EL COLIBRÍ NOCTURNO. Por Walter Elías Álvarez Bocanegra.

Walter Elías Álvarez Bocanegra.

Pallasca, Ancash. Perú.

 

 

El colibrí nocturno

 

Después de casi un siglo de espera, por dos generaciones, he podido comprobar que existe el colibrí nocturno, fue a eso de las ocho de la noche del seis de enero de este año dos mil doce que lo pude ver, me quedé inmóvil y maravillado contemplando aquella aparición, mientras revoloteaba picó con tranquilidad las tres flores del cactus que se ubica a dos metros y medio frente a mi ventana y cuando hubo cumplido su objetivo continuó su vuelo surcando los aires de la noche, era noche de invierno, noche oscura y nublada, y llegaba hasta mi la penumbra de la bombilla de alumbrado público que se ubica a veintiún metros de mi ventana, entre la bombilla y mi ventana se encuentra el orgulloso cactus que por fin me entregó la maravillosa aparición, era, es el más grande de los colibríes que he visto en toda mi vida y el único que he visto revoloteando y picando flores por la noche, es del tamaño de un zorzal y a juzgar por el tamaño y forma de la flor de su preferencia su pico puede medir entre diez y quince centímetros de largo, tiene el plumaje opaco, pero ¿quién podría distinguir el color de un plumaje en una noche oscura a través de la penumbra de una bombilla distante de alumbrado público?, claro que, por ahí, más distantes, hay otras bombillas que iluminan las calles del pueblo, pero ni aún así se podría distinguir el color de un pajarillo.
Era noche oscura, como esta noche veinticinco de enero en que por fin me animo a narrar lo visto después de averiguar sobre la existencia del picaflor nocturno, ¡y no hay nada sobre esto!, y por lo mismo nadie creerá lo que escribo, felizmente estamos en el siglo veintiuno, la tecnología ha puesto modernos equipos al servicio de los investigadores y, si alguien se interesa, pronto se hará galardonado descubridor del colibrí nocturno porque podrá documentar la evidencia con filmaciones sonidos y fotografías y hasta un ejemplar vivito y volando de esta especie, como aquel recompensado que descubrió lo que los aborígenes ya conocían sólo que no se permitían saquear, mejor dicho como aquel de quién decían y dicen que dijo que descubrió Machu Picchu. Pero ¿qué importancia tiene un picaflor nocturno para que se ocupen de él?, son más importantes los chupa cabras porque destruyen, como importante es el abominable hombre de las nieves porque se parece a nosotros, aunque también son sumamente importantes los extra terrestres porque tenemos miedo de ser invadidos por ellos, ¿porqué tendrían que invadirnos si hace mucho tiempo ya que nos apartaron de su camino?, es por esta razón que se montan fotografías, películas y sonidos para hacerlos evidentes a la popular imaginación humana, pero, particularmente, a mí me place sobre manera ocuparme de un sencillo picaflor por cuya aparición esperé mucho tiempo.
Esto no es producto de la casualidad, no es una de esas diabólicas o celestiales apariciones, abrigué la esperanza que sucedería y por eso planté el cactus de siete venas frente a mi ventana en el año mil novecientos noventa y dos, hice mía la esperanza de mi padre después de su muerte, hasta puedo afirmar que soy la continuación de sus inquietudes y frustraciones, mi padre plantó un cactus en mil novecientos setenta y cuatro pegado al cerco limítrofe de nuestra casa, ahí mismo, justo tras del poste que sostiene la bombilla de alumbrado público que hice referencia y ahí está ahora ostentando hermosas flores; lo que me corroe la conciencia es que el pobre viejo me confió su inquietud por descubrir el color del plumaje del picaflor nocturno que de antaño lo conocía, pero yo sonreí incrédulo y con grotesca ironía ante aquella inquietud. 
Y a pesar de mi desinterés por lo que se proponía me contó que cuando niño y durante las vacaciones de escuela iba con su madre y abuela materna a vivir abajo en la chacra, en unas pequeñas parcelas que madre e hija supieron atesorar y que él bautizó como Emaús , y como era hijo de un padre que se casó con otra mujer el hermano de la madre de mi padre le tenía un maldito odio al pequeñín por haber venido de tal manera y más odio por estar económicamente desprotegido por el padre, y claro que ésta sÍ era la causa del infernal odio porque mi padre significaba una hambrienta boca más en la familia, así que cuando el iracundo tío llegaba hasta la chacra para quedarse mi padre desaparecía de su vista y tenía que pernoctar en la pequeña cueva al pie de la casa campestre, una cueva de la época de la abuela de mi padre que servía de hospedaje antes de que construyeran la casa y después, ya abandonada, nació frente a la cueva y antes que mi padre naciera un cactus de siete venas, uno de esos cactus conocido como San Pedro que llegan a medir hasta cinco metros de altura y usan los brujos del norte del País para preparar una bebida que hace delirar a los infortunados embrujados. Y esto del cactus frente a la cueva y las noches solitarias de mi padre en ella, esto sí fue una casualidad, porque en una de esas noches de enero vio por primera vez al picaflor nocturno “Es tan especial el animalito que sólo busca las flores vírgenes”, me dijo al final de su relato mientras plantaba pegado al cerco de la casa el cactus de siete venas.

Desde el seis de enero hasta ahora he vigilado el cactus frente a mi ventana que ya tiene nuevas flores y no he vuelto a ver al misterioso picaflor, ¿qué señal dejan estas avecillas en las flores de cactus para que no sean visitadas por otras de su especie? ¿son, acaso, tan escasas que nadie las conoce?, ¿quién podría buscarlas por dos generaciones para confirmar lo que he visto?.
Conscientemente yo ya me había olvidado del colibrí nocturno, pero mi mirada no se había olvidado y cada noche mientras paseaba meditabundo por mi habitación, tratando de descubrirme a mí mismo, de enero a mayo mi mirada chocaba con las bellas flores del cactus frente a mi ventana. 
¿Pero que importancia podría tener un colibrí nocturno sin importar el color de su plumaje?, miro a través de mi ventana y observo las dos plantas de cactus, la que sembró mi padre y la mía, la curiosidad me domina, tomo la linterna de mano y me dirijo a ellas, las observo por largo rato, ambas lucen espléndidas flores blancas, completamente abiertas con el sexo desnudo y desafiante a los apetitos reproductivos de la noche, quizá en espera de algún colibrí nocturno que hábilmente se desplaza en la oscuridad y que no tiene un pico de diez a quince centímetros conforme yo lo había supuesto al contemplar de día las flores semiabiertas. Me imagino la cantidad de cactus silvestres que hay en Emaús y en otros lugares de similar ecología y que florecen de enero a mayo con la humedad de la lluvia y conforme voy imaginando voy concluyendo que hay muchos colibríes nocturnos por ahí que prefieren la flor del cactus que se abre completamente por la noche, pero, ¿qué importancia puede tener la flor del cactus?.

Es catorce de febrero, día de sol como el día de ayer, no obstante el tiempo cambia desordenadamente, no es el invierno tradicional, hay días sorprendentemente nublados y de llovizna como sorprendentemente soleados, y también, dos a cuatro días seguidos de lluvia como tres a seis días seguidos de sol, noches parciales de neblina y noches cubiertas de neblina, puedo decir que en este invierno hay más sol que lluvia, pero las lluvias se producen tan intensas como extensas y ¡he aquí el peligro!. El cactus frente a mi ventana tiene nuevas y espléndidas flores y otras en botón, lluvia y sol, humedad y fotosíntesis. La noche llega, se apaga el día publicitado del amor, la pichuchanca en el pino del patio anuncia las siete de la noche, minutos después prendo la tele, inconscientemente, únicamente por el burdo hábito de prenderla, aburrido apago la bombilla de mi habitación, me desplazo inconscientemente por ella y luego mi mirada se dirige a la ventana sur, y ahí está el colibrí picando la flor oriental del cactus, es un colibrí más pequeño que el del otro día, apago la tele y me pego al cristal de la ventana, contemplo la aparición y luego salgo al balcón para escuchar el revoloteo, el colibrí pasa por sobre mi cabeza recorriendo el ala del tejado para luego posarse en el pino del patio, ingreso apresuradamente a mi habitación en busca de la linterna de mano, tan pronto la encuentro mi mirada cruza el cristal de la ventana, y ahí está, nuevamente, esta vez picando la flor occidental del cactus, con la linterna de mano descubro que se trata de una rutilante avecilla cual antracita recién exfoliada y más pequeña que la del otro día, ahí flor y picaflor en extasiado idilio, ¿quién se resiste al delicioso aroma de tal flor?, finalmente él se va acariciando el ala del tejado y ella, quizá, ¡no quiere que se vaya porque todavía son las ocho y media de la noche de su primera y única entrega!.

 

 

Doctor Dieter Goepfert

Doctor Dieter Goepfert

Por Walter Elías Álvarez Bocanegra 

de Pallasca, Ancash, Perú.

Dos semanas, nada más, había invertido el funcionario en el Informe de Impacto Ambiental, una en trabajo de campo y otra en oficina. Y ahí estaba, otra vez, ahí tras del escritorio, en lo que él llamaba su oficina, en un edificio de siete pisos de La Minera, en Surquillo, sentado en el sillón que se balanceaba con el bambolear del funcionario minero de confianza de La Minera, ahí ojeando algunos papeles y contestando el celular con la portátil computadora abierta alertando me gustas y comentarios por el nuevo estado del funcionario “Los pobres del país por fin serán ricos gracias a la explotación del oro”, mientras sonaba persistentemente el teléfono fijo… 
Sabía que la explotación minera llevaba implícita la idea de explotación del hombre en pro de una plusvalía del mineral para el crecimiento de La Minera, lo sabía muy bien pero no quería admitirlo, porque eso significaba contradecirse a sí mismo como profesional, y lo peor, dejar de ser personal de confianza de una de las empresas de clase A del país y que le había dado el estatus que se merecía permitiéndole vivir en uno de los barrios exclusivos de Lima. Justamente allá en La Molina, donde se mimetizaba el alto costo de su vivienda con el perfume andino del nombre de su calle, él vivía en Los Eucaliptos, una casa con garaje y piscina, además de parrilla en una esquina del amplio patio cubierto con césped artificial. Para qué entonces pensar en la explotación del hombre por el hombre, si él estaba bien y muy bien, eso sí, a mucho orgullo porque era hijo de un obrero minero, un obrero que miraba a sus superiores como algo inalcanzable.
Pero lo malo de todo era, que Pedro Bermúdez Lavado, el ingeniero y personal de confianza de La Minera, se sentía atosigado tras del escritorio haciendo todo lo que ahora estaba haciendo, por todo eso que le estaba sucediendo, y más que atosigado invadido por el encuentro que tuvo, durante la semana de trabajo de campo, con el doctor Dieter. 
Fue la semana anterior a la semana de trabajo de campo que el Directorio de la Empresa le había encomendado la ingrata tarea de buscarle justificación a la explotación minera en el paraje de Magistral, en la puna, al noreste del departamento de Ancash, de tal manera que el impacto ambiental de la explotación no tuviera efectos negativos que lamentar en la población. Él sabía que la contaminación era inevitable y a la larga arrasaría con la vida de todas las especies vivientes, especialmente de las truchas que tanto le gustaban, pero ni hablar, él tendría que convencer con su informe previo, convencer de que la contaminación unida a la gran tecnología no es contaminación, que el cianuro y el arsénico no son extremadamente venenosos, y que es más, las fuentes de trabajo y las ganancias obtenidas de la minería superarían con creces cualquier riesgo alertado por los quedados opositores de la minería.
Pero había regresado del trabajo de campo y de su excepcional encuentro con el doctor Dieter, regresó en tiempo record, cinco días incluido el largo viaje en camioneta, para que más. Había regresado, había elaborado y entregado el Informe, pero, estaba super perturbado, tan perturbado que ni la suculenta gratificación por fiestas patrias pudo equilibrarlo. Así que, entre lo que tenía que hacer dentro lo que le estaba sucediendo, es decir, entre la aburrida rutina diaria de oficina, ahora angustiosa por la llamada del teléfono fijo, y los recuerdos de Dieter, se armó una turbadora en su cerebro, una confusión de los mil diablos que, más turbado ya, no atinaba a qué hacer. Pero tuvo un mísero momento de lucidez y se paró para internarse en el servicio higiénico de su oficina, y ya dentro, luego de mirarse en el espejo, no encontró otra forma de entrar en lo maravilloso de aquel viaje que sentándose en el sanitario.
Antes de que le encomendaran aquella molesta tarea, se encontraba aturdido sentado en el mismo sillón del mismo escritorio con el mismo ajetreo de siempre y, además, una llamada de su esposa que le incitaba a comprar un nuevo televisor porque el que estaba en uso ya se encontraba fuera de moda, eso, ¡oye!, y también una portátil para mí ¡oye!, la computadora que tenemos es muy lenta y ocupa mucho espacio, ¡caramba!, pero no importa, esa la usan los chicos para sus tareas del colegio. Sí pues, los hijos aún estudiaban la secundaria porque se casó algo viejón, muy cuarentón, con una joven limeña del cerro El Agustino mucho menor que él, pero que tuvo la suerte re removerlo todas las hormonas masculinas. Y ahora qué, agradeciera que la saqué a vivir en un buen lugar, que se cree la cojuda de mi mujer, ¡carajo! si supiera el estado de cuenta de mi tarjeta VISA, ¡ni hablar!, tendré que inventar un viajecito a la sierra. Qué inventar ni qué nada, la propuesta le llegó a pedir de pensamiento porque ése, era su trabajo.
Ingeniero Bermúdez, le habló por el teléfono fijo una voz entre inglesa y española, le estamos adjuntando por correo electrónico un Acuerdo de Directorio para que se encargue de dar inicio al Estudio de Impacto Ambiental, usted mismo es, ingeniero.
Entonces armó el viaje en una toyota 4X4 alquilada. Y bien que le gustaban los viajes de comisión en toyotas, no sólo porque él tenía una, ni por lo relajantes que le resultaban los viajes a la sierra a pesar de todo, sino porque, además, esos viajes significaban suculentos viáticos y reembolso de otros gastos de representación. Dinero adicional que le serviría para ponerse en onda con los requerimientos de su esposa, y lo mejor, esa noche tendría una esposa alegre y cariñosa por la noticia. 
Y partió después del medio día, a toda máquina, que los neumáticos salpicaban el lodo del pavimento, era lunes de la segunda semana de julio, y lloviznaba en Lima. La panamericana en la variante de Pasamayo sería de tupida neblina, pero a él nada le inmutaba, estaba preparado, era proactivo por eso lo contrataron, no existía para él malos tiempos ni nada por el estilo, el generaba su propio tiempo, si llovía sólo tenía que pensar en que no llovía, así lo había aprendido en seminarios y cursos de capacitación pagados por La Minera. 
Pasó por la variante de Pasamayo y ni siquiera se percató de la tupida neblina. Después de cinco horas llegaba a Chimbote, y luego de aprovisionarse de gasolina, cigarrillos y comestibles rápidos, penetraba en la sierra. Conocía la ruta, aunque hacía tiempo que no iba por ahí, por esa carretera de penetración ahora asfaltada, la noche entraba conforme el penetraba aferrado al volante con la mente recorriendo su infancia en la mina de Pasto Bueno, justamente por ahí pasaría ahora, pero antes se quedaría en algún hotelillo del pueblo de Pampas, en la casa de algún amigo de su padre, o por último unas horas de sueño en la misma camioneta, nada era imposible para él. ¡Ah!, y al siguiente día luego de un caldo de carnero en doña Ursula, compraría una caja de cervezas para tomarla con los lugareños que hubieran mientras el radiante sol en cielo azul, pero, mejor, no, será cuando regrese, primero está el trabajo, cuando regrese sí, pediré una caja, y no sólo una, quizá otra, para dejarla con los amigos. Les hablaré de mi buen empleo en La Minera, ellos se encargarán de hacer saber a los demás, ¡carajo!, dejaré en alto el apellido de mi padre. Y seguía compenetrado en sus ayeres lastimeros y en sus mañanas comentados por gente del lugar, que vean, pues, quienes somos los Bermúdez. Diría que sus hermanos tienen un estudio de asesoramiento minero, en fin, ya lo pensaría en el momento adecuado. 
La camioneta comenzó el ascenso en zigzag y un aire frío penetró por la ventanilla a medio cerrar, Bermúdez lo sintió en la nariz con una alegría infantil y murmuró, ¡airecito de puna!, y apuntaló tarareando un huaynito. No era la puna, él lo sabía, recién empezaba el ascenso por las estribaciones de la sierra, pronto divisó unas luces de alumbrado público, ¡Llaymucha!, exclamó, y aceleró para hacer su entrada triunfal y se detuvo en la primera chingana abierta que encontró.
–Cigarrillos –gritó desde su asiento, dirigiéndose a los que estaban dentro.
Pero, para qué se paró con el pretexto de cigarrillos, si ya se había aprovisionado de ellos, ¿para qué, pues, si no para hacer notar que el ingeniero estaba pasando por ahí?. Los parroquianos se miraron mutuamente como preguntándose ¿qué dice el tipo ese?, Bermúdez no se inmutó y aceleró en neutro mientras pisaba el freno, apagó el motor y se bajó del vehículo cerrando la portezuela de golpe para dirigirse al que parecía el tendero, plantado tras de la mesa que hacía de mostrador. Entonces, disimuladamente accionó el control remoto de la alarma del vehículo y mientras sonaba pidió cigarrillos, naturalmente el interpelado no escuchó bien el pedido y con movimiento de cabeza se dirigió a los demás de ese ambiente, y todos rieron con grandes risotadas. Entonces Bermúdez cambió de táctica.
–Buenas noches señor –Le dijo al dependiente, soy el Ingeniero Bermúdez, me podría vender cigarrillos con filtro.
–Nacional, con filtro –respondió el tendero.
–No, no no no, eso no.
–Pal mal aire, ingeniero, pal aire de los pishtacos –corearon los parroquianos, burlonamente.
–Cuánto ha cambiado Llaymucha, antes vendían buenos cigarrillos aquí.
–¿Llaymucha?, esto es Ancos.
Efectivamente era eso, Ancos, un pueblecito fundado por los sobrevivientes de lo que fuera la mina Carbonera Ancos, Bermúdez se había desviado de camino siguiendo la carretera asfaltada, pero no quiso reconocerlo, y muy él se subió a la camioneta y siguió el ascenso, por ahí llegaría al mismo lugar sólo que, con mayor kilometraje, pero llegaría. Aunque ya no se quedaría en Pampas, la tierra de su padre, se quedaría en Cabana la tierra de Toledo, del presidente Toledo, ¡qué carajo!, el que mandó asfaltar esta carretera. Bermúdez, ahora pensaba en Toledo siendo de García. Iré por Cabana, algún día estaré con Toledo y le hablaré de su tierra, esto está mejor que quedarse en Pampas, compraré unas cervezas que tomen los lugareños, ¡ay chucha!, el alcalde es choledista, qué bien, me quedaré en el Hotel del Municipio. Y enrumbó cuesta arriba, cigarrillo tras cigarrillo, pensando en el mal aire y en los pishtacos, y salpicadamente en el impacto ambiental de la explotación minera, qué mal aire ni que nada, invenciones de serranos, igual que esa de los pishtacos. Y qué si convencemos a los ignorantes comuneros con una fiesta con mucha cerveza y whisky, nos dejarían trabajar tranquilamente, se mueren por tomar con nosotros, y claro que se morían como se moría él por entrar al circulo de ingenieros de la mina esa en la que trabajaba su padre, y en eso tenía acierto, sin esforzarse por pensarlo. Pero ahora eso del mal aire por la falta de cigarrillos, el mal aire de los pishtacos, ¡claro!, ¡los pishtacos!, él conocía que en Llaymucha existió uno de gran fama, pero ahora no iba por ahí para suerte propia, más le temía al rebrote de los de Sendero Luminoso, esos sí que son pishtacos, se dijo para sí, lleno de miedo, y entonces, mientras soplaba la brisa por la oscura pradera de Cabraespina, se olvidó de su proactividad y quiso retroceder. Pero qué, le daba igual, ya había avanzado lo suficiente, estaba cerca de la colina, de la que se mira Cabana la tierra de Toledo, el presidente cholo, cholo como él también pue, y a mucho orgullo, pero Toledo no había nacido ahí, nació más arribita, en Ferrer, los cabanistas lo adoptaron como suyo porque necesitaban subirse al carro del cholo, y a quién más, si no había otro. Aunque al final, ¡la cagaron!, pero yo no la cagué, porque si supiera el cargo que ahora tengo hasta me felicitaría. Él no, pues, porque tenía otro patrón, pero sus dos hermanos, uno en el Ministerio de Producción y otro en esa inconclusa carretera asfaltada, sí, y qué bien. Y pensando en el alto cargo que tenía el miedo se le fue por un segundo, luego sintió que ensordecía, se le había subido todo el torrente sanguíneo a la cabeza y pensó en el mal aire, no le quedaba otra que empezar a rezar después de persignarse, encomendándose a todos los santos desde San Valentín hasta sanseacabó, porque se le acabó el miedo al entrar en la montura de la colina desde la que se divisaba Cabana. Y aceleró su poderosa camioneta hasta entrar al pueblo de Tauca, alma madre de los mejores cocineros y bármanes, antes que Gastón Acurio, cuando el oficio era tal que al nombrarlo sonaba a desperdicio, que los enternados tauquinos de tal oficio con mucho dinero en las fiestas patronales, eso sí, se veían obligados a decir que eran administradores en esos tres y cinco estrellas en que trabajaban. Ahí, a la entrada del pueblo se detuvo un momento para llamar a su amada esposa e informarle dónde y qué bien se encontraba, el celular marcaba las diez de la noche. Bermúdez se engoriló, luego de la llamada, y se subió a la 4X4 dispuesto a llegar a Cabana a las once de la noche cuando más, pero apenas abandonó Tauca entró en polvorienta e irregular carretera y entraba al pueblo quince minutos después, sin ánimos de nada, y tuvo que hospedarse en el primer hotel que encontró a la entrada. Ahí recibió la noticia, de parte del dueño del hotel, que Cabana era más que Toledo, era orgullosamente la tierra de los Pashas, una civilización Inca que Toledo y su doctorada gringa habían subestimado, y eso le amargaba la vida al anfitrión, pero Bermúdez, tan pronto terminó de cenar, cabeceaba de fatiga y pidió su cama. Apenas se quitó los zapatos se quedó dormido.
Soñó que unas criaturas deformes lo degollaban, y así degollado como estaba lo hervían en una tremenda paila de cerámica inca mientras lo conjuraban a ebullición eterna, y en afán por explicar que era inocente se vio ahogado por su propia sopa y finalmente convertido en apacible vapor tranquilamente muerto. Muerto dormido hasta las ocho de la mañana del siguiente día. Durante el desayuno, mientras el ingeniero hablaba del efecto positivo de la minería, el anfitrión se acomodó con una taza de café junto a él para seguir hablando de los Pashas, y de las lagunas de la puna, atractivos turísticos indiscutibles del pueblo.
–La fortaleza es toda de piedra, yo diría misma cultura Chavín. Tenemos un museo en la Plaza. Y las lagunas, las lagunas…
El ingeniero, seguía en lo suyo y en anfitrión en lo de él. Terminado el desayuno Bermúdez abordó su vehículo. Ya al volante se acordó que debería dejar huella de su paso por ahí, y esa huella sólo sería visible si se pedía una caja de cervezas en la misma Plaza junto al municipio y pegado a la tremenda camioneta, para llamar la atención del alcalde y alardear sobre su trabajo como ingeniero minero, y fanfarroneó para convencer al anfitrión.
–¿Me acompaña a la Plaza?, señor, quiero conocer el museo, usted sabe, me interesa demasiado, a ver si les consigo algo del gobierno para colocarlo en el sitial que se merece como museo.
El anfitrión no necesitaba ser convencido, sin más se subió junto al ingeniero, y en la Plaza se estacionaron frente al museo, al ingeniero no le quedó más que seguir a su accidental guía y aguantar todas las explicaciones y emociones que éste resaltaba.
–Bien, ¡ahora llévame con el alcalde! –dijo el ingeniero.
–¿El alcaldeeeee?, no se encuentra, está de viaje haciendo gestiones.
¡Otro pendejo!, dijo para sí, el ingeniero. Pero no pasaría por alto eso de las cervezas, ya eran las diez de la mañana y el sol sofocaba refractando en el concreto de la Plaza, con sol o sin él, pediría las cervezas, ¡qué carajo! soy un Bermúdez, conozco mi trabajo, sé cómo lo voy hacer. Y pidió las cervezas, mientras se arremolinaban los notables y poco ocupados pueblerinos, unas y otras después de la primera caja, era un bebedor que había cogido maestría, necesitaba de licor para templar sus nervios, sabía hasta dónde bebería, y así fue. Dejó escrito su buen nombre con buenas cervezas y alardes de grandeza, y partió a toda máquina, no se estacionaría en ningún ¡pueblito de mierda! hasta llegar a Pampas, su tierra natal, y claro que, él no había nacido ahí había nacido más arribita, pero ahí pediría unas cervezas más y nada más, a trabajar, ¡carajo!. Qué trabajar ni que nada, solamente necesito informar que no hay peligro alguno, luego el equipo de ambientalistas arreglará mi Informe al estudio de ellos, esos conchasumadres que se basan en estándares y proyectos modelo para ajustar su estudio definitivo, por último hablaré de frente con el más más de La Minera y le diré que entre trago y trago he convencido autoridades y comuneros para que se echen a nuestro lado, ¡ah!, y en Pampas tomaré con el Presidente de la Comunidad y el Alcalde, ¡carajo!, igual en Conchucos, esos ignorantes no saben nada de impacto ambiental, les ofreceré chamba para ellos y su familia qué más quieren, a ellos les interesa el dinero, lo demás es puro cuento. ¡A la mierda!, se me aclaran las ideas, porqué no darles algunos miles a cada comunero, unos miles nada más, que son como un sueldo mío, La Minera es transnacional, plata como cancha de maíz paccho, ni siquiera plata, cheques, nada más, compromisos de pago, cartas fianza sobre otras cartas, dinero electrónico, ¡uy, carajo!, no me había dado cuenta de esto, si no me despejo por aquí, no me daba cuenta.
Pero no pasó de un solo tiro hasta Pampas, se detuvo donde confluyen los ríos Pampas y Conchucos, apenas se detuvo y fue cubierto por la espesa polvareda que había ocasionado en su carrera. Pero para qué esperar que se disipara, sacó la filmadora y gravó la confluencia, ahí donde se juntan las aguas turbias del río Pampas con las cristalinas de Conchucos, turbias estaban pues, desde mucho antes que él naciera, desde que empezó sus labores de explotación la mina de Pasto Bueno, turbias y sin vida mientras en las cristalinas ondeaban algunas pequeñas truchas, “y pensar que la mina de Pasto Bueno muchos años ya que ha parado, pero bueno…, ¡Pasto Bueno volverá a trabajar!, de eso estoy muy seguro”.
Y llegó a Pampas, un pueblo de gente abajo del metro sesenta de estatura que ha vivido por siglos subyugado al penoso trabajo de mina con pobre alimentación y rico alcohol de caña, y ¡eh ahí el porqué de su baja estatura!. Llegó seguido por densa polvareda, auto encumbrándose en sus logros, a eso de las tres de la tarde, y buscó autoridades, el Alcalde había viajado para gestionar, pero el Presidente de la Comunidad, ahí. Se aproximaron otros, no necesitó ni siquiera gastar, le bastó con ofrecer buenos empleos, y mientras departía con los pobladores su cerebro urdía el Informe en base a uno que tenía como patrón y que conocía de memoria como padre nuestro. Así que, después de la borrachera se quedó dormido en el hotel de la Plaza, no tenía casa ahí, ni siquiera la tuvo su padre, vivían más arriba en campamento minero y bajaba con sus padres y hermanos cuando niño, y solo después, hasta ese pueblo, de paseo. Quedó placidamente dormido con una sonrisa entre labios, había logrado escribir su buen nombre con cervezas que ni a él mismo le costaron, todo le salió a cambio de promesas, en un país tan rico lleno de gente pobre, pobre de todo, sólo es necesario un poco de pendejada. 
Al siguiente día armó el mismo ardid en Conchucos y entonces, ¡misión cumplida!, un día después regresó muy temprano por el mismo camino hasta Pampas y pasó a la mina abandonada de Pasto Bueno, donde había trabajado su padre como obrero de socavón. Menos mal que el viejo no era tan bruto, porque abandonó el socavón para convertirse en empleado de maestranza, nada menos que como jefe, por tener una hermana nada despreciable al gusto del Jefazo. 
Los deteriorados techos metálicos de instalaciones y campamentos reflejaban los rayos solares mañaneros del otrora asiento minero. Pasó por la planta procesadora ahora en sepulcral silencio, ahí el primer socavón del primer nivel colapsado, pasó frente a lo que fuera la instalación de la potente compresora de aire que insuflaba a los socavones y que veinticinco años atrás dejó de respirar, y luego le vinieron lágrimas porque pasaba frente a la maestranza a donde cuando niño corría, en cuanto podía, a abrazarse a las piernas de su padre, no quiso detenerse, aceleró dejando atrás tupida polvareda, y así pasó tratando de ignorar lo que era la sala de cine. Quiso seguir con la misma marcha rumbo a Magistral, una de las tantas minas de sus patrones y ahora motivo de su viaje, pero no, el recuerdo de sus días por ahí pudo más, y se estacionó frente al campamento en el que había vivido mientras estudiaba la primaria y más. O sea, loco que, o sea loco que mientras sus vacaciones cuando la secundaria y la facultad y no más, porque la mina paró cuando cayó la demanda de los minerales en el mercado internacional, del tungsteno más que todo. No obstante, no le cayó el optimismo de hacerse ingeniero aunque fuera para sentirse tal como se sentían los adustos ingenieros que admiraba por el buen sueldo que ganaban y las múltiples hembras que se les echaban. Le gustaría volver a trabajar en la mina La Buena Aventura en la sierra de Lima sólo por eso, por las hembras, pero qué, ya no ya, porque estaba en Lima, y en La Molina, por influencia de arriba y en Lima se quedó, y lo miraban para arriba y eso era lo importante, no importaba la limeña del Agustino que tenía como esposa y que administraba los ingresos que le venían, no importaba, porque él había vivido junto a sus padres y hermanos en Independencia, en la falda del cerro y muy cerca de la Universidad Nacional de Ingeniería. Y como no le cayó el optimismo para hacerse ingeniero de minas, ingresó cuando el prestigio de la carrera decrecía, justamente por la falta de empleo, que después los otrora adustos ingenieros tuvieron que migrar a la costa para establecerse y colocarse tras de un mostrador en negocios de poca monta, menos mal que el padre de Pedro Bermúdez se había jubilado junto con la mina y montó su propia chingana para ayudarse, si no, ¡sino que pue!. Y como la demanda de ingenieros se vino abajo, pudo ingresar sin mayor competencia a la universidad, y no a cualquiera, ingresó a la Universidad Nacional de Ingeniería, y cuando terminó marchó a la mina La Buena Aventura para realizar prácticas preprofesionales y ahí se quedó como Asistente de Seguridad Minera. Al finalizar el milenio la minería reaparecía con fuerza, entonces para la explotación del oro, y Bermúdez se hizo fujimorista. Lo de Ambientalista le quedó aquella vez que el Superintendente de La Buena Aventura le autorizó asistir al primer seminario internacional de impacto ambiental organizado por la embajada británica, luego asistió a diversos eventos de tal naturaleza, porque se hacía necesario e imprescindible que los Proyectos de Inversión estuvieran ligados a un Estudio de Impacto Ambiental que se ponía de moda en el país, y con la influencia de Fujimori en el poder ingresó a trabajar para La Minera. Así que ahora, enfrascado en su pasado, estaba frente al abandonado campamento minero de la mina Pasto Bueno, que fue como los demás campamentos, indistintamente de obreros y empleados comunes, ahí estaba, apoyado en el muro justo frente a la puerta del departamento que antes habitaba. Súbitamente llegó a su mente la misteriosa laguna de Pelagatos, la que se llevó a su amor platónico, aquella codiciada jovencita que era asediada por los ingenieros, y que subió con uno de ellos en un bote artesanal para pasear por la laguna, y como era tan bella la muchacha la laguna la atrapó devolviendo al feroz de su acompañante hasta la orilla. ¡Mierda!, tengo que ir, murmuró el ingeniero, y se subió a la camioneta. 
Se sentó al mismo borde de la laguna y lloró mientras su mirada se perdía en el otro extremo de la masa celeste. Y apareció por allá, por ese extremo, como saliendo de una luminosa neblina, una silueta informe, ¡Amatista!, exclamó el afligido hombre bañado en sollozos, la silueta se le acercaba tomando forma humana, ¡es ella!, exclamó el delirante. Y sí, para él, era ella. Pero cuanto la tuvo enfrente en tierra firme, sintió miedo, un gélido miedo que le produjo aturdimiento, no era ella, era él, un hombre con un gran crucifijo que pendía de su cuello, arriba del metro ochenta, mucho más alto que el robusto Ingeniero, un flaco desgarbado de frente prominente y cuadrada que con sonrisa franca le entregaba un ¡hola! amical. Se puso de pie como queriendo huir, pero, él conocía a ese gringo, bueno, para él todo rubio y alto era gringo, suficiente para sentirse subyugado. Como aquella vez cuando él apenas había terminado la secundaria, y no tan cincuentón como ya, lo vio por primera vez en la Plaza de Pampas, lo vio como a un Dios muy superior a todos los hombres superiores que conocía, los ingenieros mineros. Y ahora lo tenía ahí frente a él, ¡el doctor Dieter!, el que jugaba ajedrez con los escasísimos y desocupados rivales del pueblo en una banquilla de la tranquila y casi desierta Plaza, y jugó con Pedrito como enseñándole, y Pedrito no aprendió el juego porque, mientras lo enseñaba, el muchachito se concentraba en el celeste de los ojos de aquel maestro forastero. 
Doctor Dieter Goepfert, así se hacía llamar aquella vez que entabló una no disimulada amistad cuando el ingeniero era sencillamente Pedrito, le dijo que andaba por ahí en busca de pacra, una planta de flor verde y carnosos pétalos que crece arriba de los cuatro mil quinientos metros sobre el nivel del mar, y que, los ganaderos de la puna administran vía oral para activar el erotismo del ganado. Dijo que trabajaba para la Academia de Ciencias de Alemania Federal, y hasta le entregó su dirección, Sudstr 17, Stockdorf, Munich (Munchen), Alemania Occidental. Pedrito se prendió del gringo y se ofreció acompañarlo hasta la misma planta de pacra, arriba de la laguna Pelagatos. Dejaron el ajedrez y se subieron a la tolva de un camión hasta llegar al campamento minero de Pasto Bueno donde vivía Pedrito, ahí la madre, la atenta madre del muchacho se las arregló para hospedar al gringo. Y al siguiente día partieron carretera arriba rumbo al objetivo. Ya arriba de la laguna, por camino de herradura, el gringo empezó a jadear y Pedrito se asustó. Regresa hombre, le dijo el gringo, yo iré solo, regresa antes que se haga muy tarde. Favor a tiempo, pensó Pedrito, y sin más ni nada dio media vuelta sin mirar atrás, conforme avanzaba el cargo de conciencia lo atormentaba, pero qué, regresaré mañana domingo con mi padre a socorrer al gringo, ¡qué carajo!, por último, qué mierda, se hace noche. Ya en el hogar y mientras la cena, informó a sus padres y a sus tres hermanos menores, dos varones y una niña cerrando filas, los informó que el gringo había preferido quedarse solo en el rancho de la china Rosha.
–¡Jajajajajaja!… –el padre se desató en carcajadas y los hermanos también–, qué gringo pa pendejo, se enpiernará con la pastora.
–Mal pensado –murmuró la madre, muy molesta y todos callaron.
Así que el domingo Pedrito no fue a buscar al gringo, y el gringo no llegó. Mas, en casa todos estaban tranquilos menos Pedro, esa noche no durmió y al siguiente día se levantó con la aurora a buscar a uno de sus amigos de confianza para contarle todo y marchar al encuentro del gringo. 
–No cho, no, y si está muerto nos echan la culpa, carajo. ¡Mi cocho me saca la mierda!, yo no voy, cho, tú conoces a mi viejo.
Y Pedro, se sintió muy solo, se culpaba por el incidente, ese día no almorzó, perdió el apetito. Ya por la tarde, para aliviar su culpa, enrumbó carretera arriba, y cuando hubo avanzado algo más de un kilómetro su ánimo explosionó en alegría, en dirección opuesta venía el gringo con la mochila reventando por las plantas de pacra y otras yerbas de puna que contenía.
Un día más permaneció el gringo en compañía de la familia de Pedro, hablaba un castellano perfecto, instruyó que la gramática castellana era la más complicada de todas las gramáticas, pero que sin embargo, era la más florida. Además bromearon como si se conocieran de años, por la noche hasta se tomaron un gro para el frío, nada más que aguardiente y algo de jugo de limón diluidos en agua recién hervida, nada nuevo para el gringo porque en Alemania había tomado algo parecido. Y al otro día muy temprano se trepó en un camión que iba por la puna rumbo a Trujillo. Y nada más pue, desde entonces no lo he vuelto a ver hasta ahora que lo tengo aquí frente a mí, esta igualito no ha envejecido para nada.
–Sí –respondió el gringo dejando confundido al ingeniero, “cómo pudo adivinar mi pensamiento”–, justamente desde aquella vez.
–¿Has vuelto por más pacra? –ahora lo tuteaba, porque lo veía menor en edad, un hombre de cuarenta como cuando lo conoció, lo tuteaba porque además ahora era un funcionario de alto nivel de una gran compañía.
–No, ahora estoy buscando una piedra.
–¿Cuarzo, amatista, piedras preciosas?.
–Piedra granito, piedra común y corriente, sólo que, sólo que tiene un grabado especial, un símbolo.
–¿Qué símbolo?.
–Una cruz.
–¡Va!, cualquiera puede tallar una cruz en una piedra bruta.
–Sí, claro, pero lo importante es cuando y para qué, mejor dicho, cuando y para qué fue tallada, ahí está la importancia. Es una piedra precolombina.
–Deberías buscarla por allá, por donde crucificaron a Jesús, los incas no conocían la cruz.
–Eso crees tú, toda cruz tiene un significado que va más allá de lo que todos conocen, es una revelación disimulada, todas las civilizaciones antiguas la tenían y las modernas se han quedado con el legado. La cruz cristiana, la esvástica, la griega, la hoz y el martillo, la Chacana. 
–¡La chacana!, claro, el símbolo del cholo Toledo, la gringa malhumorada de su mujer fue la que la eligió como símbolo del partido. Pero, ¿la hoz y el martillo?, no te pases, Doctor, nada que ver con la cruz, la hoz y el martillo es un símbolo de muerte.
–Igual que las demás. En las civilizaciones antiguas el primer hombre que cometía la osadía de hacer una cruz era condenado a morir atado a ella.
El doctor siguió hablando de las cruces de las diferentes civilizaciones, mientras el ingeniero lo escuchaba, y a medida que el doctor se compenetraba en el tema el ingeniero se distanciaba, porque aún le faltaba completar su trabajo de campo en la misma mina Magistral, yo que tengo que ver con curses, yo vivo de la mina, tengo que ir a filmar y levantar todo eso, qué me importa lo que diga este gringo de mierda…
–Ingeniero –interrumpió el doctor– son las diez de la mañana y tú tienes mucho que hacer, así que súbete a la camioneta y aquí te espero.
–Sí, claro, mañana temprano, aquí mismo.
¡El ingeniero!, el ingeniero aceleró la maquina dejando una montaña de polvo en el ambiente, generando su propio impacto ambiental, y llegó tan pronto como pudo para ordenar un almuerzo a base de truchas y filmar, levantar, lo que debería, además de conversar con el personal subalterno de la mina aún en labores de exploración. Esa noche, después de la cena, se emborrachó con el whisky que para casos especiales reservaba el Jefe de la mina. Y al siguiente día después de un opíparo desayuno con truchas, mientras el encargado revisaba la camioneta para garantizar el viaje de retorno del ingeniero, con el frío de puna hasta los huesos se aferró al volante. Y aceleró cuesta abajo cual cometa sideral, muy tranquilo por la labor cumplida, y ahora sí al encuentro del doctor, que entonces ya no le parecía tan interesante como antes, le parecía un viejo loco, viejo loco con tremenda cruz en el pecho, claro, viejo y acomplejado, ¡carajo!, cuantas cirugías estéticas tendrá, debería reducirse esa horrible frente de Herman Monstruo, ¡mierda!, pero ¿cómo pudo caminar sobre el agua hasta llegar a mí?. Primero me pareció ver a mi amor imposible, Amatista, estaba tan confundido pensando en ella, pero más que todo en ese beso que ella me dio casi en la boca, por poco le doy un beso al gringazo ese, claro, él apareció mientras yo pensaba en ella, creo que la imaginé caminando sobre el agua, quién podría caminar sobre el agua, sólo Jesús nuestro Señor. Y ahora el gringo anda interesado por una cruz incaica, eso entendí, más loco que una cabra porque cree que la chacana es una cruz, ¡y la hoz y el martillo de los comunistas de mierda!, otra cruz. En un momento creí que adivinó mi pensamiento, pero luego me empezó a contrariar con su aburrido discurso, menos mal que se dio cuenta y fue él quien me sugirió continuar mi camino. Anoche con qué pastora se dormiría, le gusta la mugre al gringo este. En Alemania ¿no habrán mujeres?, ¡qué van haber!, aguachentas, quesos frescos, seguramente, si no porqué este gringo se viene a buscar hueco por aquí.
Y llegó el ingeniero, y luego de estacionarse cerca de la laguna prendió un cigarrillo muy tranquilamente, recorrió con la mirada todo su entorno, el gringo ni noticias. Así que se bajó de la camioneta y se sentó en el mismo lugar de ayer, y por allá, por el otro extremo de la laguna, agitándose dentro una impresionante neblina, cual aurora boreal, apareció una silueta, igual que ayer, e igual que ayer se acercaba, mientras muy dentro de sí, el ingeniero, percibía la voz del gringo amonestándolo “hombre de poca fe, te burlas de mí, pues aquí me tienes, trata de correr y no podrás porque te tengo controlado”. Lleno de miedo, el ingeniero, se preparó para huir de ahí a toda máquina, pero no pudo, estaba inmóvil, pegado al suelo, mientas el cigarrillo le quemaba los dedos, sin que pudiera percibirlo, ¡qué miedo!, “cuánto miedo tienen los soberbios incrédulos como tú, encumbrado ingeniero, te torturaría en tu propia cruz hasta que declines tu soberbia…”, aquella voz siguió en el cerebro de Pedro el ingeniero hasta que el doctor tocó tierra firme.
–Perdón, Doctor, no hice nada que le molestara.
–Mientras venías en ningún momento dejaste de subestimarme.
La respuesta hizo que el ingeniero entendiera perfectamente quién era el doctor, Dios, y nada más, para qué complicarse la vida, un Dios que lee el pensamiento y camina sobre el agua, un Dios que tomó la forma del doctor Dieter, un Dios que me está poniendo a prueba, lo sabe todo, no necesita buscar nada, para que buscar una cruz precolombina en piedra.
–No te confundas, no soy Dios, soy igual que tú, soy tu pasado.
–No más pruebas, Dios mío, aquí estoy y ahora me arrodillo ante ti, soy tu humilde siervo, puedes hacer de mí lo que sea tu voluntad, sólo te pido por mi familia y mis ancianos padres.
–Levántate no seas servil, ¡qué no soy Dios!, a Dios no le gustaría verte arrodillado, te condenaría al fuego eterno. Levántate, somos amigos, al menos yo me considero tu amigo, olvídate que soy Dios, por lo menos mientras estés frente a mí.
Entonces se abrazaron, en abrazo tan humano que el ingeniero así lo sintió, y sintió más, todavía, un Dios hecho hombre o un hombre hecho Díos. Pero Bermúdez se consideró, en aquel momento, un hombre ilimitadamente afortunado, tenía la confianza de La Minera porque tenía la facilidad de treparse en cualquier carro, y ahora estaba en fuerte abrazo con Dios, no menos que Cristo quizá, y más afortunado que Monseñor Bambaren que había logrado la santificación en vida haciéndose pintar recibiendo la mano de Cristo en camino al paraíso celestial, nada menos que en el altar mayor de la Iglesia de Nuevo Chimbote de la provincia de Santa. Estaba feliz y todos los malos pensamientos se le despejaron. Terminado el abrazo, y aturdidos por el frío, doctor e ingeniero se subieron a la camioneta.
–¿Y ese crucifijo?, antes, usted no lo llevaba –inició la conversación el ingeniero.
–Siempre, lo llevo conmigo , sólo que antes no lo mostraba.
–A propósito, me gustaría saber acerca de la cruz que usted está buscando.
–Es la aproximación más cercana a la esvástica, conozco la historia de la cruz sólo quiero ratificarla, sucedió en una sociedad antigua de por aquí –el doctor manipuló su crucifico y apareció una fotografía en un visor, tipo celular–, es ésta. 
–La tengo, Dios mío –dijo el ingeniero.
–¿Dónde la tienes, en tu casa?.
–¡En el museo de Cabana! – respondió en primera, no podía entrar en rodeos, el ingeniero, el doctor leería su pensamiento.
–Vamos a Cabana.
–Sí vamos, por ahí tengo que regresar, tres horas a Cabana.
–Que sean cuatro, para no contaminar el ambiente.
–Lo que usted diga, Doctor. Vamos.
–Vamos y trataremos de no entretenernos con los lugareños.
–Sí, de acuerdo. ¿Puedo preguntarle algo?.
–Sólo pregunta y te respondo.
–¿Sigue usted en Alemania?.
–Vivo en otro planeta, muy lejano a éste.
Mutismo en el preguntador, y miedo, incredulidad.
–¿Otra vez dudando? –dijo el doctor.
–No, no, no, cómo cree. No dudo para nada.
–Entonces sigue preguntando.
–¿Cómo llegó hasta la laguna?.
–Bueno, precisamente ahora no llegué, soy una réplica de mí mismo, estoy aquí y en otras partes si así lo quisiera.
–Como Dios en todas partes.
Y ahora estaba multiconfundido, el ingeniero, no podía dejar de dudar y creer a la vez. El doctor lo dejó sumido en dudas y cavilaciones, no quería interrumpir porque al ingeniero le resultaba imposible comportarse de otra manera, el doctor lo sabía, era la naturaleza humana, la misma que él tenía, dejó que la mente del ingeniero se portara como tal, iba al volante y otro golpe de sorpresa podría hacer que perdiera el control de la camioneta. Por fin volvió a preguntar.
–Aquella vez que le conocí ¿también fue una replica de usted mismo?.
–Aquella vez llegué en mi propia nave que estacioné en la laguna de Pelagatos.
–¿Cuántos años demoró en llegar?.
–Horas, menos horas que a Cabana.
–¿Tan cerca está el planeta de donde viene?.
–Infinitamente lejos.
Y nuevamente el infernal mutismo lleno de dudas en el ingeniero, mientras se desplazaban por la polvorienta carretera, que pasó de largo por el pueblo de Pampas sin fijarse en la multitud que lo esperaba, y eso estaba bien, funcionaba el viaje sin interrupciones sin que siquiera pudiera darse cuenta el ingeniero. Y ya en la serpenteante y polvorienta carretera que va a dar a la confluencia de los dos ríos para dar origen al Tablachaca, volvió a preguntar.
–¿Cómo se puede llegar tan rápido de un planeta infinitamente lejano, doctor?.
– Sé que conoces algo de magnetismo.
–Vagamente, muy poco, casi nada.
–Suficiente. Vine por un carril electromagnético, en otras palabras, por líneas de fuerza de diferentes campos magnéticos.
–Creo que tendré que estudiar mucho de magnetismo, mientras tanto no podría entenderle perfectamente.
–Te comprendo.
–¿Qué combustible usa su nave?.
–Ninguno, fuerza magnética. Aunque a veces se hace necesario usar hidrógeno.
Campos magnéticos, líneas de fuerza carril en el vacío, todo eso totalmente inalcanzable para un ingeniero de minas ensamblado para transformar rocas en minerales, pero seguiría preguntando porque ya se estaba acostumbrando a escuchar esa realidad, abstracta para él, y común y real para el doctor.
–Doctor, ¿o sea que aquella vez que abordó el camión rumbo a Trujillo, usted se fue a la laguna?.
–Exactamente.
–¿Y si yo le hubiera ido a buscar en Alemania, no le hubiera encontrado?.
–Sí, porque tenía que entregar la pacra allá, era parte de mi misión.
–¿Y su nave, se quedó en la laguna?.
–No, me estacioné en un lago de los Alpes. Ya había estado antes, ahí, y en otros lagos, también.
–¿Sabía usted que por esos días desapareció una muchacha en la laguna de Pelagatos?.
–¡Amatista!, sí, volví a la laguna para llevarla a mi planeta y regresé para establecerme en Alemania. Amatista era una criatura inocente aún, que merecía ser rescatada de este planeta. No, no sientas celos, no la llevé para mí, la llevé para salvarla, ella vive allá y es muy feliz.
–La buscaron en la laguna hasta agotar todos los medios, y ni rastro de ella, los buzos dijeron que posiblemente fue atrapada y digerida por las plantas acuáticas de lo más profundo de la laguna, los ingenieros decían que fue atrapada por un remolino que hay al fondo y al otro extremo de la laguna y que da origen a una corriente de agua subterránea, pero otros decían que fue engullida por un monstruo acuático que tiene un solo ojo como faro de camión y que por las noches emerge desde allá desde el otro extremo de la laguna para inspeccionar su dominio.
–Lo siento por todo lo que ocasionó su desaparición, pero fue por su bien, y si tú no me abandonabas aquella vez en la puna, también hubieses ido conmigo. ¡Caramba!, vieron el faro de mi nave como el ojo de un monstruo, interesante, eh. 
Pensar en esa pasada posibilidad le entregó un mundo de felicidad, imaginando su vida a lado de la mujer que amaba, hubiese sido su primer hombre y ella su primera mujer, en un paraíso desconocido que aún no imaginaba.
–¿Cómo era esa nave suya, la tenía sumergida en la laguna?.
–Ahora está ahí, y no sumergida, aunque podría estarlo.
–No la he visto.
–No podrías verla, nuestras naves tienen un camuflaje que refleja todos los rayos de luz y absorbe las ondas sonoras. En verdad, son naves muy simples, ¿no crees?. Son de forma cónica regulable, compuesta por troncos de cono huecos y concéntricos, que se alargan y se acortan según se necesite despegar, estacionar o navegar, y funcionan con energía magnética. Inicialmente, nuestras naves no respondían a la energía magnética cuando entraban a la atmósfera de los planetas, entonces se hizo imprescindible el uso de hélices y propulsión a reacción dentro de la atmósfera, usando hidrógeno como combustible, hélices para controlar el descenso, ascenso y movimiento radial dentro del planeta, y propulsión a reacción para despegar. Ahora nuestras naves, además de energía magnética, siguen usando hélices y propulsión a reacción en desplazamientos internos dentro de los planetas, como alternativa de diversificación de uso. Podríamos haber ido al museo de Cabana con la nave, pero, para qué, si además tiene sesenta metros de diámetro. Siempre nos hemos estacionado en lagos y mares para obtener el hidrógeno que necesitamos, pero preferimos los lagos de agua dulce porque la salada es corrosiva.
–¿Cómo es el planeta en el que vive?.
–Muy parecido a éste, sólo que un poco más grande.
–¿El doble?
–Sólo un 20 % más .
–Quiero preguntarle algo, pero no lo tome a mal.
–Sí ya sé, me ves igual que antes, para ti no he envejecido nada, es que nuestro promedio de vida es de mil años.
–¡Ay chucha!
Esa edad si le era familiar porque procedía de padres católicos y se formó en un mundo católico, y bien lo sabía por eso que registra la Biblia sobre Matusalén y los otros hombres bíblicos de larga vida.
–Justamente, lo que estás pensando, ahora comprenderás el porqué te dije que soy tu pasado.
–En un inició acepté la existencia de esos hombres de Dios, pero, después razonando un poco, pensé que los años de aquellos tiempos eran algo así como los meses de ahora.
–Razonamiento equivocado, porque aquí me tienes.
–¿Y porqué ahora nuestra vida es más corta?.
–La de los humanos terrestres, pero no la mía ni la de los demás de mi planeta, tengo cuatrocientos treinta y cinco años.
¡Cuatrocientos años!, con cuatrocientos años Pedro Bermúdez sería dueño del planeta tierra, para qué más, todo un planeta para el solito, a todo lujo y a todo dar, y hasta me lanzaría al espacio con mi propia nave a la conquista de otros mundos, ya quisiera yo tener la larga vida que tiene este…
–Justamente, la codicia, el egoísmo, la desmedida ambición y todo eso, propio de ustedes, han desgastado la vida de los terrenales, tú mismo lo estás explicando en tu pensamiento, mi querido ingeniero.
–Perdón Doctor, mi Doctor, Dios mío, he pecado de pensamiento.
–Pero también de obra.
–Perdón, no fue mi intención.
–No pidas perdón, es tu naturaleza moldeada en este planeta.
Su pensamiento se concentró en Amatista, la temprana mujer que removió su corazón, qué estaría haciendo por allá por ese planeta tan lejano, cuanto de vida tendría.
–Amatista vivirá mil años, si eso te tranquiliza.
–Me gustaría vivir con ella, dejaría todo en este mundo y me iría para allá si usted me concede el favor.
–Estás demasiado contaminado para ir allá pero no imposibilitado.
–Entonces, ¿me llevaría?.
–Primero vayamos a Cabana, quiero ver esa piedra, mientras tanto puedes seguir preguntando algo que quieres saber.
–Eso de que Adán fue hecho de barro y Eva de la costilla de él, me parece muy ingenuo –dijo eso, el ingeniero, y se persignó.
–Bueno, no precisamente fue hecho de barro, arcilla moldeable, es una forma de explicar que el humano es moldeable, adaptable, social y ecológicamente, lo cual explicaba la adaptación de mis antepasados en la tierra después de repetidos intentos. Luego, eso de la costilla, no es más que una explicación disimulada de lo que ustedes llaman ingeniería genética que tuvo que aplicarse para la adaptación en este planeta, ya que existía el antecedente de que todas las mujeres que antes vinieron en pareja en misión de colonización se aterrorizaban hasta no más en este mundo, que terminaban pariendo hijos de igual apariencia terrorífica. Eran sus hijos extrañas criaturas que se lanzaron a poblar las junglas.
Qué explicación era ésa que tiraba por la borda sin asco alguno todas las teorías del origen del hombre en la tierra, el ingeniero admitía que el hombre fue creado por Dios, pero también admitía que el hombre descendía del mono, pero jamás se preguntó el porqué Dios no sigue haciendo hombres tan puros como el primer hombre, como jamás se preguntó el porqué los monos no siguen originando más hombres. Estaba acostumbrado a trabajar con normas, normas técnicas y administrativas, normas de calidad, de calidad total, bajo las cuales debería enmarcarse, estaba acostumbrado a que lo impusieran, aunque nadie le había impuesto trepar y subordinar a como de lugar, lo practicaba porque era una norma impuesta de hecho por la sociedad, pero entonces nadie le imponía nada y no tenía porque aceptar la explicación.
–Perdón, Doctor, pero no me convence.
–No tengo porqué convencerte.
–No, no, usted es Dios. No hay más que comprender. Le he visto caminar sobre el agua.
–Bueno, sí, se puede levitar tranquilamente sobre el agua por magnetismo controlado por un ordenador, recuerda que el agua es un buen conductor de electricidad, y si a esto sumamos el poder magnético de la montaña, entonces también se puede levitar fuera del agua.
–Bueno, eso si no está a mi alcance, sinceramente.
…
–Usted dijo “Eran sus hijos extrañas criaturas que se lanzaron a poblar las junglas”, ¿ me podría explicar con mayor detalle?. 
–Con todo gusto, pero, pero para la camioneta para que puedas escucharme perfectamente.
–Justamente, me moría por un cigarrillo.
Frenó y estacionó la camioneta al costado derecho de la carretera, venía tan compenetrado en aquella conversación de otro mundo que no tenía ojos para admiran los campos amarillentos prometedores de buena y madura mies que tenía al frente, y le pareció que la camioneta había levitado hasta estacionarse ahí donde ahora estaban, porque no pudo percatarse de su paso por abajo por la confluencia de los dos ríos. Ahora estaban ya frente a la campiña de Shindol, en una saliente de la ladera, y por abajo circulaba el turbio río Tablachaca, que más turbio se tornaba con la avalancha de rocas y tierra que caían a su cause desde la misma cima del cerro Parihuanca. Ahí trabajaba otra minera a tajo abierto en busca de oro, y arrojaba sus desechos al río, la Minera SS, no de las cámaras de gas, sino, la de los ambientes de polvo, trabajaba por las noches para disimular la polvareda, y por eso los campos amarillentos y no por la mies madura. ¡Qué estupidez!, exclamó el doctor mirando al Parihuanca, eso y nada más, dijo, porque tenía que complacer al ingeniero.

–Ponte cómodo. Bien. Cuando mis antepasados se enteraron que nuestro planeta quedaría desierto en cinco millones de años, perfeccionaron la navegación espacial y empezaron a buscar planetas similares al nuestro para colonizarlos, y encontraron éste, entonces de exuberante vegetación, agua y agua limpia en todas sus formas, aves y más criaturas que las que ahora tiene. Los cosmonautas nunca regresaron porque les tomó casi toda una vida llegar hasta aquí, pero reportaron lo que encontraron. Con toda la información obtenida los científicos optaron por mandar hasta aquí jóvenes parejas de humanos en sendas naves, que controladamente se reproducían en el trayecto. Ya aquí, se estacionaron en diferentes lagos y mares entre lo que ustedes llaman trópicos, la reproducción arrojaba crías deformes en lugar de humanos, era de esperarse, porque el proceso de reproducción se estaba dando en condiciones diferentes a la naturaleza del planeta de origen, así que el humano deformó gradualmente hasta llegar a lo que ustedes llaman monos. Y ahí quedó todo, porque, mientras tanto, mis antepasados habían encontrado un planeta semejante al nuestro, y además unido a él por un carril magnético que reducía notablemente el tiempo de viaje. Y abandonaron el planeta de origen antes de que fuera demasiado tarde.
–¿O sea que usted?.
–Sí, yo vengo del planeta conquistado, el planeta moribundo gravita alrededor de un planeta de masa ochenta veces mayor.
–¿Y no tenía vida el planeta ese?.
–Sí, y tan cerca del planeta de mis antepasados, poblado con criaturas gigantescas, entre ellas seres que dominaban ese mundo, parecidos a nosotros, pero con un solo ojo.
–¿Porqué no lo colonizaron?
–No fue posible vivir ahí, los que iban quedaban pegados a la superficie, la adaptación hubiese sido muy penosa, ni hablar, además estaba superpoblado.
–Usted dijo “Y ahí quedó todo”. Si ahí hubiera quedado todo, usted no estaría aquí.
–Claro, quise decir que ahí quedó el intento de colonización de la tierra, pero, además, la tierra ya era parte nuestra, habíamos enviado aquí a nuestros semejantes y degeneraron, y vino la inquietud por ellos, el querer saber que pudo haberles pasado. Nuestra navegación espacial había alcanzado ya gran nivel, habíamos superado en eso a otros habitantes de otros planetas, y empezamos a venir como de paseo. Se dio inicio a un proceso de adaptación, ya te he mencionado, lo que aquí se llama ingeniería genética, se puso en práctica en eso que ustedes llaman Edén, se puso en práctica en lo que ahora se llama Europa, Asía, África y América, en épocas diferentes, estaban vigilados por nosotros. Y algunos milenios después los colonizadores perdieron la capacidad de comunicarse mentalmente, no resultó la adaptación conforme lo esperábamos. Los terrestres obtuvieron rasgos diferentes según sus colonias, se habían formado razas, las que todos conocen. No trabajaban, ¡para qué en un mundo de abundancia!, la ociosidad los llevó a inventar juegos para entretenerse y nació el odio entre contrincantes hasta destruirse mutuamente disputándose la supremacía. No atendían nuestros consejos y se sublevaron contra nosotros porque nos consideraban extraños, extraños pretendiendo apoderarse de la tierra que la consideraban suya. Por su rareza y maleabilidad les enseñamos a trabajar el oro, nada más para que se entretuvieran, y consideraron que nosotros estábamos interesados en el metal para construir nuestras naves, era natural que pensaran eso, las naves, ocasionalmente, brillaban y aún brillan como el oro, ya te había dicho que reflejan todos los rayos luminosos. Inspirados por el reflejo de nuestras naves se lanzaron a la conquista del oro, en todas las colonias, para construir sus propias naves y seguirnos, y al no poder construirlas le dieron al metal un trato divino, y lo apostaban durante sus juegos. Hubieron escasos humanos que conservaron intacta su naturaleza primigenia, así que con ellos manteníamos reuniones en nuestras visitas, y nos apartamos de las muchedumbres, sólo manteníamos comunicación con nuestros escogidos. Oro y más oro, se formaron grupos delimitando territorios, y se inventaron guerras para conservarlos, y para ganarlas reclutaban a los jóvenes ¡a la fuerza!, las madres lloraban estos arrebatos porque sus hijos no regresaban con vida, y se apoderó en ellas el miedo por procrear que de tanto miedo por perder lo mejor de lo creado, perdieron su capacidad de ovulación, aquella capacidad de procrear de por vida, y lo peor, en ese infierno de guerras sin sentido se les acortó significativamente la vida. Teníamos el poder para destruirlos, pero no es nuestra naturaleza usar tal poder, así que, los nuestros, para hacerse escuchar, tuvieron que decir que eran hijos de un Ser todopoderoso, creador del universo y dueño de las criaturas de la tierra, pero los líderes de los otros, en ciego afán por dominar, también se hicieron llamar hijos de Dios. Los dominantes sabían de nuestra existencia, y decretaron leyes que impidieran a los terrestres todo acercamiento con nosotros. Empezamos a recuperar a los nuestros, pero se quedaron los intermedios, ¡y nos imploraban!, y en sus manifestaciones artísticas disimuladamente nos perennizaban con la esperanza de que los llevásemos con nosotros, pero no podemos llevarlos a todos los que quieren, sino, a los que nosotros elegimos.
No hubo más, el doctor lloraba y el otro , el otro roncó su camioneta y a Cabana, inundando el ambiente con polvo de carretera. 
Ingresaron al museo, y el doctor acarició la piedra cuadrada recorriendo el grabado en bajo relieve. Y lloró como un niño. No era más que una hélice de cuatro aletas, idéntica a las hélices de las naves que él muy bien conocía. Y una escultura de piedra, ni más ni menos, la cabeza de un cosmonauta. Y todos esos gravados curvos en cerámicas y otras piedras, formas aerodinámicas, fluidos aerodinámicos, corrientes de aire expulsadas por las hélices. Y portezuelas, y añadiduras de naves espaciales, todo eso que cualquiera no podría ver. Celular a la oreja, el Alcalde y su séquito llegaban en busca del ingeniero, “unas cervezas antes del almuerzo”, corearon. El doctor Dieter, dijo el ingeniero, qué doctor ni que nada, ellos no podían verlo, sólo el Ingeniero. El doctor se subió en la camioneta y el ingeniero también, dejando perplejos a los demás, e iniciaron el retorno. Aún había interrogantes.
–Doctor, porqué te portaste insolente, ése era el Alcalde.
–Era inútil, ingeniero, ni él ni los demás podrían verme.
–¡Oh!, mi Dios, perdón, pero, ¿qué encontró usted en ese museo que se puso a llorar?.
–La cruz, mejor dicho la hélice, de esas que tienen nuestras naves, cosmonautas y mucho más.
–Bueno, sí, claro, lo que resaltan esas dos piedras, parecen hélices, pero no son más que molinetes de maíz de los indios. Pero, ¿cosmonautas y más?.
–¿Cosmonautas?, creo que no te diste cuenta, hay gravados que evidencian cosmonautas, pero hay una escultura reveladora semejante a las que ustedes llaman cabeza clava de Chavín. Por ahí, talvez se encuentre un cosmonauta en tamaño natural, parecido al lanzón de Chavín, expresión fundida de un cosmonauta y su nave.
Se le aclararon las ideas al ingeniero, se acordó, inclusive, que los fundadores del imperio incaico salieron del lago Titicaca, y el Dios de los mochicas, del mar. Todo estaba claro, ahora. Y el doctor, no era más que un científico de Alemania que había alardeado de su procedencia extra terrestre, y recién de su invisibilidad para los demás.
–¿Otra vez dudando?.
–Sí pues, Doctor, cómo es eso de que usted es una réplica de usted mismo.
–Es muy simple, me he subido en mi planeta a un ordenador y me he disparado por todo el universo donde hay una nave como la que tengo en Pelagatos.
–¡!.
–Se nota que no te has dado cuenta cómo funciona eso que ustedes llaman Internet.
¡Otro mutismo!, y ahora hasta llegar a la misma loma de Ferrer, la tierra de Toledo, ahí se paró el ingeniero, sin saber porqué lo hacía, sólo se detuvo en plena loma. El doctor manipuló la cruz que llevaba al pecho, y le dijo:
–Esta cruz, así como la esvástica, la hoz y el martillo, la cruz cristiana y tantas otras, son hélices muy bien disimuladas por artistas, hélices empotradas en las bases de nuestras naves. Ya te he dicho que se decretaron leyes para alejarlos de nosotros, se instituyó el terror en nombre de Dios, aquel que osaba revelar la verdad era condenado a morir. Bien, y de todas las cruces conocidas, la del museo de Cabana es la más reveladora, es idéntica, tallada por un gran hombre que no le temía a nada, lo rescatamos y vivió con nosotros. Ese hombre, ese hombre era mi bisabuelo, y por lo mismo, yo amo a este planeta.
Y manipulando la cruz apareció en la pantalla, ¡Amatista!, la mostró al ingeniero, y él la vio como en aquellos tiempos, muy hermosa, como en sus primaverales años. Sonó el celular del ingeniero, ¡Piter!, dónde estás, Piter, Piter porqué no llamas, nosotros por aquí preocupados y tú, ¡nada!… Sí, mi amor, mi reina, mira ve, es que, nada…
Nada, pues, nada se hizo el doctor desapareciendo en silencioso relámpago rumbo a Pelagatos, mientras el ingeniero enmudecía por la sorpresa.
Pero qué, no pasó mucho tiempo y salió de su ensimismamiento.
Dos de la tarde, se dijo el ingeniero, mientras guardaba el celular. Hinchó el pechó y se subió a la camioneta, ahí se detuvo un momento para decidir el viaje a Lima, ¿por Cabana o por Llaymucha?, mejor por Llaymucha, así tendré que pasar por Pallasca y hablar con las autoridades, no está demás, que me vayan conociendo por si La Minera tenga algo por ahí, sólo un saludo y nada más, debo llegar a Lima como sea. Mejor, ¡machete en tu vaina!, nunca dejes lo seguro por lo incierto, me repetía mi padre. Medía vuelta, carajo, pasaré veloz por Cabana, qué almorzar ni qué nada, tengo galletas y gaseosas, por aquí cocinan que es un asco. ¡A Chimbote! y luego a Lima.
Llegó a Lima, a la misma Molina, a las tres de la madrugada del siguiente día. Y la siguiente semana trabajó perfilando el Informe. La última de las siete recomendaciones contemplaba:
“Entregar veinticinco mil soles a cada comunero para aliviar la pobreza en la que se encuentran”.
No era una recomendación técnica, no encajaba en la plantilla que tenía como modelo, lo recomendó porque en fin, porque no tenía más que recomendar, y porque se le había ocurrido en el viaje. Lo recomendó sin imaginar que seis meses después La Minera compraría la felicidad de los lugareños con veinte mil soles por cada comunero. Llegaron en helicóptero para entregar el dinero, y los comuneros aplaudieron a rabiar desde antes que aterrizara hasta después que despegó y se perdió rompiendo el horizonte. 
Pedro Bermúdez Lavado, el ingeniero, había remitido un Informe de cien páginas, con fotos, estándares, monitoreos, mapas y tantos otros anexos de relleno.
Dos semanas, nada más, había invertido el funcionario en el Informe de Impacto Ambiental, una en trabajo de campo y otra en oficina. Y ahí estaba, otra vez, ahí tras del escritorio, en lo que él llamaba su oficina, en un edificio de siete pisos de La Minera, en Surquillo, sentado en el sillón que se balanceaba con el bambolear del funcionario minero de confianza de La Minera, ahí ojeando algunos papeles y contestando el celular con la portátil computadora abierta alertando me gustas y comentarios por el nuevo estado del funcionario “Los pobres del país por fin serán ricos gracias a la explotación del oro”, mientras sonaba persistentemente el teléfono fijo… Descolgó el teléfono, y ¡oh!, ¡sorpresa!, desbordante alegría, lo felicitaba por el Informe el mismo Presidente del Directorio, para que vean quiénes somos los Bermúdez, sí, pues, pero, también, de otro lado, el mismo Presidente lo destacaba a trabajar en Magistral como Jefe de Seguridad Integral, y esto, esto sí que lo catapultó. Comprendió que era el inicio del fin, luego lo despedirían, por eso entró en angustioso aturdimiento, y recordando se quedó dormido para siempre, muerto, sentado en el retrete.

 

Walter Elías Alvarez Bocanegra
  Chimbote, revolución industrial.
–Cuándo, cómo, dónde, nació Chimbote –pregunta el historiador.
–¿Chimbote?, ah, sí, claro –responde la fuente histórica:
Chimbote es un pequeño pueblo situado a 640 kilómetros al norte de la capital peruana, entre una hermosa bahía y una verde campiña. Por largos años vivió una vida apacible encerrado entre los altos picachos andinos y la costa del Pacífico. Nada turbaba la invariable y sosegada actividad de sus agricultores y pescadores, pero de súbito, un vértigo de modernidad sacudió todo y hoy el antiguo silencio es roto por el ruido de las excavadoras mecánicas y las explosiones de la dinamita, mientras el mundo entero vive la angustia de una guerra, socialismo y capitalismo brindan con el mismo vodka.
Todo el pueblo y la región que le rodea pasa rápidamente de la etapa agrícola a la industrial. Es muerte del feudalismo y nacimiento del capitalismo. Tres nuevas fuentes de riquezas, carbón, hierro y fuerza motriz, harán de Chimbote un importante centro industrial y abrirán al Perú un nuevo y amplio horizonte industrial que le librará de depender tanto de las importaciones, al mismo tiempo que ofrecerá miles de nuevos empleos a su mano de obra y diversificará su economía nacional. Los indios de hacienda de los andes dejaran a sus patrones a quines vienen sirviendo en forma gratuita y se emplearán en Chimbote.
Gigantescos afloramientos de carbón yacen en las altas montañas que se levantan al noreste del pueblo. Desde estas minas, en la provincia de Pallasca, dos angostas líneas ferroviarias zigzaguean a través del difícil terreno y convergen en una siguiendo hasta el valle del río Santa, y desde ahí hasta Chimbote. 
América para los norteamericanos, no, “América para los americanos”, Estados Unidos dicta las normas, Manuel Prado es Presidente, es el nuevo entreguismo para el nuevo colonialismo, ya lo volvería a decir Miguel de Unamuno “Y, en cambio, ahí están los grandes rapaces de la historia americana: Daza, Prado, etcétera: ¿qué hicieron con el fruto de sus rapiñas?. Ir a gastarlo a París o a cualquier otra parte. No eran grandes ambiciosos, no eran hombres sedientos de gloria; eran codiciosos, sedientos de goces”. Estados Unidos dicta las normas y crea instituciones de apoyo desde hace tres años atrás, por medio de un programa cooperativo de salubridad y sanidad en las repúblicas americanas, dicho programa crece ahora como garantía de prosperidad. La lucha de los países de América contra las enfermedades no es nueva, ya en 1873 se efectuaron algunas reuniones regionales con la idea de dominar ciertas epidemias, y la Oficina Panamericana de Salubridad ha estado funcionando desde hace mucho tiempo, pero nada de lo hecho hasta ahora se puede comparar con el programa de salubridad que se formuló en la Conferencia de Río de Janeiro a principios de 1942. Hoy día hay más de trece mil personas de ambos sexos ocupados en la tarea sanitaria panamericana, algunas proceden de Estados Unidos, pero los más son de los países latinoamericanos. Parte de su trabajo consiste en proteger la salud de individuos que también desempeñan trabajos importantes aunque de otra índole, por ejemplo, los caucheros del valle del Amazonas, los trabajadores que extraen fibras en Centro América, los mineros que arrancan al subsuelo sus tesoros, los cargadores de los puertos y los campesinos que recogen los frutos de la tierra. La misión de esos hombres, esparcidos en todo el territorio de América, es satisfacer las necesidades de las Naciones Unidas, y su participación es comparable con la de un soldado en el campo de batalla. Las bajas que producen las enfermedades entre ellos son comparables con las que causan las balas entre las tropas. El objetivo de la campaña sanitaria interamericana es evitar esas bajas o reducir el periodo de inutilización cuando ocurran.
Casi todos los países que hicieron convenios cooperativos, después del ataque a Pearl Harbor, los han prolongado por un termino de dos años. Los arreglos estipulaban que los Estados Unidos prestarían cierta asistencia técnica y monetaria por intermedio del Instituto de Asuntos Interamericanos, y que cada nación interesada aportaría el resto.
Que las enfermedades no respetan fronteras está probado por el hecho de que reinan en el sur de los Estados Unidos, tales como el paludismo, la disentería y las afecciones parasitarias hacen estragos igualmente en muchas repúblicas del sur.
Un análisis practicado recientemente revela que se han terminado o están en vías de realización unos setecientos trabajos de diversa naturaleza en las repúblicas americanas. Se han llevado a cabo unas trescientas obras de mejoramiento local, tales como la destrucción de criaderos de mosquitos, la construcción de acueductos y cañerías, y muchas otras obras semejantes. Se han erigido ciento cuarenta edificios para hospitales, clínicas, enfermerías y dispensarios, y, se ha prestado ayuda a doscientas instituciones. Se han practicado estudios de ciertas enfermedades, y se han abierto cursos de instrucción para enseñar a los que deben velar mañana por la salud pública. Las obras de sanidad que se han emprendido son tan variadas como los propios recursos de los países americanos, y abarcan desde la instalación de puestos para combatir el paludismo hasta la construcción de clínicas en ciudades grandes como Santiago de Chile. Hoy cuenta cada nación con cuerpos de peritos sanitarios y de médicos que han estudiado en las mejores universidades del continente y practicado en los mejores hospitales.
En tal sentido, el agua para consumo humano e industrial llegará a Chimbote desde allá del mismo valle del Santa, al norte del pueblo, donde se están construyendo grandes pozos tubulares. Además se está construyendo un canal de desagüe para eliminar así los criaderos de mosquitos, que son una de las principales causas del desarrollo del temible paludismo, así mismo los charcos son regados con petróleo para matar las larvas de mosquitos. No sólo los médicos e ingenieros del proyecto, sino los obreros gozan también de cómodos, higiénicos y modernas viviendas para proteger su salud.

La fuerza motriz será producida cuando se atajen en una represa las torrenciales aguas del río Santa.
Los yacimientos de hierro están mucho más remotos, a cerca de mil trescientos kilómetros hacia el sur, pero tan próximo al mar, que será fácil llevar la mena en barcazas hasta Chimbote.
La tarea de construir la represa, base fundamental del nuevo desarrollo industrial, fue acometida recientemente. Pero ello no fue idea nueva, por mucho tiempo se vio en esas aguas un preciado tesoro, para quien pudiera contenerlas y convertirlas en fuerza eléctrica.
Cierto día, antes de la primera guerra mundial, un joven ingeniero peruano pasaba por el escabroso Cañón del Pato, cerca de Chimbote, cuando se le ocurrió medir la vertiente del río. Después de caminar varios kilómetros consultó su barómetro aneroide, resistiéndose a creer lo que veía. Para comprobar la lectura del barómetro volvió atrás del terreno andado, obteniendo de nuevo el mismo resultado: un declive de mil cuatrocientos pies en solo diez kilómetros. He aquí, se dijo, fuerza suficiente para mover turbinas y producir electricidad suficiente para una colosal industria. 
Y hoy, en ese mismo desfiladero del valle del Santa, se levanta un campamento al que sus setecientos moradores llaman “Hidroeléctrico”. Esos mismos obreros levantan sobre la roca viva una obra que rendirá ilimitados beneficios a su país. Varios edificios han sido construidos: un hospital, una escuela, talleres oficinas y trece viviendas que alojarán, algún día no muy lejano, al personal que tendrá a su cargo el funcionamiento de la planta hidroeléctrica. Los planes son instalar cinco generadores, cada uno capaz de producir 25.000 kilovatios. Se espera que dos de ellos estarán construidos para fines del 1945.
Simultáneamente, Chimbote se transforma de una aldea agrícola en un importante puerto de mar. Numerosos camiones arrojan en el pacífico toneladas y toneladas de rocas arrancadas por la dinamita y las grúas en las inmediaciones del pueblo. Dentro de poco el promontorio artificial de rocas se adentrará dos mil seiscientos pies en la bahía de Chimbote. A su extremo se construirá un muelle de concreto, equipado con moderna maquinaria apropiada para el transporte de carbón y de la mena de hierro. Mediante estos nuevos métodos que permiten cargar cuatrocientas toneladas por hora, será posible para un barco que llegue de noche, zarpar de nuevo a la mañana siguiente. Además una profundidad de veintiséis pies permitirá a los barcos atracar al muelle. Ya está construido un muelle más pequeño que se extiende mil trescientos pies desde la costa, provisto de cuatro grúas para usarse por embarcaciones más reducidas. El Perú importaba casi todo el carbón que consumía. Ahora después de toda esta asombrosa transformación, le ha sido posible exportar en cinco meses 18.000 toneladas de carbón con destino a sus países vecinos.
Cuando la producción anual de carbón en Chimbote llegue a 300.000 toneladas que se calculan, Perú será también dueño de una reserva de 90.000 toneladas de residuos de carbón que resulta muy menudo para la exportación. Estos fragmentos pueden mezclarse con brea para fabricar coque que a su vez servirá de combustible en los hornos y fundiciones que convertirá a Chimbote en la Ciudad Siderúrgica del Perú, como también pueden mezclarse con melaza para fabricar briquetas para exportación. Los ingenieros han procedido a ensayar perforaciones en la zona de Marcona, al sur de Chimbote, e indican que el terreno guarda millones de toneladas de mena de hierro.
Por ahora no se podrán construir las fábricas de acero, ya que debido a las condiciones bélicas es imposible conseguir maquinarias. Pero de acuerdo a los planes, estarán dotadas de un gigantesco horno con capacidad de trescientas toneladas, así como toda otra clase de maquinaria moderna. Posiblemente la escoria que quede será utilizada para producir cemento, esto a su vez será el comienzo de otra industria. De ese mismo modo, el gobierno peruano proyecta desarrollar otras industrias para poder ofrecer gran variedad de productos al mercado exterior y para satisfacer las necesidades de la creciente población en dicha región. 
Para coordinar todas estas actividades de fomento industrial fue establecida la Corporación Peruana del Santa, con un capital autorizado de 100.000.000 de soles, subscritos por el gobierno, quien ya ha satisfecho cerca de una octava parte de esa suma. De acuerdo con los planes, el gobierno controlará las empresas de servicio público, tales como la central hidroeléctrica, los ferrocarriles y las minas, mientras que se estimulará a la industria particular a establecer fábricas y hacer uso de todas esas facilidades. Y también, se instalarán cantinas por doquier y burdeles hasta el amanecer para tranquilidad de la masa trabajadora.
–Está mal este artículo, todo el mundo sabe que la distancia de Lima a Chimbote no es más de 440 kilómetros –comenta el lector.
–Depende, depende de si se mide la distancia por tierra, aire o mar –sustenta el ingeniero.
–La medición tendría que ser en línea recta, en tal caso hay 370 kilómetros –afirma el matemático.
–Bueno, son datos nuevos de fuentes nuevas, todavía no son historia –aclara el historiador–, pero, cuándo y cómo nació Chimbote.
–Chimbote nació cuando, los serranos llegaron en manadas…, cuando los moches…, cuando los chavín…, cuando los españoles fundaron el Casino Español. Antes que utilizaran como pretexto el terremoto del 1970 para levantar la línea férrea. Antes que la siderurgia fuera tratada como tierra de nadie. Antes que la pesca fuese un pretexto para traficar con cocaína. Chimbote nació antes que Monseñor Bambaren se santificara en vida en la Catedral de Nuevo Chimbote, mucho antes que el cadáver del Monseñor desapareciera de las catacumbas del cerro de La Paz para ascender al cielo. Chimbote nació como Dios manda un día cuando él, aún no estaba enfermo. 
–Datos que tendrás que escribir para yo tener que contar –responde la historia.

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07:03


Walter Elías Alvarez Bocanegra
El último afán.
Es ella otra vez, como ayer, como anteayer y como toda la semana, una semana ya, sólo que ayer no tenía esas manguerillas asidas a las narices. Ahí está, pegada al cristal de la ventana, su mirada se dirige al este, hace caso omiso a las celadoras de cama de hospital, luego baja la mirada y observa la vía congestionada de vehículos, la avenida Salaverry en Jesús María. Creyó que ayer saldría del nosocomio, se preparó para salir pero no pudo, su cuerpo no respondía, se desvanecía. Anteayer estuvo mejor y también creyó que saldría de ahí, pero no pudo, su cuerpo se desvanecía menos que ayer y creyó que debería ponerse mejor para salir y por eso espero al día de ayer, y no pudo, y esperó para hoy pero tampoco puede, está peor, y con manguerillas, todo está perdido. Pero saldrá, es su afán, conoce el hospital de memoria, como cualquier jubilado.
Sale de ahí sin manguerillas, caminando en retroceso, inicialmente los pies se le pegan al piso, luego se le van aliviando, va por el pasadizo, el ascensor se abre, se cierra, ella desciende, se abre nuevamente. Ella pasa entre el gentío, todos se apartan, jamás han visto caminar a una mujer de tal manera, sonríe mientras se desplaza por Rebagliati hasta la esquina. El mismo bus que la llevó está estacionado en la avenida Salaverry, justo en la esquina, le resulta difícil subir de espaldas, pero lo logra, su deseo de vivir es más fuerte que la buena voluntad de la buena mujer que quiere llevarla al hospital, una semana ya que la llevaba, entonces la buena mujer iba tranquila, ahora la buena samaritana regresa con pesadumbre porque ella no quiere quedarse en el hospital.
Le resulta muy pesado volver a casa de retroceso, pero la casa es la casa, la casa es la vida y en la casa la muerte es dulce. Y llega a la esquina de la casa, con el bus en retroceso, y ella se baja caminando con la espalda por delante, y a medida que avanza el cuerpo se le sutiliza, va caminando a la gloria, segura que la encontrará. La mujer que le acompaña voltea y la abandona en la misma puerta de la vieja casona, ahora infernalmente convertida en tugurio albergando a mucha gente. Ingresa hasta su habitación en el segundo piso, en el barrio Rimac, al costado del río, muy cerca de Palacio de Gobierno, un puente y una cuadra los aparta, se vuelve y queda frente a frente con la cerradura de la carcomida puerta; penetra la llave, cruje el madero entre telarañas y polvo, flamean las blanquisucias cortinas, y por fin.
Se siente libre y como volando ingresa al dormitorio, se sienta en la cama, chirrían resortes, jala la gaveta del velador y extrae un diario amarillento, su propio diario, lo abre sobre la mesita caoba.
“¡Oh!, diario, tú que sabrás de mí mucho más de lo que yo de ti, guarda todo lo que te entregue que será lo mucho que yo tenga. Porque a tus páginas llegue mi canto y que ellas sequen mi llanto o se llenen de encanto cuando una tenue sonrisa a mi rostro aparezca. Porque tus renglones sean mi cause de amor y aunque muerda el dolor no me aparten de él. Y si alguna vez el destino de mí te arrancare y el insensato a la basura te arrojare, escaparás de ahí porque tienes vida, la vida que yo te entregaré. Nací con efímera primavera una tarde de otoño, no importa de quién pero nací, me sorprendió el invierno y ahora que siento caluroso verano y cumplo 15, te tengo a ti. ¡Te amo! ”. 
Lo ojea, hoja por hoja, entre páginas hay pétalos y flores finamente disecados, se detiene entre páginas, 5 del día 13 del mes 12, ahí una flor de higuera y foto a todo color en el restaurante El Cordano, al costado de Palacio de Gobierno, muchos rostros femeninos alegres sólo el de ella disimuladamente alegre. Tiene 55 años, es un agasajo porque se ha jubilando del empleo, empleo que no quería dejar porque en algo aliviaba su pesar. Ya no es la mujer más bella de Correos y Telégrafos por dentro y por fuera, ya no, sólo por dentro. 
El diario tiene codificados los días de la semana del 1 al 7, no dice lunes, dice 1, no dice domingo, dice 7. Se detiene en el 7 del día 7 del mes 7, es una codificación personalizada, algo fuera de lo común quería hacer cuando niña e hizo un diario de vida cuando cumplió 15. Ahí junto a un pétalo de rosa roja una fotografía carné en habano, la coge delicadamente, sonríe llena de felicidad, y la besa como aquella vez. Es el primer beso que dio aquella tarde, mientras la brisa del río, en el puente Rimac, antes que él partiera rumbo a las minas de la Cerro de Pasco Corporation. Partió en tren, al siguiente día, desde la misma Estación de Desamparados rumbo a su prometedor empleo como geólogo y no volvió jamás, murió por Satipo, Junín, en una juerga de fin de semana, dijo la madre de ella. Fue el primer beso sabor a suspiro limeño, de esos suspiros que ella muy bien sabía preparar, el primer beso que dio y recibió mientras su cuerpo hormigueaba ávida, ella, de caricias y lujuria, porqué no, pero él la apartó porque la quería pura para la noche de bodas. Era el único hombre a quien se entregaría pasara lo que pasara. Pegada a la foto se siente en la gloria.
Era la mujer más bella de Correos y Telégrafos, la más bella del centro de Lima y de todo Lima y más, bella como bello su proceder, aunque empleada nada más, pero al fin empleada para distinguirse de las obreras.
Sigue ojeando las hojas del diario y encuentra a su madre en cuerpo entero y en sepia junto a una flor de cardo, su cuerpo se hace pesado, se resiste a caminar al pasado. No supo bien de su padre, el francés Leclerc de penetrante mirada azul que atrapó a su madre. ¡El gringo Leclere!, el que solía repetir que serrano era sinónimo de sumisión y de atraso, por cuanto no se explicaba el porqué de una raza dueña de incalculable riqueza y que, sin embargo, adormitaba terriblemente pobre y al servicio de sus saqueadores. Murió por borracho, repetía su madre. Leclerc, un experto fundidor de oro en La Oroya que de un día para otro resultó con la piel exfoliándose por los efectos de los reactivos que utilizaba en su rentable oficio, y por eso su madre se alejó de él, mejor dicho, ¡lo alejó!, le causaba repugnancia y vómitos cuando se le acercaba. Soriasis, diagnosticaron los médicos, Leclerc, decepcionado, se suicidó en La Oroya con una solución saturada de whisky y cianuro sin que ella, su hija, lo supiera, ya muerto se lo llevaron a Francia.
Difícilmente su pensamiento llega hasta el joven aquel, su padre, tan apuesto como su prometido el de la foto en habano. Inicia un canto, yaraví, dolorosamente triste, “Se fue mi amante por las montañas…”, ella tiene 18 y él 24, coloca la foto dentro de sus senos, se arrodilla cantando con la mirada fija en la ventana oriental de su sepulcral habitación, “Se fue mi amante por las montañas bajó a Satipo y ahí murió…”. Estruja la foto sepia de su madre, la escupe y la tira por la ventana.
Era la mujer más bella de Correos y Telégrafos, la única hija de la maestra de escuela en la metalurgia La Oroya y del gringo Leclere, vivía en esa casona que compró su padre y la legó íntegramente para ella antes de morir, y desde allí, todas las mañanas caminaba cruzando el puente hasta las oficinas de Correos y Telégrafos al costado de Palacio de Gobierno. La maestra era limeña piel canela de pura cepa, de Barrios Altos, a unas cuadras de la casa de los Prado, era maestra de escuela, pero llevaba el cuello bien estirado para que su mirada no tropezara con las de sus alumnos, y por eso dejó de trabajar luego que se unió de hecho con Leclerc. Después de la muerte de Lecrec la maestra se vio en apuros para seguir viviendo como había vivido, puso la mayoría de las habitaciones de la señorial casa en alquiler, y hasta ella se alquilaría de ser necesario, y fue un oficinista de Palacio de Gobierno, que entonces alquilaba una habitación ahí, que se compadeció de la hija de la maestra y del gringo Leclere y le consiguió un empleo en Correos y Telégrafos. El enamorado de ella era de Huancayo, serrano mal hablado, de qué vale que sea ingeniero, le repetía la madre maestra, serrano apestando a chuño y zapateando huaynos, ¡quí puis vaser tu marío!.
Estruja la foto sepia de su madre, la escupe y la tira por la ventana, “que el diablo la tenga a su lado”. Inicia una danza, mezcla de todas las danzas folklóricas peruanas, y baila hasta quedar exhausta, y canta el penoso yaraví “Corazón en bandolera partió mi amante, se fue mi amante por las montañas, bajó a Satipo, lo acribillaron y ahí murió, y ahí murió y ahí murió…”. ¿No fue la malaria?, no, lo acribillaron a balazos por hablar de revolución. Extenuada por la fatiga cae sobre el velador y el diario se estrella en el piso de madera. Fotos y flores en el piso opaco olor a petróleo, sobresale una foto en sepia pegada a una flor de lirio, la del gringo Leclere con ella muy niña en beso paternal en el patio de la casona junto a la pileta de mármol. Su mente se confunde, le llega intermitente la figura del ogro escamoso a veces rojizo y otras violeta genciana, eso decía su madre, el gringo Leclere era el ogro luego que fue atacado por la soriasis. Entre el ogro y Leclerc aparece su madre obligándola a comer: ¡Come, maldita!, ¿o llamo al ogro?. 
La orden le produce vómitos, arroja toda la bazofia a la misma cara de la celadora de hospital, para ella la cara de su madre, la anciana se desploma, cae pesadamente al piso, fuera de la cama de hospital, el cuerpo convulsiona y expira feliz. Es ella, sencillamente ella, la mujer más hermosa por dentro y por fuera.

Crimen sin delito. Walter Elías Álvarez Bocanegra.

 

Crimen sin delito,

de Walter Elías Álvarez Bocanegra

de Pallasca, Ancash, Perú

 

 

Regresó como se fue, caminando, tres días de caminata desde la otra provincia, y se subió al bus en la salida del pueblo arriba del río Tablachaca, iba a entregarse voluntariamente a la justicia en el mismo Penal de Cambio Puente, en el litoral, Timoteo terminaba de cometer, muy a gusto, dos asesinatos más, había logrado lo que quería. Se sentó muy contento en la penúltima fila libre de la derecha del bus, y cuando el vehículo descendía en convergencia con el río su mirada se perdió en la triangulada ladera muy sumido en sus recuerdos.

Por la calcinada ladera las piedrecillas rodaban y las chamanas se estrujaban mientras presurosas se desplazaban las dispersas cabras a reunirse con la manada, el sol se disponía a penetrar  en la montaña occidental y por abajo, por el ancho vado del río Tablachaca, apareció un hombre con el pantalón remangado hasta los muslos, Timoteo lo seguía con la mirada fija, sorprendido por aquella humana aparición, esa tarde mientras preparara su merienda por fin podría conversar con aquel hombre, por fin podría alegrarse departiendo con él, así lo deseaba y haría todo lo posible y hasta lo imposible para retenerlo. Rara vez llegaba por ahí humano viviente, rara, muy rara, salvo la dueña cuando tenía que vender alguna partida de ganado, Timoteo pastoreaba las cabras de un una mujer que vivía más arriba, como a quince kilómetros, en un pequeño pueblo andino de antigüedad incalculable.

–¡Hola, amiguito! –saludó Timoteo a la distancia y a todo pulmón a su potencial visitante– por allá amiguito, por esas pitajayas, por ahí viene el camino.

–¡Ahhhhhh! –exclamó el gordiflón en señal de agradecida respuesta.

Mientras lo esperaba, Timoteo recordó aquel día que pasó por ahí por esa cabaña que entonces la habitaba, y pasó hasta la rivera y más abajo aún siguiendo el curso de las aguas con dos compañeros novatos para lavar el oro yaciente en el cauce del río, los experimentados buscadores de oro tenían otro camino, más corto y más inmediato a la carretera, pero los novatos se inquietaron por su brillo en el pueblo de arriba mientras bebían aguardiente en una pulpería, los dos pueblerinos le hablaron de la faena y del precio del metal “Te sacas un gramo diario, cinco veces más de lo que te pagan aquí como peón”, así, convencido del suculento negocio, bajó con sus dos socios rumbo a la rivera con una enorme mochila cada uno,  con los molidos, la sal y el azúcar para alimentarse y encima de la mochila la barreta y la lampa, y un pellejo de chivo maduro para retener las minúsculas partículas del metal, bajar por la escarpada pendiente con tremendo cargamento para quince días le produjo vómitos, tantas arcadas que por fin optó por exclamar “¡Me llama el divino!” y se tiró al suelo de largo en largo que sus compañeros tuvieron que compartir su cargamento para poder llegar a la misma rivera mientras Timoteo les contaba una historia de su pacto sostenido con Dios para entretenerlos “El Taitito me ha pedido que no cargue mucho peso y si me descubre cargando como ahora me llamará a su lado para vivir sin hacer nada, y yo todavía no quiero ir porque tengo que hacer algo”. Y apenas llegaron, sobre la marcha empezaron a improvisar el campamento pircando piedras hasta una altura de ochenta centímetros, de ancho hasta las rodillas y de largo lo suficiente para que pudiesen entrar los tres con mochilas y todo, tendieron un plástico como techo y, ¡vivienda arreglada!.     Le resultaba muy desagradable recordar todo aquello de esa vez en que sacaron medio gramo por día entre los tres, ahora, como pastor, tenía una pequeña cabaña arriba de la rivera con tarima y fogón incluidos y un perro de compañía, una cabaña que había albergado a muchas generaciones de pastores, tenía la cabaña y la comida aseguradas, molidos, papas y maíz que le entregaba su patrona y que el mismo subía para bajarlos desde el pueblo, aunque ya llevaba meses sin comer carne, no había muerto cabra alguna, y él, tan honrado como era, no sacrificaría una por propia iniciativa .

El caminante salía por el escabroso camino entre cactus y chamanas, de aquí para allá de allá para acá, se aproximaba a la cabaña mientras el perro lo ladraba, Timoteo no quiso recordar más esos días ni esas noches que pasó en la rivera para lavar oro y se concentró en la figura de su potencial visitante que, de dónde vendrá este pequeño amiguito tan gordito como está que difícil le resulta caminar, lo convenceré para que se quede, le daré de comer y se quedará, si pero no, ¿y si es uno de esos terrucos?, ¡me jodí!, ¡hoy me mata!, ¡ay Diosito!, no permitas que así sea, y viene con zapatos, y yo con estos zurcidos y estos llanques desde que llegué, seis meses ya, ¿que traerá envuelto en su poncho como quipe?.

Timoteo llevaba unos llanques tan desgastados que el talón besaba el suelo, el pantalón y chaqueta de lana de carnero artesanales y zurcidos pedían ser cambiados a gritos, sólo había cambiado la camisa de lana por una vieja camisa de dril que su entonces patrona le regaló y que ajustaba dentro del pantalón con una faja de lana de tres metros de largo.

Llegó y Timoteo le extendió la mano presentándole a su perro sin apartar los ojos del quipe, en seguida lo invitó a sentarse en un piedra cerca al fogón.

–¡Anay! –exclamó el visitante mientras se quitaba el quipe para ponerlo a su costado y agregó –con tremendo peso casi que no llego, ¡jajajaja!.

Timoteo, intrigado por lo que había dicho el recién llegado, atizó el fuego y la pequeña olla de barro empezó a cloclear una sopa de molidos con unas papitas peladas a cuchillo y cortadas en pedacitos. El crepúsculo se apagaba y el fuego iluminaba, Timoteo aproximó un tronco de molle hasta el fogón y se sentó, su mirada se dirigió al quipe del forastero mientras éste lo desenvolvía para liberar su poncho dejando al descubierto un paquete envuelto en un costalillo blanco, estirándose manoteó en el bolsillo interno de su chaqueta y extrajo una taleguita de coca cortada y bien compactada para ofrecerle un bolo a Timoteo en muestra de agradecimiento y amistad, Timoteo aceptó muy de buena gana, y luego que el forastero se chantó el poncho empezaron una charla respecto a la coca, que dónde era mejor, que si del Marañón o de Usquil, ¡del Marañón!, del Marañón es la mejor sólo que a veces te venden lavada, ¡después de haber sacao la pasta!, pero se conoce, cuando está lavada la hoja pierde su color y sabor, en cambio cuando no está lavada es verdecita media amarillita, qué rica, bien rica, amiguito, ¡sí, mi amigo!, así es pue sino dígame cómo está la que ley invitao, ¡buena amiguito!, muy buena, paque es pue.

–A propósito amiguito, yo me llamo Timoteo Masa, Timoteo Masa Rueda, ¿y usted?, amiguito.

–Yo Pablo, Pablo Centurión, pero de apellido no de cintura.

Y Pablo y Timoteo siguieron charlando de la coca, de la cal, de las catipadas para adivinar la suerte, pero a Timoteo no se le iban los ojos de encima del quipe de Pablo.

–¿Qué llevas en el quipe, amiguito?.

–Más coca, ¡jajajajajaja!.

–A ver, quiero mirala.

–Mañana, ahora ya está de noche.

Y claro que se estaba haciendo noche, las cabras madres se acomodaban en el redil llamando a sus crías, mientras los machos se disputaban los emplazamientos más atractivos, y el perro Motoso ahí, afuera del redil, no cesaba de darle vueltas mientras ladraba, y de cuando en cuando se posaba sobre sus ancas para aullar.

Timoteo colgó la geta en muestra de descontento sin dejar de ser solidario.

–A comer algo, amiguito –dijo Timoteo, casi ordenando y bajando los platos desde un pendiente tabladillo de delgados maderos atrincados con cabuyas.

Meneó la olla con el negruzco cucharón de palo y empezó a servir el primer plato para Pablo, el segundo para el perro y el tercero para él. Pablo lo recibió de muy buena gana.

–Gracias, amigo, pero no te molestes, ¿qué he dicho que no te ha gustao?.

–Nada, sólo que no me quieres enseñar lo que tienes en tu quipe.

–¡Coca!, ya te dije, mañana te daré un poco, ahora sólo quiero dormir en este corredorcito.

Timoteo, se puso triste y rabioso a la vez, su curiosidad por saber lo que había en el quipe quedó frustrada, la posibilidad de que fuera coca lo que contenía el quipe le llenaba de felicidad y sonreía al imaginarla porque la ración se le agrandaría y no tendría que mezclar lo poco que le quedaba con hojas de chamana, pero, y qué si no era coca, sólo de pensarlo su rostro se degradaba.  Esa noche no dormiría, se conocía demasiado, tuvo miedo de aquel pequeño gordiflón chacotero, tuvo miedo, claro que sí, y ahora ¿dónde dormiría su visitante?, ni modo que en la tarima junto a él, ¿dónde tendería la gruesa carona para el amigo?, en el suelo, claro, dónde más, no había otra tarima sólo una en la que él dormía sobre dos gruesas caronas apuntaladas, ahora prescindiría de una para ofrecerla a Pablo, en el suelo, pero, ¿dentro o fuera de la cabaña?, afuera mejor y yo me tranco muy bien con la barreta, y si empuja la puerta, ¡me jodí!, mejor que se duerma el en suelo y junto a mi tarima, mejor en el suelo y lejos de mí. Timoteo estaba super confundido que no había captado el deseo de su visitante por quedarse en el corredorcito,  y terminó tendiendo la carona afuera, bajo el pequeño techo saliente de barro de la cabaña y aturdidamente la terminó de tender a eso de las nueve de la noche cuando la luna aparecía por el oriente e ingresaba su luminosidad por la ventanita hasta la cabecera de la tarima.  Tendió la carona afuera y le entregó una frazada raída, le dio las buenas noches y  después de trancarse con la barreta se acostó, y le asaltaron los recuerdos del primer día en el pueblo de arriba, zozobrado, escondiéndose de los policías, buscando trabajo a cambio de comida, llegó desde allá, desde las alturas de Chingalpo en la otra provincia arriba del río Marañón, tres días después que le dio una tremenda pateadura a su mujer dejándola semimuerta, muerta para él, ¡eso creía!, en la chocita de la puna donde vivía, donde sobrevivía pastoreando el ganado del mejor comerciante del pueblo, así fue, pues, su mujer era joven y hermosa y por eso con rabia la pegó hasta matarla, pero no la mató, la dejó tirada, abandonó la choza y se quedó en la choza abandonada de más arriba para vigilarla desde ahí hasta que llegara el comerciante con las vituallas para la quincena, y sucedió que el comerciante llegó aquel día con su mujer y sus dos hijos y encontró a la mujer de Timoteo recuperándose de la pateadura, la sacaron caminando de la choza y la subieron sobre la mula del comerciante ante la incrédula mirada de Timoteo que no le quedó otra salida que huir, y a su mujer la llevaron hasta el precario hospital del pueblo donde rápidamente se recuperó y declaró que los terrucos se llevaron a Timoteo porque era de ellos y a ella lo masacraron mientras la culpaban de traicionar a su marido con el dueño del ganado, cuento que todos los que la escucharon se lo tragaron completito.

Acostado sobre la tarima se quedó recordando el incidente de la puna hasta la madrugada, tan concentrado en sus recuerdos que los desesperados ladridos de Motoso a eso de la media noche pasaron desapercibidos por él, entonces ya de madrugada lo asaltó la idea de que el hombre que dormía afuera podría  estar tramando ingresar a la cabaña para matarlo, no podía permitirse morir entonces, tenía que vivir, aún tenía que vivir porque aún no había logrado su objetivo, no aceptaba eso de morir para que otros vivieran, quería su parte en este mundo, y lo lograría, esa noche quería estar seguro de que el visitante no era un terruco que lo mataría, él sabía que los terrucos mataban y asunto arreglado, no le preocupaba el porqué ni el para qué, sólo le preocupaba el qué hacer y el porqué en caso de que quisieran matarlo. Y como tenía que seguir viviendo salió cuchillo en mano para asegurarse de que así sería, abrió la puerta sigilosamente, el visitante roncaba plácido, completamente dormido por el cansancio, con el misterioso quipe de cabecera, Timoteo se inclinó para jalar el quipe en el que posiblemente se encontraría el arma homicida, y al jalarlo ¡el durmiente se puso de pie de un salto para sujetar su paquete!, Timoteo le clavó una estocada en el abdomen y con ambas manos en el cuello dio cuenta de aquel hombre que terminó cayendo pesadamente en el suelo y Timoteo encima de él.  Se aseguró de que su indefenso contrincante estuviera bien muerdo y lo arrastró hasta un rincón de la cabaña, volvió por el quipe y lo colocó junto al cadáver, trancó la puerta con la barreta y se quedó regocijadamente dormido.

Las cabras abandonaron el redil a eso de las nueve de la mañana y Timoteo empezó a estirase y a dar gracias a Dios por el nuevo día. Dirigió la mirada al cadáver, y

–¡Buenos días amiguito!, eso te pasa por querer matarme.

Se levantó y lo primero que izo fue examinar el quipe del difunto, lo encontró, efectivamente con coca y dentro de ella un fajo con muchos billetes de todas las denominaciones, pero, además un paquete de un kilo de pasta básica de cocaína. No sabía cuántos ni de cuánto, pero sí sabía que eran billetes, sus ojos se desorbitaron al contemplarlos y su mente empezó a cautelarlos, y los ató en viejas bolsas plásticas para enterrarlos en una esquina exterior de la cabaña. Cogió el cuchillo y en una de las piedras del fogón lo frotó repetidas veces hasta entregarle un buen filo cortante e inmediatamente empezó a quitarle las ropas al difunto para seccionarlo, y un crucifijo de oro en cadena del mismo metal asido al cuello del infortunado llamó su atención y se detuvo en su empeño examinándolo minuciosamente, no había visto uno semejante, qué lo iba a ver si nunca conoció una esvástica, sin embargo ahí se quedó petrificado y luego se persignó para continuar con su tarea, delicadamente quitó el crucifijo y se colocó al cuello.  El bolsillo derecho de la chaqueta llamó su atención por lo pesado del contenido, manoteó dentro de él y extrajo un revólver 38 de rutilante cacha en la que se enmarcaba en alto relieve una S en forma de ángel cruzada sobre otra en forma de serpiente, sin duda una esvástica ¿oro?, Timoteo quedó paralizado, jamás había visto oro semejante, y cuando volvió en sí siguió buscando en los bolsillos de la chaqueta, en el izquierdo encontró una potente linterna de mano, y en el interno un estuche de cuerdo con documentos personales que él ignoraba por no saber leer. Escondió el revolver envuelto con el crucifijo en una abertura de la pared externa de la cabaña y lo tapó con barro y piedra, entonces se justificó de razón,  ese hombre tenía el arma y quería matarlo, ese muerto que no era tan gordo ni tan pequeño como cuando estaba vivo porque lo desinfló con el cuchillo y se estiró mientras moría. Y no obstante haberse justificado de razón se armó la confusión dentro de sí. Pero qué importaba eso, él estaba vivo y el otro muerto eso era lo importante, y lo más importante para él, entonces, era desaparecer el cuerpo del delito, que si lo encontraban los otros terrucos lo destrozarían a balazos,  y procedió  a descuartizar al difunto. Extrajo las vísceras y las cargó en un saco juntamente con la pasta básica y el estuche de documentos hasta el río, dónde tranquilamente las lavó y arrojó el kilo de pasta y el estuche en la parte más estrecha y alejada del torrente, regresó y extendió las vísceras  en un cordel de cabuya instalado afuera de la cabaña. Luego fue sacando uno a uno los miembros hasta el batan donde hábilmente los fileteaba para secarlos en el tendedero, finalmente, la cabeza entera la colocó en una gran olla de barro para cocinarla, a eso de las dos de la tarde se desayunaba junto con su perro con el suculento caldo de cabeza humana, luego puso la cabeza sobre el batán y de ella extrajo los ojos y la lengua y se los comió, cogió el machete y de un certero golpe abrió la cabeza en dos y lo entregó al perro para que se lo comiera, el perro devoró los sesos y se llevó el cráneo abriéndose paso entre los matorrales. En seguida llenó en la misma olla las manos y pies del cadáver y atizó el fuego con unos leños de molle, a eso de las seis de la tarde y después de echar de menos las cabras en el redil cogió la coca del difunto y se puso a rumiarlas hasta la media noche, hora en la que tomó su caldo de manos y pies y se acostó. Al siguiente día, después de entregar un gran hueso a Motoso, mientras se echaba la armada cocinaba los filetes más apetecibles del muerto, y cuando la olla empezó a hervir se desnudó por completo, cogió con la mano derecha el cucharón de palo y con la otra el cuchillo y empezó a interpretar su propia danza de agradecimiento por lo vivido emitiendo guturales sonidos infernales, de cuando en cuando se dirigía a la olla e introducía el cuchillo para probar la cocción de la carne y como el difunto no pasaba de los cuarenta no tuvo que esperar mucho para saborear completamente aquello,  y se engulló los hervidos músculos voraz y desesperadamente como si fuera la última vez que lo hacía, y barriga llena se tendió panza arriba bajo la sombra de un molle y se quedó dormido hasta el crepúsculo.

Una semana después, cuando el sol calentaba desde el mismo centro del cielo, llegó Serafín Puntiagudo, el eterno policía del pueblo, hasta la cabaña, y al ver unas provocativas cecinas en el tendedero le pidió a Timoteo que le asara esas carnes precocidas por el sereno y el sol, y las degustó.

–¿Tienes plata que me prestes? –preguntó el policía.

–Dionde pue taitito, ¡dionde! –respondió Timoteo.

–Se ha perdido un comerciante –comentó el policía mientras saboreaba la carne azada.

–Yo he comido amiguito.

–JAJAJAJA! –carcajeó el policía– sólo un loco comería carne humana.

–Enton, somos dos.

El policía respondió con otra carcajada y se encaminó a buscar venados, mató uno en aquel atardecer, y cuando cayó el venado Timoteo llegó corriendo hasta el animal, lo tomó por el cuello, lo abrazó y lloró desconsoladamente, mientras el policía festejaba su presa entre risas y anécdotas de cacería, Timoteo lloró hasta la última lágrima y de un brinco se paró y clavó su mirada en el orgulloso policía para decirle:

–Yo, Timoteo Masa Rueda, te condeno al fuego eterno por matar a este pobre amigo que nada te ha pedido, hoy dime, ¿qué tea quitao este pobre animal, mal nacido?.

El policía encañonó a Timoteo y Timoteo se arrodillo ante él.

–¡No me mates por favor! –clamó el humillado.

–No te mato si cargas el animal hasta el pueblo.

–Así será, patroncito, mandiste nomá.

Esa noche, el policía, después de esposar a Timoteo por miedo a ser atacado, se quedó junto a su presa en la tarima de Timoteo y éste afuera de la cabaña, y al siguiente día llegó hasta el pueblo de arriba con Timoteo venado al hombro, y mientras tanto llegaban por la cabaña dos familiares del desaparecido y al encontrar la linterna de mano en la ventanita de la vivienda rompieron el endeble candado y buscaron dentro del cuartito, en un rincón encontraron los zapatos y la ropa del difunto y  con la evidencia se encaminaron hasta el pueblo, Timoteo ya bajaba de regreso y tropezó con ellos, y después de charlas y preguntas Timoteo aseguró haber comido al dueño de esas prendas de vestir. Al siguiente día los dos familiares más dos policías llegaron hasta la cabaña y apresaron a Timoteo, le pusieron esposas y lo ataron y encima lo arriaron a golpes. Y luego del atestado policial lo cargaron en el asiento posterior de la camioneta para ponerlo a disposición del Juez, era la primera vez que subía a un vehículo , apenas avanzaron un kilómetro y empezó a vomitar, asqueados por el incidente los policías esposaron a Timoteo en la barandilla de la tolva de la camioneta, y llegó hasta el Penal envuelto en su propia bazofia sin contemplación alguna.  El caso se ventiló en la Corte Superior y el Fiscal se dirigió al reo.

–Este hombre que ven aquí, aparentemente inocente, mató con premeditación ventaja y alevosía al comerciante Antonio Aguilar Sarmiento y se ensaño fileteando el cadáver para luego comérselo.

–No soy inocente, ¡yo lo maté pero con un cuchillo, no con lo que usted dice!, además no se llamaba Antonio Aguilar, se llamaba Pablo Centurión.

–¿Cómo era Pablo Centurión?.

–Vivo era bromista, pequeño y gordiflón. Muerto, era serio, estirao y desinflao.

–¿Porqué lo mataste?.

–Porque me iba a matar.

–¿Porqué te iba a matar?.

–¿Porque tanto me pregunta si ya dije que lo maté o quiere que diga que no lo maté?.

–Lo mataste y luego lo comiste, ¿porqué?.

–Lo maté y lo comimos porque teníamos hambre, los tres, yo, el perro y el policía.

–¿porqué crees que te iba a matar?.

–Porque tenía el arma como esas que andan los policías en su cintura, sólo que ésta era de oro, yo escondí el arma en un hueco de la casita.

 

Qué difícil resultó resolver aquel caso. El homicida confesó el crimen con lujo de detalles, se hizo la reconstrucción, tal y como, Timoteo quitó la piedra para extraer el revolver y crucifijo, pero habían desaparecido, el caso se tuvo que archivar por falta de pruebas. Timoteo salió libre por exceso de carcelería después de muchas sesiones, preguntas y repreguntas, durante siete años. Lo que parecía un caso simple se complicó, las investigaciones pusieron al descubierto que el desaparecido era un comerciante intermediario de pasta básica de cocaína que recién había salido del Penal de Cambio Puente con libertad condicional, que había tomado el bus en el terminal terrestre del litoral rumbo a la sierra para comprar ganado, y que se había bajado en una estación en las estribaciones de la sierra, justamente en una casita al borde de la carretera arriba del río Tablachaca y a eso de las nueve de la noche del martes 13 de diciembre, por lo tanto tenía que haber descendido hasta la cabaña de Timoteo en horas de la noche, contradictoriamente Timoteo afirmaba que el hombre que mató había ascendido hasta su cabaña después de cruzar el río en horas de la tarde de un día que no sabía reconocer que día era, y lo había matado a la luz de la luna y en la madrugada del siguiente día “era de madrugada porque Motoso temblaba de frío”. Se concluyó que el desaparecido había planeado su propia desaparición para huir de la justicia cambiando de identidad y posiblemente de nacionalidad, resultando acusados de asociación ilícita para delinquir los dos familiares del desaparecido, ¿y cómo no así, si el muerto había desaparecido por completo salvo sus prendas de vestir?. Perro y amo tuvieron una semana de comilona a todo dar, las últimas cecinas se las había comido el policía, y el perro enterró los huesos por allá, por donde ningún humano se atrevía a llegar por temor a ser sepultado, allá en el terreno mullido, atormentado y deleznable del borde de la quebrada, para roerlos después, cuando el hambre lo exigía, y después ni el mismo los encontró. No había modo de tipificar el delito del espeluznante crimen confesado por Timoteo como tampoco había modo de justificar el delito de asociación para delinquir.

Para Timoteo la vida en el penal era más atractiva que todos los días de su anterior existencia, no saldría de ahí ni por san puta, volvería a matar ahí mismo y delante de muchos testigos para quedarse, ahí dejó los llanques por los zapatos, el sombrero por la cachucha, los pantalones y chaquetas de lana por los de estilo vaquero, la faja por el cinturón y la nada por el calzoncillo, ahí pudo diferenciar billetes naciones y extranjeros, auténticos y falsos, ahí por primera vez la radio y televisión, la luz eléctrica y el agua en cañería,   pero tenía algo más importante que hacer, más importante que la buena vida que llevaba en el penal y se perfeccionó en el uso del puñal. La buena conducta que observó en el Penal le venía por naturaleza, seguía siendo simplemente el hombre que no sabía que era bueno ni que era malo para los demás, pero sí sabía que era bueno para él, y para él lo mejor que tuvo fue su hijo, su hijo de ocho años.

Así que por el hijo quería regresar hasta la puna dónde había quedado su mujer, y regresó, pasó por la rivera del Tablachaca y en un descuido del nuevo pastor desenterró el dinero y lo camufló entre sus ropas, se encaminó hasta la puna,  tomó todas las precauciones y empezó a vigilarla mientras el viento silbaba entre las pajillas, esta vez no fallaría, los sorprendería, esperó pacientemente y llegó el comerciante, pasó hasta la choza con la remeza y las golosinas de la hembra, Timoteo se fue acercando, los quejidos de la hembra traspasaban la muralla tejida con piedras y champas, ¡irrumpió el vengador!, le clavó una puñalada en la espalda al jadeante y a ella una en el pecho, y el se echó encima de los dos con las manos apretando el cuello de la mujer, cuando los cuerpos empezaron a enfriarse se sentó sobre el cuyero y se echó la armada, miró hacia arriba a las enmarañadas pajillas del techo, escarbó con su mano derecha y extrajo la pequeña botella de cocacola, la bebida preferida de su hijo de ocho años, el comerciante siempre le llevaba una de regalo para que atisbara circundando la laguna y volviera con la noticia de que si había o no truchas y en que parte, mientras Timoteo pastoreaba el ganado a medio kilómetro arriba de la choza, tan pronto el niño volvía hasta la choza con la noticia tan pronto regresaba en compañía del comerciante hasta la laguna y los dos se ponían a pescar en los lugares que el niño indicaba, y así se pasaban un gran día sellándolo con unas truchas fritas a eso de las cuatro de la tarde, y había truchas por montones. Un día el pequeño hizo el recorrido en menor tiempo que el previsto, y al regresar a la choza encontró a su madre quejándose debajo del comerciante, el niño  pateó los tobillos del jadeante y lo amenazó con hacerlo saber a su padre, y la madre sentenció.

–Si lo haces el patrón no te traerá más cocacolas.

El niño calló, y agregó.

–Pero no vuelvas a pegarle a mi mama.

–El patrón dice que te traerá dos cocacolas –agregó la madre

–Eso –dijo el patrón– una la tomas mientras caminas por el entorno de la laguna, no vayas corriendo porque las truchas se pueden asustar, y la otra la tomas después, cuando tu quieras.

Y así fue, la siguiente quincena el patrón llegó con dos cocacolas más una bolsa de caramelos que el niño festejó con incesantes elogios al patrón.

–Esta botella te la tomas hoy –dijo el patrón– y esta otra con los caramelos guárdalos para después.

El comerciante repitió su jarana amorosa y se marchó sin esperar al niño para salir de pesca.

El niño se puso muy triste, esa tarde no compartiría con el patrón los chocolates rellenos mientras pescaban, esa tarde no habría truchas fritas, pero, luego sonrío porque tenía otra cocacola y una bolsa de caramelos para disfrutarlos, y sin pensarlo dos veces el niño empezó chupando los caramelos y luego rumiándolos, y antes que llegara Timoteo, su padre, destapó la pequeña cocacola y se tomó buena parte de ella para luego esconderla bajo su cama, y tan pronto la escondió empezó a gritar como loco, que sus gritos estremecían las montañas, la madre se quedó petrificada, Timoteo llegó para atender al pequeño, pero entonces espumaba y tenía el cutis morado, ¡y se moría!. Al siguiente día Timoteo encontró la botella bajo la cama del niño junto a media bolsa de caramelos, la olfateó, era repugnante, tenía el olor del insecticida que usaban para combatir las garrapatas de las ovejas, cautelosamente escondió la botella entre el enmarañado de pajas del techo, y ahora la  sujetaba, la destapó, abrió la boca de la mujer y la llenó con el líquido, luego se dirigió a la cama que antes era de su hijo y ahora de otro niño, y extrajo otra cocacola, la destapó, la olió, y, ¡estaba envenenada!, la vació completamente en la boca de la mujer y salió corriendo al encuentro del niño aquel otro hijo de la mujer, lo encontró volteando la laguna, le entregó siete cocacolas que llevaba en su mochila y se encaminó rumbo a la tumba de su hijo sin prisas ni nada, después se entregaría a la justicia en el mismo Penal, llevándose con él las caricias de su hijo que eran como la suave y limpia brisa de  la puna susurrándole al oído. Quitó una a una las piedras de la camuflada entrada a la cueva y destapó la tumba de su hijo, cuidadosamente fue quitando la cal, capa por capa, separando y sacudiendo las ropitas y los ponchos, por fin había terminado, ahí la momia sonriente, ahí la cabeza y patas de la oveja completamente secas, con mucho cuidado levantó entre sus brazos a la momia y la apretó en su pechó con la cabeza pegada a su oído, lloró mientras la tenía y con ella en abrazos se acostó junto a la tumba y se quedó dormido hasta el siguiente día. Cuando las guachuas surcaban la laguna y los cielos las avecillas festejando los primeros rayos de sol, vistió al deshidratado cuerpo de su hijo con las ropillas para luego envolverlo con los ponchos y finalmente apretujarlos con la faja, sacudió el pellejo y retiró la base de cal, esparció hojas de coca en la base de la tumba y sobre ellas extendió el pellejo, sobre el pellejo colocó con sutileza la pequeña momia, a su costado derecho colocó la cabeza y patas secas de la oveja. De su mochila extrajo chocolates, una cocacola y otras golosinas, y las colocó a la izquierda de la momia, habló entre sus narices por media hora y comenzó a sellar la tumba, cuando terminó de sellarla tapó camufladamente la entrada de la cueva y se marchó rumbo al Penal de cambio Puente, sonreía porque el penal le había dado una vida mucho mejor que aquella que llevaba en la puna, mucho mejor que aquella que llevaba en la rivera del Tablachaca, y lloraba, sonreía y lloraba, lloraba porque se alejaba de su hijo,  quién podría entenderlo, era un hombre tan distinto, tan diferente a todos, tan sabio como idiota, tan loco como cuerdo, era todo y era nada, y no obstante preferir las fáciles migajas de la esclavitud al difícil pan de la libertad, era él.

Durante el trayecto en el bus, Timoteo seguía sumergido en sus recuerdos, sintió mucha rabia en aquel momento en que descubrió la pequeña cocacola envenenada que dio cuenta de la vida de su inocente hijo, entonces cogió el cuchillo para victimar a su mujer, pero, ahí estaba su hijo, y aunque ya muerto, ¿porqué tendría que presenciar aquella venganza?. Cubrió cuidadosamente al pequeño y esperó el nuevo día, con el cuchillo aquél degolló a la mejor oveja de la manada, era la primera vez que por iniciativa propia degollaba una oveja del patrón, la pishtó y en el pellejo fresco cuidadosamente extendido depositó una pierna de la oveja, y junto a ella la cabeza y las cuatro patitas del animal, las envolvió y, ¡y acomodó su quipe personal!, con el talego de coca bien compacto, el más grande, el de las largas caminatas, y al costado de todo acomodó al pequeño niño envuelto, muy cuidadosamente, con una colorida faja de lana de tres metros. Cargó el burro del patrón con la barreta y la lampa, la olla y los molidos, un par de ponchos muy raídos y encima de todo, lo envuelto en el pellejo,  y marchó hacia arriba con el viento silbando entre los ichos, hasta lo más alto de la caliza montaña y se hospedó en una cueva. Al siguiente día bajó algunos metros hasta una depresión por la que fluía un hilo de agua y con la lampa construyó un pequeño pozo, al costado de éste amontonó muchas piedras caliza para construir con ellas un cono truncado con una pequeña abertura pegada al suelo, y lo rellenó con carcas de vaca, tantas como el relleno lo pedía, que tuvo que recorrer centenares de metros a la redonda para conseguirlas, las prendió fuego cuando el sol se ocultaba y se sentó para echarse un bolo mientras cocinaba su única comida del día con la pierna de la oveja,  después de comer al calor de la hoguera se quedó dormido. Los primeros rayos de sol abrigaban las faldas orientales del cerro y curiosas viscachas retornaban a sus madrigueras, la tarea de Timoteo aún no concluía, se incorporó estirándose, miró las calcinadas y blanquecinas piedras y después de evacuar las cenizas por la pequeña abertura de la base, cogió la olla, la llenó con agua y la esparció sobre las piedras, y repitió la acción hasta quedar complacido . Subió hasta la cueva y en ella excavó una tumba, la encofró con selectas  piedras, en la base depositó una capa de cal que cargó desde su improvisado horno, sobre ella colocó el pellejo de oveja y al costado la cabeza y las cuatro patas y en seguida extendió otra capa de cal, esparció hojas de coca sobre aquella capa, extendió uno de los ponchos sobre ella, y sobre él depositó el cuerpo desnudo de su pequeño hijo, sobre el cuerpo sus ropitas y la faja, y sobre todo extendió el otro poncho, se echó la armada y a manera de conversación reprodujo la vida del pequeño, desde que nació, ¡qué, desde que nació!, desde antes, desde que tu mama resultó preñada, tenía muchos antojos, pedía muchas golosinas, muchas cocacolas,  y por eso te gustaban tanto, yo no tenía para comprarlas pero ahí estaba el patrón, tenía una gran tienda en el pueblo, llegaba quincenalmente a la choza y le contamos de esos antojos, ¡él nos traía, pue!, religiosamente como buen cristiano, ¡y naciste!, gracias a él en el hospital del pueblo entre camas muy blancas que olían a patrón, así poco a poco se fue adueñando de tu mama y de ti, yo nunca tuve dinero, un día te cogí en mis brazos y a ella le pedí que me siguiera, pero no, no me siguió se fue hasta el pueblo y me denunció, aquí pasé una semana contigo hasta que llegó tu mama con el patrón y dos policías, a mi me llevaron para encerrarme, me dijeron que de ese cuarto no me sacarían nunca. Quiero estar junto a mí hijo, les dije, entonces machucaron mi dedo sobre un papel y me dijeron: “Regresa con tu mujer y tu hijo y no vuelvas a escaparte con el niño porque si lo haces te matamos”.

Timoteo empezó a llorar al evocar aquello, en ahogado llanto, quería gritar pero no podía, empezó a lanzar maldiciones entrecortadas, esa quincena, después del funeral se vengaría, se nutrió con esa idea y continuó con el funeral depositando una última y gruesa capa de cal, selló la tumba con anchas piedras, sobre ellas echó tierra, y piedras, y tierra hasta anular la pequeña cueva, y entonces ya, y ahora listo para vengarse,  primero ella y después él, pero él llegó acompañado por su familia, y ella no murió aquella vez, pero ahora sí, ¡y los dos!. Su rostro sonrío mientras el chofer del bus accionaba la bocina. Los dejó bien muertos sobre la cama, pero otro niño tenía la sinvergüenza y otro marido para cuidar las ovejas del patrón, ¿será del nuevo pastor o del comerciante ese?, no importa, lo importante es que el niño vive, tiene que vivir porque es niño, los que podrían matarlo ya están bien muertos, ya sé, culparán al nuevo pastor la muerte de los sinvergüenzas, pero para eso estoy vivo, confesaré todo, y ese infortunado hombre que ocupó mi lugar podrá ser feliz junto a ese alegre niño tan alegre y conversador como mi Timotito, corriendo por la vuelta de la laguna con esa cocacola en la mano, hubiera sido el último día de su vida si yo no llegaba, pobre niño, le di las siete botellas de las ocho que llevaba para la tumba de mi hijo, una por cada añito que tenía. Y le dio al pequeño las siete botellas mientras el hombre que pastoreaba el ganado estaba arriba, observando todo, con un cuchillo en la mano y detrás de esa misma piedra que antes observaba Timoteo, sudando frío y lleno de rabia por la impotencia de su pobreza. El bus se detuvo bruscamente luego de la bocina y con el motor en neutro el chofer aceleró escandalosamente, conforme acostumbraba hacerlo frente a esa casita al filo de la carretera donde siempre se estacionaba un momento, la casita aquella en la que una agraciada mujer expendía lo más indispensable para comer y apagar la sed. Timoteo habló protestando por aquella maniobra:

–¡La putasumadre! –así dijo, por primera vez, se lo había aprendido en el penal.

–¡Mí tío cocacolas! –se escuchó a todo pulmón la voz de un niño.

Timoteo tropezó con la mirada de ese niño tan alegre y conversador como su Timotito, iba en el mismo bus junto a su padre, el pastor aquel que ocupó el lugar de Timoteo y ahora se marchaba a la costa en busca de un nuevo empleo, y como si previamente se hubiesen puesto de acuerdo los tres bajaron del bus por un momento. ¡Y ahí estaba él con el celular pegado a la oreja!, con la camisa deliberadamente desabotonada para que se notara el imponente y peculiar crucifijo de oro, y además el rutilante revólver en su cintura con las SS del clan, claro que era él, ¡es Pablo!, pensó Timoteo, ¡no puede ser!, ¿estoy o estuve soñando?, pero, no era sueño, era Pablo Centurión el chacotero gordiflón, ahora elegantemente vestido, que había estacionado su tremenda camioneta en aquella estación para depositar un paquete, y luego que lo hizo reconoció a Timoteo y nerviosamente eludió su mirada para subir a su camioneta y arrancar.

– ¡Mujer venga la muerte de su hijo seduciendo a su victimario patrón! –exclamó el escandaloso chofer del bus leyendo en muy alta voz un diario que le acababa de entregar la mujer de esa casita –le clava el puñal por la espalda mientras lo tiene encima, luego ella se clava otro y para asegurase traga veneno con cocacola, la heroína venga de esta manera la muerte de su pequeño hijo que ocho años atrás fue envenenado por su patrón.        A una semana del incidente las madres de todo el país se han convocado en la Plaza Mayor de Lima para pedir al Gobierno se declare madre heroica de todas las madres a Timorata Ponte Piccho y se erija  un monumento en su memoria….

 

El bus reinició el descenso y Timoteo, muy ensimismado, tratando de ignorar esa noticia y con la mirada perdida en la triangulada ladera, recordaba su primer crimen, el paquete con la pasta y los billetes, el revólver, el crucifijo y la potente linterna, y aquel hombre que maté no era tan pequeño ni tan gordo como éste, era estirado y desinflado, pero con buena ropa como éste, y éste llevaba entonces ropa de pobre,  ¿pero qué pudo haber pasado aquella noche si yo no estaba dormido y él sí?.