ANTONIO MACHADO. Artículo de MariaTeresa León, publicado en ESPAÑA DEMOCRÁTICA, Montevideo, el día 2 de octubre de 1940.

ANTONIO MACHADO.    Artículo de MariaTeresa León, publicado en ESPAÑA DEMOCRÁTICA, Montevideo, el día 2 de octubre de 1940.

 

En esta publicación de 1940 de ESPAÑA DEMOCRÁTICA, Montevideo (Uruguay), revista de aparición semanal (todos los miércoles), se publica un entrañable artículo del diario de Maria Teresa León, mujer de Rafael Alberti, ambos amigos de Antonio Machado. En él se relatan breves recuerdos de sus últimos días en Madrid, de los primeros en el exilo francés y sobre un sentido pésame que recibieron de un diplomático amigo por la muerte de Antonio Machado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

FRANCISCO MACHADO, el hermano más joven de Manuel y Antonio Machado.

El hermano Machado que fue funcionario de prisiones .

Francisco Machado Ruiz.

Francisco estudió Derecho, opositó al Cuerpo de Prisiones y se convirtió en algo así como el “carcelero” bueno, fiel creyente de la reinserción social. Pero también desarrolló su vena literaria, escribió un libro –“Leyendas toledanas”– y publicó artículos y poemas en revistas. Enrique Sánchez Lubián, autor de “El reloj de la cárcel”, cuenta la vida de este literato, oculto tras el éxito de sus hermanos Antonio y Manuel.

Francisco Machado Ruiz.

 

Los hermanos Machado no eran dos, sino seis:  Manuel, Antonio, José, Joaquín, Francisco y Cipriana. En la primavera de 1915, Francisco, oficial del Cuerpo de Prisiones, remitió varias cartas a Unamuno desde El Puerto de Santa María (Cádiz); en una le enviaba unos versos lamentando la guerra europea: ¡Qué triste contemplar en la montaña, / el bajo mundo de la infértil tierra, / y el tremolar de la voraz guadaña, / sobre los yermos campos de la guerra!». Pedía a don Miguel consejo sobre sus poemas, pues pretendía seguir el brillante camino literario que ya transitaban Manuel y Antonio.

En su intento solamente publicó una obra, Leyendas toledanas, dejando otras poesías desperdigadas por revistas de la época. Ahora, el libro El Reloj de la Cárcel rescata de la penumbra su figura y su desconocida labor literaria.

En el año 1883 la familia Machado abandonó Sevilla para trasladarse a Madrid. El abuelo, Antonio Machado Núñez, pionero de los estudios prehistóricos e introductor de las teorías de Darwin, fue nombrado catedrático de la Universidad Central. El padre, Antonio Machado Álvarez, reconocido folclorista y estudioso del flamenco, comenzó a trabajar de profesor en la Institución Libre de Enseñanza y allí estudiaron los pequeños Manuel y Antonio. En la capital nacieron Francisco y Cipriana, quien falleció a los 15 años. Las clases en la Institución no daban para mucho y Machado Álvarez decidió emigrar a Puerto Rico en busca de fortuna. Sus hijos no volvieron a verle con vida (en 1893 murió en Sevilla enfermo de tuberculosis).

Francisco Machado Ruiz nació el 19 de febrero de 1884. Tras haber trabajado como administrativo en el Matadero Municipal, se licenció en Derecho y aprobó unas oposiciones al Cuerpo de Prisiones. Completó su formación en la Escuela de Criminología de Madrid. Su paso por este centro fue decisivo para su futuro profesional y personal, pues en la Escuela conoció la nueva concepción del régimen penitenciario, donde la pena se orientaba hacia la readaptación social del delincuente, según las teorías de Concepción Arenal.

Entre 1915 y 1919 publicó artículos en la revista Progreso Penitenciario, en los que abogaba tanto por la mejora en los edificios carcelarios, como por la importancia que la enseñanza y el trabajo tenían para la reinserción de los reclusos.

De penal en penal. En 1913 se trasladó a El Puerto de Santa María, donde contrajo matrimonio con Mercedes Martínez López y nació su primera hija, Ana. El siguiente destino fue el Penal de Cartagena, donde ingresaron los dirigentes de la huelga general de 1917: Largo Caballero, Besteiro, Anguiano y Saborit. Mientras los líderes socialistas esperaban a ser amnistiados, Francisco quería regresar más cerca de su madre, doña Ana Ruiz, y sus hermanos. Antonio Machado recurrió a sus amistades para conseguir el traslado y en abril de 1918 fue nombrado subdirector de la Prisión Provincial de Toledo.

Francisco Machado con su esposa Mercedes Martínez

La prisión se abría en un antiguo convento de franciscanos cuyas dependencias dejaban mucho que desear. Francisco recurrió nuevamente a sus hermanos para cambiar cuanto antes de destino. No pudo ser y permaneció allí hasta 1929. En Toledo nacieron sus hijos Mercedes, Manuel (muerto a los 23 días) y Leonor, apadrinada por su tío Antonio y a quien Francisco puso ese nombre en recuerdo del gran amor de su hermano. Actualmente, el viejo convento es sede de las Cortes de Castilla-La Mancha.

Francisco Machado con sus tres hijas.

El ambiente monumental de la ciudad del Tajo inspiró a Francisco su libro Leyendas toledanas (1929), donde con tono épico versificó las más populares tradiciones de la antigua capital visigoda. En esos años cultivó su vocación literaria, prendida en él desde que, junto a sus hermanos, frecuentara las tertulias de los cafés madrileños. En ellas trabó amistad con el poeta Francisco Villaespesa, quien definió a nuestro protagonista como persona aficionada a los chistes, frases ocurrentes y comentarios irónicos llenos de ingenio. Francisco fue colaborador de publicaciones como Los Lunes del Imparcial, Nuevo Mundo, El Castellano, La Correspondencia de España, Toledo, Revista de Artes.

Poco después de publicar su libro, Francisco fue destinado a la Prisión Celular de Barcelona. Luego a León y a Alicante, donde fue director del Reformatorio de Adultos al proclamarse la II República.

En la cárcel de mujeres de Madrid en los días de la inauguración del centro.

En 1933 se hizo cargo de la dirección de la nueva Prisión de Mujeres de Madrid, hasta octubre de 1936, cuando quedó adscrito a un puesto administrativo en la Dirección General de Prisiones.

La Guerra Civil rompió a la familia Machado. El 15 de julio de 1936 Manuel y su mujer viajaron a Burgos para celebrar la onomástica de su cuñada, religiosa de las Esclavas del Sagrado Corazón. Allí les sorprendió el alzamiento militar y no pudieron regresar a Madrid. Mientras tanto, Antonio, su madre y sus hermanos fueron evacuados a Levante, junto a otros destacados intelectuales.

En una casita de Rocafort, Villa Amparo, la familia pudo permanecer alejada del frente, disfrutando de los campos de naranjos y la cercanía del mar y recreándose por las noches en la lectura del Quijote. Antonio Machado siempre recomendaba a sus hermanos (solamente José y Francisco tuvieron descendencia, tres hijas cada uno) que adentrasen a las pequeñas en la lectura de Cervantes en cuanto conociesen las primeras letras.

De Valencia, los Machado pasaron a Barcelona. Ante la crítica situación que vivían, Antonio consiguió que sus sobrinas fuesen incluidas en los programas de evacuación de niños a Rusia. Poco antes de partir, Francisco y Mercedes prefirieron que sus pequeñas permaneciesen con ellos y afrontar juntos el final del conflicto bélico, fuera cual fuese el desenlace. Hoy, noviembre de 2021, no sobreviven ninguna de aquellas seis primas. Eulalia y Leonor se reencontraron muchos años después en Madrid. En enero del 39 los Machado, junto a miles de fugitivos, cruzaron la frontera francesa. El 22 de febrero Antonio moría en Colliure y tres días después lo hacía su madre.

De forma accidental, Manuel conoció en Burgos el fallecimiento de su hermano y marchó en busca de los suyos con ánimo de recoger a su madre; cuando los encontró, ella también había muerto. Regresó apenado y al término de la Guerra realizó gestiones para que Francisco, expedientado por el régimen de Franco al abandonar España con las «hordas rojo-separatistas», pudiese volver a nuestro país, mientras que José y Joaquín se exiliaron en Chile y jamás regresaron.

Expedientado. De nuevo en España, Francisco hubo de resolver el expediente de depuración al que había sido sometido. Presentado voluntariamente a las nuevas autoridades, fue declarado exento de responsabilidades al considerar que, como director de la Prisión de Mujeres de Madrid, había observado una «conducta intachable, era persona “de orden y apolítica”, y no había participado en hechos delictivos durante “el dominio rojo». Curiosamente, estas valoraciones coincidían con otras realizadas por Dolores Ibárruri, Pasionaria, quien escribió que su estancia en prisión, bajo la tutela de Francisco Machado, 1934, había sido bien diferente a la sufrida en otros penales. Fue readmitido sin sanción y nombrado director de la Prisión de Mujeres de Amorebieta (Vizcaya), de la que no llegó a tomar posesión.

Pero su reincorporación no fue sencilla. En septiembre de 1940 se decretó la baja en el servicio de aquellos funcionarios que no tuviesen adecuadas condiciones de salud o morales. Se comunicó a Francisco que le convendría obtener la jubilación. Tenía 56 años. No aceptó la sugerencia, argumentando encontrarse perfectamente, haber superado problemas de somnolencia sufridos diez años antes y estar dispuesto a desempeñar las funciones que se le encomendasen. En respuesta a esa actitud fue declarado excedente forzoso, reduciéndosele su sueldo en una tercera parte.

Francisco, quien en 30 años jamás había sido amonestado, hizo todo lo posible por conseguir su rehabilitación. No entendía cuáles podrían ser los motivos de su situación, suponiendo que obedecían a su carácter compasivo con relación a la población reclusa, «a la que nunca llegó por ningún medio violento, sino por el de la persuasión». Llama la atención, al respecto, un informe de la Inspección Central de la Dirección General de Prisiones en el que se afirmaba que «confiado en su caballerosidad no prevé que el material recluso con quien labora puede ser desleal y no siempre merecedor del sistemático trato humanitario que les dispensa»; sin duda ése era un grave problema en aquellos tiempos, máxime cuando las cárceles estaban atestadas de presos políticos. A pesar de esas consideraciones, Francisco consiguió que un tribunal médico dictaminase que poseía aptitud física y mental para el desempeño de su cargo de director del Cuerpo, reintegrándosele en servicios burocráticos.

Su hija Leonor cuenta con orgullo que «entre la población reclusa, donde ejerció, le tenían en una alta estima por su trato bondadoso y proclive a favorecer dentro de la responsabilidad y cumplimiento que exige el cargo». Tan elevado fue el respeto, «que en uno de sus destinos varios penados pospusieron una fuga para no causarle problemas, pues el día previsto para huir mi padre era el oficial de guardia», recuerda.

Los del 90. En los últimos años de su vida, Francisco se refugió en la literatura. Reeditó Leyendas Toledanas, fue miembro activo de la Agrupación de Escritores «Los del 90», de la que había sido fundador junto a su hermano Manuel, y colaboró con el semanario gráfico Fotos. El 5 de enero de 1950, a los 64 años, murió en Madrid. Antes de fallecer entregó a su hija Leonor una maleta en la que conservaba manuscritos de Antonio y Manuel. Ella custodió con mimo el legado y actualmente la Fundación UNICAJA los está publicando en edición facsímil.

Francisco Machado con su hija Leonor.

Tras su muerte, Gerardo Diego le consideró como el más modesto de los tres hermanos líricos. Esa condición también fue puesta de manifiesto por el doctor Álvarez Sierra, fraternal amigo de los Machado, quien reivindicó su memoria, considerando que su «excesiva modestia y las obligaciones de su carrera administrativa dejaron en una zona de penumbra la gloria de sus versos».

Dejó sin publicar otro proyecto literario poético, “Ráfagas de inquietud”, que jamás llegó a ser impreso.

Fue autor de libretos de teatro, algunos de ellos para “genero Chico”, otros para zarzuelas y guiones cinematográficos para sus leyendas toledanas, además de un centenar de letras de canciones con músicos amigos, que todavía se encuentran registradas en la SGAE.  De todo este material literario se conservan los manuscritos originales, que en su día se publicarán.

Por ahora, a modo de resumen y anticipo, se publicó en abril de 2011 un libro bajo el tituló de  “Obras escogidas” de Francisco Machado, Prologo de Leonor Machado, por Ediciones de la Torre.

 

COSMÓPOLIS ENERO 1919. Solo Arts. MACHADO. (en este nº 1, M. Machado)

En este número 1 de la Revista Mensual Cosmópolis, de enero de 1919, su Director E. Gómez Carrillo, nos incluye 4 trabajos de Manuel Machado:

1.-     «El arte en el teatro», pág. 180 a 185.

2.-     «El arte en el teatro», pág. 347 a 353.

3.-     «Ars Moriendi», pág. 376 a 378.

4.-     «El arte en el teatro», pág. 547 a 552.

La revista (cuatro números en un primer Tomo), contiene otros trabajos, entre ellos, de D’Annunzio, Oscar Wilde, Cansinos.Assens, M.Maeterlinck, Mallarmé, Eduardo Dato, Reynaldo Hahn, …….

 

 

 

 

 

ANTONIO MACHDO: Ética y Poética. Por Juan López Morillas.

Antonio Machado: ética y poética.

Por Juan López Morillas.

 

Antonio Machado

 

No cabe duda de que Antonio Machado es el poeta más leído y admirado en la España actual. Buena parte de la lírica reciente ha surgido bajo su advocación, y si la pleitesía que se le rinde no siempre parece desinteresada, ello prueba sólo que todo culto está en alguna medida lastrado de intenciones privativas. En esta ocasión quisiéramos explorar algunos de los motivos de tal veneración, sobre todo aquellos que cabe atribuir a singulares condiciones de tiempo y lugar. Dicho de otro modo: ¿Por qué precisamente Antonio Machado en la España de hoy con preferencia a otros grandes poetas contemporáneos suyos? Va a ser cuestión, como se ve, de “psicología cultural” más que de historia literaria o de crítica poética. Pero es de barruntar que nuestra pesquisa no disgustaría al propio don Antonio, muy dado de suyo a ponderar poetas con un criterio claramente personal.

“A la ética por la estética”, proclama Juan de Mairena, heterónimo preferido de Machado. Con este aforismo acentúa el profesor apócrifo la vertiente humana de toda creación artística y subraya el carácter adjetivo del arte contra quienes pretenden darle la primacía en la escala de los valores o incluso ponerlo fuera del alcance de toda consideración ética. Nada nuevo, en verdad, hay en esta noción. Con ella Machado no hace sino reiterar un tópico de que está jalonada la historia entera del arte, en general, y de la poesía, en particular. Pero, así y todo, a ese aforismo hay que volver una y otra vez para dar con la raíz de la poesía machadiana, que es la “honda palpitación del espíritu” de un hombre “en el buen sentido de la palabra, bueno”. Cuando se lee el “Retrato” que abre las páginas de Campos de Castilla, la impresión que se recibe es la de un individuo que para encontrarse a sí mismo se va despojando de todo lo despojable y que se sirve de la poesía para tal fin. No sería exagerado sugerir que toda la obra machadiana, verso y prosa, brota de un afán de renuncia a todo aquello que con insidioso hechizo ha venido a encubrir o falsear lo esencial humano. Para poder averiguar lo que puede o debe ser, el hombre tiene que saber primero lo que es, escudriñarse con ojos limpios de prejuicio, seguro de que al verse “casi desnudo, como los hijos de la mar”, le quedará siempre ese “orgullo modesto” que Machado, con característica sordina, hace sinónimo de la humana dignidad: “Poca cosa es el hombre —dice Mairena a sus oyentes— y sin embargo, mirad vosotros si encontráis algo que sea más que el hombre, algo sobre todo, que aspire como el hombre a ser más de lo que es. Del ser saben todos los seres…; del “deber ser” lo que no se es sólo tratan los hombres…”

Lo específico humano es, pues, ese imperativo moral, ese “deber ser” que trasciende lo que se es genéricamente. Machado ha insistido tanto más sobre ese mandamiento cuanto que temía que se eclipsara en las contiendas ideológicas de su tiempo, presididas en España por la teoría orteguiana del hombre-masa y la interpretación aristocrática de la cultura asociada a ella. Diríase que frente a la tesis de Ortega quería el poeta afirmar lo que pudiera llamarse paradójicamente un “individualismo universal”, de traza romántica, pero cuya expresión más inmediata la encontraba Machado en las dos corrientes de pensamiento que más influyen en su temprana formación espiritual: Francisco Giner y Miguel de Unamuno. Del primero, “viejo alegre de la vida santa”, recibe durante los años de estudio en la Institución Libre de Enseñanza la noción de que el más alto ideal a que puede aspirar el hombre es, sencillamente, ser bueno: “Sed buenos y no más”, dice a sus discípulos don Francisco en el “Elogio” que a su muerte le dedica Machado; y hacia ese ideal ético se enderezan en definitiva los esfuerzos pedagógicos de Giner y sus colaboradores de la Institución. Para Machado, como para Giner, no hay oficio más noble que el de enseñar. Como tantos otros alumnos de la benemérita Institución, Machado sintió el impetus sacer que flotaba en las aulas de la Casa y que hacía de cada uno de los educandos un maestro en ciernes, inquisitivo, desembarazado y razonador. A ello se prestaba fácilmente la pedagogía institucionista, de la que Cossío nos ha dejado un resumen cabal: “tolerancia, ingenua alegría, valor sereno, conciencia del deber, honrada lealtad…; mutuo abandono y confianza entre maestros y alumnos…; intuición, trabajo personal y creador, procedimiento socrático, método eurístico, animadores y gratos estímulos, individualidad de la acción educadora en el orden intelectual como en todos, continua, real, viva, dentro y fuera de la clase”. No hace falta ser muy zahorí para adivinar en esta descripción la clase de Retórica y Sofística que regenta Juan de Mairena en las horas, nada escasas por lo visto, que le deja libres su cargo oficial de profesor de Gimnasia. A1 igual que Giner, Mairena entiende que enseñar no es adoctrinar, sino —nótese la ironía— hacer con los alumnos gimnasia mental, ayudándolos a desentumecer la sustancia gris embotada por la incuria o la desidia: “Vosotros sabéis —dice Mairena a sus discípulos— que yo no pretendo enseñaros nada, y que sólo me aplico a sacudir la inercia de vuestras almas, a arar el barbecho empedernido de vuestro pensamiento, a sembrar inquietudes, como se ha dicho muy razonablemente, y yo diría, mejor, a sembrar preocupaciones y prejuicios”. Es de sospechar que si Mairena viera lograda algún día su ambición de fundar una “Escuela Superior de Sabiduría Popular”, ésta se asemejaría en lo sustancial a la Institución Libre de Enseñanza y Juan de Mairena sería un don Francisco Giner redivivo, sagaz, travieso y paradójico, dedicado como su modelo a zarandear mentes ociosas.

Pero la deuda de Machado para con Giner no se limita a la aceptación de la pedagogía institucionista, la cual no es al cabo sino la manifestación dialéctica —dialógica— de una concepción circunstancial del hombre y el mundo. Giner estimaba que la rutina, la apatía, el falso tradicionalismo, residuos de una “España inferior que ora y bosteza / vieja y tahúr, zaragatera y triste”, amenazaban ahogar bajo su costra de siglos el manantial mismo de la vida española. Urgente faena, por tanto, era la de hacer calas en esa cobertura anquilosada, llegar a esa fuente misma de realidades y posibilidades humanas y darle salida para que pudiera fecundar el áspero yermo nacional. El niño y el mancebo eran, pues, para Giner y sus colaboradores promesa de redención en un país habituado de antiguo al descuido o despilfarro de sus naturales energías. Pero, por supuesto, no la única promesa. Se podía contar además con una España que empezaba a despuntar cabalmente por los días en que se fundaba la Institución Libre de Enseñanza, “la España del cincel y de la maza” que ya en días de Machado había cobrado conciencia de sí misma y se aprestaba a desempeñar un papel decisivo en la escena nacional. A esa otra España naciente la veía Giner bajo la noción romántica de “pueblo”, un pueblo concebido todavía como “espíritu colectivo”, guardián inconsciente de lo que Machado llama el “pasado macizo de la raza”. Muy dentro de la tradición de los románticos alemanes —y recuérdese que Krause figura a su manera entre ellos— Giner miraba como tarea primordial la de intentar por medio de la educación “hacer pueblo”, coadyuvando a elevar a la categoría de tal lo que de lo contrario quedaría reducido a lo que en carta a Clarín llamaba una “primera materia, rústica y embrutecida y salvaje”. De los otros, del “señorío”, como él decía con desdén, poco cabía esperar como no fuera oposición tenaz a todo intento de alterar el orden establecido. No muy desviada de la noción gineriana, aunque desde luego más “poética” o, si se quiere, menos pragmática, está la de Unamuno, atento como es notorio a buscar al hombre inmanente bajo el caparazón del ente social o, más ampliamente, al pueblo eterno bajo la sociedad histórica. Conviene recordar que la pretendida existencia de ese pueblo eterno, encarnación de la tradición esencial y no del tradicionalismo al uso, pueblo cargado de sabiduría milenaria, pero sordo a la ciencia del día, fue la única esperanza de rehabilitación que creían ver algunos intelectuales españoles desilusionados ante el fracaso del progresismo mesocrático apadrinado por la Revolución de Septiembre, indignados por las artimañas políticas de la Restauración y, por último, afligidos por los acontecimientos calamitosos de 1898. No es, pues, de extrañar que durante ese cuarto de siglo se haga frecuente hincapié en la distinción entre “nación” —lo accidental histórico— y “pueblo” —lo sustancial eterno— y que se llegue en algunos casos extremos (Unamuno, Costa, Morote, Maeztu), incluso a propugnar la disolución de la primera como único recurso para salvar al segundo. Ahí está en gran medida el fundamento de esa apelación en última instancia a un “alma española”, incólume a través de los avatares de la historia, que constituye el común denominador de las dispares orientaciones de los llamados “hombres del 98″.

Pareja solicitud por el pueblo, en el sentido en que venimos interpretándolo aquí, descubrimos en Machado, quien en “Juan de Mairena” nos brinda concretas observaciones sobre el particular. “Entre españoles —declara— lo esencial humano se encuentra con la mayor pureza y el más acusado relieve en el alma popular.” En principio, al menos, Machado hace suya la mentada tesis de que existe una España inmaculada de espíritu bajo “la malherida España, de carnaval vestida…, pobre y escuálida y beoda”. E1 alma del pueblo permanece virgen en el cuerpo prostituido de la nación. La única salvación posible está en tomar contacto con ese rico venero, a sabiendas de que cuando ha logrado manifestarse de algún modo lo ha hecho con inigualada grandeza y dignidad: “En España casi todo lo grande es obra del pueblo o para el pueblo”, afirma Machado-Mairena, y añade en otro lugar: “Tenemos un pueblo maravillosamente dotado para la sabiduría, en el mejor sentido de la palabra; un pueblo a quien no acaba de entontecer una clase media, entontecida a su vez por la indigencia científica de nuestras universidades y por el pragmatismo eclesiástico, enemigo siempre de las altas actividades del espíritu. Nos empeñamos en que este pueblo aprenda a leer, sin decirle para qué y sin reparar en que él sabe muy bien lo poco que nosotros leemos”. Adviértase cuán cerca anda aquí Machado de aquel parecer de Unamuno cuya más temprana expresión se halla en sus ensayos de fin de siglo: “¡Qué tesoros ignorados guarda aún para el poeta y el pensador el pueblo!” escribe don Miguel, y agrega: “La salvación está, una vez más, en volver a hablar en necio, con la sublime necedad con que Lope hablaba a los mosqueteros de los corrales y, desde los carros de los cómicos de la lengua, al pueblo de los campos”.

La busca de tales “tesoros ignorados” ha sido, según frecuente testimonio de Machado, la intención cardinal de su poesía y su poética, intención cuyo cariz moral, si vale la pena recalcarlo, es manifiesto. Porque ese rico acervo de intactas posibilidades que yace en la entraña del pueblo es sencillamente la quintaesencia de lo humano, la hombría de bien en su más hondo y pleno sentido. Para hablar de ese acervo, Machado emplea de continuo la voz “folklore”, cuyo significado (sin duda por influencia del padre, Antonio Machado Álvarez, conocido folklorista de lo andaluz), desdobla Mairena del siguiente modo: “en primer término…, saber popular, lo que el pueblo sabe, tal como lo sabe; lo que el pueblo piensa y siente, tal como lo siente y piensa, y así como lo piensa y plasma en la lengua que él, más que nadie, ha contribuido a formar. En segundo lugar, todo trabajo consciente y reflexivo sobre estos elementos, y su utilización más sabia y creadora”. Frente a ese saber infuso que, con palabras de Unamuno, “es más que ciencia, es sabiduría”, empalidecen los saberes adventicios de la cultura moderna: “Es muy posible —apunta Mairena— que, entre nosotros, el saber universitario no pueda competir con el “folklore”, con el saber popular. E1 pueblo sabe más y, sobre todo, mejor que nosotros”. La plasmación al par que el vehículo de tal sabiduría es “una lengua madura de ciencia y conciencia popular”, de cuyo caudal habrán de nutrirse igualmente el filósofo y el poeta. Machado, como Unamuno, se aferra a la idea de que una lengua es ya de por si una manera de ver, entender y explicar el mundo, es decir, que es ya de por si una metafísica y una poesía virtuales, y si se quiere, claro está, una religión y una moral. Todas estas actividades del espíritu, en apariencia distintas, laten indiferenciadas en el hondón de la sabiduría popular. “Nuestro punto de arranque, si alguna vez nos decidimos a filosofar, está en el “folklore” metafísico de nuestra tierra”, sermonea Abel Martín. “Si vais para poetas, cuidad vuestro “folklore”, porque la verdadera poesía la hace el pueblo”, predica Juan de Mairena. Obsérvese en este respecto la aseveración machadiana de que “todo poeta debe crearse una metafísica que no necesita exponer, pero que ha de hallarse implícita en su obra”; repárase también en que tal metafísica es anterior a toda lógica, una “fe cordial”, una “honda creencia” anclada en los universales del sentimiento; y recuérdese por último que alguna parte de la obra de Machado —y concretamente los “Proverbios y cantares”— revela el afán de ensamblar metafísica y poesía populares a fin de restituirles en alguna medida su prístina conjunción.

Y ahora creemos que se podrá entender mejor lo que más arriba llamábamos el “individualismo universal” de Machado y por qué, aunque la expresión parece antinómica, no hay inconveniente en usarla. En definitiva se trata de puntualizar la relación entre el poeta, como creador individual, y el pueblo, como depositario de una ética y una sapiencia seculares o, valga la expresión, de los universales del sentimiento. A través de Jorge Meneses —poeta inventado por Mairena, inventado a su vez por Machado— nos dice éste: “La poesía lírica se engendra siempre en la zona central de nuestra “psique”, que es la del sentimiento; no hay lírica que no sea sentimental. Pero el sentimiento ha de tener tanto de individual como de genérico, porque aunque no exista un corazón en general que sienta por todos, sino que cada hombre lleva el suyo y siente con él, todo sentimiento se orienta hacia los valores universales o que pretenden serlo”. Sin insistir demasiado sobre el tema, Machado esboza una noción del sentimiento —de la que la teoría del amor que propugna Abel Martín es condensación específica— como “emoción”, en una denotación etimológica algo arbitraria, esto es, como movimiento de-hacia, siendo el “de” en este caso el individuo y el “hacia” los demás. “El sentimiento no es una creación del sujeto individual —nos dice taxativamente— … Hay siempre en él una colaboración del ‘tú’, es decir, de otros sujetos… Mi sentimiento no es, en suma, exclusivamente ‘mío’, sino más bien ‘nuestro’…; mi corazón canta siempre en coro, aunque su voz sea para mí la voz mejor timbrada.” Y aquí, a nuestro juicio, está la clave ética de la poética de Machado y el fundamento de las numerosas apostillas que éste nos brinda sobre el lenguaje de la lírica. E1 poeta no debe aspirar a crearse una lengua rebuscada y sibilina, privativa y excluyente, pues hacer tal cosa supondrá no sólo la incomunicabilidad de su poesía, sino —lo que es todavía más grave— la perversión deliberada de todo sentimiento germinal. Y conviene apuntar que por “perversión” del sentimiento se entiende aquí una “versión torcida” de él, esto es, el encauce de la poesía no hacia los otros, sino hacia uno mismo. E1 poeta que se solaza con los juegos malabares deltrobar clus puede revelar, sí, agudeza e ingenio, rasgos propios de la poética barroca, pero es de sospechar que su vida afectiva es estéril, dominada como está por la autoestima. E1 desdén palmario con que Machado habla de los poetas culteranos y conceptistas, la discreta aversión con que mira el exuberante metaforismo y la “abigarrada imaginería” de una parte de la poesía joven de su tiempo y, para señalar un caso concreto, el manifiesto desencanto con que vio a Juan Ramón Jiménez, a partir de 1917, hacer vía hacia una lírica “cada vez… más conceptual y… menos intuitiva” son conclusiones de una tesis según la cual el poeta es quien a veces lleva la voz cantante entre las voces seculares de su lengua y de su raza, pero a veces también funde la propia voz humildemente con ellas para engrosar lo que es al cabo un patrimonio colectivo.

A ningún estudioso de la lírica española se le oculta que no pocos de los poetas de hoy conciben su labor en orientación semejante en principio a la de Machado. A la vuelta de tanto gongorismo y garcilasismo, de tanta doctrina extra-poética, de tanto castillo interior y torre ebúrnea, de tanta poesía pura y poesía minoritaria, se ha ido acentuando el perfil del poeta responsable, esto es, del poeta que bucea en la propia intimidad no para regodearse en ella con búdica complacencia, sino para descubrir en lo que cabe su radical condición, su dimensión vital y su destino, en suma, su humanidad genérica. En esa iluminación ejemplar que mediante su poesía nos da el poeta del hombre que lleva dentro consiste el fundamento ético de su quehacer. Porque, en realidad, nos incita a los demás, que no somos poetas, a hacer lo propio a nuestro modo. Vista así, la poesía no tiene por qué repudiar su función ancilaria, ni nosotros tenemos por qué escandalizarnos de que Machado nos aconseje llegar a la ética por vía de la estética. Esto lo saben muy bien algunos de los poetas españoles actuales, sobre todo aquellos cuya obra acusa una clara vertiente social. Y el ejemplo de éstos, en fértil propagación, puede, al menos por lo que respecta a España, dar razón a Gabriel Celaya cuando dice que la poesía es “un instrumento para transformar el mundo”. A lo que cabe responder con un sencillo y cálido “amén”.

Publicado originalmente en Insula 23.256 (1968): 1-12. Se reproduce en Hacia el 98: Literatura, sociedad, ideología. Barcelona: Ariel, 1972. 255-269.

© José Luis Gómez-Martínez

Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

 

GUERRA, PUEBLO Y CULTURA; ANTONIO MACHADO EN EL CONGRESO DE VALENCIA (1937). Por Matías Escalera Cordero.

GUERRA, PUEBLO Y CULTURA: ANTONIO MACHADO EN EL CONGRESO DE VALENCIA (1937)

Matías Escalera Cordero

Secretario de Redacción de Verba Hispanica Universidad de Ljubljana

ARBOR Ciencia, Pensamiento y Cultura
CLXXXV 739 septiembre-octubre (2009) 1073-1078 ISSN: 0210-1963 doi: 10.3989/arbor.2009.739n1074

 

WAR, PEOPLE AND CULTURE: ANTONIO MACHADO AT THE VALENCIA CONGRESS 1937
ABSTRACT: These notes scrutinize the key ideas taken from the spee- ch of the poet Antonio Machado in the last session of the Second Wri- ters Congress in Valencia, on July, 1937; meanwhile Spanish people was fighting against the inside and foreigner fascism forces. And it explains how at that moment Antonio Machado synthesizes –face the antifascist companions– their main thoughts written all along the war time, as press writings, as public speeches; on interviews or by the waves, on the radio.
KEY WORDS: Antonio Machado; Mairena; Second Writers Congress; Valencia; Spain; 1937; Civil Spanish War; Spanish Republic; people culture; antifascism; commitment; intellectuals; writers and writing.

 

RESUMEN: Este artículo analiza, una a una, las ideas claves del dis- curso que Antonio Machado pronuncia en la última de las sesiones celebradas en Valencia, en el mes de julio de 1937, ante los intelec- tuales y escritores antifascistas que se han reunido en España en el II Encuentro de Escritores en Defensa de la Cultura, con el fin de apoyar a la República española en combate contra las fuerzas gol- pistas interiores y contra las potencias fascistas exteriores. Además, muestra cómo Antonio Machado sintetiza en ese discurso las líneas esenciales de su pensamiento expresado tanto en los artículos de la serie de Mairena, como en sus numerosas intervenciones públicas durante la guerra.

PALABRAS CLAVE: Antonio Machado; Mairena; discurso; II En- cuentro de Escritores; Valencia; 1937; Guerra Civil española; Se- gunda República; cultura popular; compromiso; intelectuales; es- critores; lucha antifascista; función de la escritura.

TEXTO DEL  ARTICULO

Tras el levantamiento del 18 de julio de 1936, muchos intelectuales y artistas de todo el mundo, que habían constituido en París, durante el Congreso de Escritores, la Asociación Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura, del cual la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura1 era la sección española; se pusieron del lado de la Segunda República Española.

La Alianza organizó dos congresos internacionales: el primero, apenas fundada como tal, un mes después del levantamiento, en agosto de 1936; y, el segundo, mucho más multitudinario y de amplísima repercusión, dividido en varias sesiones (del 4 al 17 de julio de 1937: en Valencia y Madrid principalmente, pero también en Barcelona y París – donde hicieron de coordinadores, entre otros, Neruda y Malraux–); denominado oficialmente II Encuentro de Escritores en Defensa de la Cultura, ha pasado a la historia como Congreso Internacional de Intelectuales Antifascistas; al que contribuyeron hombres y mujeres de diversas tendencias, tanto de Europa y América, como de España:  todo lo más granado de las generaciones intelectualmente activas en ese momento; que hicieron una llamada de alarma ante el irresistible avance del fascismo en España, y en toda Europa .

Antonio Machado, presidente de honor del mismo –pues la presidencia ejecutiva la ostentó José Bergamín –, dirigió un discurso a los asistentes – en la octava sesión de la asamblea de Valencia, del día 10 de julio–, que salió posteriormente publicado en el número VIII de Hora de España, de agosto de 1937, como uno más de la serie de Juan de Mairena a la que tradicionalmente se ha integrado con el número LVII, con el título de “Sobre la defensa y la difusión de la cultura: Discurso pronunciado en Valencia en la sesión de clausura del Congreso Internacional de Escritores” (Fernández Ferrer, 56-65)

En él, Antonio Machado engarzaba, y revalidaba, algunas de las ideas motrices –y recurrentes– de sus escritos y de sus intervenciones públicas durante la guerra: de hecho se compuso –en buena parte– con fragmentos y motivos ya publicados.

La parte inicial, “el poeta y el pueblo”, con variantes, había salido en su primer artículo en Hora de España (que hará el número LI de las sucesivas ediciones de la serie dedicada a Mairena, bajo el título Consejos, sentencias y donaires de Juan de Mairena y de su maestro Abel Martín); es el último fragmento del mismo.

Los fragmentos 3-7 de “Los milicianos del 36” formaban parte de ¡Madrid!, escrito publicado en el número 13 de la revista Ayuda (del 15 de agosto de 1936), con los dibujos de su hermano José Machado; y, luego, en el diario ABC, del 10 de noviembre del mismo año 1936; y los fragmentos 1-3 se incluyeron, además, en su último libro, La Guerra.

Los últimos fragmentos del discurso (a partir de 5.4) son los fragmentos 3-5 del artículo número LII de la serie: Sigue hablando Mairena a sus alumnos.

Y la alusión al “principio de Carnot” (en 5.3), aplicado a la cultura, aparece ya en Juan de Mairena I (XVII, 3).

En su discurso, Machado no trata de inventar, ni siquiera de ser original –ni menos de improvisar–. En ello, puede verse una intención de ratificación y esclarecimiento; pero también, tal vez –si consideramos, además, su escasa participación en la organización y marcha del congreso–, el cansancio (4) y la convicción de ser un superviviente –alguien del pasado, frente a aquellos jóvenes intelectuales, los verdaderos protagonistas del presente y del futuro (5)–; o bien que aceptaba su papel de mero “símbolo vivo” de la República, de patriarca de una resistencia abocada a un fracaso ciertamente paradójico .

Sea como fuere, las ideas motrices del discurso de don Antonio fueron aquellas que fundamentaron buena parte de sus escritos e intervenciones públicas durante la guerra.

El arte acaba y empieza en el pueblo; más allá de la “etnia” (nación), están las clases, y en la única clase donde puede habitar la cultura –que no es la de los señoritos y banqueros–, es en la clase proletaria.

“… ¿Un arte proletario? Para mí no hay problema. Todo arte verdadero será arte proletario. Quiero decir que todo artista trabaja siempre para la prole de Adán. Lo difícil sería crear arte para señoritos, que no ha existido jamás” (Consejos, sentencias y donaires de Juan de Mairena y de su maestro Abel Martín. LI, 9).

La Guerra, verdadero mirador de la Historia, nos devuelve el Referente –los objetos reales/históricos– de los signos, incluso de los poéticos; en otras palabras, la “realidad de los hombres” (reales y verdaderos) penando y existiendo problemáticamente.

“… La guerra, esta terrible guerra de España, tan hondamente humana, ha sacudido a nuestros jóvenes poetas y les ha puesto en rudo contacto con el hombre, el que cada uno lleva consigo, y con el de su pueblo, que antes no se les había revelado, y con los temas más universales, que todos ellos rebasan las fronteras de su nación (7)…”.

La guerra de España no es –ya; ni siquiera al principio– una guerra civil (como quieren hacernos creer), es una guerrade clases… En realidad, se lucha por la supervivencia y el triunfo de la Tercera República –“popular”– española, surgida de las cenizas (el 16 de febrero de 1936) de la Segunda República –“ilustrada” y burguesa–, secuestrada y muerta por la vieja –sempiterna– reacción de las viejas clases del “bloque oligárquico”, del que habla Tuñón de Lara . (8)

“… Hoy hace seis años fue proclamada la Segunda República española. Yo no diré que esta república lleve seis de vida; porque entre la disolución de las ya inmortales Cortes Constituyentes y el triunfo del Frente Popular, hay muchos días sombríos de restauración picaresca, que no me atrevo a llamar republicanos. De modo que, para entendernos, diré que hoy evocamos la fecha en que fue proclamada la segunda gloriosa República española. Y que la evocamos en las horas trágicas y heroicas de una tercera República, no menos gloriosa, que tiene también su fecha conmemorativa –16 de febrero– y cuyo porvenir nos inquieta y nos apasiona9…”.

El porvenir del mundo, mientras tanto, es un porvenir militar (pero de distinto tipo)

“… Algún día –decía mi maestro– se acabarán las guerras entre naciones. Dará fin de ellas la táctica oblicua de las luchas de clase, cuando los preparados a pelear de frente tengan que pelear de frente y de costado (10)…”.

Porque

“… toda guerra está ya más o menos complicada con la revo- lución…/…nuevas guerras, más o menos catastróficas, pero desde luego menos vacías…/…en que todo el mundo va a saber por qué y para qué se lucha (11)…”.

Y, en caso de dudas, lo primero es la causa del pueblo “… si algún día tuviereis que tomar parte en la lucha de clases, no vaciléis en poneros del lado del pueblo, que es del lado de España…”; había escrito, poco antes, en «Sigue hablando Mairena a sus alumnos» (12)

El “pueblo en armas” –contra el que se hace la guerra– es, además, el fundamento –el origen y la meta– de la auténtica cultura y de la “dignidad nacional”, frente al “señoritismo”. Y el Cid (metáfora del “pueblo en armas”) es el símbolo –como lo son también los héroes del 2 de mayo de 1808– de la resistencia “democrática” contra las “clases decadentes” que han desencadenado la guerra; según esa línea de “apropiación didáctica” de la tradición literaria medieval castellana, y de sus héroes, promovida por Menéndez Pidal –y el republicanismo liberal, en general–, desde su –tan decisiva en muchos aspectos– introducción a la edición del Poema de 1913. Por lo que el lema “nadie es más que nadie” del viejo pueblo de Castilla, da la medida de la verdadera –nueva– “aristocracia del espíritu”, que ignoran –incapaces de ver la realidad– los “señoritos” de la cultura: sean españoles o aristócratas capitalistas de la City londinense, o los jerifaltes nazis y fascistas de Berlín y Roma.

De tal modo que la “guerra total” –de clase, perpetrada contra los pueblos, de la que la guerra de España no sería más que un acto más, el preludio de la conflagración que se avecina– forma parte tanto de la lógica del capitalismo –liberal–, de ahí la política de no intervención promovida por los gobiernos de la llamadas potencias democráticas, contra la opinión mayoritaria de sus pueblos; como de la del fascismo. Dos modos de un mismo y único imperia- lismo; pues, en última instancia, liberalismo y fascismo, son una y la misma cultura, que combinaría y sumaría, básicamente, estos tres elementos: máquinas, beneficios y depredación.

Para Antonio Machado, no cabe la menor duda –lo ha venido escribiendo y diciendo; y lo seguirá repitiendo hasta el final, en sus escritos e intervenciones públicas, principalmente desde las páginas del diario barcelonés La Vanguardia, a lo largo de casi todo el año 1938–, las clases dominantes de Inglaterra y Alemania son enemigos coyunturales, pero, en última instancia, son la misma e idéntica cultura; por eso, el verdadero enemigo es la Unión Soviética –en realidad, los trabajadores de todo el mundo–, y ésa será –la que venga tras esta guerra, que es su prolegómeno– la verdadera guerra; y esas dos guerras se están librando en España.

“… ‘Luchamos por la cultura’ –seguirán gritando–; y habrá que responderles: En mal hora pronunciáis esa palabra. Tan cultos sois vosotros [la Inglaterra y la Francia democráticas] como vuestros adversarios [la Alemania nazi y la Italia fas- cista]. Tan cultos y tan fieros. ¿Quién sabe si esa cultura, que recabáis como un privilegio, es, en gran parte, lo primero que debierais arrojar al cesto de la basura? (13)…”

Así, pues, el mensaje que lanza a los escritores e intelectuales reunidos en Valencia es claro y cortante como el acero de sus palabras –en el tiempo: de la Historia–, “escribiendo para el pueblo, escribimos para los mejores”. El dilema (axial), por tanto, es que “o escribimos sin olvidar al pueblo, o sólo escribiremos tonterías”, ya que la cultura –como el sábado– es para el hombre –para “cada hombre”: tomado uno a uno–, para su engrandecimiento y emancipación, o no es cultura.

¿Y las “inmensas minorías”, dónde quedan? Desde el principio, las vanguardias, para don Antonio Machado son un fruto de la “desorientación” y la “discontinuidad” histórica.

“… Lo más terrible de la guerra que se avecina –habla Mairena un año antes de morir, en 1909– ha de ser la gran vacuidad de su retórica y, sobre todo, las consecuencias literarias y artísticas que ella ha de tener una vez terminada. Los hombres saldrán algo idiotizados de las trincheras, preguntándose para qué han guerreado y para qué se guerrea. De un modo más o menos consciente, esa pregunta la hará el arte, el arte literario antes que ninguno (¿para qué se escribe?, ¿para qué se pinta?, y usted, ¿para qué esculpe?), y como no ha de saber responderse, el hombre de la postguerra será un hombre estéticamente desorientado, y dará culto al infantilismo, del non sens, del primitivismo rezagado…/…Lo más característico de ese arte será una total recusación de toda labor de continuidad (14)…”.

La cultura que deben defender entonces los reunidos en el Congreso, en representación de los intelectuales y artistas antifascistas de todo el mundo –difundiéndola y compartiéndola con sus pueblos–, debe ser “conciencia vigilante”, y debe tener por objeto “despertar al dormido”, ya que las “palabras en el tiempo” –la poesía y el arte que no han suprimido el Referente de los signos artísticos– son, antes que nada, herramientas de humanización y de transformación; y en las situaciones de emergencia, armas de combate… “Si mi pluma valiese tu pistola…”: escribirá el poeta a Líster, y no es un viejo gagá que chochea –como muchos quieren hacernos creer interesadamente–, el que esto escribe; es un poeta e intelectual cansado y avejentado, quizás, pero que no ha dudado en ponerse en la primera línea de la Historia, el que, desde el mirador privilegiado de su experiencia, de su talla moral y de su plenitud intelectual, lo suscribe.

La cultura –esa cultura popular, compartida y auténtica, que tanto miedo da a los poderosos– no es ninguna “mercancía”, ni pretende generar plusvalías ni privilegios; por tanto, la ley física de la entropía –Carnot– no funciona con la extensión y difusión de la cultura, puesto que en términos sociales y éticos, muy al contrario, “se pierde lo que se guarda, se gana lo que se da.”

“… nada parece que deba aconsejarnos la defensa de la cultura como privilegio de casta, considerarla como un depósito de energía cerrado, y olvidar que, a fin de cuentas, lo propio de toda energía es difundirse… Digo esto para que no os acon- gojéis demasiado porque las masas, los pobres desheredados de la cultura tengan la usuraria ambición de educarse y la insolencia de procurar los medios para conseguirlo…”.

Había escrito ya antes de la guerra (15).

“… No puede atenderse a la formación de una casta de sabios, con olvido de la cultura popular, sin que la alta cultura degenere y palidezca como una planta que se mustia por la raíz…”.  Anota, además, don Antonio –más o menos por el mismo tiempo–, en sus Apuntes (1933-34), con respecto a un artículo de Pío Baroja de 1920 acerca de la cultura de masas (16) .

El pueblo –los pueblos– tiene muchas razones para su autodefensa; y si mañana –el día menos pensado– el “ven- daval” que sacude el bosque, no logra tronchar las ramas muertas, pudiera ser bueno que se desatase el huracán: avisa y afirma el poeta. “Nunca peguéis con lacre las hojas secas de los árboles para fatigar el viento. Porque el viento no se fatiga, sino que se enfada, y se lleva las hojas secas y las verdes”; es lo primero que escribe en su primer Mairena de la guerra, en Hora de España17 (a eso se llama también lucidez).

¿La revolución, la “dictadura del proletariado”? (¿o esta sufriente Tercera República –“popular”–, del “pueblo en armas”?) “… ¿por qué nos asustan tanto las palabras?; si el barco necesita nueva tripulación y nuevos capitanes, ¿por qué no reclutarlos del mundo del trabajo, cuando el del capital es –por definición aceptada– el de las viejas ratas que corroen la nave?…/…a falta de una poda sabia y consciente18…” Esto es, el fracasado –glorioso, por segun- da vez– intento de adecentar el solar patrio, la Segunda República –“ilustrada”–, en suma.

¿Acaso no tienen derecho los pueblos –¿no se lo han ga- nado, a base de sufrir?– a tomar las riendas de su propio destino –llamémosle solar patrio o Historia–, se pregunta –y nos pregunta, aún– el viejo (tal vez, el más joven de entre todos) poeta de la República en armas.

Porque ese que él denomina “hombre elemental” (¿la multitud de la que habla Toni Negri?), el “pueblo en armas”, no tiene nada que ver –concluye Machado– con las “masas” que tanto miedo dan a los filósofos y a los burgueses desde la revolución industrial. El hombre masa ha sido precisamente producido e “inventado por la burguesía”: como antes, lo había sido por la Iglesia (¿dónde queda Ortega?); por eso, la poesía futura – “con futuro” – tiene que tener en cuenta el “nuevo espacio”, el “nuevo tiempo” que se erigen por doquier; y fundamentarse en el “respeto” al –cada– hombre (esto es, al pueblo).

Antonio Machado no es un poeta ni un intelectual materialista –marxista–; él mismo nos lo explica. No supera –está claro– ciertos límites ideológicos… ¿Se podía, acaso, en sus “circunstancias”?… Son los límites propios de su generación, de su origen de clase y de su formación –esencialmente “idealista”: él mismo era consciente de ello–; y, no obstante, porque era consciente de cuáles eran esos límites, y por su extraordinaria honestidad intelectual, es capaz de evolucionar y seguir el tiempo –el ritmo histórico– de los acontecimientos y de las ideas que a su alrededor fluyen; hasta su muerte. Son esa lucidez, esa honestidad y esa autoconsciencia las que le permiten, precisamente, mirar un poco “más allá”, por encima de esos límites, y entrever –aceptándolo como posibilidad legítima, e incluso necesaria– un nuevo marco político, social, ideológico y conceptual más adecuado a la “situa- ción histórica” en que están inmersos los hombres –los pueblos y los intelectuales– del siglo XX; nuevos modos de organización social y política, nuevas ideas, nuevas palabras –en el tiempo– que compartir para nombrar el mundo que fraguaba a su alrededor. Se piensa, se actúa, se escribe para compartir. Hay que escribir para algo, porque –y este sería el resumen de su discurso– “o escribimos sin olvidar al pueblo, o sólo escribiremos tonterías”.

Recibido: 2 de octubre de 2008 Aceptado: 23 de abril de 2009

NOTAS

1 El Manifiesto de constitución de la Alianza de Intelectuales Antifascistas fue publicado en la tercera página del diario La Voz del jueves 30 de julio, de 1936. Y decía así:

“Se ha producido en toda España una explosión de barbarie en que las vie- jas formas de la reacción del pasado han tomado nuevo y más poderoso empuje, como si alcanzasen una su- prema expresión histórica al integrar- se en el fascismo. Este levantamiento criminal de militarismo, clericalismo y aristocratismo de casta contra la República democrática, contra el pueblo representado por su Gobierno de Frente Popular, ha encontrado en los procedimientos fascistas la novedad de fortalecer todos aquellos elementos mortales de nuestra Historia que, por su descomposición lenta, venían corrompiendo y envenenando al pueblo en su afán activo de crear una nueva vida española. Contra la auténtica España popular, se ha precipitado para destruirla o corromperla, envileciéndo- la con una esclavitud embrutecedora y sangrienta, como la represión asturiana, este criminal empeño, de una gran parte del Ejército que, al traicionar a la República, lo ha hecho de tal modo que ha desenmascarado la culpabilidad de su intención, agravándola con la de traicionarse a sí mismo en la falsedad de unos ideales patrióticos que se decía defender, sacrificando la dignidad internacional de España y ensangrentando y destruyendo el suelo sagrado de su Historia. Y esto, con tal de ímpetu desesperado, demoledor, suicida, que la trágica responsabilidad delictiva de sus dirigentes lo ha determinado con características vesánicas de crueldad y de destrucción, acaso jamás conocidas en España; en una palabra: fascistas. Contra ese monstruoso estallido del fascismo, que tan espantosa evidencia ha logrado ahora en España, nosotros, hombres de actividad intelectual en suma, agrupados para defender la Cultura en todos sus valores nacionales y universales de tradición y creación constante, declaramos nuestra unión total, nuestra identificación plena y activa con el pueblo, que ahora lucha gloriosamente al lado del Gobierno del Frente Popular, defendiendo los verdaderos valores de la inteligencia al defender nuestra libertad y dignidad humanas, como siempre hizo abriendo heroicamente paso, con su indepen- dencia, a la verdadera continuidad de nuestra cultura, que fue popular siem- pre, y a todas sus posibilidades creado- ras de España en el porvenir.”

2 “… el primero de estos Congresos, or- ganizados por la Alianza de Intelec- tuales para la Defensa de la Cultura, se había celebrado en París en 1935, pero la decisión de que el segundo tuvie- ra España como sede se tomó en una reunión posterior, a propuesta de los delegados españoles. El anuncio del II Congreso lo firmaron Romain Rolland, Henrich Mann y André Malraux, en- tre otros. A la asamblea de 1935 se quería que hubiesen asistido Antonio Machado, Azorín, Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti, García Lorca y Ramón J. Sender, pero, al final, por diversas causas, no acudieron ninguna de estas personalidades, y la delega- ción española estuvo a cargo de Julio Álvarez del Vayo, Luis Araquistain, Arturo Serrano Plaja y Andrés Carranque de Ríos. Don Ramón del Valle-Inclán envió un telegrama de adhesión. El II Congreso se celebró en Valencia y Madrid y fue clausurado en Barcelona. Vinieron escritores de todo el mundo: Bertold Brecht, Hemingway, César Va- llejo, John Dos Passos, Julián Benda, llya Ehrenburg, Tristan Tzara, Juan Marinello, Octavio Paz, Vicente Hui- dobro, Anna Seghers, Stephen Spender, Langston Hughes, Pablo Neruda, Ludwig Renn, Hermann Hesse, etcé- tera. Corpus Barga, Alberti, Max Aub y Bergamín fueron sus principales or- ganizadores, y en las sesiones tomaron parte destacada Andersen Nexo (que lo presidió), Malcolm Cowley, Jef Last, André Chanson, Fedor Kelyin y algunos de los citados anteriormente. Los jóvenes escritores y artistas españoles presentaron una “ponencia colectiva” que estaba firmada por A. Sánchez Barbudo, Emilio Prados, Juan Gil-Albert, Miguel Hernández, Arturo Serrano Plaja, Eduardo Vicente y otros más. El discurso de clausura, en las sesiones de Valencia, lo pronunció Machado; el de la inauguración, el danés Nexo. Entre las adhesiones que se recibieron estaba la de Albert Einstein…” Corbalán, Pablo (1975): “El largo éxodo y la muerte de Antonio Machado”, en Tiempo de Historia, n.o 4, marzo, 24-37.

3 Todas las citas textuales y referencias, salvo que se indique otra cosa, proceden de las ediciones de Fernández Ferrer, Antonio (1998): Antonio Machado, Juan de Mairena I y II, Madrid, Cátedra, 2 vols. Edición que sigue, por lo demás, la numeración tradicionalmente establecida para la serie entera de Juan de Mairena.

4 … pocas veces salía de Rocafort [debido al cansancio y debilidad general]. Una de ellas fue para intervenir en un acto público que se celebró en la plaza de Castelar, en Valencia, y en donde, desde una improvisada tribuna, pronunció un corto discurso ante una multitud ingente que le aclamaba. Otra fue con motivo del II Congreso Internacional de Escritores, que tuvo lugar en julio del mismo año 1937… Escribe Pablo Corbalán en su ya citado “El largo éxodo y la muerte de Antonio Machado” (ver nota 2).

5 Cf. Discurso a las Juventudes Socialistas Unificadas. En Rodríguez Puértolas, Julio y Pérez Herrero, Gerardo (1983, 102-105): Antonio Machado, La Guerra. Escritos: 1936-39, Madrid, Emiliano Escolar Editor.

6 “… hemos perdido la guerra. Pero humanamente, no estoy tan seguro… Quizá la hemos ganado…”: responde a Ehrenburg. Cfr. Entrevista con Ilya Ehrenburg, diciembre de 1938, en Rodríguez Puértolas, Julio; y Pérez Herrero, Gerardo (1983, 355-356): Antonio Machado, La Guerra. Escritos: 1936- 39, Madrid, Emiliano Escolar Editor.

7 El influjo de la guerra sobre la poesía joven española… en Rodríguez Puértolas, Julio y Pérez Herrero, Gerardo (1983, 248): Antonio Machado, La Guerra. Escritos: 1936-39, Madrid, Emiliano Escolar Editor.

8 Así se entendería mejor el Manifiesto de constitución de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, citado más arriba (ver nota 1); especialmente cuando se afirma que “… las viejas formas de la reacción del pasado han tomado nuevo y más poderoso empuje, como si alcan- zasen una suprema expresión histórica al integrarse en el fascismo…” De modo que “… Este levantamiento criminal de militarismo, clericalismo y aristocratismo de casta contra la República democrática, contra el pueblo…/… ha encon- trado en los procedimientos fascistas la novedad de fortalecer todos aquellos elementos mortales de nuestra Historia que, por su descomposición lenta, venían corrompiendo y envenenando al pueblo en su afán activo de crear una nueva vida española…”

9 “Lo que hubiera dicho Mairena el 14 de abril de 1937”; en Apuntes de Juan de Mairena (Fernández Ferrer, Antonio, 1998 II: LIV, 39).

10 Apuntes y recuerdos de Juan de Mairena (Fernández Ferrer, Antonio, 1998 II: LV, 45).

11 Desde el mirador de la guerra. Viejas profecías de Juan de Mairena (Fernández Ferrer, Antonio, 1998 II: LXXXIV, 215).

12 (Fernández Ferrer, Antonio, 1998 II: LIII, 32).

13 Mairena póstumo. Algunas consideraciones sobre la política conservadora de las grandes potencias (Fernández Ferrer, Antonio, 1998 II: LXXVI, 183).

14 Desde el mirador de la guerra. Viejas profecías de Juan de Mairena (Fernández Ferrer, Antonio, 1998 II: LXXXIV, 213).

15 Fernández Ferrer, Antonio, 1998 I: XVII, 162.

16 Cfr. fragmento XXII del cuaderno Apuntes 1933-34 (Fernández Ferrer, Antonio, 1998 II, 250).

17 Consejos, sentencias y donaires de Juan de Mairena y de su maestro Abel Martín (Fernández Ferrer, Antonio, 1998 II: LI, 1).

18 Miscelánea apócrifa… (Fernández Ferrer, Antonio, 1998 II: LXVII, 133).

 

EL DUERO: REFLEJO DE MACHADO, por Carolyn Galerstein.

EL DUERO: REFLEJO DE MACHADO.

Por Carolyn Galerstein.

El Duero es un río que tiene sus fuentes en la cima del Monte Urbión, pasa por la altiplanicie de Castilla, primero por la ciudad de Soria; torciendo hacia el oeste, fluye por Aranda de Duero, Valladolid y Zamora, y finalmente entra en el Atlántico por Oporto. Esta es la descripción geográfica del río. Pero existe también una definición espiritual que se revela en la poesia de Antonio Machado, y las muchas de sus descripciones del Duero se pueden considerar reflejo de la variación del estado emocional del poeta.

Durante su estancia en Soria, Machado tuvo la oportunidad, mejor dicho la necesidad emocional, de contemplar el Duero en todas las estaciones. Soria, según Manuel Tuñón de Lara, «es fría, de color ceniciento, situada en pelados montes, sin rasgos dominantes, si no es la torre renacentista del Gobierno Civil. Entre dos de estos cerros corre el Duero; en uno está el casti- llo y en otro la ermita de la Virgen del Mirón»’. En su primer año en Soria, antes de conocer a Leonor, Machado huía de los aspectos desagradables de la pequeña ciudad provinciana, caminando por las riberas del río «con su per- fil de chopos»2.

Su primer poema dedicado al río «Orillas del Duero», incluido en Soleda- des, fue escrito en mayo de 1907 cuando Machado visitó Soria por primera vez, antes de trasladarse a ella. Machado ya conocía la fama de los inviernos crudos de la región, pero entonces era primavera. «Es una tibia mañana. / El sol calienta un poquito la pobre sierra soriana»3 nos indica que el poeta no siente gran ansiedad ante la idea de vivir y trabajar aquí. En este poema des- criptivo, con «verdes pinos, casi azules… Chopos del camino blanco, álamos de la ribera, / espuma de la montaña »(p. 30), también se esconde la emoción

del poeta al observar el paisaje. El sol del día le inspira amor por esta región de su patria, y exclama: «¡Hermosa tierra de España! »(p. 30). Pero el entu- siasmo del poeta es templado por su incertidumbre. Aquí «El Duero corre, terso y mudo, mansamente » (p. 30), como Machado mismo, hombre de

1. MANUEL TUÑON DE LARA: Antonio Machado, poeta del pueblo (Barcelona: Ed. Nova Terra, 1967),p. 52.
  1. TUÑON DE LARA,p. 53.
  2. ANTONIO MACHADO: Poesías completas, 11.» ed. (Madrid: Espasa-Calpe, 1940). p. 30. (Después citada en el texto con el numero de la página.

poemas económicos en su uso de palabras, hombre de calma, manso frente a los limitados medios de un profesor que acaba de ganar las oposiciones a la cátedra de francés.

El siguiente poema con el título «A orillas del Duero» retrata el río en pleno verano, durante los breves y felices años con Leonor. «Era un hermoso dia» (p. 77), declara el poeta, y el día es un reflejo de su humor. Se siente solo, pero ahora esta soledad no es lo mismo que tristeza, y él goza de su paseo, subiendo «por las quiebras del pedregal» (p. 77). El esfuerzo le vuelve contemplativo y sus pensamientos se vierten hacia el exterior, hacia el pano- rama de Castilla ante sus ojos. «¡Oh, tierra triste y noble» (p. 78), dice, recor- dando que el sol del verano enmascara una tierra que sufre la nieve del invierno, país una vez grande, «ayer dominadora»(p. 78), que ha sufrido siglos de miseria y decadencia. Pero, como en tantos de los poemas de Machado, hay una mezcla de desesperación y optimismo. Al final, «las enlu- tadas viejas» (p. 79) están yuxtapuestas a -dos lindas comadrejas »(p. 79) para demostrar el contrapunto del pesar de la vejez con la vivacidad de la juventud. <,EI mesón abierto»(p. 79) a que Machado se refiere al final del poema es una indicación de la hospitalidad y la buena voluntad, pero este sentimiento de felicidad inocente está mitigado por el recuerdo de la dureza de la tierra: «campo ensombrecido y pedregal desierto») (p. 79).

En 1910, según Tufión de Lara, Machado hizo un viaje a las fuentes mis- mas del Duero. Por cierto, esta fue la única vez que se separó de Leonor. «Fue de Soria a Cidones en coche; luego a lomos de cabalgadura hasta Vinuesa. Subió a la cima del Urbión no sin que antes una violenta tormenta le calase hasta los huesos»4. Parece que el poeta tenía que explorar las fuentes de un aspecto de la naturaleza que le había traído algún solaz en su soledad y que también había traido alguna belleza a un paisaje árido. Pero no pudo lograr su meta con calma; la tormenta era necesaria para recordarle las vicisi- tudes de la naturaleza, que a veces parecen predominar en Soria.

Alberto Gil Novales ha llamado a Campos de Castilla obra «pesimista, terriblemente pesimista, con angustia que algunos han llamado existencia- lista y que nace de un amor a la desesperada’ ‘. El mismo pesimismo y angustia se ejemplifican en el poema «Orillas del Duero», que data de 1913, escrito en Baeza después de la muerte de Leonor. Aquí no hay nostalgia por los años de felicidad en Castilla, solamente reminiscencia de la pobreza del paisaje: «de tierra dura y fría.., y otra vez roca y roca, / pedregales desnudos y pelados serrijones» (p. 83). Hay también recuerdos de la pobreza de espíritu engendrada por la dureza del paisaje y por los siglos de olvido y abandono: «¡Castilla, tus decrépitas ciudades» (p. 83). El poeta también habla de «¡La agria melancolía / que puebla tus sombrías soledades!» (p. 83). La angustia aquí expuesta es doble: angustia principalmente por la patria y su historia:

  1. TUÑON DE LARA, p. 57.
  2. ALBERTO GIL NOVALES: Antonio Machado, 2 •° ed. (Barcelona: Ed. Fontanella, 1970). p. 52.

 

¡Oh, tierra ingrata y fuerte, tierra mía!

¡Castilla varonil, adusta tierra, Castilla del desdén contra la suerte, Castilla del dolor de la guerra,
tierra inmortal, Castilla de la muerte!

(P. 83)

Pero esta angustia noventayochista es igual a la angustia personal, la desesperación de su vida sin su esposa amada. La memoria es de la primavera soriana, pero no hay nada de la esperanza que, por lo general, la primavera lleva a la tierra y al alma del poeta. Las imágenes son todas de Soria en invierno, con «cerros de plomo y de ceniza / manchados de roídos encinares» (p. 83). Aquí Castilla es «el yermo frío» (p. 83), y el Duero, que corre de las nieves blancas, fluye por hoces y barrancas, «mientras tengan las sierras su turbante / de nieve y de tormenta» (p. 83). Con las últimas lineas: «¡Acaso como tú y por siempre, Duero, / irá corriendo hacia la mar Castilla?» (p. 83), Machado pregunta si el destino de Castilla es seguir existiendo sin propósito, sin futuro, continuar sin cambio, sin mejoramiento, así como la tristeza del poeta continuara para siempre, sin cesar, sin alivio.

Sin embargo, hay otras ocasiones cuando sus recuerdos del Duero en primavera evocan misiones más agradables. En «En abril, las aguas mil»

se divisa un prado verde
y un encinar se esfumina,
y una sierra gris se pierde. (p. 88)

La lluvia de abril despierta la tierra, impeliendo lo verde, y también des- pierta al río:

Los hilos del aguacero
sesgan las nacientes frondas
y agitan las turbias ondas
en el remanso del Duero. (p. 88)

El Duero siempre está relacionado con árboles en las descripciones de Machado, porque la orilla del río es el lugar más fértil de un paisaje por otra parte estéril. En «Campos de Soria» el poeta habla de «los álamos dorados» en la ribera del Duero, «álamos del amor» que albergan ruiseñores y cuyas ramas sirven de «liras del viento perfumado en primavera» (p. 97). En «otros días» son olmos y chopos «que buscan al padre Duero, verdean» (p. 114). Y el famoso olmo seco de Machado es «¡El olmo centenario en la colina / que lame el Duero!» (p. 129). Aquí vemos la contradicción que casi siempre existe en la poesia de Machado. Dentro de la desesperación, aunque el árbol va a morir y el río va a empujarlo al mar, a la nada sin fin, hay también esperanza, Porque «con las lluvias de abril y el sol de mayo, / algunas hojas verdes le han salido» (p. 129). Aquí en Soria, en 1912, durante la enfermedad de Leonor, Machado no puede resistir la esperanza de un milagro; desea tanto que ella viva, que se adhiere a la poca evidencia de vida que existe y dice:

Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera. (p. 130)

Las hojas verdes son un milagro en sus ojos, y también el río, que se renueva cada primavera con las aguas de la nieve que se disuelve, le recuerda la promesa de vida que la primavera conlleva y da fuego a su esperanza.

Por lo general, la misma Soria se asocia con el invierno y abundan las imágenes del río en invierno también. En «Adiós» Machado declara: «Y nunca más la tierra de ceniza / he de volver a ver, que el Duero abraza» (p. 138). Y la visión de la Soria invernal que se presenta en el verso:

¡Soria fria, Soria pura,
cabeza de Extremadura,
con su castillo guerrero
arruinado, sobre el Duero; (p. 96)

naturalmente incluye el río, casi el único aspecto vivo de la ciudad muerta.

A pesar de esta predilección por el retrato de una ciudad fría y vetusta, las asociaciones del Duero son más a menudo con la primavera y la viveza, como en «A José María Palacio», cuando pregunta:

¿está la primavera
vistiendo ya las ramas de los chopos
del río y los caminos? (p. 136)

Y sigue con su canto a la primavera, que llega aun a Soria:

En la estepa
del alto Duero, primavera tarda,
¡pero es tan bella y dulce cuando llega! (p. 136)

Sueño, agua, tiempo. Estos son los tres temas principales de Machado, y cada uno se manifiesta en el río Duero. Después de la muerte de Leonor, el poeta se queja:

mi corazón está vagando, en sueños por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria, entre plomizos cerros y manchas de roídos encinares, (p. 133)

Y llama a la muerta esposa: «¿No ves, Leonor, los álamos del río / con sus ramajes yertos?» (p. 133). Pero este recuerdo del río le deja cami- nando solo, / triste, cansado, pensativo y viejo» (p. 133). Sus sueños son sue- ños de horas alegres con su amada, y el Duero tiene su papel en estos sue- ños. Como dice Ramón de Zubiría, en Machado «Las aguas también sue- han»8. Este critico cita el verso de «Campos de Soria»:

álamos del camino en la ribera del Duero…
álamos del amor cerca del agua que corre y pasa y sueña  (P. 97)

y comenta que en Machado la «naturaleza está entregada, toda ella, al sueño; vista como proyección, también, de los paisajes de su alma, de su encantada visión interior»’.

Es el espiritu del poeta la que se refleja en las aguas del río. Al meditar en las cualidades de la región del Duero, Machado escribió a Unamuno: «Tengo motivos que usted conoce para un gran amor a la tierra de Soria; pero tampoco me faltan para amar a esta Andalucía donde he nacido. Sin embargo, reconozco la superioridad espiritual de las tierras pobres del alto Duero»8. Esta superioridad espiritual tenía su efecto sobre el espíritu del poeta, dando más profundidad a sus sentimientos de tristeza y felicidad. José Machado, hermano del poeta, ha comentado, refiriéndose a «Orillas del Duero», que «es el alma de estos lugares la que nos llega en esta descripción insuperable. Bien se comprueba la importancia esencial de la emoción en sus versos sin la cual en el arte «no hay nada… que valga la pena» como tantas veces le oi decir»8. Es verdad que Antonio Machado expresa el alma de Soria cuando escribe del Duero, pero también revela su propio espíritu cuando da voz a su contemplación del río.

En uno de los poemas de Soledades. en que no se menciona el Duero específicamente, el poeta escribe sobre un rio con «álamos verdes de las márgenes» (p. 32) y que debe ser el Duero. Aquí Machado medita: «Bajo los ojos del puente pasa el agua sombría. / (Yo pensaba: ¡el alma mía!)» (p. 33). Esta contemplación introspectiva es típica de la preocupación de Machado por lo temporal y lo eterno. El río es eterno, pero representa también la limita- ción de los años de la vida. Al llegar sus aguas y los olmos derribados al mar, también arrastra nuestras vidas a su fin. Pero, a pesar de la mortalidad, hay esperanza, y el recuerdo del Duero a veces puede también anunciar momen- tos de alegría, como en «Canciones del alto Duero», cuando el poeta canta:

  1. RAMÓN DE ZUBIRIA: La poesia de Antonio Machado, 3.’ ed. (Madrid: Ed. Gredos, 1969), p. 87.
  2. ZUBIRIA, p. 87.
  3. ANTONIO MACHADO: Obras. Poesia y prosa (Buenos Aires: Ed. Losada, 1964), pp. 913-197.
  4. José MACHADO: Ultimas soledades de/poeta Antonio Machado (Soria: Imprenta Provincial, 1957), p. 113.

 

A la orilla del Duero

lindas peonzas

bailad, coloraditas

como amapolas      (pag. 197).

 

La esperanza también se expresa en «Adios», que termina con «no todas vais al mar, aguas del Duero»  (p. 138).  Hay, por lo menos, alguna sugerencia de inmortalidad en estos versos.

     El río es también reflejo de su amor hacia su patria. Como dice Tuñón de Lara de «Campos de Soria»: «El poema, eminentemente descriptivo, entronca en su parte final… con la presencia del poeta, que interviene en el relato para decir su emoción, su amor por los campos, los árboles y las «gentes del alto llano numantino»»’°. Los versos a que Tuñón de Lara se refiere, «álamos de las márgenes del Duero / conmigo vais, mi corazón os lleva» (p. 97) revelan el amor de Machado por Castilla a pesar de su desolación, y el Duero con sus aguas que sueñan es siempre el alivio, el antídoto de esta desolación. Sán- chez Barbudo cree que este poema fue escrito cuando Machado estaba a punto de partir de Soria de viaje a fines de 1910, o tal vez a principios de 1911, y que estas líneas expresan «sobre todo su amor a Soria, lo mucho que ésta ha entrado en su corazón»11.

Las muchas descripciones del Duero y las referencias al río en la poesía de Antonio Machado pueden considerarse reflejo de las variaciones de su estado de ánimo. Machado sufrió durante algunos de los años en Castilla y su melancolía se incrementaba cuando veía el río en contraste con las sierras y las nieves blancas. Cuando el Duero cruza el «páramo sombrio» (p. 131), la imagen es simbólica de las sombras en el alma del poeta. Pero al mismo tiempo el río también tiene un papel generador. Por ejemplo, en «La tierra de Alvargonzález» se le llama «el padre Duero» (p. 114), aludiendo al papel de creador de la riqueza original de la familia. Cuando hay esperanza en el cora- zón del poeta, entonces espera otra primavera al lado del río; a pesar de su tristeza, se da cuenta de que la primavera llega cada año y el Duero repre- senta esta generación. En todas las estaciones del año y del alma del poeta, y a pesar de la fluctuación del genio de Machado, el no Duero es una de las imágenes constantes en su poesia.

CAROLYN GALERSTEIN

 

10.     Tuñón de Lara, p. 70

11.      Antonio Sanchez Barbudo: Los poemas de Antonio Machado.  (Barcelona: Ed. Lumen, 1967, pag. 205)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ANTONIO MACHADO: «La America de Antonio Machado». Reunión en Rocafort con Juan Marinello.

 

 

Antonio Machado en Villa Amparo.

Ana Ruiz, madre de Antonio Machado.

 

En Rocafort, probablemente un día del verano de 1937, visitaron a Antonio Machado un pequeño grupo de amigos encabezados por León Felipe, que acompañaba a su mejer Berta Gamboa, de Mexico, Jorge García Granados, escritor y político guatemalteco y Gregorio Berman, hombre de ciencia argentino, y Juan Marinello, mejicano.

Hablaron de America, que Antonio Machado consideró «como un orbe lírico ordenándose para nueva vida colmada».

En noviembre de 1940, Juan Marinello nos contó esta reunión entre los naranjos de Villa Amparo en Rocafort y hasta el anochecer. Fue en la revista mejicana «Romance», publicada, también en el diario «España Democrática» de Montevideo en día 6 de noviembre de 1940.

En esta reunión, en el jardín, estuvo presente junto a Antonio Machado, su madre Ana Ruiz.

Reproducimos la página publicada en este diario.

 

Sobre la publicación de una obra de teatro, inédita hasta la presente fecha, de MANUEL y ANTONIO MACHADO, cuyo título es: “LA DIOSA RAZÓN”.

   Sobre la publicación de una obra de teatro, inédita hasta la presente fecha, de MANUEL y ANTONIO MACHADO,  cuyo título es: “LA DIOSA RAZÓN”.

 

 

Finalmente, en el día de ayer 22 de octubre de 2021, se presentó la última obra de teatro, hasta la presente fecha inédita, escrita por los hermanos Machado.

El título es “La diosa Razón”, en clara referencia a la Revolución Francesa. Su protagonista es una mujer española, cuyo nombre es Susana Montalban, aunque en realidad fuera Teresa Cabarrús, en cuya vida esta basada.

Fue escrita entre los años 1935 y 1936, hasta mediados del mes de julio.

En estas fechas, por motivos personales y vacacionales, Manuel Machado junto a su esposa Eulalia, viaja Burgos para cumplimentar la onomástica de su cuñada Carmen, que profesaba como monja en dicha ciudad.

El 18 de julio intentan regresar a Madrid ante las graves noticias que la radio y la prensa informa, pero las líneas férreas están ya cortadas desde primeras horas de la mañana e interrumpidos los viajes en tren.

Había comenzado la guerra civil, y Manuel queda separado de su familia durante algo más de dos años y medio, no volviendo ya a ver a su hermano Antonio, que muere en Collioure (Francia) el 22 de febrero del 39; ni a su madre, Ana, que falleció tres días después de Antonio en la misma población francesa.

Con esta separación queda paralizada su colaboración teatral, y la de todas las obras que tenían ambos hermanos en empezadas.

Lo escrito, no terminado y por ello no publicado hasta aquel 12 de julio en que los hermanos se vieron por última vez, (en casa de Manuel), quedó, una parte en la casa de Manuel, Churruca 15 de Madrid, y la otra en la casa de Antonio, General Arando 4, donde quedaron los manuscritos de Antonio cuando el 24 de noviembre de 1936 partió, con el resto de su familia, hacia Valencia.

Manuel regresó en agosto de 1939 a Madrid, a su casa, descubriendo que en esos dos años y medio nadie había entrado en ella (salvo una empleada, llamada Sonia, que pasó mensualmente por ella para limpiarla).

Antonio ya no regresó nunca a su casa madrileña al desplazarse primero a Valencia – Rocafort –, después a Barcelona, y de esta ciudad, camino del exilio, a Collioure (Francia), donde murió a finales de febrero del 39.

Cuando regresó Manuel a Madrid, acompañado de su hermano Francisco que había regresado en esas fechas de su breve exilio en Francia, fueron a la casa de Antonio. Tampoco había entrado nadie durante la guerra y recogieron, antes de dejarla a disposición de sus titulares (era de alquiler) todos los muebles, enseres, libros y documentos que en aquella casa había, entre ellos todos los manuscritos que Antonio había dejado en noviembre de 1936, pensando que volvería en tres o cuatro meses.

Todo lo recogido se lo llevó Manuel a su casa en la calle Churruca, excepto los muebles que fueron a parar a una casa que tenía Manuel en Carabanchel, en una pequeña “colonia” conocida como “ciudad de los periodistas”.

Pasaron los años y Manuel muere en enero de 1947, y su viuda, Eulalia, decide ingresar como monja en un convento de la orden del Cottolengo, dejando la casa de Carabanchel a esta organización religiosa.  Ella es trasladada a la sede de dicha orden en Barcelona.

Pero antes de viajar a la ciudad condal repartió los manuscritos de su marido y de Antonio entre los hermanos de los poetas, encargándose Francisco Machado de guardar y conservar los que le correspondían por esta herencia y los que les correspondían a sus otros dos hermanos, José y Joaquín, que ya vivían en Santiago de Chile.

Eulalia se reservó para ella varios objetos personales de Manuel, la biblioteca de su esposo y una parte de los documentos y manuscritos, tanto de Manuel como de Antonio, donándolos posteriormente a la Fundación Fernán González de Burgos, dependiente de la Diputación Provincial de dicha ciudad castellana. Todo ello en contrato articulado y referenciado en cuaderno firmado por las partes de la donación, con indicaciones de uso y exposición; este documento cuaderno se conserva en la familia.

Estos bienes, en especial parte de la correspondencia familiar, y manuscritos de Antonio Machado, han sido digitalizados por la Fundación, los primeros, y editados los segundos en edición que publicaron recientemente; suponemos que conservan los originales manuscritos.

Desconocemos lo que pudo pasar con otros documentos familiares y manuscritos de Manuel Machado que pasaron a dicha Fundación.

En 1950 fallece Francisco Machado, quedando la custodia de los bienes reseñados y adjudicados a los hermanos vivos de Manuel, en poder de las hijas de Francisco, en cuyas manos han estado hasta las cesiones a Unicaja, y en su día (hace años) a la Biblioteca Nacional de España del cuaderno “Los Complementarios”, que después de haberse localizado y “visto” en Puerto Rico y sabiendo de su “regreso” a España se consiguió recuperar por la familia Machado.

En los años finales del siglo pasado, mi madre, Leonor Machado, sus hermanas Ana Y Mercedes, y la hija mayor de José Machado, Eulalia, (que en estos años vivía en Madrid, donde falleció en 2010), iniciaron una recopilación y clasificación de los manuscritos de Manuel y Antonio Machado que se conservaban.

A principios de este siglo habían “clasificado” unos 800 manuscritos de Antonio Machado, que en subasta pública celebrada en Sevilla se adjudicaron a la Fundación Unicaja.

En los años siguiente se siguió, por parte de la familia, con la “clasificación” de los manuscritos, fotos y objetos de Manuel y Antonio Machado que fueron localizados por la familia entre una amplia colección de carpetas, cajas de cartón y sobres que se sabía o se intuía habían contenido estos bienes.

Así se “localizaron” y “clasificaron” unos “cuatro” mil manuscritos de Antonio y Manuel Machado, (esta vez siendo el mayor número de Manuel), que después de unas pocas reuniones se cedieron a la Fundación Unicaja, por lo que dicho organismo ostenta, ahora, la mayor documentación “machadiana” existente.

En la búsqueda, localización y “clasificación” de este importante número de documentos, básicamente manuscritos, se revisaron los manuscritos que se tenían de Francisco Machado, que como saben también se dedicó, a la poesía y a otras actividades literarias, llegando a publicar numerosos poemas en la prensa y revista de su época (de 1924 a 1950) y a editar en formato libro unas “Leyendas Toledanas”, en verso,  (primera edición de 1928, segunda en 1940). No editó más obras o trabajos suyos por pensar, decía, que ya había muchos Machados escritores y poetas escribiendo y con una calidad literaria inigualable.

Francisco Machado, además de poesía escribió teatro, genero chico, libretos de zarzuela, letras de canciones populares (más de noventa registradas en la SGAE), guiones para películas y documentales, artículos para la prensa con temas de actualidad y diversos trabajos jurídicos en materia penal y criminológica, en su condición de Abogado.

Pues bien, por esos azares del destino, un cuaderno que pasó con los años desapercibido, manuscrito, pero no con letra ni de Manuel ni de Antonio, fue a guardarse entre la documentación y manuscritos de Francisco Machado, y un día de primeros de siglo XXI, tuve el acierto y honor de encontrar, en una revisión de la documentación de mi abuelo Francisco (más de dos mil  documentos), un cuaderno manuscrito por José Machado. Observado, leído en sus primeras páginas , llegué rápidamente a la conclusión de que correspondía  a la obra de teatro “La diosa Razón” de Manuel y Antonio Machado, aquella que citaba  Pérez Ferrero en su biografía machadiana y a la que se refiriera Antonio Machado en alguna entrevista en prensa de 1935 y primer semestre de 1936.

Evidentemente leí la obra manuscrita por José Machado, siendo casi con seguridad el único lector de la obra desde el año 1936 hasta 2018 en que se cedió a la Fundación Unicaja.

A partir de este cuaderno y de las investigaciones realizadas en los manuscritos de Manuel Machado cedidos en 2018, realizadas por Antonio Rodríguez Almodovar y Rafael Alarcón Sierra, se ha podido rescatar esta última obra de teatro de los hermanos Machado, me dicen que casi en su totalidad, y editarla y presentarla en el día ayer, 22 de octubre de 2021.

 

Sea bienvenida al mundo machadiano.

 

 

Manuel Álvarez Machado.

 

Madrid, 23 de octubre de 2021.

Murió el poeta ANTONIO MACHADO. Viernes 3 de marzo de 1939. «ESPAÑA DEMOCRÁTICA»

EL VIERNES 3 DE MARZO DE 1939 , el diario ESPAÑA DEMOCRÁTICA, editado y publicado en Montevideo (Uruguay), reproduce un artículo, en sus páginas 5 y 6, en la que recoge la muerte del poeta ANTONIO MACHADO, el 22 de febrero de ese mismo año, y del que dice, entre otras cosas, que era la más alta expresión de la poesía lírica.

(se equivoca al decir que dejó de existir en un Campo de Concentración en Francia).