EL DUERO: REFLEJO DE MACHADO, por Carolyn Galerstein.

EL DUERO: REFLEJO DE MACHADO.

Por Carolyn Galerstein.

El Duero es un río que tiene sus fuentes en la cima del Monte Urbión, pasa por la altiplanicie de Castilla, primero por la ciudad de Soria; torciendo hacia el oeste, fluye por Aranda de Duero, Valladolid y Zamora, y finalmente entra en el Atlántico por Oporto. Esta es la descripción geográfica del río. Pero existe también una definición espiritual que se revela en la poesia de Antonio Machado, y las muchas de sus descripciones del Duero se pueden considerar reflejo de la variación del estado emocional del poeta.

Durante su estancia en Soria, Machado tuvo la oportunidad, mejor dicho la necesidad emocional, de contemplar el Duero en todas las estaciones. Soria, según Manuel Tuñón de Lara, «es fría, de color ceniciento, situada en pelados montes, sin rasgos dominantes, si no es la torre renacentista del Gobierno Civil. Entre dos de estos cerros corre el Duero; en uno está el casti- llo y en otro la ermita de la Virgen del Mirón»’. En su primer año en Soria, antes de conocer a Leonor, Machado huía de los aspectos desagradables de la pequeña ciudad provinciana, caminando por las riberas del río «con su per- fil de chopos»2.

Su primer poema dedicado al río «Orillas del Duero», incluido en Soleda- des, fue escrito en mayo de 1907 cuando Machado visitó Soria por primera vez, antes de trasladarse a ella. Machado ya conocía la fama de los inviernos crudos de la región, pero entonces era primavera. «Es una tibia mañana. / El sol calienta un poquito la pobre sierra soriana»3 nos indica que el poeta no siente gran ansiedad ante la idea de vivir y trabajar aquí. En este poema des- criptivo, con «verdes pinos, casi azules… Chopos del camino blanco, álamos de la ribera, / espuma de la montaña »(p. 30), también se esconde la emoción

del poeta al observar el paisaje. El sol del día le inspira amor por esta región de su patria, y exclama: «¡Hermosa tierra de España! »(p. 30). Pero el entu- siasmo del poeta es templado por su incertidumbre. Aquí «El Duero corre, terso y mudo, mansamente » (p. 30), como Machado mismo, hombre de

1. MANUEL TUÑON DE LARA: Antonio Machado, poeta del pueblo (Barcelona: Ed. Nova Terra, 1967),p. 52.
  1. TUÑON DE LARA,p. 53.
  2. ANTONIO MACHADO: Poesías completas, 11.» ed. (Madrid: Espasa-Calpe, 1940). p. 30. (Después citada en el texto con el numero de la página.

poemas económicos en su uso de palabras, hombre de calma, manso frente a los limitados medios de un profesor que acaba de ganar las oposiciones a la cátedra de francés.

El siguiente poema con el título «A orillas del Duero» retrata el río en pleno verano, durante los breves y felices años con Leonor. «Era un hermoso dia» (p. 77), declara el poeta, y el día es un reflejo de su humor. Se siente solo, pero ahora esta soledad no es lo mismo que tristeza, y él goza de su paseo, subiendo «por las quiebras del pedregal» (p. 77). El esfuerzo le vuelve contemplativo y sus pensamientos se vierten hacia el exterior, hacia el pano- rama de Castilla ante sus ojos. «¡Oh, tierra triste y noble» (p. 78), dice, recor- dando que el sol del verano enmascara una tierra que sufre la nieve del invierno, país una vez grande, «ayer dominadora»(p. 78), que ha sufrido siglos de miseria y decadencia. Pero, como en tantos de los poemas de Machado, hay una mezcla de desesperación y optimismo. Al final, «las enlu- tadas viejas» (p. 79) están yuxtapuestas a -dos lindas comadrejas »(p. 79) para demostrar el contrapunto del pesar de la vejez con la vivacidad de la juventud. <,EI mesón abierto»(p. 79) a que Machado se refiere al final del poema es una indicación de la hospitalidad y la buena voluntad, pero este sentimiento de felicidad inocente está mitigado por el recuerdo de la dureza de la tierra: «campo ensombrecido y pedregal desierto») (p. 79).

En 1910, según Tufión de Lara, Machado hizo un viaje a las fuentes mis- mas del Duero. Por cierto, esta fue la única vez que se separó de Leonor. «Fue de Soria a Cidones en coche; luego a lomos de cabalgadura hasta Vinuesa. Subió a la cima del Urbión no sin que antes una violenta tormenta le calase hasta los huesos»4. Parece que el poeta tenía que explorar las fuentes de un aspecto de la naturaleza que le había traído algún solaz en su soledad y que también había traido alguna belleza a un paisaje árido. Pero no pudo lograr su meta con calma; la tormenta era necesaria para recordarle las vicisi- tudes de la naturaleza, que a veces parecen predominar en Soria.

Alberto Gil Novales ha llamado a Campos de Castilla obra «pesimista, terriblemente pesimista, con angustia que algunos han llamado existencia- lista y que nace de un amor a la desesperada’ ‘. El mismo pesimismo y angustia se ejemplifican en el poema «Orillas del Duero», que data de 1913, escrito en Baeza después de la muerte de Leonor. Aquí no hay nostalgia por los años de felicidad en Castilla, solamente reminiscencia de la pobreza del paisaje: «de tierra dura y fría.., y otra vez roca y roca, / pedregales desnudos y pelados serrijones» (p. 83). Hay también recuerdos de la pobreza de espíritu engendrada por la dureza del paisaje y por los siglos de olvido y abandono: «¡Castilla, tus decrépitas ciudades» (p. 83). El poeta también habla de «¡La agria melancolía / que puebla tus sombrías soledades!» (p. 83). La angustia aquí expuesta es doble: angustia principalmente por la patria y su historia:

  1. TUÑON DE LARA, p. 57.
  2. ALBERTO GIL NOVALES: Antonio Machado, 2 •° ed. (Barcelona: Ed. Fontanella, 1970). p. 52.

 

¡Oh, tierra ingrata y fuerte, tierra mía!

¡Castilla varonil, adusta tierra, Castilla del desdén contra la suerte, Castilla del dolor de la guerra,
tierra inmortal, Castilla de la muerte!

(P. 83)

Pero esta angustia noventayochista es igual a la angustia personal, la desesperación de su vida sin su esposa amada. La memoria es de la primavera soriana, pero no hay nada de la esperanza que, por lo general, la primavera lleva a la tierra y al alma del poeta. Las imágenes son todas de Soria en invierno, con «cerros de plomo y de ceniza / manchados de roídos encinares» (p. 83). Aquí Castilla es «el yermo frío» (p. 83), y el Duero, que corre de las nieves blancas, fluye por hoces y barrancas, «mientras tengan las sierras su turbante / de nieve y de tormenta» (p. 83). Con las últimas lineas: «¡Acaso como tú y por siempre, Duero, / irá corriendo hacia la mar Castilla?» (p. 83), Machado pregunta si el destino de Castilla es seguir existiendo sin propósito, sin futuro, continuar sin cambio, sin mejoramiento, así como la tristeza del poeta continuara para siempre, sin cesar, sin alivio.

Sin embargo, hay otras ocasiones cuando sus recuerdos del Duero en primavera evocan misiones más agradables. En «En abril, las aguas mil»

se divisa un prado verde
y un encinar se esfumina,
y una sierra gris se pierde. (p. 88)

La lluvia de abril despierta la tierra, impeliendo lo verde, y también des- pierta al río:

Los hilos del aguacero
sesgan las nacientes frondas
y agitan las turbias ondas
en el remanso del Duero. (p. 88)

El Duero siempre está relacionado con árboles en las descripciones de Machado, porque la orilla del río es el lugar más fértil de un paisaje por otra parte estéril. En «Campos de Soria» el poeta habla de «los álamos dorados» en la ribera del Duero, «álamos del amor» que albergan ruiseñores y cuyas ramas sirven de «liras del viento perfumado en primavera» (p. 97). En «otros días» son olmos y chopos «que buscan al padre Duero, verdean» (p. 114). Y el famoso olmo seco de Machado es «¡El olmo centenario en la colina / que lame el Duero!» (p. 129). Aquí vemos la contradicción que casi siempre existe en la poesia de Machado. Dentro de la desesperación, aunque el árbol va a morir y el río va a empujarlo al mar, a la nada sin fin, hay también esperanza, Porque «con las lluvias de abril y el sol de mayo, / algunas hojas verdes le han salido» (p. 129). Aquí en Soria, en 1912, durante la enfermedad de Leonor, Machado no puede resistir la esperanza de un milagro; desea tanto que ella viva, que se adhiere a la poca evidencia de vida que existe y dice:

Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera. (p. 130)

Las hojas verdes son un milagro en sus ojos, y también el río, que se renueva cada primavera con las aguas de la nieve que se disuelve, le recuerda la promesa de vida que la primavera conlleva y da fuego a su esperanza.

Por lo general, la misma Soria se asocia con el invierno y abundan las imágenes del río en invierno también. En «Adiós» Machado declara: «Y nunca más la tierra de ceniza / he de volver a ver, que el Duero abraza» (p. 138). Y la visión de la Soria invernal que se presenta en el verso:

¡Soria fria, Soria pura,
cabeza de Extremadura,
con su castillo guerrero
arruinado, sobre el Duero; (p. 96)

naturalmente incluye el río, casi el único aspecto vivo de la ciudad muerta.

A pesar de esta predilección por el retrato de una ciudad fría y vetusta, las asociaciones del Duero son más a menudo con la primavera y la viveza, como en «A José María Palacio», cuando pregunta:

¿está la primavera
vistiendo ya las ramas de los chopos
del río y los caminos? (p. 136)

Y sigue con su canto a la primavera, que llega aun a Soria:

En la estepa
del alto Duero, primavera tarda,
¡pero es tan bella y dulce cuando llega! (p. 136)

Sueño, agua, tiempo. Estos son los tres temas principales de Machado, y cada uno se manifiesta en el río Duero. Después de la muerte de Leonor, el poeta se queja:

mi corazón está vagando, en sueños por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria, entre plomizos cerros y manchas de roídos encinares, (p. 133)

Y llama a la muerta esposa: «¿No ves, Leonor, los álamos del río / con sus ramajes yertos?» (p. 133). Pero este recuerdo del río le deja cami- nando solo, / triste, cansado, pensativo y viejo» (p. 133). Sus sueños son sue- ños de horas alegres con su amada, y el Duero tiene su papel en estos sue- ños. Como dice Ramón de Zubiría, en Machado «Las aguas también sue- han»8. Este critico cita el verso de «Campos de Soria»:

álamos del camino en la ribera del Duero…
álamos del amor cerca del agua que corre y pasa y sueña  (P. 97)

y comenta que en Machado la «naturaleza está entregada, toda ella, al sueño; vista como proyección, también, de los paisajes de su alma, de su encantada visión interior»’.

Es el espiritu del poeta la que se refleja en las aguas del río. Al meditar en las cualidades de la región del Duero, Machado escribió a Unamuno: «Tengo motivos que usted conoce para un gran amor a la tierra de Soria; pero tampoco me faltan para amar a esta Andalucía donde he nacido. Sin embargo, reconozco la superioridad espiritual de las tierras pobres del alto Duero»8. Esta superioridad espiritual tenía su efecto sobre el espíritu del poeta, dando más profundidad a sus sentimientos de tristeza y felicidad. José Machado, hermano del poeta, ha comentado, refiriéndose a «Orillas del Duero», que «es el alma de estos lugares la que nos llega en esta descripción insuperable. Bien se comprueba la importancia esencial de la emoción en sus versos sin la cual en el arte «no hay nada… que valga la pena» como tantas veces le oi decir»8. Es verdad que Antonio Machado expresa el alma de Soria cuando escribe del Duero, pero también revela su propio espíritu cuando da voz a su contemplación del río.

En uno de los poemas de Soledades. en que no se menciona el Duero específicamente, el poeta escribe sobre un rio con «álamos verdes de las márgenes» (p. 32) y que debe ser el Duero. Aquí Machado medita: «Bajo los ojos del puente pasa el agua sombría. / (Yo pensaba: ¡el alma mía!)» (p. 33). Esta contemplación introspectiva es típica de la preocupación de Machado por lo temporal y lo eterno. El río es eterno, pero representa también la limita- ción de los años de la vida. Al llegar sus aguas y los olmos derribados al mar, también arrastra nuestras vidas a su fin. Pero, a pesar de la mortalidad, hay esperanza, y el recuerdo del Duero a veces puede también anunciar momen- tos de alegría, como en «Canciones del alto Duero», cuando el poeta canta:

  1. RAMÓN DE ZUBIRIA: La poesia de Antonio Machado, 3.’ ed. (Madrid: Ed. Gredos, 1969), p. 87.
  2. ZUBIRIA, p. 87.
  3. ANTONIO MACHADO: Obras. Poesia y prosa (Buenos Aires: Ed. Losada, 1964), pp. 913-197.
  4. José MACHADO: Ultimas soledades de/poeta Antonio Machado (Soria: Imprenta Provincial, 1957), p. 113.

 

A la orilla del Duero

lindas peonzas

bailad, coloraditas

como amapolas      (pag. 197).

 

La esperanza también se expresa en «Adios», que termina con «no todas vais al mar, aguas del Duero»  (p. 138).  Hay, por lo menos, alguna sugerencia de inmortalidad en estos versos.

     El río es también reflejo de su amor hacia su patria. Como dice Tuñón de Lara de «Campos de Soria»: «El poema, eminentemente descriptivo, entronca en su parte final… con la presencia del poeta, que interviene en el relato para decir su emoción, su amor por los campos, los árboles y las «gentes del alto llano numantino»»’°. Los versos a que Tuñón de Lara se refiere, «álamos de las márgenes del Duero / conmigo vais, mi corazón os lleva» (p. 97) revelan el amor de Machado por Castilla a pesar de su desolación, y el Duero con sus aguas que sueñan es siempre el alivio, el antídoto de esta desolación. Sán- chez Barbudo cree que este poema fue escrito cuando Machado estaba a punto de partir de Soria de viaje a fines de 1910, o tal vez a principios de 1911, y que estas líneas expresan «sobre todo su amor a Soria, lo mucho que ésta ha entrado en su corazón»11.

Las muchas descripciones del Duero y las referencias al río en la poesía de Antonio Machado pueden considerarse reflejo de las variaciones de su estado de ánimo. Machado sufrió durante algunos de los años en Castilla y su melancolía se incrementaba cuando veía el río en contraste con las sierras y las nieves blancas. Cuando el Duero cruza el «páramo sombrio» (p. 131), la imagen es simbólica de las sombras en el alma del poeta. Pero al mismo tiempo el río también tiene un papel generador. Por ejemplo, en «La tierra de Alvargonzález» se le llama «el padre Duero» (p. 114), aludiendo al papel de creador de la riqueza original de la familia. Cuando hay esperanza en el cora- zón del poeta, entonces espera otra primavera al lado del río; a pesar de su tristeza, se da cuenta de que la primavera llega cada año y el Duero repre- senta esta generación. En todas las estaciones del año y del alma del poeta, y a pesar de la fluctuación del genio de Machado, el no Duero es una de las imágenes constantes en su poesia.

CAROLYN GALERSTEIN

 

10.     Tuñón de Lara, p. 70

11.      Antonio Sanchez Barbudo: Los poemas de Antonio Machado.  (Barcelona: Ed. Lumen, 1967, pag. 205)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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