Baeza 1966. Homenaje a Antonio Machado

 

VIERNES 30 DE ABRIL DE 2010

1966: EL FRUSTRADO HOMENAJE A ANTONIO MACHADO EN BAEZA SEGÚN UN TESTIGO OCULAR

EL HOMENAJE A MACHADO DE 1966, SEGUN UN TESTIGO OCULAR

Ha sido enviado de España este relato de un testigo ocular de la violencia empleada por la policía de Franco el 20 de febrero pasado con ocasión del homenaje al poeta Antonio Machado a un cierto número de direcciones extranjeras. Naturalmente, después de la acostumbrada violencia, las habituales multas de miles y miles de pesetas. También, las habituales distorsiones o minimizaciones o, qué duda cabe, el silencio de los grandes medios de comunicación. En cambio, se publican muy rápidamente, con comentarios tranquilizadores, las fotos de un autorizado fascista español en traje de baño en las aguas de Palomares junto al embajador de Estados Unidos. Sus sonrisas y sus pantalones de baño son otra contribución a la terapia hipnótico-sedativa de todos los hombres libres (Nota de la Redacción).

Para el día 20 del presente mes de febrero, con el permiso de la autoridad, se había fijado el homenaje al gran poeta español Antonio Machado, muerto en 1939 en el Sur de Francia, poco tiempo después de su forzado exilio. El homenaje iba a consistir en la inauguración de un monumento, un busto de bronce, de Pablo Serrano, en la pequeña ciudad de Baeza (Jaén), donde machado había enseñado francés en un instituto situado en un bello espacio de la ciudad, con agradables calles por las que el poeta solía pasear frecuentemente.
El homenaje llevaba el título de «Paseos con Antonio Machado». La Comisión Organizadora, algo compleja, estaba compuesta por el juez de Baeza y por escritores y artistas residentes en Madrid.
Algunos días antes de su celebración se publicó a toda página en el semanario Triunfo de Madrid una foto del busto acompañada de un artículo de Moreno Galván. También se publicaron otros artículos de adhesión a dicha celebración en algunos periódicos, así como otros testimonios públicos de solidaridad con el proyectado homenaje.
Pero el día de antes apareció en algunos diarios una breve nota, de fuente desconocida, que anunciaba la supresión de la celebración. En aquel momento, la mayor parte de las personas que había decidido asistir al acto había partido ya desde diversos puntos de España: Alicante, Sevilla, Córdoba, Valencia, Barcelona, Bilbao, Madrid. La Guardia Civil esperó la llegada de los asistentes en las entradas de las diversas carreteras, cerrándolas. Dejó pasar a los turistas en un primer momento tras haber tomado nota de su documentación. Muchos, una vez apeados, continuaron el viaje en fila india. En estas condiciones llegaron a Baeza el día 20 cerca de 2.500 personas. Mientras, otros no consiguieron romper el cordón policial. El diario Jaén de aquel día anunciaba que «hoy Baeza homenajeará a Machado». Se inició el desfile hacia el lugar de reunión. Era una larga fila silenciosa de admiradores del poeta. Antes de llegar al punto de encuentro había algunos policías armadas (llamados vulgarmente «grises» por el color de su uniforme) que impedían el acceso.

Algunos participantes se adelantaron para pedir explicaciones, explicaciones que los policía no dieron. Llegó un teniente y otros refuerzos. El ambiente era muy tenso. El teniente dijo solamente que el homenaje había sido suspendido y que tenía orden de impedir el paso a quienes quisieran reunirse en dicho lugar. El ignoraba las razones de esa orden. Se le pidió que hiciera llegar a cualquier autoridad (el alcalde u otro) el deseo unánime de obtener una aclaración. Pero el teniente no aceptó y amenazó con hacer que cargaran sus hombres.
La gente se agrupó y manifestó su abierta decisión de esperar la llegada de cualquier autoridad que diera una clara explicación.
El teniente retrocedió un paso e hizo una señal: los policías se alinearon y sacaron sus porras. El teniente citó un apartado referente al incumplimiento de la Ley de Orden Público y anunció que a la tercera señal la policía cargaría sobre la gente. Algunos se mostraron impasibles, dispuestos a mantener la anterior decisión. La policía, entonces, cargó. Los «grises» vacilaron ligeramente, pero el oficial tomó la pistola y gritó: «¡Cargad! ¡Cargad!». Un policía de la Brigada Político-Social tomó también su pistola, fuera de sí: «¡Cargad! ¡Cargad!».
Todo el resto fue violencia y brutalidad. La multitud gritaba: «¡Asesinos! ¡Asesinos!». Muchos cayeron bajo los golpes; se oían gemidos, gritos y muchos niños lloraban aterrorizados. Los «grises» persiguieron, implacables, a los pocos que al comienzo echaron a correr y golpearon brutalmente a los que se paraban enfrentándose para ayudar a los que se habían caído.
La gente, en masa, tras una carrera de dos kilómetros, llegó a la Plaza en un clima de cólera, exasperación y terror. Algunos se refugiaron en un bar, pero los policías los sacaron violentamente a la calle de nuevo, siendo recibidos con una violencia todavía más terrible: golpes, insultos y todo tipo de brutalidad. Muchos fueron detenidos y después comenzaron las redadas, la caza del hombre por todas partes: nuevas detenciones.
El pueblo asistió atónito a este horror. Los «grises» gritaron «A los coches», empujando a todos con violencia y siendo ayudados por los «sociales». Aquellos que no disponían de coche para alejarse de Baeza fueron sacados de cualquier modo. Un grupo huía por la carretera. Los que llegaron a Úbeda (una ciudad próxima) vieron que en el cuartel de la Guardia Civil los oficiales esperaban órdenes para dirigirse a Baeza.
De este modo acabó el homenaje a Antonio Machado en Baeza (Jaén), el 20 de febrero de 1966.
Fueron detenidas 27 personas. Entre ellas, Moreno Galván (autor del citado artículo), Pedro Caba (médico), Eduardo Úrculo (pintor), Alfredo Flores (abogado), J. A. Ramos Herranz (ingeniero), Pedro Bicenta (maestro), Carlos Álvarez (poeta), etcétera.
Este es el relato de un testigo ocular. La prensa española no ha publicado nada sobre estos hechos.
Las Agencias extranjeras han dado bien poca información. La mayor parte de las noticias, a través del propio ministro. Algunas de ellas son ignominiosas, como las redactadas por una agencia americana que tergiversaba los hechos, presentándolos como un enfrentamiento entre dos grupos, lo que había obligado a la policía a intervenir para mantener el orden.
De los 27 detenidos, 16 fueron puestos en libertad por la noche; 11 fueron retenidos y conducidos a Jaén, donde fueron puestos en libertad al día siguiente tras haber pagado una multa que oscilaba, según los casos, de 5.000, 10.000 y 15.000 pesetas a las 25.000.

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Texto aparecido en Il Ponte (Firenze, XXII, 3-marzo-1966) y traducido del italiano por Antonio Chicharro. Fue recogido en la segunda edición de Antonio Machado y Baeza a través de la crítica (Granada, Universidad de Granada, 1992).

ANTONIO MACHADO. Artículo de MariaTeresa León, publicado en ESPAÑA DEMOCRÁTICA, Montevideo, el día 2 de octubre de 1940.

ANTONIO MACHADO.    Artículo de MariaTeresa León, publicado en ESPAÑA DEMOCRÁTICA, Montevideo, el día 2 de octubre de 1940.

 

En esta publicación de 1940 de ESPAÑA DEMOCRÁTICA, Montevideo (Uruguay), revista de aparición semanal (todos los miércoles), se publica un entrañable artículo del diario de Maria Teresa León, mujer de Rafael Alberti, ambos amigos de Antonio Machado. En él se relatan breves recuerdos de sus últimos días en Madrid, de los primeros en el exilo francés y sobre un sentido pésame que recibieron de un diplomático amigo por la muerte de Antonio Machado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ANTONIO MACHDO: Ética y Poética. Por Juan López Morillas.

Antonio Machado: ética y poética.

Por Juan López Morillas.

 

Antonio Machado

 

No cabe duda de que Antonio Machado es el poeta más leído y admirado en la España actual. Buena parte de la lírica reciente ha surgido bajo su advocación, y si la pleitesía que se le rinde no siempre parece desinteresada, ello prueba sólo que todo culto está en alguna medida lastrado de intenciones privativas. En esta ocasión quisiéramos explorar algunos de los motivos de tal veneración, sobre todo aquellos que cabe atribuir a singulares condiciones de tiempo y lugar. Dicho de otro modo: ¿Por qué precisamente Antonio Machado en la España de hoy con preferencia a otros grandes poetas contemporáneos suyos? Va a ser cuestión, como se ve, de “psicología cultural” más que de historia literaria o de crítica poética. Pero es de barruntar que nuestra pesquisa no disgustaría al propio don Antonio, muy dado de suyo a ponderar poetas con un criterio claramente personal.

“A la ética por la estética”, proclama Juan de Mairena, heterónimo preferido de Machado. Con este aforismo acentúa el profesor apócrifo la vertiente humana de toda creación artística y subraya el carácter adjetivo del arte contra quienes pretenden darle la primacía en la escala de los valores o incluso ponerlo fuera del alcance de toda consideración ética. Nada nuevo, en verdad, hay en esta noción. Con ella Machado no hace sino reiterar un tópico de que está jalonada la historia entera del arte, en general, y de la poesía, en particular. Pero, así y todo, a ese aforismo hay que volver una y otra vez para dar con la raíz de la poesía machadiana, que es la “honda palpitación del espíritu” de un hombre “en el buen sentido de la palabra, bueno”. Cuando se lee el “Retrato” que abre las páginas de Campos de Castilla, la impresión que se recibe es la de un individuo que para encontrarse a sí mismo se va despojando de todo lo despojable y que se sirve de la poesía para tal fin. No sería exagerado sugerir que toda la obra machadiana, verso y prosa, brota de un afán de renuncia a todo aquello que con insidioso hechizo ha venido a encubrir o falsear lo esencial humano. Para poder averiguar lo que puede o debe ser, el hombre tiene que saber primero lo que es, escudriñarse con ojos limpios de prejuicio, seguro de que al verse “casi desnudo, como los hijos de la mar”, le quedará siempre ese “orgullo modesto” que Machado, con característica sordina, hace sinónimo de la humana dignidad: “Poca cosa es el hombre —dice Mairena a sus oyentes— y sin embargo, mirad vosotros si encontráis algo que sea más que el hombre, algo sobre todo, que aspire como el hombre a ser más de lo que es. Del ser saben todos los seres…; del “deber ser” lo que no se es sólo tratan los hombres…”

Lo específico humano es, pues, ese imperativo moral, ese “deber ser” que trasciende lo que se es genéricamente. Machado ha insistido tanto más sobre ese mandamiento cuanto que temía que se eclipsara en las contiendas ideológicas de su tiempo, presididas en España por la teoría orteguiana del hombre-masa y la interpretación aristocrática de la cultura asociada a ella. Diríase que frente a la tesis de Ortega quería el poeta afirmar lo que pudiera llamarse paradójicamente un “individualismo universal”, de traza romántica, pero cuya expresión más inmediata la encontraba Machado en las dos corrientes de pensamiento que más influyen en su temprana formación espiritual: Francisco Giner y Miguel de Unamuno. Del primero, “viejo alegre de la vida santa”, recibe durante los años de estudio en la Institución Libre de Enseñanza la noción de que el más alto ideal a que puede aspirar el hombre es, sencillamente, ser bueno: “Sed buenos y no más”, dice a sus discípulos don Francisco en el “Elogio” que a su muerte le dedica Machado; y hacia ese ideal ético se enderezan en definitiva los esfuerzos pedagógicos de Giner y sus colaboradores de la Institución. Para Machado, como para Giner, no hay oficio más noble que el de enseñar. Como tantos otros alumnos de la benemérita Institución, Machado sintió el impetus sacer que flotaba en las aulas de la Casa y que hacía de cada uno de los educandos un maestro en ciernes, inquisitivo, desembarazado y razonador. A ello se prestaba fácilmente la pedagogía institucionista, de la que Cossío nos ha dejado un resumen cabal: “tolerancia, ingenua alegría, valor sereno, conciencia del deber, honrada lealtad…; mutuo abandono y confianza entre maestros y alumnos…; intuición, trabajo personal y creador, procedimiento socrático, método eurístico, animadores y gratos estímulos, individualidad de la acción educadora en el orden intelectual como en todos, continua, real, viva, dentro y fuera de la clase”. No hace falta ser muy zahorí para adivinar en esta descripción la clase de Retórica y Sofística que regenta Juan de Mairena en las horas, nada escasas por lo visto, que le deja libres su cargo oficial de profesor de Gimnasia. A1 igual que Giner, Mairena entiende que enseñar no es adoctrinar, sino —nótese la ironía— hacer con los alumnos gimnasia mental, ayudándolos a desentumecer la sustancia gris embotada por la incuria o la desidia: “Vosotros sabéis —dice Mairena a sus discípulos— que yo no pretendo enseñaros nada, y que sólo me aplico a sacudir la inercia de vuestras almas, a arar el barbecho empedernido de vuestro pensamiento, a sembrar inquietudes, como se ha dicho muy razonablemente, y yo diría, mejor, a sembrar preocupaciones y prejuicios”. Es de sospechar que si Mairena viera lograda algún día su ambición de fundar una “Escuela Superior de Sabiduría Popular”, ésta se asemejaría en lo sustancial a la Institución Libre de Enseñanza y Juan de Mairena sería un don Francisco Giner redivivo, sagaz, travieso y paradójico, dedicado como su modelo a zarandear mentes ociosas.

Pero la deuda de Machado para con Giner no se limita a la aceptación de la pedagogía institucionista, la cual no es al cabo sino la manifestación dialéctica —dialógica— de una concepción circunstancial del hombre y el mundo. Giner estimaba que la rutina, la apatía, el falso tradicionalismo, residuos de una “España inferior que ora y bosteza / vieja y tahúr, zaragatera y triste”, amenazaban ahogar bajo su costra de siglos el manantial mismo de la vida española. Urgente faena, por tanto, era la de hacer calas en esa cobertura anquilosada, llegar a esa fuente misma de realidades y posibilidades humanas y darle salida para que pudiera fecundar el áspero yermo nacional. El niño y el mancebo eran, pues, para Giner y sus colaboradores promesa de redención en un país habituado de antiguo al descuido o despilfarro de sus naturales energías. Pero, por supuesto, no la única promesa. Se podía contar además con una España que empezaba a despuntar cabalmente por los días en que se fundaba la Institución Libre de Enseñanza, “la España del cincel y de la maza” que ya en días de Machado había cobrado conciencia de sí misma y se aprestaba a desempeñar un papel decisivo en la escena nacional. A esa otra España naciente la veía Giner bajo la noción romántica de “pueblo”, un pueblo concebido todavía como “espíritu colectivo”, guardián inconsciente de lo que Machado llama el “pasado macizo de la raza”. Muy dentro de la tradición de los románticos alemanes —y recuérdese que Krause figura a su manera entre ellos— Giner miraba como tarea primordial la de intentar por medio de la educación “hacer pueblo”, coadyuvando a elevar a la categoría de tal lo que de lo contrario quedaría reducido a lo que en carta a Clarín llamaba una “primera materia, rústica y embrutecida y salvaje”. De los otros, del “señorío”, como él decía con desdén, poco cabía esperar como no fuera oposición tenaz a todo intento de alterar el orden establecido. No muy desviada de la noción gineriana, aunque desde luego más “poética” o, si se quiere, menos pragmática, está la de Unamuno, atento como es notorio a buscar al hombre inmanente bajo el caparazón del ente social o, más ampliamente, al pueblo eterno bajo la sociedad histórica. Conviene recordar que la pretendida existencia de ese pueblo eterno, encarnación de la tradición esencial y no del tradicionalismo al uso, pueblo cargado de sabiduría milenaria, pero sordo a la ciencia del día, fue la única esperanza de rehabilitación que creían ver algunos intelectuales españoles desilusionados ante el fracaso del progresismo mesocrático apadrinado por la Revolución de Septiembre, indignados por las artimañas políticas de la Restauración y, por último, afligidos por los acontecimientos calamitosos de 1898. No es, pues, de extrañar que durante ese cuarto de siglo se haga frecuente hincapié en la distinción entre “nación” —lo accidental histórico— y “pueblo” —lo sustancial eterno— y que se llegue en algunos casos extremos (Unamuno, Costa, Morote, Maeztu), incluso a propugnar la disolución de la primera como único recurso para salvar al segundo. Ahí está en gran medida el fundamento de esa apelación en última instancia a un “alma española”, incólume a través de los avatares de la historia, que constituye el común denominador de las dispares orientaciones de los llamados “hombres del 98″.

Pareja solicitud por el pueblo, en el sentido en que venimos interpretándolo aquí, descubrimos en Machado, quien en “Juan de Mairena” nos brinda concretas observaciones sobre el particular. “Entre españoles —declara— lo esencial humano se encuentra con la mayor pureza y el más acusado relieve en el alma popular.” En principio, al menos, Machado hace suya la mentada tesis de que existe una España inmaculada de espíritu bajo “la malherida España, de carnaval vestida…, pobre y escuálida y beoda”. E1 alma del pueblo permanece virgen en el cuerpo prostituido de la nación. La única salvación posible está en tomar contacto con ese rico venero, a sabiendas de que cuando ha logrado manifestarse de algún modo lo ha hecho con inigualada grandeza y dignidad: “En España casi todo lo grande es obra del pueblo o para el pueblo”, afirma Machado-Mairena, y añade en otro lugar: “Tenemos un pueblo maravillosamente dotado para la sabiduría, en el mejor sentido de la palabra; un pueblo a quien no acaba de entontecer una clase media, entontecida a su vez por la indigencia científica de nuestras universidades y por el pragmatismo eclesiástico, enemigo siempre de las altas actividades del espíritu. Nos empeñamos en que este pueblo aprenda a leer, sin decirle para qué y sin reparar en que él sabe muy bien lo poco que nosotros leemos”. Adviértase cuán cerca anda aquí Machado de aquel parecer de Unamuno cuya más temprana expresión se halla en sus ensayos de fin de siglo: “¡Qué tesoros ignorados guarda aún para el poeta y el pensador el pueblo!” escribe don Miguel, y agrega: “La salvación está, una vez más, en volver a hablar en necio, con la sublime necedad con que Lope hablaba a los mosqueteros de los corrales y, desde los carros de los cómicos de la lengua, al pueblo de los campos”.

La busca de tales “tesoros ignorados” ha sido, según frecuente testimonio de Machado, la intención cardinal de su poesía y su poética, intención cuyo cariz moral, si vale la pena recalcarlo, es manifiesto. Porque ese rico acervo de intactas posibilidades que yace en la entraña del pueblo es sencillamente la quintaesencia de lo humano, la hombría de bien en su más hondo y pleno sentido. Para hablar de ese acervo, Machado emplea de continuo la voz “folklore”, cuyo significado (sin duda por influencia del padre, Antonio Machado Álvarez, conocido folklorista de lo andaluz), desdobla Mairena del siguiente modo: “en primer término…, saber popular, lo que el pueblo sabe, tal como lo sabe; lo que el pueblo piensa y siente, tal como lo siente y piensa, y así como lo piensa y plasma en la lengua que él, más que nadie, ha contribuido a formar. En segundo lugar, todo trabajo consciente y reflexivo sobre estos elementos, y su utilización más sabia y creadora”. Frente a ese saber infuso que, con palabras de Unamuno, “es más que ciencia, es sabiduría”, empalidecen los saberes adventicios de la cultura moderna: “Es muy posible —apunta Mairena— que, entre nosotros, el saber universitario no pueda competir con el “folklore”, con el saber popular. E1 pueblo sabe más y, sobre todo, mejor que nosotros”. La plasmación al par que el vehículo de tal sabiduría es “una lengua madura de ciencia y conciencia popular”, de cuyo caudal habrán de nutrirse igualmente el filósofo y el poeta. Machado, como Unamuno, se aferra a la idea de que una lengua es ya de por si una manera de ver, entender y explicar el mundo, es decir, que es ya de por si una metafísica y una poesía virtuales, y si se quiere, claro está, una religión y una moral. Todas estas actividades del espíritu, en apariencia distintas, laten indiferenciadas en el hondón de la sabiduría popular. “Nuestro punto de arranque, si alguna vez nos decidimos a filosofar, está en el “folklore” metafísico de nuestra tierra”, sermonea Abel Martín. “Si vais para poetas, cuidad vuestro “folklore”, porque la verdadera poesía la hace el pueblo”, predica Juan de Mairena. Obsérvese en este respecto la aseveración machadiana de que “todo poeta debe crearse una metafísica que no necesita exponer, pero que ha de hallarse implícita en su obra”; repárase también en que tal metafísica es anterior a toda lógica, una “fe cordial”, una “honda creencia” anclada en los universales del sentimiento; y recuérdese por último que alguna parte de la obra de Machado —y concretamente los “Proverbios y cantares”— revela el afán de ensamblar metafísica y poesía populares a fin de restituirles en alguna medida su prístina conjunción.

Y ahora creemos que se podrá entender mejor lo que más arriba llamábamos el “individualismo universal” de Machado y por qué, aunque la expresión parece antinómica, no hay inconveniente en usarla. En definitiva se trata de puntualizar la relación entre el poeta, como creador individual, y el pueblo, como depositario de una ética y una sapiencia seculares o, valga la expresión, de los universales del sentimiento. A través de Jorge Meneses —poeta inventado por Mairena, inventado a su vez por Machado— nos dice éste: “La poesía lírica se engendra siempre en la zona central de nuestra “psique”, que es la del sentimiento; no hay lírica que no sea sentimental. Pero el sentimiento ha de tener tanto de individual como de genérico, porque aunque no exista un corazón en general que sienta por todos, sino que cada hombre lleva el suyo y siente con él, todo sentimiento se orienta hacia los valores universales o que pretenden serlo”. Sin insistir demasiado sobre el tema, Machado esboza una noción del sentimiento —de la que la teoría del amor que propugna Abel Martín es condensación específica— como “emoción”, en una denotación etimológica algo arbitraria, esto es, como movimiento de-hacia, siendo el “de” en este caso el individuo y el “hacia” los demás. “El sentimiento no es una creación del sujeto individual —nos dice taxativamente— … Hay siempre en él una colaboración del ‘tú’, es decir, de otros sujetos… Mi sentimiento no es, en suma, exclusivamente ‘mío’, sino más bien ‘nuestro’…; mi corazón canta siempre en coro, aunque su voz sea para mí la voz mejor timbrada.” Y aquí, a nuestro juicio, está la clave ética de la poética de Machado y el fundamento de las numerosas apostillas que éste nos brinda sobre el lenguaje de la lírica. E1 poeta no debe aspirar a crearse una lengua rebuscada y sibilina, privativa y excluyente, pues hacer tal cosa supondrá no sólo la incomunicabilidad de su poesía, sino —lo que es todavía más grave— la perversión deliberada de todo sentimiento germinal. Y conviene apuntar que por “perversión” del sentimiento se entiende aquí una “versión torcida” de él, esto es, el encauce de la poesía no hacia los otros, sino hacia uno mismo. E1 poeta que se solaza con los juegos malabares deltrobar clus puede revelar, sí, agudeza e ingenio, rasgos propios de la poética barroca, pero es de sospechar que su vida afectiva es estéril, dominada como está por la autoestima. E1 desdén palmario con que Machado habla de los poetas culteranos y conceptistas, la discreta aversión con que mira el exuberante metaforismo y la “abigarrada imaginería” de una parte de la poesía joven de su tiempo y, para señalar un caso concreto, el manifiesto desencanto con que vio a Juan Ramón Jiménez, a partir de 1917, hacer vía hacia una lírica “cada vez… más conceptual y… menos intuitiva” son conclusiones de una tesis según la cual el poeta es quien a veces lleva la voz cantante entre las voces seculares de su lengua y de su raza, pero a veces también funde la propia voz humildemente con ellas para engrosar lo que es al cabo un patrimonio colectivo.

A ningún estudioso de la lírica española se le oculta que no pocos de los poetas de hoy conciben su labor en orientación semejante en principio a la de Machado. A la vuelta de tanto gongorismo y garcilasismo, de tanta doctrina extra-poética, de tanto castillo interior y torre ebúrnea, de tanta poesía pura y poesía minoritaria, se ha ido acentuando el perfil del poeta responsable, esto es, del poeta que bucea en la propia intimidad no para regodearse en ella con búdica complacencia, sino para descubrir en lo que cabe su radical condición, su dimensión vital y su destino, en suma, su humanidad genérica. En esa iluminación ejemplar que mediante su poesía nos da el poeta del hombre que lleva dentro consiste el fundamento ético de su quehacer. Porque, en realidad, nos incita a los demás, que no somos poetas, a hacer lo propio a nuestro modo. Vista así, la poesía no tiene por qué repudiar su función ancilaria, ni nosotros tenemos por qué escandalizarnos de que Machado nos aconseje llegar a la ética por vía de la estética. Esto lo saben muy bien algunos de los poetas españoles actuales, sobre todo aquellos cuya obra acusa una clara vertiente social. Y el ejemplo de éstos, en fértil propagación, puede, al menos por lo que respecta a España, dar razón a Gabriel Celaya cuando dice que la poesía es “un instrumento para transformar el mundo”. A lo que cabe responder con un sencillo y cálido “amén”.

Publicado originalmente en Insula 23.256 (1968): 1-12. Se reproduce en Hacia el 98: Literatura, sociedad, ideología. Barcelona: Ariel, 1972. 255-269.

© José Luis Gómez-Martínez

Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

 

GUERRA, PUEBLO Y CULTURA; ANTONIO MACHADO EN EL CONGRESO DE VALENCIA (1937). Por Matías Escalera Cordero.

GUERRA, PUEBLO Y CULTURA: ANTONIO MACHADO EN EL CONGRESO DE VALENCIA (1937)

Matías Escalera Cordero

Secretario de Redacción de Verba Hispanica Universidad de Ljubljana

ARBOR Ciencia, Pensamiento y Cultura
CLXXXV 739 septiembre-octubre (2009) 1073-1078 ISSN: 0210-1963 doi: 10.3989/arbor.2009.739n1074

 

WAR, PEOPLE AND CULTURE: ANTONIO MACHADO AT THE VALENCIA CONGRESS 1937
ABSTRACT: These notes scrutinize the key ideas taken from the spee- ch of the poet Antonio Machado in the last session of the Second Wri- ters Congress in Valencia, on July, 1937; meanwhile Spanish people was fighting against the inside and foreigner fascism forces. And it explains how at that moment Antonio Machado synthesizes –face the antifascist companions– their main thoughts written all along the war time, as press writings, as public speeches; on interviews or by the waves, on the radio.
KEY WORDS: Antonio Machado; Mairena; Second Writers Congress; Valencia; Spain; 1937; Civil Spanish War; Spanish Republic; people culture; antifascism; commitment; intellectuals; writers and writing.

 

RESUMEN: Este artículo analiza, una a una, las ideas claves del dis- curso que Antonio Machado pronuncia en la última de las sesiones celebradas en Valencia, en el mes de julio de 1937, ante los intelec- tuales y escritores antifascistas que se han reunido en España en el II Encuentro de Escritores en Defensa de la Cultura, con el fin de apoyar a la República española en combate contra las fuerzas gol- pistas interiores y contra las potencias fascistas exteriores. Además, muestra cómo Antonio Machado sintetiza en ese discurso las líneas esenciales de su pensamiento expresado tanto en los artículos de la serie de Mairena, como en sus numerosas intervenciones públicas durante la guerra.

PALABRAS CLAVE: Antonio Machado; Mairena; discurso; II En- cuentro de Escritores; Valencia; 1937; Guerra Civil española; Se- gunda República; cultura popular; compromiso; intelectuales; es- critores; lucha antifascista; función de la escritura.

TEXTO DEL  ARTICULO

Tras el levantamiento del 18 de julio de 1936, muchos intelectuales y artistas de todo el mundo, que habían constituido en París, durante el Congreso de Escritores, la Asociación Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura, del cual la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura1 era la sección española; se pusieron del lado de la Segunda República Española.

La Alianza organizó dos congresos internacionales: el primero, apenas fundada como tal, un mes después del levantamiento, en agosto de 1936; y, el segundo, mucho más multitudinario y de amplísima repercusión, dividido en varias sesiones (del 4 al 17 de julio de 1937: en Valencia y Madrid principalmente, pero también en Barcelona y París – donde hicieron de coordinadores, entre otros, Neruda y Malraux–); denominado oficialmente II Encuentro de Escritores en Defensa de la Cultura, ha pasado a la historia como Congreso Internacional de Intelectuales Antifascistas; al que contribuyeron hombres y mujeres de diversas tendencias, tanto de Europa y América, como de España:  todo lo más granado de las generaciones intelectualmente activas en ese momento; que hicieron una llamada de alarma ante el irresistible avance del fascismo en España, y en toda Europa .

Antonio Machado, presidente de honor del mismo –pues la presidencia ejecutiva la ostentó José Bergamín –, dirigió un discurso a los asistentes – en la octava sesión de la asamblea de Valencia, del día 10 de julio–, que salió posteriormente publicado en el número VIII de Hora de España, de agosto de 1937, como uno más de la serie de Juan de Mairena a la que tradicionalmente se ha integrado con el número LVII, con el título de “Sobre la defensa y la difusión de la cultura: Discurso pronunciado en Valencia en la sesión de clausura del Congreso Internacional de Escritores” (Fernández Ferrer, 56-65)

En él, Antonio Machado engarzaba, y revalidaba, algunas de las ideas motrices –y recurrentes– de sus escritos y de sus intervenciones públicas durante la guerra: de hecho se compuso –en buena parte– con fragmentos y motivos ya publicados.

La parte inicial, “el poeta y el pueblo”, con variantes, había salido en su primer artículo en Hora de España (que hará el número LI de las sucesivas ediciones de la serie dedicada a Mairena, bajo el título Consejos, sentencias y donaires de Juan de Mairena y de su maestro Abel Martín); es el último fragmento del mismo.

Los fragmentos 3-7 de “Los milicianos del 36” formaban parte de ¡Madrid!, escrito publicado en el número 13 de la revista Ayuda (del 15 de agosto de 1936), con los dibujos de su hermano José Machado; y, luego, en el diario ABC, del 10 de noviembre del mismo año 1936; y los fragmentos 1-3 se incluyeron, además, en su último libro, La Guerra.

Los últimos fragmentos del discurso (a partir de 5.4) son los fragmentos 3-5 del artículo número LII de la serie: Sigue hablando Mairena a sus alumnos.

Y la alusión al “principio de Carnot” (en 5.3), aplicado a la cultura, aparece ya en Juan de Mairena I (XVII, 3).

En su discurso, Machado no trata de inventar, ni siquiera de ser original –ni menos de improvisar–. En ello, puede verse una intención de ratificación y esclarecimiento; pero también, tal vez –si consideramos, además, su escasa participación en la organización y marcha del congreso–, el cansancio (4) y la convicción de ser un superviviente –alguien del pasado, frente a aquellos jóvenes intelectuales, los verdaderos protagonistas del presente y del futuro (5)–; o bien que aceptaba su papel de mero “símbolo vivo” de la República, de patriarca de una resistencia abocada a un fracaso ciertamente paradójico .

Sea como fuere, las ideas motrices del discurso de don Antonio fueron aquellas que fundamentaron buena parte de sus escritos e intervenciones públicas durante la guerra.

El arte acaba y empieza en el pueblo; más allá de la “etnia” (nación), están las clases, y en la única clase donde puede habitar la cultura –que no es la de los señoritos y banqueros–, es en la clase proletaria.

“… ¿Un arte proletario? Para mí no hay problema. Todo arte verdadero será arte proletario. Quiero decir que todo artista trabaja siempre para la prole de Adán. Lo difícil sería crear arte para señoritos, que no ha existido jamás” (Consejos, sentencias y donaires de Juan de Mairena y de su maestro Abel Martín. LI, 9).

La Guerra, verdadero mirador de la Historia, nos devuelve el Referente –los objetos reales/históricos– de los signos, incluso de los poéticos; en otras palabras, la “realidad de los hombres” (reales y verdaderos) penando y existiendo problemáticamente.

“… La guerra, esta terrible guerra de España, tan hondamente humana, ha sacudido a nuestros jóvenes poetas y les ha puesto en rudo contacto con el hombre, el que cada uno lleva consigo, y con el de su pueblo, que antes no se les había revelado, y con los temas más universales, que todos ellos rebasan las fronteras de su nación (7)…”.

La guerra de España no es –ya; ni siquiera al principio– una guerra civil (como quieren hacernos creer), es una guerrade clases… En realidad, se lucha por la supervivencia y el triunfo de la Tercera República –“popular”– española, surgida de las cenizas (el 16 de febrero de 1936) de la Segunda República –“ilustrada” y burguesa–, secuestrada y muerta por la vieja –sempiterna– reacción de las viejas clases del “bloque oligárquico”, del que habla Tuñón de Lara . (8)

“… Hoy hace seis años fue proclamada la Segunda República española. Yo no diré que esta república lleve seis de vida; porque entre la disolución de las ya inmortales Cortes Constituyentes y el triunfo del Frente Popular, hay muchos días sombríos de restauración picaresca, que no me atrevo a llamar republicanos. De modo que, para entendernos, diré que hoy evocamos la fecha en que fue proclamada la segunda gloriosa República española. Y que la evocamos en las horas trágicas y heroicas de una tercera República, no menos gloriosa, que tiene también su fecha conmemorativa –16 de febrero– y cuyo porvenir nos inquieta y nos apasiona9…”.

El porvenir del mundo, mientras tanto, es un porvenir militar (pero de distinto tipo)

“… Algún día –decía mi maestro– se acabarán las guerras entre naciones. Dará fin de ellas la táctica oblicua de las luchas de clase, cuando los preparados a pelear de frente tengan que pelear de frente y de costado (10)…”.

Porque

“… toda guerra está ya más o menos complicada con la revo- lución…/…nuevas guerras, más o menos catastróficas, pero desde luego menos vacías…/…en que todo el mundo va a saber por qué y para qué se lucha (11)…”.

Y, en caso de dudas, lo primero es la causa del pueblo “… si algún día tuviereis que tomar parte en la lucha de clases, no vaciléis en poneros del lado del pueblo, que es del lado de España…”; había escrito, poco antes, en «Sigue hablando Mairena a sus alumnos» (12)

El “pueblo en armas” –contra el que se hace la guerra– es, además, el fundamento –el origen y la meta– de la auténtica cultura y de la “dignidad nacional”, frente al “señoritismo”. Y el Cid (metáfora del “pueblo en armas”) es el símbolo –como lo son también los héroes del 2 de mayo de 1808– de la resistencia “democrática” contra las “clases decadentes” que han desencadenado la guerra; según esa línea de “apropiación didáctica” de la tradición literaria medieval castellana, y de sus héroes, promovida por Menéndez Pidal –y el republicanismo liberal, en general–, desde su –tan decisiva en muchos aspectos– introducción a la edición del Poema de 1913. Por lo que el lema “nadie es más que nadie” del viejo pueblo de Castilla, da la medida de la verdadera –nueva– “aristocracia del espíritu”, que ignoran –incapaces de ver la realidad– los “señoritos” de la cultura: sean españoles o aristócratas capitalistas de la City londinense, o los jerifaltes nazis y fascistas de Berlín y Roma.

De tal modo que la “guerra total” –de clase, perpetrada contra los pueblos, de la que la guerra de España no sería más que un acto más, el preludio de la conflagración que se avecina– forma parte tanto de la lógica del capitalismo –liberal–, de ahí la política de no intervención promovida por los gobiernos de la llamadas potencias democráticas, contra la opinión mayoritaria de sus pueblos; como de la del fascismo. Dos modos de un mismo y único imperia- lismo; pues, en última instancia, liberalismo y fascismo, son una y la misma cultura, que combinaría y sumaría, básicamente, estos tres elementos: máquinas, beneficios y depredación.

Para Antonio Machado, no cabe la menor duda –lo ha venido escribiendo y diciendo; y lo seguirá repitiendo hasta el final, en sus escritos e intervenciones públicas, principalmente desde las páginas del diario barcelonés La Vanguardia, a lo largo de casi todo el año 1938–, las clases dominantes de Inglaterra y Alemania son enemigos coyunturales, pero, en última instancia, son la misma e idéntica cultura; por eso, el verdadero enemigo es la Unión Soviética –en realidad, los trabajadores de todo el mundo–, y ésa será –la que venga tras esta guerra, que es su prolegómeno– la verdadera guerra; y esas dos guerras se están librando en España.

“… ‘Luchamos por la cultura’ –seguirán gritando–; y habrá que responderles: En mal hora pronunciáis esa palabra. Tan cultos sois vosotros [la Inglaterra y la Francia democráticas] como vuestros adversarios [la Alemania nazi y la Italia fas- cista]. Tan cultos y tan fieros. ¿Quién sabe si esa cultura, que recabáis como un privilegio, es, en gran parte, lo primero que debierais arrojar al cesto de la basura? (13)…”

Así, pues, el mensaje que lanza a los escritores e intelectuales reunidos en Valencia es claro y cortante como el acero de sus palabras –en el tiempo: de la Historia–, “escribiendo para el pueblo, escribimos para los mejores”. El dilema (axial), por tanto, es que “o escribimos sin olvidar al pueblo, o sólo escribiremos tonterías”, ya que la cultura –como el sábado– es para el hombre –para “cada hombre”: tomado uno a uno–, para su engrandecimiento y emancipación, o no es cultura.

¿Y las “inmensas minorías”, dónde quedan? Desde el principio, las vanguardias, para don Antonio Machado son un fruto de la “desorientación” y la “discontinuidad” histórica.

“… Lo más terrible de la guerra que se avecina –habla Mairena un año antes de morir, en 1909– ha de ser la gran vacuidad de su retórica y, sobre todo, las consecuencias literarias y artísticas que ella ha de tener una vez terminada. Los hombres saldrán algo idiotizados de las trincheras, preguntándose para qué han guerreado y para qué se guerrea. De un modo más o menos consciente, esa pregunta la hará el arte, el arte literario antes que ninguno (¿para qué se escribe?, ¿para qué se pinta?, y usted, ¿para qué esculpe?), y como no ha de saber responderse, el hombre de la postguerra será un hombre estéticamente desorientado, y dará culto al infantilismo, del non sens, del primitivismo rezagado…/…Lo más característico de ese arte será una total recusación de toda labor de continuidad (14)…”.

La cultura que deben defender entonces los reunidos en el Congreso, en representación de los intelectuales y artistas antifascistas de todo el mundo –difundiéndola y compartiéndola con sus pueblos–, debe ser “conciencia vigilante”, y debe tener por objeto “despertar al dormido”, ya que las “palabras en el tiempo” –la poesía y el arte que no han suprimido el Referente de los signos artísticos– son, antes que nada, herramientas de humanización y de transformación; y en las situaciones de emergencia, armas de combate… “Si mi pluma valiese tu pistola…”: escribirá el poeta a Líster, y no es un viejo gagá que chochea –como muchos quieren hacernos creer interesadamente–, el que esto escribe; es un poeta e intelectual cansado y avejentado, quizás, pero que no ha dudado en ponerse en la primera línea de la Historia, el que, desde el mirador privilegiado de su experiencia, de su talla moral y de su plenitud intelectual, lo suscribe.

La cultura –esa cultura popular, compartida y auténtica, que tanto miedo da a los poderosos– no es ninguna “mercancía”, ni pretende generar plusvalías ni privilegios; por tanto, la ley física de la entropía –Carnot– no funciona con la extensión y difusión de la cultura, puesto que en términos sociales y éticos, muy al contrario, “se pierde lo que se guarda, se gana lo que se da.”

“… nada parece que deba aconsejarnos la defensa de la cultura como privilegio de casta, considerarla como un depósito de energía cerrado, y olvidar que, a fin de cuentas, lo propio de toda energía es difundirse… Digo esto para que no os acon- gojéis demasiado porque las masas, los pobres desheredados de la cultura tengan la usuraria ambición de educarse y la insolencia de procurar los medios para conseguirlo…”.

Había escrito ya antes de la guerra (15).

“… No puede atenderse a la formación de una casta de sabios, con olvido de la cultura popular, sin que la alta cultura degenere y palidezca como una planta que se mustia por la raíz…”.  Anota, además, don Antonio –más o menos por el mismo tiempo–, en sus Apuntes (1933-34), con respecto a un artículo de Pío Baroja de 1920 acerca de la cultura de masas (16) .

El pueblo –los pueblos– tiene muchas razones para su autodefensa; y si mañana –el día menos pensado– el “ven- daval” que sacude el bosque, no logra tronchar las ramas muertas, pudiera ser bueno que se desatase el huracán: avisa y afirma el poeta. “Nunca peguéis con lacre las hojas secas de los árboles para fatigar el viento. Porque el viento no se fatiga, sino que se enfada, y se lleva las hojas secas y las verdes”; es lo primero que escribe en su primer Mairena de la guerra, en Hora de España17 (a eso se llama también lucidez).

¿La revolución, la “dictadura del proletariado”? (¿o esta sufriente Tercera República –“popular”–, del “pueblo en armas”?) “… ¿por qué nos asustan tanto las palabras?; si el barco necesita nueva tripulación y nuevos capitanes, ¿por qué no reclutarlos del mundo del trabajo, cuando el del capital es –por definición aceptada– el de las viejas ratas que corroen la nave?…/…a falta de una poda sabia y consciente18…” Esto es, el fracasado –glorioso, por segun- da vez– intento de adecentar el solar patrio, la Segunda República –“ilustrada”–, en suma.

¿Acaso no tienen derecho los pueblos –¿no se lo han ga- nado, a base de sufrir?– a tomar las riendas de su propio destino –llamémosle solar patrio o Historia–, se pregunta –y nos pregunta, aún– el viejo (tal vez, el más joven de entre todos) poeta de la República en armas.

Porque ese que él denomina “hombre elemental” (¿la multitud de la que habla Toni Negri?), el “pueblo en armas”, no tiene nada que ver –concluye Machado– con las “masas” que tanto miedo dan a los filósofos y a los burgueses desde la revolución industrial. El hombre masa ha sido precisamente producido e “inventado por la burguesía”: como antes, lo había sido por la Iglesia (¿dónde queda Ortega?); por eso, la poesía futura – “con futuro” – tiene que tener en cuenta el “nuevo espacio”, el “nuevo tiempo” que se erigen por doquier; y fundamentarse en el “respeto” al –cada– hombre (esto es, al pueblo).

Antonio Machado no es un poeta ni un intelectual materialista –marxista–; él mismo nos lo explica. No supera –está claro– ciertos límites ideológicos… ¿Se podía, acaso, en sus “circunstancias”?… Son los límites propios de su generación, de su origen de clase y de su formación –esencialmente “idealista”: él mismo era consciente de ello–; y, no obstante, porque era consciente de cuáles eran esos límites, y por su extraordinaria honestidad intelectual, es capaz de evolucionar y seguir el tiempo –el ritmo histórico– de los acontecimientos y de las ideas que a su alrededor fluyen; hasta su muerte. Son esa lucidez, esa honestidad y esa autoconsciencia las que le permiten, precisamente, mirar un poco “más allá”, por encima de esos límites, y entrever –aceptándolo como posibilidad legítima, e incluso necesaria– un nuevo marco político, social, ideológico y conceptual más adecuado a la “situa- ción histórica” en que están inmersos los hombres –los pueblos y los intelectuales– del siglo XX; nuevos modos de organización social y política, nuevas ideas, nuevas palabras –en el tiempo– que compartir para nombrar el mundo que fraguaba a su alrededor. Se piensa, se actúa, se escribe para compartir. Hay que escribir para algo, porque –y este sería el resumen de su discurso– “o escribimos sin olvidar al pueblo, o sólo escribiremos tonterías”.

Recibido: 2 de octubre de 2008 Aceptado: 23 de abril de 2009

NOTAS

1 El Manifiesto de constitución de la Alianza de Intelectuales Antifascistas fue publicado en la tercera página del diario La Voz del jueves 30 de julio, de 1936. Y decía así:

“Se ha producido en toda España una explosión de barbarie en que las vie- jas formas de la reacción del pasado han tomado nuevo y más poderoso empuje, como si alcanzasen una su- prema expresión histórica al integrar- se en el fascismo. Este levantamiento criminal de militarismo, clericalismo y aristocratismo de casta contra la República democrática, contra el pueblo representado por su Gobierno de Frente Popular, ha encontrado en los procedimientos fascistas la novedad de fortalecer todos aquellos elementos mortales de nuestra Historia que, por su descomposición lenta, venían corrompiendo y envenenando al pueblo en su afán activo de crear una nueva vida española. Contra la auténtica España popular, se ha precipitado para destruirla o corromperla, envileciéndo- la con una esclavitud embrutecedora y sangrienta, como la represión asturiana, este criminal empeño, de una gran parte del Ejército que, al traicionar a la República, lo ha hecho de tal modo que ha desenmascarado la culpabilidad de su intención, agravándola con la de traicionarse a sí mismo en la falsedad de unos ideales patrióticos que se decía defender, sacrificando la dignidad internacional de España y ensangrentando y destruyendo el suelo sagrado de su Historia. Y esto, con tal de ímpetu desesperado, demoledor, suicida, que la trágica responsabilidad delictiva de sus dirigentes lo ha determinado con características vesánicas de crueldad y de destrucción, acaso jamás conocidas en España; en una palabra: fascistas. Contra ese monstruoso estallido del fascismo, que tan espantosa evidencia ha logrado ahora en España, nosotros, hombres de actividad intelectual en suma, agrupados para defender la Cultura en todos sus valores nacionales y universales de tradición y creación constante, declaramos nuestra unión total, nuestra identificación plena y activa con el pueblo, que ahora lucha gloriosamente al lado del Gobierno del Frente Popular, defendiendo los verdaderos valores de la inteligencia al defender nuestra libertad y dignidad humanas, como siempre hizo abriendo heroicamente paso, con su indepen- dencia, a la verdadera continuidad de nuestra cultura, que fue popular siem- pre, y a todas sus posibilidades creado- ras de España en el porvenir.”

2 “… el primero de estos Congresos, or- ganizados por la Alianza de Intelec- tuales para la Defensa de la Cultura, se había celebrado en París en 1935, pero la decisión de que el segundo tuvie- ra España como sede se tomó en una reunión posterior, a propuesta de los delegados españoles. El anuncio del II Congreso lo firmaron Romain Rolland, Henrich Mann y André Malraux, en- tre otros. A la asamblea de 1935 se quería que hubiesen asistido Antonio Machado, Azorín, Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti, García Lorca y Ramón J. Sender, pero, al final, por diversas causas, no acudieron ninguna de estas personalidades, y la delega- ción española estuvo a cargo de Julio Álvarez del Vayo, Luis Araquistain, Arturo Serrano Plaja y Andrés Carranque de Ríos. Don Ramón del Valle-Inclán envió un telegrama de adhesión. El II Congreso se celebró en Valencia y Madrid y fue clausurado en Barcelona. Vinieron escritores de todo el mundo: Bertold Brecht, Hemingway, César Va- llejo, John Dos Passos, Julián Benda, llya Ehrenburg, Tristan Tzara, Juan Marinello, Octavio Paz, Vicente Hui- dobro, Anna Seghers, Stephen Spender, Langston Hughes, Pablo Neruda, Ludwig Renn, Hermann Hesse, etcé- tera. Corpus Barga, Alberti, Max Aub y Bergamín fueron sus principales or- ganizadores, y en las sesiones tomaron parte destacada Andersen Nexo (que lo presidió), Malcolm Cowley, Jef Last, André Chanson, Fedor Kelyin y algunos de los citados anteriormente. Los jóvenes escritores y artistas españoles presentaron una “ponencia colectiva” que estaba firmada por A. Sánchez Barbudo, Emilio Prados, Juan Gil-Albert, Miguel Hernández, Arturo Serrano Plaja, Eduardo Vicente y otros más. El discurso de clausura, en las sesiones de Valencia, lo pronunció Machado; el de la inauguración, el danés Nexo. Entre las adhesiones que se recibieron estaba la de Albert Einstein…” Corbalán, Pablo (1975): “El largo éxodo y la muerte de Antonio Machado”, en Tiempo de Historia, n.o 4, marzo, 24-37.

3 Todas las citas textuales y referencias, salvo que se indique otra cosa, proceden de las ediciones de Fernández Ferrer, Antonio (1998): Antonio Machado, Juan de Mairena I y II, Madrid, Cátedra, 2 vols. Edición que sigue, por lo demás, la numeración tradicionalmente establecida para la serie entera de Juan de Mairena.

4 … pocas veces salía de Rocafort [debido al cansancio y debilidad general]. Una de ellas fue para intervenir en un acto público que se celebró en la plaza de Castelar, en Valencia, y en donde, desde una improvisada tribuna, pronunció un corto discurso ante una multitud ingente que le aclamaba. Otra fue con motivo del II Congreso Internacional de Escritores, que tuvo lugar en julio del mismo año 1937… Escribe Pablo Corbalán en su ya citado “El largo éxodo y la muerte de Antonio Machado” (ver nota 2).

5 Cf. Discurso a las Juventudes Socialistas Unificadas. En Rodríguez Puértolas, Julio y Pérez Herrero, Gerardo (1983, 102-105): Antonio Machado, La Guerra. Escritos: 1936-39, Madrid, Emiliano Escolar Editor.

6 “… hemos perdido la guerra. Pero humanamente, no estoy tan seguro… Quizá la hemos ganado…”: responde a Ehrenburg. Cfr. Entrevista con Ilya Ehrenburg, diciembre de 1938, en Rodríguez Puértolas, Julio; y Pérez Herrero, Gerardo (1983, 355-356): Antonio Machado, La Guerra. Escritos: 1936- 39, Madrid, Emiliano Escolar Editor.

7 El influjo de la guerra sobre la poesía joven española… en Rodríguez Puértolas, Julio y Pérez Herrero, Gerardo (1983, 248): Antonio Machado, La Guerra. Escritos: 1936-39, Madrid, Emiliano Escolar Editor.

8 Así se entendería mejor el Manifiesto de constitución de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, citado más arriba (ver nota 1); especialmente cuando se afirma que “… las viejas formas de la reacción del pasado han tomado nuevo y más poderoso empuje, como si alcan- zasen una suprema expresión histórica al integrarse en el fascismo…” De modo que “… Este levantamiento criminal de militarismo, clericalismo y aristocratismo de casta contra la República democrática, contra el pueblo…/… ha encon- trado en los procedimientos fascistas la novedad de fortalecer todos aquellos elementos mortales de nuestra Historia que, por su descomposición lenta, venían corrompiendo y envenenando al pueblo en su afán activo de crear una nueva vida española…”

9 “Lo que hubiera dicho Mairena el 14 de abril de 1937”; en Apuntes de Juan de Mairena (Fernández Ferrer, Antonio, 1998 II: LIV, 39).

10 Apuntes y recuerdos de Juan de Mairena (Fernández Ferrer, Antonio, 1998 II: LV, 45).

11 Desde el mirador de la guerra. Viejas profecías de Juan de Mairena (Fernández Ferrer, Antonio, 1998 II: LXXXIV, 215).

12 (Fernández Ferrer, Antonio, 1998 II: LIII, 32).

13 Mairena póstumo. Algunas consideraciones sobre la política conservadora de las grandes potencias (Fernández Ferrer, Antonio, 1998 II: LXXVI, 183).

14 Desde el mirador de la guerra. Viejas profecías de Juan de Mairena (Fernández Ferrer, Antonio, 1998 II: LXXXIV, 213).

15 Fernández Ferrer, Antonio, 1998 I: XVII, 162.

16 Cfr. fragmento XXII del cuaderno Apuntes 1933-34 (Fernández Ferrer, Antonio, 1998 II, 250).

17 Consejos, sentencias y donaires de Juan de Mairena y de su maestro Abel Martín (Fernández Ferrer, Antonio, 1998 II: LI, 1).

18 Miscelánea apócrifa… (Fernández Ferrer, Antonio, 1998 II: LXVII, 133).

 

EL DUERO: REFLEJO DE MACHADO, por Carolyn Galerstein.

EL DUERO: REFLEJO DE MACHADO.

Por Carolyn Galerstein.

El Duero es un río que tiene sus fuentes en la cima del Monte Urbión, pasa por la altiplanicie de Castilla, primero por la ciudad de Soria; torciendo hacia el oeste, fluye por Aranda de Duero, Valladolid y Zamora, y finalmente entra en el Atlántico por Oporto. Esta es la descripción geográfica del río. Pero existe también una definición espiritual que se revela en la poesia de Antonio Machado, y las muchas de sus descripciones del Duero se pueden considerar reflejo de la variación del estado emocional del poeta.

Durante su estancia en Soria, Machado tuvo la oportunidad, mejor dicho la necesidad emocional, de contemplar el Duero en todas las estaciones. Soria, según Manuel Tuñón de Lara, «es fría, de color ceniciento, situada en pelados montes, sin rasgos dominantes, si no es la torre renacentista del Gobierno Civil. Entre dos de estos cerros corre el Duero; en uno está el casti- llo y en otro la ermita de la Virgen del Mirón»’. En su primer año en Soria, antes de conocer a Leonor, Machado huía de los aspectos desagradables de la pequeña ciudad provinciana, caminando por las riberas del río «con su per- fil de chopos»2.

Su primer poema dedicado al río «Orillas del Duero», incluido en Soleda- des, fue escrito en mayo de 1907 cuando Machado visitó Soria por primera vez, antes de trasladarse a ella. Machado ya conocía la fama de los inviernos crudos de la región, pero entonces era primavera. «Es una tibia mañana. / El sol calienta un poquito la pobre sierra soriana»3 nos indica que el poeta no siente gran ansiedad ante la idea de vivir y trabajar aquí. En este poema des- criptivo, con «verdes pinos, casi azules… Chopos del camino blanco, álamos de la ribera, / espuma de la montaña »(p. 30), también se esconde la emoción

del poeta al observar el paisaje. El sol del día le inspira amor por esta región de su patria, y exclama: «¡Hermosa tierra de España! »(p. 30). Pero el entu- siasmo del poeta es templado por su incertidumbre. Aquí «El Duero corre, terso y mudo, mansamente » (p. 30), como Machado mismo, hombre de

1. MANUEL TUÑON DE LARA: Antonio Machado, poeta del pueblo (Barcelona: Ed. Nova Terra, 1967),p. 52.
  1. TUÑON DE LARA,p. 53.
  2. ANTONIO MACHADO: Poesías completas, 11.» ed. (Madrid: Espasa-Calpe, 1940). p. 30. (Después citada en el texto con el numero de la página.

poemas económicos en su uso de palabras, hombre de calma, manso frente a los limitados medios de un profesor que acaba de ganar las oposiciones a la cátedra de francés.

El siguiente poema con el título «A orillas del Duero» retrata el río en pleno verano, durante los breves y felices años con Leonor. «Era un hermoso dia» (p. 77), declara el poeta, y el día es un reflejo de su humor. Se siente solo, pero ahora esta soledad no es lo mismo que tristeza, y él goza de su paseo, subiendo «por las quiebras del pedregal» (p. 77). El esfuerzo le vuelve contemplativo y sus pensamientos se vierten hacia el exterior, hacia el pano- rama de Castilla ante sus ojos. «¡Oh, tierra triste y noble» (p. 78), dice, recor- dando que el sol del verano enmascara una tierra que sufre la nieve del invierno, país una vez grande, «ayer dominadora»(p. 78), que ha sufrido siglos de miseria y decadencia. Pero, como en tantos de los poemas de Machado, hay una mezcla de desesperación y optimismo. Al final, «las enlu- tadas viejas» (p. 79) están yuxtapuestas a -dos lindas comadrejas »(p. 79) para demostrar el contrapunto del pesar de la vejez con la vivacidad de la juventud. <,EI mesón abierto»(p. 79) a que Machado se refiere al final del poema es una indicación de la hospitalidad y la buena voluntad, pero este sentimiento de felicidad inocente está mitigado por el recuerdo de la dureza de la tierra: «campo ensombrecido y pedregal desierto») (p. 79).

En 1910, según Tufión de Lara, Machado hizo un viaje a las fuentes mis- mas del Duero. Por cierto, esta fue la única vez que se separó de Leonor. «Fue de Soria a Cidones en coche; luego a lomos de cabalgadura hasta Vinuesa. Subió a la cima del Urbión no sin que antes una violenta tormenta le calase hasta los huesos»4. Parece que el poeta tenía que explorar las fuentes de un aspecto de la naturaleza que le había traído algún solaz en su soledad y que también había traido alguna belleza a un paisaje árido. Pero no pudo lograr su meta con calma; la tormenta era necesaria para recordarle las vicisi- tudes de la naturaleza, que a veces parecen predominar en Soria.

Alberto Gil Novales ha llamado a Campos de Castilla obra «pesimista, terriblemente pesimista, con angustia que algunos han llamado existencia- lista y que nace de un amor a la desesperada’ ‘. El mismo pesimismo y angustia se ejemplifican en el poema «Orillas del Duero», que data de 1913, escrito en Baeza después de la muerte de Leonor. Aquí no hay nostalgia por los años de felicidad en Castilla, solamente reminiscencia de la pobreza del paisaje: «de tierra dura y fría.., y otra vez roca y roca, / pedregales desnudos y pelados serrijones» (p. 83). Hay también recuerdos de la pobreza de espíritu engendrada por la dureza del paisaje y por los siglos de olvido y abandono: «¡Castilla, tus decrépitas ciudades» (p. 83). El poeta también habla de «¡La agria melancolía / que puebla tus sombrías soledades!» (p. 83). La angustia aquí expuesta es doble: angustia principalmente por la patria y su historia:

  1. TUÑON DE LARA, p. 57.
  2. ALBERTO GIL NOVALES: Antonio Machado, 2 •° ed. (Barcelona: Ed. Fontanella, 1970). p. 52.

 

¡Oh, tierra ingrata y fuerte, tierra mía!

¡Castilla varonil, adusta tierra, Castilla del desdén contra la suerte, Castilla del dolor de la guerra,
tierra inmortal, Castilla de la muerte!

(P. 83)

Pero esta angustia noventayochista es igual a la angustia personal, la desesperación de su vida sin su esposa amada. La memoria es de la primavera soriana, pero no hay nada de la esperanza que, por lo general, la primavera lleva a la tierra y al alma del poeta. Las imágenes son todas de Soria en invierno, con «cerros de plomo y de ceniza / manchados de roídos encinares» (p. 83). Aquí Castilla es «el yermo frío» (p. 83), y el Duero, que corre de las nieves blancas, fluye por hoces y barrancas, «mientras tengan las sierras su turbante / de nieve y de tormenta» (p. 83). Con las últimas lineas: «¡Acaso como tú y por siempre, Duero, / irá corriendo hacia la mar Castilla?» (p. 83), Machado pregunta si el destino de Castilla es seguir existiendo sin propósito, sin futuro, continuar sin cambio, sin mejoramiento, así como la tristeza del poeta continuara para siempre, sin cesar, sin alivio.

Sin embargo, hay otras ocasiones cuando sus recuerdos del Duero en primavera evocan misiones más agradables. En «En abril, las aguas mil»

se divisa un prado verde
y un encinar se esfumina,
y una sierra gris se pierde. (p. 88)

La lluvia de abril despierta la tierra, impeliendo lo verde, y también des- pierta al río:

Los hilos del aguacero
sesgan las nacientes frondas
y agitan las turbias ondas
en el remanso del Duero. (p. 88)

El Duero siempre está relacionado con árboles en las descripciones de Machado, porque la orilla del río es el lugar más fértil de un paisaje por otra parte estéril. En «Campos de Soria» el poeta habla de «los álamos dorados» en la ribera del Duero, «álamos del amor» que albergan ruiseñores y cuyas ramas sirven de «liras del viento perfumado en primavera» (p. 97). En «otros días» son olmos y chopos «que buscan al padre Duero, verdean» (p. 114). Y el famoso olmo seco de Machado es «¡El olmo centenario en la colina / que lame el Duero!» (p. 129). Aquí vemos la contradicción que casi siempre existe en la poesia de Machado. Dentro de la desesperación, aunque el árbol va a morir y el río va a empujarlo al mar, a la nada sin fin, hay también esperanza, Porque «con las lluvias de abril y el sol de mayo, / algunas hojas verdes le han salido» (p. 129). Aquí en Soria, en 1912, durante la enfermedad de Leonor, Machado no puede resistir la esperanza de un milagro; desea tanto que ella viva, que se adhiere a la poca evidencia de vida que existe y dice:

Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera. (p. 130)

Las hojas verdes son un milagro en sus ojos, y también el río, que se renueva cada primavera con las aguas de la nieve que se disuelve, le recuerda la promesa de vida que la primavera conlleva y da fuego a su esperanza.

Por lo general, la misma Soria se asocia con el invierno y abundan las imágenes del río en invierno también. En «Adiós» Machado declara: «Y nunca más la tierra de ceniza / he de volver a ver, que el Duero abraza» (p. 138). Y la visión de la Soria invernal que se presenta en el verso:

¡Soria fria, Soria pura,
cabeza de Extremadura,
con su castillo guerrero
arruinado, sobre el Duero; (p. 96)

naturalmente incluye el río, casi el único aspecto vivo de la ciudad muerta.

A pesar de esta predilección por el retrato de una ciudad fría y vetusta, las asociaciones del Duero son más a menudo con la primavera y la viveza, como en «A José María Palacio», cuando pregunta:

¿está la primavera
vistiendo ya las ramas de los chopos
del río y los caminos? (p. 136)

Y sigue con su canto a la primavera, que llega aun a Soria:

En la estepa
del alto Duero, primavera tarda,
¡pero es tan bella y dulce cuando llega! (p. 136)

Sueño, agua, tiempo. Estos son los tres temas principales de Machado, y cada uno se manifiesta en el río Duero. Después de la muerte de Leonor, el poeta se queja:

mi corazón está vagando, en sueños por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria, entre plomizos cerros y manchas de roídos encinares, (p. 133)

Y llama a la muerta esposa: «¿No ves, Leonor, los álamos del río / con sus ramajes yertos?» (p. 133). Pero este recuerdo del río le deja cami- nando solo, / triste, cansado, pensativo y viejo» (p. 133). Sus sueños son sue- ños de horas alegres con su amada, y el Duero tiene su papel en estos sue- ños. Como dice Ramón de Zubiría, en Machado «Las aguas también sue- han»8. Este critico cita el verso de «Campos de Soria»:

álamos del camino en la ribera del Duero…
álamos del amor cerca del agua que corre y pasa y sueña  (P. 97)

y comenta que en Machado la «naturaleza está entregada, toda ella, al sueño; vista como proyección, también, de los paisajes de su alma, de su encantada visión interior»’.

Es el espiritu del poeta la que se refleja en las aguas del río. Al meditar en las cualidades de la región del Duero, Machado escribió a Unamuno: «Tengo motivos que usted conoce para un gran amor a la tierra de Soria; pero tampoco me faltan para amar a esta Andalucía donde he nacido. Sin embargo, reconozco la superioridad espiritual de las tierras pobres del alto Duero»8. Esta superioridad espiritual tenía su efecto sobre el espíritu del poeta, dando más profundidad a sus sentimientos de tristeza y felicidad. José Machado, hermano del poeta, ha comentado, refiriéndose a «Orillas del Duero», que «es el alma de estos lugares la que nos llega en esta descripción insuperable. Bien se comprueba la importancia esencial de la emoción en sus versos sin la cual en el arte «no hay nada… que valga la pena» como tantas veces le oi decir»8. Es verdad que Antonio Machado expresa el alma de Soria cuando escribe del Duero, pero también revela su propio espíritu cuando da voz a su contemplación del río.

En uno de los poemas de Soledades. en que no se menciona el Duero específicamente, el poeta escribe sobre un rio con «álamos verdes de las márgenes» (p. 32) y que debe ser el Duero. Aquí Machado medita: «Bajo los ojos del puente pasa el agua sombría. / (Yo pensaba: ¡el alma mía!)» (p. 33). Esta contemplación introspectiva es típica de la preocupación de Machado por lo temporal y lo eterno. El río es eterno, pero representa también la limita- ción de los años de la vida. Al llegar sus aguas y los olmos derribados al mar, también arrastra nuestras vidas a su fin. Pero, a pesar de la mortalidad, hay esperanza, y el recuerdo del Duero a veces puede también anunciar momen- tos de alegría, como en «Canciones del alto Duero», cuando el poeta canta:

  1. RAMÓN DE ZUBIRIA: La poesia de Antonio Machado, 3.’ ed. (Madrid: Ed. Gredos, 1969), p. 87.
  2. ZUBIRIA, p. 87.
  3. ANTONIO MACHADO: Obras. Poesia y prosa (Buenos Aires: Ed. Losada, 1964), pp. 913-197.
  4. José MACHADO: Ultimas soledades de/poeta Antonio Machado (Soria: Imprenta Provincial, 1957), p. 113.

 

A la orilla del Duero

lindas peonzas

bailad, coloraditas

como amapolas      (pag. 197).

 

La esperanza también se expresa en «Adios», que termina con «no todas vais al mar, aguas del Duero»  (p. 138).  Hay, por lo menos, alguna sugerencia de inmortalidad en estos versos.

     El río es también reflejo de su amor hacia su patria. Como dice Tuñón de Lara de «Campos de Soria»: «El poema, eminentemente descriptivo, entronca en su parte final… con la presencia del poeta, que interviene en el relato para decir su emoción, su amor por los campos, los árboles y las «gentes del alto llano numantino»»’°. Los versos a que Tuñón de Lara se refiere, «álamos de las márgenes del Duero / conmigo vais, mi corazón os lleva» (p. 97) revelan el amor de Machado por Castilla a pesar de su desolación, y el Duero con sus aguas que sueñan es siempre el alivio, el antídoto de esta desolación. Sán- chez Barbudo cree que este poema fue escrito cuando Machado estaba a punto de partir de Soria de viaje a fines de 1910, o tal vez a principios de 1911, y que estas líneas expresan «sobre todo su amor a Soria, lo mucho que ésta ha entrado en su corazón»11.

Las muchas descripciones del Duero y las referencias al río en la poesía de Antonio Machado pueden considerarse reflejo de las variaciones de su estado de ánimo. Machado sufrió durante algunos de los años en Castilla y su melancolía se incrementaba cuando veía el río en contraste con las sierras y las nieves blancas. Cuando el Duero cruza el «páramo sombrio» (p. 131), la imagen es simbólica de las sombras en el alma del poeta. Pero al mismo tiempo el río también tiene un papel generador. Por ejemplo, en «La tierra de Alvargonzález» se le llama «el padre Duero» (p. 114), aludiendo al papel de creador de la riqueza original de la familia. Cuando hay esperanza en el cora- zón del poeta, entonces espera otra primavera al lado del río; a pesar de su tristeza, se da cuenta de que la primavera llega cada año y el Duero repre- senta esta generación. En todas las estaciones del año y del alma del poeta, y a pesar de la fluctuación del genio de Machado, el no Duero es una de las imágenes constantes en su poesia.

CAROLYN GALERSTEIN

 

10.     Tuñón de Lara, p. 70

11.      Antonio Sanchez Barbudo: Los poemas de Antonio Machado.  (Barcelona: Ed. Lumen, 1967, pag. 205)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ANTONIO MACHADO: «La America de Antonio Machado». Reunión en Rocafort con Juan Marinello.

 

 

Antonio Machado en Villa Amparo.

Ana Ruiz, madre de Antonio Machado.

 

En Rocafort, probablemente un día del verano de 1937, visitaron a Antonio Machado un pequeño grupo de amigos encabezados por León Felipe, que acompañaba a su mejer Berta Gamboa, de Mexico, Jorge García Granados, escritor y político guatemalteco y Gregorio Berman, hombre de ciencia argentino, y Juan Marinello, mejicano.

Hablaron de America, que Antonio Machado consideró «como un orbe lírico ordenándose para nueva vida colmada».

En noviembre de 1940, Juan Marinello nos contó esta reunión entre los naranjos de Villa Amparo en Rocafort y hasta el anochecer. Fue en la revista mejicana «Romance», publicada, también en el diario «España Democrática» de Montevideo en día 6 de noviembre de 1940.

En esta reunión, en el jardín, estuvo presente junto a Antonio Machado, su madre Ana Ruiz.

Reproducimos la página publicada en este diario.

 

Murió el poeta ANTONIO MACHADO. Viernes 3 de marzo de 1939. «ESPAÑA DEMOCRÁTICA»

EL VIERNES 3 DE MARZO DE 1939 , el diario ESPAÑA DEMOCRÁTICA, editado y publicado en Montevideo (Uruguay), reproduce un artículo, en sus páginas 5 y 6, en la que recoge la muerte del poeta ANTONIO MACHADO, el 22 de febrero de ese mismo año, y del que dice, entre otras cosas, que era la más alta expresión de la poesía lírica.

(se equivoca al decir que dejó de existir en un Campo de Concentración en Francia).

 

MI ENTREVISTA CON ANTONIO MACHADO. Por Pascual Pla y Beltran. Agosto 1937 Rocafort.

MI ENTREVISTA CON ANTONIO MACHADO

Por Pascual Plá y Beltrán

Rocafort [Valencia], asentado sobre el declive de un cerro enano, tiende lar­gamente sus pies al cercano mar donde las espumas marinas se confunden con las jaspeadas barcas pescadoras. La tierra fulge verdes rabiosos, amarillos tonantes y acalorados sienas, cruzado de continuo —de día y de noche— por ese rumor fresco que tiene el agua de las acequias. Estos son los pies de Rocafort. Su frente está coronada por un pinar menguado; de su hombro diestro baja en las noches del estío el azahar de los naranjales, cuyos huertos han ganado los hombres horadando en la piedra, a fuerza de sudorosos sacrificios: sangre, trabajo y tiempo.
En este Rocafort levantino moró Machado algunos meses.
Ocupaba un bello chalet en la parte baja del pueblo, con un huerto de jazmines, de rosales y de limoneros. Este paisaje, en el crepúsculo de su edad, le recordaba su niñez en Sevilla. El edificio tenía —o tiene— un mi­rador abierto desde donde podía adivinarse el mar. En aquella pequeña terraza solía recibir Machado a sus visitas. […]
Yo había decidido aquella tarde ver al poeta. Era en agosto de 1937. […]

Me abrió la puerta una muchacha delicada, muy joven, sobrina del poeta. Me hizo aguardar en el jardín mientras ella subía a comunicar mi llegada. Los limoneros desgarraban sus ramas con la acongojada acidez de sus frutos. Reapareció la muchacha en lo alto de la esca­lera y con un gesto de su mano me invitó a subir. Detrás de ella di­visé a don Antonio; le acompañaba su hermano José. Me acogieron con tanta cordialidad que mi nerviosismo cesó.
Fuimos a la terraza o mirador de que antes he hablado. Allí había una mesa, a cuyo alrededor tomamos asiento. Antonio Machado –con su perpetuo traje marrón– se sentó al frente; su hermano se colocó a mi diestra. “He frente a mí —pensé— al hombre sobre cuyos hombros reposa la más entrañable poesía española”.

Era conmovedor ver el cariño con que se trataban ambos hermanos. Es difícil ser artista y no poseer un rencor, una envidia, un veneno. “Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”, había escrito el poe­ta. Ahora hablaba con su ligero acento andaluz, con su dura timbrada voz agradable. De vez en vez requería el asentimiento de su hermano; éste corroboraba sus aseveraciones con una palabra, con una sonrisa, con un gesto, con una mirada. […]
—La llevada y traída y calumniada generación del 98, en la cual se me incluye […], ha amado a España como nadie, nos duele España —como dijo, y dijo bien, ese donquijotesco don Miguel de Unamuno— como a na­die ha podido dolerle jamás patria alguna. Pero los españoles habíamos soñado con exceso, habíamos vivido demasiado de nuestros antepasados, demasiado como milagro. Nuestro sueño cayó con la bancarrota de las últimas empresas ultramarinas. La razón contundente de nuestros fraca­sos nos demostró que podía lucharse, pero no vencerse con lanzas de papel. Recogimos velas, las pocas y desgarradas velas que aún nos que­daban, y nos volvimos patria adentro. Había que poner un poco de orden aquí. Nuestra universalidad, la universalidad de España, no puede ser ya una universalidad física, sino espiritual, No nos engañemos.

Del cielo encapotado, fosco, desprendióse una fulminante llamarada; seguidamente, se escuchó un imponente trueno. Comenzó a llover.
Yo dije, tal vez tontamente:
–El pesado balón de la tormenta /de monte en monte rebotar se oía.
Antonio Machado sonrió.
—No sé —dijo de nuevo— si han sido mis palabras o mis versos, que fluían en la mente de usted, los que han convocado la tormenta, pues no creí que fuera a llover esta tarde. Veo, también, que usted lee mis versos; yo no los leo nunca. No los leo, porque creo que los versos son intuiciones cuajadas, experiencias latentes, cuando son y significan algo; precisamente por lo que tienen de testimonios de momentos que fueron, de sombras del pasado, nos llevan fatalmente a la elegía. Yo dejo caer mis poemas como hojas frescas, como esas hojas de limonero tan relucientes bajo el agua, sin volver sobre ellos; así tengo la impresión de que permanecen tan juveniles como cuando los concebí y creé.
–Lo siento por usted, don Antonio —le interrumpí—. Debería leer al mejor poeta de España.
–Me basta —y su palabra cobró una entonación especial— con leer a Jorge Manrique y a Federico García Lorca. […]

Yo cometí otra pequeña indiscreción:
—¿Qué sabe de su hermano Manuel? —dije.
El rostro de Machado se iluminó.
—Es para mí una tremenda desgracia estar separado de Manuel —me contestó—. Él es un gran poeta. Él, además de mi hermano, ha sido mi colaborador fiel en una serie de obras teatrales; sin su ánimo, nunca esas obras hubieran sido escritas —hizo una breve pausa—. La vida es cruel a veces; a veces, es excesivamente dura. Pero este dolor nuestro, por profundo que sea, no es nada comparado con tanta catástrofe como va cayendo sobre el pecho de los hombres. Sin embargo, cuando pienso en un posible destierro, en una tierra que no sea esta atormentada tierra española, mi corazón se llena de pesadumbre. Tengo la certeza de que el extranjero significaría para mí la muerte.
________________________________
Pascual Pla y Beltrán. Poeta español al que encuentro mencionado en diversos sitios, pero del que no he podido obtener ningún otro dato vital ni una fotografía. El texto publicado pertenece a su libro Prosas sueltas de la guerra (Agosto de 1937), págs. 2205–2212.

 

REVISIÓN DE ALGUNAS LEYENDAS DE ANTONIO MACHADO. Por Miguel Ángel Baamonde Hermida..

  • BAAMONDE HERMIDA, Miguel Ángel «REVISIÓN DE ALGUNAS LEYENDAS DE ANTONIO MACHADO»
    mab-08@hotmail.es . Marzo de 2008

 

El día 23 de Marzo de 1935 publica Antonio Machado en sus colaboraciones del Diario de Madrid, el que algo más tarde pasará a ser el capítulo XIX de su Juan de Mairena, donde entre otras cosas, escribe:

Todo hombre célebre debe cuidar de no deshacer su leyenda –la que a todo hombre célebre acompaña en vida desde que empieza su celebridad-, aunque ella sea hija de la frecuente y natural incomprensión de su prójimo. La vida de un hombre no es nunca lo bastante dilatada para deshacer una leyenda y crear otra. Y sin leyenda no se pasa a la Historia (frase que repetirá algo más adelante1). Esto que os digo, para el caso de que alcancéis celebridad, es un consejo de carácter pragmático. Desde un punto de mira más alto, yo me atrevería a aconsejaros lo contrario. Jamás cambiéis vuestro auténtico ochavo moruno por los falsos centenes en que pretenden estampar vuestra efigie2.

Hay que preguntarse que es lo que lleva a Antonio Machado a escribir este párrafo, en el que la parte final contradice total y radicalmente todo lo anterior, al valorar más la figura real que el falso brillo, o la anécdota tendenciosa, con que se trata en ocasiones de celar la verdadera personalidad del hombre. ¿Quizá una rebelión silenciosa –como todas las suyas- a la leyenda que lo perseguía desde hacía años y a la que él mismo contribuyó de forma un tanto involuntaria? Porque lo del torpe aliño indumentario es algo que creció y creció hasta borrar su imagen real, de tal forma que aún hoy persiste como parte del personaje.

Y la imagen es falsa; no, claro, de forma absoluta, pero sí llevada hasta la exageración e incluso el mal gusto1, al no tener en cuenta las características reales de la persona. Basta contrastar esas referencias aludidas con otras más o menos coetáneas, como puede ser la descrita por Rafael Alberti, en su primer encuentro con el poeta:

Subía yo una mañana por la calle del Cisne, cuando por la acera contraria vi que descendía, lenta, ensimismada, una sombra de hombre que, aunque muy envejecida, identifiqué sin vacilar con la del retrato de un Machado más joven aparecida al frente de sus poesías –edición de la Residencia- conservada por mí con mucho cariño. Era él, su sombra, no me cabía duda, su sombra triste, declinada, como con pasos de sonámbula, de alma sumida en sí, ausente, fuera del mundo de la calle2

Para concluir con esa misma visión de la persona, desapareciendo lentamente:

… ausentándose nuevamente, perdida sombra entre las galerías de sí mismo, lo vi alejarse, “mal vestido y triste”, en la clara mañana estival.

Alberti ve lo que en realidad es, sin dejarse influir por ese verso que Antonio lleva clavado como una espina en su personal realidad; “mal vestido”, pero no desaliñado; sombra de hombre; lo que era Antonio Machado desde la muerte de Leonor, la niña-esposa, que lo dejó desolado y vacío de preocupaciones externas para sí mismo y para lo que lo rodea. Son muchos los que lo dicen: Antonio Machado vivió, a partir de cierto momento de su vida, ajeno a todo lo que constituía su entorno; incluso en sus inveteradas tertulias, en las que apenas solía intervenir, permaneciendo en silencio o aislado en sus versos o metafísicas, mientras repetidamente la ceniza del cigarrillo le cae en la solapa de la chaqueta. De ahí, también, el reforzamiento de la leyenda, aunque opiniones eminentes como las de Cossio al mencionarle el habitual desaseo y abandono, la contradicen, contestando aquello de: Sí; pero muy limpio del espíritu3; o Unamuno cuando preguntado en cierta ocasión a donde se dirigía, durante una de sus estancias madrileñas, responde:

Vengo a saludar al hombre más descuidado de cuerpo y más limpio de alma de cuantos conozco: don Antonio Machado4.

Aquel “torpe aliño indumentario” de su Retrato lo arrastró toda su vida, aún en sus relaciones más íntimas y secretas5, y lamentablemente ha continuado pesando sobre él sin que nadie, o muy pocos –Pablo de A. Cobos es el principal- se hayan tomado la molestia de refutarlo o, simplemente, razonarlo; porque como dice el propio Cobos, en réplica a Juan Guerrero Ruiz, Eso no es de ninguna manera literalmente verdad. Machado era descuidado, pero limpio, siempre6. Y para ello, es más que suficiente, aparte los testimonios ya aducidos, observar algunas de las fotografías que recogen su imagen; dos de ellas avalan como confirmación lo antedicho; la primera es una foto de conjunto con motivo del homenaje que en el Hotel Ritz7, y bajo el patrocinio del Dictador Primo de Rivera, se les rindió tras el estreno exitoso de La Lola se va a los Puertos; en ella el grupo, salvo él, está de rigurosa etiqueta; incluso el General se cubre con la típica capa española –la pañosa-, situado entre Manuel por la derecha, con un impecable esmoquin y Antonio a su izquierda, en traje de calle, pero correcto. La otra, cualquiera de las muchas que de ambos hermanos existen, aunque nos inclinemos por la ya clásica en el estudio de Alfonso, en la que Antonio, sentado al lado de Manuel, que se apoya en el respaldo de la butaca, se nos muestra con su clásico atuendo de chaqueta cruzada y un tanto arrugada, pero limpio, aunque no atildado. Las muestras podrían multiplicarse, ya en solitario o en grupo, pero con las señaladas queda claro el real sentido del sambenito que tuvo que soportar a lo largo de su vida8.

Pero dejando a un lado el insistente torpe aliño, hay otras leyendas o, si se prefiere, anécdotas, que siempre tienden a lo mismo: tratar de desvirtuar la realidad del poeta; en algunas, las últimas cronológicamente hablando, Antonio Machado no es más que un elemento pasivo al arrimo del cual otros personajes parecer buscar su cuarto de hora de gloria. Y esto nos conduce a establecer la diferencia –línea delgada donde las haya- entre anécdota y leyenda. Esta lo envuelve a uno, lo arropa en una serie de cendales que difuminan la imagen real; hay que andar entre ellas con sumo cuidado y si bien, de alguna manera, ayudan a establecer la etopeya del personaje, su proliferación tiende a producir el efecto contrario –caso clásico: Valle-Inclán-, mientras que la anécdota se centra en un momento determinado y un hecho concreto, lo que añade sustancia a la persona motivo de la misma; vienen a ser la base de la leyenda, ya que el narrador original la cuenta a su modo, distinto del siguiente y el que le sigue, acabando por distorsionar la realidad de la que emana para, las más de las veces, transformarla en esa leyenda que acaba envolviendo al personaje. Las hay, naturalmente, muy personales, pero otras, como en gran parte ocurre con Antonio Machado, son producto de terceros que, como ya se ha señalado, buscan su sombra para ampararse bajo ella. Llevada a extremos exasperantes acaba por delimitar el perfil a favor de quién la ha promovido, creado o mantenido; este es el caso, clarísimo y sobradamente conocido de la poetisa Pilar de Valderrama, pero la mayor parte de las veces se queda reducido a simple baile en los recuerdos que llegan a confundirse y mezclarse en la memoria.

Antonio Machado no fue en ningún momento hombre de anécdotas como Valle-Inclán, que las propiciaba; algunas hay, sin embargo, de carácter personalísimo y que él mismo recoge, parte en su Juan de Mairena, posiblemente con la intención de arropar a su apócrifo, otras más dispersas aquí y allá, en escritos ocasionales. No son estas, sin embargo, las que ahora importan, pues nada añaden, salvo el aclarar de forma total algún episodio todavía en claroscuro, y sí suponen, dentro de su atractivo narrativo, evagación en el trabajo investigatorio.

No vamos por ese camino, pero ya entrados un poco en el asunto, hay que incidir en otra de esas leyendas ya aludidas, con casi idéntico peso que la del torpe aliño indumentario; me estoy refiriendo a la historia del billete de lotería, tomada por unos y otros como disculpa para situarse al lado de Antonio Machado mientras este lo hace desaparecer rompiéndolo distraidamente en mil pedazos o, peor todavía, viéndose necesitado a utilizarlo de forma perentoria. La historia real, tal y como la cuenta Cobos es como sigue:

Que perdió un premio gordo de la lotería (…) Quintanilla nos ha aclarado que no fue un premio gordo sino un segundo premio jugado, creía, con Leonardo Martín Echevarría, el compañero del Instituto y no con Seva, y cobrado, naturalmente9.

Sobre esto crecieron las contradicciones y los cambios de lugar y de premio, pues mientras muchos repiten que el billete era de loteria, otros pasan a decir que era de un cierto valor monetario y que fue destruido distraidamente durante una conversación10. La primera de las variedades relacionadas con el hecho real, se encuentra, también contada por Cobos en su libro citado y en la misma nota en la que hemos venido apoyándonos hasta ahora; pero quién le da una mayor relevancia a la misma es el crítico teatral, durante muchos años en ABC, Alfredo Marquerie, juvenil compañero ocasional en las tertulias segovianas y, como tal, al arrimo de las celebridades locales (y no se olvide esto), en su libro de recuerdos Personas y personajes. Memorias informales11:

Fue Seva (se trata de uno de los contertulios segovianos, Ramón J. Seva, funcionario de Hacienda en la ciudad) quién una tarde le ofreció un billete de lotería. -No, gracias –dijo Machado- No juego a eso porque no toca nunca. Creo que hacen trampas. El probo empleado de Hacienda se empeñó en demostrarle que la lotería era algo muy serio, y que estaba lleno de garantías. El poeta, ante la risa contenida de todos los circunstantes, le escuchó sin pestañear, y, por no desairarle, aceptó la mitad del billete. Al día siguiente apareció Seva radiante en el café: -¡Nos ha tocado el Gordo! –exclamó-. Déme el medio billete, Don Antonio, para que yo se lo cobre. El caso es –respondió Machado imperturbable-, que no lo llevo encima. Me lo he dejado en casa. –Bueno –insistió el amigo-. Pero tráigalo mañana sin falta. Al otro día, y al otro, se repitió la misma escena. Seva acuciaba para que Don Antonio le entregara el medio billete. El poeta eludía el asunto. Hasta que al fin, el empleado de Hacienda, muy digno, preguntó: -¿Es que no tiene confianza en mí? Y puesto en tal brete y trance, Machado confesó: -No es eso, Seva… Es que… ¿Cómo lo diría yo…? Sentía una apremiante necesidad fisiológica , y como no tenía papel a mano… Y añade, a modo de escolio: Aquel premio gordo hubiera supuesto para el poeta una pequeña liberación, ya que sus disponibilidades económicas eran muy exíguas, pero no le dio la menor importancia al caso, y ante la consternación de los circunstantes, desvió la conversión, diciendo: -Bueno… Asunto resuelto… Hablemos de otra cosa.

El inciso ha sido extenso, pero creo que merece la pena. En primer lugar, porque el narrador en este caso es un contertulio ocasional y posiblemente un juvenil alevín del periodismo local, lo que induce a pensar que le pudo ser contado el suceso, aun a pesar de su insistencia en ser testigo presencial, respondiendo en nota final a lo transcrito, a quien le rebate lo narrado, tachando de impertinencia el llevarle la contraria12. No será la única ocasión en que lo haga; en segundo lugar por la extensión que concede al suceso, cuando otros más cercanos al círculo machadiano, si bien caen en la misma dirección, lo hacen de manera más parca y sin extenderse en los hechos13; y en tercero y último, por el tono mismo del relato, un tanto burlón por lo que respecta al otro personaje –escribe, sin explicar para nada el por qué de su opinión: ante la risa contenida de todos los circunstantes, entre los que hay que suponer que se encontraba él- y un poco malintencionado respecto a la situación económica de Antonio Machado. El que éste viviese como vivía, parcamente y en una pensión que no era precisamente un hotel de mediano pasar, no es motivo suficiente, si se conoce bien, como parece pretender Marquerie, al poeta, para afirmar que sus ingresos eran exíguos, pues ya por aquel entonces Antonio Machado contaba con cerca de 7.000 pesetas anuales14, lo que en aquellos años suponía una cantidad suficiente para vivir con holgura, máxime siendo solo. Esa misma parquedad, o ausencia de necesidades, contribuye en gran parte a mantener la leyenda machadiana, pero es que él era así y salvo libros, no sentía otra necesidad de tipo material. Lo retrata muy adecuadamente su hermano Manuel, cuando manifiesta aquello de que a algunas personas les basta con un poco de pan y un poco de queso para vivir; a mi hermano –concluye- le sobra el queso.

Por lo que respecta al testimonio de Angel Cerrolaza y que, como ya se ha indicado, forma parte de la Introducción al Expediente Administrativo de AM, aparecido en los primeros meses de 1976, hay que señalar, como principal objeción a su veracidad que no responden a testimonio directo, sino como el mismo dice respecto a las anécdotas que se dispone a contar

seguro de su autenticidad; unas de primera mano, alguna pasada por la mano intermedia de un familiar nuestro, compañero del poeta15,

Lo que deja sin aclaración el origen de lo narrado en primer lugar, o sea, la primera de las anécdotas que promete como cierre de su trabajo; lo narrado por él, es lo siguiente:

Estando en un café de París (1920?)16 en compañía del catedrático que le había sucedido en el Instituto de Soria, se lamentaba don Antonio del retraso prolongado de su sueldo. El giro no llegaba; solo quedaba para su parvo gasto –el cotidiano café con leche, como lujo- un billete de mínimo valor del Banco de Francia. Maquinalmente, mientras departía con su compañero, iba rompiendo el billete en pedacitos minúsculos, que el viento dispersaba como una lluvia de confeti. Su estupefacto amigo nos ha comentado: “No estaba en lo que hacía, sino en sus ideas y las imágenes que le bullían en la mente. Estaría dando forma a algún verso, mientras se arruinaba”17. Aún añade en párrafo aparte, que una vez más (que) don Antonio andaba corto de dinero, otro poeta le salva del apuro. Rubén Darío le presta mano fuerte con un billete de cien francos18.

Sería suficiente el deseo del autor hacia Antonio Machado, en carta al editor del Expediente, Juan Velarde Fuertes, para que lo transcrito se pasase por alto sin más

Desde la estación de Collioure se ve su lápida, como un exilio y como un remordimiento nuestro. Pues bien, si se consigna una iniciativa, nacional o no, una suscripción, ese dinero que usted, querido Juan, ofrece, queda comprometido para ella, y esto sin vuelta de hoja19,

Pero si nos atenemos, como debe ser, a la intención del trabajo presente, no queda más remedio que pasar por el tamiz del análisis los párrafos señalados; hay que suponer, para empezar, que lógicamente no es el propio narrador el que vive ese momento económicamente crucial de don Antonio; por lo que debemos situar lo narrado en la segunda categoría que él mismo señala: pasada por esa mano intermedia del conocido que quizá pudo –y esto es pura especulación- haberla oído, como tantas veces ocurre en los narradores de tales anécdotas (me dijo…, me contó…, oí…,), lo que por principio permite ya dudar de su autenticidad; en segundo término la duda respecto al año, ese 1920 entre interrogaciones (aunque en realidad y posiblemente por errata figure solo la que cierra la fecha), lo que indica que muy poco, por indicar algo, conoce en torno a la vida y andanzas del propio Machado.

No pudo estar en París en el año que se indica, dada su reciente incorporación al Instituto segoviano20, y aunque hubiera podido hacerlo a lo largo del año, especialmente en el período veraniego, nada hay en su biografía que lo avale, a lo que hay que añadir la conocida fobia que manifestó hacia la capital francesa a raíz de la enfermedad de Leonor, y que hizo explícita en su exilio al negarse a aceptar el ofrecimiento de los intelectuales franceses y elegir quedarse en la pequeña Colllioure. No es posible, por lo tanto, que en tal fecha Antonio Machado estuviese presente en París tomando café en una terraza y menos en compañía del catedrático sustituto suyo en Soria. ¿Por qué? ¿Quién era el tal catedrático? Y más aún, ¿qué amistad los unía? Por otro lado, por qué estaba Machado en París y por qué tenían que hacerle llegar su nómina a esa ciudad; finalmente queda, también, en el aire el por qué había llegado a tales extremos de necesidad, él, tan parco en todo y con un sueldo, como ya se ha dicho, más que suficiente para cubrir sus necesidades. Todo esto es pura fábula, simple y llano contar sin fundamento alguno; traer a colación una anécdota –no se trata de otra cosa- de las muchas que se cuentan en reuniones, conversaciones más o menos esporádicas y, posiblemente, sin ánimo de ningún tipo, salvo aquel de llamar la atención de los oyentes. No hay que darle mayor importancia al hecho, pero el investigador y seguidor de obra y vida del poeta, está en la obligación de no hacerse cargo de tales irrelevancias, tratando de evitar su repetición hasta hacerlas alcanzar la categoría, como quería d´Ors. Pero Cerrolaza aún añade otro dato que da mayor fuerza al carácter ficticio del relato, al hacerse eco de una situación real, señalando cierta cantidad prestada por Rubén Darío. Todo está perfectamente explicado en esa angustiosa carta que el propio Machado le escribe a su amigo nicaragüense, en la que figura la cantidad solicitada de 250 ó 300 francos y no de 100 como en el artículo se indica, a lo que hay que añadir la vaguedad sobre el motivo de la petición, que no era otro que el retorno a España a causa de la interrupción de su beca debido a la enfermedad de Leonor. Con hechos tan importantes, lo mejor que uno puede hacer es no jugar con ellos, si se desconocen, como es el caso, las verdaderas causas que los motivan

Pero el conjunto no se detiene aquí, y es que Machado es mucho Machado y siempre resulta provechoso para el que narra los hechos, acercarse a su figura siquiera sea de una forma imperceptible o simplemente casual. Es el caso de las tres siguientes y últimas, expuestas de forma cronológica, como corresponde al sentido de las mismas.

Conviene aclarar, no obstante y antes de establecer su comentario crítico, que las que siguen carecen del carácter de las dos anteriores, pues mientras estas abarcan, o cubren, gran parte del espacio cronológico machadiano –el torpe aliño lo fue de forma consustancial y el “regalo” del gordo de la lotería no establece un límite temporal concreto; tiene lugar durante su estancia en Segovia, sin especificación de fecha-, las que siguen sí limitan a momentos y lugares muy precisos al suceso. Esto tiene una especial importancia al determinar con ello, no solo su falsedad, sino la intencionalidad de transgresión por parte del narrador, reduciendo de esta forma su característica esencial; o sea, la veracidad que pretenden dar al hecho.

La primera de ellas lleva la firma del P. Felix Garcia, sacerdote-poeta -¿o poeta-sacerdote?-21, que gozó de un cierto prestigio en los círculos intelectuales de la España de la dictadura. Él es uno de los albaceas, con José Luis Cano, guardadores del secreto de Pilar de Valderrama, tal como ella señala en carta que acompaña una exposición del proceso de conocimiento entre ella y el poeta, que da a conocer José María Moreiro en su trabajo Guiomar. Un amor imposible de Machado22, y quién, a petición de la esposa de Ortega, estuvo con él en sus últimos momentos; lo que dio motivo a diversas especulaciones sobre la postrera conversión del filósofo, algo que en aquellos años oscuros era la nota más característica con motivo del fallecimiento de alguna figura relevante en el mundo intelectual –todos se convertían en el último instante, recibiendo los auxilios espirituales y la bendición de Su Santidad; el único que se libró, y gracias a los desvelos de su sobrino Julio Caro, fue Pío Baroja, que tuvo su entierro civil y su correspondiente inhumación en el correspondiente Cementerio de Madrid-, rumor que los propios hijos del filósofo se apresuraron a aclarar a través de la prensa23. Pero, ¿quién es en realidad el tal Padre Felix Garcia? Aporta alguna luz sobre él, en estos tiempos, y ya en los pasados, Maria Luz Morales en su antología Libro de Oro de la Poesía en lengua castellana (España y América)24, que en acoge una muestra de su producción poética al tiempo que aborda una sucinta nota biográfica:

Nació en Revilla de Santullán (Palencia). Cursó su carrera religiosa en los colegios agustinianos de Valladolid y Nuestra Señora de la Vid (Burgos). Profesor de Literatura en el Colegio Cántabro, de Santander. Completó estudios en Alemania y viajó por diversos países europeos. En 1930 se doctoró en Filosofía y Letras por la Universidad de Madrid. Notable conferenciante y orador sagrado. Ha colaborado en la mayoría de las revistas literarias y periódicos españoles. Reside en Madrid. Además de numerosas obras en prosa, destacan en su haber literario los libros de poesía: Palabras interiores (1936), Roto casi el navío (1939) y Bajo el dolor de la guerra (1941).

Poeta, pues, muy de circunstancias y limitado a un espacio temporal muy corto. A los efectos que aquí importan, muy bien pudo conocer a Antonio Machado, y no solo a través de la lectura de su obra sino personalmente, pero es indudable que entre ellos, si realmente llegaron a conocerse, no existió un fuerte lazo de amistad, como en tantos otros casos, aun a pesar de que el mencionado P. Felix Garcia dedica un soneto al poeta, bajo el genérico título A Antonio Machado:

 

La sombra de una sombra perseguía

tu corazón sediento de hermosura,

y el corazón viajero no sabía

que cavaba su cauce de amargura.

 

Aquella contumaz melancolía

que en tu carne dejó su mordedura,

era la herida que el Señor abría

en la muralla de tu desventura.

 

De mirar a la tierra se cegaron

tus ojos, de belleza cosecheros,

mientras tu corazón se reintegraba

 

a los sueños de Dios, que iluminaron

tu corazón con lumbre de luceros

 

Cuando con Dios tu corazón soñaba. 25

 

El encuentro lo publica en la “tercera” de ABC el 11 De Diciembre de 1974, en artículo dedicado a Manuel Machado bajo el título: Manuel Machado recordable, en el que incluye un inciso hablando de su hermano, hacia el centro del mismo, donde dice lo siguiente: A título de referencia personal quiero traer aquí el recuerdo de mi encuentro con Antonio en los días preagónicos de nuestra guerra fatal, en aquel Madrid desmantelado y trágico. Una circunstancia impensada nos dio ocasión de cruzar unas palabras rápidas y estremecidas. Yo le encontré triste, dolorido y tremendamente derrotado, tan derrotado y triste como yo me encontraba. Sentí una profunda emoción ante el poeta, mi poeta de todas las horas. Hablamos con palabras entrecortadas, húmedas de llanto. “¿Qué será de Manolo –me preguntaba- tan bueno, tan poeta siempre? Nunca hizo daño a nadie. ¿Le habrá pasado algo malo?” Yo le respondí dándole esperanza de que se volverían a ver. Apreté su mano con angustia; en sus ojos amortiguados se leía su tremenda desolación. Le pregunté por Miguel Hernandez, a quien yo conocí en casa de Tomás Borrás, que tanto sabe de historias y de hombres. “Por ahí anda –me dijo-triste y enfermo. ¡Qué horror el de esta España suicida!

Tras esta lectura hay que volver a preguntarse por qué ese empeño de algunos en figurar al lado de Machado en momentos muy concretos y facilmente rebatibles. El P. Felix Garcia habla de que se encontraron por una circunstancia impensada –la casualidad suele ser la motivación principal de estos sucesos- en un Madrid preagónico, desmantelado y trágico. ¿Qué quiere decir con esto? Antonio Machado vivió el principio de la guerra en Madrid, pero en el mes de Noviembre, cuando aún no estaba en la condición de sitiado. lo abandona. No es necesario, creo, el detallar el motivo de dicho abandono, aún a pesar suyo, propiciado por el Quinto Regimiento, pues es sobradamente conocido. Por otra parte, la palabra preagónico parece anticipar una situación límite, previa al final de algo, y esa, desde luego, no era la situación de la ciudad en los días que el poeta todavía residió en ella, como tampoco resulta aplicable el adjetivo de desmantelado, aunque sí el de trágico, algo que tiende a ser común a toda situación más o menos idéntica. Sabido es que el poeta continuaba con sus salidas y estancias –largas, silenciosas y meditativas al parecer- en los viejos cafés de la capital, ya sin tertulias, lo que provocó una absurda detención por un grupo de incontrolados, algo muy usual en aquellos primeros días. De todo esto se desprende que el poeta podía estar más o menos dentro de su ya característico y un tanto anacrónico torpe aliño, lo que, dadas las circunstancias, pudo ser la causa de esa detención –parece ser que lo confundieron con un cura- pero de ahí a encontrarlo como lo describe el narrador media un abismo. Ese triste, dolorido y tremendamente derrotado que ve en él el narrador es pretender una comunidad de situación, al añadir tan derrotado y triste como yo me encontraba, lo que nada tiene de particular si atendemos a su condición de sacerdote inevitablemente camuflado, en aquel Madrid de los primeros meses de la guerra, pero que no obliga en modo alguno a que Machado coincidiese con él en esa misma circunstancia.

El otro dato cuestionable es la pregunta que le hace respecto a Miguel Hernandez, provocada –tal como parece desprenderse del contexto- por la inquietud que siente Antonio por su hermano Manuel, del que nada sabe. Uno puede preguntarse por la suerte que puede correr una determinada persona que se encuentra, con muchas probabilidades a favor pues todo es confusión en esos primeros momentos, en el otro bando y sentir angustia por su suerte26. Que Antonio Machado sintiese una inquietud real por la suerte de su hermano es algo perfectamente lógico, pero que le hablase de ello al primero que se encuentra por la calle, y con el que al parecer no le unía –hay que suponerlo así- más que un superficial conocimiento, es algo que, como mínimo, puede resultar tan sorprendente como que el oponente le pregunte por la suerte de Miguel Hernandez en aquellos momentos iniciales de la guerra.

El narrador dice que su conocimiento del poeta oriolano tuvo lugar en casa de Tomás Borrás. Es posible, pero nada aporta como prueba de ello, y tampoco importa a la anécdota que así haya sido. De ello se desprende únicamente que ambos se conocían, o así lo quiere el narrador. Por otra parte, la descripción que hace del escritor anfitrión responde de forma total a una frase hecha y, como tal, estereotipada, lo que hace más dudoso ese encuentro que menciona y, por ello, el posible con Miguel Hernandez. Que Antonio Machado conoció al oriolano es algo que no se puede poner en duda, y aunque no de forma personal antes del levantamiento militar, sí pudo serlo a través de su lectura, ya que resulta difícil suponer que Machado no estuviese al tanto de su obra publicada, aunque no le entusiasmase el gongorino y rebuscado Perito en lunas, con su posible rechazo por artificioso, pero si El rayo que no cesa, libro cuyo contenido estaba más acorde con sus apetencias poéticas, tanto por su forma –soneto- como en esas imágenes de increíble fuerza, aun a pesar de su retorcimiento en muy determinadas ocasiones –Tanto dolor se agrupa en mi costado,/que por doler me duele hasta el aliento-, pero si se sitúa la realidad del encuentro en ese Madrid inicial de la guerra, Machado nunca pudo decir lo que el narrador dice que dijo; y ello por dos razones indiscutibles: el no conocimiento personal por parte de Antonio Machado del poeta (éste se movía en círculos muy diferentes a los de Machado) y esa descripción que tampoco concuerda con el momento en el que se sitúa la anécdota. Es muy posible que al final de la guerra, cuando ya todo se veía perdido, Hernandez mantuviese una actitud similar a la que el P. Felix Garcia pone en boca de Machado, pero en esos momentos en los que el entusiasmo era máximo, resulta difícil ver a Miguel Hernandez triste y enfermo, cuando es de los primeros en tomar parte activa en la resistencia popular, yéndose de forma casi inmediata a los frentes de batalla. Antonio Machado lo conoció, o al menos coincidió con él en momento y lugar muy determinado, el II Congreso Internacional de Escritores en defensa de la Cultura, de Valencia, pero no se encuentra en ninguno de sus escritos de esos años, salvo en manifiestos firmados de forma conjunta, mención alguna a él, lo que claramente indica su carencia de relación con el poeta como persona, contrariamente a lo que le ocurre con otros tan comprometidos como él o Hernandez: Alberti, Prados, Domenchina…

Por todo lo anterior, hay que poner en tela de juicio la posible certeza del encuentro, y de todo lo narrado solo se desprende una pregunta; ¿por qué? ¿Qué necesidad tenía el susodicho P. Felix Garcia de contarnos esa historia que, por otra parte, apenas si se recuerda ya?27

Porque esa es otra de las características de estas pequeñas anécdotas; ocupan un lugar equivocado en la memoria del narrador, causan su pequeño impacto momentáneo y pasan, seguidamente y por lo general, al rincón de los olvidos. O sea, que carecen de fuerza para mantenerse y pasar a ser una fuente informativa. Ningún biógrafo recuerda ya el papel que el susodicho P. Feliz Garcia se adjudica y nadie se ha amparado en él para establecer la situación real de Antonio Machado en aquellos días iniciales, no se olvide, de la guerra.

Algo similar ocurre con las otras dos que a continuación, y de una forma más rápida, reseñamos como conclusión.

La primera de ellas la firma Eulalio Ferrer que la cuenta en artículo publicado en el diario ABC en número homenaje dedicado al poeta el día 18 de Febrero de 1989, con motivo del cincuenta aniversario de su muerte; el trabajo figura en las páginas centrales, dedicadas a Antonio Machado, bajo el título Con su madre, camino de Collioure28 y recogido posteriormente en su libro Entre alambradas29. Cuenta Eulalio Ferrer que en los amargos días del exilio recien comenzado se encontró con Antonio Machado en la plaza del pueblecito francés de Banyuls, solitario en un banco del parque y aterido de frío, acompañado de su madre y que en un gesto espontáneo y solidario le cedió su capote militar.

Nunca olvidaré la voz delgada y quebrada de Antonio Machado diciéndonos, con la angustia y resignación del abandono, que esperaba a alguien… (¿Quizás a su hermano José, con el que llegarían a Collioure?) El recuerdo aprisionó para siempre aquella larga mirada de gratitud de Antonio Machado cuando dejé encima de su manta ligera mi verde capote de capitán miliciano. Fue un acto impulsivo, apenas consciente, desprendido de una emoción que todo lo abarcaba y estremecía.

El gesto, el detalle, es hermoso y terrible a la vez; Machado abandonado, solo y sin abrigo en una plaza desolada de un lugar desconocido. En éste, tanto como en el siguiente hay que hacerse la misma pregunta que con el anterior. ¿Qué ha movido a estos hombres a narrarnos tal suceso? Porque Antonio Machado nunca estuvo en Banyuls, y si bien este lugar se encuentra situado entre Cerbere, la frontera por donde entró en Francia el poeta, y Collioure, el lugar donde decidió quedarse, el trayecto se hizo en tren y es impensable que el poeta se bajase del mismo para descansar, solitario, en un banco de un parque, por muy cercano que estuviese a la estación, en un frío día de finales de Enero y sin ningún abrigo, abandonando el muy precario refugio, pero único en ese momento, del vagón del tren. En ninguna de sus biografías30 se menciona este alto en mitad de su trayecto hacia Collioure; detención, por otra parte, carente de una justificación aceptable. Machado no iba solo, por lo que es aventurado el suponer que su hermano José no lo hubiese acompañado en esos momentos, de haberse producido, máxime si también había descendido del tren su madre, dejándolos solos en aquella desabrida plazoleta, mientras que él y su mujer, Matea Monedero, que tampoco menciona dicha detención en el camino, se alejaban a realizar… ¿Qué? ¿Qué tipo de gestión que no hubiera podido resolver el fiel acompañante Corpus Barga, sin que se vieran obligados al abandono seguro del tren? Como refuerzo a lo que aquí se sostiene, ninguno de los relatos directos de aquellos días terribles –Corpus Barga, su hermano José-, ni indirectos de los posteriores biógrafos (ver relación en la nota 28) menciona parada alguna a mitad de camino; tal como se plantea esta anécdota no quisiera ser puesta en duda por mi, dado lo indudable del gesto de Eulalio Ferrer, por lo que cabe preguntarse si el narrador no estará equivocado por lo que respecta a la localización geográfica de la misma; ¿no pudo haber tenido lugar el encuentro en otro lugar distinto, Cerbere por ejemplo, cuando aún no se había iniciado el viaje hacia su destino final?

Bastante menos creíble es la última de las anécdotas que van tejiendo esas leyendas en torno a la figura del poeta, ya que se cae por su propio peso y sobre la que huelga cualquier tipo de análisis, pues ella misma se rebate al obviar la circunstancia real del exilio machadiano, aunque la cuente personaje de relevancia como es el pintor Manuel Viola31. Cuenta, en entrevista publicada en Insula, que se encontró con Antonio Machado en el Campo de Argelés, en los primeros días del cruce de la frontera; que estaba muy enfermo con una fuerte disentería, a causa de la cual –frase que se me quedó grabada por la fuerza de su expresión- cagaba sangre. El relato es personal y el narrador el protagonista del mismo, por lo que tan solo queda aceptar –o negar- su palabra; pero ésta obra en su contra al centrar el encuentro en lugar donde nunca estuvo el poeta, aunque actualmente existe una corriente que pretende retomar esa vieja cuestión del Campo de Argelès, no sabemos con que intención; algo que si era lógicamente pensable durante aquellos primeros días, o meses, que siguieron a la terminación del conflicto militar, debido a la confusión de noticias que circulaban en ambos bandos32, es del todo inadmisible en la actualidad y con los testimonios existentes. Claro que la anécdota del campo de concentración se mantuvo, más por intereses espurios que por la realidad de los hechos, durante bastante tiempo en la España de la dictadura; ejemplo de ello es lo que escribe Joaquín de Entrambasaguas en el diario Arriba, el 23 de Febrero de 1964, con motivo de unas páginas de homenaje que el periódico le dedicó al poeta33, y en donde asegura que:

Solo escribí de Antonio Machado, como hablando a su hermano, cuando hube de contar los sufrimientos y humillaciones por la que hubo de pasar en la zona roja su carácter independiente y altanero, por necesidad ineludible, hasta que explotado como vil propaganda -¡él, tan gran señor en todo!- se le arrojó al extranjero como a un ser inservible -¡él, que ha dejado eterna lección a los poetas!- para que muriera en tierra ajena, que no era la suya, la que había formado el cuerpo de aquel hombre, “en el buen sentido de la palabra, bueno”

Por fortuna, el tiempo siempre acaba por situar las cosas donde deben y Machado siempre estuvo, en España y fuera de ella, respaldado por el Gobierno al que él dedicó sus últimas fuerzas, presente en su entierro por dos figuras de máxima relevancia: Julián Zugazagoitía y el General Vicente Rojo, ambos con futuros y trágicos destinos como el del poeta; fusilado el primero por los franquistas al ser entregado a ellos por la ocupación alemana en Francia y expedientado, encarcelado y menospreciado el segundo en sus últimos años por el mismo régimen contra el que luchó con auténtico genio y caballerosidad, al regresar a España para morir en ella.

Ha pasado tiempo más que suficiente para que la verdad empiece a imponerse sin necesidad de recurrir a banderías de ninguna clase. Y la figura de Antonio Machado, al igual que la de su hermano Manuel, están exigiendo ya que cese la persecución, tanto por parte de unos y otros, en torno a ambos, así como las leyendas que la propiciaron; los dos, grandes poetas; más hondo, profundo y pleno de inquietudes el primero; ligero y grave (como acertadamente lo definió Dámaso Alonso), pero nunca superficial, el segundo.

Quede ésta, pues, como una pequeña aportación a este intencionado deseo de limpieza de la memoria literaria e histórica de ambos.

 

 

Diciembre de 2007.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1 Lo que hay que achacar a algunos nombres coetáneos que, posiblemente sin intención, cayeron en él; ejemplos, sin alejarse mucho del entorno, los encontramos en Juan Ramón Jimenez y su corifeo Juan Guerrero Ruiz, que se hace eco de las manifestaciones del amigo; baste recordar el detalle del huevo frito abandonado sobre la única silla de la habitación, el del pantalón con la bragueta abierta o los puños de la camisa o el pantalón sujetos con cordones (JRJ de viva voz; dos tomos; Pre-Textos, 1998 tomo I; 1999 tomoII. En los índices onomásticos de cada tomo es fácil localizar las referencias a AM). Contra esto se rebela, indignado, Pablo de A. Cobos, que lo conoció bien en Segovia, aun en su desaseo y abandono, pero sin llegar a los extremos mencionados; ver: Humor y pensamiento de AM en la metafísica poética, Insula, Madrid 1963; pag. 29 y nota 1 de la misma.

2 La arboleda perdida-I; Seix Barral, Barcelona 1975; pag. 220.

3 Cobos: AM en Segovia. Vida y obra, Insula, Madrid 1973; pag. 27.

4 Miguel Pérez Ferrero, Vida de AM y M. Colección Austral, Espasa Calpe Argentina, Buenos Aires 1952; pag. 196.

5 Pilar de Valderrama, que tan mal lo comprendió, señala, en la escasez informativa de sus memorias, esa falta de cuidado personal por parte del poeta, culpando del mismo tanto a su patrona segoviana como a su madre y su cuñada en sus viajes a Madrid, (ver pags. 89-90 de sus mal pergeñadas memorias), permitiéndose en determinado momento echarle en cara ese desasimiento material, reproche que él recoge con humildad y un punto de burlona ironía, en la carta nº 5 del conjunto que publica la poetisa, y que, curiosamente, coincide en numeración con la rigurosa, corregida y fechada edición de G. Depretis.

6 Cobos: Ob. cit.; pag. 29 y nota señalada.

7 Y no el Palace, como por error digo en mi La vocación teatral de AM (Gredos, Madrid 1976; pag. 297). El error se produce al aceptar yo como fuente un trabajo publicado en el diario ABC y firmado por el corresponsal suyo en Roma J. S y G (¿José Salas y Guiror? en torno a una conferencia de Eugenio Montes en la que al hablar de los muchos homenajes celebrados hasta aquel momento (1-III-1966) dice: La lista de homenajes en vida fue encabezada por el que le tributaron en la noche del 27de noviembre de 1929 en el Hotel Palace de Madrid, y que presidió el entonces dictador de España, general Primo de Rivera, siendo ofrecido por un joven entonces desconocido que se llamaba José Antonio (pag.67 del número del diario correspondiente al día que se señala). En esos años no eran muchas las informaciones en torno a ambos poetas, ya que incluso años más tarde, en el del Centenario de Antonio Machado, y en obra tan interesante como es la biografía del poeta por José Luis Cano: AM. Biografía Ilustrada (Destino 1975) no se incluye la fotografía del grupo, que tan profusa difusión tuvo con posterioridad a dicha fecha.

8 Claro que podría aducirse a lo anterior que las circunstancias de las fotografías mencionadas son muy concretas y que habría que buscar otras más ocasionales para citar como ejemplo; en el fondo la sugerencia es razonable, pero puestos a una rebusca entre las muchas que han salido a la luz desde la primera selección de J. L. Cano para su biografía (Destino, 1975), es difícil encontrar alguna en donde resalte de forma llamativa ese “torpe aliño indumentario” que fue, en realidad, un lastre con el que tuvo que cargar el poeta.

9 Cobos: AM en Segovia. Vida y obra, Insula, Madrid 1973; pags. 26-27 y nota 6 de la misma.

10 Angel Cerrolaza: Epílogo administrativo sobre un recuerdo de AM, en Expediente Académico y profesional; Servicio de Publicaciones del Ministerio de Educación y Ciencia, Madrid 1975; la mención a la anécdota que nos interesa, se encuentra en las pags. LVI-LVII de la Introducción y correspondiente al trabajo mencionado.

11 Editorial Dopesa, Barcelona 1971. Existe una separata del mismo con el capítulo correspondiente a AM, al que se le añade otro de José Marín Cañas: Calle de los Desamparados, de su obra: Tierras de Conejos, sin más detalles sobre la misma. El capítulo de Marqueríe ocupa cinco de las diez páginas totales de la separata que no tiene indicación alguna por lo qué a su publicación se refiere, no siendo la fecha de 1971 para ambas publicaciones. Es la que utilizo en el presente trabajo y fue adquirida en la librería anexa a la Casa Museo segoviana. También se incluye un fragmento similar en un cuadernillo de la Lotería Nacional correspondiente a Abril-Mayo-Junio de 1981, informando sobre el Programa de sorteos, y en el que se insertan noticias y trabajos relacionados con la institución; el que nos ocupa, figura en las páginas 33-35 y está tomado de la misma publicación que el anterior. En nota que acompaña a estas páginas Marquerie, que sin duda se creía alguien en el entorno de la tertulia machadiana, responde con desabrimiento a la rectificación que le hace Cobos: Como nadie me las ha referido (las anécdotas que relata) sino que fui testigo de ellas y Pablo Andrés de Cobos no estaba presente, su refutación me parece una impertinencia. La nota deja bien clara la condición humana de Marquerie –hombre del Régimen pasado y poco caritativo con aquel que no le caía bien- que se manifiesta de forma más explícita en su propio relato. Con lo que de Machado escribe, y hablo de la totalidad del capítulo, es más que suficiente para situarlo en el lugar que le corresponde como imposible fuente segoviana en la etapa vital del poeta. De cualquier forma, la impertinencia a la que se refiere Marquerie, se encuentra en la obra de Cobos sobre la Segovia machadiana, en su pag. 26 y nota aludida en la misma, que transcrita tal y como es, dice: Una no muy lejana entrevista de Marquerie en Radio Nacional, en la que deja noticia de tres no verídicos hechos: a) Que AM era figura grotesca en Segovia; b) Que se le vio alguna vez con un macarrón pegado en la solapa, y c) Que perdió un premio gordo de la lotería por haber utilizado el décimo en una necesidad fisiológica. Los subrayados son míos.

Por último, habría que intentar averiguar en que lado sitúa a Machado; si entre los personajes o entre las personas.

12 Separata señalada en nota 11, sin paginar, y en la nota 1 de la misma.

13 Cobos: Que perdió un premio gordo de la lotería por haber utilizado el décimo en una necesidad fisiológica (el subrayado es del propio Cobos); ob. cit.; pag. 226.

14 Gibson en su biografía machadiana dice que el 3 de Enero de 1920, a las pocas semanas de llegar a Segovia, una Real Orden le acumuló la cátedra de Lengua y Literatura Castellanas, lo cual le suponía, amén de más trabajo, un incremento de 2.000 pesetas anuales de sueldo. Ligero de equipaje; pag. 347. Existe error por su parte, ya que la cantidad que da de 5.000 pesetas, es añadiendo las 2.000 mencionadas a las que venía cobrando tanto en Soria como en Baeza como profesor. Pero Gibson no tiene en cuenta diversas Hojas de Servicio, ya en los años de Baeza, en las que ya se le adjudican las 7.000 que se indican, aunque sin especificar detalladamente el por qué del aumento –ver pags. 231, 240 y 245 del Expediente…, algo que confirma Luis Cabrejas en La saga de los Machado (Soria, 2007), en la pag. 587, en la que transcribe: Ha servido el cargo de catedrático numerario de la misma asignatura del Instituto de Baeza (Jaén), en virtud de concurso y Real Orden de 15 de Octubre de 1912.Toma posesión del mismo el 1 de Noviembre de 1912, durante seis años, diez meses y catorce días, cobrando un sueldo de 7.000 pesetas anuales, en Hoja de Servicios correspondiente a 1919, y motivada por el ascenso en el escalafón, con número 262 del mismo. Todo lo anterior, de algún modo, rebate a su vez esa otra leyenda de la permanente precariedad económica del poeta. Que éste, en la comodidad de sus gustos sencillos se aviniese a vivir donde vivía y prefiriese gastarse el dinero en libros que en otra cosa, es algo que no viene, desde luego, en abono de lo que Marqueríe, con algunos otros, han venido sosteniendo: que Antonio Machado vivía así porque no le alcanzaban los emolumentos que percibía.

15 Expediente…; pag. LVI.

16 Falta en la fecha la apertura de interrogación.

17 Ibd.

18 Ibd.; pag. LVII.

19 Expediente…; pag. XII, en la presentación a cargo de Juan Velarde Fuertes.

20 La primera de las cartas dirigidas a José Tudela en solicitud de búsqueda de alojamiento para él, se fecha el 28 de Noviembre de 1919, y aunque el traslado a Segovia ya estaba concedido, no empieza sus clases hasta Enero de 1920, coincidiendo con la finalización de las vacaciones navideñas; ver: Jordi Domenech: Prosas dispersas, Páginas de Espuma, Madrid 2001; pag. 441.

21 El interrogante tiene su intención; ¿Qué es más importante, o mejor, cómo debemos calificar a la persona que ahora nos ocupa? Es la misma pregunta que puede hacerse a un determinado aspecto de Antonio Machado: ¿es poeta-filósofo o filósofo-poeta? La respuesta, a fuer de compleja, queda fuera del contexto actual, pero sí vale para meditar sobre ella.

22 Selecciones Austral, Espasa-Calpe, Madrid 1982; 2ª edición; pags. 224 (que reproduce el original)-233.

23Tanto Miguel como José en sus respectivos trabajos biográficos así lo manifiestan; ver Miguel Ortega: Ortega y Gasset, mi padre (Colec. Espejo de España, editorial Planeta, Barcelona 1983; pag. 201) y José Ortega: Los Ortega; (Taurus, Madrid 2002; pag. 413).

24 Ed. Juventud, Colec. Libros de Bolsillo Z, Barcelona 1970; 2 tomos; Tomo II: Siglo XX; pags. 1044-47.

25 El soneto abre la corta selección que la antóloga hace del P. Felix García, sin indicación de cuando pudo publicarse ni en cual de los tres libros figura. Su tono responde a la época de la inmediata posguerra, pudiendo figurar en el grupo de Escorial. También se reproduce en la página diaria de ABC: … y poesía cada día, que de 1968 a 1975 (de primavera a primavera; Victor Olmos: Historia del ABC, Plaza & Janés, Barcelona 2002; pag. 518) corrió a cargo de Pedro de Lorenzo, en fecha 11-VI-72; tanto el contenido del soneto como el título del último de sus libros, me inclinan a suponer que se incluye en Bajo el dolor de la guerra, de 1941.

26 Lo que nos lleva a cuestión tan debatida, todavía, como es la participación de Manuel con el bando rebelde, cuestión que superada a medias, está aún por quedar perfectamente clara. Que Manuel colaboró con los rebeldes es algo que queda fuera de toda duda, pero: ¿por qué? La respuesta más sencilla es por que estaba allí y tenía que vivir; simplemente, sin más vueltas. No hay que olvidar la repercusión negativa que en alguien nada libre de sospechas en los inicios, hubo de tener la intervención del colaborador del ABC sevillano y corresponsal en París, Mariano Daranas, de la que se defendió como pudo, más bien malamente. Pero es tema que aquí no tiene cabida. Habrá que volver sobre él en cualquier momento.

27 Antonio Machado no menciona al poeta oriolano en ninguno de sus rescritos de guerra y en la biografía de Miguel Hernandez no se menciona en ningún momento tal o cual encuentro entre ambos. Que los hubo es algo de lo que no cabe la menor duda, pero sin dejar de ser encuentros casuales, fortuitos, en los que apenas si influye otra cosa que la circunstancia. Tan solo Francisco Esteve Ramirez dedica un trabajo conjuntamente, bajo el título: AM y MH: Dos poetas y una misma voz, leída en el Congreso Internacional de Córdoba: Hoy es siempre todavía, y publicada con el resto de las ponencias por el Ayuntamiento de la ciudad, en un grueso tomo en Renacimiento de Sevilla en 2006; pags. 717-735; en ella tampoco el profesor menciona ningún signo de amistad entre ambos, sino similitudes circunstanciales en la obra de cada uno; otro pequeño trabajo en la revista Contrapunto, ocupando dos páginas, las 74-75, en 1960 y firmado por las iniciales J. R. M., bajo el título: AM y Miguel Hernandez, es todo lo que por el momento parece relacionar a ambos poetas, muy posiblemente –no conozco este último trabajo, que figura como entrada número 334 en la bibliografía de Macrí- con idéntica orientación al otro citado. A los anteriores hay que añadir el más actual de Gibson: Cuatro poetas en guerra (AM, JRJ, GL y MH), Planeta, Barcelona, 2007, que tanto en la parte correspondiente a AM como a la de MH no arroja indicio alguno sobre posibles encuentros, lo que viene a corroborar la falta de relación entre los dos poetas.

28 ABC Literario, páginas centrales del indicado número, ocupa la totalidad de la VII.

29 La noticia es recogida por el diario ABC de 13-XII-88

30 Siguiendo un orden cronológico de las mismas, son: Perez Ferrero (1952/207), J. C. Chaves (1968/386), Manrique de Lara (1968/113), J. L. Cano (1975/167), A. Campoamor (1976/197), H. Carpintero (1989/203 (en esta se trata de un añadido de última hora, dado que el autor falleció antes de concluir la biografía), Gibson (2006/620); y entre los libros más centrados en esos trágicos días del éxodo: José Machado, testigo y parte; 3ª edición de su libro en Edic. de la Torre (1999/141), Corpus Barga, también testigo y parte (1966 en La Est. Lit., carta al director de la revista, Luis Ponce de León), Gómez Burón (1989/55, 2ª edición), Jascques Issorel (1982/67, así como las recopilaciones llevada a cabo por Rodriguez Puértolas y Perez Herrero (1983) y Monique Alonso (1985/471); ninguno de ellos menciona ese alto en la estación de Banyuls ni su estancia en el parque de la misma.

31 Lamentablemente, es la única de las aquí comentadas, que no puedo referenciar de forma absoluta, ya que la pérdida, con otros, del ejemplar de Insula que reproduce la entrevista, en circunstancias que no son del caso, me lo impide. Solo puedo señalar que la entrevista figura en un número correspondiente a la década de los sesenta, posiblemente hacia 1964 ó 1965, y que los esfuerzos que he realizado para su localización han resultado inútiles; pero sí responder de la fiabilidad de mi recuerdo. Agradecería, no obstante, cualquier posibilidad orientativa en torno a la entrevista, por parte de alguno de los lectores interesados en el asunto.

32 Concretamente, el ABC republicano lo refleja en los siguientes términos: A consecuencia de los padecimientos sufridos con motivo de la invasión de España y de su penoso exilio, ha fallecido en un campo de refugiados españoles en las cercanías de Toulouse el gran poeta español Antonio Machado. La noticia ha producido gran pesar en los círculos intelectuales y en la población francesa. A .L .M .A., en fecha de 26 de Febrero de 1939.

33 Hay que resaltar el hecho de que durante la etapa franquista fue el único diario oficial que demostró un cierto interés por él, aun cayendo en lo panfletario en momentos muy determinados, y con la posible intención de contrarrestar los más numerosos de signo contrario. El artículo al que me refiero, se encuentra en la página 18 bajo el título: A los veinticinco años de la muerte de AM, ocupándola por completo.