ANTONIO MACHADO y NUÑEZ y ANTONIO MACHADO y ÁLVAREZ, TERREMOTOS 1885,

 

LOS TERREMOTOS. ANTONIO MACHADO NÚÑEZ y ANTONIO MACHADO ÁLVAREZ.

Antonio Machado Núñez

Antonio Machado Álvarez

Escribir en estos días sobre los fenómenos naturales conocidos como terremotos nos obliga a hacer una referencia, por otro lado voluntaria, del acaecido el 11 de mayo de este año de 2011 en el sureste de la península ibérica, en el que la ciudad de Lorca (Murcia) ha resultado la más afectada.

El terremoto a dejado ocho víctimas mortales y varios centenares de heridos, además de dejar irrecuperables, por los daños, casi un 15% de los edificios. Desde estás páginas queremos transmitir nuestras condolencias a los familiares de las víctimas y a todos los habitantes de Lorca.

Este dramático suceso natural nos sugiere el exponer, aunque sea de forma muy sucinta, que son los terremotos y su forma de valorarlos o clasificarlos. También nos hace recordar los terremotos más importantes que han afectado a nuestra península, y en particular los desencadenados en los últimos doscientos cincuenta años.

Finalmente comentaremos cómo fueron recogidos en sus trabajos y estudios por la miembros de la saga de los Machado, concretamente por Antonio Machado Núñez y por su hijo Antonio Machado Álvarez.

 

LOS TERREMOTOS.

De forma simplificada podemos decir que los terremotos, y los fenómenos naturales asociados tales como los maremotos y los tsunamis, son movimientos terrestres ocasionados por  la liberación de una energía acumulada por el movimiento de las placas tectónicas.

Como ejemplo para facilitar la comprensión de los terremotos encontramos frecuentemente, tanto en libros sobre la materia como en artículos sobre la misma, el símil con dos bloques pétreos, con superficies no lisas, que se rozan uno contra el otro provocando entre ellos tanto una trabazón como un bloqueo o freno al movimiento natural que ambos pudieran tener. Si este movimiento, en un momento determinado, quiebra la resistencia de la trabazón de los dos bloques, éstos súbitamente se mueven y se desplazan violentamente, probablemente, además, uno sobre el otro y hasta que nuevamente, liberada la tensión o energía, se paran o tal vez se vuelven a acoplar.

Así sucede con las placas tectónicas contiguas, que como consecuencia de los rozamientos entre ellas, estos producen «enganches» entre la placas que actúan de freno a los movimientos de ambas, generando una tensión o energía acumulada que, cuando consigue romper dichos enganches, libera súbitamente una inmensa cantidad de energía, que sacude las zonas más o menos próximas ocasionando lo que llamamos terremotos terrestres. Concluyendo, el terremoto es el movimiento ocasionado por una liberación de energía.

Cuando esta liberación de energía afecta a las aguas marinas, éstas pueden ocasionar, por desplazamiento inhabitual de las mismas, lo que llamamos maremotos o tsunamis.

MEDICIÓN DE LOS TERREMOTOS .

Los terremotos se valoran midiendo su intensidad o su magnitud.

La intensidad atiende a los daños causados por el terremoto, siendo por lo tanto una forma de medir la percepción del mismo, percepción humana que por lo tanto resulta intuitiva y tangible. Existen varias escalas para medir la intensidad de un terremoto, todas ellas gradúan los niveles de intensidad en función de los daños ocasionados (o que podrían haberse producido realmante) y su percepción. La escala más conocida para la intensidad sísmica es la escala de Mercali. Obsérvese que la intensidad de un mismo terremoto varia según el sitio, pues los efectos son distintos de un lugar a otro. Lógicamente la proximidad o distancia al epicentro del terremoto, la profundidad del mismo, las característica geológicas del terreno y el ángulo de llegada de las ondas a un determinado sitio, producen una diferentes efectos, cuya medición o valoración facilitarán un grado diferente en la escala aplicada. Estos grados, tomados en diferentes lugares permiten trazar un mapa de líneas que unen sobre un mapa puntos de igual intensidad, determinando zonas de similar o igual daño.

La magnitud atiende a la cantidad de energía liberada por el seísmo. Esta magnitud es única para cada terremoto y la escala que normanlente se usa es la conocida como escala de Richter. Se calcula la magnitud a partir de  la amplitud de las ondas que genera el terremoto. La escala de Richter es una escala potencial, que indica por cada grado una cantidad de energía liberada mil veces superior al grado anterior. No es una escala cerrada, es abierta pues teóricamente los grados pueden ser infinitos, aunque la realidad nos dice que difícilmente se supera el grado 10. Esta medición de la magnitud, aunque más precisa que las que miden la intensidad, es, como hemos ya dicho, menos intuitiva, pues lo que se percibe de un terremoto es la vibración, el movimiento y los daños materiales causados.

TERREMOTOS EN ESPAÑA.

España se encuentra en un borde de la placa tectónica euroasiática, que contacta con la placa tectónica africana, siendo el rozamiento entre ambas el que origina el movimiento sísmico de nuestra península, que a lo largo de la historia ha ocasionado importantes terremotos.

Se tienen registros desde el año 1048, pero se consideran los más importantes, atendiendo fundamentalmente a su intensidad, el de 1755, conocido como el terremoto de Lisboa o maremoto de Cádiz; este terremoto destruyó totalmente gran parte de la ciudad de Lisboa, ocasionando un maremoto que asoló, con graves daños, la costa gaditana y onubense,

El siguiente terremoto, en importancia y en el tiempo, fue el que el 21 de marzo de 1829 desencadenó la tragedia en la Vega Baja del Segura, con casi cuatrocientas víctimas mortales,otros tantos heridos y unas tres mil casas totalmente destruidas (otro tanto afectadas). Este terremoto fue precedido, desde el mes de septiembre del año anterior de más de 300 sacudidas, y hasta agosto del mismo año de 1829 otra 300 réplicas.

El día de navidad de 1884 tuvo lugar en las provincias de Granada y Málaga un terremoto, que por su virulencia y daños se considera como el mayor de todos los tiempos en al península ibérica. La magnitud fue de 6,5 en la escala de Richter y su intensidad máxima, de grado IX-X en la de Mercali, se midió en la Localidad de Arenas del Rey. Se contabilizaron 745 fallecidos, 1485 heridos, los edificios totalmente destruidos fueron 4399 y más de 6300 en ruinas.

El pasado 11 de mayo de este año de 2011 fue la localidad de Lorca, en Murcia, la afectada por un terremoto, cuyas víctimas, heridos y daños materiales ya conocemos por la prensa y medios de comunicación de estos días.

España tiene, como se puede apreciar, una actividad sísmica importante, pero, en principio de magnitudes inferiores al grado 7 en la escala de Richter. La zona de riesgo de mayor importancia se extiende por todo el sur y sureste  peninsular.

ANTONIO MACHADO NUÑEZ  y  ANTONIO MACHADO ÁLVAREZ

Ni la literatura ni los artículos o trabajos publicados en prensa o revistas sobre los terremotos en España han sido frecuentes. Referencias si tenemos desde desde los albores del siglo XI, pero son escasos los datos y los comentarios. Digamos que los justos, aunque probablemente no los necesarios.

Por ello tienen más interés aquellos que sí hacen referencia a estos fenómenos naturales. Fenómenos que ya sabemos suelen ir acompañados de pérdidas de vidas humanas y de cuantiosos daños materiales.

Sabemos que en tiempos pasados las reacciones de ayuda y solidaridad eran siempre tardías, los medios de transporte y de salvamento eran escasos en número y en utilidad, y a duras penas los auxilios a las gentes afectadas los realizaban los vecinos más próximos. Las crónicas y noticias del terremoto de 1829 son dramáticas y dejan entrever una dura situación de los supervivientes de las zonas afectadas en los días o semanas siguientes al seísmo. Lo mismo sucedió en el trágico terremoto de 1884, cuyos damnificados tuvieron que afrontar unos crudos, gélidos y nevados días de aquel invierno.

Hoy, aunque muchos de estos efectos posteriores de salvamento y ayuda son infinitamente más eficaces y sobre todo rápidos (en la medida que cabe o es posible), el dramatismo y fuerza de los efectos de un terremoto siguen siendo duros y traumáticos en todos los sentidos.

Por ello, no solo por el valor científico o por las sugerencias de las medidas a tomar una vez sucedida una de estas catástrofes sísmicas, sino por el afectivo y de solidaridad con los damnificados por el terremoto del 25 de diciembre de 1884 reproducimos unos trabajos o artículos que Antonio Machado Núñez y su hijo Antonio Machado Álvarez (abuelo y padre de nuestros poetas Antonio Machado y Manuel Machado) publicaron en los primeros días de febrero de 1885 sobre los terremotos.

Así, en los números de los días 1 y 8 de febrero de 1885 del periódico Las Dominicales del Libre Pensamiento, de Madrid, cuyos directores eran Ramón Chíes y Fernando Lorenzo – que firmaba con el nombre de Demófilo, como Antonio Machado y Álvarez -, leemos, escrito por:

ANTONIO MACHADO NÚÑEZ en el del día 1 de febrero:

Terremotos I.

Nuestro globo cumple su misión providencial e ineludible: es un organismo viviente que pasa por las distintas fases que han de constituir su evolución definitiva. Nacido de la condensación de principios o elementos desprendidos de la nebulosa, arsenal de materia y de fuerza inagotable, donde se se forman los mundos en el espacio y el tiempo, el globo sufre transformaciones diversas que modifican lentamente su estructura. ¡Qué larga serie de energías, de fenómenos extraordinarios, vienen acompañando la existencia de este gran ser, en el que viven como parásitos las plantas y los animales, y entre estos últimos el hombre, cuyo insolente orgullo le proclama a sí mismo Rey de la creación; y no comprende que es el humilde e inconsciente esclavo del planeta en que vive, a quien basta solo un débil esperezo de su piel, para que las montañas se desquicien, desaparezcan los ríos, se destruyan y caigan como castillos de naipes los pueblos y las ciudades, su¡in que pueda contener tales extragos la inteligencia humana ni alcance en su impotencia a prevenir ni evitar la causa productora de tan inesperadas catástrofes.

El calor central del globo, fuente de su actividad y de su vida, consumiendo los materiales encerrados en su envoltura sólida,oxidando unos y descomponiendo otros por su contacto con las aguas atmosféricas y de los mares, da origen a abundantes gases que no pudiendo contenerse en las cavidades subterráneas, buscan su libertad en la atmósfera, pugnan primero por romper la envoltura que las aprisiona, y después de recorrer las sinuosidades del interior de la corteza sólida de la tierra, vence al fin su resistencia en los puntos más débiles y produce hundimientos en los terrenos, grietas, rasgaduras, cráteres y levantamientos que conmueven el suelo, impulsan las aguas de los mares, forma poderosas olas que invaden los continentes, recorren espacios inmensos sembrando el extrago y la muerte en las ciudades colocadas en elm trayecto que recorren.

Las aguas penetrando a una profundidad de 2000 a 3000 metros en el interior del suelo (que tiene diez leguas de espesor) aumentada su temperatura hasta 100 centígrados, ocasiona acciones mecánicas por efecto de la capilaridad, disuelve, disgrega y corroe los terrenos produciendo extensas oquedades donde se acumulan y forman lagunas o ríos subterráneos o rasgaduras y huecos diversos.

Además estos líquidos, evaporados en su más alta temperatura, dan origen a multitud de reacciones químicas y fenómenos de distinta índole que conmueven el suelo, producen terremotos, dislocaciones y volcanes transformando la superposición de los terrenos e de su orografía superficial.

Así nuestro globo va pasando en los inmensos períodos de su larga vida por multitud de evoluciones desde su orígen hasta que desaparezca: modificará lentamente su naturaleza disminuyendo su actividad y la enérgica manifestación de su primordial temperatura, enfriada la masa de la tierra, en lo porvenir, se convertirá en satélite de otro astro de la misma manera que la luna lo es actualmente, hasta que extinguida su fuerza, como si dijéramos su espíritu, vuelva otra vez a confundirse en la materia eterna de que procede: de este modo puede decirse se cerrará el círculo de la vida sideral de nuestro globo.

Cuando la humanidad estudia esos fenómenos tan frecuentes en el planeta que habita. no comprende que son una consecuencia inevitable de su manera de ser, de su especial existencia y de las relaciones con los demás astros, cuyas dependencias mutuas están reguladas por leyes universales, incontrastables y eternas, que  nada ni nadie pueden variar, pues bastaría un instante de interrupción en su marcha majestuosa para que el universo entero cayese en un caos inexplicable.

Pueden considerarse los terremotos como naturales perturbaciones del organismo planetario, semejantes a las fiebres de crecimiento o de consunción de los seres vivos y consecuencia de su actividad fisiológica.

La masa incandescente de la tierra en los comienzos de si vida sideral.lanzada en los espacios frigidísimos del universo, ha ido perdiendo lentamente su calor exterior, coagulándose la superficie para formar una película sólida que al través de los tiempos va engrosando y da al suelo mayor consistencia y espesor por efecto de los materiales que se precipitaron de su atmósfera y otros no menos abundantes arrojados del interior por multitud de volcanes.

Estos fenómenos, perdiendo lentamente su energía y su frecuencia, quedaron limitados después en el trascurso de los siglos a conmocionar enérgicas en algunos puntos, más débiles en otros, pero siempre repetidas con intermitencia, porque la disminución del volúmen del globo supone la contracción de su corteza sólida, y el rellenamiento interno de sus cavidades, causa por lo tanto de sacudidas continuas, que ha hecho decir al Barón de Humbolt que «no pasa un día,una hora, sin que la consolidación del globo de origen a temblores de tierra, en las diferentes regiones de los continentes».

Antonio Machado y Núñez

Catedrático de la Universidad de Madrid.

 

ANTONIO MACHADO Y NÚÑEZ  y en el número del día 8 de febrero siguiente:

Terremotos II.

De lo expuesto se deduce que los terremotos, siendo inevitables por juro de naturaleza, el hombre nada puede hacer para impedirlos; pero los gobiernos ilustrados deben con toda energía y previsión ocurrir a sus consecuencias desastrosas y arbitrar reflexivamente los medios más fáciles de repararlas: excitar los sentimientos benéficos de los poderosos y la caridad de las muchedumbres que no niegan su óbolo a las desgracias de sus hermanos; aplicar los productos que se recauden a la reparación de los edificios y habitaciones para los pobres; proporcionar materiales de construcción, de las canteras inmediatas, cales, yesos, arcillas, maderas, etc.; todo ello de la propiedad nacional, a un precio módico y equitativo; dar ocupación a los trabajadores, jornaleros y artesanos de la misma comarca, a los maestros de obras, albañiles y carpinteros, para que reparen las casas y construyan los edificios indispensables para la vida de los pueblos cultos, principalmente las escuelas, asilos, hospitales y casas de corrección, antes que el producto de la caridad se evapore en limosnas, se extinga o distraiga para otras atenciones que, aunque parezcan muy importantes, no son de las que exigen perentoriamente su realización.
Muy justa podrá ser la reparación de los templos arruinados; pero el culto puede darse interinamente en una habitación segura, en las plazas o lugares públicos o en último resultado en el corazón y la conciencia de los fieles atribulados, a quienes sus mismas desgracias excita para implorar clemencia del Hacedor Supremo.
Los arquitectos deben contribuir con generosidad, filantropía y el conocimiento de los métodos de edificación, a construir habitaciones cómodas y baratas, teniendo presente los preceptos de la higiene y de la salubridad pública.
En los países azotados por frecuentes conmociones del suelo, el sistema de construcción es distinto del que generalmente se usa en Europa: las casas son bajas, de un solo piso; sus paredes son anchas; el terreno firme, compacto; los techos ligeros: en las regiones de América, donde son frecuentes los terremotos, dejan siempre en el centro un gran patio donde se refugian provisionalmente los vecinos al sentir las primeras oscilaciones del suelo: evitan con eso abandonar sus moradas y tienen un lugar de refugio tan seguro como la plaza o el campo. Un terror momentáneo puede solo aconsejar el traslado de un pueblo o ciudad a otro emplazamiento distante; pues la experiencia tiene acreditado que las catástrofes no se repiten sino rara vez en los mismos sitios o lugares o son por lo menos tan largos los periodos entre accidentes que es rara su persistencia por lo menos cuando no proceden de los volcanes; y hay una razón científica que lo explica hasta cierto punto: si las sacudidas son el efecto de las contracciones de la corteza sólida del globo o de los rellenamientos de las cavidades subterráneas, claro es que la región donde tienen lugar tales fenómenos quedan más firmes y sólidas al menos por mucho tiempo.
La antigua capital de Guatemala, fue fundada por los españoles en la conquista, al pié de un volcán apagado; sufrió este una nueva erupción y sacudidas tan violentas en su suelo que quedó casi arruinada. Las autoridades y vecinos, atemorizados por tan temibles desgracias decidieron abandonar la población y se trasladaron a otro sitio distante ocho leguas, donde se edificó la ciudad nueva que es hoy la capital de aquella república. Pero muchos de los vecinos más animosos y apegados al lugar donde habían nacido, permanecieron es sus hogares y allí viven contentos y felices en su bella ciudad, una de las más ricas y populosas de aquel Estado, situada en un valle delicioso, sin haber presenciado otra catástrofe aunque van transcurridos cien años.
La Italia nos ofrece otro ejemplo de estabilidad de sus pueblos y ciudades aunque tan combatidos por los temblores de tierra no abandonan sus hogares aunque desvastados por aquellos movimientos, ni les arredra el ejemplo de Herculano y Pompeya, ni las ruinas de tantas ciudades, ocasionadas por los volcanes que agitan siempre el terreno de Sicilia, la populosa Nápoles y casi toda la Península; viven contentos bajo las erupciones lávicas del Vesubio, amagados doblemente por las lluvias de fuego, de cenizas y materiales incandescentes, sin ocurrírseles desalojar los países donde vivieron sus padres. Y lo mismo sucede a los habitantes de otras regiones: permanecen tranquilos en medio de circunstancias difíciles, contrariados por los medios ambientes, con una existencia precaria, combatida por el clima, los hielos y las inundaciones y multitud de calamidades con que la naturaleza sorprende al hombre individualmente y a las colectividades humanas que buscan con su actividad e incesante trabajo los medios de luchar por la existencia propia y por la de sus hermanos.
La limosna degrada al hombre y le hace indolente y perezoso:el trabajo, por lo contrario, le engrandece; las conciencias honradas viven satisfechas cuando triunfan en la lucha por la existencia, en ese combate continuo que sostiene nuestra especie contra los medios que nos rodean y nos convierten en un agente geológico que detiene y neutraliza muchas veces con su inteligencia las leyes y fenómenos de la naturaleza.

Antonio Machado y Núñez

Catedrático de la Universidad de Madrid.

 

 

Igualmente su hijo, ANTONIO MACHADO Y ÁLVAREZ, publica en el número del día 16 de febrero de 1885 del periódico Los lunes del Imparcial lo siguiente:

Los terremotos y la tradición popular.

Los terremotos, que, según las opiniones científicas más admitidas, obedecen al trabajo lento y continuo que la tierra verifica alm enfriarse para consolidar su corteza y seguir su misteriosa peregrinación hacia el estado en que actualmente se halla la llamada por los poetas reina de la noche, han sido objeto de las creencias, imaginaciones, ideas e hipótesis de todos los pueblos, especialmente de aquellos en que estos fenómenos ocurren con mayor frecuencia. El hecho anómalo – no obstante verificarse todos los días en algún punto del globo – de sentir temblar y estremecerse la tierra bajo nuestros pies y ver oscilar a nuestro alrededor los edificios y objetos que estamos acostumbrados a considerar como inmóviles es, aunque no venga acompañado de la cohorte de siniestros y desgracias de que están siendo actualmente víctimas gran número de pueblos de las provincias de Málaga y Granada, de tal importancia y trascendencia que el vulgo no puede menos que querer explicárselo de algún modo.

En los países católicos la explicación del fenómeno en que nos ocupamos y de sus tristes consecuencias es la misma que se da a las inundaciones, hambres, pestes, guerras y toda clase de calamidades: Dios, causa consciente de todo cuanto es, existe y ocurre en este mundo, se vale de tales medios para castigarnos por nuestros pecados.

Los temblores de tierra, como los cometas, auroras boreales e inundaciones son solo señales de que el Señor Dios se sirve para mostrarnos su cólera y la irritación que le produce nuestra desenfrenada conducta. De aquí que el clero, interpretando los sentimientos de todas las muchedumbres, ordene rogativas inmediatamente que estas calamidades sobrevienen: si no han llegado a sobrevenir, para desagraviarle antes que descargue su furor sobre nosotros.

Dos composiciones poética populares, recogida una de ellas por el Sr. Pitré en su obra Canti popolari siciliani, y otra publicada en la que lleva por título Legende popolari siciliani, de Salvatore Salomone Marino, prueban una vez más la verdad de la opinión que indicamos en otro artículo y confirmamos hoy. Aludiendo al terremoto que produjo la cosnternación de la ciudad de Palermo en el año 1823, la leyenda de Borgetto dice:

Gesú ¡misericordia!

la terra trema tutta

s a’funna, si subbissa

comu na varca rutta:

Li mura annaculiann,

cadino en ruina:

é  l’urtima stirminiu

l’urtima siritina.

…………………………..

Senti sta vuci, populu!

facemu pinitenza:

lu Summu Diu sdignatu

chi fragelli dispenza!

Del terremoto de Sicilia ocurrido en 1693, la leyenda citada por Pitré dice, entre otras cosas, lo que sigue:

Trema la terra ea nun piccatu:

Pensa como tremu iu ca peccu ogn’ura.

y en otro pasaje:

Contra Catania fu adiratu Diu

La nissunu di chiddi si sarvau.

La idea de que todos estos males, como las tempestades, aluviones, etc… etc.., son debidos a la voluntad de Dios irritado y ofendido por los hombres, hállase confirmada en estas explícitas y autorizadas palabras de Salomone Marino: «La representación del Cristo indignado por los pecados de los hombres, a los que manda un terrible azote, y de María, que, con sus ruegos e interponiendo su autoridad de madre, se opone a sus deseos y aplaca sus rigores, se encuentra con frecuencia en las leyendas populares sicilianas referentes a los terremotos, aluviones, epidemias y desastre de toda clase».

Los pobres vecinos de Albuñuelas, Benzar, Churriana, Aleaucin, Macharaviaya, Archidana, Puebla, Algarrobo, Periana, Jayena, Murchas, Santa Cruz, Vélez Málaga, Nerja y tantos otros pueblos de la provincia de Granada y Málaga como han sufrido las desgracias consiguientes a los temblores de tierra allí ocurridos desde el 25 al 31 del próximo pasado, no podrán menos de leer con amargura la explicación que da elpueblo siciliano de las desgracias ocurridas en Catania, por la cual vienen a resultar ellos mas pecadores que los de otras provincias y capitales de España, donde, como en Madrid ha acontecido, apenas si nos hemos percatado del temblor de tierra, sin duda poque la Divinidad ha elegido para castigarnos en sus altos e inescrutables designios otro género de calamidades.

La tradición que atribuye a la venganza de la Divinidad los males con que de continuo nos vemos afligidos y castigados, se halla extendida por todos los pueblos católicos; quizás estudiada a fondo, no es más que la repetición de una sola voz que se impone y mata los ecos particulares que un oído fino puede percibir dentro de esa inmensa voz que se llama voz popular.

Semejante tradición, resultante de un mundo menos interesante para el folklorista y para el hombre de ciencia que esas otras concepciones de la mente humana que, aunque más primitivas, dan una idea más clara acerca del fenómeno a que se refieren: concepciones de mucho más interés para los que pretenden seguir el curso de las evoluciones del pensamiento humano desde sus primeras fases hasta el grado de adelanto que alcanzan en los sistemas científicos de los pueblos modernos.

¿Por qué tiembla la tierra, se preguntan también los habitantes de la Pilinesia, los indios de la América del Norte y otras muchas tribus de que nos habla Tylor, en su excelente obra Civilización Primitiva?. Para que la tierra tiemble, contesta, preciso es que haya un ser encargado de hacerla temblar. Este poder.que los católicos conceden a la Divinidad irritada, lo atribuyen muchos pueblos salvajes a monstruos de naturaleza diversa que presentan ora caracteres de hombres.ora caracteres de animales. Para los Tonganos, Mauy sostiene la tierra sobre su cuerpo extendido: cuando se vuelve para tomar una posición más cómoda se produce un terremoto. Otra versión mítica, en que se enlaza el mundo subterráneo al que el sol se retira todas las noches con la regiones volcánicas, supone que el viejo Mauy, que custodiaba el fuego en el Bolotá o mansión de los muertos, fue sorprendido por el joven Mauy, que pretendió y consiguió arrebatárselo, presentándose para ello a la entrada de la caverna. Tras una encarnizada lucha, el joven venció, y el viejo Mauy, rendido de fatiga y aporreado, quedó tendido en tierra cuan largo era: cad vez que el anciano vuelve de su letargo, la tierra tiembla.

La explicación de qque el robo del fuego subterráneo influye en los terremotos, es muy digna de estudio para los hombres científicos: un filósofo, un  metafísico, que tanto monta como decir un mistificador de nuestro días, hallaría en la coincidencia de este mito salvaje y la teoría científica dominante un asunto digno de sus elucubraciones y de repetir una vez más el aforismo tan mal interpretado como socorrido de que nihil novum sub sole. Después de todo, diría, si el enfriamiento de la tierra y el desprendimiento del fuego central por los cráteres de sus volcanes influye en los terremotos, ¿qué alusión más palpable a este fenómeno que la lucha entablada entre el joven y el viejo Mauy por apoderarse del fuego subterráneo, cuya pérdida produjo el letargo del anciano y los estremecimientos de nuestro globo?

La idea de que la tierra está sustentada por animales, hállase muy extendida. En las islas Célebes se supone que la sustenta un animal que solo con perdón puede nombrarse. Los elefantes entre los indios, las ranas entre los mongoles, el toro entre los musulmanes, son los animales encargados de sostener la tierra: cuando ellos cambian de posición, la tierra se estremece y tiembla.

Entre los telscalas, según nos informa Tylor, las divinidades encargadas de sustentar el mundo se cansaban de sostenerlo y se lo pasaban de unos a otros: entonces la tierra temblaba; este mismo mito se encuentra en Asia.

Los canchadales refieren que Tuil, el dios de los temblores de tierra, se pasea en trineo por bajo del suelo, y que cuando el perro que tira de este trineo se sacude las pulgas o la nieve, se produce un terremoto. ¡Malas pulgas, dirán los canchadales, tiene el perro de Tuil!.  Ta-Ywa, héroe solar de los karens, colocó a Sbie-Soo bajo tierra para que la llevase: cada vez que se mueve produce un terremoto.

Estas ideas y creencia, y mitos referentes a la causa que produce los temblores de tierra, son dignos de estudio y envuelven una explicación del fenómeno mucho más interesante que la que nos suministra la tradición católica, y no muy diversa, acaso, de la qwue encontramos en los libros de los siglos pasados; prueba de que la ciencia tiene en el Folk-Lore documentos de estudio muy importantes.

La opinión de que entre los volcanes y los terremotos existe una relación que a la geología toca explicar científicamente, es una creencia extendida sin duda en las repúblicas del Centro América, país eminentemente volcánico.

Un primo hermano mío, el Sr. D. Angel Machado, que tiene su residencia habitual en Guatemala, me ha referido una creencia por extremo curiosa y al parecer bastante arraigada entre los indios. Existe no lejos de Petapa, pueblo de la jurisdicción de Amatitlan, una finca llamada Las Pedreras, y enclavada en ella un cerro al que, por su configuración especial, dan los habitantes de aquella comarca el nombre de La Cerra. Este cerro redondo y desnudo de vegetación, que tiene en una se sus prominencias una grieta semejante en forma a la linda concha, también de América, conocida por los naturales con el nombre de Dione Lepandría, suponen los indios que sostiene relaciones con el volcán Pacaya, distante de él unas cinco leguas y que desempeña en ellas el papel de hembra. Cada vez que el volcan y La Cerra desean unirse se producen los temblores de tierra.

Añade mi primo que el temor que los indígenas tienen a perpetuar dichos amores es tal, que habiéndosele escapado una noche una yegua cerca de la Cerra y mandado a uno de sus capataces que fuese a buscarla, éste, no obstante ser hombre de gran valor, y por todo extremo sumiso, se negó  a obedecerlo, confesándole el espanto que le producía el atravesar aquellos sitios pasada la media noche, hora que acaso consideraba la más a propósito para las caricias conyugales del volcán, hoy apagado, y el cerro en cuestión.

La curiosa creencia que acabamos de referir, y la ciscunstancia de llegar este periódico por su inmensa circulación a las repúblicas centro americanas, nos mueve a rogar a los amigos que tenemos en ellas, que tengan la bondad de recoger y remitirnos las creencias, supersticiones y leyendas vulgares que en aquellos Estados circulen respecto a las relaciones que existen entre volcanes y los terremotos, con lo que prestarán

Referencia a los trabajos de Antonio Machado Álvarez publicada el periódico «La Alhambra» el día 30 de enero de 1885

La Alhambra – pág. 7 – 30 01 1885

Manuel Álvarez Machado

Algunas cartas recibidas por ANTONIO MACHADO NÚÑEZ. Abuelo de Manuel y Antonio Machado Ruiz y de los demás hermanos de estos, José, Joaquín, Francisco y Cipriana.

      En la larga vida de Antonio Machado y Núñez, que cumplió los 81 años desde que nació en Cádiz en 1815, fueron muchas las actividades que desarrolló en los campos literarios, médicos, naturalistas, científicos de toda índole y como no políticos.

      Varios fueron los destinos en los que vivió o visitó intensamente, diversas zonas de España, especialmente andaluzas, gallegas, extremeñas, navarras, madrileñas, y diversas zonas de Centro América como la guatemalteca, hondureña, maya e insular caribeña, en las que trabajó como médico y en las que como científico investigó sobre la flora, la fauna y la geología de aquellas tierras, asistiendo a fenómenos y erupciones volcánicas, y todo ello sin perder de vista los temas arqueológicos y culturales.

      Y finalmente, al regresar a Europa, viviendo en París y trabajando en la Sorbona impartiendo sus conocimientos y aprendiendo de Bequerel, de Prevost, del mallorquín Orfila y realizando investigaciones geológicas en las zonas alemanas próximas a los Alpes, acompañado por el citado Prevost – considerado como el padre de la moderna geología – ; aquí, en Badem-Badem, conoció al que sería su suegro José Álvarez Guerra y a una hija de éste, Cipriana Álvarez Durán, con la que se casaría pocos años después en Sevilla.

      También investigó en paleontología y en la búsqueda y catalogación de meteoritos caídos en la península ibérica.  Creó el primer museo de geología y mineralogía de la Universidad de Sevilla, aportando una buena colección de minerales a la creada, en aquellos finales de siglo, Institución Libre de Enseñanza, de la que fue promotor, como lo fue también de la difusión en España de las nuevas teorías evolucionistas de Darwin.

      Esta ultima actividad, su claro perfil de avanzado científico y pensador, su manifiesto agnosticismo y sus instrucciones, primero desde su cátedra de ciencias naturales en la Universidad de Sevilla y luego desde el rectorado de la misma, le valieron duras críticas y enemigos feroces en la Iglesia, especialmente Mateos Gago desde la Catedral Sevillana, que motivaron su excomunión, (cuestión que no le afectó de ninguna forma).

      Políticamente fue miembro de la Junta Revolucionaria sevillana en 1868, miembro del partido Radical Federalista de Ruiz Zorrilla, fue amigo personal del General Prim, Alcalde de Sevilla y Gobernador en la misma provincia. Como alcalde sevillano desarrolló, entre otros temas, una importante actuación en la sanidad de las aguas residuales y alcantarillados de la ciudad hispalense.

      Perteneció a la masonería, en sus más altos grados, que entre otras cosas motivaron que en 1896, antes de fallecer ese año, fuera nombrado como  Presidente del II Congreso Internacional de Librepensadores que se celebró en Madrid, Congreso que apenas duró un día, pues en el segundo fue disuelto por la caballería policial enviada al efecto. A este Congreso asistió, o pretendió asistir, el joven maestro y pedagogo Ferrer y Guarda, que estuvo viviendo unos días  en la casa de los Machado, en la que conoció a sus nietos, especialmente a Manuel y a Antonio.

      Volviendo a sus trabajos científicos destaquemos, entre otros, sus estudios sobre las aves en la zona del Coto Doñana, de los peces del litoral de Huelva y Cádiz, y de la herpetología (estudios sobre los reptiles) andaluza. Estos trabajos se editaron por la Universidad Sevillana, pudiéndose hoy consultar digitalizados y leerlos en los fondos de la Biblioteca Nacional de España, además de los de la Universidad de Sevilla. Estos trabajos le convierten en uno de los primeros estudiosos y defensores del famoso  “Coto Doñana” del sur de Andalucía.

      En los últimos años de su vida, de 1883 a 1896, fue destinado a Madrid como catedrático de Ciencias Naturales, en la especialidad de “Zoografía de Moluscos y Zoofitos vivientes y fósiles”, con destino en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid. Y a esta ciudad se desplazó para vivir acompañado de toda la familia Machado.

      Se dice, en alguna revista está escrito, que en los primeros meses de 1896 se le encargó, junto a otros dos naturalistas internacionales, un estudio medioambiental sobre las posibles repercusiones de la construcción de un Canal que atravesara el estrecho de Panamá, uniendo el océano Atlántico con el océano Pacífico. Su fallecimiento en julio de 1896 impidió que realizara este trabajo.

      Como se puede deducir de lo expuesto sobre sus intensas actividades de toda índole, éstas le valieron una amplia relación con muchas personas notables de su época, con las que mantuvo buena correspondencia epistolar.  De éstas cartas, de las que guardó parte de las por él recibidas, y que fueron conservadas durante años por miembros de su familia, hemos rescatado copias de algunas, de las que ahora reproducimos en un pequeño avance significativo, (todas van firmadas, y de ellas destacamos la de Manuel Ruiz Zorrilla).

Antonio Machado y Núñez

Práxedes Mateo Sagasta
Carta del 20 de septiembre de 1865 de Práxedes Mateo Sagasta.

Transcripción: La Iberia
Diario Progresista
Dirección
Sr. D. Antonio Machado
Mi estimado amigo: Recibi con gusto su apreciable del 22 y celebraré que le vaya á V. bien en su residencia accidental y sin la visita del malhadado huesped que tan pertinazmente ha sentado sus reales en Sevilla.
He leido con mucha mayor satisfaccion las indicaciones tanto de principios como de conducta que expone en su carta cuanto que estoy completamente de acuerdo con ellos.
Ni nuestra dignidad ni la conveniencia del partido ni las necesidades del pais consienten otra cosa. Adelante pues que tal como se van poniendo las cosas nuestra jornada no ha de ser larga.
Celebrare que puedan VV. volver pronto á Sevilla buenos y salvos y qe disponga á su antojo de su affmo. amo s.s.q.b.s.m.
Práxedes Mº Sagasta

***

Segismundo Moret.
Carta enviada el 22 de marzo de 1870 por Segismundo Moret.

Transcripción: Ministerio de la Gobernación
Subsecretaria                                
Particular
S. D. Antonio Machado:
Muy S. Mío: el Ministro ha visto con disgusto la conducta seguida por ese Ayun­tamiento el restablecer el impuesto de consumos, en contra de los preceptos de la ley. Comprende las razones que V. alega para obrar en el sentido que lo hizo; pero a pesar de todo debe procurar que el Ayuntamiento estrictamente a lo que previene la ley de arbitrios, y sólo se establezcan los que esta autoriza.
El derrivo de la Iglesia de S. Pablo y su conversión en templo protestante es sensible; pero veo que nada puede hacerse en este asunto, a menos que V. como particular y por si creyese poder influir algo.
Como indique a V. en mi anterior muy pronto quedará arreglada esa secretaría y V. puede desde luego enviar el juicio que le merezcan los empleados todos que hay en ella. De V. affº amigo s.s. q.b.s.m.
S. Moret

***

Manuel Ruiz Zorrilla.
Carta enviada el 13 de septiembre de 1881 por M. Ruiz Zorrilla, desde París, del Presidente del partido Liberal Federalista a Antonio Machado y Nuñez.

Transcripción: Sr D. Antonio Machado
Mi muy querido amigo: me he impuesto de su favorecida del 6 y desde luego empiezo por manifestarle que hace V. perfectamente en creer que V. y el comité que preside merecen mi confianza más absoluta y que deseo que su autoridad en esa sea indiscutible y reconocida y acatada por todos los que pertenecen al partido, sin que en este punto consienta ni mucho menos notoria, la más leve duda. Pero al propio tiempo que esto le digo, permítame que le ruegue, tanto a V. como a sus dignos compañeros de comité, que, hombres de partido antes que nada, sacrifiquen las escitaciones del amor propio al bien gral. de la causa que defendemos, y lleven con paciencia las infinitas contrariedades que han de encontrar en su marcha, procurando por todos medios combatir las disidencias y hacer la unión, único medio de llegar al fin deseado. V. V. con respecto al partido en Sevilla, se encuentran en el caso en que me encuentro yo con respecto al partido en general, y todos esas contrariedades y muchas más, he sufrido y sufro por aumentar las fuerzas del partido y no llevar a fuera el escándalo de las dimensiones que nos debilitan y desprestigian. A los díscolos, si los hay, hay que atraerlos por el convencimiento, y cuando por este medio no se consiga dejar que de ellos parta la agresión, a fin de que no haya duda de que si no hemos podido evitar el mal no lo hemos provocado. No tomen VV. estos consejos como la desaprovación de ninguno de sus actos sino como un medio de que me valgo para revelarles mi pensamiento, y hacerles comprender cuan interesante es para mí convocar la unión que es la fuerza del partido.
Nosotros no debemos, no podemos, no queremos esperar nada de nuestros adversarios políticos: la benevolencia ha dado muestra de sus frutos en las elecciones, y ya, ni los más optimistas tienen el derecho de esperar nada de ello, como nunca lo espero yo. No hay, por consiguiente, otro camino que el nuestro… Guerra sin descanso a todo esto: guerra a los que queriendo ó sin querer lo sostienen: reunir elementos: crear fuerzas y marchar decididamente a la revolución; y esto, amigo mío, sólo con la unión se consigue, y como el fin es tan grande, no hay sacrificio que merezca ese nombre si conduce a aquel resultado.
Hágame el favor de saludar cariñosamente a todos y cada uno de los amigos, escitarlos en mi nombre a la concordia y contar siempre con el cariño verdadero de un affo amigo Q B S M
M Ruiz Zorrilla.
Lejos de reconocer la discordancia contesto hoy a los que me felicitaron aconsejándoles la unión al comité.
Mucha paciencia, mi querido amigo, y llegaremos al fin antes de lo que muchos creen.
Un abrazo para V.

***

Manuel Alonso Martínez
Carta de 16 de junio de 1883 enviada por el Presidente derl Consejo de Instrucción Pública Señor D. M. Alonso Martínez. Firmada : M. Alonso Martínez

Transcripción: El Presidente del Consejo de Instrucción Pública. Particular. Señor D. Antonio Machado Núñez Muy señor mio y amigo: El expediente para la provision de la catedra de «Zoografia de moluscos y zoofitos vivientes y fósiles» vacante en el Museo de esta Corte, se halla en poder del Con­sejero Ponente, Señor Vallín, que ha de emitir dictámen sobre el mismo, y le he recomendado su despacho lo antes que le sea posible. Queda de V. su afmo. amo. q. b. s. m. M. Alonso Martínez.

***

J. Montero Rios. Senador
Carta enviada un día 28, martes, de 1886

Transcripción: Senado
Particular
Excmo. Sr D. Antonio Machado
Mi distinguido amigo y compañero: permítame V. que recomiende a su benevolencia a mi sobrino D. Ramón Rodríguez Montero que ha de examinarse de Zoología esta tarde, y le agradeceré que haga V. en su obsequio todo cuanto la justicia le permita.
Anticipo a V. las gracias su atento y s.s. q.s.m.b.
José Montero Ríos.

LOS TERREMOTOS. ANTONIO MACHADO NÚÑEZ y ANTONIO MACHADO ÁLVAREZ. 1885.

Manuel Álvarez Machado, 3 de junio de 2011.

Antonio Machado y Nuñez
Antonio Machado y Álvarez

Escribir en estos días sobre los fenómenos naturales conocidos como terremotos nos obliga a hacer una referencia, por otro lado voluntaria, del acaecido el 11 de mayo de este año de 2011 en el sureste de la península ibérica, en el que la ciudad de Lorca (Murcia) ha resultado la más afectada.

El terremoto a dejado ocho víctimas mortales y varios centenares de heridos, además de dejar irrecuperables, por los daños, casi un 15% de los edificios. Desde estás páginas queremos transmitir nuestras condolencias a los familiares de las víctimas y a todos los habitantes de Lorca.

Este dramático suceso natural nos sugiere el exponer, aunque sea de forma muy sucinta, que son los terremotos y su forma de valorarlos o clasificarlos. También nos hace recordar los terremotos más importantes que han afectado a nuestra península, y en particular los desencadenados en los últimos doscientos cincuenta años.

Finalmente comentaremos cómo fueron recogidos en sus trabajos y estudios por la miembros de la saga de los Machado, concretamente por Antonio Machado Núñez y por su hijo Antonio Machado Álvarez.

LOS TERREMOTOS.

De forma simplificada podemos decir que los terremotos, y los fenómenos naturales asociados tales como los maremotos y los tsunamis, son movimientos terrestres ocasionados por  la liberación de una energía acumulada por el movimiento de las placas tectónicas.

Como ejemplo para facilitar la comprensión de los terremotos encontramos frecuentemente, tanto en libros sobre la materia como en artículos sobre la misma, el símil con dos bloques pétreos, con superficies no lisas, que se rozan uno contra el otro provocando entre ellos tanto una trabazón como un bloqueo o freno al movimiento natural que ambos pudieran tener. Si este movimiento, en un momento determinado, quiebra la resistencia de la trabazón de los dos bloques, éstos súbitamente se mueven y se desplazan violentamente, probablemente, además, uno sobre el otro y hasta que nuevamente, liberada la tensión o energía, se paran o tal vez se vuelven a acoplar.

Así sucede con las placas tectónicas contiguas, que como consecuencia de los rozamientos entre ellas, estos producen «enganches» entre la placas que actúan de freno a los movimientos de ambas, generando una tensión o energía acumulada que, cuando consigue romper dichos enganches, libera súbitamente una inmensa cantidad de energía, que sacude las zonas más o menos próximas ocasionando lo que llamamos terremotos terrestres. Concluyendo, el terremoto es el movimiento ocasionado por una liberación de energía.

Cuando esta liberación de energía afecta a las aguas marinas, éstas pueden ocasionar, por desplazamiento inhabitual de las mismas, lo que llamamos maremotos o tsunamis.

MEDICIÓN DE LOS TERREMOTOS .

Los terremotos se valoran midiendo su intensidad o su magnitud.

La intensidad atiende a los daños causados por el terremoto, siendo por lo tanto una forma de medir la percepción del mismo, percepción humana que por lo tanto resulta intuitiva y tangible. Existen varias escalas para medir la intensidad de un terremoto, todas ellas gradúan los niveles de intensidad en función de los daños ocasionados (o que podrían haberse producido realmante) y su percepción. La escala más conocida para la intensidad sísmica es la escala de Mercali. Obsérvese que la intensidad de un mismo terremoto varia según el sitio, pues los efectos son distintos de un lugar a otro. Lógicamente la proximidad o distancia al epicentro del terremoto, la profundidad del mismo, las característica geológicas del terreno y el ángulo de llegada de las ondas a un determinado sitio, producen una diferentes efectos, cuya medición o valoración facilitarán un grado diferente en la escala aplicada. Estos grados, tomados en diferentes lugares permiten trazar un mapa de líneas que unen sobre un mapa puntos de igual intensidad, determinando zonas de similar o igual daño.

La magnitud atiende a la cantidad de energía liberada por el seísmo. Esta magnitud es única para cada terremoto y la escala que normanlente se usa es la conocida como escala de Richter. Se calcula la magnitud a partir de  la amplitud de las ondas que genera el terremoto. La escala de Richter es una escala potencial, que indica por cada grado una cantidad de energía liberada mil veces superior al grado anterior. No es una escala cerrada, es abierta pues teóricamente los grados pueden ser infinitos, aunque la realidad nos dice que difícilmente se supera el grado 10. Esta medición de la magnitud, aunque más precisa que las que miden la intensidad, es, como hemos ya dicho, menos intuitiva, pues lo que se percibe de un terremoto es la vibración, el movimiento y los daños materiales causados.

TERREMOTOS EN ESPAÑA.

España se encuentra en un borde de la placa tectónica euroasiática, que contacta con la placa tectónica africana, siendo el rozamiento entre ambas el que origina el movimiento sísmico de nuestra península, que a lo largo de la historia ha ocasionado importantes terremotos.

Se tienen registros desde el año 1048, pero se consideran los más importantes, atendiendo fundamentalmente a su intensidad, el de 1755, conocido como el terremoto de Lisboa o maremoto de Cádiz; este terremoto destruyó totalmente gran parte de la ciudad de Lisboa, ocasionando un maremoto que asoló, con graves daños, la costa gaditana y onubense,

El siguiente terremoto, en importancia y en el tiempo, fue el que el 21 de marzo de 1829 desencadenó la tragedia en la Vega Baja del Segura, con casi cuatrocientas víctimas mortales,otros tantos heridos y unas tres mil casas totalmente destruidas (otro tanto afectadas). Este terremoto fue precedido, desde el mes de septiembre del año anterior de más de 300 sacudidas, y hasta agosto del mismo año de 1829 otra 300 réplicas.

El día de navidad de 1884 tuvo lugar en las provincias de Granada y Málaga un terremoto, que por su virulencia y daños se considera como el mayor de todos los tiempos en al península ibérica. La magnitud fue de 6,5 en la escala de Richter y su intensidad máxima, de grado IX-X en la de Mercali, se midió en la Localidad de Arenas del Rey. Se contabilizaron 745 fallecidos, 1485 heridos, los edificios totalmente destruidos fueron 4399 y más de 6300 en ruinas.

El pasado 11 de mayo de este año de 2011 fue la localidad de Lorca, en Murcia, la afectada por un terremoto, cuyas víctimas, heridos y daños materiales ya conocemos por la prensa y medios de comunicación de estos días.

España tiene, como se puede apreciar, una actividad sísmica importante, pero, en principio de magnitudes inferiores al grado 7 en la escala de Richter. La zona de riesgo de mayor importancia se extiende por todo el sur y sureste  peninsular.

ANTONIO MACHADO NUÑEZ  y  ANTONIO MACHADO ÁLVAREZ

Ni la literatura ni los artículos o trabajos publicados en prensa o revistas sobre los terremotos en España han sido frecuentes. Referencias si tenemos desde desde los albores del siglo XI, pero son escasos los datos y los comentarios. Digamos que los justos, aunque probablemente no los necesarios.

Por ello tienen más interés aquellos que sí hacen referencia a estos fenómenos naturales. Fenómenos que ya sabemos suelen ir acompañados de pérdidas de vidas humanas y de cuantiosos daños materiales.

Sabemos que en tiempos pasados las reacciones de ayuda y solidaridad eran siempre tardías, los medios de transporte y de salvamento eran escasos en número y en utilidad, y a duras penas los auxilios a las gentes afectadas los realizaban los vecinos más próximos. Las crónicas y noticias del terremoto de 1829 son dramáticas y dejan entrever una dura situación de los supervivientes de las zonas afectadas en los días o semanas siguientes al seísmo. Lo mismo sucedió en el trágico terremoto de 1884, cuyos damnificados tuvieron que afrontar unos crudos, gélidos y nevados días de aquel invierno.

Hoy, aunque muchos de estos efectos posteriores de salvamento y ayuda son infinitamente más eficaces y sobre todo rápidos (en la medida que cabe o es posible), el dramatismo y fuerza de los efectos de un terremoto siguen siendo duros y traumáticos en todos los sentidos.

Por ello, no solo por el valor científico o por las sugerencias de las medidas a tomar una vez sucedida una de estas catástrofes sísmicas, sino por el afectivo y de solidaridad con los damnificados por el terremoto del 25 de diciembre de 1884 reproducimos unos trabajos o artículos que Antonio Machado Núñez y su hijo Antonio Machado Álvarez (abuelo y padre de nuestros poetas Antonio Machado y Manuel Machado) publicaron en los primeros días de febrero de 1885 sobre los terremotos.

Así, en los números de los días 1 y 8 de febrero de 1885 del periódico Las Dominicales del Libre Pensamiento, de Madrid, cuyos directores eran Ramón Chíes y Fernando Lorenzo – que firmaba con el nombre de Demófilo, como Antonio Machado y Álvarez -, leemos, escrito por:

ANTONIO MACHADO NÚÑEZ en el del día 1 de febrero:

Terremotos I.

Nuestro globo cumple su misión providencial e ineludible: es un organismo viviente que pasa por las distintas fases que han de constituir su evolución definitiva. Nacido de la condensación de principios o elementos desprendidos de la nebulosa, arsenal de materia y de fuerza inagotable, donde se se forman los mundos en el espacio y el tiempo, el globo sufre transformaciones diversas que modifican lentamente su estructura. ¡Qué larga serie de energías, de fenómenos extraordinarios, vienen acompañando la existencia de este gran ser, en el que viven como parásitos las plantas y los animales, y entre estos últimos el hombre, cuyo insolente orgullo le proclama a sí mismo Rey de la creación; y no comprende que es el humilde e inconsciente esclavo del planeta en que vive, a quien basta solo un débil esperezo de su piel, para que las montañas se desquicien, desaparezcan los ríos, se destruyan y caigan como castillos de naipes los pueblos y las ciudades, su¡in que pueda contener tales extragos la inteligencia humana ni alcance en su impotencia a prevenir ni evitar la causa productora de tan inesperadas catástrofes.

El calor central del globo, fuente de su actividad y de su vida, consumiendo los materiales encerrados en su envoltura sólida,oxidando unos y descomponiendo otros por su contacto con las aguas atmosféricas y de los mares, da origen a abundantes gases que no pudiendo contenerse en las cavidades subterráneas, buscan su libertad en la atmósfera, pugnan primero por romper la envoltura que las aprisiona, y después de recorrer las sinuosidades del interior de la corteza sólida de la tierra, vence al fin su resistencia en los puntos más débiles y produce hundimientos en los terrenos, grietas, rasgaduras, cráteres y levantamientos que conmueven el suelo, impulsan las aguas de los mares, forma poderosas olas que invaden los continentes, recorren espacios inmensos sembrando el extrago y la muerte en las ciudades colocadas en elm trayecto que recorren.

Las aguas penetrando a una profundidad de 2000 a 3000 metros en el interior del suelo (que tiene diez leguas de espesor) aumentada su temperatura hasta 100 centígrados, ocasiona acciones mecánicas por efecto de la capilaridad, disuelve, disgrega y corroe los terrenos produciendo extensas oquedades donde se acumulan y forman lagunas o ríos subterráneos o rasgaduras y huecos diversos.

Además estos líquidos, evaporados en su más alta temperatura, dan origen a multitud de reacciones químicas y fenómenos de distinta índole que conmueven el suelo, producen terremotos, dislocaciones y volcanes transformando la superposición de los terrenos e de su orografía superficial.

Así nuestro globo va pasando en los inmensos períodos de su larga vida por multitud de evoluciones desde su orígen hasta que desaparezca: modificará lentamente su naturaleza disminuyendo su actividad y la enérgica manifestación de su primordial temperatura, enfriada la masa de la tierra, en lo porvenir, se convertirá en satélite de otro astro de la misma manera que la luna lo es actualmente, hasta que extinguida su fuerza, como si dijéramos su espíritu, vuelva otra vez a confundirse en la materia eterna de que procede: de este modo puede decirse se cerrará el círculo de la vida sideral de nuestro globo.

Cuando la humanidad estudia esos fenómenos tan frecuentes en el planeta que habita. no comprende que son una consecuencia inevitable de su manera de ser, de su especial existencia y de las relaciones con los demás astros, cuyas dependencias mutuas están reguladas por leyes universales, incontrastables y eternas, que  nada ni nadie pueden variar, pues bastaría un instante de interrupción en su marcha majestuosa para que el universo entero cayese en un caos inexplicable.

Pueden considerarse los terremotos como naturales perturbaciones del organismo planetario, semejantes a las fiebres de crecimiento o de consunción de los seres vivos y consecuencia de su actividad fisiológica.

La masa incandescente de la tierra en los comienzos de si vida sideral.lanzada en los espacios frigidísimos del universo, ha ido perdiendo lentamente su calor exterior, coagulándose la superficie para formar una película sólida que al través de los tiempos va engrosando y da al suelo mayor consistencia y espesor por efecto de los materiales que se precipitaron de su atmósfera y otros no menos abundantes arrojados del interior por multitud de volcanes.

Estos fenómenos, perdiendo lentamente su energía y su frecuencia, quedaron limitados después en el trascurso de los siglos a conmocionar enérgicas en algunos puntos, más débiles en otros, pero siempre repetidas con intermitencia, porque la disminución del volúmen del globo supone la contracción de su corteza sólida, y el rellenamiento interno de sus cavidades, causa por lo tanto de sacudidas continuas, que ha hecho decir al Barón de Humbolt que «no pasa un día,una hora, sin que la consolidación del globo de origen a temblores de tierra, en las diferentes regiones de los continentes».

Antonio Machado y Núñez

Catedrático de la Universidad de Madrid.


ANTONIO MACHADO Y NÚÑEZ  y en el número del día 8 de febrero siguiente:

Terremotos II.

De lo expuesto se deduce que los terremotos, siendo inevitables por juro de naturaleza, el hombre nada puede hacer para impedirlos; pero los gobiernos ilustrados deben con toda energía y previsión ocurrir a sus consecuencias desastrosas y arbitrar reflexivamente los medios más fáciles de repararlas: excitar los sentimientos benéficos de los poderosos y la caridad de las muchedumbres que no niegan su óbolo a las desgracias de sus hermanos; aplicar los productos que se recauden a la reparación de los edificios y habitaciones para los pobres; proporcionar materiales de construcción, de las canteras inmediatas, cales, yesos, arcillas, maderas, etc.; todo ello de la propiedad nacional, a un precio módico y equitativo; dar ocupación a los trabajadores, jornaleros y artesanos de la misma comarca, a los maestros de obras, albañiles y carpinteros, para que reparen las casas y construyan los edificios indispensables para la vida de los pueblos cultos, principalmente las escuelas, asilos, hospitales y casas de corrección, antes que el producto de la caridad se evapore en limosnas, se extinga o distraiga para otras atenciones que, aunque parezcan muy importantes, no son de las que exigen perentoriamente su realización.
Muy justa podrá ser la reparación de los templos arruinados; pero el culto puede darse interinamente en una habitación segura, en las plazas o lugares públicos o en último resultado en el corazón y la conciencia de los fieles atribulados, a quienes sus mismas desgracias excita para implorar clemencia del Hacedor Supremo.
Los arquitectos deben contribuir con generosidad, filantropía y el conocimiento de los métodos de edificación, a construir habitaciones cómodas y baratas, teniendo presente los preceptos de la higiene y de la salubridad pública.
En los países azotados por frecuentes conmociones del suelo, el sistema de construcción es distinto del que generalmente se usa en Europa: las casas son bajas, de un solo piso; sus paredes son anchas; el terreno firme, compacto; los techos ligeros: en las regiones de América, donde son frecuentes los terremotos, dejan siempre en el centro un gran patio donde se refugian provisionalmente los vecinos al sentir las primeras oscilaciones del suelo: evitan con eso abandonar sus moradas y tienen un lugar de refugio tan seguro como la plaza o el campo. Un terror momentáneo puede solo aconsejar el traslado de un pueblo o ciudad a otro emplazamiento distante; pues la experiencia tiene acreditado que las catástrofes no se repiten sino rara vez en los mismos sitios o lugares o son por lo menos tan largos los periodos entre accidentes que es rara su persistencia por lo menos cuando no proceden de los volcanes; y hay una razón científica que lo explica hasta cierto punto: si las sacudidas son el efecto de las contracciones de la corteza sólida del globo o de los rellenamientos de las cavidades subterráneas, claro es que la región donde tienen lugar tales fenómenos quedan más firmes y sólidas al menos por mucho tiempo.
La antigua capital de Guatemala, fue fundada por los españoles en la conquista, al pié de un volcán apagado; sufrió este una nueva erupción y sacudidas tan violentas en su suelo que quedó casi arruinada. Las autoridades y vecinos, atemorizados por tan temibles desgracias decidieron abandonar la población y se trasladaron a otro sitio distante ocho leguas, donde se edificó la ciudad nueva que es hoy la capital de aquella república. Pero muchos de los vecinos más animosos y apegados al lugar donde habían nacido, permanecieron es sus hogares y allí viven contentos y felices en su bella ciudad, una de las más ricas y populosas de aquel Estado, situada en un valle delicioso, sin haber presenciado otra catástrofe aunque van transcurridos cien años.
La Italia nos ofrece otro ejemplo de estabilidad de sus pueblos y ciudades aunque tan combatidos por los temblores de tierra no abandonan sus hogares aunque desvastados por aquellos movimientos, ni les arredra el ejemplo de Herculano y Pompeya, ni las ruinas de tantas ciudades, ocasionadas por los volcanes que agitan siempre el terreno de Sicilia, la populosa Nápoles y casi toda la Península; viven contentos bajo las erupciones lávicas del Vesubio, amagados doblemente por las lluvias de fuego, de cenizas y materiales incandescentes, sin ocurrírseles desalojar los países donde vivieron sus padres. Y lo mismo sucede a los habitantes de otras regiones: permanecen tranquilos en medio de circunstancias difíciles, contrariados por los medios ambientes, con una existencia precaria, combatida por el clima, los hielos y las inundaciones y multitud de calamidades con que la naturaleza sorprende al hombre individualmente y a las colectividades humanas que buscan con su actividad e incesante trabajo los medios de luchar por la existencia propia y por la de sus hermanos.
La limosna degrada al hombre y le hace indolente y perezoso:el trabajo, por lo contrario, le engrandece; las conciencias honradas viven satisfechas cuando triunfan en la lucha por la existencia, en ese combate continuo que sostiene nuestra especie contra los medios que nos rodean y nos convierten en un agente geológico que detiene y neutraliza muchas veces con su inteligencia las leyes y fenómenos de la naturaleza.

Antonio Machado y Núñez

Catedrático de la Universidad de Madrid.

Igualmente su hijo, ANTONIO MACHADO Y ÁLVAREZ, publica en el número del día 16 de febrero de 1885 del periódico Los lunes del Imparcial lo siguiente:

Los terremotos y la tradición popular.

Los terremotos, que, según las opiniones científicas más admitidas, obedecen al trabajo lento y continuo que la tierra verifica alm enfriarse para consolidar su corteza y seguir su misteriosa peregrinación hacia el estado en que actualmente se halla la llamada por los poetas reina de la noche, han sido objeto de las creencias, imaginaciones, ideas e hipótesis de todos los pueblos, especialmente de aquellos en que estos fenómenos ocurren con mayor frecuencia. El hecho anómalo – no obstante verificarse todos los días en algún punto del globo – de sentir temblar y estremecerse la tierra bajo nuestros pies y ver oscilar a nuestro alrededor los edificios y objetos que estamos acostumbrados a considerar como inmóviles es, aunque no venga acompañado de la cohorte de siniestros y desgracias de que están siendo actualmente víctimas gran número de pueblos de las provincias de Málaga y Granada, de tal importancia y trascendencia que el vulgo no puede menos que querer explicárselo de algún modo.

En los países católicos la explicación del fenómeno en que nos ocupamos y de sus tristes consecuencias es la misma que se da a las inundaciones, hambres, pestes, guerras y toda clase de calamidades: Dios, causa consciente de todo cuanto es, existe y ocurre en este mundo, se vale de tales medios para castigarnos por nuestros pecados.

Los temblores de tierra, como los cometas, auroras boreales e inundaciones son solo señales de que el Señor Dios se sirve para mostrarnos su cólera y la irritación que le produce nuestra desenfrenada conducta. De aquí que el clero, interpretando los sentimientos de todas las muchedumbres, ordene rogativas inmediatamente que estas calamidades sobrevienen: si no han llegado a sobrevenir, para desagraviarle antes que descargue su furor sobre nosotros.

Dos composiciones poética populares, recogida una de ellas por el Sr. Pitré en su obra Canti popolari siciliani, y otra publicada en la que lleva por título Legende popolari siciliani, de Salvatore Salomone Marino, prueban una vez más la verdad de la opinión que indicamos en otro artículo y confirmamos hoy. Aludiendo al terremoto que produjo la cosnternación de la ciudad de Palermo en el año 1823, la leyenda de Borgetto dice:

Gesú ¡misericordia!

la terra trema tutta

s a’funna, si subbissa

comu na varca rutta:

Li mura annaculiann,

cadino en ruina:

é  l’urtima stirminiu

l’urtima siritina.

…………………………..

Senti sta vuci, populu!

facemu pinitenza:

lu Summu Diu sdignatu

chi fragelli dispenza!

Del terremoto de Sicilia ocurrido en 1693, la leyenda citada por Pitré dice, entre otras cosas, lo que sigue:

Trema la terra ea nun piccatu:

Pensa como tremu iu ca peccu ogn’ura.

y en otro pasaje:

Contra Catania fu adiratu Diu

La nissunu di chiddi si sarvau.

La idea de que todos estos males, como las tempestades, aluviones, etc… etc.., son debidos a la voluntad de Dios irritado y ofendido por los hombres, hállase confirmada en estas explícitas y autorizadas palabras de Salomone Marino: «La representación del Cristo indignado por los pecados de los hombres, a los que manda un terrible azote, y de María, que, con sus ruegos e interponiendo su autoridad de madre, se opone a sus deseos y aplaca sus rigores, se encuentra con frecuencia en las leyendas populares sicilianas referentes a los terremotos, aluviones, epidemias y desastre de toda clase».

Los pobres vecinos de Albuñuelas, Benzar, Churriana, Aleaucin, Macharaviaya, Archidana, Puebla, Algarrobo, Periana, Jayena, Murchas, Santa Cruz, Vélez Málaga, Nerja y tantos otros pueblos de la provincia de Granada y Málaga como han sufrido las desgracias consiguientes a los temblores de tierra allí ocurridos desde el 25 al 31 del próximo pasado, no podrán menos de leer con amargura la explicación que da elpueblo siciliano de las desgracias ocurridas en Catania, por la cual vienen a resultar ellos mas pecadores que los de otras provincias y capitales de España, donde, como en Madrid ha acontecido, apenas si nos hemos percatado del temblor de tierra, sin duda poque la Divinidad ha elegido para castigarnos en sus altos e inescrutables designios otro género de calamidades.

La tradición que atribuye a la venganza de la Divinidad los males con que de continuo nos vemos afligidos y castigados, se halla extendida por todos los pueblos católicos; quizás estudiada a fondo, no es más que la repetición de una sola voz que se impone y mata los ecos particulares que un oído fino puede percibir dentro de esa inmensa voz que se llama voz popular.

Semejante tradición, resultante de un mundo menos interesante para el folklorista y para el hombre de ciencia que esas otras concepciones de la mente humana que, aunque más primitivas, dan una idea más clara acerca del fenómeno a que se refieren: concepciones de mucho más interés para los que pretenden seguir el curso de las evoluciones del pensamiento humano desde sus primeras fases hasta el grado de adelanto que alcanzan en los sistemas científicos de los pueblos modernos.

¿Por qué tiembla la tierra, se preguntan también los habitantes de la Pilinesia, los indios de la América del Norte y otras muchas tribus de que nos habla Tylor, en su excelente obra Civilización Primitiva?. Para que la tierra tiemble, contesta, preciso es que haya un ser encargado de hacerla temblar. Este poder.que los católicos conceden a la Divinidad irritada, lo atribuyen muchos pueblos salvajes a monstruos de naturaleza diversa que presentan ora caracteres de hombres.ora caracteres de animales. Para los Tonganos, Mauy sostiene la tierra sobre su cuerpo extendido: cuando se vuelve para tomar una posición más cómoda se produce un terremoto. Otra versión mítica, en que se enlaza el mundo subterráneo al que el sol se retira todas las noches con la regiones volcánicas, supone que el viejo Mauy, que custodiaba el fuego en el Bolotá o mansión de los muertos, fue sorprendido por el joven Mauy, que pretendió y consiguió arrebatárselo, presentándose para ello a la entrada de la caverna. Tras una encarnizada lucha, el joven venció, y el viejo Mauy, rendido de fatiga y aporreado, quedó tendido en tierra cuan largo era: cad vez que el anciano vuelve de su letargo, la tierra tiembla.

La explicación de qque el robo del fuego subterráneo influye en los terremotos, es muy digna de estudio para los hombres científicos: un filósofo, un  metafísico, que tanto monta como decir un mistificador de nuestro días, hallaría en la coincidencia de este mito salvaje y la teoría científica dominante un asunto digno de sus elucubraciones y de repetir una vez más el aforismo tan mal interpretado como socorrido de que nihil novum sub sole. Después de todo, diría, si el enfriamiento de la tierra y el desprendimiento del fuego central por los cráteres de sus volcanes influye en los terremotos, ¿qué alusión más palpable a este fenómeno que la lucha entablada entre el joven y el viejo Mauy por apoderarse del fuego subterráneo, cuya pérdida produjo el letargo del anciano y los estremecimientos de nuestro globo?

La idea de que la tierra está sustentada por animales, hállase muy extendida. En las islas Célebes se supone que la sustenta un animal que solo con perdón puede nombrarse. Los elefantes entre los indios, las ranas entre los mongoles, el toro entre los musulmanes, son los animales encargados de sostener la tierra: cuando ellos cambian de posición, la tierra se estremece y tiembla.

Entre los telscalas, según nos informa Tylor, las divinidades encargadas de sustentar el mundo se cansaban de sostenerlo y se lo pasaban de unos a otros: entonces la tierra temblaba; este mismo mito se encuentra en Asia.

Los canchadales refieren que Tuil, el dios de los temblores de tierra, se pasea en trineo por bajo del suelo, y que cuando el perro que tira de este trineo se sacude las pulgas o la nieve, se produce un terremoto. ¡Malas pulgas, dirán los canchadales, tiene el perro de Tuil!.  Ta-Ywa, héroe solar de los karens, colocó a Sbie-Soo bajo tierra para que la llevase: cada vez que se mueve produce un terremoto.

Estas ideas y creencia, y mitos referentes a la causa que produce los temblores de tierra, son dignos de estudio y envuelven una explicación del fenómeno mucho más interesante que la que nos suministra la tradición católica, y no muy diversa, acaso, de la qwue encontramos en los libros de los siglos pasados; prueba de que la ciencia tiene en el Folk-Lore documentos de estudio muy importantes.

La opinión de que entre los volcanes y los terremotos existe una relación que a la geología toca explicar científicamente, es una creencia extendida sin duda en las repúblicas del Centro América, país eminentemente volcánico.

Un primo hermano mío, el Sr. D. Angel Machado, que tiene su residencia habitual en Guatemala, me ha referido una creencia por extremo curiosa y al parecer bastante arraigada entre los indios. Existe no lejos de Petapa, pueblo de la jurisdicción de Amatitlan, una finca llamada Las Pedreras, y enclavada en ella un cerro al que, por su configuración especial, dan los habitantes de aquella comarca el nombre de La Cerra. Este cerro redondo y desnudo de vegetación, que tiene en una se sus prominencias una grieta semejante en forma a la linda concha, también de América, conocida por los naturales con el nombre de Dione Lepandría, suponen los indios que sostiene relaciones con el volcán Pacaya, distante de él unas cinco leguas y que desempeña en ellas el papel de hembra. Cada vez que el volcan y La Cerra desean unirse se producen los temblores de tierra.

Añade mi primo que el temor que los indígenas tienen a perpetuar dichos amores es tal, que habiéndosele escapado una noche una yegua cerca de la Cerra y mandado a uno de sus capataces que fuese a buscarla, éste, no obstante ser hombre de gran valor, y por todo extremo sumiso, se negó  a obedecerlo, confesándole el espanto que le producía el atravesar aquellos sitios pasada la media noche, hora que acaso consideraba la más a propósito para las caricias conyugales del volcán, hoy apagado, y el cerro en cuestión.

La curiosa creencia que acabamos de referir, y la ciscunstancia de llegar este periódico por su inmensa circulación a las repúblicas centro americanas, nos mueve a rogar a los amigos que tenemos en ellas, que tengan la bondad de recoger y remitirnos las creencias, supersticiones y leyendas vulgares que en aquellos Estados circulen respecto a las relaciones que existen entre volcanes y los terremotos, con lo que prestarán

Referencia a los trabajos de Antonio Machado Álvarez publicada el periódico «La Alhambra» el día 30 de enero de 1885

La Alhambra – pág. 7 – 30 01 1885