FRANCISCO MACHADO, el hermano más joven de Manuel y Antonio Machado.

El hermano Machado que fue funcionario de prisiones .

Francisco Machado Ruiz.

Francisco estudió Derecho, opositó al Cuerpo de Prisiones y se convirtió en algo así como el “carcelero” bueno, fiel creyente de la reinserción social. Pero también desarrolló su vena literaria, escribió un libro –“Leyendas toledanas”– y publicó artículos y poemas en revistas. Enrique Sánchez Lubián, autor de “El reloj de la cárcel”, cuenta la vida de este literato, oculto tras el éxito de sus hermanos Antonio y Manuel.

Francisco Machado Ruiz.

 

Los hermanos Machado no eran dos, sino seis:  Manuel, Antonio, José, Joaquín, Francisco y Cipriana. En la primavera de 1915, Francisco, oficial del Cuerpo de Prisiones, remitió varias cartas a Unamuno desde El Puerto de Santa María (Cádiz); en una le enviaba unos versos lamentando la guerra europea: ¡Qué triste contemplar en la montaña, / el bajo mundo de la infértil tierra, / y el tremolar de la voraz guadaña, / sobre los yermos campos de la guerra!». Pedía a don Miguel consejo sobre sus poemas, pues pretendía seguir el brillante camino literario que ya transitaban Manuel y Antonio.

En su intento solamente publicó una obra, Leyendas toledanas, dejando otras poesías desperdigadas por revistas de la época. Ahora, el libro El Reloj de la Cárcel rescata de la penumbra su figura y su desconocida labor literaria.

En el año 1883 la familia Machado abandonó Sevilla para trasladarse a Madrid. El abuelo, Antonio Machado Núñez, pionero de los estudios prehistóricos e introductor de las teorías de Darwin, fue nombrado catedrático de la Universidad Central. El padre, Antonio Machado Álvarez, reconocido folclorista y estudioso del flamenco, comenzó a trabajar de profesor en la Institución Libre de Enseñanza y allí estudiaron los pequeños Manuel y Antonio. En la capital nacieron Francisco y Cipriana, quien falleció a los 15 años. Las clases en la Institución no daban para mucho y Machado Álvarez decidió emigrar a Puerto Rico en busca de fortuna. Sus hijos no volvieron a verle con vida (en 1893 murió en Sevilla enfermo de tuberculosis).

Francisco Machado Ruiz nació el 19 de febrero de 1884. Tras haber trabajado como administrativo en el Matadero Municipal, se licenció en Derecho y aprobó unas oposiciones al Cuerpo de Prisiones. Completó su formación en la Escuela de Criminología de Madrid. Su paso por este centro fue decisivo para su futuro profesional y personal, pues en la Escuela conoció la nueva concepción del régimen penitenciario, donde la pena se orientaba hacia la readaptación social del delincuente, según las teorías de Concepción Arenal.

Entre 1915 y 1919 publicó artículos en la revista Progreso Penitenciario, en los que abogaba tanto por la mejora en los edificios carcelarios, como por la importancia que la enseñanza y el trabajo tenían para la reinserción de los reclusos.

De penal en penal. En 1913 se trasladó a El Puerto de Santa María, donde contrajo matrimonio con Mercedes Martínez López y nació su primera hija, Ana. El siguiente destino fue el Penal de Cartagena, donde ingresaron los dirigentes de la huelga general de 1917: Largo Caballero, Besteiro, Anguiano y Saborit. Mientras los líderes socialistas esperaban a ser amnistiados, Francisco quería regresar más cerca de su madre, doña Ana Ruiz, y sus hermanos. Antonio Machado recurrió a sus amistades para conseguir el traslado y en abril de 1918 fue nombrado subdirector de la Prisión Provincial de Toledo.

Francisco Machado con su esposa Mercedes Martínez

La prisión se abría en un antiguo convento de franciscanos cuyas dependencias dejaban mucho que desear. Francisco recurrió nuevamente a sus hermanos para cambiar cuanto antes de destino. No pudo ser y permaneció allí hasta 1929. En Toledo nacieron sus hijos Mercedes, Manuel (muerto a los 23 días) y Leonor, apadrinada por su tío Antonio y a quien Francisco puso ese nombre en recuerdo del gran amor de su hermano. Actualmente, el viejo convento es sede de las Cortes de Castilla-La Mancha.

Francisco Machado con sus tres hijas.

El ambiente monumental de la ciudad del Tajo inspiró a Francisco su libro Leyendas toledanas (1929), donde con tono épico versificó las más populares tradiciones de la antigua capital visigoda. En esos años cultivó su vocación literaria, prendida en él desde que, junto a sus hermanos, frecuentara las tertulias de los cafés madrileños. En ellas trabó amistad con el poeta Francisco Villaespesa, quien definió a nuestro protagonista como persona aficionada a los chistes, frases ocurrentes y comentarios irónicos llenos de ingenio. Francisco fue colaborador de publicaciones como Los Lunes del Imparcial, Nuevo Mundo, El Castellano, La Correspondencia de España, Toledo, Revista de Artes.

Poco después de publicar su libro, Francisco fue destinado a la Prisión Celular de Barcelona. Luego a León y a Alicante, donde fue director del Reformatorio de Adultos al proclamarse la II República.

En la cárcel de mujeres de Madrid en los días de la inauguración del centro.

En 1933 se hizo cargo de la dirección de la nueva Prisión de Mujeres de Madrid, hasta octubre de 1936, cuando quedó adscrito a un puesto administrativo en la Dirección General de Prisiones.

La Guerra Civil rompió a la familia Machado. El 15 de julio de 1936 Manuel y su mujer viajaron a Burgos para celebrar la onomástica de su cuñada, religiosa de las Esclavas del Sagrado Corazón. Allí les sorprendió el alzamiento militar y no pudieron regresar a Madrid. Mientras tanto, Antonio, su madre y sus hermanos fueron evacuados a Levante, junto a otros destacados intelectuales.

En una casita de Rocafort, Villa Amparo, la familia pudo permanecer alejada del frente, disfrutando de los campos de naranjos y la cercanía del mar y recreándose por las noches en la lectura del Quijote. Antonio Machado siempre recomendaba a sus hermanos (solamente José y Francisco tuvieron descendencia, tres hijas cada uno) que adentrasen a las pequeñas en la lectura de Cervantes en cuanto conociesen las primeras letras.

De Valencia, los Machado pasaron a Barcelona. Ante la crítica situación que vivían, Antonio consiguió que sus sobrinas fuesen incluidas en los programas de evacuación de niños a Rusia. Poco antes de partir, Francisco y Mercedes prefirieron que sus pequeñas permaneciesen con ellos y afrontar juntos el final del conflicto bélico, fuera cual fuese el desenlace. Hoy, noviembre de 2021, no sobreviven ninguna de aquellas seis primas. Eulalia y Leonor se reencontraron muchos años después en Madrid. En enero del 39 los Machado, junto a miles de fugitivos, cruzaron la frontera francesa. El 22 de febrero Antonio moría en Colliure y tres días después lo hacía su madre.

De forma accidental, Manuel conoció en Burgos el fallecimiento de su hermano y marchó en busca de los suyos con ánimo de recoger a su madre; cuando los encontró, ella también había muerto. Regresó apenado y al término de la Guerra realizó gestiones para que Francisco, expedientado por el régimen de Franco al abandonar España con las «hordas rojo-separatistas», pudiese volver a nuestro país, mientras que José y Joaquín se exiliaron en Chile y jamás regresaron.

Expedientado. De nuevo en España, Francisco hubo de resolver el expediente de depuración al que había sido sometido. Presentado voluntariamente a las nuevas autoridades, fue declarado exento de responsabilidades al considerar que, como director de la Prisión de Mujeres de Madrid, había observado una «conducta intachable, era persona “de orden y apolítica”, y no había participado en hechos delictivos durante “el dominio rojo». Curiosamente, estas valoraciones coincidían con otras realizadas por Dolores Ibárruri, Pasionaria, quien escribió que su estancia en prisión, bajo la tutela de Francisco Machado, 1934, había sido bien diferente a la sufrida en otros penales. Fue readmitido sin sanción y nombrado director de la Prisión de Mujeres de Amorebieta (Vizcaya), de la que no llegó a tomar posesión.

Pero su reincorporación no fue sencilla. En septiembre de 1940 se decretó la baja en el servicio de aquellos funcionarios que no tuviesen adecuadas condiciones de salud o morales. Se comunicó a Francisco que le convendría obtener la jubilación. Tenía 56 años. No aceptó la sugerencia, argumentando encontrarse perfectamente, haber superado problemas de somnolencia sufridos diez años antes y estar dispuesto a desempeñar las funciones que se le encomendasen. En respuesta a esa actitud fue declarado excedente forzoso, reduciéndosele su sueldo en una tercera parte.

Francisco, quien en 30 años jamás había sido amonestado, hizo todo lo posible por conseguir su rehabilitación. No entendía cuáles podrían ser los motivos de su situación, suponiendo que obedecían a su carácter compasivo con relación a la población reclusa, «a la que nunca llegó por ningún medio violento, sino por el de la persuasión». Llama la atención, al respecto, un informe de la Inspección Central de la Dirección General de Prisiones en el que se afirmaba que «confiado en su caballerosidad no prevé que el material recluso con quien labora puede ser desleal y no siempre merecedor del sistemático trato humanitario que les dispensa»; sin duda ése era un grave problema en aquellos tiempos, máxime cuando las cárceles estaban atestadas de presos políticos. A pesar de esas consideraciones, Francisco consiguió que un tribunal médico dictaminase que poseía aptitud física y mental para el desempeño de su cargo de director del Cuerpo, reintegrándosele en servicios burocráticos.

Su hija Leonor cuenta con orgullo que «entre la población reclusa, donde ejerció, le tenían en una alta estima por su trato bondadoso y proclive a favorecer dentro de la responsabilidad y cumplimiento que exige el cargo». Tan elevado fue el respeto, «que en uno de sus destinos varios penados pospusieron una fuga para no causarle problemas, pues el día previsto para huir mi padre era el oficial de guardia», recuerda.

Los del 90. En los últimos años de su vida, Francisco se refugió en la literatura. Reeditó Leyendas Toledanas, fue miembro activo de la Agrupación de Escritores «Los del 90», de la que había sido fundador junto a su hermano Manuel, y colaboró con el semanario gráfico Fotos. El 5 de enero de 1950, a los 64 años, murió en Madrid. Antes de fallecer entregó a su hija Leonor una maleta en la que conservaba manuscritos de Antonio y Manuel. Ella custodió con mimo el legado y actualmente la Fundación UNICAJA los está publicando en edición facsímil.

Francisco Machado con su hija Leonor.

Tras su muerte, Gerardo Diego le consideró como el más modesto de los tres hermanos líricos. Esa condición también fue puesta de manifiesto por el doctor Álvarez Sierra, fraternal amigo de los Machado, quien reivindicó su memoria, considerando que su «excesiva modestia y las obligaciones de su carrera administrativa dejaron en una zona de penumbra la gloria de sus versos».

Dejó sin publicar otro proyecto literario poético, “Ráfagas de inquietud”, que jamás llegó a ser impreso.

Fue autor de libretos de teatro, algunos de ellos para “genero Chico”, otros para zarzuelas y guiones cinematográficos para sus leyendas toledanas, además de un centenar de letras de canciones con músicos amigos, que todavía se encuentran registradas en la SGAE.  De todo este material literario se conservan los manuscritos originales, que en su día se publicarán.

Por ahora, a modo de resumen y anticipo, se publicó en abril de 2011 un libro bajo el tituló de  “Obras escogidas” de Francisco Machado, Prologo de Leonor Machado, por Ediciones de la Torre.

 

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