el cronista aprovecha para cerrar con un perfecto broche elegíaco su crónica (con el que cierro también mi intervención): “¡Ah, poeta! ¿Quieres decirme de qué color son las horas del que recuerda lo que no ha de volver?…

NOTAS

Vid. C. H. Cobb, “Una guerra de manifiestos, 1914-1916”, Hispanófila, 29 (1967), 45-61, y F. Díaz-Plaja, Francófilos y germanófilos, Madrid, Alianza, 1981.

  1. Machado, carta a M. de Unamuno fechada en Baeza, 16 de enero de 1915. En A. Machado, Prosas dispersas (1893-1936), Madrid, Páginas de Espuma, 2001, p. 381. Vid. además A. Machado, “España y la guerra”, La Nota [Buenos Aires], 47 (1 de julio de 1916), 921-923, op. cit., pp. 403-411.

Vid. “Liga Antigermanófila. Manifiesto a los españoles”, España, III, 104 (18 de enero de 1917), 4-7. La firma de M. Machado (junto a la de su hermano Antonio) está incluida en el apartado de “Publicistas”, donde aparece como “redactor de El Liberal” (p. 6).

Vid. M. Machado, Día por día de mi calendario. Memorándum de la vida española en 1918, Madrid, Juan Pueyo, 1918, pp. 174-175.
M. Machado, Día por día de mi calendario, ed. cit., 6 de junio de 1918, p. 162.

Vid. R. Alarcón Sierra, La poesía de Manuel Machado: Alma, Caprichos, El mal poema (estudio y edición crítica), Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza (Serie Microfichas), 1997; Entre el modernismo y la modernidad: la poesía de Manuel Machado (Alma y Caprichos), Sevilla, Diputación Provincial de Sevilla, 1999, o, más brevemente, la introducción a M. Machado, Alma, Caprichos y El mal poema, Madrid, Castalia, 2000.

Géminis, “Jean Moréas. ‘El rufián’”; “Henri Bataille. ‘El mes mojado’”, en E. Díez-Canedo y F. Fortún (eds.), La poesía francesa moderna, Madrid, Renacimiento, 1913, pp. 180-181 y 269-270, respectivamente; P. Verlaine, “Sabiduría (Versión de Manuel Machado)”, Esfinge, IIª época, 33 (1 de febrero de 1917), 498; “A María Inmaculada (Versión de Manuel Machado)”, ibid., 35 (1 de marzo de 1917), 540; “Resignación (Versión de Manuel Machado)”, ibid., 41 (20 de mayo de 1917), XV; “Henry Batalle. ‘Por los vidrios grises’ (Traducción de Géminis)”, ibid., 46 (1 de agosto de 1917), 834; (trad.), “Antología francesa. Poesías de Jean Moréas. El rufián”, Cosmópolis, I, 3 (marzo de 1919), 562-563. Vid. al respecto R. Alarcón Sierra, “Manuel Machado y su traducción in partibus infidelium de Paul Verlaine”, Voz y Letra, IV, 2 (1993), 129-146.

  1. Machado (trad.), “Los poetas contemporáneos. Emilio Verhaeren [‘El molino’ (Del libro Les Soirs). ‘Los pobres’ (De Les visages de la vie). ‘El árbol’ (De La multiple splendeur)]”, El Liberal (4 de julio de 1918), 1, y “Los poetas contemporáneos. Charles Van Lerberghe [‘Barcas de oro’ (Del libro ‘Entrevisions’). ‘El Señor ha dicho…’ (De ‘La Chanson d´Eve’). ‘Cuando viene la noche’ (De ‘La Chanson d´Eve’)]”, ibid. (19 de julio de 1918), 1.

Cf. E. Verhaeren, “Bélgica heroica y mártir”, España, I, 32 (2 de septiembre de 1915), 5, así como los testimonios recogidos por F. Díaz-Plaja, op. cit., pp. 175-200. J. Camba ironizaba tempranamente al respecto en su crónica “Los pequeños belgas”, ABC (13 de noviembre de 1914), recogida en J. Camba, “La guerra desde Suiza”, El destierro, Madrid, Magisterio Español, 1970, pp. 222-224.

  1. Machado, “Georgette Leblanc en el Ateneo. Conferencia con canciones y poesías de Maeterlinck”, El Liberal (13 de diciembre de 1916), 3. De hecho, según informa el propio M. Machado, el gobierno prohibió las siguientes conferencias que el poeta tenía previsto dar en Madrid (en la Casa del Pueblo) y en Barcelona, seguramente porque la neutralidad española impedía este tipo de apologías a favor de uno de los bandos por parte de miembros de los países contendientes.
    Vid. R. Alarcón Sierra (ed.), M. Machado, Impresiones. El modernismo (Artículos, crónicas y reseñas, 1899-1909), Valencia, Pre-Textos, 2000.

Pablo González Alonso, Cartas a los Machado, Sevilla, Diputación Provincial de Sevilla, 1981, p. 110. Son tres las cartas a Machado, sin fecha, en las que Gómez Carrillo le desea buen viaje a París, ibid., pp. 107-110.

La Bibliografía machadiana (Bibliografía para un centenario) dirigida por Manuel Carrión Gútiez (Madrid, Biblioteca Nacional, 1976, p. 46, entrada número 427) sólo señala diecisiete de estas crónicas, porque no cita la correspondiente al 2 de abril de 1919. Gordon Brotherson, por su parte, sólo señala la fecha de la primera y la última, y hace una síntesis de su contenido en la que incluye datos que no aparecen en estas crónicas (como su paso por Bélgica, o sus comidas con Courteline o los Coquelin); es probable que mezclara información de otros artículos depositados en el Archivo Manuel Machado de Burgos (vid. Manuel Machado. A revaluation, Cambridge, UP, 1968, p. 44; trad. Manuel Machado, Madrid, Taurus, 1976, pp. 52-53). Del mismo modo, no he encontrado la carta abierta de Machado que, según Brotherson (op. cit., pp. 43 y 51-52, respectivamente), apareció en El Liberal en agosto de 1916.

  1. Machado, “La temporada de primavera. Inauguraciones y estrenos/Infanta Isabel/Estreno de ‘Caperucita y el lobo’, por J. López Pinillos”, El Liberal ((20 de abril de 1919), 3.
  2. Machado, “Intenciones. Hermann Muller”, El Liberal (2 de julio de 1919), 3; “Intenciones. A granel”, ibid. (11 de Julio de 1919), 3.
  3. Machado, “‘Flevit Super Illam… ’”, Summa. Revista Selecta Ilustrada. Quincenal [Madrid], I, 2 (1 de noviembre de 1915), 8. Ilustración de Gutiérrez Larraya.
  4. Machado, “¡Muy bonito!” y “‘Flevit Super Illam… ’”, Sevilla y otros poemas, Madrid, Editorial América, 1918, pp. 79-80 y 113-114, respectivamente.
  5. Machado, “A Francia. En la persona de nuestro ilustre huésped R. Poincaré”, Canciones y dedicatorias, Madrid, Imprenta Hispano-Alemana, 1915, pp. 87-88. De forma análoga, su único cuento bélico, “El teniente Nochebuena”, que había sido incluido en el volumen El Amor y la Muerte (1913) y en La Nación (11 de marzo de 1913), lo volverá a publicar durante la guerra en Día y Noche [Madrid], I, 1 (20 de octubre de 1918), 1-2.
  6. Machado, “A Francia, hoy”, Sevilla y otros poemas, Madrid, Editorial América, 1918, pp. 133-134. Transcribo el soneto, tal y como apareció en Los Aliados, 3 (27 de julio de 1918), 2, señalando, en cursiva, las variantes: “A Francia//Francia, divina Francia, jardín y corazón/de Europa, portadora de lises ideales/que guían a la pobre Humanidad. Timón/en la mar procelosa de bienes y de males.//Francia, que no has perdido la suprema sonrisa/en medio de la hoguera horrísona, sabiendo/que, por encima de la llama y el estruendo/y el ‘Deutschland uber alles’ florecerá tu risa.//Francia inmortal, que hoy riegas de sangre generosa/La rosa que va a ser, la inverosímil rosa/que no ha de marchitarse en los siglos sin fin…//Vencedora segura de la Última guerra,/salve, en nombre de todos los pueblos de la Tierra./¡Francia, divina Francia, corazón y jardín!”. Sobre la publicación citada, vid. Jesús Mª Monge, “Rosa de llamas: Valle-Inclán y Mateo Morral en la revista Los Aliados”, El Pasajero. Revista de estudios sobre Ramón del Valle-Inclán, 1 (2000) .
    M. Machado, “I. España y Francia. II. Francia inmortal. III. Al mariscal Joffre, vencedor del Marne”, La Libertad (29 de abril de 1920); “Al mariscal Joffre, vencedor del Marne”, en “Página literaria de El Adelantado de Segovia”, El Adelantado de Segovia (11 de mayo de 1920), y en Dedicatorias, Madrid, Mundo Latino, 1924.

Vid. M. Machado, “Rostand a ‘L’Espagne’”, El Liberal (7 de septiembre de 1913), 2. Se conservan tres cartas de E. Gómez Carrillo, sin indicación de año y con membrete de L’Espagne, dirigidas a M. Machado. En ellas, el guatemalteco solicita al sevillano que no deje de enviar colaboraciones para el semanario. Vid. P. González Alonso, Cartas a los Machado, ed. cit., pp. 96-98.

  1. Machado, Día por día de mi calendario, Madrid, Juan Pueyo, 1918, p. 66. Anotación correspondiente al 21 de febrero de 1918.

Ibid., p. 93. Vid. José Subirá, Los españoles en la Guerra de 1914-1918. I. Memorias y Diarios. Recopilación glosada II. Asi dijo Montiel: Histora novelesca III. Epistolarios y narraciones: selección refundida IV. Ante la vida y ante la muerte: novela histórica, Madrid, Pueyo, 1922, IV vols.

  1. Machado, “Día por día de mi calendario”, El Liberal (4 de noviembre de 1918).
  2. Machado, “Día por día de mi calendario”, El Liberal (28 de octubre de 1918).
  3. Machado, “Día por día de mi calendario”, El Liberal (25 de noviembre de 1918).
  4. Machado, “Día por día de mi calendario”, El Liberal (18 de noviembre de 1918).

Vid. R. Alarcón Sierra (ed.), M. Machado, Impresiones. El modernismo, ed. cit., especialmente pp. 14-31, y “Los libros de viaje en la primera mitad del siglo XX. Julio Camba: la rana viajera”, en L. Romero Tobar y P. Almarcegui Elduayen (coord.), Los libros de viaje: realidad vivida y género literario, Madrid, Universidad Internacional de Andalucía / Akal, 2005, pp. 158-195.

Cf. el siguiente párrafo, perteneciente a la crónica del 9 de abril, donde nos informa de actividades que no serán recreadas en ningún otro artículo (salvo su asistencia a la representación de Pasteur): “mi cuaderno de notas no marca demasiados compromisos para esta tarde y aún puede que me quede tiempo para cumplir algunos. Veamos: un concierto en la sala de Pasdeloup; visita de los talleres de Pepe Clará, nuestro mejor escultor, y Federico Beltrán, el gran pintor español, hay confianza. Sanjurjo y Paul Adam, para hablar de la Academia Latina; el Club Mediterráneo, del grupo Monjoie, que cuenta conmigo… bueno, mañana. Repetición general de Bourgeois Gentilhome, con la nueva ‘mise en scène’ del gran Génier, último grito del teatro moderno. Veré la ‘première’. Ah, Juanita Desclos, la deliciosa actriz, que quiere leerme su comedia. Esto de las comedias debajo del brazo es universal. Y menos mal cuando los brazos son como estos. Esperará. Nunca es tarde, si la dicha es buena. Comida con Lucien Guitry en su magnífico hotel y representación de Pasteur, su creación maravillosa en el Vaudeville. Me excuso por hoy. Pero todavía madame Simonne Lebargy para hablar del teatro. No. Y el capitán de Francisqui para conversar de la cuestión de Italia. Total, nada; a condición de tener el don de la ubicuidad, una memoria privilegiada y un estómago a prueba de bomba”.

El cronista no se autorrepresenta como personaje en las crónicas correspondientes a los días 15, 27 y 30 de marzo, 1 y 14 de abril; en todas las demás lo hace, aunque podemos considerar las de los días 11 y 14 de marzo como un tipo mixto, puesto que el narrador escribe desde una perspectiva general, pero en un momento dado desciende a ejemplificar lo que dice con una anécdota, que muestra su experiencia personal acerca de los hechos relatados

Vid., por ejemplo, los testimonios recogidos por F. Díaz-Plaja, “Francia la frívola”, Francófilos y germanófilos, ed. cit., pp. 333-342.
El agresor, M. Cottin, fue condenado a muerte en Consejo de guerra: vid. “El atentado contra Clemenceau”, El Liberal (15 de marzo de 1919), 3.

Vid. R. Alarcón Sierra, “La ciudad y el domingo; el poeta y la muchedumbre (de Baudelaire a Manuel Machado)”, Anales de la Literatura Española Contemporánea, 24, 1-2 (1999), 35-64.

  1. Machado, “El saber de la miseria”, Alma Española, II (13 de diciembre de 1903), 4, y El Amor y la Muerte, ed. cit. (1913), p. 225; “Última”, en Alma. Caprichos. El mal poema, Madrid, Castalia, 2000, p. 216.

Vid. Manuel y Antonio Machado, Las adelfas. El hombre que murió en la guerra, Madrid, Espasa-Calpe (“Colección Austral”), [1947] 1981, pp. 114-116. La obra fue escrita entre finales de los años veinte y comienzos de los treinta, aunque no se estrenó hasta 1941.

  1. Alarcón Sierra, “El hombre que murió en la guerra, El hombre que yo maté de Rostand y Lubitsch y los intertextos de Manuel Machado”, Revista de Literatura, LXVIII, 136 (2006), 569-593.

Cf. una interpretación similar en J. Camba, “Los soldados americanos”, El Sol (20 de enero de 1918), reproducido en F. Díaz-Plaja, op. cit., pp. 428-430.

Cf., por ejemplo, los artículos de G. Alomar, “Los valores espirituales y la guerra”, El Imparcial (1 de agosto de 1917), y Azorín, “Los Estados Unidos son la libertad”, ABC (28 de agosto de 1918), extractados por F. Díaz-Plaja, op. cit., pp. 422-423.

Cuando M. Machado emplea el anglicismo “film” lo hace entre comillas y siempre en femenino: “una ridícula ‘film” sentimental inglesa” –“Crónica de París”, El Liberal (11 de marzo de 1919), 3–; “aspiran todas a verse en la ‘film’” –“ Crónica de París”, ibid. (5 de abril de 1919), 1–.

Vid. M. Machado, “Impresiones”, Hoja literaria de El País (12 de junio de 1899), que he recogido en la ed. cit. de Impresiones. El modernismo, pp. 215-222, así como los relatos de El Amor y la muerte en M. Machado, Cuentos completos, Madrid, Clan, 1999.