LOS MACHADO y LUIS MONTOTO. Por Daniel Pineda Novo

Los Machado y Luis Montoto.

Daniel Pineda Novo

Antonio y Manuel Machado
Luis Montoto
Daniel Pineda Novo, el día de la presentación de su biografía sobre
Antonio Machado y Nuñez

(Publicado por primera vez en «El Correo de Andalucía», Sevilla, 13-1-1989).

(También se publicó en el Boletín del Congreso Internacional Conmemorativo del 50º de la muerte de Antonio Machado, en Sevilla, 16 de febrero de 1989, nº 8)

Los Montoto, como aquellas ilustres y antiguas familias sevillanas de los Lasso de la Vega o los Sánchez Arjona…., fueron una auténtica familia de intelectuales. Y encontraron cierto paralelismo entre los Machado y los Montoto, aparte de la íntima, entrañable amistad entre los padres, que venía de los abuelos, los patriarcas: la relación de Don José María Montoto y López Vigil, defensor de Pedro I, y que fue gran aficionado al Folklore, sobre el que escribió un estudio histórico, titulado «Un adagio», publicado con el seudónimo de Mosén Oja Timorato, en la revista «El Folk-Lore Andaluz», que en 1882 fundó Demófilo, en Sevilla, y don Antonio Machado y Núñez, catedrático y rector de nuestra Universidad, naturalista eminente y político de vocación, que publicó en la misma revista su artículo «El folk.Lore del perro».

Pero la amistad se hace intensa, fraterna, entre Luis Montoto y Antonio Machado y Álvarez, forjada en las aulas de la Universidad sevillana… Desde entonces, solo los separará la muerte. Años de intensa actividad literaria, de recoger material para ña fundación de «El Folk-Lore Andaluz y Español», y tiempos de desengaños para Machado en Madrid, animado por el amigo desde Sevilla…… Se admiraban mutuamente, a pesar de las diferencias religiosas e ideológicas; por encima de todo estaba la amistad, la cultura y el Folk-Lore …  En esta tríada valoraban, tanto Machado como Montoto, su inquebrantable vinculación…

Vinculación casi familiar, pues Machado y otro entrañable amigo, Alejandro Guichot, habían sido testigos en el Registro Civil de Sevilla, del nacimiento del tercer hijo del poeta, Luis, nacido el día 1 de febrero de 1883, el mismo año en que los Machado marchan a Madrid,,, Por ello, Demófilo llamaba a Montoto compadre.

Luis María Montoto, el tercer hijo del poeta, era casi de la misma edad que Joaquín Machado, el cuarto hijo del folklorista, y al que dedicará si interesante estudio filológico «Titín», animando a Montoto a que hiciera lo mismo con su hijo…

Manuel y Antonio Machado, al fallecer su progenitor, continuaron con don Luis la amistad que aquél les había dejado por herencia; y les enviaron sus libros con expresivas y sinceras dedicatorias. Antonio sus «Poesías Completas» (Madrid, Espasa-Calpe, S.A., 1928), con este sentido autógrafo, en donde recuerda la amistad paterna; «Al ilustre poeta don Luis Montoto con admiración que sería adquirida si no fuese heredada / Antonio Machado (rubricado). Madrid 2 de mayo 1928».  Y Manuel, que frecuentó más asiduamente la casa del poeta, en sus años universitarios, le llevó su libro «Apolo» (Teatro Pictórico). (Madrid, V. Prieto y Compañía. Editores, 1911), en cuya anteportada, estampó: «Al señor don Luis Montoto y Rauntenstrauch como recuerdo de admiración y de afecto. Un admirador /rubricado)».  También le elogió, destacándole, junto a Ferrán, Trueba y Enrique Paradas, en la introducción de su libro «Cante Hondo» (Madrid, 1912). Además, Manuel Machado escribió con el primogénito del poeta, el comediógrafo José Luis Montoto la comedia en un acto «Amor al vuelo» (Madrid, Sociedad de Autores Españoles, 1904, 31 págs.), que fue estrenada, con éxito, en el desaparecido teatro del Duque de Sevilla, el 2 de enero del mismo año, y que va dedicada «A Jacinto Benavente, Gloria del Teatro Español, Los Autores».

También extendió Manuel Machado su amistad al sexto hijo de don Luis, Santiago, al que envió su discurso de ingreso en la Real Academia Española, en forma de libro y tirada especial:

«Unos versos. un alma y una época» (Madrid, 1940), aunque desde 1924 ya se habían intensificado sus relaciones, unidas por un personaje genial: Lope de Vega; y fruto de las investigaciones de Montoto, Manuel le publica en la «Revista de la Biblioteca, Archivo y Museo del Ayuntamiento de Madrid». que él dirigía, sus artículos sobre el » Fénix de los Ingenios»; también coincidirán sus colaboraciones – en prosa y verso -, en las páginas literarias de los mismos diarios de Madrid y Sevilla. Y como anécdota, cabe decir que don Santiago se sabía de memoria multitud de versos de Manuel Machado, teniendo predilección por el poema titulado «Antífona» y por los cantares…

El dolor también fue vínculo entre las familias: Machado y Álvarez perdió a su única hija, Cipriana, nacida en Madrid en 1885, y que murió en 1900, y don Luis, en plena juventud, también perdió a su única hija, María de los Ángeles, nacida en Sevilla en 1886… De tal belleza gozaba María, que dicen se enamoró de ella el propio Juan Ramón Jiménez…. Los poetas le dedicaron versos y prosas en postales y abanicos, muy de la época… Manuel Machado, fiel a la amistad, también le envió sub tarjeta con estaa poesía que hemos rescatado, ya que multitud de veces me la recitaba de memoria mi recordado maestro don Santiago Montoto:

Con su tibio perfil de estatua helena

sentimental, nostálgica y serena,

como hasta entonces no soñé ninguna,

me pareció tan pálida y tan blanca,

fija en el cielo su mirada franca,

un lirio enamorado de la luna.

MANUEL MACHADO. Datos biográficos, con especial referencia a las actividades relacionadas con el teatro.

Autor: Rosa Sanmartín Pérez

Manuel y Antonio Machado. (Sevilla 1883).

Manuel Machado nació un 29 de agosto de 1874 en Sevilla; era el mayor de nueve hermanos[1].

En 1883 se traslada con su familia a Madrid, donde ingresaría, junto con Antonio, en la Institución Libre de Enseñanza. A Sevilla volvería en 1896, cuando su familia decide alejarlo del Madrid bohemio, para que continúe su carrera en la universidad de Filosofía y Letras, donde se licenciaría.

Manuel aprovechó su estancia en Sevilla para continuar su labor de escritor, que había comenzado años atrás:

De los doce a los quince años -¡qué edad!- era yo ya poeta, versificador al menos, y encontraba una gran facilidad para la rima y el ritmo, sin tener que contar las sílabas con los dedos, como le ocurría a muchos de mis condiscípulos[2].

De esta época también son “los periódicos manuscritos que los Machado hacían, y que iban de mano en mano, entre los asistentes a casa de doña Victoria, [en donde Zayas representaba teatro]”[3].

En 1893 pasa a formar parte de los colaboradores de La Caricatura, a petición de Enrique Paradas, director de la publicación. Fue una de las revistas humorísticas de la época, aunque tuvo muy poca vida: 1891-1893. De esta última etapa son las colaboraciones de Manuel y Antonio Machado:

Pues bien, este Enrique Paradas, Antonio Machado y yo sostuvimos más de un año el semanario satírico “La Caricatura”, escribiéndonos las treinta y dos o treinta y seis páginas de que constaba. El gran caricaturista Ángel Pons se lo dibujaba todo. Fue esta mi primera aventura periodística. Quedé por entonces bien harto de las letras de molde[4].

Dos poemarios escribiría con Enrique Paradas, Tigres y alegres (1894) y Versos (1895).

En 1896 comienza su colaboración con El Porvenir de Sevilla. Allí publicará algunos poemas[5] y, posteriormente, en 1897, se embarcará, junto a su hermano Antonio, en el Diccionario de ideas afines y Elementos de Tecnología. Compuesta por una sociedad de literatos bajo la dirección de Eduardo Benot[6], de la que Manuel Machado pasará a ser secretario de Redacción.

También en El Porvenir continuaría con su faceta de crítico teatral, comenzada cuatro años antes en La Caricatura. Como explica el profesor Alarcón Sierra:

Las dos reseñas teatrales aparecieron el 30 de marzo y el 2 de abril de 1897, en la tercera página de El Porvenir. Sorprende la cercanía de ambas y su falta de continuidad; las críticas sucesivas muchas veces aparecen sin firma; tal vez alguna fuera de Manuel Machado, pero entonces, ¿por qué firmar unas sí y otras no, cuando, además, conocemos su «deseo prematuro de publicidad»?. También podemos pensar que nuestro escritor sustituyó eventualmente en esas dos ocasiones a la persona que se ocupaba normalmente de desempeñar esa tarea y que, una vez reincorporada ésta a sus funciones, Machado no tuvo otra ocasión de hacer críticas teatrales. Hipótesis aparte, lo cierto es que sólo encontramos dos colaboraciones de este tipo firmadas por nuestro autor a lo largo de todo 1897[7].

Tres años más tarde, en  1899, Manuel Machado se traslada a París. Allí conocerá a los simbolistas que dejarían su impronta en el poeta, especialmente en sus siguientes composiciones; aunque años más tarde, volvería a retomar el folklore popular como base de su creación poética.

En 1901 aparece la revista Electra en la que colaborarán Pío Baroja, José Martínez Ruiz, Ramiro de Maeztu, Francisco Villaespesa, Ramón María del Vallé-Inclán, y Manuel Machado, como secretario; quien, a su vez, tendría una sección fija en la revista, «Los poetas del día», en la que también Antonio Machado publicó algunos de sus poemas.

En sus estancias en Sevilla conoce a su prima Eulalia Cáceres, con la que contraerá matrimonio en Sevilla, un 15 de junio de 1910. Ella sería la encargada de custodiar los fondos machadianos que, casi un siglo después, darían a conocer parte de la creación literaria de los hermanos Machado, que hasta la fecha había permanecido inédita, y que mostraban algunos aspectos de la biografía y la bibliografía de ambos autores hasta ahora desconocida.

Dos años más tarde, en 1912[8], salía a la luz su Cante Hondo, poemario que recogía la tradición andaluza y popular tan arraigada en su padre, Antonio Machado Álvarez, Demófilo.

En noviembre de 1916, Manuel Machado, entraría a formar parte de la redacción de El Liberal, donde ejercería de crítico teatral, con un tono menos satírico que el que habíamos visto con anterioridad en La Caricatura, y de donde pasaría a La Libertad en 1919. De la época de El Liberal son los artículos en los que volcaría sus aportaciones a la escena española: necesidad de una renovación teatral, creación de un Teatro Nacional, profesionalización del actor,… que quedarían plasmados, posteriormente, en su Manifiesto Teatral.

A este respecto se refirió la investigadora García-Abad:

De este modo, si cotejamos lo que podríamos denominar como éxitos comerciales (obras que se han acercado o superado la mítica cifra de las cien representaciones) del periodo con el volumen de recensiones tratadas por Manuel Machado en La Libertad, se evidencia un desinterés palpable del crítico por un tipo de teatro popular o comercial a favor de otras opciones que muestran una atención especial al teatro clásico y extranjero. De unas sesenta obras que rondaron el centenar de representaciones, Manuel Machado atiende en su selección sólo a veinticinco. No todas ellas, por otra parte, merecen un juicio favorable del autor[9].

El teatro que recibimos allende nuestras fronteras se muestra como uno de los pilares fundamentales para la renovación y la asimilación de corrientes vanguardistas. Especial atención muestra Machado ante el teatro extranjero. De las cuatrocientas reseñas recogidas para este estudio unas ciento cincuenta se refieren a obras de autores extranjeros. Manuel Machado nos acerca a través de sus críticas al panorama teatral que se disfruta fuera de España, y a la recepción que el público y la crítica le dispensan a lo largo de estos seis años. Figuras de la importancia de Pirandello, Bernard Shaw, Strindberg o D’Annunzio van a ser objetivo esencial de su interés[10].

El tono autobiográfico fue una constante en la creación literaria de Manuel Machado. En 1917, en un artículo aparecido en El Liberal y, publicado posteriormente en Un año de teatro, ensayos de crítica dramática (1918) decía así:

Por mi parte no me siento lo más livianamente grave, ni siquiera serio, ni menos triste ni avinagrado. La vida no me ha sido lo bastante enemiga para eso. Y en mis cuarenta años de existencia (treinta por lo menos pueden repartirse entre los dolores y las alegrías, en la proporción corriente, ya que yo empecé muy niño [con la muerte de su padre]), he pasado mis penas, he saboreado mis goces, he visto mucho y he reído bastante. Nada, en resolución, ha podido acibarar mi natural benévolo, ni desarraigar un optimismo que no fundo yo precisamente en una alta estimación de los hombres, sino en la admiración que siento por lo mucho que hacen… dado lo poco que valen y pueden.

Creo, con todo, en el adelanto y el progreso de la raza, en la eficacia del esfuerzo, es decir, que más que un optimismo claro lo que profeso yo es un “meliorismo” decidido. Pienso que todo puede ser, y creo en todo… y en algo más. Y, sobre todo, “aprovecho gustoso la ocasión” de revelar cualquiera clase de acierto por leve, por ligero, por insignificante que sea, que advierto en torno mío. Por lo demás todo trabajo positivo, todo lo que es arte (poco o mucho), todo que es obra merece mi respeto, cuando no mi estimación[11].

Tono autobiográfico, en este caso premonitorio, que continuaría en el artículo aparecido el 2 de febrero de 1917 en el mismo diario y que, bajo el título “Recuerdo”, se refería a la creación dramática compartida:

Sin duda por la dualidad que entraña el diálogo, predominante en las producciones escénicas y tal vez por otras causas (sin hablar de las de carácter administrativo) el hecho es que las comedias suelen escribirse entre dos, cuando no las llevan entre cuatro al palco escénico. Cierto, me diréis, que nunca se escribieron en colaboración las grandes obras dramáticas, «Hamlet», «La vida es sueño», y aun pudiera añadirse que el valor de tales producciones suele estar en razón inversa del número de sus autores. Pero, en fin, de lo mediano para abajo –salvo excepciones raras, los Goncourt, los Quintero- siempre se encuentra el ambo firmando las piezas teatrales.

Tal vez, pensando piadosamente, sea más grata la gloria compartida, más llevadera y amable la labor de la producción emprendida entre dos o más escritores[12].

Como ya habíamos anotado anteriormente, sería en este mismo diario, donde Manuel, en 1918, aprovecharía sus columnas periodísticas no solo para realizar crítica teatral, sino para dar a conocer sus opiniones sobre el teatro español. La necesidad de una reteatralización o una regeneración de la escena española ya se apuntaba en el crítico muy tempranamente.

En una serie de tres artículos, bajo el título “Hacia un teatro nuevo”[13], anunciaba las teorías teatrales que después quedarían plasmadas en el Manifiesto Teatral de 1928; Manifiesto que fue escrito en un primer momento por Antonio Machado, y que se amplió hacia 1932, con ideas y presupuestos de Manuel que ya habían sido formulados dos décadas atrás.

Manuel Machado, más abierto a propuestas teatrales que su hermano Antonio, hablaba así de la necesidad de un teatro nuevo:

El problema se presenta, pues, claro: Se trata de variar y, si es posible, de mejorar el espectáculo[14].

Esta variación pasaba por la necesidad de volver al teatro clásico (propuesta esta que aparecería también en el Manifiesto Teatral y que apuntaría, asimismo, otro dramaturgo amigo de los hermanos, Unamuno):

En efecto, aunque los intentos, orientados en este sentido han sido siempre agradecidos del público y de la crítica y coronados por un éxito material y artístico más o menos grande, todavía no puede decirse que han resuelto la situación francamente. Tenemos presente al hablar así las loables empresas de resurrección de nuestro teatro clásico iniciadas primero por Rafael Calvo, después por Fernando Mendoza y María Guerrero, y últimamente, el intento de teatro artístico de carácter general, llevado a cabo por Martínez Sierra en sus temporadas de Eslava.

[…]

Aplaudiendo de todo corazón esas felices iniciativas, encontramos que la falta de continuidad por un lado y de método por otro, han sido la causa de que el éxito no se haya encauzado francamente en este sentido, y de que el público siga un tanto desorientado. No queremos hablar de mal gusto o mal tino en la elección de obras ni relevar desaciertos o insuficiencias en la Empresa. Nos parece llegada la hora de colaborar todos de un modo positivo a su desarrollo y perfeccionamiento[15].

El artículo continúa con una necesidad de hacer un teatro de arte, pues: “… no siempre sea justo –ni provechoso- «hablarle en necio para darle gusto»[16].”

Sobre la necesidad de una vuelta al teatro clásico español como único remedio para la vuelta a un teatro de arte decía:

En cuanto se refiere a las obras, si el teatro Español ha de cumplir su principal cometido, el de ostentar a la vista de nacionales y extranjeros la espléndida historia de nuestro teatro (el primero del mundo, después del de Shakespeare), es de todo punto imprescindible que metódicamente, siguiendo un orden cronológico, que explica por sí solo su desarrollo, se representen allí constantemente las principales obras de nuestro teatro desde López de Rueda hasta la actualidad, dando, como es natural, la mayor importancia, esto es, el mayor número de representaciones de la época de nuestro mayor florecimiento teatral, a nuestra dramaturgia clásica de los siglos de oro, por la que somos estimados en la literatura mundial, merced a los nombres de Lope de Vega, Tirso de Molina, Moreto, Alarcón, Rojas, con su cohorte de satélites menores Montalbán, Matos, Castillo Solórzano, Hurtado, etcétera, etc., harto menos importantes, pero también atendibles y necesarios en una historia, por somera que sea, de nuestro teatro. Seguirán a estos –como siguieron en nuestra literatura-, los adalides de la reacción neoclásica, Moratín, Meléndez, Huerta, Quintana. Y vendrán luego, en proporción importante, el espléndido florecimiento romántico con el duque de Rivas, García Gutiérrez, Hartzenbusch, Zorrilla.

[…]

A esto hay que atender sobre todo. Pero no cumpliría el teatro municipal de Madrid sus altos fines de cultura general, si a la historia ejemplar de nuestro teatro no uniese, en una prudente medida, la vulgarización de la literatura dramática universal en sus momentos y obras fundamentales. Convendría, pues, que no pasara año sin que se diera a conocer algunas obras de la antigüedad clásica griega y latina, y de los grandes teatros mundiales: el inglés con Shakespeare, el francés, con Molière y Corneille; el alemán, con Goethe y Schiller; el ruso, con Tolstoi; el danés, con Ibsen, o Bjornson, etcétera, etcétera[17].

En estos artículos aludía también Manuel a la necesidad de un teatro público, como ya estaba ocurriendo en otros países de Europa:

El ensayo, pues, de una temporada teatral de la amplitud artística y literaria que se pretende, habría que hacerlo –a imitación de otros países- en un teatro intervenido oficialmente. No hay otro para este caso en Madrid que el Teatro Español. […] el Teatro Español sea lo que debe ser: una institución verdaderamente artística y educativa al mismo tiempo, digna de sus gloriosas tradiciones dramáticas. Y también, un alto modelo para los demás teatros de España[18].

La institución de un teatro verdaderamente artístico, que cumpla los fines ideales y educativos que hay derecho a esperar de él, no puede ser considerado como un negocio y menos como una renta, sino, por el contrario, como un servicio establecido en beneficio de la cultura y de las necesidades espirituales del país: tal una academia, una escuela, un museo.

[…]

Claro está que el desideratum sería que el propio Ayuntamiento conservara sobre el teatro Español todas las facultades, incluso las administrativas y económicas; es decir, que no concediese la explotación del teatro a ninguna empresa particular, y que se constituyera él mismo en empresario, o, cuando menos, formara parte de la asociación de elementos que acometiera la empresa, organizándola, por ejemplo, a semejanza de los teatros oficiales franceses, con actores asociados y pensionados, y reservándose siempre la alta dirección y la suprema autoridad delegada en un director y en el Comité presidido por éste.

[…]

Y cuenta, sin embargo, que para realizarla bastaría seguir el precedente de los teatros oficiales extranjeros, cuyos reglamentos tenemos a la mano, y aun con aprovechar para el caso casi íntegro, el que se redactó y publicó por nuestro ministerio de Instrucción pública para la ejecución de la ley de 12 de Marzo de 1909, creando el Teatro Español con carácter de teatro nacional. No sería ésta la primera vez que el Ayuntamiento de Madrid llevado de su buen deseo se sustituyera al Estado para la realización de nobles y provechosas iniciativas.

[…] y suponiendo que el Municipio madrileño no quiera o no pueda dar a su teatro esa organización en cuanto a lo administrativo, y continúe confiándolo a un concesionario particular, siempre puede y debe, en cuanto a la parte artística, conservar una plena soberanía y ejercitarla e imponerla de modo que el teatro Español, no sólo responda a sus tradiciones, sino que venga a ser –como debe- la academia, la escuela y el museo de nuestro glorioso arte dramático[19].

Junto a esta necesidad de crear un teatro de arte, un teatro público, abogaba, asimismo, Machado, por una escuela de arte dramático, donde los actores pudiesen trabajar todas las materias (dicción, interpretación…) necesarias para llevar a escena con sublime calidad estas obras que serían el inicio de una regeneración del arte dramático:

… a la formación de una compañía dramática adecuada a la empresa de la regeneración de nuestro Teatro.

[…]

¿Será el Conservatorio, docta y hábilmente dirigido, el creador de un plantel de actores preparados para este género y aleccionados con preferencia en la clara dicción, en la vocalización exquisita, en el sentido del ritmo y de la rima, en el conocimiento detallado de las épocas históricas y, finalmente en el amor de la poesía y en el respeto de las obras maestras que, para ser su verdadero intérprete se requiere?

[…]

En la representación de «Hamlet», de «La vida es sueño», de «La estrella de Sevilla», de «El avaro», lo que interesa particularmente es Shakespeare, Calderón, Lope, Molière, y es punto menos que criminal, y desde luego de un repugnantísimo mal gusto, en un actor, pensar en el propio lucimiento[20] a expensas de la integridad o de la tonalidad del drama.

[…]

Por otra parte, la dificultad de formar una compañía para la representación de nuestras obras clásicas –fondo principal del Teatro Español-, no es tampoco insuperable, dado que el reparto de dichas obras comporta un escaso número de primeros papeles: un galán actor dramático, una primera actriz, dos damas jóvenes, un buen segundo galán, un actor de carácter y un gracioso, compondrían casi absolutamente el cuadro principal. Los personajes secundarios, lo son, en general tanto, que fácilmente se les hallaría intérprete. Para estos casos pudiera, como en otros países se hace, poner a contribución de los alumnos aventajados del Conservatorio –que completarían así sus estudios prácticos- mediante contratos especiales más o  menos efímeros[21].

Los tres artículos dan buena cuenta de las teorías dramáticas que luego aplicaron los hermanos en sus creaciones. Desde la importancia de cultivar a los clásicos y los románticos (como en Desdichas de la fortuna o Julianillo Valcárcel, Juan de Mañara, o La duquesa de Benamejí), pasando por la importancia que le da al Teatro Español (donde ellos estrenaron su último drama, La duquesa de Benamejí) y a la compañía Guerrero-Díaz de Mendoza (que estrenó su primer drama original Desdichas de la fortuna o Julianillo Valcárcel).

Estas teorizaciones sobre el teatro nuevo de Manuel Machado que, como ya hemos apuntado, quedarían retratadas en su creación dramática, nada tendrán que ver con las posteriores teorías sobre “reteatralización” que surgieron en la escena española y que solo se verán representadas en el último drama de Antonio Machado El hombre que murió en la guerra.

Pero no sería esta la primera vez que el crítico se refería a la forma de hacer teatro. El 18 de enero de 1917, en la crítica a Las Máscaras de Don Juan, de Ceferino R. Avecilla y Manuel Merino, afirmaba:

Para que el teatro no sea un artificio poco menos que despreciable, tiene que ser un arte punto menos que divino. O tratar de serlo. Un paso en el camino, es camino. Fuera de que “ars longa, vita brevis”, no a todos es dado llegar a la meta. Pero tropezar y aun caer, por alzar los ojos a la cima, es siempre más gallardo que caminar sobre seguro, baja la vista y sin otro fin que el de asentar el pie.

Ahora bien; la cima en el teatro está en crear personajes vivos, como los que rodeamos en la calle, verdaderos hombres y mujeres verdaderas, que con las eternas pasiones por móvil dan lugar a todos los dramas del mundo, esos dramas que el pueblo, más filósofo que nadie y más complejo y más claro que mil psicólogos, dramaturgos y cuentistas encierra en una frase bien sencilla y definitiva: «cosas de hombres y mujeres»[22].

Manuel Machado, que siempre estuvo interesado por “lo nuevo”, dedicó, asimismo, columnas periodísticas al gran invento del siglo XX: el cine. Bajo el título “La cuestión del cinematógrafo” refería las dificultades y aciertos que tan singular invento había venido a alterar la vida teatral madrileña:

Ante todo –se pregunta [Manuel Machado]-, ¿cuál es el verdadero encanto del cinematógrafo? La vida. La reproducción viviente y animada de la realidad. Más que cromática, más que fonética, la vida es cinemática.

[…]

¡Oh, sí, el verdadero encanto del cinematógrafo es… una conquista más sobre la Muerte![23]

Gran entusiasta de este nuevo invento, encontraba un pequeño inconveniente:

El cine-teatro, es decir, las creaciones de la fantasía llevadas al cinematógrafo, constituyen, sin embargo, lo que más priva y lo único que se discute[24].

Paradojas de la vida, él mismo sería uno de los dramaturgos llevado a la gran pantalla. Su obra de mayor éxito, La Lola se va a los puertos, fue filmada en dos ocasiones, con la misma poca fortuna. En ninguno de los dos casos se mantiene la esencia del drama y se pierde de vista la importancia del personaje de La Lola, en su personificación del cante hondo, tan arraigado en la figura de ambos hermanos, y del de Heredia, representación de la filosofía popular española.

Con todo Manuel Machado se enfrenta a los “enemigos acérrimos” del cine:

Oigamos a los contrarios: abuso del melodrama lacrimoso y sentimental. Escuela del vicio con los dramas policíacos. Pervertidor del gusto con las eternas astracanadas de Charlot o de Toribio…

Pero, señores míos, ¡el melodrama ni el folletín policiaco son, por ventura, creaciones del cinematógrafo! ¿No tiene éste, acaso, la ventaja de servírnoslo sin palabras, al menos?

Y en cuanto a las astracanadas «vaudevillescas», que aquí se detienen mudas, aunque expresivas, sobre la tela blanca, ¿no nos las prodigan a diario, de telones adentro, gentilmente aderezadas con un colmo de colmos y chistes eméticos?

[…]

En cambio, ¿qué teatro podría darnos hoy en España esas maravillosas reconstrucciones históricas, verdaderos cuentos de hadas, que se llamas «Quo Vadis» […]?

[…]

Los grandes autores han visto sus grandes obras reproducidas ventajosísimamente por el «cine», en cuanto a la apariencia artística.

[…]

Y en el terreno puro y universal del Arte, ¿cuándo flotará más alta nuestra bandera y nuestro nombre que el día que –en tela encantada y encantadora de los cinemas europeos- pueda aparecer sobre el llano manchego la inmortal figura de Nuestro Señor Don Quijote?[25]

No serían estas sus únicas opiniones volcadas en las columnas periodísticas. En un artículo publicado en El Liberal afirma Machado, defendiendo la aceptación del teatro bufo, como una forma dramática correcta:

Para atreverse con el teatro bufo, grosero (como usted [se refiere a Tomás Borrás] quiera llamarlo, menos cuadrúpedo), sólo hace falta desenfado, ingenio, gracia, oportunidad, aparte de innegable habilidad de comediógrafos, que tienen un Arniches, un Álvarez, un Muñoz Seca, y que ya constituye un mérito positivo. Atreverse a lo bufo no es alentar a nada, no es osar a cosa respetable, no es pretender la alta estimación de nadie. Y no hay derecho ninguno a vituperar y menos a desconsiderar a los que lo cultivan. Ni a pedirles cuenta de ambiciones que no tienen[26].

Con este artículo pretende Manuel Machado dar por bueno un tipo de dramática que estaba muy en boga en el primer tercio del siglo XX. El género bufo, siempre que se aprecie como tal, es tan válido como cualquier otro género dramático, dice el autor. Pero con la frase “Ni a pedirles cuenta de ambiciones que no tienen” deja Machado claro que de ese género no se puede esperar un acierto dramático ni literario, simplemente un acierto de gracia que puede satisfacer a un público, a veces angustiado por una situación histórico-social penosa, como la que se estaba desarrollando en España en aquellos años.

Muchas veces, este público, hastiado de las vicisitudes de la vida cotidiana, acudía al teatro como medio de distracción, como evasión. No olvidemos que este artículo está escrito en 1916, en plena recesión económica tras la I Guerra Mundial que, paradójicamente, había traído bienestar social durante los años anteriores.

Continúa Manuel Machado con este artículo sobre los géneros teatrales haciendo una crítica explícita a los que cultivan el arte dramático, sin tener conocimientos ni preparación para ello:

En cambio, toda la severidad de la censura y aun todo el desprecio de los hombres discretos me parece poco para aquellos que, sin una honda  preparación, sin altura y sin fuerza mental ejercitada, contrastada en el estudio, en la observación, sin talento siquiera para dudar, tienen la inaudita osadía de atacar el arte dramático en serio y la ridícula pretensión de hacernos pensar y sentir, de inquietar lo sagrado de nuestro espíritu con dramas y comedias que no están pensados ni sentidos en la realidad; con obras en que el conocimiento de las pasiones y el del medio de manifestarlas brilla por su ausencia, ignorantes del arte y de la vida, retóricos, y borréicos, puerilmente pedantes y empachados de vaga, desordenada y pobre literatura, han invadido la poesía, la novela y el teatro; el teatro, sobre todo, donde, en vez de los grandes hechos que desnudan a las almas, abunda la pura conversación, que las disimula y las oculta; el teatro, donde no «ocurre nada», o casi nada, y se habla, se habla eternamente para desesperación del mísero auditorio (que se va al cine, al melo-folletín, a la astracanada); no al teatro con amantes que no se hacen el amor y enemigos que no se matan; un teatro atónito, sin sentimientos, sin hechos, un drama (όράώ: hacer); un teatro verdadista, abrumadoramente literario. Un teatro sin pasión, sin movimiento, sin amores, sin muerte… y sin vida. Un teatro compuesto casi exclusivamente de cabezas parlantes». Y ¡qué cabezas, por lo general![27]

Esta abierta crítica a quienes hacen, y permítaseme el término, un no-teatro, forjará las bases sobre las que posteriormente los hermanos Machado plasmaran toda su teoría teatral y su creación dramática, basada, principalmente, en la acción y el diálogo, como centro de su composición.

Por último, indica Machado quién es el verdadero enemigo del teatro, dándonos pequeños apuntes biográficos de su faceta como crítico.

No le canso más. Que yo no voy contra lo serio, sino contra lo pseudoserio, que no voy contra el arte, sino contra el artificio torpe y huero. Y habrá usted notado que aun en eso no soy tiránico, y que llamo a muchas cosas medianas, aunque me parecen, ¡y lo son!, rematadamente malas[28].

No es a lo que cae fuera del arte a lo que hay que combatir. El enemigo lo tenemos en casa. El enemigo de nuestro teatro tal cual es, sobre todos, la literatura mal dirigida, la literatura, que, como fondo de los dramas hace de la vida una pura conversación hueca, una sombra chinesca y caricaturesca de la realidad, sin virtud y sin alma, y que, como forma, no tiene importancia ninguna en el teatro. ¡Si yo le dijera a usted que Bernstein escribe mal, ¡muy mal! Y si le hiciera notar que Benavente escribe aún peor, y que ambos lo saben, y que se les da un ardite, porque saben, también que son los dos más grandes dramaturgos de Europa…[29]

Como muchos otros cronistas teatrales, también Manuel Machado comentó la tan reiterada crisis teatral. A ella se refería en los siguientes términos:

El público ha dictado ya «grosso modo» su fallo sobre el total. La temporada ha sido, dice, en general, mala; pésima, añaden los mal humorados.

Por su parte, los organizadores de espectáculos –empresarios y directores de teatro- no encuentran nada mejor que quejarse del público y declararse punto menos que impotentes para buscarle el gusto.

El éxito innegable de algunas producciones dramáticas o finamente cómicas en esta misma temporada me afirma en tal opinión. Pero lo que más en ella me ahinca es el fracaso iniciado ya francamente, y cada día más acentuado y palpable, de las grotescas bufonadas antiartísticas que con el remoquete de astracanadas habían invadido la escena española sin tasa ni medida. La burda inocencia de tales farsas –que tienen su lugar propio, empero, y su modesto sitio en determinados teatros- no satisface ya las exigencias artísticas de un público en que las gentes de buen gusto empiezan a predominar, dándole un nivel y un tono incompatible con ciertas ordinarieces. Alguna gente se ríe todavía un poco con ellas y otro poco de ellas; pero cada día les escatima más severamente el aplauso[30].

Unos años más tarde, entre 1933-34, colaboró Machado en una sección fija del diario La Libertad. En una serie de artículos bajo el título “Antena”, abordaba temas de actualidad a través de la poesía popular, tal y como habíamos visto años atrás en sus colaboraciones de La Caricatura. No incluiremos aquí todas estas colaboraciones[31], pero sí indicaremos la importancia que tuvieron algunas de ellas por su relación con el teatro y toda la teoría teatral que apareció recreada en la dramaturgia conjunta machadiana.

Durante toda esta época de colaboraciones en La Libertad, Machado se granjeó no pocos enemigos; aunque también, algunos amigos con los que compartiría su afición a la música. De entre ellos destaca su amistad con el músico Óscar Esplá. Con él, una vez llegada la República, en los primeros meses de 1931, trabajó en la composición del posible himno de la República. El 26 de abril de 1931 ponían letra y música a este himno, que solo se oiría una vez en el Ateneo de Madrid, pues se decidiría continuar con el himno de Riego.

Pero no sería esta la única vez que el poeta dramaturgo mostrara su adhesión a la causa republicana. En una entrevista (sin datación exacta) publicada por el periodista Viu, Manuel y Antonio Machado se manifestaron como “convencidos republicanos”[32]:

La República es la forma racional de gobierno, y por ende, la específicamente humana. Contra ella pueden militar razones históricas, místicas, sentimentales, nunca razones propiamente dichas, que emanen del pensamiento genérico, la facultad humana de elevarse a las ideas. Por eso la República cuenta siempre con el asentimiento teórico de las masas, con sólo que éstas alcancen un mediano grado de educación ciudadana. Se requiere una abogacía muy sutil para convencer al pueblo de los motivos pragmáticos, nada racionales, que le aconsejen inclinarse a otras formas de gobierno. En España, esta abogacía ha fracasado. Porque a la monarquía española no la abona ya, a los ojos del pueblo, ni el éxito a través de la historia, ni el sentimiento religioso, ni siquiera el estético. No tiene defensa posible, y en verdad, nadie la defiende[33].

Esta faceta republicana le supuso a Manuel Machado el encarcelamiento. Durante los primeros días del levantamiento militar, Manuel se encontraba en Burgos con su esposa Eulalia Cáceres, visitando a la familia de ésta. Allí, denunciado por algunos fascistas, por ser personaje público conocido por todos y afín a la República, fue encarcelado. Las gestiones de la hermana de Eulalia, consiguieron sacar a Manuel de allí. Aquello supuso la renuncia a las ideas con las que siempre había comulgado:

Parece ser que, en aquellos momentos confusos, Manuel, al darse cuenta de lo que estaba ocurriendo a su alrededor, o que iba a ocurrir de un momento a otro, trató de volver con Eulalia Cáceres a Madrid, pero que perdieron el último autocar. La ciudad castellana cayó enseguida en manos de los sublevados, y se inició allí una dura represión de los elementos «rojos». Manuel, cuyos sentimientos republicanos acaso eran conocidos de algunos de los gerifaltes fascistas locales, pasó al principio unos ratos muy difíciles, e incluso estuvo detenido durante los primeros momentos. Liberado gracias a las gestiones de su mujer y de Carmen, consiguió trabajo, como corrector de pruebas en el diario burgalés El Castellano, y antes de terminar agosto ya está inscrito en las filas de la Falange[34].

El 6 de enero de 1937, tras su encarcelamiento en Burgos, Manuel Machado publicó en la prensa una poesía dedicada a Franco que le tildaría, ya para siempre, como “franquista”[35]:

¡España!

Ayer fuera el Alcázar de Toledo,

Con su nuevo Guzmán, sol en la Historia…

Hoy, émula en honor, dolor y gloria,

La epopeya magnífica de Oviedo.

Y en Galicia, Navarra, y en Castilla

Y en Aragón… derroche de arrogancia.

Y la gracia feliz, y la elegancia

Con que a la Muerte “toreó” Sevilla:

¡Oh, la España de Franco, baluarte

Contra la plaga asiática en Europa!

¡Siempre volcada a la tremenda hazaña!

¡Oh, de la guerra la pasión y el Arte…

Madre de Mundo, de titanes tropa…

España única y grande. ¡Arriba España![36]

Así se sucedieron unos años de afinidad al Régimen que ha costado el olvido del poeta dramaturgo. Esta faceta dramática olvidada, desfavorece también las aportaciones que Antonio hizo a la dramaturgia del primer tercio del siglo XX, así como a sus teorías teatrales. Por otra parte, y como ya hemos explicado anteriormente, también esta etapa ensombreció las aportaciones teóricas que el mayor de los hermanos hizo al teatro de aquellos años; aportaciones, en muchas ocasiones, mucho más vanguardistas que las de otros autores que continúan vigentes en los estudios dramáticos.

No vamos a negar aquí su adhesión al régimen franquista, pero tampoco nos gustaría que quedaran olvidadas algunas de sus opiniones, aparecidas en columnas periodísticas, en contra de una dictadura que había llevado al exilio y la muerte de su hermano y su madre.

Son artículos que se publicaron en el diario abc principalmente a partir de 1946, algunos de ellos censurados en su última parte, de forma muy hábil, emborronando las últimas líneas, como si de una errata se tratara.

En el artículo aparecido el 17 de septiembre de ese año, Manuel dejaba clara cuál era su postura ante la dictadura; postura que, por otra parte, para lo único que sirvió fue para abandonar en un oscuro rincón la literatura, la poesía, sus escritos teóricos sobre teatro, un sinfín de críticas teatrales, y la dramaturgia conjunta con su hermano Antonio.

Bajo el título “Pasando hambre…” describía Manuel:

Hoy por hoy, en todo caso, la verdadera plaga es el hambre… Se ha destruido mucho en estos años de guerra… El campo, la tierra, sólo fue campo de batalla y tierra para enterrar… Las industrias solo produjeron máquinas destructoras…

Con lo que costaban las municiones gastadas en un día, podría haberse hecho la fortuna de muchas familias. Y con la totalidad de lo empleado en matarse… acaso se hubiera podido vivir[37].

El 17 de diciembre de 1946 en “«Caballería» e Internacional” daba la bienvenida a una Sociedad de Naciones; Sociedad de Naciones que debería apoyar al más débil y no al más fuerte, como había ocurrido hasta ese momento:

Que venga, pues, enhorabuena la nueva Sociedad de Naciones, porque –ésa es otra- de un poder superracional no hay que evadirse si queremos evitar los horrores de una nueva guerra; pero que esa Sociedad no venga como consecuencia de la victoria del más fuerte y para garantía –innecesaria- de su tranquilidad y provecho, ni menos como la imposición arbitraria, drástica y violenta, de una ideología política y social, que ha desembocado ya en dos guerras feroces y asoladoras de esa misma civilización material –y materialista- de que blasonan los nuevos arreglamundos, antes bien, como la salvaguardia del débil, inteligente y bueno, triunfo de la calidad sobre la cantidad, apoyo de la razón y la justicia, amparo de los sentimientos nobles y generosos; garantía, en suma, de que Don Quijote no será más apaleado por los yangüeses[38].

Pero no era esta la primera vez que Manuel Machado adoptaba una postura crítica ante la política. Una década antes, en 1937, ya se había decantado por esta escritura crítica frente al Régimen, que atacaría en sus columnas periodísticas. Él mismo sufrió la censura en la publicación de sus propios artículos. Uno de ellos, “Intenciones. Hombres” apareció con las últimas líneas emborronadas. El artículo trataba sobre la última publicación del libro de Miguel Artigas Ferrando sobre la figura de don Luis de Ulloa y Pereyra, escritor y amigo del Conde-duque de Olivares.

Hasta la fecha nadie a encontrado el original que nos indique cuáles fueron esas frases tan irreverentes que no podían aparecer en el diario. Lo que sí tenemos son las últimas líneas visibles de ese artículo, que dicen:

Y entonces, con una mezcla de cariñoso reproche y de amargo reconocimiento de la realidad, hubo de decirle: “Está visto que aquí, para tener hombres, hay que irlos a buscar. Porque los que vienen a ofrecerse, o no lo son, o son los más ruínes.”

¡Brava palabra la del conde duque! ¡Brava y magnífica sentencia, digna de esculpirse en mármoles y bronces[39].

A estos artículos ya se refirió en su día Miguel d’Ors, en un intento por rescatar la figura del autor. En un artículo aparecido en la revista Ínsula en 1985 afirmaba:

Hay, sin embargo, en el último Manuel Machado una faceta casi absolutamente ignorada cuyo conocimiento puede afectar a ese tópico y que por ello me parece importante revelar. Me refiero a su dimensión de crítico del franquismo.

He escrito arriba «casi absolutamente» porque ya Gordon Brotherston apuntó, aunque de manera sucinta y algo confusa, la aparición de ciertos síntomas de disidencia en el Machado de los años 40.

[…] la identificación de Machado, hombre de talante y formación liberales y desde 1936 profundamente católico, con la ideología del Movimiento no parece haber llegado a ser absoluta e incondicional, a pesar de las apariencias, ni siquiera en los años de la guerra (en  lo que, por otra parte, don Manuel contribuyó considerablemente a la propaganda «nacional»). Así nos lo indica la intervención de la censura gubernamental en el artículo de Machado «Intenciones. Hombres», que apareció en la primera página del ABC de Sevilla del 10 de septiembre de 1937 con la última parte de su texto cuidadosamente emborronada[40].

De esta censura tenemos justificación gracias al recopilatorio de cartas realizado por el investigador Pablo González Alonso:

En la misma época, dentro de aquel mismo ambiente de confusión todavía tras la reciente guerra, está escrita la carta de Francisco de Cossío comunicando a Machado la censura de dos artículos suyos, en ABC, «por razones –dice- que le explicaré de palabra»; era el fin de septiembre de 1939[41].

Durante el año de 1946, el descubrimiento de la bomba atómica y sus consecuencias, fue noticia durante muchos meses en la prensa. También Manuel Machado se hizo eco de este “progreso (?) científico” y dedicó unos cuantos artículos a criticar el nuevo hallazgo. En todos ellos, con una enorme ironía, enjuicia a quienes apoyan la manipulación y distribución de la bomba atómica, descubierta –o al menos sacada a la luz- al año siguiente de finalizar la II Guerra Mundial:

No quisiera ponerme demasiado serio… Porque al fin y al cabo puede que la cosa no valga la pena de amohinarse mucho…

Pero a mí este año de gracia de 1946 me preocupa… Y si dijera que me “asusta”, no creería exagerar demasiado.

[…]

Si piensa que la tierra debe servir para algo más que para enterrar. Y que también podemos andar sobre ella y arrancarle “el pan de cada día”…

Si encuentra grato respirar el aire y beber el agua sin temor al veneno…

Si está un poco cansado de la violencia grosera, y a la larga inútil, porque al fin hay que hablar…

Si abomina sinceramente de la cobardía heroica y de la tragedia fea de una guerra que convierte a los hombres en máquinas de matar y de morir –carne de cañón y cañón de carne- sin verse siquiera los unos a los otros…

[…]

Pero si así no fuera y –como ya predicen agoreros siniestros- el hombre se obstina en preferir a la sonrisa y el beso, la patada y el tiro… Y al abrazo fraternal, el “quijanazo” chinesco…

Entonces en una pugna espantosa, en que la bomba del “supremo deshacedor” hará lo suyo…, la Humanidad se habrá suicidado.

Pero, entonces, me diréis, no se habrá perdido gran cosa…

Conformes de toda conformidad[42].

Así comenzó el año de 1946 para Machado, quien aprovechaba su columna periodística en el abc para continuar criticando una actitud, no solo hacia quienes en los laboratorios estudiaban un arma, hoy llamaríamos de destrucción masiva, sino que, además, lanzaba duras críticas hacia quienes apoyaban esta gestión.

Parece que se aproxima la época triunfal del sentido común. Una nueva concepción del mundo y de la vida, como consecuencia de los últimos progresos (?) científicos, sobre todo los de la Física corpuscular y la Química nuclear…

[…]

Para ello habría que poner en juego el sentido común. Y, lo primero, desprenderse de una serie de tópicos que fingimos o creemos sinceramente entender, aunque no son –a poco espacio que se miren- sino verdaderos “camelos” incomprensibles, logomaquias sin la menor realidad ni existencia. “Palabras, palabras y palabras”, que dijo Hamlet…

[…]

… me atrevería yo a proponer que, así como en varias épocas del año impone nuestra Santa Religión a damas y caballeros ciertos “Ejercicios espirituales” en que fue maestro insuperado el gran San Ignacio, se dieran también a caballeros y damas unas buenas tandas de “Ejercicios” de sentido común, para enseñarles a pensar con la cabeza sobre la verdadera realidad de la vida actual y a ajustar la conducta a la lección que de los nuevos hechos se desprende[43].

Otros artículos recogían más claramente una invectiva a la dictadura de Franco. El artículo aparecido el 2 de abril de 1946 dice así:

Se puede morir por una idea.

No se puede matar por una idea.

Idea que empieza por matar no triunfa.

Nunca.

[…]

El nazismo y el fascismo… Cayeron vencidos.

Porque empezaron matando, drásticos y violentos.

[…]

A los que se acogen al finis coronat opus, el fin justifica los medios, hay que decirles que no; que el bien no basta con hacerlo[44].

Y en referencia a esta postura de Manuel Machado, reseñar un artículo publicado el 6 de marzo, en el que a modo de cuento, narra la aventura de Gerardo Liaz Vázquez, personaje que se le aparece en un sueño, para mostrarle el fin del mundo. Nos han llamado la atención ciertos párrafos del artículo en los que, parece, el autor pide una revisión de su figura: habla de las ganas de morir porque no soporta más la carga que lleva a cuestas, habla de su buen comportamiento como “penado” y de la revisión de su causa:

– No tanto… Dos mil años, mal contados, no son nada comparados con la eternidad.

– Son lo bastante para darse cuenta de lo poco que el hombre ha variado en ese tiempo.

– Pero ha progresado.

– O  regresado… La guerra, por ejemplo, es hoy mucho más estúpida e ineficaz que en los buenos tiempos de Horacios y Curiacios, o de los juicios de Dios, sin ir tan lejos…

– ¿Ha tomado usted parte en muchas batallas?

– Activamente en ninguna… No pudiendo morir yo, me hubiera parecido inicuo blandir o disparar un arma contra nadie.

– ¿De modo que sigue usted condenado a vivir y andar eternamente?

– Desde luego… Aunque el rigor de mi condena se ha atenuado bastante. Ya hace tiempo que se me permite detenerme y descansar algunos ratos… Parece que en Altas Regiones se aprecia mi buena conducta de “penado” y hasta se me disculpa vagamente un tanto[45], pensando que a mí no me pasó nunca por la cabeza que un condenado a muerte pudiera ser Dios… En mi vida relativamente larga he comprobado que la mayoría de los hombres ha pensado sobre poco más o menos lo mismo, aun después de haber visto y sabido pertinentemente lo que yo entonces no pude imaginar siquiera[46]… Pero, además, tengo motivos especiales para esperar que la revisión de mi causa está próxima.  Acaso muy pronto pueda yo dormir… Y morir, que es, de momento, mi aspiración suprema[47].

[…]

– Justamente… Pues ya sabe usted que se viene cumpliendo con bastante exactitud [se refiere a la profecía de San Malaquías del fin del mundo] y se diría que los hombres tienen interés en sacarla verídica de todo punto[48].

Finalmente, nos gustaría incluir unas líneas de un artículo de esta misma época, publicado un año antes de su muerte. Se hacen claras referencias a la política de izquierdas que había triunfado en otros países y que en España había sido aniquilada con la llegada de la dictadura de Franco:

España del XIX, tan simpática y tan disparatada… Una España que empezaba por reírse del hambre… ¡Cuántas vueltas ha tenido que dar el mundo para que en España el hambre se trocara en algo trágico… -precisamente cuando dejó ser hambre-, para convertirse en socialismo, anarquismo, comunismo… cosas serias incapaces de risa y aun de sonrisa…

[…]

Lo que yo no aseguraría es que ese tipo del luchador, desaparecido en los últimos años del XIX, no haya sido un primer “avatar” –en todo caso el precursor- de un Lenin o de un Hitler…[49]

Los últimos versos que conservamos de Manuel Machado son los dedicados al poeta Manuel de Falla, escritos unos días antes de morir, y que fueron publicados el 21 de enero de 1947, por el diario abc, en su portada, en un artículo de Luis Calvo, bajo el título “El poeta de la gracia”.

El artículo reproduce una fotografía con las últimas cuartillas del poeta:

Los últimos versos que escribió Manolo Machado  -ya en cama y doliente del mal que apagó el domingo su vida- prendieron en un puro ardor lírico que se sobreponía momentáneamente a la fiebre corporal: Psiquis, con su lámpara de ágata en la mano, buscando, por el sendero oscuro e inexorable, la belleza sempiterna y la suprema diafanidad.

Resuena Falla…

Manuel de Falla… Manuel

de Cádiz y de Sevilla.

Manuel de la seguiriya,

de la almendra y del clavel…

Sólo él

hizo en el mundo sonar

y al mundo entero admirar

lo que entendíamos pocos

amantes sabios y locos

de poesía popular.

Ay, noches del Albaicín

de luna desparramada.

Ay, ponientes de Granada,

de caramelo y carmín.

Ay, jardín,

milagro de sombra y flor,

del saber y del sabor.

De toda mi Andalucía…

que sin ti no se sabría

Manuel, supremo cantor!

Ángel, sombra, gracia, aquel…

Desde la cumbre nevada

a la falda caldeada

desde la piedra al vergel!

Y al pie de él

el cantar de las ondinas,

las campanas submarinas

de Atlántida, allá en lo hondo,

del glauco imperio del fondo

las melodías divinas.

¡Ay, Manuel!

que solo las oyó él.

Ángel, sombra, gracia, aquel…[50]


[1]. Después vendrían Antonio, Rafael (que falleció cuando contaba poco más de un año), una niña (de la que no se sabe el nombre y que, como el anterior, falleció cuando no había cumplido un año), José, Joaquín, Francisco, Cipriana (que falleció a los quince años), y Ana (que falleció al poco de nacer).

Puede consultarse el árbol genealógico completo en Ian Gibson: Ligero de equipaje, Aguilar, Madrid, 2006, pp. 642-643

[2]. Machado, Manuel; José María Pemán: Unos versos, un alma y una época,  Ediciones Españolas, Madrid, 1940, p. 33

[3]. Pérez Ferrero, Miguel: Vida de Antonio Machado y Manuel, Espasa-Calpe/Austral, Madrid, 1952, p. 38

[4].  Machado, Manuel; José María Pemán: Unos versos, un alma y una época,  Ediciones Españolas, Madrid, 1940, p. 50

[5]. El poema que aparece en la tercera página de El Porvenir, el 28 de septiembre de 1896, se titula «Fin de siglo»:

Vedle, es el siglo; trémulo y cansado

al pronto fin dudoso peregrina,

y a la ignota región donde camina

mira con turbios ojos fatigado.

Como todo, al morir, tiembla animado

del último fulgor que lo ilumina;

mas luego, al pecho la cabeza inclina,

el cuello a los recuerdos doblegado.

¡El siglo va a morir! Y antes, doliente

vedle oscilar al pálido reflejo

del adiós vago, de la luz poniente;

sintiendo al fin de su dudar perplejo,

un mundo nuevo allá bajo la frente,

y aquí, en el corazón, un mundo viejo.

Alarcón Sierra, Rafael: “La prehistoria de Manuel Machado” Revista de Literatura, LVII, 113, 1995, p. 116

En el artículo se pueden consultar todas las poesías publicadas en estos años por Manuel Machado. Se incluye, asimismo, en éste el cuento «Solo» publicado en El Porvenir el 11 de octubre de 1896; que había aparecido anteriormente en La Caricatura, nº 62, página 11, el 24 de septiembre de 1893 (Sección: “En serio y en broma”)

[6]. Se dedicaron a la parte referida a los verbos.

[7]. Alarcón Sierra, Rafael: “La prehistoria de Manuel Machado” Revista de Literatura, LVII, 113, 1995, p. 125

[8]. Manuel Machado en su Unos versos, un alma y una época data esta obra de 1911, aunque la primera edición localizada en la Biblioteca Nacional está fechada en 1912.

Cante Hondo (1911). Primera edición. (Van ya diez.) Cantares, canciones y coplas al estilo de Andalucía.

Machado, Manuel: Unos versos, un alma, una época, Ediciones Españolas, Madrid, 1940, p. 90

[9].  García-Abad García, Mª Teresa: “La crítica teatral de Manuel Machado en La Libertad (1920-1926)” en Revista de Literatura LIII, 106, 1991, p. 539

[10]. op. cit. p. 548

[11]. Machado, Manuel: Un año de teatro (ensayos de crítica dramática), Biblioteca Nueva, Madrid, 1918

[12]. Ibídem.

[13]. Los tres artículos a los que nos vamos a referir a continuación se publicaron ocho años más tarde, en 1926, en La Libertad, en las siguientes fechas: 18 de marzo, 26 de marzo, y 22 de abril.

[14]. Machado, Manuel: “Hacia un teatro nuevo” en El Liberal, 25 de julio de 1918 (portada)

[15]. Ibídem.

[16]. Ibídem.

[17].  Machado, Manuel: “Hacia un teatro nuevo (II)” en El Liberal, 2 de agosto de 1918 (portada)

[18]. Machado, Manuel: “Hacia un teatro nuevo” en El Liberal, 25 de julio de 1918 (portada)

[19]. Machado, Manuel: “Hacia un teatro nuevo (II)”, en El Liberal, 2 de agosto de 1918 (portada)

[20]. Esto fue lo que ocurrió con Lola Membrives, en opinión de Antonio Machado, en la interpretación de La Lola se va a los puertos. Este aspecto se detallará cuando hablemos de la correspondencia mantenida entre Antonio Machado y Guiomar.

[21].  Machado, Manuel: “Hacia un teatro nuevo (III)” en El Liberal, 26 de agosto de 1918 (portada)

[22].  Machado, Manuel: Un año de teatro (ensayos de crítica dramática), Biblioteca Nueva, Madrid, 1930.

[23]. Machado, Manuel: “La cuestión del cinematógrafo” en El Liberal, 1 de diciembre de 1916, portada.

Reproducido, con algunas variantes, aunque no pierde su sentido original, en La Libertad, el 27 de mayo de 1926.

[24]. Ibídem.

[25]. Ibídem.

[26]. Machado, Manuel: “Del telón afuera. Sobre los géneros teatrales. A Tomás Borrás” en El Liberal, 6 de febrero de 1917

[27]. Ibídem.

[28]. Aspecto este que le fue criticado en muchas ocasiones. Se le consideraba excesivamente benévolo en sus críticas teatrales, llamando, como muy bien dice él mismo en este artículo, mediano, a lo rematadamente malo.

[29]. Machado, Manuel: “Del telón afuera. Sobre los géneros teatrales. A Tomás Borrás” en El Liberal, 6 de febrero de 1917.

[30]. Machado, Manuel: “Sobre la crisis teatral y los medios de conjurarla. Hacia un nuevo y gran Teatro” en La Libertad, 18 de marzo de 1926.

El artículo ya había sido publicado, parcialmente, ocho años atrás en El Liberal (el jueves, 25 de julio de 1918)

Por otra parte, destacar aquí la diferencia de opinión de Manuel Machado sobre el astracán. Recuérdese el artículo publicado en El Liberal, en el que, en carta dirigida a Tomás Borrás, hacía especial hincapié en la importancia de este género, siempre que estuviese bien construido. Ocho años más tarde, Manuel Machado ve en el astracán uno de los motivos de la crisis teatral; probablemente, y a nuestro juicio, porque el astracán se había convertido en algo “bufo”, no teatral, y porque, a tenor de las reflexiones que realiza, el público había empezado a cambiar y buscaba una renovación en el arte dramático.

Además, cabría destacar otra serie de artículos publicados, años más tarde, en La Libertad, sobre este asunto:

–        “Sobre la crisis teatral”, 4 de septiembre de 1926, p. 4

–        “Sobre la crisis teatral. II”, 10 de septiembre de 1926, p. 4

–        “La crisis teatral: Los empresarios.-El director.-La crítica”, 1 de octubre de 1926, p. 4

[31]. Hemos localizado una serie de artículos en esta sección, que aparecía en la portada del diario, y en la que también participaron Víctor de la Serna, Pedro de Répide, Emilio Carrere, Cristóbal de Castro y Eduardo Haro, que recogen a través de la poesía un compendio de retales de la vida cotidiana; desde Pierrot y Arlequín hasta las mujeres de Romero de Torres, muchos de los aspectos de la vida cultural de aquellos años quedan reflejados en estas colaboraciones.

A continuación anotamos las fechas y los títulos de esta participación en La Libertad:

De 1933:

22 de octubre: “El mejor minero”

29 de octubre: “Blasco Ibáñez, el poeta” (p. 3)

3 de noviembre: “Salón de Otoño. Mujeres de Romero de Torres”

12 de noviembre: “Los pobres números”

19 de noviembre: “La isla ideal”

26 de noviembre: “La guitarra de Ángel Barrios”

3 de diciembre: “Literatura tendenciosa”

10 de diciembre: “La capa española”

17 de diciembre: “Frío”

26 de diciembre: “La Sagrada familia (Escuela sevillana)”

31 de diciembre: “Don José María Nadie”

De 1934:

7 de enero: “Tardes de Madrid”

14 de enero: “Canción de la calle”

21 de enero: “La canción del alba”

28 de enero: “La tragedia fea”

4 de febrero: “El «couplet»”

11 de febrero: “Carnavalina”

18 de febrero: “Piñata”

25 de febrero: “El traje de luces”

18 de marzo: “El Gallo ha vuelto”

25 de marzo: “Cante hondo”

1 de abril: “La «gloria» del sábado” (reproducido en anexo)

8 de abril: “La famosa crisis” (reproducido en anexo)

22 de abril: “Los empresarios” (reproducido en anexo)

29 de abril: “La ley, la orden, la paz”

6 de mayo: “Libros y libreros”

13 de mayo: “El teatro y el cine” (reproducido en anexo)

20 de mayo: “Mayo, gentil…”

27 de mayo: “Domingo”

3 de junio: “A Concepción Arenal”

10 de junio: “Lo más «práctico»”

17 de junio: “En la octava de San Antonio” (p. 3)

23 de junio: “Cavatina flamenca” (p. 3)

8 de julio: “Verano” (p. 3)

[32]. La entrevista no ha podido localizarse. Ésta fue remitida por Pablo del Barco a Jordi Doménech, cuando estaba compilando sus Prosas Dispersas. Brotherston fue el primero en hacer referencia a ella, pero la localizaba en el diario Ahora. Este diario fue revisado por algunos investigadores sin éxito alguno. Doménech apuntaba la posibilidad, por la tipología del texto, de que se localizara en el diario La Voz. Éste ha sido revisado por varios investigadores, entre ellos Ian Gibson, también nosotros, sin éxito alguno.

Jordi Doménech nos apuntó la posibilidad de que la entrevista pudiera haberse publicado en diarios republicanos de menor tirada, todavía hoy sin revisar.

Con todo, el texto se conserva, aunque no se sepa su datación exacta.

[33]. Viu, Francisco de: “Manuel y Antonio Machado disertan como convencidos republicanos” en Jordi Doménech, Prosas Dispersas, Páginas de Espuma, Madrid, 2001, pp. 685-688

[34]. Gibson, Ian: Ligero de equipaje, Aguilar, Madrid, 2006, p. 539

[35]. Fechada antes de la muerte de su hermano y su madre, y poco después de que a él le ayudaran a salir de la cárcel de Burgos. Téngase en cuenta la fecha de creación del poema, porque, al igual que en un momento de su historia, Manuel se decantó por seguir fiel al régimen franquista, también es cierto que años más tarde, especialmente tras la muerte de Antonio y su madre, utilizó las columnas periodísticas para criticar al régimen.

Igualmente no habría que perder de vista el interés que Manuel puso en que se estrenara la obra de Antonio, El hombre que murió en la guerra, incluyendo un prólogo y su firma, para que pudiera llevarse a escena. Con todo, la obra pasó por una cruel censura que no permitió la escenificación de toda la obra completa.

[36].  Machado, Manuel: “¡España!” en abc (Sevilla), 6 de enero de 1937, p. 5

[37]. Machado, Manuel: “Pasando hambre…” en abc, 17 de septiembre de 1946, p. 3

[38]. Machado, Manuel: “«Caballería» e Internacional”  en abc, 17 de diciembre de 1946, p. 3

[39].  Machado, Manuel: “Intenciones. Hombres”  en abc Sevilla, 10 de septiembre de 1937, p. 3

[40]. D’ Ors, Miguel: “Manuel Machado, crítico del franquismo” en Ínsula, nº 460, marzo 1985, pp. 17-18

[41]. González Alonso, Pablo: Cartas a los Machado, Diputación Provincial de Sevilla, Sevilla, 1981, pp. 243 y 289.

[42]. Machado, Manuel: “¿1946?” en abc, 15 de enero de 1946.

[43]. Machado, Manuel: “«Ejercicios» de sentido común” en  abc , 11 de octubre de 1946, p. 3

[44].  Machado, Manuel: “El quinto no matar” en  abc , 2 de abril de 1946, p. 3

[45]. No sería de extrañar que, algunos de los intelectuales exiliados, tras la muerte de su hermano, condenaran su actitud, al pasarse al régimen franquista, en vez de continuar fiel a sus principios republicanos, como había proclamado durante años, hasta el momento de la guerra civil y su encarcelamiento en Burgos.

[46]. Pudiera referirse al exilio de su familia. Él fue el único que permaneció en España durante la guerra civil. Uno de sus hermanos ya vivía en el extranjero, y Francisco, José, y Antonio salieron hacia el exilio una vez comenzada la guerra civil. Francisco, por aquel entonces funcionario de prisiones, partió hacia Argentina; los otros siguieron el “camino hacia el exilio” que hoy se conoce.

[47]. Aspiración que se cumpliría un año más tarde.

[48]. Y aquí vuelve Machado, seguramente para eludir la censura, a su tan reiterado tema de la crítica a una sociedad que con los progresos científicos quiere acabar con la vida humana.

Machado, Manuel: “El final de la historia” en  abc , 6 de marzo de 1946, p. 3

[49]. Machado, Manuel: “Españoles del XIX: «Un luchador»” en abc, 19 de marzo de 1946, p. 3

[50].Calvo, Luis: “El poeta de la gracia” en abc, 21 de enero de 1947.

Apuntes sobre MANUEL y ANTONIO MACHADO. De 1932 a 1939.

ANTONIO Y MANUEL MACHADO

         En septiembre de 1932 Antonio Machado es designado titular de la Cátedra de Lengua Francesa del Instituto Calderón de la Barca en sus instalaciónes de la calle Areneros (hoy Alberto Aguilera) que hacía pocos meses habían sido incautadas a los jesuitas. Estas habían sido las ubicadas en el magnífico edificio del anterior Instituto Católico de las Artes y las Industrias que los jesuitas tuvieron en él. Hoy en día, 2020 es posible visitar el aula en las que dio clases de francés nuestro poeta,

«ARENEROS». INSTITUTO CALDERON DE LA BARCA AL QUE FUE DESTINADO ANTONIO MACHADO

         Manuel Machado vivía en la calle Churruca número 15, principal derecha, vivienda cercana al Museo y a la Biblioteca Municipal del Ayuntamiento de Madrid, donde trabajaba como funcionario desde 1919, llegando posteriormente a Director del centro.

         Manuel y Antonio Machado se reunían casi todos los días de aquellos años en los que Antonio vivió en Madrid, posteriores a su regreso de su destino en Segovia en el que había permanecido desde 1919 a 1932. Normalmente eran por la tarde, aunque ocasionalmente también se encontraran algunas mañanas, especialmente los domingos o días festivos.  En los años anteriores éstas reuniones las tenían ambos hermanos en aquellos días en los que Antonio o bien estaba de vacaciones en la capital o bien regresaba a Madrid desde sus destinos en Soria, Baeza o Segovia; en estas últimas ocasiones solían coincidir con sábados y domingos, o días festivos o no lectivos. Realmente Antonio Machado siempre procuraba estar en Madrid si su trabajo le permitía desplazarse, en sus siempre presentes vagones de madera de tercera.

         Básicamente utilizaban los locales, de bares o cafeterías, en los que tenían sus conocidas tertulias, pero también en otros sitios en los que se encontraban más tranquilos al frecuentarlos solo ellos y alguno de sus hermanos.  Entre los primeros, donde se reunían por las tardes, merece mención especial el Café Varela, en la calle de Preciados. A horas menos habituales, mañanas o primeras horas de la tarde, era fácil encontrarlos en el Café Comercial de la glorieta de Bilbao, muy cercano a la calle Churruca, o en La Criolla, al lado del Museo Municipal en la calle Fuencarral.

CAFE VARELA EN LA CALLE PRECIADOS
CAFE COMERCIAL EN LA GLORIETA DE BILBAO

         Tenían otros cafés y otros horarios de los que apenas dan noticias y que utilizan para sus trabajos y colaboraciones teatrales. 

         Además siempre había, en el caso de Antonio, un café próximo a su casa donde desayunar antes de acudir al trabajo.  Salía de su casa en la calle General Arrando número 4, y en la contigua Santa Engracia solía entrar en algún café, donde si no tenía clase ese día, permanecía un buen rato escribiendo o sumido en sus pensamientos. Si tenía clase en el Instituto Calderón de la Barca bajaba caminando por la calle Luchana hasta la Glorieta de Bilbao, para desde ésta seguir por la calle Areneros / Alberto Aguilera hasta que legando a la Calle (ahora llamada) Blasco de Garay llegara a su destino, que estaba en la acera contraria.

CASA DE ANTONIO MACHADO EN LA CALLE GENERAL ARRANDO
CASA DE MANUEL MACHADO EN LA CALLE CHURRUCA 15

         En este recorrido pasaba por delante de un edificio situado en la citada calle Luchana esquina con la calle Covarrubias. En este inmueble, en una vivienda situada en un semisótano vivía una tía lejana de la familia Machado, por parte del apellido Álvarez. Era la tía Asunción Álvarez Guerra, muy mayor, que vivía sola y a la que Antonio Machado, y también el resto de sus hermanos, procuraban tener siempre presente y controlada. Mi madre, Leonor Machado Martínez, hija del hermano menor de Antonio y Manuel, Francisco, recordaba y me contaba que cuando con sus padres y hermanas iban a la casa de Antonio, en General Arrando,  él solía recordar y sugerir a su madre y a sus cuñadas que acudieran a visitar a la tía Asunción. Mi madre recordaba varias de aquellas visitas, en las que escuchaban a la tía Asunción contar historias de su juventud y adolescencia en tierras americanas, especialmente en Cuba y Puerto Rico.

         ¿Quién era esta tía llamada Asunción Álvarez Guerra?.  Poco sabemos salvo lo que  mi madre, Leonor. Machado, me contó y las deducciones e investigaciones que estas informaciones sugirieron y sugieren.

         Uno de los bisabuelos de Antonio Machado, de los hermanos Machado Ruíz, fue el extremeño, de Zafra, José Álvarez Guerra (en otro artículo o trabajo intentaremos apuntar una biografía de este abogado, político, militar, escritor y filósofo). Un hermano de José, el mayor de ellos, fue Juan Álvarez Guerra, también abogado, que desempeñó el cargo de Ministro de Gobernación en 1814, hasta que regresó Fernando VII, y que dejó de serlo con ocasión del golpe absolutista que impuso este monarca tras el conocido Manifiesto de los Persas, siendo detenido y condenado a 8 años de prisión junto a otros conocidos políticos liberales como Arguelles, Martínez de la Rosa, Quintana y otros. Años más tarde, a la muerte del “deseado”, fue nombrado Ministro de Agricultura. Fallecido en 1845 su mujer y sus cinco hijos decidieron irse a vivir, primero a Cuba y luego a Puerto Rico.

JUAN ÁLVAREZ GUERRA, tio abuelo de Manuel y Antonio Machado, fue en dos ocasiones ministro, primero de Interior y después de Agricultura.

         Casi con seguridad Asunción Álvarez Guerra fuera hija de uno de aquellos hijos que con su madre partieron para las islas del Caribe.  Por las causa que fuera, ésta mujer regresó a España y contactó con los familiares que aquí vivían, como los bisnietos del hermano de su abuelo Juan.

         ¿Puede ser normal este reencuentro familiar, ya distante en el tiempo y en el vínculo? ¿Había una causa especial que propiciara y motivara una frecuente relación?. Probablemente, y aunque no tenemos pruebas ni documentos que lo atestigüen, pensamos que tal vez cuando el padre de los hermanos Machado, Antonio Machado y Álvarez, fue en busca de mejor fortuna y trabajo a Puerto Rico en 1883, fue recibido por esta familia Álvarez Guerra que allí vivía, y que ésta le cuidó en la grave enfermedad con la que se encontró en aquellas tierras hasta que consiguió regresar a España en compañía de un hermano, marino, de su madre Ana Ruíz.  Esta posible atención en aquellas tierras pudiera ser una de las causas que nunca olvidara Ana Ruiz ni sus hijos, y menos al saber de la venida a España de Asunción Álvarez Guerra, a la que sin duda debió de conocer en aquellas tierras americanas el padre de los Machado Ruíz.

         Me contaba mi madre que cuando en noviembre de 1936 los Machado iban a partir para Valencia, hubo sugerencia por parte de Antonio Machado de decir a esta buena mujer, que debía tener cerca de ochenta años, que si quería se fuera con ellos, pero que dijo Asunción que era ya muy mayor para iniciar viajes. Cuando regresaron a Madrid en 1939 Manuel Machado y mi abuelo Francisco, esta buena mujer ya no vivía.

         Diremos que en aquellas fechas de 1936 vivía con mis abuelos, Francisco y Mercedes, una tía de mi abuela de nombre Carmen. Esta mujer, de la que me cuentan que era todo bondad y agradecimiento sí dejó Madrid con la familia Machado hacia Valencia, luego Rocafort para llegar en el 1938 a Barcelona. En este año falleció la “tía Carmen” en el Hotel España, junto a las Ramblas, hotel en el que estaba alojada toda la familia de Francisco Machado.

         En estos años Manuel y Antonio estuvieron dedicados, en cuanto a trabajos literarios, fundamentalmente a las obras dramáticas y a los trabajos y artículos para revistas y prensa. El teatro tendrá en su momento y por nuestra parte su trabajo específico.

         Ahora comentaremos que a lo largo de la primera mitad de 1936 una gran parte del tiempo de las tertulias se dedicaba a las noticias de índole política, a los sucesos que iban creando alarma social y a los rumores de posibles asonadas. El ambiente se iba tensando y los españoles comenzaban a tener sus confidencias y  comentarios entre los que creían pensaban de forma similar. La discreción y la prudencia se iba instalando en la sociedad, mientras el calor del estío se acercaba.

         Llegaron los días de asueto que en el verano una parte no amplia de la sociedad disfrutaba, y el domingo día 12 de julio de ese año de 1936 se reunió toda la familia Machado en la casa de Manuel. No eran frecuentes en aquellos tiempos las comidas familiares, pero aquel día sí se reunieron. El motivo, siempre hay que encontrar un motivo, era el inicio de las vacaciones de Manuel y Eulalia.  Como en los años anteriores el día 15 de julio el matrimonio iba a iniciar sus vacaciones por el norte de España, pero comenzarían su periplo por la ciudad de Burgos en la que paraban para felicitar el 16 de julio el santo a la única hermana de Eulalia, de nombre Carmen, que era monja en esa ciudad castellana.

         Durante la comida, además de los temas normales en estas celebraciones familiares, se habló de las situaciones tensas en la que España vivía en aquellas fechas que en opinión de Antonio no aconsejaban el iniciar viajes. Manuel compartía esta opinión, igual que sus otros hermanos allí reunidos, pero Eulalia, que tenia como muy importante para ella el ver el 16 de julio a su hermana Carmen, insistió en que no había motivos suficientes como para aplazar el viaje ya organizado. Se Insistió en que la prudencia era aconsejable en aquellos días ya que los rumores y las informaciones que se tenían eran preocupantes, pero acabó imponiéndose el criterio de la mujer de Manuel.

         Es posible que Antonio y Manuel se vieran el 13 y/o el 14 de julio en algunos de sus sitios de encuentro en Madrid, pero no tenemos constancia. 

         Sabemos que aquel 15 de julio salieron Manuel y Eulalia en tren con destino Burgos y que el 16 se reunieron con la cuñada y hermana Carmen en el Convento del Sagrado Corazón en el que profesaba.

         Pensaban pasar dos o tres días en Burgos, y por ello se habían instalado en una pensión que conocían de años anteriores y que se llamaba “Pensión Filomena”. Esta pensión era frecuentada por gentes del mundo taurino, y en esta ocasión coincidieron con el conocido torero Marcial Lalanda y dicen que también con Manuel Bienvenida, y del mundo teatral.

MARCIAL LALANDA
MANOLO BIENVENIDA

         El día 17 de aquel mes empezaron a oírse en las calles rumores de golpe de estado, pero fue en el atardecer cuando llegaron las primeras noticias, por emisoras de radio, del inició de éste “golpe de estado” desde las ciudades de Ceuta y Melilla, donde el movimiento de tropas ya era manifiesto y comprobado.

         La alarma en el matrimonio Machado fue incuestionable y decidieron regresar a Madrid en el primer tren que saliera con este destino en la mañana siguiente, día 18 de julio.

         Y así decidido fueron a primera hora de la mañana de aquel sábado a la estación de Burgos, pero ya fue tarde pues los viajes en tren estaban ya suspendidos por el ejercito que apoyaba el golpe de estado.

         De regreso a la pensión les dieron el alto y detuvieron a Manuel Machado, que fue conducido a una comisaría.  Su mujer, Eulalia, se dirigió rápidamente al convento donde estaba su hermana para pedir ayuda, y afortunadamente entre ésta y la Superiora del convento consiguieron que dejaran en libertad, sin cargos, a Manuel Machado.

         Regresaron a la pensión, preocupados por la situación que se estaba gestando. Las noticias que llegaban de las ciudades del norte de África eran ya incuestionables, de la misma forma que aquellas que indicaban que los movimientos militares en Sevilla aumentaban. Todas ellas creaban una notable situación de alarma y desasosiego.

         Silencio y discreción eran las pautas, y esperar que la situación se aclarara definitivamente, en un sentido o en otro.

         Se dice que en estos días finales de julio Manuel pudo hablar con Antonio por teléfono y tal vez por algún otro medio, pero ni hay constancia de ello ni se comentó en la familia esta posible realidad, ni en Madrid en aquellos días ni posteriormente, acabada la guerra civil.

         Si  sabemos que tanto en Madrid como en Burgos se sentía una gran preocupación por los familiares que estaban en la otra ciudad. Los inicios de los conflictos armados suelen ser los más peligrosos.

         En estas circunstancias a Manuel Machado le surge una entrevista con la periodista francesa Blanche Messis, de la revista Comoedia, a la que contestó “que se veía obligado a permanecer en Burgos y que esto podría durar, como duró la guerra carlista, siete años”.  Estas palabras, publicadas en Francia, fueron interpretadas por algunos como frías y pesimistas para  el iniciado Alzamiento Nacional, y así el 27 de septiembre el corresponsal en París del diario ABC de Sevilla Mariano Daranas escribe en dicho diario una crónica desde Paris titulada “El comentario de un lírico burócrata”, en la que vierte duras acusaciones para Manuel Machado: “La contrarevolución – la revolución nacionalista – observada en su propia cuna, no ha suscitado entusiasmo, complacencia ni aprobación en este funcionario y periodista del Frente Popular. A la hora en que toda España vibraba y crujía bajo un huracán de sangre y de fuego, Machado disertaba en la ciudad del Cid sobre el teatro español y la poesía francesa, no sin cierta egolatría. Por una vez, el eminente lírico y afortunado burócrata ha perdido de vista las nóminas del Municipio y el Estado”.  El 29 de septiembre Manuel Machado fue detenido en Burgos por la policía, siendo puesto en libertad el uno de octubre. (Parece ser que José María Pemán y el alcalde de la ciudad intervinieron en su favor para obtener su libertad). Manuel Machado ya había sido detenido en la estación de Burgos, al intentar regresar a Madrid, el 18 de julio del 36.

EUGENKO D’ORS

         Sabemos, básicamente por recuerdos familiares sobre aquellos días y hechos, que desde aquel 27 de septiembre en el que es cuestionado por Mariano Daranas desde el ABC de  Sevilla, Manuel Machado no cesa de defender su honor mediante cartas a Abc de Sevilla, y publicaciones en la prensa local, manifestando posturas de conveniencia referentes a la “nueva España”. Evidenteme3nte era consciente de la peligrosa situación en la que se encontraba como consecuencia del artículo de citado Daranas.

JOSÉ MARÍA PEMÁN

         Manuel Machado había sido durante años crítico teatral en varios diarios y publicaciones, con gran éxito, y el citado Mariano Daranas intentaba, con escaso éxito, ser su opositor en estos menesteres de crítica teatral. Parece que tenía una cierta inquina a Manuel Machado, pero, evidentemente, estaba bien situado en la “nueva España”.

         El 1 de octubre Manuel Machado es puesto en libertad en virtud de Orden del Excmo, Sr, General de esta División, con las firmas del director y subdirector del Cuerpo de Prisiones, que concluyen el expediente con la orden de poner en libertad al detenido. 

         Se comentó que esta pronta liberación se debió a gestiones de José María Pemán y de Eugenio D’Ors, que salieron garantes de su conocido y amigo Manuel Machado.

         Nos contaron medios familiares que Pemán y D’Ors fueron a recogerlo a su salida de la cárcel y que le dijeron que tenía que ser “amable” con las nuevas autoridades, pues se jugaba la vida, y que era recomendable que les acompañara a darse de alta en los medios de prensa y propaganda de la “nueva España”. Y así se tuvo que hacer y aceptar. Manuel Machado, por supervivencia, sabía que tenía que seguir las indicaciones de José María Pemán y de Eugenio D’Ors.

         Durante los meses siguientes Manuel sufría en Burgos y vivía recluido en la pensión “Filo”, como la llamaban,  con buenos amigos pero con gran discreción pues eran conscientes que había un huésped policía vigilando sus palabras y movimientos.  Le sugerían que escribiera panegíricos a Franco, al nuevo Estado y a otros personajes de esta nueva España. No era de su agrado, pero no quedaba más remedio, pues o era encarcelado y posiblemente condenado a muerte o se comía el orgullo y sus ideas y seguía viviendo. Eligió la segunda opción.

         Se empleó como corrector de pruebas en El Castellano, periódico de un tradicionalismo vehemente, y se fue convirtiendo, a su pesar, junto a José María Pemán en el poeta apologista de los sublevados.

         De estos meses se le atribuyen sonetos elogiosos a Franco, que se difunden, en clara propaganda del nuevo Estado, con intensidad. ¿fueron escritos total o parcialmente por Manuel Machado?, o simplemente ¿se los dieron para que estampara su firma?, o ni eso, se publicaban como si fueran suyos aunque fueran escritos por otro.

         Es seguro que estos escritos llegaran a oídos de Antonio y es posible que éste dirigiera a su hermano alguno de sus versos publicados en Hora de España, “Mi Sevilla infantil ¡tan sevillana! / ¡cual muerde el tiempo tu memoria en vano! / ¡Tan nuestra! Aviva tu recuerdo, hermano. / No sabemos de quién va a ser mañana”-

         Son claros mensajes a la conciencia, al pasado y a la memoria de su hermano Manuel.  Aunque hay que recordar que con frecuencia la madre de ambos, “mama Ana”, como la llamaban, preguntaba con profunda preocupación a Antonio por su hermano Manuel, y Antonio la respondía que no se preocupara, que Manuel sabía como protegerse y evitar los problemas más duros y acuciantes.

         Manuel, en Burgos, conocedor de su alambicada situación y de sus conocidos antecedentes, comenzó pronto a reunirse y frecuentar círculos conservadores de aquella ciudad castellana, con el ánimo de no levantar sospechas, y entabló buena amistad con el clérigo Bonifacio Zamora y con el periodista José María Zugazaga.

         Aunque casi nada le unía ni a Bonifacio Zamora ni a José María Zugazaga, mantuvo con ambos una larga amistad, hasta su muerte en el año de 1947. Sabía que eran una especie de seguro de vida, para él y para su mujer, aunque para ésta resultaba más fácil el sentirse segura dadas sus profundas creencias católicas.

Texto recogido taquigráficamentre por el redactor de «El Castellano» José Mar-ia Zugazaga

         Ambos “amigos” ayudaron a Manuel en su aparente “aproximación a los valores del régimen nuevo franquista” y recomendaron a Manuel para que colaborara en la redacción del periódico conservador “El Castellano”.  Años más tarde Zugazaga contaría que fue Manuel Machado el que se ofreció a colaborar con el periódico y de forma gratuita, y que compaginó este trabajo con el de archivero en la Delegación de Hacienda de Burgos.

         No obstante estas amistades, el 5 de enero de 1938 con el apoyo de Pemán, le nombran Académico de la Lengua Española y el 18 de febrero pronuncia su discurso de ingreso en el Palacio de San Telmo de San Sebastián, que titula “Semipoesía y posibilidad”.

         En relación al discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua Española, titulado “Semipoesía y posibilidad” hay que decir que si hablaba de “su semipoesia” era por que consideraba que su poesía no alcanzaba la talla o nivel de la de su hermano Antonio, “posibilidad” porque consideraba que su vida no era un ejercicio pleno sino un ejercicio de supervivencia. Así dice en su discurso: “Yo no llamo a mis versos sino semipoesía, y a mis realidades, que obedecen a la ley de vida de los simples mortales (que es vivir como se pueda), no oso llamar otra cosa que posibilidad”.

Discurso de Manuel Machado para su ingreso en la Real Academia de la Lengua Española.

         Realmente estaba negando su identificación, con este discurso, al nuevo régimen franquista, pero con la mínima necesaria forma, discretamente, pasando levemente por encima.

Poemario escrito por Manuel Machado y José María Pemán

         No olvidemos que en junio de 1931 Manuel Machado compuso un borrador de Himno para la Segunda República, con música de Oscar Esplá, que se presentó en el Ateneo de Madrid bajo la presidencia de Manuel Azaña, y que no llegó a ser el oficial por estimarse que era preferible seguir con el conocido “himno de Riego”.

Foto de Azaña, Ramón Franco y un grupo de ateneístas asistentes al concierto de la banda de alabarderos en el Ateneo. En el grupo Manuel Machado y Oscar Espla. Letra y música del himno que se presenta para ser el de la II República Española.

         Su hermano Antonio conocía bien a su hermano, y dentro de las lógicas incertidumbres de aquellos años de guerra estaba relativamente tranquilo y con la idea clara que debía evitar todo comentario sobre Manuel, pues podía ser fácil que fuera aprovechado en contra del hermano. Seguro que Manuel pensaba igual y por eso también fueron escasas sus referencias a su hermano Antonio durante aquellos años.

         En este sentido el poeta Luis Felipe Vivanco señaló, en años posteriores, que en su opinión Manuel Machado se encontró con la necesidad de “no oponerse” al “Glorioso Movimiento Nacional” ya que esto habría constituido un acto temerario y absurdo, temerario pues se hubiera jugado la vida y absurdo por ser Manuel Machado, en el fondo, una persona escéptica y, en buena medida, un indiferente que sabía plegarse  al viento dominante, como dice en su poema Adelfos: “ que las olas me traigan y las olas me lleven, y que jamás me obliguen el camino a elegir “. En este sentido es importante la lectura completa de este poema de Manuel, en el que expone una forma de pensar y entender la vida

LUIS FELIPE VIVANCO

         En 1997 Andrés Trapiello sostuvo que el poema  “Voyou” (que significa en francés granuja , chulo) contenía una clara alusión despectiva hacia el dictador, pues bastaba en sustituir Blanco por Franco para descubrir la verdadera opinión del poeta sobre el general: “Su mirada / no es una espada, pues / se oculta.  Brilla, dura y cobarde, despiadada— / Ahí está … Blanco… /  Lo peor de todo es que sonría”.  Rafael Alarcón Sierra refuta esta tesis de Trapiello argumentando que este poema se publicó por primera vez en 1929.  (¿tal vez fuera dirigido entonces a otro general?). En cualquier caso decimos que el verso fue incluido en “Cadencias de cadencias” publicado en 1943, y pensamos que si incluyó este verso en este poemario de 1943 ¿no lo querría aplicar en esas fechas al general Franco, de forma, nuevamente discreta y sin grave compromiso y con una explicación fácil?.

       El día 2 de abril de 1946, en la página tercera del ABC, le publican a Manuel Machado un breve artículo titulado “EL QUINTO NO MATAR”. Sorprende que fuera publicado, sorprende que la censura no aplicara sus habituales cortes y modificaciones, es más, en este caso sorprende que las tijeras censoras no hicieran trizas todo el artículo. Pero, afortunadamente, se publicó, y Manuel Machado dejó una prueba más de su auténtica forma de pensar, esa que le tergiversaban modificando sus artículos o incluyendo en ellos frases o alabanzas ajenas, frases que luego tachaba, o restauraba a su redacción original, con su puño y letra, en los recortes de prensa que de dichos artículos en su casa guardaba. En este caso, en el recorte de este artículo no hay tachaduras ni correcciones, solo escribió, en el lado izquierdo del papel en el que esta pegado,  ABC 2 de abril 1946.

       Sobre este artículo se dice, incluso, que fue un velado pero claro comentario crítico de los fusilamientos de Cristino García y otros nueve maquis del partido comunista el 21 de febrero de ese mismo año. Tal vez, pero el alcance era mayor, era de profundo calado.

       ¡Duros momentos para el que estando en esos años en España solo tenía, además de 65/70 años, una pluma para vivir!. Y hay que convenir que el enviar para su publicación el artículo que luego transcribiremos, fue una muestra de valor, de osadía frente al poder, de notable oposición y crítica.

ABC DEL DÍA 2 DE ABRIL DE 1946 EN EL QUE PUBLICA EL ARTÍCULO DE MANUEL MACHADO : » EL QUINTO NO MATAR»

Resulta curioso que en la misma página del ABC, y precediendo en orden al de Manuel Machado, figura un artículo firmado por Mariano Daranas, titulado “Mi amigo Don Armando”, que dice: “….. evoco, no una fundación intelectual, sino cierta rebotíca sediciosa, lugar de cita y acción de pedantes, resentidos y logreros. El Ateneo de Madrid o un cuarto de siglo – ya entrado el que ahora abomba el pecho sin desarrugar el ceño – de bajezas, apostasías, sectarismos y negaciones. La historia de este bufo y funesto inmueble de la Decadencia, esta por escribir.”

       Mariano Daranas, el mismo Mariano Daranas que el 27 de septiembre de 1936 escribió en el ABC  una crónica desde Paris titulada “El comentario de un lírico burócrata”, en la que virtió duras acusaciones para Manuel Machado. Como ya hemos escrito en este trabajo el 29 de septiembre Manuel Machado fue detenido en Burgos por la policía.

El artículo “EL QUINTO NO MATAR” dice así:

Se puede morir por una idea.

No se puede matar por una idea.

Idea que empieza por matar no triunfa. Nunca.

… No se trata aquí de un humanitarismo cuáquero ni de otro tipo cualquiera de humanitarismos.

La Humanidad puede no interesarnos lo más mínimo …

A algunos puede, inclusive, repugnarles más o menos vagamente.

Pero ella es así. La realidad nos lo está diciendo a cada paso

El nazismo y el fascismo …. Cayeron vencidos.

Porque empezaron matando, drásticos y violentos.

No se debe matar:

a)   Porque el quinto Mandamiento lo prohibe.

b)   Porque no conviene.

A los que se acogen al finis coronat opus, el fin justifica los medios, hay que decirles que no; que el bien no basta con hacerlo. Hay que saberlo hacer.

Si la más elemental inteligencia no penetrara esta verdad, ahí está la experiencia para demostrarlo cada día.

Los pueblos no estiman, ni mucho menos agradecen, los desvelos que “por su bien” pueden tomarse si ese bien se les quiere imponer de un modo violento, agrio, tiránico.

Esa resistencia al “favor impuesto” es universalmente humana …

No. El bien hay que saberlo hacer.

No basta ser generoso. Hay que buscar el modo de que nuestras mismas dádivas no ofendan ni depriman …. “Da y parece que ha pedido”, se dice en una comedia de Alarcón

a propósito de la liberalidad de cierto personaje. La frase es maestra. Y bellísimamente exacta y expresiva … “Da y parece que ha pedido”. No alardea del regalo hecho. Antes

perece pedir perdón por favorecer y absequiar.

… Y en cuanto a los que proclaman la necesidad de destruir y de aniquilar al enemigo vencido …., bastará recordarles que esa tendencia homicida y feroz revela en el vencedor más

desconfianza, más miedo que fuerza, y, en último caso, falta de seguridad en el triunfo.

El poeta ha dicho:

Del primero

que sabe perdonar es la victoria.

Y el buen poeta tiene razón. Porque, entre otras cosas:

Siempre tiene razón un buen Poeta.

Manuel MACHADO

De la Real Academia Española.

         En cualquier caso pensamos que si Antonio Machado pasó toda la Guerra Civil, manteniendo, desde la zona republicana en la que se encontraba, su firme adhesión a la República, al pueblo, a su forma de entender la vida y a sus ideas progresistas, lo mismo pudo hacer Manuel en la zona en la que le tocó vivir si sus ideas y apoyos hubieran coincidido con las que mantenía la “nueva España”, y si no fue así, pues salvo algunos escritos o poemas de dudosa o auténtica autoría, nada demuestra una adhesión indubitativa al régimen impuesto por los sublevados, más bien acredita todo lo contrario, un rechazo que por subsistencia tuvo que acultar.

         “Mi voluntad se ha muerto una noche de luna / en que era muy hermoso no pensar ni querer… / Mi ideal es tenderme sin ilusión ninguna…”.  “¡Que la vida se tome la pena de matarme, / ya que yo no me tomo la pena de vivir!”.

         Mientras estas fueron las vivencias de Manuel en Burgos, las de Antonio en Madrid, Valencia, Rocafort, Barcelona y Collioure son diferentes y muy conocidas. Su apoyo a la República, sus manifestaciones, alocuciones y escritos, en verso y en prosa son muy conocidas y han sido analizadas y estudiadas por muchísimos estudiosos de su obra, por lo que no resulta ésta ocasión la adecuada para repetirlas y glosarlas. Sabía que su hermano Manuel hubiera actuado con la misma claridad y posición que él, pero no podía al estar en la “otra zona”, en la que su forma de pensar, si  manifestada, le hubiera costado la visita a una tapia y un disparo mortal.

         Ambos hermanos estaban pendientes de las escasas noticias que del otro les podían llegar por los medios de comunicación, pero apenas llegaban. Los contactos directos, teléfono o correo eran impensables, además de tremendamente peligrosos si se hubieran conseguido realizar, por lo que lo mejor era evitarlos.

         Y en esta distante localización sobre las tierras de España, una mañana, posiblemente el día 23 de febrero de 1939. Manuel Machado se entera de la muerte de su hermano Antonio.  Diversas son  las afirmaciones escritas sobre como le llegó esta noticia a Manuel Machado, se ha escrito que fue en una barbería de Burgos, que fue mediante la prensa o mediante la radio, que fue en la oficina de prensa de la capital burgalesa, que fueron amigos los que le comunicaron la noticia. Pudo ser por algún o de estos medios pues la realidad es que el 23 de febrero la noticia, aunque limitada y escasa en contenido, se había dado en alguna emisora de radio y la habían recogido en redacciones de algunos diarios, y de esto a circular en las calles, aunque todavía de forma incipiente, solo hay un paso.

                  Pero la realidad, aquella que se trasmitió en la familia, por así comentárselo, en su momento posible, Manuel y su mujer Eulalia, es que fue un cartero el que el día 23 de febrero le pregunta: “Don Manuel, ¿Vd tiene algún familiar que se llama Antonio Machado?. He oído que este señor ha fallecido en Francia”.

         Manuel casi no pudo contestarle y corrió a ver la prensa extranjera donde comprobó tan triste suceso. Decía Eulalia que en la vida lo había visto tan abatido: que eran unos hermanos que hubieran dado la vida el uno por el otro. Que como no sabe nada de la madre, después de varias gestiones y consegue el permiso necesario para desplazarse a Francia. Parece que no tuvo problemas importantes para ello gracias a su aparente sintonía con el nuevo sistema y a los apoyos y garantías ofrecidas por amigos y personas de reconocido prestigio en aquella zona franquista, arregla los pasaportes o/y salvoconductos y salen inmediatamente hacia Francia, para recoger a la madre y ver a su hermano José, que sabía estaba con Antonio, y tal vez a alguno más de sus otros hermanos.

         Salen de Burgos en automóvil, parece que de unos conocidos que lo ponen a su disposición. Sí que les acompañaba además de un conductor otro acompañante, ¿policía u otro conductor de relevo?. No tenemos certezas.

         No es seguro tampoco la fecha en la que inician el viaje, suponemos que debió ser a primeras horas del 25 de febrero o el 26. Cruzan la frontera con Francia por Hendaya y allí consiguen la confirmación de que Antonio había fallecido en Collioure y que en este pueblo había sido enterrado y no en París como habían pensado en principio por informaciones recibidas.

         Y salen, probablemente el 26 o el 27 hacia Collioure. Antes de partir habla Manuel con amigos que estaban en París y le comentan que también había fallecido su madre el día 25, es decir, el día anterior.  El golpe es tremendo.

         No esta claro, pues no hay información de ellos que se recuerde famiiarmente, ni ningún dato de otros que lo especifique, si desde Hendaya hasta Collioure fueron por carretera o si este desplazamiento lo fue en tren, probablemente via Burdeos y Touluse. Teniendo en cuenta lo complejo y el estado de la carretera que por encima de los pirineos discurría y las líneas férreas que existían en aquellas fechas, podemos pensar que el viaje de Hendaya a Collioure podía exigir dos días. Por ello si  iniciaron este trayecto, en coche (suponemos que alquilado) o en tren el 26 o el 27 de febrero, pudieron llegar a Collioure entre el 28 y el 29 de febrero. Nosotros, por otras datos que mas adelante se comentarán creemos que Manuel y Eulalia llegaron al pequeño pueblo costero de Collioure el día 28.

         Años mas tarde contaba Matea, ya en Madrid, que estando ella y José mirando desde una ventana del hotel Bougnol-Quintana, en silencio, ella exclamó: ¡Ahí llegan Manuel y Eulalia!.  José la contestó: “Dejate de alucinaciones”, no la creyó en aquel primer momento, pero a medida que se iban acercando, comprobó que, efectivamente, eran ellos.  El reencuentro de los dos hermanos  fue de infinita amargura.

         ¿Qué se dijeron y comentaron los hermanos? Mucho se ha especulado sobre ello, insinuándose incluso reproches y tensiones, pero tampoco hay nada que avale esto, ni nada que pueda hacerlo pensar, más bien hay datos que indican todo lo contrario.

         Veamos, Manuel a su regreso a España se trajo en famoso bastón de su hermano Antonio, que durante ochenta años se conservó en la familia hasta que se cedió a la Fundación Unicaja para que lo acompañara en sus actuales exposiciones sobre los hermanos Machado, como así ha sido.

         Por documentos y cartas que se conservan en la familia Machado y por comentarios posteriores de los hermanos y sus esposas, Manuel se ofreció a facilitar el regreso a España de su hermano José, tanto con soluciones políticas como económicas.  Y así parece que lo acordaron, aunque el que las hijas de José y Matea estuvieran en Moscú complicaba algo las cosas.

         Si pasados algunos meses tuvieron que desistir, al menos José, del regreso a España fue por estar precisamente las hijas en Rusia y ser problemática la repatriación de éstas a España, y por las cada vez más intransigentes y no estables posiciones que se daban en la nueva España con los exilados. Así se lo hacían ver, además amigos que como ellos estaban en Francia, como Santullano o Giner Pantoja.

         Pero sabemos que Manuel estaba dispuesto a “moverse” lo necesario para conseguir el regreso de sus hermanos, y en este caso de José. Hay cartas de Manuel a José facilitándole nombres y direcciones en París, de amigos a los que recurrir para solicitarles dinero en nombre de Manuel.

         Hagamos números. Sabemos que  llegaron Antonio y José, la  madre de ambos y Matea a Collioure sin ningún  dinero en francos, el que tenían en pesetas eran billetes republicanos que no tenían ya ningún valor ni nadie los quería.  Es decir, cero francos de partida. Recibieron de la Embajada de España 2.000 francos el 2 de febrero del 39 y 4.200 francos, de la misma procedencia el 10 de ese mismo mes. Nada Mas, es decir sus ingresos fueron de 6.200 francos, al menos hasta que salieron de Collioure el 2 de abril de ese año.

         Sabemos por la factura que pagaron ese día 2 de abril al Hotel Bougnol-Quintana, fue de  50 francos por día, en pensión completa,  siendo 34 los días facturados, del 28 de febrero al 2 de abril. Resultando un importe total de 1.700 francos.

         Si suponemos que el precio fue el mismo desde el 28 de enero al 28 de febrero, y siendo cuatro personas subiría el coste de cada día a 100 francos, que por 28 días serían 2.800 francos.

         Total entre las dos facturas del Hotel de Collioure el coste sería de 4.500 francos.

         ¿Con lo que les quedara llegaron a París y de esta ciudad a Meurville, para regresar a París y finalmente llegar a Burdeos.? No parece posible.

         ¿Pagó Manuel Machado toda o parte de la factura pendiente en el hotel Bougnol-Quintana a 28 de febrero?. Es posible que directamente o indirectamente, máxime si se estaba hablando de que regresara su hermano José y su mujer a España y que  mientras tanto tuvieran algo de dinero para vivir.

         Lo importante de estas consideraciones no es que Manuel les diera dinero o les pagara alguna factura, lo importante es saber que la finalidad era el facilitar su regreso a España apenas pudieran.  Y que ello significaba que entre los hermanos no había ninguna diferencia o tensión de índole ideológica ni de ningún tipo. En todo caso eran hermanos, queridos, y esto era suficiente.

         ¿Cuántos días estuvo Manuel y Eulalia en Collioure?  ¿Los dos, tres o cuatro días para los que tenían salvoconducto?.  No lo sabemos con  certeza, aunque nos sorprende que no supieran  que el lunes 4 de marzo se iba a celebrar un funeral en la Iglesia de Collioure por su hermano Antonio y que no se quedaran   hasta esa fecha para asistir al  mismo, teniendo además la presencia de la muy católica Eulalia y que el funeral se ampliaría a la madre.

         Nos complican nuestras indagaciones las escasas informaciones que tenemos de aquellos días y de la presencia en Collioure de Manuel y Eulalia, Sabemos por Eulalia y años más tarde por Matea, que Manuel pasó mucho tiempo en el mas absoluto silencia en el cementerio, ante el nicho en el que reposaba su hermano y la tierra o sepultura en la que estaba enterrada su madre.

         Y para colofón tenemos las declaraciones de Gaston Prat realizadas a Radio París en Collioure el 2 de noviembre 1975, ya que en éstas afirma que  tres o cuatro días después de la muerte de Ana Ruiz llegó a éste pueblo Manuel Machado con un salvoconducto para dos o tres días. Nos dice Gaston Prat que no solo tuvo la ocasión de conocerle si no la oportunidad de hablar con  él para finalmente acompañarle a la estación, suponemos que de Perpiñán, para ir a París, desde donde regresaría a España.

         Si estas manifestaciones de Gastón Prat son ciertas, y en principio no hay motivos para dudar de sus palabras, corroborarían la posibilidad de que Manuel Machado y su mujer Eulalia llegaran a Collioure en tren (tal vez desde Burdeos), después de haber dejado el coche en la frontera, en Hendaya. Es creible esta posibilidad, pues sería extraño que un automóvil de España, proveniente de la llamada Zona Franquista tuviera permiso para desplazarse libremente por Francia.

         Si es así lo que sucedió, ¿porque fue hasta París en vez de ir directamente a Burdeos desde Perpiñan?. ¿solo por cuestión de horarios y frecuencias de los trenes?, ¿por ser trenes y línea más rápìda? o además ¿por aprovechar y contactar con “alguien” o “algunos”?.

         Salvo nuevas fuentes, ahora no conocidas, o documentos que pudieran aparecer, no creemos que nunca podramos saber con total certeza estos posibles hechos.

         El caso es que Manuel y su mujer regresaron a Burgos. Que a primeros de agosto contactó con ellos mi abuelo Francisco Machado, que acompañado de su mujer y de sus dos hijas mayores, pretendía regresar a España desde Francia. Las gestiones de Manuel fueron válidas y todos ellos llegaron a Burgos, para desde esta ciudad regresar con Manuel y Eulalia a Madrid, a su casa en la calle Churruca 15.

Francisco Machado y sus tres hijas, Ana, Mercedes y Leonor a finales de los años 40 en Madrid.
Leonor Machado y su prima Eulalia en Madrid (Eulalia, hija mayor de José Machado)

         A primeros de septiembre regresó a España mi madre, Leonor Machado, hija de Francisco, que por aquellas circunstancias que frecuentemente se dieron en los días en que se cruzaba la frontera con destino Francia quedó separada de sus padres y hermanas, menos mal que en compañía de familia conocida. Curioso, finalmente el dinero que la dieron a mi madre para regresar vía Barcelona a Madrid, se lo facilitó en Monpellier la familia Hauser, la misma que meses mas tarde, en noviembre del 39, avalaron, junto a José Giner Pantoja, (sobrino de D. Francisco Giner de los Rios) a José Y Joaquín Machado y señoras para obtener la autorización de la Republica de Chile para entrar en ese país americano.

RECUERDOS Y VIVENCIAS CON MANUEL Y ANTONIO MACHADO.

Por Leonor Machado

Manuel y Antonio Machado

Yo misma me voy a presentar; soy Leonor Machado, autora de este modesto librito que desearía al lector le resultara simplemente entretenido como me ocurría a mí cuando lo estaba escribiendo, recordando tiempos pasados.

Afectuosamente Leonor

LEONOR MACHADO MARTÍNEZ

He tratado de incluir, en esta segunda versión, algún dato nuevo que pueda ser de interés, no se si lo he conseguido dadas las muchas y valiosas biografías que se conocen de los poetas Antonio y Manuel. Esta recopilación por mi parte, sin pretensiones literarias, son recuerdos escuchados a varios familiares allegados y algunos casos vividos.

Para empezar voy a referirme a los más próximos ascendientes.

Antonio Machado Núñez, abuelo de los poetas, nació en Cádiz en 1.815, bautizado en la Iglesia Catedral. Sus padres, procedían de la onubense Alosno.

Antonio Machado Núñez

Machado Núñez, con un bagaje cultural extraordinario, estudió medicina en Cádiz, y tras un breve ejercicio de su profesión en España, se trasladó a Guatemala para reunirse con su hermano Manuel, que ya había logrado encauzarse en diversos negocios en aquellas tierras. Puede decirse que con su hermano Manuel terminaron las vocaciones comerciales en la familia, tomando, ésta, definitivamente el rumbo cultural que todos conocemos.

Regresó pronto de las Américas. No quería encariñarse con las riquezas materiales que ya empezaba a conseguir, decidiendo dedicarse a la investigación de la naturaleza, que le hacía tan feliz y que había descubierto entre la selva tropical, la fauna y los volcanes centroamericanos.

De regreso al viejo continente trabajó en la Universidad de la Sorbona de Paris como ayudante del profesor Orfila, destacado naturalista y profesor científico, famoso por sus estudios sobre toxicología, los venenos y sus antídotos. Conoció y colaboró con el químico Bequerel y el geólogo Prevost.

En 1846, ya en España, fue nombrado catedrático de Física y Química, siendo su destino la Universidad de Santiago de Galicia.

Antes de partir contrajo matrimonio con Cipriana Álvarez Durán, sevillana de orígenes extremeños.

Cipriana Álvarez Durán

En esta ciudad de Galicia nació su único hijo, el 6 de abril de 1846, en la Rua Nueva número 33. Ese mismo año regresaron a Sevilla, por motivos de salud de Cipriana, donde había obtenido la cátedra de Mineralogía y Zoología en la universidad hispalense.

Durante más de treinta años se dedicó a la docencia, desempañando, además de la cátedra de la que era titular, el cargo de Decano de la facultad de Ciencias, en el edificio universitario de la calle Laraña de Sevilla.

Entre 1869 y 1873 fue Alcalde y Gobernador de Sevilla, y Rector de la Universidad.

El 26 de octubre de 1878 se inauguró el Ateneo de Sevilla, y Machado Núñez asumió la Presidencia de la sección de ciencias exactas físicas y naturales; también impartió conferencias sobre geología, materia en la que había profundizado en Francia de la mano de su amigo, ya citado, el eminente geólogo Constant Prevost.

Llegó a ser de los primeros naturalistas de su tiempo, iniciando incluso los más serios estudios paleontológicos, fundando revistas científicas y museos, como el de geología de la Universidad de Sevilla o el arqueológico de ésta misma ciudad. Fue el primero, en España, en divulgar las teorías evolucionistas de Charles Darwin, lo que le ocasionó una fuerte animadversión de los sectores más conservadores de la sociedad y de la Iglesia.

Museo de Ciencias Naturales de la Universidad de Sevilla en la calle Laraña

Muchos fueron sus trabajos científicos, destacando, entre otros, aquellos sobre la fauna de Doñana, sobre los peces de las costas andaluzas, sobre herpetología, sobre los meteoritos caídos en la mitad sur de la península, sobre geología y mineralogía y sobre la antropología del hombre andaluz.

Como alcalde de Sevilla se ocupó de la sanidad e higiene de la ciudad y de la actualización de un sistema integral de alcantarillado que evitara las contaminaciones. Así se evitó en Sevilla una epidemia de malaria que asoló otras ciudades andaluzas.

Antonio Machado y Núñez

En 1.883, obtiene la Cátedra de Zoología de la Universidad Central de Madrid. Con este motivo se traslada con toda la familia a la capital, donde vivirá el resto de sus días, dedicándose a la docencia, la investigación y la política, llegando a ser candidato a senador por el partido radical de Ruiz Zorrilla. Entre los amigos que más frecuentaba se encontraban Salmerón, Pi y Margall, Joaquín Costa y Francisco Giner de los Ríos.

Como ya indicamos, su único hijo, Antonio Machado Álvarez, nació en Santiago de Galicia, como se decía entonces, el 6 de abril de 1846; bautizado con los nombres de Antonio, José, Cipriano, Francisco y Celestino.

Antonio Machado y Álvarez

Su infancia y juventud se desarrolló en un ambiente sevillano en el que no faltaba una fuerte impronta cultural, tanto por la actividad científica de su padre, por la actividad pictórica y antropológica de su madre.

Antonio Machado y Álvarez

Cursó Derecho y Filosofía y Letras en la Universidad de Sevilla y el doctorado en ambas facultades de la Universidad Central de Madrid.

Durante su estancia en Sevilla, ejerció brevemente como abogado, fue Juez en Dos Hermanas, dedicándose siempre a la docencia y a la investigación, en particular a la iniciación en la nueva ciencia llamada folklore, (ciencias del saber popular en todas sus manifestaciones).

Organizó en Sevilla estos estudios que por su iniciativa se fueron extendiendo a casi todas las regiones de España. Fue miembro honorario de algunas sociedades Folk-loricas en Europa, Inglaterra, Alemania, Portugal e Italia; sus trabajos sobre literatura popular, se tradujeron en varios idiomas europeos.

De 1869 a 1872 publicó una serie de artículos titulados “estudios de literatura popular”, y en 1886 una selección escogida de “cantes flamencos”, siendo su trabajo más reconocido la edición de la “Biblioteca de las Tradiciones Populares” , once extraordinarios tomossobre el folck-lore español, en los que colaboraron, entre otros Doña Emilia Pardo Bazán, D. Francisco. Rodriguez Marín, Teófilo Braga y Giuseppe Pitré, con los que mantuvo una gran amistad y sus incondicionales amigos Luis Montoto y Alejandro Guichot.

Antonio Machdo y Álvarez y su esposa Ana Ruiz Hernandez

Ya en Madrid fue director del diario “La Justicia” fundado por don Nicolás Salmerón, donde divulgó más de seiscientos artículos jurídicos, profesor de estudios antropológicos y folklóricos en la Institución Libre de Enseñanza, colaborador de diversos periódicos madrileños

José Álvarez Guerra

En la mayoría de sus trabajos utilizó el nombre de Demófilo como pseudónimo, tal vez en recuerdo de su abuelo materno José Álvarez Guerra que firmó sus obras con el nombre de “un amigo del hombre” .

Antonio Machado Álvarez, con 27 años de edad y a orillas del Guadalquivir, observando como saltaban unos delfines, todo un espectáculo enmarcado en una expectación desbordada, coincidió con Ana y se enamoro de ella desde el primer instante de haberla visto. Antonio preguntó quien era aquella joven y donde vivía: le contestaron con esa forma de decir típica de Andalucía ¡en Sevilla, búsquela Vd!, ¡y vaya si la encontró!.

Ana Ruiz Hernández nació en Sevilla en la calle Orilla del Rió, hoy calle Betis de Triana, fue bautizada con los nombres de Ana, Josefa y Felipa el 28 de febrero de 1854, en la iglesia parroquial de Santa Ana, la iglesia más antigua de la ciudad de Sevilla, ordenada construir por Alfonso X en el año 1.276, de estilo gótico-cisterciense.

Ana nació a orillas del río Guadalquivir, ese del que una famosa sevillana del siglo XVIII dijo:

¡Ay, río de Sevilla que bien pareces lleno de velas blancas y ramas verdes!

Pasado algún tiempo se casan el 22 de mayo de 1873 siendo testigos de la boda don Manuel Sierra Durán y don José Jiménez Jiménez, los dos de Sevilla.

El primer hijo de este matrimonio fue Manuel, que nació en Sevilla el 29 de agosto de 1.874, en la calle San Pedro Mártir no 20, barrio de la Magdalena.

Antonio Machado y Álvarez y Ana Ruiz

A unas dependencias del Palacio de Las Dueñas, propiedad de los Duques de Alba, se trasladó esta familia a vivir, donde nació Antonio el 26 de julio de 1875 día de Santa Ana coincidiendo con el día del santo de la madre.

Palacio de las Dueñas

Muchos años después el Excmo. Sr. Duque de Alba ordenó colocar en la fachada de la Casa de las Dueñas, una placa que contiene la inscripción siguiente: “En una vivienda de este palacio, nació el poeta Antonio Machado. Aquí vió la luz, el huerto claro, la fuente y el limonero”. El Palacio de las Dueñas, fue construido en el siglo XV.

A primeros de 1879 deciden cambiarse a la antigua calle de las Navas, número 1, donde nacen dos hermanos, José el 18 de octubre de 1879 y Joaquín el 17 de agosto de 1881, bautizados en la Parroquia de Santa María Magdalena. En esta misma iglesia, en 1618, bautizaron al gran pintor Murillo, de nombre Rafael Pérez Delgado.

Pocos años después pasaron a residir con los abuelos paternos a la céntrica calle de O’Donell, número 22, de Sevilla.

Los abuelos maternos fueron Rafael Ruiz e Isabel Hernández, de Sevilla y Totana (Murcia).

Cuando Manuel y Antonio tenían 9 y 8 años, con ocasión del nombramiento del abuelo como titular de la Cátedra de Zoología de la Universidad Central, los padres deciden trasladarse con toda la familia a Madrid.

Lo comentan con los dos hijos mayorcitos pero a ellos no les hace ilusión de momento. Dicen que de salir de Sevilla les gustaría a una ciudad con gran puerto de mar porque quieren ser marinos.

Ésta parece ser la primera y prematura vocación tal vez heredada de los marinos habidos por línea materna. No llegaría a realizarse como todos sabemos, pero si se definen por primera vez. Sin duda la inspiración es el mar, aunque la manera de ser de cada uno es distinta.

Manuel dice que quiere ser capitán de un buque de guerra, Antonio de un viajero mercante.

Antonio y Manuel Machado. Sevilla 1883.

El padre los había llevado al puerto de Huelva donde quedaron impresionados. Era la primera vez que vieron el mar. Les hacen comprender que en la Villa y corte encontrarían más facilidades de futuro y podrían iniciarse oportunamente en sus vocaciones. Les hablan como si fueran hombrecitos.

Llegan a Madrid y se instalan en una casa de la calle Claudio Coello no 16, esquina con la calle de Villanueva, donde nacen los dos últimos hermanos: Francisco el 19 de febrero de 1885, mi padre, y una hermana que se llamó Cipriana como la abuela, bautizada en la parroquia de Santa Teresa y Santa Isabel, de Madrid, que falleció a los quince años, en 1900.

Cipriana Machado Ruiz.

El abuelo que tenía gran amistad con don Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de la Enseñanza, le habla de sus nietos mayores pensando en la formación humanística y cultural de los chicos. Fueron admitidos, y les entusiasma a los muchachos el sistema de estudios dirigido por aquellos grandes pedagogos. Fueron alumnos de estudios primarios Manuel desde los 9 años los 14 y Antonio de los 8 a los 13. Después ingresaron en el Instituto San Isidro, de Madrid, y, más tarde, en el Instituto del Cardenal Cisneros.

Decía Manuel que cuando pasaba por la Institución sita en la calle Martínez Campos, recordaba emocionado que siendo niño, se empinaba para llegar al timbre o llamador de la puerta, pintada de verde.

Francisco Giner de los Ríos

En sus mentes, quedaron registradas cantidad de cosas dignas de reflexión, a pesar del tiempo transcurrido.

Antonio sentía gran amor por la naturaleza, hay paisajes que le acompañan siempre. No le cansaba dar grandes paseos por el campo, sin embargo en la ciudad cogía muchos taxis, no le apetecía andar entre calles.

Creo que en la sierra de Guadarrama se le iluminaban los ojos y se olvidaba del tiempo y de todo extasiado mirando “los azules montes del ancho Guadarrama”, como más tarde él cantara. Antonio decía que la obra creada, no podía nunca superar a la naturaleza aun pensando en el maravilloso colorido de los cielos que pintó Velázquez.

Antonio afirma en su biografía: “me eduqué en la Institución Libre de Enseñanza, a sus maestros guardo vivo afecto y profunda gratitud”.

La Institución comprendiendo la trascendencia de los estudios folklóricos para nuestra historia y nuestra cultura creó una cátedra con fecha 27 de septiembre de 1885 en Madrid, proponiendo en carta firmada por el Rector de la Universidad don Juan Uña a Machado Álvarez que se hiciera cargo de la mencionada cátedra en el curso académico de 1885-86, que pasó a desempeñar. Publicaba asiduamente artículos en el boletín de la Institución.

La amistad de Machado Núñez con Giner de los Ríos, data de los años pasados anteriormente en Ronda, provincia de Cádiz, su bello pueblo natal, de donde partían sus raíces. Se profesaron tal admiración y cariño que este duró para siempre. También otro personaje era don Manuel Bartolomé Cossio que Giner de los Ríos lo veía como eminente colaborador suyo, y a su mas digno continuador.

La influencia que ejerció la Institución en la formación cultural de Antonio y Manuel la podemos observar en el hermoso tema del agua -origen de la vida- que tienen siempre presente en su obra. La fuente, el rio, el mar…, la importancia de las fuentes. “En la Biblia se decía que el señor cuando quería favorecer a sus servidores, les regalaba una fuente. En la canción popular las fuentes son claras y serenas, en las leyendas son santas y sagradas, en verano las aguas son fresca y en invierno calientes, según los ingenuos poetas medievales” las fuentes son para la salud del pueblo, ornato de las ciudades y pacificación de los espíritus según opinaba don Manuel Bartolomé Cossio. ”Nada se a multiplicado tanto en los pueblos y ciudades como las fuentes, riqueza material de bienestar utilitario, de mejora de vida y de progreso”.

Algo poco conocido es que en un pueblo de León, llamado Villablino perteneciente el valle de Laciana,

varios profesores de la Institución fundaron unas escuelas que llamaron de Sierra Pambley, nombre de su benefactor Francisco Sierra Pambley, don Paco, como se le llamaba en el pueblo cariñosamente.

Decían por aquellas tierras, que desde que se fundaron allí las escuelas, no se había dado ningún caso de analfabetismo y que los moradores lo tenían muy “a gala”.

A don Paco, se le profesaba gran cariño y agradecimiento.

La apertura de estas escuelas fue desde 1886 hasta 1916 que se cerraron. Se volvieron a abrir en 1918 hasta 1936 que se clausuraron. Sin más detalles me han informado que ahora en estos locales, rehabilitados y remodelados se celebran actos culturales importantes.

El pueblo es muy pintoresco. En los años 50 todavía llevaban el ganado vacuno por las calles. Lo iba dirigiendo un mozo con una varita hasta subirlo a las brañas, ahí pastaban durante el día hasta la noche que iban a recogerlo.

Antonio Machado no quiso nunca gravar su voz, decía humorísticamente que la grabaran por él, diciendo que era la suya y en paz. Tenía toda la razón porque verdaderamente la voz grabada resulta casi irreconocible para el interesado.

De su torpe aliño indumentario, me refiero a Antonio, el decía; ante la imposibilidad de vestir bien como seria mi deseo, trato de no darle demasiada importancia. Vestía colores pardos, gris oscuro, azul marino de confección amplia.

Protestaba de la moda de su época que la encontraba cursi y amanerada. Pensaba, con estos trajes parece uno, un figurín de sastrería. Para el aseo personal era extremado, algo que le horrorizaba era que lo vieran sin afeitar, tan es así, que en sus ultimas horas de vida, pidió que le cortaran el pelo y le afeitasen. Tenía fobia a las melenas en las mujeres y al pelo largo en los hombres.

Manuel seguía la moda, iba impecable, cuidaba su figura siempre erguida y hasta cuando se sentaba seguía tan derecho; eso le hacía conservar la ropa en mejor estado.

Manuel Machado

Antonio era menos hábil que Manuel, hermético y poco hablador, en las cuestiones personales, y, en general en todo lo intimo aunque por sus rasgos nobles y su obra nos haya dejado bastante clara la idea de cómo podía ser en el fondo, unido a sus versos “soy, en el buen sentido de la palabra bueno”. Creo que su obra tanto poética como filosófica es la que habla.

Retrato

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, y un huerto claro donde madura el limonero.
mi juventud, veinte años en tierra de castilla:
mi historia algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara, ni un Brandomín he sido-, ya conocéis mi torpe aliño indumentario-,

mas recibí la flecha que me asigno Cupido,
y amé cuanto ellas pueden tener de hospitalario.
Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina, soy, en el buen sentido de la palabra bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética corté las viejas rosas del huerto de Ronsard; más no amo los afeites de la actual cosmética ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos y el coro de los grillos que cantan a la luna. A distinguir me paro las voces de los ecos, y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera mi verso, como deja el capitán su espada;
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo – quien habla solo, espera hablar a Dios un día -, mi soliloquio es plática con este buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último viaje,
y este al partir la nave que nunca ha de tornar, me encontrareis a bordo, ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar.

Antonio Machado.

Manuel en un viaje que hace a Sevilla se compromete en noviazgo con una muchacha hija de un farmacéutico que se llama Eulalia Cáceres y Sierra, prima en segundo grado de ellos.

La madre muy complacida con estas relaciones le dice: Manuel, no le hagas una felonía a Eulalia.

Manuel junto con Antonio siguen su vida, leen mucho a los clásicos y cuanto cae en sus manos. Salen todas las noches para reunirse con los amigos y escritores de la época como Valle-Inclán, Unamuno, Juan Ramón, Maeztu y Villaespesa. Pasan los años y volvemos con los hermanos Antonio y Manuel que continúan con sus vocaciones por el teatro: cuando le preguntan a Antonio que le gusta del teatro dice que todo pero más que nada representar. De Manuel piensa que podría ser un buen director. Empiezan a frecuentar tertulias literarias, escriben verso y prosa, publican en “La Caricatura”, Manuel con el pseudónimo de “polilla”, Antonio con el de “cabellera” basado en su abundante pelo.

En cierta ocasión que llegó de visita Valle-Inclán, embozado en su capa, a casa de Antonio comentó al entrar: hace un frió que pela, entonces Antonio, dijo….allá voy yo. Lo del pelo era una verdadera obsesión.

Manuel y Antonio colaboran entre otras en las revistas Helios, Blanco y Negro y Alma Española. Manuel con otros escritores, fundaron otras revistas entre ellas Electra, Renacimiento, Revista Ibérica. Manuel es considerado como un maestro de la escuela modernista. En el tercer número de la revista Electra figuran como colaboradores Manuel con un diálogo entre sus personajes Pierrot y Colombina, y Antonio con un poema que titula “del camino”

En 1892 Antonio Machado Álvarez, residiendo en Madrid, partió hacia Puerto Rico buscando mejorar la situación económica familiar, pero tuvo la fatalidad de enfermar gravemente. Un cuñado suyo, Manuel Ruiz, fue quien se encargó de trasladarlo de Puerto Rico a España (Sevilla) sin que la ciencia pudiera hacer nada para salvar su vida. Entre los doctores que le atendieron estaba su otro cuñado, medico, Rafael Ruiz. En Sevilla le esperaba Ana su esposa que estuvo a su lado hasta el último momento. Falleció el 4 de febrero de 1893, a los 47 años, siendo enterrado en el cementerio de San Fernando de Sevilla.

El Abuelo Antonio Machado Núñez en 1896 desempeñaba en Madrid, donde estaba destinado desde 1883, la cátedra de malacología. Aquel mismo año falleció, siendo enterrado en el Cementerio Civil de Madrid, quedando la madre y la abuela al cargo de los muchachos. Ellas eran las responsables de aquella casa, que dirigieron con cariño y talento, pero así y todo, los mayores se les escapaban de las manos, cosa normal en todos los tiempos.

Paco, mi padre, tenía once años cuando falleció el abuelo, por el que sentía gran cariño. Le oí decir que salía con él cogido de la mano y que ya adulto le parecía sentir todavía el calor de su mano en la suya, nada extraño dada la imaginación y sensibilidad de esta familia.

La abuela Cipriana pasó parte de su infancia en Llerena donde recibió una formación privilegiada para su época. Buena escritora, decían sus nietos que también era una gran conversadora. Cipriana, en su día en estrecha compenetración con su hijo, “Demófilo”, había publicado algunos cuentos populares, llegando a ser conocida en aquellas tierras por el apodo de “la mujer de los cuentos”. Fue además una excelente pintora.

Agustín Durán

Otros personajes dignos de mención fueron los ascendientes de Cipriana Álvarez Duran. Entre estos, el padre de Cipriana, José Álvarez Guerra, filósofo y autor de un libro titulado “La Unidad Simbólica o destino universal del hombre”. Este personaje fue uno de los patriotas heridos en la Puerta del Sol el día dos de mayo, siendo posteriormente capitán en el batallón “Cazadores de Zafra”, enfrentándose con él a las tropas napoleónicas. Durante la guerra de la Independencia llegó a ser capitán del Estado Mayor del general Castaños.

Agustín Duran, tío abuelo de Cipriana, fue Director de la Biblioteca Nacional y recopilador del romancero español, en el que aprendieron a leer Manuel y Antonio. Los poetas no llegaron a conocerlo en vida.

La abuela Cipriana les dedicaba una lectura todas las noches. Era una dama muy interesante y cultivada. Seinició en la pintura como un hermano de la madre, copista de la escuela Sevillana, concretamente de Murillo.

Seguimos con ascendientes de Cipriana. Juan Álvarez Guerra, hermano del padre, fue ministro de Agricultura y de Interior, primero en 1814 y posteriormente en 1835, en gobiernos liberales de Fernando VII. Amigo personal de muchos escritores y políticos de la época, como José Quintana, Argüelles, Martínez de la Rosa y Álvarez Mendizábal.

Juan Álvarez Guerra.

La afición por el teatro le duró a Antonio toda la vida. Consiguió entrar como meritorio, sin conseguir más que pequeñas intervenciones de decir cuatro palabras (por algo se empieza), que tenia que compartir con otro meritorio. Una noche le tocaba a él decir aquellas palabras y otra noche al compañero. A la vista de la falta de porvenir, Antonio acabó por dejarlo.

Sus amigos en este mundo del teatro fueron el joven Ricardo Calvo, hijo del gran actor Rafael Calvo, y Antonio Zayas, otro meritorio como ellos, que de cuando en cuando, también conseguía algún papelito.

Hablando de la familia Calvo, quiero recordar que en Toledo se comentaba que aparecían fantasmas -claro esta que no había tales-, pero sí unos hombres que para asustar y algo más, salían envueltos en sábanas blancas por las noches y andaban por los extrarradios. Un día se acercaron a Rafael Calvo y le dijeron…. “la bolsa o la vida”, el actor tuvo la gran ocurrencia y serenidad que le salvó de ser atracado diciendo con el mayor énfasis, como si estuviera representando en el teatro. ¡Antes…. “la vida”!. Se asustaron y salieron corriendo. Este suceso se lo contó Ricardo a Manuel, y Manuel en casa.

Los poetas frecuentan ensayos, escuchan lecturas entre bastidores…. en suma les apasiona el teatro. Por supuesto que también les gusta la música, su preferido es Mozart.

Sienten no tener conocimientos musicales suficientes; según Antonio éstos les hubieran sido muy útiles en la poesía, pues encontraba que “determinados momentos líricos solo podían expresarse plenamente a través de ella”.

De pintores, el Greco, Goya y Velázquez. A Manuel le oí hablar con mucha admiración del pequeño cuadro expuesto en el Museo del Prado, “El tránsito de la Virgen”, de Mantegna. También era muy del gusto de Antonio.

Viajan a Paris, y trabajan para la casa Hipolite Garnier como traductores, primero llegó Manuel en marzo de 1899, tres meses después Antonio. Le recibe Manuel en su hospedaje de la calle Monsieur le Prence, hotel Médicis, uno de los que habitó Paul Verlaine en el barrio latino. El gran poeta francés falleció en 1996, como Antonio Machado Núñez

Conocen en Paris en 1902 a Rubén Darío poeta de lengua castellana, como todos sabemos de corriente modernista, y al gran escritor y periodista guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, asesor literario de la editorial Garnier. Con éste y Rubén Darío, a quien el maestro Ortega y Gasset le llamaba “el indio divino”, se reúnen y leen sus versos. Rubén repite una y otra vez, “admirable, admirable”.

El amigo Enrique Gómez Carrillo, estuvo casado con la artista Raquel Meller, mujer de personalidad arrolladora. Surgió un nuevo género musical que se llamaba “varietes” (espectáculo de variedades).

Enrique Gómez Carrillo

Compitieron Raquel Meller, “La Argentina” y “Pastora Imperio”. Estas tres grandes artistas se hicieron muy famosas en su género que se mantuvo con el mayor éxito muchos años. De las canciones más conocidas de Raquel, fueron “La violetera”, “El relicario”, “Flor de the” y “Si yo tuviera un millón”. Era un estilo el de Raquel Meller que podría compararse hoy con el de Edith Piaf, francesa que apareció en escena muy posteriormente.

Decía Gómez Carrillo en unos versos dedicados a Raquel:

Yo solo quiero añadir Que si cuando canta encanta, No se sabe cuando canta, Si es más de ver que de oír.

Raquel Meller

En un viaje que hizo Rubén Darío dede su país a España, en representación del gobierno que presidía don José Santos Zelaya, en 1908, tenía que presentar las cartas credenciales que lo acreditaban como embajador de su país ante el Rey de España, S.M. don Alfonso XIII. Rubén apunto de llegar al palacio se da cuenta de que se le habían olvidado las cartas y tuvo que volver a buscarlas. Al preguntarle que tal se le habían dado las entrevistas, Rubén Darío contestó: “Su Majestad, palabras cariñosas, y no dijo más”. También tenía muchas facetas de carácter casi siempre encantador pero alguna vez se ponía tozudo. En una ocasión que tomo unos vinillos de más, Antonio que no sabia que hacer con él, pensó en llevárselo a su casa, pero no lo encontró adecuado al vivir con su madre y en familia, acordándose finalmente de su buen amigo Vargas Villa que vivía solo y allí lo llevo donde fue recibido cariñosamente. Antonio se marchó y en las primeras horas de la mañana regresó a ver a Rubén, preparando alguna alusión al exceso de la noche anterior, pero de entrada le dijo Rubén: “estoy muy bien, ¿te acuerdas Antonio de los vinos y las anchoas que tomamos anoche? Pues me sentaron mal las anchoas”. Antonio no se atrevió a decirle nada.

Los hermanos Machado se sintieron muy atraídos por la gran ciudad que es y fue siempre Paris. Decía Manuel que todo hombre de espíritu, tiene dos patrias, la suya y Paris. De todas formas, se sintieron nostálgicos y regresaron a España.

Manuel consideraba Paris la ciudad encantada, del amor fácil, de la libertad y del arte.

Conocieron también a Oscar Wilde, esto se lo oí referir a Manuel, y que el arrogante Oscar había perdido su pose convertido en la sombra de lo que fue. Decía que le produjo gran tristeza encontrarle tan acabado físicamente, AQUEL “adonis”. Eran unos apasionados de la obra del insigne escritor irlandés, que nació en Dublín el año 1854 y falleció en Paris en 1900.

A propósito de Oscar Wilde, leí en un diario que se presento a un examen de griego y le hicieron traducir unfragmento de la obra Éxodo. Conforme terminaban los alumnos éstos iban levantándose y saliendo, menos Wilde. Le dijeron que también su prueba había terminado, invitándole amablemente a que se retirase. El dijo, “señores quisiera saber como termina esta historia les ruego que me dejen hasta el final.” Era de lo más sorprendente.

De las imitaciones opinaba Antonio que generalmente eran una exaltación de los defectos, nunca de las bellezas. Opinando sobre los niños decía, aunque a un niño le vistan sus padres con mal gusto, jamás estará en ridículo, eso se queda para los mayores.

La primera edición de Soledades fue publicada en 1903 al precio de 0,25 céntimos el ejemplar. En las siguientes ediciones el poeta agregó algunos poemas y excluyó varios; el decía siempre que los sentimientos en toda obra eran imprescindibles para transmitirlos.

Del marcado acento modernista, Antonio cambió la trayectoria y el titulo de Soledades por Soledades, Galeríasy otros poemas. Antonio nos va dando la impresión de recogimiento en si mismo y de belleza grave y serena. Cuando salió publicado Soledades, Antonio estaba en Granada para asistir al estreno de la traducción del “Andrea Doria”, hecha por Valle Inclán, representada por Ricardo Calvo.

Antonio le dedicó a don Miguel de Unamuno un ejemplar de su libro Soledades a la manera siguiente, “a don Miguel de Unamuno, al sabio y al poeta, devotamente”.

Antonio machado.

Antonio decía que en lo literario su maestro era Unamuno.

A todo esto, la novia de Manuel en Sevilla, éste decide ir a verla para decirla que tienen que cortar las relaciones por que le queda mucho por hacer y ella tiene una edad crítica y preciosa para quedar en libertad.

Eulalia le escucha con serenidad y dolor diciéndole “tu, puedes hacer lo que quieras, Manuel, yo te esperaré siempre”.

Los poetas un tanto animados pensaron en emprender viaje a Guatemala donde residía desde hacía algunos años su tío Manuel Machado Núñez, hermano del abuelo (el medico del gabán blanco). En realidad era tío carnal de Antonio Machado Álvarez padre de Antonio y Manuel. Este señor, hizo una gran fortuna, parece que tuvo una importante librería en la capital centroamericana, y siempre se ofreció a los familiares para ayudarlos y encauzarlos en ese país, pero las cosas no andaban propicias en las lejanas tierras y tuvieron que desistir. No sería su destino. Manuel tenía cuatro hijos, uno, el mayor, Antonio Machado Palomo, guatemalteco e hijo de su primera esposa, llegaría a ser jurisconsulto de alto prestigio, -aún hoy se concede todos los años el más importante galardón jurídico de Guatemala con el nombre de “Antonio Machado Palomo” – y los otros tres, habidos de regreso a España al enviudar, españoles e hijos de su segunda mujer, bilbaína ella, que se llamaron Manuel,

Miguel y Maria Machado Ugarte, ésta última de pequeña estatura pero de rostro precioso y elegante, fina y dotada de mucho talento. La recuerdo físicamente por fotografías y de oír en casa hablar de ella. Los otros dos hijos vivieron en Sevilla y Bilbao, donde Maria, la hermana pasaba temporadas con ellos indistintamente. María fue durante muchos años la novia de Francisco Giner de los Ríos, amigo de la familia y fundador de la Institución Libre de Enseñanza; presiones familiares les hicieron dejar sus relaciones afectivas.

Muchas aficiones tenían los dos hermanos, pero se dan cuenta que su “modus vivendi” tendría que llegar por otros derroteros. Manuel decide ir a la Universidad, y cursar Filosofía y Letras en Sevilla. Se hospeda en casa de los abuelos maternos, que vivían en el barrio de Triana. Atravesar como hacia Manuel el puente que unía Triana con Sevilla dos o tres veces al día, a la abuela debía parecerle algo insólito: ella lo había pasado media docena de veces en su vida.

Un día Manuel elegantemente vestido, mezcla de chic y algo torero, se cruzó con un mendigo en el puente y éste le dijo: “señorito, to se acaba”. A Manuel le dejó pensativo meditando……

Pasan dos años y termina sus estudios y se inclina por la rama de archivos, bibliotecas y museos.

Manuel Machado

Antonio obtiene la cátedra de francés en 1907. Su primer destino fue el Instituto General Técnico de Soria. Al llegar lo recomendaron a casa de una familia donde se alojaría. Estuvo unos días y quedó en volver para el inicio del siguiente curso que ya le correspondía atender. Se hizo cargo de la cátedra el 21 de septiembre de 1907. Esta vez además del matrimonio con dos hijos estaba otra hija, Leonor, que había llegado de Almenar de Soria con sus tíos. Leonor había nacido en un castillo habilitado como casa cuartel de la guardia civil, donde su padre, que era del cuerpo, estaba destinado. Decían por allí que Antonio había nacido en un palacio y Leonor en un castillo. En Almenar se conservaba una placa conmemorativa desde no hace muchos años.

Para Antonio Leonor fue “la flecha que le asignó cupido”, un amor romántico y apasionado que acabó en matrimonio, celebrado en Soria el día 30 de julio de 1909 en la iglesia de Santa Maria la Mayor.

Conociendo a Antonio podemos imaginar el suplicio de verse, como protagonista que era de la boda, blanco de todas las miradas, deseando terminar y desaparecer; no obstante, se celebró espléndidamente con los familiares y amigos. A la boda asistieron la madre y los hermanos José y Joaquín. Los padrinos fueron Ana, la madre de Antonio, y Gregorio Cuevas, tío y padrino de Leonor.

Antonio colabora en los periódicos sorianos, uno de ellos dirigido por su buen amigo José María Palacio, “El porvenir castellano”.

Extraordinariamente felices, Antonio leía a Leonor sus versos y le hablaba de sus viajes a Paris. A Leonor se le abrían los ojos a un mundo nuevo. También la idea de ir a Paris suponía para Leonor una gran ilusión. Antonio trata por todos los medios de complacerla y al conseguir

una beca de la Junta de Ampliación de Estudios de Filología Francesa que, unido a su sueldo de catedrático, permitía a la pareja desenvolverse con holgura, viajan a la ciudad de la Luz. Además, el poeta tiene una buenísima noticia para Leonor, su libro de poesías “Campos de Castilla” lo acaba de admitir para publicarlo la editorial de Martínez Sierra. En su día, le dedicó el primer ejemplar a Leonor que años después guardaría Antonio como una reliquia.

Llegan a Paris y se hospedan en el pequeño Hotel de la Rue Perronet, dando la ventana de su dormitorio a la calle Saint Pères. Salen todos los días y las primeras semanas lo ven todo, están dichosos. Cuando Antonio preparaba algún trabajo sobre filosofía, que despertaban en Antonio el mayor interés, atiende a sus estudios pero dando siempre prioridad a complacer los deseos de Leonor, que salía con frecuencia con Francisca, la compañera de Rubén Darío, y su cuñada Maria Sánchez del Pozo, que parecía simpatizaba con Manuel. Según Francisca, Rubén estimaba profundamente a Manuel pero admiraba a Antonio.

Manuel, en carta a Juan Ramón Jiménez, le dice: “mi hermano Antonio vive por este año de 1.911 en Paris. Le acompaña su mujer de quien esta contentísimo y enamorado, se casó hace dos años. Trabaja mucho. ¡ que divino poeta ! El mejor de todos, ¿verdad?. Su próximo libro “Campos de Castilla” maravilloso”.

Podemos decir que Leonor, la bien amada por Antonio, fue el decisivo influjo del poeta, hasta el punto que el hermoso paisaje de Soria lo llevaba el poeta siempre en sus ojos.

Un día se presentó Leonor empapada de agua medio llorando. Antonio le dijo: “¿que te ha pasado mi amor?. La ayudó a cambiarse de ropa y la tranquilizó. Había pasado lo siguiente: Leonor estuvo de compras y de pronto echó en falta el bolso que el poeta le había regalado. Volvió al comercio donde había estado y preguntó si habían visto el bolso, pero la dijeron que no. Lo había perdido. La criatura se llevó un disgusto enorme ya que se trataba de un regalo de Antonio, por eso, lloviendo torrencialmente

estuvo de allá para acá buscándolo. Por tal motivo llegó como una “sopa”.

Parece una anécdota, pero en realidad habría que considerarla patética si por ésta, quien sabe, se desencadenó la terrible enfermedad que padeció. Desde entonces ella no se sintió bien.

Tienen en proyecto ir a Bretaña el mes de julio, pero no se realiza. Poco antes, como dice Antonio sin vislumbrar lo más mínimo, a Leonor se le a presentado una hemoptisis. La atienden en una clínica de la calle Saint Denis de Paris. Durante mes y medio, algo repuesta, el médico aconseja a Antonio que regresen a Soria, clima favorable en estos casos, pero sin grandes esperanzas. El sufre en silencio lo indecible y se dedica a Leonor día y noche.

El poeta se ve en la necesidad de hacerse fuerte y regresan a España.

Ya en Soria, con Leonor enferma, Antonio escribía a su madre en los siguientes términos: “mi tristeza es infinita, siempre tenemos motivos para sufrir, pero los únicos dolores que no denigran son los que pasamos por los demás. El plan mío y el de Leonor, desde luego, es ir a Madrid si la mejoría se acentúa pronto. En caso contrario que tú vengas aquí. Leonor me decía hoy, – ahora puede venir la mamá Anita a ver a su niña, si la niña no va a verla a ella”.

Leonor se integró en la familia de Antonio. La madre y los hermanos la consideraban como una hija más y una hermana; se trataron con mucho cariño.

Como era Leonor: Era una joven sin complejos, muy interesada en aprender, escuchaba con el mayor interés al poeta cuando le leía sus versos.

Escribía cartas a Ana, la madre de Antonio, y si cometía alguna falta de ortografía su marido no la corregía para no humillarla. Antonio pensaba irla preparando poco a poco para que adquiriera una buena formación cultural.

Leonor tenía el buen gusto de no quejarse de su enfermedad. Antonio se dominaba para no transmitir sensaciones de la angustia que sentía. Siempre la hablaba en positivo haciendo un verdadero esfuerzo e intentando que nunca faltara la esperanza de superar la enfermedad.

Se pusieron en contacto con el doctor Hauser en Madrid, muy amigo de la familia desde los ya lejanos tiempos en que vivían en Sevilla, para que tratara a la enferma. Pero en este caso fue la muerte la que tomó la iniciativa.

Él no lo quiere creer. Es cuando Antonio en su desesperación se revela contra la voluntad divina en sus versos.

“señor, ya me arrancaste lo que yo más quería, Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar. Tu voluntad se hizo señor contra la mía, Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.”

Antonio, ya en soledad, evocó a Leonor continuamente, a través de sus escritos, tanto en verso como en prosa, siguiendo sus filosóficas ideas del olvido, de la ausencia y del recuerdo.

“Se canta lo que se pierde”

Recuerdo que se comentaba en nuestra familia que Leonor era una muchacha inteligente, angelical y alegre.

Pienso que la alegría de la juventud la hubiera aportado Leonor a su pareja de no haberse malogrado su gran amor. Antonio, junto a ella se hubiera sentido el hombre más feliz de la tierra. El súbito desenlace sumió de tristeza al poeta cuando la muerte rompió “el hilo entre los dos”

En Soria, ciudad bañada por el Duero, la felicidad le duró poco tiempo. Como cantó el poeta:

“Cinco años en tierras de Soria, hoy para mi sagradas, allí me casé, allí perdí a mi esposa a quien adoraba”.

Con motivo del centenario de la llegada a Soria del poeta como profesor de lengua francesa recorrí los caminos hasta San Saturio y la Placeta del Mirón, por donde paseaba Antonio con Leonor. ¡qué emoción sentí !.

En aquellos parajes solo se escucha el silencio.

Antonio solicita de inmediato el traslado, le conceden Baeza, donde estuvo destinado de 1.912 a 1.919.

Ya en la ciudad jienense, escribe a su querido amigo José María Palacio y le pide, de manera muy sutil, que lleve a la tumba de Leonor unas violetas:

“En una tarde azul, sube al Espino al alto Espino donde está su tierra”.

Comienza a escribir versos que son claramente recuerdo emocionado de Leonor.

“Adiós, Campos de Soria, donde las rocas sueñan.

Cerros del Alto Llano
y montes de ceniza y violeta,

Adiós, ya con vosotros
quedó la flor más dulce de la tierra. Ya no puedo cantaros,
No os canta ya mi corazón, os reza”.

“No ves Leonor, los álamos del río con sus ramajes yertos,
mira el Moncayo azul y blanco, dame tu mano y paseemos”.

“Por estos campos de la tierra mía bordados de olivares polvorientos, voy caminando solo, triste, cansado, pensativo y viejo”.

En Baeza, procedente de Granada, recibió la visita del profesor Don Martín Domínguez Berruela, amigo de Antonio, y varios alumnos jóvenes, uno de ellos, de tez aceitunada resultó, ser Federico García Lorca. El profesor

Domínguez Berrueta impartía las clases en muchas ocasiones al aire libre, viajando en los trenes y hablando con los alumnos como un compañero más. Esto parece influencia de la Institución Libre de Enseñanza.

Con otros profesores y amigos organizaron una reunión en el casino que por cierto resultó muy brillante. Para agasajar a los forasteros, Antonio leyó algunos fragmentos de “La Tierra de Alvargonzalez” de su libro “Campos de Castilla”, al terminar, le dedicaron una ovación delirante. Federico García Lorca, interpretó al piano, apasionadamente, “Danza de la vida breve” del gran Manuel de Falla. Decían que la música le había interesado a través de Falla, que le quería mucho y le había enseñado cuanto llegó a saber. En un aparte le dijo Federico a Machado que a él le gustaba la música y la poesía por igual.

Antonio con el tiempo, va asumiendo, aunque muy lentamente el paisaje andaluz:

Sobre el olivar
Se vio a la lechuza Volar y volar.
Campo, campo, campo, Entre los olivos
Los cortijos blancos.

En Baeza, Antonio recibe la triste noticia de la muerte de don Francisco Giner de los Ríos el 18 de febrero de 1915, el día 21 le dedica el más emocionado poema que titula: “A la muerte de don Francisco Giner de los Ríos.

Al año siguiente en febrero de 1916, en sus tierras de oro de donde nos traía su verso divino, muere Rubén Darío. Antonio en la revista España, publica el poema “a la muerte de Rubén Darío”, “la poesía es la palabra esencial en el tiempo”, decía Antonio.

Los poemas a Giner de los Ríos y a Rubén Darío, dan prueba de la gratitud y admiración que Antonio sentía por sus entrañables amigos.


(A DON FRANCISCO GINER DE LOS RIOS)

Como se fue el maestro,
la luz de esta mañana
me dijo: Van tres días
que mi hermano Francisco no trabaja. ¿Murió …? solo sabemos

que se nos fue por una senda clara diciéndonos: hacedme
un duelo de labores y esperanzas.

Sed buenos y no más, sed lo que he sido entre vosotros: alma.
Vivid, la vida sigue,
los muertos mueren y las sombras pasan; lleva quien deja y vive el que a vivido. ¡Yunques, sonad; enmudeced, campanas!

Y hacia otra luz más pura
partió el hermano de la luz del alba, del sol de los talleres,
el viejo alegre de la vida santa.

…. ¡Oh, sí! llevad, amigos, su cuerpo a la montaña,
a los azules montes
del ancho Guadarrama.

Allí hay barrancos hondos
de pinos verdes donde el viento canta.

Su corazón repose
bajo una encina casta,
en tierra de tomillos, donde juegan Mariposas doradas…
Allí el maestro un día
Soñaba un nuevo florecer de España.

Baeza, 21 de febrero de 1915. Antonio Machado.

(AL MAESTRO RUBEN DARIO)

Este noble poeta, que ha escuchado
los ecos de la tarde y los violines
del otoño en Verlaine, y que ha cortado las rosas de Ronsard en los jardines
de Francia, hoy, peregrino
de un ultramar de Sol, nos trae el oro
de su verbo divino.
¡Salterios del loor vibran en coro!
La nave bien guarnida,
con fuerte casco y acerada proa,
de viento y luz la blanca vela henchida, surca, pronta a arribar, la mar sonora.
Y yo le grito: ¡salve! a la bandera flamígera que tiene
esta hermosa galera,
que de una nueva España a España viene.

Antonio machado.

Estando Antonio todavía en Baeza, asistió y fue testigo en la boda de su hermano Paco con Mercedes en el Puerto de Santa María, el día 15 de octubre de 1915. El año 17, volvió para apadrinar a la primera hija de Paco y Mercedes, que se llamó Ana como la abuela paterna.

Al hermano Paco, como familiarmente le llamaban, le destinaron a Cartagena y de allí a Toledo, como subdirector de la prisión provincial, donde estuvo once años. En una de las varias visitas que Manuel y Antonio les hicieron a esta ciudad, este redactó el prólogo a la segunda edición de su obra “Soledades, galerías y otros poemas”.

Antonio pidió a Manuel que mandara algunos ejemplares a varios amigos, entre ellos a Juan Ramón Jiménez.

Manuel se lo dedicó de la manera siguiente: “A Juan Ramón, de parte de Antonio”

Manuel.

Paco y Mercedes tuvieron cuatro hijos, la primera como hemos dicho, nació en el Puerto de Santa María, y los otros tres en Toledo: Maria de las Mercedes, Manuel, al que su tío Manuel ya se había ofrecido para apadrinarle y hasta le había prometido un caballo para cuando fuera mayor, pero al que el destino quiso llevárselo recién nacido quebrando las ilusiones en él imaginadas, ¡el único varón entre todos los sobrinos del poeta!, y Leonor.

Francisco era abogado y del cuerpo de prisiones, procedente de la Escuela de Criminología. Hacia suyo, el lema de Concepción Arenal “odia el delito y compadece al delincuente”.

Ascendido a director, fue destinado a la ciudad de León, donde siguiendo la vena poética familiar compuso varios poemas, entre ellos “El reloj de la cárcel” y “Plaza recóndita” que incluyo a continuación.


“ EL RELOJ DE LA CARCEL”

Hay una luz redonda
En la plaza desierta,
El reloj de la cárcel
Con su campana vieja Sus tañidos al viento Toda la plaza llenan. Cuando suenan las horas, Parece que se quejan.

¡Corazón de la cárcel! ¡Alma de la siniestra mansión del infortunio donde mora la pena! ¡Donde el pobre recluso pasa su vida, muerta, contando del minuto

la intensidad inmensa! ¡Que lentas van pasando las horas de tristeza!
En el ambiente trágico,

flotan como quimeras brazos largos,
plegarias que no alcanzan y deseos de cosas

que no llegan.

El reloj de la cárcel, con su campana vieja, cuando suena, parece que llora o que se queja. Y el lúgubre sonido

de su armonía lenta semeja el eco ronco de un azadón en tierra

Hay una luz redonda En la plaza desierta, El reloj de la cárcel Con su campana vieja.

Francisco Machado


PLAZA RECÓNDITA (Francisco Machado).

En un rayo de sol recogidas,
En la extraña plaza.
Donde cantan y duermen a un tiempo Dos fuentes hermanas,
Decíale un joven
A una niña pálida:
¿Por qué la tristeza
invade tu alma?
Y la niña, al punto,
Dijo acongojada:
¿Ves esas dos fuentes
Que hay en esta plaza?
Tú, eres la que ríe,
Yo, soy la que calla.
Y la fuente muda,
La que seca estaba,
Sobre el blanco mármol
Derramó una lágrima
En un rayo de Sol recogidas
Dos almas soñaban.

Antonio se veía reflejado magistralmente en el poema que le dedicó Rubén Darío titulado “Misterioso y Silencioso” que reproducimos

Misterioso y silencioso
iba una y otra vez.
Su mirada era tan profunda que apenas se podía ver. Cuando hablaba tenía un deje de timidez y de altivez.
Y la luz de sus pensamientos casi siempre se veía arder.
Era luminoso y profundo Como era hombre de buena fe. Fuera pastor de mil leones
Y de corderos a la vez. Conduciría tempestades
o traería un panal de miel.
Las maravillas de la vida
Y del amor y del place, Cantaba en versos profundos Cuyo secreto era de él.

Montado en un raro Pegaso,
un día al imposible fue.
Ruego por Antonio a mis dioses, Ellos le salven siempre. Amen.

Rubén Darío.

El 29 de Octubre de 1.919, Antonio dicta su última lección en el Instituto de Baeza y se despide con los versos ……..

Campo de Baeza soñaré contigo cuando no te vea.

El siguiente destino del poeta fue Segovia. Allí recibió la visita de Don Miguel de Unamuno y se celebró un acto presidido por Machado. Agradecido a tal honor, diciendo a los concurrentes: “dejo la palabra al gran D. Miguel, que tanto vosotros como yo, estamos deseando escuchar”. En la ciudad castellana vivió de 1.919 a 1.928.

Antonio Machado llega a Segovia y toma posesión de su destino el 26 de noviembre, en el Instituto General y Técnico, coincidiendo con la inauguración de la célebre “Universidad Popular”, que en sus fines trataba de difundir la Cultura a través de conferencias, charlas y cursillos. Entre los varios profesores Blas Zambrano, padre de María, rector de la Escuela Graduada Normal, agregándose Antonio a la citada “Universidad Libre” que copresidía con Blas Zambrano.

Crearon una tertulia de la que formaba parte, entre otros, el escultor segoviano Emiliano Barral, al que Antonio Machado le dedicó el poema que acompaño con motivo del busto que realizó el escultor a la figura del poeta, muy de su gusto.

… Y tu cincel me esculpía en una piedra rosada,
que lleva una aurora fría eternamente encantada.

Y agria melancolía
de una soñada grandeza, que es lo español – fantasía con que adobar la pereza -, fue surgiendo de esa roca, que es mi espejo,
línea a línea, plano a plano, y mi boca de sed poca,
y, sobre el arco de mi cejo, dos ojos de un ver lejano, que yo quisiera tener
como están en tu escultura: cavados en piedra dura,
en piedra, para no ver.

Antonio Machado

Aparece la revista “Manantial” en la que destacan colaboraciones del poeta como un ensayo titulado “El porvenir del teatro”, de Miguel de Unamuno con una selección de poemas y el primer trabajo de María Zambrano “Ciudad ausente”.

Un día una señora del grupo se dirigió a Antonio para pedirle unos poemas que quería regalar a una amiga y que resultaron ser para ella misma (amiga imaginaria). El poeta le contestó en carta de fecha 9 de marzo de 1.925 que se los mandaría y que la mayor importancia de estos cantares radicaba en que en aquella época permanecían inéditos y autógrafos. Le incluye los cantares.

Doña María Calvo, en Segovia, le presentó a Pilar de Valderrama. Esta señora tenía verdadero interés en que Antonio le diera su opinión sobre sus trabajos literarios.

En Segovia es casi obligatorio visitar la iglesia fundada por los templarios “La vera Cruz”.

Dijo Azorín “ esta iglesita octogonal es una maravilla inigualable artísticamente; merece verse”. Antonio la visitó con frecuencia.

Antonio pasaba los fines de semana en Madrid, en la calle General Arrando no 4, con su madre y hermanos;

José con su esposa y sus tres hijas que fueron naciendo en aquella casa.

Cuando estaban los hermanos reunidos, como de costumbre en casa de Antonio, se les oía reír como a niños, tenían un gran sentido del humor, si no era uno era el otro, pero allí saltaba la chispa por menos de nada.

Para ellos todas las cosas tenían grandes dimensiones tanto en lo jocoso como en lo serio y responsable, yo diría excesivas.

Le preocupaba mucho la preparación cultural de los jóvenes, entre ellos nos contaba a nosotras, las seis sobrinas: Laly, María y Carmen, hijas de José, y Ana, Mercedes y Leonor, hijas de Francisco. Nos solía decir.: mucha atención a todo, incluso en la calle hay que leerlo todo y observar, porque el pueblo es una fuente de riqueza.

A nosotras, las sobrinas, nos mandaba como una orden leer el Quijote. Decía, “de no alcanzar la perfección,ya sabéis, César o nada”, “yo os enseño, o pretendo enseñaros, que dudéis de todo, de lo humano y lo divino, sin excluir vuestra propia existencia”.

De esto el dicho popular que la duda es la mayor sabiduría.

Decía Antonio de la Copla: “Hasta que el pueblo las canta, las coplas coplas no son, y cuando las canta el pueblo ya nadie sabe el autor”.

En el poeta quedó para siempre grabada la armonía del ambiente de Sevilla, así sus versos: “Mi Sevilla infantil tan sevillana”, y, la nostalgia infinita por la ausencia del padre a quien recuerda con tanta emoción en su poema.

Esta luz de Sevilla, es el Palacio donde nací Con su rumor de fuente.
Mi padre, en su despacho. La alta frente, La breve mosca y el bigote lacio.

Mi padre, aún joven: lee, escribe y hojea Sus libros y medita. Se levanta: va hacia la puerta del jardín. Pasea.
A veces habla solo, a veces canta.

Sus grandes ojos de mirar inquieto Ahora vagar parecen, sin objeto, donde pueden posar en el vacío.
Ya escapan de su ayer a su mañana: Ya miran en el tiempo ¡Padre mío! Piadosamente mi cabeza cana.

Antonio.

Recuerdo que a Antonio, cuando éramos pequeñas, le gustaba que nos llevaran al Museo del Prado los domingos por la mañana y decía: “niñas, ver una sala nada más, el Museo hay que verlo con detenimiento, poco a poco, y, hacer un resumen de un cuadro: veamos, el próximo domingo “Las Hilanderas”, de Velázquez”.

Los domingos íbamos a visitar a la abuela Ana; se hacían tres grupos, las mujeres de los hermanos con la abuela, las seis sobrinas otro y los hermanos, todos juntos, el tercero.

Como ya es sabido, Antonio viajaba a Madrid apenas podía, los fines de semana y otras ocasiones, siendo, en este sentir, precursor de los cortos desplazamientos y como decía en sus versos

Y yo, para todo viaje, siempre sobre la madera en mi vagón de tercera, voy ligero de equipaje.

Cuando hacía una escapadilla, dejaba una nota diciendo “perdido el tren hoy y mañana”. Luego recuperaba el tiempo y el trabajo no realizado.

Se veían con D. Miguel de Unamuno, que había llegado de Inglaterra de la Universidad de Oxford, donde fue nombrado doctor “honoris causa”. Los Machado lo consideraban acreedor a todos los honores.

La gran pasión del poeta eran los viajes. Decía conocer algunas regiones de la alta Castilla, Aragón y Andalucía.

Ahora que los medios de transporte están popularizados, y en su mayoría son asequibles, pienso que el poeta, al que le entusiasmaban los viajes, el ver cercana la naturaleza y los diferentes paisajes, conocer otros países y sus culturas, hubiera disfrutado enormemente.

El autor de Campos de Castilla era tan ecologista que pensaba, o quería pensar, que le oía el paisaje. ¡Bendita ilusión!, y le hablaba diciendo … “¿eres tu Guadarrama, vieja amiga, la sierra gris y blanca, la sierra de mis tardes madrileñas que yo veía en el azul pintada?”.

Los planteamientos ecologistas son más comunes de lo que parecen y muchos los escritores, clásicos contemporáneos, para quienes el destino del hombre va unido inexorablemente a la naturaleza.

Durante el primer año que pasó Antonio en Soria, con motivo de su matrimonio y su destino profesoral, Manuel se marchó a Barcelona, la separación del hermano le afectó sobremanera. Manuel, en Barcelona, cambia de vida, tiene algún trabajo pero más que nada se dedica a la “dolce vita”, o como él dijera a “amores y amoríos”. Conoce a una joven que se llama Julia, de buena familia catalana, y vive un apasionado romance: él no quiere dejar huella de aquel episodio, pero la muchacha está resuelta a todo por no perder a Manuel. Él comprende que tiene que cortar a tiempo. Manuel había regalado un reloj a Julia, y ésta se lo devolvió al romper las relaciones; posteriormente Manuel se lo dio a su hermano Joaquín para que lo guardara, que cumpliendo al pie de la letras el encargo lo llevó hasta Santiago de Chile en 1.939. Carmen, su mujer, cuando regresó ya viuda a España en los años cincuenta, entre sus pertenencias traía el célebre reloj, que años más tarde me regaló con la recomendaciónde que lo conservara. Lo guardo celosamente, con la dedicatoria “ a Julia” grabada en su parte posterior.

Manuel vuelve a sentar la cabeza, y, se acuerda de su prima, la de Sevilla. La escribe una carta diciéndole que vaya hablando con sus padres, que él lo haría con su madre y regresaba para casarse con ella. Eulalia espera felíz la llegada de Manuel. Nos contaba Eulalia que cuando recibió la carta, solo al ver el sobre con la letra de Manuel, llevaba una sopera entre las manos y se le cayó al suelo de la emoción. Se reúne la familia y queda ultimada la boda que se celebraría el 15 de junio de 1.910, en San Juan de la Palma

Manuel se presenta a las oposiciones al Cuerpo de Archivos, Bibliotecas y Museos, y, obtiene plaza en Santiago de Compostela.

Ya casado, Manuel recibe el mejor regalo de esponsales que es la publicación de su libro “Alma” en la ciudad del Sena, por la Editorial Garnier de Paris, donde Manuel y Antonio habían trabajado como traductoressegún hemos comentado anteriormente. Los versos del libro “Alma” de Manuel, escritos en el hospedaje de la calle Vanguard, de Paris, son de un lirismo exquisito, acompañados por la forma elegante y original que le caracteriza.

Manuel entrega a su madre un ejemplar del libro “Alma” con la siguiente dedicatoriaa mi madre, de mi “Alma” Manuel

Las resonancias árabes del libro tal vez fueran inspiradas por los estudios que sobre el folklore andaluz realizó su padre Machado Álvarez, que además de firmar con el seudónimo de “Demófilo” utilizó, a veces, el de “Muley”. Así el poema

ADELFOS (Retrato)

Yo soy como las gentes que a mi tierra vivieron -soy de la raza mora, vieja amiga del sol-

que todo lo ganaron y todo lo perdieron. Tengo el alma de nardo del árabe español.

Mi voluntad se ha muerto una noche de luna
En que era muy hermoso no pensar ni querer …
MI ideal es tenderme, sin ilusión ninguna …
De cuando en cuando, un beso y un nombre de mujer.

En mi alma, hermana de la tarde, no hay contornos… y la rosa simbólica de mi única pasión
es una flor que nace en tierras ignoradas
y que no tiene aroma, ni forma, ni color.

Besos, ¡pero no darlos!. Gloria ¡la que me deben! ¡Que todo como un aura se venga para mi!
¡Que las olas me traigan y las olas me lleven,
y jamás me obliguen el camino a elegir!

¡Ambición! No la tengo. ¡Amor! No lo he sentido. No ardí nunca en un fuego de fe ni gratitud.
Un vago afán de arte tuve … Ya lo he perdido.
Ni el vicio me seduce, ni adoro la virtud.

De mi alta aristocracia, dudar jamás se pudo. No se ganan, se heredan, elegancia y blasón … Pero el lema de casa, el mote del escudo,
Es una nube vaga que eclipsa un vano sol.

Nada os pido. Ni os amo, ni os odio. Con dejarme, Lo que hago por vosotros, hacer podéis por mi … ¡Que la vida se tome la pena de matarme,
ya que yo no me tomo la pena de vivir! …

Mi voluntad se ha muerto una noche de luna
En que era muy hermoso no pensar ni querer … De cuando en cuando un beso, sin ilusión ninguna. ¡El beso generoso que no he de devolver!

Manuel Machado

Se considera a Manuel como la gran revelación del Poeta inspirado por su Andalucía, que él mismo hace gala de ello. Se identifica de la manera siguiente: Yo, andaluz sevillano hasta la médula, de allí soy, de allí mis padres y mis abuelos.

Decía Don Miguel de Unamuno: “los versos de Manuel y Antonio son lo más espiritual que puede leerse hoy en España”. A Manuel, le dedica un elogioso artículo con motivo de la publicación del libro en el Diario Heraldo de Madrid.

Y a archivero bibliotecario, pasado algún tiempo consigue el traslado a la Biblioteca Nacional, y más tarde, a la Biblioteca Municipal, de la que fue Director durante muchos años. La Biblioteca está ubicada junto a la plaza del Hospicio, hoy Barceló, esquina a la calle de Fuencarral, destacándose por su pórtico Churrigueresco.

Curiosamente la reina de Inglaterra Isabel II visitó esta Biblioteca en la única vez que, hasta la fecha, a estado en Madrid, quedando constancia de ello en una placa conmemorativa; ¿Qué quiso ver?.

La Biblioteca Municipal tenía un empleado de toda confianza apellidado Guijo que vivía en el edificio en calidad de conservador. El apartamento abuhardillado lo compartía con su única hija Enriqueta. Como Guijo era

invidente su hija le hacía de lazarillo y le acompañaba a todas partes. Desde el pequeño jardín situado frente a la entrada principal de la Biblioteca se veía en el último nivel del edificio una ventana redonda, manteniendo el estilo churrigueresco de la fachada, que era la única entrada de luz natural y ventilación externa de la vivienda.

Siempre oí llamar a Guijo por el apellido y no por el nombre que era Enrique. Eulalia, la mujer de Manuel, tuvo una buena amistad con la hija del conservador.

En una ocasión, el considerado y admirado Don Miguel de Unamuno, que pasaba unos días en Madrid, dedica una tarde a la tertulia de los hermanos Machado. A la puerta del Café Don Miguel saludó a un joven visitante de la reunión y le preguntó: ¿A donde va Vd.?, A ver a los mismos que Vd, Don Miguel. Las tertulias últimamente eran en el Café Varela, calle de Preciados junto a la Plaza de Santo Domingo. Allí se reunían. El camarero de turno les reservaba la mesa, si alguien intentaba ocuparla le decían inmediatamente, “tengan la bondad de sentarse en otro sitio”. Aquella mesa era sagrada.

En 1912, Manuel alcanza todo un éxito con su libro “Cante Hondo”, que dedica a su mujer Eulalia. De este libro, el día de su aparición, se agotaron en Madrid mil ejemplares, venta insólita en aquellos tiempos, incluso en estos.

Las mujeres de Antonio y Manuel, aunque se trataron muy fugazmente, por la súbita muerte de Leonor, fueron muy amigas: a Leonor la llamaban “la burguesita de Soria”, a Eulalia “la señorita de Sevilla”. Este matrimonio vivió en la calle de Churruca no 15, acompañados por el padre de Eulalia, Francisco de Cáceres Aldama, que había sido farmacéutico en Sevilla.

Manuel y Antonio junto con el hermano José recorrieron varios Cafés de Madrid, en los que tenían tertulias que a veces se hacían tan extensas que ya no era posible concentrase ni para un mero cambio de impresiones. Al gran Don Miguel, como llamaba Antonio a Unamuno, siempre le tenían informado del Café donde habían trasladado la tertulia, por si pasaba por Madrid y quería reunirse con ellos.

Era tal el rechazo que le producía a Antonio el exceso de pelo, que nunca usó bigote ni barba. Se afeitaba diariamente; esto forma parte de su sinceridad hasta en lo físico. Toda la vida se mostró tal cual era; nunca utilizó gafas de sol que le ocultaran la cara, ésta siempre despejada.

Fue entusiasta de la música, sobre todo de la música popular que le recordaba el quehacer de su padre, el gran folklorista, que por cierto merece un mayor conocimiento y estudio de su obra en profundidad. En Sevilla existe la “Fundación Antonio Machado Álvarez. Demófilo”.

La característica de su hijo Antonio era el afán de la perfección, que le llevaba a no estar nunca satisfecho.

Antonio, como buen “institucionista”, los únicos juegos que le gustaban eran los de pelota y a ser posible con buen tiempo y en plena Naturaleza. La Institución tenía un refugio en la misma Sierra de Guadarrama para la práctica de los deportes invernales. También le gustaba el juego de pelota vasca, con este motivo, de cuando en cuando, iba al frontón Jay Alay de Madrid con algún hermano. La Institución había importado el fútbol de Inglaterra. Los alumnos jugaban con el balón apasionadamente: fue un acontecimiento y un gran aliciente para los jóvenes.

Ya están de nuevo los dos hermanos en Madrid con sus amigos de siempre, trabajan parte de la noche en casa, algunas noches salen. Eulalia, la mujer de Manuel, le dice suavemente pero como un reproche: Manuel, tú tienes mucha amistad con mujeres y, eso no lo veo bien. Él le contestaba a Eulalia, “pero esas son las Ermitas, tú, eres la Catedral”. En la intimidad la llamaba cariñosamente Uli.

En 1.921, aparece otro libro de Manuel, “Ars Moriendi”. Los hermanos se ven los fines de semana. En esta ocasión Manuel le dice a Antonio: “Con este libro voy a dar por terminada mi obra poética”. Antonio no aprueba su actitud, pero no le agobia con reproches.

“Tu poesía no tiene edad – dice Manuel a Antonio -, la mía sí la tiene”. Antonio responde sin aceptar el argumento “La poesía nunca tiene edad cuando es verdaderamente poesía”.

Así nos contó Manuel como opinaban los dos hermanos. Antonio le convenció para que desechara esa idea.

La hermana de Eulalia, de vocación religiosa, ingresó en una Comunidad.

Es una paradoja que precisamente Carmen aconsejara a su hermana Eulalia que fuera más alegre y aprendiera guitarra como buena andaluza para alternar y atraer a Manuel, hombre de vida más mundana aunque en el fondo

fuera de sensibilidad a flor de piel. Eulalia era más mística que su hermana Carmen que ya vestía los hábitos de Religiosa. Esta le decía: “Eulalia, en una palabra, tienes que estar más atractiva a los ojos de tu marido”. La monjita, el parecer, era muy realista. ¿a que sí?.

Los Poetas a diario acuden por las mañanas a sus puestos de trabajo, llegando a casa para la comida de mediodía.

Antonio estuvo destinado en Madrid en el Instituto Calderón de la Barca. La última cátedra que ocupó fue en el Instituto Cervantes, en el año 31, hasta el 36 que salió para Valencia.

Hablando en el saloncillo del Teatro Español con la condesa de San Luis, hermana del actor Díaz de Mendoza, ésta manifestó el deseo de que su sobrino Fernandito estrenase una obra romántica y piensa en el Hernani de Victor Hugo. Al oír esto Manuel, le ofrece la traducción hecha por él, Antonio y la colaboración de Villaespesa, aceptando la señora de muy buen grado. Empezaron la adaptación y ensayos. El día 31 de diciembre de 1.924 fue el ensayo general. La obra se estrenó el siguiente día de Año Nuevo con gran éxito. En el entreacto Doña María Guerrero les felicitó y sugirió a Manuel y Antonio que hicieran algo original.

Al año siguiente, Don Jacinto Benavente le presentó a Doña María Guerrero la obra en verso de los hermanos Machado “Desdichas de la Fortuna o Julianillo Valcarcel”.

Fue estrenada por dicha actriz el 9 de febrero de 1.926 con un éxito inolvidable. En años sucesivos se fueron estrenando “Juan de Mañara”, “Las Adelfas”, “La prima Fernanda”, “La Duquesa de Banamejí” y “La Lola se va a los puertos”.

Hicieron además arreglos del teatro clásico, de Lope, “El perro del Hortelano”, “La niña de plata”, “Hay verdades en el amor”. De Calderón “El príncipe constante” y de Tirso “El condenado por desconfiado”. El teatro lo empezaron rozando los 50 y 49 años.

Antonio, que rechazaba cuantas veces podía homenajes y banquetes, aceptó que en honor de los dos hermanos se celebrara un acto de reconocimiento, en el jardín de la Institución Libre de Enseñanza el 21 de febrero de 1.926, con motivo del éxito teatral de la referida obra.

Presidido por Don Manuel Bartolomé Cossio, de avanzada edad, dirigiéndose a ellos de la manera siguiente: “Compañeros y amigos queridos ….. por más viejo en la casa me llaman hoy a ofrendar este agasajo y esta ferviente salutación de todos a nuestros excelsos y amados Poetas. Así que yo, que no he llevado jamás en homenajes y fiestas colectivas la común voz del coro, heme aquí por primera vez haciéndolo cuando bordeo ya los linderos del misterio”. Esta última frase que vuelvo a transcribir y que hace meditar tanto …. “Cuando bordeo los linderos del misterio” ¡Que belleza!.

Se distribuían las escenas que escribían por separado. Los domingos por la tarde en casa de Antonio se reunían para leer los trabajos, romper o retocar. Dicen que las escenas de amor las escribía Manuel pero no llegamos a saberlo. Ahora pienso que fueron escritas indistintamente por los dos.

En 1.928 se estrenó “La Lola se va a los puertos” con mucho éxito en el teatro Fontalba de Madrid, representada por Lola Menbrives y Ricardo Puga. En el último ensayo (ensayo general) Manuel interpretó el personaje del protagonista “Heredia” como él quería que fuese. Manuel como buen andaluz era supersticioso, el día del estreno se rompió un espejo y se vieron y se desearon para que él no se diera cuenta. Pasados los primeros días se lo comentaron y dijo “Hicisteis bien en ocultármelo, si a los nervios de la noche del estreno le aumentamos los del espejito, ¡me hundo!.

Como recuerdo del estreno el Marqués de Fontalba regaló a Manuel y Antonio unos preciosos relojes de bolsillo, el de Manuel era de platino y extraplano, y el de Antonio de oro. Como se sabía que Antonio era muy despistado, detalle que el mismo reconocía, le dijo a su hermano Pepe, “Pepe te cambio el reloj por el tuyo, que si le doy un golpecillo al mío sería una lástima”, cerraron el acuerdo y Antonio quedó encantado.

Solamente vivía Manuel cuando se estrenó en el Teatro Albéniz “El hombre que murió en la guerra”. Recuerdo con emoción que al final de la representación, ante grandes aplausos, se levantó el telón con el escenario vacío en atención a la ausencia de Antonio. Después, salió Manuel y la compañía a saludar.

Como Antonio vivía con la madre, cuando salía iba detrás de él y le decía: “… arréglate, Antonio, van a decir que pareces un sesentón”, él volvía la cabeza diciendo… y, al cabo ¿que soy?”. No hacia caso de pequeñas cosas, “pasaba” como se dice ahora. Entre el calzado grande, porque sufría de los pies, y todos los bolsillos llenos de libritos y cuartillas, parecía un robot, así y todo tenía un porte muy señor. Ese señorío recuerdo que Antonio lo veía también en Pío Baroja, a pesar de su indumentaria, comparándole con otro escritor muy atildado que según él era un cursi.

Antonio Machado

Decía la madre, dolida, que su hijo no había sido feliz más que apenas algunos momentos en la vida, tal vez, por su profunda sensibilidad.

Entendía que Antonio no había sentido las alegrías de la juventud.

El amigo y Poeta sevillano Luis Montoto Rautenstrauch, definió al padre de los Machado como hombre bueno, tenaz, idealista y sencillo, rasgos que según su opinión había heredado su hijo Antonio.

La sensibilidad de Antonio es condición fundamental andaluza, pero que no le impide en absoluto cantar con emoción a su Castilla eterna, esa emoción que él guardaba como nadie y que se llevó consigo, entre sus secretos. Por el recuerdo de Leonor y continuar su obra, podría decirse que seguía viviendo.

No recuerdo bien, pero creo que hacia el año mil novecientos sesenta y pico, repusieron “La Lola se va a los puertos” adaptada a zarzuela por el compositor y guitarrista Don Ángel Barrios, granadino de la época de Manuel de Falla y Andrés Segovia y otros. Siento verdadero pesar de que apenas se conozca esta zarzuela que unida la hermosa partitura a la delicadeza de la obra, es una verdadera gozada.

De los caracteres de los Poetas en la intimidad puedo decir que eran bondadosos y cordiales. Manuel muy simpático y atractivo, Antonio aparentemente distraído, de sonrisa fácil, a veces algo sarcástica.

A Gerardo Diego, con motivo de su destino a Soria, le aconsejó “no cambie Vd. ese rincón por ningún otro”. El se lo llevó en el alma.

En 1.931, Antonio escribe su borrador del discurso de ingreso en la Real Académia de la Lengua, donde había sido elegido Académico en 1.927. Tal vez, circunstancias imponderables obligaron esta demora. Muchos años después este discurso lo leyó el poeta y Académico Don José García Nieto, en la Real Academia en memoria de Antonio, ya fallecido.

El tabaco: Antonio era un fumador empedernido, de costumbre fumaba picadura, él mismo se hacía los cigarrillos; al liarlos daba la impresión de poco tacto, le solían quedar muy huecos y desarmados. La habilidad manual no era su fuerte.

Solamente dejó de fumar durante la enfermedad de Leonor.

Manuel fumaba emboquillados, también hechos en casa, se los solía hacer su mujer impecables: ponía el papel sobre una especie de esterilla, echaba el tabaco y salían perfectos.

Algo que les entusiasmaba era la fruta. Un buen frutero, decían, es el mejor adorno en una mesa por su aroma y colorido, hasta el punto que da pena comérsela. Manuel, cuando veía algún racimo de uvas picoteado se enfadaba y decía “se come el racimo entero, picotearlo no”.

Enrique Gómez Carrillo, Director de “El Liberal”, reclama a Manuel para que entre a formar parte de la redacción del periódico, en calidad de crítico de teatro. Manuel acepta gustoso la responsabilidad que representa el cargo. Este nombramiento, fue muy oportuno porque Manuel estaba pasando por unos momentos depresivos y le ayudó a centrarse en el trabajo, que asumió con entusiasmo. Esto guarda relación con el momento en el que Manuel quiso dar por terminada su obra poética acusando desgana y falta de ilusión.

Las amistades las conservaron siempre. El amigo Zayas llegó a ser embajador en Estocolmo de S.M. Don Alfonso XIII. Antonio Zayas pertenecía a una familia aristócrata que estaba en posesión de algunos títulos nobiliarios. Oí decir siempre que Zayas era Duque de Amalfi, bello pueblo italiano de la Campania, siendo Manuel su íntimo amigo. Sentía por los dos hermanos verdadera admiración, pero trataba más a Manuel. Le gustaban los juegos de mesa y solía ir a primera hora de la tarde a casa de Manuel donde se reunían a jugar al “tresillo” o al dominó. Zayas era tan expresivo que nada más abrirle la puerta empezaba a hablar sin parar con todo apasionamiento y de cualquier cosa. En una ocasión que Manuel le preguntó por su mujer, él siguió hablando y al rato dijo “…. A todo esto Rosa buena” y, continuó hablando.

Recuerdo que en los años treinta, en los anteriores al 36, venía a Madrid de visita, a casa de su tía Ana (mi abuela), María Auxiliadora Ruiz, prima de los Machado, hija del hermano médico. Antonio se quejaba del carácter fuerte de esta prima, que gustaba de querer organizar la vida de todos, (los que se dejaban) y ajustar las comidas a las costumbres sevillanas.

El domingo 12 de julio de 1.936 se reunió toda la familia en casa de Manuel, en la calle Churruca. Durante la comida, recuerdo, Antonio sugirió que Manuel aplazara el inicio de sus vacaciones, previsto para el miércoles 15 de julio, pues la situación en las calles y los continuos rumores no lo aconsejaban. Manuel estaba totalmente de acuerdo, pero su mujer, Eulalia, no quiso variar los planes que tenían organizados.

Manuel y Eulalia salieron para Burgos el día quince de julio, como tenían previsto, para felicitar a Carmen, la hermana de Eulalia, religiosa esclava del Sagrado Corazón, en su onomástica del día dieciséis, y después continuar sus vacaciones por el norte, como hacían todos los años.

Esta vez no pudieron regresar. Manuel y Antonio sienten con toda el alma la separación; Manuel en Burgos, Antonio en Madrid, sin saber uno del otro.

El Ministerio de Instrucción Pública, como entonces se llamaba y de donde dependía Antonio como catedrático, le propone y facilita que salga para Valencia.

Él no quiere salir de Madrid, dice que en circunstancias tan especiales él no se separa de su familia. Le dijeron que eso no era un impedimento porque los podía llevar consigo a todos y que los hermanos que dependieran de la Administración serían trasladados a Valencia para estar reunidos y salir todos juntos.

Llamaron de General Arrando para decir que fueran urgentemente mis padres a tratar un asunto de sumo interés con Antonio, que les daría instrucciones. Les aconsejó preparar un ligero equipaje, llevando lo más preciso, pues era de desear y esperar el regresar pronto.

Antonio salió de Madrid con sus familiares en el mes de noviembre de 1.936 para Valencia. Partimos hacia Valencia en autocares. La expedición se componía de dos, uno de ellos tuvo mejor suerte y llegó a la capital del Turia sin novedad y más o menos a la hora prevista. En el otro, en el que viajábamos los Machado, nos acompañaban los profesores Madinaveitia, Moles, Duperier, los doctores Sacristán, Márquez, Pascual y varias eminencias de las que lamento no recordar ahora sus nombres. Como “jefe” de la expedición nombraron a Antonio, y éste le pidió a Madinaveitia que le sustituyese en el cometido pensando que lo haría mejor que él.

Hicimos noche en Tarancón; antes, a mediodía, paramos a almorzar en algún lugar de las afueras de Madrid, perteneciente a la organización del Quinto Regimiento, algunos de los viajeros y de los organizadores dirigieron unas palabras alegóricas a la situación y al viaje, entre éstos también se escuchó la voz grave, pausada y con ligeros matices andaluces de Antonio Machado. ¿Corresponde a este momento la conocida foto de Machado, el comandante Carlos y otros en dependencias del Quinto Regimiento?.

En la villa conquense, en condiciones de lo más informal, hicimos noche en un edificio que a mi me pereció un acuartelamiento y por el que deambulaban personajes en apariencia perdidos y desubicados.

A la mañana siguiente reanudamos la marcha hacia Valencia, pero cerca de Utiel nuestro autocar empezó a echar humo y tuvimos que desalojarlo.

Se había medio quemado la correa del ventilador subiendo el puerto de Contreras y nos quedamos en la carretera hasta que casi al anochecer vinieron a recogernos en varios coches. Llegamos a nuestro destino aproximadamente a la una de la madrugada y nos alojaron en la Casa de la Cultura, en la calle de la Paz número 42, donde habían improvisado espaciosos salones para albergar juntos a las familias. A los pies de los camastros, cubierto con una sábana blanca, había un objeto voluminoso que según dijeron era una escultura inacabada dejada allí por su autor Victorio Macho, y que representaba la figura de su madre. Nadie se atrevió a destaparla por respeto. ¡Ni por curiosidad!

Antonio solicitó, aunque fuera más modesta, una vivienda independiente, para él y su familia, que le permitiera seguir trabajando con más sosiego y tranquilidad.

Le facilitaron a los pocos días una villa valenciana entre los naranjos en el bello pueblo de Rocafort, a unos veinte minutos de Valencia

La casa se llamaba “Villa Amparo”, tenía planta baja y primer piso.

Entrando por el jardín, en la planta baja, había a la derecha dos habitaciones, el aseo, la cocina y una cochera. En el centro, al fondo de un ancho pasillo, había una escalera que subía interiormente al primer piso y que continuaba hasta llegar a lo alto de la Torre, donde Antonio pasaba largas horas por las tardes hasta que se ponía el sol. Esas puestas de sol maravillosas cada día son distintas por los efectos de la luz y la climatología. Al primer piso se podía entrar también a través del jardín por una escalera exterior, que finalizaba en una pequeña balconada con balaustrada que daba acceso al dormitorio de Antonio. Es justo en esta balconada y al final de la escalera donde Antonio Machado fue fotografiado, tal como se atestigua con una foto divulgada recientemente.

En el primer piso había, a la derecha, dos habitaciones y un espléndido comedor que daba a una hermosa terraza, que en la parte baja era un porche cubierto. A la izquierda, otras dos habitaciones, dos aseos y cocina.

El comedor lo recuerdo perfectamente, se entraba por una puerta de dos hojas de vaivén de madera y cristal; estaba decorado por un zócalo de madera de metro y medio de alto, aproximadamente; en la parte de arriba, colocados a la perfección, nada menos que cuarenta platos de cerámica, pienso que de Manises. Dos antiguos aparadores y en el centro de la sala una mesa rectangular, que a mi me parecía impresionante de grande.

En esta mesa comían los mayores, Antonio presidiendo con la madre, a la derecha de ésta se sentabasu hermano Francisco con su mujer Mercedes, mis padres, a la izquierda de Antonio su hermano José con su mujer Mati, y frente a la presidencia su hermano Joaquín con su mujer Carmen. Este comedor tenía un hermoso mirador donde comíamos las seis sobrinas con un familiar mayor para poner “orden”, era la tía de mi madre, Carmen, de gran condición humana y muy querida por todos, que Antonio quiso que nos acompañara en el viaje como un miembro más de la familia.

Ana, la madre, no consciente de la realidad del momento, preguntaba constantemente por Manuel. Antonio la contestaba que estuviera tranquila porque Manuel sabía cuidarse y controlar las situaciones, aunque fueran adversas.

Cuando las sobrinas salimos por primera vez al jardín nos dijeron: “no se puede cortar ni una sola naranja, hay que esperar instrucciones”. A los pocos días se presentó el administrador de la finca y nos dijo que no solo podíamos cogerlas sino que era necesario descargar los árboles. Al momento nos pusimos las seis tijeras en mano a cortar naranjas y llenar una gran cesta.

De cuando estábamos toda la familia en Rocafort, en 1.937, recuerdo la siguiente anécdota: un buen día, a media mañana, se oyó que Antonio llamaba angustiado, inmediatamente acudió la mujer de un hermano y casi todas nosotras, llevadas por la curiosidad de niñas que éramos. Se trataba de lo siguiente, por el balcón de su dormitorio, que estaba entreabierto, se había metido una gallina preciosa pelirroja que, asustada, por no encontrar la salida, empezó a revolotear y llegó a subirse en la mesa de trabajo que tenía Antonio en su dormitorio.

El ver sus papeles revueltos debió horrorizarle. Se consiguió sacar a la gallina de la habitación y alguien dijo: “¡mañana haremos un caldo con la gallina!”, Antonio que lo oyó dijo: “¡Eso no!, la regaláis, en esta casa no se come esa gallina”. Debía parecerle que comernos aquella gallina era castigar al animalito y tal vez una venganza por nuestra parte.

Esta anécdota de la gallina me hace recordar una película que vi con Manuel y Eulalia, creo que en el cine Bilbao de Madrid. Hace ya tanto tiempo que no recuerdo su título. Era una mansión y el servicio preparaba un pavo para la Navidad que habían criado en la casa. Un hijo pequeño de los señores, que estaba muy encariñado con el pavo, lo llamaba Pedro. Llegó la Navidad y se reunieron toda la familia en aquellos días tan señalados. De pronto, sirviendo la mesa presentaron en una gran bandeja el asado, que se trataba del célebre pavo, al que ponderaron muchísimo por la presentación llena de lazos y demás fantasías, salvo el pequeño que, después de mirarlo con detenimiento, se echó a llorar y dijo: ¡Si es Pedro!. Se vieron y se desearon para consolarle. Esta fue otra anécdota que, a través del tiempo seguíamos recordando Manuel, Eulalia y yo, probablemente por ser excesivamente sentimentales.

El practicante del pueblo iba algunas veces a ponerle las inyecciones cuando estaba enfermo.

Le preocupaba mucho que se estropease algún objeto de la casa. Cuando oía algún golpecito preguntaba enseguida: “¿Qué pasa?”, le contestaban “Nada, Antonio, nada” y se quedaba tranquilo pero no del todo. Nos decía, “si ocurre algo me lo contáis y a reparar”.

En Rocafort encontró un ambiente idóneo para seguir trabajando. Estuvimos todos un año en su bondadosa compañía, siendo la etapa en la que estuvimos más tiempo reunidos.

La convivencia en Rocafort fue amable y todos emprendieron nuevas actividades. Los hermanos de Antonio iban todos los días a Valencia, a sus respectivos destinos, en unos trenecillos de cercanías que hoy parecerían de juguete. Recuerdo el nombre de las estaciones por las que se pasaba: Empalme, Benicalap, Burjasot, Burjasot-Godella, Godella y Rocafort, fin del trayecto para nosotros.

Antonio iba poco a Valencia. Normalmente iban a Rocafort a recoger sus colaboraciones para su publicación en la prensa. Trabajaba incesantemente.

La entrada en Villa Amparo, como decíamos antes, era preciosa: a la derecha y a la izquierda dos enormes limoneros, uno a cada lado. La parte derecha del jardín toda de naranjos que, cuando estaban en flor, daban un perfume de lo más penetrante, estaba bordeado por un paseo que daba a una acequia de regadío para que no le faltase motivo de inspiración al Poeta. “El agua”. A la izquierda, plantas, rosales, jazmines y tantas más…… Al fondo, una caseta para hacer lumbre de leña, donde se hacían las célebres paellas y un pequeño recinto para las gallinas. De ahí, la que se metió en el dormitorio de Antonio, como ya hemos referido anteriormente.

El Poeta bajaba al jardín algunas veces, pero se cansaba, ya que sus achaques no le permitían subir y bajar escaleras. Algunas veces, a pesar de todo, recibía las visitas, que eran muchas, abajo, en el porche dentro del jardín. Recuerdo, entre los más asiduos a León Felipe, Rafael Alberti y María Teresa León. Esta última me llamaba “ojitos grises”.

Cuando trabajaba en la noche, solía refrescarse la cabeza poniéndose debajo del chorro de agua del grifo. El caso es que hacía lo mismo en verano con el calor que en invierno. Entonces la madre le regañaba como a un niño. El contestaba que así se despejaba para seguir trabajando; la realidad es que se cuidaba poco.

Aunque parecía débil de carácter, solo lo era aparentemente. Nunca dejaba de hacer lo que se proponía sin escatimar el esfuerzo. No se dejó dominar por nada, tenía tal objetividad y autoridad en sus cosas que al final se le daba la razón (porque además la tenía).

Un día del poeta en Rocafort:

Se le pasaba el desayuno a la habitación hacia las nueve de la mañana, como no había café tomaba una taza de malta, si acaso con leche y una tostada de pan con aceite; sobre las once se le veía por la casa pensativo.

El pasillo central de la casa era muy amplio, te podías cruzar con él como si fuera una calle de dos direcciones.

Hacía tiempo, hasta el almuerzo y sobremesa, leyendo. Se retiraba un rato y volvía para darnos clase de francés a las sobrinas. Decía: “estas niñas no pueden estar en barbecho”. Eran unas clases concienzudas pues no escatimaba su trabajo procurando hacerlas fáciles. No había más que escucharle con atención. ¡Que paciencia la suya!. No obstante con nosotras era bastante exigente, a la menor equivocación se echaba las manos a la cabeza y con expresión amable quitaba el mal sabor de boca, aunque a pesar de todo algo intimidaba. Cuando rectificabas el error decía satisfecho “perfecto”.

Nos explicaba que Juan de Mairena era un filósofo amable, un poco escéptico que tenía para todas las debilidades humanas una benévola sonrisa de comprensión y de indulgencia, que solía expresarse con unas gotas de ironía.

A media tarde subía a lo alto del edificio, a la torre, desde donde se divisaba el mar en el lejano horizonte; se llenaba los ojos del paisaje y bajaba a la hora de la cena.

Luego ya se sabe, trabajaba hasta la madrugada. A media noche paseaba lentamente por la casa, pienso que para estirar las piernas, iba encendiendo y apagando luces para ver, y casi siempre por equivocación encendía la del dormitorio de alguno de los hermanos. Si despertaba a Joaquín y Carmen, estos medio enfadados le decían “Antonio ten más cuidadito, que hay noches que no volvemos a conciliar el sueño”. Antonio no sabía que alegar para disculparse; creo que en la noche, absorto en sus pensamientos, se desorientaba fácilmente.

El poeta, a pesar de su ensimismamiento, siempre captaba lo que acontecía a su alrededor.

Antonio Machado era persona que infundía respeto, compatible con su cordialidad. Decía que nada podía superar a la naturaleza, que consideraba como un ser viviente. De ahí el amor que le producía hasta un palmo de tierra. Sin duda se apreciaba en su sensibilidad la huella dejada por las clases que en la Institución Libre de Enseñanza se impartían al aire libre, preferentemente en la sierra de Guadarrama, lugar emblemático en el que repetidamente se inspiró el poeta.

El poeta llega a condensar sus pensamientos de tal modo que le bastan cuatro palabras para decir algo esencial como: “hoy es siempre todavía”.

Tenía una gran admiración por las palabras árabes, que según él, enriquecían sobremanera el léxico español. En esto se manifiestan sus orígenes andaluces y el reconocimiento del valor de las tradiciones populares, tan admiradas por sus ascendientes.

A partir de febrero de 1.938, los hermanos de Antonio, ya por separado, fueron trasladados a nuevos destinos que les designaron en Barcelona.

A un lado de la puerta principal de Villa Amparo, aparece una placa conmemorando que en aquella villa había vivido Antonio Machado.

En el mes de abril del 38 salió Antonio para Barcelona, acompañado de su madre, de su hermano José, su esposa y las tres hijas de estos. Fueron los últimos de la familia en salir de Rocafort.

Otra vez de Hotel, en el Majestic, donde estuvieron hasta que le consiguieron alojamiento en la Torre de Castañer, en la zona de la Bonanova.

En la Ciudad Condal habían habilitado tres hoteles para facilitar el alojamiento a los funcionarios del Estado y sus familiares. En las Ramblas el Hotel Falcón y el Hotel Oriente. El Hotel España en la calle San Pablo, junto a las Ramblas y al lado del Liceo, en el que residimos mis padres, mi tía Carmen, mis dos hermanas y yo. Por cierto, tía Carmen falleció en este hotel a finales del 38, siendo enterrada en el Cementerio de Montjuic. Todos estos hoteles estaban situados en una zona que por su proximidad con el puerto estuvo muy castigada por los continuos bombardeos y por el pánico que estos generaban.

Fuimos una cuantas veces a visitar, a la Torre de Castañer, a la abuela Ana, a Antonio, a José y su familia. Recuerdo a tío Antonio, con la madre, en una galería acristalada que hacía de sala de estar y de lectura. Allí nos saludábamos cariñosamente todos. Los mayores charlaban, y nosotros, la gente menuda, jugábamos en el jardín y alrededores. Luego regresábamos a nuestros aposentos en el Hotel España.

Desde esta Torre de Castañer, en Barcelona, Antonio, mama Ana, como llamábamos a la abuela, Pepe y Mati, salieron el 22 de enero del 39, con dirección a Francia, prácticamente sin destino y con rumbo aleatorio.

Les fueron a recoger en una ambulancia, cuyos conductores les decían “vamos, vamos, no se demoren”. Antonio les dijo “¿tienen prisa?, pues yo no”.

El trayecto hasta la frontera, aunque corto en distancia, se hizo interminable por la caótica, triste y lamentable marcha hacia el exilio de tantos y tantos españoles. Añadir la quebrantada salud del Poeta, el sufrimiento que sentía por sus acompañantes y el hondo que sentía por la España que dejaba. El panorama no podía ser más angustioso.

¡Casos como éste, tantos¡ El camino del exilo empezó a primeros de enero del 39, a mi familia nos tocó iniciarlo unos día antes que a Antonio.

Íbamos en una camioneta tapados por mantas, de color claro, por la costa. De repente decían que había que quitárselas de encima por resultar un blanco fácil de localizar paralos cañones de los barcos, cuyos obuses caían constantemente. Cada rato….. ¡todos a las cunetas!.

Antes de llegar a la frontera nos encontramos, cerca de Figueras, con Joaquín y su esposa, que iban en otro grupo. Recuerdo un fuerte abrazo y un “adiós” al despedirnos. Esto es un pequeño detalle, ¡mejor pasar página!

Hay una fotografía de Antonio, de las últimas, con su hermano José y unos amigos, en un alto en el camino hacia Francia, en la que duele verle en abandono total, entregado a su inminente destino. En espíritu, él ya no estaba all

El grupo familiar de Antonio Machado llegó a Collioure el día 29 de enero a las cinco y media de la tarde, donde se instalaron en el Hotel Bougnol Quintana.

Uno de los días que allí pasaron, Antonio le dijo a su hermano: “Pepe vamos a ver el mar y damos un paseo”. Se sentaron en una barca amarrada en la playa, y Antonio se mantuvo ensimismado hasta que regresaron. Fue la última salida del poeta hasta la orilla del mar.

Rendido de fatiga, Antonio dictó a su hermano una carta para él, dice Santullano, la última carta del Poeta. Los trazos de su firma vacilante declaraban que la existencia de Antonio Machado escapaba hacia el más allá.

Antonio Machado. Collioure.

Su muerte. El día 22 de febrero, miércoles de ceniza, fallecía Antonio a las cuatro de la tarde. Según se sabe, las últimas palabras que pronunció fueron ¡Adiós Madre!. Tres días después murió la madre, cumpliéndose el vaticinio que ella adelantó en Rocafort: “Estoy dispuesta a vivir mientras viva mi hijo Antonio”. En el lugar del supremo descanso, los restos de madre e hijo están unidos para la eternidad.

Hablamos de su pérdida, de su muerte real, aunque ciertamente le sentimos vivo entre nosotros. Siempre está, aún en su inevitable ausencia.

La sepultura fue encargada por los amigos de Machado y suscripción popular. Muy sobria, como si la hubiera elegido él mismo. Está en el centro de una especie de herradura de cipreses. Es como un pequeño remanso de paz.

Su hermano José encontró en un bolsillo del abrigo de Antonio el último verso:

Estos días azules
y este sol de la infancia.

Resumiendo: Antonio admiraba sobre todo la Naturaleza, en cuanto le era posible salía al campo, a llenarse los ojos del paisaje. Los hermanos fueron siempre muy afines sentimentalmente, a pesar de que Manuel hiciera una vida social más intensa en la ciudad. Realmente estaban extraordinariamente unidos.

En Antonio quedó la huella imborrable de su padre, con el que, según decía, tenía verdadera afinidad.

La formación cultural la veía Antonio como algo insustituible. En una ocasión, refiriéndose a los estudios filosóficos que en él habían despertado tantísimo interés, alguien dijo: “Los trabajos filosóficos, en efecto, son muy interesantes pero no deben divulgarse demasiado”, contestó el Poeta “La cultura es de todos y para todos”.

Les voy a transcribir algunas opiniones sobre Antonio, extraídas de “Semblanza de Antonio Machado”, del eminente periodista Luis A. Santullano, que se encargó en los últimos años de publicar casi todos los artículos de Machado:

“Nuestro Poeta era todo cordialidad, afectuosa y señorial, de esa que no se manifiesta con familiaridad de gestos, abrazos y golpecitos en la espalda. Antonio gustaba de la intimidad, y en las horas de recreo de diálogo cordial. Prefería la compañía de los suyos y de las personas que merecieran su estimación”.

“Personalmente recibí la prueba más clara de la amistad de Antonio en la ocasión de formarse, en Madrid, la comisión encargada de secundar la iniciativa sevillana para dedicar una fuente a los poetas Manuel y Antonio en el hermoso Parque de María Luisa”.

El arquitecto de jardines Winthuysen, recibió el encargo de proyectar la Fontana y que las obras se realizasen con arreglo al gusto de los poetas. Manuel, dio su delegación al escritor Pepe Tudela y Antonio a Santullano, que agradeció su confianza.

“Antonio Machado fue uno de los vocales más asiduos al Patronato de las Misiones Pedagógicas que presidía el Sr. Cossio. Él hablando poco, decía siempre la palabra justa y orientadora. A Machado, que no tenía la menor soltura cuando intentaba ponerse el abrigo, los amigos trataban de ayudarle tirando de aquí y de allá hasta acomodárselo. Antonio se sometía sonriente a la operación no sin antes decir entre dientes: “Este maldito abrigo…”.”.

Manuel. Esto que voy a relatar lo supimos cuando regresaron a Madrid Manuel y Eulalia en el año 39. Pienso que Antonio no lo llegó a saber y que hubiera significado par él una gran satisfacción. El día 19 de febrero de 1.938, le comunicaron a Manuel que había sido elegido Académico de la Real Academia de la Lengua. El acto se celebró en San Sebastián, en el Palacio de San Telmo, abarrotado de público. El día 5 de enero había sido nombrado propuesto por Don José María Pemán y Don Eugenio D’ors.

Le dijeron: sabemos que Vd. no lo ha solicitado, que acaso no lo esperaba ni tal vez le interesa. Manuel contestó: efectivamente jamás lo he solicitado, ni de momento lo esperaba, pero que no lo deseara – esto dicho con su gracejo andaluz – eso, eso es otra cosa. Al cabo, para un escritor es la consagración suprema.

Manuel leyó el discurso de ingreso con el título de “Semipoesía y posibilidad”.

De la muerte de Antonio Manuel se entera por medio de un cartero que le pregunta: Don Manuel, ¿Vd. tiene algún familiar que se llama Antonio Machado?. He oído que este señor ha fallecido en Francia.

Manuel creo que casi no pudo contestarle y corrió a ver la prensa extranjera donde comprobó tan triste suceso. Decía Eulalia que en la vida lo había visto tan abatido; eran unos hermanos que hubieran dado la vida uno por el otro. Como no sabe lo de la madre, arregla los pasaportes y salen inmediatamente para Collioure a recogerla y ver al hermano. En el camino se entera de la muerte de la madre, no obstante van al encuentro de los que quedan.

José y su esposa Mati, como la llamaba amorosamente, estaban solos, mirando la calle a través de una ventana, en silencio, cuando Mati exclamó: ¡Ahí llegan Manuel y Eulalia. Pepe la contestó: “Déjate de alucinaciones”, no la creyó en aquel primer momento inesperado, pero a medida que se iban acercando, comprobó que, efectivamente, eran ellos. Allí se organizaron momentos tensos de infinita amargura y finalmente regresaron solos. Pepe y Mati, esperaban reunirse con sus hijas en Santiago de Chile.

A Manuel, los últimos años se le veía antes del almuerzo con los amigos en un bar de la calle de Fuencarral, llamado “La Criolla”, a la salida de la Biblioteca Municipal. Por la tarde, los jueves, eran las sesiones de la Real Academia.

La temporada de las corridas de toros, supongo que sería por San Isidro, en el palco de la Prensa tenía su abono junto a Don José María Cossio, Domingo Ortega y otros. Imposible olvidar sus verso a la Fiesta Nacional, con los que plasma un verdadero cuadro.

“Oro, Seda, Sangre y Sol”.

Solía recibir a los amigos en su casa, casi todos escritores de la generación del 27, que le llamaban Maestro cariñosamente. Ya no era el Manuel Machado de antaño, por su edad, salud y recuerdos abrumadores. Comentaba preocupado mi padre, con el que se veía casi a diario, que encontraba a Manuel indiferente por la vida y resignado, algo insólito en él. La muerte del hermano no la superó nunca.

Última foto de Manuel Machado

Años después, el 19 de enero de 1.947, falleció Manuel de una bronconeumonía. Cuando se comunicó la muerte a la Real Academia, se presentó el pleno muy emocionado en el domicilio a darle el último adiós al compañero, solicitando velarle unas horas en el edificio de la Real Academia para que saliera de allí el cortejo fúnebre (existe grabación del NO-DO).

En los últimos días, ya enfermo, contrató la publicación del libro, que tituló “Obras Completas” de los dos hermanos con la Editorial Plenitud. Incluyen el último verso inédito de Manuel, tan sonoro, dedicado al Gran Manuel de Falla.

Su Viuda, Eulalia Cáceres y Sierra, con dispensa especial del Vaticano por su avanzada edad, ingresó en una Comunidad Religiosa de origen italiano “Cottolengo del Padre Alegre”, en Barcelona, donde fuimos a visitarla varias veces.

Y al fin, estos fueron, en síntesis, algunos rasgos en la vida de los grandes Poetas Antonio y Manuel Machado.

Recientemente:

El día 25 de febrero de 2.005 salí desde Barcelona hacia Collioure, acompañada de otros familiares, e hicimos el itinerario que sufrió Antonio Machado con su madre, su hermano José y la esposa de éste, los cuatro, para pasar la frontera de Francia, como tantos españoles,

Antes de iniciar el recorrido visitamos la Torre de Castañer, donde fuimos recibidos gentilmente por sus propietarios Sres. Guell, que tuvieron la atención de acompañarnos en la Jornada de Collioure. Allí se presentaron la Sra, Guell y una hija.

El primer destino y parada, del recorrido hacia Collioure, fue Raset de Baix, una aldea cercana a Cerviá de Ter (Gerona), Can de Santa María, donde un matrimonio extranjero nos enseñó el edificio por dentro que actualmente están transformando en Museo de Arte Moderno. Inauguraron cuatro salas el 29 de octubre último

Me parece recordar que los dueños del Museo eran suizo y holandesa, Tony y Wilde Bueler; solo se hablaba de que Antonio Machado había permanecido allí varios días, en aquellas salas, y que esto era algo que debía permanecer para la historia.

A continuación llegamos a Mas Faisat, vieja masía del siglo XII, perteneciente al Doctor Faisat, que nos hizo un recibimiento espléndido. Él vive allí parte del año. Dentro de la antigüedad de la masía, la parte habitable esta muy actualizada y cómoda.

Finalmente llegamos a Collioure en autocar, donde nos esperaban el Excmo. Sr. Alcalde y el Presidente de la Fundación Antonio Machado en Collioure. Todo fueron atenciones en un ambiente de cordialidad y emoción. Además recibimos, las cuatro sobrinas, la medalla de honor, tan preciada, de la localidad francesa de Collioure. Al día siguiente, volvimos a Barcelona en la grata compañía de la escritora Monique Alonso, muy introducida en la obra de Machado, hasta la noche que regresamos a Madrid, nuestro punto de partida.

Madrid 2009

Leonor Machado.

ADRIANA LECOUVREUR en la ópera de Fancesco Cilea y en el teatro después del estreno de ésta ópera.

Lo cierto es que con el inicio del siglo XX la imagen, vida y muerte de la Actriz Adriana Lecouvreur fue identificándose con el libreto de la ópera que el 6 de noviembre de 1902, en Milán (Teatro Lírico), se estrenó con la participación de Angélica Pandolfi como Adriana y Enrico Caruso en el papel de Mauricio. El compositor de la música fue Francesco Cilea, el autor del libreto Arturo Colautti, según el drama de Eugène Scribe y Ernest Legouvé.

El éxito de esta opera fue rotundo desde su estreno, y a lo largo de los años, y hasta la fecha, tanto las más importantes sopranos como los más acreditados tenores, han incorporado esta ópera en su repertorio y representaciones. El prestigio de Adriana Lecouvreur sigue vivo y en aumento, siguiendo el éxito de esta opera. Hoy raro es el año en que no se representa esta ópera en la mayoría de las grandes ciudades del mundo y en los más acreditados teatros líricos.

Además el aria de Adriana “Io sono l’umile ancella” (Yo soy la humilde esclava del genio creador), ha conquistado también las salas de conciertos y recitales.

Tras el estreno la obra se representó en 1903 se en Bolonia, en 1904 en Hamburgo y en el Covent Garden de Londres, en 1907 en el Metropolitan Opera con Lina Cavalieri y Enrico Caruso, “e cosí via” , hasta que en 1932 llega a La Scala de Milán y en 1948 al Teatro Colón de Buenos Aires.

Nuestro Plácido Domingo debutó en el Metropolitan Opera en 1968, junto a Renata Tebaldi, interpretando al conde de Sajonia, Mauricio. Este mismo personaje lo ha interpretado también José Carreras en muchos escenarios.

El personaje de Adriana ha sido un favorito de las grandes sopranos, destacándose Claudia Muzio, Magda Olivero, Leyla Gencer, Virginia Zeani, María Callas, Montserrat Caballé, Renata Scotto, Renata Tebaldi, Mirella Freni y hoy en día  Olga Borodina y Angela Gheorghiu.

Como ya hemos indicado el libreto se basa en el texto de Scribe y Legouvè, sin grandes variaciones, aunque los cortes para su adaptación a los tiempos de representación y los que el propio Cilea realizó, la convierten en uno de los textos más confusos que se hayan escrito, haciendolo difícil de seguir. Aun así el personaje de Adriana es encantador , y la música suple las deficiencias del libreto, que como ya resulta muy conocido no impide que la leyenda de Adriana siga.

Destacar que Adriana es un ejemplo de ópera verista, que aunque no alcanza la popularidad de  I Pagliacci  y  Cavallería Rusticana, su fama  y altísima valoración es incuestionable.

El Libreto

Primer Acto.

La acción se desarrolla en la Comedia Francesa, en el mes de febrero de 1730. Michonet, director de escena supervisa los últimos detalles antes de que comience la representación del día, su aspiración es llegar a ser socio propietario del teatro. El príncipe de Bouillon, acompañado del abate Chazeuil llega al teatro para ver a su amante, la actriz Duclos, pero es Adriana Lecouvreur la que llega y conversa desenfadadamente con el príncipe sobre arte. El príncipe observa que la Duclos escribe una nota secreta, e intrigado por su contenido intenta hacerse con ella. Michonet, a solas con Adriana, aprovecha para confesarla su amor, pero ella le contesta que le aprecia mucho pero que esta enamorada de un oficial sajón, llamado Mauricio, que en ese momento entra en la sala y explica a la actriz sus dificultades de índole político. Adriana le entrega un ramillete de violetas y se ofrece para hablar a su favor ante el máximo superior de Mauricio, el Conde de Sajonia.

Segundo Acto.

Mauricio se vuelve a encontrar con la princesa de Bouillon en el salón de su casa de campo. Ella, tremendamente celosa del que cree su enamorado. recibe de éste, que se lo da para aplacarla,  el ramillete de violetas que Adriana le ha regalado. La princesa le informa del resultado de las gestiones que en su favor a realizado ante la corte, le dice que el Rey esta de su parte, pero que tiene enemigos que esperan verlo encarcelado en la Bastilla. De repente aparece el príncipe junto a los artistas de la Comedia, a los que ha invitado, con ellos viene Adriana, que viene con el objetivo de conocer al Conde de Sajonia para interceder por Mauricio. Adriana se sorprende al encontrar allí a Mauricio, y más al darse cuenta que es el Conde de Sajonia en persona, que en aparte le dice que ha tenido que ocultar su personalidad por razones políticas.  Mientras la princesa de Bouillon se ha escondido en la habitación contigua para no ser vista por su marido. Mauricio confía en Adriana la huida de la misteriosa dama que esta escondida. Adriana cumple con su cometido, pero, a pesar de la oscuridad, la voz y las palabras de la desconocida la inducen a la sospecha y a los celos.

Tercer Acto.

La casa mansión del príncipe esta preparada para una representación teatral. La princesa esta inquieta por no saber quien es la mujer que la noche anterior la ayudó, por  mandato del conde, a escapar, pues intuye en ella a una rival, Cuando llega a su casa Adriana la reconoce por la voz.  Ambas  entablan un duelo de palabras para llamar la atención de Mauricio. Al final de la fiesta la princesa de Bouillon se acerca cada vez mas llamativamente a Mauricio y Adriana. A sugerencia de los invitados recita un monólogo de Fedra de Racine, que dirigido a la princesa mirándola resulta, por su contenido, acusador e insultante para la princesa. Adriana se va de la fiesta con la amargura de creer que Mauricio ama a su rival y no a ella.

Cuarto Acto.

Adriana, en su casa recuerda con dolor la fiesta del día anterior. De repente llegan sus compañeros de la Comedia para felicitarla en su cumpleaños, lo que anima a Adriana. Una vez sola abre un cofre, que alguien ha dejado en la sala, y que contiene el ramillete de violetas, ya marchitas, que cree reconocer como el que regaló el día anterior a Mauricio, entendiendo que se lo devuelve por no amarla. Desolada huele las flores. En ese momento llega Mauricio para pedirla perdón y pedirla que se case con él. Adriana le reitera su amor, pero el ramillete de violetas contenía un perfume envenenado que termina por matar a Adriana, que cae en brazos del desesperado Mauricio.

Como puede observarse las diferencias entre el texto de la obra de Scribe y Legouvé y el libreto escrito por Colauttino no son muchas y no cambia el segundo ni el sentido ni el argumento básico de la historia desarrollada por el primero.  En realidad las diferencia parecen, como ya hemos indicado, sugeridas por la obligada adaptación del texto escrito para teatro  a un libreto para ópera, con sus escena y arias  musicales y cantadas.

Como curiosidad y en relación con el mundo operístico digamos que en la revista “CRONICA de la MÚSICA”, del jueves 10 de abril de 1879,  se dice en el apartado “Las obras nuevas”:  El maestro italiano Maucinelli, autor de unos bellísimos entreactos para la tragedia Cleopatra de Cossa, está escribiendo una ópera por encargo de la Sra. Donadio, con el título de Adriana Lecouvreur”.  Hasta la fecha no he encontrado más noticias de este encargo.

Adiana Lecouvreur en el teatro después del estreno de la opera de Cilea.

No cabe duda que el estreno de la ópera de Cilea y el éxito que alcanzó desde su estreno aumentaron el conocimiento popular de la vida de Adriana Lecouvreur, quedando reforzada la probablemente incierta teoría de su muerte por  envenenamiento inducido por la princesa o condesa de Bouillon.

Sin embargo, aunque con menor trascendencia hasta ahora, surgieron nuevos estudios biográficos que o bien reafirmaron la mayor parte de los hechos confirmados en su momento o bien, en base a un interés meramente literario, incluían hechos no ciertos y de ficción sobre la vida y, siempre muerte, de Adriana Lecouvreur.

En este sentido queremos destacar dos artículos y aquellos trabajos u obras a los que hacen referencia, una anécdota final y una breve referencia al arte cinematográfico.

a)    El primero de ellos se publicó el 16 de octubre de 1903 en el HERALDO DE MADRID, con ocasión del estreno en el Teatro de la Princesa, nuevamente y en aquella temporada teatral, de Adriana Lecouvreur de Eugene Scribe. El  artículo lo firma Manuel Bueno,  y lo reproducimos íntegramente por su interés y, en cierto modo, resumen sobre lo cierto de la vida de nuestra Adriana Lecouvreur; dice así:

“Hace algunos años cayó en mi poder el libro que Ravanel ha consagrado a la eminente e infortunada actriz del siglo XVIII.

Es un libro curioso, que abro de cuando en cuando, porque me hace vivir durante buenos momentos en la intimidad de un alma noble. Leal y desgraciada. Acaso haya más de un lector que ignore quién fue Adriana Lecouvreur y la intervención que tuvieron lo novelesco y lo trágico en su no muy dilatada existencia. Pormenores de su nacimiento, de su carrera, de sus relaciones sociales; episodios amorosos de su corazón, descalabros y triunfos de la artista, decepciones sentimentales y  embriagueces de la mujer, noticias de su vida y de su muerte; todo aparece con tal sello de autenticidad en las páginas del libro, que aleja de nosotros hasta la sospecha de que un interés editorial haya podido fijar en ellas ni una sombra de mentira.

Adriana Lecouvreur fue la primer actriz que logró, a fuerza de talento, de gracia seductora y de habilidad femenina, la consideración social que sus contemporáneos negaban obstinadamente a los cómicos. Continuaban éstos sometidos al bárbaro e injusto prejuicio que reconocía su inferioridad. Teníaseles por seres indignos de convivir con las personas, por bestias de recreo, cuya vida no interesa. Adriana venció aquella densa atmósfera de animadversión y de desdén, y consiguió para su persona las asiduidades del trato social y los homenajes que ni el mismo Molière había podido recabar para la suya. Mucha gente de la nibleza titulada y no pocos hombres geniales de aquel tiempo dieron en frecuentar su casa. No era rica; pero los rendimientos acumulados de su trabajo la consentían vivir con cierta holgura. Adriana compartía sus ocios entre las damas de la aristocracia y entre los escogidas hombres a quienes hizo merced de su amistad.

Fontenelle, Voltaire, d’Argental, el conde Cayens, el abate Aufreville y el conde de Sajonia eran los preferidos. Y no porque la actriz saciara afanes vanidosos con el trato de aquellas celebridades.

“Mi orgullo – escribe la misma Adriana – no se cifra en brillar, sino en reunir en torno mío unos cuantos espíritus escogidos, una reducida sociedad de hombres acreditados por su talento y su bondad. Escuchar en silencio la palabra amena de esos hombres me satisface mil veces más que el verme asediada por las frases anodinas e insulsas con que pretenden lisonjearme algunos señores fatuos de la aristocracia. Y no es que yo sea insensible a esos tributos de fineza; es que se me quiere obligar a pagarlos con cortesías demasiado renovadas, con deferencias personales, yeso me abruma y me irrita”.

Casi todos sus amigos tuvieron alguna hospitalidad amorosa en el alma de Adriana; d’Argental, a quien la actriz desengañó al cabo de poco tiempo, en unas cartas que tengo a la vista, y que son un dechado de dellicadeza y de lealtad femenina; Voltaire, y otros. Pero la pasión de su vida, el amor que consumió sus ternuras más hondas, el que la hizo sufrir y gozar en una medida que solo comprenden los grandes temperamentos sentimentales, fue el conde de Sajonia. He leído las cartas de Adriana a su amante, y ellas conservan todavía el perfume de su intenso amor. ¡Qué sencillez! ¡Qué elocuencia tan tempestuosa y, sin embargo, tan limpia de artificio! Es llana, y sus lágrimas desgarran. Se queja de las infidelidades del conde; se duele amargamente de la perfidia con que éste procede, y a pesar de todo le absuelve y le ama cada vez más.

La actriz no conoce ese imbécil amor propio que tanto nos choca y nos subleva en las mujeres de nuestro tiempo. Perdonar cuando se quiere con las entrañas le parece tan natural, que ni por un momento se considera humillada o indigna. Al morir, vuelve el contraído rostro hacia el retrato del conde de Sajonia y exclama:

                Voilá mon univers, mon espoir et mes dieux.

¿Murió emponzoñada, como se pretende en la tragedia de Scribe y Legouvé? El abate Bouret acusó a la duquesa de Bouillon de haber fraguado el plan de envenenar a la actriz, y se lo comunicó a la misma Adriana; pero a raíz de la muerte de ésta, el abate, preso en Saint-Lazare por calumniador, se retractó. Lo cierto es que la enfermedad de la insigne trágica fue inesperada y breve, una inflamación intestinal , cuyo origen no pudieron determinar los médicopa. Y no fue su muerte lo más penoso de su destino.

El cura del cementerio se negó a dar sepultura al cadáver, fundándose en sé qué mezquinas razones que en todo tiempo ha opuesto el clero a toda acción humanitaria y desinteresada. Fue menester una orden expresa del arzobispo de París para que Adriana pudiera recibir sepultura de noche. Aquellas crueldades inspiraron a Voltaire los conocidos versos:

         Sitót qu’ella n’est plus, elle est done criminelle!

         Elle pa charme le monde, et vous la punlessez! ….

Adriana Lecouvreur trajo al teatro un saludable aire de naturalidad. Esla primera actriz que, sin dejar de cultivar la tragedia, se emancipa de la declamación lírica, del canto monótono con que aburría al público la gente de escenario. Es la primera actriz que se preocupa de ser fiel al natural y de vestir los personajes con propiedad. Jamás hubo actriz antes que ella que hablara el lenguaje de la pasión con más arrebatadora elocuencia, que conmoviera y que subyugara como Adriana. Sus obras favoritas fueron El conde de Essex, Berenice y Electra”.

b)    El segundo artículo es sorprendente y prácticamente desconocido por olvidado.  Fechado el tres de abril de 1907 y recogiendo un artículo del redactor-corresponsal en París, Juan de Becon, de la revista “LA EPOCA, últimos telegramas y noticias de la tarde”, en su número 20.306, nos habla del estreno en París de la obra teatral “L’ Adrienne Lecouvreur”  de Sarah Bernhardt ….. si de Sarah como autora de la obra, además de cómo interprete de la misma y en el papel de la protagonista. Veamos lo que dice concretamente el artículo:

“París 3 de Abril.- ¡Un drama de Sarah Bernhardt, representado por Sarah Bernhardt! …. No cabe imaginar una actualidad teatral más sugestiva.

Añadid otros pormenores a esa actualidad, y aumentarán sus encantos. Entre ellos poned estos dos: se trata de una representación única, y de una representación a beneficio de las víctimas del Jena.

¿Hay que agregar algo más? Con eso basta, con eso sobra para que podáis inaginar lo que queda por decir: la curiosidad inmensa de una multitud caprichosa, enamorada de las grandes emociones; el cuadro luminoso de un público selecto. El público de los grandes estrenos, en que se juntan damas aristocráticas, mujeres elegantes, hombres de mundo, artistas, literatos, cuanto en París brilla, sobresale y se distingue, y como remate de fiesta aplausos calurosos, una ovación delirante, la glorificación definitiva de una gran artista.

Cuando se escriba, dentro de algunos lustros. La historia anecdótica de l,os primeros años del siglo XX, se recordará, como una nota saliente de París la noche memorable del estreno de L’ Adrienne Lecouvreur, de Sarah Bernhardt.

Sarah Bernhardt ha escrito otras obras dramáticas. En 1888 se estrenó en el Odeón una pieza suya, en un acto, “L’aveu”, que obtuvo un gran éxito. Compuesta tiene, sin que se haya representado, inédita, una comedia contemporánea, en cinco actos, que se titula “La duchesse Catherine”.

La obra de ahora, “L’ Adrienne Lecouvreur”, cuyo estreno en París ha despertado vivísimo interés, habíase representado ya algunas noches, por la ilustre artista, en Londres y en América.

El histórico episodio de los amores de la comedianta Adriana con Mauricio de Saxe, uno de los grandes capitanes de la Francia del siglo XVIII, fue llevado al teatro en la primera mitad de la centuria pasada, en dos obras diferentes, por dos grandes poetas: por Eugene Scribe y por Ernest Legouvé.

El drama de Sarah Bernhardt no se parece poco ni mucho a esas otra obras dramáticas.  (curioso que desdoble en dos una sola obra).

Sarah Bernhardt ha explicado el origen de su drama.

-¿Por qué lo he escrito?. Es bien sencillo: poco tiempo antes de su muerte, Gustave Larroumet publicó un estudio muy completo, históricamente exacto. Sobre Adriana Lecouvreur. Lo leí, y leyéndolo fui encontrando en todas sus páginas elementos preciosos para una obra teatral. Esa es la obra que me he entretenido en componer. Desconiocida en Francia, la representaré por primera y única vez en París, en honor de las desgraciadas víctimas del Jena … ¡Esa es toda su historia!.

Sarah Bernhardt ha escrito un drama mucho más histórico y más completo que el de Legouvé.

Legouvé pidió prestados a la Historia los amores de Adriana y de Mauricio de Sajonia, y la perniciosa rivalidad de la duquesa de Bouillon, y a ese punto limitó su esfuerzo de veracidad. Los tres personajes – la duquesa, el héroe y la comedianta – aparecieron en su obra teatral no con sus caracteres históricos, sino con los que inventó su libre fantasía.

Sarah Bernhardt, buscando a su heroína en la vida real, ha compuesto su drama con más severa exactitud. En él se encuentra el ambiente de la época, el ambiente que rodeaba a Adriana Lecouvreur. En torno suyo se mueven los personajes que intervinieron en los episodios de su vida: Voltaire, Quinault                                                   , el cardenal Fleury, la fiel Argental, el patético y desgraciado abate Bouret y la antipática Margarita Lecouvreur, su envidiosa hermana, que movida por el furos de su vanidad herida, trabajó cuanto pudo para perderla.

Claro es que Sarah Bernhardt no ha sacrificado por completo a la verdad histórica sus grandes inspiraciones de artista.

Los cuadros que forman el drama resultan interesantísimos: la “loge” de Adriana, en el teatro Francés; los salones de la duquesa de Bouillon, las habitaciones íntimas de la famosa comedianta, el jardín de Luxemburgo, la prisión del infortunado abate Bouret y la alcoba en donde Adriana agoniza y muere.

Adriana Lecouvreur aparece locamente enamorada de Maurice de Saxe, especie de Don Juan, bravo en la guerra e infiel en achaques de amor.

En los momentos en que la pasión de Adriana ha llegado a sus últimos extremos, crúzase en su camino una rival, la duquesa de Bouillon, que es caprichosa, violenta, dominadora.

Se entabla combate a muerte entre las dos mujeres.

La comedianta logra conquistar el amor de Maurice de Saxe, que por primera vez se deja vencer en una lucha de amores.

La duquesa de Bouillon no cede.

Para destruir obstáculos, para deshacerse de la comedianta, es capaz de todo.

En esa hora surge el episodio, inventado tal vez por la leyenda, tantas veces discutido por la Historia, del envenenamiento de Adriana Lecouvreur.

¿La muerte de Adriana? … Las muertes de Sarah Bernhardt son célebres. En víspera de todos sus estrenos, el público de París suele preguntarse: ¿Cómo morirá mañana Sarah?. En la nueva obra, en su hermoso drama, muere de modo distinto a como ha muerto hasta ahora en otras obras. ¿Cómo?- Con gran sencillez, con una verdad. Con una grandeza, trágica que produce profunda impresión.

Esta vez ella es la actriz y ella es la autora, y libremente, sin limitaciones marcadas por ajena voluntad, puede expresar la muerte como ella la siente.

Sarah Bernhardt, actriz, resulta admirable.

Ha copiado de los lienzos de la época, con exquisiteces de gusto maravilloso, la interesante figura de Adriana Lecouvreur, una de esas figuras características, atrayentes, del siglo XVIII, de la época, llena de notas artísticas, de Luis XV.

Adriana Lecouvreur murió a los treinta y ocho años. Esa edad, menos edad, representa Sarah Bernhardt.  ¿Qué importan sus sesenta años? En el rostro, en la figura arrogante, en el alma animosa, lleva su juventud.

Al lado de Sarah Berbhardt se destaca la silueta de otra actriz interesante: ella es mademoiselle Blanche Dufrène, que interpreta a las mil maravilla el papel del abate Bouret.

En el último acto, en una hermosa escena entre Adriana y uno de los personajes episódicos de la obra, un PadreDominico, en que éste la exhorta para que renuncie a su profesión de comedianta, la actriz encomia con inspiradísimos acentos su arte, el arte a que ha consagrado su existencia.

Es, si  duda, una de las escenas más bellas del drama.

¿Cómo no? … ¡El drama se titula “Adriana Lecouvreur”, y está compuesto por Sarah Bernhardt!. “

c)    Finalmente queremos aportar una, digamos anécdota, que en cierto modo, aunque no aporte nada nuevo en relación con la vida de Adriana Lecouvreur, sí dice de su fama ya imperecedera y de la impronta sencilla pero cierta que ha dejado y deja su estela.

En día 15 de agosto de 1930, “LA REVISTA BLANCA”, revista  publicada en Barcelona y de clara tendencia anarquista, publica un artículo titulado “Unos ojos de Mujer”, dedicado a la que fue la modelo de Romero de Torres. En él se lee:

“Los telegramas que nos anuncian la muerte de Carmen Casena Heredia nos dicen que la familia de Romero de Torres, la madre, los hermanos y el hijo del artista, cuidaron de pagar los gastos del entierro de la modelo. Nada más dicen de ese fin patético, de esa mujer muerta de desesperación y de tristeza”  “Ante nuestra alma, su vida y su muerte, su pasión y su misterio, la envuelven en una aureola poética, en un himno de conmovedor sobrehumano”.

“Dos mujeres triunfaban simultáneamente en la escena francesa el siglo pasado: Rachel y Sara Bernhardt. Rachel otra gran apasionada, ardiente y tormentosa, del teatro francés, murió joven, en plena belleza y en plena dignidad. …. Rachel era un  gran alma, generosa y arrebatadora. …. Rachel, como Adriana Lecouvreur, había nacido también bajo el signo de Afrodita y, como a Adriana, como a esta pobre Carmen de ahora, la diosa las llamó bellas y jóvenes a su seno”.

Este artículo lo firma Federica Montseny

d)    A lo largo del siglo XX, la figura de Adriana Lecouvreur también ha sido objeto de protagonismo en el cine. Su vida, casi siempre basada en el argumento de Eugene Escribe o en el del libreto de la ópera de Francesco Cilea, ha dado lugar a varias películas, he leído que ocho, pero no he podido comprobar esta cifra. La que si es conocida es la titulada “Dream of Love”,  interpretada por Joan Crawford.

ADRIANA LECOUVREUR en la obra teatral de Eugene Scribe

Y en este ambiente la fama y la leyenda sobre Adriana Lecouvreur siguieron creciendo, tranquila y sostenidamente,  hasta que en 1849 el dramaturgo francés Eugene Scribe publicó y estrenó una obra de teatro titulada “Adriana Lecouvreur”, alcanzando nuestra artista, y a partir de entonces, un inmenso y definitivo prestigio para los anales, no solo del arte dramático sino en los de los grandes misterios de imposible solución.

Eugene Scribe fue en su época un popularísimo dramaturgo francés que produjo más de 400 obras de teatro y libretos de ópera, muchos de ellos escritos en colaboración con otros escritores. Se le criticó por su mal gusto y su falta de originalidad, pero hay que reconocer que en su género fue un hábil maestro. Entre sus obras más destacadas figura esta de “Adriana Lecouvreur”, escrita con Ernest Legouvé para la famosa actriz Rachel.

La obra, escrita en cinco actos, tuvo un gran éxito y rápidamente fue estrenada en diversas ciudades de todo el mundo, convirtiéndose en una de las preferidas de la época, siendo la Compañía Francesa de M’lle Rachel la que inició su andadura. Solo 53 años más tarde, cuando se estrenó la ópera de Francesco Cilea , utilizando el argumento de la obra de Sribe para el libreto, y alcanzó aquella los más altos reconocimientos, pasaron a un segundo o tercer plano las representaciones teatrales, quedando la nueva versión operística como la referencia inexcusable para abordar la figura de Adriana Lecouvreur.  Así son las cosas.

Nos cuenta Rubén Darío, medio siglo después del estreno, en su poco conocido trabajo titulado precisamente “Adriana Lecouvreur” :

       “Es menester decir algo sobre los autores de Adriana Lecouvreur.

       Un día en los salones de Madame de Rauzan, se entabló  el siguiente diálogo        entre Legouvé  y Scribe.

  • Y bien, Ernesto, es preciso que la obra para Rachel quede concluida.
  • Opino que sí, mas es preciso que la obra que intentemos llevar a cabo, sea   a propósito para que la Rachel aparezca tal cono es,  y triunfadora, en una pieza en prosa.
  • Pienso lo mismo.

Y la obra fue hecha. La obra se escribió y la célebre actriz apareció en escena haciendo la Adriana más brillante que se pueda imaginar.

Continúa Darío : “Pero cuando la Rachel reinaba, no cabía en imaginación alguna la figura ni el talento de Sarah Bernhardt. ………….Nosotros no hemos visto a la actriz esa, para quien fue escrita Adriana; pero estamos seguros, y abonados por criterios bien fundados, de que Sarah en las tablas de cualquier teatro del mundo, interpreta, ilumina, mejora, la creación de Scribe y Legouvé”

Reparemos como Darío no habla de representaciones en cualquier teatro del mundo de la creación de Scribe y Legouvé, a la par que ensalza, primero a la Rachel y luego a Sarah, argumentando que la obra fue escrita para realzar las posibilidades de la primera, y que la segunda la superó. Luego si la figura de Adriana Lecouvreur era la idónea para realzar las labores interpretativas de las actrices, parece consecuente el pensar que nuestra Adriana tuvo y seguía gozando del máximo prestigio como actriz, tanto en su época, como hacia 1850, como a finales del siglo XIX o principios del siglo XX.

El argumento:

Acto Primero.-   

En el elegante gabinete de la casa de la princesa de Boullon, ésta es informada por su confidente el abate  Chazeuil, que le comenta que esa noche actúan juntas en Bajaceto Mlle. Lecouvreur y Mlle. Duclos,  que se espera una gran concurrencia ya que ambas se han declarado rivales. Explica que la Lecouvreur tiene a su favor al público entero y que la Duclos esta protegida por ciertos grandes señores. Añade que no tiene más remedio que decírselo, pero que la Duclos es la amante de su marido, y que es la noticia del día. La princesa le dice que está al tanto de ello y que conoce incluso los regalos y la casa que le ha regalado; añade que “Una mujer puede disponer mejor de su tiempo cuando su marido esta ocupado”.  Comentan la fiesta prevista para el día siguiente, organizada por la princesa y en su casa, a la asistirá Adriana Lecouvreur, que recitará unos versos en los salones, y el Conde de Sajonia que ha regresado a París de incógnito.

Mauricio de Sajonia se presenta en la casa y en la reunión, y comentan sus problemas político-militares en relación con sus pretensiones al ducado de Curlandia, y los económicos; acaban hablando del teatro y de la nueva forma de interpretar y de la fama imparable de Adriana Lecouvreur.

Posteriormente se reúnen la princesa y Mauricio,  comprometiéndose la primera en intermediar a su favor en Versalles, y quedar luego para informarle discretamente en la casa “que su marido dispone para la Duclos”, pues ésta accederá sin preguntar y en silencio, por la cuenta que le trae.

Acto Segundo.-

Se desarrolla en el teatro, durante los ensayos del día de Bajaceto. Los actores repasan sus actuaciones; llega el principe de Bouillon que en un aparte se ofrece a Adriana Lecouvrur para comprarle por  60.000 libras los diamantes que la reina le ha regalado. Luego, solos, Adriana le cuenta a Michonet, director del teatro, que había conocido hace tres meses, casualmente, a un joven caballero del ejercito de Mauricio de Sajonia del que se ha enamorado, y que acababa de regresar y prometido asistir esa noche a la representación  teatral.

Se encuentran en el teatro Adriana y Mauricio (ocultando su verdadera personalidad) y quedan para después de la función.

Por confusión y equívoca interpretación de una nota escrita por la Duclos, citando al conde en su casa y esa noche, el principe de Bouillon cree que la Duclos le engaña con Mauricio de Sajonia, y que van a reunirse en la casa que él la ha regalado.

El príncipe, con la ayuda del abate, organiza el presentarse esa noche, como si fueran a una fiesta, en la casa y sorprender in  fraganti (piensa) a la Duclos y a Mauricio, y así, ante muchos testigos, vengarse.

Finalmente la nota llega a su destinatario, Mauricio, en ella la Duclos, en nombre de la princesa de Bouillon, le cita esa noche en la casa que el principe le ha puesto. Mauricio se desespera pues ni quiere faltar a la cita que tiene con Adriana ni puede evitar el ir a la cita que le acaban de comunicar por la nota; además ya no puede localizar a la princesa de Bouillon. Mauricio quiere hablar con Adriana, pero Michonet le dice que es imposible.

El abate, siguiendo las instrucciones del príncipe, invita a Adriana a la fiesta a la que, dice asistirá toda la compañía, lo mejor de la corte y la flor del clero y el joven Mauricio de Sajonia. Adriana rehusa, pero tentada e interesada duda,  le dicen que es en la casa de la Duclos, que es la contigua a la suya, y le dan unas llaves de una puerta falsa de acceso desde su jardín. Se cometa que será una gran fiesta con grandes sorpresas. Accede a ir pensando que puede ayudar a “su” Mauricio  a través del Conde de Sajonia.

Acto Tercero.-

La princesa, sola y nerviosa en la casa de la Duclos, espera que llegue  Mauricio, pues la Duclos le ha dicho que la “esquelita” había sido entregada al mismo Conde de Sajonia. En su palco, estando solo.  Mauricio llega excusándose por llegar con retraso. Mauricio argumenta que ha tenido que despistar a unos espías que le seguían. Empieza la princesa comentando sus gestiones en Versalles sobre Curlandia. Le dice que  el cardenal Fleury, a instancias de la reina, amiga de la princesa, le autoriza a crear dos regimientos en Francia, pero a costa de Mauricio, para evitar problemas diplomáticos con Alemania. Como no tiene dinero para pagar a la tropa dice que su fama le permitirá pagarles al final de la campaña. La princesa le advierte que se ha enterado que un conde sueco pretende prenderle si no le paga una deuda de setenta mil libras y que los rusos le buscan para comprarle el crédito y también conseguir el apresamiento del conde y así solucionar a su favor el asunto de Curlandia. Y que en vista de ello ha hecho gestiones con un policía amigo suyo para que localice urgentemente al conde sueco, la informe de ello y pueda Mauricio negociar con él antes que los rusos. ¿Cómo negocio? Pregunta Mauricio. Pagando responde la princesa. ¿De donde saco el dinero?. Decide huir a la mañana siguiente, para reunirse con las tropas que le quedan y confiar en aumentar en la frontera sus seguidores. La princesa que teme que Mauricio se vaya le dice que el plan no tiene sentido común y que no quiere que se vaya cuando apenas a llegado. Mauricio le agradece su interés y sus claros sentimientos pero la dice que por gratitud le tiene que confesar que ama a otra. ¿quién es? Pregunta la princesa, amenazante, e insiste en saber quién es. Se oyen ruidos en el patio y en la calle.

La princesa mira fuera y ve sorprendida que es su marido y que va acompañado de varias personas. Manifiesta que si la encuentran estará en riesgo su reputación. Se esconde en un pequeño cuarto.

El príncipe le dice a Mauricio que les ha cogido in fraganti y que salga la amante (cree que es la Duclos), y Mauricio sin saber esto busca la salida ofreciendo un duelo en ese momento en el jardín,  así acabar rápido y zanjar el asunto. El abate le dice que ellos no quieren zanjar el tema, sino celebrarlo con una cena y fiesta, añadiendo el príncipe que así se enterará la Duclos que se acabaron sus encantos para él. Mauricio sorprendido, pues no se esperaba tal situación, reacciona y sigue la corriente, abrazándose al príncipe como “aliado”, que le anuncia que como testigos de la ruptura con la Duclos vienen con él muchos amigos del teatro, entre ellos una joven dama que quiere conocerle.  Adriana Lecouvreur.

Ambos se encuentran con sorpresa,  y disimulando dicen que se conocían hace tiempo, desde un baile en la ópera, de disfraces, pero que no esperaban volver a verse.

El abate cuenta que Adriana solo ha aceptado el venir a la fiesta al saber que estaba él, pues quería pedirle un favor para un teniente amigo suyo. Mientras el príncipe ordena que se cierren todas las puertas para impedir que nadie salga antes de que llegue el día.

Mauricio le dice a Adriana que confíe en él, que el no ama a la mujer que esta escondida en la casa, solo la ama a ella, pero que una intriga política le ha colocado esa noche en la situación en la que está y que desconocen tanto el príncipe como el abate, por lo que no deben estos saber quien es la mujer que esta oculta. Adriana le dice que confía en él y que vigilará para que esto no suceda.

En un aparte Michonet comenta a Adriana y al abate que no es la Duclos la mujer escondida, pero que esto no lo sabe el príncipe, y se preguntan quién será, pues la ha visto en la oscuridad y ha hablado con ella y efectivamente  no era la Duclos. Michonet les cuenta que la mujer oculta le ha dicho que si la ayuda a escapar de la casa le protegerá y le ayudará a labrarse una buena fortuna. El abate quiere entrar en la habitación en la que esta la princesa pero Adriana se lo impide.

Solos Michonet y Adriana piensan el modo de hacer salir a la mujer oculta, pues Adriana lo quiere hacer por Mauricio, pero Adriana quiere ser solo ella la que la ayude a salir y pide a Michonet que vigile para que nadie se acerque.

Adriana entra en la habitación y sin reconocer, por la oscuridad, a la princesa, la dice que la envía Mauricio y la saca por la puerta falsa del jardín que daba a la calle y cuyas llaves le había dado precisamente el príncipe. Ambas se encuentran y aunque no se reconocen se dan cuenta que ambas aman a Mauricio y que son las auténticas rivales. La princesa escapa justo en el momento que va a entrar su marido.

Micronet se lo confirma luego a Adriana al decirle que ha visto a la misteriosa mujer salir por el jardín ayudada y acompañada por Mauricio.

Adriana se queda angustiada pensando que Mauricio realmente ama a otra. Mientras la fiesta sigue y a ella  se incorpora triste la actriz, que permanece absorta el resto de la velada.

Acto Cuarto .-

Michonet por encargo de Adriana va a ver al príncipe de Bouillon para venderle en nombre de ésta los diamantes que la reina le regaló, por la oferta de 60.000 libras. Hacen el trato.  Enamorado como está, Michonet aporta otros 10.000 (los que faltan para los setenta mil de la deuda del conde ) de su herencia particular. Adriana le envía con todo el dinero a pagar y recuperar la letra debida por Mauricio.

Llega el abate a casa de los Boullon, a los que informa que sabe de buena tinta que una letra que debía el conde de Sajonia ha sido comprada por el embajador ruso y que éste la ejecuta por impagada.

Michonet se da cuenta de que es Mauricio el amado de Adriana y ésta se lo confiesa, argumentando que le quiere pagar la deuda como venganza por haberla traicionado, ya que así, cuando gracias al dinero recupere su trono, siempre recordará que se lo debe a Adriana. “A falta de amor, su gloria y su poder le hablarán de mi” y “de beneficios abrumarle quiero”.

Mientras la princesa de Bouillon está satisfecha por creer a Mauricio ya preso y sin posibilidades de reunirse con su rival, cuya identidad desea saber.  Regresa el abate sin resultados sobre la averiguaciones de la posible identidad de la rival de la princesa. Ambos siguen haciendo preguntas a otras damas a las que han citado, cuando entra el príncipe diciendo que el conde de Sajonia esta libre pues alguien ha pagado sus deudas, y que tras salir en libertad ha mantenido un duelo con el conde sueco.

Adriana con Michonet se reúnen con la princesa, que la presenta a otras dama, y se queda perpleja al reconocer en la voz de Adriana la voz de su rival, que recuerda perfectamente de la noche anterior.

La princesa, para alterar a Adriana comenta que el conde de Sajonia se ha batido y que se dice esta herido. Adriana se desmalla, y cuando se recupera se oye a un criado anunciar al conde de Sajonia. No puede impedir una expresión de alegría.

Adriana y la princesa de Boullon cruzan fijamente la mirada de sus ojos, la una en la otra.  Michonet la advierte que la alegría delata con más facilidad que el dolor.

Mauricio, interrogado, dice que la Suecia no sabe ni batirse. Saluda a la princesa y en baja voz le pide hablar privadamente, ella le cita para la noche. Saluda a Adriana.

Entonces la princesa, en alto pregunta a Adriana que aclare si sabe quien es la amada del conde, pues se asegura que es del mundo del teatro, contesta Adriana que en ese mundo se aseguraba que era una gran señora. Se acusan con ironía de ser las enamoradas del conde y aportan como pruebas una el ramillete de rosas dejado por la otra y Adriana un brazalete caído en el jardín. Adriana saca el brazalete, y al acercarse al grupo el príncipe lo reconoce como el de su mujer. Adriana tiene la prueba de lo que considera el engaño de Mauricio.

Adriana quiere irse , Michonet la aconseja disimular su enfado. Invitan los presentes a Adriana a que recite, esta accede a recitar a Fedra. Y recita finalizando los últimos verso muy enojada y fuera de si y adelantándose a la princesa a la que señala con el dedo:

                            Callará en vano, Enona! Nunca he sido

                            De esas torpes mujeres que han sabido,

                            Mostrar, gozando el crimen sin congoja

                            Una sien que el pudor jamás sonroja.

Los presentes se levantan como horrorizados de la escena.

La princesa, con calma: Bravo ….Bravo ….

Adriana dice en voz baja: me he vengado. La princesa, también en voz baja: le costará caro!.

Adriana pide permiso para retirarse. El príncipe pide el carruaje de la Stra. Lecouvreur. Adriana le dice en voz baja a Mauricio que la acompañe, y este  contesta que esa noche le es imposible porque ….  Pero no puede acabar la frase ya que el príncipe ha vuelto para acompañar a la puerta a Adriana.

 Acto quinto.-

En la casa de Adriana.

Adriana enferma ha tenido que abandonar la representación y Michonet ha ido a su casa a interesarse por su estado. Ella le dice que no podrá actuar al día siguiente.

Michonet dice que lo que más le preocupa no es su estado de salud, sino el incidente de la noche anterior en casa de los Boullon, pues la princesa es peligrosa y querrá vengar la afrenta.  Adriana dice que no le importa pues le pidió a Mauricio que la acompañara y él se quedó …se quedó con ella. Adriana quiere precipitarse sobre ellos, herirlos, pues prefiere las consecuencias a morir de celos y de desesperación.

Una camarista entra y entrega a Adriana un cofre que ha traído para ella un criado sin librea que solo dijo que era de parte del conde de Sajonia.

Al abrir el cofre Adriana sufre una sensación dolorosa, un hálito glacial. La caja contiene un ramillete,  el mismo que ella tenía la noche anterior, pedido por él y dado para ella, en prenda de amor. Piensa que se lo devuelve, que es un desprecio. Triste, besa el ramillete y lo arroja a la chimenea.

Llega Mauricio, y Adriana se encuentra mal. En un acto reflejo se arroja en los brazos de él, al darse cuenta intenta separarse, pero Mauricio dice que ha venido a pedirla perdón, que solo el deber le retuvo la noche anterior en casa de la princesa, pero que la dijo que no la amaba. Adriana, cada vez se encuentra peor y le pide su amor, que éste le asegura.

Michonet regresa y dice que el pago de la deuda no lo hizo la princesa, sino Adriana.

El conde dice que desea casarse con Adriana, pero observa que Adriana va perdiendo color. Adriana comenta, cada vez más débil, que pensó que el cofre con el ramillete eran una despedida, cuando era señal se su vuelta, se llama a ingrata.

Mauricio dice que no ha enviado nada.

En una larga escena de amor y de despedida Adriana se va apagando poco a poco.

Michonet, cayendo con desesperación a sus pies: Muerta! ….. muerta! ……

Mauricio :  “ …… siempre unidos aún después de tu muerte, el nombre de Mauricio de Sajonia no se separará nunca del de Adriana! …….

ADRIANA LECOUVREUR en el teatro de los hermanos Machado. Capítulo 2º : datos biográficos de Adriana, segunda parte.

Y destacamos los amores entre Adriana Lecouvreur y el afamadoo conde-mariscal Mauricio de Sajonia por formar aquellos parte de su leyenda, y ser, según la misma, la causa última de la muerte de nuestra actriz (lo que probablemente no sea cierto).

Como tantas otras actrices de su época, Adriana Lecouvreur frecuentaba la alta sociedad, siendo su casa , a su vez, uno de los puntos de reunión de los hombres ilustres en las letras, en las armas y en las ciencias. Esto la puso en contacto con el mariscal Mauricio de Sajonia, allá por el año de 1720, cuando Mauricio no contaba aún veinticinco años y ya había hecho diez años de campaña en Flandes, en Polonia y en Pomerania, lo que le granjeaba un aura de cuasi héroe.  Enamorados y amantes  lo fueron con gran intensidad y aunque la fidelidad no fue nunca virtud de ninguno de los dos, se profesaron una fuerte devoción, que trascendió a las gentes de París siendo uno de los temas más comentados. Así, uno de los episodios de esta relación, que hizo mucho ruido en París, incluso en toda Europa, fue aquel que sucedió en junio de 1726, cuando el conde de Sajonia al intentar reconquistar su ducado de Curlandia  se encontró con que le faltaba dinero para armar un ejército, a pesar de  haber reunido todos sus recursos personales y los de sus amigos, pues bien, Adriana se apresuró a vender todas sus joyas proporcionando así a su amado Mauricio la suma de 40.000 libras. Desgraciadamente para Adriana la empresa no tuvo éxito.

Obligado a dejar Curlandia, Mauricio regresó a París en 1728,  y aunque mantuvo sus relaciones con Adriana, éstas fueron más distantes. El conde reanudó unas antiguas relaciones con una princesa cuya dignidad y posición social, aunque resultó más efímera, se presentaba como más duradera y sólida.

Así las cosas, Adriana, que como ya hemos indicado, tampoco tenía la fidelidad entre sus virtudes, esa misma que tan bien representaba entre las de las princesas en los escenarios, tuvo sus escarceos amorosos con otros, lo que fue distanciando aún más las relaciones entre ambos., aunque no el sentimiento y consecuencias de los celos.  A este respecto se cuenta la siguiente y curiosa anécdota:  “Cierta noche en que Adriana se mostró con él más tierna de lo acostumbrado e hizo un exagerado panegírico de la fidelidad, él como hombre de penetración, sospechó que pudiera ser para mejor alucinarle, y resolvió asegurarse de ello. Creyó que su rival se hallaba en posesión de la llave de cierta puerta que le pareció sospechosa, y por la cual podía introducirse muy bien durante su ausencia (en aquellos tiempos eran frecuentes los pasos y accesos secretos entre edificios, bien por “puertas ocultas”, bien por galerías y túneles más complejos). ¿Qué hizo el Sr. Conde?, ¿arrancarse desesperado los cabellos?. Nada de eso: uno tan solo se arrancó de su cabeza augusta, y con cera lo pegó en el ojo de la cerradura de la sospechosa puerta, de modo que no pudiese introducirse la llave sin romper aquella sutil barrera. Volvió pasada una hora, y el cabello había desaparecido. Metió una bulla de mil diablos en la puerta hasta que plugo Adriana abrirla. Apenas entró el Conde trató de descubrir a su rival escondido en un rincón. Dicen que Adriana se justificó; ¡pero cuantas mujeres sin ser tan consumadas actrices han tenido igual talento en semejantes circunstancias! ¡Tan crédulo es el amor a la par de celoso!”.

Probablemente estas relaciones entre Adriana y Mauricio hubieran pasado, con el tiempo, a ser una bella historia de amor destinada a ir quedando poco a poco difuminada, pero los hechos que a continuación relataremos, muchos ciertos,  otros de dudosa credibilidad y algunos seguramente inciertos, crearon parte de la leyenda de Adriana Lecouvreur, quedando definitivamente asociados en la memoria colectiva el nombre de Adriana Lecouvreur y el de Mauricio de Sajonia.

En el año de 1729, unos biógrafos dicen que a principios, otros que a mediados, Luisa Enriqueta Francisca de Lorena, cuarta mujer de Manuel Teodoro de LaTour d’Auvergne , Duque de Boullon, se enamoró del conde de Sajonia.

La Duquesa tenía 23 años y era una mujer violenta, arrebatada, caprichosa, y sobre todo excesivamente “galante, pues la crónica escandalosa (¡que ya existía!) aseguraba que sus gustos y aventuras no tenían límites y que se extendían desde los príncipes hasta los cómicos.

Dícese que la Duquesa de Boullon exigía al Conde de Sajonia que cesara sus relaciones con Adriana y renunciara definitivamente a ella, pero éste se negó, probablemente por agradecimiento y reconocimiento de tiempos pasados y por la amistad que con los años quedaba entre ellos.

Cierto día de finales de 1729, en el que se representaba Fedra y la Duquesa se hallaba en uno de los primeros palcos, la vió Adriana, y como no ignoraba los esfuerzos que hacía para apoderarse del Conde, no pudo refrenar sus sentimientos y al llegar a estos célebres versos:

…………………………………………… se mis falta Enone, pero no soy de esas mujeres osadas que gozando de una tranquila paz en medio del crimen nunca colora su frente la vergüenza.

en vez de dirigirse a Enone, volvió la cara a la Duquesa, siendo ello un verdadero apóstrofe. El público que se hallaba al corriente de esta intriga, rompió en una lluvia de aplausos por la oportunidad de la alusión, lo que evidentemente hizo hervir la sangre a la joven e irascible Duquesa que, y aquí empieza la confusión, la incertidumbre y la leyenda,  juró vengarse de la actriz.

Según lo contado por el Abate D’Allainval en sus “Cartas a Milord” o “Des mémoires sur Baron et sur Mllm. Lecouvreur”, y lo contado por Alejandro Dumas en su novela “Luis XV”, – este último haciendo referencia a un expediente sobre las personas encarceladas en 1730 en La Bastilla y  en una carta de Mdlle. Aísse a Mad. de Calandima, de fecha marzo de 1730, que contiene toda la frescura de la novedad y actualidad, puesto que Adriana murió el 20 del mismo mes – a mitad de 1729 la Duquesa de Boullon, decidida a suprimir el obstáculo que significaba Adriana para sus deseos, mandó preparar unas pastillas envenenadas, escogiendo a un joven abate como necesario medio para entregarlas, en forma de dulces, a Mdlle. Lecouvreur.

Según la documentación reseñada, dos emisarios de la Duquesa localizaron a un abate llamado Bouret un día que éste paseaba por las Tullerías “sin saber como haría para comer”, y después de una larga conversación le propusieron un medio para salir de la miseria: este medio consistía en introducirse, gracias a su habilidad como pintor, en casa de la Lecouvreur, y de hacerle comer las pastillas que ellos le darían;  el pobre abate se negó ante la propuesta del crimen, pero los dos hombres le respondieron que ya que era conocedor del plan no cabía la marcha atrás, y que si no ejecutaba lo que se esperaba de él era un hombre perdido.

Asustado el abate prometió cuanto quisieron exigir de él.

Entonces le llevaron a casa de Mad. de Boullon, que le repitió promesas y amenazas y le entregó las pastillas; el abate se empeñó en que cumpliría en encargo dentro de los ocho días siguientes.

En este intervalo, Adriana Lecouvreur recibió una carta anónima en la que la suplicaban que acudiera ella sola o acompañada de una persona de su total confianza, en determinado día y hora, a un punto determinado del Jardín de Luxemburgo.  Adriana fue a la cita y se encontró con el abate Bouret, que le contó la fatal comisión que le habían dado, declarando que era incapaz de semejante crimen, pero agregando que si no lo cometía estaba convencido de que el mismo sería asesinado. Adriana dio las gracias al joven y le convenció de denunciarlo inmediatamente a la policía.

Fueron en el mismo coche a casa de Mr. Herault, que era entonces lugar-teniente de policía y conocido de Adriana, a quien manifestaron el motivo de la visita.

Mr. Herault preguntó al abate si tenía las pastillas que decía le habían entregado, y el abate las sacó de su faltriquera; llamaron a un perro, le dieron las pastillas y el perro reventó al cabo de un cuarto de hora. Le preguntó por cual de las dos Boullon había sido la que conoció, pues eran dos las casadas con dos hermanos Boullon, no sorprendiéndose al indicarle cual. Tras preguntar otros datos dijo el policía a la Lecouvreur  “podeis iros tranquila, yo velo por vuestra seguridad”.

El policía Mr. Herault informó inmediatamente al cardenal Boullon,  tío de Manuel Teodoro,  cuya primera opinión fue la de hacer pública la aventura y  después la de silenciar los hechos para evitar el escándalo.  No obstante, a los pocos días la historia se había filtrado, no se sabe como, y causó entre las gentes, de toda clase social, mucho ruido, controversias y comentarios.  Sin duda este hecho fue la base de la futura leyenda sobre la muerte de Adriana Lecouvreur.

Ante el escándalo, el cuñado de Mad. de Boullon habló a su hermano y le dijo que era absolutamente necesario que su mujer se lavase de semejante sospecha, que había que solicitar una orden de prisión para encerrar al abate. Y así sucedió, el abate fue preso y encerrado en la Bastilla.

Adriana localizó al padre de Bouret, que vivía en una provincia y desconocía la desgracia de su hijo, y éste , ya en Paris, solicitó la formación de causa, pero al ver que le daban largas  se dirigió al cardenal, quien preguntó a Mad. Boullon si quería que se formase sumario sobre la cuestión, pues su conciencia no le permitía que estuviese preso un inocente. Mad. de Boullon prefirió que le pusiesen en libertad antes que la formación de sumario, y el abate Bouret salió de la Bastilla, desapareciendo durante un par de meses, hasta que en enero de 1730, a petición del Duque de Boullon, que le acusaba de calumnia, volvió a ser encarcelado. Todavía se encontraba encarcelado en San Lázaro cuando murió Adriana. Posteriormente se le tomó nuevamente declaración y, contra lo que hasta entonces había hecho, dijo que “había acusado a la duquesa injustamente”.

Esta contradicción del abate es la causa principal de la incertidumbre que todavía, al cabo de casi tres siglos, reina sobre la extraña causa de la muerte de Adriana Lecouvreur. Acaecida, como sabemos,  el 20 de marzo de 1730.

Alejandro Dumas nos sigue contando, basándose en las fuentes ya indicadas, que este segundo apresamiento del abate Bouret dejó bien claro a Adriana que la venganza de la duquesa de Boullon solo había estado adormecida y que nuevamente despertaba.

Quince días pasaron sin  embargo, sin que Adriana oyese hablar nada sobre el abate, lo que nos sitúa mas o menos en una fecha próxima a mediados de febrero de 1730. En fin, una noche, después de la representación de la pieza principal (en aquellos tiempos cada día se representaban dos obras teatrales, una detrás de otra, empezando por la principal)  en la que Adriana había hecho el papel de Fedra, Mad. de Boullon, la invitó para que pasase a su palco, a lo que rehusó Adriana alegando no estar adecuadamente vestida, replicando la duquesa que la dispensaba anticipadamente cualquiera que fuese el traje que tuviese puesto. Adriana contestó diciendo: “la duquesa es demasiado indulgente, y si ella me dispensa el presentarme así en el palco, no tendría el público igual condescendencia; decidla sin embargo, que por obedecerla en cuanto de mi dependa, me hallaré a su paso cuando salga”.

La duquesa no tuvo más remedio que contentarse con la propuesta, y efectivamente a la salida halló a Mdll. Lecouvreur que la estaba esperando. La duquesa la hizo mil cumplimientos y elogios, tanto de su forma de representar como de su gracia y hermosura; no cabe duda que la Duquesa de Boullon pretendía con esta muestra pública de simpatía, frecuente por otro lado que la diesen los grandes señores a los artistas, hacer olvidar los rumores que habían circulado.

Al día siguiente, Adriana se encontró indispuesta durante la representación y no pudo acabar la función, interesándose el público  insistentemente por su salud, máxime cuando se enteró que había sido necesario llevar a la artista hasta su coche dado el estado en el que se encontraba.  La imaginación de los seguidores de Adriana fue en aumento, y poco a poco se consolidaban entre ellos, como indiscutibles, las antipatías y sus efectos entre estas dos mujeres, Adriana la amada y casi venerada por todos y la “perversa” Duquesa de Boullon.

Ya estamos en los primeros días de marzo y Adriana sigue desmejorando visiblemente, pero quiere acabar la temporada teatral prevista para el día 24 de marzo, y el día 15, haciendo un gran esfuerzo, se presenta en la Comedia para representar a Jocasta.

El público pudo advertir el lamentable estado de su adorada Adriana que apenas si podía hablar y sostenerse, tanto que se creyó no podría acabar la representación.  Después de Edipo se representaba el Florentino y todo el mundo creía imposible que pudiera actuar, pero para sorpresa de los espectadores volvió a salir a escena. Se la vió luchar con el mal que la consumía, pero pudo vencerle sobre las tablas. Se dijo que estuvo inimitable.

Esta fue su despedida del público, de su público.

Según se cuenta en la novela Luis XV de Alejandro Dumas, cuatro días después murió en medio de horribles convulsiones, y hecha la autopsia del cadáver se vió que tenía gangrenadas las entrañas. Como dice uno de sus biógrafos, Georges Rivollet, Adriana murió “de una inflamación de entrañas”.

Se esparció entonces el rumor de que había sido envenenada, y se aseguraba que  la instigadora del crimen había sido la Duquesa de Boullon.

En el momento de su muerte estuvieron presentes, además de un cirujano que la asistía, Voltaire, el conde D’Argentail y se dice que el mariscal de Sajonia, al que habían avisado en el último momento, y que parece ser se apresuró en acudir (otras versiones dicen que estaba en Muhlberg con su nueva amante, una cantante de opera, Mlle. Carton, otras que este viaje lo emprendió a los pocos días de morir Adriana.)

Voltaire, que pretende haber cerrado los ojos a la amable Adriana, nos dice que en 1823 Adriana tuvo que dejar de trabajar dos veces por motivos de salud, siendo concretamente la disentería la causa, y que esta misma enfermedad es la que probablemente, por no decir con seguridad, la condujo a la muerte. Voltaire no creyó jamás en la teoría del envenenamiento: “Esas son voces del pueblo que no tienen ningún fundamento”. Bien es verdad que Voltaire tenía, entre otras manías, la de no creer en los venenos.

En resumen, es éste uno de esos enigmas históricos que jamás se explicarán, y sobre el que se discutirá siempre.

Como lamentable colofón a la muerte de Adriana Lecouvreur,  el clero denegó a la artista la sepultura eclesiástica. A la una de la noche fue conducido su cadáver en un coche de alquiler, clandestinamente,  a un solar de la calle de Bourgogne, a las orillas del Sena, y allí arrojado en un hoyo lleno de cal viva por dos “mozos de cordel”.

El solar pertenecía al ministro conde de Maurepas, y es posible que uno de los amantes de Adriana, el conde D’Argental, amigo íntimo de dicho ministro, no fuese extraño a la elección del sitio. 

Se dijo también que en el asunto del enterramiento habían mediado los duques de Bouillon,  consumando así la duquesa su última venganza, pero lo más verosimil es que este enterramiento clandestino fuese simplemente una consecuencia de las ideas de la época.  Por cierto, el duque de Bouillon, el marido de la duquesa a quien públicamente  acusaba de haber envenenado a Mdlle, Lecouvreur, no sobrevivió mas que dos meses a la artista.

El mismo día que murió Adriana, se había presentado en su casa un cura de San Sulpicio. “Ya sé lo que os trae, – dijo la actriz sonriendo – , podéis estar tranquilo, no he olvidado a vuestros pobres”. Y a continuación, señalando a un busto de Mauricio de Sajonia, continuó con teatral acento: “He ahí mi universo, mi esperanza y mis dioses”.

El cómico Grandval pronunció un elogio de Adriana Lecouvreur en el recinto del teatro.

Esto era morir como una trágica y como amante, pero no como pecadora arrepentida, y ello le costó el panteón que su gloria y su genio merecían.

Existe un bellísimo retrato de Adriana  que representa a Cornelia,  es obra de Doypel,  y está grabado por Pedro Drevet, hijo.

Al recordar a Adriana Lecouvreur hay que decir que el frecuentar a las personas más distinguidas de su tiempo, y el estudio constante de las obras maestras de la lengua francesa, la habían formado y educado su entendimiento; así de ella se conserva una Colección de Cartas de muy buen estilo y conceptos.  Esta correspondencia demuestra que Adriana no era ni interesada ni tan apasionada como se dijo y dice, , a sus admiradores les aconsejaba que la olvidasen, porque era demasiado honrada como para pretender amar más de lo que verdaderamente podría sentir.

¡Pobre Adriana Lecouvreur! Merecía haber amado mejor y ser más amada. Mujer nacida para el amor, por el amor fue malograda.

La leyenda.

Como hemos dicho, le leyenda sobre Adriana Lecouvreur empezó a gestarse desde su primera actuación pública, fue creciendo su fama, su prestigio, hasta el punto de convertirse en el personaje popular más querido, adorado y deseado. Sus seguidores eran cientos, y sus actuaciones eran seguidas y comentadas como los acontecimientos más relevantes. Sus amores y aventuras con Mauricio de Sajonía la perfilaron como “el claro objeto del deseo” de los parisinos,  los demás amantes o enamorados aumentaban su prestigio y poderío, por ello la historia del enfrentamiento, por amor, con la duquesa de Bouillon alcanzó cotas inigualables e inadmisibles para la mayoría de los ciudadanos, que probablemente en base a rumores falsos o bulos, intencionados o no, construyeron la leyenda de su muerte por envenenamiento instigado por su oponente.

Tal era la fama y el aprecio que de ella se tenía, que a pesar de algunos detractores y de la insidiosa negación de su enterramiento en suelo sagrado, muchos fueron los elogios, notas y epitafios escritos antes de su muerte y, por supuesto después.

Ya hemos reproducido el epitafio de su gran amigo Voltaire, ahora, siguiendo los citados por el abate D’Allainval en “Des mémoires sur Baron et sur Mllm. Lecouvreur”,  reseñamos los siguientes documentos:

       1º    “Epítre a Mademoiselle Lecouvreur”, también de Voltaire.

       2º    “Epítre a Mademoiselle Lecouvreur”, de M. De B***, incluido en una

              traducción en verso de “Lettres d’Abailard et d’Héloïse”.

       3º    “L’Ombre de Racine a Mademoiselle Lecouvreur. Epítre”, de M. Le                     Franc.  

       4º    “L’Art de représenter” de Luigi Riccoboni.

       5º    “Vice puni”, seis versos incluidos en dicho poema de M. Grandval.

       6º    Diuscurso de Voltaire pronunciado el día de la clausura (24 de marzo        de 1730) de la temporada del teatro.

       7º    “Epitafhe de Mademoiselle Lecouvreur” de M. L’Abbé D’Allainval.

       8º    Epitafio I en latín “Tumulus”, autor desconocido.

       9º    Epitafio II en latín “Hic”, autor desconocido.

       10º  Epitafio III en latín “Alius”, de autor desconocido.

que podemos encontrar, en francés, del libro  del abate D’Allainval, publicado en 1822.