GUERRA, PUEBLO Y CULTURA; ANTONIO MACHADO EN EL CONGRESO DE VALENCIA (1937). Por Matías Escalera Cordero.

GUERRA, PUEBLO Y CULTURA: ANTONIO MACHADO EN EL CONGRESO DE VALENCIA (1937)

Matías Escalera Cordero

Secretario de Redacción de Verba Hispanica Universidad de Ljubljana

ARBOR Ciencia, Pensamiento y Cultura
CLXXXV 739 septiembre-octubre (2009) 1073-1078 ISSN: 0210-1963 doi: 10.3989/arbor.2009.739n1074

 

WAR, PEOPLE AND CULTURE: ANTONIO MACHADO AT THE VALENCIA CONGRESS 1937
ABSTRACT: These notes scrutinize the key ideas taken from the spee- ch of the poet Antonio Machado in the last session of the Second Wri- ters Congress in Valencia, on July, 1937; meanwhile Spanish people was fighting against the inside and foreigner fascism forces. And it explains how at that moment Antonio Machado synthesizes –face the antifascist companions– their main thoughts written all along the war time, as press writings, as public speeches; on interviews or by the waves, on the radio.
KEY WORDS: Antonio Machado; Mairena; Second Writers Congress; Valencia; Spain; 1937; Civil Spanish War; Spanish Republic; people culture; antifascism; commitment; intellectuals; writers and writing.

 

RESUMEN: Este artículo analiza, una a una, las ideas claves del dis- curso que Antonio Machado pronuncia en la última de las sesiones celebradas en Valencia, en el mes de julio de 1937, ante los intelec- tuales y escritores antifascistas que se han reunido en España en el II Encuentro de Escritores en Defensa de la Cultura, con el fin de apoyar a la República española en combate contra las fuerzas gol- pistas interiores y contra las potencias fascistas exteriores. Además, muestra cómo Antonio Machado sintetiza en ese discurso las líneas esenciales de su pensamiento expresado tanto en los artículos de la serie de Mairena, como en sus numerosas intervenciones públicas durante la guerra.

PALABRAS CLAVE: Antonio Machado; Mairena; discurso; II En- cuentro de Escritores; Valencia; 1937; Guerra Civil española; Se- gunda República; cultura popular; compromiso; intelectuales; es- critores; lucha antifascista; función de la escritura.

TEXTO DEL  ARTICULO

Tras el levantamiento del 18 de julio de 1936, muchos intelectuales y artistas de todo el mundo, que habían constituido en París, durante el Congreso de Escritores, la Asociación Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura, del cual la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura1 era la sección española; se pusieron del lado de la Segunda República Española.

La Alianza organizó dos congresos internacionales: el primero, apenas fundada como tal, un mes después del levantamiento, en agosto de 1936; y, el segundo, mucho más multitudinario y de amplísima repercusión, dividido en varias sesiones (del 4 al 17 de julio de 1937: en Valencia y Madrid principalmente, pero también en Barcelona y París – donde hicieron de coordinadores, entre otros, Neruda y Malraux–); denominado oficialmente II Encuentro de Escritores en Defensa de la Cultura, ha pasado a la historia como Congreso Internacional de Intelectuales Antifascistas; al que contribuyeron hombres y mujeres de diversas tendencias, tanto de Europa y América, como de España:  todo lo más granado de las generaciones intelectualmente activas en ese momento; que hicieron una llamada de alarma ante el irresistible avance del fascismo en España, y en toda Europa .

Antonio Machado, presidente de honor del mismo –pues la presidencia ejecutiva la ostentó José Bergamín –, dirigió un discurso a los asistentes – en la octava sesión de la asamblea de Valencia, del día 10 de julio–, que salió posteriormente publicado en el número VIII de Hora de España, de agosto de 1937, como uno más de la serie de Juan de Mairena a la que tradicionalmente se ha integrado con el número LVII, con el título de “Sobre la defensa y la difusión de la cultura: Discurso pronunciado en Valencia en la sesión de clausura del Congreso Internacional de Escritores” (Fernández Ferrer, 56-65)

En él, Antonio Machado engarzaba, y revalidaba, algunas de las ideas motrices –y recurrentes– de sus escritos y de sus intervenciones públicas durante la guerra: de hecho se compuso –en buena parte– con fragmentos y motivos ya publicados.

La parte inicial, “el poeta y el pueblo”, con variantes, había salido en su primer artículo en Hora de España (que hará el número LI de las sucesivas ediciones de la serie dedicada a Mairena, bajo el título Consejos, sentencias y donaires de Juan de Mairena y de su maestro Abel Martín); es el último fragmento del mismo.

Los fragmentos 3-7 de “Los milicianos del 36” formaban parte de ¡Madrid!, escrito publicado en el número 13 de la revista Ayuda (del 15 de agosto de 1936), con los dibujos de su hermano José Machado; y, luego, en el diario ABC, del 10 de noviembre del mismo año 1936; y los fragmentos 1-3 se incluyeron, además, en su último libro, La Guerra.

Los últimos fragmentos del discurso (a partir de 5.4) son los fragmentos 3-5 del artículo número LII de la serie: Sigue hablando Mairena a sus alumnos.

Y la alusión al “principio de Carnot” (en 5.3), aplicado a la cultura, aparece ya en Juan de Mairena I (XVII, 3).

En su discurso, Machado no trata de inventar, ni siquiera de ser original –ni menos de improvisar–. En ello, puede verse una intención de ratificación y esclarecimiento; pero también, tal vez –si consideramos, además, su escasa participación en la organización y marcha del congreso–, el cansancio (4) y la convicción de ser un superviviente –alguien del pasado, frente a aquellos jóvenes intelectuales, los verdaderos protagonistas del presente y del futuro (5)–; o bien que aceptaba su papel de mero “símbolo vivo” de la República, de patriarca de una resistencia abocada a un fracaso ciertamente paradójico .

Sea como fuere, las ideas motrices del discurso de don Antonio fueron aquellas que fundamentaron buena parte de sus escritos e intervenciones públicas durante la guerra.

El arte acaba y empieza en el pueblo; más allá de la “etnia” (nación), están las clases, y en la única clase donde puede habitar la cultura –que no es la de los señoritos y banqueros–, es en la clase proletaria.

“… ¿Un arte proletario? Para mí no hay problema. Todo arte verdadero será arte proletario. Quiero decir que todo artista trabaja siempre para la prole de Adán. Lo difícil sería crear arte para señoritos, que no ha existido jamás” (Consejos, sentencias y donaires de Juan de Mairena y de su maestro Abel Martín. LI, 9).

La Guerra, verdadero mirador de la Historia, nos devuelve el Referente –los objetos reales/históricos– de los signos, incluso de los poéticos; en otras palabras, la “realidad de los hombres” (reales y verdaderos) penando y existiendo problemáticamente.

“… La guerra, esta terrible guerra de España, tan hondamente humana, ha sacudido a nuestros jóvenes poetas y les ha puesto en rudo contacto con el hombre, el que cada uno lleva consigo, y con el de su pueblo, que antes no se les había revelado, y con los temas más universales, que todos ellos rebasan las fronteras de su nación (7)…”.

La guerra de España no es –ya; ni siquiera al principio– una guerra civil (como quieren hacernos creer), es una guerrade clases… En realidad, se lucha por la supervivencia y el triunfo de la Tercera República –“popular”– española, surgida de las cenizas (el 16 de febrero de 1936) de la Segunda República –“ilustrada” y burguesa–, secuestrada y muerta por la vieja –sempiterna– reacción de las viejas clases del “bloque oligárquico”, del que habla Tuñón de Lara . (8)

“… Hoy hace seis años fue proclamada la Segunda República española. Yo no diré que esta república lleve seis de vida; porque entre la disolución de las ya inmortales Cortes Constituyentes y el triunfo del Frente Popular, hay muchos días sombríos de restauración picaresca, que no me atrevo a llamar republicanos. De modo que, para entendernos, diré que hoy evocamos la fecha en que fue proclamada la segunda gloriosa República española. Y que la evocamos en las horas trágicas y heroicas de una tercera República, no menos gloriosa, que tiene también su fecha conmemorativa –16 de febrero– y cuyo porvenir nos inquieta y nos apasiona9…”.

El porvenir del mundo, mientras tanto, es un porvenir militar (pero de distinto tipo)

“… Algún día –decía mi maestro– se acabarán las guerras entre naciones. Dará fin de ellas la táctica oblicua de las luchas de clase, cuando los preparados a pelear de frente tengan que pelear de frente y de costado (10)…”.

Porque

“… toda guerra está ya más o menos complicada con la revo- lución…/…nuevas guerras, más o menos catastróficas, pero desde luego menos vacías…/…en que todo el mundo va a saber por qué y para qué se lucha (11)…”.

Y, en caso de dudas, lo primero es la causa del pueblo “… si algún día tuviereis que tomar parte en la lucha de clases, no vaciléis en poneros del lado del pueblo, que es del lado de España…”; había escrito, poco antes, en «Sigue hablando Mairena a sus alumnos» (12)

El “pueblo en armas” –contra el que se hace la guerra– es, además, el fundamento –el origen y la meta– de la auténtica cultura y de la “dignidad nacional”, frente al “señoritismo”. Y el Cid (metáfora del “pueblo en armas”) es el símbolo –como lo son también los héroes del 2 de mayo de 1808– de la resistencia “democrática” contra las “clases decadentes” que han desencadenado la guerra; según esa línea de “apropiación didáctica” de la tradición literaria medieval castellana, y de sus héroes, promovida por Menéndez Pidal –y el republicanismo liberal, en general–, desde su –tan decisiva en muchos aspectos– introducción a la edición del Poema de 1913. Por lo que el lema “nadie es más que nadie” del viejo pueblo de Castilla, da la medida de la verdadera –nueva– “aristocracia del espíritu”, que ignoran –incapaces de ver la realidad– los “señoritos” de la cultura: sean españoles o aristócratas capitalistas de la City londinense, o los jerifaltes nazis y fascistas de Berlín y Roma.

De tal modo que la “guerra total” –de clase, perpetrada contra los pueblos, de la que la guerra de España no sería más que un acto más, el preludio de la conflagración que se avecina– forma parte tanto de la lógica del capitalismo –liberal–, de ahí la política de no intervención promovida por los gobiernos de la llamadas potencias democráticas, contra la opinión mayoritaria de sus pueblos; como de la del fascismo. Dos modos de un mismo y único imperia- lismo; pues, en última instancia, liberalismo y fascismo, son una y la misma cultura, que combinaría y sumaría, básicamente, estos tres elementos: máquinas, beneficios y depredación.

Para Antonio Machado, no cabe la menor duda –lo ha venido escribiendo y diciendo; y lo seguirá repitiendo hasta el final, en sus escritos e intervenciones públicas, principalmente desde las páginas del diario barcelonés La Vanguardia, a lo largo de casi todo el año 1938–, las clases dominantes de Inglaterra y Alemania son enemigos coyunturales, pero, en última instancia, son la misma e idéntica cultura; por eso, el verdadero enemigo es la Unión Soviética –en realidad, los trabajadores de todo el mundo–, y ésa será –la que venga tras esta guerra, que es su prolegómeno– la verdadera guerra; y esas dos guerras se están librando en España.

“… ‘Luchamos por la cultura’ –seguirán gritando–; y habrá que responderles: En mal hora pronunciáis esa palabra. Tan cultos sois vosotros [la Inglaterra y la Francia democráticas] como vuestros adversarios [la Alemania nazi y la Italia fas- cista]. Tan cultos y tan fieros. ¿Quién sabe si esa cultura, que recabáis como un privilegio, es, en gran parte, lo primero que debierais arrojar al cesto de la basura? (13)…”

Así, pues, el mensaje que lanza a los escritores e intelectuales reunidos en Valencia es claro y cortante como el acero de sus palabras –en el tiempo: de la Historia–, “escribiendo para el pueblo, escribimos para los mejores”. El dilema (axial), por tanto, es que “o escribimos sin olvidar al pueblo, o sólo escribiremos tonterías”, ya que la cultura –como el sábado– es para el hombre –para “cada hombre”: tomado uno a uno–, para su engrandecimiento y emancipación, o no es cultura.

¿Y las “inmensas minorías”, dónde quedan? Desde el principio, las vanguardias, para don Antonio Machado son un fruto de la “desorientación” y la “discontinuidad” histórica.

“… Lo más terrible de la guerra que se avecina –habla Mairena un año antes de morir, en 1909– ha de ser la gran vacuidad de su retórica y, sobre todo, las consecuencias literarias y artísticas que ella ha de tener una vez terminada. Los hombres saldrán algo idiotizados de las trincheras, preguntándose para qué han guerreado y para qué se guerrea. De un modo más o menos consciente, esa pregunta la hará el arte, el arte literario antes que ninguno (¿para qué se escribe?, ¿para qué se pinta?, y usted, ¿para qué esculpe?), y como no ha de saber responderse, el hombre de la postguerra será un hombre estéticamente desorientado, y dará culto al infantilismo, del non sens, del primitivismo rezagado…/…Lo más característico de ese arte será una total recusación de toda labor de continuidad (14)…”.

La cultura que deben defender entonces los reunidos en el Congreso, en representación de los intelectuales y artistas antifascistas de todo el mundo –difundiéndola y compartiéndola con sus pueblos–, debe ser “conciencia vigilante”, y debe tener por objeto “despertar al dormido”, ya que las “palabras en el tiempo” –la poesía y el arte que no han suprimido el Referente de los signos artísticos– son, antes que nada, herramientas de humanización y de transformación; y en las situaciones de emergencia, armas de combate… “Si mi pluma valiese tu pistola…”: escribirá el poeta a Líster, y no es un viejo gagá que chochea –como muchos quieren hacernos creer interesadamente–, el que esto escribe; es un poeta e intelectual cansado y avejentado, quizás, pero que no ha dudado en ponerse en la primera línea de la Historia, el que, desde el mirador privilegiado de su experiencia, de su talla moral y de su plenitud intelectual, lo suscribe.

La cultura –esa cultura popular, compartida y auténtica, que tanto miedo da a los poderosos– no es ninguna “mercancía”, ni pretende generar plusvalías ni privilegios; por tanto, la ley física de la entropía –Carnot– no funciona con la extensión y difusión de la cultura, puesto que en términos sociales y éticos, muy al contrario, “se pierde lo que se guarda, se gana lo que se da.”

“… nada parece que deba aconsejarnos la defensa de la cultura como privilegio de casta, considerarla como un depósito de energía cerrado, y olvidar que, a fin de cuentas, lo propio de toda energía es difundirse… Digo esto para que no os acon- gojéis demasiado porque las masas, los pobres desheredados de la cultura tengan la usuraria ambición de educarse y la insolencia de procurar los medios para conseguirlo…”.

Había escrito ya antes de la guerra (15).

“… No puede atenderse a la formación de una casta de sabios, con olvido de la cultura popular, sin que la alta cultura degenere y palidezca como una planta que se mustia por la raíz…”.  Anota, además, don Antonio –más o menos por el mismo tiempo–, en sus Apuntes (1933-34), con respecto a un artículo de Pío Baroja de 1920 acerca de la cultura de masas (16) .

El pueblo –los pueblos– tiene muchas razones para su autodefensa; y si mañana –el día menos pensado– el “ven- daval” que sacude el bosque, no logra tronchar las ramas muertas, pudiera ser bueno que se desatase el huracán: avisa y afirma el poeta. “Nunca peguéis con lacre las hojas secas de los árboles para fatigar el viento. Porque el viento no se fatiga, sino que se enfada, y se lleva las hojas secas y las verdes”; es lo primero que escribe en su primer Mairena de la guerra, en Hora de España17 (a eso se llama también lucidez).

¿La revolución, la “dictadura del proletariado”? (¿o esta sufriente Tercera República –“popular”–, del “pueblo en armas”?) “… ¿por qué nos asustan tanto las palabras?; si el barco necesita nueva tripulación y nuevos capitanes, ¿por qué no reclutarlos del mundo del trabajo, cuando el del capital es –por definición aceptada– el de las viejas ratas que corroen la nave?…/…a falta de una poda sabia y consciente18…” Esto es, el fracasado –glorioso, por segun- da vez– intento de adecentar el solar patrio, la Segunda República –“ilustrada”–, en suma.

¿Acaso no tienen derecho los pueblos –¿no se lo han ga- nado, a base de sufrir?– a tomar las riendas de su propio destino –llamémosle solar patrio o Historia–, se pregunta –y nos pregunta, aún– el viejo (tal vez, el más joven de entre todos) poeta de la República en armas.

Porque ese que él denomina “hombre elemental” (¿la multitud de la que habla Toni Negri?), el “pueblo en armas”, no tiene nada que ver –concluye Machado– con las “masas” que tanto miedo dan a los filósofos y a los burgueses desde la revolución industrial. El hombre masa ha sido precisamente producido e “inventado por la burguesía”: como antes, lo había sido por la Iglesia (¿dónde queda Ortega?); por eso, la poesía futura – “con futuro” – tiene que tener en cuenta el “nuevo espacio”, el “nuevo tiempo” que se erigen por doquier; y fundamentarse en el “respeto” al –cada– hombre (esto es, al pueblo).

Antonio Machado no es un poeta ni un intelectual materialista –marxista–; él mismo nos lo explica. No supera –está claro– ciertos límites ideológicos… ¿Se podía, acaso, en sus “circunstancias”?… Son los límites propios de su generación, de su origen de clase y de su formación –esencialmente “idealista”: él mismo era consciente de ello–; y, no obstante, porque era consciente de cuáles eran esos límites, y por su extraordinaria honestidad intelectual, es capaz de evolucionar y seguir el tiempo –el ritmo histórico– de los acontecimientos y de las ideas que a su alrededor fluyen; hasta su muerte. Son esa lucidez, esa honestidad y esa autoconsciencia las que le permiten, precisamente, mirar un poco “más allá”, por encima de esos límites, y entrever –aceptándolo como posibilidad legítima, e incluso necesaria– un nuevo marco político, social, ideológico y conceptual más adecuado a la “situa- ción histórica” en que están inmersos los hombres –los pueblos y los intelectuales– del siglo XX; nuevos modos de organización social y política, nuevas ideas, nuevas palabras –en el tiempo– que compartir para nombrar el mundo que fraguaba a su alrededor. Se piensa, se actúa, se escribe para compartir. Hay que escribir para algo, porque –y este sería el resumen de su discurso– “o escribimos sin olvidar al pueblo, o sólo escribiremos tonterías”.

Recibido: 2 de octubre de 2008 Aceptado: 23 de abril de 2009

NOTAS

1 El Manifiesto de constitución de la Alianza de Intelectuales Antifascistas fue publicado en la tercera página del diario La Voz del jueves 30 de julio, de 1936. Y decía así:

“Se ha producido en toda España una explosión de barbarie en que las vie- jas formas de la reacción del pasado han tomado nuevo y más poderoso empuje, como si alcanzasen una su- prema expresión histórica al integrar- se en el fascismo. Este levantamiento criminal de militarismo, clericalismo y aristocratismo de casta contra la República democrática, contra el pueblo representado por su Gobierno de Frente Popular, ha encontrado en los procedimientos fascistas la novedad de fortalecer todos aquellos elementos mortales de nuestra Historia que, por su descomposición lenta, venían corrompiendo y envenenando al pueblo en su afán activo de crear una nueva vida española. Contra la auténtica España popular, se ha precipitado para destruirla o corromperla, envileciéndo- la con una esclavitud embrutecedora y sangrienta, como la represión asturiana, este criminal empeño, de una gran parte del Ejército que, al traicionar a la República, lo ha hecho de tal modo que ha desenmascarado la culpabilidad de su intención, agravándola con la de traicionarse a sí mismo en la falsedad de unos ideales patrióticos que se decía defender, sacrificando la dignidad internacional de España y ensangrentando y destruyendo el suelo sagrado de su Historia. Y esto, con tal de ímpetu desesperado, demoledor, suicida, que la trágica responsabilidad delictiva de sus dirigentes lo ha determinado con características vesánicas de crueldad y de destrucción, acaso jamás conocidas en España; en una palabra: fascistas. Contra ese monstruoso estallido del fascismo, que tan espantosa evidencia ha logrado ahora en España, nosotros, hombres de actividad intelectual en suma, agrupados para defender la Cultura en todos sus valores nacionales y universales de tradición y creación constante, declaramos nuestra unión total, nuestra identificación plena y activa con el pueblo, que ahora lucha gloriosamente al lado del Gobierno del Frente Popular, defendiendo los verdaderos valores de la inteligencia al defender nuestra libertad y dignidad humanas, como siempre hizo abriendo heroicamente paso, con su indepen- dencia, a la verdadera continuidad de nuestra cultura, que fue popular siem- pre, y a todas sus posibilidades creado- ras de España en el porvenir.”

2 “… el primero de estos Congresos, or- ganizados por la Alianza de Intelec- tuales para la Defensa de la Cultura, se había celebrado en París en 1935, pero la decisión de que el segundo tuvie- ra España como sede se tomó en una reunión posterior, a propuesta de los delegados españoles. El anuncio del II Congreso lo firmaron Romain Rolland, Henrich Mann y André Malraux, en- tre otros. A la asamblea de 1935 se quería que hubiesen asistido Antonio Machado, Azorín, Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti, García Lorca y Ramón J. Sender, pero, al final, por diversas causas, no acudieron ninguna de estas personalidades, y la delega- ción española estuvo a cargo de Julio Álvarez del Vayo, Luis Araquistain, Arturo Serrano Plaja y Andrés Carranque de Ríos. Don Ramón del Valle-Inclán envió un telegrama de adhesión. El II Congreso se celebró en Valencia y Madrid y fue clausurado en Barcelona. Vinieron escritores de todo el mundo: Bertold Brecht, Hemingway, César Va- llejo, John Dos Passos, Julián Benda, llya Ehrenburg, Tristan Tzara, Juan Marinello, Octavio Paz, Vicente Hui- dobro, Anna Seghers, Stephen Spender, Langston Hughes, Pablo Neruda, Ludwig Renn, Hermann Hesse, etcé- tera. Corpus Barga, Alberti, Max Aub y Bergamín fueron sus principales or- ganizadores, y en las sesiones tomaron parte destacada Andersen Nexo (que lo presidió), Malcolm Cowley, Jef Last, André Chanson, Fedor Kelyin y algunos de los citados anteriormente. Los jóvenes escritores y artistas españoles presentaron una “ponencia colectiva” que estaba firmada por A. Sánchez Barbudo, Emilio Prados, Juan Gil-Albert, Miguel Hernández, Arturo Serrano Plaja, Eduardo Vicente y otros más. El discurso de clausura, en las sesiones de Valencia, lo pronunció Machado; el de la inauguración, el danés Nexo. Entre las adhesiones que se recibieron estaba la de Albert Einstein…” Corbalán, Pablo (1975): “El largo éxodo y la muerte de Antonio Machado”, en Tiempo de Historia, n.o 4, marzo, 24-37.

3 Todas las citas textuales y referencias, salvo que se indique otra cosa, proceden de las ediciones de Fernández Ferrer, Antonio (1998): Antonio Machado, Juan de Mairena I y II, Madrid, Cátedra, 2 vols. Edición que sigue, por lo demás, la numeración tradicionalmente establecida para la serie entera de Juan de Mairena.

4 … pocas veces salía de Rocafort [debido al cansancio y debilidad general]. Una de ellas fue para intervenir en un acto público que se celebró en la plaza de Castelar, en Valencia, y en donde, desde una improvisada tribuna, pronunció un corto discurso ante una multitud ingente que le aclamaba. Otra fue con motivo del II Congreso Internacional de Escritores, que tuvo lugar en julio del mismo año 1937… Escribe Pablo Corbalán en su ya citado “El largo éxodo y la muerte de Antonio Machado” (ver nota 2).

5 Cf. Discurso a las Juventudes Socialistas Unificadas. En Rodríguez Puértolas, Julio y Pérez Herrero, Gerardo (1983, 102-105): Antonio Machado, La Guerra. Escritos: 1936-39, Madrid, Emiliano Escolar Editor.

6 “… hemos perdido la guerra. Pero humanamente, no estoy tan seguro… Quizá la hemos ganado…”: responde a Ehrenburg. Cfr. Entrevista con Ilya Ehrenburg, diciembre de 1938, en Rodríguez Puértolas, Julio; y Pérez Herrero, Gerardo (1983, 355-356): Antonio Machado, La Guerra. Escritos: 1936- 39, Madrid, Emiliano Escolar Editor.

7 El influjo de la guerra sobre la poesía joven española… en Rodríguez Puértolas, Julio y Pérez Herrero, Gerardo (1983, 248): Antonio Machado, La Guerra. Escritos: 1936-39, Madrid, Emiliano Escolar Editor.

8 Así se entendería mejor el Manifiesto de constitución de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, citado más arriba (ver nota 1); especialmente cuando se afirma que “… las viejas formas de la reacción del pasado han tomado nuevo y más poderoso empuje, como si alcan- zasen una suprema expresión histórica al integrarse en el fascismo…” De modo que “… Este levantamiento criminal de militarismo, clericalismo y aristocratismo de casta contra la República democrática, contra el pueblo…/… ha encon- trado en los procedimientos fascistas la novedad de fortalecer todos aquellos elementos mortales de nuestra Historia que, por su descomposición lenta, venían corrompiendo y envenenando al pueblo en su afán activo de crear una nueva vida española…”

9 “Lo que hubiera dicho Mairena el 14 de abril de 1937”; en Apuntes de Juan de Mairena (Fernández Ferrer, Antonio, 1998 II: LIV, 39).

10 Apuntes y recuerdos de Juan de Mairena (Fernández Ferrer, Antonio, 1998 II: LV, 45).

11 Desde el mirador de la guerra. Viejas profecías de Juan de Mairena (Fernández Ferrer, Antonio, 1998 II: LXXXIV, 215).

12 (Fernández Ferrer, Antonio, 1998 II: LIII, 32).

13 Mairena póstumo. Algunas consideraciones sobre la política conservadora de las grandes potencias (Fernández Ferrer, Antonio, 1998 II: LXXVI, 183).

14 Desde el mirador de la guerra. Viejas profecías de Juan de Mairena (Fernández Ferrer, Antonio, 1998 II: LXXXIV, 213).

15 Fernández Ferrer, Antonio, 1998 I: XVII, 162.

16 Cfr. fragmento XXII del cuaderno Apuntes 1933-34 (Fernández Ferrer, Antonio, 1998 II, 250).

17 Consejos, sentencias y donaires de Juan de Mairena y de su maestro Abel Martín (Fernández Ferrer, Antonio, 1998 II: LI, 1).

18 Miscelánea apócrifa… (Fernández Ferrer, Antonio, 1998 II: LXVII, 133).

 

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