MANUEL MACHADO VA A LOS TOROS. Edición, tradición y recepción de ls Fiesta Nacional

MANUEL MACHADO VA A LOS TOROS.
EDICIÓN, TRADICIÓN Y RECEPCIÓN DE LA FIESTA NACIONAL

Por  Rafael Alarcón Sierra Universidad de Jaén.

 

RESUMEN: El presente artículo analiza diversos aspectos editoriales, temáticos, estilísticos e intertextuales de La fiesta nacional, así como la dedicación literaria de Manuel Machado al mundo taurino, antes de centrarse en la polémica recepción de dicho poema desde la fecha de su publicación hasta la actualidad.

ABSTRACT: This article analyzed different aspects related to the editorial, thematic, stylistic and intertextual areas of La fiesta nacional, together with the literary devotion of Manuel Machado towards bullfighting. The article also studies the controversial reception of this poem from its publication date until the present day.

Un acontecimiento editorial que se produce en 1906 es la aparición, entre mayo y julio, de una pequeña plaquette de quince páginas en el Establecimiento tipográfico de Fortanet, “de venta en las principales librerías, al precio de O,75 pesetas el ejemplar”, según anuncia en su contraportada: la breve composición La Fiesta Nacional (Rojo y Negro), “notación colorista de toda una corrida de toros”, según la definió su propio autor (M. Machado, 1940: 76), dedicada “Al maestro Antonio Fuentes” –adelantándose así a los poemas que dedicarían posteriormente al lanceador Joaquín Montaner (“A Antonio Fuentes”) y Gerardo Diego (“Fábula de Antonio Fuentes”)–, y cuya primera parte ya había aparecido el año anterior en Blanco y Negro y en Caprichos (1905: 23-26). El poema, cuyo subtítulo –rojo y negro–, según señaló Gerardo Diego (169), parecía un “lejano y probablemente no pensado homenaje a Stendhal”, aparecía dividido en siete secciones, formalmente silvas de distinta medida (de base octosílaba en I, II y primera parte de III; de base hexasílaba en IV, y heptasílaba en la segunda parte de III, además de V a VII) y extensión relativamente homogénea (entre diecisiete y veintiocho versos, salvo la parte final, de sólo siete versos) que reflejaban las distintas etapas y suertes de la lidia: I, toque de clarín y timbales; salida del toro a la arena (veintiún versos); II, primer tercio: toreo de capea (diecisiete versos); III, suerte de varas; cogida y muerte de la cabalgadura (diecinueve versos); IV, banderilleo (diecisiete versos); V, toreo de muleta y suerte suprema (veintitrés versos); VI, música, ambiente en el coso y arrastre de mulillas (veintiocho versos); VII, epílogo: vista de la plaza solitaria tras la corrida (siete versos). En Alma. Museo. Los Cantares (1907) Manuel Machado incluiría otros dos momentos de la lidia, bajo el título de “Aquí, en España”: “Un quite a punta de capote” y “Un percance” –la cogida de un torero–1, que en El Mal Poema (1909) se añadirían a las secciones III y V de La Fiesta Nacional, respectivamente, quedando así el poema definitivamente conformado2.La afición de Manuel Machado a los toros viene, cuando menos, de sus tiempos de estudiante en Madrid y Sevilla, y a ella permanece fiel a lo largo de toda su vida. Primeros testimonios de esta querencia, compartida con su hermano Antonio (1950 y Macrì, 1988: 1449-1450), se encuentran en los artículos comunes que ambos firmaron bajo el pseudónimo “Tablante de Ricamonte” en La Caricatura (1896), donde se entremezcla, en tono cómico-satírico, lo taurino y lo político3. Posteriormente alude al tema en distintas crónicas y artículos, como “Día de toros”, incluído en El Amor y la Muerte (1913), donde describe con todo lujo de detalles los preparativos de una corrida de beneficencia, en el antiguo coso madrileño de la carretera de Aragón, a cargo de Fuentes, Bombita y Machaquito, ante la cual dice tomar la alternativa de “revistero de toros” de la mano de su amigo Sobaquillo (Mariano de Cavia)4, o la delicada estampa lírico-sentimental  “Los toros del programa”, recopilada en La guerra literaria (1913)5, amén de las numerosas referencias taurinas en Día por día de mi calendario (1918) a Belmonte, Montes, Bombita, Gaona o Joselito el Gallo, donde, ejerciendo de aficionado cabal, lamenta la decadencia y languidez de la fiesta en los últimos tiempos6. En mayo de 1941 preside, junto a Gerardo Diego y Zuloaga, la cena ofrecida a Belmonte, en la que el primero lee su “Oda a Belmonte”, a la que Machado contesta improvisando una copla, “A Gerardo por su poema taurino”:

Magnífico hasta el escándalo,

todo de gracia y de luz,

nos ha salido este “jándalo”

supremamente andaluz.

¡Esto es!

Montañés.

 

(Diego, 66).

En sus últimos años no abandona la afición a la lidia. En 1934 reseña el regreso al ruedo de Joselito –“El Gallo ha vuelto”7– y en 1944 recuerda La Fiesta Nacional en su artículo “Los toros en la poesía de España”, donde advierte que él fue “el primero que cantó –o, mejor, dijo y pintó– la fiesta de Toros entre los poetas del 98”, puesto que, según recuerda, escribió La fiesta nacional en París en 1900, la cual fue vertida al francés por “el gran poeta, gran „aficionado‟” Laurent Tailhade antes de publicarse en España. Esta noticia, que debemos leer con reservas, tal vez tuviera una base de verdad: que el proyecto de esta composición, y quizá un primer esbozo de lo que no fue publicado hasta 1905, ya lo tuviera presente el poeta en su determinante estancia parisina8.

Por otra parte, si bien el tema taurino aparece recreado en la poesía de todos los tiempos, como ya mostró José María de Cossío en su magna obra sobre Los toros, corresponde a Manuel Machado el mérito de describir líricamente, por vez primera, una corrida moderna de forma completa y sin otro propósito que el estético, tras las toscas tentativas de Salvador Rueda en su Poema nacional (1885), puesto que en los siglos XVIII y XIX predominan las aproximaciones parciales a los festejos moriscos de “toros y cañas”, desde la famosa “Fiesta antigua de toros” de Nicolás Fernández de Moratín hasta la de José Velarde, pasando por el duque de Rivas, el padre Arolas o Zorrilla. De este modo, Manuel Machado abre un camino por el que iban a transitar buena parte de los poetas más representativos de la primera mitad del siglo XX, tanto del modernismo como de las vanguardias, en composiciones que en su mismo título muestran muchas veces la afición y las preferencias de cada autor por un diestro u otro: Villaespesa (“El Espartero”, “Rafael el Gallo”, “Un par de Joselito”, “Una verónica de Belmonte”), Emilio Carrere (“El viejo caballo”, “La reina y el torero”, “Agua-fuerte taurino”, “La novia del torero”), José Santos Chocano (“Sol y sombra”), Antonio Rey Soto (“Machaquito”), Enrique Díaz-Canedo (“Oda a la Cibeles”), el propio Rubén Darío (“Gesta del coso”), Joaquín Montaner (“A Antonio Fuentes”), Luis Fernández Ardavín (“El torero”), José del Río Sáinz (“Niño de la Palma”), Rafael Sánchez-Mazas (“Coplas para guitarra en la muerte de Joselito”), Fernando De Lapi (“Epístola a Ignacio Sánchez Mejías”), Felipe Cortines Murube (El poema de los toros), Federico García Lorca (“Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”), Gerardo Diego (“Elegía a la muerte de Joselito”, “Largas de Rafael el Gallo”, “Oda a Belmonte”, “Exhortación a Gallito”, “Fábula de Antonio Fuentes”, “Epístola a Manolete”, “Pepe Luis Vázquez”, todos ellos recopilados en La suerte o la muerte), Rafael Alberti (“Joselito en su gloria”, “Seguidillas a una extranjera”, “Chuflillas del Niño de la Palma”, “Verte y no verte”, “Palco”, “Corrida de toros”), Fernando Villalón-Daoiz (Andalucía la baja, La toriada); Adriano del Valle (“Toros en Sevilla”), Agustín de Foxá, (El toro, la muerte y el agua) o Rafael Morales (Poemas del toro)9.

En particular, si el esquema de corrida completa, descrita paso a paso, que aplica Manuel Machado, también será seguido por José Santos Chocano (1971: 142, vv. 1-2) en “Sol y sombra” (de comienzo análogo a la composición del poeta sevillano: “El clarín ululó: y, a lo lejos,/fue a perderse en el aire, alargándose, el trémulo son…”), y por Adriano del Valle en “Toros en Sevilla” (“El paseíllo”, “El toro”, “Suerte de varas”, “Los quites”, “Tercio de banderillas”, “El brindis”, “Ultimo tercio” y “Los mulilleros”), quien imitará los aspectos más externos, bárbaros y pintorescos de La Fiesta Nacional, degradando su significado al hacer de ellos un objeto de exaltación feísta pobremente poetizado, será Emilio Carrere; varios versos de “El viejo caballo”, por ejemplo, parecen seguir de cerca –en cuanto al tema, no en cuanto a la versificación– la parte tercera del poema de Manuel Machado, que describen la arremetida del toro contra el picador, y el consiguiente resultado, el caballo destripado (“Y la paz es un charco/de sangre mala y negra/y aquellos dientes fríos y amarillos…”, III, vv. 30-32), escena habitual en los cosos, puesto que la cabalgadura no llevaría peto protector hasta 192810. Es un motivo que también fascinaría, pictóricamente, a Ricardo Canals (Corrida de toros), a Darío de Regoyos (Víctimas de la fiesta), a Ignacio de Zuloag(La víctima de la fiesta) o a Gutiérrez Solana (Toros en Chinchón), entre otros:

Una tarde de oro,
en una apoteosis de crueldad y fiereza,
caerás de una cornada,
como un mártir antiguo,sobre la ardiente arena

en un triunfo de sol, de sangre y de bravura,

entre muñecos trágicos vestidos de oro y seda.

Y tus enormes dientes amarillos,
tendrán, después de muerto, una irónica mueca.

 

Carrere, “El viejo caballo”, 1916: 185, y 1928: 28-29, vv. 33-45)

 

Aunque quizá estuviera en esta escena todavía más cerca de Manuel Machado el peruano José Santos Chocano de “Sol y sombra” (1971: 143, vv. 24-33):

Un bufido
la solemne presencia del toro anunció.
En escuálido potro,
enfrentóse a la fiera el empuje de audaz picador, que, cobrando el perfil de un espectro,
enclavóle, en el cuello robusto, porfiado lanzón; pero el toro hundió entonces la testa
en el vientre indefenso del potro que al golpe cejó,
y paseó, en ostentosa carrera, prendido en las astas, un despojo sangriento, que a veces brillaba en el sol.

La fascinación de Carrere por el poema de Machado –“oro, seda, sangre y sol”– también se refleja en “Agua-fuerte taurino”; ahora son, fundamentalmente, las partes tercera y quinta de La Fiesta Nacional las que resuenan en este aguafuerte, incluso en detalles concretos (“Los alamares de oro/rozaron con el asta ensangrentada”, V, vv. 19-20):

¡Toros de noche!… Focos de un fulgor amarillo; flamean los joyantes capotes escarlata;
los toreros refulgen, al cruzar el anillo,
como polichinelas de oro y plata.

Caballos desgarrados…; sabe a sangre la boca; hay en el coso trágico demasiado dolor.
Posee a las mujeres como una fiebre loca
de lujuria y de bravura y de gracia latina!

Esa es la España trágica
vista en una radiante pandereta taurina.
¡Y la emoción cruel del riesgo y los raudales, cual fulgentes rubíes, de la sangre del toro
y la muerte que juega con los rojos percales cruel de la fiesta: la sangre y los caballos patas arriba. Si hubiera nacido en España creo que sería de los que empeñan el colchón para ir a los toros”.

(Carrere, “Agua-fuerte taurino”, 1916: 45-46, y 1928: 67, vv. 1-16, con ligeras variantes).

También están cercanos a La Fiesta Nacional los versos de Chocano (“Sol y sombra”, 1971: 143-144, vv. 48-57) donde describe el torero y “los vuelos del capote”:

Un revuelo de capas,
mariposas del trópico en juegos de mística unción, reflejóse en los húmedos ojos
de la fiera, que, a veces, parábase a firme en el sol.
Los atletas,
contorneados en sedas joyantes y envueltos en los alamares de cuentas preciosas que ardían
como ojos de amor,
sacudían al aire sus capas sonoras, con fina elegancia,
y dejaban que el toro pasase bajo ellas como una visión…

 

La recepción de La Fiesta Nacional

Andrés González Blanco, que ya había reseñado Caprichos en su sección bibliográfica de la revista Nuestro Tiempo, volvió a ocuparse del nuevo y breve poemario de Manuel Machado a finales de julio de 1906. Si en el caso anterior el libro no salía mal parado –pese a comparar indirectamente a Manuel Machado con el “medio poeta” aludido por Clarín, y denostar su repugnante y depravado parisianismo–, ahora la crítica va a descender injustificadamente a lo que casi parece un arbitrario ataque personal.

Con un criterio un tanto peregrino –o, cuando menos, sin mucho fundamento–, comienza González Blanco confesando que dedicar un libro de poesía “ultra- moderna o modernista” al maestro Antonio Fuentes le parece “el colmo de la originalidad… o de la desfatachez” (172)11, para a continuación, y sin juicio previo, condenar sin paliativos la nueva entrega del sevillano:

Y el libro de Machado, yo siento mucho decirlo, es malo; tan malo como no se podría imaginar. Ya en Caprichos tuve el disgusto de leer la primera parte de este poemita titulado La fiesta nacional: no di mi opinión, pero me pareció indigno de la pluma que ha escrito cosas tan bellas como Adelfos y Felipe IV. (172)

A lo que añade, con una ironía muy poco respetuosa para con el poeta y el torero, la malicia con que Juan Ramón Jiménez había juzgado el poemario precedente de Manuel Machado:

Si de Caprichos se pudo decir que parecía un libro escrito por Fuentes […] ¿qué no se podrá decirde este otro libro, dedicado muy cariñosamente al maestro del lanceo? Pues el mejor encomio –à rebours– del libro se haría asegurando que la firma del simpático torero hubiera estado muy en su lugar en el frontispicio y la de Machado debiera haber sido borrada

Todo su esfuerzo se va a centrar en aumentar esta descalificación previa a la totalidad del poema, reduciendo además la capacidad creativa de su autor, al sostener que “Machado sólo es resistible en sus evocaciones históricas y en sus lamentos elegíacos” (173). Sin embargo, el crítico no va a justificar su durísimo ataque, fuera de unas vagas y reiteradas alusiones al verso y a la rima (“ripios” con los que ésta “debe llorar al verse tan maltratada”; todo su ingenio lo emplea en comparar hirientemente a Manuel Machado con otros autores que estaban muy por debajo de sus posibilidades):

Esto es tan detestable que no puede ser más, aunque el autor se lo hubiese propuesto. El empleo de estos versos cortos y paucisilábicos y de estas rimas alternas, caprichosa y arbitrariamente entrelazadas –de que tanto abusa Machado, precisamente en sus composiciones de concepción más insulsa y floja, – me hace el efecto de que el autor está escribiendo fabulillas a lo Iriarte, pero sin moraleja… y con ripios. Este procedimiento métrico me parece asqueroso e insufrible: la rima debe llorar al verse tan maltratada. […] Yo, sinceramente, prefiero las revistas de toros de El Barquero a estos versos de aliteraciones falsas y de floja rima. Los consonantes no pueden ser más fáciles ni más ramplones. (173-174)

Lo cierto es que este “procedimiento métrico” que el crítico califica de “asqueroso e insufrible” era el que Manuel Machado –y con él, buena parte de los mejores poetas del momento– venía poniendo en práctica desde Alma: la frivolidad del juego rítmico y la flexibilización innovadora del verso y del molde estrófico mediante la creación de una silva libre modernista. Pero González Blanco no ceja en sus descalificaciones, hasta llegar al extremo de declarar, con una dureza inusitada, que Manuel Machado está definitivamente muerto y enterrado para la poesía:

Yo envío el pésame más sentido a Machado, el Machado de Alma y de Caprichos… a ratos (cuando tiene un capricho): ese Machado ha muerto. R. I. P. […] Machado, desgraciadamente, descansa bajo una losa sepulcral ¡muy pesada!… (174)

Tras esta declaración, está dicho todo. González Blanco, quizá llevado por desconocidas razones de antipatía, parece haberse propuesto.

La –poca o mucha– reputación de Manuel Machado como poeta. No parece haber otra razón para justificar un ataque tan desmesurado. A partir de aquí, el crítico repite insistentemente sus cínicas descalificaciones, comparando ahora al poeta con Cavestany y con Jackson Veyán:

No hay inexactitudes, pues Machado es un experto y un conocedor […] en todos los lances y peripecias de la fiesta más nacional, que diría el Conde de las Navas; pero hay ripios y malas rimas, que es peor. Machado, a este paso, será digno rival de Cavestany. Un Cavestany modernista… […] Machado está en peligro de contarse muy pronto, si El mal poema no nos resarce de esta mala impresión de ahora, en un Jackson Veyán de 1905. (175)

Dato interesantísimo es la referencia a El mal poema, que manifiesta cómo a la altura de julio de 1906 Manuel Machado ya tenía en mente el proyecto de un poemario que no aparecería hasta finales de 1909, y que además lo había comentado a otros escritores, ya que, cuando menos, González Blanco estaba enterado del mismo –bien directamente, bien a través de Juan Ramón Jiménez, que había demostrado no ser muy fiel a las confidencias del poeta sevillano.

En el momento en que el crítico deja de prejuzgar e intenta dar algún argumento, más allá de la rima fácil, que justifique su encarnizada reseña, es cuando muestra al lector la absoluta falta de razones verdaderamente estéticas o estilísticas para esta acometida. Primero, como en todo el artículo, descalifica: “Hay en la obra barbaridades y absurdos a destajo, o simplemente versos insignificativos de una incoherencia, no estudiada (que entonces se justifica), sino espontánea” (175). Pero, a continuación, los dos únicos ejemplos que pone de estas supuestas “barbaridades y absurdos a destajo” no son sino dos perfectas imágenes visionarias sinestésicas, quizá las mejores de todo el poema, que González Blanco rechaza caprichosamente, sin ofrecer nada que justifique su opinión. Así, del final del poema (“Y terminada/la fiesta de oro y rojo, a la mirada/queda sólo… un eco/amarillo seco/y de sangre cuajada”, VII, vv. 3-7, que cita incorrectamente, puesto que en realidad es “un eco/de amarillo seco/y sangre cuajada”), el feroz crítico reconviene al poeta negándole uno de los principios básicos de la poesía moderna al menos desde Baudelaire, la correspondencia sinestésica: “No confundamos las atribuciones del sentido visual y del auditivo, Machado” (175). La censura del otro ejemplo todavía es más absurda si cabe, porque ni siquiera se niega el principio estilístico en que se basa; del inicio de la segunda parte del poema (“En los vuelos del capote,/con el toro que va y viene/juega, al estilo andaluz,/en una clásica suerte/complicada con la muerte,/y chorreada de luz…”, II, vv. 1-6), González Blanco repara en que “Una suerte chorreada de luz, amigo Machado, es una suerte muy poco clásica” (176). En definitiva, son dos ejemplos que si a alguien descalifican no es al poeta, sino, bien a las claras, al crítico que los juzga, quien, castizamente, sólo destaca en el poema las “estrofas de la quinta parte, que expresan bien la emoción genuinamente española que nos invade ante el espectáculo” (176).

La reseña acaba insistiendo una vez más en “la falta de maestría” de Manuel Machado, irónicamente llamado –a juzgar por toda la crítica precedente– “futuro autor del Mal poema”, y, finalmente, González Blanco se permite dar un consejo impertinente –“y eso sin dármelas de maestro, guía, conductor, ni cosa que se le asemeje”– a sabiendas de que con él establecía una odiosa comparación:

Es una impresión penosa… casi penable, la que produce su lectura… La falta de maestría con que están enlazadas las rimas, la flojedad de todas ellas, el descuido voulu con que se hacen alternar asonantes y consonantes, la pobreza de recursos prosódicos, la escasez de variedades métricas: todo contribuye al deplorable efecto del conjunto. Yo digo todo esto con dolor, porque siempre he buscado ocasión de descubrir en Machado un gran poeta; […]

Mas por eso mismo deploro tener que señalarle la mala ruta al futuro autor del Mal poema; y eso sin dármelas de maestro, guía, conductor, ni cosa que se le asemeje. Yo quisiera solamente que el autor de Alma tomase ejemplo de su admirable hermano. (176-177)

Lógicamente, la andanada de Andrés González Blanco contra La Fiesta Nacional y su autor, desde una revista de prestigio como era Nuestro Tiempo, debió de afectar bastante a Manuel Machado, y este ataque quizá contribuiría a la reafirmación del irónico título de El mal poema para su siguiente libro, con el cual el sevillano se curaba en salud. Asimismo, la continua broma de Juan Ramón y del mismo González Blanco de intercambiar la labor del poeta con la del lanceador Antonio Fuentes pudo originar que Manuel Machado hiciera en su “Retrato” aquel guiño para entendidos, tan mal comprendido, de que “antes que un tal poeta, mi deseo primero/hubiera sido ser un buen banderillero”, amén de provocar un particular ajuste de cuentas con el de Moguer, establecido en su inteligente autocrítica a El mal poema en forma de carta abierta precisamente dirigida a Juan Ramón Jiménez.

Andrés González Blanco había escrito que la ganancia más perdurable de La Fiesta Nacional –“acaso la única permanente y definitiva del poema” (174)– la constituía el verso final de la primera parte, “¡oro, seda, sangre y sol!”, perfecto resumen del espectáculo de la lidia. Así lo debió pensar también Antonio de Hoyos y Vinent, quien tomó prestado el verso en 1914 para titular sus cuatro novelas del toreo (“La estocada de la tarde”, “Los héroes de la visera”, “San Sebastián, coso taurino” y “La torería”) como Oro, seda, sangre y sol, llevando precisamente como “Preludio” la primera parte del denostado poema de Manuel Machado. Este se había valorado entre poetas y lectores de forma muy distinta a como lo había hecho la reseña de Nuestro Tiempo; confirmación inmejorable de ello es que Rubén Darío, que ya había defendido Caprichos de la polémica en que lo había envuelto parte de la crítica, alabando sin paliativos el quehacer poético de su autor, volvía a detenerse en la nueva obra de su amigo y compañero en las labores de Apolo, destacando la fidelidad de este “poema rápido” a la sucesión de impresiones de la fiesta nacional:

En la lidia hay gracia, arte ágil, color, opulencia y elegancia. La música anima la representación, y, en verdad, por el giro de los lances y la variedad de las acritudes y pasos, se diría un “ballet”. Un “ballet” sangriento y heroico.

Busqué […] una pintura, una descripción de la corrida en todo el parnaso español, y no la encontré, habiendo, como hay, muchos versos sobre toros […] Y luego me encontré con la poesía de Manuel Machado, en que, por fin, se concentraba en bien coloreados paneles la fiesta nacional. El sutil lírico sevillano que ha hecho cosas tan finas y delicadas, es un gran aficionado al arte de los beluarios de coleta; y quien haya visto alguna vez una corrida de toros, hallará en esos versos el trasunto de sus impresiones, momento por momento. Machado dedica su poema rápido “al maestro Antonio Fuentes”. A todo señor, todo honor. (44-46)

La composición, por tanto, no era tan mala como se había escrito, y por eso Darío no sólo la cita, sino que se detiene en reproducirla por entero, glosando cada sección: los primeros momentos, “extracto lírico de un capítulo de Gautier”; a continuación, “los juegos de destreza y de peligro en que vencen la arrogancia y arte de los lidiadores”; el tercio de varas con “los picadores, pesados, cargados de plomo, en sus flacos rocinantes mártires”; las banderillas, especialmente destacadas porque “Machado describe en cuatro rasgos la agilidad, la esbeltez, la seguridad del torero en el asombroso trabajo”, de modo que “El conocedor verá en estos croquis rítmicos la exactitud”. Luego, el momento terrible de la cogida, donde es “la fiera la vencedora”, “por un descuido o un error, o una fatalidad”, y, para acabar, “el arrastre de la res muerta y el final del espectáculo, de la fiesta exclusivamente nacional” (47-52).

Pero iba a ser José María de Cossío el encargado de consagrar definitivamente la composición de Manuel Machado, al calificarla, en 1931, como “el mayor acierto que la poesía descriptiva ha logrado en el moderno espectáculo taurino”, destacando su “sensibilidad vibrátil” para captar matices sintéticos de “color y emoción”, valores pictóricos y rasgos simbolistas:

El poema La fiesta nacional debe considerarse como el mayor acierto que la poesía descriptiva ha logrado en el moderno espectáculo taurino. El poeta ve la fiesta con un puro interés poético, sin sentenciar sobre su aspecto social. Antecedentes objetivamente descriptivos hemos visto ya algunos, pero en la poesía de Manuel Machado cambia el tono, cambia el ritmo y cambia la perspectiva. El sintético verso oro, seda, sangre y sol, que resume su visión del espectáculo, nos da también la clave del modo de tratarle el poeta, no por amplificadas descripciones realistas, sino por característicos motivos de color y emoción. Todos los valores pictóricos, morales, simbólicos; la luz y los oros, la sangre y los ruidos, el dolor y la alegría, la vida y la muerte, concurren con sus presentes para que el poeta, distribuyéndoles a lo largo de su poema, logre la perfecta sensación del festejo (1931, I: 301-302 y 1947: 339-341)

Cossío cita como perfecto ejemplo de todo ello precisamente la imagen denostada como una “barbaridad” por González Blanco –“una clásica suerte/complicada con la muerte/y chorreada de luz”– y, del mismo modo, alaba el juego rítmico de la composición, el mismo que al reseñista de Nuestro Tiempo le había parecido “asqueroso e insufrible”, produciéndole una “impresión penosa”:

Los ritmos nuevos sirven la inspiración taurina con más docilidad aún que los graves acentos clásicos de que gustaron nuestros anteriores poetas; y a veces, también, los versos disciplinados, un tanto libres de las ataduras del consonante, sostienen la imagen precisa, el cuadro inolvidable (1947: 340)

Finalmente, tras las “sugestiones flamencas” de los “sones del pasodoble sevillano y plebeyo”, Cossío señala como perfecto fin de la fiesta ese “eco/de amarillo seco/y sangre cuajada” al que González Blanco le negaba la razón de ser:

Con este rasgo simbolista se cierra la evocación. Insisto en afirmar que este poema ocupa un lugar, no ya importante, sino excepcional en la poesía de los toros. Una sensibilidad vibrátil, adiestrada en las más sutiles cacerías de matices, se enfrenta con un tema de chillidos de color y sentimientos elementales. Lo primario del tema se adelgaza y refina sin complicarse, y el resultado es ese extraño e irisado poema que es, hasta ahora, la pieza más desinteresadamente taurina que hemos encontrado en nuestra ya no corta excursión por la poesía española. (1947: 341)

José María de Cossío había puesto definitivamente las cosas en su sitio y, tras él, todo fueron alabanzas para el poema taurino de Manuel Machado, empezando por las de su hermano José, que acertó al señalar el “dinamismo” y la “vibrante emoción” de la pieza, captando “a lo vivo” todo el “esplendor” y la “barbarie” de la lidia:

creo oportuno destacar ese poema tan español que se titula “La Fiesta Nacional”, y que es único en su género, como todos lo saben. Las corridas de toros están captadas tan a lo vivo y sin que llegue a perderse un ápice de su esplendor –todo hay que decirlo– ni de su barbarie, que es muy difícil que se pueda superar; ni este dinamismo, ni esta vibrante emoción que bajo un sol abrasador e indiferente, que a todo ilumina por igual; la sangre hirviente que brota a borbotones, y la coagulada y fría que barrerán los monos sabios después de la corrida. (63-64)

José Machado –como luego Moreno Villa o Gerardo Diego– prefería los versos sobre la suerte de banderillas, y apuntó sagazmente el vector invisible que desde La Fiesta Nacional va hasta el “Retrato” de El mal poema, donde su autor escribirá humorísticamente aquello tan conocido de “y antes que un tal poeta, mi deseo primero hubiera sido ser un buen banderillero”.

José Moreno Villa, buen aficionado a Machado y a los toros, también destacó la calidad del poema de Manuel Machado –“Después de Alma y de Caprichos, lo más importante que produce Manolo es La fiesta nacional”–, señalando en la composición “aquellas virtudes que admira tanto: la agilidad, el tino, la gracia, la destreza”, que son, significativamente, las que citará en su posterior “Retrato”. Moreno Villa deja bien claras sus preferencias: “La obrita es casi perfecta. Decae en el tercio de varas y en la suerte de matar; lo inolvidable está en las banderillas y en la capea”, es decir, las dinámicas y casi futuristas partes segunda –“elegante,/y valiente”, “jugando/con la vida/ágilmente”– y cuarta –“ágil, solo, alegre”, “llega, cuadra, para”–, en detrimento de las tercera y sexta, donde Manuel Machado se muestra condescendiente con lo más fácil (la bárbara cogida del caballo del picador, a lo Carrere, y el ambiente puramente cañí del coso). Y, pese a ser un poema eminentemente descriptivo, objetivo”, “aun habiendo cambiado lo íntimo o sentimental por lo externo y heroico”, como ya se dijo al reseñar las objeciones de González Blanco, realmente “la técnica es la misma que en muchas otras poesías anteriores, a base de metro brevísimo, como para blandirlo como un látigo, u ondearlo y cambiarlo como vuelo de capa” (117-119).

El último puntal básico en la defensa de La fiesta nacional, junto a Cossío y Moreno Villa, y sin duda su mayor admirador, será, cómo no, el autor de La suerte o la muerte, Gerardo Diego, quien dedicó varios artículos a la lidia de Manuel Machado, elevándolo a la categoría de gran poeta del toreo, el más grande junto a Nicolás Fernández de Moratín y Federico García Lorca (Rafael Montesinos en 1959 colocará, junto a estos tres, al propio Diego, conviertiendo la trilogía en tetralogía) y a su obra, definitiva y sevillanísima, a “la más hermosa y elegante sinfonía poética del toreo moderno”, puesto que en ella consigue “a la vez una imagen total del toreo y un poema por muchos motivos ejemplar, magistral” (169):

Manuel Machado forma con don Nicolás Moratín y con Lorca, el trío de los grandes poetas del toreo. Y su poema es el más completo y revelador de la esencia y de la belleza de la fiesta. Cada verso es una estampa; cada rasgo, un primor, y todo el conjunto sucesivo, la más hermosa y elegante sinfonía poética del toreo moderno. Y todo conseguido al parecer sin esfuerzo, en un ritmo espontáneo y libre, que oculta la perfección de la trama. Gran poema digno del gran poeta y gran aficionado. (108-109)

Gerardo Diego vuelve a insistir en el leve y alado jugueteo rítmico del poema como uno de sus principales valores estéticos, aquello que había rechazado categóricamente y sin mucho fundamento González Blanco en 1906:

El poema está compuesto en forma musical de suite. Suite en siete breves cantos. […] En todos estos poemas lo original de Machado es su sentido preciso y flexible del ritmo. Cada estrofa o poesía o canto lleva el suyo y cada uno, felizmente adaptado al sentimiento o al movimiento que quiere cantar. […]

Lo cierto es que, tal como queda en su versión definitiva, la alternancia de versos largos y cortos, la libertad para las estrofas, nunca dependientes de molde, sino improvisadas como las suertes mismas que pintan, son méritos clarísimos e infalibles del poema. Nadie, ni antes ni después, ha logrado una síntesis semejante, tan ceñida a la fiesta, tan de buen aficionado, de buen sevillano, de buen poeta. (169-170)

A la hora de escoger, Diego se queda nuevamente con la parte cuarta, el tercio de banderillas, que despierta la común admiración de todos los críticos, pero de la que ahora se destacan magníficamente todos sus valores estéticos:

La flexibilidad del ritmo hermosamente libre, solo sujeto a remedar la línea –sin perder la línea– del rehiletero avanzando por su invisible alambre, está absolutamente lograda en toda su elasticidad y despiertísima atención fija en el toro. La repetición de los gerundios y el retorno al principio, vuelto a recoger al final del encuentro, según técnica de la que tiene el secreto nuestro poeta, en suma, toda la marcha de los versos en melodía continua, alabeante, firme y elegantísima de una suerte bellísima del toreo que por vez primera encuentra su versión fidelísima y poética. (171)

Y, finalmente, en lo que también parece haber bastante consenso, la parte séptima (a los autores citados, añadamos el nombre de Luis Felipe Vivanco, que también la destacará, junto al “elegante distanciamiento crítico e impresionista” del poeta13), donde el ritmo “se ensancha o se estrecha” según se vaya evocando “la plaza vacía, la muchedumbre dispersa, la tristeza de una fiesta que se acabó siempre con desilusión… y el eco –maravillosa rima– que queda solo de amarillo de arena y rojo de cuajada sangre” (172).

Desde su aparición, La fiesta nacional se hace indispensable en toda buena antología de poesía taurina, puesto que resulta la piedra angular para el desarrollo del tema en todo el siglo XX: no faltará, como hemos visto, en la magna obra de Cossío, ni en su antología Los toros en la poesía (1944); tampoco en colecciones posteriores, como en la Poesía taurina contemporánea (1961) editada por Rafael Montesinos, donde el nombre de Manuel Machado (“padre, en tantas cosas, de la citada generación del 27” y “considerado por los nuevos como maestro”, como afirma Manuel Mantero en su reseña del libro, 1961) y de su composición – “portentosa”, según la califica el crítico– aparecerá abriendo camino a los poemas subsiguientes de Fernando Villalón, Gerardo Diego, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Miguel Hernández y Rafael Morales; siete nombres que conforman lo mejor de la poesía taurina del siglo XX. Posteriormente, el poema de Manuel Machado aparece en ediciones como las de Mariano Roldán Poesía hispánica del toro (Antología: siglos XIII al XX) (1970) y Poesía universal del toro (2500 a. C.- 1990) (1990)14.

 

Obras Citadas

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NOTAS:

1 M. Machado, “Aquí, en España/I/Un quite a punta de capote/II/Un percance” [III, salvo vv. 1-11 y 30-37; V, salvo vv. 1-23], 1907: 103-104 y [1913]: 120-121.

2 M. Machado, 1909: 137-150; La fiesta nacional fue publicada posteriormente en [1913], 213-220 -donde no existe el ensamblaje de las secciones III y V referido arriba; [1910], 269-279; 1923, 163-179 -donde desaparecen los versos “(Véase Fuentes/Lanceando)” que cerraban la sección II, y que ya no volverán a aparecer; 1924, 97-104; 1938, 88-100; 1940a, 77-78 [I y VII]; 1940c, 89-97; 1940b, 99-1071; 1942, 85-93, además de en varias publicaciones periódicas (Machado 1931, 1942 y, su primera parte, en 1944). Fue traducido al alemán en Der Querschnitt. La primera parte del poema apareció como “Preludio” en Hoyos y Vinent, 7.

3 Vid. Tablante de Ricamonte, “La semana”, La Caricatura, II, 54 (30 de julio de 1893): “después de tanto pinchazo en hueso,/triunfó Gamazo de las enmiendas/y se aprobaron los presupuestos”; 56 (13 de agosto de 1893): “Empresarios, cómicos y toreros”: anécdota de un picador con su contratista; “Los ingleses”: “En fin, con tal que nos dejen a Gamazo, Chitivar, Guerrita y el Espartero, podemos gritar gustosos: ¡Vivan los ingleses, y sus partidas serranas y sus riñas de gallos inclusive!”; 58 (27 de agosto de 1893): “„Pan y Toros‟ dijo Jovellanos, tratando de sintetizar en esas palabras los eternos deseos de nuestro pueblo, y en verdad que la frase que se le ocurrió no pudo ser más adecuada. […] Las astas nos entusiasman, sin poderlo remediar”; nombra a Montes, Bartolo, Cayetano y las páginas del Toreo Cómico, amén de un vecino “que se divierte algunas tardes en pasar de muleta a su suegra”; 68 (5 de noviembre de 1893): “El ¡no lo entiende usted!, este grito tan espontáneo y tan expresivo que se dice en nuestras plazas de toros a los malos presidentes, se le ha repetido a nuestros actuales hombres de Estado, que las gargantas están ya roncas de tanto esforzar la voz para emitirlo”; 69 (12 de noviembre de 1893): “¿Pero, vamos a ver, se va López Domínguez al moro o no se va? Todavía va a querer ese señor el tercer entorchado sin sudarlo…”.

4 M. Machado, “Día de toros”, El Amor y la Muerte: “Fuentes, que conversa en el centro de un grupo de „sportsmans‟ sobre modelos de automóviles, nos saluda con rígida cortesía de hidalgo elegante. Su cara es morena y gitana, pero su pelo, prematuramente gris, peinado a la moda de los pollos, y su amable sonrisa inteligente, le dan el aspecto de un distinguido „gentleman‟. Al saludarle me tiende su mano afilada y fina que no se concibe empuñando el estoque de matar toros. Este es, sin embargo, el rey del toreo español. Elegancia, maestría y valor sin límites” (202).

5 M. Machado, “Intenciones. Los toros del programa”, La guerra literaria, 1913: 133-135.

6 M. Machado, Día por día de mi calendario, 1918; “Abril. Martes, 9”: “La taurofilia es en España una cosa contra viento y marea. Bien es verdad que se trata de la afición por excelencia, de la Afición por antonomasia. […] Alguien dice que los únicos que no van ya a los toros son los verdaderos aficionados. Porque -aseguran ellos- Belmonte les parece un verdadero fenómeno, que ha roto todas las normas taurinas, pisando -es su frase- terrenos inverosímiles, y haciendo cosas extraordinarias, admirables, estupendas… pero fuera -tal vez por encima- pero fuera del Arte de Montes. (Además, Belmonte no está aquí y aun puede que no vuelva.) .

A Joselito, derroche de facultades y de manejo, de serenidad y vista, le cuestionan su estilo. Y a Gaona, torero elegante, de antigua y buena cepa, lo hallan apático, desigual. De los demás no hablan siquiera”, 109; “Viernes, 26”: comenta la boda de Belmonte con una “damisela aristócrata”, 124; “Mayo. Jueves, 16”: “Gran victoria de Joselito el Gallo. Tarde triunfal y espléndida, en que el gran torero, habituado a burlar graciosamente de la Muerte, la tuvo más cerca que nunca, y como nunca supo engañarla, vencerla… y despreciarla”, 145; “Jueves, 23”: “Yo no creo que a los toros se vaya a llorar. No diré, con aquel feroz aficionado, que a la plaza no va uno a divertirse… Pero la Fiesta Nacional no es una broma. El toreo es, a su modo, un arte, que requiere cierta seriedad, compatible todo lo más con la sonrisa de un Bombita, pero nunca con las exageradas alegrías, los floreos y los „churriguerismos‟ de los más de nuestros espadas actuales, que en su mayoría no saben „hablar a los toros‟ y que se emborrachan de torear con las dos manos”, 150. Vid. además Diego, 61-63.

7 M. Machado, 1934. Sin embargo, quizá no pueda atribuirse a M. Machado –como hace Fernández Ferrer, 704– la paternidad del pareado “Tiene la fiesta un atractivo fuerte/que es burlarse –con gracia– de la Muerte”, que el propio poeta recuerda en Moya, 1943: 3, puesto que en Día por día de mi calendario Machado lo cita como perteneciente a otro poeta: “Mayo. Jueves, 16”: “Gran victoria de Joselito el Gallo. […] Era bravo el toro y bravo se mostró el matador, poniendo en la lucha el corazón y el Arte. Venció el Arte, y con él venció la Fiesta, que se arrastraba lánguida en estos últimos tiempos. Porque su hondo y agrio encanto, que está, como dijo el poeta,/en burlarse con gracia de la muerte,/no sufre que se le suprima el peligro mortal ni la gracia inmortal” (145). No sé a que poeta puede referirse M. Machado. T. Morales parafrasea dichos versos -y su rima- en uno de sus poemas: “El mar tiene un encanto para mí único y fuerte,/su voz es como el eco de cien ecos remotos,/donde flotar pudiera más fuerte que la muerte/el alma inenarrable de los bravos pilotos…”, “Yo amo el sol en el triunfo de la Naturaleza”, vv. 9-12, El Liberal (10 de abril de 1908), luego recogido como “Canto romántico” en Poemas de la gloria, del amor y del mar (1908) y como “Canto subjetivo” en Las rosas de Hércules (1922).

8 Vid. M. Machado, 1944. En la entrevista con Messis (1936), M. Machado ya había apuntado, sin citar fechas, que La fiesta nacional fue en parte traducido por Tailhade para el Mercure de France. Sin embargo, no consta dicha versión en los índices de Mercure de France (Série Moderne). Années 1897-1904-Tomes XXI á LII. Tables des temes XXI á LII, París, Société du Mercure de France, 1907.

9 Vid. el recorrido que por la mayoría de estos autores realiza Cossío, 1931 y 1947.

10 Cf., por ejemplo, el interés de Verhaeren por este tipo de espectáculos, según describe Regoyos (1989: 68): “Creí que el belga se asustaría como la mayor parte de los extranjeros; pero, muy al contrario, se ponía loco de entusiasmo, diciendo que eso era lo hermoso de las corridas; aplaudía más a los picadores vencidos por el toro y al jamelgo ensartado, que a una buena pica quedando el caballo sano y salvo. Su placer era la parte

11 La razón de ello, que González Blanco explica al final del artículo, no parece muy justificada, y sí bastante ociosa: “No porque Fuentes sea indigno, sino porque la poesía debe prescindir de nombres propios. La poesía individual o alusiva es lo más detestable que existe, y sólo en un caso excepcional puede dispensarse. Es justificable, por ejemplo, la dedicatoria a egregios personajes […] Pero, en general, toda poesía debe exudar universalidad y generalización; debe situarse más allá del tiempo y del espacio; y si hay individualización, ocúltese bajo el encantador velo del Misterio”, 177-178.

12 El mismo González Blanco descubre su fuente: “me decía nuestro gran poeta elegíaco Juan R. Jiménez, hablándome de Caprichos: „Es una obra… que parece escrita por Fuentes‟”, 172.

13 “en la interpretación de una corrida de toros -La fiesta nacional- […] hay, junto a la mirada del aficionado taurino, un elegante distanciamiento crítico e impresionista que no le permite ser, por así decirlo, un incondicional. Recordemos los versos finales, en los que todo el esplendor de la fiesta se resume en:/…un eco/de amarillo seco/y sangre cuajada”, 80.

14 Y se le ha dedicado una memoria de licenciatura, que permanece inédita: Linares Rivas.

 

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